Trump

El regalo de Trump a China. De Joschka Fischer

Joschka Fischer

Joschka Fischer, dirigente del Partido Verde, fue ministro de Relaciones Exteriores y vice-jefe del gobierno de Alemania entre 1998 y 2005

22 junio 2018 / PROJECT SYNDICATE

BERLIN – Ya está claro que el siglo XXI trae consigo el inicio de un nuevo orden mundial. Mientras la incertidumbre y la inestabilidad asociadas con ese proceso se extienden por el globo, Occidente respondió con timidez, o con nostalgia de antiguas formas de nacionalismo que fracasaron en el pasado y que seguramente no funcionarán ahora. 

Hasta para el optimista más incorregible, la cumbre del G7 celebrada este mes en Quebec fue la prueba de que el Occidente geopolítico se está desintegrando y perdiendo peso global, y que el gran destructor de ese orden que fue creado y liderado por Estados Unidos no es otro que el presidente estadounidense. Es verdad que Donald Trump es más un síntoma que una causa de la desintegración de Occidente, pero él está acelerando el proceso en forma dramática.

Los orígenes del malestar occidental pueden rastrearse hasta el final de la Guerra Fría, cuando un orden mundial bipolar dio paso a la globalización económica, que permitió la aparición de nuevas potencias como China. En las décadas que siguieron, EE. UU. aparentemente se convenció de que sus viejas alianzas eran más una carga que un activo.

Esto se aplica no sólo a Europa, Japón y Corea del Sur, sino también a los vecinos inmediatos de EE. UU.: Canadá y México. La decisión de Trump de imponer aranceles a las importaciones de acero y aluminio dejó a EE. UU. y Canadá profundamente divididos en la cumbre de Quebec, y es seguro que el conflicto comercial entre ambos países tendrá consecuencias políticas mucho más amplias.

Europa y el Atlántico Norte dominaron la economía global por cuatro siglos. Eso se acabó. Y la nueva geografía de poder implícita en el traslado del centro de gravedad económico del mundo desde la región transatlántica hacia la región de Asia y el Pacífico no es compatible con el mapa conceptual de la geopolítica del siglo XX, mucho menos la del siglo XIX.

Aunque EE. UU. sigue siendo la principal superpotencia del mundo, China ha resurgido como una fuerza geopolítica que es nueva y muy antigua a la vez. Con una población de 1400 millones de personas y un mercado interno enorme, China está desafiando a EE. UU. por el papel de líder económico, político y tecnológico del mundo.

Cualquiera que haya visitado alguna vez los pasillos del poder en Beijing sabe que la dirigencia china tiene su propio mapa del mundo, en el que China (el “Reino del Medio”) aparece en el centro, mientras Europa y EE. UU. se caen por los costados izquierdo y derecho, respectivamente. Es decir, EE. UU. y Europa (esa extraña mescolanza de pequeños y medianos estados‑nación) ya se encuentran divididos y confinados a los márgenes.

Al principio, EE. UU. reaccionó intuitivamente a los cambios geopolíticos de este siglo con un “giro a Asia”. Pero EE. UU. tenía presencia en el Atlántico y en el Pacífico desde mucho antes, y en su carácter de última potencia global que queda, puede anticiparse a los cambios geopolíticos históricos de modo de proteger sus intereses.

Europa, en cambio, atravesó como en automático el actual interregno histórico, ocupada más que nada en la introspección, en viejas animosidades y en dulces sueños decimonónicos de cuando todavía gobernaba el mundo. Y acontecimientos como la victoria electoral de Trump y el referendo británico por el Brexit reforzaron esa visión estrecha.

Pero en vez de ahondar en las extrañas conductas de Trump, es mejor recordar que lo que está pasando en el mundo empezó antes de su presidencia. Al fin y al cabo, el “giro a Asia” lo inició el expresidente estadounidense Barack Obama; Trump solamente lo continuó con medidas de las que el ejemplo más reciente es la reunión con el líder norcoreano Kim Jong-un en Singapur.

Si las políticas de Trump plantean riesgos serios, no es porque representen una reorientación estratégica de EE. UU. (algo que ya estaba en marcha), sino porque son autocontradictorias e innecesariamente destructivas. Por ejemplo, cuando Trump pide una reducción de la presencia militar estadounidense en Medio Oriente, sólo repite lo que ya decía Obama.

Pero al abandonar el acuerdo nuclear con Irán, Trump hace más probable una guerra en la región. Y con sus esfuerzos exagerados para aliviar el aislamiento internacional de Corea del Norte, sin obtener casi nada a cambio, ha fortalecido la posición de China en Asia Oriental.

La guerra comercial global de Trump es igualmente contraproducente. Al imponer aranceles a los aliados más cercanos de EE. UU., prácticamente los arroja a los brazos de China. Si los exportadores europeos y japoneses se encuentran con barreras proteccionistas en EE. UU., ¿qué pueden hacer sino recurrir al mercado chino? Y una Europa sin su respaldo noratlántico no tiene otra opción que virar en dirección a Eurasia, pese al militarismo del presidente ruso Vladimir Putin en Ucrania oriental y sus intentos de influir en el resultado de elecciones en Occidente.

Además, incluso sin el proteccionismo estadounidense, Japón iba a tener que adaptarse tarde o temprano al creciente poder económico de China. La última oportunidad de contener al gigante chino se perdió cuando Trump abandonó el Acuerdo Transpacífico, que hubiera alzado ante China un dique de contención liderado por EE. UU. en la cuenca del Pacífico.

De modo que el “giro a Asia” se desarrollará en formas muy diferentes a cada lado del Atlántico. Sin políticas conjuntas de EE. UU. y la Unión Europea para mantener la cohesión transatlántica, Occidente pronto será cosa del pasado. Con EE. UU. mirando hacia el oeste a través del Pacífico, y Europa mirando hacia el este en dirección a Eurasia, la única vencedora será China. El verdadero peligro estratégico de la era de Trump, entonces, no es simplemente que el orden mundial esté cambiando, sino que las políticas de Trump sólo lograrán “hacer a China grande otra vez”.

Traducción: Esteban Flamini

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‘Pax Trumpia’. De Joschka Fischer

Una guerra comercial transatlántica de represalias mutuas causaría perdedores en todos lados. La UE no tiene otra opción que negociar, aunque sea a regañadientes.

La canciller alemana, Angela Merkel, junto al presidente francés, Emmanuel Macron (i) y al presidente de EE UU, Donald Trump (d), durante el G20 de Hamburgo, el pasado julio. AFP

Joschka Fischer fue ministro de asuntos exteriores de Alemania y vicecanciller entre 1998 y 2005.

Joschka Fischer, 30 marzo 2018 / EL PAIS

El desprecio del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, por el sistema internacional, es real y se está reflejando en políticas concretas. Su decisión de imponer 50.000 millones en gravámenes punitivos a la importación de muchos bienes chinos podría afectar seriamente el comercio global; y si bien eximó, a último minuto, los productos de la Unión Europea, todavía puede que Europa acabe en la línea de fuego.

Está claro que el enfoque “América, primero” no dejará intactas las reglas sobre las que se sustenta el orden internacional. EE UU desarrolló el orden de posguerra y por décadas hizo predominar sus reglas. Pero ya no es el caso. Las medidas recientes de Trump no giran solamente en torno al comercio, sino al abandono de la Pax Americana misma.

Pocos países están más conectados al orden de posguerra que Alemania que, al igual que Japón, debe su resurgimiento económico, a partir de 1945, al nuevo sistema comercial internacional. La economía alemana depende fuertemente de las exportaciones, lo que significa que es muy vulnerable a las barreras comerciales y a los gravámenes punitivos que impongan sus socios más importantes.

Además, las políticas proteccionistas de Trump retan el modelo económico alemán tal como ha existido desde la década de los cincuenta. No es un mero detalle el hecho de que Trump haya señalado una y otra vez a Alemania, uno de los más cercanos aliados de EE UU en Europa. Si bien los optimistas dirán que los ladridos de Trump son peores que su mordida —que sus declaraciones sobre el comercio, al igual que las amenazas a Corea del Norte, forman simplemente parte de una estrategia de negociación—, los pesimistas pueden responder con una pregunta razonable: ¿Qué pasa si Trump realmente cree en lo que dice?

Alemania no debería hacerse ilusiones frente a una guerra comercial transatlántica. A pesar de pertenecer a la UE y al Mercado Único, sería uno de los mayores perdedores, debido a su dependencia comercial y al estado actual de las relaciones transatlánticas.

Seguramente que los Estados miembros de la UE que han acusado a Alemania de arrogancia podrían ver este resultado con algo de schadenfreude (complacencia malsana), pero un debilitamiento de la mayor economía de la UE tendría de inmediato efectos negativos sobre todo el bloque. El retiro del Reino Unido de la UE ya está causando disonancias políticas entre los Estados miembros, y los populistas antieuropeos acaban de ganar la mayoría parlamentaria en Italia.

“Una guerra comercial transatlántica de represalias
mutuas causaría perdedores en todos lados y abriría
un nuevo periodo de aislacionismo y proteccionismo”

Para empeorar las cosas, ni Alemania ni la Comisión Europea, que trata los problemas comerciales en representación de los Estados miembros de la UE, se encuentran en una posición de solidez para enfrentarse a Trump. La insensatez de las autoridades alemanas, que escogieron ignorar las críticas sobre el persistentemente alto superávit acumulado en el balance en cuenta corriente del país, ha quedado al descubierto. Si el último Gobierno alemán hubiera reducido este superávit —que el año pasado batió un nuevo récord— al impulsar la inversión interna, Alemania estaría en mejor posición para responder a las amenazas de Trump.

Al pensar en la posibilidad de una guerra comercial transatlántica, deberíamos recordar el dicho, que se suele atribuir al Mahatma Gandhi: “ojo por ojo, y acabaremos todos ciegos”. Una guerra comercial transatlántica de represalias mutuas causaría perdedores en todos lados y abriría un nuevo periodo de aislacionismo y proteccionismo. Si va demasiado lejos, incluso podría llevar a un colapso de la economía global y a la desintegración de Occidente. Por esta razón, la UE no tiene otra opción que negociar, aunque sea a regañadientes.

Una consecuencia previsible de la revolución comercial de Trump es que empujará a Europa hacia China, que ya está alcanzando a la UE a través de su Iniciativa Belt and Road de inversiones y proyectos de infraestructura a lo largo de Eurasia. A medida que en los próximos años aumenten las alternativas al transatlanticismo orientadas hacía Oriente, Europa se verá ante el difícil reto de encontrar el equilibrio justo entre Oriente y Occidente. Los europeos ahora tienen que preocuparse no solo por Rusia, sino también por la nueva superpotencia: China.

“Cualquiera podría creer que el principal objetivo
de política exterior de Trump es ayudar a los chinos
en su lucha por la influencia global”

Ni Estados Unidos, ni Europa, tienen interés en destruir o perturbar las relaciones comerciales transatlánticas. Los dirigentes chinos estarán probablemente celebrando en privado la promesa de la administración Trump de “volver a hacer grande a Estados Unidos”, porque hasta ahora no ha hecho más que socavar los intereses estadounidenses y anunciar la próxima grandeza de China. De hecho, pese a los gravámenes aduaneros que Trump quiere imponer a China —en respuesta a sus supuestas violaciones a la propiedad intelectual— cualquiera podría creer que el principal objetivo de política exterior de Trump es ayudar a los chinos en su lucha por la influencia global.

Una de las primeras medidas de Trump tras asumir el cargo fue retirar a Estados Unidos de la Asociación Transpacífico, un acuerdo comercial que habría creado un dique de contención contra China en la región Asia-Pacífico. Hoy China tiene la posibilidad de fijar las reglas del comercio en un área que cubre cerca del 60% de la economía planetaria. De la misma manera, lo más probable es que los gravámenes a la importación de acero y aluminio ayuden a China y afecten negativamente a los aliados europeos de EE UU. No se puede culpar a los chinos por tratar de capitalizar esta oportunidad caída del cielo.

En los próximos meses, la debilidad fundamental de Europa se hará cada vez más evidente. La prosperidad europea depende de la voluntad de EE UU de dar garantías de seguridad y guiar el orden internacional liberal. Sin EE UU, encerrado en un nacionalismo atávico, los europeos se han quedado solos. Cabe esperar que sean capaces de actuar con rapidez para preservar su unidad y salvar el sistema internacional que, desde décadas, les ha proporcionado paz y prosperidad.

Joschka Fischer fue ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005 y líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años.
Traducido del inglés por David Meléndez Tormen.

Carta a la oposición: Trump ataca a todo el país, no al gobierno. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 24 febrero 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Estimados amigos:
Esta semana, Donald publicó en Twitter lo siguiente: “Nuestros grandiosos agentes de ICE y de las Patrullas de Frontera remueven miles de miembros de la MS13, pero estos asesinos regresan desde El Salvador, atravesando México como si fueran agua. El Salvador solo agarra nuestro dinero, y México nos tiene que ayudar más con este problema. ¡Necesitamos el muro!”

Algunos ilusos piensan que esto es un ataque del presidente de Estados Unidos, de derecha, a nuestro gobierno de izquierda. Falso: Es un ataque a nuestro país. No vayan a pensar que Trump quiere denunciar al gobierno del FMLN para ayudar a ARENA en la recta final de las elecciones. Le vale el FMLN. Le vale ARENA. Le vale El Salvador.

logos MAS y EDHY le valen nuestras elecciones. Lo único que le interesa es distraer del serio problema que enfrenta a raíz de la última masacre en una escuela en Florida, y de la espontánea movilización de los estudiantes en todo el país exigiendo prohibir la venta y portación de armas de guerra. Trump acaba de enfrentar en la Casa Blanca a los sobrevivientes y los padres de víctimas de la masacre de Parkland, y sus reclamos amenazan con desarmar su discurso que repite y repite que la inseguridad y violencia en Estados Unidos es resultado de la migración.

Para Trump, el tema de la violencia, que siempre lo vincula a la pandilla MS13 para vincularlo con los migrantes, no es un problema ideológico. No tiene nada que ver con izquierda o derecha. Es piedra angular de su agenda racista llamada ‘America First’.

Screen Shot 2018-02-23 at 3.21.02 PM.pngTodo lo que dice en su tuit es mentira. Las pandillas no son el principal problema de seguridad de Estados Unidos. Estados Unidos no ha deportado miles de pandilleros de la MS13. Tampoco hay miles de pandilleros entrando vía México a Estados Unidos. No es cierto que los migrantes centroamericanos pasan por México “como si fueran agua”, sino ellos sufren sistemáticamente todo tipo de obstáculos, vejámenes y represiones en México. Y si dice que “El Salvador solo agarra nuestro dinero”, quiere presionar a nuestro gobierno a ponerse al servicio de su objetivo principal: parar la migración. Exige a los países de Centroamérica y México que se conviertan en guardianes de la frontera sur de Estados Unidos. Exige que esta tarea sea la absoluta prioridad de nuestras políticas de Seguridad, no buscar cómo resolver la violencia en nuestros barrios sin permitir que nuestra policía no se convierta en violadora de los Derechos Humanos.

Esta exigencia de Estados Unidos, con la amenaza de cortar sus programas financieros y de desarrollo, es un vil chantaje. Es un desafío al país entero, no al gobierno de turno. Igual que en el caso del TPS y del DACA, es responsabilidad compartida del gobierno, de la oposición y de toda la sociedad salvadoreña de enfrentar este chantaje, ir a Estados Unidos y hacer lobby para que Donald Trump no se salga con la suya.

Hay muchos en Estados Unidos, incluyendo en su propio partido Republicano, quienes no están de acuerdo con estas políticas de chantaje y ofensa de Trump contra los migrantes y contra sus países de origen.

Usar los exabruptos de Trump como munición en la campaña electoral sería un grave error.

Saludos,

44298-firma-paolo

El “gaslighting” de Trump. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 19 febrero 2018 / El Diario de Hoy

Una palabra que con la victoria electoral de Donald Trump ha comenzado a circular en los medios de comunicación estadounidenses, es “gaslighting”. Aunque no hay una palabra equivalente en español, la expresión se refiere a la manipulación mental que intenta hacer alguien con poder para hacerle creer a su audiencia que aquello que definitivamente dijo no fue más que un invento de la audiencia, un figmento de su imaginación, en otras palabras, el hacerle creer a alguien que su propia mente está jugándole un truco.

EDH logEn Estados Unidos, la palabra se está empezando a usar a menudo debido a la asquerosa tendencia que Trump tiene de jamás reconocer un error o una mentira y proceder a complicadas acrobacias mentales para negar lo dicho anteriormente. El intento de hacerle “gaslighting” a alguien en pleno Siglo Veintiuno es simplemente cinismo descarado, puesto que existe más de una manera de probar que la persona está mintiendo: con YouTube o Twitter es difícil que las cosas que la gente con poder dice en situaciones públicas se queden fuera del archivo de la historia. Normalmente quienes emprenden semejante táctica deshonesta y sucia, son también quienes dedican considerables porciones de su retórica política a descalificar y desestimar a los medios de comunicación, un pilar tan importante para cualquier democracia transparente y con ciudadanos informados.

En nuestro país es el mesías de las nuevas ideas quien, como parte de su novedoso ideario está intentando importar la deshonesta táctica política del “gaslighting”. El 14 de enero de 2018, ante una cámaras que lo grabaron y una audiencia cautiva, pidió como “favor” que en la próxima elección de marzo, como no habría nuevas ideas en la papeleta, la gente anulara su voto, o “si le da pereza quédese en la casa”. Lo anterior es una transcripción, palabra por palabra, de lo dicho por el actual alcalde capitalino mientras andaba haciendo campaña presidencial en Morazán. Ahora, y ante las preguntas de los medios intentando hacerle rendir cuentas de sus irresponsables palabras, en vez de ser dueño de lo dicho y responsabilizarse, el alcalde dice que nunca ha hecho tal llamado, que simplemente señaló que no ve “a nadie por quién votar”. No solo demuestra deshonestidad, sino irrespeta a su audiencia, al creernos incapaces de darnos cuenta que nos está mintiendo.

Si bien el voto es un derecho que se ejerce libremente, y dentro de esa libertad se incluye la anulación del voto, que el mesías de las nuevas ideas haga un llamado abierto a sus seguidores a que anulen el voto no solo es un escupitajo al sistema democrático que tanto tiempo nos ha costado construir, sino también la clara demostración que un gobierno dirigido por este político sería uno donde no cabría el diálogo o la capacidad de llegar a consenso alguno a menos de que sea él el centro y fin del trato. Decir que su ausencia de la papeleta equivale básicamente a una falta de oferta política solo puede nacer, o de la desesperanza absoluta que solo el peor tipo de nihilismo puede inspirar, o de un caso extremo de narcisismo. Ninguna de las dos opciones son características deseables en alguien que se está intentando venderse como el líder ideal para llevar al país a un progreso luminoso.

Citando a Salvador Samayoa, la “imbecilidad” de pedir anular el voto implica pensar que el electorado es incapaz de distinguir la porquería de la honestidad. Valdrá la pena demostrar que con ciudadanos informados, el “gaslighting” no funciona.

@crislopezg

Trump en un mundo mejor. De Héctor Aguilar Camin

Nunca la humanidad ha vivido con tanto progreso y con menos violencia. La paradoja es que en este contexto Estados Unidos haya elegido a un presidente que es un emisario de la utopía regresiva y que representa un riesgo civilizatorio.

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Héctor Aguilar Camin, escritor mexicano, director de NEXOS

Héctor Aguilar Camin, 28 enero 2018 / EL PAIS

Siempre es buen momento para decir que todo anda mal. Quien celebra la bondad de sus tiempos cae bajo la ironía de Voltaire, encarnada en su invencible personaje Pangloss, quien, en medio de guerras y desastres sin fin, creía siempre estar viviendo en el mejor de los mundos posibles.

La novela de Pangloss, que lleva el elocuente nombre de su discípulo, Cándido, es una mordaz demolición del optimismo que acompaña al espíritu del progreso. El progreso existe, sin embargo, pese a Voltaire. El progreso material se prueba por sí solo en la calidad y la duración de la vida humana de hoy, comparada con la de hace 100, 500 o 2.000 años.

El progreso moral también puede probarse por el hecho extraordinario de que el hombre, el animal más peligroso del reino zoológico, es hoy menos sanguinario y cruel de lo que ha sido nunca en su historia. No vivimos en el mejor de los mundos posibles, como quería Pangloss, pero es un hecho que vivimos en el menos violento de los mundos conocidos.

el paisOigo reír al lector, pero esta es la materia asombrosa y consistente del libro de Steven Pinker: The better angels of our nature. Why violence has declined? (Penguin 2011). Pinker demuestra ahí, con lujo de estadísticas históricas, que la humanidad nunca ha sido menos violenta que ahora. Nunca ha muerto menos gente en campos de batalla, ni la guerra ha cobrado menos vidas, como en los últimos 50 años. Nunca la especie humana ha compartido valores civilizatorios tan altos.

La visión de Pinker es cualquier cosa menos un recetario de optimismos históricos. Es una exploración científica de la disminución de la violencia en la historia. Me extenderé un poco sobre los números de Pinker, porque contradicen el saber común, y vale la pena oírlos con algún detalle.

El lugar más seguro para vivir que ha existido en la historia de la humanidad es la Europa Occidental de hoy, donde el índice de homicidios es de 1 por cada 100.000 habitantes. La zona más peligrosa que ha existido nunca es la comunidad de Kato, California, en los años 1840, donde la tasa de violencia llegó a ser de 1.500 homicidios por cada 100.000 habitantes.

La exploración forense de sitios arqueológicos ha permitido medir la increíble proporción de seres humanos que morían violentamente en la prehistoria. En promedio, un 15% de las muertes totales: 524 homicidios por cada 100.000 habitantes. El primer gran arco de disminución de la violencia fue el fin del nomadismo primitivo, esencialmente predador, y la aparición de las sociedades agrícolas sedentarias, que dieron paso a distintas formas de Estado.

El lugar más seguro para vivir que ha existido
en la historia es la Europa Occidental de hoy.

El Estado fue entonces el gran pacificador. También fue el origen de las guerras subsecuentes de la historia: las pequeñas, las grandes y las hemoclísmicas.

Pero, en términos del proceso civilizatorio, como lo llamó Norbert Elías, la violencia que el Estado redujo fue superior a la que creó. El Estado teocrático azteca tenía una tasa de 250 homicidios; muy alta, pero la mitad de la de las sociedades prehistóricas, anteriores al Estado.

La Francia de la Revolución y de las guerras napoleónicas tuvo un promedio de 70 homicidios por cada 100.000 habitantes, cifra sorprendentemente baja comparada con la de siglos anteriores. Las guerras mundiales del siglo XX arrojaron tasas de violencia de 144 muertes en Alemania y 135 en la URSS.

Desde el fin de la II Guerra Mundial, el número de muertos en guerras, entre naciones, guerras civiles, guerras étnicas y religiosas, y actos terroristas, no ha hecho sino descender, al tiempo que asciende en todos los órdenes algo parecido a la “paz perpetua” imaginada por Kant, en la que triunfan, paso a paso, los mejores impulsos de la naturaleza del animal moral que es el hombre: la empatía, el autocontrol, el sentido moral y la razón.

La melancolía social no se disipa con estadísticas, desde luego: en los años en que menos seres humanos mueren en conflictos bélicos tenemos la sensación térmica de un mundo violento como nunca. La caída del muro de Berlín puso fin a la Guerra Fría y abrió paso a un momento de paz y prosperidad cuyo trofeo mayor fue la unificación de Occidente en los valores de la democracia, la prosperidad, el libre comercio, la cooperación entre las naciones, la globalización y el fin del fantasma de la hecatombe nuclear.

La construcción del muro de Trump resume y representa lo contrario: la llegada al poder, en la potencia hegemónica de Occidente, de un presidente cuya utopía regresiva (“Make America Great Again”) está construida con el viejo discurso de la discriminación racial, el rechazo al libre comercio, el unilateralismo diplomático, el aislacionismo estratégico y la amenaza nuclear, vertida en estos días sobre Corea del Norte.

El único riesgo es la confrontación nuclear,
con la que Trump amenaza a Corea del Norte

Apenas puede exagerarse la intensidad con la que se abren paso en los países centrales de Occidente algunos de los viejos demonios aislacionistas, nacionalistas, xenófobos, racistas y aún antisemitas. Es una oleada de regreso a lo peor del pasado ante la frustración por lo peor del presente. Explica por igual el Brexit, el ascenso del nacionalismo, la xenofobia y la derecha en Europa, así como la victoria de Trump, vocero de la parte más vieja, menos abierta al futuro, de su sociedad.

La paradoja no deja de ser inquietante: la sociedad más moderna del mundo ha elegido como presidente al emisario de una utopía regresiva que quiere volver el reloj de la historia atrás y reponer la grandeza pasada de Estados Unidos: con riesgo nuclear, con exclusión migratoria, con discriminación racial, con proteccionismo comercial, con bilateralismo diplomático, con aislacionismo, más que con responsabilidad de gran potencia.

Regreso a Pinker y a su visión del progreso civilizatorio. Si algo falta en ella es la sospecha trágica, probada por la historia, de que los mejores ángeles de nuestra naturaleza suelen ser vencidos por nuestros peores demonios. La primera guerra mundial interrumpe una de las más largas eras de paz y civilización conocida hasta entonces por Europa.

El proceso civilizatorio de los últimos cincuenta años tiene sólo un riesgo, uno solo, de tornarse súbitamente su contrario. Es el riesgo de una confrontación nuclear, el riesgo con el que Trump juega en estos días en su batalla de amenazas contra Corea del Norte. Si sus amenazas tienen efecto, si el dictador de Corea del Norte llega a convencerse de que efectivamente será, junto con su país, borrado del planeta, ¿qué incentivos tendría para no lanzar su propia bomba?

La deriva de Trump no solo representa un acoso a la civilización, sino un riesgo civilizatorio. De modo que vivimos en el menos malo de los mundos posibles, salvo Trump.

Lea también:
“Cosas buenas pueden pasar.
Los hechos corroboran el progreso”: Steven Pinker

 

Impresiones desde el “shithole”. De Cristina López

No es solo con paisajes que vamos a poner en evidencia el racismo e ignorancia Trumpianos. Es con compromiso con el desarrollo de nuestro país. Del que empieza en la casa y se contagia para volverse cultura.

Cristina LópezCristina López, 23 enero 2018 / El Diario de Hoy

A ninguna persona con dos dedos de frente se le escapan los múltiples motivos por los que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se equivocó por completo al caracterizar nuestro El Salvador como un “shithole”.

Se puede desmentir a Trump con enorme facilidad, mostrando como evidencia nuestros atardeceres en la costa del Pacífico — ¡no se pondría el sol ese disfraz de celajes en un “shithole”! Se podría argumentar que un lugar con la diversidad natural y comodidad geográfica que permite amanecer con los calores salados de la costa, y en el mismísimo día, acostarse con suéter en las cumbres cafetaleras de Apaneca, en nada se compara con un hoyo lleno de excremento. Nadie llamaría “shithole” a un lugar en donde los lugareños se enorgullecen tanto de darle la bienvenida a visitantes extranjeros, con sonrisas llenas de orgullo.

EDH logFue a esto precisamente a lo que me dediqué esta última semana, en calidad de operadora turística amateur, acarreando por nuestro país a cuatro compatriotas de Trump que han hecho lo mismo y más por mí en su país, en más ocasiones de las que puedo agradecer.

Y es ver nuestro país a través de ojos ajenos una de las maneras en las que con más facilidad se notan aquellos contrastes incómodos que la costumbre o el amor propio nos hacen invisibilizar a diario. Por ejemplo, la cantidad de armas de altísimo calibre que pueden casualmente verse en un solo día, habitualmente chineadas por guardias de seguridad privada con más cara de tener ganas de una platicada con café y pan dulce que de abatirse a balazo limpio contra fieros elementos criminales. O por ejemplo, la basura o montañas de ripio en arbitrario abandono, ahí mismo en frente de los paisajes cuyas cualidades ensalzamos con tanta convicción en la Oración a la Bandera. O por ejemplo, la enorme cantidad de propuestas políticas vacías que a diario pelean por nuestra atención en vayas publicitarias.

Son estos contrastes que comenzamos a ver solo cuando enseñamos nuestro país a visitantes extranjeros (algo así como las manchas en la alfombra de la casa que antes de recibir invitados convenientemente no notábamos) los que pueden enseñarnos una poderosa e incomodísima verdad: en un sentido, los salvadoreños mismos coincidimos con la idiota y racista visión que tiene Trump de nuestro país.

Quizás no pensemos de nuestra Patria en términos de un “shithole”, pero es difícil debatir el hecho de que a veces nos comportamos y tratamos nuestra tierra como si lo fuera. Como si no mereciéramos más. Como aves de corral incapaces de ver que podríamos volar como las águilas. Es eso lo que demostramos cuando aplicamos la ley del más vivo en el tráfico. Cuando “cuentiamos bichas” en la calle. Cuando pagamos en sueldos lo que fácilmente gastaríamos en una comida en uno de los restaurantes a los que llevamos a extranjeros y nos “damos paja” de que es lo justo. Cuando elegimos políticos que con su corrupción, populismo, o ideología antediluviana agregan heces al hoyo.

No, no es solo con paisajes que vamos a poner en evidencia el racismo e ignorancia Trumpianos. Es con compromiso con el desarrollo de nuestro país. Del que empieza en la casa y se contagia para volverse cultura. Del que nace, no como reacción a la ignorancia extranjera, sino como resultado de un autoestima saludable, de ese que implica sabernos merecedores de más.

@crislopezg

A letter to Trump from a “shithole country” / Carta a Trump desde un “shithole country”. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 13 enero 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Dear Donald:
You asked why all these people from shithole countries are coming to your country. Well, I can answer your question: They believe in the United States, more than you do. You don’t believe that the United States became a great country because millions of people, from all over the world, have chosen to come to the United States, ready to work hard for their families, including those they left behind. You don’t believe in the American ideal of freedom and equality that keeps attracting people who live in poor countries where this ideal is only real for the privileged few. Those who truly believe in this ideal are those people from poor countries, who risk everything, including their lives, to come to the United States. Shit people who come from shitholes.

logos MAS y EDHWell, Donald, have you never asked yourself why your grandfather Friedrich Drumpf came to the United States in 1885? He came, because back then Germany was a shithole even worse than El Salvador and Haiti are now for you. Why do you think millions of Irish, Italians, Germans and Norwegians left their countries to settle in the United States and built it into the great country you are trying to destroy? They came because they couldn’t make a living and find freedom in their shitholes, as you choose to call poor countries.

Encuentre la versión
en español de esta carta abajo

You asked yourself another question: Instead of all these people from shitholes like El Salvador and Haiti, why not bring people from Norway to the States? That’s also easy to answer: Because Norway is not anymore the shithole it was, when 4.5 millions of its people immigrated to the Unites States some 150 years ago. It may hurt your feelings, but today nobody from Norway will emigrate to your country, because this former shithole now guarantees its citizens a degree of freedom, wealth, security, health care and equality you can only dream of. So does most of Europe. So, forget about white well-educated people flocking into your country in order to make it great again. You’ll have to do with the people from shitholes. And let me tell you: They are the most motivated to work hard and defend American values.

You’re right: We have a lot of shit going on in our country: corruption, violence, bad leadership… and sometimes bad influence from the US. That’s why we often call our country even worse things than a shithole. We have the right to do that, you don’t. You can -and should- blame our bad leaders for all they’re doing wrong, but you can’t blame or hurt our countrymen, whose hard work in the United States is doing more to improve our country than our and your government together.

Excuse my English, but what can you expect
from people living in a shithole?

Regards,

44298-firma-paolo

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Carta a Trump desde un “shithole country”. De Paolo Luers

Paolo Luers, 13 enero 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Estimado Donald:
logos MAS y EDHUsted preguntó porqué toda esta gente de “shithole countries”, o sea países de mierda, vienen a su país. Bueno, yo le tengo la respuesta: Ellos creen en los Estados Unidos más que usted. Usted no cree que Estados Unidos se hizo un gran país porque millones de gente de todo el mundo decidieron emigrar a Estados Unidos, dispuestos a trabajar duro para sus familias, incluyendo los que dejaron atrás. Usted no cree en el ideal americano de libertad e igualdad que continua atrayendo gente que vive en países donde este ideal solo es realizable para una minoría privilegiada. Los que realmente creen en este ideal son los ciudadanos de países pobres, quienes arriesgan todo, incluso sus vidas, para llegar a los Estados Unidos. Gente hecho mierda de países mierda.

Bueno, Donald, nunca se preguntó porqué su abuelo Friedrich Drumpf vino a Estados Unidos en 1885? Vino porque en aquel entonces Alemania fue un “shithole” incluso peor que El Salador y Haití ahora. ¿Por qué cree que millones de Irlandeses, Italianos, Alemanes y Noruegos abandonaron sus países para ir a Estados Unidos y convertirlo en el gran país que usted está tratando de destruir hoy? Llegaron a Estados Unidos, porque en sus “shitholes, como usted llama a los países pobres, no podían sobrevivir, ni mucho menos encontrar la libertad.

Usted se hizo otra pregunta: En vez de toda esta chusma de “shitholes” como Haití o El Salvador, ¿por qué no traer a Estados Unidos a gente de Noruega? También es fácil de responder: Porque Noruega ya no es el “shithole” que fue cuando 4.5 millones de su población emigraron a Estados Unidos hace como 150 años. Tal vez le ofenda, pero hoy en día nadie va a emigrar de Noruega a Estados Unidos, porque este país ahora garantiza a sus ciudadanos un grado de libertad, prosperidad, seguridad, atención de salud e igualdad que usted solo puede soñar. Y así buena parte de Europa. Entonces, olvídese de masas de gente blanca y bien educada buscando Estados Unidos para hacerlo nuevamente un gran país. Tendrá que arreglárselo con gente de los “shitholes” del mundo. Y déjeme decirle: Son los más motivados a trabajar y para defender los “valores americanos”.

Tiene razón usted: Tenemos un montón de mierda que pasa en nuestro país: corrupción, violencia, pésimo liderazgo… y a veces malas influencias desde los Estados Unidos. Por eso, muchas veces llamamos nuestro país peores cosas que “shithole”. Nosotros tenemos el derecho de hacerlo, usted no. Usted puede -y debería- denunciar a nuestros líderes por todo lo que hacen mal, pero no puede culpar ni mucho menos castigar a nuestros compatriotas, cuyo trabajo duro en Estados Unidos aporta más a nuestro país que el gobierno nuestro y el suyo juntos.

Saludos,

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