Trump

El presidente de los supremacistas raciales. De Cristina López

Trump tuvo varias oportunidades para elevarse a la altura que la historia exige y que implica la condena absoluta, sin medias tintas ni relativismos, del supremacismo blanco y sus acólitos.

Cristina LópezCristina López, 21 agosto 2017 / EL DIARIO DE HOY

Depende a quién le pregunte, pero para muchos la sociedad estadounidense es un éxito de libertad post-racial. Para muchos, la elección de Barack Obama a la presidencia, por el hecho de ser el primer presidente afroamericano, significaba la prueba palpable de que el racismo se había terminado con la desegregación y las reformas que volvieron ilegal discriminar con base en la raza. Quienes tenían esta opinión, probablemente vieron evidencia de lo contrario hace diez días, cuando en Charlottesville, Virginia, el movimiento de los supremacistas blancos (y milicias simpatizantes armadas) se reunió para protestar la remoción de estatuas de la Confederación.

EDH logEn diferentes localidades alrededor de Estados Unidos, la discusión cultural de si algunas comunidades quieren o no que en las zonas públicas se le rinda homenaje con estatuas a quienes lucharon por la Confederación en la Guerra Civil (el bando que estaba dispuesto a romper la unión para mantener la legalidad de la esclavitud) se ha convertido en ley por medio de los concejos y otras autoridades estatales. Quienes abogan por la remoción de estatuas señalan que en Alemania no existen monumentos para Hitler, solo memoriales para sus víctimas. De cualquier manera, los manifestantes a favor de las estatuas confederadas aparecieron en Charlottesville no solo armados, sino con banderas en las que la esvástica nazi era prominente, mensajes y símbolos que contradicen su postura de que buscaban hacer una demostración pacífica.

Una coalición de grupos antisupremacistas decidió protestar pacíficamente a los neonazis, marchando por las calles de Charlottesville. Se ha reportado que hubo encontronazos violentos entre la protesta y la contra-protesta; sin embargo, fue a los que se encontraban protestando en contra de los nazis y el supremacismo racial a quienes un terrorista embistió con un carro, dejando una víctima fatal.

La policía, que hasta que los sucesos se tornaron violentos se encontraba en el lugar protegiendo la libertad de expresión de los nazis, logró capturar al terrorista, quien seguramente terminará su vida en la cárcel, tanto como las decenas de supremacistas blancos que en los últimos años han cobrado vidas con su racismo (muy a pesar de la opinión azucarada e ingenua de que en Estados Unidos ya se acabó el racismo).

En Estados Unidos el presidencialismo tiene –tristemente– tanta fuerza que a nivel cultural, gran parte de la ciudadanía espera de quien tiene la investidura presidencial una suerte de liderazgo moral, para bien o para mal. Para bien, porque en ocasiones ha habido presidentes que se han elevado a la altura del momento histórico condenando sin medias tintas los males ideológicos que amenazan los principios que en teoría definen los valores de una república.

Reagan condenó el muro de Berlín, Bush padre le hizo frente al Ku Klux Klan, a Obama le tocó llamar a la unidad en el sepelio de nueve afroamericanos, muertos a balazos a manos de un neonazi dentro de una iglesia. Trump tuvo varias oportunidades para elevarse a la altura que la historia exige y que implica la condena absoluta, sin medias tintas ni relativismos, del supremacismo blanco y sus acólitos. Lo hizo, pero justificando su violencia en que “el otro lado” también era violento. Lo hizo, pero solo luego de dos días, y luego de tres, volvió a contradecirse, esta vez diciendo que entre los supremacistas había gente decente que solo quería ver sus estatuas respetadas y culpando a las contra-protestas de la violencia. Procedió luego a defenderse ante las críticas que, por obvias razones, le lanzó no solo la prensa, sino también republicanos asqueados. No es difícil saber cuál es el lado correcto del argumento: al preguntarles qué opinaban de las declaraciones presidenciales, los supremacistas celebraron, diciendo estar orgullosos de su presidente..

@crislopezg

Carta a Trump: Salvar Venezuela sin ir a la guerra. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 15 agosto 2017 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Dear Donald:
Sé que tiene un Departamento de Estado acéfalo y que sus únicos asesores son militares. Se nota. Le voy a mandar algunos consejos no solicitados, a los cuales usted por supuesto ni siquiera haría caso si le lo diera algún experto anglosajón en política hacía América Latina.

masSi realmente quiere ayudar a Venezuela a recuperar su democracia, lo peor que puede hacer es amenazar a Maduro con una intervención militar de Estados Unidos. Es de las pocas cosas que a esta altura le pueden dar oxígeno a este régimen aislado interna y externamente. Maduro y sus narco-generales lo aman por esta su nueva bravuconería.

En vez de esto, lo que el presidente de Estados Unidos debe hacer son tres cosas:

  1. EDH logHablar con Cuba y darle garantías que con un cambio de régimen en Venezuela no perderá el suministro de petróleo. O sea, convencer a Cuba que sostener a la fuerza a Maduro y apoyar la represión contra la oposición no es la única forma que Cuba puede asegurar su sobrevivencia económica. Esto requiere negociaciones paralelas con la oposición venezolana.

Pero lo que usted hace es cerrar las puertas recién abiertas de comunicación con Cuba, obligando a Castro y Maduro a defenderse mutuamente.

  1. Negociar con China, que es el principal acreedor de Venezuela. Venezuela ha empeñado los próximos 20 años de su producción petrolera a China, y Pequín sabe perfectamente que el régimen de Maduro, aunque logre sobrevivir a pura fuerza de represión, nunca tendrá capacidad de honrar esta deuda. La única manera de asegurar que Venezuela le pague a China es un cambio democrático que logre reconstruir la economía nacional. Nuevamente, igual que en el caso de Cuba, Estados Unidos puede dar las garantías que va a facilitar que un nuevo gobierno venezolano, con la ayuda de los organismo financieros internacionales, honre la deuda con China.

Pero lo que usted hace es tensionar la relación con China con su discurso de guerra comercial y sus amenazas militares a Coreo del Norte.

  1. En vez de amenazar con suspender las compras de petróleo a Venezuela, mejor negocie con Colombia para que juntos corten la conexión narco que mantiene funcionando el régimen narco-militar venezolano. Boicotear el petróleo venezolano afectaría a la población venezolana que ya está sufriendo la crisis de abastecimiento. Cortar la conexión FARC-Maduro y su negocio narco, sólo afectaría y efectivamente debilitaría a las cúpulas militares y políticas de Venezuela.

Estoy claro que su ceguera ideológica no le permitirá modificar sus políticas hacía Cuba y China, ni siquiera para salvar Venezuela y estabilizar América Latina. Pero la tercera opción, tal vez la más efectiva para debilitar a Maduro, encaja perfectamente en su discurso macho, Mr. Trump. A menos que sea discurso y nada más.

Si tiene más preguntas, consulte con los expertos en América Latina que abundan en Washington. O haga que su embajadora en Salvador me llame. Tengo varias cosas que me gustaría discutir con ella.

Sincerely yours,

44298-firma-paolo

Así podría salvar Trump a Maduro. De Moisés Naím

Un bloqueo petrolero daría la coartada perfecta al chavismo.

MoisesNaim4

Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

Moisés Naím, 23 julio 2017 / EL PAIS

El presidente Donald Trump y su equipo están considerando la posibilidad de prohibir la importación de petróleo venezolano a Estados Unidos. El cálculo de la Casa Blanca y otros en el Congreso es que esta sanción asfixiaría la economía venezolana y conduciría a la caída del régimen de Nicolás Maduro. Yo no estoy tan seguro. Veo la posibilidad de que esta medida más bien termine fortaleciendo al Gobierno de Caracas, debilitando a la oposición y agravando la crisis humanitaria que está devastando a los venezolanos.

el paisTrump ha anunciado que impondría severas sanciones económicas a Venezuela si Maduro lleva adelante su intención de convocar comicios para una Asamblea Constituyente. Los más de 500 diputados que saldrían elegidos, en un proceso tutelado y trampeado por el régimen, tendrían la misión de reescribir la Constitución. La fundada preocupación es que la intención de Maduro y sus socios cubanos es la de usar esta nueva Constitución —cuya redacción y aprobación controlarían— para imponer instituciones y políticas económicas como las que imperan en Cuba.

Por otro lado, más de siete millones de venezolanos que participaron en una consulta organizada por la oposición manifestaron su repudio a esta Constituyente. Diversos presidentes y expresidentes de América Latina y Europa, el secretario general de la Organización de Estados Americanos y múltiples organizaciones internacionales han exhortado al Gobierno de Caracas a que suspenda esta iniciativa. Pero Maduro y los suyos reiteran que el proceso es imparable.

De resultar esto cierto, Trump ha prometido sanciones más severas de las que ya hay. El enfoque adoptado por Barack Obama y continuado por Trump ha sido el de identificar con nombre y apellido a corruptos, narcotraficantes, violadores de derechos humanos y otros criminales que ocupan altos cargos en el Gobierno de Venezuela y en sus fuerzas armadas e imponerles fuertes sanciones personales. Pero en ciertos círculos de Washington y de la oposición venezolana estas sanciones son percibidas como insuficientes, y de ahí la propuesta de prohibir la importación de petróleo venezolano a Estados Unidos.

Ni los más fanáticos pueden defender ya
la revolución bolivariana sin hacer el ridículo

Hay tres razones por las cuales esta es una mala idea. La primera es que la experiencia histórica en materia de sanciones demuestra que los bloqueos o embargos económicos generales casi nunca logran su objetivo. Hacen sufrir más a la población pero no afectan a los gobiernos y a las élites que lo apoyan.

El caso de Cuba es el mejor ejemplo. En 1962, Estados Unidos le impuso un embargo comercial en respuesta a las confiscaciones de bienes de ciudadanos y empresas norteamericanos. Lejos de desgastar al régimen, su único efecto ha sido el darle una excusa para justificar la crónica catástrofe económica que sufre la isla.

Y hay más ejemplos. Lo que llevó al Gobierno de Irán a la mesa de negociación que culminó en el acuerdo que frenó su programa nuclear no fueron las sanciones económicas que pesan sobre el país desde hace décadas, sino nuevas y muy sofisticadas medidas de castigo dirigidas a altos funcionarios, a sus socios y a su sistema financiero. Vladímir Putin se queja de las sanciones generales que hay contra Rusia, pero mucho más de las que afectan específicamente a las finanzas de sus más cercanos colaboradores y oligarcas amigos.

La segunda razón es que el bloqueo petrolero es innecesario. Sus terribles efectos ya los ha creado Nicolás Maduro. La economía venezolana ha colapsado y desgraciadamente sigue en caída libre. Las reservas en el Banco Central están por debajo de 10.000 millones de dólares, una fracción de lo que deberían ser. La mayor parte de los alimentos, los insumos para producirlos o las medicinas hay que importarlos pagándolos al contado en moneda dura, ya que nadie le da crédito al Gobierno. La trágica realidad es que ya no hay suficientes dólares para importar lo que hace falta para nutrir y medicar adecuadamente a todos los venezolanos. Y esta tragedia la crearon Chávez, Maduro y sus aliados cubanos… solitos. Sin ayuda de Washington.

Y esta es la tercera razón. La tragedia venezolana tiene responsables muy claros. El mundo ya ha entendido que los venezolanos sufren por culpa de la oligarquía chavista que ha gobernado al país durante 18 años bajo la tutela de La Habana. Ahora ni siquiera los simpatizantes más fanáticos pueden defender los resultados de esa revolución bolivariana sin hacer el ridículo. Un bloqueo petrolero impuesto por Donald Trump sería una maravillosa y oportuna tabla de salvación política para Maduro. Trump sería presentado como el responsable del hambre de los venezolanos. Maduro ha venido denunciando la “guerra económica declarada por el imperio del norte contra Venezuela” como la causa de los males del país. El bloqueo petrolero le daría la coartada perfecta.

No lo haga, presidente Trump.

Adentro y afuera del muro. De Mario Vega

Afuera del muro quedan los que sufren las consecuencias de las políticas erradas mientras que adentro quedan los que hacen nuevos negocios.

Mario Vega, 16 junio 2017 / EDH

Los Estados Unidos producen el 36 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero del planeta, solamente detrás de China. Por ello, se comprende el revuelo mundial que ha causado la decisión del presidente Donald Trump de retirar a su país del acuerdo tomado en París por la Conferencia Cumbre sobre el Clima y que, estableció normas para regular la emisión de esos gases. Al retirar a su país, Trump deja también de lado las advertencias de la Agencia Meteorológica de las Naciones Unidas que advierte que si Estados Unidos no respeta el acuerdo no se podrá detener el calentamiento del planeta, lo cual provocará más tormentas e inundaciones, más sequías, escasez de agua, reducción de las cosechas de alimentos, nuevos conflictos y migraciones masivas. Todo eso no parece importarle al presidente estadounidense, quien argumenta que el acuerdo de París afecta negativamente el desarrollo económico y el aumento del empleo en su país. Desde hace mucho es sabido que el deseo de hacer dinero milita en contra de la naturaleza. A mayor ambición mayor daño al ecosistema.

Usualmente, quienes pagan las consecuencias son los pueblos vulnerables que no poseen grandes presupuestos para hacer frente a las inundaciones y tampoco fondos para paliar el hambre provocada por las sequías. Las tragedias humanas están fuera del campo de interés del presidente estadounidense, lo cual es concordante con su política de construcción de muros. Éstos separan al mundo de afuera del mundo de adentro. Afuera del muro quedan los que sufren las consecuencias de las políticas erradas mientras que adentro quedan los que hacen nuevos negocios. El muro sirve tanto para impedir que de los de afuera entren como para que los de adentro miren a los de afuera. Los efectos han comenzado a experimentarse en el Triángulo Norte de Centroamérica. Tal como El Diario de Hoy informó a principios de mes, la laguna de Atescatempa ha desaparecido en Guatemala y, eso, solamente es el principio de los efectos que el cambio climático provocará en nuestros países. Como cristianos, debemos rechazar firmemente los valores anticristianos que se expresan en la indiferencia hacia los más pobres y vulnerables, como también en el manifiesto egoísmo de cerrarse a las necesidades de los demás en busca del interés propio. El calentamiento global es consecuencia del uso desmedido de los recursos naturales y lo menos que como cristianos podemos hacer, es apoyar todo esfuerzo por adoptar un estilo de vida personal y comunitario que demuestre verdadero cuidado de la creación. Hay mucho que los cristianos podemos hacer por cambiar el rumbo de las cosas.

Trump es de las personas que, intencionalmente o por desconocimiento, niegan las innumerables evidencias científicas que atestiguan el calentamiento del planeta. Las Naciones Unidas afirman que si los Estados Unidos no respeta el acuerdo de París, en 30 años la temperatura del planeta aumentará en 0.3 grados centígrados. Visto en el termómetro, eso parece ser nada. Pero en términos ecológicos representa el inevitable aumento de los niveles de los océanos que, entre otras cosas, dejará sumergido el complejo hotelero Mar-a-Lago, propiedad de Trump, hacia el año 2060. Lastimosamente, él ya no estará para verlo. Pero sus descendientes pagarán los costos de la egolatría de su padre. La naturaleza siempre las cobra y eso no hay muro que lo pueda detener.

James Comey, el hombre que hace temblar a los presidentes de EE UU

Como quisiéramos a un jefe de policia de este talante…

El exdirector del FBI James Comey jura ante el Comité de Inteligencia del Senado, el pasado jueves. JONATHAN ERNST REUTERS

El exdirector del FBI, humillado e insultado por Trump, ha decidido devolver el golpe. Esta es la historia de un funcionario respetado y obsesionado por la integridad.

Jan Martínez Ahrens, 10 junio 2017 / EL PAIS

11 de marzo de 2004. El presidente George W. Bush había citado en el comedor privado de la Casa Blanca a un tipo duro. Sentado en una silla que le quedaba pequeña, ese hombre de 2,03 metros se negaba a autorizar por su flagrante ilegalidad el programa de escuchas indiscriminadas Viento Estelar. Y su firma era necesaria. Incapacitado el fiscal general por enfermedad, era él, su adjunto, quien dirigía el Departamento de Justicia. El vicepresidente, Dick Cheney, ya le había explicado la situación: si no había autorización, morirían americanos y la sangre correría a cuenta de él. Bush, con menos rudeza, le repitió el argumento.

Bush, en primer plano, y Cheney.

Bush, en primer plano, y Cheney.

Cuando ya estaba todo dicho, recuerda el biógrafo Garrett Graff, el fiscal miró a su anfitrión y sin alterarse le respondió: “Como dijo Martín Lutero aquí me planto. No puedo hacer otra cosa”.

Así es James Brien Comey. El hombre que hace temblar a los presidentes. El mismo que 13 años después de enfrentarse a Bush y Cheney ha puesto contra las cuerdas a Donald Trump con su testimonio ante el Comité de Inteligencia del Senado. Sólo y sin papeles, el destituido director del FBI ejerció este jueves de último guardián de la legalidad. Acusó al presidente de mentir y difamar, denunció las presiones para desactivar la investigación de la trama rusa, pero sobre todo reveló al mundo el modo de operar del multimillonario. Las artes oscuras que el presidente le exhibió en tres reuniones privadas y seis conversaciones. El propio Comey, en un estilo cinematográfico, las ha relatado al Senado. El presidente lo niega todo.

27 de enero de 2017. Trump le había llamado para invitarle a cenar a la Casa Blanca. Comey creyó que iba a acudir más gente. Pero cuando llegó, le hicieron pasar al Salón Verde y le sentaron en una pequeña mesa oval. Dos asistentes de la Marina eran los únicos testigos. Servían y desaparecían. En esa intimidad, el presidente le preguntó si quería seguir como director del FBI y le recordó que era un puesto que muchos ambicionaban.

Comey entendió el mensaje: “Mis instintos me dijeron que esa cena buscaba establecer una relación clientelar. Eso me preocupó mucho, dada la independencia del FBI”. Para salir del apuro, le habló de su carácter apolítico, pero el comandante en jefe insistió. “Necesito lealtad. Espero lealtad”.

Las cartas habían quedado sobre la mesa. “No me moví ni hablé o mudé mi expresión facial durante el embarazoso silencio que siguió. Simplemente nos miramos el uno al otro”.

Trump en el Despacho Oval.

Trump en el Despacho Oval.

Ese fue el comienzo. En las horas, semanas y meses siguientes, Trump no dejó de presionarle. Bajo una atmósfera asfixiante, el director del FBI, siempre según su relato, se sintió sucesivamente “asombrado, confuso, turbado”. Pidió ayuda a su superior, el fiscal general, y le comunicó que no quería volver a verse con el presidente a solas. Pero todo siguió igual, hasta que el pasado 9 de mayo fue despedido. Una medida extraordinaria que sólo había ocurrido una vez antes en la historia del FBI. Como remate, Trump le llamó públicamente demente y fanfarrón, y su portavoz declaró que ni en el FBI le querían.

“Trump erró por completo, Comey es un hombre capaz de expresar sus sentimientos en voz alta y que cautiva a sus agentes por empatía, pero no es un siervo; es un curtidísimo fiscal y jefe de agentes federales. No es político. Con él no funcionan los insultos y amenazas”, explica un alto funcionario de seguridad que le trató en la época de Barack Obama y que pide mantenerse en el anonimato.

James Comey y su familia.

James Comey y su familia.

 Humillado, Comey sacó su lado duro. A sus 56 años, casado y con cinco hijos, no pensaba dejarse pisotear. Había luchado contra la mafia, perseguido abusos racistas, investigado al presidente Bill Clinton y encarado a Bush. Fue fiscal federal en Nueva York y fiscal general adjunto de Estados Unidos. Su apabullante trayectoria le había permitido, pese a figurar como elector republicano, ser escogido en 2013 por Barack Obama para dirigir el FBI. “Para él, la integridad lo es todo”, señala su biógrafo y amigo Garret Graff.

Pasó entonces al ataque. Como buen agente y experto conocedor del tablero de Washington, había tomado nota de todas sus conversaciones con Trump, y empezó a filtrarlas. Las detonaciones sacudieron la Casa Blanca. Se volvió su enemigo número uno. No era la primera vez.

Sus mayores problemas siempre han procedido del trato con los políticos. Ahí se ha mostrado torpe. Su decisión de reabrir el caso de los correos privados de Hillary Clinton a sólo 11 días de las elecciones para cerrarlo poco después, cuando el daño ya estaba hecho, aún levanta ampollas en las filas demócratas. Comey ha defendido que lo hizo porque era su deber. Y que ocultarlo habría sido traicionar la confianza pública. “A veces es un poco boyscout”, dice un buen conocedor de Comey.

Esa rectitud es una de sus características. Se trata de un hombre pétreo; altivo para muchos. Quienes le conocen vinculan esta inflexibilidad a sus sentimientos religiosos. Aunque nació en el seno de una familia católica irlandesa, pronto se hizo evangelista e influido por el teólogo Reinhold Niebuhr escribió su tesis: Los cristianos en política. Bajo esa luz, el debate entre el poder y la integridad siempre le ha perseguido, pero nunca le ha anulado. Como enemigo es peligroso. Sus conocidos recuerdan que sabe dónde lleva el arma. Y si es necesario la usa. Con Trump han sido sus notas, esos memorandos que amenazan con abrir un proceso de impeachment. Con Bush, el puñal fue otro.

Ocurrió al final de aquella conversación en el comedor privado. Cuando el presidente volvió a pedirle que aprobara la orden de escuchas masivas, Comey se inclinó y le dijo: “Si lo hace, debe saber que el director del FBI dimitirá hoy mismo”. Bush parpadeó. Nadie se lo había dicho. Pero no tardó en darse cuenta de qué era lo mejor que podía hacer. Ante la crisis que se le abría, decidió ceder.

James Comey (izquierda) y el entonces director del FBI, Robert Mueller, en 2004.

James Comey (izquierda) y el entonces director del FBI, Robert Mueller, en 2004.

 El director del FBI era en aquellas fechas el legendario e implacable Robert Mueller. El amigo y mentor de Comey. El mismo que ahora ha sido elegido fiscal especial para investigar la trama rusa y cuyo poder representa la mayor amenaza para la presidencia de Trump. “Si hay alguien con mejor reputación que Comey, es Mueller y este no va a parar”, señala el alto cargo en seguridad. “Y que nadie piense que Comey se va a retirar del escenario. Él y Mueller han trabajado muchos años juntos y confían plenamente uno en el otro”, indica Graff.  La Casa Blanca, con Comey y Mueller, tiene un problema. Saben disparar y no les tiembla el pulso.

Amenazas ciertas. De Danilo Arbilla

Cuidado cuando aparece un dueño de la verdad. El debate libre y democrático funciona cuando se nutre de errores y verdades, de muchas verdades. Se acaba cuando se establece que hay una sola verdad y se le pretende aplicar a todos.

Danilo Arbilla, periodista uruguyao, ex presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa

Danilo Arbilla, 10 mayo 2017 / LPG

De todas sus amenazas y promesas electorales, con las que más consecuente y cumplidor ha sido el presidente Donald Trump es con las referidas a la prensa y los periodistas. Él considera que los periodistas son los “seres más deshonestos” de la Tierra, que “deben callarse la boca” y una serie más de insultos y descalificaciones. Al tren que va en cualquier momento supera al ecuatoriano Rafael Correa.

Y Trump avanza y hace cosas impensables: discrimina, impide que periodistas entren a reuniones de prensa y los descalifica públicamente. (Ver como antecedentes del mismo tipo a Chávez, Maduro, Correa, Morales, Ortega y los Kirchner: todos enemigos de la libertad de prensa).

Antes de llegar al poder, en el llano, Trump utilizó a la prensa. Y se jactaba de ello. “Los periodistas aman odiarme, pero me necesitan porque yo le doy titulares, les mejoro el rating”. En buena medida fue así: la prensa y los periodistas fueron el instrumento para que Trump fuera conocido en toda la nación que es la primera e imprescindible etapa a cumplir para cualquier político. Y de nada sirvió que en gran parte de esa “promoción involuntaria” de Trump fuera presentado como un ridículo, un desaforado y un desprolijo en todas las materias y temas delicados o sensibles (mujeres, inmigración, diferencias de razas y religiosas). Podría mostrárselo como un “loco suelto”, pero se lo hizo personaje y llegó a presidente de Estados Unidos.

Hoy Trump sabe que es noticia, que es el dueño de los titulares y primeras planas y cabezas de página y de los informativos, sin necesidad de decir disparates: es el presidente del país más grande del mundo.

Pero no le basta.

Aparentemente se afilia, a su estilo, a la tesis de Lenin de que los medios de comunicación tienen que ser órganos del Partido. Trump, aunque no tiene partido propio, en alguna medida pretende que los medios se comporten de acuerdo con sus gustos y pareceres.

En una línea ya muy conocida y muy cara a los populismos progresistas y autoritarios de estos lares, Trump amenaza y empuña una ley “antilibelo”. Una ley de prensa; una de las varias formas para vestir y disfrazar “una ley mordaza”.

Según se asegura, es difícil que la iniciativa prospere. Los medios, la gran mayoría, le darán batalla y además de ello sería una ley anticonstitucional que violaría la Primera Enmienda.

Pero cuidado, en los últimos tiempos las que más se han dado y concretado son esas cosas imposibles: el propio Trump es uno de los ejemplos más elocuente e ilustrativo.

Más allá de si hay ley o no, plantearla puede ser parte de la estrategia del presidente norteamericano en su guerra contra la prensa. Maneja, como lo han hecho tantos, un buen eslogan: “Si un medio escribe algo mal, debe retractarse, y si no, se le debe juzgar”. (Aquello de la información veraz).

La cuestión es que el público es receptivo: ¿por qué no quieren corregir algo que fue errado? se pregunta. No pueden escribir cosas malas todas las veces que quieran sin ningún freno, reflexiona. Deben y pueden ser juzgados como cualquier otro ciudadano, concluye.

Un razonamiento difícil de contrarrestar, pese a que la realidad es tan clara: ningún medio, cuando se equivoca, deja de enmendarlo. Y si no lo hace, se encarga de hacerlo la competencia y los que han sido aludidos o afectados. El fin de los medios es informar hechos ciertos y no necesita de jueces y tribunales para corregir sus errores. Está en juego su credibilidad y esta es su única fuerza y riqueza.

Precisamente ese es el objetivo Trump: afectar la credibilidad de los medios. Y entre sus adeptos ya lo ha logrado, el 80 % cree lo que Trump dice y solo un 3 % de ellos cree en la prensa.

Es un aspecto que los medios norteamericanos habrán de tener presente y cuidar mucho en su enfrentamiento contra Trump. No perder, y además recobrar la credibilidad perdida, parte de la cual, quizás, se perdió por haber dado titulares a las parrafadas de aquel desconocido Trump.

El público, en tanto, no debiera distraerse ni confundirse. Fijarse en la luna y no en el dedo que se la está señalando. Lo que importa no es si “debe retractarse” o si “se le debe juzgar”, sino quién es el que resuelve si lo que “se escribe” está mal o bien. Quién lo dice: ¿Trump? ¿Maduro? Chávez? ¿Ortega?

Cuidado cuando aparece un dueño de la verdad. El debate libre y democrático funciona cuando se nutre de errores y verdades, de muchas verdades. Se acaba cuando se establece que hay una sola verdad y se le pretende aplicar a todos.

Leer un buen periódico. De Mario Vargas Llosa

Nunca hemos tenido tantos medios de información a nuestro alcance, pero dudo que hayamos estado antes tan aturdidos y desorientados como lo estamos ahora.

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 16 abril 2017 / EL PAIS

Leer un buen periódico”, dice un verso de Vallejo, y yo creo que se podría añadir “es la mejor manera de comenzar el día”. Recuerdo que lo hacía cuando andaba todavía de pantalón corto, a mis 12 o 13 años, comprando La Crónica para leer los deportes mientras esperaba el ómnibus que me llevaba al colegio de La Salle a las siete y media de la mañana. Nunca he podido desprenderme de esa costumbre y, luego de la ducha matutina, sigo leyendo dos o tres diarios antes de encerrarme en el escritorio a trabajar. Y, desde luego, los leo de tinta y de papel, porque las versiones digitales me parecen todavía más incompletas y artificiales, menos creíbles, que las otras.

Leer varios periódicos es la única manera de saber lo poco serias que suelen ser las informaciones, condicionadas como están por la ideología, las fobias y prejuicios de los propietarios de los medios y de los periodistas y corresponsales. Todo el mundo reconoce la importancia central que tiene la prensa en una sociedad democrática, pero probablemente muy poca gente advierte que la objetividad informativa sólo existe en contadas ocasiones y que, la mayor parte de las veces, la información está lastrada de subjetivismo pues las convicciones políticas, religiosas, culturales, étnicas, etcétera, de los informadores suelen deformar sutilmente los hechos que describen hasta sumir al lector en una gran confusión, al extremo de que a veces parecería que noticiarios y periódicos han pasado a ser, también, como las novelas y los cuentos, expresiones de la ficción.

¿A qué viene todo esto? A que estuve cinco días en Salzburgo, adonde ya no llega la prensa en español, tratando de averiguar qué había pasado exactamente en la Siria de Bachar el Asad con el uso de las armas químicas contra inofensivos ciudadanos, consultando periódicos en inglés, italiano y francés, sin llegar a hacerme una idea clara al respecto, salvo lo que ya sabía: que aquello fue un horror más entre los crímenes injustificables y monstruosos que se cometen a diario en ese desdichado país.

“Quise averiguar qué había pasado en Siria con el uso de
armas químicas contra inofensivos ciudadanos”

FERNANDO VICENTE

¿Qué es lo que realmente pasó? Según las primeras noticias, el Gobierno de El Asad lanzó misiles con gases sarín sobre una población inerme, entre la que había muchos niños, violentando una vez más el acuerdo que había firmado ya con la Administración de Obama hace tres años, comprometiéndose a no usar armas químicas en la guerra que lo opone a una oposición dividida entre reformistas y demócratas, de un lado, y, del otro, terroristas islámicos. Esta noticia fue inmediatamente desmentida no sólo por el Gobierno sirio, sino también por la Rusia de Putin, aliada de aquel, según los cuales el bombardeo de las fuerzas gubernamentales hizo estallar un depósito de armas químicas que pertenecía a la oposición yihadista, la que sería, pues, responsable indirecta de la matanza. ¿Cuántas fueron las víctimas? Las cifras varían, según las fuentes, entre algunas decenas y centenares o millares, una buena parte de las cuales son niños a los que la televisión ha mostrado con los miembros carbonizados y agonizando en medio de espantosos suplicios.

Este atroz espectáculo, por lo visto, conmovió al presidente Trump y lo llevó a cambiar espectacularmente su posición de que Estados Unidos no debía intervenir en una guerra que no le incumbía, a participar activamente en ella bombardeando una base aérea siria. Y, al mismo tiempo, a criticar severamente a Rusia, por no moderar los excesos genocidas contra su propio pueblo, de Bachar el Asad, y al expresidente Obama por haberse dejado engañar por el tiranuelo sirio firmando un tratado que éste nunca pensó cumplir. En su campaña y en sus primeras semanas en la Casa Blanca, Donald Trump había mostrado una sorprendente simpatía hacia Putin y su autocrático gobierno con el que parece ahora haber mudado a una abierta hostilidad. Es probablemente la primera vez en toda su historia que la primera potencia mundial carece de una orientación política internacional más o menos definida y procede, en ese ámbito, con la impericia y los zigzags de una satrapía tercermundista.

¿Condenó el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a Bachar el Asad por usar armas químicas contra su propio pueblo? Naturalmente que no, porque la Rusia de Putin vetó una resolución que contaba con el voto favorable de la mayoría inequívoca de países. Desde entonces, el Gobierno de Moscú pide y exige estentóreamente que la ONU nombre una comisión que estudie minuciosa y responsablemente lo que ocurrió con aquellas armas químicas. Por su parte, el nuevo secretario de Estado norteamericano, Mr. Tillerson, después de su glacial viaje a Rusia, ha hecho saber que según fuentes militares de Estados Unidos Bachar el Asad ha “utilizado más de 50 veces armas químicas contra los rebeldes que quieren deponerlo”.

“El atroz espectáculo conmovió a Trump
y lo llevó a cambiar la posición de Estados Unidos”

Aunque es uno de los conflictos más sangrientos en el mundo actual, el de Siria está lejos de ser el único. Hay la pausada y sistemática carnicería de Afganistán, los periódicos atentados que destripan decenas y centenas de pakistaníes, la desintegración de Libia, los secuestros y degollinas que puntúan el avance imparable del terrorismo islámico en África, la porfía subsahariana en escapar al hambre y la violencia que empuja a millares a lanzarse al mar tratando de alcanzar las playas de Europa, la nomenclatura militar de narcos y contrabandistas que sostiene el régimen de Maduro en Venezuela y el deprimente espectáculo de la putrefacción que Odebrecht difundió por Brasil y todo América Latina. Y la lista podría seguir, por muchas horas.

Nunca hemos tenido tantos medios de información a nuestro alcance, pero, paradójicamente, dudo que hayamos estado antes tan aturdidos y desorientados como lo estamos ahora sobre lo que debería hacerse, en nombre de la justicia, de la libertad, de los derechos humanos, en buena parte de las crisis y conflictos que aquejan a la humanidad. Cuando la rebelión siria estalló contra el régimen corrupto y dictatorial de Bachar el Asad, todo parecía muy claro: los rebeldes representaban la opción democrática y había que apoyarlos sin equívocos. Al igual que muchos, yo lamenté que Estados Unidos no lo hiciera así y, asustado con la idea de enredarse en una nueva situación como la de Irak, se abstuviera. Pero, luego las cosas han cambiado. El hecho de que las peores organizaciones terroristas, como Al Qaeda y el Estado Islámico, que seguramente instalarían en Siria un régimen todavía peor que el de El Asad, hayan tomado partido a favor de la rebelión ¿no deslegitima a ésta? Tomar partido a favor de cualquiera de las dos opciones significa condenar al pueblo sirio a un futuro macabro.

“Leer un buen periódico” ya no es, como cuando César Vallejo escribió ese verso, sentirse seguro, en un mundo estable y conocible, sino emprender una excursión en la que, a cada paso, se puede caer en “una jaula de todos los demonios”, como escribió otro poeta.