Trump

Leer un buen periódico. De Mario Vargas Llosa

Nunca hemos tenido tantos medios de información a nuestro alcance, pero dudo que hayamos estado antes tan aturdidos y desorientados como lo estamos ahora.

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 16 abril 2017 / EL PAIS

Leer un buen periódico”, dice un verso de Vallejo, y yo creo que se podría añadir “es la mejor manera de comenzar el día”. Recuerdo que lo hacía cuando andaba todavía de pantalón corto, a mis 12 o 13 años, comprando La Crónica para leer los deportes mientras esperaba el ómnibus que me llevaba al colegio de La Salle a las siete y media de la mañana. Nunca he podido desprenderme de esa costumbre y, luego de la ducha matutina, sigo leyendo dos o tres diarios antes de encerrarme en el escritorio a trabajar. Y, desde luego, los leo de tinta y de papel, porque las versiones digitales me parecen todavía más incompletas y artificiales, menos creíbles, que las otras.

Leer varios periódicos es la única manera de saber lo poco serias que suelen ser las informaciones, condicionadas como están por la ideología, las fobias y prejuicios de los propietarios de los medios y de los periodistas y corresponsales. Todo el mundo reconoce la importancia central que tiene la prensa en una sociedad democrática, pero probablemente muy poca gente advierte que la objetividad informativa sólo existe en contadas ocasiones y que, la mayor parte de las veces, la información está lastrada de subjetivismo pues las convicciones políticas, religiosas, culturales, étnicas, etcétera, de los informadores suelen deformar sutilmente los hechos que describen hasta sumir al lector en una gran confusión, al extremo de que a veces parecería que noticiarios y periódicos han pasado a ser, también, como las novelas y los cuentos, expresiones de la ficción.

¿A qué viene todo esto? A que estuve cinco días en Salzburgo, adonde ya no llega la prensa en español, tratando de averiguar qué había pasado exactamente en la Siria de Bachar el Asad con el uso de las armas químicas contra inofensivos ciudadanos, consultando periódicos en inglés, italiano y francés, sin llegar a hacerme una idea clara al respecto, salvo lo que ya sabía: que aquello fue un horror más entre los crímenes injustificables y monstruosos que se cometen a diario en ese desdichado país.

“Quise averiguar qué había pasado en Siria con el uso de
armas químicas contra inofensivos ciudadanos”

FERNANDO VICENTE

¿Qué es lo que realmente pasó? Según las primeras noticias, el Gobierno de El Asad lanzó misiles con gases sarín sobre una población inerme, entre la que había muchos niños, violentando una vez más el acuerdo que había firmado ya con la Administración de Obama hace tres años, comprometiéndose a no usar armas químicas en la guerra que lo opone a una oposición dividida entre reformistas y demócratas, de un lado, y, del otro, terroristas islámicos. Esta noticia fue inmediatamente desmentida no sólo por el Gobierno sirio, sino también por la Rusia de Putin, aliada de aquel, según los cuales el bombardeo de las fuerzas gubernamentales hizo estallar un depósito de armas químicas que pertenecía a la oposición yihadista, la que sería, pues, responsable indirecta de la matanza. ¿Cuántas fueron las víctimas? Las cifras varían, según las fuentes, entre algunas decenas y centenares o millares, una buena parte de las cuales son niños a los que la televisión ha mostrado con los miembros carbonizados y agonizando en medio de espantosos suplicios.

Este atroz espectáculo, por lo visto, conmovió al presidente Trump y lo llevó a cambiar espectacularmente su posición de que Estados Unidos no debía intervenir en una guerra que no le incumbía, a participar activamente en ella bombardeando una base aérea siria. Y, al mismo tiempo, a criticar severamente a Rusia, por no moderar los excesos genocidas contra su propio pueblo, de Bachar el Asad, y al expresidente Obama por haberse dejado engañar por el tiranuelo sirio firmando un tratado que éste nunca pensó cumplir. En su campaña y en sus primeras semanas en la Casa Blanca, Donald Trump había mostrado una sorprendente simpatía hacia Putin y su autocrático gobierno con el que parece ahora haber mudado a una abierta hostilidad. Es probablemente la primera vez en toda su historia que la primera potencia mundial carece de una orientación política internacional más o menos definida y procede, en ese ámbito, con la impericia y los zigzags de una satrapía tercermundista.

¿Condenó el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a Bachar el Asad por usar armas químicas contra su propio pueblo? Naturalmente que no, porque la Rusia de Putin vetó una resolución que contaba con el voto favorable de la mayoría inequívoca de países. Desde entonces, el Gobierno de Moscú pide y exige estentóreamente que la ONU nombre una comisión que estudie minuciosa y responsablemente lo que ocurrió con aquellas armas químicas. Por su parte, el nuevo secretario de Estado norteamericano, Mr. Tillerson, después de su glacial viaje a Rusia, ha hecho saber que según fuentes militares de Estados Unidos Bachar el Asad ha “utilizado más de 50 veces armas químicas contra los rebeldes que quieren deponerlo”.

“El atroz espectáculo conmovió a Trump
y lo llevó a cambiar la posición de Estados Unidos”

Aunque es uno de los conflictos más sangrientos en el mundo actual, el de Siria está lejos de ser el único. Hay la pausada y sistemática carnicería de Afganistán, los periódicos atentados que destripan decenas y centenas de pakistaníes, la desintegración de Libia, los secuestros y degollinas que puntúan el avance imparable del terrorismo islámico en África, la porfía subsahariana en escapar al hambre y la violencia que empuja a millares a lanzarse al mar tratando de alcanzar las playas de Europa, la nomenclatura militar de narcos y contrabandistas que sostiene el régimen de Maduro en Venezuela y el deprimente espectáculo de la putrefacción que Odebrecht difundió por Brasil y todo América Latina. Y la lista podría seguir, por muchas horas.

Nunca hemos tenido tantos medios de información a nuestro alcance, pero, paradójicamente, dudo que hayamos estado antes tan aturdidos y desorientados como lo estamos ahora sobre lo que debería hacerse, en nombre de la justicia, de la libertad, de los derechos humanos, en buena parte de las crisis y conflictos que aquejan a la humanidad. Cuando la rebelión siria estalló contra el régimen corrupto y dictatorial de Bachar el Asad, todo parecía muy claro: los rebeldes representaban la opción democrática y había que apoyarlos sin equívocos. Al igual que muchos, yo lamenté que Estados Unidos no lo hiciera así y, asustado con la idea de enredarse en una nueva situación como la de Irak, se abstuviera. Pero, luego las cosas han cambiado. El hecho de que las peores organizaciones terroristas, como Al Qaeda y el Estado Islámico, que seguramente instalarían en Siria un régimen todavía peor que el de El Asad, hayan tomado partido a favor de la rebelión ¿no deslegitima a ésta? Tomar partido a favor de cualquiera de las dos opciones significa condenar al pueblo sirio a un futuro macabro.

“Leer un buen periódico” ya no es, como cuando César Vallejo escribió ese verso, sentirse seguro, en un mundo estable y conocible, sino emprender una excursión en la que, a cada paso, se puede caer en “una jaula de todos los demonios”, como escribió otro poeta.

Verdad, democracia y periodismo. De Antonio Cano

EL PAÍS comienza hoy una serie de contenidos especiales sobre la libertad de prensa para mostrar la realidad de una labor en constante amenaza.

Manifestación antigubernamental y por la libertad de prensa el año pasado frente a la televisión pública en Varsovia (Polonia). En las pancartas se lee: "¿Cuántos más?" y "Libertad de prensa".

Manifestación antigubernamental y por la libertad de prensa el año pasado frente a la televisión pública en Varsovia (Polonia). En las pancartas se lee: “¿Cuántos más?” y “Libertad de prensa”. Kacper Pempel REUTERS

Antonio Cano, director de El País

Antonio Cano, 10 abril 2017 / EL PAIS

EL PAÍS publicará durante este mes una serie de contenidos especiales con motivo de la conferencia del Día Mudial de la Libertad de Prensa de la UNESCO. Voces que han visto amenazada su vida por el hecho de cumplir con su deber como reportero, personajes que han dedicado su vida a luchar por el derecho a informar, experiencias en primera persona, y relatos de profesionales que arriesgan todo por abrir una ventana al periodismo en algunos de los lugares más peligrosos del planeta formarán parte de las piezas que EL PAÍS ha preparado para mostrar la realidad de una labor en constante amenaza.

La libertad de prensa está en peligro, y con ella, toda la arquitectura de libertades y derechos que conforman una democracia. Conocimos una época en la que la falta de libertad se identificaba, justamente, por el miedo a hablar. Hoy, casi en el extremo contrario, es el exceso de palabras, la verborrea desatada, lo que, en buena medida, se utiliza para negarle al ciudadano el acceso a la verdad.

Vivimos un tiempo de gran convulsión. Es muy compartida la impresión de que todo lo que teníamos por estable se derrumba de repente sin explicación: las costumbres, las prácticas, los valores que nos acompañaron durante décadas son cuestionados y algunos se ven al borde de la extinción. Los méritos que hasta hace poco nos orgullecían hoy se desprecian. Y lo más grave de todo: las instituciones que ayer creíamos sólidas como rocas parecen hoy, más que vulnerables, insostenibles.

La crisis de la prensa está marcada por dos grandes acontecimientos de las últimas dos décadas: la expansión de las nuevas tecnologías vinculadas a Internet y la crisis económica. Por un lado, las nuevas tecnologías ponen al alcance de los lectores nuevos dispositivos que le ganan a los periódicos en rapidez y versatilidad, y que parecen llamados a sustituirlos de forma inexorable. Al mismo tiempo, la crisis económica se refleja en los periódicos en una catastrófica caída de publicidad de la que nunca nos recuperamos y que ha acelerado el debilitamiento de las empresas periodísticas.

Esa misma crisis económica tuvo otros muchos efectos nocivos en la sociedad: la desmoralización ciudadana, la pérdida de confianza en las instituciones, la desesperación, la insolidaridad y el odio. Caldo de cultivo todo ello del populismo y la demagogia.

Se juntan, pues, los elementos de la tormenta perfecta: por un lado, una sociedad abonada para el autoritarismo, que se alimenta con la difusión de mentiras, rumores, consignas, calumnias… y, por el otro, una prensa muy débil para tratar de establecer los hechos y defender la verdad.

Como advierte Timothy Snyder: “Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder porque no hay ninguna base sobre lo que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes”.

En estas condiciones, hemos asistido al ascenso de figuras políticas, organizaciones o ideas que cuestionan el papel de la prensa, a la que con frecuencia descalifican como cómplice de las instituciones o como defensora de intereses espurios, para anular su capacidad de crítica. El método es sencillo y ha sido practicado en los últimos años en numerosos países: pongo en duda la honestidad y la legitimidad de un periódico, y a partir de ahí cualquier cosa que ese periódico diga sobre mí carecerá de credibilidad entre mis seguidores. Al mismo tiempo, eso me dará la oportunidad de establecer yo mismo los hechos, de crear mi propia verdad; ni siquiera necesito crear mi propio periódico –como antaño-, puedo crear mi propio universo ideológico a base de tuits.

Obviamente, el personaje más paradigmático en este papel es Donald Trump. Pero no es el único. Y, sobre todo, puede no ser el el último.

Trump asentó su éxito en el desprestigio de lo que llama la prensa del sistema liberal dominante, es decir los grandes periódicos que sirvieron para que Estados Unidos fuera una gran democracia: The New York Times, The Washington Post, Los Angeles Times… Trump sabía desde el principio que sus propuestas insensatas y su ideología xenófoba y populista serían seriamente censuradas por los principales periódicos y necesitaba crearse mecanismos “alternativos” con los que difundir sus soflamas y calumnias. Se apoyó en algunos periódicos digitales –eso que en España llamamos confidenciales- y en las redes sociales. Y se ocupó de anular la influencia de los grandes periódicos con insultos y desprecios a sus editoriales y a sus periodistas. Tuvo éxito, triunfó. Y hoy nuestros colegas norteamericanos, por mucho que cueste imaginarlo, ven seriamente en peligro la libertad de prensa en Estados Unidos.

Con métodos más drásticos, lo que intenta Trump en EE UU, lo hizo antes Chávez en Venezuela o Putin en Rusia. De una u otra forma toda la actual ola de populismo y ultranacionalismo en Europa, de cualquier signo ideológico, está basada en el desprestigio de la Prensa y en la creación de supuestos medios alternativos.

Comprendo que la palabra suena bien: alternativo. Yo también siento atracción inmediata por algo que se presenta como alternativo. Solo conviene comprobar si realmente lo es.

¿Son los confidenciales alternativos a la Prensa tradicional por su tecnología? Desde luego que no. Las grandes cabeceras son hoy también los primeros periódicos en Internet. The New York Times, The Washington Post, The Guardian son también los mayores periódicos digitales del mundo, y EL PAÍS es el primer periódico mundial en español.

¿Son los periódicos nativos digitales distintos a los tradicionales en su forma de financiación? En su mayoría tampoco. Casi todos recurren a la publicidad para su sostenimiento y, frecuentemente, con relaciones mucho menos transparentes que las que tienen los periódicos tradicionales. En los pocos casos en los que esa financiación se limita a donaciones, se está aceptando un papel secundario de los medios de comunicación y se está renunciando a lo que considero un principio indiscutible en los medios de comunicación: que solo empresas periodísticas robustas son capaces de garantizar la independencia de los periódicos y de los periodistas.

La gran diferencia entre los confidenciales y los periódicos tradicionales es, en realidad, su profesionalidad. Mientras los segundos, los periódicos, nos sentimos obligados a cumplir las exigencias y los límites, las normas deontológicas de nuestros oficio, los primeros, los confidenciales, no tienen escrúpulos en exagerar, mentir o distorsionar para satisfacer sus objetivos comerciales, a veces disfrazados de objetivos ideológicos o causas sociales.

De nuevo, algunas palabras engañan: la supuesta defensa de una causa esconde a veces la simple manipulación. Los buenos periódicos no pueden tener más causa que la de contribuir a que sus lectores estén bien informados, honestamente informados, con el objeto de que pueden defenderse de los poderosos y sean libres para tomar sus propias decisiones. Los periódicos justicieros, ni hacen justicia ni son periódicos.

La manipulación, el rumor, el insulto son instrumentos para estimular el odio, crear adeptos y, por tanto, impedir la libertad. Los hechos son los hechos, tanto si nos benefician como si nos perjudican, y la mentira es la mentira, aunque se llame postverdad, y la postverdad “es el prefascismo”. “Los fascistas”, cito de nuevo a Snyder, “despreciaban las pequeñas verdades de la experiencia cotidiana, adoraban todas las consignas que resonaran como una nueva religión y preferían los mitos creativos antes que la historia o el periodismo. Los fascistas también utilizaron los nuevos medios de comunicación, que en aquella época era la radio, para crear un son de tambores de propaganda que despertaba los sentimientos de la gente antes de que tuviera tiempo de establecer los hechos. Y ahora, igual que entonces, mucha gente ha confundido la fe en un líder con la verdad sobre el mundo en que vivimos todos”.

En España algunos también tratan de que las emociones dominen sobre los hechos. Con constantes apelaciones al estado de ánimo de lo que llaman “la gente”, se pretende que lo que se cree sea más importante que lo que se conoce. Este desprecio al conocimiento va unido al desprecio a la verdad y al enaltecimiento del espectáculo. Existe una página web en nuestro país que invita a inventarse las noticias y pone a disposición del cliente los instrumentos para crear una noticia falsa que parezca cierta, con el único propósito, dicen, de hacer una broma.

No es una broma. El sometimiento constante de los ciudadanos a noticias falsas, a informaciones corrompidas, está dificultando nuestra convivencia y destruyendo nuestra democracia.

No digo que los periódicos tradicionales seamos perfectos. Lo cierto es que estamos lejos de serlo. Pero basta medir la virulencia que los demagogos utilizan contra nosotros para entender hasta qué punto los periódicos seguimos siendo un baluarte contra el totalitarismo. Y precisamente porque la amenaza de ese totalitarismo es hoy mayor –miren a Polonia, a Hungría, pero también al Reino Unido o a Francia-, la libertad de prensa es más necesaria que nunca.

Adaptación del discurso pronunciado por Antonio Caño, director de EL PAÍS, en la apertura de la jornada La Verdad y la Libertad de Información, celebrada en el marco del Máster en gobernanza y derechos humanos de la Universidad Autónoma de Madrid.

Trump: el mismo fiasco bélico. De Cristina López

Lo que se sabe es que con sus misilazos simbólicos logró distraer el ciclo noticioso que lo estaba enterrando por la turbia relación que su campaña tuvo con hackers rusos, por el reciente fracaso legislativo de su plan para repeler y sustituir la reforma de salud de Obama.

Cristina López, 10 abril 2017 / EDH

Confieso que yo era de las que pensaba que de todas las cosas deplorables que pueden asociarse con el ahora presidente estadounidense Donald Trump, su política exterior (no la comercial, ojo) era quizás de las más rescatables. Definitivamente — pensaba yo — mejor que la de su excontrincante en la elección, que compartía la simpatía por la intervención militar que los predecesores de Trump y que –de nuevo, esto según mi análisis equivocado– yo veía más entusiasta al respecto de convertir a Estados Unidos en la policía armada de los conflictos globales que a Trump.

Trump había sido inconsistente y hasta errático sobre sus posturas al respecto de la intervención militar. Pero si algo recordaba yo claramente, es que había insistido en que estaba en desacuerdo con la guerra de Iraq (si bien al principio la apoyaba) y que, en algún punto, había criticado a Obama por coquetear con una intervención militar en Siria. Este análisis era erróneo, porque la semana pasada Trump demostró tener el mismo gusto por la intervención bélica que quienes le preceden, con el agravante que su política exterior no la informa principio alguno, sino simplemente, cómo se ve desde “la óptica” política.

En Siria, el gobierno del sanguinario dictador Bashar al-Assad atacó a sus ciudadanos haciendo uso de una de las más despreciables herramientas bélicas: un ataque químico que dejó más de 70 muertos y más de 100 afectados. Sobre todo niños. Trump se dijo tan “indignado” por lo que había pasado en Siria, que sin consultarle al Congreso (en teoría, un requisito de limitación de poderes dentro del funcionamiento de las ramas de gobierno en Estados Unidos) emprendió un ataque de misiles contra una base aérea en Siria. Es incierto qué tipo de retaliación podría tener el gobierno sirio o sus aliados los rusos. Tampoco se sabe si Trump tiene un plan a largo plazo y si los misilazos (que cobraron las vidas de varios civiles en cuyo nombre supuestamente intervino) tenían valor estratégico alguno. Lo que se sabe es que con sus misilazos simbólicos logró distraer el ciclo noticioso que lo estaba enterrando por la turbia relación que su campaña tuvo con hackers rusos, por el reciente fracaso legislativo de su plan para repeler y sustituir la reforma de salud de Obama y en general, por el nepotismo con el que está manejando su gobierno, dándoles amplios poderes a su hija y a su cuñado con inexistentes mecanismos para que rindan cuentas.

Y los misilazos son claramente simbólicos y únicamente motivados por la política. Porque si realmente hubiera un interés humanitario en ayudar a las víctimas de la cruenta guerra civil en Siria, se le abrirían las puertas a los miles de refugiados intentando buscar otros destinos para salvar sus vidas y vivir en paz. Para complacer a su base antiinmigración, Trump ha pausado la entrada de refugiados y peticiones de asilo provenientes de Siria, y está luchando en las cortes por prohibir la entrada de viajeros de este país. Si los costos tributarios no son nunca un impedimento para emprender intervenciones bélicas, es curioso que lo sean (cuando serían mucho menores) para la atención y recibimiento de refugiados. Refugiados que, debido a lo que implica el proceso legal para asilarse en Estados Unidos, tendrían la obligación de trabajar y contribuir económicamente a la sociedad, siendo autosuficientes al cabo de una temporada. Trump no deja de sorprender en cuanto a que, nuevamente, el análisis inicial que muchos habíamos hecho de él estaba equivocado: es todavía mucho peor de lo que le dabamos crédito. Y sus posturas las motiva más el ego y la incompetencia que el hambre de poder.

@crislopezg

After the Airstrikes on Syria, What’s Next? Editorial NYT

Editorial, 8 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

It was hard not to feel some sense of emotional satisfaction, and justice done, when American cruise missiles struck an airfield in Syria on Thursday. The country’s president, Bashar al-Assad, needed to understand that there would finally be a cost for his brutality, in this case the use of chemical weapons with sarin, a banned nerve agent, that killed scores of civilians earlier this week in one of the worst atrocities of the Syrian civil war.

But it is also hard not to feel unsettled by the many questions raised by President Trump’s decision. Among them: Was it legal? Was it an impetuous, isolated response unrelated to a larger strategy for resolving the complex dilemma of Syria, a nation tormented not just by civil war but also by the fight against the Islamic State? So far, there is no evidence that Mr. Trump has thought through the implications of using military force or figured out what to do next.

For a man who had campaigned on an “America First” platform of avoiding entanglements in overseas conflicts and who repeatedly warned his predecessor, Barack Obama, against military action in Syria, Mr. Trump made a breathtaking turnaround in the space of 63 hours after the chemical attack. He has long argued that the top priority was fighting the Islamic State, not forcing Mr. Assad from power; indeed, as recently as last week, Secretary of State Rex Tillerson and the United Nations ambassador, Nikki Haley, had reinforced the perception that Mr. Trump was perfectly willing to live with Mr. Assad.

Mr. Trump explained the shift by saying that he had been so deeply moved by television footage of child victims gasping for breath that “my attitude toward Syria and Assad has changed very much.” However sincere this sentiment, the spectacle of a president precipitously reversing course on war and peace on the basis of emotion or what his defenders describe as “instinct” does not inspire confidence.

One also has to wonder why he was not similarly moved by the 400,000 Syrians who have died since the war broke out in 2011, or by the thousands of Syrian refugees he has barred from the United States.

So what did the 59 missiles accomplish? Militarily, this was a measured response that severely damaged Syrian aircraft and infrastructure at Al Shayrat airfield. Tactically, it may help persuade Mr. Assad (and other problematic leaders, like those in North Korea) that using weapons of mass destruction will not go unpunished. But Mr. Assad still has his chemical weapons, and the civil war endures.

The airstrikes allowed Mr. Trump, whose presidency has so far been defined mainly by its stumbles, to separate himself from Mr. Obama, who threatened military action in the event of a chemical attack but who, after such an attack, chose a smarter course, a deal in which Russia guaranteed the removal of Syria’s chemical weapons. It is not clear whether the Kremlin failed to follow through or simply allowed Mr. Assad to retain his lethal capability. In any case, Russia deserves condemnation, as does Iran, which is also enabling Mr. Assad with military and other support.

Whether by design or not, the American military action has also shifted the focus from the scandal over Russia’s interference in the election on Mr. Trump’s behalf and allegations that the president and his allies may have colluded with Moscow. At the same time, it has made it harder for Mr. Trump to meet his goal of improving ties with Russia. Hoping to avoid a military confrontation, Washington alerted the Russians in advance of the airstrikes. Even so, President Vladimir Putin’s office called the strikes a “significant blow” to Russian-American relations, suspended an agreement meant to prevent accidental clashes and threatened to reinforce Syrian air defenses.

On the plus side, the airstrikes have given Mr. Trump a lift in Sunni states in the Persian Gulf, which chafed at Mr. Obama’s refusal to take direct military action against Mr. Assad. European allies and members of Congress also endorsed his decision. But the action lacked authorization from Congress and the United Nations Security Council, raising questions about its legality and spotlighting a rich irony. In 2013, Mr. Trump argued that Mr. Obama must get congressional approval before attacking Syria. Congress, with a long history of ducking its war-making responsibility, refused to give it.

Studies show that one-off military strikes achieve little. Whether this one has given Mr. Trump any leverage with which to press Russia for a diplomatic solution may become clearer when Mr. Tillerson visits Moscow next week. But the greater need is for a comprehensive strategy and congressional authorization for any further military action. There are risks the president simply cannot take on his own.

La tentación siria de Trump

Intrascendente gesto militar de Trump

Jugando con fuego en Siria

Trump’s airstrike: a convenient U-turn from a president who can’t be trusted

Columna transversal: Trump no gana en Europa. De Paolo Luers

Trump no es el inicio de una ola de populismo y autoritarismo en los países industrializados. Es más bien el inicio del fin.

Paolo Luers, 24 marzo 2017 / EDH

Observando el accidentado arranque de su gobierno, un arranque sin luna de miel, con menos apoyo popular de todos los presidentes de la reciente historia, en Europa los movimientos de derecha populista y nacionalista se despertaron muy rápido de sus festejos de una supuesta “nueva era nacionalista”.

En Austria, el candidato de la ultraderecha para la presidencia perdió contra un ecologista convencido de la integración europea. En Holanda, un envalentonado imitador de Trump (de su peinado hasta sus consignas anti-inmigrantes) Geert Wilders se propuso convertir las elecciones parlamentarias en un referéndum contra la integración europea y contra las políticas de integración de inmigrantes y refugiados. Lo logró, pero lo perdió. La similitud entre Trump y Wilders produjo lo contrario: una clara mayoría en pro del futuro del país dentro de la Unión Europea y en defensa de la larga tradición holandesa de liberalismo, tolerancia y sociedad abierta.

En Francia, la incapacidad de los dos partidos tradicionales –los socialistas y los conservadores- de enfrentar el auge del populismo, parecía llevar a una situación muy favorable para el movimiento ultranacionalista de Le Pen, la gran amiga de Donald Trump y Putin. Los socialistas gobernantes, ante el fracaso de su presidente François Hollande, se refugiaron en una trinchera de izquierda ortodoxa, condenándose ellos mismos a la marginación política. Los conservadores practicaron el deporte de destruir a todos sus potenciales candidatos y terminaron con el peor, un hombre que no tiene tiempo de hacer campaña electoral porque está ocupado defendiéndose de acusaciones de corrupción y nepotismo. Todo esto y de postre el triunfo de Trump parecía una mesa servida para los ultranacionalistas. Pero de repente surge algo insólito para Francia: un movimiento centrista, y postula a un candidato joven, liberal y defensor de la integración europea y del libre comercio: Emmanuel Macron. En pocas semanas desplaza a los candidatos de los socialistas y conservadores y comienza a enfrentarse a Le Pen y sus consignas racistas, aislacionistas y anti-europeas. Es él que va a alcanzar la segunda ronda, y será él que va a derrotar a Le Pen.

La idea de Europa, el concepto de una integración económica y política que supera los nacionalismos, de repente resulta nuevamente viva y atractiva. Y también la idea de una sociedad abierta, respetuosa de las diferencias religiosas, raciales, y culturales.

En esta situación pasa algo inesperado en Alemania. En los últimos años, el sistema político había sufrido un cierto desgaste. Había estabilidad política y económica, garantizada por la gran coalición entre los dos partidos mayoritarios, la Democracia Cristiana y la Socialdemocracia, y por el liderazgo de Angela Merkel. Pero la prolongada existencia de la gran coalición cobraba un precio: una falta de debate político, de polarización, y también de oposición. En este desgaste, y aprovechando las angustias creadas por la entrada a Alemania de más de un millón de refugiados, principalmente de Medio Oriente, nació una nueva derecha que se enfrentó a dos consensos básicos de la gran colación: la aceptación de los refugiados y la integración europea. Nació de nuevo el monstruo del nacionalismo alemán, cobrando fuerza en varias elecciones regionales. Y la gran coalición, con su lógica de concertación y pactos permanentes entre las élites políticas, no sabía como responder a este reto. Hasta que el Partido Socialdemócrata, el socio minoritario en la gran coalición, rompe el equilibrio, renueva su dirigencia, y da inicio a algo que Alemania ya tenía tiempo de no ver: un debate y una competencia fuerte entre los dos partidos grandes. Pero con una característica: Ambos protagonistas: la democratacristiana Angela Merkel y el socialdemócrata Martin Schulz, ambos son fervientes defensores de la integración europea y de una Alemania inclusiva y plural. El debate es sobre cómo y sobre prioridades, y es fuerte y sustancial, pero el consenso básico queda intacto.

A un mes del lanzamiento de Martin Schulz, las encuestas lo ven a la par de Angela Merkel, con tendencia creciente. Y la Alternativa para Alemania, el movimiento populista-nacionalista, comienza a descender y deja de ser un peligro para Europa.

Resultado de todo esto: las democracias se han fortalecido y dinamizado en Francia, Holanda y Alemania, tres países clave para la unidad europea – y con consensos renovados sobre el camino de la integración europea y contra cualquier nacionalismo y aislacionismo. Estos consensos renovados y esta nueva dinámica política va a extenderse en el resto de Europa, incluso en los países donde el populismo y el nacionalismo ya han ganado terreno, como Polonia y Hungría. Haga lo que haga Trump, no va a lograr hacer retroceder en el resto del mundo la tendencia en pro de la integración y de la apertura comercial y política.

Trump: los muros de su cerebro. De Felipe González

El presidente de Estados Unidos solo confía en sus “pulsiones” sicopáticas y en los que adulan sus modos insultantes y engañosos. Sus políticas proteccionistas y el rechazo a la globalización llevarán al país a la decadencia como “primera potencia”.

Felipe González fue presidente del Gobierno español de 1982 a 1996.

Felipe González, 6 marzo 2017 / EL PAIS

La política como gobierno del espacio público que compartimos está atrapada entre la arrogancia tecnocrática y la osadía de la ignorancia. Entre los “brillantes” posgraduados que creen que la complejidad de los problemas sociales se resuelve con algoritmos infalibles de laboratorio; y los necios, los que no saben, pero no saben que no saben y ofrecen respuestas arbitristas que simplifican y distorsionan la realidad.

Ni unos ni otros dudan cuando incursionan en el espacio público, como portadores de la “verdad” o de la “posverdad”. Y aunque mi reflexión hoy está dedicada a los segundos, no deja de preocuparme la arrogancia distante de estos supuestos sabios que nunca explican sus errores, porque para ellos es la realidad la que falla.

El necio puro (ne scio) es bastante inofensivo, incluso positivo cuando sabe que no sabe y busca apoyo para cubrir su ignorancia. El necio peligroso es el que tiene poder sobre los demás y, como no reconoce su ignorancia, menosprecia la opinión de los otros. Trata de imponer su “posverdad” simplificadora, se busca enemigos como responsables de la realidad que se inventa, aunque aproveche algunos elementos de la verdad y los miedos que esta genera siempre.

NICOLÁS AZNÁREZ

Los muros más peligrosos de Trump están ya construidos y petrificados en su cabeza. Son los que más deberían preocupar en Estados Unidos, en México o Latinoamérica, en la Unión Europea y en el resto del mundo, porque este personaje está al frente de la “todavía” primera potencia del globo. En su mente nunca hubo un proyecto para gobernar la diversidad que hace fuerte a su país. Nada parecido a un programa de gobierno en su campaña y, menos aún, en su discurso de investidura. Porque este señor solo confía en sus “pulsiones” sicopáticas y en los que adulan sus modos insultantes y engañosos.

Si cualquier mandatario del mundo hubiera descrito la “realidad” americana como lo hizo Trump en su discurso de toma de posesión, lo habríamos descalificado como sectario y fanático cargado de odio hacia Estados Unidos. Merece la pena analizar esa “oratoria” digna de un autócrata que se siente por encima de las instituciones, que desprecia a su propio pueblo, que busca enemigos y culpables en los que no son como él, sean inmigrantes, mujeres o minorías de cualquier tipo. En esa pieza inaugural se comprenden qué tipo de muros anidan en su cabeza y orientan sus abundantes decretos presidenciales o sus constantes tuits.

Habría que esperar que una parte de los “apaciguadores” que afirmaban (todavía quedan muchos) que no haría lo que proponía en su campaña o en sus muchas medidas de estas semanas de ejercicio efectivo de la presidencia estuvieran ya apercibidos de lo que se propone. Porque demuestra una audaz ignorancia de la realidad interna y externa sobre la que trata de proyectar su poder.

“La democracia no garantiza el buen gobierno,
pero permite cambiar al que lo hace mal”

También es lógico esperar que sus imitadores se crezcan y multipliquen complicando la gobernanza de la democracia representativa, la única que ampara nuestras libertades, en los espacios del mundo en que existe. Y poco importa que se presenten bajo el paraguas, más supuesto que real, de ideologías de izquierdas o de derechas. Lo que los une, o los junta en “manada”, es su posición etimológicamente reaccionaria ante el vértigo de los cambios inducidos por la revolución tecnológica y su aprovechamiento fraudulento de miedos comprensibles en conjuntos sociales sensibles.

Porque estamos viviendo una transformación a nivel global que, como lo fuera la Revolución Industrial, no es reversible, que genera una interdependencia creciente, que cuestiona al Estado nación como ámbito de realización de la soberanía, de la democracia o de la identidad. La diferencia con la Revolución Industrial es la vertiginosa velocidad de la implantación de la actual.

Los reaccionarios aprovechan el miedo al cambio, cierran fronteras, rechazan al otro, al que es diferente, se atrincheran en el nacionalismo sin memoria de la destrucción que provocó en el siglo XX. Vuelven al proteccionismo y las guerras comerciales. Una revuelta contra la revolución tecnológica que utiliza los medios de esta para negarla y enfrentar a la defensiva sus consecuencias.

Pero hay algo detrás del triunfo electoral de personajes como Trump que revela la necesidad de introducir elementos de gobernanza en la globalización, para hacerla más previsible y, sobre todo, para hacerla más justa en la redistribución, para replantearse el modo y tiempo de trabajo disponibles. La función de la política progresista no es rechazar o negar el cambio tecnológico, ni instrumentalizar los miedos que genera para replegar a nuestras sociedades en busca de “utopías regresivas”, sino prepararnos para enfrentar ese cambio aprovechando lo que ofrece de bueno y minimizando los riesgos que comporta para no dejar a nadie en la cuneta.

“En su mente nunca hubo un proyecto para gobernar
la diversidad que hace fuerte a su país”

La primera sociedad que va a pagar el precio de los muros mentales de Trump es la americana. La buena noticia es que esta sociedad está reaccionando inmediatamente, movilizándose para combatir desde dentro las pulsiones reaccionarias y discriminatorias instaladas desde el 20 de enero en la Casa Blanca. Son conscientes de que estas políticas niegan la diversidad de la propia sociedad americana, la que le da complejidad pero también fortaleza. Son conscientes de que EE UU es una sociedad de minorías entrelazadas en las que la imposición de una de ellas sobre otras los lleva a una nueva “caza de brujas”, al aumento de los delitos de odio contra el que ven como diferente y, por eso, culpables. Son conscientes de que están en peligro derechos civiles dolorosamente conseguidos. Una sociedad construida por y desde la inmigración que no puede satanizarla.

Tal vez no sepan, todavía, los efectos económicos y sociales de estas políticas aislacionistas y amenazantes. En la mente amurallada de Trump no entra la comprensión de lo que es una empresa global y Estados Unidos tiene las principales empresas globales del mundo. Son empresas que producen en el mundo, buscando economizar costes y buscando talento allá donde lo encuentran. Son empresas que venden en el mundo y prefieren un comercio abierto. Claro que la obligación de la política es limitar los abusos con marcos regulatorios razonables, pero no cerrar las fronteras y provocar guerras comerciales.

Como no es posible ser una potencia global sin empresas globales, en la era Trump Estados Unidos iniciará su decadencia como “primera potencia”. No puede esperar que sus empresas produzcan en EE UU, que los americanos consuman lo que allí se produce y que los demás países sigan consumiendo lo que venden sus empresas globales.

¿Cómo va a combinar política de aranceles altos y desplazamientos de producción mucho más costosos a Estados Unidos sin encarecer los precios para el consumidor americano y empobrecerlo en la práctica? ¿Cómo bajará los impuestos y aumentará el gasto (infraestructuras y defensa) sin desequilibrar las cuentas públicas? Seguramente pensará que él mismo puede servir de ejemplo evadiendo impuestos. Claro que eliminará gastos sociales (en salud y en otros rubros), rompiendo todos los resortes de la cohesión social.

La democracia no garantiza el buen gobierno, pero nos permite cambiar al que lo hace mal. Por eso, a la larga, es siempre mejor. ¡Mantengamos la esperanza!

Immigration Agents Took a Woman From El Salvador With a Brain Tumor Out of the Hospital

Maya Rhodan, 23 febrero 2017 / TIME

Law enforcement officials moved a 26-year-old woman from a Texas hospital where she was being treated for a brain tumor back to a detention facility against her will, according to her legal representative.

The undocumented El Salvadoran woman, who is being identified only as Sara to protect her privacy, began complaining of headaches while in a detention facility in early February, according to The Daily Beast, which first reported the story. On Feb. 10, she collapsed, and she was later taken to a hospital, where she was diagnosed with a brain tumor.

Melissa Zuniga, a paralegal who is working on the case, said in an email that Sara told her on Wednesday night that she had been taken back to a detention facility with her hands and ankles in restraints.

” She was brought in a wheelchair and is not being given treatment even though her nose continues to bleed and she has told them her head is exploding,” Zuniga said in an email.

According to The Daily Beast, Sara admitted to crossing the border illegally in November of 2015 but claimed she had done so because she feared an aunt in El Salvador would kill her. A Border Patrol agent, meantime, testified that Sarah told him she had come to the United States for work.

Although Sara was detained in 2015, her case has gotten renewed attention because of recent executive orders from the Trump Administration aimed at increasing deportations.

VIDEO: NUEVAS ORDENES DE TRUMP:
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Federal agents in Texas move hospitalized Salvadoran woman awaiting emergency surgery to a detention facility: LA TIMES

The Prairieland Detention Center in Alvarado, Texas. (Louis DeLuca / Associated Press)

The Prairieland Detention Center in Alvarado, Texas. (Louis DeLuca / Associated Press)

Barbara Demick, 23 febrero 2017 / LOS ANGELES TIMES

LOS ANGELES TIMESA critically ill woman from El Salvador who was awaiting emergency surgery for a brain tumor was forcibly moved from a Texas hospital to a detention center by federal agents, raising concerns about President Trump’s directive to more aggressively pursue people living in the country illegally.

Sara Beltran-Hernandez, 26, a mother of two young children, was bound by her hands and feet and removed by wheelchair from Huguley Hospital in Fort Worth late Wednesday by Immigration and Customs Enforcement agents who brought her to a detention facility in Alvarado, Texas.

“It is heartbreaking and inhumane,’’ said Chris Hamilton, a Texas lawyer who tried to visit the woman Wednesday night at the detention center, where he was threatened with arrest for trespassing.

“This is unacceptable under our Constitution, and unacceptable from a standpoint of basic human rights,” Hamilton said. “This woman is critically ill and in severe pain.”

Lawyers who have been representing Beltran-Hernandez in an asylum petition said they plan to file an emergency appeal in Texas to get their client returned to the hospital.

“The medical team and legal team are focused on getting Sara the medical treatment she desperately needs,” said Lorena Massoni, a paralegal working on Beltran-Hernandez’s case.

Beltran-Hernandez  was picked up by immigration agents in November 2015 while trying to get from El Salvador to New York to visit her mother and other relatives who live in Queens. She has been detained ever since at the Prairieland Detention Center in Alvarado, Texas, while her family petitioned for asylum, citing threats of violence against her, from a domestic partner, among others.

Beltran-Hernandez was transferred from the detention center to the hospital in Fort Worth this month after complaining of headaches, nosebleeds and memory loss. Doctors diagnosed a brain tumor and put her on a waiting list for emergency surgery, which was supposed to take place this weekend, according to her legal team. They were stunned when the agents removed her from the hospital Wednesday.

“They had tied up her hands and ankles,” Melissa Zuniga, another paralegal on the case, said in a text message. “I don’t understand why at all when she’s extremely sick and being moved in a wheelchair.”

Beltran-Hernandez’s relatives have not been allowed to visit her, although they have spoken to her on the telephone.

Beltran-Hernandez is back at the Prairieland Detention Center, according to Immigration and Customs Enforcement.

The agency said in a statement Thursday, “During her stay at the hospital, ICE ensured that she was able to speak to her family and to her attorney by phone. Like all detainees in our care, Ms. Beltran will continue to have access to 24 hour emergency medical care and to any required specialized treatment at an outside facility.’’ The statement also said that a doctor had determined she was stable enough to be discharged and that she will be seen again by a medical specialist next week.

The abrupt removal of the critically ill woman is a dramatic example of what many observers believe might become the new normal: immigration agents implementing the Trump administration’s call to aggressively deport people in the country illegally regardless of whether they have committed serious crimes.

“The most pernicious thing is that immigration enforcement authorities are filtering through government at every level seeing who they can scoop up,’’ said Rory Lancman, a councilman from Queens. Lancman is not involved with the Beltran-Hernandez case but is active on behalf of other immigrants in his district.

“If immigration agents are in our schools, our healthcare system, our courts, lives will be lost,” he said.