Mes: noviembre 2017

Extraña sorpresa. De Manuel Hinds

La gente prefiere no preocuparse y creer que la piel de oveja oculta una oveja y no al lobo que el FMLN es. Muchos no se preocupan porque piensan que sólo las empresas grandes serían expropiadas y que eso a ellos no les afectaría. Esto es un error.

manuel hindsManuel Hinds, 1 diciembre 2017 / El Diario de Hoy

Me ha parecido extraña la sorpresa que muchos sectores han mostrado ante las declaraciones del Secretario General del FMLN en las que aseguró que dicho partido tiene como objetivo la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción —es decir, de todas las fábricas, todas las tierras agrícolas y pecuarias, todos los negocios, grandes medianos y pequeños. Me ha extrañado porque esto ha sido siempre bien sabido. La eliminación de la propiedad privada de los medios de producción es la base del sistema socialista tal y cual fue definido por Carlos Marx, al que comúnmente se le EDH logllama comunista para diferenciarlo del socialismo democrático que acepta la propiedad de dichos medios. Más aún, el FMLN reafirmó este objetivo como prioridad en el documento que escribieron los delegados al Primer Congreso Nacional que realizó hace un par de años. Ese documento estableció oficialmente los objetivos del partido por el futuro previsible. Dicho documento también dejó claros los deseos del partido de seguir los senderos abiertos por Lenin en la Revolución Rusa de 1917, que por supuesto están basados en la idea de eliminar la propiedad de los medios de producción.
Sorprenderse de que el Secretario General del partido la reafirme es como sorprenderse de que alguien diga que los árboles de aguacate dan aguacates.

También me ha extrañado que la respuesta de la gente ha sido descartar esta declaración como una tontería a la que no hay que prestarle atención. Ciertamente que la catástrofe del sistema de los Años Ochenta y Noventa en todos los países comunistas dejó clarísimo que es una tontería tratar de manejar una sociedad sin propiedad privada. Pero hay dos dimensiones en las que no es una tontería. Una es que el comunismo dejó 100 millones de muertos en el mundo (20 en Rusia, 60 en China, y el resto en los demás) en el desquiciado esfuerzo de convertir a la gente normal en “el nuevo hombre comunista” que no sólo dejaría de tratar de lograr sus propios intereses sino que también aceptaría el poder totalitario de “la vanguardia del proletariado”, que es la cúpula del Partido Comunista (aquí entendido como la cúpula del FMLN).

La otra razón por la cual es necesario tomar esto en serio es que introducir ese sistema es lo que el FMLN quiere hacer en el país. Uno puede decir que sería una tontería tirar un avión contra una montaña, pero uno no puede reírse y descontar la idea como tonta si el piloto que quiere hacer esto es el que comanda el avión en el que uno viaja, o en el que uno va a viajar si gana las elecciones para el próximo período.

El no creerle al FMLN que quiere hacer esta tontería le ayuda al mismo FMLN. De hecho, sus campañas duales, en las que dicen cosas como estas y al mismo tiempo cosas que lo niegan es una de las armas más fuertes que tiene para disfrazar sus reales objetivos detrás de una piel de oveja.

Pero la gente prefiere no preocuparse y creer que la piel de oveja oculta una oveja y no al lobo que el FMLN es.

Muchos no se preocupan porque piensan que sólo las empresas grandes serían expropiadas y que eso a ellos no les afectaría. Esto es un error por dos lados. Primero, porque el gobierno maneja pésimamente las empresas que confisca, y eso lleva a despidos masivos y colapsos económicos. Los que no tienen empresas pagan por el lado de quedarse sin empleo. Por otro lado, el comunismo no hace distinciones de tamaños o sectores. Los gobiernos comunistas confiscaron todos los negocios.

El ejemplo máximo para el FMLN es Cuba, en donde el gobierno confiscó todo en dos etapas. En la primera, al principio de los Sesenta, confiscó todas las empresas grandes y medianas. Poco tiempo después, cuando la economía colapsó, el gobierno confiscó hasta las empresas individuales que vendían hotdogs, alegando que sus dueños eran antirrevolucionarios y especuladores. El pueblo entero pagó por la tontería ideológica del Partido Comunista.

La lección es que hay que tomar en serio las tonterías del FMLN porque los que podemos resultar destruidos a raíz de ellas somos todos nosotros.

¿Epidemia para Centroamérica? De Luis Mario Rodríguez

En esta era de la transparencia la gente sabe más, exige más y quiere más. La respuesta a todo este barullo debe ser institucional, necesita huir del inmediatismo y tiene que rechazar por completo el populismo.

Luis Mario RodríguezLuis Mario Rodríguez, 30 noviembre 2017 / El Diario de Hoy

Honduras pasa por un momento de inestabilidad política que podría derivar en una crisis de gobernabilidad. La combinación entre un candidato-presidente que manipuló la justicia constitucional para reelegirse, el retraso injustificable del Tribunal Supremo Electoral para declarar al vencedor, y la posibilidad de triunfo de otro “señor de la televisión” resulta para ese país –y quizás para la región entera– en un muy mal augurio.

EDH logEn Centroamérica, como en el resto del Continente, a la democracia la amenazan enemigos despiadados. Las noticias falsas, la ira colectiva contra la clase política por la falta de resultados, el descrédito de las autoridades electorales, el espacio, cada vez mayor, para que el “personalismo” en la política penetre en las esferas de poder y terminen en el Ejecutivo candidatos, casi siempre populistas y sin partido, la reducida distancia entre perdedores y ganadores, y la manipulación de las Cortes de Constitucionalidad para lograr la reelección presidencial indefinida, representan algunas de las causas que van carcomiendo lentamente la confianza de los ciudadanos en las organizaciones partidarias, en la institucionalidad y, en general, en las elecciones como el mecanismo exclusivo para acceder a cargos públicos por el voto popular.

El Istmo presenta particularidades muy propias, en buena medida, como resultado de los factores señalados en el párrafo anterior. La permanente incertidumbre política en Guatemala, país en el que al mismo tiempo de tomar conciencia de la necesidad de erradicar la corrupción carece de un proyecto político sólido por la falta de partidos; la fragmentación legislativa en Costa Rica, república en la que, una vez procesados algunos expresidentes por presuntos malos manejos de fondos públicos, surgieron una decena de institutos políticos que terminaron con el bipartidismo, originando una seria parálisis que mantiene detenidos importantes asuntos como el de la reforma fiscal; el secuestro de las instituciones, asumido como incurable por la sociedad civil y prolongado en el tiempo por los Ortega-Murillo, que hace del régimen nicaragüense, parafraseando a Carlos Fernando Chamorro, una nación autoritaria en lo político, populista en lo social y liberal en lo económico; ahora la lucha incierta por la presidencia en Honduras y el desastroso papel del árbitro electoral; y la insistencia del principal partido de izquierda en El Salvador de amenazar al empresariado con llevar al país al socialismo, aunado al obstinado amago por violentar la independencia de los Órganos de Estado, desafían al liderazgo centroamericano a atender el germen del desajuste democrático que estamos presenciando.

Por otra parte el comportamiento de los dos candidatos más votados en las recientes elecciones hondureñas rememora una situación similar ocurrida en México durante los comicios de 2006 y destaca la relevancia de una justicia electoral oportuna e imparcial. El episodio protagonizado por Manuel Andrés López Obrador cuando desestimó el veredicto ciudadano que le concedió la victoria a Felipe Calderón, del Partido de Acción Nacional, se solventó con el fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Esta última entidad es la encargada de calificar la validez de las elecciones mientras que el organizador del evento es el Instituto Nacional Electoral.

Contar con un modelo desconcentrado, en el que una institución administra los procesos electorales y otra dirime, en plazos razonables, los conflictos que surgen cuando se presenta alguna irregularidad o se incumple la normativa sobre elecciones, le permitió a los mexicanos prevenir un trance que habría sido profundamente traumático para el proceso democrático iniciado en 1977. En las elecciones de diputados en 2014 y en las presidenciales de 2015, a falta de actuación del Tribunal Supremo Electoral, debió ser la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia la que resolviera las demandas de los partidos. Ello demuestra el incipiente desarrollo de la justicia electoral salvadoreña.

Los aspectos que están debilitando a los sistemas políticos en la región se asientan sobre el desnutrido crecimiento económico, un galopante desempleo y el amplio sector informal. También se aprovechan del deteriorado progreso social y del angustioso aumento de la pobreza. En esta era de la transparencia, la gente sabe más, exige más y quiere más. La respuesta a todo este barullo debe ser institucional, necesita huir del inmediatismo y tiene que rechazar por completo el populismo.

Carta sobre el Caso Jesuitas: ¿Queremos una cadena de ajuste de cuentas? De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 30 noviembre 2017 / MAS! y El Diario de Hoy

El asesinato de los Jesuitas no nos deja en paz. Lo que es bueno, porque sigue siendo uno de los acontecimientos que nos marcaron a todos, independiente de en qué lado hayamos estado este día 16 de noviembre del 1989, día que la guerra llegó a su punto máximo. Pero día también que echó a andar la cuenta regresiva de la paz que firmaríamos 2 años después.

¿Por qué digo que no nos deja en paz? Voy a citar dos cosas que pasaron en estos días.

I.
Screen Shot 2017-11-29 at 11.03.55 AM.pngEl 24 de noviembre un candidato a diputado, Héctor Menjívar, publica un tuit que dice así: Lo que de verdad es INMORAL, es que una institución como UCA liderada supuestamente por “SACERDOTES” como el Doctor Chema Tojeira se dedique a corromper mentes y almas salvadoreñas con el MARXISMO ANTI CRISTIANO de su “teología” de la liberación y la ideología de genero.”

logos MAS y EDHEste es exactamente el discurso de los militares y civiles opuestos a la intención del presidente Alfredo Cristiani de buscar una paz negociada al conflicto. Este lenguaje sirvió el propósito de preparar el terreno (y la legitimación), para que otros tomaran acción y eliminaran a los padres jesuitas. Bajo el manto de esta absurda acusación contra Ignacio Ellacuría y los demás padres jesuitas, querían boicotear el proceso de paz anunciado por Cristiani – y promovido por los jesuitas. Igual que los sectores del FMLN opuestos a una salida pacífica tomaron la decisión de asesinar al doctor José Rodríguez Porth, ministro de presidencia y principal asesor de Cristiani.

Lo irónico: el señor Héctor Menjívar, quien revive este discurso retrógrado, aspira a la diputación bajo la bandera del PDC, partido que se llama cristiano, y en cuya dirigencia se encuentra Ana Guadalupe Martínez, ex dirigente del ERP y una de las gestoras de los Acuerdos de Paz.

II.
Screen Shot 2017-11-29 at 3.31.41 PM.pngDías después, los actuales autoridades de la UCA presentaron ante la justicia penal la solicitud de volver a abrir el caso Jesuitas, para castigar a los que consideran autores intelectuales de este crimen, incluyendo a Alfredo Cristiani.

En mi criterio, ambas posturas -la del candidato Menjívar y la de la UCA- son irresponsables. No abonan a la verdad, que ambos alegan buscar, ni a la justicia, ni a superación de los traumas de la guerra.

La UCA argumenta que dio este paso porque el Estado no ha hecho nada para llenar el vacío que dejó la decisión de la Sala de suspender la amnistía. Es cierto, ni Casa Presidencial, ni la Asamblea han movido un dedo para crear una legislación que llene este vacío. Pero los que realmente estaban llamados a presentar una nueva ley de reconciliación no basada en el olvido, pero tampoco en el ajuste de cuentas, no fueron ni el presidente ni los partidos ARENA y FMLN, o sea los protagonistas del conflicto, sino las pocas instancias de autoridad intelectual, ética y cívica que tenemos, incluyendo precisamente la UCA. Pero tampoco han movido un dedo.

Las posturas tan contrarias como de Menjívar y de la UCA se complementan para crear una cadena de enfrentamientos políticos y judiciales que terminará no en justicia y paz, sino en ajuste de cuentas.

Estamos mal, muy mal. Reflexionemos todos. Saludos,

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La hora de la verdad en El Salvador. De Azam Ahmed/NY Times

Los pandilleros se enfrentan a la mano dura del gobierno y a la letalidad policial mientras algunos intentan encontrar una salida a un punto muerto con las autoridades tras el fracaso de una tregua. Pero ¿eso es siquiera algo que quieren los salvadoreños?

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Santiago es integrante de la facción de Barrio 18 conocida como los Sureños. crédito Moises Saman/Magnum, para The New York Times

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Azam Ahmed es el jefe del buró de The New York Times en México.

Azam Ahmed, 29 noviembre 2017 / THE NEW YORK TIMES

EN MARZO DE 2016, el presidente Salvador Sánchez Cerén anunció un conjunto de “medidas extraordinarias” que, según declaró, acabarían con las pandillas que habían convertido a El Salvador en el país con el mayor número de homicidios sobre la faz de la Tierra. Una tregua respaldada por el gobierno cuatro años antes fracasó y la tasa de homicidios había aumentado a 104 por cada 100.000 personas a nivel nacional y a cerca del doble en la capital, San Salvador. Ahora el partido gobernante, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), recurriría a la mano dura. Se desplegarían las fuerzas armadas, se envalentonaría a la policía y las cárceles quedarían sobrepobladas.

Poco después del anuncio, apareció un video. Era una respuesta de las tres pandillas más importantes de El Salvador: la Mara Salvatrucha, más conocida como MS-13, y su contraparte y enemiga Barrio 18, dividida en dos facciones, los Sureños y los Revolucionarios. En el video aparecía un hombre con lentes oscuros y un pañuelo que le NEW YORK TOMES NYTcubría el rostro. Los rayos del sol se filtraban desde una puerta abierta detrás de él, haciendo resplandecer su silueta oscura, lo que le daba una atmósfera amenazante al video, como si su intención fuera exigir el pago de un rescate. Sin embargo, el mensaje tenía un propósito totalmente distinto. En la grabación, el hombre decía que a partir de ese momento no habría más matanzas. Las pandillas habían entablado una nueva tregua, independiente del gobierno. Básicamente, la mano dura no tenía razón de ser.

“Le hacemos conciencia al gobierno en general que no podrá terminar con las pandillas”, dice el hombre, “ya que somos parte de la comunidad de nuestro país”. Con ese enfoque, un ataque contra las pandillas sería un ataque contra el pueblo y un ataque de ese tipo tendría un costo. En el video se acusaba al FMLN, que surgió de la guerra civil salvadoreña hace más de dos décadas, de batallar para mantener su promesa de ser la voz del pueblo. Las pandillas son el pueblo, afirma el hombre con la cara tapada y concluye: “Tenemos herramientas como para poder venir a destruir la política de este país”.

De pie, justo al lado de la cámara, estaba un fornido hombre de 33 años de edad que pertenece a Barrio 18 Sureños. La mayoría de sus amigos lo conocen como Santiago. Él había escrito el discurso pero no pudo pronunciarlo porque se recuperaba de una operación de vesícula biliar. Santiago había ascendido de manera inusual en la jerarquía de Barrio 18. Como uno de los seis miembros de una comisión política especial instaurada por los líderes, ayudó a mantener la tregua de 2012 que disminuyó los homicidios de El Salvador casi a la mitad y despertó en las pandillas el sentimiento de poder político que ahora demostraban.

Desde entonces, se separó del trabajo cotidiano de la vida de las pandillas —que en El Salvador consiste básicamente en extorsionar a los dueños de pequeños negocios— y operaba más como un defensor de los derechos humanos en una zona de conflicto. Mantenía un registro de los miembros muertos de cada pandilla, independientemente de si habían fallecido a manos de rivales o, como sucedía cada vez con mayor frecuencia, de las autoridades. Llevaba a las víctimas de abusos policiales a presentar denuncias ante la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Instaba a miembros de la Iglesia, a organismos no gubernamentales y a periodistas a alzar la voz en contra de las medidas extraordinarias del gobierno. El video fue, en cierto modo, el punto final de sus esfuerzos. Si al gobierno no le importaba detener la violencia, las pandillas tratarían de conseguir la paz por cuenta propia.

“¿Qué dice nuestra
existencia del gobierno y los
servicios que no provee?
Existimos porque no
hay nada más”.
Santiago

Cuando conocí a Santiago en agosto de 2016 y me habló sobre su participación en el video, era el último de los miembros originales del comité político. Los demás fueron asesinados o estaban detenidos. El actual gobierno rechazó la tregua, no solo por considerarla una aberración, sino una asociación delictiva. Las medidas extraordinarias que dieron rienda suelta a la brutalidad de las fuerzas policiales, también se centraron en evitar que los pandilleros se comunicaran: fueron confinados en aislamiento dentro de las cárceles y se les prohibieron las visitas. Organizarse entre ellos, se volvió subversivo.

Cuando lo conocí, Santiago estaba sentado en el segundo piso de un restaurante familiar repleto de gente en San Salvador; estaba comiendo un plato de sopa. Vestía jeans, botas de trabajo y una camisa tipo polo que escondía sus tatuajes. Se veía como cualquier otro trabajador disfrutando de su almuerzo.

“Cuéntame del terrorismo”, dijo Santiago. Había escuchado que trabajé en Afganistán y me preguntó: “¿Cómo lo defines?”. La Corte Suprema de Justicia de El Salvador declaró a las pandillas como grupos terroristas, una medida que parecía diseñada —por lo menos en parte— para conseguir la colaboración de Estados Unidos. Durante más de una hora, mientras Santiago fumaba cigarrillos y tomaba una michelada, hablamos sobre el terrorismo en Afganistán, Irak, Siria y Palestina. Santiago aceptó que las pandillas de El Salvador eran violentas, pero la suya era una violencia de otra naturaleza. “El único paralelo que veo es que representamos a una comunidad determinada, a un segmento de la sociedad que ha sido marginado”, dijo. “Pero nuestra violencia no es ideológica y, sin duda, tampoco es religiosa”.

Le pregunté por qué las pandillas decían que representaban a alguien más que a sí mismas. ¿Qué servicios le brindan a las comunidades? El Talibán regía a aquellos bajo su control con leyes que, aunque brutales, se hacían cumplir con mayor frecuencia que las del gobierno. Las pandillas, en cambio, eran depredadoras que mataban a comerciantes por no pagar sobornos y se enfrentaban a pandillas rivales por cuestiones de territorio y respeto que no tenían nada que ver con las necesidades de la comunidad.

Santiago asintió con la cabeza. “La cuestión no es cuáles servicios brindamos”, dijo. “La cosa es más fundamental: ¿qué dice nuestra existencia del gobierno y los servicios que no provee? Existimos porque no hay nada más”.

AL IGUAL QUE EL FMLN, las pandillas de El Salvador fueron el resultado de la larga guerra civil que comenzó en 1980. Entonces, el FMLN era una constelación de grupos de izquierda que se enfrentaba al gobierno de derecha. A medida que las batallas se hicieron cada vez más violentas, cientos de miles de salvadoreños se mudaron a Estados Unidos, estableciéndose principalmente en Los Ángeles, donde sus hijos se organizaron para protegerse de otras minorías pobres que también habían quedado al margen del “sueño americano”. Para cuando fueron deportados, años más tarde, ya habían formado las pandillas que ahora carcomen a la sociedad salvadoreña y que han sido considerablemente brutales, famosas por decapitar a sus enemigos e ignorar por completo el destino de los civiles atrapados en el fuego cruzado. Ahora, como sucedió durante la guerra civil, cientos de miles de refugiados han huido, incluyendo a más de 50.000 menores de edad que en los últimos años han intentado hacer el viaje por tierra hasta Estados Unidos.

El primero en ejercer la mano dura fue el partido de extrema derecha Alianza Republicana Nacionalista, conocido como ARENA, que ganó por primera vez la presidencia en 1989. Eso solo sirvió para fortalecer la determinación y cohesión de las pandillas. Cuando el FMLN asumió el poder en 2009, intentó algo diferente. Comenzó a trabajar en secreto para negociar una tregua entre las pandillas en pugna del país. La premisa era sencilla: a través de intermediarios de confianza reunirían a los principales líderes en las cárceles de seguridad, permitirían que interactuaran y los alentarían a forjar la paz en las calles.

Cuando esa tregua finalmente se materializó en 2012, el índice nacional de homicidios cayó casi a la mitad. Sin embargo, a medida que se hizo pública, surgieron varios cuestionamientos: ¿las pandillas simplemente estaban consolidándose antes de desatar otra ola de violencia? ¿Los líderes recibían un tratamiento especial que incluía acceso a drogas y prostitutas? ¿El gobierno estaba apostando por una estrategia en la que las pandillas podrían exigir negociar si mataban a más personas? Una vez que se dio a conocer, la tregua nunca gozó de mucha popularidad entre los salvadoreños; Estados Unidos se opuso ferozmente a esa medida. En 2014, el gobierno comenzó a distanciarse del esfuerzo y la tasa de homicidios comenzó a aumentar de forma considerable.

Lo que está sucediendo es como una
guerra en casi todos los sentidos, pero en el vocabulario de la guerra no hay palabras para describir esta nueva variante.

Cuando Sánchez Cerén llegó al poder en junio de 2014, le retiró el apoyo gubernamental a la tregua. Siete meses después había encarcelado a los líderes de las pandillas en prisiones de máxima seguridad, cortando sus líneas de comunicación. Uno de los periodos más pacíficos desde la guerra civil dio lugar a uno de los más mortíferos y no solo porque la guerra entre las pandillas iba en aumento, sino porque la violencia policial también se incrementó de manera drástica.

Las autoridades mataron a ocho veces más presuntos integrantes de las pandillas en 2015 que en 2013. El diario salvadoreño El Faro reveló que por cada oficial de policía que murió en un tiroteo entre enero y agosto de 2016 fueron asesinados 53 presuntos pandilleros. Es mucho más probable que un combatiente resulte herido a que muera en la historia de la guerra moderna. Sin embargo, en un periodo de veinte meses en el que sucedieron 1074 tiroteos contra presuntos pandilleros, la policía mató a 693 y solo lesionó a 255. El vicepresidente Óscar Ortiz ha afirmado públicamente que los policías tienen el derecho de usar la fuerza letal “sin ningún temor a sufrir consecuencias”.

Lo que está sucediendo es como una guerra en casi todos los sentidos, pero en el vocabulario de la guerra no hay palabras para describir esta nueva variante. Las pandillas son algo parecido a una insurrección, pero no parecen tener ningún objetivo político excepto evitar que se les mate. La existencia de seudodiplomáticos como Santiago refleja una nueva dinámica, alguna vez impensable, con una potencial voluntad de algunos de los bandos para dejar las armas. En diciembre de 2016, los líderes de la MS-13 declararon a El Faro que estarían dispuestos a negociar con el gobierno; incluso mencionaron la posibilidad de desmantelar la pandilla en caso de lograr la paz.

Antes esta opción ni siquiera estaba sobre la mesa, pero los dirigentes parecen haber evolucionado a raíz de la tregua. En febrero, se creó la Mesa Coordinadora de Pandillas para el Diálogo y el grupo contactó a un enviado especial de las Naciones Unidas, pidiéndole que iniciara un diálogo entre las pandillas y el gobierno.

Presuntos pandilleros que fueron detenidos durante una redada en San Salvador en 2016. Credit Moises Saman/Magnum, para The New York Times

El FMLN, hasta ahora, no ha correspondido a estas propuestas, ni tampoco lo han hecho muchos de los salvadoreños. Una encuesta reciente arrojó que un 40 por ciento de los adultos del país avalaría el uso de la tortura para combatir a las pandillas, mientras que casi un 34,6 por ciento aprobaría asesinatos extrajudiciales. Los políticos son impopulares, pero también lo son las pandillas.

En la colonia Montreal de Mejicanos, un barrio violento ubicado en lo alto de una colina que está bajo el control de la MS-13, un residente me dijo que las pandillas mataron a un muchacho que se negó a entrar al grupo, lo sepultaron en una fosa clandestina y le prohibieron a sus padres que recuperaran el cuerpo. En Aguilares, asistí al funeral de un conductor de autobús que fue asesinado porque sus jefes se negaron a pagarle a dos pandillas diferentes en la misma ruta. Su hermano me contó que el dolor y la ira lo hicieron pensar en unirse a sus rivales pero, en cambio, dejaría que el gobierno acabara con ellos.

Una pandilla de El Salvador gana en un año lo que un cartel mexicano recaba en una semana. MS-13, la pandilla más grande del país, con 40.000 miembros, recauda unos 30 millones de dólares anualmente de los pagos de extorsiones de unos cuantos dólares, a veces recibidos en monedas, y los distribuye en dádivas a sus miembros, muchos de los cuales viven de cualquier alimento que puedan tomar por la fuerza de los vendedores locales. Parecen no tener interés en las ideologías. El poder que tienen proviene de su condición como el único grupo organizado presente en los barrios pobres de El Salvador; como la única “familia” de decenas de miles de niños salvadoreños abandonados y, para muchos, son la única economía que existe.

El poder que tienen las
pandillas proviene de su
condición como el único
grupo organizado presente
en los barrios pobres
de El Salvador.

En última instancia, comentó Santiago, las pandillas tendrían que sobrellevar las medidas extremas hasta las siguientes elecciones, en marzo de 2018. Santiago estima que las pandillas fácilmente podrían constituir un diez por ciento de los votos, una porción decisiva en un sistema bipartidista. El país celebrará elecciones de dirigentes y legisladores municipales, muchos de zonas que están bajo el control de las pandillas. Esos grupos podrían utilizar su poder para exigirle a ARENA que aligere la mano dura en caso de que el partido resulte electo en un acto de represalia contra el FMLN por adoptar una estrategia tan estricta contra ellos.

“El gobierno tendrá que pagar la factura por lo que ha hecho”, dijo Santiago. “Deberán responder ante nosotros, de una manera u otra”.

SANTIAGO RARA VEZ SE QUEDABA más de un día en el mismo lugar. A veces pasaba una o dos noches en la casa de su exnovia, con quien tuvo una hija que ahora tiene 7 años. También tiene un hijo de 5 años con otra mujer. En raras ocasiones se ha quedado con su abuela. Otras veces, cuando sentía que una zona estaba más caliente, se quedaba en casas alquiladas que parecían abandonadas, al menos desde el exterior.

Su obsesión con la seguridad estaba justificada: Marvin, su contraparte de la MS-13, había sido “levantado” a medianoche de su casa. Lo mismo le pasó a Nalo, el representante de Barrio 18 Revolucionarios en las discusiones de la tregua. Durante una noche, cuando llegamos a una de las casas alquiladas, Santiago se detuvo en un garaje donde había crecido la maleza y se quedó ahí por un minuto, observando a su alrededor.

La casa estaba a oscuras; era una estructura de un piso con las cortinas cerradas detrás de ventanas con herrería. Al otro lado de la calle, alguien instaló un sistema de bocinas y colgó un letrero para transformar una casa similar en una iglesia. Las voces de los evangélicos alabando a Dios sonaban a lo largo de la calle que, de lo contrario, estaría en silencio. Convencido de que no había nadie afuera, Santiago quitó las cadenas del garaje, abrió las puertas oxidadas y entró.

El interior se veía un poco mejor. La tela desgastada de los muebles de la sala estaba cubierta de quemaduras de cigarro. Los pasillos estaban llenos de telarañas. Santiago había cerrado el suministro de agua la última vez que fue y los baños no tenían agua. Decidió esperar a que la misa al otro lado de la calle terminara para volver a abrir la llave de paso. “Prefiero que la gente no me vea aquí”, dijo.

Había una nueva televisión de pantalla plana en la pared. Santiago se sentó en el sofá y encendió la tele para ver las noticias locales. Mencionó que le gusta mantenerse informado sobre los acontecimientos políticos en otras partes de América Latina.

“Deberán responder ante
nosotros, de una
manera u otra”.
Santiago

Mientras cambiaba los canales sonó su teléfono celular. Respondió y escuchó en silencio por un momento. “¿Quieres presentar una denuncia?”, preguntó finalmente. “Yo o alguien más del equipo puede llevarte a la oficina de derechos humanos mañana para llenar el papeleo”. Escuchó otra vez, dijo que entendía y colgó con un suspiro.

Era la esposa de uno de los líderes, dijo. Su marido llevaba años encarcelado y hacía meses que a ella no se le permitía hablar con él, desde que entraron en vigor las medidas extraordinarias. Dijo que la policía todavía la acosaba, pasaba por su casa, rompía sus muebles y le robaba objetos de valor. Ella había pensado en presentar una denuncia, pero había rumores de que las prisiones podrían volver a permitir las visitas de los familiares. Si presentaba una denuncia, la policía podría impedirle ver a su esposo. Al final decidió dejarlo todo por la paz.

A Santiago le gustaba su trabajo pero cada vez era más difícil. Comentó que la mayoría de sus amigos habían muerto o estaban en la cárcel. Unos cuantos se habían ido a Estados Unidos y vivían tranquilos con sus esposas e hijos. A veces pensaba que debería seguirlos, pero temía que lo descubrieran las autoridades estadounidenses. “Soy el último que queda de mi grupo”, dijo. “Cualquier cosa que pase, no será buena”.

Santiago se unió a Barrio 18 en 1998, a los 15 años. Su padre, que había sido un oficial de policía, abandonó a su familia para irse a Estados Unidos cuando Santiago todavía era muy pequeño; en su juventud tuvo pocas ambiciones excepto, quizá, que su vida tomara un rumbo distinto. Durante los primeros años como miembro de Barrio 18, pasó sus días trabajando en una tapicería mientras terminaba el bachillerato por la noche. Mantenía a su madre con el dinero de trabajos esporádicos, pero quería algo más. Dijo que le gustaba ser parte de una comunidad pero “no tenía ningún objetivo, además de serlo; solo quería saber cómo era la vida de pandillero”.

Poco a poco, las pandillas comenzaron a formalizarse con códigos de conducta que prohíben los ataques contra compañeros y el uso de drogas duras como el crack. El mismo Santiago fue parte de esa evolución. Justo antes de terminar la escuela secundaria, lo invitó a comer uno de los fundadores de la pandilla Barrio 18, Carlos Mojica, conocido como el Viejo Lin. Mojica se había propuesto convertir a Barrio 18 en algo más parecido a la delincuencia organizada. Santiago fue a la reunión saliendo de la escuela y todavía vestía su uniforme cuando se sentaron. Mojica sonrió.

“Sigue estudiando lo más que puedas”, recuerda que le dijo. “La gente como nosotros necesita encontrar algo que le interese, algo en qué ocupar su mente”. Le entregó a Santiago una lista de lecturas que incluía la Constitución de El Salvador y la Biblia. “Me dijo que debería ir a la iglesia”, recordó Santiago. “Pensé que estaba loco pero luego me dijo: ‘No estoy diciendo que te hagas cristiano pero confía en mí, no encontrarás paz en ningún otro lugar’”. Santiago tomó en serio su consejo, memorizó pasajes bíblicos y comenzó a organizar eventos evangélicos. El suyo fue un evangelio extraño, uno que combinaba principios cristianos, como la unidad y el amor, con la aceptación de la violencia y la delincuencia que define a las pandillas.

Todo eso cambió en 2006, cuando Santiago fue acusado de intento de homicidio tras un tiroteo con la MS-13, aunque afirma que él no participó. Después de que el gobierno retiró los cargos por falta de pruebas, decidió que era hora de poner fin al capítulo criminal de su vida. Preguntó a los dirigentes si podría concentrar sus energías en encontrar canales para la paz. Estuvieron de acuerdo.

Después de una persecución a pie, un policía arresta a un hombre sospechoso de ser pandillero y de haber participado en el robo de una camioneta. Credit Moises Saman/Magnum, para The New York Times

Santiago nunca me dijo cómo ni con qué se le pagaba por su trabajo, pero no podría haber sido mucho. Su hija se mantenía de las remesas que enviaban los parientes de la madre de la niña desde Estados Unidos. El único flujo de ingresos lucrativo al que podrían haber tenido acceso, de los carteles de narcotráfico que pasaban por su territorio, estaba vedado.

Le pregunté a Santiago por qué las pandillas, dada la cantidad de miembros que tenían, nunca intentaron cobrarles dinero a los carteles. Se rio. “No, cómo crees, hombre”, dijo. Con la guerra del gobierno en su contra, las pandillas difícilmente podían darse el lujo de entablar una pelea con los carteles. “He leído un poco sobre Hitler”, comentó Santiago. “Lo agarraron porque abrió demasiados frentes”.

Santiago es un conversador ágil y lleno de energía y cuando se le da rienda suelta —puede pasar de hablar sobre el gobierno comunista de China al proceso de paz en Colombia y la Rusia de Putin— mueve los brazos y el torso como un director de orquesta, como si estuviera convocando sus mejores ideas. Una vez me dijo que, en otra vida, le habría gustado estudiar Derecho, una profesión más a tono con su curiosidad intelectual. También me contó que no lamentaba haberse unido a una pandilla, pero sí no haber iniciado sus esfuerzos de reforma antes.

Las estructuras de pandillas son celulares y, a nivel de barrio, a menudo operan independientemente de la dirección general. Santiago conocía a casi todos y pasaba sus días al teléfono con sus rivales; algunas veces se reunía con ellos en persona. Intercambiaban detalles de la muerte más reciente a manos de un rival o de la policía. Hablaban de las próximas reuniones con la iglesia o con líderes de organizaciones no gubernamentales. Planeaban la emisión de comunicados conjuntos y mantenían abiertas las líneas de comunicación para evitar cualquier contratiempo en el cese al fuego.

“Nos dimos cuenta del error
quizá 24 meses después de
que había comenzado la
tregua, pero ya era
demasiado tarde”.
Santiago, pandillero

A veces se preguntaba si se habría unido a la pandilla, si su crianza hubiese sido distinta. Aunque muchos miembros de las pandillas culpan al gobierno por romper la primera tregua, para Santiago el fracaso fue más simple que eso. La tregua había mejorado las vidas de los pandilleros, quienes morían en menor cantidad, y del gobierno, que podía darse el crédito por las estadísticas de homicidios más bajas. Sin embargo, los salvadoreños promedio no veían muchas mejoras en sus vidas. Las extorsiones continuaron, al igual que el asesinato de inocentes. Santiago comentó que el principal error de la tregua fue continuar exigiéndole dinero a los civiles, ya que eso la había condenado al fracaso.

“Es muy triste llegar a esa conclusión”, me comentó. “Nos dimos cuenta del error quizá 24 meses después de que había comenzado la tregua, pero ya era demasiado tarde. Debimos haber empezado por ahí”.

Le pregunté a Santiago si alguna vez permitiría que su hijo se uniera a una pandilla. “Mi hijo es el niño más extrovertido que te puedas imaginar”, comentó, dejando escapar una sonrisa. “Te da la mano, te pregunta tu nombre y quiere contarte todo sobre la escuela. Si quisiera unirse a una pandilla, sería como en unos diez años. Para entonces, espero que esta dinámica de violencia haya cambiado; de no ser así, nadie va a querer formar parte de eso”.

MÁS DE 22.000 AGENTES de policía son responsables de la seguridad en El Salvador y ahora trabajan junto con 14.000 soldados. En vez de que las fuerzas armadas se volvieran algo parecido a una fuerza policial interna, la policía es la que se ha convertido en una especie de cuerpo militar invasor. Una noche, temprano, acompañé a un capitán de policía a patrullar Soyapango, municipio con una población de 300.000 habitantes repleto de casas de techos bajos y casuchas de lámina al este de la capital. Es considerado uno de los lugares más peligrosos del país. Mientras nos desplazábamos por una avenida estrecha y repleta de peatones, pasamos junto a un hombre que llevaba en brazos a una mujer inconsciente; el pánico era evidente en el rostro del hombre. Ni él detuvo a la patrulla para pedir ayuda ni los policías se la ofrecieron.

El capitán y un conductor recogieron a tres jóvenes oficiales que estaban en la banqueta de la plaza central, todos ellos de 27 años y graduados el mismo año de la academia de policía. Nos alejamos de las bulliciosas calles del centro de Soyapango y nos encaminamos hacia un barrio llamado Horizontes, en medio del territorio de la MS-13. Hubo un cambio perceptible en cuanto al abandono de la zona, incluso pese al ruinoso estado general de San Salvador. Las calles estaban reducidas a escombros, los lotes baldíos estaban llenos de maleza y abandonados; la mayoría de las casas estaban hechas de bloques de hormigón, sin una capa de pintura o yeso. Los terrenos estaban llenos de basura, como si fuera hierba silvestre.

El plan, en el supuesto de que hubiera uno, era buscar una casa “destroyer” —un escondite o casa de seguridad— en Horizontes, donde se creía que algunos miembros de la MS-13 podrían estarse refugiando después de un tiroteo con la policía. En realidad, la misión era mucho más simple: hacer “acto de presencia”, para mostrar que podían ir y venir como quisieran en territorio enemigo; un recordatorio para las pandillas, o cualquier persona que les ayudara, de que el gobierno no se quedaría de brazos cruzados.

Un oficial me dijo que él y sus compañeros habían matado a cinco pandilleros en un enfrentamiento armado dos semanas antes, justo en el lugar por donde caminábamos. Señaló hacia a una tubería de aguas residuales. “Uno de ellos murió allí”, dijo, ajustando su rifle de asalto. Contó que los sobrevivientes habían corrido, pero la policía creía que los pandilleros se ocultaban en esa casa “destroyer”.

La casa, sin pintura y con las ventanas tapadas con maderas, parecía abandonada. Un policía al que apodaban el Chino, golpeó la puerta. Al no recibir respuesta, golpeó el pánel de la ventana frontal. Para nuestra sorpresa, un joven que solo traía calzoncillos puestos entró en la sala, con las manos levantadas. El policía brincó por la ventana y le apuntó con el arma. “De rodillas”, gritó: “¿Qué estás haciendo aquí?”.

El joven se dejó caer de rodillas. “Aquí vivo”, contestó, alzando apenas la mirada. “Mentira”, espetó el policía. “Te estás escondiendo”.

En el centro de la habitación había un sofá de hule espuma con una sábana sucia y retorcida. Un sofá muy rasgado, con los resortes expuestos a través del terciopelo desgastado, yacía contra la pared. El Chino le preguntó desde cuándo estaba en la banda. “No estoy en nada”, contestó, “vendo tomates en el mercado central. Aquí vivo con mi novia. Está embarazada de nuestro segundo hijo”.

El policía le ordenó que se tumbara en el suelo y después colocó la punta de su bota debajo de la barbilla del joven y con ella le levantó un poco el rostro, mirándolo directamente a los ojos. “No creo que tu esposa viva aquí”, dijo. “Así”.

Otro oficial entró por el patio trasero; traía en las manos un cinturón de policía con la funda de la pistola colgando. “¿Le quitaste esto a un policía?”, reclamó el Chino, lanzando el cinturón sobre el colchón.

El muchacho comenzó a suplicar. “No, ustedes me matarían”, dijo, meneando la cabeza. “Imagínense, cómo voy a hacer algo como eso, con dos hijos”. Los policías salieron para avisar por la radio sobre el presunto robo del cinturón. Desde el otro extremo, recibieron órdenes de dejar al chico en paz. Tenía 17, era menor de edad, así que no valía la pena.

Pasando esa casa, llegamos a un campo de tiro utilizado por las pandillas. En la pared de bloques de hormigón había grafitis de unas burdas siluetas humanas con círculos torcidos a la altura del corazón. El hormigón estaba lleno de orificios de bala. En una pared contigua, alguien había garabateado las palabras “Ver, oír y callar”, un lema de las pandillas en El Salvador.

“Me entristece la pobreza.
Siento pena por estas familias,
por los que se involucran
en las pandillas, pero sobre todo
por los inocentes que mueren”.
Policía salvadoreño

Caminamos al Valle de las Delicias, un barrio situado a pocas calles de ahí. Las paredes de los edificios estaban revestidas de enormes murales de color azul y negro, monumentos conmemorativos a los líderes caídos que, a pesar de la decadencia de la zona, todavía tenían buen aspecto. Mientras íbamos caminando por un callejón encontramos a otro joven delgado, de pelo rizado y cicatrices de acné en todo el rostro, que estaba haciendo una llamada con uno de esos enormes teléfonos celulares que se fabricaban en los noventa. Un oficial le arrebató el teléfono, arrojándolo a un colega, y procedió a cachear al hombre con rudeza.

“No he hecho nada”, dijo el joven. Sus padres se asomaron de inmediato a la puerta.

El padre, que era más pequeño que su hijo y llevaba una camiseta amarillenta, preguntó: “No hizo nada, ¿por qué lo están hostigando?”. El oficial presionó el cuello del muchacho hasta torcerle la espalda. Le pidió a sus colegas una cámara para grabarlo. “No tiene antecedentes penales, ¿por qué lo van a meter al sistema?”, preguntó el padre.

“Cállate o sigues tú”, espetó el oficial.

Los policías dejaron a los familiares que estaban furiosos en el porche. “Mira cómo lo maltratan, solo porque es joven”, me dijo el padre. “No entiendo cómo pueden vivir consigo mismos, si también tienen hijos. ¿Qué les parecería que alguien les hiciera eso a sus hijos?”.

Un grupo de jóvenes observan las andanzas de las pandillas en el vecindario de Las Palmas, controlado por Barrio 18 Revolucionarios. Credit Moises Saman/Magnum, para The New York Times

Al terminar el patrullaje caminamos por los márgenes del barrio, marcados por un inmenso árbol de ceiba que se elevaba casi 40 metros por encima del estacionamiento, al fondo de un terreno baldío. El oficial que había registrado al chico me preguntó por lo que me había dicho la familia. Le dije e hizo una pausa para reflexionar.

“En estas comunidades marginadas, cada familia tiene al menos una persona involucrada con las pandillas”, dijo. “Claro que me entristece. Me entristece la pobreza, siento pena por estas familias, por los que se involucran en las pandillas, pero sobre todo por los inocentes que mueren”. Un camión de policía estaba parado debajo del follaje del árbol. Los oficiales se subieron al camión uno por uno.

“Todo esto tiene que ver con la pobreza y la marginación”, dijo, asintiendo con la cabeza mientras miraba un bote de basura cerca de las raíces del árbol, donde estaban escritas, en inglés, las palabras: Fuck Police.

POR LO GENERAL, SANTIAGO se sentía solo en su trabajo. La vida de pandillero gira en torno a la delincuencia, no la paz, por lo que se mantenía al margen. Hasta el año pasado, su comunidad incluía a un grupo informal de algunos altos líderes religiosos, diplomáticos y el comité de la pandilla. Se reunían para discutir estrategias encaminadas a reiniciar la tregua o por lo menos mantener abiertas las líneas de comunicación.

Con la presión ejercida por las medidas extraordinarias, las reuniones prácticamente habían cesado. A pesar de ello, Santiago trataba de comunicarse con los miembros del grupo y en ocasiones visitaba a algunos. Así fue como en una tarde de sábado, en octubre, condujo su auto a las oficinas de la Iglesia luterana para ponerse al día con el obispo Medardo Gómez.

“¿Dígame?”, preguntó la recepcionista, mirando a Santiago. “Vengo a ver al obispo”, dijo Santiago con una sonrisa de oreja a oreja. “Está en una reunión”, respondió ella, sin levantar la vista de la computadora.

Santiago tomó asiento y esperó. Casi era mediodía y había un puñado de personas haciendo antesala en la oficina del obispo. La mayoría vestía ropa formal. Santiago llevaba una camisa, jeans y un par de Nike que le había dado un amigo. Después de unos minutos, una mujer mayor con un traje planchado y joyería fina entró en el vestíbulo. Se paró en seco cuando vio a Santiago en la sala de espera.

“Ay, Dios mío, si eres tú”, exclamó, y corrió hacia él para darle un abrazo. “¿Sabe que estás aquí?”, preguntó ella, girando la cabeza hacia la puerta de la oficina del obispo. “Hace meses que no te vemos”, dijo entusiasmada. “¿Cómo va todo? Supimos de Alex”, agregó, refiriéndose a un miembro del comité político de Barrio 18 Revolucionarios al que habían detenido. “La situación es horrible ahora. Eres el primero que vemos en meses”.

Lo llevó hasta la puerta del obispo y lo anunció. El obispo, un anciano de ojos vidriosos, estaba sentado a la cabecera de una sencilla mesa de conferencias, en una reunión con unas cuantas personas. Los demás asistentes dejaron la sala cuando entró Santiago y el obispo se puso de pie para saludarlo. “Qué bueno verte aquí, no estaba seguro de si te habían agarrado también”, dijo al colocar su mano sobre la cabeza de Santiago. “Le dije a Alex que necesitaba hacer cambios en su rutina. Pero lo pescaron en su casa, al amanecer”.

“Gracias a Dios que no le hicieron nada más”, respondió Santiago.

Alex, al igual que Santiago, formaba parte de la comisión política desde sus inicios, a partir de que se anunció la tregua. Ahora estaba en prisión acusado de homicidio, dijo el obispo Gómez.

“Me han dicho que hay testimonios que afirman que no fue él”, continuó el obispo, con la mirada fija en la mesa como si no hablara con nadie en particular. “Tal vez lo prueben”. Dirigió la mirada hacia Santiago, que observaba la vasta colección de fotos en el escritorio y las paredes de la oficina del obispo. “Parece que eres el último que queda”.

Marvin, contraparte de Santiago dentro de MS-13, estaba en la cárcel y se sospechaba que estaba colaborando con las autoridades con base en un acuerdo negociado de culpabilidad. Nalo, uno de los principales líderes de Barrio 18 Revolucionarios, cuyo verdadero nombre es Carlos Eduardo Burgos Nuila, corrió la misma suerte. Mientras tanto, Alex fue encarcelado pero, hasta donde se sabía, no había firmado ningún acuerdo de ese tipo. Aunque las pandillas buscaron remplazos para todos con el fin de retomar las comunicaciones con el resto de la comisión, los vínculos eran nuevos y todavía inciertos.

La policía salvadoreña durante una redada en el vecindario Horizontes, en Soyapango Credit Moises Saman/Magnum, para The New York Times

Santiago le preguntó al obispo qué había pasado con los demás miembros del grupo informal: los diplomáticos, los trabajadores de las ONG y los líderes religiosos. La recepcionista entró con el almuerzo del obispo, un estofado caldoso que el obispo miró con decepción.

El obispo dijo que estaba planeando un foro para reunir a los líderes locales y funcionarios del gobierno para hablar sobre las medidas extraordinarias, en específico sobre el impacto de la violencia en los barrios. Levantó el tazón a la altura de los labios y dio un sorbo antes de agarrar un pedazo de costilla que se veía duro de roer. “Debemos insistir en el diálogo y hacerlo avanzar a todos los niveles”, dijo. “No hay que verlo solamente como un diálogo con las pandillas, hay que integrar y fomentar esto con todos”.

El obispo tenía la débil esperanza de que si los residentes de las zonas afectadas se acercaban a hablar con los funcionarios, ellos escucharían las historias de la miseria que había ocasionado su política. “Las medidas solo han empeorado las cosas, en vez de ayudar”, dijo. “La idea de un foro es para decir a nivel nacional e internacional: ‘Miren, las medidas extraordinarias no están funcionando’”. Hizo una pausa y suspiró. “No podemos negar que la cantidad de muertos ha disminuido”, continuó. “Pero la forma en la que la policía se comporta ha hecho que dejen de ser agentes de seguridad. Ahora son agentes de la muerte”.

Santiago se entusiasmó. Escuchar que un respetado líder religioso se hiciera eco de sus palabras le hizo sentir algo parecido a una catarsis. Estos días, dijo, la policía montaba supuestos tiroteos solo para matar a pandilleros y la explicación que daban después era que se trataba de terroristas. “¿Parezco terrorista?”, le preguntó al obispo.

El obispo negó con la cabeza y empujó su silla hacia atrás. Tenía unas ojeras pronunciadas. Se le hacía tarde para una reunión en otra parte de la ciudad. Miró a Santiago. “No, no tengo duda de que solo dicen eso para justificar la represión y solicitar asistencia internacional”, dijo.

Santiago acompañó al hombre hasta la salida y, acto seguido, encendió un cigarrillo en el patio del edificio, al lado de una fuente vacía y repleta de follaje. “Estas charlas me dan fuerza; me dicen que no estoy solo”, agregó, mientras sacudía las cenizas en un bote de basura vacío. “Al menos alguien piensa como yo”.

ESTE VERANO las cosas comenzaron desmoronarse para Santiago. La campaña del gobierno contra las pandillas continuó y la tregua, aunque todavía en efecto, pendía de un hilo. En agosto, los fiscales sometieron a juicio a 18 personas que no pertenecían a las pandillas pero que participaron en la creación de la tregua original de 2012; en su mayoría funcionarios y servidores públicos de escalafones bajos a los que le achacaron cargos de asociación delictiva y contrabando de mercancías prohibidas en las cárceles.

Santiago vio el juicio en televisión. Marvin y Nalo se habían convertido en testigos del gobierno después de su arresto; el segundo fue testigo estrella durante el juicio. Testificó que a los pandilleros en prisión les daban cenas de pollo frito y televisores de pantalla plana por su disposición a reducir la tasa de homicidios, pero también describió el reparto de dinero proveniente de los partidos políticos más importantes antes de las elecciones presidenciales de 2014, que incluyó más de 250.000 dólares como retribución por el apoyo de las pandillas.

Sin embargo, no se acusó ni se citó a dar testimonio a ningún político ni tampoco a los autores intelectuales de la tregua, entre los cuales estaba el actual ministro de Defensa. Finalmente, todos los acusados fueron absueltos y el juez convocó a los fiscales a acusar a los individuos que solo seguían órdenes del gobierno.

Sin dejarse abatir por esa derrota en los tribunales, el gobierno apeló la decisión del juez de inmediato y presentó una nueva ronda de acusaciones por extorsión, pero ahora en contra de quienes participaron en la tregua de 2012. Poco importaba: la mano dura del gobierno ya había desintegrado a la comisión política. Aunque la tregua seguía vigente entre las pandillas, se trataba más de la supervivencia frente las agresiones del gobierno que de forjar la paz.

Si bien Santiago sentía pena por los pandilleros exintegrantes de la comisión, sobre todo se sentía devastado debido a que los años de trabajo —construyendo alianzas y generando confianza en la sociedad civil, forjando relaciones con rivales, convenciendo a la gente de las calles sobre su visión— se habían convertido en un espectáculo público.

Santiago tenía sus propios problemas y preocupaciones. Para fines de agosto pasado, incluso antes de que los acusados fueran declarados inocentes, ya se preparaba para huir del país.

“La violencia tiene que alcanzar
un nivel mucho mayor que el
actual para que llegue la
hora de la verdad”.
Santiago, pandillero de Barrio 18

Sabía que no habría ningún respiro, al menos no hasta las elecciones de 2018. Mucho antes del juicio, Santiago escribió un manifiesto para las pandillas. Por primera vez en décadas, no apoyarían al FMLN en las urnas. En cambio, usarían su poder político para hacer que perdieran las elecciones, ya fuera apoyando a un partido de derecha o, posiblemente, a candidatos independientes.

El acuerdo tradicional, según cuenta, era que ellos recibían una compensación monetaria por apoyar al FMLN. Sin embargo, el presidente Sánchez Cerén, del FMLN, había roto su larga relación con las pandillas al emprender la guerra en su contra. Por eso, las pandillas responderían retirando su diez por ciento de los votos para castigar al partido en la legislatura. Los demás partidos políticos empezaron a tener acercamientos: políticos que buscaban acceso, favores, los votos antes de las elecciones del próximo año. “Ahora somos la chica bonita con la que todos quieren bailar”, me comentó Santiago.

Pero lo harían sin él. Las autoridades lo habían encontrado.

En febrero de este año, meses antes de que comenzara el juicio y después de una reunión con el obispo Gómez, su auto fue detenido para una inspección de rutina. La policía revisó los registros de su automóvil, así como su identificación, y lo dejó ir. Pero Santiago tenía sus sospechas. Mandó a revisar su auto con un especialista, que encontró un dispositivo de rastreo GPS pegado al chasis. Santiago cambió de vehículo.

En abril, poco después de Semana Santa, la policía lo detuvo de nuevo. En esa ocasión, lo acusaron de resistirse al arresto y lo detuvieron. Cuatro días después llegaron dos fiscales y un investigador de la policía con una oferta. El juicio por la tregua estaba a unos meses de comenzar y Santiago podía testificar contra sus excompañeros o ir a la cárcel por el resto de su vida, por posibles cargos de tráfico de armas, fraude electoral y contrabando en las cárceles. Luego de hacer la oferta, las autoridades se vieron obligadas a dejarlo ir, pues no tenían ningún motivo para retenerlo.

Pero sabía que lo arrestarían otra vez y se enfrentaría al mismo dilema. No quiso delatar a nadie ni debilitar lo que él genuinamente creía que era la única forma de salir del ciclo de violencia que consume a El Salvador. Eso equivaldría a darle la espalda a todo aquello por lo que había trabajado, así como a todos a los que había tratado de convencer. Tampoco podía imaginarse, a sus 34 años, pasar el resto de su vida en una celda de aquellas prisiones sobrepobladas y llenas de enfermedades. Decidió huir.

La última vez que hablamos no quiso decirme dónde estaba, solo que no tenía planes de regresar a El Salvador, por lo menos no durante el próximo año. Ya no era el optimista de hacía seis meses. Aún pensaba que el FMLN perdería las elecciones presidenciales de 2019 y que su pueblo, las pandillas y su comunidad se asegurarían de dificultarles las legislativas y municipales del próximo año. Pero, mientras tanto, creía que no podía hacer nada para avanzar el diálogo; el esfuerzo, por ahora, estaba fracturado.

“Ahorita soy un poco más realista”, manifestó. “Podría decir que, sin importar cuál partido gane, no van a buscar una alternativa”. Para que ambos lados de la guerra civil negociaran se requirieron años en los que se perdieron decenas de miles de vidas. Lo mismo sucedería con esta guerra, porque las guerras solo terminan cuando alguien gana o cuando ambas partes se hartan de las muertes. “La violencia tiene que alcanzar un nivel mucho mayor que el actual para que llegue la hora de la verdad”, dijo. “Solo entonces se comenzará a pensar en una solución integrada. La verdad es que este país aún tiene que derramar más sangre”.

Carta a los magistrados del Tribunal Electoral Mediocre y Miserable. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 28 noviembre 2018 / MAS! y Diario de Hoy

Magistrados:
Les quité el título “supremo”. Supremo significa eminente, extraordinario, sobresaliente, de completa autoridad…

Esto hay que ganárselo, y su tribunal, desde que ustedes asumieron sus cargos, ha sido lo contrario: mediocre y deficiente. Organizaron en el año 2015 las elecciones más desorganizadas de nuestra historia reciente, manejaron mal la crisis que esto provocó, y todo indica que todo esto se va a repetir en 2018.

Echando siempre la culpa a otros, este tribunal revela que no tiene poder, ni es supremo.

logos MAS y EDHSi tenía alguna duda, se me quitó cuando les escuché anunciar que su tribunal ni siquiera puede garantizar la comida para los 90 mil miembros de las Juntas Receptoras de Voto. Ni transporte, ni café. Y me imagino, que nuevamente los que pasarán una jornada de más de 24 horas recibiendo, registrando y contando votos lo harán sentados en pupitres para niños y sin mesas donde desplegar el montón de papeleo.

Ustedes representan al Estado. ¿Cómo se puede el Estado atreverse a pedir (o más bien ordenar) que 90 mil ciudadanos trabajen de madrugada a madrugada sin que les den de comer y beber? Hablando de un Estado donde los funcionarios (incluyendo ustedes) cobran dietas, viáticos y gastos de representación por cualquier actividad.

¿Cómo piensan motivar a estos 90 mil ciudadanos, algunos reclutados en un sorteo y bajo amenaza de sanciones, para que hagan bien este trabajo, del cual depende la legitimidad de las elecciones – y de los electos?

Dicen que no tienen suficientes fondos. Bueno, tengo dos respuestas: Primero, si fueran Tribunal Supremo y no mediocre, no se dejarían mangonear del ejecutivo y su ministro de Hacienda. Segundo, incluso si no pueden conseguir más fondos, repártanlos de otra manera, priorizando las condiciones de trabajo de las Juntas Receptoras. Sacrifiquen lo que haya que sacrificar, pero no a los miembros de las mesas.

¿Y ustedes y su ejército de funcionarios y asesores bien pagados, qué van a comer en la jornada del 4 de marzo 2018? ¿Cómo se van a movilizar? ¿Qué van a comer en las docenas de reuniones antes y después de las votaciones?

Supongo que ustedes nunca han servido en una mesa de votación, contando votos y llenado estas absurdas actas, que cualquier alumno podría llenar en dos patadas si ustedes le dan una laptop con un software adecuado. No, ustedes van a obligar a 90 mil ciudadanos a llenarlas a mano, sentados en pupitres – y encima de esto ni siquiera les van a dar de comer. Para esto hay una palabra: miserable.

Saludos,

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“Queremos que los medios de producción pasen a manos del pueblo”: Medardo González

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El 26 de noviembre, el secretario general del FMLN, Medardo González, dio un discurso ante 800 militantes de la Juventud Farabundista reunidos en un “campamento guerrillero” en Cinqueras. No ha sido publicado este discurso, pero en la cuenta oficial de Twitter de la Juventud del FMLN fue publicada una secuencia de tuits con los mensajes más emblemáticos del Secretario General. Aquí los reproducimos (en el orden de su publicación), considerando que el público en general necesita conocerlos.

Segunda Vuelta

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Medardo González, secretario general del FMLN

Medardo González, 26 noviembre 2017 / Juventud FMLN

“Uno no es de izquierda si no entiende que debemos realizar cambios de fondo y que nuestra lucha lleva a un modelo socio economico más justo, uno no es de izquierda si no entiende que debemos trabajar rumbo al socialismo.”

“Ser del FMLN no es sencillamente decir que uno es de izquierda, ser del FMLN es regir su vida bajo principios de solidaridad asi como los principios del Marxismo.”

“Tenemos muy claro que debemos realizar un cambio del capitalismo al socialismo, estamos en la fase de transición para la construcción de una sociedad popular.”

“El socialismo nos decia Schafik, no se termino con la caida del bloque socialista, ahi esta Cuba, China, Iran, el socialismo es de carne y hueso y debemos seguir este proceso para transformar nuestra sociedad.”

“La batalla del proletariado y del campesinado, quienes nos son los dueños de los medios de producción, que todavía tenemos las posibilidades de seguir luchando por mejores condiciones de vida.”

Screen Shot 2017-11-26 at 10.23.09 PM.png“Que queremos nosotros, que los medios de producción pasen a manos del pueblo, que la clase trabajadora no se deje entrampar por areneros, social demócratas e inclusive oportunistas que se atreven a tomar nuestras consignas pero que persiguen un proyecto personal.”

“Desde que los derrotamos en 2009 y tomamos el gobierno con la derecha viene construyendo un ambiente para que el pueblo soberano pierda su fuerza y actores como la sala puedan hacer lo que les plazca.”

“Si el FMLN decide seguir este método de lucha, el FMLN asegurara la mayoría en la Asamblea Legislativa y más alcaldías importantes, la derecha pensaba que en 2014 iban a derrotarnos y seguimos triunfando”

“Ellos tienen medios de comunicación y divulgan un optimismo desmesurado a sus fuerzas y a ellos mismos, una tropa desmotivada asegura perder, pero una tropa con optimismo, esa tropa sorprende y nosotros vamos a sorprender.”

“Afianzemos este concepto, somos soldados de la revolución salvadoreña, camaradas, Hasta la victoria siempre, Viva el pueblo salvadoreño!!!”

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¡Feliz cumpleaños, Nicolás! De Alberto Barrera Tyszka

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 26 noviembre 2017 / PRODAVINCI

El gran logro de la oposición en las últimas semanas ha sido la celebración pública del cumpleaños del Nicolás Maduro. Quién sabe cómo pudieron infiltrarse en el Estado Mayor de Comandos Superiores para la Organización de Festejos Presidenciales pero, sin duda alguna, el numerito del merengue televisado, con la participación de un artista internacional, fue una genialidad. En medio de la hiperinflación y de la escasez, de la pelazón generalizada, del hambre con hache dura, ahí estaba el Presidente, tan sonriente, intentando bailar mientras Bonny Cepeda cantaba una pieza titulada “Asesina”. ¿No es acaso una imagen impactante?

prodavinciEse mismo día, el propio Maduro había promocionado por las redes sociales un video biográfico que –en la clásica tradición de la industria del culto a la personalidad– comienza a construir un nuevo melodrama heroico, reinventa la vida personal desde el poder. Según esta pieza, el niño Nicolás, con apenas 8 años, cada vez que veía El Ávila pensaba en Simón Bolívar. No faltaba más. Es una asociación súper lógica. Pero al tocar el momento de la adolescencia, el guion resolvió la narrativa de manera aun más trepidante y veloz: con una frase que asegura que, un buen día, el joven Nicolás le dijo a sus amigos “me voy a vivir la revolución”. Y se acabó. Lo demás son fotos con el Comandante Chávez y un cierre emotivo con un niño que declama loas y que luego se suma a un gran grupo de infantes para gritar “¡Feliz cumpleaños, Presidente!”

¿A quién se le ocurre producir, distribuir y promover algo así en un país donde la harina se vende por cucharadas? Porque la gente no puede pagar. Porque el sueldo solo da para eso. Según una nota firmada por el medio Efecto Cocuyo, varios productos de la cesta básica ya se mercadean de esta manera en las zonas populares. Hoy en día, los niños de los barrios ven la montaña y se marean. Tienen un ay bajo el ombligo. Siguen pensando en comer.

Los mensajes de felicitación nos mostraron diferentes niveles posibles de adulación. El exceso de adjetivos también empacha. Pero ya es un protocolo, forma parte de la ceremonia oficial del poder. Se puede observar en cualquier acto público. Esta misma semana, para no alejarnos demasiado, en un encuentro con estudiantes de educación media, una dirigente habló durante varios minutos sin expresar más de una idea pero repitiendo –hasta el empalago– la fórmula “Compañero-Comandante-Camarada Presidente Maduro” para alabarlo, agradecerle, reafirmarle de manera constante su apoyo incondicional. La retórica como método. La retórica como sometimiento.

¿Será posible diagnosticar cuándo y cómo el liderazgo oficialista perdió su conexión con la realidad? ¿Cuándo decidió conscientemente evitarla y, luego, de manera abierta, negarla? Entre el país del oficialismo y el país de la mayoría de los venezolanos hay un abismo irremediable. La revolución solo es una parodia. La vida real es una tragedia.

En honor a la verdad, podría decirse que no se trata de un problema exclusivo del gobierno. También el liderazgo de la oposición vive un cisma similar. Basta con revisar todo el proceso reciente. En buena parte, es una dirigencia que parece vivir en un país paralelo. Lamentablemente, sobran los ejemplos: Manuel Rosales y Timoteo Zambrano, más cómplices del gobierno que de la unidad; los grandes partidos y sus candidatos permanentes a la Presidencia; Antonio Ledezma y su inútil intento por convertir su fuga en una epopeya política (dejándole una bandera sin significados a María Corina Machado, proponiendo purgas en Madrid, coqueteando con la posibilidad de ser nombrado Presidente por el TSJ del exilio)… El país se encuentra hundido en una profunda crisis de representación política. No solo se trata de las élites, de aquellos que aspiran a conducir la dinámica política. Se trata del sentido mismo de la representación, de su pertinencia y de su validez. De la idea de su eficacia.

La deslegitimación del CNE y del sistema electoral solo agudizan la situación. La caída en picada del voto, como expresión útil, como valor, como espacio de poder, hace más evidente el precipicio. ¿Es este el triunfo final de la antipolítica?

El país que celebra en cadena nacional el cumpleaños de Nicolás Maduro es el mismo país de una ANC cuya prioridad, hasta ahora, es reglamentar la censura y la represión. Es el país de un TSJ que, esta semana, por cuarta vez negó un recurso presentado por la ONG Cecodap para salvaguardar la salud de los niños ante la escasez de medicinas. Es el país que, según aseguró Castro Soteldo hace dos días, abrirá una primera fábrica de fusiles Kalashnikov el año que viene.

En el país de la mayoría de los venezolanos, un trasplantado renal protesta en la calle, alzando con sus dos manos un cartón, porque no hay medicinas que impidan su muerte. Una mujer compra cuatro cucharadas de harina en la redoma de Petare. Demasiados jóvenes sueñan desesperadamente con salir del mapa. En el país de la mayoría, hay difteria y niños que se mueren de desnutrición. Ninguno de ellos, esta semana, pudo aparecer en un video gritando ¡Feliz cumpleaños, Nicolás!