Aida Betancourt Simán

¿Qué estamos esperando? De Betancourt Simán

Las claves de las manifestaciones en Guatemala y Honduras han sido su persistencia y su unión en la diversidad.

pie_de_paginaAida Betancourt Simán, 16 junio / EL FARO

stuve en Guatemala y Honduras en las últimas semanas y, a pesar de que no pude participar en las manifestaciones multitudinarias que exigen un cese a la corrupción, sentí la efervescencia de ciudadanos que están hartos de las mañas de sus élites políticas y que ya no están dispuestos a solo quejarse en voz baja.

En ambos países, tuve una profunda envidia de su compromiso cívico, de su sentido de responsabilidad, de su valor de exigir transparencia a la clase política. Pensé que su ejemplo iba a ser el detonante para que, nosotros también, despertáramos y nos uniéramos a lo que bien podría ser una primavera centroamericana. Pero ante este silencio real (indignación, de la virtual, tenemos), debemos mirarnos como nación y preguntarnos, ¿qué estamos esperando para salir a las calles y expresar pacíficamente el descontento ciudadano?

La sociedad civil que empezó a manifestarse en 2011 con el decreto 743 y ha vuelto a aparecer varias veces en defensa de la institucionalidad, particularmente en casos de ataques contra la Sala de lo Constitucional, todavía está pendiente y activa, pero la “chispa” para que toda la sociedad salvadoreña se organice alrededor de un tema que nos indigne y nos movilice a todos (más que unos días) no ha llegado.

Podría ser que aquí estamos bien y que no necesitamos protestar. Que sabemos que los problemas que aquejan a los salvadoreños son complejos, pero vemos a un gobierno trabajando incansablemente, de forma transparente, para solucionarlos. Que confiamos en la honradez de nuestros funcionarios públicos, comprometidos a trabajar por el país y sin buscar sus intereses mezquinos. Pero no. Ninguna de esos escenarios puede explicar nuestra pasividad.

Veamos entonces las motivaciones de los ciudadanos que están marchando en Guatemala y Honduras. Las manifestaciones de nuestros países vecinos tienen algo en común: son un grito unido de indignación ante la corrupción imperante en la élite política. “Era el colmo de la sinverguenzada, nos han querido ver la cara de idiotas”, me dijeron.

Corrupción de esa tenemos también aquí. Entre el nepotismo de los funcionarios de elección popular, los reciclados asesores legislativos (antes secretos, hoy públicos, siempre excesivamente remunerados), las inversiones de nuestros diputados (en bienes raíces y en colegas) son, desde hace mucho tiempo, indignantes y descaradas. Pero tras un par de días de indignación y un par de columnas de opinión, volvemos a amanecer en el paisito, maldiciendo a ladrones y a corruptos, y seguimos en la burbuja.

 ¿Violencia, entonces? Nos sobra. El Triángulo Norte es la subregión más violenta del mundo, y no importa si El Salvador es o no el más violento; las historias de extorsiones, violaciones, desapariciones y horribles asesinatos deberían ser suficiente para espantarnos, para gritar de hastío, para rabiar de impotencia, para exigir respuestas, soluciones y humanidad ante la deshumanización de nuestra sociedad. Todo esto aunque el Presidente y su gabinete nos digan que es culpa de los medios, que es culpa de la Sala, que es culpa de todos menos de ellos, cuando la culpa es de todos. Pero volvemos a amanecer en el paisito, maldiciendo a criminales y asesinos, y seguimos en la burbuja.

Las claves de las manifestaciones en Guatemala y Honduras han sido su persistencia y su unión en la diversidad. En Guatemala, dio inicio con jóvenes estudiantes que convocaron por redes sociales a una marcha para pedir la renuncia de la vicepresidente por su involucramiento en una red de corrupción, que se han repetido con éxito semana tras semana y han seguido sumando a personas de distintos perfiles, edades, ocupaciones y, sobre todo, opiniones políticas. En Honduras también, la “Marcha de las Antorchas” unió a miles de ciudadanos que protestaron por la corrupción en el financiamiento de campañas electorales con uso de fondos públicos, y se ha vuelto a repetir con igual convocatoria.

La ciudadanía está consciente y demostrándole a los partidos políticos que estas reivindicaciones no tienen color ni bandera, que el rechazo a la corrupción y la condena a los abusos de poder no dependen de ideologías; en Guatemala, por ejemplo, entonan el himno nacional: se trata de rescatar el país. Pero a esta conciencia se ha sumado una más importante, una que yace en las víctimas reales de esta corrupción: la corrupción afecta a los más vulnerables pues se traduce en peores servicios de salud y más desabastecimiento de medicamentos, menos infraestructura y formación en escuelas públicas, más nepotismo y menos igualdad de oportunidades.

Tenemos que unir y fortalecer todos los esfuerzos que antes se hicieron para defender el Estado de Derecho y la transparencia, que nos dieron éxitos como la muerte del decreto 743 o el veto a las reformas a la Ley de Acceso a la Información Pública.

Tenemos que asumir la responsabilidad y el reto de tomar el liderazgo de las reivindicaciones políticas y sociales de la ciudadanía para cambiar la forma en que nuestra clase política ha hecho las cosas hasta hoy.

Tenemos que llevar esta indignación a las calles para ejercer presión real y canalizarla a través de propuestas que garanticen que nuestros funcionarios no sigan hundiendo, rompiendo y robando el país a su antojo.

Despertemos, El Salvador. Nos sobran las razones