Venezuela

La oposición, el madurismo y las alianzas. De Fernando Mires

En Venezuela existe una dualidad de poder. Un gobierno anti-constitucional por un lado y otro representado por una oposición constitucional. 

Fernando Mires, 25 junio 2017 / TALCUAL

¿Existe el madurismo? La pregunta puede parecer académica pero no lo es. Por lo menos no lo es en sus consecuencias. Y no lo es porque determina –sí, determina- la política de alianzas de la oposición en momentos cuando esa oposición a través de su órgano de representación institucional, la Asamblea Nacional, y en conformidad con los artículos 330 y 350, ha decidido desconocer la legitimidad del gobierno Maduro al haber este traicionado a la Constitución de todos.

En Venezuela existe una dualidad de poder. Un gobierno anti-constitucional por un lado y otro representado por una oposición constitucional. Como se dijo en un artículo anterior, en Venezuela hay muchos partidos, pero solo hay dos campos: el de la anti-Constitución y el de la Constitución. Este último campo, absolutamente mayoritario, incluye de modo creciente a sectores divergentes del régimen a los que hemos llamado “chavismo constitucional”. Su figura emblemática es actualmente la fiscal Luisa Ortega Díaz. En contra de ella está apuntando toda la artillería del gobierno inconstitucional.

De este modo, desde una perspectiva objetiva, si no existe una alianza entre el chavismo y la oposición, existe por lo menos un punto objetivo de convergencia: la defensa irrestricta de la Constitución del 99. Ese punto es –o debería ser- el origen de una alianza política de dimensiones nacionales.

Una alianza tiene lugar entre por lo menos dos entidades las que al reconocer un enemigo común deciden sumar fuerzas para derrotarlo. Para que una alianza tenga lugar se requiere por lo tanto de las diferencias. Por lo mismo, las diferencias, lejos de ser un obstáculo, son la condición de una alianza.

Entre dos fuerzas similares no se requieren alianzas precisamente porque son similares. La aceptación de las diferencias es el requisito esencial de una política de alianzas, y esta última a la vez, es condición esencial de la política como tal. La política es, entre otras cosas, el arte de sumar y multiplicar y no de restar y dividir. Eso es lo que no logran entender algunos sectores anti-políticos de la oposición cuyo poder de difusión es afortunadamente menor a su poder político real. Los hay en dos matices: a un lado los puristas, al otro los aperturistas.

Los puristas son aquellos que bajo ninguna condición aceptan acuerdos con el chavismo constitucional. Para ellos chavismo es chavismo, el madurismo no es diferente al chavismo y pactar con grupos disidentes es traición. De más está decir que con esos opositores –en verdad, opositores a la oposición- no hay ninguna posibilidad de comunicación política.

Problemático es también el sector de los aperturistas. Los hay también en dos versiones. Una versión dura y otra suave. Unos sustentan la tesis de que hay que aceptar al sector chavista disidente, pero solo bajo determinadas condiciones, entre ellas que reconozcan sus pecados originales, que realicen una autocrítica y no pretendan en ningún caso imponer condiciones cuando llegue el momento de actuar juntos. El sector más suave en cambio, afirma que hay que recibir a los chavistas disidentes con los brazos abiertos, algo así como al hijo pródigo regresado al hogar después de haber errado su camino. Ambas posiciones parten, sin embargo, de un supuesto falso.

Ese supuesto falso está sustentado sobre la premisa de que el chavismo constitucional intenta sumarse a la oposición constituida y por lo tanto de lo que se trata es de recibirlos o de no recibirlos. El problema es que hasta el momento no se conoce a nadie dentro del chavismo constitucional que haya hecho una solicitud de ingreso a la MUD, o algo parecido. Todo lo contrario. En sus declaraciones los chavistas antimaduristas intentan diferenciarse de la MUD. Después de haber roto con lo que ellos llaman, desde su perspectiva, el madurismo, se entienden a sí mismos como una fuerza equidistante entre la MUD y el madurismo, algo así como la tercera fuerza de la política venezolana.

En otras palabras, los chavistas constitucionales no son saltadores de talanquera. Son chavistas. Pero a la vez son, o intentan ser, fundadores de un tercerismo político que busca un espacio de acción dentro del espectro político venezolano. El dilema, por lo tanto, no es si hay que aceptarlos o no. Se trata solamente de reconocerlos en lo que son y por medio del diálogo buscar con ellos algunos puntos de convergencia que puedan llevar a una alianza táctica en función del objetivo de los objetivos: restaurar en Venezuela a la Constitución del 99. Más sería demasiado.

Stalin no pidió a Churchill que se hiciera comunista ni Churchill exigió a Stalin que se convirtiera en un demócrata. Ambos concertaron una alianza frente al enemigo principal, Hitler, y gracias a esa alianza lograron derrotarlo. Eso es una alianza política: la unidad circunstancial de dos o más posiciones diferentes.

La historia del chavismo constitucional es, por lo demás, muy distinta a la historia de la MUD. Por esa misma razón ambas entidades mantienen un relato diferente con respecto a la misma historia. Los chavistas constitucionales, a diferencias de la oposición, han realizado una ruptura epistemológica que ha terminado siendo, como suele suceder, una ruptura política. No así la oposición la que, por supuesto, no ha necesitado de ninguna ruptura para oponerse primero a Chávez y después a Maduro.

Una ruptura epistemológica, en el sentido acordado por Gastón Bachelard al término (en su texto clásico “Filosofía de las Ciencias”) tiene lugar cuando en una narración es introducido un concepto que interrumpe y altera la continuidad discursiva. Ese nuevo concepto interruptor se llama, para el chavismo constitucional, “madurismo”.

De acuerdo al relato histórico del chavismo constitucional, el concepto de madurismo, entendido en discontinuidad con el de chavismo es producto de una ruptura epistemológica que antecedió a la ruptura política que hoy está teniendo lugar. O dicho así: lo que desde la perspectiva de la oposición constituida es percibido como continuidad, desde la perspectiva del chavismo constitucional es percibido como ruptura.

Por lo demás, la lógica de los chavistas constitucionales posee cierta coherencia. El chavismo del madurismo, se quiera o no, terminó siendo diferente- y en algunos casos, opuesto- al chavismo de Chávez. Las diferencias entre el chavismo y el madurismo son, para los disidentes chavistas, fundamentalmente cuatro.

La primera diferencia dice que, mientras el de Chávez era un gobierno que contaba con la mayoría absoluta de la ciudadanía, el de Maduro es un gobierno radicalmente minoritario.

La segunda dice que, mientras el de Chávez era un gobierno político-militar, el de Maduro se constituyó como un gobierno militar-político para llegar a ser después lo que ahora es, una dictadura puramente militar.

La tercera dice que mientras la fuente del poder de Chávez era electoral, la de Maduro es anti-electoral.

La cuarta dice que, pese a que Chávez faltaba a la Constitución, nunca renunció a ella como ha ocurrido con Maduro.

Que chavismo y madurismo son dos formas de un mismo régimen –como sostiene la oposición- es cierto. Pero también es cierto que mientras el primero correspondía a una forma ascendente, el segundo corresponde a una forma descendente. Si Chávez habría hecho lo mismo que hoy hace Maduro, o que Maduro es un Chávez sin plata, también puede ser cierto. Pero no es comprobable. Afirmaciones de ese tipo no tienen más valor que el que se deduce de simples conjeturas. Mucho más cierto es que Maduro está vivo y Chávez está muerto; y esa diferencia es muy comprobable.

Tanto en la vida profesional como en la pública debemos realizar alianzas, incluso con personas e instituciones que no nos gustan. Las hay a largo, a mediano y a cortísimo plazo. Puede ser que la que se pueda gestar entre el chavismo constitucional y la unidad opositora corresponda solo a la tercera categoría.

Tal vez ni siquiera sea una alianza sino un simple acuerdo puntual. No por eso menos necesario. En cualquiera de los casos, lo importante para que actúen fuerzas convergentes es reconocer, aceptar y respetar las diferencias que las separan. Exigir como condición para una acción común la renuncia a esas diferencias es condenarse a sí mismo a la más absoluta soledad. Dicha premisa vale tanto para la oposición como para el chavismo constitucional.

Sin alianzas no hay política.

La izquierda internacional y el narcorrégimen venezolano. De Miguel Henrique Otero

Miguel Henrique Otero, director de El Nacional

Miguel Henrique Otero, 19 junio 2017 / EL NACIONAL

Entre el año 2000 y el año 2010, aproximadamente, la izquierda internacional cantó alabanzas a Hugo Chávez y al celebrado renacimiento de la izquierda en América Latina. Además de Venezuela, en varios países del continente gobernaron izquierdistas que se sumaron al coro de los niños cantores de Chávez, a cambio de contribuciones económicas en millones de dólares, cuya cuantía está próxima a revelarse. El gobierno venezolano organizó, con el dinero de los venezolanos, campañas para recaudar elogios. El Foro de Sao Paulo, fundado en 1990, hizo de Chávez uno de sus sacerdotes. La izquierda europea, por años, se negó a escuchar las advertencias de los demócratas venezolanos. Caso aparte lo constituyen los señores del partido Podemos, cuyos bolsillos están manchados de sangre: los dineros recibidos desde Venezuela e Irán así lo atestiguan.

El inicio del mandato de Álvaro Uribe Vélez en Colombia, año 2002, supone una fractura para los sistemas de propaganda de las izquierdas: rápidamente logró poner en evidencia lo que ya se sabía, que las FARC y el ELN eran, en realidad, megabandas dedicadas al narcotráfico ocultas tras la fachada de guerrilla revolucionaria.

La colaboración del gobierno de Chávez a las FARC marca el inicio del vínculo de la izquierda venezolana en el poder con el negocio del narcotráfico. En un primer momento, el gobierno y ciertas unidades militares les dieron protección y territorios para operar. Como se sabe, algunos municipios del estado Táchira funcionaron como aliviaderos. Integrantes de la guerrilla ingresaban a Táchira para descansar, abastecerse o realizar tratamientos médicos, incluyendo intervenciones quirúrgicas para cambiar de fisonomía. Esa actividad, denunciada en su momento, constituyó el primer paso del proceso por el cual la revolución bolivariana derivó en un narcorrégimen.

Las etapas de ese proceso son las previsibles: primero, funcionarios venezolanos comenzaron a recibir pagos por sus servicios, que se depositaban en cuentas fuera de Venezuela. En un segundo momento se convirtieron en socios de la distribución. No olvidemos que, ya en 2008, Rodríguez Chacín, Henry Rangel Silva y Hugo Carvajal fueron sancionados por asistir a los cárteles de la droga. La siguiente etapa ha sido la de organizar redes propias de distribución de drogas: se reciben en territorio venezolano bajo protección de uniformados, y luego se envían fuera del país. Como bien saben los organismos de inteligencia de varios países, el narcorrégimen venezolano maneja un porcentaje muy alto de la distribución de la cocaína que se produce en Colombia y Ecuador.

Las investigaciones de la DEA, el Departamento del Tesoro, el Departamento de Justicia, así como numerosos despachos de inteligencia, son inequívocas: al más alto nivel gubernamental, y particularmente de la Guardia Nacional Bolivariana, hay funcionarios, como Reverol, Zavarce y otros, directamente acusados de prestar apoyo a los cárteles de la droga. A este enorme negocio de distribución de drogas  pertenecen los llamados narcosobrinos. Por su participación en este negocio, y por las operaciones de droga vinculadas con grupos terroristas del Medio Oriente, se ha acusado al vicepresidente El Aissami. Por sus vínculos con este negocio, se investiga a Diosdado Cabello. Y, puesto que se trata de una red muy amplia, en plena fase de investigación, se están preparando nuevos anuncios y medidas, que muy pronto arrojarán nuevas y sorprendentes noticias.

Que se trata de un narcorrégimen, no ocurre en vano: cada día el silencio de la izquierda mundial es más evidente. Nadie debe llamarse a engaño: a la fauna comunistoide no le preocupan los derechos humanos, ni la represión, ni la violación de las leyes, ni el asesinato de personas que ejercen su derecho a la protesta.

La muerte de los demócratas no les inquieta. Pero, ante las evidencias de la participación directa y sistemática del régimen en el narconegocio, las cosas son distintas. Son cada día más los que toman distancia. Lo que asombra es que los señores de Podemos e Izquierda Unida, o el señor López Obrador y algunos otros persistan en defender lo que es indefendible: que hay toda una estructura movida por altas figuras del gobierno venezolano y de la Guardia Nacional Bolivariana dedicada a recibir droga en territorio venezolano y trasladarla a Centroamérica, Estados Unidos, Europa y el Medio Oriente. La solidaridad con el régimen que aplasta a Venezuela no pertenece al género de la política. Pertenece al género del derecho penal: es nada menos que complicidad con el narcotráfico internacional.

Un retrato violento. De Alberto Barrera Tyszka

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 18 junio 2017 / PRODAVINCI

Luisa Ortega Díaz los tiene locos. Las respuestas del oficialismo solo han logrado demostrar, de manera rápida y bastante obvia, que las denuncias de la Fiscal son ciertas.  Las reacciones del poder han sido tan importantes como las propias actuaciones y declaraciones del Ministerio Público.  Ellos solitos, de forma instantánea, sin mediar ningún tipo de discernimiento, se han delatado, han hecho evidente que la democracia no les interesa, que no creen en la independencia de las instituciones, que su plan es quedarse en el gobierno para siempre.  El madurismo ha resultado el coctel político más letal de toda nuestra historia.  Combina lo peor de nuestro presente con lo peor de nuestro pasado.  No solo ejerce la violencia del Estado en todas las direcciones sino que, además, la premia, la glorifica.

De un día para otro, la Fiscal General de la República pasó a ser el enemigo público número 1 de los poderosos. Esa élite, esos privilegiados que pueden adquirir dólares baratos, que consiguen comida y medicinas,  que tienen escoltas y pasaportes;  esa minoría que ya no quiere contarse, ahora acaba de decretar que Luisa Ortega Díaz es “indigna”, “fascista”, “corrupta”, “traidora”, “jefa de la oposición”….y que además está loca (“insanía mental”, según Pedro Carreño),  es cómplice de todo lo que ocurra (“anima la violencia”, según Jorge Rodríguez), y por lo tanto es responsable de todas los homicidios que se produzcan en las manifestaciones (según Tarek El Aissami).  Casi todos los altos líderes de la casta se han pronunciado. Diosdado Cabello ya afirmó que “la Fiscalía no es un poder” y sugirió una purga futura, amenazando con “revisar” el Ministerio Público con detalle. “Uno a uno”.

Mientras en Telesur, una abogada constitucionalista, supuesta experta en el tema,  afirma que el TSJ debería abrir una investigación por “falta de ética” en contra de la Fiscal,  el oficialismo introduce en el mismo máximo tribunal una petición de antejuicio de mérito y la solicitud para prohibir la salida del país de Luisa Ortega Díaz. Si alguna persona, de dentro o de fuera, tenía alguna duda sobre cómo el madurismo ejerce el poder en Venezuela,  la forma en cómo se ha actuado en contra de la Fiscal es una confesión contundente. Una prueba irrefutable de una legalidad secuestrada, de un sistema que no es confiable.  Sin darse cuenta,  la reacción de la dirigencia oficialista en contra de la Fiscal le ofrece al país un subtexto muy claro: toda la institucionalidad es una estafa.  El mensaje es nítido: la legalidad no importa. O haces lo que yo digo, o te jodo.

La foto de Pedro Carreño frente a Mikel Moreno es un testimonio para la historia. Todo forma parte de una secuencia, filmada en video, retratada para su publicación. Es una puesta en escena.  Los dos posan, sin demasiada gracia, como niños en la escuela, unidos por un diploma. Ninguno parece tener mucho entusiasmo. Solo están tratando de otorgarle solemnidad a una pillería. Y ambos lo saben. Pero necesitan  que el disimulo continúe. Ni siquiera se están viendo fijamente. Hay algo esquivo en sus posturas, en sus miradas. Sus cuerpos se juntan en un documento insostenible. Es el retrato de una mafia que pretende ser legítima, que aspira a sobrevivir a su propia historia delictiva. En vez de disfrazarse de pistoleros, se disfrazan de diputados y de jueces. Curiosamente, desde el fondo, el retrato de Bolívar parece sonreír de medio lado.  Su imagen cruza entre ambos, saboteando el instante.

En todas estas respuestas ante la actuación de la Fiscal General, se va conformando un argumento para rechazar más aún el proyecto de la Constituyente.  Aquí están. Míralos. Escúchalos. Estos son los que pretenden cambiar el marco legal del país. Estos son los que supuestamente defienden la independencia e invocan el respeto a la diversidad. Estos son lo que hablan de imparcialidad. Estos son los que critican el sesgo en las instituciones. En ellos debemos creer.

Tanto que mencionan a Chávez y, tal vez, ahora vale la pena recordarles estas palabras: “Hoy tenemos una gran concentración del poder porque unas cúpulas se fueron adueñando  del poder judicial y del legislativo y lo manipulan y lo usan a su antojo. Y lo mismo ocurrió con la Fiscalía, con la Contraloría. En Venezuela lo que ha funcionado no es una democracia sino una tiranía de pequeñas cúpulas partidistas, sectores horrorosamente corrompidos que destrozaron a Venezuela”.  Lo dijo en Cartagena, en mayo de 1999.  Pero la frase calza perfectamente con el momento actual, con el gobierno de Nicolás Maduro. Con su proyecto constituyente.  Podría ser la leyenda perfecta para la imagen de Carreño y Moreno.  No es el registro de un acto legal. Todo lo contrario. Es en verdad una advertencia, una intimidación.  Es un retrato violento. La legalidad como amenaza.

 

Banda de ladrones. De Fernando Mires

Sin la justicia ¿qué serían de verdad los reinos sino bandas de ladrones? ¿Y que son las bandas sino pequeños reinos? (San Agustín, La Ciudad de Dios)

Fernando Mires, 11 junio 2017 / TALCUAL

El general Vladimir Padrino López declaró a José Vicente Rangel (El Universal 29/5/17) que “la crisis tendría solución hoy mismo si hubiese voluntad política y que el problema es de los políticos, no de la fuerza Armada, ni de la Iglesia ni de los empresarios”

Un observador poco avisado podría llegar a la conclusión de que el general dijo una verdad tan grande como un camión. Y deducido, además, que la culpa de la tragedia venezolana reside en los políticos “de ambos lados”; incapaces de llevar a cabo un diálogo constructivo frente a diferencias fáciles de resolver.

Sin embargo, cualquiera que siga con atención los acontecimientos venezolanos, podrá darse cuenta de que la verdad del general tiene el tamaño de una hormiga. Pues esa verdad esta construida sobre la base de tres grandes mentiras.

La primera es que uno de los supuestos interlocutores no puede ser un interlocutor político pues ha roto definitivamente con la política como medio de comunicación. En el hecho, quienes gobiernan son políticos- antipolíticos.

La segunda mentira es que hay un tema de discusión. Lo que existe es algo distinto: un dilema: si Venezuela va a ser regida por una Asamblea Constituyente impuesta por un grupo muy reducido o por la Constitución aprobada por la ciudadanía el año1999 bajo el gobierno del presidente Chávez.

La tercera mentira dice que la solución se encuentra en manos de los políticos. Quizás pudo haberlo estado alguna vez. Pero en los momentos en que Padrino dio la entrevista, cualquiera solución pasa por las manos de los militares. Militares que, al igual que los civiles del régimen, son consumados políticos de la anti-política

Intentaré a continuación extraer la verdad de esas tres mentiras.

De acuerdo a la primera mentira el régimen estaría formado por políticos dialogantes. Eso no es así. No como insulto, sino dicho en el estricto sentido de San Agustín, el régimen esta formado por “una banda de ladrones”. Si un director de cine decidiera hacer un filme sobre los últimos días del gobierno Maduro, podría titularlo perfectamente: “El régimen de los cinco robos”.

El primer robo ocurrió después del triunfo del 6-D. Mediante la creación de un TSJ formado por militantes del PSUV, el gobierno procedió a robar las atribuciones del Parlamento. Con ello robó, además, las competencias legislativas de la AN, eliminó la posibilidad del diálogo interpartidario y desconoció el dictamen derivado de la ciudadanía popular.

El segundo robo fue el del Referendo Revocatorio del 2016, procedimiento inscrito en la Constitución por voluntad del propio presidente Chávez.

El tercer robo fue el del Diálogo Nacional, diálogo al que accedió la oposición solo porque entre los mediadores estaba el Vaticano. Nadie podía prever que Maduro manipularía al Papa para frenar las movilizaciones desencadenadas por el robo del Revocatorio. El daño provocado por Maduro a la comunidad cristiana venezolana ha sido enorme. Sus verdaderas dimensiones todavía no han sido evaluadas.

El cuarto robo fue nada menos que el de las elecciones regionales pautadas para el 2016. Con ese robo, el régimen destruyó los restos de democracia formal que pervivían en el país.

Por último, la imposibilidad de frenar constitucionalmente a las elecciones, llevó al régimen a cometer el quinto robo: el más terrible de todos, el que nunca puede cometer un gobierno. No solo robó pedazos de Constitución como lo venía haciendo. Robó a toda la Constitución.

El país, ya nadie lo puede ocultar, está gobernado por una banda de ladrones.

La segunda mentira de Padrino, la que supone que existen objetos a negociar entre “los políticos”, no es más que un derivado del robo de la Constitución.

Como militar, Padrino sabe que lo único que no se puede negociar es la Constitución. La Constitución es una, es indivisible y es intransable. La Constitución es el acta fundacional que constituye a la nación. La Constitución es la nación puesta en forma. La Constitución es el vínculo que une a los ciudadanos con el Estado. Anular a la Constitución es traicionar a la patria.

Desde el momento en que Maduro intenta sustituir a la Constitución por una Constituyente de inspiración fascista, ha pasado a ser un presidente anti-constitucional. ¿Cree el general Padrino que con buena voluntad se puede negociar la Constitución de todo un país?

Destacados constitucionalistas han sometido el proyecto de la Constituyente a intensos exámenes. Todos, coincidiendo con la impecable presentación de la fiscal Luisa Ortega Díaz, han determinado que se trata de un texto ilegítimo e ilegal, tanto en su origen como en su contenido y sentido.

En su origen, porque no ha nacido de una comunicación entre gobierno y pueblo (la verdad, nunca nadie salió a la calle a pedir una Constituyente). En su contenido, porque altera la progresión democrática de los derechos humanos. Y en su sentido, porque su objetivo principal es la anulación del sufragio universal.

Hay incluso confesiones de partes que eximen pruebas. Con la Constituyente, dijo Isaías Rodríguez, liquidaremos a la oposición. Con la Constituyente, dijo Diosdado, terminará la inmunidad política. Con la Constituyente, dijo Iris Varela, acabaremos con la Fiscal y la Fiscalía.

Así ha quedado revelada la verdadera intención del régimen: la Constituyente de Maduro no tiene otro propósito que no sea impedir por todos los medios la elecciones democráticas, es decir, el derecho más elemental de todos los pueblos de la tierra.

La Asamblea Constituyente de Maduro/Cabello certifica el nacimiento de una nueva dictadura militar – sí Padrino, militar- en América Latina. Hasta la Constitución de 1980 dictada en el Chile de Pinochet puede ser vista hoy como un primor democrático comparada con la que intenta imponer Maduro.

La tercera mentira emitida por el general Padrino aparece cuando afirma que la solución se encuentra en mano de los políticos y no de los militares. Mentira muy grande si se tiene en cuenta que Padrino es miembro de la Junta Cívica Militar formada por Maduro. Padrino, como otros generales, aunque practican una política anti-política, son militares políticos ocupando puestos políticos.

Fue el mismo Maduro quien expuso con su brutalidad acostumbrada la relación entre la Asamblea Constituyente y las FANB. Ocurrió cuando dijo: “O Constituyente o guerra”. A diferencia de otras, esta no fue una simple bravuconada. Pues una guerra solo puede ser realizada entre dos. O entre el ejército contra la ciudadanía en las calles, o entre un ejército dividido entre constitucionalistas y maduristas. ¿Cómo puede ser llevado a cabo un diálogo político con un presidente que amenaza a su pueblo y a su ejército con guerras?

Sin embargo, hay un punto en el cual el general Padrino tiene cierta razón. Es cuando dice “la crisis podría solucionarse hoy mismo si hubiese voluntad política”. Efectivamente, el mismo general Padrino, con un poco de voluntad política, podría resolver la crisis en muy poco tiempo. No con un golpe militar (¿para qué?, los militares están en el poder) Bastaría que dijera solo una frase. Esa frase es: “Las FANB solo reconocen la vigencia de la Constitución de 1999, la misma que juramos defender”. Ni una sola palabra más.

Al día siguiente de ser pronunciada esa frase, la paz volvería al país. No habría más muertos sangrando por las calles. Los niños irían a las escuelas, novias y novios se besarían en los parques, los políticos comenzarían a prepararse para las próximas elecciones, y el ejército sería respetado, no por haberse puesto al servicio de una banda de ladrones, sino por haber cumplido con su deber, acatando la letra y el espíritu de esa Constitución que una vez fue chavista y hoy es de todos.

No basta denunciar atrocidades; hay que impedirlas. Para eso hay que decir solo una frase. ¿Por qué Padrino no pronuncia esa frase? ¿Intoxicación ideológica? ¿Negociados ilícitos? ¿Falsas y absurdas juramentaciones? ¿O todo a la vez? Los historiadores, en un muy próximo futuro, lo descubrirán.

San Agustín tenía razón: sin justicia (sin Constitución) los reinos (los gobiernos) son simples bandas de ladrones.

“Venezuela clama por una esperanza”: Pedro Nikken

El experto en Derechos Humanos Pedro Nikken es venezolano, pero no es un desconocido en El Salvador. En 1991/92 fue asesor especial del Secretario General de Naciones Unidas Pérez de Cuellar para el proceso de paz en El Salvador. Luego ejerció como Relator de Naciones Unidas para Derechos Humanos de El Salvador. Aquí sus opiniones sobre las opciones de salida politica del conflicto venezolano.

Segunda Vuelta

Pedro Nikken retratado por Roberto Mata

Entrevista de Hugo Prieto, 11 junio 2017 / PRODAVINCI

Quizás no valga la pena insistir en una salida negociada al conflicto que vivimos en Venezuela. Pareciera que la suerte está echada, que nos encaminamos a un desenlace, pero no a un arreglo. Son muchas las cosas que juegan en contra, la escalada en las calles, las violaciones a los Derechos Humanos y, especialmente, el atentado del presidente Maduro en contra de la Constitución, son obstáculos formidables. Difíciles, sino imposibles de superar.

Si hay algo que anotar, sería lo siguiente: Lo que ocurre nos los buscamos nosotros mismos. La anomia, la violencia desenfrenada, la desinstitucionalización, el vaciamiento de la república. Esta hora oscura que lo ensombrece todo. Digamos, que ya tenemos suficientes razones para sentir vergüenza. ¿Ahora qué? ¿Vamos al baño de sangre? ¿A la guerra civil? ¿No es suficiente? ¿Nadie va a decir basta? Aquí hay unas claves y una visión de un venezolano que tuvo el privilegio de asistir, y de alguna manera participar, en el milagro político que significó el arreglo en El Salvador. Pedro Nikken, quien además es abogado y experto en Derechos Humanos.

¿Cómo caracteriza la situación política actual?

En este momento, estamos viviendo el paroxismo de la polarización. No necesariamente porque haya penetrado a la totalidad del país, pero sí creo que la furia política está hoy mucho más presente que lo que estaba hace un año. Esa furia ha venido in crescendo a partir de las elecciones legislativas de 2015. A raíz del resultado del 6-D, el gobierno se percató de que había perdido la mayoría popular y necesitaba, por todos los medios, gobernar sin Asamblea, lo que no había hecho nunca en los últimos 20 años y, además, ingeniárselas para seguir en el poder sin tener la mayoría. Eso dio pie a una mayor distorsión de las instituciones. La Asamblea Nacional, por ejemplo, fue ignorada y desapareció violando a todas luces la Constitución y cualquier sentido de organización del Estado. Las sentencias 155 y 156 de la Sala Constitucional vienen a consagrar lo que ya se estaba haciendo. Creo que no tienen mucho sentido. Supongo que se hicieron para lavarse la cara ante hipotéticos inversionistas internacionales y aprobar, por vía del TSJ, los créditos que se estuviese solicitando. Digamos, esa fue la gota que derramó el vaso. Yo digo siempre que cuando eso ocurre, no hay que ponerle mucha atención a la gota sino al vaso, ¿No? La gota puede ser cualquier cosa, como lo fue el aumento de la gasolina en febrero del 98. Entonces, se ha creado un movimiento de protesta, de rebelión, invocando el art. 350 de la Constitución. No dudo que el derecho a la rebelión exista, pero ese derecho sólo se materializa si la rebelión triunfa. No es problema jurídico sino de hecho.

Más allá de un problema jurídico o político, la rebelión es una expresión de fuerza. Sencilla y llanamente es la expresión más primitiva de la política.

Dentro de las distintas explicaciones que hay para los Derechos Humanos, la que me parece a mí más interesante es la que los caracteriza como la herramienta que descubrió el hombre para luchar contra la opresión. La historia de la humanidad es una lucha continua contra la opresión, y es desde esa lucha que se han abierto grandes senderos históricos. Allí están la revolución francesa, la revolución mexicana, la revolución rusa. Fueron todas grandes luchas contra la opresión, pero también momentos en los que florecieron los Derechos Humanos. Por eso cualquier fórmula de gobierno que entrañe una forma de opresión está condenada al fracaso y a suscitar violencia.

En diciembre de 2016 la sociedad venezolana estaba postrada por el fracaso, por el robo, del referéndum revocatorio. La sensación era que esto se acabó. Pero la gota que rebasó el vaso (las decisiones 155 y 156 del TSJ), plantea una interrogante. ¿Por qué el gobierno cometió ese error? Pudiera ser, tal como lo señala, por el tema financiero. Lo cierto es que el chavismo no había cometido una equivocación tan gruesa, ¿Cuál es su interpretación?

Es un autogol, según le he oído a algunos amigos cercanos al gobierno. Claro, aquí no gana el que mete más goles, sino el que encaja más autogoles. Yo creo que en parte obedece a que los asesores jurídicos del gobierno son muy limitados en su creatividad. Lo digo porque es una cosa totalmente burda, que no puede resistir el análisis de nadie ni podía ser defendida de ninguna manera. Por eso suscitó la reacción que suscitó. A lo mejor es muy ingenuo lo que voy a decir, muy simplista, pero en ciertos sectores de la izquierda comunista, el derecho es visto como una frivolidad pequeño burguesa y teniendo un TSJ que puede decir lo que es legal y lo que no lo es, basta con que los magistrados se pronuncien para que eso quede “legalizado”. Resulta que eso no es así, no es verdad, porque existen otro tipo de análisis, existe el fraude a la ley, por ejemplo, existen figuras jurídicas y políticas que desnudan una situación de esta naturaleza. Yo creo que en parte es una consecuencia del desprecio que hay por el derecho en algunas élites chavistas.

Dirigentes de la oposición afirman que esto no tiene nada que ver con la polarización, y sustentan su opinión diciendo que el 80% de los venezolanos no expresa ninguna favorabilidad por el gobierno de Nicolás Maduro. Este país, por tanto no se “divide en dos partes iguales”. La oposición tiene la mayoría en la calle, pero no tiene los resortes del poder. ¿Cuándo usted habla de polarización cómo lo contextualiza con estos señalamientos?

Primero. Hay que ser muy cuidadosos con el juego de mayorías y minorías, que son necesariamente fluctuantes. Segundo. En la hipótesis que fuera 80 a 20, que no sé si es demasiado optimista por parte de la oposición, de todas maneras son dos polos. ¿O es que el 20% de la población venezolana es despreciable? En tercer lugar, uno de los problemas que el chavismo tuvo desde su origen es considerar que la mayoría era título de legitimidad para hacer cualquier cosa. Resulta que eso no es verdad. Hay cosas, entre otras, la dignidad de la persona, la tolerancia, el derecho a existir de cada uno y de cada grupo que están fuera del ámbito de las mayorías. Chávez, al calificar de escuálidos y con desprecio a quienes se le oponían, sembró una semilla fatídica. Esa semilla no puede permanecer enterrada, especialmente si las cosas cambian. Si estamos frente a dos grupos, uno de los cuales tiene que imponerse sobre el otro estamos perdidos. Eso sería disparate histórico, es un disparate político, un disparate moral y también un disparate jurídico. Tenemos que encontrar una forma de romper la polarización haciendo balances y encontrando puntos de convergencia. Pareciera que no existieran, claro, las voces que se escuchan vienen de los extremos.

Sistemáticamente ignoramos esa advertencia. No se avizoran cambios, a pesar de la profundidad de la crisis y de que la realidad política es muy distinta.

Más allá de que los discursos sean moderados o no, en las calles se está produciendo una batallas tremendas, ¿Cómo consecuencia de qué? Ah,  la Guardia Nacional reprime de tal manera que invita a una contraofensiva. Así se produce una escalada sobre la cual, en algún momento, nadie va a tener el control. Vimos al ministro Padrino López requerirle a la Guardia Nacional moderación, que se atengan a la ley en la represión, lo cual demuestra que ellos también están perdiendo el control. Yo no estoy muy seguro de que la oposición tenga el control de estos muchachos a quienes llaman escuderos, cada uno de ellos me parece un institutos autónomos, pueden estar insuflados de una gran valentía, de una gran pasión, pero nosotros no vamos a resolver esto a fuerza de adrenalina.

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Pedro Nikken retratado por Roberto Mata

Venezuela, en términos económicos, políticos e institucionales, está totalmente desmadrada, creo que no hay otro término. Pero pareciera que eso no es relevante. Lo que realmente importa es cuál de las dos fuerzas se impone. ¿Cuál es su visión?

Primero. El que una fuerza se imponga totalmente sobre la otra no es una solución, es un desenlace. Si el presidente Maduro logra imponer su constituyente a trocha y mocha, transforma el Estado y destituye a todo el mundo y crea un Estado comunal, va a abrir otro frente de resistencia frente a ese Estado comunal. Va a sumar más gente en contra. Si, en cambio, la oposición pretende aplastar al chavismo e inicia una cacería de brujas y lanza un gobierno de arbitrariedad, pues empieza otro problema, la resistencia del chavismo o del madurismo. Pero en todo caso, no será nada despreciable lo que va a ocurrir. Esa idea de que una fuerza puede aplastar a otra es una ilusión, es la ilusión del combatiente, del autoritarismo. Quizás eso pueda valer en una guerra internacional como cuando aplastaron a la Alemania Nazi.

O en una guerra civil como la de España.

Sí pero con qué resultado. Una dictadura interminable. Como dijo Antonio Machado. Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón. Eso es lo que nos espera, si una de las dos Venezuelas se impone sobre la otra. Tenemos que darnos cuenta de que esta es la casa de todo el mundo. Es verdad que tenemos casi 20 años desacostumbrados a esa idea, donde a muchos de los que nos hemos opuesto al régimen, con distintas tonalidades, nos han hecho saber que no somos prácticamente venezolanos, que somos apátridas, que somos gente de segundo. Eso no lo vamos a resolver volteando la tortilla. La mayoría no es título de legitimidad para hacer cualquier cosa. Para eso está el estado de derecho, cuyas reglas fijan los límites del poder. Y eso no lo pueden romper las mayorías. Por ejemplo, los casos de amnistías aprobadas por referéndum, como ocurrió en Uruguay. Garantizaron la impunidad de una serie de asesinos con un referéndum ¿Qué pasó? Siguió la lucha y al final, tanto la Corte Suprema de Justicia de Uruguay como la CIDH declararon la nulidad de ese referéndum y hubo que volver a empezar. Entonces, el régimen de mayorías no es blindado cuando es injusto.

La oposición ha reiterado tantas veces los motivos que la llevaron a la calle: el reconocimiento de la AN, la apertura del canal humanitario (alimentos y medicinas), la liberación de los presos políticos y el cronograma electoral. Se produjo esta reunión en la cárcel de Ramo Verde y se habló de la oferta a Leopoldo López de casa por cárcel. Quizás era el punto de partida de una negociación, pero todo esto terminó siendo una suerte de globo de ensayo y no hay conexión ninguna.

Creo, finalmente, que el gobierno armó todo este lío, con errores, con abusos, con ambas cosas; y debería dar un paso muy claro para subsanarlo. Creo también que el gobierno, no sé si conscientemente, pareciera que sí, trató de usar la ronda anterior de negociaciones para crear problemas dentro de la oposición y para usarla como una tribuna, cuyo objetivo era demostrar que estaban dispuestos a negociar y además,  le estamos ganando a la oposición. Al final de cada ronda, Jorge Rodríguez, que es un hombre muy inteligente, muy elocuente, daba una demostración de cómo el gobierno se había “impuesto” a la oposición, lo cual, con el debido respeto, me parece una verdadera tontería. La negociación es exactamente algo donde ninguna de las partes le gana a la otra, sino que las dos salen de acuerdo. Si lo presentas así, estás matando el proceso. Y yo creo que ese fue uno de los grandes errores.

No hemos visto “el paso claro” del cual usted habla. No hemos visto nada de nada.

No, todo lo contrario. La convocatoria a esto que Maduro llama una constituyente es agravar la crisis. Es echarle gasolina al fuego. Sin embargo, sin saber lo que allí pasó, el hecho de que dos personas de tan alta jerarquía dentro del oficialismo hayan ido a visitar a Leopoldo López a mí me parece que es un buen signo, algunas cosas se pueden hacer, algunas cosas pueden moverse. Pero yo no quisiera especular sobre lo que ocurrió allí. Sin embargo, es un buen signo.

Cualquiera de los polos que demuestre la mínima disposición, diría incluso, la mínima racionalidad, ese es condenado inmediatamente, pasa al tribunal disciplinario, al ostracismo, al gulag. ¿Cómo se puede abordar un conflicto, si cualquier aproximación es inmediatamente descalificada?

Hay que hacer varias cosas, creo yo. La primera. Hay que ponerse muy imaginativo. La historia de la política y de la diplomacia está llena de negociaciones imposibles. Sin embargo, se abren. Un caso paradigmático es la guerra de Vietnam. O el paso que dio el Rey Enrique IV de Navarra que dijo París bien vale una misa y se convirtió al catolicismo con tal de llegar a la corona de Francia. Hay cosas que parecen muy raras y muy difíciles, pero que terminan resultando posibles. Yo he tenido la suerte de ver algunas. Las negociaciones de paz en El Salvador para mí fueron un ejemplo de milagro político. Había gente de lado y lado que no quería un acuerdo, pero había un núcleo al que yo le di un nombre, las fuerzas del bien, de lado y lado, que efectivamente estaban presionando para que se llegara a un acuerdo. Se dieron posiciones muy flexibles en un escenario muy difícil. Por ejemplo, en la mesa estaba el rector de una universidad, cuyo padre había sido secuestrado por la guerrilla y del otro lado estaba la guerrillera responsable del secuestro. Ahí si hay polarización de verdad y rabias acumuladas. Pero se entendieron.

Aquí estamos esperando a que el milagro ocurra en las calles. Que la batalla de un giro inesperado a favor de la oposición. Un milagro ante la mirada de todo el mundo.

Yo creo que todavía hay espacio para la imaginación y para la creatividad. Efectivamente, la oposición ha tomado las calles y debe seguir en ellas, porque no le han dejado otra alternativa, todos los espacios se han cerrado. El gobierno ha cerrado todo, la Asamblea, los tribunales, el CNE, saboteó y no se tomó en serio el proceso de negociación con el arbitrio del Santo Padre y de los ex presidentes. Entonces, alguien tiene que surgir. No sé cómo podría arrancar una nueva ronda de negociación, pero tendría que ser de una manera distinta.

En Venezuela, exiliados chilenos de diversos partidos políticos, se reunieron en la Colonia Tovar para fijar una estrategia frente a Pinochet, la llamada Concertación en su fase germinal. Está el tema de El Salvador, que además tuvo un episodio culminante en Ciudad de México. ¿Cómo es que nosotros no tenemos imaginación política? ¿Cómo es que estamos empantanados en esta interminable crisis?

Estamos todavía enfrascados en episodios de desconfianza que a veces parecen hasta infantiles. Si usted quiere llegar realmente a un entendimiento, vamos a sentarnos a ver en qué consiste. Voy a decir algo que a estas alturas no creo que sea una indiscreción. En El Salvador establecí una buena relación con las dos partes. Un día le pregunté a un comandante guerrillero. ¿Qué los movió  a ustedes a esto? Me dijo. Había entre nosotros una discusión sobre el destino de la lucha armada y un día, el rector de la Universidad de los jesuitas, el padre Eyacuria, nos convocó a requerirnos que dejáramos la lucha armada, transcurrieron meses discutiendo eso, la estrategia alternativa, cómo nos podíamos convertirnos en una referencia política y cómo iba a ser la estrategia de negociación. De ahí en adelante, todo lo hicimos de acuerdo a esa hoja de ruta. Eyacuria nos reunió y se fue. Pero nos obligó a discutir. Aquí, por el contrario, hay un punto en el que creo que estamos fallando. Pareciera que la oposición no tiene tiempo para sentarse a discutir. Están tan capturados por la calle, por la lucha política de todos los días, que no hay un cerebro común elaborando lo que se debe hacer. Por ejemplo, no sé si todos los puntos que ha presentado la oposición, sin duda todos justos, tengan la misma jerarquía. ¿Qué es primero? ¿El canal humanitario o la liberación de los presos? ¿El respeto a la Asamblea o el cronograma electoral?

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Pedro Nikken retratado por Roberto Mata

Si no hay una jerarquización, por decir lo menos, no hay una claridad en los objetivos que se están buscando. Esa falla de origen no se la pueden atribuir al chavismo.

Aquí hay un problema. Se ha perdido el foco de lo que debería ser esencial. En cierta forma, ya puede haber pasado el tiempo, por el atentado de Maduro a la Constitución. Lo que debió plantearse, no como objetivo de negociación, sino como hoja de ruta es cómo garantizar que la Constitución del 99 se aplique, se cumpla, de aquí a las elecciones de 2018, en forma congruente con su texto y con su espíritu. Que haya elecciones regionales. Que Maduro gobierne hasta el final de su mandato. Ahora parece que todo se centra en unas elecciones anticipadas. Ese puede ser su deseo. Pero eso no es lo que dice la Constitución. Entonces, hay que calarse a Maduro hasta que culmine su mandato presidencial. Entonces sí, asegurarse, como objetivo de la negociación, que a partir de las elecciones de 2018, cualquiera sea el resultado, haya una transición hacia otra cosa, con un pacto de gobernabilidad, que se asegure la garantía de que se van a respetar los resultados electorales y que, de perder el chavismo en las urnas, no va a haber una cacería de brujas. Esos tendrían que ser los objetivos de una negociación para darle estabilidad a este país.

Quizás lo que está diciendo podría traerle todo tipo de descalificaciones. ¿Está consciente de eso? Seguramente, saldrá alguien a pedir juicio popular.

¿Qué me importa? Yo creo que si la lucha no tiene otro objetivo que tumbar al gobierno, no habrá sino un desenlace muy sangriento. El gobierno no se va a dejar tumbar y si lo tumban, no te digo yo en qué se van a traducir los linchamientos. Un país no se puede construir sobre la base del odio y del miedo desatado. A mí no me importa decirlo todas las veces que tenga que decirlo. Tiene que haber alguien que lo diga. Yo no dirijo a nadie, a duras penas me dirijo a mí mismo.

Vamos a dejar de lado ciertas pretensiones, vamos a poner el pie en la dura realidad que estamos viviendo. Si no hay esa negociación, si no hay esa aproximación, yo diría que la calle no va a resolver este problema. ¿Usted qué piensa?

Pienso lo mismo, eso es una prueba de fuerza que puedes ganar o perder. Pero independientemente del resultado, no resuelves el problema. El problema está en convertir a Venezuela en un país y no en el desmadre que hay, no en la inopia en la que estamos. Y no vamos a construir un país con un desenlace de una pelea de barrio. Esto tiene que resolverse de otra forma. De lo contrario vamos a una catástrofe. A una intervención militar que será muy costosa para todo el mundo. O a una guerra civil o a una situación de anarquía total, pero a nada que se le parezca a un país coherente. Es más, ¿Qué pasaría si Maduro y El Aissami aparecen en televisión está noche y dicen renunciamos? ¿Va a haber unas primarias en la oposición para saber quién va a ser el presidente? ¿Qué plan de gobierno se va a seguir? ¿Cuáles son los primeros pasos que dará ese nuevo gobierno, aparte de liberar los precios y restablecer la Asamblea, en concreto para gobernar a Venezuela? ¿Qué es lo que se va a hacer? Venezuela necesita, clama, por una esperanza. Una esperanza no se crea a carajazos. La rebelión es un derecho, pero tienes que tener la alternativa clara.

Este es un reclamo persistente, un punto dilemático, crucial, que sigue pendiente. Una causa del desespero y la frustración.

En la oposición no se ha articulado la opción política, ¿Cómo se arma un gobierno que rescate al país? ¿Cuál va a ser la política económica de urgencia? ¿De dónde se van a obtener los recursos extraordinarios para sostenerlo? ¿Cómo se va a resolver el problema del hambre y la escasez a través de la cooperación internacional? ¿Cómo se va a reestructurar la justicia sin incurrir en los mismos vicios que potenció el chavismo? ¿Cómo se va a armar el Estado y cuál es la visión de estadista que hay? Yo no veo esa visión de la transición. Nadie la dice. Y eso me parece que es suficientemente significativo.

Uno no ve la visión que tuvo Ernesto Cedillo para restarle poder al PRI dentro del PRI. O la imaginación que tuvo Fernando Henrique Cardoso en Brasil para superar la larga dictadura que ensombreció a ese país. Ni nada parecido a los acuerdos de la Concertación en Chile.

Se tragaron el sapo crudo de tener a Augusto Pinochet como comandante general del Ejército y luego como senador vitalicio.

Aquí todos hablan de la fuerza que se tiene que imponer a la otra. Ojalá sea esta misma noche, pero nadie habla de los sapos que tienen que tragarse.

Así es. Eso a mí me inquieta mucho, pero creo que no es imposible de armar, si pudiera aparecer una mediación fuerte y muy discreta, para que no se coman vivo a nadie sin que haya un resultado. Pero yo sí creo que es perfectamente posible idear un paquete de soluciones que comprenda un gobierno de transición, pero que sea digerible para el madurismo y más para el chavismo. No es imposible, pero hay que aguzar la imaginación, hay que inventar cosas. La historia del arreglo en el Salvador es una historia de esta inventando e imaginando todos los días. La primera comisión de la verdad, por ejemplo, salió de allí. Se utilizaron distintas fórmulas para lograr la reforma constitucional, en discusiones que duraron cinco semanas en Ciudad de México. Reforma que aprobó la Asamblea saliente y luego la entrante, en menos de una semana.

Usted es experto en materia de Derechos Humanos. A los manifestantes se les está abriendo juicio en tribunales militares. ¿Nadie sabe cuál es el estatus legal de esos detenidos? ¿En qué punto estamos?

En una ruptura completa. Primero. La vigencia del estado de derecho es una condición en sí misma para que los Derechos Humanos puedan existir y materializarse, algo similar podría decirse de la democracia y de la autodeterminación o de la justicia social. Segundo. La cooptación de la justicia por parte del gobierno y su partidización. Tercero. Si la Fiscal General se muestra crítica frente al camino legal que está siguiendo el gobierno, con la aprobación del TSJ, inmediatamente pierde la confianza y no es ella quien lleva la acusación penal, tal vez no se anima a acusar, porque considera que no se ha cometido un delito, pero entonces se acude a la justicia militar. Por amor de Dios. Recordarás la frase de Clemenceau después del juicio a Dreyfus. Es que la justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música.

¿De verdad el gobierno tiene una intención de negociar y resolver este conflicto políticamente?

Creo que hay dos tendencias, una abierta a la negociación y otra que ha resuelto que el final de esto va a ser operático. O ganamos y vencemos o morimos con las botas puestas. Una solemne tontería, porque finalmente, si el chavismo nació con la pretensión de quedarse, si opta por ese camino está condenado a extinguirse. Sea porque lo derroten de una vez o porque triunfe y se extinga a posteriori, porque sería un perfecto desastre. Entonces, es no tener perspectivas políticas, no de perder el poder, sino de volver a conquistarlo si lo pierden. Ese es el defecto de estrategia por parte del gobierno. Seguramente habrá quien cometió delitos graves, pero no creo que eso sea todo el gobierno y mucho menos todo el chavismo. ¿No decían ellos No volverán? Y ahí tenían a Henry Ramos, presidente de la Asamblea e incluso con aspiraciones de poder.

Vea una entrevista que Paolo Luers le hizo
a Pedro Nikken en Caracas en junio 2010:
“Está en peligro el concepto mismo de República”

Un electrón libre. De Alberto Barrera Tyszka

Fotografía de Marco Bello para REUTERS

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 4 junio 2017 / PRODAVINCI

La imagen se cuela debajo de tus ojos. No sabes cuándo la viste. ¿Fue esta mañana, en un tuit, después de cepillarte los dientes? ¿Te la mandó tu hermana por teléfono? ¿O la imaginaste con brutal nitidez cuando, al final de la tarde, la comentaron en la radio? La imagen sigue ahí. Tras tus párpados. Titilando. Aún a las doce de la noche. Es la espalda de un muchacho que no llega a los 20 años. Está llena de hoyos. Disparos. Alrededor de cada agujero la piel se levanta. Parece un retrato de ciencia ficción. Cuando despiertas en la mañana, la imagen sigue ahí. Se ha mudado dentro de ti. Y duele. Y se queja. Y cruje. Y tú sientes ese dolor, ese ay, ese crujido. Tú sientes la impotencia, la rabia, el ácido. Cómo arden las lágrimas antes de salir.

Todos los muertos, todos los heridos, todos los detenidos, son nuestros huéspedes.

Viven en nosotros. Siguen moviéndose dentro de nuestro cuerpo. Inquietos. Preguntan. Protestan. No pueden descansar. No conocen la paz. Siguen diciendo sus nombre. Tercos, testarudos. Son la memoria de la vida en contra de toda la publicidad oficial, en contra de toda la propaganda que diariamente distribuye el poder.

¿Qué suena más? ¿Una cadena o el nombre de César Pereira, de Paola Ramírez o de Juan Pernalete? ¿Qué vale más? ¿Qué tiene más rating? ¿Un programa pagado en la televisión de los poderosos o todos los gritos y los llantos que repican noche a noche en los barrios populares?

Llevamos más de 60 días de violencia. El Estado actúa como si el pueblo fuera un enemigo. Como si su derecho a manifestarse no fuera legítimo. Basta ver lo ocurrido esta semana en La Vega o en El Valle. Ahora el oficialismo piensa que la democracia participativa y protagónica es una conspiración. Por eso necesitan la Constituyente. Están buscando un nuevo marco legal que les permita traicionarse sin pudor. Necesitan una nueva Constitución para prohibir al pueblo.

El oficialismo continúa igual. No está dispuesto a cambiar nada. La única oferta del gobierno es la simulación. Te propongo aparentar que este método electoral es democrático. Te propongo aparentar que, después de la Asamblea Nacional Constituyente, tendremos un referendo consultivo. Te propongo aparentar que aquí no pasa nada, que la solución es el diálogo. Pero mientras tanto, no se ahorra una sola bala. Sigue disparando. Día a día. Cada vez con más saña. Llevamos más de 60 muertos en este tránsito. El Estado actúa como si estuviera de cacería.

Esta semana, en una entrevista a la agencia EFE, Antonio Benavides Torres, Mayor General de la Guardia Nacional Bolivariana, declaró que el comportamiento de sus soldados durante todo este tiempo ha sido “muy profesional e impecable”. No ha visto él nada de lo que tanto denuncian. No tienes bajo sus ojos las imágenes que la mayoría de los venezolanos tenemos. El Mayor General Benavides Torres está tranquilo, satisfecho. Piensa que todo es culpa de la oposición. Cree que las multitudes en las calles responden a una sola vocación, a un plan de “golpe suave”, dictado por una manual extranjero.

Escuchas a Benavides Torres y algo tiembla tras tus pupilas. Sientes que se quema un grito entre las cuerdas vocales. Recuerdas el rostro ensangrentado y desfigurado del obrero que recibió una bomba lacrimógena. Ves de nuevo, sobre la pantalla de la memoria, los demasiados videos donde soldados golpean, abusan, roban, detienen… entre varios e impunemente a cualquier ciudadano. Aquí hay un país indignado, desesperado, que ya no sabe cómo estallar. Pero el Mayor General Benavides Torres no se entera. Ni se inmuta. Apenas reconoce que, quizás, “uno o dos” funcionarios pueden haber cometido algún “exceso”. Nada más. Y, además, los considera una excepción, un “electrón libre” en medio la combustión que existe.

Un electrón libre es un átomo o una molécula que anda por la libre, que se desprende de la estructura a la que pertenece y actúa un poco por su cuenta. Así explica y resuelve Benavides Torres todo lo que ocurre. Así define lo que te duele, lo que no te deja dormir, las ganas de llorar que te esperan apenas despiertas cada mañana.

No es cierto. Un electrón libre es una fantasía mediocre. Una ofensa. La mayoría de los venezolanos hemos visto, vivido o padecido los excesos de la represión militar. Su violencia no es una excepción. Es una orden. Es un método. Es un plan. Es un proyecto de sumisión, de muerte. Nadie puede venir ahora a maquillar esta historia. Es imposible contarnos otra versión. Vive aquí adentro. Aquí se mueve. Nosotros somos todos nuestros heridos, nuestros detenidos; todos nuestros muertos.