Ricardo Avelar

Me asustas cuando callas. De Ricardo Avelar

Me asustas, ciudadano, cuando notas cómo actúan los partidos y les sigues defendiendo. Cuando la misma corrupción la denuncias del contrario y la defiendes de tu amigo. Me asustas cuando a pesar de estos vacíos, dejas que la propaganda y el proselitismo partidario te enamore…

14 junio 2018 / El Diario de Hoy

“Me gustas cuando callas”, escribió el chileno Pablo Neruda en el Poema XV de sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. En sus estrofas se respira melancolía, miedo e incomodidad. Y si bien me encantaría contarles con detalles lo que este texto me ha producido desde hace años, no es ese mi objetivo el día de hoy. Con el perdón del prolífico autor, vengo a parafrasearlo, y utilizar sus palabras con otro propósito. Aquí va:

Queridos ARENA y FMLN, me asustan cuando callan porque sus conciencias parecen ausentes y las voces de la ciudadanía las oyen, pero estas no les tocan. Parece que el sentido común se les hubiera volado y las contradicciones les tapan la boca.

Me asustas cuando callan los abusos de derechos humanos, porque si lo avalan, en otro contexto podrían hacer lo mismo. Me asusta que denuncien con fuerza los abusos de los contrarios, pero callen o defiendan los de aquellos que son cercanos.

Querido FMLN, me asustas cuando callas al ver que Daniel Ortega ha encabezado una sistemática represión a quienes protestan las decisiones más polémicas de su gobierno. Me asustas cuando ignoras que el otrora líder de la revolución y opositor de la dinastía de los Somoza se ha convertido en un nuevo caudillo. Me asustas cuando no entiendes el abismo que existe entre su forma de gobernar y los ideales que hace menos de cuarenta años se enarbolaban al derrocar a “Tachito”.

Me gustas cuando no callas, FMLN. Como cuando meses atrás, tus diputados se dieron cita en la embajada hondureña para protestar por los abusos y las pretensiones de concentrar el poder de Juan Orlando Hernández, mandatario del vecino país que de forma atropellada logró un segundo periodo al mando. Ahí se apreció tu ánimo antiautoritario y tu espíritu de lucha. En ese momento, quien calló fue la derecha, que prefirió no condenar a su allegado.

Me asustas cuando callas, ARENA, porque parece que no aprendiste nada del pasado. Que estás anclada en defender selectivamente algunos principios. Me asusta que condenes con vehemencia a Nicolás Maduro pero aceptes que decir “¡fuera JOH!” en Tegucigalpa te pueda costar la libertad o hasta la vida. Me asustas cuando callas, sabiendo que en Honduras han matado y desaparecido a manifestantes y defensores de derechos humanos.

Me asustan ambos cuando respaldan la violencia y hasta ofrecen su apoyo a gobiernos que aunque se dicen de lados opuestos, perdieron de la misma forma el miedo de silenciar a la prensa, de armar a civiles para que vapuleen a sus compatriotas y hasta de matar. Me asustan cuando se evidencian sus lealtades, no a un ideario antiautoritario, sino a un poder sin límites siempre que este sea ejercido por sus amigos.

Me asustas cuando callas, FMLN, cuando por años denunciaste la corrupción de la derecha y ahora que tu primer presidente, Mauricio Funes, aparece salpicado en una compleja trama de presunto desvío de fondos, no haces más que un tibio pronunciamiento. Y no es que el tema lo hayas olvidado, porque cuando de la derecha se trata, lo denuncias con pasión.

Me asusta cuando te pronuncias, ARENA, sobre el caso Funes, y algunos de tus voceros piden separar de su cargo a funcionarios actuales que tienen pendientes investigaciones de presunto enriquecimiento ilícito, porque al mismo tiempo callas sobre algunos de tus líderes que están en las mismas. Y no solo callas, los defiendes, los acuerpas, incluso les premias con una jefatura de fracción.

Me asustas cuando callas, ARENA, cuando se evidencia el truculento manejo de fondos públicos durante tus gobiernos. Me asustas cuando le dices “incapaces” a quienes gobiernan, sabiendo que tu ineptitud en algunos temas le heredó al FMLN un país violento y con pobre crecimiento.

Me asustas cuando callas, joven de ARENA o del FMLN, pues cuestionar a tu dirigencia o los corruptos de tu partido complican tu camino a un cargo público. Me asusta que la rebeldía la hayas sustituido por un silencio cómplice.

Pero más me asustas tú, ciudadano, cuando al ver estas situaciones también callas. Cuando notas cómo actúan los partidos y les sigues defendiendo. Cuando la misma corrupción la denuncias del contrario y la defiendes de tu amigo. Me asustas cuando a pesar de estos vacíos, dejas que la propaganda y el proselitismo partidario te enamoren más que el mismísimo Neruda a Matilde Urrutia, su gran y último amor.

@docAvelar

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El huesped. De Ricardo Avelar

30 mayo 2018 / El Diario de Hoy

Después de unos problemas en casa, se marchó. Casi de puntillas, evitando ser visto y escuchado. Así llegó donde su amigo, quien sin cuestionar sus motivos le abrió las puertas. Así se convirtió en el Huésped.

El Huésped se mudó a un nuevo vecindario. No tan diferente al suyo, pero con algunas peculiaridades.

Con el tiempo, el Huésped fue notando el recelo de sus vecinos y es que en barrios como estos las noticias corren rápido y quienes le rodeaban empezaron a preguntarse por qué, de un día para otro, este personaje había aparecido en sus vidas. Y no apareció silencioso ni sutil. Su entrada se dio con pompa, pues su amigo el Anfitrión le ofreció todas las facilidades posibles y se aseguró que el respaldo a la presencia del nuevo elemento se notara. No había necesidad de esparcir rumores. El vecindario completo sabía casi a ciencia cierta de dónde venía el Huésped y por qué se mudó.

Pese a que el barrio miraba con molestia al nuevo inquilino y algunos de los locales le cuestionaban su presencia si lo cruzaban en el supermercado o sus constantes viajes al autolavado, tenían otros problemas que afrontar y es que este nuevo vecindario vivió siempre una tensa calma.

Una de las razones que despertó las sospechas y el recelo de los vecinos fue, precisamente, que el Anfitrión del Huésped era el líder de la directiva de este barrio. Como tal, tenía el poder de tomar decisiones que afectaban a todos y en la mayoría de ocasiones, poco le importaba lo que quisieran sus pares. Se rumoraba que había hecho trampas con el dinero de los condóminos para agrandar su riqueza. Contrató un aparato de guardias que vigilaba constantemente a los vecinos y disuadía cualquier crítica a su gestión al frente del barrio. Acosaba a los vecindarios aledaños, tenía tratos oscuros con otras comunas más lejanas cuyos liderazgos eran cuestionables y en una ocasión mandó a redecorar los parques de su localidad con unos armatostes horrendos que simulaban ser árboles. Y es que además de principios cuestionables, el anfitrión tenía mal gusto. Ante todo esto, por cierto, el Huésped guardó silencio porque no se muerde la mano que te da asil… residencia temporal, perdón.

Un día, el vaso de la paciencia de los vecinos se derramó. Desde hacía tiempo, los miembros de esta localidad ahorraban parte de sus ingresos en un esquema controlado por la Directiva. Y cuando esta última quiso hacer cambios, el descontento se hizo notar rápidamente. Los condóminos rápidamente demandaron cambios del líder de esta directiva y este, lejos de escuchar, hizo que sus guardias silenciaran las protestas.

Cuando los más jóvenes del vecindario salieron a quejarse pues les estaban robando el prospecto de un futuro digno, se encontraron con fuerza bruta. Aquellos que se dedicaban a llevar las noticias de lo que sucedía a todos los rincones del barrio también fueron reprimidos. La lista de amigos del líder empezó a derrumbarse, a medida se evidenciaban sus prácticas poco transparentes y la barbarie de su mandato. Y un día, hasta tumbaron los armatostes horribles con los que había decorado los parques.

En medio del caos, hubo alguien que inicialmente guardó silencio y luego, cínicamente, salió en defensa de la descarada directiva: el Huésped. Y es que el Huésped no es tonto. Sabe que el regreso a su antiguo barrio lo pone en riesgo. Sabe que la gente sabe muchas cosas. Sabe, también, que permanecer donde cómodamente le hospedan requiere complicidad y defensa, requiere hacer apologías cínicas de cosas que antes, cuando más joven, solía criticar.

El Huésped confirma con su defensa a la directiva que ni aquí ni allá fue un tipo confiable. Por lo contrario, deja entrever el tipo de amigos de los que se rodea. Amigos sin escrúpulos, que odian ser cuestionados, que no titubean antes de callar a quienes les hacen preguntas, que no sienten pena por reprimir.

Y no, no se espera que el Huésped cambie. Por el contrario, seguirá defendiendo a su Anfitrión. El problema es que el Anfitrión ya no puede garantizar su pertenencia, pues el barrio ha despertado y muchos lo quieren fuera. Y sin él al mando, el Huésped está en riesgo de volver a casa, donde algunos le esperan ansioso (para llevarlo a la justicia).

@docAvelar

¿Democracia mediocre? De Ricardo Avelar

16 mayo 2018 / El Diario de Hoy

El proceso de elecciones internas de ARENA ha sido uno de los más democráticos que el país ha visto. Voto secreto, un padrón más o menos estructurado, cuasi debates para conocer las posturas de los precandidatos y un amplio escrutinio de la sociedad civil son algunos de los factores que permiten reconocerle al partido tricolor un paso en la dirección correcta.

Sin embargo, tras una inspección más cuidadosa, estas internas dejan también mucho que desear. Numerosos informes dan cuenta de favoritismos de las estructuras hacia uno u otro precandidato y en cada visita, mitin o evento, estos aspirantes se hacían acompañar por algunos cuestionables personajes de la política nacional.

“Líderes” con procesos abiertos en la Sección de Probidad, alcaldes que han transformado sus municipios en cuestionables feudos, personajes que han llegado armados a la Asamblea Legislativa, entre otros, son algunas de las figuras que manchan este intento de poner en manos ciudadanas más poder de elección.

El proceso más limpio y democrático es, a su vez, un tanto opaco y con grandes fallas. Ahí reside uno de los grandes problemas de la política salvadoreña: tenemos pobres estándares y nos conformamos con poco. Corregir eso es un balón en la cancha de la ciudadanía.

Si tomáramos más en serio nuestro rol de ciudadanos como fiscalizadores del poder, quizá el proceso de internas de ARENA sería propio de alguno de los partidos minoritarios y periféricos, de esos que no tendrían mucho que presumir. Y a los partidos fuertes y establecidos la gente les exigiría procesos verdaderamente limpios.

Cualquier precandidato que se rodee de personajes cuestionables se vería automáticamente como alguien que los valida y eso le haría ganarse el repudio del ciudadano harto de que sus impuestos se destinen a una piñata de favores y beneficios. Un foro de eslóganes sería visto como un evento inspiracional pero de poca utilidad. Si de verdad hubiese debate, se esperaría que quien modere el espacio haga preguntas incómodas para medir posturas, temple y credenciales democráticas de diálogo.

En un respetable proceso de primarias, los medios de comunicación competirían por ganar el respeto de las audiencias dando seguimiento cercano a cada promesa, evaluando su factibilidad y los costos de cada una. Habría equipos dedicados a verificación de datos y a identificar inconsistencias y ningún precandidato podría aspirar a una cobertura tipo farándula, cuando aspira a tan importante cargo como la presidencia de la República.

Pero ese no es el país en el que vivimos. En el nuestro, el pináculo de la democracia interna todavía deja dudas, pero no por ello lo debemos despreciar. Debe servir como un mínimo no negociable para cualquier partido que pretenda acceder al poder. Afortunadamente, estamos a tiempo de ver qué hará el resto de institutos políticos de cara a 2019. Dentro del FMLN se está viendo un interesante proceso donde los Martínez (Hugo y Gerson) parecen estar desligándose de los dedazos y dan una ligera idea de que el militante tiene una opción más allá de los designios de la poderosa Comisión Política. En el resto de partidos preliminarmente interesados, no se ve mayor cosa que llame la atención.

Traigo al resto de competidores a colación porque un sistema de partidos no funciona tan diferente a un mercado de bienes o servicios. Entre más competencia haya, se espera que los servicios mejoren y que sea el cliente (o el votante) el gran ganador del proceso. Esto depende de que haya reglas e incentivos claros, pero también de que el último afectado esté listo a exigir decencia o a dejar de consumir una opción.

Si el limitado proceso de ARENA es el mejor, esto habla de la mediocridad en la ejecución de nuestro sistema de partidos. Aquí hay una oportunidad de oro para exigirle a cada bandera que quiera aspirar a cargos públicos que supere a su contrincante, que muestre debates más incisivos, que depure a sus miembros más cuestionables, que sea más transparente en sus registros, que no siga a líderes mesiánicos, entre otras cosas.

Nuestro sistema de partidos llega a ser lamentable, pero se puede rescatar. Todo depende de que sepamos exigir y con base en resultados, premiar o castigar. Solo este dinamismo nos podrá acercar a una democracia real y funcional. Moverse es importante, es primordial. De no hacerlo, como dice el cantautor uruguayo Jorge Drexler, “lo mismo con las canciones, los pájaros, los alfabetos: si quieres que algo se muera, déjalo quieto”.

@docAvelar

El exalcalde capitalino. De Ricardo Avelar

1 mayo 2018 / El Diario de Hoy

El legado del ahora exalcalde capitalino es confuso. Por un lado, hay obras significativas.

Se han revitalizado puntos de la ciudad y ha generado nuevas oportunidades de negocios, empleos y espacios de convivencia. Esto es urgente en una sociedad violenta y desconfiada del vecino. Además, se redescubren y embellecen joyas arquitectónicas del pasado. Esto le ha generado popularidad y fama.

Sin embargo, es en su forma de hacer política donde se golpea su legado. El exalcalde entendió que la institucionalidad es lenta y genera frustraciones a quienes tienen necesidades apremiantes. Para legitimar su mandato, forjó su liderazgo en torno a un solo proyecto: el suyo. Sus acciones siempre fueron encaminadas a reforzar su propia imagen y cuando una institución le dio problemas, lejos de llamar a su mejora, invitó a tomársela y la descalificó.

Ahí es donde reside el peligro del exalcalde. Pese a su efectividad en transformar sectores de la ciudad y su capacidad de posicionar sus mensajes, mostró pobres credenciales democráticas. Cuando se vio enfrentado a la justicia, despotricó contra esta y pretendió ganar una batalla política en lugar de someterse ordenadamente al procedimiento.

Su sello ha sido la matonería política, con mayor elegancia y decoro, pues ha sido más astuto. Pero su vinculación con la prensa fue problemática, a menos que esta le dedicara coberturas indulgentes. Su trato con la oposición no fue de construir puentes, sino de minimizarlos y en el camino se rodeó de personajes altamente cuestionables.

Su ascenso es comprensible en un país sin mayores avances por lo ingrata que es la política partidaria. Pero sus actitudes poco institucionales, revestidas de un estilo nuevo y agraciado, son igual de peligrosas que las tribulaciones que nuestras democracias han vivido en el pasado.

Y cuando hablo del exalcalde, hablo de dos personas distintas, con características comunes, pero en momentos opuestos de sus carreras. El viernes 27 de abril, el edil de la Ciudad de Guatemala, Álvaro Arzú, falleció tras un fulminante infarto. Además de sus cincoperiodos al frente de la comuna, fue presidente de la República y quizá el político de más peso en los últimos años. Su sello está presente en la capital chapina y las cuadrillas verde-neón mantienen vistosos los jardines de una ciudad cuyos problemas de fondo no han terminado de resolverse.

Por otra parte, este 1 de mayo Nayib Bukele termina su periodo al frente de la Alcaldía de San Salvador. En estos tres años, su proyecto principal fue el rescate del centro histórico y deja tras de sí plazas que han recuperado su elegancia, una oportunidad para nuevos negocios y opciones para turistas y locales que pueden recobrar el orgullo de pasear por los rincones más antiguos de la capital.

Pero San Salvador está lejos de encontrar soluciones a sus problemas complejos, tanto como la Ciudad de Guatemala. A la hora de enfrentar cuestionamientos al respecto, ambos
alcaldes recurrieron a tácticas de descalificación en lugar de afrontar críticas legítimas y lejos de sumar voces críticas, se rodearon de aplaudidores y leales defensores.

Arzú desperdició una oportunidad de transformar su liderazgo en un catalizador de nuevas voces. Ser el “presidente de la paz” (tras haber firmado el fin del conflicto armado en 1996) no se transformó en una figura de reconciliación y diálogo. Bukele se encuentra en el otro extremo. Tras su corta carrera como alcalde, está a las puertas de conformar su partido y buscar la presidencia. Sin embargo, su motivación parece ser personalista y no institucional.

Su movimiento “Nuevas Ideas” se respalda por la ejecución de proyectos interesantes, pero es difícil encontrar principios que den sentido a esta iniciativa.

Bukele está a tiempo de construir un legado diferente, pero no sé si lo hará. Debería reflexionar brevemente sobre el legado de Arzú, imaginarse el fin de su carrera política y preguntarse cómo será recordado y qué beneficio le trajo su carrera política a la capital y alpaís. Si piensa recapacitar en su vocación democrática y abandona su vanidad, es bienvenido a aportar a la arena política nacional. Si por el contrario replicará la megalomanía de Arzú (algo que ya hace de cierta forma), mejor que aprenda de los asistentes de los casinos y se retire a tiempo, cuando todavía le queda algo de prestigio.

“Clases de democracia”. De Ricardo Avelar

19 abril 2018 / El Diario de Hoy

El 6 de enero de este año, en medio de la campaña para las legislativas y municipales, un joven candidato a diputación por el partido ARENA afirmó que había recibido presiones de líderes de su partido por algunas posturas críticas. Sin embargo, no reveló quiénes habían sido estas personas.

Desde que hizo pública esta denuncia, por diferentes vías se le pidió aclarar la identidad de estas personas. No lo hizo. Y el 9 de enero, en este mismo medio publiqué una columna en la que exponía cómo no basta con ser (y mercadearse como) joven, si no estás dispuesto a cambiar algunas prácticas de la política tradicional en El Salvador.

En concreto, si vas a hacer acusaciones, promesas o discursos al aire, pero no estás dispuesto a encarar preguntas de la ciudadanía, no estás mostrando algo diferente. Y ese fue el tema central de mi columna. Invitarle a que aclarara, precisara y acaso mostrara una correspondencia entre el mercadeo de su “frescura política” y su ejecución. Y tampoco lo hizo. Y tras los comicios, no resultó electo, aunque no me consta que sea a raíz de no haberse distanciado de “lo de siempre”.

Pues bien, esas elecciones son historia y estamos a las puertas de que se instale una nueva legislatura. Y como es usual, junto a una nueva conformación de diputados se acerca también la negociación sobre la próxima Junta Directiva de la Asamblea Legislativa, una estructura codiciada por los partidos por sus beneficios tanto en dinero y especies como por su poder político y administrativo.

Esta directiva lleva varios periodos de tener una cuestionada legitimidad. Primero, pues la presidencia parece haberse convertido en un incentivo para mantener partidos “bisagras” leales al oficialismo. Segundo, porque se aprueban bonos, regalos y hasta onerosas fiestas en tiempos de vacas flacas en las finanzas públicas. Y además porque desde ahí se puede tener en las sombras las contrataciones de activistas, amigos y familiares que engrosan las filas de las bancadas y el personal administrativo.

Por ello, 2018 es una oportunidad de oro para que los diputados demuestren actitudes diferentes. Para que se comprometan con transparencia y uso racional de los fondos. Para que admitan públicamente que las elecciones del 4 de marzo fueron un mensaje de que la población se está hartando de las prácticas corruptas y opacas de siempre. Pero parece que no lo están haciendo.

El 7 de abril de este año, uno de los diputados más votados, René Portillo Cuadra, reaccionó a un tuit del periodista y columnista de este medio, Paolo Lüers. Ante una invitación de Lüers a reducir el número de directivos (actualmente 14), el legislador tricolor contestó: “Es importante reducir el número de directivos, pero más importante es suprimir los beneficios”.

¡He ahí un compromiso! O al menos eso podría pensar uno. En vista de que Portillo Cuadra sentó las bases para una promesa más o menos concreta (reducción de beneficios), decidí lanzarle una pregunta en esa red social: “¿Está dispuesto a comprometerse públicamente con ambos (reducción de directivos y de beneficios)? Y si es así, ¿votaría en contra de un protocolo de entendimiento que no incluya ni reducción de directivos ni beneficios, aun si su partido lo respalda?”.

Con esto, pretendía que el diputado ampliara (como lo hice en enero con Abraham Soto) y que a la población le quede más clara su postura. Esperé una respuesta concreta de su parte, pero esta no llegó. Y bueno, tampoco puedo asumir que soy el tuitero más viral y quizá mi cuestionamiento se perdió entre otros tantos mensajes que el diputado recibe, por lo que aprovecho este espacio para lanzarle nuevamente la pregunta: ¿Se compromete a una reducción de directivos y beneficios? ¿Votaría diferente a su partido si este no asume estas reducciones? ¿Lo denunciaría públicamente?

Hace pocos días, el precandidato presidencial Javier Simán aseguró que ARENA está dando “clases de democracia” al resto de partidos en su proceso interno. Maticemos: puede que sean el partido con la mayor apertura para designar a su candidato, pero si sus líderes y diputados no encaran a la población, servirán de muy poco estas clases.

El balón está en su cancha, diputado Portillo Cuadra. ¿Responderá?

@docAvelar

Arriesgado pero valiente ejercicio. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar, 4 abril 2018 / El Diario de Hoy

El pasado 12 de marzo, la revista National Geographic sorprendió a sus lectores con un impactante e introspectivo texto. La pluma de su editora en jefe, Susan Goldberg, firmó un artículo titulado “Por décadas, nuestra cobertura fue racista. Para superar nuestro pasado, debemos reconocerlo”.

Que un medio tan prestigioso admita que hubo racismo en sus páginas es una apuesta riesgosa, especialmente en momentos en que hay más sensibilidad sobre cómo se fracturan las sociedades gracias a la idea de que un grupo de personas es superior a otro. Aun así, optaron por hacerlo.

Para este ejercicio, la revista se apoyó en John Edwin Mason, profesor de Historia de la fotografía e Historia africana en la Universidad de Virginia. El académico resaltó cómo la revista posicionó clichés de poblaciones en lugares “remotos” como África Subsahariana o el Pacífico Sur. A estas las mostraban como poco civilizadas o asustadas por la tecnología, acaso como salvajes. Al mismo tiempo, añadió Mason, las minorías dentro de los Estados Unidos permanecían invisibilizadas por la revista.

A los ojos de este académico, enfocarse en lo exótico silencia los problemas de exclusión y desigualdad. Las décadas de represión y lucha contra esta, de dominio colonial y de saqueo parecieron no existir en una revista que fue para miles su ventana al mundo. Lastimosamente, este mundo quizá permanecerá injustamente idealizado.

Tanto Mason como Goldberg lamentan que la revista no haya utilizado su influencia para educar al público y que, en cambio, haya optado por fortalecer estos estereotipos. Corregir este pasado, añade la editora, significa encararlo.

Este duro pero honesto ejercicio hecho por National Geographic debería marcar la pauta para todos los que nos dedicamos al periodismo y la opinión. Nuestra responsabilidad es enorme, pues de nuestro trabajo depende que el ciudadano salga, día con día, con un panorama más claro del país en que vive.

Para iluminar el futuro de nuestro trabajo es importante que en algún momento emulemos el ejercicio realizado por National Geographic, ya sea como introspección o con publicidad máxima. ¿Estamos orgullosos de todo lo que hemos firmado? ¿De todas las coberturas que hemos aprobado? Y cuando nos equivocamos, ¿fue realmente un error o sabíamos lo que hacíamos? Es importante hacernos estas preguntas.

En la historia de todo medio hay coberturas estelares que permanecerán en los anales de la historia, momentos en los que una línea de investigación reveló un grave escándalo de corrupción, una crisis humanitaria o profundos abusos de poder. Estas historias adornan las paredes de las salas de redacción y marcan la pauta para el trabajo por venir.

Pero hay otro lado de la historia. El de esas notas que sirvieron para prolongar estereotipos, que no hicieron, sino abonar a simplistas dicotomías ideológicas o ayudaron a derribar puentes de diálogo en momentos en que el entendimiento era esencial. Es importante comprometerse a no repetir ese pasado.

Como sociedades, estamos llegando a momentos de grandes oportunidades y grandes riesgos. Las nuevas tecnologías dan acceso a nuevas voces y enfoques, democratizan el conocimiento y permiten establecer un diálogo con los generadores de opinión. Pero también son vehículos para posicionar mentiras, y hay astutos líderes que están aprovechándose del miedo y la ansiedad para hacerse con el poder y abusar del mismo. Y para hacerlo, repiten un mismo guión: el de atacar a la prensa, que ha sido históricamente un valladar contra la corrupción y el poder concentrado. Y luego, posicionan “su verdad”.

Por tanto, nuestro trabajo es más importante que nunca y no solo depende de nuestra técnica periodística y estrategia editorial, sino de la credibilidad. Superar errores del pasado es clave para nuestro futuro. Veamos hacia atrás para comprometernos con las historias que más nos enorgullecen y repudiar los momentos en que fuimos cómplices de narrativas simplistas. Hagámosle frente a nuestros errores pero entendamos por qué los cometimos y alejémonos de tales motivaciones.

En adelante, no más “entrevistas fáciles” o mero posicionamiento farandulesco de políticos. Tampoco ataques injustificados a bandos que nos simpatizan menos. Periodismo honesto, incisivo y edificante. “La democracia muere en la oscuridad”, reza el eslogan del Washington Post. Estamos llamados a proveer luz y claridad. ¿Lo haremos responsablemente?

@docAvelar

La ideología sobre el mérito. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar, 21 marzo 2018 / El Diario de Hoy

¿Es posible comparar a dos ejércitos que existieron en momentos diferentes de la historia y determinar cuál es el más capaz? Recientemente, el historiador y periodista Dan Carlin se dio a esa tarea. En octubre de 2017, el autor del popular podcast Hardcore History lanzó a su audiencia la pregunta sobre qué armada es mejor: la Imperial de la Alemania de la Primera Guerra Mundial, o la de la Alemania Nazi.

Antes de iniciar su argumentación, el autor reconoce que esta comparación resulta un tanto injusta, pues desde el siglo XIX la tecnología militar se convirtió en un factor tan importante como la destreza y el liderazgo en el terreno. Por tanto, una diferencia tecnológica de más de dos décadas entre ambos resulta abismal.

Habiendo descartado este punto, Carlin inicia su contraste. Su primer punto es que ambas armadas probaron ser excepcionalmente fuertes en combate, mostrando disciplina, obediencia, eficiencia táctica y coordinación entre diferentes ramas. Estas características, indica, han sido utilizadas para describir ejércitos alemanes desde los tiempos de Federico el Grande, en la segunda mitad del siglo XVIII. Sin embargo, Carlin traza la gran diferencia en el balance entre mérito e ideología.

Cuenta el historiador que si bien la Alemania Imperial estaba cargada de nepotismo y muchos combatientes gozaban de títulos nobiliarios, las decisiones las tomaban genios militares de larga data. De tal manera que pudieron sobrevivir más de cuatro años de combate en dos frentes significativos y hasta el final, una posible victoria no se podía descartar.

En la Alemania Nazi, por el contrario, muchos cargos se delegaron por afinidad política y no mérito o competencia. “Una vez que la ideología sobrepasa al mérito y la experiencia técnica (…) se empieza a ver el impacto de gente incompetente en el sistema”, añade. Según Carlin, una de las razones de la derrota de la Wehrmacht no residió en su capacidad, sino en el liderazgo que tomó algunas decisiones con parámetros políticos, no estratégicos.

¿Por qué traigo este punto a colación? Más allá de ser un ejercicio interesantísimo de comparación histórica y una agradable hora de divagación, hay lecciones importantes en las palabras del autor de este podcast. Y es que, según él, el triunfo de la ideología sobre el mérito es el inicio de la degradación de cualquier sistema.

Hace unos días, el presidente Sánchez Cerén nos dio una probadita del fenómeno que identifica Dan Carlin. Ante una debacle electoral significativa del partido oficial, el mandatario anunció cambios en el gabinete, los cuales generaron esperanza en la población que quiere ver soluciones a sus problemas más apremiantes: inseguridad y falta de prosperidad.

Dos semanas después de su anuncio inicial, cuando hizo públicas las modificaciones, éstas sonaron mucho al Gatopardo de Lampedusa: cambiar para que todo siga igual. Lejos de repensar grandes líneas estratégicas y refrescar las instituciones con nuevos liderazgos, propuso un mero reciclaje de funcionarios.

Y no sé si podíamos esperar algo diferente. Por décadas, las líneas entre funcionarios de partido y funcionarios de gobierno han sido muy difusas. Por ello, muchos tomadores de decisiones ascienden a sus cargos por lealtad, cercanía ideológica y adulación, y no por notoria competencia.

Hay en el país profesionales de altísima calidad en todas las ramas y además, gente cuya probidad y ética es digna de la mayor admiración. Y muchos de ellos laboran en el servicio público. Sin embargo, si estos responden a activistas partidarios o sobalevas, poco impacto podrán tener.

Este triunfo de la ideología sobre el mérito es el principal enemigo del desarrollo y ha estado presente en todas las administraciones. Mientras no superemos esto, podemos aspirar a un par de golpes de suerte en políticas públicas, mas no a solucionar de forma sostenible los grandes retos del país. Por eso, de cara a 2019, no solo pensemos a quién queremos de presidente. Esto resultará irrelevante si lo que cambia solo es el apellido del gobernante, mas no la práctica de poner sus amiguitos —aun si son incompetentes— a cargo de decisiones fundamentales.

De toda esta historia, tristemente la gran ganadora fue la estabilidad laboral de gente que no dio resultados.

@docAvelar