Trump

El auge populista pasará factura a Latinoamérica. De Kenneth Rogoff

Tal y como están las cosas, parece que América Latina seguirá siendo la región del futuro por tiempo indefinido

Kenneth Rogoff es ex economista jefe del FMI y profesor en la Universidad de Harvard.

21 junio 2019 / EL PAIS

Aunque el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tiende a apoderarse de la mayoría de los titulares, no se trata de una rareza en el ámbito global. Los autócratas populistas han disfrutado de un impresionante ascenso al poder en países de todo el mundo, y en ninguna parte la tendencia es más pronunciada que en América Latina tras la elección de un presidente de izquierdas en México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), y de otro de derechas en Brasil, Jair Bolsonaro. Los estadounidenses tienen razón al quejarse de las tendencias autocráticas de Trump, pero como les recordó en su momento el exministro de Finanzas de Chile Andrés Velasco, Trump es un mero aprendiz en comparación con los populistas de América Latina.

Esto no significa que las economías de México y Brasil compartan la misma suerte que la de Venezuela bajo Hugo Chávez y su hombre fuerte actual, Nicolás Maduro. Chávez y Maduro convirtieron al país más rico de América Latina —propietario de una cuarta parte de las reservas mundiales probadas de petróleo— en un caso perdido, con una inflación de más de 1.000.000% y una tasa de pobreza de más del 90%. Al menos 4 millones de los 32 millones de habitantes de Venezuela han salido del país, y las previsiones sugieren que este número podría duplicarse este año si Maduro sigue en el cargo. Venezuela debe su difícil situación no tanto a las sanciones económicas de la era Trump, sino a sus propios líderes populistas. El país ha estado decayendo durante años, y la mayor parte de la caída en sus indicadores sociales y económicos es muy anterior al Gobierno de Trump.

AMLO, como el carismático Chávez hace dos décadas, asumió el cargo el año pasado con la promesa de que mejoraría las vidas de la gente común. Uno de sus primeros actos oficiales fue frenar la construcción de un nuevo aeropuerto que se necesitaba desesperadamente en la Ciudad de México —a pesar de que el proyecto ya estaba completo en un 30%—, alegando que las aerolíneas son para los ricos. Luego lanzó un nuevo proyecto de aeropuerto en un lugar montañoso, poco práctico, más alejado, donde tiene menos posibilidades de terminarse.

Aunque AMLO prometió durante su campaña acabar con la corrupción, su Gobierno ha rechazado licitaciones competitivas por más del 70% de los contratos que ha adjudicado. Al igual que Trump, rechaza a los críticos de los medios de comunicación con el pretexto de que difunden “noticias falsas”, y advierte a los periodistas: “Compórtense bien o saben lo que les sucederá”. Sin embargo, los inversores globales se sienten aliviados por el hecho de que AMLO ha dejado trabajar al banco central, al menos hasta ahora.

Pero incluso si el mercado no está evaluando el elevado “riesgo de Venezuela” para México, muchas de las celebridades, escritores, académicos y políticos de tendencia izquierdista que elogiaron a Chávez se han mostrado notablemente reticentes a animar a AMLO. Después de haber visto a Trump convertir la tragedia venezolana en su baza política, los forasteros que pueden simpatizar con las ambiciones socialistas de AMLO son prudentes. La única excepción, por supuesto, es el líder de la extrema izquierda del Partido Laborista británico, Jeremy Corbyn, un partidario del corrupto régimen chavista de Venezuela, quien asistió a la toma de posesión de AMLO en diciembre de 2018.

Mientras que AMLO representa una amenaza para la segunda economía más grande de América Latina, Bolsonaro está poniendo en peligro el principal motor del continente. Como dice el viejo y triste refrán, Brasil, con sus abundantes recursos naturales y su gente talentosa, “es el país del futuro, y siempre lo será”. Su nuevo presidente, un excapitán del Ejército que quiere armar a los ciudadanos y arrasar grandes extensiones de la Amazonía (que aceleraría significativamente el calentamiento global), se ha convertido en un pararrayo para protestas estudiantiles, ambientalistas y activistas de los derechos de los homosexuales. Anticipándose a las protestas masivas, recientemente canceló un viaje a Nueva York después de recibir críticas mordaces de su alcalde, Bill de Blasio. Las cosas no están mucho mejor en casa. Los índices de aprobación de Bolsonaro se han reducido a la mitad desde que asumió el cargo a principios de año. Los primeros escándalos dejan en claro que no podrá limpiar la corrupción endémica que paraliza la gobernanza de Brasil, y mucho menos demostrar las habilidades de formación de coaliciones necesarias para implementar la ambiciosa agenda de reformas económicas de su Gobierno.

Para empeorar las cosas, la tercera economía de América Latina, Argentina, se enfrenta ahora a la perspectiva de un retorno de un Gobierno socialista, corrupto y autocrático después de las elecciones presidenciales de octubre. El actual presidente del país, Mauricio Macri, asumió el cargo en 2015 prometiendo un retorno de la salud económica después de que el expresidente Néstor Kirchner y su sucesora/esposa, Cristina Fernández de Kirch­ner, despilfarraran los beneficios de un auge de las exportaciones agrícolas a principios de la década de los dos mil. Sin embargo, Macri, quien heredó una situación extremadamente difícil —no solo un gran déficit presupuestario y una capacidad de endeudamiento limitada—, también ha cometido algunos errores críticos. Para reducir la inflación, el Gobierno de Macri trató de reducir la tasa de crecimiento del dinero y encontrar fuentes alternativas de financiación. Pero los funcionarios optaron por recurrir a préstamos a corto plazo en dólares extranjeros (un error clásico), y Argentina pronto se vio incapaz de pagar sus deudas. El tipo de cambio ahora se ha derrumbado, la inflación ha llegado a superar el 50% y el partido de los Kirchner está listo para recuperar el poder.

Si todos los líderes autocráticos fueran tan competentes como el fallecido Lee Kuan Yew, el padre fundador de Singapur, los recientes desarrollos políticos en las Américas podrían no ser tan preocupantes. Lamentablemente, este no es el caso, particularmente cuando se trata de los populistas en México, Brasil y Argentina. Tal como están las cosas, parece que América Latina seguirá siendo la región del futuro por tiempo indefinido.

Carta a AMLO: Detrás de la retórica, la sumisión. De Paolo Luers

8 junio 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Señor presidente López Obrador:

El 30 de mayo usted mandó una carta a Trump que me pareció tan buena que tuve la sensación de publicarla inmediatamente. El presidente de un país vecino retando públicamente a Trump y rechazando su intento de extorsión porque Trump había dicho a México: o ustedes se encargan a detener el flujo de migrantes centroamericanos antes de que lleguen a nuestra frontera, o vamos a imponerle aranceles a cada importación mexicana a Estados Unidos…

Usted le contestó: “Los problemas sociales no se resuelven con impuestos o medidas coercitivas. ¡Nada por la fuerza, todo por la razón y el derecho!”

Me hubiera gustado una respuesta aun más clara, diciéndole a Trump sin ningún rodeo: México y su gobierno no se dejarán extorsionar. Pero no fue por esto que decidí no publicar su carta. No la publiqué porque me dije: mejor espero ver cuáles serán las respuestas reales de AMLO. No vaya ser pura retórica, como es tan común en la política mexicana…

Y cabal, resultó siendo pura retórica. Hoy se publica que el canciller mexicano, luego de pasar días en Washington sin que nadie le entendiera, “negoció” un acuerdo con Estados Unidos: México va a mandar 6,000 efectivos de su recién formada Guardia Nacional a la frontera con Guatemala para detener a los migrantes. O sea, México le va a cuidar la frontera a Trump, pero lejos de Estados Unidos, en la frontera con Centroamérica. Y por su parte, el presidente Trump, en un gesto generoso, va a abstenerse a cobrarles renta a los importadores mexicanos. Perdón, aranceles.

Esto, estimado señor presidente, no es negociación, es rendición. Es sumisión. Es aceptar la extorsión. Tuve razón de no publicar su carta porque fue pura retórica al mejor estilo del PRI, que todavía hablaba de la revolución mexicana mientras le negaba dignidad y democracia a los mexicanos.

Contra mucha preocupación y oposición, usted formó la Guardia Nacional, una policía militarizada. Su discurso decía: no se preocupen, estas unidades militares nunca se emplearán para violar los derechos humanos, se forma exclusivamente para derrotar al crimen organizado. Bueno, hoy su Guardia Nacional va a cazar inmigrantes centroamericanos en su frontera sur, para que Donald Trump no tenga problemas en su frontera norte.

No sé cuánto tiempo van a necesitar los ciudadanos para descubrir la realidad detrás de las retóricas de líderes oportunistas. Por el momento, las retóricas parecen funcionar en nuestros países. Pero como dicen que dijo Lincoln: “Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Saludos a los mexicanos,

Escoger las batallas. De Cristina López

Con los demagogos sobran las batallas, hay que saber escoger las que valen la pena. No todas las provocaciones ameritan histeria al nivel 100…

8 abril 2019 / EL DIARIO DE HOY

Una cosa que saben hacer bien los demagogos es provocar. A veces con las políticas que deciden priorizar, a veces a través de Twitter, a veces a través de criticar a los medios de comunicación cuando resienten cobertura crítica o negativa que maltrecha sus egos. Provocar es el fin y no el medio, porque la motivación de la provocación es surfear en la ola de histeria crítica de sus oponentes y energizar a su base de fanáticos para mantener la polarización en la opinión pública permanentemente en estado de ebullición.

Y este ciclo permanece de provocación – cobertura mediática de la provocación – reacción histérica de la oposición y sus simpatizantes – contra-reacción defensiva de los fanáticos – cobertura propagandística por parte de medios aliados – burla del provocador ante la reacción que califica como desproporcionada por parte de los medios, termina resultando en una ciudadanía exhausta y con ciclos de atención cada vez más cortos, en medios de comunicación con credibilidad reducida y en oposiciones partidarias desgañitadas de tanto gritar. La bomba de humo perfecta para que cada vez se vuelva más difícil prestar atención a las cosas que importan: la lucha contra la corrupción y el nepotismo, violaciones a la Constitución, enriquecimiento ilícito, el combate a la pobreza, las brechas de desigualdad estructural y las injusticias escandalosas del sistema de justicia, etc.

Porque con los demagogos sobran las batallas, hay que saber escoger las que valen la pena. No todas las provocaciones ameritan histeria al nivel 100. Algunas no son más que bravuconadas en Twitter, propias de alguien que ha pagado con dinero familiar la gran mayoría de oportunidades que le han llevado al lugar inmerecido que tiene. La gran mayoría de estas bravuconadas denota un ego maltrecho, una soberbia exacerbada, una inteligencia emocional inexistente y un círculo de lambiscones que jamás le han sugerido que lea lo que le permite hacer la Constitución antes de andarse con amenazas, promesas y ambiciones de dictadorzuelo, típicas de quien, sin saber, opina lo que asume son el tipo de ideas que tendría un genio (sin haberse en su vida cruzado con las ideas de un genio por la mediocre alergia académica que le caracteriza). Cuando se comienzan a entender las provocaciones como lo que son, los berrinches de un niño consentido en plena borrachera de poder, se va volviendo más fácil calibrar cuáles merecen indiferencia y cuáles merecen histeria nivel uno, cinco, o cien.

Porque en el ciclo presidencial del demagogo habrá batallas por las que habrá que apostarlo todo y dejar la piel como ciudadanos comprometidos. Por ejemplo, las que se refieran a defender nuestra Constitución, aquellas en las que hay que cuidar el patrimonio del Estado, o aquellas en las que se trate de proteger a los más vulnerables entre nosotros de abusos de poder. Y para hacerle ganas a estas, hace falta que la prensa mantenga su credibilidad para que la ciudadanía continúe teniéndole confianza (si a las provocaciones de Twitter reaccionan con histeria 100, nadie pondrá atención cuando lo que peligre sea el estado de derecho o la continuidad de la República) y que la oposición sepa hacer oposición de manera estratégica y planeada y no como mera reacción.

Y aunque este tipo de análisis pareciera de mero sentido común en un país con tanto adulto sensato y mesurado, Donald Trump continúa controlando el ciclo mediático a base de estupideces tuiteadas, creando conmoción y caos y destrozando la capacidad de muchos medios de comunicación de enfocarse en exigir cuentas por lo verdaderamente importante. Porque estoy hablando de Trump. Si pensaron en otro, es pura coincidencia.

@crislopezg

Muros y contramuros. De Máriam Martínez-Bascuñán

¿Qué significa que América es lo primero? Que si alguien gana fuera de sus fronteras, América pierde…

Fake news
Docente de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

13 enero 2019 / EL PAIS Muros y contramurosMuros y contramuros

Que Trump miente lo sabemos todos, hasta sus seguidores. Pero da igual. En ellos ha prendido el mensaje que lanzó desde el principio: soy el líder de un movimiento “como el mundo jamás ha conocido”. La máxima era exagerada, sin duda, pero no erraba el tiro. Trump entendió bien la naturaleza de los movimientos con tintes autoritarios, la inexplicable lealtad que generan en sus seguidores hasta el punto de hacerlos negar las evidencias más elementales, los puros datos, como aquella sesión de investidura falsamente más numerosa que la de Obama.

Entonces, ¿hay truco? Claro que sí: lo que genera esa adscripción insobornable no son las mentiras, sino el diseño de una cosmovisión concreta. No importa que esa explicación del mundo se alimente de fantasías, falsedades o delirios: aunque prescinda de cualquier arraigo con la realidad, tiene coherencia interna. Porque lo cierto es que une a sus seguidores ofreciéndoles una explicación para su ira y enfado, y les promete un salvador. Esa realidad alternativa construida con las piezas de cada tuit da congruencia a su célebre máxima: America First.

¿Y qué significa que América es lo primero? Pues que el juego es de suma cero; que si alguien gana fuera de sus fronteras, América pierde. Ese es el mensaje que atraviesa la lógica de las relaciones internacionales y llega hasta la economía, basado en la competición antes que en la cooperación. Explica también su política migratoria y su fascinante fetichismo del muro, un símbolo arrollador que ha convertido en un icono generador de identidades. Porque el muro es la condición para que los que están dentro compartan una identidad total que construye la comunidad, pero también irradia identidad hacia fuera, cohesionando a quienes esperan agazapados en la frontera. Trump lo cree y lo refuerza: si ellos ganan, América pierde.

Pero hay algo que falla en la ecuación del presidente. No hallaremos la grieta en su Twitter, donde el mundo sigue girando en torno a su América First, sino en la nueva Cámara de Representantes, que ha detenido su proyecto de “un muro más alto” desafiándolo con argumentos. Nos encontramos así ante este interminable cierre parcial del Gobierno, un auténtico símbolo de la resistencia ante sus dislates, e impulsado por un contrapoder institucional que se niega a malgastar dinero en un proyecto absurdo. Y resulta que ese poder es tan legítimo como el del presidente, pues es expresión de la voluntad popular, conformándose así otro elemento nuclear del sistema, aquel que permite su resiliencia y fortaleza: una oposición salida legítimamente de las urnas. Y a esto, felizmente, se le llama democracia liberal.

Trump: el miedo. De Bob Woodward

Foto:  Chip Somodevilla Getty Images

El presidente de EE UU es retratado sin concesiones en Miedo. Trump en la Casa Blanca (Roca Editorial). En su libro, el periodista que investigó el Watergate se asoma al caótico y agresivo día a día del hombre más poderoso del mundo. Este es un extracto de uno de sus capítulos.

20 noviembre 2018 / EL PAIS SEMANAL

El Tanque tenía su atractivo. A Trump le encantaba la habitación. También conocida como la Habitación Dorada por su alfombra y sus cortinas, el Tanque es una estancia ornamentada y solemne. En esencia, es un lugar de retiro, privado y de alta seguridad que refleja décadas de historia.

JUSTO ANTES de las diez de la mañana del 20 de julio, un agobiante y despejado jueves, seis meses después de haberse proclamado presidente, Donald Trump cruzó el río Potomac hasta el Pentágono.

Las presentaciones preparadas por Mattis y Cohn eran mitad clase de historia, mitad confrontación geoestratégica. También se trataba de un tardío esfuerzo por abordar la inminente pregunta: ¿cómo establece esta Administración sus prioridades políticas y se atiene a ellas?

McMaster no acudió porque tenía un compromiso familiar.

Los mapas que representaban las obligaciones estadounidenses por todo el mundo —despliegues militares, tropas, armas nucleares, cargos diplomáticos, puertos, activos de inteligencia, tratados e, incluso, acuerdos comerciales— ocupaban dos grandes pantallas en la pared, y contaban la historia de Estados Unidos en el mundo. Se mostraban incluso los países en los que Estados Unidos tenía puertos y derechos sobre el espacio aéreo. También se mostraban los principales radares y otras instalaciones de vigilancia.

Una reunión infernal. Este texto, un extracto del capítulo 27º del libro, evoca la tensa reunión del 20 de julio de 2017 entre Trump y sus principales colaboradores en seguridad y economía. El presidente los critica con furia, y lo mismo hace con sus generales en Afganistán. A sus aliados de la UE y a las empresas europeas los insulta abiertamente.

Asistentes a la reunión. De izquierda a derecha, de arriba a abajo. Donald Trump: desde el 20 de enero de 2017 es el 45º presidente en la historia de EE UU. Rex Tillerson: secretario de Estado hasta su destitución en marzo de este año. Steve Bannon: estratega jefe de la Casa Blanca hasta su despido en agosto de 2017. James Mattis: general y actual secretario de Defensa de Estados Unidos. Steve Mnuchin: banquero, productor de cine y secretario del Tesoro de EE UU. Gary Cohn: principal asesor económico de Trump entre 2017 y 2018.
Asistentes a la reunión. De izquierda a derecha, de arriba a abajo. Donald Trump: desde el 20 de enero de 2017 es el 45º presidente en la historia de EE UU. Rex Tillerson: secretario de Estado hasta su destitución en marzo de este año. Steve Bannon: estratega jefe de la Casa Blanca hasta su despido en agosto de 2017. James Mattis: general y actual secretario de Defensa de Estados Unidos. Steve Mnuchin: banquero, productor de cine y secretario del Tesoro de EE UU. Gary Cohn: principal asesor económico de Trump entre 2017 y 2018.

—El mejor regalo que la generación anterior nos ha hecho —comenzó Mattis— es el orden democrático internacional basado en normas.

Esta arquitectura global trajo consigo seguridad, estabilidad y prosperidad.

Bannon estaba sentado a un lado, en la línea de visión del presidente. Conocía muy bien su concepción global del mundo. Para él era como una especie de fetiche. Su propia obsesión seguía siendo “Estados Unidos primero”.

“Esto va a ser divertido”, pensó Bannon mientras Mat­tis exponía las razones por las que los principios organizativos del pasado seguían siendo factibles y ­necesarios.

“Ahí está el meollo del asunto”, pensó Bannon.

El secretario de Estado Rex Tillerson fue el siguiente.

—Esto es lo que ha mantenido la paz durante 70 años —concluyó el antiguo magnate del petróleo de Texas.

Para Bannon se trataba más bien del antiguo orden mundial: compromisos costosos y sin límite, promesas hechas y cumplidas.

Trump negó con la cabeza en desacuerdo, aunque no dijo nada.

Cohn fue el siguiente en hablar. Él expuso las razones a favor del libre comercio: México, Canadá, Japón, Europa, Corea del Sur. Presentó los datos de importación y exportación.

—Somos grandes exportadores de productos agrícolas, casi 130.000 millones de dólares al año —apuntó—. Necesitamos que esos países compren nuestros productos agrícolas. Toda la parte central de Estados Unidos se compone, básicamente, de agricultores —informó.

La mayoría de ellos había votado a Trump.

La venta de armas de Estados Unidos en el extranjero ascendió a 75.900 millones de dólares en el año fiscal de 2017.

—No cabe duda de que tenemos muchos aviones militares en el mismo aeropuerto de Singapur en el que compran muchos aviones Boeing —dijo Cohn—. No cabe duda de que realizamos enormes operaciones de inteligencia desde Singapur. No cabe duda de que nuestra flota naval entra y sale de allí para repostar y reabastecerse.

Cohn afirmó que el déficit comercial hacía crecer la economía estadounidense.

—No quiero oírlo —dijo Trump—. ¡Son todo chorradas!

Mnuchin, secretario del Tesoro y otro veterano de Goldman, habló de la importancia de las alianzas de seguridad y las sociedades comerciales.

Trump se volvió para mirar a Bannon. Luego volvió a mirar. Bannon lo tomó como una señal.

—Esperad un momento —dijo Bannon a todos los presentes mientras se levantaba—. Seamos realistas.

Eligió uno de los acuerdos internacionales más controvertidos, un acuerdo que ataba a Estados Unidos a ese orden global.

—El presidente quiere revocar el acuerdo iraní y vosotros lo estáis ralentizando. Es un acuerdo espantoso. Quiere revocarlo para poder renegociarlo.

El jefe de estrategia advirtió que “una de las cosas que quiere hacer” es imponer sanciones a Irán.

—¿Alguno de vuestros malditos grandes aliados de la Unión Europea va a apoyar al presidente? Tanto hablar de que son nuestros socios. ¿Podéis nombrar a uno que piense apoyar al presidente en el tema de las sanciones?

Mnuchin trató de responder a la pregunta sobre la importancia de los aliados.

—Dadme un nombre —solicitó Bannon—. Un país, una empresa. ¿Quién va a apoyar las sanciones?

Nadie respondió.

—A eso me refiero —corroboró Trump—. Lo ha dejado bien claro. Habláis de todos esos tipos como si fueran aliados. Ahí arriba no hay un solo aliado. Responded la pregunta de Steve: ¿quién va a apoyarnos?

—Lo máximo que podemos decir es que no están incumpliendo nada —convino Tillerson.

Todas las agencias de inteligencia estaban de acuerdo en eso. Era el aspecto fundamental. ¿Cómo podían imponer nuevas sanciones si no se había incumplido el acuerdo?

—Todos están ganando dinero —dijo Trump, y señaló que la Unión Europea estaba comerciando y haciendo grandes negocios con Irán—. Y nadie nos va a apoyar.

Trump pasó a Afganistán, donde, recientemente, ya había aguantado media docena de reuniones del Consejo de Seguridad Nacional y algunas otras de menor envergadura.

—¿Cuándo vamos a ganar algunas guerras? Tenemos estos gráficos. ¿Cuándo vamos a ganar algunas guerras? ¿Por qué intentáis imponerme eso?

Haciendo referencia al comandante en Afganistán, el general John Nicholson, que no estaba presente, el presidente atacó.

—Dudo que sepa cómo ganar. No sé si es un ganador. No hay victorias.

Trump no se había decidido por una estrategia en cuanto a Afganistán, seguía siendo objeto de debate.

“Deberíais estar matando gente. no necesitáis una estrategia para matar gente” (Trump al general Unford, presidente del Estado mayor conjunto, hablando de Afganistán)

—Deberíais estar matando gente. No necesitáis una estrategia para matar gente.

El general Dunford, presidente del Estado Mayor Conjunto, salió en defensa de Nicholson.

—Señor presidente —dijo Dunford, de manera educada y con voz suave—, no se ha ordenado conseguir la victoria. Esas no son las órdenes.

Con Obama, que había retirado la mayor parte de las tropas (habían pasado de 100.000 a 8.400), la estrategia se centraba en llegar a un punto muerto.

Mattis y Dunford proponían nuevas normas de intervención para las tropas estadounidenses en Afganistán, lo que les otorgaría libertad para ser más agresivos y letales al eliminar las restricciones a los comandantes locales de la era Obama. Las tácticas ya no se anunciarían al enemigo. Los éxitos recientes al combatir al ISIS reflejaban la importancia de esos cambios.

Trump recordaba que el general Nicholson había autorizado el uso de la bomba de 10 toneladas, la GBU-42/B, conocida también como MOAB, por sus siglas en inglés, la madre de todas las bombas.

—Hizo explotar esa bomba enorme sobre ellos.

—Sí —dijo Dunford—, fue una decisión que tomó el comandante de campo, no se tomó en Washington.

Mattis intentó intervenir educadamente.

—Señor presidente, señor presidente…

—Perro loco, Perro loco —respondió Trump, usando su apodo en la Marina—. Se están aprovechando de nosotros ¿Qué estamos haciendo? —Trump preguntó a sus generales de forma tan severa como le fue posible sin gritar—. ¿Y ganar? ¿Y ganar, qué? Estamos en esta situación porque habéis estado recomendando esas actividades.

La tensión iba en aumento y pronto volvieron al tema de Irán.

—Lo están cumpliendo —dijo Tillerson—. Ese es el trato, y lo están cumpliendo. Puede no gustarte.

Trump y su Consejo de Seguridad Nacional, en julio de 2017. De frente, de izquierda a derecha, Jim Mattis, Patrick Shanahan, Joseph Dunford y Paul Selva. Detrás (junto a la puerta), Steve Bannon.
Trump y su Consejo de Seguridad Nacional, en julio de 2017. De frente, de izquierda a derecha, Jim Mattis, Patrick Shanahan, Joseph Dunford y Paul Selva. Detrás (junto a la puerta), Steve Bannon. Departamento de Defensa de EE UU

El secretario de Estado tenía una forma lógica de revisar los detalles del cumplimiento técnico del acuerdo.

—Eso es típico de la clase dirigente —contestó Trump.

Discutían para que todas esas cosas encajaran entre sí: los acuerdos comerciales con China y México, el acuerdo nuclear con Irán, el despliegue de tropas o la ayuda exterior. El mensaje de Trump fue decir “no” a todo lo que le habían presentado.

—No podemos hacer esto —dijo Trump—. Esto es lo que nos ha llevado a esta situación.

—Cuando digas que apliquen sanciones —dijo Bannon, dirigiéndose a Mnuchin—, estos grandes socios ¿qué harán con las sanciones?

Mnuchin parecía eludir una respuesta.

—No, espera —le presionó Bannon—. ¿Están con nosotros o no?

—Nunca lo apoyarán —observó Mnuchin.

—He ahí la respuesta —dijo Bannon—. Esos son vuestros aliados.

—Las empresas europeas —dijo Trump, señalando con el dedo a Mnuchin— no valen una mierda.

Siemens, Peugeot, Volkswagen y otras empresas europeas conocidas estaban invirtiendo activamente en Irán.

—Rex, eres débil. Quiero revocarlo.

Trump pasó a uno de sus temas favoritos. Quería aplicar aranceles a las importaciones de acero, aluminio y automóviles. Se preguntaba por qué Mnuchin no declaraba a China una manipuladora monetaria tal como él pretendía.

Mnuchin explicó que, hacía años, China había sido una manipuladora monetaria, pero que ya no lo era.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Trump—. Aporta argumentos convincentes. Hazlo. Declara que lo es.

Mnuchin le explicó que la ley en Estados Unidos era muy clara en cuanto a los requisitos para probar la existencia de manipulación monetaria y que, por eso, no podía aportar argumentos convincentes.

—Estamos en el lado equivocado en los acuerdos comerciales —dijo Trump—. Pagamos por todos ellos más de lo que valen. Los otros países están ganando dinero. Mirad todo esto de aquí arriba. Estamos pagando por todo esto. Esos países son “protectorados” —declaró.

—De hecho, eso es bueno para nuestra economía —repitió Cohn.

—No quiero oírlo —respondió Trump—. Todo eso son chorradas.

A medida que la reunión llegaba a su fin, Tillerson se reclinó en su silla. Parecía dirigirse al presidente, pero no mantenía contacto visual con él. En cambio, miraba a Mattis.

—Tu acuerdo —dijo el secretario de Estado—. Es tu acuerdo.

En Texas era una forma de lavarse las manos, como aquel que dice: obedeceré y ejecutaré las órdenes, pero el plan es tuyo, no mío.

—Invertimos 3.500 millones de dólares al año para tener tropas en Corea del Sur —dijo Trump enfadado—. ¡Y ellos fueron incapaces de decidir si querían o no el sistema antimisiles THAAD! ¡Y tampoco si iban o no a pagar por él!

Algunos surcoreanos creían que el sistema antimisiles podía provocar una guerra con Corea del Norte y habían puesto reparos a la instalación, argumentando que era por el bien de Estados Unidos y Japón.

—Pues ¡saca las putas tropas! —exclamó Trump—. ¡Me importa una mierda!

—Los surcoreanos nos dan muchísimas subvenciones —explicó Cohn, desafiando directamente al presidente—. El acuerdo comercial es bueno para la economía de Estados Unidos —repitió—. Nos compramos las teles más increíbles del mundo por 245 dólares. Lo cual quiere decir que la gente gasta menos dinero en televisores y más dinero en otros productos estadounidenses.

Si Estados Unidos retiraba sus tropas de Corea del Sur, harían falta más portaaviones en esa parte del mundo para estar tranquilos.

—Eso podría costar hasta 10 veces más —expuso Cohn. Luego estaba la información de inteligencia, sumamente delicada, que se había obtenido gracias a los programas de acceso especial que Corea del Sur permitió que Estados Unidos llevara a cabo. Trump parecía no comprender su valor o necesidad.

—A ver, 3.500 millones de dólares, 28.000 soldados —dijo el presidente. Estaba furioso—. No sé por qué están ahí. ¡Vamos a traerlos a todos a casa!

—Entonces, presidente —dijo Cohn—, ¿qué necesitarías que hubiera en la región para dormir bien por la noche?

—No necesitaría una mierda —aseguró el presidente—. Y dormiría como un bebé.

Priebus puso fin a la reunión. Mattis parecía estar completamente desanimado.

Trump se levantó y salió.

Era como si Tillerson se hubiese quedado sin aire. No podía soportar el ataque de Trump a los generales. El presidente hablaba como si el Ejército estado­unidense fuese una panda de mercenarios a sueldo. Si un país no nos pagaba para que estuviéramos ahí, no queríamos estar ahí. Como si a Estados Unidos no le interesara forjar y mantener un orden mundial pacífico, como si el principio organizativo de Estados Unidos fuera el dinero.

—¿Estás bien? —le preguntó Cohn.

—Es un puto imbécil —observó Tillerson para que todos lo oyeran.

TRUMP ABANDONÓ la reunión con Priebus, Bannon y Kushner justo antes de las 12.45. Estuvo unos momentos saludando a los miembros del servicio que se encontraban en el pasillo.

—La reunión ha ido genial —dijo Trump a los periodistas—. Una reunión estupenda.

Se dirigió a la limusina presidencial.

—Me alegro de que al fin te decidieras a decir algo —­felicitó Trump a Bannon—. Necesitaba un poco de apoyo.

—Lo estabas haciendo genial —dijo Bannon.

Mnuchin, el secretario del Tesoro, salió detrás de ellos. Quería asegurarse de que estuviera claro que estaba con Trump en el asunto de los aliados europeos.

—No sé si son aliados o no —convino—. Estoy contigo.

En el coche, Trump describió a sus asesores.

—No saben nada de negocios. Todo lo que quieren hacer es proteger a todo el mundo, y nosotros lo pagamos.

Dijo que los surcoreanos, nuestros aliados, no llegarían a un nuevo acuerdo comercial con nosotros.

—Y quieren que les protejamos de ese loco en el norte.

COHN CONCLUYÓ que, de hecho, Trump estaba yendo hacia atrás. Había sido más razonable durante los primeros meses, cuando todavía era un principiante.

“Los asesores del presidente están preocupados por su carácter imprevisible, su ignorancia y sus opiniones peligrosas” (un alto cargo de la Casa Blanca)

Para Priebus, esta había sido la peor de muchas reuniones espantosas. Seis meses después de formar parte de la Administración, podía ver con claridad que tenían un problema fundamental a la hora de establecer objetivos. ¿Adónde se dirigían?

La desconfianza en la sala había sido palpable y corrosiva. El ambiente era salvaje. En apariencia, todos estaban en el mismo bando, pero parecían llevar puesta la armadura de guerra, en especial el presidente.

—A esto se parece la locura —concluyó Priebus.

UN ALTO CARGO o de la Casa Blanca que habló durante esa misma época con algunos participantes de la reunión hizo este resumen: “El presidente procedió a soltar una reprimenda e insultar a todo el grupo por no saber nada en lo que respecta a defensa o seguridad nacional. Es evidente que muchos de los asesores principales del presidente, especialmente los pertenecientes a la esfera de la seguridad nacional, están sumamente preocupados por su carácter imprevisible, su relativa ignorancia, su incapacidad para aprender y también por lo que ellos consideran que son opiniones peligrosas”. 


Radicalismo, enojo y anarquía. De Luis Mario Rodríguez

8 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Los casos de Andrés Manuel López Obrador en México, Jair Messias Bolsonaro en Brasil y Donald Trump en los Estados Unidos nos confirman que los actuales son tiempos de radicalismo, enojo y anarquía. La neutralidad se hizo a un lado. Ahora se apela al deterioro de la institucionalidad, al declive de los partidos tradicionales y a la necesidad de refundar el Estado. Los discursos de Pablo Iglesias, líder de Podemos en España, y el de Alexis Tsipras en Grecia, cuyas opciones políticas triunfaron, nos confirman que las estrategias electorales se han desplazado de los mensajes moderados y conciliadores, que buscan atraer a los votantes del centro, a las consignas subidas de tono, que exageran las consecuencias que provocaría seguir apoyando a los de siempre y pretender resolver los problemas con las tácticas tradicionales.

La situación es tal que a las sociedades comienza a importarles poco o nada el Estado de Derecho. El Barómetro de las Américas viene reflejando esta realidad desde hace varios años. Quienes, por ejemplo, sufren la violencia en carne propia no reparan en el respeto de la legalidad y estarían de acuerdo con que se quebrante el orden jurídico con el solo propósito de erradicar la delincuencia. Este comportamiento allana el camino para “nuevos autoritarismos”, ya no amparados en la participación de la Fuerza Armada, pero con claras señales de irrespeto a la independencia de los Órganos del Estado.

El fenómeno no es nuevo. En los Noventa, Alberto Fujimori fue conocido en el mundo entero por atentar contra el Congreso peruano. Fujimori se enfrentaba a una crisis económica severa y a un reto insurreccional por parte de la guerrilla de Sendero Luminoso. El 5 de abril de 1992 decidió clausurar el Congreso, suspendió la Constitución, intervino la justicia y declaró el estado de emergencia. Lo hizo con el respaldo del ejército y con amplio apoyo entre la opinión pública. Bajo presión de la comunidad internacional, convocó a elecciones en noviembre de 1992 y la cámara electa elaboró una nueva Constitución con mayores facultades ejecutivas. En 1995 fue reelegido.

En 2017, apenas hace un año, en Venezuela, la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia invalidó las competencias de la Asamblea Nacional. Veinticuatro años antes, el entonces presidente Jorge Serrano Elías intentó cerrar el Congreso guatemalteco. A diferencia de Maduro, Serrano Elías no contaba con la Corte Suprema de Justicia. Mientras en Guatemala fue la Corte Constitucional la que evitó la disolución del Congreso ordenada por el presidente, en Venezuela fue el propio Tribunal Supremo el que decidió asumir las funciones del Legislativo.

Los sucesos descritos evidencian con claridad que las instancias públicas se convierten en el último frente de batalla para preservar la democracia. Maduro, Ortega y los Castro las aniquilaron con el fin de concentrar el poder. Más sutil, pero no menos criticable, fue la conducta de Juan Orlando Hernández y Evo Morales, que recurrieron a la manipulación de la justicia con el propósito de obtener el visto bueno de los magistrados constitucionales a su reelección consecutiva en el cargo. Antes lo intentaron, pero no tuvieron éxito, Óscar Arias en Costa Rica y Álvaro Uribe en Colombia.

El respaldo popular, nacido de la desilusión de la gente por la falta de resultados, refuerza la intención de gobernar adecuando la ley a los intereses del mandatario de turno y olvidándose del bien común. Otras maniobras para desmantelar el Estado y alinear la legislación hacia el populismo son la reforma de la Constitución y las consultas populares. Se trata de acciones legítimas que degeneran en instrumentos al servicio del clientelismo político y del abuso de autoridad.

Ante este panorama no queda más que recurrir a la separación de poderes. Este tipo de líderes necesitan límites; de eso se trata precisamente la democracia. En las elecciones del 6 de noviembre el Partido Demócrata recuperó la mayoría en la Cámara de Representantes y anunció de inmediato investigaciones contra el actual presidente. En México, el candidato electo será juramentado como nuevo inquilino de Los Pinos el 1 de diciembre; cuenta con el control total del Congreso y del Senado. Son dos coyunturas en las que pondremos a prueba la hipótesis de esta columna de opinión.

Carta a los migrantes hondureños: ¡Bienvenidos! De Paolo Luers

20 octubre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Estimados vecinos:
Cuando vi los videos de sus marchas, atravesando a pie Guatemala y El Salvador para llegar a Estados Unidos, tuve que pensar en el éxodo de cientos de miles de venezolanos para Colombia y Brasil.

Me recordé también de las tortuosas marchas nocturnas de centenares de familias campesinas de Morazán, que vi atravesando montes y evadiendo patrullas militares para buscar protección en los campos de refugiados en Honduras, durante la guerra salvadoreña de los 80.

También me volvieron a la mente las escenas de miles de familias sirias que en el 2015 atravesaron a pie toda Europa para llegar a Alemania, porque su país se estaba hundiendo en una guerra interna interminable.

Cuando miles de personas dejan todo atrás y arriesgan su vida y la de sus hijos para emprender semejantes marchas, tienen que haber vivido un infierno y llegado a un grado de desesperación que no les permite quedarse en sus hogares.

Cuando eso pasa, los países vecinos tienen la obligación moral de proteger a los migrantes. Por esto, la orden que Donald Trump mandó a los gobiernos de El Salvador, Guatemala, Honduras y México de detener la marcha de ustedes, es inmoral y nadie le debe hacer caso. Sean cuales sean las amenazas de Trump, nuestros gobiernos tienen más compromisos con los centroamericanos desesperados que con un país rico que se niega a cumplir su obligación moral de acoger a familias que tan obviamente necesitan ayuda. Nuestros gobiernos tienen que albergarlas, nutrirlas, curarlas y transportarlas, así como lo hacemos con desplazados internos por catástrofes naturales. Si es necesario, con apoyo de organismos internacionales.

Yo no sé quienes están organizando sus marchas. No me importa. Hay quienes alegan que detrás de ustedes hay un plan político y propagandístico de Daniel Ortega y Manuel Zelaya. Esto es ridículo. Nadie emprende una marcha tan dura e insegura solo porque algún demagogo los engaña. Solo la desesperación genuina da la fuerza para aguantar lo que ustedes están aguantando en su caravana.

El problema es: Aun si logran llegar a la frontera mexicana, y aunque el gobierno mexicano los deje pasar y les de asistencia, ¿qué va a pasar en la frontera de Estados Unidos? Trump ya ordenó militarizar su frontera para que nadie entre. Lo declaró asunto de seguridad nacional, alegando que entre ustedes están infiltrados terroristas islámicos y pandilleros.

Naciones Unidas y la Organización de Estados Americanos deben movilizarse para buscar, junto a todos los gobiernos involucrados, una solución que garantice la vida y la dignidad de ustedes. De todas formas, lo que hoy está pasando en Venezuela y en Honduras, con miles de familias saliendo de países que no pueden asegurarles la sobrevivencia, mañana va a pasar en Nicaragua. Los gobiernos de la región tienen que tener respuestas a esta crisis. El Salvador debe de dar el ejemplo, ofreciendo albergue a los que aceptarían quedarse en nuestro país.

Ustedes que están avanzando por la orilla de nuestras carreteras, jalando bultos y chineando niños, sepan que están bienvenidos en El Salvador. Así como ustedes en Honduras acogieron a miles de familias salvadoreñas que huyeron de la guerra. 

Saludos,