España

González y Aznar piden la excarcelación de los presos políticos: “Venezuela es una dictadura”

Los expresidentes han pedido la liberación de Leopoldo López, de cuyo encarcelamiento se cumplen tres años.

 El padre de Leopoldo López, junto a José María Aznar, Ana Botella, Albert Rivera, Felipe González, Alberto Ruiz-Gallardón, entre otros. POOL

El padre de Leopoldo López, junto a José María Aznar, Ana Botella, Albert Rivera, Felipe González, Alberto Ruiz-Gallardón, entre otros. POOL

Daniel Ramírez, 16 febrero 2017 / El Español

el español“¡Tengo vaho en la cámara!”, ha chillado un periodista justo antes de empezar. La sala de reuniones del despacho de abogados Cremades & Calvo Sotelo ha absorbido casi un centenar de personas con motivo del homenaje a Leopoldo López, líder de la oposición en Venezuela, de cuyo encarcelamiento se cumplen tres años este sábado. El motivo de los sudores, los empujones y la gente subida a las sillas: la comparecencia conjunta de José María Aznar y Felipe González.

“Antes del discurso del padre de Leopoldo haremos una foto de familia”, ha dicho el organizador del acto. ¿Familia? Entonces, las risas de los dos expresidentes –aunque no cruzadas–, que han posado juntos. “En Venezuela ha desaparecido la democracia. Es una dictadura tiránica y represiva. Maduro pisotea las libertades”, han coincidido.

En un alegato compartido, González y Aznar han cerrado filas en torno a la Organización de Estados Americanos (OEA): “Hay que apoyarles para que pueda aplicarse en Venezuela la Carta Democrática”. Este mecanismo podría culminar con la suspensión del Gobierno de Maduro y la convocatoria de unas nuevas elecciones presidenciales.

El apoyo de Trump

El público, en una mesa hexagonal justo al lado de la improvisada tribuna al fondo de la sala, reunía exministros, exalcaldes y distintas personalidades del mundo del espectáculo: Javier Solana, Alberto Ruiz-Gallardón (abogado de Leopoldo López), Ana Botella, Albert Rivera, Bertín Osborne, Cayetana Álvarez de Toledo… Presentes PP, PSOE y Ciudadanos, faltaba Podemos. Iglesias, un día antes, dijo sobre la participación de González y Aznar: “Echan más leña al fuego”.

El homenaje a Leopoldo López llega justo después de que Donald Trump también pidiera su excarcelación tras mantener una reunión con la esposa del político venezolano, Lilían Tintori.

González: “Todas las pruebas son falsas”

“Todas las pruebas son falsas, forzadas”, ha empezado González en relación a la “instigación a la violencia pública” que refiere Maduro para mantener en la cárcel a López. “En Venezuela ha desaparecido la democracia. Es un país destruido. El parlamento no tiene capacidad de control. No hay reglas”, ha continuado. En un discurso que ha durado alrededor de veinte minutos, ha bromeado sobre el nombramiento del actual vicepresidente de Maduro: “Para conocerle lean cualquier novela de delincuentes”.

Implicado desde hace más de un año con el caso de López, González, que viajó a Venezuela para intentar estar presente en uno de los juicios, ha relatado algunos datos que ilustran la desolación venezolana: “Más de 30.000 personas murieron fruto de la violencia en el último año. Hay más de 100 presos de conciencia”. González ha lamentado que el diálogo que finge Maduro “sólo sirva para humillar a la oposición”. “¡Con presos políticos no hay democracia!”, ha exclamado para terminar.

José María Aznar, pegado a González, ha sido el siguiente en intervenir. El despacho ofrecía banquetas a los redactores, atrapados por una muralla de cámaras. Una fortaleza que casi le cuesta una caída a Ana Botella cuando intentaba atravesarla.

“Venezuela es una dictadura represiva”

“Hoy unimos nuestra voz y la levantamos con fuerza para pedir la liberación de los presos políticos venezolanos”, ha introducido Aznar. “Venezuela es una dictadura represiva. Las libertades son pisoteadas y las personas encarceladas injustamente”.

Aznar, amigo de la familia López, ha insistido en apoyar a Almagro, secretario de la OEA, para garantizar la aplicación de la Carta Democrática. “Tenemos que presionar internacionalmente”. Leopoldo López: “De verdad, gracias”.

El padre de Leopoldo López, del mismo nombre, ha cerrado el acto entre lágrimas. Ha intervenido justo después de proyectarse un vídeo que recorre la trayectoria de su hijo y lo muestra en prisión, clamando por la libertad de Venezuela. “Sé que mi voz no es la que quieren oír, pero hoy representa la de todos los presos políticos venezolanos”, ha expresado.

“Muchas gracias a estos dos expresidentes, grandes dirigentes, y también amigos”, ha dicho con la vista puesta en González y Aznar, a los que ha abrazado repetidas veces. “Los presos políticos están en la cárcel esperando una justicia que saben que no llegará”, ha criticado.

Sobre Maduro, ha aseverado: “Asaltan el erario público, son el mayor veneno de la sociedad moderna, hacen daño al mundo. El pueblo venezolano no disfruta siquiera de los bienes cotidianos”.

El padre del mayor opositor a Maduro, de cuyo encarcelamiento se cumplen tres años este sábado, ha dicho no encontrar palabras en el diccionario para expresar su agradecimiento a España: “De verdad, muchas gracias”. Se ha despedido, otra vez, con lágrimas en los ojos.

Errejón o la flaqueza del menchevique. De Pedro J. Ramírez

Carta de Pedro J. Ramírez publicada en EL ESPAÑOL el pasado 29 de enero, en la que se incluían las claves que han determinado el resultado del congreso de Podemos.

Ilustración: Javier Muñoz

Ilustración: Javier Muñoz

Pedro J. Ramírez, director de El Español

Pedro J. Ramírez, director de El Español

Pedro J. Ramírez, 29 enero 2017 / EL ESPAÑOL

Soslayaré el que más he estudiado, el que atañe a Robespierre y el periodista Camille Desmoulins, porque resulta demasiado obvio, en la medida en que el Incorruptible es el personaje favorito de Iglesias; y demasiado truculento porque su otrora compañero de colegio y padrino de boda terminó enviando al autor de Le Vieux Cordelier a la guillotina.

Me fijaré en cambio en la imagen de esos dos jóvenes rusos, compañeros de correrías en la clandestinidad y en el exilio, que en el gélido Londres de 1902 deciden sellar sus lazos fraternales con el ritual alemán de la Bruderschaft y tras besarse en las mejillas, entrelazan sus brazos y beben al unísono de sendas copas, en señal de fidelidad perpetua. Y lo hacen pese a que ya en ese momento existe entre ellos una seria discrepancia táctica que les enfrenta por el control de la revista que publican. Uno se llama Vladimir Ilich Ulianov, pero es conocido como Lenin; el otro es su gran amigo georgiano Julius Martov.

el españolNo en vano esa revista tenía por nombre Iskra (“La chispa”) pues la pugna sobre su línea editorial fue el foco de ignición del cisma que un año después se produciría en el congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Ambos propugnaban la revolución socialista; pero mientras Martov seguía la ortodoxia marxista que la veía precedida de una revolución burguesa, durante la que aflorarían las contradicciones internas del capitalismo, Lenin tenía prisa, mucha prisa, y alegaba que se daban ya las condiciones objetivas para quemar etapas, tomar directamente el poder en nombre del pueblo e implantar la dictadura del proletariado.

Martov sostenía, como ahora hace Errejón, que había que volcarse en todas las instituciones participativas, empezando por la Duma, que convenía aliarse con fuerzas situadas a su derecha para acabar con la autocracia y que debía potenciarse un partido de masas transversal y abierto como instrumento del conjunto de la sociedad rusa. Sirviendo sin duda de fuente de inspiración a Iglesias, Lenin anteponía en cambio la subversión callejera a cualquier foro representativo, se oponía drásticamente a la colaboración con las fuerzas burguesas y concebía el partido como una vanguardia revolucionaria cerrada y homogénea.

“Sirviendo sin duda de fuente de inspiración a Iglesias, Lenin anteponía
en cambio la subversión callejera a cualquier foro representativo”

Cuarenta y tres delegados en el limbo del exilio decidieron el curso del movimiento que hace cien años cambiaría la suerte de cientos de millones de personas. Primero ganaron las tesis de Martov; luego se produjeron una serie de abandonos y ganaron las de Lenin. Entonces él proclamó que conformaba la mayoría y, como al recontar los votos había obtenido “más” –“bolshe”-, adjudicó a sus seguidores la denominación de bolcheviques, dejando para Martov y los suyos la de mencheviques o minoritarios.

Según su biógrafo Louis Fischer, el “único amigo” que tuvo Lenin fue Martov. O al menos el único con el que existe constancia escrita de que se tuteaba. Tal vez fuera exagerado el aserto de su común colaborador Boris Nicolaeivsky de que “Lenin amaba a Martov” pero en todo caso admiraba su “capacidad política, honestidad y sinceridad revolucionaria”… a la vez que combatía sus opiniones sin tregua ni cuartel. Eso mismo le sucede a Iglesias con Errejón.

Por esquizofrénico que pueda parecer, Lenin veía a Martov a la vez como su amigo personal y como su enemigo político. Por mucho que lo apreciara en la vida privada, debía destruirlo en la esfera pública. Era como ese soldado que no mataría una mosca vestido de civil, pero aprieta el gatillo sin vacilación una vez enfundado en su uniforme.

Esa esquizofrenia es pues tan estéril como la del personaje que evoca la novela de nuestro columnista Lorenzo Silva La flaqueza del bolchevique. A medida que contemplaba este viernes su muy correcta versión teatral en el Luchana, me iba dando cuenta de que la fascinación que siente el protagonista por el miliciano que se enamora de una de las hijas del zar no cuestiona en ningún momento su sentido del deber al asesinarla. La “flaqueza” no sería de esta forma sino el rostro humano de la barbarie: pobrecito bolchevique que tuvo que ejecutar a la gran duquesa Olga, justo cuando había quedado prendado de ella. Iglesias reclamaría idéntica comprensión si, llegado el caso, se viera obligado a liquidar políticamente a Errejón.

“Por esquizofrénico que pueda parecer Lenin veía a Martov
a la vez como su amigo personal y como su enemigo político”

La asimetría en la disposición a actuar marcó el destino de aquel duelo fratricida. Martov tenía dudas recurrentes sobre la consistencia de Lenin –llegó a tildarlo de “charlatán político”- e incluso sobre su integridad personal, al descubrir sus turbios manejos financieros. Pero siempre había algo que le impedía secundar los ataques de otros dirigentes mencheviques y cuestionar su liderazgo en el movimiento revolucionario. Gorky lo recuerda con ese aura hamletiana que también asedia a Errejón: “Era un joven sorprendentemente atractivo que sentía el drama de la división porque el partido era demasiado débil para soportarla”.

Un contemporáneo resumió las diferencias entre los pioneros del comunismo ruso desde la perspectiva de los militantes: “A Plejánov lo respetaban, a Martov lo adoraban, pero al único al que seguían sin hacer preguntas era a Lenin”. Póngase por delante a Bescansa y encontraremos seguramente la misma percepción generalizada entre las bases de Podemos. Quizás porque “la fuerza de voluntad, la disciplina indomable, la energía, el ascetismo y la fe inconmovible en la causa” que veían los primeros comunistas en Lenin es lo que ven los podemitas en Iglesias, en contraste con la humanidad asequible y la praxis racionalista de Errejón.

Basta examinar las dos ponencias organizativas para darse cuenta de la diferencia. Mientras el documento de Iglesias le hace émulo de Robespierre y el propio Lenin como ventrílocuo de un ente modulable denominado “el pueblo”, que habilita a quien lo suplanta para “mandar obedeciendo” –por algo ha hecho suya esa máxima del subcomandante Marcos, farisea donde las haya-, el texto de Errejón adquiere los timbres de la “primavera de Praga”, al alentar “una organización más amable, capaz de integrar a todos y todas”, para “alumbrar una cultura política diferente”.

No son distinciones doctrinales sino de talante. De hecho, lo que escribió Richard Pipes sobre el conflicto entre bolcheviques y mencheviques parece dirigido también a la querella entre pablistas y errejonistas: “Las diferencias que separaban a las dos facciones eran minúsculas, y a menudo meramente formales. El principal obstáculo de la reunificación era la insaciable sed de poder de Lenin que hacía imposible trabajar con él, salvo en calidad de subordinado”.

“El principal obstáculo de la reunificación era la insaciable
sed de poder de Lenin que hacía imposible trabajar con él”

He ahí la cuestión. Mientras Pablo lo tiene clarísimo -todo el poder para mi soviet-, en un flagrante ejemplo de servidumbre voluntaria, digna del mejor Losey, Iñigo reivindica la jefatura de Pablo, aun en el caso de que sean sus tesis las que se impongan a las del líder. Esa es la flaqueza del menchevique: el complejo de dependencia, la disposición a comportarse ontológicamente como minoría, incluso si consigue el respaldo de la mayoría.

Hay un precedente muy claro en la historia de la Transición: Luis Gómez Llorente. Cuando en mayo del 79, con el respaldo del rector Bustelo y Pablo Castellano, le ganó a Felipe González el XXVIII Congreso y logró que el PSOE se aferrara a su identidad marxista, Gómez Llorente no supo qué hacer con su victoria. Su negativa a encabezar una ejecutiva que sirviera de alternativa, permitió a las fuerzas felipistas reorganizarse al socaire de la gestora que presidía José Federico de Carvajal y retomar el control en el Congreso Extraordinario. El profesor de la pipa perenne, colgada de la sonrisa afable, prefirió cultivar desde Izquierda Socialista su posición testimonial de minoría y dedicar el resto de su vida a ir y venir, cartera en ristre, de la universidad de Alcalá a su modesto domicilio en un tren de cercanías.

El carisma del liderazgo se tiene o no se tiene y su primer requisito es la propia determinación a ejercerlo. En González esa era una disposición congénita. También en Pablo Iglesias, acólito de Lenin en su tendencia a concebir la política en los mismos términos en los que Clausewitz concebía la guerra: una confrontación encaminada a destruir al adversario -mejor dicho, al enemigo- en la que no cabe sino vencer o ser vencido.

Por eso la potenciación de Podemos para cerrar el paso al PSOE, a través del duopolio televisivo controlado desde la Moncloa, es un experimento tan peligroso como los tratamientos con histiocitos, esas células que fagocitan tejidos extraños para proteger al organismo de algunas infecciones, pero pueden provocar la más dañina de todas si se reproducen en exceso.

“El carisma del liderazgo se tiene o no se tiene
y su primer requisito es la propia determinación a ejercerlo”

Para Iglesias, como para Lenin, el partido que vertebra un movimiento de masas es como una fortaleza doblemente sitiada, según la fórmula de Elias Canetti: “Tiene al enemigo extramuros y tiene al enemigo en el sótano”. Rajoy sigue en la Moncloa, pero a Errejón se lo encontrará dentro de dos semanas en Vistalegre II y el choque no podrá ser incruento.

Cuando en 1917 Lenin organizó el golpe de Estado contra el Gobierno Provisional de Kerensky, al que respaldaban los mencheviques, Martov vaciló cada vez que tuvo la posibilidad de reprimir o incluso denunciar la conspiración bolchevique. Tras la toma del Palacio de Invierno y al escuchar a Trotski –con el que también había compartido un cuartucho en Londres- describir a los vencidos como “despojos” y “montones de basura de la historia”, Martov se rindió a la evidencia de que había permitido alumbrar a un monstruo y se retiró de madrugada del Congreso de los Soviets en señal de cariacontecida protesta.

A Lenin no le tembló el pulso cuando llegó el momento de ilegalizar al Partido Menchevique, clausurar la nueva revista de Martov y ordenar por dos veces su encarcelamiento. Como seguía siendo su amigo, permitió que le dejaran salir de Rusia para morir en el exilio; y cuando a él mismo le llegó su hora, lo tuvo siempre en su pensamiento, y a menudo en sus labios en los momentos de delirio. Errejón puede contar con que tampoco a él le faltará nada de eso, pellizquitos incluidos.

Iglesias pellizca la cara de Errejon durante una sesión en el Congreso el pasado 15 de noviembre.

Iglesias pellizca la cara de Errejon durante una sesión en el Congreso el pasado 15 de noviembre.Uly MartinEFE

Congreso de Podemos: la segunda victoria de Rajoy

La canonización de Iglesias radicaliza a Podemos y beneficia al líder del PP en el juego del antagonismo inofensivo.

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Pablo Iglesias, este domingo, en Vistalegre. Santi Burgos

Rubén Amón, 11 febrero 2017 / EL PAIS

el paisNo contento Rajoy con haber ganado el congreso del PP con una adhesión norcoreana, también ha ganado el congreso de Podemos. Nada le conviene más al presidente del Gobierno que la proclamación de Iglesias como líder supremo. Porque consolida el fuego cruzado PSOE en el mito de la pinza. Y porque es un antagonismo inofensivo en ambas direcciones. Rajoy quiere gobernar e Iglesias quiere liderar la oposición.

Semejante conveniencia acaso representa la mayor paradoja del fervor pablista que se ha vivido en Vistalegre. La suya es una victoria rotunda. Y recibida con entusiasmo hooliganista en el ruedo de Carabanchel. No sabemos qué hubieran decidido los votantes de Podemos —cinco millones— en una finalísima abierta, pero el escrutinio militante favorece la opción militante. Incluso otorga la razón a Iglesias en su estrategia maximalista-victimista-sentimentalista: o todo el poder o me marcho a casa.

Ha funcionado la coacción. No hasta el punto de esconder la fractura del errejonismo —la lista de Íñigo un tercio del consejo ciudadano—, pero sí con todos los argumentos de represalia para totemizar el piolet y desencadenar la purga. No quiso mencionarla Iglesias en el trance de la levitación nazarena. Ni podía hacerlo: el graderío reclamaba la unidad como remedio terapéutico a la pelea de gallos.

Hubiera sido una torpeza exhibir la cabeza de Errejón a semejanza sacrificial de la Medusa, pero la condescendencia piadosa de estas primeras horas en nada contradice las medidas ejemplares del Directorio. Lo sabían los errejonistas desde que trascendieron los resultados por una filtración. Y lo percibieron más todavía cuando Iglesias compareció en el escenario impecablemente encorbatado.

El abrazo de cortesía a Errejón precipitó el histerismo de los militantes. Interpretaban la escena como una hermosa reconciliación. Iglesias extiende una mano. El problema es la otra. Y hasta qué punto es verosímil el eslogan de la “Unidad y humildad” que Iglesias convirtió en anáfora mecánica de la gran homilía dominical. Humildad e Iglesias son conceptos antitéticos. Unidad y Podemos, exactamente lo mismo, sobre todo después del trauma cainita que ha supuesto el Congreso.

Requiere un enorme esfuerzo de ingenuidad imaginar la reconciliación. No ya por los desencuentros personales, sino por la incompatibilidad de los modelos políticos. La victoria de Iglesias radicaliza el discurso de Podemos. Se arriesga a perder peso en caladero izquierdista, pero conecta con las bases. De otro modo no se hubiera aclamado y canonizado en Vistalegre a los apóstoles de la subversión. Diego Cañamero se pavoneaba como un héroe proletario. A Bódalo se le evocaba como un epígono de Miguel Hernández. Monedero exigía la idolatría en los pasillos. Y Miguel Urbán, condotiero de los “anticapis”, acaparó los mayores decibelios, superando con creces cualquiera de las intervenciones de Pablo Iglesias. Y no puede decirse que escasearan.

El líder de Podemos se sucede a sí mismo al frente de Podemos. El problema es que Iglesias es la virtud y el límite del movimiento. Todavía se necesitan en el esquema paterno-filial y en los rescoldos del mesianismo, pero tanto se refuerza su liderazgo agresivo, tanto se desvanecen sus posibilidades de llegar a la Moncloa.

La restauración del modelo feroz conforta a Iglesias en la devoción de la militancia y demuestra que el espíritu de Izquierda Unida se ha apoderado de las esencias, pero representa un enorme límite electoral. El límite que aspiraba a rebasar Errejón normalizando la vida institucional y convenciendo a los suyos de que el futuro de Podemos, de haberlo, está a la derecha de Podemos. E insistiendo en que la idea de cultivar temerariamente el fantasma del “estado fallido” no lograba otra cosa que hacer de Rajoy el patrón nacional de los pensionistas y el rompeolas a la incertidumbre. Larga vida a Mariano.

Intimida que algo queda. De Juan Cruz

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el paisLa tendencia de Pablo Iglesias de decirle a los periodistas cómo deben ejercer su oficio tiene antecedentes.

MD78. MADRID, 24/05/07.- El escritor Juan Cruz, esta mañana durante una entrevista con Efe en la que habla de su nueva obra, "Ojalá octubre", en la que rinde homenaje a la figura de su padre y a la gente humilde de su entorno, que "supieron perder con dignidad". EFE/J.L. PinoJuan Cruz, 2 noviembre 2016 / EL PAIS

La tendencia de Pablo Iglesias de decirle a los periodistas cómo deben ejercer su oficio, este modo suyo de intimidar a los profesionales para que se replieguen ante él y los suyos, tiene antecedentes. En Venezuela, por ejemplo, y en Argentina. Él dictó, con algunos de sus compañeros más apresurados en la mecánica de la reprimenda, la norma de que no se puede hablar de Venezuela aquí, pero él habló mucho de Venezuela, y también habló para Venezuela, y para repúblicas amigas. Hasta que fue oportuno que no llorara por Hugo Chávez y dejó de decir Hugo antes de que dejara de decir Alexis o antes de que dejara de decir todos los nombres propios que antes no se le caían de la boca.

Después de dictar que no se hablara de Venezuela dictó cómo debía informarse desde España para América, y puso de ejemplo EL PAÍS, al que había que desactivar como un peligro para la comprensión del futuro de los países a los que se dirigía en aquel sur. Lo hizo a través de un programa al que convocó a gran parte de sus más fieles contertulios para decir, a vuelta de tuerca, que somos un peligro para el mundo que él quiere construir. Luego vinieron algunas anécdotas simbólicas que tienen que ver con su concepto del periodismo.

Como otros líderes que no son de su cuerda, se burló de periodistas por su vestimenta e incluso por sus informaciones, para que acallaran bajo sus gritos o sus burlas las informaciones que estuvieran en sus manos. Y ha llegado ahora a la desfachatez profesional de llenar de tuits y otras maniobras de los suyos y de los adquiridos para hacer que una emisora de radio, la SER, de este grupo, fuera acusada de decir lo que él dice que no dijo después de que todo el mundo escuchara que no dijo algo distinto que lo que la cadena resumió. Él y los suyos consiguieron que Mariela Rubio pareciera un seudónimo de Juan Luis Cebrián en el caso Espinar y ahora lo han intentado de nuevo con la desfachatada y prolija declaración del propio Iglesias sobre las mujeres: intimida que algo queda. Y quedó.

La técnica es esa, la intimidación, auxiliada por las redes sociales que manejan él mismo y sus compañeros de equipo con una destreza que desarma al contrario que cree que si las redes lo destrozan ya no volverá sano a casa. Y a esa intimidación nos hemos prestado los periodistas hasta convertirnos en rehenes de su buen humor o de su malhumor, de su concepto (el de Iglesias, el de los suyos) torcido de un oficio del que ya se ríe abiertamente, y a muchos parece que nos divierte el harakiri.

Sé que lo que estoy diciendo aquí tendrá las consecuencias habituales, que ya son una constante en la relación de Podemos con el periodismo al que no llegan a borrar del todo, aunque lo intenten sus más ágiles portavoces, ellas y ellos. Pero no me puedo callar porque yo vi ese periodismo ya, en las charlas de Hugo Chávez y en un programa argentino burlón alentado por Cristina Kirchner y los suyos; se titulaba 6, 7, 8 y era una agresión sin cuartel contra todo aquel periodista (de EL PAÍS incluido) que osaba decir lo que no estaba legislado por los altavoces de aquel periodo oscuro del periodismo argentino.

Como quiero el oficio, no tengo ganas de que el periodismo se rinda, anestesiado, ante los que lo quieren meter en el cajón oscuro de la intimidación. Ah, y tampoco me llamo Mariela Rubio.

La guerra de las rosas. De Jorge Galindo

En el PSOE se está dirimiendo mucho más que el futuro de Sánchez, Díaz o el socialismo español: en esa batalla se contraponen dos visiones del papel que debe tener un partido socialdemócrata en el nuevo escenario político occidental.

vhjllow2_400x400Jorge Galindo, 29 septiembre 2016 / EL PAIS

Llevaba tiempo en preparación, con intercambio ocasional de disparos, pero ayer se convirtió en una contienda abierta. Pedro Sánchez tomó la iniciativa convocando un debate interno en la forma de elecciones primarias y congreso del partido. Sus críticos, decía, no se atreverán a negarle la voz a la militancia. Éstos, por su lado, han decidido intentar tomar el control del partido desde arriba, basándose en la idea de que quizás los votantes más moderados tengan otras preferencias. Muchos retratan esta guerra como una mera lucha de poder vacía de contenido, pero pocas son las batallas por el control de un partido que no contraponen visiones de fondo; y no se conoce ningún conflicto de ideas que no conlleve el paisla intención de un bando de imponer las suyas sobre las del rival. El poder y el proyecto van de la mano, y las dudas sobre el segundo suelen emerger cuando el espacio para disfrutar del primero se reduce. Como le sucede a un PSOE que encadena varias derrotas sin precedentes.

De esta manera, la guerra de las rosas dirime mucho más que el futuro de Sánchez, de Díaz, o incluso del socialismo español, pues en ella se contraponen dos visiones del papel que debe tener un partido socialdemócrata en el nuevo escenario político occidental. Escribía hace unos meses en estas mismas páginas que la formación parecía indecisa entre dos rutas: de un lado se encuentra la alternativa de colaborar con el centro y el centroderecha tradicional, o incluso ocuparlo, forjando un bloque por la estabilidad y las reformas comedidas. El primer ministro italiano Matteo Renzi representa ese camino. El contraargumento define también la vía opuesta: cualquier pacto con las élites es una traición, y por tanto el deber de la socialdemocracia es alejarse, no acercarse, al centroderecha. Hace pocos días, Jeremy Corbyn salía triunfante de su propia guerra interna, en la que también ha empleado a la militancia más movilizada como muro de contención contra los moderados (que otros llamarían establishment) del laborismo. La vía central, una en la que el socialismo se recicla para proponer nuevas coaliciones entre ganadores y perdedores de la evolución económica de los últimos años, permanece inexplorada. Y Pedro Sánchez ha decidido ir a la guerra con la estrategia de Corbyn.

La alternativa de Ferraz impide facilitar una investidura de Rajoy independientemente de las veces que el país acuda a las urnas. Para ello, se ha apoyado en la porción más movilizada de la militancia. Por eso, la cúpula solo se ha movido de su segundo plano cuando ha considerado que está dispuesta a asumir explicar a las bases por qué se hace lo contrario de lo que quieren. El argumento, según ellos, es sencillo: seguir sin Gobierno deja España en una situación de bloqueo inaceptable. No es distinto del esgrimido por el resto de partidarios de las grandes coaliciones en los países del norte de Europa. Lo que omiten es que este coste en estabilidad a corto plazo se ve compensado por el beneficio de escuchar a quien pide cambio, manteniendo el sentimiento antiestablishment a raya. La experiencia en esos mismos países apunta a que cualquier unión entre el centroizquierda y el centroderecha no hace sino alimentar las pulsiones extremas en ambos lados del espectro.

“Si se emprende un viaje al centro, se desdibuja la redistribución
y potencia a sus rivales antielitistas”

Los nuevos partidos contienen esa intención de asalto al poder tanto como representa un deseo de modificación profunda en las politicas y en las instituciones. Fomentar lo segundo sin dejar espacio a lo primero es el gran reto de la vieja izquierda, y la vía de concentración no lo facilita.

Es por eso que es esta una guerra que no acaba aquí, ni dentro de nuestras fronteras, sino que se libra en la esfera continental: los distintos partidos socialdemócratas del continente vienen tomando posiciones desde hace años. Impulsados por convicciones ideológicas o por necesidades de competición electoral, la socialdemocracia europea en pleno enfrenta el mismo dilema: estabilidad o cambio. El viaje hacia el centro, que ha sido su ruta más habitual en las últimas décadas, no resulta hoy muy atractivo. La ausencia de un crecimiento ecónomico sólido y, sobre todo, repartido de manera equitativa debilita los argumentos de quienes propongan profundizar en el capitalismo, así sea con un corte social: para qué, pensarán muchos votantes, si ya no salimos ganando con el sistema actual. Ante semejantes situaciones de crisis estructural los socialdemócratas se han caracterizado por proponer nuevos proyectos que retejiesen la relación entre Estado y mercado. Pero hoy día carecen por completo de uno. O, mejor dicho, han renunciado a él.

“Cuando el movimiento es hacia la izquierda,
se puede terminar por dar alas al conservadurismo”

En realidad, la ruta de la innovación ya ha sido señalada por otros: reformas estructurales a cambio de amplio estímulo fiscal con universalización y mejora de las coberturas, a pagar por el capital y por las clases medias y altas, en una combinación que permita afrontar los retos que plantea la globalización y la tecnificación del mundo del trabajo, impulsando al mismo tiempo la plena igualdad de la mujer en el terreno económico y social. El relato está ahí, pero la clave es que ya no funciona a nivel estatal. En una Europa dividida entre acreedores y deudores, la única manera de llevar adelante un nuevo proyecto de crecimiento inclusivo es con un pacto entre los primeros y los segundos. Pero los socialdemócratas europeos llevan años atrapados en la separación progresiva de ambos mundos, de manera que Alemania cada vez está más lejos de Grecia, y Holanda, de España. Ahora, con un espacio electoral mucho más reducido en sus plazas nacionales, el centroizquierda se afana en buscar maneras más simples de sobrevivir. Llegó su hora de administrar la miseria.

La guerra de las rosas del PSOE no es más que un episodio de esta gran contienda. Si finalmente se emprende un viaje al centro, se desdibuja la redistribución y potencia a sus rivales anti-elitistas. Pero si el movimiento acaba siendo hacia la izquierda sin matices, se habrá producido un equilibrio inestable de futuro incierto, que posiblemente dará alas al conservadurismo. La integración europea, única respuesta al entuerto, se ha quedado así huérfana de la atención que merece. Salvo por aquellos que, por supuesto, están contentos de tenerla toda para ellos, como chivo expiatorio perfecto. Resultaría triste, y paradójico, que Europa muriese por la cobardía de quienes en el pasado crecieron bajo su manto, pero hoy no se atreven a defenderla. Así les vaya la vida en ello.

Triunfos y errores de un líder accidental

El núcleo dirigente y de asesores del que se rodeó contribuyó a cultivar en su cabeza una manía persecutoria.

Pedro Sánchez , durante su rueda de prensa de renuncia. Foto: JAVIER SORIANO /AFP

Pedro Sánchez , durante su rueda de prensa de renuncia. Foto: JAVIER SORIANO /AFP

Rafa de Miguel, 2 octubre 2016 / EL PAIS

el paisPedro Sánchez tuvo dos grandes momentos en su fugaz trayectoria hacia el auge y la caída. Recuerdo muy bien el primero: un diputado del que apenas se conocía nada relevante entre los periodistas del Congreso, más allá de su buen porte, quiso tomar un café conmigo para contarme —como a otros muchos, claro está—cómo se estaba recorriendo toda España, de agrupación en agrupación del PSOE, para promover su candidatura a las primarias del partido. El mundo es de los osados. La valentía, incluso la temeridad, puede ser un valor añadido en política si se ve acompañada por la suerte. Sánchez la tuvo y la supo utilizar. Se convirtió en el candidato perfecto de todos aquellos cuyo objetivo último no era otro que frenar al favorito, Eduardo Madina. Como el personaje de la película, Sánchez se convirtió en el “líder accidental”.

Su segundo gran momento le llegó también de rebote. La renuncia de Mariano Rajoy a intentar su investidura, tras el 20-D, llevó al Rey a ofrecer a Sánchez esta oportunidad. Y la aprovechó bien, hasta donde pudo llegar. El acuerdo pactado con Ciudadanos fue un modelo de generosidad y colaboración. Era un buen documento, y podría haber sido la base de un buen Gobierno si no fuera porque desde el principio fue un canto a la melancolía. Ni el PP ni Podemos iban a permitir ese “Gobierno transversal”.

Junto a esos dos grandes momentos, el ya dimitido secretario general ha tenido sin embargo muchos errores. Algunos especialmente graves. El núcleo dirigente y de asesores del que se rodeó contribuyó a cultivar en su cabeza una manía persecutoria, casi obsesiva, respecto a las amenazas procedentes de los dirigentes territoriales críticos, especialmente de la líder andaluza, Susana Díaz. Era evidente que los tenía enfrente, que en las conversaciones privadas le llamaban de todo menos bonito, pero respetaron hasta el final su estrategia, su candidatura y hasta sus razones para retrasar un congreso siempre pendiente.

A cambio, Sánchez fue encerrándose en su círculo. Cortó la comunicación con el resto de dirigentes. Acumuló derrotas electorales de las que ni siquiera se tomaba la molestia de hacerse responsable. Alimentó expectativas imposibles de Gobiernos alternativos. Hablaba de volver a intentar un pacto con Ciudadanos y Podemos, en el que apenas nadie creía, y lanzaba a la vez señales de otro pacto con Iglesias y los independentistas que, ese sí, escandalizaba a sus compañeros de partido. Pero sobre todo, cruzó la raya al querer envolverse en la militancia y hablar de bandos: “los subalternos del PP”, llamó a sus críticos, “frente al proyecto autónomo y de izquierdas” que aseguraba representar. En su huida hacia adelante, no entendió que el deterioro sufrido por el PSOE podía ser irreparable. Que no se trataba solo de evitar la amenaza de Podemos. Que ponerte a los mandos de un Ferrari no garantiza saber adónde te diriges ni que seas un buen conductor.

La responsabilidad política del PSOE. De Fernando Mires

Pedro Sánchez, secretario general del PSOE. Fotografía de Sergio Perez. Reuters.

Pedro Sánchez, secretario general del PSOE. Fotografía de Sergio Perez. Reuters.

Politólogo chileno radicado en Alemania

Politólogo chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, 9 septiembre 2016 / PRODAVINCI

Ya estamos en septiembre del 2016 y aún no asoma humo blanco en los vaticanos de la política española. Todos los dirigentes políticos aducen que quieren evitar unas terceras elecciones donde nadie, con excepción del abstencionismo, ganaría. A la vez, todos piensan que la parte más grande de la responsabilidad política yace en las inexpertas manos de Pedro Sánchez. Lamentablemente, eso es cierto.

El PSOE tiene tres opciones. La primera, mantener el bloqueo al PP y a Rajoy, y con ello abrir el camino hacia terceras elecciones. La segunda, aliarse con Podemos y las autonomías. La tercera, abstenerse y facilitar el acceso del PP —apoyado por Ciudadanos— al gobierno. La primera es la peor para la política del país. La segunda es la peor para el PSOE. La tercera permite al PSOE asegurar su rol de oposición sin comprometerse con el PP y a la vez salvar el principio de gobernabilidad sin el cual ninguna democracia puede existir.

Frente a ese panorama tan simple, la pregunta es: ¿qué impide al PSOE tomar posición por la tercera alternativa y no postergar más un parto que ya está llegando a los nueve meses?

Las encuestas han hablado claro. Gran parte de los votantes del PSOE prefieren un gobierno PP a nuevas elecciones (INE 20.08.2016). Entonces, el problema hay que buscarlo al  interior del propio PSOE; vale decir, en las aspiraciones de algunos de sus miembros por alcanzar posiciones de poder en un próximo gobierno, sea con la ayuda de Podemos o con las del mismísimo demonio.

La alternativa pretendida por Sánchez, la de formar una tríada con Podemos y Ciudadanos hay que descartarla. Ciudadanos y Podemos han llegado a ser, después de las erráticas aventuras de Pablo Iglesias, partidos antagónicos. La alternativa de aliarse con Podemos significaría para el PSOE ceder toda la iniciativa al populismo de Pablo Iglesias y a los secesionismos de ultraderecha y ultraizquierda que lo secundan. Esa alianza llevaría a la destrucción del PSOE. Tal vez por eso Iglesias apuesta a ella.

Puede ser que los dirigentes del PSOE teman una crisis de partido si abren el camino a Rajoy. De ahí que, a última hora, los socialistas andaluces y Felipe Gonzáles hayan convertido el antagonismo PSOE-PP en una cuestión personal. La exigencia de que el señor de la investidura sea otro, no Rajoy, dada la inmensa corrupción amparada por este último, podría ser posible. Pero serviría únicamente para salvar las apariencias. Con o sin Rajoy, el PP es el mismo PP.

Es cierto, el PSOE puede perder más de algunos puntos si permite que Rajoy sea investido. Pero si no apoya a esa investidura, será sindicado como el partido más egoísta, el que impidió la gobernabilidad, el que dejó en ridículo a la política de España.

Ya no hay más que explorar. Nada más que conversar. El PSOE debe elegir entre Guatemala o Guatapeor. Rajoy, con todos sus defectos a cuestas, debe ir al gobierno y así el PSOE tendrá tiempo para reinventarse (que mucha falta le hace) en la oposición, único lugar en donde puede combatir al principal enemigo de España. Ese enemigo no es Rajoy. Es el populismo ultranacionalista que cercena a la nación.

Bien harían los dirigentes del PSOE en recordar las tres virtudes de la política expuestas por Max Weber en su clásico libro Política como profesión. Esas virtudes son la pasión, la mesura y la responsabilidad. De las tres, la última es sobredeterminante.La pasión sin responsabilidad lleva a la locura. La mesura sin responsabilidad lleva a los peores oportunismos.

En el PSOE luchan en este momento la pasión contra la mesura. La responsabilidad todavía no ha aparecido en escena.

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