Venezuela

Esta semana en Francia, Venezuela y El Salvador. De Alberto Arene

Nunca desde la guerra luce tan oscuro el cielo, sin que próximo se vislumbre un nuevo amanecer.

Alberto Arene, 27 abril 2017 / LPG

El triunfo de Emmanuel Macron en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Francia es una excelente noticia para este país, para Europa y el mundo. Con una participación del 70 % del electorado, Macron obtuvo el 23.9 % de los votos siendo el candidato con la mejor perspectiva de derrotar en la segunda vuelta a la candidata del Frente Nacional, Marine Le Pen, que obtuvo el 21.5 %.

Inmediatamente después de conocerse los resultados, el candidato de la derecha republicana, François Fillon, y el de la izquierda socialista, Benoit Hamon, expresaron su respaldo a Macron. El candidato de la izquierda más radical, Jean Luc Melenchon, que obtuvo 19.9 % de los votos, ha llamado a sus seguidores a no darle ni un solo voto a Le Pen mientras les consulta si respaldan a Macron quien con 60 % lidera la intención de voto para la segunda vuelta presidencial.

La victoria –ahora improbable– de Le Pen amenazaría las libertades y la tradición democrática francesa, y la viabilidad misma de la Unión Europea, después de la salida de Gran Bretaña con el Brexit, alimentando la ola populista en el mundo. La victoria de Macron salvó a Francia y Europa, es una excelente noticia.

En Venezuela se agudiza la confrontación entre el régimen dictatorial chavista y la oposición, con una escalada represiva que ya causó muchas víctimas. La fiscal Luisa Ortega, de larga identificación Chavista, confirmó que son 26 los muertos durante las últimas marchas y protestas, 437 los heridos, 1,280 detenidos (65 privados de libertad y 217 que serán presentados a los tribunales). Ortega es la fiscal que el 31 de marzo pasado afirmó que se había roto el hilo constitucional en el país por dos sentencias que después fueron parcialmente suprimidas.

Dicha ruptura total del orden democrático y el aumento de la violación generalizada de los derechos humanos condujo al secretario general de la OEA, Luis Almagro, a convocar nuevamente con carácter de urgencia al Consejo Permanente, con la expectativa que logren obtener 19 votos para convocar a la reunión de cancilleres para discutir y decidir –finalmente– si a Venezuela se la aplicará la Carta Democrática que requiere 24 votos, equivalentes a dos tercios del total.

Para intentar contrarrestar y neutralizar la iniciativa del secretario general y el cambio de la correlación de fuerzas en la OEA, el gobierno de Venezuela le pidió al de El Salvador que ejerce la presidencia pro-témpore de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) que convoque a una reunión de sus cancilleres para “tratar las amenazas contra el orden democrático constitucional en la República Bolivariana de Venezuela, así como las acciones intervencionistas contra su independencia, soberanía y autodeterminación”. El presidente de la república accedió a la solicitud de reunión que tendrá lugar el próximo 2 de mayo de 2017 en San Salvador. En dicha reunión, difícilmente saldrá un comunicado conjunto de consenso, ignorando su utilidad práctica.

El Salvador comenzó la semana con algunos peldaños más abajo en las calificaciones de riesgo internacional y unos peldaños más arriba en la previsión de crecimiento de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), de 2.2 a 2.5 % en 2017, el crecimiento más modesto de Centroamérica. No obstante esta buena noticia, sus beneficios serán opacados por la degradación de las calificaciones de riesgo y sus efectos negativos en el acceso al crédito y en el encarecimiento del dinero, y en las decisiones de inversión privada nacional e internacional, profundizándose la desconfianza y dudas sobre El Salvador.

Fitch Ratings colocó a El Salvador en “Default Restringido”, Moody’s Investors advirtió que el incumplimiento pueda ser el inicio de un impago generalizado, otorgándole a la deuda una categoría (Caa1) que considera especulativa y con alto riesgo crediticio. Standard and Poor’s declaró a El Salvador en “Incumplimiento Selectivo”, categoría reservada para aquellos países en quiebra. Los efectos del Impago del servicio de la deuda previsional de la semana anterior fueron muy grandes y la solución encontrada –recortando $56.7 millones del presupuesto en educación y salud para honrar el compromiso de los certificados de Inversión Previsional (CIP)– es de carácter temporal, tiene costos políticos, y no resuelve el daño causado al interés nacional y a los ciudadanos.

Pero esta última jornada política del impago y de su “reparación” posterior ha dejado al gobierno y su partido, y al principal partido de oposición, con un nivel de enfrentamiento superior preparando ambos los cuchillos largos para las batallas entrantes. “El abandono de la moderación y la crispación” fue el titular del editorial de uno de los periódicos nacionales.

Coinciden estos acontecimientos con la segunda misión al país del facilitador del secretario de Naciones Unidas para buscar acuerdos nacionales de gobernabilidad y desarrollo. Para la sostenibilidad de las finanzas públicas y para enfrentar la agenda de seguridad, económica, social y medioambiental y de gobernabilidad, es imperativo avanzar hacia dichos acuerdos, no obstante las dudas de actores y decisores fundamentales sobre la utilidad y viabilidad de la facilitación.

Nunca desde la guerra luce tan oscuro el cielo, sin que próximo se vislumbre un nuevo amanecer.

Carta a obispos salvadoreños y venezolanos: Hay momentos cuando hablar es obligación. De Paolo Luers

Paolo Luers, 27 abril 2017 / EDH y MAS

Estimados amigos:
Un amigo me preguntó: “¿Cómo es que siempre estás criticando a los que mezclan religión con política, pero aplaudes a los obispos venezolanos cuando se manifiestan contra el régimen de Nicolás Maduro?”

Es cierto, he criticado a nuestros obispos por convocar y encabezar marchas exigiendo a la Asamblea que prohíba la minería metálica. Me burlo a veces de las conferencias de prensa que el arzobispo o monseñor Rosa Chávez celebran luego de sus misas dominicales en catedral, y donde definen la posición de la Iglesia Católica frente a casi todos los temas políticos de la actualidad: minería, agua, pensiones, déficit, lo que esté en la agenda política. También critico a quienes pretenden imponer a ARENA y sus diputados posiciones fundamentadas en la fe: sobre el aborto, la forma correcta del matrimonio, educación sexual, derechos de homosexuales…

Jamás he criticado a monseñor Romero por su llamado a los soldados a no obedecer a quienes les ordenaran disparar contra el pueblo. La Iglesia no puede callarse cuando el Estado pone en peligro la paz y la vigencia de los Derechos Humanos. Es su deber tomar posición contra dictaduras, represión, golpes de Estado, y a acompañar a quienes ponen resistencia a la represión.

Monseñor Romero se vio obligado a decir, e incluso gritar a los militares: “Les suplico, les ruego, les ordeno, en nombre de Dios, ¡cesen la represión! Ningún soldado está obligado a obedecer una orden que va contra la Ley de Dios.” En esta misma situación se encuentra hoy la Iglesia en Venezuela, y por esto se mete en política: a favor de los derechos humanos y políticos. En Venezuela todos los días están muriendo jóvenes, a manos de militares, policías y paramilitares chavistas. No puede callarse la Iglesia.

Esto no atenta contra el carácter laico del Estado. Atenta contra el carácter represivo del Estado. La Iglesia tomó partido por la paz y la democracia, no por la prevalencia de asuntos de la fe en las políticas del Estado.

Ya quisiera que nuestros obispos, en vez de meterse en la agenda política del día, tomen una posición valiente ante el nuevo deterioro de los derechos humanos y ante un gobierno que enfrenta la violencia con más violencia y las matanzas de las pandillas con matanzas en nombre del Estado. Ningún político se atreve a favorecer el diálogo y la inserción social por sobre las soluciones violentas, porque piensan que esto no es popular. En estas situaciones, cuando la política no cumple su responsabilidad en asuntos de la paz y los Derechos Humanos, la Iglesia tiene que hablar.

Felicito a los obispos venezolanos y pido a los nuestros a revisar sus prioridades. Saludos,

Moralmente inaceptable. De Luis Ugalde

Es hora de preguntarse muy seria y responsablemente si no son válidas y oportunas, por ejemplo, la desobediencia civil, las manifestaciones pacíficas, los justos reclamos a los poderes públicos nacionales y/o internacionales y las protestas cívicas.

LUIS UGALDE, Exrector de la Universidad Andrés Bello en Caracas, catedrático de Filosofía y Letras, Teología y Sociología; epecialista en Historia Económica y Social de Venezuela.

Luis Ugalde, 25 abril 2017 / EDH

Mensaje claro y valiente de espiritualidad encarnada. Nuestros obispos vuelven a decir que esta realidad es inaceptable y graves las recientes decisiones inmorales del Ejecutivo y el Poder Judicial, combinados para eliminar la Asamblea Nacional. Se ha puesto en evidencia que vivimos en un Estado con Constitución democrática pero secuestrado y violado por un Gobierno dictatorial. La anulación de la Asamblea no se produjo el 30-3-17con las decisiones 155 y 156 de la Sala Constitucional del TSJ, pues desde el día mismo (6D) del triunfo arrollador de la oposición, el régimen buscó anularla: eliminaron sin nuevas elecciones a los diputados del Amazonas, cancelaron el Referéndum Revocatorio, suprimieron las elecciones de gobernadores de 2016, anularon toda legislación de la Asamblea con cincuenta decisiones del TSJ, aumentaron los perseguidos, exiliados y presos políticos y el anticonstitucional empeño de mantener el “Plan de la Patria” con su economía destructiva y sembradora de miseria, inflación y escasez. Todo ya era dictadura antes del 30 de marzo, pero ahora el Ejecutivo nos ha hecho el gran favor de ponerlo más en evidencia nacional e internacional.

La Fiscal rápida y claramente denunció la ruptura del orden constitucional. Las reacciones de gobiernos, ex-presidentes, organismos internacionales como Mercosur Y OEA, asustaron al gobierno y este quiso esconder el rostro dictatorial ordenando a la sumisa TSJ maquillar con “aclaratorias”, para Maduro decir que se había “superado el impasse”. Afortunadamente la Asamblea Nacional, con la valiente y acertada conducción de su presidente Julio Borges y el conjunto de dirigentes, no cayó en la trampa y la OEA tampoco: mientras no se restituyan plenamente los poderes constitucionales de la AN, hay dictadura. El país y el mundo ahora están más claros: la democracia ha sido violada con un golpe mortal contra la soberanía del pueblo cuyos votos han sido quemados en la hoguera de los usurpadores… Este grave delito tiene delincuentes que deben ser sancionados “y los funcionarios y funcionarias públicas que lo ordenan o ejecutan incurren en responsabilidad penal” (Const. Art. 25) ¿Qué espera el Defensor del Pueblo para cumplir con sus deberes constitucionales (Const. art. 281)? No hacerlo es complicidad con el golpe y una burla seguir diciendo que este es un régimen de soberanía popular cuando el régimen, con sus desacertadas y empecinadas políticas, le ha quitado al pueblo la comida, las medicinas vitales, las libertades, la seguridad y la Constitución…

La Presidencia de la Conferencia Episcopal el mismo día 31 dio a conocer su rotundo rechazo de este atropello dictatorial señalando que este poder trata de perpetuarse manipulando al pueblo y “olvidando que las necesidades reales de la gente reclaman otra visión de poder” (n.3) La autoridad es para servir al pueblo y no para oprimirlo. Los obispos rechazan estas decisiones “que desconocen e inhabilitan al órgano público (AN) que representa la soberanía popular”. “Desconocer la existencia del otro y sus derechos, sencillamente es destruir toda posibilidad de convivencia democrática y plural” (n. 5) y burlarse de todo diálogo.

No estamos ante una disputa de poderes y una diferencia interpretativa de juristas, sino ante un golpe que despoja al pueblo de su soberanía. Por eso los obispos recalcan que el golpe es contra la gente y afecta más gravemente a los más necesitados: “Más allá de las consideraciones jurídicas y constitucionales, la eliminación de la Asamblea Nacional, suplantándola por una representación de los poderes judicial y ejecutivo, es un desconocimiento absoluto de que la soberanía reside en el pueblo y de que a el le toca, en todo caso, dar su veredicto. Una nación sin parlamento es como un cuerpo sin alma. Está muerto y desaparece toda posibilidad de opinión divergente o contraria a quienes están en el poder. Se abre la puerta a la arbitrariedad, la corrupción y la persecución, un despeñadero hacia la dictadura siendo, como siempre, los más débiles y pobres de la sociedad los más perjudicados. Por estas razones, repetimos, esta distorsión es moralmente inaceptable” (n.4). La “democracia participativa y protagónica” está muerta y si el Poder Moral si calla será cómplice inmoral. Afortunadamente la AN enfrenta el golpe, así como los dirigentes políticos democráticos, las asociaciones y las mil formas de la sociedad civil, las universidades, las academias, los países…. ¿Dónde está la Fuerza Armada democrática? Es un deber de conciencia rechazar el golpe y la Constitución llama al pueblo de Venezuela a desconocer cualquier decisión que la viole (art. 350). Los obispos hacen un “urgente llamado a tomar conciencia y a actuar de manera pacífica pero contundente ante la arremetida del poder. No se puede permanecer pasivos, acobardados ni desesperanzados. Tenemos que defender nuestros derechos y los derechos de los demás. Es hora de preguntarse muy seria y responsablemente si no son válidas y oportunas, por ejemplo, la desobediencia civil, las manifestaciones pacíficas, los justos reclamos a los poderes públicos nacionales y/o internacionales y las protestas cívicas.”(n.6) Nos invitan a vivir los actos religiosos de la Semana Santa, conmemoración de la pasión y resurrección de Cristo, “con un contenido social que nos ayude a mantener la esperanza, la alegría y la solidaridad…”.

Dictadura por clonación. Por Héctor E. Schamis

Represión venezolana, parecida a tantas y al mismo tiempo única.

Héctor E. Schamis, 23 abril 2017 / EL PAIS

La discusión acerca de la naturaleza del régimen chavista es historia. El debate ha concluido bajo los gases lacrimógenos rosados que arrojan los helicópteros, la represión de las tanquetas blancas y los asesinatos de los paramilitares de camisa roja y su enjambre de motocicletas. Son los colores del autoritarismo.

Una dictadura pura y dura. En retrospectiva, abruma el tiempo perdido con aquello de democracia plebiscitaria, participativa, popular, directa y demás. Todos eufemismos usados para esterilizar la idea de democracia liberal, régimen basado en una constitución que consagra derechos y garantías. O sea, el único tipo de orden político que separa los poderes del Estado y limita al gobierno a efectos de proteger a sus ciudadanos.

El tiempo podría haberse aprovechado mejor que en semejantes acrobacias discursivas. Al respecto, a ver cuándo nuestra dilecta intelectualidad de izquierda hace su propia “autocrítica”, término que conocen de primera mano. Por ejemplo denunciando las masivas violaciones a los derechos humanos, justamente, perpetradas por un régimen que—subrayo—está en el poder hace 18 años.

Es que la brutalidad de hoy inclusive excede aquello de populismo, otra palabra desmesuradamente aplicada al caso. El populismo es una aceitada maquinaria de control social. Utiliza la cooptación, la manipulación desde el Estado, el clientelismo, la representación corporativa y otros trucos no-democráticos. Pierde lógica, sentido y sustentación política, sin embargo, si ello deriva en coerción manifiesta. Control social y represión no son sinónimos.

Ergo, queda una discusión pendiente: la naturaleza de la dictadura chavista, régimen autoritario que es parecido a tantos otros y al mismo tiempo como ninguno. Único en su plástica manera de ejercer el poder, es un clon, digo metafóricamente, una criatura de laboratorio hecha con células tomadas de diferentes especies.

El clon tiene células de petro Estado. Allí donde la riqueza está tan concentrada en un recurso natural, con frecuencia le sigue una similar concentración del poder político. Bajo esta interpretación, la Venezuela del Punto Fijo era anómala, a su vez “normalizada” por el chavismo, se podría decir. De hecho, la nomenclatura chavista se viste de nobleza saudí cuando dispone de la renta petrolera a voluntad, para lo cual debe controlar el Estado a discreción.

Asimismo, es un clon fascista. Como cuando saturan con las cadenas de Maduro, Diosdado Cabello amenaza con el domicilio de los líderes opositores en la mano y la fuerza de choque—los camisas rojas, en lugar de los camisas negras—actúa impunemente en territorio previamente liberado por las fuerzas de seguridad.

Es un clon con células cubanas, de las cuales surge su oratoria. Todo discurso regresa a aquel de Fidel Castro en las Naciones Unidas. Lo hace en contenido, técnicas actorales y extensión, sin que les afecte su anacronismo. Pero también es cubana la inteligencia, la represión individualizada y las huidas de los balseros a Aruba y Trinidad.

Es un clon de régimen patrimonialista, el sultanato de un Chávez bolivariano y de un Bolívar retratado como Chávez. Es un Macondo de héroes que no mueren sino que se reencarnan en pájaros, donde el poder del Estado se ejerce en base al capricho del déspota, y el nepotismo y la corrupción son los principios organizadores de la administración de ese mismo Estado.

Es dictadura militar del cono sur, resistiendo a plomo el descontento de la sociedad. Es clon del totalitarismo norcoreano, donde el hambre se tapa con la pura propaganda, la escasez se administra con criterios políticos, los recursos se gastan en armamento y el aislamiento internacional opera como mecanismo de negación.

Es la Siria de al-Assad, productor de refugiados y mortalidad infantil. Allí donde un simple oftalmólogo con residencia en Londres puede devenir en criminal de guerra, tanto como un modesto chofer de autobús es capaz de convertirse en dictador.

Curiosamente, la represión que hoy espanta no comenzó el pasado miércoles 19 con la masiva manifestación. Todo lo anterior bien podría describir a Venezuela desde aquella revuelta de febrero de 2014: la misma represión, idéntica vulneración de derechos, abuso a la prensa, ilegalidad desde el Estado y un régimen que viola su propia Constitución, la que escribió en 1999.

Sin embargo, muchas otras cosas han cambiado. El arrastre popular del chavismo es de otra época, son los cerros que bajan ahora. La MUD parece haber entendido la lección, finalmente, pues sin oposición unida no cae una dictadura. La defección ha comenzado dentro del oficialismo, lo cual no se divulga todavía. Pronto vendrán las delaciones cruzadas, sino los planteos militares.

El régimen se ha convertido así en paria. La comunidad internacional esta alineada en un amplio consenso detrás del liderazgo de Almagro, quien viene señalado la gravedad de esta crisis institucional desde su llegada a la OEA dos años atrás, cuando nadie decía nada. La OEA es, finalmente, el espacio natural para tratar esta crisis. Y el sistema interamericano ha vuelto a funcionar por medio de sus instrumentos pertinentes, la Carta Democrática entre ellos.

Queda por definir el precio de la partida. Para el acusado de narcotráfico y de saquear riquezas, el poder tal vez sea la única manera de evitar la cárcel. Otro atributo de este clon, también es un régimen en el que gobierna una organización ilícita, o varias. El precio de ese individuo seguramente será muy alto para la democracia. Pero para tener democracia, a veces hay que tragarse algún sapo.

@hectorschamis

 

Una mujer y un tanque. De Cristina López

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Caracas, 19 de abril 2017

Esa mujer representa a tantos ciudadanos. Los sueños de quienes esperan ver, en su misma generación, el restablecimiento de una república. La tanqueta representa el miedo — pavor espantoso — que le tiene el régimen de Maduro a los ciudadanos libres.

Cristina López, 24 abril 2017 / EDH

Independientemente de lo que haga falta o de lo que tenga que pasar para que en Venezuela regrese el estado de derecho y los principios que definen a una república, el 19 de abril pasará a ser recordado en los libros de historia. Por el tesón de los venezolanos. No de los que han cooptado las instituciones democráticas para servirse con cuchara grande, ni de los que continúan tapando el sol con un dedo y tratando de disfrazar de legitimidad a un gobierno que hace mucho dejó de ser representativo del electorado.

De los miles que el 19 de abril salieron a las calles en las principales ciudades de su país. De los que marchan, no para rendir pleitesía a un régimen que compra las lealtades explotando el hambre de su gente, sino para exigir cuatro cosas que parecen simples, pero de las que depende, no solo la democracia en Venezuela, sino la supervivencia de muchos venezolanos: que se inhabilite a los jueces pro-régimen que conforman la Corte Suprema de Justicia, la celebración de elecciones libres, ayuda humanitaria para comida y medicamentos, y por supuesto, la liberación de los presos políticos, como Leopoldo López.

A pesar de que lo que está pasando en Venezuela debería ser portada de los periódicos alrededor del mundo — pocas veces, desde la primavera árabe se ha visto una manifestación libre de semejantes proporciones — en Estados Unidos el tema se ha discutido poquísimo. Si se ha mencionado es a través de los reportes de periodistas latinoamericanos que han sabido incorporar la noticia a la saturadísima agenda de los medios políticos, o se ha reportado en conexión con la retirada de General Motors. El ángulo corporativo y la manera en la que la salida de General Motors afecta intereses estadounidenses ha logrado mención en las noticias, más no las violaciones a los derechos humanos de tantos venezolanos, a quienes les serviría que los países democráticos y sus medios pusieran presión en las instituciones existentes para que condenen al régimen de Maduro.

Tampoco se ha mencionado lo suficiente la paradoja impresionante que se deriva de que un régimen cuya población no tiene acceso a los servicios más básicos, haya donado medio millón de dólares para el evento de inauguración del presidente Trump, que no ha hecho mención alguna de la crisis venezolana. ¿Sabrá dónde queda Caracas, siquiera?

Para otras audiencias, la crisis venezolana se verá inmortalizada con la foto que merecidamente le ha dado la vuelta al mundo. Presenta a una mujer vestida con los colores de la bandera venezolana. Está sola, parada en medio de una calle desierta. Frente a ella, ilustrando la ridícula desproporción en el uso de la fuerza estatal venezolano, se encuentra una tanqueta, apropiada para las circunstancias de más alta belicosidad, más no para enfrentar la “amenaza” que representa esa sola voz, clamando por libertad para todos los venezolanos. Esa mujer representa a tantos ciudadanos. Los sueños de quienes esperan ver, en su misma generación, el restablecimiento de una república. La tanqueta representa el miedo — pavor espantoso — que le tiene el régimen de Maduro a los ciudadanos libres. Y más vale que tenga miedo: porque como esa mujer, hay millones.

@crislopezg

Dos gorditos contra el mundo. De Alberto Barrera Tyszka

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 23 abril 2017 / PRODAVINCI

Una de las áreas donde la auto proclamada “Revolución Bolivariana” siempre fue muy eficaz era la publicidad. Durante años, la mejor acción del gobierno fue la propaganda. Tenían una alta conexión con la gente, manejaban muy bien los códigos populares, reaccionaban rápidamente, producían piezas ingeniosas, de alta calidad… Pero todo eso también está en crisis. Ahora al oficialismo nada le sale bien. Ni un baile. Ni una filmación entre panas, dentro de un carro. Ni siquiera sembrar un arbolito.

Siguiendo esta onda de coqueteo con los reality show en la que andan los creativos de Miraflores, ayer aparecieron jugando béisbol Nicolás y Diosdado. No sé cuál era la idea del genio que fraguó ese momento. Pero el resultado es un espectáculo memorable, una pieza perfecta de la decadencia de todo este proceso. En medio de un país de flacos, de pronto aquí están ese par de gorditos, embutidos en sendos uniformes relucientes, con guantes de marca y pelota de spalding, en un campo profesional y tranquilo, muy seguro. Lo que dicen, de entrada, importa poco. Además, no están demasiado ágiles. Cada vez que lanzan la pelota, sueltan dos jadeos que comienzan a batallar con las palabras. Lo primero que importa es la imagen. Son dos tipos poderosos, que tienen hasta su nombre en el uniforme; dos ricachones rechonchos, que pueden darse buena vida, que no tienen ninguna angustia. Están en un lugar paradisíaco, muy bonito, lleno de verde, con rejas y seguridad. Eso debe ser el Country Club de la Revolución. Y se ríen. Son felices. Están tranquilos. No les duele nada. Así son los oligarcas.

Probablemente la intención de esta pieza es desanimar a todo aquel que esté haciendo algún esfuerzo por protestar, por manifestarse y exigir algún cambio en el país. Es una forma de decir: “míranos. Aquí estamos. Marcha y grita todo lo que quieras. No nos afecta. No nos da ni coquito. Estamos más tranquilos que nunca. Mira que sabroso la estamos pasando. Mientras tú protestas, nosotros jugamos béisbol”. Quizás estas imágenes pretenden comunicar tranquilidad y control. Poder. Tal vez quieren reiterar lo que ha sido una línea constante en el chavismo: el desdén por el adversario político. La intención de despojar al otro de cualquier legitimidad. Los demás no existen.

Pero esa estrategia ya no funciona. Ahora los demás somos demasiados, somos mayoría. Es lo que el oficialismo no termina de aceptar. Sus dirigentes han perdido la capacidad de leer la realidad. Cada vez más se comportan como fanáticos y menos como políticos.

Porque la realidad dice otra cosa. La realidad dice que la inflación ronda el 700%. La realidad dice que hay escasez, que la quincena no sirve para nada. La realidad dice que cualquiera se puede morir en un hospital. Que todo falta. Hasta la anestesia. Hasta la gasa. Hasta la luz o el agua. La realidad dice que no hay seguridad, que no hay orden. Que aquí mandan las balas. La realidad dice que la calle está caliente, en el carril de la derecha y en el carril de la izquierda. Que la calle tiene hambre y ansias de cambiar. Frente a todo esto, ese par de gorditos jugando béisbol en un campo privado son una ofensa, una grosería, una bofetada a la pobreza de los venezolanos.

La realidad también dice que hay más de 20 muertos. Y más heridos. Y muchos más detenidos, secuestrados por el Estado, encerrados o desaparecidos por días quién sabe dónde. Los soldados salieron a reprimir sin piedad. Los que hemos visto y oído, durante todos estos días, es una violencia militar que no se tapa con un lanzamiento de béisbol. El oficialismo también se equivocó apostando por la represión brutal. Volvieron a perder el contexto. Ahora, del otro lado, hay más desesperación que miedo, más hartazgo que parálisis. En estos días ha comenzado a surgir una nueva épica. Hay un importante cambio en el panorama simbólico. La señora que se enfrenta a un tanque impacta más que cualquier joven agrediendo la sede de una entidad pública. El joven desnudo que sube a un tanque mostrando su espalda llena de perdigones, desestabiliza más a los soldados que cualquier encapuchado tirapiedras. Los miles que marchan con persistencia, contra el humo y el bloqueo escriben en estos días una nueva heroicidad, anónima y paciente. Frente a esto, el par de gorditos con cachucha, lanzándose la pelotica y hablando de la paz y de la patria, se ven letalmente ridículos.

Cualquiera pensaría que el movimiento de los sectores populares obligaría al gobierno a replantearse sus certezas, a pensar y actuar de otra manera. Para nada. Los líderes del oficialismo siguen sin entender que ellos no solo no son el pueblo sino que, ahora, además, tampoco lo representan. Y cuanto más insisten en negar lo que ocurre, en comportarse como si nada pasara, más se alejan de la gente, más resentimiento y más rabia convocan.

Este domingo, en la tarima, al final de la marcha oficialista, los dos gorditos estarán jugando otro juego. Serán feroces y aguerridos. Dirán que todos los dirigentes de la oposición son traidores, vende patrias, asesinos, terroristas, maricones, drogadictos, pitiyankees, golpistas, delincuentes, mentirosos… Y jurarán que todo está bien, que ellos dos son puro amor, pura ternura, puro diálogo. Los únicos capaces de garantizar la paz en estas tierras. Dos gorditos contra el mundo.

Repetir lo repetido. Mentir nuevamente. Insistir en la ceguera. ¿Cuánto tardarán en aceptarlo? En la calle hay un pueblo que quiere que Venezuela sea de todos.

Los colectivos venezolanos, las bandas de civiles armados que atacan a los manifestantes y defienden a Maduro. The NYT

Cientos de miles de manifestantes han tomado las calles de Caracas y otras ciudades exigiendo que se realicen elecciones en Venezuela. Credit Foto: Meridith Kohut para The New York Times

y , 22 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

CARACAS, Venezuela — Los motociclistas llegaron con un estruendo; eran una falange de chaquetas rojas con ropa oscura. Algunos llevaban los rostros cubiertos mientras aceleraban los motores ante los manifestantes. Arrojaron bombas de gases lacrimógenos para dispersar a la multitud y, según los testigos, luego sacaron las pistolas y dispararon.

Carlos Moreno, de 17 años, cayó al suelo y un charco de sangre se formó alrededor de su cabeza. “Se le estaba saliendo la materia cerebral”, recordó Carlos Julio Rojas, un líder comunitario que presenció el tiroteo sucedido en Caracas el miércoles pasado.

Quienes estaban en la protesta dicen que los hombres uniformados que dispararon contra Moreno no pertenecían a las fuerzas de seguridad del gobierno. Eran miembros de bandas armadas que se han convertido en agentes clave para el presidente Nicolás Maduro, quien intenta sofocar las crecientes protestas contra su gobierno.

Esos grupos, que reciben el nombre de colectivos, forman parte del escenario político venezolano desde hace mucho tiempo, pues fueron fundados como organizaciones comunitarias a favor del gobierno. Según los expertos que estudian su conformación, se trata de civiles con entrenamiento policial que han sido armados por las autoridades.

Los colectivos controlan un vasto territorio del país y en algunos casos se financian por medio de actos delictivos como la extorsión, el contrabando en el mercado negro de alimentos regulados y el narcotráfico. El gobierno tolera sus actividades a cambio de lealtad.

Actualmente parece que desempeñan un papel importante en la represión de la disidencia.

Cientos de miles de manifestantes han tomado las calles de Caracas y otras ciudades exigiendo que se celebren elecciones. Las protestas se han intensificado debido a la crisis económica que ha generado una gran escasez de productos básicos como alimentos y medicinas —así como una reciente resolución del Tribunal Supremo de Justicia con la cual intentó asumir las funciones de la Asamblea Nacional— lo que ha contribuido a la desestabilización del país y se han convertido en la amenaza más grande para el gobierno actual desde el golpe de Estado que en 2002 destituyó, por unas pocas horas, a Hugo Chávez.

Maduro ha respondido desplegando efectivos de la guardia nacional armados con cañones de agua, balas de goma y perdigones para dispersar a las multitudes. Pero diversos expertos y testigos aseguran que, junto a las fuerzas de seguridad, también actúan los colectivos que se dedican a una intimidación más brutal y, en muchos casos, mortal.

“Esos son los verdaderos grupos paramilitares de Venezuela”, dijo Roberto Briceño-León, director del Observatorio Venezolano de Violencia, un grupo académico que monitorea los actos delictivos en el país.

Los colectivos se han convertido en agentes represores a medida que han disminuido los ingresos del gobierno venezolano a causa de la creciente deuda externa y la caída de los precios del petróleo. Según muchos venezolanos, los colectivos aparecen en casi cualquier protesta en la que el gobierno perciba que los ciudadanos se pasan de la línea, desde los rutinarios conflictos laborales con sindicatos hasta las manifestaciones estudiantiles.

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Durante las recientes confrontaciones en Caracas, los efectivos policiales han perseguido a los manifestantes, lanzado gases lacrimógenos y disparado balas de goma. Credit Meridith Kohut para The New York Times

Eladio Mata, un dirigente sindical del sector salud, dice que el año pasado los miembros de un colectivo le dispararon cuando se estancaron las negociaciones en el Hospital Universitario de Caracas.

Mata cuenta que cuando llegó a la puerta principal del hospital se encontró con varios hombres que le impidieron salir. Él cree que fueron llamados por la directiva del hospital. Los miembros del personal intentaron ayudarlo a salir, pero un miembro del colectivo le disparó en la espalda. Luego tuvo que ser arrastrado a una sala de operaciones para una cirugía de emergencia.

“En este país está prohibido disentir”, dijo Mata.

Oscar Noya, un investigador de enfermedades infecciosas tropicales, dijo que su laboratorio ha sido objeto de actos vandálicos en unas 30 ocasiones, perpetrados por miembros de los colectivos que destruyen sus equipos y se llevan los cables eléctricos.

Noya cree que ordenaron vandalizar su sitio de trabajo porque suele publicar información sobre epidemias de enfermedades infecciosas que el gobierno no informa, particularmente la propagación de la malaria.

También comentó que las autoridades han guardado silencio ante sus repetidas denuncias, por lo que cree que los colectivos han “alcanzado un nivel de impunidad total”.

“Si la revolución pierde la presidencia mañana,
los colectivos inmediatamente se convertirán
en una guerrilla urbana”.
Fermín Mármol, criminólogo

Los expertos dicen que los colectivos se originaron en los primeros días del gobierno de Chávez, quien originalmente los concibió como organizaciones sociales que le ayudaran a instaurar su visión de una revolución socialista que transformara los barrios pobres de Venezuela. Muchos tenían sus propios nombres, banderas y uniformes. Finalmente, el gobierno les impartió entrenamiento de armas y seguridad, para desplegarlos como un grupo de milicias.

A medida que los grupos se hicieron más poderosos, ejercieron su propia influencia, sobre todo respecto al control de actividades del crimen organizado como el tráfico de drogas en los barrios de Caracas.

Su poder llegó a ser tal que, en 2014, algunos tuvieron violentos enfrentamientos con la policía como parte de un esfuerzo por expulsar a un ministro del Interior y Justicia que trató de frenarlos. Más recientemente, otros miembros de colectivos han librado mortales reyertas con soldados durante el despliegue de operaciones militares que buscan contener el crimen organizado.

Según Fermín Mármol, un criminólogo de la caraqueña Universidad Santa María, esos grupos controlan el 10 por ciento de los pueblos y ciudades de Venezuela. Mármol explicó que la profunda inclinación ideológica de los colectivos significa que defenderán a Maduro a toda costa.

“Si la revolución pierde la presidencia mañana, los colectivos inmediatamente se convertirán en una guerrilla urbana”, dijo el experto.

Paramédicos evacuan a un manifestante que resultó herido durante los enfrentamientos con policías. Credit Meridith Kohut para The New York Times

Las bandas de colectivos han sido acusadas de ataques contra periodistas que cubren sus actividades en las calles. Sin embargo, en algunas entrevistas, sus líderes han negado cualquier vinculación con actividades criminales y dijeron que se dedicaban a defender la revolución.

A pesar de sus ataques contra los disidentes, para algunos venezolanos de los sectores más pobres los colectivos se han convertido en una fuente de orden aceptada por la gente.

Haide Lira, de 58 años, es una asistente administrativa que vive cerca del barrio de clase trabajadora La Vega y dijo que los enfrentamientos entre manifestantes y los colectivos han sorprendido a los vecinos. Ella simpatiza cada vez menos con quienes protestan. “Así no se presiona a un gobierno”, opinó.

Sobre los colectivos, comentó: “Ellos ponen orden donde hay desorden. Es cierto, son civiles armados, pero ¿qué se puedes hacer en este mundo que está al revés?”.

Pero los ataques contra los manifestantes han traumatizado a muchos, como es el caso de Rojas, el líder comunitario que fue testigo de la muerte de Carlos Moreno. Cuenta que los manifestantes intentaron salvar a Carlos; subieron su cuerpo a una motocicleta para que llegara rápido a un hospital, donde fue declarado muerto.

Algunos trataron de perseguir a los agresores, pero fueron refrenados por otros que les dijeron que sería inútil. Rojas trabaja con políticos de la oposición y explicó que se había acostumbrado a los ataques, que durante mucho tiempo han formado parte de su trabajo como activista.

“Atacan a sus vecinos cuando están en las filas para alimentos y son identificados como miembros de la oposición, atacan a los dueños de tiendas cobrándole extorsiones y atacan a los panaderos quitándole parte de su producción para venderla en el mercado negro”, contó. “No son verdaderos colectivos, o actores políticos. Son criminales”.