Trump

Adentro y afuera del muro. De Mario Vega

Afuera del muro quedan los que sufren las consecuencias de las políticas erradas mientras que adentro quedan los que hacen nuevos negocios.

Mario Vega, 16 junio 2017 / EDH

Los Estados Unidos producen el 36 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero del planeta, solamente detrás de China. Por ello, se comprende el revuelo mundial que ha causado la decisión del presidente Donald Trump de retirar a su país del acuerdo tomado en París por la Conferencia Cumbre sobre el Clima y que, estableció normas para regular la emisión de esos gases. Al retirar a su país, Trump deja también de lado las advertencias de la Agencia Meteorológica de las Naciones Unidas que advierte que si Estados Unidos no respeta el acuerdo no se podrá detener el calentamiento del planeta, lo cual provocará más tormentas e inundaciones, más sequías, escasez de agua, reducción de las cosechas de alimentos, nuevos conflictos y migraciones masivas. Todo eso no parece importarle al presidente estadounidense, quien argumenta que el acuerdo de París afecta negativamente el desarrollo económico y el aumento del empleo en su país. Desde hace mucho es sabido que el deseo de hacer dinero milita en contra de la naturaleza. A mayor ambición mayor daño al ecosistema.

Usualmente, quienes pagan las consecuencias son los pueblos vulnerables que no poseen grandes presupuestos para hacer frente a las inundaciones y tampoco fondos para paliar el hambre provocada por las sequías. Las tragedias humanas están fuera del campo de interés del presidente estadounidense, lo cual es concordante con su política de construcción de muros. Éstos separan al mundo de afuera del mundo de adentro. Afuera del muro quedan los que sufren las consecuencias de las políticas erradas mientras que adentro quedan los que hacen nuevos negocios. El muro sirve tanto para impedir que de los de afuera entren como para que los de adentro miren a los de afuera. Los efectos han comenzado a experimentarse en el Triángulo Norte de Centroamérica. Tal como El Diario de Hoy informó a principios de mes, la laguna de Atescatempa ha desaparecido en Guatemala y, eso, solamente es el principio de los efectos que el cambio climático provocará en nuestros países. Como cristianos, debemos rechazar firmemente los valores anticristianos que se expresan en la indiferencia hacia los más pobres y vulnerables, como también en el manifiesto egoísmo de cerrarse a las necesidades de los demás en busca del interés propio. El calentamiento global es consecuencia del uso desmedido de los recursos naturales y lo menos que como cristianos podemos hacer, es apoyar todo esfuerzo por adoptar un estilo de vida personal y comunitario que demuestre verdadero cuidado de la creación. Hay mucho que los cristianos podemos hacer por cambiar el rumbo de las cosas.

Trump es de las personas que, intencionalmente o por desconocimiento, niegan las innumerables evidencias científicas que atestiguan el calentamiento del planeta. Las Naciones Unidas afirman que si los Estados Unidos no respeta el acuerdo de París, en 30 años la temperatura del planeta aumentará en 0.3 grados centígrados. Visto en el termómetro, eso parece ser nada. Pero en términos ecológicos representa el inevitable aumento de los niveles de los océanos que, entre otras cosas, dejará sumergido el complejo hotelero Mar-a-Lago, propiedad de Trump, hacia el año 2060. Lastimosamente, él ya no estará para verlo. Pero sus descendientes pagarán los costos de la egolatría de su padre. La naturaleza siempre las cobra y eso no hay muro que lo pueda detener.

James Comey, el hombre que hace temblar a los presidentes de EE UU

Como quisiéramos a un jefe de policia de este talante…

El exdirector del FBI James Comey jura ante el Comité de Inteligencia del Senado, el pasado jueves. JONATHAN ERNST REUTERS

El exdirector del FBI, humillado e insultado por Trump, ha decidido devolver el golpe. Esta es la historia de un funcionario respetado y obsesionado por la integridad.

Jan Martínez Ahrens, 10 junio 2017 / EL PAIS

11 de marzo de 2004. El presidente George W. Bush había citado en el comedor privado de la Casa Blanca a un tipo duro. Sentado en una silla que le quedaba pequeña, ese hombre de 2,03 metros se negaba a autorizar por su flagrante ilegalidad el programa de escuchas indiscriminadas Viento Estelar. Y su firma era necesaria. Incapacitado el fiscal general por enfermedad, era él, su adjunto, quien dirigía el Departamento de Justicia. El vicepresidente, Dick Cheney, ya le había explicado la situación: si no había autorización, morirían americanos y la sangre correría a cuenta de él. Bush, con menos rudeza, le repitió el argumento.

Bush, en primer plano, y Cheney.

Bush, en primer plano, y Cheney.

Cuando ya estaba todo dicho, recuerda el biógrafo Garrett Graff, el fiscal miró a su anfitrión y sin alterarse le respondió: “Como dijo Martín Lutero aquí me planto. No puedo hacer otra cosa”.

Así es James Brien Comey. El hombre que hace temblar a los presidentes. El mismo que 13 años después de enfrentarse a Bush y Cheney ha puesto contra las cuerdas a Donald Trump con su testimonio ante el Comité de Inteligencia del Senado. Sólo y sin papeles, el destituido director del FBI ejerció este jueves de último guardián de la legalidad. Acusó al presidente de mentir y difamar, denunció las presiones para desactivar la investigación de la trama rusa, pero sobre todo reveló al mundo el modo de operar del multimillonario. Las artes oscuras que el presidente le exhibió en tres reuniones privadas y seis conversaciones. El propio Comey, en un estilo cinematográfico, las ha relatado al Senado. El presidente lo niega todo.

27 de enero de 2017. Trump le había llamado para invitarle a cenar a la Casa Blanca. Comey creyó que iba a acudir más gente. Pero cuando llegó, le hicieron pasar al Salón Verde y le sentaron en una pequeña mesa oval. Dos asistentes de la Marina eran los únicos testigos. Servían y desaparecían. En esa intimidad, el presidente le preguntó si quería seguir como director del FBI y le recordó que era un puesto que muchos ambicionaban.

Comey entendió el mensaje: “Mis instintos me dijeron que esa cena buscaba establecer una relación clientelar. Eso me preocupó mucho, dada la independencia del FBI”. Para salir del apuro, le habló de su carácter apolítico, pero el comandante en jefe insistió. “Necesito lealtad. Espero lealtad”.

Las cartas habían quedado sobre la mesa. “No me moví ni hablé o mudé mi expresión facial durante el embarazoso silencio que siguió. Simplemente nos miramos el uno al otro”.

Trump en el Despacho Oval.

Trump en el Despacho Oval.

Ese fue el comienzo. En las horas, semanas y meses siguientes, Trump no dejó de presionarle. Bajo una atmósfera asfixiante, el director del FBI, siempre según su relato, se sintió sucesivamente “asombrado, confuso, turbado”. Pidió ayuda a su superior, el fiscal general, y le comunicó que no quería volver a verse con el presidente a solas. Pero todo siguió igual, hasta que el pasado 9 de mayo fue despedido. Una medida extraordinaria que sólo había ocurrido una vez antes en la historia del FBI. Como remate, Trump le llamó públicamente demente y fanfarrón, y su portavoz declaró que ni en el FBI le querían.

“Trump erró por completo, Comey es un hombre capaz de expresar sus sentimientos en voz alta y que cautiva a sus agentes por empatía, pero no es un siervo; es un curtidísimo fiscal y jefe de agentes federales. No es político. Con él no funcionan los insultos y amenazas”, explica un alto funcionario de seguridad que le trató en la época de Barack Obama y que pide mantenerse en el anonimato.

James Comey y su familia.

James Comey y su familia.

 Humillado, Comey sacó su lado duro. A sus 56 años, casado y con cinco hijos, no pensaba dejarse pisotear. Había luchado contra la mafia, perseguido abusos racistas, investigado al presidente Bill Clinton y encarado a Bush. Fue fiscal federal en Nueva York y fiscal general adjunto de Estados Unidos. Su apabullante trayectoria le había permitido, pese a figurar como elector republicano, ser escogido en 2013 por Barack Obama para dirigir el FBI. “Para él, la integridad lo es todo”, señala su biógrafo y amigo Garret Graff.

Pasó entonces al ataque. Como buen agente y experto conocedor del tablero de Washington, había tomado nota de todas sus conversaciones con Trump, y empezó a filtrarlas. Las detonaciones sacudieron la Casa Blanca. Se volvió su enemigo número uno. No era la primera vez.

Sus mayores problemas siempre han procedido del trato con los políticos. Ahí se ha mostrado torpe. Su decisión de reabrir el caso de los correos privados de Hillary Clinton a sólo 11 días de las elecciones para cerrarlo poco después, cuando el daño ya estaba hecho, aún levanta ampollas en las filas demócratas. Comey ha defendido que lo hizo porque era su deber. Y que ocultarlo habría sido traicionar la confianza pública. “A veces es un poco boyscout”, dice un buen conocedor de Comey.

Esa rectitud es una de sus características. Se trata de un hombre pétreo; altivo para muchos. Quienes le conocen vinculan esta inflexibilidad a sus sentimientos religiosos. Aunque nació en el seno de una familia católica irlandesa, pronto se hizo evangelista e influido por el teólogo Reinhold Niebuhr escribió su tesis: Los cristianos en política. Bajo esa luz, el debate entre el poder y la integridad siempre le ha perseguido, pero nunca le ha anulado. Como enemigo es peligroso. Sus conocidos recuerdan que sabe dónde lleva el arma. Y si es necesario la usa. Con Trump han sido sus notas, esos memorandos que amenazan con abrir un proceso de impeachment. Con Bush, el puñal fue otro.

Ocurrió al final de aquella conversación en el comedor privado. Cuando el presidente volvió a pedirle que aprobara la orden de escuchas masivas, Comey se inclinó y le dijo: “Si lo hace, debe saber que el director del FBI dimitirá hoy mismo”. Bush parpadeó. Nadie se lo había dicho. Pero no tardó en darse cuenta de qué era lo mejor que podía hacer. Ante la crisis que se le abría, decidió ceder.

James Comey (izquierda) y el entonces director del FBI, Robert Mueller, en 2004.

James Comey (izquierda) y el entonces director del FBI, Robert Mueller, en 2004.

 El director del FBI era en aquellas fechas el legendario e implacable Robert Mueller. El amigo y mentor de Comey. El mismo que ahora ha sido elegido fiscal especial para investigar la trama rusa y cuyo poder representa la mayor amenaza para la presidencia de Trump. “Si hay alguien con mejor reputación que Comey, es Mueller y este no va a parar”, señala el alto cargo en seguridad. “Y que nadie piense que Comey se va a retirar del escenario. Él y Mueller han trabajado muchos años juntos y confían plenamente uno en el otro”, indica Graff.  La Casa Blanca, con Comey y Mueller, tiene un problema. Saben disparar y no les tiembla el pulso.

Amenazas ciertas. De Danilo Arbilla

Cuidado cuando aparece un dueño de la verdad. El debate libre y democrático funciona cuando se nutre de errores y verdades, de muchas verdades. Se acaba cuando se establece que hay una sola verdad y se le pretende aplicar a todos.

Danilo Arbilla, periodista uruguyao, ex presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa

Danilo Arbilla, 10 mayo 2017 / LPG

De todas sus amenazas y promesas electorales, con las que más consecuente y cumplidor ha sido el presidente Donald Trump es con las referidas a la prensa y los periodistas. Él considera que los periodistas son los “seres más deshonestos” de la Tierra, que “deben callarse la boca” y una serie más de insultos y descalificaciones. Al tren que va en cualquier momento supera al ecuatoriano Rafael Correa.

Y Trump avanza y hace cosas impensables: discrimina, impide que periodistas entren a reuniones de prensa y los descalifica públicamente. (Ver como antecedentes del mismo tipo a Chávez, Maduro, Correa, Morales, Ortega y los Kirchner: todos enemigos de la libertad de prensa).

Antes de llegar al poder, en el llano, Trump utilizó a la prensa. Y se jactaba de ello. “Los periodistas aman odiarme, pero me necesitan porque yo le doy titulares, les mejoro el rating”. En buena medida fue así: la prensa y los periodistas fueron el instrumento para que Trump fuera conocido en toda la nación que es la primera e imprescindible etapa a cumplir para cualquier político. Y de nada sirvió que en gran parte de esa “promoción involuntaria” de Trump fuera presentado como un ridículo, un desaforado y un desprolijo en todas las materias y temas delicados o sensibles (mujeres, inmigración, diferencias de razas y religiosas). Podría mostrárselo como un “loco suelto”, pero se lo hizo personaje y llegó a presidente de Estados Unidos.

Hoy Trump sabe que es noticia, que es el dueño de los titulares y primeras planas y cabezas de página y de los informativos, sin necesidad de decir disparates: es el presidente del país más grande del mundo.

Pero no le basta.

Aparentemente se afilia, a su estilo, a la tesis de Lenin de que los medios de comunicación tienen que ser órganos del Partido. Trump, aunque no tiene partido propio, en alguna medida pretende que los medios se comporten de acuerdo con sus gustos y pareceres.

En una línea ya muy conocida y muy cara a los populismos progresistas y autoritarios de estos lares, Trump amenaza y empuña una ley “antilibelo”. Una ley de prensa; una de las varias formas para vestir y disfrazar “una ley mordaza”.

Según se asegura, es difícil que la iniciativa prospere. Los medios, la gran mayoría, le darán batalla y además de ello sería una ley anticonstitucional que violaría la Primera Enmienda.

Pero cuidado, en los últimos tiempos las que más se han dado y concretado son esas cosas imposibles: el propio Trump es uno de los ejemplos más elocuente e ilustrativo.

Más allá de si hay ley o no, plantearla puede ser parte de la estrategia del presidente norteamericano en su guerra contra la prensa. Maneja, como lo han hecho tantos, un buen eslogan: “Si un medio escribe algo mal, debe retractarse, y si no, se le debe juzgar”. (Aquello de la información veraz).

La cuestión es que el público es receptivo: ¿por qué no quieren corregir algo que fue errado? se pregunta. No pueden escribir cosas malas todas las veces que quieran sin ningún freno, reflexiona. Deben y pueden ser juzgados como cualquier otro ciudadano, concluye.

Un razonamiento difícil de contrarrestar, pese a que la realidad es tan clara: ningún medio, cuando se equivoca, deja de enmendarlo. Y si no lo hace, se encarga de hacerlo la competencia y los que han sido aludidos o afectados. El fin de los medios es informar hechos ciertos y no necesita de jueces y tribunales para corregir sus errores. Está en juego su credibilidad y esta es su única fuerza y riqueza.

Precisamente ese es el objetivo Trump: afectar la credibilidad de los medios. Y entre sus adeptos ya lo ha logrado, el 80 % cree lo que Trump dice y solo un 3 % de ellos cree en la prensa.

Es un aspecto que los medios norteamericanos habrán de tener presente y cuidar mucho en su enfrentamiento contra Trump. No perder, y además recobrar la credibilidad perdida, parte de la cual, quizás, se perdió por haber dado titulares a las parrafadas de aquel desconocido Trump.

El público, en tanto, no debiera distraerse ni confundirse. Fijarse en la luna y no en el dedo que se la está señalando. Lo que importa no es si “debe retractarse” o si “se le debe juzgar”, sino quién es el que resuelve si lo que “se escribe” está mal o bien. Quién lo dice: ¿Trump? ¿Maduro? Chávez? ¿Ortega?

Cuidado cuando aparece un dueño de la verdad. El debate libre y democrático funciona cuando se nutre de errores y verdades, de muchas verdades. Se acaba cuando se establece que hay una sola verdad y se le pretende aplicar a todos.

Leer un buen periódico. De Mario Vargas Llosa

Nunca hemos tenido tantos medios de información a nuestro alcance, pero dudo que hayamos estado antes tan aturdidos y desorientados como lo estamos ahora.

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 16 abril 2017 / EL PAIS

Leer un buen periódico”, dice un verso de Vallejo, y yo creo que se podría añadir “es la mejor manera de comenzar el día”. Recuerdo que lo hacía cuando andaba todavía de pantalón corto, a mis 12 o 13 años, comprando La Crónica para leer los deportes mientras esperaba el ómnibus que me llevaba al colegio de La Salle a las siete y media de la mañana. Nunca he podido desprenderme de esa costumbre y, luego de la ducha matutina, sigo leyendo dos o tres diarios antes de encerrarme en el escritorio a trabajar. Y, desde luego, los leo de tinta y de papel, porque las versiones digitales me parecen todavía más incompletas y artificiales, menos creíbles, que las otras.

Leer varios periódicos es la única manera de saber lo poco serias que suelen ser las informaciones, condicionadas como están por la ideología, las fobias y prejuicios de los propietarios de los medios y de los periodistas y corresponsales. Todo el mundo reconoce la importancia central que tiene la prensa en una sociedad democrática, pero probablemente muy poca gente advierte que la objetividad informativa sólo existe en contadas ocasiones y que, la mayor parte de las veces, la información está lastrada de subjetivismo pues las convicciones políticas, religiosas, culturales, étnicas, etcétera, de los informadores suelen deformar sutilmente los hechos que describen hasta sumir al lector en una gran confusión, al extremo de que a veces parecería que noticiarios y periódicos han pasado a ser, también, como las novelas y los cuentos, expresiones de la ficción.

¿A qué viene todo esto? A que estuve cinco días en Salzburgo, adonde ya no llega la prensa en español, tratando de averiguar qué había pasado exactamente en la Siria de Bachar el Asad con el uso de las armas químicas contra inofensivos ciudadanos, consultando periódicos en inglés, italiano y francés, sin llegar a hacerme una idea clara al respecto, salvo lo que ya sabía: que aquello fue un horror más entre los crímenes injustificables y monstruosos que se cometen a diario en ese desdichado país.

“Quise averiguar qué había pasado en Siria con el uso de
armas químicas contra inofensivos ciudadanos”

FERNANDO VICENTE

¿Qué es lo que realmente pasó? Según las primeras noticias, el Gobierno de El Asad lanzó misiles con gases sarín sobre una población inerme, entre la que había muchos niños, violentando una vez más el acuerdo que había firmado ya con la Administración de Obama hace tres años, comprometiéndose a no usar armas químicas en la guerra que lo opone a una oposición dividida entre reformistas y demócratas, de un lado, y, del otro, terroristas islámicos. Esta noticia fue inmediatamente desmentida no sólo por el Gobierno sirio, sino también por la Rusia de Putin, aliada de aquel, según los cuales el bombardeo de las fuerzas gubernamentales hizo estallar un depósito de armas químicas que pertenecía a la oposición yihadista, la que sería, pues, responsable indirecta de la matanza. ¿Cuántas fueron las víctimas? Las cifras varían, según las fuentes, entre algunas decenas y centenares o millares, una buena parte de las cuales son niños a los que la televisión ha mostrado con los miembros carbonizados y agonizando en medio de espantosos suplicios.

Este atroz espectáculo, por lo visto, conmovió al presidente Trump y lo llevó a cambiar espectacularmente su posición de que Estados Unidos no debía intervenir en una guerra que no le incumbía, a participar activamente en ella bombardeando una base aérea siria. Y, al mismo tiempo, a criticar severamente a Rusia, por no moderar los excesos genocidas contra su propio pueblo, de Bachar el Asad, y al expresidente Obama por haberse dejado engañar por el tiranuelo sirio firmando un tratado que éste nunca pensó cumplir. En su campaña y en sus primeras semanas en la Casa Blanca, Donald Trump había mostrado una sorprendente simpatía hacia Putin y su autocrático gobierno con el que parece ahora haber mudado a una abierta hostilidad. Es probablemente la primera vez en toda su historia que la primera potencia mundial carece de una orientación política internacional más o menos definida y procede, en ese ámbito, con la impericia y los zigzags de una satrapía tercermundista.

¿Condenó el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a Bachar el Asad por usar armas químicas contra su propio pueblo? Naturalmente que no, porque la Rusia de Putin vetó una resolución que contaba con el voto favorable de la mayoría inequívoca de países. Desde entonces, el Gobierno de Moscú pide y exige estentóreamente que la ONU nombre una comisión que estudie minuciosa y responsablemente lo que ocurrió con aquellas armas químicas. Por su parte, el nuevo secretario de Estado norteamericano, Mr. Tillerson, después de su glacial viaje a Rusia, ha hecho saber que según fuentes militares de Estados Unidos Bachar el Asad ha “utilizado más de 50 veces armas químicas contra los rebeldes que quieren deponerlo”.

“El atroz espectáculo conmovió a Trump
y lo llevó a cambiar la posición de Estados Unidos”

Aunque es uno de los conflictos más sangrientos en el mundo actual, el de Siria está lejos de ser el único. Hay la pausada y sistemática carnicería de Afganistán, los periódicos atentados que destripan decenas y centenas de pakistaníes, la desintegración de Libia, los secuestros y degollinas que puntúan el avance imparable del terrorismo islámico en África, la porfía subsahariana en escapar al hambre y la violencia que empuja a millares a lanzarse al mar tratando de alcanzar las playas de Europa, la nomenclatura militar de narcos y contrabandistas que sostiene el régimen de Maduro en Venezuela y el deprimente espectáculo de la putrefacción que Odebrecht difundió por Brasil y todo América Latina. Y la lista podría seguir, por muchas horas.

Nunca hemos tenido tantos medios de información a nuestro alcance, pero, paradójicamente, dudo que hayamos estado antes tan aturdidos y desorientados como lo estamos ahora sobre lo que debería hacerse, en nombre de la justicia, de la libertad, de los derechos humanos, en buena parte de las crisis y conflictos que aquejan a la humanidad. Cuando la rebelión siria estalló contra el régimen corrupto y dictatorial de Bachar el Asad, todo parecía muy claro: los rebeldes representaban la opción democrática y había que apoyarlos sin equívocos. Al igual que muchos, yo lamenté que Estados Unidos no lo hiciera así y, asustado con la idea de enredarse en una nueva situación como la de Irak, se abstuviera. Pero, luego las cosas han cambiado. El hecho de que las peores organizaciones terroristas, como Al Qaeda y el Estado Islámico, que seguramente instalarían en Siria un régimen todavía peor que el de El Asad, hayan tomado partido a favor de la rebelión ¿no deslegitima a ésta? Tomar partido a favor de cualquiera de las dos opciones significa condenar al pueblo sirio a un futuro macabro.

“Leer un buen periódico” ya no es, como cuando César Vallejo escribió ese verso, sentirse seguro, en un mundo estable y conocible, sino emprender una excursión en la que, a cada paso, se puede caer en “una jaula de todos los demonios”, como escribió otro poeta.

Verdad, democracia y periodismo. De Antonio Cano

EL PAÍS comienza hoy una serie de contenidos especiales sobre la libertad de prensa para mostrar la realidad de una labor en constante amenaza.

Manifestación antigubernamental y por la libertad de prensa el año pasado frente a la televisión pública en Varsovia (Polonia). En las pancartas se lee: "¿Cuántos más?" y "Libertad de prensa".

Manifestación antigubernamental y por la libertad de prensa el año pasado frente a la televisión pública en Varsovia (Polonia). En las pancartas se lee: “¿Cuántos más?” y “Libertad de prensa”. Kacper Pempel REUTERS

Antonio Cano, director de El País

Antonio Cano, 10 abril 2017 / EL PAIS

EL PAÍS publicará durante este mes una serie de contenidos especiales con motivo de la conferencia del Día Mudial de la Libertad de Prensa de la UNESCO. Voces que han visto amenazada su vida por el hecho de cumplir con su deber como reportero, personajes que han dedicado su vida a luchar por el derecho a informar, experiencias en primera persona, y relatos de profesionales que arriesgan todo por abrir una ventana al periodismo en algunos de los lugares más peligrosos del planeta formarán parte de las piezas que EL PAÍS ha preparado para mostrar la realidad de una labor en constante amenaza.

La libertad de prensa está en peligro, y con ella, toda la arquitectura de libertades y derechos que conforman una democracia. Conocimos una época en la que la falta de libertad se identificaba, justamente, por el miedo a hablar. Hoy, casi en el extremo contrario, es el exceso de palabras, la verborrea desatada, lo que, en buena medida, se utiliza para negarle al ciudadano el acceso a la verdad.

Vivimos un tiempo de gran convulsión. Es muy compartida la impresión de que todo lo que teníamos por estable se derrumba de repente sin explicación: las costumbres, las prácticas, los valores que nos acompañaron durante décadas son cuestionados y algunos se ven al borde de la extinción. Los méritos que hasta hace poco nos orgullecían hoy se desprecian. Y lo más grave de todo: las instituciones que ayer creíamos sólidas como rocas parecen hoy, más que vulnerables, insostenibles.

La crisis de la prensa está marcada por dos grandes acontecimientos de las últimas dos décadas: la expansión de las nuevas tecnologías vinculadas a Internet y la crisis económica. Por un lado, las nuevas tecnologías ponen al alcance de los lectores nuevos dispositivos que le ganan a los periódicos en rapidez y versatilidad, y que parecen llamados a sustituirlos de forma inexorable. Al mismo tiempo, la crisis económica se refleja en los periódicos en una catastrófica caída de publicidad de la que nunca nos recuperamos y que ha acelerado el debilitamiento de las empresas periodísticas.

Esa misma crisis económica tuvo otros muchos efectos nocivos en la sociedad: la desmoralización ciudadana, la pérdida de confianza en las instituciones, la desesperación, la insolidaridad y el odio. Caldo de cultivo todo ello del populismo y la demagogia.

Se juntan, pues, los elementos de la tormenta perfecta: por un lado, una sociedad abonada para el autoritarismo, que se alimenta con la difusión de mentiras, rumores, consignas, calumnias… y, por el otro, una prensa muy débil para tratar de establecer los hechos y defender la verdad.

Como advierte Timothy Snyder: “Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder porque no hay ninguna base sobre lo que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes”.

En estas condiciones, hemos asistido al ascenso de figuras políticas, organizaciones o ideas que cuestionan el papel de la prensa, a la que con frecuencia descalifican como cómplice de las instituciones o como defensora de intereses espurios, para anular su capacidad de crítica. El método es sencillo y ha sido practicado en los últimos años en numerosos países: pongo en duda la honestidad y la legitimidad de un periódico, y a partir de ahí cualquier cosa que ese periódico diga sobre mí carecerá de credibilidad entre mis seguidores. Al mismo tiempo, eso me dará la oportunidad de establecer yo mismo los hechos, de crear mi propia verdad; ni siquiera necesito crear mi propio periódico –como antaño-, puedo crear mi propio universo ideológico a base de tuits.

Obviamente, el personaje más paradigmático en este papel es Donald Trump. Pero no es el único. Y, sobre todo, puede no ser el el último.

Trump asentó su éxito en el desprestigio de lo que llama la prensa del sistema liberal dominante, es decir los grandes periódicos que sirvieron para que Estados Unidos fuera una gran democracia: The New York Times, The Washington Post, Los Angeles Times… Trump sabía desde el principio que sus propuestas insensatas y su ideología xenófoba y populista serían seriamente censuradas por los principales periódicos y necesitaba crearse mecanismos “alternativos” con los que difundir sus soflamas y calumnias. Se apoyó en algunos periódicos digitales –eso que en España llamamos confidenciales- y en las redes sociales. Y se ocupó de anular la influencia de los grandes periódicos con insultos y desprecios a sus editoriales y a sus periodistas. Tuvo éxito, triunfó. Y hoy nuestros colegas norteamericanos, por mucho que cueste imaginarlo, ven seriamente en peligro la libertad de prensa en Estados Unidos.

Con métodos más drásticos, lo que intenta Trump en EE UU, lo hizo antes Chávez en Venezuela o Putin en Rusia. De una u otra forma toda la actual ola de populismo y ultranacionalismo en Europa, de cualquier signo ideológico, está basada en el desprestigio de la Prensa y en la creación de supuestos medios alternativos.

Comprendo que la palabra suena bien: alternativo. Yo también siento atracción inmediata por algo que se presenta como alternativo. Solo conviene comprobar si realmente lo es.

¿Son los confidenciales alternativos a la Prensa tradicional por su tecnología? Desde luego que no. Las grandes cabeceras son hoy también los primeros periódicos en Internet. The New York Times, The Washington Post, The Guardian son también los mayores periódicos digitales del mundo, y EL PAÍS es el primer periódico mundial en español.

¿Son los periódicos nativos digitales distintos a los tradicionales en su forma de financiación? En su mayoría tampoco. Casi todos recurren a la publicidad para su sostenimiento y, frecuentemente, con relaciones mucho menos transparentes que las que tienen los periódicos tradicionales. En los pocos casos en los que esa financiación se limita a donaciones, se está aceptando un papel secundario de los medios de comunicación y se está renunciando a lo que considero un principio indiscutible en los medios de comunicación: que solo empresas periodísticas robustas son capaces de garantizar la independencia de los periódicos y de los periodistas.

La gran diferencia entre los confidenciales y los periódicos tradicionales es, en realidad, su profesionalidad. Mientras los segundos, los periódicos, nos sentimos obligados a cumplir las exigencias y los límites, las normas deontológicas de nuestros oficio, los primeros, los confidenciales, no tienen escrúpulos en exagerar, mentir o distorsionar para satisfacer sus objetivos comerciales, a veces disfrazados de objetivos ideológicos o causas sociales.

De nuevo, algunas palabras engañan: la supuesta defensa de una causa esconde a veces la simple manipulación. Los buenos periódicos no pueden tener más causa que la de contribuir a que sus lectores estén bien informados, honestamente informados, con el objeto de que pueden defenderse de los poderosos y sean libres para tomar sus propias decisiones. Los periódicos justicieros, ni hacen justicia ni son periódicos.

La manipulación, el rumor, el insulto son instrumentos para estimular el odio, crear adeptos y, por tanto, impedir la libertad. Los hechos son los hechos, tanto si nos benefician como si nos perjudican, y la mentira es la mentira, aunque se llame postverdad, y la postverdad “es el prefascismo”. “Los fascistas”, cito de nuevo a Snyder, “despreciaban las pequeñas verdades de la experiencia cotidiana, adoraban todas las consignas que resonaran como una nueva religión y preferían los mitos creativos antes que la historia o el periodismo. Los fascistas también utilizaron los nuevos medios de comunicación, que en aquella época era la radio, para crear un son de tambores de propaganda que despertaba los sentimientos de la gente antes de que tuviera tiempo de establecer los hechos. Y ahora, igual que entonces, mucha gente ha confundido la fe en un líder con la verdad sobre el mundo en que vivimos todos”.

En España algunos también tratan de que las emociones dominen sobre los hechos. Con constantes apelaciones al estado de ánimo de lo que llaman “la gente”, se pretende que lo que se cree sea más importante que lo que se conoce. Este desprecio al conocimiento va unido al desprecio a la verdad y al enaltecimiento del espectáculo. Existe una página web en nuestro país que invita a inventarse las noticias y pone a disposición del cliente los instrumentos para crear una noticia falsa que parezca cierta, con el único propósito, dicen, de hacer una broma.

No es una broma. El sometimiento constante de los ciudadanos a noticias falsas, a informaciones corrompidas, está dificultando nuestra convivencia y destruyendo nuestra democracia.

No digo que los periódicos tradicionales seamos perfectos. Lo cierto es que estamos lejos de serlo. Pero basta medir la virulencia que los demagogos utilizan contra nosotros para entender hasta qué punto los periódicos seguimos siendo un baluarte contra el totalitarismo. Y precisamente porque la amenaza de ese totalitarismo es hoy mayor –miren a Polonia, a Hungría, pero también al Reino Unido o a Francia-, la libertad de prensa es más necesaria que nunca.

Adaptación del discurso pronunciado por Antonio Caño, director de EL PAÍS, en la apertura de la jornada La Verdad y la Libertad de Información, celebrada en el marco del Máster en gobernanza y derechos humanos de la Universidad Autónoma de Madrid.

Trump: el mismo fiasco bélico. De Cristina López

Lo que se sabe es que con sus misilazos simbólicos logró distraer el ciclo noticioso que lo estaba enterrando por la turbia relación que su campaña tuvo con hackers rusos, por el reciente fracaso legislativo de su plan para repeler y sustituir la reforma de salud de Obama.

Cristina López, 10 abril 2017 / EDH

Confieso que yo era de las que pensaba que de todas las cosas deplorables que pueden asociarse con el ahora presidente estadounidense Donald Trump, su política exterior (no la comercial, ojo) era quizás de las más rescatables. Definitivamente — pensaba yo — mejor que la de su excontrincante en la elección, que compartía la simpatía por la intervención militar que los predecesores de Trump y que –de nuevo, esto según mi análisis equivocado– yo veía más entusiasta al respecto de convertir a Estados Unidos en la policía armada de los conflictos globales que a Trump.

Trump había sido inconsistente y hasta errático sobre sus posturas al respecto de la intervención militar. Pero si algo recordaba yo claramente, es que había insistido en que estaba en desacuerdo con la guerra de Iraq (si bien al principio la apoyaba) y que, en algún punto, había criticado a Obama por coquetear con una intervención militar en Siria. Este análisis era erróneo, porque la semana pasada Trump demostró tener el mismo gusto por la intervención bélica que quienes le preceden, con el agravante que su política exterior no la informa principio alguno, sino simplemente, cómo se ve desde “la óptica” política.

En Siria, el gobierno del sanguinario dictador Bashar al-Assad atacó a sus ciudadanos haciendo uso de una de las más despreciables herramientas bélicas: un ataque químico que dejó más de 70 muertos y más de 100 afectados. Sobre todo niños. Trump se dijo tan “indignado” por lo que había pasado en Siria, que sin consultarle al Congreso (en teoría, un requisito de limitación de poderes dentro del funcionamiento de las ramas de gobierno en Estados Unidos) emprendió un ataque de misiles contra una base aérea en Siria. Es incierto qué tipo de retaliación podría tener el gobierno sirio o sus aliados los rusos. Tampoco se sabe si Trump tiene un plan a largo plazo y si los misilazos (que cobraron las vidas de varios civiles en cuyo nombre supuestamente intervino) tenían valor estratégico alguno. Lo que se sabe es que con sus misilazos simbólicos logró distraer el ciclo noticioso que lo estaba enterrando por la turbia relación que su campaña tuvo con hackers rusos, por el reciente fracaso legislativo de su plan para repeler y sustituir la reforma de salud de Obama y en general, por el nepotismo con el que está manejando su gobierno, dándoles amplios poderes a su hija y a su cuñado con inexistentes mecanismos para que rindan cuentas.

Y los misilazos son claramente simbólicos y únicamente motivados por la política. Porque si realmente hubiera un interés humanitario en ayudar a las víctimas de la cruenta guerra civil en Siria, se le abrirían las puertas a los miles de refugiados intentando buscar otros destinos para salvar sus vidas y vivir en paz. Para complacer a su base antiinmigración, Trump ha pausado la entrada de refugiados y peticiones de asilo provenientes de Siria, y está luchando en las cortes por prohibir la entrada de viajeros de este país. Si los costos tributarios no son nunca un impedimento para emprender intervenciones bélicas, es curioso que lo sean (cuando serían mucho menores) para la atención y recibimiento de refugiados. Refugiados que, debido a lo que implica el proceso legal para asilarse en Estados Unidos, tendrían la obligación de trabajar y contribuir económicamente a la sociedad, siendo autosuficientes al cabo de una temporada. Trump no deja de sorprender en cuanto a que, nuevamente, el análisis inicial que muchos habíamos hecho de él estaba equivocado: es todavía mucho peor de lo que le dabamos crédito. Y sus posturas las motiva más el ego y la incompetencia que el hambre de poder.

@crislopezg

After the Airstrikes on Syria, What’s Next? Editorial NYT

Editorial, 8 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

It was hard not to feel some sense of emotional satisfaction, and justice done, when American cruise missiles struck an airfield in Syria on Thursday. The country’s president, Bashar al-Assad, needed to understand that there would finally be a cost for his brutality, in this case the use of chemical weapons with sarin, a banned nerve agent, that killed scores of civilians earlier this week in one of the worst atrocities of the Syrian civil war.

But it is also hard not to feel unsettled by the many questions raised by President Trump’s decision. Among them: Was it legal? Was it an impetuous, isolated response unrelated to a larger strategy for resolving the complex dilemma of Syria, a nation tormented not just by civil war but also by the fight against the Islamic State? So far, there is no evidence that Mr. Trump has thought through the implications of using military force or figured out what to do next.

For a man who had campaigned on an “America First” platform of avoiding entanglements in overseas conflicts and who repeatedly warned his predecessor, Barack Obama, against military action in Syria, Mr. Trump made a breathtaking turnaround in the space of 63 hours after the chemical attack. He has long argued that the top priority was fighting the Islamic State, not forcing Mr. Assad from power; indeed, as recently as last week, Secretary of State Rex Tillerson and the United Nations ambassador, Nikki Haley, had reinforced the perception that Mr. Trump was perfectly willing to live with Mr. Assad.

Mr. Trump explained the shift by saying that he had been so deeply moved by television footage of child victims gasping for breath that “my attitude toward Syria and Assad has changed very much.” However sincere this sentiment, the spectacle of a president precipitously reversing course on war and peace on the basis of emotion or what his defenders describe as “instinct” does not inspire confidence.

One also has to wonder why he was not similarly moved by the 400,000 Syrians who have died since the war broke out in 2011, or by the thousands of Syrian refugees he has barred from the United States.

So what did the 59 missiles accomplish? Militarily, this was a measured response that severely damaged Syrian aircraft and infrastructure at Al Shayrat airfield. Tactically, it may help persuade Mr. Assad (and other problematic leaders, like those in North Korea) that using weapons of mass destruction will not go unpunished. But Mr. Assad still has his chemical weapons, and the civil war endures.

The airstrikes allowed Mr. Trump, whose presidency has so far been defined mainly by its stumbles, to separate himself from Mr. Obama, who threatened military action in the event of a chemical attack but who, after such an attack, chose a smarter course, a deal in which Russia guaranteed the removal of Syria’s chemical weapons. It is not clear whether the Kremlin failed to follow through or simply allowed Mr. Assad to retain his lethal capability. In any case, Russia deserves condemnation, as does Iran, which is also enabling Mr. Assad with military and other support.

Whether by design or not, the American military action has also shifted the focus from the scandal over Russia’s interference in the election on Mr. Trump’s behalf and allegations that the president and his allies may have colluded with Moscow. At the same time, it has made it harder for Mr. Trump to meet his goal of improving ties with Russia. Hoping to avoid a military confrontation, Washington alerted the Russians in advance of the airstrikes. Even so, President Vladimir Putin’s office called the strikes a “significant blow” to Russian-American relations, suspended an agreement meant to prevent accidental clashes and threatened to reinforce Syrian air defenses.

On the plus side, the airstrikes have given Mr. Trump a lift in Sunni states in the Persian Gulf, which chafed at Mr. Obama’s refusal to take direct military action against Mr. Assad. European allies and members of Congress also endorsed his decision. But the action lacked authorization from Congress and the United Nations Security Council, raising questions about its legality and spotlighting a rich irony. In 2013, Mr. Trump argued that Mr. Obama must get congressional approval before attacking Syria. Congress, with a long history of ducking its war-making responsibility, refused to give it.

Studies show that one-off military strikes achieve little. Whether this one has given Mr. Trump any leverage with which to press Russia for a diplomatic solution may become clearer when Mr. Tillerson visits Moscow next week. But the greater need is for a comprehensive strategy and congressional authorization for any further military action. There are risks the president simply cannot take on his own.

La tentación siria de Trump

Intrascendente gesto militar de Trump

Jugando con fuego en Siria

Trump’s airstrike: a convenient U-turn from a president who can’t be trusted