Máriam M-Bascuñán

Fronteras espirituales. De Máriam Martínez-Bascuñán

Y en esas estamos, huérfanos aún de un verdadero horizonte europeísta, replegándonos al calorcito de comunidades fundadas por fantasmas y exclusión.

Los migrantes  africanos  rescatados en el Estrecho de Gibraltar en Tarifa, Cádiz.

Los migrantes africanos rescatados en el Estrecho de Gibraltar en Tarifa, Cádiz. Foto: JAVIER FERGO / Gtres

Docente de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

30 junio 2018 / EL PAIS

¡Invasión! ¡Que vienen los bárbaros! ¡Cierren las fronteras! Son los gritos del Grupo de Visegrado, jaleados por una parte de la antigua Mitteleuropa,con el canciller austriaco y los hermanos bávaros de Merkel mirando de reojo a nuestro particular Trump, el inenarrable Salvini. Nuestra fijación por el amurallamiento ha terminado por convertir a los muros en iconos de esta crisis permanente que parece vivir el mundo transatlántico. ¿Cuán real es?, cabe preguntarse, porque lo que está en juego no es la gestión de las fronteras: ni siquiera vivimos una crisis migratoria real.

No pretendo minusvalorar el inmenso reto al que nos enfrentamos con la acomodación de los migrantes que llegan a Europa, pero los datos son tozudos, razón por la que escasean en política. Y nos dicen que el millón de entradas de 2015 contrasta con los 50.430 del primer semestre de 2018. ¿A qué viene el pánico entonces, ese desgarro de vestiduras? ¿Cómo explicar las duras respuestas gubernamentales, revestidas del aroma del estado de emergencia? ¿De veras buscan proteger nuestras naciones subyugadas ante el asedio bárbaro?

Nuestra teatralización de las fronteras revela más bien la reactivación de la política identitaria, el Resurgimiento de la nación imaginada, libre de invasores que quedarían situados extramuros, evitando la impureza de una idílica comunidad política cercada. Se lo cuenta a Robert D. Kaplan uno de los personajes que pueblan su Rumbo a Tartaria: a veces, el “nosotros” se construye políticamente “espiritualizando fronteras”, mediante un etnicismo que niega su permeabilidad, ese carácter de filtro de protección y cuidado de doble dirección, convirtiéndolas en muros que dividen y excluyen.

Vemos de nuevo el mecanismo de la simplificación maniquea: la división entre un interior virtuoso y un exterior que nos amenaza. Porque no es que pretendamos que no pase nadie, es que solo queremos que pasen “los nuestros”. Esa función performativa del muro, la activación del mito del control, nos devuelve al esencialismo de la nación, pues no hay nada que visualice más la identidad que el cierre. Y en esas estamos, huérfanos aún de un verdadero horizonte europeísta, replegándonos al calorcito de comunidades fundadas por fantasmas y exclusión.

@MariamMartinezB

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La fuerza de la hipocresía. De Máriam M-Bascuñán

Máriam M-Bascuñán, Profesora de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

19 mayo 2018 / EL PAIS

Desde hace tiempo se dice que la libertad de expresión peligra. Hablamos de espirales de silencio, de la amenaza de enjambres digitales prestos al linchamiento público de quien opina “incorrectamente”, de dictaduras de la mayoría que avasallan a los poderes del Estado y ejercen presión moral sobre la sociedad, o de la activa persecución de los irreverentes que osan mofarse de la cultura dominante.

Esto existe (¡a qué negarlo!), pero la discusión sobre la libertad de expresión no capta del todo las diatribas de nuestro tiempo. Quizá lo que se haya perdido sea la idea de una comunidad de comprensión donde se delibere con deseo de convicción mutua, construyendo un sentido verdaderamente común que permita el choque de argumentos contrarios. No parece que aspiremos al diálogo ni a convencer a quien piensa diferente, sino más bien a reforzar el canto de la tribu, el zumbido del enjambre al que apelamos. Cambiamos la conversación por una infructuosa yuxtaposición de monólogos paralelos.

Cuando Torra afirma que Cataluña vive una crisis humanitaria, sabe que es falso, pero no pretende abrir un debate. Se encierra en la Verdad del clan, precisamente para reforzarla e impedir la conversación. Hay cosas que no podemos sostener sin saltar fuera del espacio común, que solo se esgrimen cuando el lazo de convivencia está roto. Esta espistemología tribal nos dice que los grupos tenemos nuestro propio criterio de verdad, inmune al criterio de otras tribus. Se quiebra así la relación pública, que ya no busca la conversación porque esta se refiere al mundo compartido. Y se trataba, recordémoslo, de discernir conjuntamente los asuntos de la polis.

Frente a lo que se piensa, lo políticamente correcto, las buenas formas, el reconocimiento del otro en su particularidad, incluso los halagos y el gesto afable muestran que asumimos el riesgo de confiar en la conversación. Porque conversar es precisamente “vivir, dar vueltas en compañía”. Jon Elster lo llamó “la fuerza civilizatoria de la hipocresía” y presupone una relación ética entre quienes discuten, responsabilizándose mutuamente del dialogar. No es que vaya en contra de la libertad de expresión, sino que a veces es condición necesaria para su realización.

@MariamMartinezB