España

El ‘Brexit’ del PSOE. Editorial de El País

La victoria de Sánchez profundiza la crisis del Partido Socialista.

Pedro Sánchez comparece tras proclamarse su victoria. PIERRE-PHILIPPE MARCOU AFP

Editorial de El País, 22 mayo 2017 / EL PAIS

La victoria de Pedro Sánchez en las primarias del partido socialista sitúa al PSOE en una de las coyunturas más difíciles de su larga historia. El retorno a la secretaría general de un líder con un legado tan marcado por las derrotas electorales, las divisiones internas y los vaivenes ideológicos no puede sino provocar una profunda preocupación.

La propuesta programática y organizativa de Sánchez ha recogido con suma eficacia otras experiencias de nuestro entorno, desde el Brexit hasta el referéndum colombiano o la victoria de Trump, donde la emoción y la indignación ciega se han contrapuesto exitosamente a la razón, los argumentos y el contraste de los hechos. En este sentido, la victoria de Sánchez no es ajena al contexto político de crisis de la democracia representativa, en el que se imponen con suma facilidad la demagogia, las medias o falsas verdades y las promesas de imposible cumplimiento.

Finalmente España ha sufrido también su momento populista. Y lo ha sufrido en el corazón de un partido esencial para la gobernabilidad de nuestro país, un partido que desde la moderación ha protagonizado algunos de los años más prósperos y renovadores de nuestra historia reciente. Lo mismo le ocurrió en los meses pasados al socialismo francés, que se encuentra al borde de la desaparición de la mano del radical Benoît Hamon. Y un desastre parecido se avecina en el laborismo británico, dirigido por el populista Jeremy Corbyn. Sería ilusorio pensar que el PSOE no está en este momento ante un riesgo de la misma naturaleza. En todos los casos, la demagogia —conocida en Podemos o Trump— de los de abajo contra los de arriba se ha impuesto a la evidencia de la verdad, los méritos y la razón. Debemos asumir que esto nos sitúa ante una situación muy difícil para nuestro sistema político.

Sánchez ha construido su campaña sobre dos promesas de imposible cumplimiento. Una, conformar, con la actual configuración del Parlamento, una mayoría de gobierno alternativa al Partido Popular. Pero aunque se haya pretendido convencer a la militancia de que entonces se pudo pero no se quiso, esa mayoría fue imposible en octubre pasado y lo es también ahora, pues el PSOE no tiene la fuerza ni la capacidad de construir una mayoría de gobierno estable.

La segunda promesa ha sido la de redibujar el Partido Socialista como una organización sin instancias intermedias en la que solo existe un líder, el secretario general, y los militantes. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja: el PSOE es un partido profundamente descentralizado, tanto desde el punto de vista orgánico como territorial, donde existen múltiples instancias de poder con las que es inevitable contar. No entender ni respetar esa pluralidad y complejidad es lo que le llevó a perder la secretaría general en octubre pasado.

Fue la combinación de esos dos hechos, la imposibilidad de gobernar y la negativa a aceptar las consecuencias, lo que llevó a Pedro Sánchez a perder el apoyo del comité federal y, eventualmente, a dimitir. Las circunstancias no han cambiado, así que Sánchez vuelve al punto de partida de octubre. Con una diferencia crucial: que lo hace después de una serie de giros ideológicos en cuestiones clave (las alianzas con Podemos y el concepto de nación) que le alejan aún más de la posibilidad de gobernar.

En un momento en el que España enfrenta un grave problema territorial en Cataluña, era más necesario que nunca que el PSOE se configurase como un partido estable y capaz de suscitar amplios apoyos. Lamentablemente, el proyecto de Sánchez, en el que no cuenta con nadie que represente el legado de 22 años de Gobierno del PSOE ni ningún poder territorial significativo, aboca al partido a la profundización de una ya gravísima crisis interna. Como demuestran las debacles electorales que sufren los socialistas en toda Europa, y como ya han experimentado los socialistas en España, los márgenes para la supervivencia y relevancia del proyecto que aspiran a encarnar son de por sí ya muy estrechos. En esas circunstancias, la confusión ideológica y el modelo de partido asambleario en el que se ha apoyado Sánchez fácilmente podrá desmovilizar aún más a sus votantes y alejar a los socialistas del poder.

 

Macron: El liberalismo es progreso. De Albert Rivera

El presidente electo ha demostrado que en la nueva era política ya no valen muchas viejas premisas.

Emmanuel Macron posa junto a unas seguidoras este miércoles en París. Foto: Eric Feferberg AP

Albert Rivera es presidente del partido español Ciudadanos.

Albert Rivera, 11 mayo 2017 / EL PAIS

La victoria de Emmanuel Macron en las elecciones presidenciales de Francia ha demostrado que el liberalismo progresista gana terreno en Europa y empieza a dibujarse como la única opción política de futuro para poder afrontar los retos que nos plantea el Siglo XXI. Este joven economista de 39 años ha sido capaz de llevar a cabo una gesta electoral sin precedentes, a una velocidad de vértigo, apoyándose en un movimiento civil, En Marche!,y prescindiendo de las obsoletas estructuras de los viejos partidos. Además, ha logrado que en Francia se vote con ilusión y esperanza y no solo con miedo, al proponer a los franceses un programa liberal, moderno, reformista, progresista y europeísta.

Macron ha sabido hacer frente al populismo xenófobo del Frente Nacional y ha plantado cara a aquellos que como Le Pen o Mélenchon pretendían arrastrar a Francia hacia la autarquía y el aislacionismo. Pero la victoria electoral de Macron, además, ha puesto de manifiesto que los viejos partidos, el conservador y el socialista, no tienen respuestas ante las nuevas preguntas que inquietan a la sociedad francesa y europea.

Macron ha demostrado a su vez que en la nueva era política que vivimos muchas de las viejas premisas ya no son válidas y que la sociedad europea apuesta por nuevos proyectos que sean capaces de modernizar la economía, garantizar el bienestar y reformar las instituciones.

Es cierto que el nuevo presidente de Francia deberá ahora ahormar un equipo de gobierno preparado y potente, y de cara a las elecciones legislativas del próximo mes de junio Macron deberá conformar sus listas electorales. Pero me parecen desafíos alcanzables teniendo en cuenta la ilusión que ha despertado tanto en su país como en el resto de la Unión Europea.

El resultado de las elecciones francesas constata algo más profundo; que allí donde nació la idea de dividir el arco parlamentario entre izquierda y derecha es precisamente donde ha muerto esa dicotomía. Los nuevos ejes de la política mundial se han situado en la libertad frente al proteccionismo, en la esperanza frente al miedo, en la modernidad frente al inmovilismo, en la sociedad conectada frente a quienes reniegan de las nuevas tecnologías y en la competencia y el talento frente al monopolio y la mediocridad.

En estos tiempos de incertidumbre sobre nuestro futuro común es necesario que el liberalismo continúe en su senda ascendente para hacer frente a estos y otros muchos retos. Los liberales debemos conformar proyectos ganadores y de futuro para que los ciudadanos no se tengan que conformar con votar a partidos anquilosados en el pasado ni tampoco a formaciones que venden soluciones fáciles y fraudulentas ante problemas complejos.

“Allí donde nació la idea de dividir el parlamento entre izquierda
y derecha es donde ha muerto esa dicotomía”

Soy consciente de que la tarea que tiene por delante Macron no es fácil. Es la misma tarea a la que debemos atender los líderes políticos en toda Europa. Es necesario recuperar a la clase media trabajadora para que pueda volver a levantarse después de la crisis, es necesario sentar las bases de un mercado laboral justo y flexible, es necesario dar respuesta a la crisis de los refugiados que se hacinan a las puertas de nuestras fronteras en condiciones lamentables. Y también es necesario combatir sin tregua y unidos al terrorismo yihadista que tanto dolor está sembrando en el corazón de la UE.

Pero a pesar de los desafíos que tenemos por delante en Europa, que Francia haya apostado por un proyecto nuevo e ilusionante es un aliento de esperanza para los que defendemos la libertad, la igualdad y la fraternidad. Macron representa una oportunidad no solo para Francia sino también para la UE. Una oportunidad para renovar y relanzar nuestra unión y culminar en un futuro el proyecto de los Estados Unidos de Europa.

Finalmente, la victoria de Macron supone que uno de los países fundadores de la UE tenga por fin un gobierno liberal, sumándose a otros países como Finlandia, Holanda, Dinamarca, Bélgica, Luxemburgo, Estonia y Eslovenia.

Ahora el reto para los liberales españoles es ser capaces, no solo de estar en las instituciones y ser decisivos, sino también culminar un proyecto ganador que reagrupe a la mayoría de españoles desde el centro político en un nuevo proyecto para España. Un proyecto que pueda ofrecer nuevas respuestas ante las nuevas preguntas que genera un mundo global. Nos ponemos en marcha.

 

González y Aznar piden la excarcelación de los presos políticos: “Venezuela es una dictadura”

Los expresidentes han pedido la liberación de Leopoldo López, de cuyo encarcelamiento se cumplen tres años.

 El padre de Leopoldo López, junto a José María Aznar, Ana Botella, Albert Rivera, Felipe González, Alberto Ruiz-Gallardón, entre otros. POOL

El padre de Leopoldo López, junto a José María Aznar, Ana Botella, Albert Rivera, Felipe González, Alberto Ruiz-Gallardón, entre otros. POOL

Daniel Ramírez, 16 febrero 2017 / El Español

el español“¡Tengo vaho en la cámara!”, ha chillado un periodista justo antes de empezar. La sala de reuniones del despacho de abogados Cremades & Calvo Sotelo ha absorbido casi un centenar de personas con motivo del homenaje a Leopoldo López, líder de la oposición en Venezuela, de cuyo encarcelamiento se cumplen tres años este sábado. El motivo de los sudores, los empujones y la gente subida a las sillas: la comparecencia conjunta de José María Aznar y Felipe González.

“Antes del discurso del padre de Leopoldo haremos una foto de familia”, ha dicho el organizador del acto. ¿Familia? Entonces, las risas de los dos expresidentes –aunque no cruzadas–, que han posado juntos. “En Venezuela ha desaparecido la democracia. Es una dictadura tiránica y represiva. Maduro pisotea las libertades”, han coincidido.

En un alegato compartido, González y Aznar han cerrado filas en torno a la Organización de Estados Americanos (OEA): “Hay que apoyarles para que pueda aplicarse en Venezuela la Carta Democrática”. Este mecanismo podría culminar con la suspensión del Gobierno de Maduro y la convocatoria de unas nuevas elecciones presidenciales.

El apoyo de Trump

El público, en una mesa hexagonal justo al lado de la improvisada tribuna al fondo de la sala, reunía exministros, exalcaldes y distintas personalidades del mundo del espectáculo: Javier Solana, Alberto Ruiz-Gallardón (abogado de Leopoldo López), Ana Botella, Albert Rivera, Bertín Osborne, Cayetana Álvarez de Toledo… Presentes PP, PSOE y Ciudadanos, faltaba Podemos. Iglesias, un día antes, dijo sobre la participación de González y Aznar: “Echan más leña al fuego”.

El homenaje a Leopoldo López llega justo después de que Donald Trump también pidiera su excarcelación tras mantener una reunión con la esposa del político venezolano, Lilían Tintori.

González: “Todas las pruebas son falsas”

“Todas las pruebas son falsas, forzadas”, ha empezado González en relación a la “instigación a la violencia pública” que refiere Maduro para mantener en la cárcel a López. “En Venezuela ha desaparecido la democracia. Es un país destruido. El parlamento no tiene capacidad de control. No hay reglas”, ha continuado. En un discurso que ha durado alrededor de veinte minutos, ha bromeado sobre el nombramiento del actual vicepresidente de Maduro: “Para conocerle lean cualquier novela de delincuentes”.

Implicado desde hace más de un año con el caso de López, González, que viajó a Venezuela para intentar estar presente en uno de los juicios, ha relatado algunos datos que ilustran la desolación venezolana: “Más de 30.000 personas murieron fruto de la violencia en el último año. Hay más de 100 presos de conciencia”. González ha lamentado que el diálogo que finge Maduro “sólo sirva para humillar a la oposición”. “¡Con presos políticos no hay democracia!”, ha exclamado para terminar.

José María Aznar, pegado a González, ha sido el siguiente en intervenir. El despacho ofrecía banquetas a los redactores, atrapados por una muralla de cámaras. Una fortaleza que casi le cuesta una caída a Ana Botella cuando intentaba atravesarla.

“Venezuela es una dictadura represiva”

“Hoy unimos nuestra voz y la levantamos con fuerza para pedir la liberación de los presos políticos venezolanos”, ha introducido Aznar. “Venezuela es una dictadura represiva. Las libertades son pisoteadas y las personas encarceladas injustamente”.

Aznar, amigo de la familia López, ha insistido en apoyar a Almagro, secretario de la OEA, para garantizar la aplicación de la Carta Democrática. “Tenemos que presionar internacionalmente”. Leopoldo López: “De verdad, gracias”.

El padre de Leopoldo López, del mismo nombre, ha cerrado el acto entre lágrimas. Ha intervenido justo después de proyectarse un vídeo que recorre la trayectoria de su hijo y lo muestra en prisión, clamando por la libertad de Venezuela. “Sé que mi voz no es la que quieren oír, pero hoy representa la de todos los presos políticos venezolanos”, ha expresado.

“Muchas gracias a estos dos expresidentes, grandes dirigentes, y también amigos”, ha dicho con la vista puesta en González y Aznar, a los que ha abrazado repetidas veces. “Los presos políticos están en la cárcel esperando una justicia que saben que no llegará”, ha criticado.

Sobre Maduro, ha aseverado: “Asaltan el erario público, son el mayor veneno de la sociedad moderna, hacen daño al mundo. El pueblo venezolano no disfruta siquiera de los bienes cotidianos”.

El padre del mayor opositor a Maduro, de cuyo encarcelamiento se cumplen tres años este sábado, ha dicho no encontrar palabras en el diccionario para expresar su agradecimiento a España: “De verdad, muchas gracias”. Se ha despedido, otra vez, con lágrimas en los ojos.

Errejón o la flaqueza del menchevique. De Pedro J. Ramírez

Carta de Pedro J. Ramírez publicada en EL ESPAÑOL el pasado 29 de enero, en la que se incluían las claves que han determinado el resultado del congreso de Podemos.

Ilustración: Javier Muñoz

Ilustración: Javier Muñoz

Pedro J. Ramírez, director de El Español

Pedro J. Ramírez, director de El Español

Pedro J. Ramírez, 29 enero 2017 / EL ESPAÑOL

Soslayaré el que más he estudiado, el que atañe a Robespierre y el periodista Camille Desmoulins, porque resulta demasiado obvio, en la medida en que el Incorruptible es el personaje favorito de Iglesias; y demasiado truculento porque su otrora compañero de colegio y padrino de boda terminó enviando al autor de Le Vieux Cordelier a la guillotina.

Me fijaré en cambio en la imagen de esos dos jóvenes rusos, compañeros de correrías en la clandestinidad y en el exilio, que en el gélido Londres de 1902 deciden sellar sus lazos fraternales con el ritual alemán de la Bruderschaft y tras besarse en las mejillas, entrelazan sus brazos y beben al unísono de sendas copas, en señal de fidelidad perpetua. Y lo hacen pese a que ya en ese momento existe entre ellos una seria discrepancia táctica que les enfrenta por el control de la revista que publican. Uno se llama Vladimir Ilich Ulianov, pero es conocido como Lenin; el otro es su gran amigo georgiano Julius Martov.

el españolNo en vano esa revista tenía por nombre Iskra (“La chispa”) pues la pugna sobre su línea editorial fue el foco de ignición del cisma que un año después se produciría en el congreso del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Ambos propugnaban la revolución socialista; pero mientras Martov seguía la ortodoxia marxista que la veía precedida de una revolución burguesa, durante la que aflorarían las contradicciones internas del capitalismo, Lenin tenía prisa, mucha prisa, y alegaba que se daban ya las condiciones objetivas para quemar etapas, tomar directamente el poder en nombre del pueblo e implantar la dictadura del proletariado.

Martov sostenía, como ahora hace Errejón, que había que volcarse en todas las instituciones participativas, empezando por la Duma, que convenía aliarse con fuerzas situadas a su derecha para acabar con la autocracia y que debía potenciarse un partido de masas transversal y abierto como instrumento del conjunto de la sociedad rusa. Sirviendo sin duda de fuente de inspiración a Iglesias, Lenin anteponía en cambio la subversión callejera a cualquier foro representativo, se oponía drásticamente a la colaboración con las fuerzas burguesas y concebía el partido como una vanguardia revolucionaria cerrada y homogénea.

“Sirviendo sin duda de fuente de inspiración a Iglesias, Lenin anteponía
en cambio la subversión callejera a cualquier foro representativo”

Cuarenta y tres delegados en el limbo del exilio decidieron el curso del movimiento que hace cien años cambiaría la suerte de cientos de millones de personas. Primero ganaron las tesis de Martov; luego se produjeron una serie de abandonos y ganaron las de Lenin. Entonces él proclamó que conformaba la mayoría y, como al recontar los votos había obtenido “más” –“bolshe”-, adjudicó a sus seguidores la denominación de bolcheviques, dejando para Martov y los suyos la de mencheviques o minoritarios.

Según su biógrafo Louis Fischer, el “único amigo” que tuvo Lenin fue Martov. O al menos el único con el que existe constancia escrita de que se tuteaba. Tal vez fuera exagerado el aserto de su común colaborador Boris Nicolaeivsky de que “Lenin amaba a Martov” pero en todo caso admiraba su “capacidad política, honestidad y sinceridad revolucionaria”… a la vez que combatía sus opiniones sin tregua ni cuartel. Eso mismo le sucede a Iglesias con Errejón.

Por esquizofrénico que pueda parecer, Lenin veía a Martov a la vez como su amigo personal y como su enemigo político. Por mucho que lo apreciara en la vida privada, debía destruirlo en la esfera pública. Era como ese soldado que no mataría una mosca vestido de civil, pero aprieta el gatillo sin vacilación una vez enfundado en su uniforme.

Esa esquizofrenia es pues tan estéril como la del personaje que evoca la novela de nuestro columnista Lorenzo Silva La flaqueza del bolchevique. A medida que contemplaba este viernes su muy correcta versión teatral en el Luchana, me iba dando cuenta de que la fascinación que siente el protagonista por el miliciano que se enamora de una de las hijas del zar no cuestiona en ningún momento su sentido del deber al asesinarla. La “flaqueza” no sería de esta forma sino el rostro humano de la barbarie: pobrecito bolchevique que tuvo que ejecutar a la gran duquesa Olga, justo cuando había quedado prendado de ella. Iglesias reclamaría idéntica comprensión si, llegado el caso, se viera obligado a liquidar políticamente a Errejón.

“Por esquizofrénico que pueda parecer Lenin veía a Martov
a la vez como su amigo personal y como su enemigo político”

La asimetría en la disposición a actuar marcó el destino de aquel duelo fratricida. Martov tenía dudas recurrentes sobre la consistencia de Lenin –llegó a tildarlo de “charlatán político”- e incluso sobre su integridad personal, al descubrir sus turbios manejos financieros. Pero siempre había algo que le impedía secundar los ataques de otros dirigentes mencheviques y cuestionar su liderazgo en el movimiento revolucionario. Gorky lo recuerda con ese aura hamletiana que también asedia a Errejón: “Era un joven sorprendentemente atractivo que sentía el drama de la división porque el partido era demasiado débil para soportarla”.

Un contemporáneo resumió las diferencias entre los pioneros del comunismo ruso desde la perspectiva de los militantes: “A Plejánov lo respetaban, a Martov lo adoraban, pero al único al que seguían sin hacer preguntas era a Lenin”. Póngase por delante a Bescansa y encontraremos seguramente la misma percepción generalizada entre las bases de Podemos. Quizás porque “la fuerza de voluntad, la disciplina indomable, la energía, el ascetismo y la fe inconmovible en la causa” que veían los primeros comunistas en Lenin es lo que ven los podemitas en Iglesias, en contraste con la humanidad asequible y la praxis racionalista de Errejón.

Basta examinar las dos ponencias organizativas para darse cuenta de la diferencia. Mientras el documento de Iglesias le hace émulo de Robespierre y el propio Lenin como ventrílocuo de un ente modulable denominado “el pueblo”, que habilita a quien lo suplanta para “mandar obedeciendo” –por algo ha hecho suya esa máxima del subcomandante Marcos, farisea donde las haya-, el texto de Errejón adquiere los timbres de la “primavera de Praga”, al alentar “una organización más amable, capaz de integrar a todos y todas”, para “alumbrar una cultura política diferente”.

No son distinciones doctrinales sino de talante. De hecho, lo que escribió Richard Pipes sobre el conflicto entre bolcheviques y mencheviques parece dirigido también a la querella entre pablistas y errejonistas: “Las diferencias que separaban a las dos facciones eran minúsculas, y a menudo meramente formales. El principal obstáculo de la reunificación era la insaciable sed de poder de Lenin que hacía imposible trabajar con él, salvo en calidad de subordinado”.

“El principal obstáculo de la reunificación era la insaciable
sed de poder de Lenin que hacía imposible trabajar con él”

He ahí la cuestión. Mientras Pablo lo tiene clarísimo -todo el poder para mi soviet-, en un flagrante ejemplo de servidumbre voluntaria, digna del mejor Losey, Iñigo reivindica la jefatura de Pablo, aun en el caso de que sean sus tesis las que se impongan a las del líder. Esa es la flaqueza del menchevique: el complejo de dependencia, la disposición a comportarse ontológicamente como minoría, incluso si consigue el respaldo de la mayoría.

Hay un precedente muy claro en la historia de la Transición: Luis Gómez Llorente. Cuando en mayo del 79, con el respaldo del rector Bustelo y Pablo Castellano, le ganó a Felipe González el XXVIII Congreso y logró que el PSOE se aferrara a su identidad marxista, Gómez Llorente no supo qué hacer con su victoria. Su negativa a encabezar una ejecutiva que sirviera de alternativa, permitió a las fuerzas felipistas reorganizarse al socaire de la gestora que presidía José Federico de Carvajal y retomar el control en el Congreso Extraordinario. El profesor de la pipa perenne, colgada de la sonrisa afable, prefirió cultivar desde Izquierda Socialista su posición testimonial de minoría y dedicar el resto de su vida a ir y venir, cartera en ristre, de la universidad de Alcalá a su modesto domicilio en un tren de cercanías.

El carisma del liderazgo se tiene o no se tiene y su primer requisito es la propia determinación a ejercerlo. En González esa era una disposición congénita. También en Pablo Iglesias, acólito de Lenin en su tendencia a concebir la política en los mismos términos en los que Clausewitz concebía la guerra: una confrontación encaminada a destruir al adversario -mejor dicho, al enemigo- en la que no cabe sino vencer o ser vencido.

Por eso la potenciación de Podemos para cerrar el paso al PSOE, a través del duopolio televisivo controlado desde la Moncloa, es un experimento tan peligroso como los tratamientos con histiocitos, esas células que fagocitan tejidos extraños para proteger al organismo de algunas infecciones, pero pueden provocar la más dañina de todas si se reproducen en exceso.

“El carisma del liderazgo se tiene o no se tiene
y su primer requisito es la propia determinación a ejercerlo”

Para Iglesias, como para Lenin, el partido que vertebra un movimiento de masas es como una fortaleza doblemente sitiada, según la fórmula de Elias Canetti: “Tiene al enemigo extramuros y tiene al enemigo en el sótano”. Rajoy sigue en la Moncloa, pero a Errejón se lo encontrará dentro de dos semanas en Vistalegre II y el choque no podrá ser incruento.

Cuando en 1917 Lenin organizó el golpe de Estado contra el Gobierno Provisional de Kerensky, al que respaldaban los mencheviques, Martov vaciló cada vez que tuvo la posibilidad de reprimir o incluso denunciar la conspiración bolchevique. Tras la toma del Palacio de Invierno y al escuchar a Trotski –con el que también había compartido un cuartucho en Londres- describir a los vencidos como “despojos” y “montones de basura de la historia”, Martov se rindió a la evidencia de que había permitido alumbrar a un monstruo y se retiró de madrugada del Congreso de los Soviets en señal de cariacontecida protesta.

A Lenin no le tembló el pulso cuando llegó el momento de ilegalizar al Partido Menchevique, clausurar la nueva revista de Martov y ordenar por dos veces su encarcelamiento. Como seguía siendo su amigo, permitió que le dejaran salir de Rusia para morir en el exilio; y cuando a él mismo le llegó su hora, lo tuvo siempre en su pensamiento, y a menudo en sus labios en los momentos de delirio. Errejón puede contar con que tampoco a él le faltará nada de eso, pellizquitos incluidos.

Iglesias pellizca la cara de Errejon durante una sesión en el Congreso el pasado 15 de noviembre.

Iglesias pellizca la cara de Errejon durante una sesión en el Congreso el pasado 15 de noviembre.Uly MartinEFE

Congreso de Podemos: la segunda victoria de Rajoy

La canonización de Iglesias radicaliza a Podemos y beneficia al líder del PP en el juego del antagonismo inofensivo.

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Pablo Iglesias, este domingo, en Vistalegre. Santi Burgos

Rubén Amón, 11 febrero 2017 / EL PAIS

el paisNo contento Rajoy con haber ganado el congreso del PP con una adhesión norcoreana, también ha ganado el congreso de Podemos. Nada le conviene más al presidente del Gobierno que la proclamación de Iglesias como líder supremo. Porque consolida el fuego cruzado PSOE en el mito de la pinza. Y porque es un antagonismo inofensivo en ambas direcciones. Rajoy quiere gobernar e Iglesias quiere liderar la oposición.

Semejante conveniencia acaso representa la mayor paradoja del fervor pablista que se ha vivido en Vistalegre. La suya es una victoria rotunda. Y recibida con entusiasmo hooliganista en el ruedo de Carabanchel. No sabemos qué hubieran decidido los votantes de Podemos —cinco millones— en una finalísima abierta, pero el escrutinio militante favorece la opción militante. Incluso otorga la razón a Iglesias en su estrategia maximalista-victimista-sentimentalista: o todo el poder o me marcho a casa.

Ha funcionado la coacción. No hasta el punto de esconder la fractura del errejonismo —la lista de Íñigo un tercio del consejo ciudadano—, pero sí con todos los argumentos de represalia para totemizar el piolet y desencadenar la purga. No quiso mencionarla Iglesias en el trance de la levitación nazarena. Ni podía hacerlo: el graderío reclamaba la unidad como remedio terapéutico a la pelea de gallos.

Hubiera sido una torpeza exhibir la cabeza de Errejón a semejanza sacrificial de la Medusa, pero la condescendencia piadosa de estas primeras horas en nada contradice las medidas ejemplares del Directorio. Lo sabían los errejonistas desde que trascendieron los resultados por una filtración. Y lo percibieron más todavía cuando Iglesias compareció en el escenario impecablemente encorbatado.

El abrazo de cortesía a Errejón precipitó el histerismo de los militantes. Interpretaban la escena como una hermosa reconciliación. Iglesias extiende una mano. El problema es la otra. Y hasta qué punto es verosímil el eslogan de la “Unidad y humildad” que Iglesias convirtió en anáfora mecánica de la gran homilía dominical. Humildad e Iglesias son conceptos antitéticos. Unidad y Podemos, exactamente lo mismo, sobre todo después del trauma cainita que ha supuesto el Congreso.

Requiere un enorme esfuerzo de ingenuidad imaginar la reconciliación. No ya por los desencuentros personales, sino por la incompatibilidad de los modelos políticos. La victoria de Iglesias radicaliza el discurso de Podemos. Se arriesga a perder peso en caladero izquierdista, pero conecta con las bases. De otro modo no se hubiera aclamado y canonizado en Vistalegre a los apóstoles de la subversión. Diego Cañamero se pavoneaba como un héroe proletario. A Bódalo se le evocaba como un epígono de Miguel Hernández. Monedero exigía la idolatría en los pasillos. Y Miguel Urbán, condotiero de los “anticapis”, acaparó los mayores decibelios, superando con creces cualquiera de las intervenciones de Pablo Iglesias. Y no puede decirse que escasearan.

El líder de Podemos se sucede a sí mismo al frente de Podemos. El problema es que Iglesias es la virtud y el límite del movimiento. Todavía se necesitan en el esquema paterno-filial y en los rescoldos del mesianismo, pero tanto se refuerza su liderazgo agresivo, tanto se desvanecen sus posibilidades de llegar a la Moncloa.

La restauración del modelo feroz conforta a Iglesias en la devoción de la militancia y demuestra que el espíritu de Izquierda Unida se ha apoderado de las esencias, pero representa un enorme límite electoral. El límite que aspiraba a rebasar Errejón normalizando la vida institucional y convenciendo a los suyos de que el futuro de Podemos, de haberlo, está a la derecha de Podemos. E insistiendo en que la idea de cultivar temerariamente el fantasma del “estado fallido” no lograba otra cosa que hacer de Rajoy el patrón nacional de los pensionistas y el rompeolas a la incertidumbre. Larga vida a Mariano.

Intimida que algo queda. De Juan Cruz

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el paisLa tendencia de Pablo Iglesias de decirle a los periodistas cómo deben ejercer su oficio tiene antecedentes.

MD78. MADRID, 24/05/07.- El escritor Juan Cruz, esta mañana durante una entrevista con Efe en la que habla de su nueva obra, "Ojalá octubre", en la que rinde homenaje a la figura de su padre y a la gente humilde de su entorno, que "supieron perder con dignidad". EFE/J.L. PinoJuan Cruz, 2 noviembre 2016 / EL PAIS

La tendencia de Pablo Iglesias de decirle a los periodistas cómo deben ejercer su oficio, este modo suyo de intimidar a los profesionales para que se replieguen ante él y los suyos, tiene antecedentes. En Venezuela, por ejemplo, y en Argentina. Él dictó, con algunos de sus compañeros más apresurados en la mecánica de la reprimenda, la norma de que no se puede hablar de Venezuela aquí, pero él habló mucho de Venezuela, y también habló para Venezuela, y para repúblicas amigas. Hasta que fue oportuno que no llorara por Hugo Chávez y dejó de decir Hugo antes de que dejara de decir Alexis o antes de que dejara de decir todos los nombres propios que antes no se le caían de la boca.

Después de dictar que no se hablara de Venezuela dictó cómo debía informarse desde España para América, y puso de ejemplo EL PAÍS, al que había que desactivar como un peligro para la comprensión del futuro de los países a los que se dirigía en aquel sur. Lo hizo a través de un programa al que convocó a gran parte de sus más fieles contertulios para decir, a vuelta de tuerca, que somos un peligro para el mundo que él quiere construir. Luego vinieron algunas anécdotas simbólicas que tienen que ver con su concepto del periodismo.

Como otros líderes que no son de su cuerda, se burló de periodistas por su vestimenta e incluso por sus informaciones, para que acallaran bajo sus gritos o sus burlas las informaciones que estuvieran en sus manos. Y ha llegado ahora a la desfachatez profesional de llenar de tuits y otras maniobras de los suyos y de los adquiridos para hacer que una emisora de radio, la SER, de este grupo, fuera acusada de decir lo que él dice que no dijo después de que todo el mundo escuchara que no dijo algo distinto que lo que la cadena resumió. Él y los suyos consiguieron que Mariela Rubio pareciera un seudónimo de Juan Luis Cebrián en el caso Espinar y ahora lo han intentado de nuevo con la desfachatada y prolija declaración del propio Iglesias sobre las mujeres: intimida que algo queda. Y quedó.

La técnica es esa, la intimidación, auxiliada por las redes sociales que manejan él mismo y sus compañeros de equipo con una destreza que desarma al contrario que cree que si las redes lo destrozan ya no volverá sano a casa. Y a esa intimidación nos hemos prestado los periodistas hasta convertirnos en rehenes de su buen humor o de su malhumor, de su concepto (el de Iglesias, el de los suyos) torcido de un oficio del que ya se ríe abiertamente, y a muchos parece que nos divierte el harakiri.

Sé que lo que estoy diciendo aquí tendrá las consecuencias habituales, que ya son una constante en la relación de Podemos con el periodismo al que no llegan a borrar del todo, aunque lo intenten sus más ágiles portavoces, ellas y ellos. Pero no me puedo callar porque yo vi ese periodismo ya, en las charlas de Hugo Chávez y en un programa argentino burlón alentado por Cristina Kirchner y los suyos; se titulaba 6, 7, 8 y era una agresión sin cuartel contra todo aquel periodista (de EL PAÍS incluido) que osaba decir lo que no estaba legislado por los altavoces de aquel periodo oscuro del periodismo argentino.

Como quiero el oficio, no tengo ganas de que el periodismo se rinda, anestesiado, ante los que lo quieren meter en el cajón oscuro de la intimidación. Ah, y tampoco me llamo Mariela Rubio.

La guerra de las rosas. De Jorge Galindo

En el PSOE se está dirimiendo mucho más que el futuro de Sánchez, Díaz o el socialismo español: en esa batalla se contraponen dos visiones del papel que debe tener un partido socialdemócrata en el nuevo escenario político occidental.

vhjllow2_400x400Jorge Galindo, 29 septiembre 2016 / EL PAIS

Llevaba tiempo en preparación, con intercambio ocasional de disparos, pero ayer se convirtió en una contienda abierta. Pedro Sánchez tomó la iniciativa convocando un debate interno en la forma de elecciones primarias y congreso del partido. Sus críticos, decía, no se atreverán a negarle la voz a la militancia. Éstos, por su lado, han decidido intentar tomar el control del partido desde arriba, basándose en la idea de que quizás los votantes más moderados tengan otras preferencias. Muchos retratan esta guerra como una mera lucha de poder vacía de contenido, pero pocas son las batallas por el control de un partido que no contraponen visiones de fondo; y no se conoce ningún conflicto de ideas que no conlleve el paisla intención de un bando de imponer las suyas sobre las del rival. El poder y el proyecto van de la mano, y las dudas sobre el segundo suelen emerger cuando el espacio para disfrutar del primero se reduce. Como le sucede a un PSOE que encadena varias derrotas sin precedentes.

De esta manera, la guerra de las rosas dirime mucho más que el futuro de Sánchez, de Díaz, o incluso del socialismo español, pues en ella se contraponen dos visiones del papel que debe tener un partido socialdemócrata en el nuevo escenario político occidental. Escribía hace unos meses en estas mismas páginas que la formación parecía indecisa entre dos rutas: de un lado se encuentra la alternativa de colaborar con el centro y el centroderecha tradicional, o incluso ocuparlo, forjando un bloque por la estabilidad y las reformas comedidas. El primer ministro italiano Matteo Renzi representa ese camino. El contraargumento define también la vía opuesta: cualquier pacto con las élites es una traición, y por tanto el deber de la socialdemocracia es alejarse, no acercarse, al centroderecha. Hace pocos días, Jeremy Corbyn salía triunfante de su propia guerra interna, en la que también ha empleado a la militancia más movilizada como muro de contención contra los moderados (que otros llamarían establishment) del laborismo. La vía central, una en la que el socialismo se recicla para proponer nuevas coaliciones entre ganadores y perdedores de la evolución económica de los últimos años, permanece inexplorada. Y Pedro Sánchez ha decidido ir a la guerra con la estrategia de Corbyn.

La alternativa de Ferraz impide facilitar una investidura de Rajoy independientemente de las veces que el país acuda a las urnas. Para ello, se ha apoyado en la porción más movilizada de la militancia. Por eso, la cúpula solo se ha movido de su segundo plano cuando ha considerado que está dispuesta a asumir explicar a las bases por qué se hace lo contrario de lo que quieren. El argumento, según ellos, es sencillo: seguir sin Gobierno deja España en una situación de bloqueo inaceptable. No es distinto del esgrimido por el resto de partidarios de las grandes coaliciones en los países del norte de Europa. Lo que omiten es que este coste en estabilidad a corto plazo se ve compensado por el beneficio de escuchar a quien pide cambio, manteniendo el sentimiento antiestablishment a raya. La experiencia en esos mismos países apunta a que cualquier unión entre el centroizquierda y el centroderecha no hace sino alimentar las pulsiones extremas en ambos lados del espectro.

“Si se emprende un viaje al centro, se desdibuja la redistribución
y potencia a sus rivales antielitistas”

Los nuevos partidos contienen esa intención de asalto al poder tanto como representa un deseo de modificación profunda en las politicas y en las instituciones. Fomentar lo segundo sin dejar espacio a lo primero es el gran reto de la vieja izquierda, y la vía de concentración no lo facilita.

Es por eso que es esta una guerra que no acaba aquí, ni dentro de nuestras fronteras, sino que se libra en la esfera continental: los distintos partidos socialdemócratas del continente vienen tomando posiciones desde hace años. Impulsados por convicciones ideológicas o por necesidades de competición electoral, la socialdemocracia europea en pleno enfrenta el mismo dilema: estabilidad o cambio. El viaje hacia el centro, que ha sido su ruta más habitual en las últimas décadas, no resulta hoy muy atractivo. La ausencia de un crecimiento ecónomico sólido y, sobre todo, repartido de manera equitativa debilita los argumentos de quienes propongan profundizar en el capitalismo, así sea con un corte social: para qué, pensarán muchos votantes, si ya no salimos ganando con el sistema actual. Ante semejantes situaciones de crisis estructural los socialdemócratas se han caracterizado por proponer nuevos proyectos que retejiesen la relación entre Estado y mercado. Pero hoy día carecen por completo de uno. O, mejor dicho, han renunciado a él.

“Cuando el movimiento es hacia la izquierda,
se puede terminar por dar alas al conservadurismo”

En realidad, la ruta de la innovación ya ha sido señalada por otros: reformas estructurales a cambio de amplio estímulo fiscal con universalización y mejora de las coberturas, a pagar por el capital y por las clases medias y altas, en una combinación que permita afrontar los retos que plantea la globalización y la tecnificación del mundo del trabajo, impulsando al mismo tiempo la plena igualdad de la mujer en el terreno económico y social. El relato está ahí, pero la clave es que ya no funciona a nivel estatal. En una Europa dividida entre acreedores y deudores, la única manera de llevar adelante un nuevo proyecto de crecimiento inclusivo es con un pacto entre los primeros y los segundos. Pero los socialdemócratas europeos llevan años atrapados en la separación progresiva de ambos mundos, de manera que Alemania cada vez está más lejos de Grecia, y Holanda, de España. Ahora, con un espacio electoral mucho más reducido en sus plazas nacionales, el centroizquierda se afana en buscar maneras más simples de sobrevivir. Llegó su hora de administrar la miseria.

La guerra de las rosas del PSOE no es más que un episodio de esta gran contienda. Si finalmente se emprende un viaje al centro, se desdibuja la redistribución y potencia a sus rivales anti-elitistas. Pero si el movimiento acaba siendo hacia la izquierda sin matices, se habrá producido un equilibrio inestable de futuro incierto, que posiblemente dará alas al conservadurismo. La integración europea, única respuesta al entuerto, se ha quedado así huérfana de la atención que merece. Salvo por aquellos que, por supuesto, están contentos de tenerla toda para ellos, como chivo expiatorio perfecto. Resultaría triste, y paradójico, que Europa muriese por la cobardía de quienes en el pasado crecieron bajo su manto, pero hoy no se atreven a defenderla. Así les vaya la vida en ello.