Ricardo Avelar

La Afrodita tricolor. De Ricardo Avelar

Los discursos de juventud, renovación y cambio enamoran, como la estatua de Afrodita, pero al acercarse nos encontramos con una pantomima vacía de contenido, más preocupada del eslogan que de un verdadero cambio.

ricardo avelar

Ricardo Avelar, 19 julio 2017 / EDH

Cuando Alfie era un estudiante de secundaria, fue con su escuela a un importante museo de Londres. Ahí, el jovencito se encontró con la estatua de Afrodita, la cual admiró con asombro.

Esa diosa en mármol robó su atención. En sus palabras, era hermosa, una figura perfecta, con rasgos bien esculpidos.

EDH logNo fue hasta que se acercó a la estatua cuando notó que Afrodita tenía ya algunas grietas, agujeritos e imperfecciones. La describió como “una escultura hermosa pero dañada de una forma que no notarías hasta que te acercas”. Y eso, confesó, la arruinó para él.

Estamos desde hace rato en campaña electoral y de forma similar al pasaje de esa película de Jude Law, hay quienes a la distancia quieren proyectar una imagen inspiradora, como de redentores y salvadores de una patria desolada.

Tal es el caso del partido ARENA. “No saben gobernar”, dijeron del FMLN en junio de 2010, cuando lanzaron la campaña de “Incapaces”, el incómodo mote que dieron al primer año de gestión Funes. En esta y otras campañas han destacado la opacidad en la que el oficialismo se ha conducido, el desastre financiero que vivimos y la política de nepotismo que ha llenado la planilla estatal.

¡Y tienen razón!

Este gobierno tiene un récord vergonzante en cuanto al rumbo en que lleva al país, un cuestionable desempeño en transparencia y su conocimiento financiero parece salido de algún manual griego. Finalmente, activistas, primos, nietos, socios de empresas y amigos han obtenido notorios cargos públicos.

Por ello, que el partido de oposición se atreva a denunciarlo es algo en apariencia admirable. Parecen no haber dejado de poner el dedo en la llaga.

De lejos, como Afrodita, son un partido que podría llamar la atención al incauto espectador de la política. Pero al igual que Alfie, conviene dar unos pasos al frente y acercarse a esta estatua que ha erigido el partido ARENA.

Ya con el armatoste enfrente, podrá notarse que está lleno de grietas, agujeros, inconsistencias e imperdonables errores que en ocasiones pueden parecer torpeza y mal diseño y, a veces, deliberados actos de abuso, corrupción o complicidad.

Fíjese, por ejemplo, en la constante campaña sobre la crisis fiscal en la que está sumida el país. Los tricolores deberían estar deseosos de increpar al ministro de Hacienda sobre su desempeño y saber si pretende ser un violinista de falso optimismo y cifras alegres en el Titanic de las finanzas públicas.

Sin embargo, el pasado jueves 13 de julio, cuando el ministro rindió su informe al pleno de la Asamblea Legislativa, su sección del hemiciclo estaba casi vacía. A Carlos Cáceres solo lo escuchaban Mauricio Vargas, Juan Valiente y Johnny Wright. Ninguno de los tres es miembro de la comisión legislativa que ve asuntos hacendarios, por cierto.

La función de la Asamblea Legislativa y de los diputados es ejercer controles interorgánicos, en particular al Ejecutivo, pero los tricolores se ausentaron, como dijo Carmen Elena de Escalón, para ir a una reunión de fracción. Es decir, ¡trabajo partidario antes de su misión ante la ley!

Otro tema preocupante es la renovación. Desde inicios de la semana, un nuevo cuadro que “sí ha sudado la camiseta” se ha hecho merecedor de un espacio en el listado de precandidatos tricolores. Se hace llamar “el diputado más joven”, pero hace unas semanas colgó una foto de la “fuerza renovada” de su agrupación política, en la que luce sonriente el diputado que prestó su vehículo a su hermana para un viaje personal y fue condenado por el Tribunal de Ética.

Y al igual que su partido, no siente incomodidad en compartir planilla con gente sancionada por abuso de recursos o nepotismo.

Los discursos de juventud, renovación y cambio enamoran, como la estatua de Afrodita, pero al acercarse nos encontramos con una pantomima vacía de contenido, más preocupada del eslogan que de un verdadero cambio en actitudes y sin mayor significado que el de la perorata electoral.

ARENA ha tenido la oportunidad de convertirse en una oposición decente, pero se ha dedicado a premiar la lealtad sobre la integridad y el pensamiento crítico. Ya viéndola de cerca, qué horrible se mira.

@docAvelar

Queriendo vender un Walkman. De Ricardo Avelar

El grupo que se impuso en este proceso de elecciones internas responde al ala más ortodoxa del partido ARENA, aquella que no recibió el periódico el 10 de noviembre de 1989, cuando el mundo entero se dio cuenta de que había caído el infame Muro de Berlín.

Ricardo Avelar, 6 julio 2017 / EDH

Esta semana, El Salvador fue testigo de uno de los sucesos políticos más interesantes y aterradores de su historia reciente, cuando el partido que ha pregonado la apertura y la renovación, ARENA, optó por vetar o dificultar algunas de las candidaturas más refrescantes que ofrecía.

A raíz de esto, en su estructura se suscitó un pequeño terremoto político y de este han emergido algunos bandos: primero, los que salieron de la contienda, los diputados Johnny Wright y Juan Valiente y la ciudadana Gabriela Trigueros, que desistieron de buscar un cargo por el partido tricolor; segundo, los que se mostraron hostiles ante algunos perfiles renovadores y pusieron un alto a sus aspiraciones políticas; y tercero, los que han guardado silencio.

Mucho se ha dicho sobre los primeros y el valor que han tenido de denunciar en ARENA una conducta verticalista que no sorprende pero sí decepciona. Sin embargo, de los segundos y los terceros se está diciendo poco.

El grupo que se impuso en este proceso de elecciones internas responde al ala más ortodoxa del partido ARENA, aquella que no recibió el periódico el 10 de noviembre de 1989, cuando el mundo entero se dio cuenta que había caído el infame Muro de Berlín y que marcó el inicio del final de un mundo partido en dos.

Estos son los más reaccionarios y quienes en cada evento cantan sin vacilación una marcha que sigue instando a la violencia por motivos ideológicos, como si esto no estuviera ya comprendido como un crimen de lesa humanidad.

Según ellos, al impedir algunas candidaturas, se pone un alto al mayor de sus miedos: el avance de las ideas progresistas que, afirman, vienen a romper con la pétrea idea que tienen de la familia y de los derechos humanos (o la falta de, en el caso de algunos segmentos de la población, a quienes no les duele dejar invisibilizados).

Y así han pretendido construir un muro infranqueable para quienes hayan osado criticar a su líder histórico o se hayan atrevido a cuestionar el rol que el partido tricolor ha jugado como oposición. Al menos así lo aclaró el tristemente célebre “Grillo” Barrientos, quien puso esos puntos como las razones que impidieron que la joven profesional y de mentalidad crítica Aída Betancourt asumiera la suplencia de Juan Valiente. (Además, con su versión -que suena muy real- contradijo las trastabilladas excusas que pretendió dar la dirigencia tricolor para edulcorar el bloqueo a Betancourt.)

Tristemente, ARENA puso como parámetro prioritario para avalar precandidaturas la lealtad a la estructura, a los colores y la bandera. El partido olvidó ver que algunos de sus cuadros más leales tienen un pasado muy cuestionable o han incurrido en prácticas antiéticas. Eso, al final, no es lo importante, siempre que canten con garra la marcha.

De tal manera, los tricolores no contarán en 2018 con algunas mentes críticas y de pensamiento fresco, pero lucirán con orgullo a David Reyes, que le prestó su carro a su hermana para que viajara pero nos quiso convencer burdamente de no haberlo hecho. También a Ricardo Velásquez Parker, que ha llegado armado al Salón Azul y ha irrespetado a la prensa. Y a Mayteé Iraheta, que fue sancionada por nepotismo. Y no olvidemos a Milagro Navas, sobre cuya administración se ciernen oscuras nubes.

ARENA está intentando vender renovación con ideas vetustas que cada vez se asemejan más a las de sus rivales del FMLN y representan menos a los salvadoreños que aspiran a construir una sociedad en paz, sin fanatismo, sin odios irracionales, sin artículos calumniosos (como el que compartió en sus redes el “Grillo” Barrientos) y donde se pueda propiciar un diálogo honesto entre actores que no están de acuerdo sobre políticas públicas, incluso las más espinosas.

Su idea de renovación equivale a presentarse a una convención de tecnología e intentar vender un Walkman. Por más eslogan, por más publicidad, por más discursos de “dar un paso”, “cambiar el rumbo”, o “es hora de actuar”, sus cerradas prácticas y los walkman coinciden en que perdieron su vigencia antes que yo naciera.

Y sobre aquellos que han guardado silencio u optan por expresar su descontento “solo en privado”, ojalá la historia (o el electorado) les pase factura por cobardes.

@docAvelar

ARENA y sus peligrosos “insiders”. De Ricardo Avelar

Los insiders son perniciosos porque no tienen mucho más. Son políticos de profesión y no están dispuestos a soltar sus cargos. Siempre presentes, pero por su patri…monio.

Ricardo Avelar, 31 mayo 2017 / EDH

Durante los últimos años, los ojos de la ciencia política se han colocado sobre un interesante fenómeno.

Las demandas políticas transitan más rápido que la oferta institucionalizada de soluciones, llevando a un descontento de quienes no miran satisfechas sus aspiraciones.

La democracia va lento, pues el sistema ha sido diseñado para tener blindajes y evitar que la emoción de una coyuntura derive en decisiones desastrosas o en el abuso del poder.

Pero esta lentitud, propia de un sistema de frenos y contrapesos, lleva a buscar soluciones fuera de la institucionalidad.

Ahí surgen los outsiders: líderes mesiánicos provenientes de la periferia del sistema político. Son caras frescas, pero pueden resquebrajar la institucionalidad por su vanidad que les lleva a creer que las soluciones están en sus manos. Son los “neo-dictadorcitos cool”.

Son peligrosos, pero además de temerles a estos, siento pánico por su diametralmente opuesta contraparte: los insiders. Sí, aquellos que han hecho de la política y los cargos públicos su vida entera y tienen poco o nada que agregar a la sociedad fuera de ello.

Durante los últimos días, El Salvador ha sido testigo de algo que —francamente— ya sabíamos: nuestros dos partidos principales se parecen demasiado.

El partido opositor se ha dedicado los últimos ocho años a señalar con grandilocuencia la corrupción del FMLN, pero ante el destape de una gran trama de pagos indebidos a algunos de sus exfuncionarios, la mayoría de sus voceros han guardado silencio o, en el peor de los casos, han pretendido excusar la práctica.

Algunos han buscado escapar de la controversia afirmando con cinismo que eso también lo hacen los de hoy. Y sí, es cierto, pero no los vuelve menos cuestionables. En todo caso, los vuelve oportunistas al denunciar la corrupción solo cuando les conviene.

Otros han dicho que prefieren una solución políticamente viable. Con esto, quieren que dejemos de hablar de una alarmante lista de grandes cuadros tricolores que se beneficiaron de pagos bajo la mesa y que mejor discutamos cómo hacer que no vuelva a pasar. Sí, es necesario, pero la reparación y la no repetición pasan por llevar luz donde antes no la había y saber quiénes han actuado de forma cuestionable. Con nombre y apellido.

Otros han guardado silencio sepulcral. Entre estos, muchos jóvenes que saben que hacer olas innecesarias les ganará la expulsión. Lógicamente están cuidando una futura plaza pues han decidido que la política —lejos de ser una vocación de servicio como lo prometieron cuando cantaron su moderna (ja, ja) marcha la primera vez— es una simple profesión donde se hace todo por avanzar.

Y así, hay muchos más. Todos estos son “insiders”, enquistados en el sistema político y cegados completamente por su ambición de tener un cargo público que les garantice un feliz retiro, camionetas, y viajes y trabajos para sus familiares (ejem, David Reyes y Mayteé Iraheta).

El problema de estos no es que sean foráneos al sistema y lo puedan torpedear desde fuera. El problema es que son los de siempre. Es que no importa su edad (ejem, David Reyes y Mayteé Iraheta), traen las mismas prácticas de antaño. El problema es que al ser los corruptos de turno no renuncian y nadie entiende por qué. El problema es que no aceptan su corrupción, solo se excusan y mienten hasta que no les queda de otra. El problema es que ahí se van a quedar y cuando se abran los procesos de primarias durante las siguientes décadas, seguirán haciéndose acompañar por su séquito de aplaudidores y tira-confeti y volverán a comprometerse ante las cámaras con la decencia que en su momento pisotearon.

Los insiders son perniciosos porque no tienen mucho más. Son políticos de profesión y no están dispuestos a soltar sus cargos. Siempre presentes, pero por su patri…monio.

Y cuando algunos se atreven a denunciar el sistema dentro del mismo partido, los califican de “machos sin dueño”, de díscolos insalvables y en reuniones privadas hasta les ofrecen salir humillados… Como traidores.

Y lo peor de todo es que cuando al FMLN le salgan sus propios escándalos —que seguramente van a salir—, los insiders serán los primeros en denunciarlo, en pedir interpelaciones y en tener la más ingrata de las memorias selectivas.

@docAvelar

Maduro y la falacia de la soberanía. De Ricardo Avelar

No se puede hablar de la soberanía de un país si sus ciudadanos no son libres de elegir su proyecto de vida y de nombrar a los representantes que quieran. No hay legitimidad de un sistema si se le ha negado la opinión a quienes tienen algo que señalar a sus gobiernos.

Ricardo Avelar, 10 mayo 2017 / EDH

Hace dos años, el Foro de Sociedad Civil en la Cumbre de las Américas celebrado en Panamá fue testigo de un hecho inédito en varias décadas: por primera vez, delegaciones de Cuba se dieron cita en tan importante evento regional.

No obstante, debido a la difícil situación política del país, la isla tuvo que inscribir dos delegaciones diferentes. Una que representaba a los simpatizantes del régimen encabezado por Raúl Castro y la otra, formada por conocidos opositores, jóvenes activistas por la democracia, representantes de partidos políticos “clandestinos” que abogan por la institucionalidad y artistas que durante una semana ofrecieron conciertos por la paz y la unidad en diferentes puntos de la capital canalera.

Esta era una oportunidad dorada para que ciudadanos de un mismo país pudieran encontrarse y dar un mensaje que su vetusta cúpula de gobierno no ha podido dar: la apertura a ideas opuestas y la tolerancia a puntos divergentes.

Sin embargo, desde el inicio esta tarea se configuró como una odisea inalcanzable. Tanto el encuentro de jóvenes como el de sociedad civil tenían a su cargo redactar sendos comunicados sobre la gobernabilidad democrática en la región. Cuando se plantearon mínimos no negociables, como independencia de poderes, transparencia o ausencia de presos políticos, la delegación castrista tomó la triste decisión de boicotear la sesión.

Entre cantaletas de “gusanos”, “machete que son poquitos” o “cachorros de la oligarquía” (con las que buscan intimidar a sus detractores), los simpatizantes de la prehistórica tendencia de los Castro pusieron en pausa la misión hemisférica de pronunciarse a favor de la democracia y el respeto a los derechos humanos.

Y su única excusa era que debía respetarse la soberanía de Cuba, que “ha elegido” su sistema político, pese a que nadie menor de ochenta años ha votado libremente en ese país.

Dos años después, es Venezuela quien está pasando por una tremenda crisis humanitaria y una represión estatal de condiciones vergonzantes. Durante el último mes, día con día miles de opositores han salido a las principales calles del país a exigir que se convoquen elecciones generales, un restablecimiento del hilo constitucional democrático, la libertad de presos políticos y una salida de la grave escasez de bienes básicos. Y lejos de encontrarse con un gobierno dispuesto a ceder en estas básicas peticiones, se han topado con las balas y las bombas lacrimógenas propias del autoritarismo.

En este contexto, gran parte de la comunidad internacional dejó de anteponer excusas y ha dado un paso decisivo, el decir de forma lapidaria que en Venezuela la democracia no existe y que ahí se ha dado paso a una simple y llana dictadura, que además tiene peligrosos vínculos con grupos criminales.

En ese sentido, los pocos gobiernos que permanecen lambiscones (y los que ejercen una cómplice ambigüedad como el de El Salvador) al barbárico grupo de Maduro hacen alegatos similares a los de la delegación procastrista hace dos años en Panamá: apelan a la soberanía.

Según ellos, exigir elecciones, libertad de presos políticos y un cese a la represión son expresiones imperialistas que buscan matar el sueño de una América libre.

Afortunadamente, la lógica favorece a la causa democrática. Concretamente, la falacia “non-sequitur”, que es aquella que sucede cuando una conclusión no corresponde a sus premisas.

No se puede hablar de la soberanía de un país si sus ciudadanos no son libres de elegir su proyecto de vida y de nombrar a los representantes que quieran. No hay legitimidad de un sistema si se le ha negado la opinión a quienes tienen algo que señalar a sus gobiernos.

La batalla del lenguaje no es suficiente para derrotar a quienes tienen las armas, pero pueden resquebrajar el endeble apoyo popular a estos regímenes producto de la propaganda.

Pero poco a poco se puede romper el mito. Hagámosle un favor a nuestros hermanos venezolanos, cubanos o de cualquier otro país gobernado de manera autoritaria. Si no hay elecciones, si hay presos políticos y se silencia a quienes critican, eso es una dictadura y ahí no hay soberanía, legitimidad o justificación. Al menos eso hagamos en honor de quienes sufren y de quienes han muerto a manos de la violencia estatal.

@docAvelar

Lecciones del fracaso de “Trumpcare”. De Ricardo Avelar

Hay lecciones que aprender del mero diseño político electoral y que podrían ser materia de una profunda reforma política para cambiar el problema de fondo: la débil relación entre representantes y representados y los pobres incentivos que los primeros tienen para responder a la población antes que a su dirigencia.

Ricardo Avelar, 29 marzo 2017 / EDH

A finales de la semana anterior, la joven administración del presidente Donald Trump recibió un duro revés político y es que uno de sus principales buques de batalla, la eliminación del “Obamacare”, no logró siquiera ser votada en la Cámara de Representantes por falta de apoyo incluso de su mismo partido.

Esto podría parecer sorprendente si se considera que en noviembre de 2016, las elecciones no solo le dieron al Partido Republicano la presidencia, sino la mayoría en ambas Cámaras del Congreso de Estados Unidos.

Sin embargo, en ese país una mayoría legislativa por sí misma no asegura el aval automático de una agenda de gobierno. Este nivel de incertidumbre es el que vuelve más sólido este sistema.

Por incertidumbre no me refiero a la falta de rumbo claro de país, sino a la incapacidad de cualquier actor de dar su poder por sentado. Ni el mismo Trump, con un panorama en apariencia positivo, ha podido hacerse de éxitos en importantes frentes como su reforma sanitaria o sus medidas migratorias, estas últimas detenidas por orden judicial.

Esta incertidumbre lleva a negociar constantemente y a tener que buscar acercamientos con propios y extraños. Por ejemplo, se prevé que senadores Republicanos busquen a al menos colegas 10 demócratas para superar un “filibuster” en la nominación del abogado Neil Gorsuch a la Corte Suprema de Justicia.

Algo que en El Salvador parecería absurdo y casi imposible -romper las líneas partidarias y ganar apoyos fundamentales para promover una agenda- en Estados Unidos es una práctica común, aceptada y altamente estratégica para cualquier gobierno que pretenda sobrevivir y ser relevante.

El fracaso del “Trumpcare” nos muestra que en Estados Unidos los partidos políticos no tienen el monopolio de la conciencia de sus legisladores y que estos se deben primero a sus electores (su “constituency”). En teoría, y amparado en el 125 de la Constitución, en El Salvador así debería funcionar, pero vivimos en el país donde valen más las “onzas de lealtad” que las “100 libras de inteligencia”.

Ante esto, hay lecciones que aprender del mero diseño político electoral y que podrían ser materia de una profunda reforma política para cambiar el problema de fondo: la débil relación entre representantes (diputados) y representados (ciudadanos) y los pobres incentivos que los primeros tienen para responder a la población antes que a su dirigencia.

En Estados Unidos la Cámara Baja del Legislativo se integra por circunscripciones uninominales. Es decir, un territorio elige únicamente a un diputado. Este diputado, por ende, sabe que es fácil de culpar si traiciona las aspiraciones de sus electores y estos últimos por su parte, saben que la responsabilidad de una mala administración no se diluye: la culpa le pertenece a uno solo.

En El Salvador, con circunscripciones plurinominales, un ciudadano no sabe realmente quién le representa. Esto le permite a cualquier diputado escudarse en las líneas partidarias antes que hacer un verdadero ejercicio de acercamiento a su “constituency” para entender sus aspiraciones. Además, favorece la ignorancia racional, pues el costo de aprenderse 24 diputados (como es el caso de San Salvador) supera cualquier ánimo de ser un ciudadano activo.

Un revés político importante como el de Trump con su reforma sanitaria es prácticamente imposible en nuestro país, donde la legítima disidencia es entendida como traición y los partidos le temen a sus “machos sin dueño” que osan contradecir la línea oficial.

Indudablemente, El Salvador ha avanzado gracias a atinadas sentencias en materia electoral de la Sala de lo Constitucional, pero mientras haya una representación tan difusa entre diputados y ciudadanos, el Legislativo será muy predecible y poco abierto a la innovación y un verdadero debate político.

Sin incentivos para representar a los votantes, los diputados terminarán cayendo en la mediocridad de pensar que votar diferente es “deslealtad” y un motivo para sentirse “ofendido”, como en su momento dijo un jefe de bancada sobre un legislador joven que no se alineó con su fracción.

Ofendidos deberíamos estar nosotros, por ese gregarismo insensato, tan presente en el partido “revolucionario” (más pendiente del status quo) como en el partido “de las libertades” (pero fanático de la censura).

@docAvelar

Batear pelotas de playa. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar, 15 marzo 2017 / EDH

Hace unos años, un liberal dominicano visitó el país para dar unas charlas sobre economía política. Después de escucharle disertar y someter sus ideas al debate y el cuestionamiento de jóvenes académicos, aún me quedaba una pregunta, quizá la más importante.

En uno de los recesos, lo abordé y le dije que en los años de conocerlo había tenido esta duda fundamental y que, aprovechando el espacio, al fin iba a poder externarla.

Le dije: ¿Por qué es que los dominicanos son tan buenos al béisbol -o como ellos lo llaman, la pelota? Él rió, sabiendo que además de los temas políticos, una gran pasión en mi vida es ese deporte.

Con simpleza y un colorido acento caribeño, me dijo: en Dominicana cuando eres niño te enseñan a batear una tapita de gaseosa con una escoba. Si logras hacer eso, puedes batear cualquier cosa, “elmano”. Yo, consciente de mi torpeza y de mi exclusiva calidad de fanático por televisión, le confesé que no podría batear ni una pelota de playa.

Estas últimas son tan grandes, llamativas y con un vuelo tan predecible que nadie debería tener una excusa para un swing fallido. Pero hay quienes no logran batearlas.

Y así es la política a veces.

Hay situaciones políticas que colocan a un gobernante en tal debilidad que su contraparte tiene el éxito asegurado solo por existir pues la mitad del camino la ha recorrido quien ostenta el poder al equivocarse tanto.

Pero de todo hay en la vida política e incluso donde se gobierna con visible ineptitud hay partidos de oposición que no solo no logran capitalizar estos fracasos, sino que suman el dudoso mérito de generar episodios de mayor repulsión que quien administra pobremente la cosa pública.

En términos sencillos, a estos opositores se les tira una pelota de playa fácil de batear y sorpresivamente hacen strike. Eso está pasando en El Salvador.

Durante los últimos siete -casi ocho- años, el partido de gobierno ha dejado un sinsabor a los menos radicales de quienes lo eligieron y es que en lugar de configurarse como una alternativa a la forma de gobernar del pasado, se convirtieron en un poco más de lo mismo con diferentes eslóganes.

Favorecer los negocios de los amigotes, el abuso de las bisagras legislativas y los madrugones son solo algunos de los más nefastos símiles de un partido que era excelente en criticarlos pero inútil de corregir el camino una vez llegó al poder.

Asimismo, el verticalismo y la ortodoxia con las que el FMLN se ha conducido y la poca apertura a espacios de innovación política deberían situar a ARENA como la alternativa lógica para un sector progresista de la población.

Sin embargo, el partido tricolor ha decidido transitar hacia otra senda, a la de cerrar filas en sus alas más conservadoras, alejando a quienes actúan diferente y cuidándose excesivamente de los que denominan “machos sin dueño”. ¡Vaya forma de desperdiciar una oportunidad histórica!
Con un poco de humildad intelectual y sentido crítico -o simplemente con tener la más mínima consciencia-, cualquiera se da cuenta que este es un país cambiante, que las costumbres de antaño no son pétreas y que los temas tabú del pasado ahora admiten y exigen discusión.

Pero el miedo a perder los privilegios del pasado, el temor a la innovación política y el excesivo conservadurismo de una cúpula terminan alejando a los renovadores. Entonces, ante los constantes traspiés del gobierno, en lugar de ser la opción lógica, los areneros se han convertido en la constatación de que esta clase política está pudriéndose mientras vive de viejas glorias e himnos retrógrados.

Mis pobres destrezas para el béisbol son solo comparables con las de ellos al hacer política. Sería tan fácil un home run político con apertura, debate, transparencia y humildad. Pero cerrarle las puertas al experimento de innovación más interesante que han tenido en años, exigir a sus precandidatos una militancia mínima y acercarse progresivamente a una derecha conservadora que está dejando de representar al país equivale a no saber batear la más grande de las pelotas de playa.

Años después de esa conversación con mi amigo dominicano, ya no me siento tan torpe.

@docAvelar

Los liberales y O.J. Simpson. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar es director ejecutivo de CREARicardo Avelar, 2 marzo 2017 / EDH

¿Fue o no fue O. J. Simpson el asesino de su exesposa Nicole Brown y de Ronald Goldman?

Desde 1994, esa ha sido una de las interrogantes principales no solo en el aparato judicial estadounidense sino en millones de personas que han dado seguimiento al que fue apodado el “caso del siglo”.
Orenthal James Simpson fue, hasta el sonado homicidio, uno de los jugadores más talentosos y laureados del fútbol americano, habiendo ganado el trofeo Heisman de este deporte a nivel universitario y logrando números impresionantes como un acarreador profesional con los Bills de Búfalo y los Niners de San Francisco.

diario hoySin embargo, logró fama mundial cuando fue acusado de perpetrar el sangriento asesinato de su exesposa Nicole Brown y Ronald Goldman. Este suceso ha sido inmortalizado en múltiples películas, series libros y documentales y hasta el mismo Simpson, hoy preso por otro tema, ha comentado cuáles le gustan y cuáles no.

Una de las representaciones más recientes del caso es “American Crime Story: The People vs. OJ Simpson”, que en diez capítulos expone la perspectiva de los fiscales y los defensores.

Haciendo uso de múltiples “licencias creativas” y más de alguna exageración, esta serie logra transmitir una lección importante del caso Simpson: que más allá de buscar a un culpable o un inocente por medio de la verdad, el gran reto de ambos bandos en la corte fue contar una historia que tuviera sentido, para el jurado y para el juez.

¿Por qué traigo este caso a colación?

Hace unos días, tuve el gusto de participar en unos debates sobre políticas públicas desde una perspectiva liberal junto a algunos académicos de diferentes rincones de América Latina y España.

En estas discusiones, donde se habló de temas tan diversos como el rol del Estado, el alcance de las decisiones públicas, la sostenibilidad en el tiempo de algunas políticas y mediciones del desempeño de estas, un tema llamó poderosamente nuestra atención.

El liberalismo, que históricamente ha situado bajo los reflectores de la opinión pública temas importantísimos para cuestionar, reforzar o cambiar, enfrenta duras batallas en la opinión pública a pesar de que en muchas ocasiones los puntos que trata tienen sentido técnico y están basados en evidencia.

La moderación en el gasto público, los incentivos que la propiedad privada traen para la conservación de bienes, las virtudes del comercio libre, el respeto a la voluntad de las mayorías sin menoscabo del derecho de las minorías, la tolerancia y las fronteras abiertas son algunos de los temas donde hay suficiente evidencia para considerar que son batallas ganadas por la humanidad y puntos de partida que deberíamos dar por sentados.

Pero esto no es así. No obstante la abrumadora comprobación de éxito que existe sobre estas y otras batallas liberales, estas siempre se las ven difíciles ante sus detractores que, a veces sin evidencia, son capaces de derribarlas con solo articular una narrativa contraria que sea atractiva y popular.

Si el caso de O.J. Simpson nos enseña algo a los liberales es que, además de aproximarnos a la razón en algunos temas, debemos saber narrarlos, saber generar empatía y que estos tengan sentido en un plano intelectual y en uno racional.

Como dijo otro participante de los debates a los que asistí, “hay que ganar la batalla cultural y no solo la economicista”. De no hacerlo, nos veremos forzados a permanecer aislados de la relevancia en el debate político, conscientes de que podíamos proveer soluciones a los problemas más apremiantes pero consternados porque nadie nos escucha.

Si los liberales perdemos la batalla cultural, estamos en riesgo de sacrificar el potencial de nuestros países en materia de progreso y libertades, dando paso a una serie de ideas destructivas -que tanto provienen de la izquierda como de la derecha- cuya legitimidad reside en muchos casos en la arenga, el panfleto y el eslogan.

En términos sencillos, como dice el chileno Ángel Soto, “aprendamos a contar cuentos y no solo a sacar cuentas”.