Trump

Escoger las batallas. De Cristina López

Con los demagogos sobran las batallas, hay que saber escoger las que valen la pena. No todas las provocaciones ameritan histeria al nivel 100…

8 abril 2019 / EL DIARIO DE HOY

Una cosa que saben hacer bien los demagogos es provocar. A veces con las políticas que deciden priorizar, a veces a través de Twitter, a veces a través de criticar a los medios de comunicación cuando resienten cobertura crítica o negativa que maltrecha sus egos. Provocar es el fin y no el medio, porque la motivación de la provocación es surfear en la ola de histeria crítica de sus oponentes y energizar a su base de fanáticos para mantener la polarización en la opinión pública permanentemente en estado de ebullición.

Y este ciclo permanece de provocación – cobertura mediática de la provocación – reacción histérica de la oposición y sus simpatizantes – contra-reacción defensiva de los fanáticos – cobertura propagandística por parte de medios aliados – burla del provocador ante la reacción que califica como desproporcionada por parte de los medios, termina resultando en una ciudadanía exhausta y con ciclos de atención cada vez más cortos, en medios de comunicación con credibilidad reducida y en oposiciones partidarias desgañitadas de tanto gritar. La bomba de humo perfecta para que cada vez se vuelva más difícil prestar atención a las cosas que importan: la lucha contra la corrupción y el nepotismo, violaciones a la Constitución, enriquecimiento ilícito, el combate a la pobreza, las brechas de desigualdad estructural y las injusticias escandalosas del sistema de justicia, etc.

Porque con los demagogos sobran las batallas, hay que saber escoger las que valen la pena. No todas las provocaciones ameritan histeria al nivel 100. Algunas no son más que bravuconadas en Twitter, propias de alguien que ha pagado con dinero familiar la gran mayoría de oportunidades que le han llevado al lugar inmerecido que tiene. La gran mayoría de estas bravuconadas denota un ego maltrecho, una soberbia exacerbada, una inteligencia emocional inexistente y un círculo de lambiscones que jamás le han sugerido que lea lo que le permite hacer la Constitución antes de andarse con amenazas, promesas y ambiciones de dictadorzuelo, típicas de quien, sin saber, opina lo que asume son el tipo de ideas que tendría un genio (sin haberse en su vida cruzado con las ideas de un genio por la mediocre alergia académica que le caracteriza). Cuando se comienzan a entender las provocaciones como lo que son, los berrinches de un niño consentido en plena borrachera de poder, se va volviendo más fácil calibrar cuáles merecen indiferencia y cuáles merecen histeria nivel uno, cinco, o cien.

Porque en el ciclo presidencial del demagogo habrá batallas por las que habrá que apostarlo todo y dejar la piel como ciudadanos comprometidos. Por ejemplo, las que se refieran a defender nuestra Constitución, aquellas en las que hay que cuidar el patrimonio del Estado, o aquellas en las que se trate de proteger a los más vulnerables entre nosotros de abusos de poder. Y para hacerle ganas a estas, hace falta que la prensa mantenga su credibilidad para que la ciudadanía continúe teniéndole confianza (si a las provocaciones de Twitter reaccionan con histeria 100, nadie pondrá atención cuando lo que peligre sea el estado de derecho o la continuidad de la República) y que la oposición sepa hacer oposición de manera estratégica y planeada y no como mera reacción.

Y aunque este tipo de análisis pareciera de mero sentido común en un país con tanto adulto sensato y mesurado, Donald Trump continúa controlando el ciclo mediático a base de estupideces tuiteadas, creando conmoción y caos y destrozando la capacidad de muchos medios de comunicación de enfocarse en exigir cuentas por lo verdaderamente importante. Porque estoy hablando de Trump. Si pensaron en otro, es pura coincidencia.

@crislopezg

Muros y contramuros. De Máriam Martínez-Bascuñán

¿Qué significa que América es lo primero? Que si alguien gana fuera de sus fronteras, América pierde…

Fake news
Docente de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

13 enero 2019 / EL PAIS Muros y contramurosMuros y contramuros

Que Trump miente lo sabemos todos, hasta sus seguidores. Pero da igual. En ellos ha prendido el mensaje que lanzó desde el principio: soy el líder de un movimiento “como el mundo jamás ha conocido”. La máxima era exagerada, sin duda, pero no erraba el tiro. Trump entendió bien la naturaleza de los movimientos con tintes autoritarios, la inexplicable lealtad que generan en sus seguidores hasta el punto de hacerlos negar las evidencias más elementales, los puros datos, como aquella sesión de investidura falsamente más numerosa que la de Obama.

Entonces, ¿hay truco? Claro que sí: lo que genera esa adscripción insobornable no son las mentiras, sino el diseño de una cosmovisión concreta. No importa que esa explicación del mundo se alimente de fantasías, falsedades o delirios: aunque prescinda de cualquier arraigo con la realidad, tiene coherencia interna. Porque lo cierto es que une a sus seguidores ofreciéndoles una explicación para su ira y enfado, y les promete un salvador. Esa realidad alternativa construida con las piezas de cada tuit da congruencia a su célebre máxima: America First.

¿Y qué significa que América es lo primero? Pues que el juego es de suma cero; que si alguien gana fuera de sus fronteras, América pierde. Ese es el mensaje que atraviesa la lógica de las relaciones internacionales y llega hasta la economía, basado en la competición antes que en la cooperación. Explica también su política migratoria y su fascinante fetichismo del muro, un símbolo arrollador que ha convertido en un icono generador de identidades. Porque el muro es la condición para que los que están dentro compartan una identidad total que construye la comunidad, pero también irradia identidad hacia fuera, cohesionando a quienes esperan agazapados en la frontera. Trump lo cree y lo refuerza: si ellos ganan, América pierde.

Pero hay algo que falla en la ecuación del presidente. No hallaremos la grieta en su Twitter, donde el mundo sigue girando en torno a su América First, sino en la nueva Cámara de Representantes, que ha detenido su proyecto de “un muro más alto” desafiándolo con argumentos. Nos encontramos así ante este interminable cierre parcial del Gobierno, un auténtico símbolo de la resistencia ante sus dislates, e impulsado por un contrapoder institucional que se niega a malgastar dinero en un proyecto absurdo. Y resulta que ese poder es tan legítimo como el del presidente, pues es expresión de la voluntad popular, conformándose así otro elemento nuclear del sistema, aquel que permite su resiliencia y fortaleza: una oposición salida legítimamente de las urnas. Y a esto, felizmente, se le llama democracia liberal.

Trump: el miedo. De Bob Woodward

Foto:  Chip Somodevilla Getty Images

El presidente de EE UU es retratado sin concesiones en Miedo. Trump en la Casa Blanca (Roca Editorial). En su libro, el periodista que investigó el Watergate se asoma al caótico y agresivo día a día del hombre más poderoso del mundo. Este es un extracto de uno de sus capítulos.

20 noviembre 2018 / EL PAIS SEMANAL

El Tanque tenía su atractivo. A Trump le encantaba la habitación. También conocida como la Habitación Dorada por su alfombra y sus cortinas, el Tanque es una estancia ornamentada y solemne. En esencia, es un lugar de retiro, privado y de alta seguridad que refleja décadas de historia.

JUSTO ANTES de las diez de la mañana del 20 de julio, un agobiante y despejado jueves, seis meses después de haberse proclamado presidente, Donald Trump cruzó el río Potomac hasta el Pentágono.

Las presentaciones preparadas por Mattis y Cohn eran mitad clase de historia, mitad confrontación geoestratégica. También se trataba de un tardío esfuerzo por abordar la inminente pregunta: ¿cómo establece esta Administración sus prioridades políticas y se atiene a ellas?

McMaster no acudió porque tenía un compromiso familiar.

Los mapas que representaban las obligaciones estadounidenses por todo el mundo —despliegues militares, tropas, armas nucleares, cargos diplomáticos, puertos, activos de inteligencia, tratados e, incluso, acuerdos comerciales— ocupaban dos grandes pantallas en la pared, y contaban la historia de Estados Unidos en el mundo. Se mostraban incluso los países en los que Estados Unidos tenía puertos y derechos sobre el espacio aéreo. También se mostraban los principales radares y otras instalaciones de vigilancia.

Una reunión infernal. Este texto, un extracto del capítulo 27º del libro, evoca la tensa reunión del 20 de julio de 2017 entre Trump y sus principales colaboradores en seguridad y economía. El presidente los critica con furia, y lo mismo hace con sus generales en Afganistán. A sus aliados de la UE y a las empresas europeas los insulta abiertamente.

Asistentes a la reunión. De izquierda a derecha, de arriba a abajo. Donald Trump: desde el 20 de enero de 2017 es el 45º presidente en la historia de EE UU. Rex Tillerson: secretario de Estado hasta su destitución en marzo de este año. Steve Bannon: estratega jefe de la Casa Blanca hasta su despido en agosto de 2017. James Mattis: general y actual secretario de Defensa de Estados Unidos. Steve Mnuchin: banquero, productor de cine y secretario del Tesoro de EE UU. Gary Cohn: principal asesor económico de Trump entre 2017 y 2018.
Asistentes a la reunión. De izquierda a derecha, de arriba a abajo. Donald Trump: desde el 20 de enero de 2017 es el 45º presidente en la historia de EE UU. Rex Tillerson: secretario de Estado hasta su destitución en marzo de este año. Steve Bannon: estratega jefe de la Casa Blanca hasta su despido en agosto de 2017. James Mattis: general y actual secretario de Defensa de Estados Unidos. Steve Mnuchin: banquero, productor de cine y secretario del Tesoro de EE UU. Gary Cohn: principal asesor económico de Trump entre 2017 y 2018.

—El mejor regalo que la generación anterior nos ha hecho —comenzó Mattis— es el orden democrático internacional basado en normas.

Esta arquitectura global trajo consigo seguridad, estabilidad y prosperidad.

Bannon estaba sentado a un lado, en la línea de visión del presidente. Conocía muy bien su concepción global del mundo. Para él era como una especie de fetiche. Su propia obsesión seguía siendo “Estados Unidos primero”.

“Esto va a ser divertido”, pensó Bannon mientras Mat­tis exponía las razones por las que los principios organizativos del pasado seguían siendo factibles y ­necesarios.

“Ahí está el meollo del asunto”, pensó Bannon.

El secretario de Estado Rex Tillerson fue el siguiente.

—Esto es lo que ha mantenido la paz durante 70 años —concluyó el antiguo magnate del petróleo de Texas.

Para Bannon se trataba más bien del antiguo orden mundial: compromisos costosos y sin límite, promesas hechas y cumplidas.

Trump negó con la cabeza en desacuerdo, aunque no dijo nada.

Cohn fue el siguiente en hablar. Él expuso las razones a favor del libre comercio: México, Canadá, Japón, Europa, Corea del Sur. Presentó los datos de importación y exportación.

—Somos grandes exportadores de productos agrícolas, casi 130.000 millones de dólares al año —apuntó—. Necesitamos que esos países compren nuestros productos agrícolas. Toda la parte central de Estados Unidos se compone, básicamente, de agricultores —informó.

La mayoría de ellos había votado a Trump.

La venta de armas de Estados Unidos en el extranjero ascendió a 75.900 millones de dólares en el año fiscal de 2017.

—No cabe duda de que tenemos muchos aviones militares en el mismo aeropuerto de Singapur en el que compran muchos aviones Boeing —dijo Cohn—. No cabe duda de que realizamos enormes operaciones de inteligencia desde Singapur. No cabe duda de que nuestra flota naval entra y sale de allí para repostar y reabastecerse.

Cohn afirmó que el déficit comercial hacía crecer la economía estadounidense.

—No quiero oírlo —dijo Trump—. ¡Son todo chorradas!

Mnuchin, secretario del Tesoro y otro veterano de Goldman, habló de la importancia de las alianzas de seguridad y las sociedades comerciales.

Trump se volvió para mirar a Bannon. Luego volvió a mirar. Bannon lo tomó como una señal.

—Esperad un momento —dijo Bannon a todos los presentes mientras se levantaba—. Seamos realistas.

Eligió uno de los acuerdos internacionales más controvertidos, un acuerdo que ataba a Estados Unidos a ese orden global.

—El presidente quiere revocar el acuerdo iraní y vosotros lo estáis ralentizando. Es un acuerdo espantoso. Quiere revocarlo para poder renegociarlo.

El jefe de estrategia advirtió que “una de las cosas que quiere hacer” es imponer sanciones a Irán.

—¿Alguno de vuestros malditos grandes aliados de la Unión Europea va a apoyar al presidente? Tanto hablar de que son nuestros socios. ¿Podéis nombrar a uno que piense apoyar al presidente en el tema de las sanciones?

Mnuchin trató de responder a la pregunta sobre la importancia de los aliados.

—Dadme un nombre —solicitó Bannon—. Un país, una empresa. ¿Quién va a apoyar las sanciones?

Nadie respondió.

—A eso me refiero —corroboró Trump—. Lo ha dejado bien claro. Habláis de todos esos tipos como si fueran aliados. Ahí arriba no hay un solo aliado. Responded la pregunta de Steve: ¿quién va a apoyarnos?

—Lo máximo que podemos decir es que no están incumpliendo nada —convino Tillerson.

Todas las agencias de inteligencia estaban de acuerdo en eso. Era el aspecto fundamental. ¿Cómo podían imponer nuevas sanciones si no se había incumplido el acuerdo?

—Todos están ganando dinero —dijo Trump, y señaló que la Unión Europea estaba comerciando y haciendo grandes negocios con Irán—. Y nadie nos va a apoyar.

Trump pasó a Afganistán, donde, recientemente, ya había aguantado media docena de reuniones del Consejo de Seguridad Nacional y algunas otras de menor envergadura.

—¿Cuándo vamos a ganar algunas guerras? Tenemos estos gráficos. ¿Cuándo vamos a ganar algunas guerras? ¿Por qué intentáis imponerme eso?

Haciendo referencia al comandante en Afganistán, el general John Nicholson, que no estaba presente, el presidente atacó.

—Dudo que sepa cómo ganar. No sé si es un ganador. No hay victorias.

Trump no se había decidido por una estrategia en cuanto a Afganistán, seguía siendo objeto de debate.

“Deberíais estar matando gente. no necesitáis una estrategia para matar gente” (Trump al general Unford, presidente del Estado mayor conjunto, hablando de Afganistán)

—Deberíais estar matando gente. No necesitáis una estrategia para matar gente.

El general Dunford, presidente del Estado Mayor Conjunto, salió en defensa de Nicholson.

—Señor presidente —dijo Dunford, de manera educada y con voz suave—, no se ha ordenado conseguir la victoria. Esas no son las órdenes.

Con Obama, que había retirado la mayor parte de las tropas (habían pasado de 100.000 a 8.400), la estrategia se centraba en llegar a un punto muerto.

Mattis y Dunford proponían nuevas normas de intervención para las tropas estadounidenses en Afganistán, lo que les otorgaría libertad para ser más agresivos y letales al eliminar las restricciones a los comandantes locales de la era Obama. Las tácticas ya no se anunciarían al enemigo. Los éxitos recientes al combatir al ISIS reflejaban la importancia de esos cambios.

Trump recordaba que el general Nicholson había autorizado el uso de la bomba de 10 toneladas, la GBU-42/B, conocida también como MOAB, por sus siglas en inglés, la madre de todas las bombas.

—Hizo explotar esa bomba enorme sobre ellos.

—Sí —dijo Dunford—, fue una decisión que tomó el comandante de campo, no se tomó en Washington.

Mattis intentó intervenir educadamente.

—Señor presidente, señor presidente…

—Perro loco, Perro loco —respondió Trump, usando su apodo en la Marina—. Se están aprovechando de nosotros ¿Qué estamos haciendo? —Trump preguntó a sus generales de forma tan severa como le fue posible sin gritar—. ¿Y ganar? ¿Y ganar, qué? Estamos en esta situación porque habéis estado recomendando esas actividades.

La tensión iba en aumento y pronto volvieron al tema de Irán.

—Lo están cumpliendo —dijo Tillerson—. Ese es el trato, y lo están cumpliendo. Puede no gustarte.

Trump y su Consejo de Seguridad Nacional, en julio de 2017. De frente, de izquierda a derecha, Jim Mattis, Patrick Shanahan, Joseph Dunford y Paul Selva. Detrás (junto a la puerta), Steve Bannon.
Trump y su Consejo de Seguridad Nacional, en julio de 2017. De frente, de izquierda a derecha, Jim Mattis, Patrick Shanahan, Joseph Dunford y Paul Selva. Detrás (junto a la puerta), Steve Bannon. Departamento de Defensa de EE UU

El secretario de Estado tenía una forma lógica de revisar los detalles del cumplimiento técnico del acuerdo.

—Eso es típico de la clase dirigente —contestó Trump.

Discutían para que todas esas cosas encajaran entre sí: los acuerdos comerciales con China y México, el acuerdo nuclear con Irán, el despliegue de tropas o la ayuda exterior. El mensaje de Trump fue decir “no” a todo lo que le habían presentado.

—No podemos hacer esto —dijo Trump—. Esto es lo que nos ha llevado a esta situación.

—Cuando digas que apliquen sanciones —dijo Bannon, dirigiéndose a Mnuchin—, estos grandes socios ¿qué harán con las sanciones?

Mnuchin parecía eludir una respuesta.

—No, espera —le presionó Bannon—. ¿Están con nosotros o no?

—Nunca lo apoyarán —observó Mnuchin.

—He ahí la respuesta —dijo Bannon—. Esos son vuestros aliados.

—Las empresas europeas —dijo Trump, señalando con el dedo a Mnuchin— no valen una mierda.

Siemens, Peugeot, Volkswagen y otras empresas europeas conocidas estaban invirtiendo activamente en Irán.

—Rex, eres débil. Quiero revocarlo.

Trump pasó a uno de sus temas favoritos. Quería aplicar aranceles a las importaciones de acero, aluminio y automóviles. Se preguntaba por qué Mnuchin no declaraba a China una manipuladora monetaria tal como él pretendía.

Mnuchin explicó que, hacía años, China había sido una manipuladora monetaria, pero que ya no lo era.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Trump—. Aporta argumentos convincentes. Hazlo. Declara que lo es.

Mnuchin le explicó que la ley en Estados Unidos era muy clara en cuanto a los requisitos para probar la existencia de manipulación monetaria y que, por eso, no podía aportar argumentos convincentes.

—Estamos en el lado equivocado en los acuerdos comerciales —dijo Trump—. Pagamos por todos ellos más de lo que valen. Los otros países están ganando dinero. Mirad todo esto de aquí arriba. Estamos pagando por todo esto. Esos países son “protectorados” —declaró.

—De hecho, eso es bueno para nuestra economía —repitió Cohn.

—No quiero oírlo —respondió Trump—. Todo eso son chorradas.

A medida que la reunión llegaba a su fin, Tillerson se reclinó en su silla. Parecía dirigirse al presidente, pero no mantenía contacto visual con él. En cambio, miraba a Mattis.

—Tu acuerdo —dijo el secretario de Estado—. Es tu acuerdo.

En Texas era una forma de lavarse las manos, como aquel que dice: obedeceré y ejecutaré las órdenes, pero el plan es tuyo, no mío.

—Invertimos 3.500 millones de dólares al año para tener tropas en Corea del Sur —dijo Trump enfadado—. ¡Y ellos fueron incapaces de decidir si querían o no el sistema antimisiles THAAD! ¡Y tampoco si iban o no a pagar por él!

Algunos surcoreanos creían que el sistema antimisiles podía provocar una guerra con Corea del Norte y habían puesto reparos a la instalación, argumentando que era por el bien de Estados Unidos y Japón.

—Pues ¡saca las putas tropas! —exclamó Trump—. ¡Me importa una mierda!

—Los surcoreanos nos dan muchísimas subvenciones —explicó Cohn, desafiando directamente al presidente—. El acuerdo comercial es bueno para la economía de Estados Unidos —repitió—. Nos compramos las teles más increíbles del mundo por 245 dólares. Lo cual quiere decir que la gente gasta menos dinero en televisores y más dinero en otros productos estadounidenses.

Si Estados Unidos retiraba sus tropas de Corea del Sur, harían falta más portaaviones en esa parte del mundo para estar tranquilos.

—Eso podría costar hasta 10 veces más —expuso Cohn. Luego estaba la información de inteligencia, sumamente delicada, que se había obtenido gracias a los programas de acceso especial que Corea del Sur permitió que Estados Unidos llevara a cabo. Trump parecía no comprender su valor o necesidad.

—A ver, 3.500 millones de dólares, 28.000 soldados —dijo el presidente. Estaba furioso—. No sé por qué están ahí. ¡Vamos a traerlos a todos a casa!

—Entonces, presidente —dijo Cohn—, ¿qué necesitarías que hubiera en la región para dormir bien por la noche?

—No necesitaría una mierda —aseguró el presidente—. Y dormiría como un bebé.

Priebus puso fin a la reunión. Mattis parecía estar completamente desanimado.

Trump se levantó y salió.

Era como si Tillerson se hubiese quedado sin aire. No podía soportar el ataque de Trump a los generales. El presidente hablaba como si el Ejército estado­unidense fuese una panda de mercenarios a sueldo. Si un país no nos pagaba para que estuviéramos ahí, no queríamos estar ahí. Como si a Estados Unidos no le interesara forjar y mantener un orden mundial pacífico, como si el principio organizativo de Estados Unidos fuera el dinero.

—¿Estás bien? —le preguntó Cohn.

—Es un puto imbécil —observó Tillerson para que todos lo oyeran.

TRUMP ABANDONÓ la reunión con Priebus, Bannon y Kushner justo antes de las 12.45. Estuvo unos momentos saludando a los miembros del servicio que se encontraban en el pasillo.

—La reunión ha ido genial —dijo Trump a los periodistas—. Una reunión estupenda.

Se dirigió a la limusina presidencial.

—Me alegro de que al fin te decidieras a decir algo —­felicitó Trump a Bannon—. Necesitaba un poco de apoyo.

—Lo estabas haciendo genial —dijo Bannon.

Mnuchin, el secretario del Tesoro, salió detrás de ellos. Quería asegurarse de que estuviera claro que estaba con Trump en el asunto de los aliados europeos.

—No sé si son aliados o no —convino—. Estoy contigo.

En el coche, Trump describió a sus asesores.

—No saben nada de negocios. Todo lo que quieren hacer es proteger a todo el mundo, y nosotros lo pagamos.

Dijo que los surcoreanos, nuestros aliados, no llegarían a un nuevo acuerdo comercial con nosotros.

—Y quieren que les protejamos de ese loco en el norte.

COHN CONCLUYÓ que, de hecho, Trump estaba yendo hacia atrás. Había sido más razonable durante los primeros meses, cuando todavía era un principiante.

“Los asesores del presidente están preocupados por su carácter imprevisible, su ignorancia y sus opiniones peligrosas” (un alto cargo de la Casa Blanca)

Para Priebus, esta había sido la peor de muchas reuniones espantosas. Seis meses después de formar parte de la Administración, podía ver con claridad que tenían un problema fundamental a la hora de establecer objetivos. ¿Adónde se dirigían?

La desconfianza en la sala había sido palpable y corrosiva. El ambiente era salvaje. En apariencia, todos estaban en el mismo bando, pero parecían llevar puesta la armadura de guerra, en especial el presidente.

—A esto se parece la locura —concluyó Priebus.

UN ALTO CARGO o de la Casa Blanca que habló durante esa misma época con algunos participantes de la reunión hizo este resumen: “El presidente procedió a soltar una reprimenda e insultar a todo el grupo por no saber nada en lo que respecta a defensa o seguridad nacional. Es evidente que muchos de los asesores principales del presidente, especialmente los pertenecientes a la esfera de la seguridad nacional, están sumamente preocupados por su carácter imprevisible, su relativa ignorancia, su incapacidad para aprender y también por lo que ellos consideran que son opiniones peligrosas”. 


Radicalismo, enojo y anarquía. De Luis Mario Rodríguez

8 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Los casos de Andrés Manuel López Obrador en México, Jair Messias Bolsonaro en Brasil y Donald Trump en los Estados Unidos nos confirman que los actuales son tiempos de radicalismo, enojo y anarquía. La neutralidad se hizo a un lado. Ahora se apela al deterioro de la institucionalidad, al declive de los partidos tradicionales y a la necesidad de refundar el Estado. Los discursos de Pablo Iglesias, líder de Podemos en España, y el de Alexis Tsipras en Grecia, cuyas opciones políticas triunfaron, nos confirman que las estrategias electorales se han desplazado de los mensajes moderados y conciliadores, que buscan atraer a los votantes del centro, a las consignas subidas de tono, que exageran las consecuencias que provocaría seguir apoyando a los de siempre y pretender resolver los problemas con las tácticas tradicionales.

La situación es tal que a las sociedades comienza a importarles poco o nada el Estado de Derecho. El Barómetro de las Américas viene reflejando esta realidad desde hace varios años. Quienes, por ejemplo, sufren la violencia en carne propia no reparan en el respeto de la legalidad y estarían de acuerdo con que se quebrante el orden jurídico con el solo propósito de erradicar la delincuencia. Este comportamiento allana el camino para “nuevos autoritarismos”, ya no amparados en la participación de la Fuerza Armada, pero con claras señales de irrespeto a la independencia de los Órganos del Estado.

El fenómeno no es nuevo. En los Noventa, Alberto Fujimori fue conocido en el mundo entero por atentar contra el Congreso peruano. Fujimori se enfrentaba a una crisis económica severa y a un reto insurreccional por parte de la guerrilla de Sendero Luminoso. El 5 de abril de 1992 decidió clausurar el Congreso, suspendió la Constitución, intervino la justicia y declaró el estado de emergencia. Lo hizo con el respaldo del ejército y con amplio apoyo entre la opinión pública. Bajo presión de la comunidad internacional, convocó a elecciones en noviembre de 1992 y la cámara electa elaboró una nueva Constitución con mayores facultades ejecutivas. En 1995 fue reelegido.

En 2017, apenas hace un año, en Venezuela, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia invalidó las competencias de la Asamblea Nacional. Veinticuatro años antes, el entonces presidente Jorge Serrano Elías intentó cerrar el Congreso guatemalteco. A diferencia de Maduro, Serrano Elías no contaba con la Corte Suprema de Justicia. Mientras en Guatemala fue la Corte Constitucional la que evitó la disolución del Congreso ordenada por el presidente, en Venezuela fue el propio Tribunal Supremo el que decidió asumir las funciones del Legislativo.

Los sucesos descritos evidencian con claridad que las instancias públicas se convierten en el último frente de batalla para preservar la democracia. Maduro, Ortega y los Castro las aniquilaron con el fin de concentrar el poder. Más sutil, pero no menos criticable, fue la conducta de Juan Orlando Hernández y Evo Morales, que recurrieron a la manipulación de la justicia con el propósito de obtener el visto bueno de los magistrados constitucionales a su reelección consecutiva en el cargo. Antes lo intentaron, pero no tuvieron éxito, Óscar Arias en Costa Rica y Álvaro Uribe en Colombia.

El respaldo popular, nacido de la desilusión de la gente por la falta de resultados, refuerza la intención de gobernar adecuando la ley a los intereses del mandatario de turno y olvidándose del bien común. Otras maniobras para desmantelar el Estado y alinear la legislación hacia el populismo son la reforma de la Constitución y las consultas populares. Se trata de acciones legítimas que degeneran en instrumentos al servicio del clientelismo político y del abuso de autoridad.

Ante este panorama no queda más que recurrir a la separación de poderes. Este tipo de líderes necesitan límites; de eso se trata precisamente la democracia. En las elecciones del 6 de noviembre el Partido Demócrata recuperó la mayoría en la Cámara de Representantes y anunció de inmediato investigaciones contra el actual presidente. En México, el candidato electo será juramentado como nuevo inquilino de Los Pinos el 1 de diciembre; cuenta con el control total del Congreso y del Senado. Son dos coyunturas en las que pondremos a prueba la hipótesis de esta columna de opinión.

Carta a los migrantes hondureños: ¡Bienvenidos! De Paolo Luers

20 octubre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Estimados vecinos:
Cuando vi los videos de sus marchas, atravesando a pie Guatemala y El Salvador para llegar a Estados Unidos, tuve que pensar en el éxodo de cientos de miles de venezolanos para Colombia y Brasil.

Me recordé también de las tortuosas marchas nocturnas de centenares de familias campesinas de Morazán, que vi atravesando montes y evadiendo patrullas militares para buscar protección en los campos de refugiados en Honduras, durante la guerra salvadoreña de los 80.

También me volvieron a la mente las escenas de miles de familias sirias que en el 2015 atravesaron a pie toda Europa para llegar a Alemania, porque su país se estaba hundiendo en una guerra interna interminable.

Cuando miles de personas dejan todo atrás y arriesgan su vida y la de sus hijos para emprender semejantes marchas, tienen que haber vivido un infierno y llegado a un grado de desesperación que no les permite quedarse en sus hogares.

Cuando eso pasa, los países vecinos tienen la obligación moral de proteger a los migrantes. Por esto, la orden que Donald Trump mandó a los gobiernos de El Salvador, Guatemala, Honduras y México de detener la marcha de ustedes, es inmoral y nadie le debe hacer caso. Sean cuales sean las amenazas de Trump, nuestros gobiernos tienen más compromisos con los centroamericanos desesperados que con un país rico que se niega a cumplir su obligación moral de acoger a familias que tan obviamente necesitan ayuda. Nuestros gobiernos tienen que albergarlas, nutrirlas, curarlas y transportarlas, así como lo hacemos con desplazados internos por catástrofes naturales. Si es necesario, con apoyo de organismos internacionales.

Yo no sé quienes están organizando sus marchas. No me importa. Hay quienes alegan que detrás de ustedes hay un plan político y propagandístico de Daniel Ortega y Manuel Zelaya. Esto es ridículo. Nadie emprende una marcha tan dura e insegura solo porque algún demagogo los engaña. Solo la desesperación genuina da la fuerza para aguantar lo que ustedes están aguantando en su caravana.

El problema es: Aun si logran llegar a la frontera mexicana, y aunque el gobierno mexicano los deje pasar y les de asistencia, ¿qué va a pasar en la frontera de Estados Unidos? Trump ya ordenó militarizar su frontera para que nadie entre. Lo declaró asunto de seguridad nacional, alegando que entre ustedes están infiltrados terroristas islámicos y pandilleros.

Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos deben movilizarse para buscar, junto a todos los gobiernos involucrados, una solución que garantice la vida y la dignidad de ustedes. De todas formas, lo que hoy está pasando en Venezuela y en Honduras, con miles de familias saliendo de países que no pueden asegurarles la sobrevivencia, mañana va a pasar en Nicaragua. Los gobiernos de la región tienen que tener respuestas a esta crisis. El Salvador debe de dar el ejemplo, ofreciendo albergue a los que aceptarían quedarse en nuestro país.

Ustedes que están avanzando por la orilla de nuestras carreteras, jalando bultos y chineando niños, sepan que están bienvenidos en El Salvador. Así como ustedes en Honduras acogieron a miles de familias salvadoreñas que huyeron de la guerra. 

Saludos,

El desencanto de Trump por la Isla del Encanto. De Cristina López

17 septiembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El huracán María devastó Puerto Rico hace casi un año, pero ciertas zonas de la pequeñísima isla caribeña le harían pensar a cualquier visitante que el desastre natural fue mucho más reciente. Imparable, la naturaleza en Puerto Rico (llamada la Isla del Encanto por su belleza) destrozó infraestructura vial, tendido eléctrico, casas y sembrados, pero no el tesón, optimismo, y fe de su gente. Tuve el privilegio de visitar la isla el fin de semana pasado y no dejó de impresionarme que las ganas de luchar y agradecimiento por la vida que tienen los puertorriqueños son palpables y se manifiestan en varios lugares. Se ven en una casa a medio caer con una pancarta que anuncia: “¡Gracias a Dios tenemos vida!”. Se ven en un grafiti en una puerta que cuelga de sus bisagras que grita, en furiosa tinta negra: “¡Puerto Rico se levanta!”. Se oyen en las palabras de un agricultor que cuenta la historia de cómo perdió todas sus cosechas, “pero no la vida, para poder sembrar otra vez”.

El huracán María no solo dejó una catástrofe humanitaria que seguirá teniendo efectos en el desarrollo y economía puertorriqueña por años; fue también el desastre más letal en la historia de Estados Unidos, cobrando más vidas que el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2011. Sí, en la historia de Estados Unidos: muchos olvidan que Puerto Rico, en su condición única de “estado libre asociado” es efectivamente parte del territorio de los Estados Unidos —los puertorriqueños son tan estadounidenses como la gente de Texas, Nueva York o California. Sin embargo, la manera en que tanto los medios de comunicación como las autoridades gubernamentales ignoraron el sufrimiento de sus compatriotas con una pobre cobertura mediática de la catástrofe y una aún más pobre respuesta gubernamental, daría a cualquiera la impresión de que los puertorriqueños le son ajenos a Estados Unidos.

Según estudios independientes, casi 3,000 personas perdieron la vida como consecuencia del huracán. Hubo zonas a las que no llegó agua o comida por días, afectando a poblaciones enteras. Gente que dependía del acceso a infraestructura hospitalaria y medicinas sucumbió a las enfermedades que los aquejaban. Y, sin embargo, el presidente Trump, cuya fragilidad de ego motiva la mayoría de sus declaraciones públicas, rechazó la cifra de muertos (¡como si la evidencia empírica fuera opinable, o como si el dolor de las familias que enterraron o vieron desaparecer a los suyos fuera sujeto de debate!) alegando que era un invento de sus opositores políticos para dañar su imagen y que menos de una docena de personas había perdido la vida durante la tormenta. No hacía falta inventarse nada para dañar la imagen del gobierno federal en lo que a la respuesta humanitaria en Puerto Rico respecta, puesto que la ineficiencia, falta de recursos, y pésima ejecución terminaron siendo el principal motivador para que fueran diferentes organizaciones filantrópicas las que llenaran el vacío y enfocaran sus esfuerzos en la Isla, proveyendo los servicios más básicos a aquellos que se quedaron sin nada: desde asistencia médica hasta tiempos de comida.

La reacción de Trump la motivó el hecho de que, mientras informaba a la población de las acciones que el gobierno tomaría en preparación al huracán Florence que recién atacó la Costa Este, Trump no pudo evitar autodedicarse un piropo por lo que, según él, había sido un éxito de respuesta gubernamental al huracán en Puerto Rico. Inmediatamente, periodistas, expertos y políticos contextualizaron los comentarios ególatras recordando que tras la pérdida de casi 3,000 vidas humanas, difícilmente podría llamarse exitosa a la respuesta gubernamental. Claramente para Trump, el avance de su agenda política amerita ignorar la existencia de miles de ciudadanos americanos en Puerto Rico. Por suerte, y como decía la pancarta en esa casa a medio caer, “¡gracias a Dios!” ni la agenda de Trump podrá parar el espíritu luchador de los boricuas, y por eso, Puerto Rico se levantará.

@crislopezg

There Oughta Be a Law… Editorial/The New York Times

President Trump’s contempt for the Constitution confirms the harshest charges leveled in recent accounts of his off-the-rails presidency.

Jennifer Heuer

6 septiembre 2018 / THE NEW YORK TIMES 

President Trump has never handled criticism well, but this past week has proved especially challenging.

First came the portrait of Mr. Trump in a new book by Bob Woodward — a scathing account featuring anonymous members of Mr. Trump’s own administration characterizing him as “an idiot,” “a professional liar,” the mayor of “Crazytown,” and a clueless, hopeless man-child with the comprehension of a “fifth or sixth grader.” A day later, a second blow landed: an Op-Ed article in this newspaper, by an anonymous senior administration official, that recounted how members of Mr. Trump’s team have worked to protect the nation from his “worst inclinations.”

Mr. Trump quickly corroborated these accounts by demonstrating precisely the sort of erratic, antidemocratic behavior that is driving administration officials to come forward with their concerns. He ranted that the stories were all lies and raved that the gutless traitors who had slandered him must be rooted out and handed over to the government. Finger-pointing, name-calling, wild accusations, cries of treason — it was an unsettling display, not simply of Mr. Trump’s emotional fragility and poor impulse control, but also of his failure to understand the nature of the office he holds, the government he leads and the democracy he has sworn to serve.

Twenty months into the job, Mr. Trump has yet to grasp that the highest law of this land is the Constitution, not whoever occupies the Oval Office at any given moment.

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His blind spot for the Constitution has been much on display in other ways in recent days. Asked about protests that erupted during this week’s confirmation hearings for the Supreme Court nominee Brett Kavanaugh, Mr. Trump expressed dismay and puzzlement:

“I don’t know why they don’t take care of a situation like that. I think it’s embarrassing for the country to allow protesters. You don’t even know what side the protesters are on.”

Someone with the president’s best interests at heart may want to explain to him that the First Amendment specifically protects political expression, no matter how befuddling some find it. Presidents do not get to outlaw speech simply because they find it distasteful.

This may seem like a familiar concept, but it is one with which Mr. Trump struggles. On the campaign trail in 2016, he argued that the protesters causing a ruckus at his rallies should be “thrown into a jail” and their lives ruined. “I hope you arrest ’em and do whatever you have to do,” the candidate told a crowd in Missouri. “And you know what? Once that starts happening, we’re not going to have any more protesters, folks.” No more Constitution, either.

Three weeks after his election, President-elect Trump shared his take on flag burning: “Nobody should be allowed to burn the American flag — if they do, there must be consequences — perhaps loss of citizenship or year in jail!” Such a move may strike some people as a bold and patriotic step toward making America great again. It was ruled unconstitutional by the Supreme Court in 1990.

Another constitutionally protected right in the presidential cross hairs this week: freedom of the press. In response to Mr. Woodward’s book, Mr. Trump mused provocatively on Twitter, “Don’t know why Washington politicians don’t change libel laws?”

No one enjoys criticism, especially from people who are considered supporters. Even so, it takes a special kind of leader to suggest that critical coverage should be handled by eroding the First Amendment, as Mr. Trump has since early in the 2016 race, when he began vowing that, as president, he would “open up those libel laws” to punish media outlets that did “hit pieces” on him. Apparently, denouncing journalists as the “enemy of the American people” and whipping the crowds at his rallies into an anti-media frenzy is not enough to soothe Mr. Trump’s chronic sense of victimhood.

Also back in the news this week is Mr. Trump’s war on the N.F.L. players protesting racial injustice and police brutality. In this case, Mr. Trump hasn’t moved to make kneeling during the national anthem explicitly illegal. He has simply slammed the protests as “disgraceful” and the players as disrespectful, unpatriotic “sons of bitches,” called on the offending players to be fired, suggested they maybe “shouldn’t be in the country,” stoked public rage against the entire league, and toyed with the idea of punishing the league via the tax code.

Not all of the talk Mr. Trump is itching to do away with is, strictly speaking, protected political speech. When he learned last month that Michael Cohen, his former lawyer and longtime fixer, had cut a plea deal with federal prosecutors, Mr. Trump threw a fit, arguing that “flipping” — that is, cooperating in criminal investigations — wasn’t just disloyal and disgraceful, it “almost ought to be outlawed.”

Mr. Trump has also advocated denying due process to immigrants seeking asylum. As he tweeted earlier this summer: “We cannot allow all of these people to invade our Country. When somebody comes in, we must immediately, with no Judges or Court Cases, bring them back from where they came.”

Mr. Trump, we understand that you consider the Constitution inconvenient at times. And we appreciate how vexing you find these subordinates sniping at you. But if you continue to behave as you do, and keep proving your harshest critics right, it’s only going to get worse.

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