Ciudadanos

Carta a los votantes: Un test de carácter. De Paolo Luers

2 octubre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Estimados ciudadanos:
Mañana suena el tiro de salida para la carrera por la presidencia. Ya pasamos meses pendientes de los candidatos, sus fotos, sus entrevistas, sus consignas – pero lo que ahora viene son 4 meses de propaganda masiva, de giras, de debates, de encuestas, de propuestas y contrapropuestas y críticas a las propuestas, de decenas de miles de activistas movilizándose en plazas, barrios y redes sociales, incluyendo miles de troles con sus mentiras e insultos…

Es una carrera de maratón. Ganará el candidato con mejor estrategia, mayor consistencia, mejor economía de esfuerzos – y quien al mismo tiempo presente las mejores propuestas de la manera más clara, audaz y creíble.

No necesariamente ganará el que puede movilizar más dinero, saturar los medios con spots y cancioncitas. Como el maratón, en el fondo es una prueba de carácter.

No vamos a premiar al más elocuente. Con Saca y Funes tuvimos dos presidentes extremadamente elocuentes, y miren cómo nos fue con ellos. Más que labio exigimos credibilidad y coherencia. A los que hagan las promesas más impactantes, los vamos a observar con más desconfianza. A los que con más habilidad apelen a nuestras emociones, nuestros resentimientos, miedos o sueños, los vamos a analizar bajo la lupa para ver si detrás de la oratoria y propaganda existe racionalidad.

Los ciudadanos vamos a fijarnos más en los tonos suaves y los argumentos que en los grandes gestos. No todos, siempre habrá los que ciegamente aplaudirán a quienes ya asumieron como sus favoritos, líderes, salvadores o redentores. Pero la ciudadanía, en su mayoría, luego de tantos engaños, ahora es más crítica, más escéptica, más exigente, más independiente – más libre. Ojalá que los candidatos lo entiendan y sepan hablar a esta mayoría.

Quienes piensan que todo ya está decidido, se autoengañan – y nos quieren engañar. En estos cuatro largos meses de campaña cualquier cosa puede pasar. El Frente puede recuperarse, Vamos puede conectar con muchos de los indecisos, y los dos “favoritos”, Bukele y Calleja, pueden cometer errores fatales – o consolidar su posición con muestras de liderazgo.

De nosotros, los ciudadanos críticos, depende de que el país no se equivoque nuevamente. El Salvador no aguanta otro gobierno ineficiente, incapaz y que no tenga el valor de definir correctamente sus prioridades. Por esto, mi única recomendación a los votantes es: Desconfíen de los que en esta campaña traten de decir lo que se imaginan que ustedes quieren escuchar. Fíjense en quienes tienen el valor de decir verdades, aunque nos puedan doler y nos exijan sacrificios.

Repito: En el fondo esta carrera presidencial es una prueba de carácter. Pero no solo del carácter de cada uno de los candidatos, también del carácter de cada uno de nosotros. Si nosotros, los ciudadanos, pasamos este test de carácter, nuestro país tendrá futuro. Si no, nos van a seguir engañando y frustrando.

Saludos,

“La gente quiere cambios, pero también estabilidad”. Una conversación política de Paolo Luers con Sonia Sierra, diputada del ‘Parlament de Catalunya’

En España, Ciudadanos, el ‘Partido de la Ciudadanía’, ha crecido elección tras elección, encuesta tras encuesta. Ya desplazó a los socialistas, los nacionalistas y Podemos, con posibilidad de relevar al Partido Popular de Mariano Rajoy del poder. Para entender este fenómeno se solicitó una entrevista a Inés Arrimadas, una de las principales figuras líderes de este partido. Era mal tiempo para hablar con ella: Como jefa de oposición en el Parlament, estaba inmersa en las últimas negociaciones para resolver la crisis de ingobernabilidad en Cataluña. La conversación al fin se hizo con Sonia Sierra, una profesional de educación convertida en diputada y dirigente de Ciudadanos.

Sonia Sierra, diputada por Ciudadanos en el ‘Parlament de Catalunya’

13 mayo 2018 / EL DIARIO DE HOY

¿Adonde está situado Ciudadanos en el espectro político? Parece una novedad: el centro reaccionando a la crisis del bipartidismo. Normalmente, para romper al bipartidismo clásico, los movimientos se originan desde los polos, o muy de izquierda o muy de derecha. Pero a diferencia de Podemos, que se ubica a la izquierda del PSOE y cuestiona el sistema político, Ciudadanos se ubica en el centro defendiendo al sistema. ¿Cómo surgió esto?

Ciudadanos nace en Cataluña, como reacción al nacionalismo. Gran parte de los políticos catalanes son nacionalistas, estén en el partido que estén. En el momento que los socialistas alcanzan el poder, después de muchísimos años de gobiernos nacionalistas, los socialistas continúan con el nacionalismo. Pero hay un grupo enorme los ciudadanos que no comulgamos con el separatismo catalán y nos sentimos huérfanos, nadie nos representaba, y surge Ciudadanos. Primero es una reacción al nacionalismo, sobre todo porque los partidos de izquierda son tan nacionalistas como los partidos de derecha llamados nacionalistas. Se forma una plataforma ciudadana, que después dará lugar a en partido. Es una plataforma ciudadana que apunta a ciudadanos provenientes de diferentes espectros en el arco ideológico, y finalmente se acaba constituyendo un partido a nivel nacional, que ocupa un espacio que no tenía representación en España. Es un espacio de centro, liberal y progresista, que lucha tanto contra el populismo nacionalista como contra el populismo de izquierda, que son las dos amenazas que tenemos ahora mismo.

Ciudadanos versus Podemos

Interpreto que Ciudadanos juega un papel de contención frente a tres peligros para la democracia española: la inmovilidad del Partido Popular, combinada con la corrupción y la falta de apertura democrática; los movimientos separatistas, sobre todo en Cataluña; y el populismo de Podemos y su intención de capitalizar el descontento que ha surgido con el bipartidismo para cuestionar todo el sistema político nacido de la transición democrática. ¿Es así?

Sí. Vamos por partes. Podemos hace un diagnóstico, hace protesta, pero no hace ningún tipo de propuesta. No son capaces de pasar de la protesta a las soluciones. En cambio, Ciudadanos hace un diagnóstico de las cosas que funcionan bien y que funcionan mal, y a partir de ahí hacemos propuestas de la regeneración democrática, en contra la corrupción, y para acabar con el nacionalismo y el populismo. 

Sonia Sierra con Paolo Luers en el Parlament en Barcelona

Tengo la impresión que en cuanto a confrontar o incluso contener esta tendencia populista de Podemos, que surgió con el propósito de articular políticamente el descontento que se mostró en las manifestaciones masivas y en la crisis social y del empleo, Ciudadanos es un éxito, viendo las encuestas que lo ponen como primera fuerza, tanto en Cataluña como en España entera.

Claro, porque surgimos de la sociedad civil, de personas que no nos dedicamos a la política profesionalmente, y en un momento de crisis económica, social e institucional damos respuestas que no era capaz de dar ‘la vieja política’, o sea, los partidos de bipartidismo – pero tampoco Podemos, porque se queda en la protesta y no es capaz de ofrecer propuestas viables. Los ciudadanos confían en nosotros, porque nos ven reformistas. Ven que no planteamos cosas imposibles y que podemos dar estabilidad. La gente quiere cambios, pero también quiere estabilidad. Somos el partido que mejor ha sabido canalizar todo este contento que se veía en el 15M (el ‘movimiento de los indignados’ del 15 de mayo 2011), resultado de una profunda crisis económica, social, cultural e institucional. Con el paso del tiempo, nos ven como el partido que mejor es capaz de vehicular todos estos anhelos de la sociedad española de cambio, de regeneración democrática, pero sin poner en peligro todo lo que hay – hacer cambios, pero mantener la estabilidad del país.

Si no hubiera surgido Ciudadanos de la manera como después irrumpió en la política nacional, ya como fuerza nacional, Podemos hubiera quedado con el monopolio de articular todos los descontentos y orientarlos en una dirección antisistema. ¿Esto hubiera causado una crisis política muy seria en España? ¿Es Ciudadanos la contención a esta tendencia populista, que sigue existiendo, pero ya no tiene esta fuerza, porque surgió Ciudadanos? ¿Es Ciudadanos también la contención al separatismo catalán?

Sí. Ciudadanos ha logrado vencer al nacionalismo en Cataluña por primera vez en 40 años, tanto en votos como en escaños. Tenemos una ley electoral muy injusta que no nos permite gobernar, pero en Cataluña hemos vencido a ambos populismos, el separatista de los nacionalistas y el de izquierda de Podemos.

Ciudadanos versus el Partido Popular 

En cambio, la otra función de Ciudadanos, la de obligar al PP, la derecha conservadora, a cambiar, a transformarse, a abrirse, a democratizarse y a superar la corrupción, parece que ustedes no han funcionado tanto.

Sí ha funcionado. Ya no es lo mismo…

¿Es una de sus líneas estratégicas ser catalizador para un cambio dentro de la derecha, en especial del PP?

No del PP, en general. Catalizador de cambio de la política, del ejercicio del poder. Sea el PP, los socialistas, los nacionalistas, todos que han estado en el poder tienen casos de corrupción y necesitan transformarse. Lo que todos han hecho para generar gobernabilidad era pactar sillas y cargos: Me das la consellería (ministerio. P.L.) de educación y de medio ambiente, y te apoyo en la investidura (formación del gobierno. P.L.). Ciudadanos es el primer partido que para apoyar la investidura no pide sillas, sino pide reformas que son buenas para todos los españoles. Dentro de estas reformas está la obligación de que, cuando hay un caso de corrupción, o por lo menos una imputación, la persona tiene que abandonar su puesto. Ya hemos logrado que se abandonen escaños en Andalucía, en Murcia, en Madrid. Ha habido un cambio. Hay un cambio sustancial, que nunca antes se había hecho aquí en España: apoyar investiduras a cambio de reformas.

¿Ustedes se han imaginado hace un par de años que podían llegar al punto de ser la primera fuerza de España?

Todos los que estamos en este proyecto creemos mucho en nuestras ideas. Estamos en esto para acabar gobernando y cambiando este país.

¿Cuáles son los factores de su éxito? ¿Es su forma de liderazgo, son su principios, o son los errores de los demás partidos?

Nosotros tenemos muy buenos líderes: En el caso de España, Albert Rivera, Inés Arrimadas en Cataluña. Todos somos personas que provienen de la sociedad civil, que no nos hemos dedicado profesionalmente a la política nunca, y tenemos trayectorias incuestionables en nuestras áreas de trabajo, sea educación o sanidad pública o infraestructura… Luego, hemos hecho un buen diagnóstico, y a partir de este diagnóstico hemos desarrollado propuestas que los ciudadanos ven viables.

Inés Arrimadas, dirigente de Ciudadanos y jefe de la opsición en Cataluña

Esta característica de ciudadanos que se meten en política, que no viven de la política, ¿cómo se mantiene esto, una vez el partido crece y tiene que llenar parlamentos y gobiernos?

Abriendo la política, abriendo nuestras listas siempre a personas de a sociedad civil, a independientes. Manteniendo el compromiso que estás de paso en la política. Yo en cualquier momento me reincorporo a mi trabajo de profesora. 

Ustedes se llaman ‘Partido de la Ciudadanía’. ¿Qué mecanismos tienen, a diferencia de otros partidos, que les permite mantener y desarrollar esta relación partido-sociedad?

Estar siempre abiertos a talentos, a independientes. Siempre tener listas llenas de personas que vienen de la sociedad civil, y que se han destacado por su trabajo: en salud, en ferrocarriles, en educación… El principio es que las personas que se van a dedicar a salud, o a lo que sea, sean profesionales solventes en este campo, que tengan competencia y nexos ciudadanos.

 

La crisis catalana

Hablemos de Cataluña. ¿Cuál va a ser el desenlace de esta crisis?

Nosotros hemos ganado las elecciones, pero no podemos gobernar. La responsabilidad recae sobre los nacionalistas. Su máximo interés no es resolver la crisis, sino que siga habiendo líos. Han insistido en la investidura de personas que están presos o fugados de la justicia. No tienen interés en gestionar soluciones a los problemas reales de Cataluña, sino en prolongar su ‘proces’ separatista. Por esto proponen candidatos que no son viables. Si el 22 de mayo no han logrado formar gobierno, Cataluña va a elecciones nuevas. Sería responsabilidad de ellos.

Posiblemente para ustedes sería una ventaja ir a nuevas elecciones.

Puede ser, pero nosotros no queremos repetir las elecciones. Estamos preparados para volver a ganarlas, pero Cataluña tiene que empezar a funcionar de una sola vez. Desde julio del 2017 no se habla de sanidad, no se habla de educación. Aquí en el pralament no se reúnen las comisiones, no se avanza en nada. Hay que darle respuestas a los ciudadanos. Volver a ir a elecciones solo prolonga esta agonía. No podemos tener Cataluña paralizada por culpa de los separatistas y el antojo de un político prófugo.

¿Cuál es el papel de Podemos en todo esto?

Hay un acuerdo entre Ciudadanos, el PSOE y el PP de mantener la institucionalidad en Cataluña. Podemos no se quiso sumar. Como siempre, sirve de muleta de los separatistas.

¿Algún consejo para quienes quieren emular la experiencia de Ciudadanos en otros países, por ejemplo en América Latina?

Confiar en la ciudadanía. Siempre estar cerca de las organizaciones de la sociedad. Tener propuestas viables. Impulsar cambios sin romper la estabilidad. Se comienza chiquito, pero haciéndolo bien, la gente se da cuenta que hay una opción viable.

Gracias. Salúdame a Inés. La próxima vez me encantaría conocerla.

 

 

La elección de los que eligen o nombran a todos los demás. De Joaquín Samayoa

Joaquin Samayoa-05Joaquín Samayoa, 2 marzo 2018 / EDH-Observador

Se conoce como “aparato estatal” al conjunto de instituciones encargadas del gobierno central y los gobiernos locales, la aprobación de leyes, la administración de justicia y el control del uso de los fondos públicos. Es un aparato inmenso que cuenta con varias decenas de miles de empleados a su servicio y cuesta a los contribuyentes entre 4 y 5 mil millones de dólares anuales solo para mantenerse funcionando bien o mal.

observadorLos ciudadanos individuales o corporativos cargamos con el 100% de los costos del aparato estatal, pero no llegamos a conocer más que una mínima parte de cómo los funcionarios públicos gastan, invierten o despilfarran nuestro dinero y el dinero adicional que llega como regalo de países amigos a nuestro país. Tampoco tenemos injerencia alguna en la selección y evaluación de desempeño de la inmensa mayoría de personas que dirigen las instituciones públicas o trabajan en ellas.

Nadie, en su sano juicio, metería tanto dinero en una empresa de esas características. Pero a los ciudadanos, la ley nos obliga a hacerlo. Y a los que no podemos ocultarnos en esa zona de penumbras, conocida como sector informal de la economía, ese mismo aparato al que mantenemos nos busca, nos encuentra, nos exprime y nos obliga a soltar el billete que tanto nos cuesta ganar.

Pero en los regímenes de democracia representativa, el Estado nos concede y garantiza una valiosa prerrogativa, que lamentablemente muchos ciudadanos no aprecian en su justa dimensión. Se nos permite elegir, mediante voto directo, igualitario y secreto, a los que deciden cómo se gasta nuestro dinero, a los responsables de crear un ordenamiento jurídico que garantice nuestras libertades y derechos.

Esos mismos que hacen las leyes y reparten el dinero además eligen al defensor de los derechos humanos y al principal responsable de perseguir y castigar a los delincuentes que atentan contra el bienestar de la población. Eligen también –y esto es sumamente importante– a los integrantes del máximo tribunal de justicia, entre cuyas funciones está la de garantizar la integridad del Estado democrático y el apego de todos los actos de gobierno a las normas y preceptos consagrados en la Constitución de la República.

Los ciudadanos tenemos también la potestad de decidir quienes gobiernan el municipio donde vivimos. Nos toca hacer eso este próximo domingo, pero también elegimos al presidente de la república, quien a su vez escoge a cientos de funcionarios que están al frente de todas las instituciones del poder ejecutivo.

Es cierto que ese gran poder que el Estado democrático nos garantiza a los ciudadanos está limitado por el filtro que aplican los partidos políticos, ya que ellos escogen a los candidatos a quienes podemos dar o negar nuestro apoyo. Y es cierto también que los partidos no nos ofrecen muchas opciones satisfactorias. Pero las elecciones no son un juego de todo o nada. Es igual que cuando usted entra a un almacén. Entre un montón de cosas que no le gustan o no le quedan o no le sirven, puede encontrar lo que anda buscando o salir y entrar al almacén contiguo y seguir buscando hasta que encuentra.

Entonces, no sea perezoso, no ponga la excusa fácil de que todo es lo mismo y todo es malo. Y, si lo hace, después no se queje, no llore cuando los problemas del país y de su familia en vez de mejorar empeoren. No le haga eso al país y a sus propios hijos y nietos. No se lamente cuando le hayan quitado su empresa, su dinero, su empleo, su libertad y hasta el derecho a protestar.

De nosotros, los ciudadanos, depende elegir a personas honestas o corruptas, competentes o incapaces, motivadas por el logro del bien común o interesadas solamente en sus propios beneficios personales, respetuosos de las leyes o pícaros buscando siempre jugarle la vuelta al ordenamiento jurídico. La lealtad irracional a un partido político termina volviéndonos cómplices de actuaciones ilegales o inmorales, nos hunde cada vez más en el lodo de la corrupción y la ineficacia. Al final, son las personas las que pueden hacer la diferencia.

Nosotros los ciudadanos, individual y colectivamente, somos en gran medida culpables del mal gobierno del que tanto nos quejamos; nosotros seremos culpables también si llega a hacerse realidad eso que tanto tememos, si se van limitando cada vez más nuestras libertades, si se van atropellando cada vez más nuestros derechos, si se van debilitando y corrompiendo cada vez más las instituciones que deben velar por el funcionamiento ordenado de la sociedad y la convivencia armónica entre las personas sin discriminaciones de ninguna índole.

La coalición de los sensatos. De Héctor E. Schamis

Cuando el sentido común es carismático.

Hector-Schamis

Héctor E. Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown.

Héctor E. Schamis, 11 febrero 2018 / EL PAIS

Según una reciente encuesta, Ciudadanos sería hoy el partido más votado de España. Se sitúa a más de seis puntos por encima del PP y a más de ocho por sobre el PSOE, relegando a Podemos a un lejano cuarto lugar. Las elecciones no son hoy, pero su crecimiento no deja de ser remarcable.

Se explica por su éxito en Cataluña; un éxito basado en la coherencia exhibida frente a la problemática independentista y el liderazgo de una candidata en extremo carismática, Inés Arrimadas. En España y más allá, la moraleja es que el sentido común también es una forma de carisma. Toma forma así una tendencia general a la cual no se le ha prestado debida atención.

el paisEs que los “ismos” hacen más ruido que la sensatez. Los nacionalismos, proteccionismos, populismos y racismos en boga son casi una coalición espontánea, de pocas similitudes entre sus miembros excepto por rechazar lo mismo: el orden liberal internacional. Ello es común a sus respectivas utopías. Y también a sus diversas distopías: harían caer las instituciones políticas democráticas y la arquitectura de la cooperación.

En contraste, va surgiendo la coalición de la responsabilidad. Ciudadanos es un ejemplo. De España a la Francia de Macron y de allí a la Alemania de Merkel, el antídoto contra la demagogia xenófoba va tomando cuerpo sobre la base de un objetivo: revalorizar y recrear la Unión, lo cual requiere preservar la integridad de los Estados que la forman.

Se olvida a veces que aquella fantasía carbonífera de Jean Monnet—surgida de las cenizas de la guerra—terminó siendo la experiencia colectiva de construcción democrática más importante de su historia. No se debe jugar con los fantasmas del pasado. De hecho, la historia europea anterior a 1950 era de intolerancia, inestabilidad y violencia, tal como la describe Mark Mazower desde el mismo título en Dark Continent.

A ambos lados del Atlántico, una ola de sensatez llega de la mano de liderazgos femeninos, Arrimadas ilustra cabalmente el punto. En su versión americana o en la francesa, #MeToo es un megáfono de derechos. En América Latina, #NiUnaMenos representa la lucha contra la violencia y el feminicidio. En Estados Unidos se anuncia un aluvión de candidatas mujeres en las elecciones de noviembre próximo, y eso en ambos partidos. En todas partes, la igualdad de género significa mejor democracia.

El sistema interamericano también ha sido una experiencia colectiva democrática, aun anterior a la de Europa. No obstante, las democracias han tenido que convivir con dictaduras, lo cual vuelve a estar en juego hoy con los populismos y estalinismos diversos y sus intentos de perpetuación. Frente a ellos está el sentido común de Lenin Moreno y la victoria de la alternancia, de los bolivianos que impiden la eternización de Morales, de un Piñera en transición ejemplar, de un Macri que habla de instituciones y llama al gobierno de Maduro por su nombre.

No es solo cuestión de ética, que desde luego importa. También existe una cierta estética de la sensatez. Es la del líder que no grita, solo explica. No insulta ni descalifica, argumenta. No impone sino que persuade. No promete, en su lugar proyecta colectivamente.

Es decir, dicho líder es racional, sabe que en política y en economía toda solución es de segundo orden de preferencia. Ergo, no da órdenes, simplemente negocia. Lo hace con buenas maneras, porque la conversación respetuosa es la gramática de la ciudadanía, sin la cual no hay democracia.

Lo cual se traduce en respeto por el ciudadano, a quien ve como un ser pensante, autónomo y crítico, no una pieza de algún sistema de dominación clientelar. Allí reside la horizontalidad ética y estética de la coalición de los sensatos.

 @hectorschamis

Una nueva mayoría española. De Cayetana Álvarez de Toledo

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Cayetana Álvarez de Toledo, periodista y política española

Cayetana Álvarez de Toledo, 23 diciembre 2017 / EL MUNDO

El 10 de octubre de 2006, Xavier García Albiol me protegió de una lluvia de piedras y huevos a las puertas del Centro Cultural de Martorell. Habíamos acudido juntos a un mitin de Ángel Acebes y Josep Piqué -por entonces, respectivamente, secretario general del Partido Popular y líder del partido en Cataluña- y a la salida nos encontramos con que unos 90 energúmenos nacionalistas bloqueaban la puerta. Impresionada, incluso fascinada -mi bautismo en la violencia política-, pegué la nariz al cristal. Un grupo de niños, vocecitas de San Ildefonso, gritaban desquiciados: “¡Fascistas, fascistas!”. A su lado, jaleándoles, el simpático líder de las Juventudes Socialistas del lugar. Durante algo más de una hora esperamos que llegaran refuerzos policiales. Pero los Mossos ya eran los Mossos y además gobernaba José Luis Rodríguez Zapatero. Un escolta nos sugirió huir por la puerta de atrás, pero Acebes se negó y encaramos el pelotón. Albiol, dos metros, voluntarioso y valiente, fue nuestro escudo humano. Se llevó varios golpes y también dio alguno, lo que motivó que la izquierda y el nacionalismo en bloque exigieran, escandalizadísimos, su cabeza. Lo típico: la víctima convertida en agresor.

el mundoRecordé aquel día y aquella lluvia mientras caían los resultados electorales del PP. Qué absurdo pedir la dimisión de Albiol, pensé, cuando nunca pecó de pusilánime y cuando la política sobre Cataluña ha sido diseñada y dirigida desde la atalaya de La Moncloa. Pero, sobre todo, qué ridícula su propia reacción. Este pobre tuit: “Hoy los resultados serían distintos si no hubiese habido ese empeño por parte de Ciudadanos y cía. de hundir al PP para ganar, en lugar de sumar”. Al rato, el portavoz Rafael Hernando reincidía en la consigna: “Si Arrimadas ha ganado las elecciones lo lógico es que pueda formar gobierno. Si no de qué ha servido el campañón contra el PP. ¿Todo para nada?”. Pocos espectáculos más desasosegantes que un dirigente político aferrado a una teoría de la conspiración. Por lo que revela sobre su capacidad de análisis. Y sobre todo por lo que sugiere respecto a su futuro.

Nadie ha hecho más para hundir al PP en Cataluña que el PP. Da hasta pudor repasar la lista de errores cometidos en los últimos años. Y yo me reprimiré. Sólo diré que nunca una debacle fue más previsible ni tuvo más amigos que la pronosticaran. Y que sus consecuencias serán graves. Las elecciones catalanas del 21 de diciembre son para el PP lo que fueron las elecciones andaluzas del 23 de mayo de 1982 para UCD: la evidencia sangrante de que el partido ha perdido su utilidad social. Cataluña no es una comunidad cualquiera. Es el lugar de España donde hoy más dramáticamente se libra la batalla entre la democracia y sus enemigos, entre la razón y la reacción. Y sus ciudadanos han dicho que no consideran al PP, ¡el partido del Gobierno!, un instrumento útil para este crucial desafío. La pregunta es inevitable: ¿Y entonces para qué sirve?

El presidente Rajoy minimizó ayer la fuerza de Ciudadanos en el resto de España y recordó los resultados de las dos últimas elecciones generales. Es cierto que las extrapolaciones son pura materia tertuliana. Y que las expectativas nacionales sobre Ciudadanos han resultado hasta ahora exageradas. Sin embargo, el presidente obvia un dato fundamental. Ciudadanos, de nacimiento heroico y adolescencia dispersa, está madurando. Reconciliándose con sus orígenes, digamos. Ha aprendido de sus errores de 2015, cuando en lugar de situar el eje del debate entre demócratas y nacionalpopulistas lo hizo entre viejos y jóvenes. Aquel colegueo con Pablo Iglesias, con Évole de tutor. Aquella liviandad de márketing: “Hablar de nacionalismo nos escora hacia la derecha”.

En el PP protestan que hasta el pasado mes de septiembre Albert Rivera abjuraba del artículo 155. Y es verdad. La propia Inés Arrimadas se oponía a su aplicación con el argumento rasante de que “perjudicaría a los catalanes”. Pero llegó octubre, con su golpe, su rey y sus dos manifestaciones, y todo cambió. Por oportunismo o porque de pronto reabrió los ojos, Ciudadanos ha asumido, y reivindicado, y ejercido una idea que en España tiene pocos precedentes y cada vez más partidarios: lo moral es lo eficaz. Es una idea emocionante y más fácil de poner en práctica de lo que la estúpida tiranía de la corrección política ha hecho creer. La superficie, la costra vieja, se resiste. Pero debajo hay una corriente que empuja, optimista. Cuarenta años de nacionalismo habrán convertido a dos millones de individuos en autómatas xenófobos, entregados a la anti-lógica del morir matando. Pero cuarenta años de Constitución también han dejado huella, y es benéfica. Hoy un murciano no acepta sin más la condición de ciudadano de segunda. Hoy el primer partido catalán rechaza los privilegios, promueve la solidaridad y se envuelve en la bandera española como símbolo de libertad. El día que el líder del PP vasco, Alfonso Alonso, defendió el Cupo entre ataques a Ciudadanos -lo acusó de hacer “nacionalismo a la inversa”-, el monitor del PP exhibió una línea plana y empezó a emitir pitidos. Ya no se puede hablar de una división del centro-derecha. Ha comenzado el proceso de sustitución.

El presidente del Gobierno no va a convocar elecciones generales. Pedirle que lo haga es un homenaje a la melancolía. Pero quizá también un acto de responsabilidad: por pedir que no quede y, sobre todo, que por mí no quede. España necesita una nueva mayoría política. Emancipada del nacionalismo. Lúcida, consciente y movilizada. Dispuesta a encarar sin hipotecas y con el máximo aval popular la etapa abierta por las elecciones catalanas. Esta nueva etapa ya no estará definida por la unilateralidad ni por la revolución ni por el ataque frontal a la legalidad, sino por una propuesta aviesa, todavía más difícil de combatir. Lo anticipó hace unos días el lehendakariUrkullu, referente de la moderación, según el Madrid gagá. Ante el Partido Demócrata Europeo reunido en Roma, reclamó solemnemente a la Unión Europea que elabore una “Directiva de Claridad” que ofrezca a “las naciones sin Estado, como Cataluña y Euskadi, un cauce legal para poder consultar a la ciudadanía con garantías”. Es la trampa canadiense, el referéndum pactado, la Constitución vaciada, el territorio donde se congregarán, felices y seguros de sí mismos, todos los colores del arcoíris antiespañol: los identitaristas, los tácticos, los equidistantes, los coquetos, los editorialistas anglo-condescendientes, algunas cancillerías europeas y por supuesto las retroizquierdas de Zapatero. Enfrente, la mayoría de los españoles. Sí, la mayoría. Millones de ciudadanos españoles que piensan distinto sobre muchas cosas pero lo mismo sobre lo esencial: España es un vínculo vivo y su defensa es una prueba de civilización. Y ahí estarán también millones de ciudadanos europeos, que comparten con nosotros el compromiso de combatir las ideas malignas que sembraron nuestro continente de odio y de muerte. A los europeos nos espera una batalla épica contra el nacionalismo. Y España tiene la capacidad y el deber de encabezarla. Promovamos un internacionalismo anti-xenófobo. Exijamos un liderazgo limpio, sometido sólo al imperio de las convicciones. Procuremos consolidar para España y para Europa un gran partido de ciudadanos.

Pueblo. De Fernando Savater

Llamar así al conjunto de los ciudadanos no es pecado, es una licencia poética o sea dudosa retórica.

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 Manifestación en Terrassa en las protestas del 3 de octubre. Foto: Cristobal Castro

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Fernando Savater, filósofo, novelista y columnista español

Fernando Savater, 25 noviembre 2017 / EL PAIS

Juan Ramón Jiménez pidió a la intelijencia (con jota, como prefería) el nombre exacto de las cosas. En efecto, es malo ignorarlos o utilizar muy convencidos la voz equivocada. A veces el error es risible (como llamar “hacer el amor” a follar) pero otras puede resultar peligroso, letal. Por triste ejemplo, creer que pueblo es la mejor denominación para el cuerpo político activo en una democracia. Porque esa palabra parece exigir una homogeneidad entre los miembros del colectivo, una identidad moral y quizá étnica que los determina y a la vez excluye a quienes no deben pretender mezclarse con ellos. El pueblo es un nosotrosque equivale siempre y el paisprimordialmente a un “no-a-otros”. Invocar al pueblo, conjurarlo en la noche de Walpurgis del nacionalismo, proclamar su infalibilidad y a la vez su pureza frecuentemente traicionada, es utilizarlo como un biombo tras el cual arrinconar bien tapaditos a los ciudadanos, cada cual dueño de la gestión de sí mismo y no obligado a parecerse por decreto a los demás. Por detrás del biombo (chino, preferentemente, como las urnas catalanas), asoma de vez en cuando irreverente la testa despeinada y sudorosa de algún ciudadano: un enemigo del pueblo, quién se atrevería a dudarlo… La solución ya la dio hace tiempo la Reina de Corazones de Lewis Carroll: “¡Qué le corten la cabeza!”.

Desde luego, llamar pueblo al conjunto de los ciudadanos no es pecado, como tampoco denominar “corcel” a un caballo: son licencias poéticas o sea dudosa retórica. Pero resulta engañoso creer que el corcel es más que un caballo o el pueblo más que los ciudadanos. El caballo no se quejará, es muy sufrido, pero el ciudadano puntilloso está en su derecho de decir: “Oiga, pueblo lo será usted

Impresiones personales tras una visita exprés. De Cristina López

Quienes hablan de unirse, porque eso de la unión suena bonito y azucarado, deben darse cuenta de que de nada sirven ni sus tests de pureza ni sus opiniones progresivas a menos que tengamos un gobierno que funciona para lo que debería: servir a la ciudadanía.

Cristina LópezCristina López, 4septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Cinco días, una visita exprés, no son suficientes para establecer a fondo la situación de ningún lugar, por supuesto que no. Para hacerse una idea realista del estado de la economía, la seguridad ciudadana, el mejor lugar para irse a tomar un café, se necesita, más que visitar, estar. Y es poco lo que se logra estar en solo cinco días. Sin embargo, para establecer el estado anímico de un lugar no se necesitan más que un par de conversaciones y en los cinco días que estuve recientemente en San Salvador, ante la vigilancia permanente de nuestro soberbio volcán, las tuve. Obviamente, ni la muestra es representativa ni pretendo extrapolar conclusiones científicas de lo que solo son impresiones personales, alcanzativas, si se quiere, de mi país y mi gente.

EDH logPlatiqué con amigos y familia, taxistas, meseros, guardias de seguridad, agentes de aduana; con fanáticos de la política y con perpetuos indiferentes; con gente que lee los periódicos y mira los programas de opinión religiosamente y con gente que, a mucha honra, solo lee Twitter y memes de Whatsapp. Me sorprendió que, cual guión ensayado, la mayoría de las conversaciones que sostuve tenían el mismo tono: hartazgo. Del tráfico, de la inseguridad, de la evidente incapacidad de las autoridades y la sobreabundancia de corrupción. Hartazgo, que n desesperanza; para muchos, el estado de las cosas solo significa que hay oportunidades para crecer.

Varias (quizás la mayoría) de las conversaciones empezaban con un tema, pero inexplicablemente terminaban en política, como adicción insalubre. En varias se manifestó la necesidad cursi y azucarada de “que la gente se tiene que unir” y apoyar la candidatura de “quien sea” con tal de sacar al FMLN del poder, por su demostrada ineptitud, por ser iguales o peores, en términos de corrupción y falta de transparencia, que los gobiernos de ARENA que criticaron en el pasado. Cualquiera pensaría que la evidente incapacidad del Frente y su obcecado apoyo a las violaciones a los derechos humanos que a diario ejecuta la dictadura venezolana sería una ventaja para ARENA, y sin embargo, su imagen está tan desgastada que son outsiders de su política partidista los únicos que por el momento tienen la posibilidad de convertirse en sus candidatos presidenciales.

Y claro que lo de “unirse” importa, pero cuando se habla de unirse, así, en abstracto, pocas veces se habla de las implicaciones reales. Siempre se tira la idea de unión apasionadamente pero a nivel superficial, sin reconocer lo que de verdad implica. Significa que aquellos que exigen tests de pureza en temas como el aborto, matrimonios del mismo sexo, o legalización de las drogas, tendrán que admitir en su bando a quienes, como ellos, comparten la opinión de que el FMLN no debería seguir en el poder, pero que a diferencia de ellos, creen que hay espacio para el debate en los temas mencionados. Significa que estos últimos tendrán que hablar con menos condescendencia de quienes tienen opiniones más conservadoras. Significa que para quien sea que termine de candidato, el primer test de liderazgo será lograr convencer a estos dos bandos — que no se toleran entre sí y que tienen en común que contestan con un no rotundo cuando yo les preguntaba si se unirían con alguien que pensara diferente — de que lo apoyen, y el segundo, explicar por qué votar por su candidatura será distinto que volver a elegir al FMLN o a la corrupción y sobresueldos de los gobiernos de ARENA. Significa que quienes hablan de unirse, porque eso de la unión suena bonito y azucarado, deben darse cuenta de que de nada sirven ni sus tests de pureza ni sus opiniones progresivas a menos que tengamos un gobierno que funciona para lo que debería: servir a la ciudadanía. Y eso hay que ganarlo de manera convincente en las próximas elecciones, o continuaremos debatiendo hasta el cansancio a los márgenes de la política otros cinco años más. Entendiendo eso, a ver si todavía les gusta eso de “unirse”.

@crislopezg

¿Padres de la Patria responsables? De Erika Saldaña

Hoy más que nunca hay que exigir a los diputados una verdadera representación, pues no es posible que se acuerden de la ciudadanía únicamente para pedirnos el voto.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 17 julio 2017 / EDH

El salvadoreño siempre ha tenido la fama de trabajador. Somos esas personas que nos levantamos con los primeros rayos del sol y durante el día hacemos nuestro mejor esfuerzo para que las labores terminen de la mejor manera. Los salvadoreños honrados procuramos llegar a tiempo a las labores diarias, estar atentos en las reuniones, brindar resultados a los jefes, enfocarnos en lo importante y sacar lo más pronto posible lo urgente. Pero en la Asamblea Legislativa los diputados hacen todo lo contrario.

Si como dice el artículo 121 de la Constitución, la función primordial de los diputados es legislar, pareciera que en El Salvador su trabajo principal es echarle la culpa a los otros partidos de los nulos avances del país, levantar la mano según les ordene la dirigencia y no su conciencia o entendimiento; muchos se dedican a elaborar teorías de la conspiración, echarle zancadilla a cualquier avance en temas importantes, negociar a puerta cerrada y buscar como desgastar leyes que empiezan a funcionar como la Ley de Extinción de Dominio y Ley de Enriquecimiento Ilícito. Pareciera que, al darse cuenta de que algo funciona, su labor es desmantelar la poca institucionalidad que nos va quedando en entidades como la Sección de Probidad o la Fiscalía General de la República.

En El Salvador hay diputados que llegan a la Asamblea al finalizar la plenaria o que se aparecen una vez cada seis meses; otros están en su curul haciendo dibujitos mientras el presidente de la República habla o prefieren salir a fumar mientras se realiza la votación de propuestas importantes; hay 51 diputados que tenían mejores cosas que hacer que estar a las 9 a.m. escuchando y cuestionando el informe anual del Ministro de Hacienda y del resto del gabinete. Algunos tienen tan escasa participación como legisladores que nunca los hemos escuchado hablar o no sabíamos que eran diputados electos.

Y mientras ellos se dedican a hacer casi nada, el país sigue sin alcanzar ningún tipo de acuerdo trascendental para lograr aplacar la crisis fiscal que nos ha tenido en vilo desde hace varios meses. Seguimos sin una reforma de pensiones integral, discutida de manera consciente y consensuada por la mayoría de sectores de la población. Seguimos sin contar con un mecanismo objetivo y transparente para la elección de funcionarios, por lo que no resultaría extraño que sean ciertos los rumores según los cuales las reformas a extinción de dominio y pensiones se negocian a cambio de la elección de Corte de Cuentas de la República.

Es una vergüenza, falta de consideración e irrespeto a la población, que los diputados piensen que el cargo público que se les ha encomendado es una especie de prerrogativa o título nobiliario y no un genuino trabajo por el cual reciben un salario y tienen que presentar resultados. Causa indignación que anden casa por casa ofreciendo trabajar por el país y defender los derechos de los ciudadanos, mientras que a la hora de demostrar su compromiso todas esas promesas y palabras se las lleva el viento.

Esta época electoral es el tiempo perfecto para cuestionar a los diputados sobre qué han hecho por el país y cuáles son sus planes si buscan ser electos en 2018. No bastan las frases adornadas con las típicas “voy a trabajar por el país” o “voy a defender sus derechos”. Como ciudadanía tenemos que educarnos y aprender a exigir resultados de los que son nuestros representantes en la Asamblea Legislativa.

Los políticos responden a incentivos y probablemente el temor al elector sea lo único que los haga darse cuenta y reaccionar en su falta de visión y liderazgo; no existen propuestas legislativas integrales en muchos temas y hay una grave ausencia de resultados en aspectos que nos interesan a todos los salvadoreños. Hoy más que nunca hay que exigir a los diputados una verdadera representación, pues no es posible que se acuerden de la ciudadanía únicamente para pedirnos el voto. Si los diputados son los que toman las decisiones al interior de la Asamblea, tengan claro que nosotros, los ciudadanos, las tomamos en las urnas.

Exijamos más. De Cristina López

Seamos valientes. Tengamos la audacia de exigir más de nuestros candidatos. En la economía electoral, los candidatos son apenas la oferta.

Cristina López, 17 julio 2017 / EDH

Parece mentira, pero ya estamos otra vez en temporada de campaña. Con independencia de si las aspiraciones son municipales, legislativas o presidenciales, esta es la época en la que una amplia cantidad de candidatos quiere volverse mejores amigos con todo el mundo. Hemos atestiguado tantas candidaturas en nuestra corta democracia que es fácil predecir el plan de juego: están los que, ignorando cualquier tipo de autenticidad, con tal de aparecer cercanos, echan pupusas, recorren mercados (a pesar de que no sabrían distinguir un puño de berro de un manojo de zacate), juegan papi-fútbol de pasaje en colonias que apenas sabían que existían.

Están los que piensan ganarse el voto a punta de regalos y no de plataformas de política pública, y con esa meta le clavan su logo a cualquier cantidad de implementos: desde delantales hasta ventiladores de pie, cántaros y huacales, nada se salva de la fiebre electoral de conquistar votantes. Y, por supuesto, están las promesas de campaña: en las promesas se ignoran los temas incómodos, como el hecho de que cuando el trabajo se ponga aburrido (rendiciones de cuentas de ministros y demás) la asistencia es opcional. O que cuando la crítica ciudadana en redes sociales no guste, se administrará la regulación de la opinión a puro bloqueo.

Y aunque el absurdismo electorero es generoso en material para la crítica y hasta la burla, quizás vale la pena darle la vuelta, con base en el triste adagio de que las sociedades tienen los gobiernos que se merecen. En ese sentido, la culpa de que para ganar votos en nuestro país sea más importante regalar huacales y cántaros la tenemos nosotros, pues está en nosotros la obligación de exigir más, organizando debates, haciendo preguntas concretas, obligando a los candidatos a tener plataformas con temas específicos y no solo slogans o citas de Coelho.

Está en nosotros, la ciudadanía participativa, el empezar el rol de auditoría antes de que los candidatos se vuelvan funcionarios electos. Está en nosotros, ya sea a través de columnas de opinión o asistencia a foros y conversatorios, poner los temas de agenda sobre la mesa.

Hace unos días, una acertada columna de Jaime Funes le pedía a los aspirantes presidenciales de derecha que fueran héroes: que se atrevieran a hacer política de una manera colaborativa y enfocada en la unión. Quizás nosotros, los votantes, necesitamos también un llamado similar: seamos valientes. Tengamos la audacia de exigir más de nuestros candidatos. En la economía electoral, los candidatos son apenas la oferta.

En teoría, nosotros, los electores, como demanda tenemos todo el poder. Es más importante que nunca, en estos momentos de desencanto por los partidos políticos actuales, que exijamos más de nuestros candidatos. Que pidamos transparencia en donde ha reinado el secretismo, honestidad donde abunda la corrupción, conversaciones serias y acciones específicas aparte de huacales y cántaros. De lo contrario, nuestra inacción se traducirá en más de lo mismo, volviendo una realidad el adagio de que las sociedades tienen los gobernantes que se merecen.

@crislopezg

“Hemos conocido una derecha civilizada”

Lectores de EL PAÍS responden a la pregunta: ¿Debe Rivera apoyar a Rajoy?

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Mariano Rajoy conversa este martes con Albert Rivera en el Congreso. PIERRE-PHILIPPE MARCOU (AFP)

el pais12 julio 2016 / EL PAIS

Estas son las respuestas de los lectores a la pregunta formulada por el director de Opinión de EL PAÍS, José Ignacio Torreblanca, sobre si Ciudadanos debe apoyar al PP y facilitar la investidura del próximo presidente del Gobierno.

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Ningún dirigente o partido que haya esgrimido en algún momento una ambición regeneracionista puede apoyar un Gobierno del PP tras el rodillo de la mayoría absoluta de 2011-2015, ni mucho menos formar Gobierno. Salvo que se quiera traicionar la principal exigencia ciudadana, que es la de la coherencia. En aras de la gobernabilidad del país puede, a lo sumo, abstenerse. La responsabilidad de la mayoría solitaria del PP es únicamente del PP. El PP, y Mariano Rajoy, han sido los únicos que han mejorado resultados el 26-J. Sería, pues, hasta cierto punto contra natura y contra la voluntad popular hacer malabares para formar Gobiernos alternativos. Pero una cosa es no ser obstruccionista y otra muy distinta avalar desde otros partidos y en especial los nuevos la política del PP. Si el PP no ha renovado su mayoría absoluta, por algo será. Pablo García Astrain

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De entrada, mi respuesta es no. Y ahora expongo mis razones:

1. En el PP no ha cambiado nada con respecto a las condiciones que se dieron tras el 20-D y entonces Ciudadanos le dijo no a Rajoy. ¿Por qué tendría que cambiar ahora?

2. Tras el 20-D, Ciudadanos construyó, junto con el PSOE, un programa de gobierno con el que Sánchez se presentó a la investidura. No veo ningún motivo en la situación actual como para anular aquel pacto y sustituirlo por otro con el PP.

3. Ciudadanos ha basado parte de su campaña en la regeneración política y ha establecido como línea roja la corrupción. En el PP, desde el 20-D solo han existido más casos de corrupción, a lo que habría que añadir las conspiraciones del ministro del Interior en Cataluña; una razón más para no pactar con el PP.

4. Pactar un coalición de Gobierno con el PP podría suponer para Ciudadanos la fagotización de esta formación por el PP y, prácticamente, desaparecer en un corto espacio de tiempo no más allá de dos legislaturas (similar al caso de UPyD). Vicente Fdez. Arias

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Rivera no debe ni puede pactar con Rajoy.

Los votos recibidos por Rivera no se le han dado para ser la muleta del PP, ni aunque la “estabilidad” dependa de ello. Quien quería votar PP ya lo hizo directamente. Pactar con Rajoy es pactar con la corrupción, con los sobres, con Bárcenas, con Camps, con Barberá, con Arístegui, la Gürtel y la Púnica. Rivera no recibió tres millones de votos para echarlos a la basura (se condenaría como político y como opción de futuro). Podría, eso sí, pedir la cabeza de Rajoy y de varios corruptos más del PP (desde Arenas a Cospedal) a cambio de un programa político y económico de regeneración… pero eso es soñar (pura ciencia ficción). Con los pies en la tierra, Rivera no puede ni debe pactar con Rajoy, pase lo que pase. Terceras elecciones incluidas. Juan Vilches.

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No.

Creo que la labor desarrollada por Rivera desde el pasado 20 de diciembre, ha permitido a muchas personas, conocer a una derecha civilizada, no diré culta todavía. Pero que apunta maneras, que puede dialogar y a la que no le gusta que se juegue en el Congreso con maquinitas ni que se meta la mano en la caja. Mezclar su ideología con la de los cientos de imputados, condenados… del PP sería algo irreversible. Creo que Rivera debe girar al “centro” y es cuestión de tiempo que las nuevas generaciones de los hijos del PP vean en él algo menos contaminado que lo que tienen en casa. Tal vez, incluso algún socialista al que no le gustan los experimentos regionales, ni las zancadillas internas y mucho menos las puertas giratorias pudiera sentirse atraído. Antonio Jaén

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Rivera no debería de pactar ni con Rajoy ni con Sánchez. La mayoría de los votantes de C’S son votantes que votaron en el 2011 a Rajoy, y arrepentidos y decepcionados no quieren que repita como presidente. Si Rivera lo hace posible por activa o por pasiva, este electorado se sentirá muy frustrado. Con Sánchez tampoco debió de pactar Rivera puesto que estos votantes son ciudadanos de centro-derecha que no quieren a Rajoy, pero menos quieren un presidente socialista. Rivera debió de mantenerse en un segundo plano, antes, y ahora con más motivo, dejando la pelota en el tejado del PP y del PSOE, pero su afán de protagonismo le puede y le pierde. José Manuel Riveiro Corona.

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Opino que sí. Ciudadanos debe apoyar al PP, pero manteniendo sus promesas y forzando, si puede, la dimisión de Rajoy. Unos años más de despiadadas e injustas políticas de derechas acabarían abriendo los ojos a los ciegos y pusilánimes. Es el PP y solo el PP el que debe darnos miedo o, mejor todavía, terror pánico. Parafraseando a Monterroso: “Cuando despertó, Mariano Rajoy seguía ahí”. José Belenguer Serrano.

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Sí. Eduardo Barousse Moreno

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Es Rajoy el candidato que debe ofrecer voluntariosamente a Rivera un pacto de legislatura o investidura. Rajoy es el que tiene que demostrar a Ciudadanos que estaban equivocados en la pasada campaña y que él personalmente puede asumir un Gobierno reformista y anticorrupción. Como eso no va a suceder, dado el talante despreciativo, inmovilista y de mínimos de Rajoy, a Rivera solo le quedará pasar a la oposición constructiva votando no al investidura. Se avecinan tormentas políticas y económicas en el horizonte y a Ciudadanos le interesa mantenerse como un referente, el partido de la ilusión por un proyecto político reformista íntegro, frente a los “populares” que quieren disolver su esencia en un regalo de gobernabilidad que se resolverá inútil al poco tiempo dado el nulo afán de cambio de Rajoy. Carlos Camino

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Sí, debe de pactar. Carmen Juárez

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La peor decisión que puede tomar un partido que está en la lucha por ganar espacio político es verse enredado en acuerdos con un partido enfermo de corrupción. La opción no es pactar con el PP, es pactar con los dirigentes que han podrido la política, que han ensuciado la función pública. Es una cuestión de respeto a la gente que cree en las bases del PP. Pactar con Rajoy es, de alguna manera, favorecer su enquistamiento en el poder y con él, y con ellos, una nefasta manera de entender la política. Es permitir que un político sin escrúpulos, sin responsabilidad política ni ciudadana se salga con la suya. Es que Rajoy solo tiene que sentarse a esperar que su método dé frutos, solo con dejar pasar los días y apelar al sentido común del resto de partidos para que hagan lo que deben, tragar y abstenerse ante este personaje. La política en España ha tomado un tono extraño, donde quien intenta pactar es castigado, quien se refuerza en el cinismo del que deja hacer se beneficia. Solo escucho hablar de quién tiene la responsabilidad ante la posibilidad de que se vuelva a votar, pero se olvidan que sin segundas no habría terceras, que los culpables de este estancamiento político son la corrupción del PP que lo deja aislado y la desidia e infantilismo de Iglesias y Garzón cuando debieron estar a la altura de los millones de votantes que confiaron en ellos. Olé, por Rivera y Sanchez, que intentaron un pacto de contrarios, sobre una base de lugares comunes para sumar. Lástima que solo lo entendieron ellos. De nada sirve un pacto de investidura si luego no es posible gobernar. Rubén Óscar Mansor.

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Aunque considero a Ciudadanos un partido de centro-derecha no debería dar su apoyo al PP por pura coherencia con los principios que han proclamado a los cuatro vientos: regeneración democrática y transparencia, elementos que no se dan precisamente en Rajoy y compañía. Y, sinceramente, tampoco veo a sus herederos muy lejos de sus jefes, al menos por los sapos que se están comiendo para hacerse un hueco en el poder. Naturalmente, hablo de Maillo, Pablo y Cía. Si votan a favor del PP, debieran hacerlo tras conseguir negociar los cambios que ya negociaron con el PSOE, como mínimo. J. Payán

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La pregunta es: ¿Debe pactar Rivera con Rajoy? La respuesta es: “Depende”. Ciudadanos no debe pactar con el PP a cambio de nada, ni de puestos en el Gobierno (Rivera ya dijo que no querían sillas). No debe apoyar a Rajoy así como así. Lo que deben hacer PP y Ciudadanos es sentarse a negociar un acuerdo de gobernabilidad y la responsabilidad del éxito en el acuerdo es de ambos. Ciudadanos debe entender que no puede exigir ni la mitad de medidas de su programa, ya que debería ser proporcional al número de escaños obtenidos. Y el PP debería entender que debe ceder en algunos para obtener su apoyo. En resumen: si yo fuera Albert Rivera, saldría ante los medios y diría lo siguiente: “Queremos un acuerdo de gobernabilidad con el PP. Entendemos que teniendo menos escaños que ellos no podemos exigir el cumplimiento de todas las propuestas en su programa, pero nuestro apoyo tampoco debe ser gratuito. Somos humildes y pedimos solo tres propuestas de nuestro programa:

1. Nueva ley electoral: un ciudadano, un voto.

2. Aplicar el paquete de medidas de regeneración democrática (puertas giratorias, listas abiertas, primarias en los partidos…).

3. Supresión de las Diputaciones

Si se comprometen únicamente a estas tres medidas tendrán nuestro voto”. Como votante de Ciudadanos, si Rivera le da su apoyo a Rajoy a cambio de prácticamente nada, de maquillaje… perderá mi voto. Creo que el votante de C’s es más crítico de lo que pueda ser el votante del PP con su partido. Javier Oviedo

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 Sí, sin ninguna duda, Rivera debiera intentar pactar con Rajoy. Seguramente accediendo a un Gobierno que lo participe activamente, pero creo que debe dejar de lado la negativa y caprichosa influencia de Sánchez. Este último quien, por cierto, debiera dejar de lado su arrogancia constante, reconocer su derrota electoral, y facilitar un Gobierno que, quiérase o no, fue votado mayoritariamente por la gente, y que además hace muchísima falta ya no solo para el Gobierno nacional del día a día, sino además para generar una imagen de país consolidado. (Por cierto, no soy del PP, pero reconozco que en este momento es lo más adecuado). Creo que es esta también una importante coyuntura que puede permitir plantar firme cara al independentismo, que tanto daño hace a la sociedad. Pablo A. Pérez.

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No!!!

Si Rivera ha perdido ocho diputados por vetar a Rajoy. Debe ser fiel a los votantes que le han quedado. Se supone que estos han creído en su promesa electoral. Y debe cumplirla. Emilio Soler

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Cuando los resultados de unas elecciones conllevan una ambigüedad de resultados, que la ley electoral así vigente lo ha decidido, y lo ha hecho en dos ocasiones sucesivas, lo mínimo que pueden hacer los partidos es conformar una mayoría de gobierno que permita cambiar lo que no funciona, en nuestra democracia. La gestión de poder debe realizarse de la mejor forma posible, anteponiendo los intereses generales de la democracia a los propios del grupo perdedor. Esta lealtad se refiere al proceso democrático, y no necesariamente a las políticas que ponga en práctica el nuevo gobierno, por ello todos aquellos grupos deben aglutinarse en esta ocasión en torno a un programa de gobierno que no puede ser de izquierdas o derecha, sino del interés general de los ciudadanos de este país, para su bien común y para ello Sr. Rajoy, Rivera, Sánchez o Iglesias deberían estar negociando, una legislatura de transición para el bien común. Miguel Brito Ramos.

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Sería muy importante que Ciudadanos ayudara a formar gobierno porque necesitamos ya un gobierno fijo cuanto antes. Personalmente no me gustan en absoluto las políticas de Rajoy y del PP, los numerosos casos de corrupción, las pésimas políticas sociales. Y el caso de las escuchas en el Ministerio del Interior tiene claras reminiscencias del franquismo que resultan francamente alarmantes. Casi peor -si cabe- que los casos de corrupción económica. Sin embargo, aunque es difícil entenderlo, la gente ha vuelto a votar por el Partido Popular y a mí me gustaría que los partidos que entren en el gobierno juntos al PP ejerciesen un control fuerte al PP y que les obligasen a hacer una limpieza profunda para que los ciudadanos podamos volver a creer en la democracia en España. Con el PP en el gobierno nuestro concepto de cómo debe de funcionar la democracia se aleja cada vez más de la realidad. Más que nunca necesitamos hombres de Estado en el gobierno para ejercer un mayor control sobre la ética en política. Ciudadanos tiene mejor sentido de la ética que el PP y su papel es clave para regenerar la política y el PP en concreto. Julia Weiss.

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Debe y está obligado. Primero, porque el bipartidismo se ha terminado en beneficio de la democracia. Segundo, porque estamos perdiendo una oportunidad única, para hacer leyes negociadas por todos los partidos y no impuestas, que un partido legisla y otro elimina al llegar de nuevo con sus mayorías absolutas. Tenemos necesidad de una ley de educación, justicia, electoral pactadas por la mayoría de los partidos y no leyes impuestas sin negociación previa que nos ha traído hasta aquí, como la Ley de educación. Es un momento único para la democracia negociada y no impuesta. Para ello hace falta talante que dudo exista en los líderes de los partidos actuales. Luis Maraña.

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Por coherencia, y por supervivencia, no debe pactar, a menos que Rajoy se eche a un lado y el PP nomine a alguien no contaminado como candidato a presidente. Esto sería una medalla para Rivera, pero por eso mismo el PP no lo va a aceptar. Juan Mª González Oliveros.

 

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La hora de Rivera. Editorial El País