David Jiménez

Conmoción y olvido del lector políticamente correcto. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 3 abril 2016 / EL MUNDO

Twitter, ese espacio de debate que alguien ha descrito como una versión moderna de las pintadas que se dejan en las puertas de los baños públicos, se ha llenado estos días de lectores enfurecidos por lo que consideran un agravio comparativo entre las coberturas de los atentados de Bruselas y Pakistán. ¿Por qué tanto espacio dedicado a los europeos y tan poco a los paquistaníes? ¿Acaso a los medios les importan más unas vidas que otras?

El redactor jefe de internacional del portal estadounidense Vox ya describió en noviembre la hipocresía de lectores que le plantearon la misma pregunta en relación a los atentados de París y Beirut. Max Fisher defendía el trabajo de la prensa y sostenía que el problema estaba en una audiencia que se indignaba por la supuesta ausencia de una información que ni buscaba ni le interesaba. La polémica había empezado cuando un tuitero logró atención mundial con un mensaje en el que, utilizando el mundouna foto de un acontecimiento que había tenido lugar en Beirut una década antes, denunciaba el supuesto silencio de los medios tras la masacre en un bastión de Hizbulá. Para Fisher «era difícil no ver la ironía» en ese tuit lleno de imprecisiones que el autor podría haber evitado si hubiera leído una información que no sólo existía, sino que había sido publicada en cientos de medios.

Lo ocurrido con Pakistán estos días también es representativo. Algunos lectores me han escrito ofendidos porque no llevamos a portada la noticia del atentado de Lahore -sí en páginas interiores-, una queja en principio legítima. Lo sorprendente es que no recibiéramos ese toque de atención durante la última década, en la que Pakistán ha sido el país del mundo más golpeado por el terrorismo junto a Irak. Una media de dos atentados diarios.

Entre 1999 y 2013 viajé a menudo por el país, informando de golpes de Estado, terremotos y brutales matanzas terroristas. El interés que despertaba lo que narraba desde allí solía ser inferior a las crónicas de fútbol de segunda división. Pero éste y otros periódicos seguimos cubriendo la zona porque creíamos que era nuestra responsabilidad. Escribí entonces y sigo manteniendo que Pakistán importa: el mayor riesgo para el mundo no está en la dictadura de Corea del Norte o los ayatolás de Irán, sino en la posibilidad de que los fundamentalistas controlen un país con armas nucleares y en una rivalidad con La India que ya ha provocado tres guerras.

Que de repente todo el mundo se acuerde de Pakistán -un rato: la atención duró horas- puede llevar a los mismos medios acusados de indiferencia a pasar la pregunta a los lectores. ¿Se debe ese súbito y pasajero interés en el país a lo mucho que importan ahora sus víctimas? ¿O fue un reflejo por lo ocurrido en Bruselas y el temor a que podamos sufrir lo que los paquistaníes llevan años padeciendo?

Por supuesto hay lectores que se preocupan sinceramente por lo que pasa en países lejanos, pero sabemos que no son mayoría porque la tecnología nos permite hoy conocer cuánta gente lee cada noticia y por cuánto tiempo. The Guardian, que también fue cuestionado por sus lectores tras su pobre cobertura del atentado de Lahore, mostraba los datos el otro día y concluía que no importaba cuántas veces cambiaran de titular o enfoque, la prioridad de sus lectores no estaba en Pakistán.

Ocurre lo mismo con otros temas que supuestamente son los que más movilizan a la opinión pública, sobre todo en las redes sociales, y que los periódicos tenemos serios problemas para que sean leídos, ya sean conflictos en África, la crisis de los refugiados o la más cercana violencia de género, que hoy vuelve a nuestras páginas con un gran reportaje de Pedro Simón sobre un maltratador «arrepentido». Si cada observador ofendido por la insuficiente cobertura de uno de estos temas se convirtiera en lector real, los periódicos tendríamos presupuesto para abrir oficinas permanentes en las capitales de todos los países a los que supuestamente hemos abandonado informativamente.

Hoy sabemos mejor que nunca lo que la gente quiere leer, al menos en Internet, y la buena noticia es que podemos desmontar el mito de que sólo atrae lo banal. La política, la salud, la educación, la cultura, el deporte o la ciencia también interesan. Lo que ocurre en tu ciudad interesa más que lo que pasa en otras. Estados Unidos más que Mali. Y Pakistán sólo cuando percibimos que lo que pasa allí nos puede afectar. Por eso vamos a seguir informando del país, tratando de hacer un mejor trabajo en explicar a nuestros lectores por qué debería importarles.

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El espíritu de ‘Serambi’. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 13 marzo 2016 / EL MUNDO

La redacción del diario Serambi, en la ciudad de Banda Aceh, había sido arrasada por el gran tsunami del Índico que en 2004 mató a más de 230.000 personas. Los empleados más madrugadores se habían ahogado en la primera planta, la imprenta del periódico yacía hecha añicos en el párking y la mitad de la plantilla había desaparecido. Los supervivientes buscaban a familiares y amigos entre las ruinas de una ciudad fantasma. Entonces ocurrió algo inesperado. Periodistas que lo habían perdido todo empezaron a presentarse en su puesto de trabajo. Localizaron un par de ordenadores que aún servían en la segunda planta. A tres horas de Aceh, en una localidad vecina, se encontró una pequeña imprenta que todavía funcionaba. Alguien consiguió una furgoneta de reparto. Y seis días después de que el tsunami golpeara la redacción, el Serambi volvió a salir a la calle. “Pensamos que en mitad de la tragedia nuestros lectores nos necesitaban más que nunca”, me dijo Ajurdin, su director, sobre su empeño en resucitar el periódico.

Pienso a menudo en el Serambi, y en el espíritu de los periodistas que lo sacaron adelante porque, salvando las diferencias, la prensa española ha vivido su particular tsunami en los últimos años. Nos hemos enfrentado a la mayor crisis económica en décadas y a un cambio de modelo que nos ha obligado a buscar la manera de sobrevivir en un nuevo escenario. Y aquí estamos: con nuestras heridas, ninguna más dolorosa que la de ver a compañeros perder sus puestos de trabajo, y preguntándonos por la siguiente historia.

A veces se nos olvida cuánto han cambiado las cosas y a qué velocidad. Cuando cubrí el tsunami para este periódico no existían el iPhone, Twitter o Facebook. La redacción digital de nuestro periódico ocupaba un rincón discreto de la redacción. Internet ya era una realidad, pero la mayoría de los periodistas no veían la revolución digital como una oportunidad, sino como una amenaza. Lo sé, porque yo formaba parte de la resistencia. Consideraba que mi trabajo debía ser el del corresponsal clásico y que el mejor periodismo sólo se podía hacer en el papel.

Hoy existe el convencimiento en las redacciones, incluso en las de los medios más tradicionales, de que la tecnología puede ser nuestra aliada, de que sólo si nos adaptamos en un proceso de innovación continua podremos seguir adelante y que sumarnos a la transformación digital no es una opción. El tren va a pasar, está pasando ya, y al maquinista no le importa quién se sube y quién se queda en el andén.

Hay compañeros que ven estos cambios con temor y se aferran a la nostalgia como coartada para resistirse a ellos. Me preguntan con preocupación si voy a matar el papel, como si eso fuera algo que pueda decidir un director de periódico desde su despacho y no los lectores. Mientras sigan con nosotros, y decenas de miles de ellos lo están, seguiremos editando nuestra versión impresa con el mayor cuidado, tratando de hacerla mejor cada día. Pero a la vez vamos a apostar por llevar nuestro periodismo a más lectores, en lugares donde todavía no nos leen, convirtiendo nuestra redacción en un centro de innovación y creación de periodismo, buscando nuevas formas de contar las historias y organizando los flujos de trabajo de acuerdo con los tiempos, aprovechando ese matrimonio entre tecnología y periodismo que ya es para toda la vida y que nos ha permitido tener hoy más lectores que nunca.

Mis colegas más escépticos, incluidos algunos periodistas que admiro, creen que en ese viaje que hemos emprendido no podemos dejarnos nada de lo esencial en el camino. Y llevan razón. Mientras incorporamos ingenieros y desarrolladores a nuestras redacciones, tenemos que reforzar nuestros equipos de investigación para seguir cuestionando al poder. Mientras trabajamos en la forma de actualizar más rápido nuestra información, debemos reforzar los controles de edición para que sea lo más justa posible. Mientras buscamos nuevos formatos e innovaciones, tenemos que encontrar el tiempo para hacer autocrítica, eso que tanto nos cuesta a los periodistas. No puede ser que nosotros, que nos dedicamos a criticar lo que hacen políticos, artistas o deportistas, no seamos capaces de cuestionarnos lo que hacemos y por qué. ¿Hemos contrastado lo suficiente nuestra última información sobre corrupción? ¿Justifica la relevancia de una información romper el derecho a la intimidad de los afectados? Cuando nos equivocamos, ¿hacemos lo suficiente por reparar el error?

El cambio no puede consistir sólo en mejorar nuestra tecnología, desarrollar las mejores apps o tener el mejor diseño, porque como dice la gran maestra de periodistas Rosa María Calaf, los medios no somos tostadoras. Tenemos un compromiso intelectual con la sociedad y debemos reforzarlo o todo lo demás no habrá servido de nada. Mirando atrás, a lo que hemos pasado y dónde estamos, también nosotros podemos sentirnos orgullosos de haber llegado hasta aquí, convencidos, como decía el director del Serambi, de que en un mundo lleno de incertidumbres y no pocas trampas, nuestros lectores todavía nos necesitan.

El texto es un extracto del discurso de inauguración del Congreso Digital de Huesca del director de EL MUNDO.

El periódico que no se podía nombrar. de David Jiménez/director de El MUNDO

RICARDO
David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 28 febrero 2016 / El Mundo

A Felipe González le costó volver a nombrar a este periódico después de la publicación de los escándalos de los fondos reservados, los GAL o la financiación ilegal del PSOE. Para el líder socialista éramos «El Inmundo», como si lo indecente fueran nuestras informaciones y no el reparto de fajos de billetes de dinero público entre sus colaboradores. Dice algo de lo poco que cambian algunas cosas en este país el que hayan pasado dos décadas, la corrupción vuelva a poner contra las cuerdas al partido gobernante y el actual inquilino de La Moncloa también tenga dificultades para referirse a EL MUNDO por su nombre. «Ese periódico que usted cita…», respondía Mariano Rajoy al ser preguntado en Espejo Público por noticias que no eran de su agrado.

El presidente no está contento con el trabajo que hacemos. Normal. Lo contrario, que dirigentes políticos llenaran de felicitaciones el buzón de la redacción, diría poco de nuestra independencia y nos acercaría a lugares donde la prensa no ejerce su función. Siempre me acuerdo del periodista de Corea del Norte que me contó que allí el riesgo no estaba tanto en criticar al líder supremo, algo impensable, como en quedarse corto en la exaltación de su inconmensurable infalibilidad. El periodismo estaba en crisis, había escrito el tirano Kim Jong-Il en el Gran Maestro de los Periodistas, su manual sobre el oficio que ordenó enviar a todas las redacciones, porque no había suficiente «ardor revolucionario» a la hora de diseminar sus pensamientos.

Entiendo que Mariano Rajoy no pretende que lleguemos a ese grado de exaltación de sus logros, que los tiene, pero al presidente le ocurre como a tantos políticos españoles que no terminan de entender la relación entre el poder y la prensa. Cada vez que ésta desvela un caso de corrupción, no importa la contundencia de las pruebas, el Partido Popular atribuye la información a alguna extraña conspiración judicial o periodística. Después vienen las sugerencias de que el rival recibe mejor trato, aunque la hemeroteca demuestre que no es así. Y, cuando todo falla, se organiza una ofensiva para ensuciar el prestigio del medio denunciante, en lugar de gastar esas energías en limpiar su casa.

Sólo en un lugar donde se confunde el papel de la prensa es necesario recordar que no fue «ese periódico» que el presidente elude citar el que envió mensajes de apoyo a Bárcenas tras saberse que tenía cuentas en Suiza. Nos limitamos a publicarlos. No ha sido nuestro diario el que ha imputado al equipo municipal del Ayuntamiento de Valencia de Rita Barberá, aunque nuestras investigaciones ayudaran a destapar el escándalo. Y no fue en nuestra redacción donde se organizaron las tramas Gürtel, Nóos, Palma Arena, Púnica...

La diferencia entre España y países con mayor tradición democrática como EEUU es que allí se publica una investigación y cae hasta el cardenal, como nos recuerda la historia del Boston Globe llevada al cine en Spotlight, mientras que aquí tienes que aguantar una campaña como la que organizó el ex presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, cuando revelamos las irregularidades en la compra de su ático de la Costa del Sol. Lo nuestro, decía airado, era «periodismo basura». Cuatro años después, el fiscal ha pedido su imputación por cohecho y blanqueo de capitales.

Todo este paseíllo diario de corruptos por los juzgados sería más soportable si no fuera acompañado de la tomadura de pelo de quienes pretenden hacernos creer que el problema consiste en unas pocas manzanas podridas, un periódico innombrable y algunos jueces resentidos. Y, sin embargo, ése es el discurso que se ha puesto en marcha y que tuvo su momento de mayor indignidad cuando el ministro Jorge Fernández Díaz, que tiene entre sus responsabilidades dirigir las Fuerzas de Seguridad que luchan contra la corrupción, sugirió públicamente que detrás de las redadas que afectan a su partido hay una conspiración.

Steinbeck tenía razón: no es el poder lo que más corrompe, sino el miedo a perderlo.

 

@davidjimeneztw

Donde los pájaros han dejado de volar. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 21 febrero 2016 / EL MUNDO

El escritor cubano Reinaldo Arenas, encarcelado por Fidel Castro, decía que la diferencia entre el sistema comunista y el capitalista es que, aunque en los dos te puedes llevar una patada en el culo, «en el comunista te la dan y además tienes que aplaudir». Leopoldo López no es de los que aplauden y de ahí que permanezca en una celda de aislamiento del penal de Ramo Verde. No es casualidad que, mientras se cumplía el segundo aniversario de cautiverio del disidente, en las estanterías de los comercios de Caracas se agotaran las últimas reservas de pan y el régimen subiera el precio de la gasolina un 6.000%. Venezuela vive el acto final de una revolución que, como tantas otras, fue lanzada en nombre del pueblo, entregada al beneficio de unos pocos y pagada por la mayoría. «A la dictadura le quedan horas», nos decía López en una entrevista que publicamos el jueves, tras remitir sus respuestas en servilletas de papel.

el mundoQue sean horas o meses dependerá de hasta dónde están dispuestos a llegar para defender al régimen aquellos que han vivido de sus prebendas, incluidos los mandos militares. Con el dinero a buen recaudo fuera del país, y sus retoños enrolados en las universidades del malvado imperio, la élite chavista lleva tiempo preparándose para este momento. Muy pronto habrá volado hasta ese pajarito que Maduro dice que se le aparece de vez en cuando -«me dijo que el comandante (Chávez) estaba feliz y lleno de amor de la lealtad de su pueblo»-, en caso de que le queden fuerzas para huir.

Lo que sorprende de la decadencia de la revolución bolivariana y del fracaso de su modelo es cuántas veces hemos visto la misma película y cómo, a pesar de ello, tenemos la certeza de que la volveremos a ver. El líder carismático que promete a su pueblo crear la sociedad más igualitaria del mundo y a cambio le quita la libertad, que poco a poco va tomando las instituciones del Estado, las corrompe para eternizarse en el poder y termina no distinguiendo entre sus intereses y los de su gente. Entre enemigos reales y ficticios. Entre el bien y el mal. El desenlace suele ser el desmoronamiento del régimen tras la muerte del líder o su supervivencia, si éste dejó una estructura lo suficientemente sólida y pragmática como la del Partido Comunista de China (PCCh). Allí, los herederos de Mao decidieron que para seguir reinando debían traicionar todos sus principios y lo hicieron sin rubor: abrazaron el capitalismo y prometieron a sus ciudadanos que, si no desafiaban su dictadura, les dejarían prosperar. Y han cumplido, aplastando en el camino a quienes no estaban de acuerdo con el trato.

Pero Maduro, ¿qué tiene que ofrecer? Sólo despensas vacías y una economía arruinada que ha demostrado no ser sostenible en cuanto ha bajado el precio del petróleo, una sociedad enferma por el crimen donde el año pasado fueron asesinadas 28.000 personas -uno de cada cinco muertos en América- y una generación que ha visto marcharse a quienes podían permitírselo, dejando atrapado al resto en manos de un gobierno incompetente que no puede ofrecer ni igualdad ni prosperidad, mucho menos libertad, como nos recuerda la imagen de Leopoldo López tras los barrotes de su celda.

Hay lecciones de lo ocurrido en Venezuela que son válidas para cualquier país, incluido (o especialmente) el nuestro. Fue la negligencia y el egoísmo de una clase política corrupta, y una oligarquía que se alió con ella para aumentar sus privilegios, lo que creó el vacío que permitió la llegada al poder de Chávez. No se conoce, en cambio, del triunfo del populismo en aquellos lugares donde las instituciones son sólidas e independientes, la prensa cumple su misión como guardián del sistema, los partidos políticos tienen mecanismos de regeneración y la corrupción conlleva la asunción de responsabilidades. Puede que asome la cabeza, pero no suele llegar lejos el populismo donde hay un sistema educativo que fomenta la conciencia crítica, una justicia emancipada del poder político y una percepción generalizada entre los ciudadanos de que el sistema trabaja para ellos. Por eso, mientras se lamentan de su suerte y de los escaños perdidos, los partidos tradicionales de nuestro país harían bien en mirar atrás y preguntarse cómo fue que también aquí el populismo encontró su hueco. Y cuál debería ser su comportamiento en adelante si no quieren seguir alimentándolo.

 

@DavidJimenezTW

En el nirvana de Iglesias también se pone el Sol. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 14 febrero 2016 / EL MUNDO

En el paraíso que nos viene anunciando Pablo Iglesias, y que según sus previsiones está cada vez más cerca, la virtud política sustituirá a los pecados de la casta y seremos iluminados por la verdadera democracia. La prensa será respetada, las responsabilidades políticas asumidas, la democracia interna del partido gobernante ejemplar y el nepotismo cosa del pasado. Adiós a los cuñados con despacho. Tendremos un Gobierno capaz de decirle cuatro cosas a Angela Merkel -no como ese pusilánime de Tsipras-, y se plantará cara a los mercados. Nuestros dirigentes irán al trabajo en bicicleta y subvencionarán una a quienes queramos seguir su ejemplo. El país será, al fin, purificado.

el mundoYa decía Quevedo que nadie ofrece tanto como el que no va a cumplir, porque la parte fácil siempre es la primera. Prometer. Podemos y sus partidos afines ya tienen el poder en algunas plazas importantes y se puede empezar a medir cuánto se ha avanzado allí en la búsqueda de Shangri-La e incluso si hay alguna intención de alcanzarlo. Los periodistas de EL MUNDO han ido a comprobarlo en una serie de reportajes que esta semana hace parada en el Madrid de Carmena, después de nuestra visita a Cádiz, donde (casi) estuvimos con Kichi, el alcalde de Podemos.

No lo conseguimos del todo porque la idea que el regidor gaditano tiene del trato con la prensa no le permitió encontrar tiempo para hablar de su gestión, pero sí conceder entrevistas a quienes quisieran preguntarle por el Carnaval. Si hubiéramos podido, le habríamos preguntado si el fin del nepotismo es compatible con contratar a las parejas de los miembros de su equipo como asesores; si considera que luchar contra la pobreza es fotografiarse en un palco con familias sin hogar, mientras sigue sin solucionar su promesa de dar una vivienda a quienes viven sin luz ni agua corriente; o si tiene previsto dedicar más tiempo a gestionar la ciudad y menos a la farándula propagandística, como piden los empresarios, comerciantes y asociaciones de vecinos que han perdido la paciencia con la política de plató y disfraz.

La pregunta que todo el mundo se hace -¿cómo sería un Gobierno de España con Podemos?- es difícil de responder, y unos pocos alcaldes no tienen por qué ser representativos de todo lo que haría el partido, pero empezamos a tener suficientes pistas como para que resulte innecesario que los ministros de Mariano Rajoy compitan entre ellos por lanzar la advertencia más apocalíptica. Cada vez que nos anuncian el fin del mundo tal como lo conocemos, en cuanto Pablo Iglesias llegue al poder, sólo consiguen sumar votos para el partido morado en las próximas elecciones, sobre todo, porque el discurso del miedo viene de un grupo carcomido por la corrupción que ha perdido toda legitimidad para dar lecciones hasta que no se regenere.

El problema no es que Podemos sea un partido amigo de ETA, sino que carece de un proyecto integrador común para España; el problema no es que quiera acabar con el modelo económico vigente -Iglesias le duraría a Angela menos que Tsipras-, sino que sus propuestas son irrealizables y el mero hecho de formularlas en una posición de responsabilidad agravarían nuestra crisis; el problema tampoco es que algunos de sus miembros se vayan de excursión anarquista a Venezuela, sino que sus líderes hayan mostrado en un pasado reciente su admiración por un régimen que ha empobrecido una nación inmensamente rica y mantiene a disidentes encarcelados. La pregunta es legítima: ¿ven en ese modelo un ejemplo a seguir y en qué?

Podemos y sus partidos hermanos están demostrando sin ayuda su incapacidad para la gestión y la prueba no está ni siquiera en los errores cometidos en los ayuntamientos de Cádiz o Madrid, sino en la determinación de gobernar sólo para quienes les votaron y piensan como ellos. La prioridad no parece el servicio público, sino ganar tontas batallas ideológicas. No es limpiar las calles, sino redefinir la imagen que los niños tienen de los Reyes Magos. No es arreglar el tráfico, sino utilizar la cultura para avanzar su agenda política. No es hacer que la ciudad funcione mejor, sino retirar placas franquistas -y algunas que no lo son- y cambiar el nombre de las calles. Al final va a resultar que la nueva política no era más que eso: mantener a su manera los vicios de la vieja y prometer que, una vez alcanzado el Shangri-La, el líder hará que el Sol se ponga sólo cuando convenga al pueblo.

Las siete vidas de Sánchez, ‘El Renacido’. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 7 febrero 2016 / EL MUNDO

No había terminado Pedro Sánchez de anunciar que había hecho historia en la noche electoral, tras obtener los peores resultados de un líder socialista, y los tertulianos ya hacían porras sobre su defenestración, su número de teléfono empezaba a ser tachado de las agendas del poder y en las redacciones preparábamos su esquela política. Que un mes y medio después el candidato del PSOE esté en posición de convertirse en el próximo presidente confirma que, siendo éste un país donde los políticos disfrutan de una esperanza de vida profesional inversamente proporcional al mérito, no se les puede enterrar sin haber comprobado su pulso una séptima vez.

Sánchez ha llegado hasta aquí tras un intercambio de papeles que será estudiado en las facultades de política, asignatura de el mundoEstrategias Incomprensibles. Porque mientras el candidato socialista perdía las elecciones y se comportaba como si las hubiera ganado, Mariano Rajoy actuaba como si las hubiera perdido, a pesar de haberlas ganado. El resultado es un presidente relegado al papel de segundón, a la espera de que sus rivales políticos decidan su destino.

Pedro Sánchez ha sido subestimado por todo el mundo menos por él mismo desde que se convirtió en el secretario general del PSOE gracias a que «pasaba por ahí», según la definición que esta semana me confiaba un miembro destacado del partido. No sabemos mucho de sus ideas o su visión de país, pero se nos ha ido revelando el carácter temerario de quien se tira a la piscina primero y comprueba si hay agua después. Hay veces que uno tiene la sensación de que, cuando sonríe en las ruedas de prensa, el líder socialista lo hace preguntándose cómo es posible que esté en semejante posición.

La suerte de haber nacido en un país como España, quizá.

Lo que no se le puede negar a Sánchez es el arrojo de avanzar ignorando el ruido a su alrededor, sin importar de dónde venga. Pasa de las instrucciones del patriarca Felipe González, responde con órdagos a los puñales que le lanzan desde dentro del partido y dice estar dispuesto a llevarse de compañero de viaje a Albert Rivera o Pablo Iglesias, como si los proyectos para el país de sus potenciales socios tuvieran algo que ver. Pero incluso quienes no daban un duro por el líder socialista empiezan a admitir que quizá haya una estrategia detrás de sus movimientos. «Voy en serio [a intentar ser presidente]», dice él. Y ya no se escuchan risas de fondo.

El problema de ‘El Renacido’ aspirante socialista, dado por muerto antes de tiempo como el personaje de DiCaprio en la última película de González Iñárritu, es que las mismas matemáticas que le han puesto el premio gordo a tiro pueden llevárselo por delante, y con él a su partido. Los ‘populares’ nunca se abstendrán para hacerle presidente con Ciudadanos, menos aún siendo la alternativa una segunda vuelta electoral con la que Rajoy sueña redimirse y seguir bloqueando cualquier renovación interna. Los barones tampoco dejan a Sánchez gobernar debiendo favores a partidos separatistas, que es sabido siempre vuelven para cobrarlos. Y el horizonte de tener que sentarse en el consejo de los viernes con un vicepresidente que busca la destrucción de tu partido, y varios ministros cuyo modelo económico ideal es una mezcla entre Venezuela y Grecia, no se antoja apetecible. «Vamos a nuevas elecciones», se escucha en los cuarteles generales de los partidos. Quizá, pero no sin antes alargar el teatro unos meses más y aumentar la percepción exterior de lo que nosotros sabemos hace tiempo. No somos un país serio.

Hay otra opción, más improbable pero mejor para España: que no triunfen ni la pasividad de Mariano Rajoy ni la temeridad de Pedro Sánchez y que ambos se aparten para dejar que sean otros dirigentes de sus partidos quienes lideren un gran pacto entre PP, PSOE y Ciudadanos para regenerar la vida pública, transformar el país desde la educación y reforzar con medidas urgentes una recuperación económica todavía frágil.

El problema es que estamos ante dos supervivientes con escasa predisposición para el altruismo político y que, a pesar de tener personalidades opuestas, comparten la misma determinación por agotar hasta el último suspiro la vida política que les queda.

De principios y renuncias imposibles. De David Jiménez

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, director del periódico español El Mundo

David Jiménez, 11 enero 2016 / EL MUNDO

Cientos de menores sufrieron abusos sexuales en la ciudad británica de Rotherham entre 2007 y 2013 sin que las autoridades hicieran nada por evitarlo, a pesar de que habían sido alertadas en numerosas ocasiones. La investigación posterior reveló que la pasividad se debió, entre otras razones, a que policías y funcionarios del gobierno local temían ser acusados de racistas. Las víctimas eran en su mayoría niñas blancas procedentes de familias marginales; los atacantes, de origen pakistaní. Aunque se concluyó que la «corrección política» fue uno de los motivos que hizo que los violadores pudieran actuar con absoluta impunidad, había causas más profundas.

El periodista Sarfraz Manzoor, hijo de uno de los pakistaníes que emigraron al Reino Unido en los años 50, explicaba en un artículo en The New York Times que la comunidad asiática de Rotherham siempre había vivido segregada y mantenía inalterables sus tradiciones, incluidas las que discriminaban a las mujeres. Las hijas eran entregadas en matrimonios por compromiso, consideradas inferiores a los hombres y sometidas a las mismas reglas misóginas de los sectores más intolerantes de Pakistán, pero en el corazón de Europa. La política local Sayeeda Warsi lo había advertido años antes de conocerse los abusos: los jóvenes de la comunidad crecían pensando que las mujeres eran «de su propiedad» y podían hacer con ellas lo que quisieran.

Algunas pautas de Rotherham parecen haberse repetido en Alemania. Los abusos masivos de mujeres en Colonia y otras ciudades alemanas en Nochevieja provocaron una lenta respuesta de la policía.Wolfgang Albers, el cesado jefe de la Policía Local, ocultó la participación de refugiados en los asaltos, a pesar de que sus agentes habían reunido pruebas de la implicación de solicitantes de asilo sirios. Medios de comunicación alemanes tardaron días en mencionar la participación de los extranjeros, seguramente por temor a ser percibidos como xenófobos. Se trata de la misma corrección política que no permite tener ese debate franco sobre el multiculturalismo que Salman Rushdie lleva años reclamando y que la llegada de millones de refugiados hace inevitable, porque transformará pueblos y ciudades.

ULISES

ULISES

El autor de Los Versos Satánicos cree que en Occidente se ha instalado un nuevo «relativismo moral» que nos hace tolerar comportamientos que jamás aceptaríamos en nuestras comunidades. Su pregunta es legítima: ¿hemos sido las sociedades occidentales demasiado permisivas a la hora de acomodar principios que contradicen los nuestros, en aras de una tolerancia mal entendida?

La respuesta más sencilla sería que no, porque ahí está la ley para igualarnos, sin distinción por razón de origen. Pero Rushdie va más allá y pone ejemplos concretos para sostener que estamos comprometiendo nuestros valores, unas veces por corrección política y otras simplemente por miedo. Cuando la revista Charlie Hebdo recibió el premio a la libertad de prensa de la organización Pen, el pasado mes de mayo, más de 200 escritores estadounidenses firmaron un manifiesto oponiéndose a la concesión del galardón y acusaron a la publicación de generar sentimientos anti islámicos. ¿Cómo es posible que intelectuales del país que mejor representa la libertad de expresión censuren una publicación cuyos empleados fueron masacrados por ejercerla? Los firmantes estaban sosteniendo, sin decirlo, que a la hora de aplicar ciertos derechos básicos y aceptados por todos, era necesario hacer una excepción para no herir los sentimientos de un grupo concreto. Es una renuncia inaceptable, te guste o no el contenido de Charlie Hebdo.

Quizá porque uno ha cubierto la guerra desde la posición privilegiada de quien podía abandonarla en el momento que quisiera, dejando atrás a los timorenses, cachemires o pakistaníes que la sufrían, me cuesta entender a quienes piden que Europa dé la espalda a los refugiados que huyen del terrorismo islámico, las decapitaciones y los bombardeos diarios. Quizá porque he visto de cerca la indignidad de la miseria, dejándola atrás con la facilidad con la que uno se sube a un avión, entiendo qué lleva a un padre de familia a jugarse la vida en el mar para tratar de dar oportunidades a los suyos. Pero la acogida no puede ser una simple concesión de derechos a los que llegan y debe ir acompañada de obligaciones. Por eso es fácil estar de acuerdo con Angela Merkel, líder del país que más generosidad ha mostrado con los refugiados, cuando en mitad del escándalo de Colonia, en lugar de sumarse al carro fácil de quienes aprovechan para extender la mancha sobre todos los que llegan, advierte que tampoco se puede aceptar sin más «a quienes no están dispuestos a respetar el país que les acoge». Los primeros beneficiados al hacer esa distinción, que Alemania quiere ahora convertir en ley, serán quienes sí lo respeten.