Ricardo Avelar

“Si no se renueva, ARENA puede perder toda su credibilidad”: Juan Valiente

El diputado advierte que más allá de los discursos, si la ciudadanía no ve cambios en las posturas éticas y manejo de los recursos en el partido tricolor, le dará la espalda en 2018 y en 2019.

Juan Valiente

Juan Valiente, diputado de la fracción de ARENA. Foto EDH por Mauricio Cáceres

Entrevista a Juan Valiente, de Ricardo Avelar, 15 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

El 3 de julio, los diputados Johnny Wright y Juan Valiente desistieron de su precandidatura para la reelección legislativa por el partido ARENA.

En su momento, denunciaron arbitrariedades y favoritismos en las internas tricolores. Meses después, Wright ha planteado la posibilidad de buscar una nueva plataforma para incidencia política, pero Valiente ha optado por permanecer en las filas areneras.

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En una conversación con El Diario de Hoy, este último confirmó esta decisión, pero matizó que se queda para impulsar algunos cambios necesarios en la ética y el uso racional de fondos públicos.

Si ARENA no avanza en ese sentido, advierte, perderá la credibilidad y demostrará que su discurso fue una “fantasía democrática”. Esto fue lo que dijo a este medio:

¿A qué responde este planteamiento de racionalidad?

Yo no continué en el proceso de internas porque percibía que no estaba claro el compromiso del partido con eliminar las prácticas indebidas en el uso de recursos públicos y promover genuinos cambios.

Ser candidato hubiera generado conflicto con los demás, pero no tener interés en las próximas elecciones me permite mantener viva la agenda que dije en campaña y a mi ingreso a la política.

¿Por qué sale del proceso y se queda en el partido?

Creo que los partidos son fundamentales para el adecuado funcionamiento de la democracia participativa y tengo particular esperanza de que el partido pueda transformarse y ser parte de una mejor clase política en el país. Un poco en la línea de lo que dijera un famoso líder de la izquierda democrática de ES: después del militarismo es la partidocracia un gran problema en el fortalecimiento de la democracia y la institucionalidad.

¿Se ha corregido algo de lo que criticó al renunciar de la candidatura?

No ha cambiado nada. Siguen siendo los mismos planteamientos y un discurso fundamentado en las pasiones políticas y en avivar a los ya convencidos y no se han dado cuenta que más allá de los colores y la marcha hay que convencer a una mayoría de ciudadanos alienados con la política y los partidos políticos.

¿Es ARENA un partido poco transparente?

La falta de ética se mantiene, especialmente en la Asamblea y ese no es un pecado del cual solo ARENA es culpable. Hay partidos que hacen peor uso de los recursos que ARENA, sin embargo si no logramos dar el ejemplo no podemos estar tratando de fundamentar una campaña de diferenciación.

¿Es más grave si son el partido que presiona al gobierno por uso de recursos?

Por supuesto. Tenemos el riesgo de perder toda credibilidad por esa falta de congruencia entre el discurso y la práctica política; los salvadoreños nos siguen castigando y no confían en nosotros y nuestra transformación.

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Eso explica por qué se ha deteriorado la preferencia política de ARENA y los partidos en los últimos meses. Los ciudadanos a pesar de nuestro discurso no nos creen porque el discurso no ha sido acompañado de acciones adecuadas.

Y las voces que piden ética, ¿cómo se reciben dentro?

Pedir comportamiento ético creo que es una presencia incómoda, pero a mi juicio es compartida en amplios sectores del partido. Los que ciertamente no están a la altura son los miembros de la dirigencia. Tenemos que promover que sea desde la alta dirigencia que esta agenda y de racionalidad prive, que haya enfoques técnicos y no puramente ideológicos. La alta dirigencia debe hacer el cambio.

Tienes por ejemplo el tema de la planilla de empleados de la Asamblea Legislativa. Los diputados aunque no con nuestros votos aprobaron un presupuesto cercano a los $60 millones, de los cuales cerca de $33 millones son únicamente para remuneraciones. De ese monto, 14 millones van a la planilla institucional y cerca de 20 a la planilla política. Es inaceptable que no podamos promover una agenda de ahorro para asegurar que los recursos se usen para personal de apoyo técnico y no para activistas políticos.

¿ARENA ofrece una reducción unilateral de su planilla?

No públicamente. De hecho, el año pasado presentamos con Mauricio Vargas y David Reyes la Ley Especial de Ahorro y Austeridad y tocaba esos temas en todas las instituciones del Estado. No tocamos el tema de personal, sin embargo hice llegar a la fracción de ARENA propuestas de cómo manejar el tema del personal y es una propuesta que presentaré en el futuro cercano porque hay espacio para ahorrar unos $10 millones solo en personal en los partidos.

¿Cómo es su relación con la dirigencia en estos temas?

Algunos creen que es suficiente dar la apariencia de avance en temas éticos para convencer a los ciudadanos en lugar de dar cambios de fondo, necesarios y correctos. Los ciudadanos están demostrando que ya no se les puede engañar tan fácil. Por eso es que a pesar del discurso renovador que hemos tenido y de la participación de personas como Johnny Wright o tu servidor, ya no se creen que ARENA está renovado y transformado.

¿Prefiere ARENA la lealtad aun con faltas de ética que integridad que es crítica?

Son de las contradicciones que genera la dinámica del cambio, que al promover que el partido sea inclusivo, los liderazgos juveniles en lugar de ser recibido con la puerta abierta sean purgados, como Aída Betancourt. Es lamentable y refleja que en lugar de consolidarse en el partido la fuerza que lo renovaba y lo volvía moderno, abierto y democrático, se estaba convirtiendo en uno conservador, cerrado que no permite la transición hacia el partido que necesita el país.

En la Asamblea General el mensaje de la dirigencia fue que no es momento de criticar, sino de motivar y “ARENA a una sola voz”.

Algunos no estamos dispuestos a acomodar nuestra voz a ocultar la corrupción y por eso necesitamos un partido que genuinamente se transforme y genere decisiones en el sentido correcto.

¿Cuánto tiempo está dispuesto a dar esta lucha si no ve avances?

Tenemos un espacio en los próximos 18 meses para dar esta batalla. Es necesario delinear el tipo de gobierno municipal, nacional y la gestión legislativa que podríamos construir con gente comprometida con hacer las cosas a la luz de la ética y racionalidad.

¿Se puede hacer estos cambios en época electoral?

Las dirigencias deben entender que las campañas en estos días ya no son únicamente publicitarias, sino que deben tener contenido más allá de la marcha y deben ofrecer soluciones verdaderas pero estas se construyen sobre cambio interno y no podemos ofrecer austeridad si no tenemos prácticas austeras en gestiones públicas que lideramos.

¿Quiénes ganan más espacio en ARENA, los renovadores o los más conservadores?

De los partidos políticos más importantes del país en términos de reconocimiento ciudadano, uno ni siquiera juega a la democracia, trabaja de forma centralizada y dice “estos son los candidatos electos por el comando central” y los afiliados ratifican.

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ARENA juega a una fantasía de democracia pero afectando arbitrariamente las planillas y con un nivel importante de manipulación del padrón que permite que permanezcan los candidatos que la dirigencia quiere y no los que los ciudadanos quieren promover.

A 6 meses de elecciones, ¿están a tiempo de hacer cambios?

Solo si la alternativa es liderada por candidatos y precandidatos. Hay un espacio donde estos pueden ayudar a buscar transformaciones políticas que internamente en los partidos han sido difíciles.

En esto, ¿qué rol han jugado los precandidatos presidenciales?

Con diferentes estrategias pero dándose a conocer, dentro del partido y fuera. Carlos Calleja y Javier Simán tienen más tiempo y recursos para hacerlo pero todavía, a mi juicio, no se les ha obligado a tomar posiciones políticas sobre ciertos temas y es lo que quiero hacer en las próximas semanas. De hecho ya me he reunido con casi todos los precandidatos para presentarles esta iniciativa y espero que todos acompañen eso.

¿Ve falta de contenido en precampaña?

El énfasis está en lo desastroso que es el gobierno, pero mi preocupación es que la única manera de convertirnos en un partido que cuente con un amplio reconocimiento ciudadano pasa por reconstruir la confianza y esta solo se reconstruye si logramos acompañar con acciones nuestro discurso y ganar credibilidad.

Cuando salió de la candidatura afirmó que el juego no estaba siendo limpio…

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Es que los compromisos con lo ético eran, cuando menos, mediocres. Para un periodo legislativo podía argumentar que no conocía la podredumbre de la Asamblea, pero después del primer periodo no podía ser sino cómplice si seguía dentro sin cambiar nada.

¿Hay juego limpio en la precampaña presidencial?

Es un reto que tenemos, garantizar que esta elección interna vaya mejorando. Estamos a la espera de los reglamentos que debe aprobar la Comisión Política, de elecciones, afiliaciones y el reglamento del tribunal de primera instancia porque tampoco está a la altura del momento.

Si estos vicios no se corrigen en estos 18 meses, ¿cómo llega ARENA a 2019?

Con pocas posibilidades de ganar. Aún hay personas dentro del partido que no entienden que la fortaleza de la democracia está en actuar con transparencia, con base en la institucionalidad y en la ética. Si no actuamos así, pagaremos un precio altísimo y difícilmente aumentaremos el número de diputados, y probablemente no podamos ganar la presidencia.

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“Furor del hot”. De Ricardo Avelar

¡Hagamos preguntas difíciles! ¡Incomodemos a los candidatos! ¡Cuestionemos cualquier punto que parezca no tener sentido y contrastemos los discursos con la realidad!

ric avelarRicardo Avelar, 13 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Hace pocas semanas, un medio de comunicación local publicó sobre la actividad de un precandidato presidencial en una playa cercana. El titular del artículo desafortunadamente hacía referencia a que el personaje en cuestión generó “furor del hot”.

EDH logSin ánimo de hacer más leña del árbol caído (pues la peculiar nota y su tristemente célebre titular ya recibieron fuertes críticas), es propio reflexionar sobre el rol que los medios de comunicación estamos jugando en esta campaña electoral, de cara a las legislativas y municipales de 2018 y de cara a las presidenciales del año siguiente, y preguntarnos qué tratamiento deberíamos dar a los candidatos, a sus mensajes y a los partidos políticos en esta ajetreada etapa.

La campaña ya está en todo su furor. Ya están los aspirantes a diferentes cargos públicos repartiendo dulces, abrazos, discursos y promesas por cada lugar al que visitan. Y en cada una de sus apariciones buscan asegurar algún espacio en las páginas de los periódicos o tiempo de aire en radio y televisión.

Creo que mal haríamos como medios, periodistas y editores, si limitamos nuestra cobertura a un simple recuento de apariciones públicas, únicamente describiendo los hechos sin ahondar al menos un poco en su significado y su posible impacto, o sin aprovechar para hacer preguntas de peso a quienes buscan los votos.

También considero que una responsabilidad de la prensa, además de contar qué pasó, es traer luz sobre temas opacos. A veces esto se manifiesta en investigaciones que descubren escándalos en el erario y a veces en explicarle a las audiencias los rincones menos conocidos del poder. Ayudar a ilustrar las dinámicas internas de los partidos políticos, sus posibles pugnas por el poder, alianzas y financistas debería ser una aspiración prioritaria, especialmente en época de campaña, pues ayuda a predecir cómo se comportará alguien si accede al poder.

No debemos dejar que el “furor del hot” de la campaña electoral, la urgencia que provoca la elevada cantidad de eventos y el ruido proselitista nos atormenten e impidan ver nuestra misión principal, que no es sugerirle a las audiencias una u otra opción en particular, sino presentar con sentido crítico –pero sin malas intenciones– las propuestas de todos los aspirantes, sin privilegio a banderas partidarias y con total transparencia.

Hacerlo no solo beneficia a nuestros consumidores, que están más empoderados e informados y eventualmente podrán tomar una mejor decisión si eligen acudir a las urnas. También beneficia la credibilidad y el prestigio de nuestras marcas. Además, equivale a apropiarnos de nuestro papel en una democracia: el fiscalizar las políticas públicas y la oferta de estas.

Humildemente sugiero que repensemos qué papel queremos jugar y nos distanciemos de una cobertura simplista, meramente fáctica y hasta panfletaria o “farandulesca” en ocasiones. ¡Hagamos preguntas difíciles! ¡Incomodemos a los candidatos! ¡Cuestionemos cualquier punto que parezca no tener sentido y contrastemos los discursos con la realidad!

El periodista no está llamado a hacer amigos dentro de la política, sino a ser un muro de contención del entusiasmo basado en lo irreal. Si no jugamos nuestro rol, desprotegemos a las audiencias y dejamos vulnerables a nuestros medios. Bastará un clic para que un lector inconforme encuentre un análisis más sesudo en otro sitio y al perder la credibilidad, pasaremos de un “furor del hot” a un tibio desprecio. Y sí, nos lo habremos ganado.

Finalmente, estimados candidatos, no esperen benevolencia ni excesiva indulgencia en la prensa. Fiscalizar su cobertura, cuidar qué se publica y pretender decirle a un medio por dónde orientar sus notas o cada cuánto revela una pobreza de mensaje y una conducta levemente antidemocrática.

Advierto todo esto con el fin de tener un 2018 y un 2019 menos dolorosos e insoportables. Y si se puede, más dignos.

@docAvelar

La Afrodita tricolor. De Ricardo Avelar

Los discursos de juventud, renovación y cambio enamoran, como la estatua de Afrodita, pero al acercarse nos encontramos con una pantomima vacía de contenido, más preocupada del eslogan que de un verdadero cambio.

ricardo avelar

Ricardo Avelar, 19 julio 2017 / EDH

Cuando Alfie era un estudiante de secundaria, fue con su escuela a un importante museo de Londres. Ahí, el jovencito se encontró con la estatua de Afrodita, la cual admiró con asombro.

Esa diosa en mármol robó su atención. En sus palabras, era hermosa, una figura perfecta, con rasgos bien esculpidos.

EDH logNo fue hasta que se acercó a la estatua cuando notó que Afrodita tenía ya algunas grietas, agujeritos e imperfecciones. La describió como “una escultura hermosa pero dañada de una forma que no notarías hasta que te acercas”. Y eso, confesó, la arruinó para él.

Estamos desde hace rato en campaña electoral y de forma similar al pasaje de esa película de Jude Law, hay quienes a la distancia quieren proyectar una imagen inspiradora, como de redentores y salvadores de una patria desolada.

Tal es el caso del partido ARENA. “No saben gobernar”, dijeron del FMLN en junio de 2010, cuando lanzaron la campaña de “Incapaces”, el incómodo mote que dieron al primer año de gestión Funes. En esta y otras campañas han destacado la opacidad en la que el oficialismo se ha conducido, el desastre financiero que vivimos y la política de nepotismo que ha llenado la planilla estatal.

¡Y tienen razón!

Este gobierno tiene un récord vergonzante en cuanto al rumbo en que lleva al país, un cuestionable desempeño en transparencia y su conocimiento financiero parece salido de algún manual griego. Finalmente, activistas, primos, nietos, socios de empresas y amigos han obtenido notorios cargos públicos.

Por ello, que el partido de oposición se atreva a denunciarlo es algo en apariencia admirable. Parecen no haber dejado de poner el dedo en la llaga.

De lejos, como Afrodita, son un partido que podría llamar la atención al incauto espectador de la política. Pero al igual que Alfie, conviene dar unos pasos al frente y acercarse a esta estatua que ha erigido el partido ARENA.

Ya con el armatoste enfrente, podrá notarse que está lleno de grietas, agujeros, inconsistencias e imperdonables errores que en ocasiones pueden parecer torpeza y mal diseño y, a veces, deliberados actos de abuso, corrupción o complicidad.

Fíjese, por ejemplo, en la constante campaña sobre la crisis fiscal en la que está sumida el país. Los tricolores deberían estar deseosos de increpar al ministro de Hacienda sobre su desempeño y saber si pretende ser un violinista de falso optimismo y cifras alegres en el Titanic de las finanzas públicas.

Sin embargo, el pasado jueves 13 de julio, cuando el ministro rindió su informe al pleno de la Asamblea Legislativa, su sección del hemiciclo estaba casi vacía. A Carlos Cáceres solo lo escuchaban Mauricio Vargas, Juan Valiente y Johnny Wright. Ninguno de los tres es miembro de la comisión legislativa que ve asuntos hacendarios, por cierto.

La función de la Asamblea Legislativa y de los diputados es ejercer controles interorgánicos, en particular al Ejecutivo, pero los tricolores se ausentaron, como dijo Carmen Elena de Escalón, para ir a una reunión de fracción. Es decir, ¡trabajo partidario antes de su misión ante la ley!

Otro tema preocupante es la renovación. Desde inicios de la semana, un nuevo cuadro que “sí ha sudado la camiseta” se ha hecho merecedor de un espacio en el listado de precandidatos tricolores. Se hace llamar “el diputado más joven”, pero hace unas semanas colgó una foto de la “fuerza renovada” de su agrupación política, en la que luce sonriente el diputado que prestó su vehículo a su hermana para un viaje personal y fue condenado por el Tribunal de Ética.

Y al igual que su partido, no siente incomodidad en compartir planilla con gente sancionada por abuso de recursos o nepotismo.

Los discursos de juventud, renovación y cambio enamoran, como la estatua de Afrodita, pero al acercarse nos encontramos con una pantomima vacía de contenido, más preocupada del eslogan que de un verdadero cambio en actitudes y sin mayor significado que el de la perorata electoral.

ARENA ha tenido la oportunidad de convertirse en una oposición decente, pero se ha dedicado a premiar la lealtad sobre la integridad y el pensamiento crítico. Ya viéndola de cerca, qué horrible se mira.

@docAvelar

Queriendo vender un Walkman. De Ricardo Avelar

El grupo que se impuso en este proceso de elecciones internas responde al ala más ortodoxa del partido ARENA, aquella que no recibió el periódico el 10 de noviembre de 1989, cuando el mundo entero se dio cuenta de que había caído el infame Muro de Berlín.

Ricardo Avelar, 6 julio 2017 / EDH

Esta semana, El Salvador fue testigo de uno de los sucesos políticos más interesantes y aterradores de su historia reciente, cuando el partido que ha pregonado la apertura y la renovación, ARENA, optó por vetar o dificultar algunas de las candidaturas más refrescantes que ofrecía.

A raíz de esto, en su estructura se suscitó un pequeño terremoto político y de este han emergido algunos bandos: primero, los que salieron de la contienda, los diputados Johnny Wright y Juan Valiente y la ciudadana Gabriela Trigueros, que desistieron de buscar un cargo por el partido tricolor; segundo, los que se mostraron hostiles ante algunos perfiles renovadores y pusieron un alto a sus aspiraciones políticas; y tercero, los que han guardado silencio.

Mucho se ha dicho sobre los primeros y el valor que han tenido de denunciar en ARENA una conducta verticalista que no sorprende pero sí decepciona. Sin embargo, de los segundos y los terceros se está diciendo poco.

El grupo que se impuso en este proceso de elecciones internas responde al ala más ortodoxa del partido ARENA, aquella que no recibió el periódico el 10 de noviembre de 1989, cuando el mundo entero se dio cuenta que había caído el infame Muro de Berlín y que marcó el inicio del final de un mundo partido en dos.

Estos son los más reaccionarios y quienes en cada evento cantan sin vacilación una marcha que sigue instando a la violencia por motivos ideológicos, como si esto no estuviera ya comprendido como un crimen de lesa humanidad.

Según ellos, al impedir algunas candidaturas, se pone un alto al mayor de sus miedos: el avance de las ideas progresistas que, afirman, vienen a romper con la pétrea idea que tienen de la familia y de los derechos humanos (o la falta de, en el caso de algunos segmentos de la población, a quienes no les duele dejar invisibilizados).

Y así han pretendido construir un muro infranqueable para quienes hayan osado criticar a su líder histórico o se hayan atrevido a cuestionar el rol que el partido tricolor ha jugado como oposición. Al menos así lo aclaró el tristemente célebre “Grillo” Barrientos, quien puso esos puntos como las razones que impidieron que la joven profesional y de mentalidad crítica Aída Betancourt asumiera la suplencia de Juan Valiente. (Además, con su versión -que suena muy real- contradijo las trastabilladas excusas que pretendió dar la dirigencia tricolor para edulcorar el bloqueo a Betancourt.)

Tristemente, ARENA puso como parámetro prioritario para avalar precandidaturas la lealtad a la estructura, a los colores y la bandera. El partido olvidó ver que algunos de sus cuadros más leales tienen un pasado muy cuestionable o han incurrido en prácticas antiéticas. Eso, al final, no es lo importante, siempre que canten con garra la marcha.

De tal manera, los tricolores no contarán en 2018 con algunas mentes críticas y de pensamiento fresco, pero lucirán con orgullo a David Reyes, que le prestó su carro a su hermana para que viajara pero nos quiso convencer burdamente de no haberlo hecho. También a Ricardo Velásquez Parker, que ha llegado armado al Salón Azul y ha irrespetado a la prensa. Y a Mayteé Iraheta, que fue sancionada por nepotismo. Y no olvidemos a Milagro Navas, sobre cuya administración se ciernen oscuras nubes.

ARENA está intentando vender renovación con ideas vetustas que cada vez se asemejan más a las de sus rivales del FMLN y representan menos a los salvadoreños que aspiran a construir una sociedad en paz, sin fanatismo, sin odios irracionales, sin artículos calumniosos (como el que compartió en sus redes el “Grillo” Barrientos) y donde se pueda propiciar un diálogo honesto entre actores que no están de acuerdo sobre políticas públicas, incluso las más espinosas.

Su idea de renovación equivale a presentarse a una convención de tecnología e intentar vender un Walkman. Por más eslogan, por más publicidad, por más discursos de “dar un paso”, “cambiar el rumbo”, o “es hora de actuar”, sus cerradas prácticas y los walkman coinciden en que perdieron su vigencia antes que yo naciera.

Y sobre aquellos que han guardado silencio u optan por expresar su descontento “solo en privado”, ojalá la historia (o el electorado) les pase factura por cobardes.

@docAvelar

ARENA y sus peligrosos “insiders”. De Ricardo Avelar

Los insiders son perniciosos porque no tienen mucho más. Son políticos de profesión y no están dispuestos a soltar sus cargos. Siempre presentes, pero por su patri…monio.

Ricardo Avelar, 31 mayo 2017 / EDH

Durante los últimos años, los ojos de la ciencia política se han colocado sobre un interesante fenómeno.

Las demandas políticas transitan más rápido que la oferta institucionalizada de soluciones, llevando a un descontento de quienes no miran satisfechas sus aspiraciones.

La democracia va lento, pues el sistema ha sido diseñado para tener blindajes y evitar que la emoción de una coyuntura derive en decisiones desastrosas o en el abuso del poder.

Pero esta lentitud, propia de un sistema de frenos y contrapesos, lleva a buscar soluciones fuera de la institucionalidad.

Ahí surgen los outsiders: líderes mesiánicos provenientes de la periferia del sistema político. Son caras frescas, pero pueden resquebrajar la institucionalidad por su vanidad que les lleva a creer que las soluciones están en sus manos. Son los “neo-dictadorcitos cool”.

Son peligrosos, pero además de temerles a estos, siento pánico por su diametralmente opuesta contraparte: los insiders. Sí, aquellos que han hecho de la política y los cargos públicos su vida entera y tienen poco o nada que agregar a la sociedad fuera de ello.

Durante los últimos días, El Salvador ha sido testigo de algo que —francamente— ya sabíamos: nuestros dos partidos principales se parecen demasiado.

El partido opositor se ha dedicado los últimos ocho años a señalar con grandilocuencia la corrupción del FMLN, pero ante el destape de una gran trama de pagos indebidos a algunos de sus exfuncionarios, la mayoría de sus voceros han guardado silencio o, en el peor de los casos, han pretendido excusar la práctica.

Algunos han buscado escapar de la controversia afirmando con cinismo que eso también lo hacen los de hoy. Y sí, es cierto, pero no los vuelve menos cuestionables. En todo caso, los vuelve oportunistas al denunciar la corrupción solo cuando les conviene.

Otros han dicho que prefieren una solución políticamente viable. Con esto, quieren que dejemos de hablar de una alarmante lista de grandes cuadros tricolores que se beneficiaron de pagos bajo la mesa y que mejor discutamos cómo hacer que no vuelva a pasar. Sí, es necesario, pero la reparación y la no repetición pasan por llevar luz donde antes no la había y saber quiénes han actuado de forma cuestionable. Con nombre y apellido.

Otros han guardado silencio sepulcral. Entre estos, muchos jóvenes que saben que hacer olas innecesarias les ganará la expulsión. Lógicamente están cuidando una futura plaza pues han decidido que la política —lejos de ser una vocación de servicio como lo prometieron cuando cantaron su moderna (ja, ja) marcha la primera vez— es una simple profesión donde se hace todo por avanzar.

Y así, hay muchos más. Todos estos son “insiders”, enquistados en el sistema político y cegados completamente por su ambición de tener un cargo público que les garantice un feliz retiro, camionetas, y viajes y trabajos para sus familiares (ejem, David Reyes y Mayteé Iraheta).

El problema de estos no es que sean foráneos al sistema y lo puedan torpedear desde fuera. El problema es que son los de siempre. Es que no importa su edad (ejem, David Reyes y Mayteé Iraheta), traen las mismas prácticas de antaño. El problema es que al ser los corruptos de turno no renuncian y nadie entiende por qué. El problema es que no aceptan su corrupción, solo se excusan y mienten hasta que no les queda de otra. El problema es que ahí se van a quedar y cuando se abran los procesos de primarias durante las siguientes décadas, seguirán haciéndose acompañar por su séquito de aplaudidores y tira-confeti y volverán a comprometerse ante las cámaras con la decencia que en su momento pisotearon.

Los insiders son perniciosos porque no tienen mucho más. Son políticos de profesión y no están dispuestos a soltar sus cargos. Siempre presentes, pero por su patri…monio.

Y cuando algunos se atreven a denunciar el sistema dentro del mismo partido, los califican de “machos sin dueño”, de díscolos insalvables y en reuniones privadas hasta les ofrecen salir humillados… Como traidores.

Y lo peor de todo es que cuando al FMLN le salgan sus propios escándalos —que seguramente van a salir—, los insiders serán los primeros en denunciarlo, en pedir interpelaciones y en tener la más ingrata de las memorias selectivas.

@docAvelar

Maduro y la falacia de la soberanía. De Ricardo Avelar

No se puede hablar de la soberanía de un país si sus ciudadanos no son libres de elegir su proyecto de vida y de nombrar a los representantes que quieran. No hay legitimidad de un sistema si se le ha negado la opinión a quienes tienen algo que señalar a sus gobiernos.

Ricardo Avelar, 10 mayo 2017 / EDH

Hace dos años, el Foro de Sociedad Civil en la Cumbre de las Américas celebrado en Panamá fue testigo de un hecho inédito en varias décadas: por primera vez, delegaciones de Cuba se dieron cita en tan importante evento regional.

No obstante, debido a la difícil situación política del país, la isla tuvo que inscribir dos delegaciones diferentes. Una que representaba a los simpatizantes del régimen encabezado por Raúl Castro y la otra, formada por conocidos opositores, jóvenes activistas por la democracia, representantes de partidos políticos “clandestinos” que abogan por la institucionalidad y artistas que durante una semana ofrecieron conciertos por la paz y la unidad en diferentes puntos de la capital canalera.

Esta era una oportunidad dorada para que ciudadanos de un mismo país pudieran encontrarse y dar un mensaje que su vetusta cúpula de gobierno no ha podido dar: la apertura a ideas opuestas y la tolerancia a puntos divergentes.

Sin embargo, desde el inicio esta tarea se configuró como una odisea inalcanzable. Tanto el encuentro de jóvenes como el de sociedad civil tenían a su cargo redactar sendos comunicados sobre la gobernabilidad democrática en la región. Cuando se plantearon mínimos no negociables, como independencia de poderes, transparencia o ausencia de presos políticos, la delegación castrista tomó la triste decisión de boicotear la sesión.

Entre cantaletas de “gusanos”, “machete que son poquitos” o “cachorros de la oligarquía” (con las que buscan intimidar a sus detractores), los simpatizantes de la prehistórica tendencia de los Castro pusieron en pausa la misión hemisférica de pronunciarse a favor de la democracia y el respeto a los derechos humanos.

Y su única excusa era que debía respetarse la soberanía de Cuba, que “ha elegido” su sistema político, pese a que nadie menor de ochenta años ha votado libremente en ese país.

Dos años después, es Venezuela quien está pasando por una tremenda crisis humanitaria y una represión estatal de condiciones vergonzantes. Durante el último mes, día con día miles de opositores han salido a las principales calles del país a exigir que se convoquen elecciones generales, un restablecimiento del hilo constitucional democrático, la libertad de presos políticos y una salida de la grave escasez de bienes básicos. Y lejos de encontrarse con un gobierno dispuesto a ceder en estas básicas peticiones, se han topado con las balas y las bombas lacrimógenas propias del autoritarismo.

En este contexto, gran parte de la comunidad internacional dejó de anteponer excusas y ha dado un paso decisivo, el decir de forma lapidaria que en Venezuela la democracia no existe y que ahí se ha dado paso a una simple y llana dictadura, que además tiene peligrosos vínculos con grupos criminales.

En ese sentido, los pocos gobiernos que permanecen lambiscones (y los que ejercen una cómplice ambigüedad como el de El Salvador) al barbárico grupo de Maduro hacen alegatos similares a los de la delegación procastrista hace dos años en Panamá: apelan a la soberanía.

Según ellos, exigir elecciones, libertad de presos políticos y un cese a la represión son expresiones imperialistas que buscan matar el sueño de una América libre.

Afortunadamente, la lógica favorece a la causa democrática. Concretamente, la falacia “non-sequitur”, que es aquella que sucede cuando una conclusión no corresponde a sus premisas.

No se puede hablar de la soberanía de un país si sus ciudadanos no son libres de elegir su proyecto de vida y de nombrar a los representantes que quieran. No hay legitimidad de un sistema si se le ha negado la opinión a quienes tienen algo que señalar a sus gobiernos.

La batalla del lenguaje no es suficiente para derrotar a quienes tienen las armas, pero pueden resquebrajar el endeble apoyo popular a estos regímenes producto de la propaganda.

Pero poco a poco se puede romper el mito. Hagámosle un favor a nuestros hermanos venezolanos, cubanos o de cualquier otro país gobernado de manera autoritaria. Si no hay elecciones, si hay presos políticos y se silencia a quienes critican, eso es una dictadura y ahí no hay soberanía, legitimidad o justificación. Al menos eso hagamos en honor de quienes sufren y de quienes han muerto a manos de la violencia estatal.

@docAvelar

Lecciones del fracaso de “Trumpcare”. De Ricardo Avelar

Hay lecciones que aprender del mero diseño político electoral y que podrían ser materia de una profunda reforma política para cambiar el problema de fondo: la débil relación entre representantes y representados y los pobres incentivos que los primeros tienen para responder a la población antes que a su dirigencia.

Ricardo Avelar, 29 marzo 2017 / EDH

A finales de la semana anterior, la joven administración del presidente Donald Trump recibió un duro revés político y es que uno de sus principales buques de batalla, la eliminación del “Obamacare”, no logró siquiera ser votada en la Cámara de Representantes por falta de apoyo incluso de su mismo partido.

Esto podría parecer sorprendente si se considera que en noviembre de 2016, las elecciones no solo le dieron al Partido Republicano la presidencia, sino la mayoría en ambas Cámaras del Congreso de Estados Unidos.

Sin embargo, en ese país una mayoría legislativa por sí misma no asegura el aval automático de una agenda de gobierno. Este nivel de incertidumbre es el que vuelve más sólido este sistema.

Por incertidumbre no me refiero a la falta de rumbo claro de país, sino a la incapacidad de cualquier actor de dar su poder por sentado. Ni el mismo Trump, con un panorama en apariencia positivo, ha podido hacerse de éxitos en importantes frentes como su reforma sanitaria o sus medidas migratorias, estas últimas detenidas por orden judicial.

Esta incertidumbre lleva a negociar constantemente y a tener que buscar acercamientos con propios y extraños. Por ejemplo, se prevé que senadores Republicanos busquen a al menos colegas 10 demócratas para superar un “filibuster” en la nominación del abogado Neil Gorsuch a la Corte Suprema de Justicia.

Algo que en El Salvador parecería absurdo y casi imposible -romper las líneas partidarias y ganar apoyos fundamentales para promover una agenda- en Estados Unidos es una práctica común, aceptada y altamente estratégica para cualquier gobierno que pretenda sobrevivir y ser relevante.

El fracaso del “Trumpcare” nos muestra que en Estados Unidos los partidos políticos no tienen el monopolio de la conciencia de sus legisladores y que estos se deben primero a sus electores (su “constituency”). En teoría, y amparado en el 125 de la Constitución, en El Salvador así debería funcionar, pero vivimos en el país donde valen más las “onzas de lealtad” que las “100 libras de inteligencia”.

Ante esto, hay lecciones que aprender del mero diseño político electoral y que podrían ser materia de una profunda reforma política para cambiar el problema de fondo: la débil relación entre representantes (diputados) y representados (ciudadanos) y los pobres incentivos que los primeros tienen para responder a la población antes que a su dirigencia.

En Estados Unidos la Cámara Baja del Legislativo se integra por circunscripciones uninominales. Es decir, un territorio elige únicamente a un diputado. Este diputado, por ende, sabe que es fácil de culpar si traiciona las aspiraciones de sus electores y estos últimos por su parte, saben que la responsabilidad de una mala administración no se diluye: la culpa le pertenece a uno solo.

En El Salvador, con circunscripciones plurinominales, un ciudadano no sabe realmente quién le representa. Esto le permite a cualquier diputado escudarse en las líneas partidarias antes que hacer un verdadero ejercicio de acercamiento a su “constituency” para entender sus aspiraciones. Además, favorece la ignorancia racional, pues el costo de aprenderse 24 diputados (como es el caso de San Salvador) supera cualquier ánimo de ser un ciudadano activo.

Un revés político importante como el de Trump con su reforma sanitaria es prácticamente imposible en nuestro país, donde la legítima disidencia es entendida como traición y los partidos le temen a sus “machos sin dueño” que osan contradecir la línea oficial.

Indudablemente, El Salvador ha avanzado gracias a atinadas sentencias en materia electoral de la Sala de lo Constitucional, pero mientras haya una representación tan difusa entre diputados y ciudadanos, el Legislativo será muy predecible y poco abierto a la innovación y un verdadero debate político.

Sin incentivos para representar a los votantes, los diputados terminarán cayendo en la mediocridad de pensar que votar diferente es “deslealtad” y un motivo para sentirse “ofendido”, como en su momento dijo un jefe de bancada sobre un legislador joven que no se alineó con su fracción.

Ofendidos deberíamos estar nosotros, por ese gregarismo insensato, tan presente en el partido “revolucionario” (más pendiente del status quo) como en el partido “de las libertades” (pero fanático de la censura).

@docAvelar