Venezuela

Los vecinos incómodos de Venezuela. De Alberto Barrera Tyszka

Los liderazgos políticos de Venezuela tienen que saber leer lo que está pasando. La crisis se les ha ido de las manos. La tragedia se ha desbordado y es necesario un cambio. Hay que crear una nueva fórmula de negociación, con controles y con transparencia, que permita un retorno a la democracia.

El presidente de Venezuela Nicolás Maduro en una conferencia de prensa en el Palacio de Miraflores en Caracas el 29 de mayo de 2018. Foto: Reuters

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

10 junio 2018 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO — En la asamblea general más reciente de la Organización de los Estados Americanos (OEA), realizada esta semana en Washington, se aprobó una resolución que señala que las pasadas elecciones presidenciales de Venezuela “carecen de legitimidad”. De la misma manera, se insta a los países miembros a tomar “las medidas que estimen convenientes a nivel político, económico y financiero para coadyuvar al restablecimiento del orden democrático” en Venezuela.

No solo es un mensaje contundente para el gobierno de Nicolás Maduro. También es un mensaje dirigido al liderazgo de la oposición. No hay salidas instantáneas. No se aceptan descaradas farsas electorales ni invasiones militares. Pero obviamente tiene que haber una solución. La internacionalización del conflicto venezolano ya es una emergencia física. La reunión de la OEA demostró que ya se ha concluido el tiempo de los aficionados, de la retórica infantil. El simulacro de la Revolución se acabó. Ahora solo queda enfrentar la tragedia.

El discurso oficial del chavismo se ha quedado incluso sin humor. El fracaso de la ironía también es un síntoma. Intenta el sarcasmo y falla. Eso le ocurrió al canciller Jorge Arreaza en varias oportunidades durante la reunión de la OEA. Cuando ensayó un comentario sardónico, a propósito de la corrupción, para descalificar al gobierno de Perú y al llamado Grupo de Lima, nadie sonrió, la audiencia permaneció seria y severa. Probablemente todos ya habían visto el video donde Euzenando Azevedo, director durante años de Odebrecht en Venezuela, confiesa ante la fiscalía del Brasil que le dio a Nicolás Maduro 35 millones de dólares para su campaña electoral de 2013.

Lo mismo le pasó al ministro para la Comunicación y la Información Jorge Rodríguez cuando, en una rueda de prensa, trató de burlarse de la resolución de la OEA citando una frase del Chavo del Ocho. El chiste no funcionó. Ni siquiera los periodistas aliados, quienes tienen chance de hacer preguntas en esas jornadas, lo acompañaron con una sonrisa.

Pero el caso más extremo, sin duda, es el del propio Maduro. En un acto en Caracas, donde por supuesto le entregó al canciller una réplica de la espada de Bolívar, intentó en varias oportunidades mostrarse divertido, feliz. Todo fue inútil. La reproducción de un viejo video del cantante cubano Carlos Puebla le dio todavía más patetismo al acto. Como si todo fuera una pobre recreación del pasado, una alegría artificial y ajena, una risa forzada. Cada vez que Maduro trata de ser mordaz o satírico se produce de inmediato un vacío. Se trata de un indicador no estadístico pero letal: la revolución perdió la gracia.

Años atrás tal vez hubiera funcionado toda la arenga que usó Jorge Arreaza para tratar de culpar a Estados Unidos de la crisis humanitaria del país. Pero ahora es insostenible. Basta recordar, por ejemplo, que hace exactamente diez años se descubrieron en Venezuela más de 120 mil toneladas de comida podrida, abandonada en contenedores o, peor aún, enterrada en varios lugares del país. Era una evidencia grosera de una enorme corrupción gubernamental y, sin embargo, en ese momento, el chavismo en bloque no permitió ninguna investigación sobre el caso. En la asamblea, cualquiera habría podido preguntarle al canciller Arreaza si en el año 2008 el imperialismo estaba de vacaciones.

El discurso del gobierno venezolano ya no sirve
para enfrentar la presión internacional.
El chavismo también es una lengua fallida.

De la misma forma, quizás antes hubiera sido más eficaz la prédica del canciller en contra de la violencia, la pretensión de endilgarle a la oposición (siempre de “derecha”) todos los muertos por las protestas populares que hubo en Venezuela hace un año. Ahora ya no es tan sencillo. Hay demasiados datos, de diversas organizaciones y con distintas fuentes, que demuestran la represión salvaje con la que ha actuado el gobierno de Maduro. El solo caso de la Operación de Liberación del Pueblo (OLP) es suficiente para desactivar la farsa discursiva del chavismo: entre 2015 y 2017, los cuerpos de seguridad, autorizados por el gobierno de Maduro, asesinaron a 505 personas en supuestos operativos de seguridad.

De eso tampoco habla el canciller Arreaza en la OEA. Su error consiste en pensar que nadie más lo sabe, en que se puede seguir mintiendo impunemente. Por eso la respuesta de Roberto Ampuero fue tan determinante y demoledora. El canciller chileno diseccionó el discurso de Arreaza, enumeró los insultos y las descalificaciones proferidas a los otros miembros de los países ahí reunidos para desnudar su autoritarismo: “Si esta es la forma en la que el canciller Arreaza trata a personas diplomáticas, imagínense ustedes cómo trata a los venezolanos”.

El canciller chileno Roberto Ampuero en una conferencia el 4 de junio de 2018 en la sede de la OEA en Washington Credit Mandel Ngan/Agence France-Presse — Getty Images

Chávez resucitó la retórica de los años sesenta y Maduro la está volviendo a enterrar. El gobierno venezolano no solo ha saqueado las riquezas del país, también ha malversado la herencia simbólica que tenía. Su discurso ya no sirve para enfrentar la presión internacional. El chavismo también es una lengua fallida.

Pero la resolución de la OEA no solo atañe al sector oficial del país. También es un mensaje claro para una dirigencia opositora que ha perdido el rumbo y la voz. Después de casi veinte años, aun con todas las dificultades que supone enfrentar una proyecto totalitario, es inadmisible que los líderes de la oposición continúen enfrentados, empeñados en aprovechar pequeñas oportunidades de protagonismo, en vez de dedicarse a construir una plataforma unitaria, capaz de acompañar a las grandes mayorías y, desde ahí, articular un proyecto común, sólido, cuyo único objetivo sea sacar al país de la crisis.

Los liderazgos políticos de Venezuela tienen que saber leer lo que está pasando. La crisis se les ha ido de las manos. La tragedia se ha desbordado y es necesario un cambio. Hay que crear una nueva fórmula de negociación, con controles y con transparencia, que permita un retorno a la democracia.

La patria de Bolívar tiene ahora unos vecinos incómodos. La región le está exigiendo a los políticos de Venezuela que comiencen a hacer política en serio. No hay soluciones fáciles pero tiene que haber soluciones.

Anuncios

El Presidente y la democracia. De Luis Mario Rodríguez

7 junio 2018 / El Diario de Hoy

El empeño del Gobierno por respaldar a los regímenes de Venezuela y Nicaragua ensombrece por completo el compromiso del presidente Sánchez Cerén con la democracia. Lo hace cómplice de quienes tuercen el Estado de derecho, reprimen a sus opositores, impiden la celebración de comicios libres, transparentes y justos, violentan la independencia de las instituciones y concentran el poder político. Al avalar semejantes atropellos a los fundamentos de todo sistema democrático, el gobernante salvadoreño y su partido aplauden como normales las conductas de Daniel Ortega y Nicolás Maduro. Significa una aceptación expresa de los métodos y actuaciones que han servido durante años para manipular la política y particularmente las elecciones transformándolas en instrumentos que les permiten perpetuarse en el poder.

La posición del profesor Sánchez Cerén reconociendo la legitimidad de su colega venezolano contradice el rechazo a la reelección de Maduro expresado, entre otros, por el “grupo de Lima”, integrado por 14 naciones, por la Iniciativa Democrática de España y las Américas (IDEA), en el que participan 37 exjefes de Estado y de Gobierno, y por la Organización de los Estados Americanos (OEA) que recién aprobó una resolución, con el concurso de 19 Estados parte, en la que desconocen los resultados de las pasadas elecciones en Venezuela. Con su postura el Ejecutivo ubica a El Salvador en el grupo de países que secundan a las tiranías y amparan prácticas autoritarias.

La resolución de la OEA sobre la situación venezolana acordada durante la Asamblea General celebrada esta semana no contó con el voto de El Salvador. De nuevo nuestras autoridades prefirieron abstenerse y con ello dieron la espalda a los postulados de la Carta Democrática Interamericana. Es una muy mala noticia que el país se sume a quienes ignoran el sufrimiento de cientos de miles de ciudadanos que padecen ahora mismo la represión gubernamental. Lamentablemente la cancillería salvadoreña no ha suscrito ni una tan sola declaración de la OEA en la que se condena el proceder totalitario de Maduro. Cualquier elogio al presidente Sánchez Cerén por su respeto a la Constitución y por abstenerse de impulsar cambios a la forma de gobierno durante el tiempo que lleva como inquilino de casa presidencial, se desvanece al confirmar su predilección por sistemas en los que se calla la voz de los opositores, se les encarcela y además se les restringen todas sus libertades.

Las posturas respecto de Nicaragua siguen el mismo patrón que las efectuadas sobre Venezuela. El Gobierno se ha limitado a publicar un comunicado en el que felicita a los distintos actores por la instalación de una “mesa de diálogo”. En ese mensaje se ignoraron por completo las decenas de manifestantes asesinados por parte de las fuerzas de seguridad, las desapariciones y los reclamos de diferentes sectores.

El prestigioso periodista nicaragüense, Carlos Fernando Chamorro, en una síntesis muy apretada, presenta una radiografía de la represión orteguista: “primero, el exceso de violencia policial, segundo, los ataques de las bandas paramilitares, tercero, aparecen los francotiradores, cuarto, crean el caos y el terror, quinto, criminalizan la protesta cívica con acusaciones y represalias”. Nada de eso impresiona a quienes lideran la política exterior salvadoreña. No existe ni el menor asomo de solidaridad con las “madres de abril”, ni con los estudiantes que libran una batalla desigual con el oficialismo, ni lo hubo en el pasado ante las denuncias internacionales de fraudes electorales y de cooptación de las instituciones públicas. Por el contrario el abrazo fraternal y amistoso, sin reparo alguno por parte del presidente Sánchez Cerén, que recuerda la camaradería del FMLN con su par en Nicaragua, ha sido dirigido hacia los Ortega y Murillo.

Este comportamiento siembra la duda acerca del interés del partido oficial en elegir magistrados independientes para la Corte Suprema de Justicia, un Fiscal que continúe con el combate a la corrupción y un Tribunal Supremo Electoral que custodie celosamente el derecho de los ciudadanos a designar a sus representantes. El candidato presidencial del Frente debe sentar posturas claras al respecto, alejarse expresa y públicamente de las apuestas despóticas de los líderes actuales de su organización partidaria y esforzarse por conducir a esta última hacia posiciones moderadas, que respeten el sistema republicano, democrático y representativo.

Respuesta a Maduro. De Jorge Castaneda

Sorprende el silencio de Manuel López Obrador ante el régimen político venezolano.

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

1 junio 2018 / El País

Las elecciones en Venezuela resultaron un poco mejor de lo previsto. Fue tanto el fraude que ni siquiera Henry Falcón, el candidato opositor palero,pudo avalarlas. La participación sí fue mucho menor que la histórica —como deseaba la oposición— y Falcón se vio obligado a desconocer los resultados y pedir nuevos comicios. Fracasó la maniobra de Nicolás Maduro de llamar al día siguiente a un diálogo nacional, al que hubiera acudido Falcón, y menos aún de formar un gobierno de unidad nacional con él y otros opositores a modo.

El régimen sobrevivió a la tormenta y se apresta, en medio de una crisis económica, humana, de abastecimiento y de violencia sin parangón en la historia moderna de América Latina, a permanecer seis años más en el poder. Lo hará, según el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, aprobando una nueva Constitución que instalará una dictadura siguiendo el modelo cubano, acabando con lo poco que queda de la vieja democracia venezolana.

La comunidad internacional, a su vez, condenó las elecciones, desconoció los resultados y, según los países, inició o endureció las sanciones contra Maduro y sus colaboradores. En particular el Grupo de Lima, compuesto por 14 países, entre ellos México, Argentina, Brasil, Canadá, Colombia y Perú, llamó a sus integrantes a aplicar o a intensificar medidas de suspensión de relaciones militares, culturales, financieras y comerciales con Venezuela, y a preparar una resolución de mayor dureza para la próxima asamblea anual de la OEA, en Washington, dentro de dos semanas.

El régimen sobrevivió a la tormenta y se apresta,
en medio de una crisis económica, humanitaria,
de abastecimiento y de violencia sin parangón

En plena campaña presidencial en México, el tema no parece atraer demasiada atención. Extrañamente, en el segundo debate presidencial, realizado en la ciudad fronteriza de Tijuana, dedicado al tema México en el mundo, el mismo día de las elecciones en Venezuela, los moderadores no consideraron útil o necesario interrogar a los aspirantes sobre su postura ante los comicios venezolanos, ni sobre la crisis de aquel país en general. Se hubieran llevado una sorpresa, y hubieran ayudado a ilustrar al electorado mexicano sobre una paradoja más que envuelve al puntero de la contienda, el candidato del partido llamado Morena, Andrés Manuel López Obrador.

La sorpresa: los otros candidatos —Ricardo Anaya, de Por México al Frente, y José Antonio Meade, del PRI— sostienen la misma posición, a saber, básicamente la del Grupo de Lima: desconocimiento de los resultados por inexistencia de las condiciones mínimas necesarias, de acuerdo con criterios internacionales, suspensión de toda la cooperación con Maduro, llamada a consultas de los embajadores en Caracas, sanciones crecientes contra la dictadura. López Obrador, por su parte, mantiene en todos los foros su silencio tradicional, pero sus voceros o bien invocan el consabido y llevado y traído principio de no intervención, o bien confiesan que no han discutido el tema o no responden a la pregunta salvo para decir que AMLO no conoce a Nicolás Maduro. La paradoja: el tema incomoda enormemente a Morena y a AMLO, y no saben dónde esconderse cuando surge.

En efecto, se les abren dos caminos. O bien critican y denuncian el fraude, el autoritarismo, el exilio forzado y la corrupción del chavismo, en cuyo caso brincan sus huestes internas: la ultra-izquierda, los sectores castrófilos en Morena o los que reciben dinero de Venezuela (el llamado Partido del Trabajo), y corren el riesgo de que Caracas revele secretos inconfesables de la elección de 2006, en la que también contendió López Obrador y perdió. O bien defienden al régimen dictatorial, escudándose tras una vergonzosa no intervención, y aparecen ante sectores clave del electorado como cómplices del autoritarismo y el fraude. Mejor se callan. Pero si se les arrincona, trastabillan o cascabelean.

Por una de dos razones. Ya sea porque simplemente no saben qué decir, y piensan, tal vez con razón, que el silencio no será reprobado por una opinión pública mexicana indiferente. No pagan costo alguno por contestar con lugares comunes o balbuceos. O tal vez callan, porque existe una verdadera afinidad o cercanía de Morena y AMLO con la experiencia chavista, en todas sus versiones, y no quieren criticar o deslindarse de un aliado y, sobre todo, de un modelo, cuyo fracaso es culpa del imperio, no de los errores y excesos garrafales que ha cometido.

Carta a Gerson y Hugo: ¿No van a decir nada sobre las elecciones en Venezuela? De Paolo Luers

22 mayo 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Señores precandidatos del FMLN:

Su presidente ya se pronunció. Para él las elecciones del 20 de mayo en Venezuela, donde por supuesto ganó Nicolás Maduro, son una “jornada electoral democrática”, que “son un paso fundamental en su avance democrático, por lo cual reconocemos plenamente el resultado.”

Su partido también se pronunció: “Felicitamos al pueblo venezolano, al partido PSUV y al presidente electo Nicolás Maduro por la clara y contundente victoria electoral obtenida. ¡Viva Venezuela! ¡Chávez Vive! ¡Viva Maduro!”

Ustedes dos se han quedado callados. Lo que provoca algunas preguntas: ¿No están de acuerdo con esta nueva muestra de genuflexión del gobierno del FMLN y su presidente? En este caso, ¿por qué no lo dicen claramente? Podrían mostrar con un hecho que realmente buscan un cambio en el FMLN.

¿O será que comparten la opinión oficial del partido de que las elecciones venezolanas son un ejemplo de democracia, y que están equivocados los gobiernos de América Latina, Europa y Estados Unidos que no las reconocen? Si es así, ¿por qué no lo dicen y no lo defienden ante la ciudadanía salvadoreña?

Ambos tienen una larga trayectoria de dejar, a veces, entrever que no están de acuerdo con la dirección del partido y su total sumisión a los lineamientos que reciben desde Cuba y Venezuela. Pero también ustedes tienen, ambos, una larga trayectoria de acomodarse, callarse, en incluso de cooperar con las políticas equivocadas que promueve la cúpula de su partido. Entonces, ¿cómo van a convencer a las bases insatisfechas de su partido y luego a la ciudadanía aunque más insatisfecha que a partir de ahora ustedes serán renovadores y luchadores por la democracia?

Hablemos de Venezuela y sus elecciones. Maduro se queda en la presidencia. ¿Pero cómo? Su sistema de control absoluto sobre las instituciones como Corte Suprema y Consejo Electoral inhabilitó a los principales partidos y líderes de la oposición. Usó de manera cínica las tarjetas de alimentación. Y el único candidato opositor, Henri Falcón, no tuvo el apoyo de estos partidos y líderes, quienes optaron por llamar a la abstención.

Al fin, la abstención opositora ganó las elecciones – y gracias a esto Maduro queda al mando de un país al borde del colapso social y económico. Es obvio: Si la oposición se hubiere unido detrás de Falcón o cualquier otro candidato, hubiera duplicado los 5.8 millones de votos que el Consejo Electoral reclama que votaron por Maduro.

Todo esto es tan evidente ante el mundo entero que también el presidente Sánchez Cerén, la dirección del FMLN y ustedes dos no pueden tener dudas: No fueron elecciones ni democráticas ni legítimas. Por esto la comunidad internacional no las reconoce.


La pregunta que todos nos hacemos es: ¿Alguien de ustedes dos tiene al valor y la dignidad de romper con esta complicidad del FMLN (y su gobierno) con regímenes represivos como el de Maduro en Venezuela y el de Ortega en Nicaragua? Si la respuesta es sí, hablen. Si la respuesta es no, no valen la pena las primarias y los discursos de rectificación.

Saludos,

“Si Maduro gana, habrá sido con trampas”: Francisco Rodríguez, jefe del prográma económico de Henri Falcón

El economista confía en que los votos harán posible la transición política en Venezuela. Se afinca en la propuesta de la dolarización para conjurar la hiperinflación.

   

Francisco Rodriguez junto a Henri Falcón.

Francisco Rodriguez junto a Henri Falcón. REUTERS

Alonso Moleiro, escritor y periodista venezolano

Entrevista de Alonso Moleiro, 18 mayo 2018 / EL PAIS

Formado en los Estados Unidos, economista jefe de la firma Torino Capital, conocido en el mundo de las finanzas internacionales, Francisco Rodríguez ha mantenido con el chavismo, durante años, una paradójica relación intermitente desde la discrepancia. Fue asesor parlamentario durante los primeros años de Hugo Chávez, y pudo encontrar algunas coincidencias con sus dirigentes mientras este movimiento no pisara el acelerador de la radicalización, en un tiempo que ahora luce totalmente remoto.

Francisco Rodríguez es hijo de Gumersindo Rodríguez, el economista que llevó adelante el programa económico ejecutado por Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno, en los años 70, conocido como “La Gran Venezuela” tiempo en el cual el país era la estrella económica de América Latina.

Los observadores lo tienen como un “keynesiano”, persuadido del papel del Estado en el crecimiento económico; conocedor de los mercados financieros y una persona de indudable calificación profesional.

Pregunta. Los factores involucrados en el proceso venezolano consideran casi imposible que Henri Falcón derrote a Nicolás Maduro, en virtud del control institucional que tiene el chavismo del país.

Repuesta. Mi visión es distinta. Hay muchos analistas que no le quieren asignar una probabilidad de victoria a Henri Falcón. A mí me parece curioso; en el de 2012 todas las encuestas reportaban una desventaja de Henrique Capriles Radonski respecto a Chávez y sin embargo muchos observadores estaban emocionados ante una posibilidad de victoria más bien remota. Ahora vemos lo contrario, pero en cierto sentido es lo mismo: las encuestas están viendo ganador a Henri Falcón, y hay gente empeñada en ignorarlas. Es cierto que Maduro diseñó una elección en la cual tenga la mayor probabilidad de ganar. Maduro adelanta la elección luego de haber escamoteado las elecciones de gobernadores y sabía que podía producir discrepancias. Una parte de la oposición ha caído en ese juego. La opinión internacional sobre Venezuela responde a lo que piensan ciertas élites. Ellos quieren que la abstención se imponga porque piensan que así pueden deslegitimar al gobierno. No quiero criticarlos, pero sí me parece imposible eludir la conclusión de que prefieren ver ganar a Maduro si con ello logran imponer su punto de vista.

P. El Consejo Nacional Electoral ya demostró de lo que es capaz en materia de fraudes con las elecciones de la Constituyente

R. Es cierto, pero la oposición no participó en esas elecciones, no tenía testigos. Una cosa es perder, y la otra ganar y que te arrebaten la victoria. ¿Dónde estaría pecando de ingenuo? ¿En pensar que Maduro no hará fraude? Esa es una pregunta políticamente muchísimo más compleja. Nosotros lo que pensamos es que, si eso pasa, el país debe movilizarse para hacer respetar el resultado. Pero no es que pensamos que eso no puede ocurrir. Lo que creemos es que participar en las elecciones es un camino con mucho más posibilidades de llevar a un cambio de régimen político que abstenerse.

P. ¿Cómo interpreta el crecimiento inesperado de Javier Bertucci?

R. Bertucci le ha restado respaldo a Henri Falcón. Falcón estaría ahora con una ventaja de más de 20 puntos sobre Maduro de no ser por Javier Bertucci. Nosotros procuramos acordar con él; fue totalmente imposible. Pienso que hay buenas razones para sospechar que Bertucci le hace deliberadamente el juego al gobierno.

P. ¿Cuáles serían las primeras decisiones que tomaría si Falcón gana?

R. Hay que trabajar en la estabilización para derrotar la hiperinflación. Realinear las expectativas en torno a la estabilidad de precios, hacer un compromiso creíble de no imprimir dinero y consolidar la impresión de que tendrás déficits fiscales bajos. En el contexto venezolano, la política que te puede garantizar el éxito contra la hiperinflación es la dolarización. Por eso es que la hemos planteado como argumento central. Necesitas, rápido, conseguir financiamiento, ir a los organismos multilaterales, presentarles un programa económico que sea solvente, para que presten dinero, reestructurar la deuda externa, aceptar financiamientos bilaterales con otros países. PDVSA tiene que reprofesionalizarse, despolitizarse. Buscar nuevas modalidades para fomentar la inversión privada. Que haya confianza en la inversión, con contratos de estabilidad jurídica. Se trata de que el país pueda explotar las grandes reservas petroleras que tiene. Para eso están los mercados de capitales, no creo que haya mayor problema con eso. Nuestro planteamiento está totalmente enmarcado dentro de lo que contempla la Constitución de 1999.

P. ¿Piensa que esa transición, que todos ven imposible, se puede concretar?

R. Claro que sí. Si no, no estaría aquí.

P. ¿Qué pasaría si el chavismo gana sin necesidad de hacer trampas?

R. El chavismo está haciendo trampas ya. Estas han sido unas elecciones tramposas. Y en las últimas dos semanas, ante la evidencia de que están perdiendo en las encuestas, los delitos electorales han escalado. Aquí hay en marcha un proceso de compra de votos, de seguimiento del voto, con la instalación del Punto Rojo y la obligación a la militancia de escanear el carne de la patria luego de votar, junto a ofrecimientos explícitos para sellar el compromiso. El hecho de que estemos participando en la elección no lo niega. No creo que suceda, pero si Maduro gana, habrá sido con trampas. ¿Qué pasaría con Venezuela? Más deterioro económico y político. Un agravamiento de la crisis humanitaria, y con el chavismo produciendo un entorno constitucional donde se consolide una verdadera dictadura, en el cual el papel del voto popular sea muy restringido.

Carta para entender la disyuntiva venezolana: ¿Votar o abstenerse? De Paolo Luers

8 mayo 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Henri Falcón desafía al régimen de Maduro, que con una elección sin igualdad de condiciones quiere perpetuarse en el poder. Al mismo tiempo desafía a la dirigencia opositora, que llama a la abstención para boicotear estas elecciones por no cumplir con estándares democráticos.

Su argumento: Es absurdo esperar que en una dictadura haya elecciones libres, democráticas, sin abusos estatales y fraude. Por esto se llama dictadura. Pero cuando el 80% de la población rechaza al régimen gobernante, y el régimen convoca elecciones para revestirse de legitimidad, la oposición debe usarlas para poner a la dictadura en un dilema: o reconocer su derrota electoral, o hacer un fraude tan obvio que le resta lo poquito que le quedaba de legitimidad. La oposición gana aunque no gane.

Es incomprensible que los líderes de la Mesa de la Unidad Democrática MUD, luego de haber actuado exitosamente bajo esta lógica en el 2015, conquistando el control de la Asamblea Nacional, ahora abandonó esta estrategia y llama a la abstención. Acusan a Henri Falcón de haber roto la unidad con su postulación, cuando ellos abandonaron lo que fue la esencia del pacto unitario: recuperar la institucionalidad y la libertad, haciendo uso de todas las luchas pacíficas posibles.

Henri Falcón se postuló, porque la MUD no fue capaz de nombrar a un candidato unitario. Ahora, en la recta final hacia las elecciones del 20 de mayo, las bases de los partidos opositores comienzan a unirse a él para desafiar a la dictadura. No entiendo por qué líderes como Leopoldo López y Henrique Capriles no rompen su silencio para llamar al voto. A Leopoldo, quien en su arresto domiciliario tiene serias restricciones para ejercer sus derechos de libre expresión, no le pueden prohibir llamar al voto en unas elecciones convocadas por el gobierno. Y Capriles, a quien el gobierno arbitrariamente inhabilitó como candidato, debe apoyar la estrategia electoral que él mismo ha defendido durante años. Con ambos llamando al voto, la situación cambiaría a favor de Falcón.

¿Quién es Henri Falcón? ¿Qué representa que apoyarlo sea tan difícil para los demás líderes de la oposición?

El pecado de Falcón es que fue chavista. Siendo gobernador de Lara por el partido oficial, Falcón renunció al chavismo en febrero del 2010 e hizo públicas sus críticas a Hugo Chávez: la centralización total del poder, la falta de institucionalidad, la corrupción, la burocracia ineficiente. Se unió a la opositora Mesa de Unidad Democrática, convirtiéndose en uno de los aliados más importantes de Henrique Capriles en su candidatura presidencial del 2012. Atrajo a esta campaña votos de sectores disidentes del chavismo.

En 2013 fue reelecto gobernador de Lara, uno de tres opositores que lograron derrotar al chavismo y ganar gobernaciones. Su pasado lo convierte en adversario de los sectores de derecha de la oposición, que ahora predican la abstención para evitar que se consolide su liderazgo. Pero al mismo tiempo lo convierte en un candidato peligroso para Maduro, porque puede atraer el voto de los sectores populares sobre los cuales el chavismo perdió el control. Si se suman los votos de la oposición representada en la MUD, Falcón llegaría a una mayoría difícil de ocultar por un fraude.

Si el abstencionismo se mantiene, facilita a Maduro otros 6 años en el poder, y la legitimidad que ya había perdido. Espero que escojan bien los venezolanos opositores.

Saludos,

Lea también:
Venezuela: En pro y en contra de la abstención.
De Fernando Mires y Alberto Barrera Tyszka

Venezuela: En pro y en contra de la abstención. De Fernando Mires y Alberto Barrera Tyszka

Las elecciones presidenciales, convocadas por el régimen de Maduro y cuestionadas por la comunidad internacional y la opositora Mesa de Unidad Democrática MUD, tendrán lugar el 20 de mayo. Dentro y fuera de Venezuela hay un fuerte debate sobre abstenerse o votar masivamente por el candidato Henri Falcón, quien se postuló desatendiendo la decisión de la MUD, y cuya candidatura está agarrando fuerza.

Representativos para todas las posiciones publicadas, voy a reproducir aquí solamente las de dos intelectuales que considero de los intelectualmente más honestos que suelen opinar sobre Venezuela. El escritor, guionista y columnista venezolano Alberto Barrera Tyszka, en pro de la abstención; y el politólogo chileno Fernando Mires, quien tiene mucha influencia en el debate de la oposición venezolana. Mires defiende la participación en las elecciones.

El próximo martes voy a publicar en El Diario de Hoy y en este blog la posición mía a favor de una votación masiva por Henri Falcón.

Paolo Luers

FALCÓN, EL CANDIDATO. De Fernando Mires

30 abril 2018 / TalCual

La candidatura de Henri Falcón no nació de la nada. Surgió como consecuencia de la decisión de la MUD de no presentar candidatura presidencial después del fracaso del diálogo de Santo Domingo. Decisión tomada como respuesta a la premeditada –repetimos: premeditada– intransigencia de los dialogantes enviados por Maduro.

Después del fracaso del diálogo fueron abiertas a la MUD dos opciones. La primera: la de “pelear peleando”, es decir, la de levantar una candidatura que denunciara ante el mundo la ausencia de condiciones electorales, desatando un masivo movimiento político en contra del régimen. La segunda: la de seguir el juego del oficialismo, cediendo el paso para que este venciera en las elecciones.

1.- El error más grande de la historia de la MUD

La dictadura demostró tener un conocimiento exacto de la MUD. Sabía que no tenía candidato y que –dadas las rivalidades entre los partidos del G4– iba a ser difícil que lo tuviera, por lo menos a corto plazo. Ese fue sin duda el primer error que llevaría a la MUD a cometer el segundo, el más grande de su historia: no levantar candidatura frente a un gobierno que había alcanzado sus puntos más bajos de aprobación. La no-existencia de condiciones electorales mínimas, en lugar de convertirse en una consigna de participación, se convertiría así en un llamado a la apatía, a la resignación, a la nada. La única candidatura de la MUD es hoy la señora abstención lo que para una asociación electoral –la MUD es eso– significa una (auto) condena a muerte.

Para disimular su monumental error, los dirigentes de la MUD adujeron que el llamado a la abstención seguía la orientación de una supuesta Comunidad Internacional, vale decir, de un conjunto de gobiernos dispares entre sí, cuya preocupación fundamental dista de ser Venezuela, como demostró la Cumbre de Lima. Votar es legitimar a la dictadura ante el mundo, fue la consigna central. Un absurdo: una dictadura no puede ser legitimada con nada porque una dictadura es una dictadura. No existen dictaduras legítimas. Pero aún suponiendo que esa, por la MUD fetichizada “comunidad”, hubiera tenido el poder que le supuso la MUD (ni en la OEA posee mayoría ejecutiva) ese poder habría sido inútil pues con la abstención ya no tenía a qué ni a quién apoyar.

Sin elecciones la MUD es como un sistema solar sin sol, un montón de meteoritos perdidos en la noche de la anti-política. Ni siquiera la creación del Frente Amplio (la MUD más organizaciones pro-MUD) que en condiciones electorales habría sido un poderoso instrumento de lucha, pudo interceptar la crónica del fracaso anunciado. Fracaso, porque la MUD al retirarse de las elecciones, se retiró de su ruta, rompió con su única línea y no supo levantar otra.

¿Extraña que bajo esas condiciones los abstencionistas de la primera hora –los anti– electoralistas crónicos, los del “maduroveteya”, los de “en dictadura no se vota”, los del “dimite-pues” – hubieran llenado el espacio vacío que dejó la MUD imponiendo consignas que hoy repiten los neo-abstencionistas como si fueran de su autoría? ¿Extraña que abstencionistas y abstencioneros cierren filas para bloquear la alternativa que hoy representa el candidato Henri Falcón? ¿Extraña al fin que la candidatura de Falcón se convirtiera en el blanco de los más viles ataques, injurias e infamias que es posible imaginar?

En Venezuela no existe un falconismo, como sí hubo un chavismo, un madurismo y de algún modo, un caprilismo. Pero sí existe una ideología anti-Falcón cuyas connotaciones son brutales tanto en las redes como en la prensa. La ideología anti-Falcón ha llegado a ser la de la impotencia política, la de los que ven en Falcón lo que ellos no supieron (y tal vez quisieron) hacer, la alternativa que los denuncia y acusa, el hecho objetivo que no les permitirá posar como víctimas inocentes y, por eso, el chivo expiatorio de tantas frustraciones. De lo que no se han dado cuenta es que, mientras más atacan al candidato, más significado adquiere la candidatura. En el hecho -aunque Falcón no se lo hubiera propuesto- lo han convertido en el representante de una doble protesta. En contra de la dictadura y en contra de una oposición donde abnegados y respetables políticos conviven con burócratas sin ideas, con tácticos sin estrategia, con aventureros de ocasión. Ha llegado quizás la hora de desmontar la ideología anti-Falcón.

2.- Seis afirmaciones falsas en contra de Falcón

No valdrá la pena detenerse en las difamaciones que acompañan a la ideología anti-Falcón. Afirmar por ejemplo que Falcón es el candidato de Maduro sin presentar la menor prueba, es una frase que solo delata la miseria mental de quienes la emiten. Sin embargo, si subimos un poco el nivel discutitivo podemos encontrar algunas afirmaciones que a primera vista podrían poseer cierta verosimilitud.

La primera se refiere a la supuesta traición de Falcón al no acatar la decisión de la MUD. De más está decir que el concepto de traición pertenece a los estamentos militares, a las mafias, a las cofradías conjuradas, pero no a la vida política. Falcón, en el peor de los casos, desobedeció a una directiva. Pero la política no está basada en relaciones de obediencia. Nadie puede estar sometido a una dirección que ha tomado el camino errado. Más aún, Falcón – es importante subrayarlo – ni siquiera rompió con la línea política de la MUD. La MUD en cambio sí rompió con su línea política al asumir la alternativa abstencionista bajo el pretexto de obligar al gobierno ( y ¿con qué?) a crear las condiciones electorales óptimas. Falcón representa -si así se puede decir- la ortodoxia de la MUD. Las declaraciones programáticas de Falcón no se diferencian un solo centímetro de las que fueron de la MUD.

La segunda afirmación, una variante de la primera, señala que Falcón dividió a la MUD. Cualquiera que la escucha podría imaginar que la MUD había sido siempre monolítica. Pero no es un misterio para nadie que la historia de la MUD es la historia de sus divisiones. La MUD solo ha marchado (relativamente) unida en períodos electorales. Por eso, al abandonar la ruta electoral, la MUD se separó de sí misma. Por lo demás, la unidad por la unidad solo existe en las relaciones amorosas. La unidad política, en cambio, solo se puede dar en torno a objetivos concretos. Si estos objetivos no aparecen, o si han sido borrados del mapa, la unidad no se justifica.

La tercera afirmación apunta al hecho real de que Falcón perdió su gobernación en Lara. Cierto, Falcón perdió como muchos perdieron en unas elecciones en las cuales después del aplastamiento militar de las protestas del 2017, la MUD acudió desmembrada, sin entusiasmo, resignada. Lo que no se puede obviar es que la carrera de todos los políticos está marcada por victorias y derrotas. El político siempre ganador no ha nacido todavía. Más aún: la carrera política de Falcón, a diferencia de otros políticos, está signada por muchas victorias y una sola derrota. Cabe añadir que ninguna elección es igual a otra. Hasta un Abraham Lincoln perdió en dos elecciones antes de vencer en las presidenciales.

La cuarta afirmación, quizás la más recurrente, es la de los que acusan a Falcón de haber sido chavista. Dicha afirmación parte de la premisa de que los candidatos deben dar pruebas de virginidad política antes de postularse. Olvidan que la dimensión de la política es el “ahora y aquí” y no el pasado, sobre todo si ya es lejano, como el de Falcón. Olvidan, además, lo que fue el chavismo antes de que degenerara en madurismo: Uno de los más multitudinarios y poderosos movimientos sociales de la historia latinoamericana cuyo influjo traspasó las fronteras venezolanas. El mismo Luis Almagro fue un furibundo chavista, aún durante Maduro, tres años después de la ruptura de Falcón con Chávez. Es posible entonces comprender las razones por las cuales tantas personas -entre ellas destacados académicos venezolanos- se dejaron atraer por el embrujo del chavismo. Después de todo, el mismo Falcón lo dijo: “Si dejé de ser chavista en los momentos de gloria del chavismo, no lo voy a ser ahora, en el momento de su declive”. Lo que Falcón, ni como chavista ni como no-chavista ha sido, en cambio, es un político extremista. Y eso no lo perdonan los extremistas de lado y lado. Falcón como Capriles es un político de centro. Hay, quiérase o no, una línea de continuidad entre la candidatura de Capriles y la de Falcón. Y Capriles lo sabe.

La quinta afirmación nos dice que Falcón fue militar, alcanzando el grado de sargento y por ello vinculado al ejército. Algo difícil de entender. Falcón abandonó las filas militares hace ya mucho tiempo con el título de “maestro técnico de tercera”. Lo que callan sus enemigos es que la posterior formación profesional de Falcón (es abogado) supera lejos a la media de los políticos venezolanos, incluyendo a ex-candidatos presidenciales. Después de haber obtenido su título realizó post-grados en Ciencias Políticas y Derecho Laboral. Innegable por lo tanto es que Falcón ha sido un hombre de esfuerzo y trabajo. Sin embargo, la chusma tuitera lo sigue llamando “el sargento”. Lo que no puede ocultar con esa denominación es el intento por discriminar socialmente a Falcón. El candidato, efectivamente, no pertenece a los altos círculos de la post-oligarquía capitalina, blanca y adinerada. No se educó en colegios exquisitos, no asistió a fiestas de gala, ni pertenece a la cultura del jet-set. Detrás de la denominación de “el sargento” se esconde el clasismo de un sector social con ínfulas aristocráticas, secundado por arribistas de medio pelo a quienes Falcón les parece un candidato sin “glamour”. Pero quizás por eso mismo Falcón tiene “llegada” en sectores donde los políticos de la (supuesta) “clase alta” nunca podrán aparecer.

La sexta afirmación se refiere al hecho de que Falcón no congrega multitudes. También es cierto. Como ya se dijo, el falconismo no existe. Lo que existe es una candidatura política de un candidato sin poses mesiánicas. Algo tal vez raro en Venezuela. No así en la mayoría de los países latinoamericanos. Ni Piñera, ni Macri, ni Kuczinski- Pizarro, ni Temer, ni Moreno, ni tantos más, son líderes de multitudes orgásmicas. El tiempo de las grandes muchedumbres va quedando atrás. En Europa ya no hay líderes de masas. En América Latina los hay cada vez menos. Falcón no es una excepción. Más bien parece confirmar una regla

3.- 20-M

Las elecciones del 20-M serán decisivas. Derrotar a los dos principales aliados de Maduro: el abstencionismo y el fraude, es el gran desafío de los electores venezolanos. Si el abstencionismo logra imponerse, vencerá el fraude. Quizás por primera vez en su historia los opositores venezolanos serán llamados a votar no con el corazón sino con la mente. Pues la alternativa Falcón no representa un futuro luminoso, no porta consigo la promesa de una nueva sociedad y mucho menos la de un mundo feliz. Por el contrario, el propio Falcón ha ofrecido su candidatura para presidir una futura transición la que, como toda transición, deberá ser pactada. Lo único claro es que si Falcón es derrotado, la dictadura logrará mantenerse por mucho tiempo más. Y eso no lo merece el pueblo venezolano. La candidatura de Falcón es la única posibilidad que tiene ese pueblo para comenzar a salir, al fin, de la larga noche dictatorial.

 

La rebelión de los votantes. de Alberto Barrera Tyszka

 

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

6 mayo 2018 / El New York Times

CIUDAD DE MÉXICO — Durante todos estos años, siempre pensé que la única salida al conflicto de mi país era el voto. Sigo pensando así. Y justo por esa razón, creo que el próximo 20 de mayo los venezolanos debemos abstenernos.

Para la mayoría de la población, dentro y fuera del país, la situación es alarmante. Hemos llegado a un límite casi inimaginable en términos de hiperinflación, de deterioro en la calidad de vida, de violación de los derechos humanos y de control y represión oficial. El país frívolo que exportaba reinas de concursos de belleza se ha convertido en el país trágico que exporta pobres desesperados. Todo esto, bajo la mirada de un gobierno que sigue empeñado en negar la realidad, que prefiere destruir la nación que negociar.

En un artículo indignante, publicado hace pocos días en El País, Nicolás Maduro ofreció una muestra de cómo continuamente intenta legitimarse. “Nuestra democracia es distinta a todas”, afirma al comienzo del texto. “Porque todas las demás —en prácticamente todos los países del mundo— son democracias formadas por y para las élites. Son democracias donde lo justo es lo que le conviene a unos pocos”.

En realidad, su gobierno es un espejo perfecto de lo que denuncia. El chavismo se ha convertido en una élite que lleva veinte años concentrando poder. Controla el petróleo y la moneda, maneja a su antojo las instituciones y los tribunales, ha transformado a las Fuerzas Armadas en su ejército privado. Detiene, encarcela, tortura y hasta ejecuta adversarios sin respetar las leyes, sin dar explicaciones. Ha privatizado casi todos los espacios de la vida pública, ha organizado el hambre como un negocio político rentable. Una élite que necesita y desea, el próximo 20 de mayo, ganar algún tipo de legitimidad.

A medida que se acerca el día de las elecciones, aumentan la tensión y el debate sobre votar o no votar en el país. Quienes promueven la teoría de que es necesario votar dan por descontado que la abstención es una resignación inútil, un abandono de la lucha o una manera algo espuria de resistir. Uno de los éxitos del chavismo ha sido distribuir en la sociedad venezolana la idea de que el disentimiento es sospechoso, que siempre puede acercarse peligrosamente a la ilegalidad. La ambigua conjetura de que el llamado a no votar esconde en el fondo un ánimo conspirador le resulta muy conveniente al gobierno.

Dos supuestos sostienen la propuesta de participar en las elecciones: creer, primero, que de manera repentina una indetenible marea de votos le dará un triunfo incuestionable al candidato de la oposición, Henri Falcón, y, después, en segundo término, confiar que el gobierno y sus instituciones aceptarán y reconocerán esa victoria. No hay, sin embargo, ninguna garantía de que alguna de estas dos cosas pueda ocurrir.

La candidatura Falcón no depende de la política, sino de la fe. No es un problema que tenga que ver, ni siquiera, con el candidato. No hay que discutir sus cualidades o deficiencias. El problema está en el sistema. No es nueva la ilusión de un sorpresivo tsunami electoral, más aun en un contexto de crisis total como el que vive el país. Por eso mismo, la campaña oficial se ha centrado en obtener ganancias del clientelismo a través del llamado Carnet de la Patria, que permite al gobierno canjear votos por comida. La élite chavista ha diseñado una arquitectura electoral que carnetiza la pobreza y transforma la elección en un chantaje.

Supongamos, de todos modos, que la hipótesis se transforma en realidad y que una avalancha de votos hace irremediable un triunfo de la oposición. Supongamos, también, que el gobierno reconoce su derrota: ¿qué sigue? Henri Falcón debe esperar hasta enero de 2019 para que el presidente entregue el gobierno.

Llamar a votar porque no hay más remedio, porque no
hay otra alternativa, es absurdo. Estamos denunciando
que las elecciones son un artificio, que la democracia
en Venezuela es una trampa.

Las enseñanzas de lo ocurrido el 2015 deberían ser útiles. Tras la victoria de la oposición, los parlamentarios salientes aprovecharon los pocos días que les quedaban para dar un golpe de Estado y asegurar su control absoluto del Tribunal Supremo de Justicia. A esto, además, hay que sumarle la existencia de una fraudulenta Asamblea Nacional Constituyente (ANC), a la que todavía le queda por lo menos un año de ejercicio, constituida como un poder absoluto, capaz de —por ejemplo— redefinir y limitar a su antojo el papel y las funciones de la presidencia.

Esto implica que aun perdiendo las elecciones, la élite chavista retendrá el poder en su sentido amplio, incluyendo la posibilidad de despojar de facultades a la presidencia. En el supuesto negado de que Henri Falcón ganara, solo obtendría una silla hueca, un adorno y no un cargo, una representación del vacío. Todo esto hace que la elección del 20 de mayo sea un fraude anunciado.

La dirección política de la oposición tiene muchas debilidades y ha cometido bastantes errores. Sin embargo, en este momento tanto la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) como el Frente Amplio están siendo leales con la mayoría que, de distintas maneras, intenta resistir ante el gobierno.

El llamado a la abstención es coherente con lo ocurrido tras las elecciones de octubre del año pasado, cuando Juan Pablo Guanipa ganó la gobernatura en el estado de Zulia y Andrés Velásquez en Bolívar. ¿Qué pasó? Al primero, trataron de someterlo a través de la ANC. La élite canceló el triunfo de los votantes e impuso nuevas elecciones. Al segundo, todavía hoy, el Consejo Nacional Electoral no le ofrece respuestas ante sus contundentes denuncias de fraude. Estos son ejemplos recientes y brutales.

Las elecciones en Venezuela están diseñadas como una estafa perfecta. El gobierno elige a todos los candidatos, establece las reglas de juego, no permite auditorías ni ningún tipo de observación independiente, extorsiona a los votantes con comida y medicinas, mientras la población menos necesitada se debate moralmente entre votar o no votar.

Es una maniobra que apuesta, además, a enfrentar a la crítica internacional. El gobierno necesita una alta participación electoral para poder descalificar a todos los países que se han sumado al desconocimiento de los resultados electorales. Basta recordar una reciente entrevista con Jorge Rodríguez. El ministro de Comunicación y jefe de campaña de Maduro descartó la existencia de la crisis humanitaria usando como argumento el resultado de las últimas elecciones. Para eso necesita el gobierno que los venezolanos participen en las presidenciales.

Llamar a votar porque no hay más remedio, porque no hay otra alternativa, es absurdo. No estamos decidiendo entre votar o tomar las armas. Eso es parte de la trampa. Es lo que también ha propuesto Maduro. No estamos decidiendo entre votar o apoyar una invasión. Estamos denunciando que las elecciones son un artificio, que la democracia en Venezuela es una trampa.

Pero es necesario que la dirigencia política de la oposición llene de sentido —simbólico y práctico— la abstención, que la convierta en un verdadero acto político. Hay muchas posibilidades e iniciativas de inventar acciones de todo tipo, dentro y fuera del país, para el 20 de mayo. No se trata de una resignación pasiva. La abstención no tiene por qué ser una renuncia. También puede ser un gran acto de rebeldía.

Lea también:
Carta para entender la disyuntiva venezolana:
¿Votar o abstenerse? De Paolo Luers