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Carta a los partidos: Sinceridad. De Paolo Luers

18 junio 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Solo con absoluta sinceridad van a superar la crisis. En el caso del Frente, ya es un poco tarde, porque ya está terminando su proceso interno. Y los que compitieron por dirigirlo no lo hicieron con la sinceridad debida: no dijeron con claridad lo que proponen hacer con su partido. Si hubieran sido sinceros, el FMLN hubiera tenido el lujo de tener un debate de altura y profundidad sobre su identidad de izquierda, así como lo hizo el Partido Socialista Obrero Español PSOE en el 1979, cuando decidió abandonar el programa marxista de revolución socialista y adoptar uno socialdemócrata de reforma democrática. Solo después de esta reformulación de su identidad, Felipe González acepto asumir liderar el partido. El partido socialista en vez dividirse se unificó y fortaleció, y no solo ganó el gobierno, se convirtió en el partido que marcó la transición democrática de España. El elemento clave para la unificación y el fortalecimiento fue la sinceridad que le permitió debatir y definir su identidad ideológica.

Oscar Ortiz puede haber ganado la secretaría general del Frente, pero no se ganó el mandato claro de convertirlo en un partido socialdemócrata. Ojalá que lo logre de todos modos y sin dividirlo…

¿Y la derecha?

ARENA, que se percibe en crisis al punto de paralizarse como el proverbial conejo ante los faroles del camión que lo va a aplastar, no logra ver que en verdad está ante una excepcional oportunidad de posicionarse para el futuro. Su adversario tradicional, el FMLN, no aprovechó la crisis para definir con claridad su identidad política. Su adversario nuevo, la coalición alrededor de presidente-líder (GANA, NI, CD), insiste en no tener ideología, efectivamente no tiene proyecto político, solo se reduce a un proyecto caudillista de poder, basado en la consecuente sujeción de la política al mercadeo y la propaganda.

Esto deja un vacío de contenidos, rumbo y liderazgo político que alguien tiene que llenar. Ojala que el partido emergente NUESTRO TIEMPO entienda que haciendo concesiones a moda de la antipolítica y antiideología no va abrirse espacio.

Ojala que ARENA también aproveche su crisis para clarificar su identidad y resurgir con un proyecto político claro y audaz, que tendría que tener dos ejes centrales: la defensa y el desarrollo de la institucionalidad democrática y las libertades de un sistema republicano de pesos y contrapesos; y la erradicación de la miseria económica y educacional, que es el principal freno para el desarrollo económico y social del país.

En ARENA ya no pueden darse el lujo de cultivar pleitos sin contenido político y movimientos alrededor de las ambiciones de personas. Las bases y los financistas deben obligar a los que quieren conducir el partido a que sostengan sus candidaturas en propuestas políticas claras. Solo si el partido conoce de fondo las diferencias políticas en su seno tendrá capacidad de administrarlas y unificarse.

En el mejor de los casos pueden surgir dos proyectos políticos, uno más liberal y el otro más conservador, pero ambos comprometidos con el pluralismo político y el desarrollo inclusivo, que compitan en un concurso permanente de desarrollar las mejores propuestas, pero en el fondo se complementan en la tarea de construir una nueva mayoría para defender y desarrollar la democracia.

Sin un debate sincero, los partidos no van a recuperar ni su unidad ni la confianza de la ciudadanía.

Saludos,

Carta a los partidos: Bájense los pantalones. De Paolo Luers

25 mayo 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

¿Qué les pasa? ¿Encargaron el nombre de su partido a los creativos de su agencia de publicidad, o a su asesor espiritual?

Ya los nombres no expresan posicionamiento político, sino tratan de expresar sentimientos. Veamos los 3 últimos partidos que ha surgido en nuestro país: Vamos, Nuevas Ideas, Nuestro Tiempo.

Conociendo a Josué Alvarado de Vamos, su trayectoria, sus pensamientos, me pregunto: ¿Por qué no le puso Partido Socialcristiano a su proyecto político. Por que esto es lo que es – ¿y qué tiene de malo identificar su ideología y sus principios claramente ante los ciudadanos?

La misma pregunta me hago con Nuestro Tiempo. Conociendo a Johnny Wright y el equipo que está fundando este partido, les hago la misma pregunta: ¿Por qué no se definen claramente como los liberales progresistas o demócratas radicales que son? ¿Por qué su partido no surge como Partido Liberal? ¿Acaso no existe una gran demanda de políticas liberales para hacer contrapeso al mercantilismo y conservadurismo social de ARENA, al estatismo del FMLN y al populismo de Bukele?

¿Y Nuevas Ideas? Ahí no tengo idea de cómo tendría que llamarse, porque nadie logra detectar su identidad ideológica. Tal vez este tipo de partidos, que son tan pragmáticos que no quieren asumir ninguna identidad ideológica, tienen que escoger sus nombre de la caja de herramientas del mercadeo – y llamarse, por ejemplo, Nuevas Ideas…

Esto de los nombres pipiri-nice de los partidos no es un problema salvadoreño. Macron llegó al poder con un partido liberal, pero le dio un nombre patético: La République En Marche! – ¡República en Marcha! Le ayudó a ganar el poder, pero ahora está pagando un gran costo, ya que nadie sabe qué diablos representa este partido.

En España, como respuesta a la crisis de los dos partidos tradicionales (el socialdemócrata PSOE y el conservador PP), surgieron dos partidos nuevos: en la izquierda un partido neo-socialista y populista, pero que se escode detrás de un nombre que suena como el lema de estos personeros que dan charlas de cómo encontrar el éxito y la felicidad: Podemos

Y el otro partido emergente esconde su agenda liberal y centrista detrás un nombre tan genérico que cualquiera lo podría adoptar: Ciudadanos.

En Ucrania, el actor que se acaba de convertir en el nuevo presidente, mandó a sus publicistas a armarle un partido con el nombre absurdo Siervo del Pueblo. Con razón, ni en su país ni afuera nadie tiene la mas mínima idea qué tipo de políticas va a tratar de realizar. Pero esto es el truco: Igual que aquí las nuevas ideas de Bukele pueden ser de izquierda o de derecha o todo lo contrario, el nuevo presidente de Ucrania puede ver qué le ofrecen Putin, Trump y Bruselas, antes de tomar sus decisiones políticas…

En Guatemala están llevando al extremo absurdo la ensalada de partiditos con nombres más de sala de té que de partidos: Semilla, Valor, Todos, Esperanza, Encuentro,

Visión con Valores, Mi País, Winaq (Ser Humano), Victoria, Vamos por una Guatemala Diferente…

En la confusión política e ideológica que existe en casi todo el mundo, me parecería sano regresar a una gama de partidos que se identifiquen con una clara ideología, principios bien definidos, un programa de partido que los distingue de todos los demás, y de preferencia con un nombre que exprese todo esto. El Frente debería al fin abandonar el nombre de la ex guerrilla y discutir en serio si quiere ser un partido comunista o un partido socialdemócrata – y expresarlo en su nombre. Debería reafirmar si sigue afiliado al Foro de Sao Paulo del socialismo del siglo 21, o pide membresía en la Internacional Socialista de los socialdemócratas – y comportarse como tal.

Los de Nuestro Tiempo deberían de un solo identificarse como liberales y afiliarse internacionalmente con el partido de Macron y con Ciudadanos. VAMOS debería fusionarse con el PDC y afiliarse a los partidos demócrata cristianos del mundo. Nuevas Ideas debería de una solo llamarse Partido Bukeliano, en la amplia tradición de los partidos caudillistas en América Latina.

Menos folklore, menos marketing barato, menos confusión, más transparencia política.

Saludos,

Los partidos después del 3F. De Luis Mario Rodríguez

25 abril 2019 / EL DIARIO DE HOY

Estos no son tiempos buenos para los partidos políticos. La gente los acusa de corruptos, mentirosos y de beneficiar exclusivamente a sus miembros más prominentes. Los ciudadanos no distinguen entre las acciones de los militantes y las del partido como institución. Si condenan a un exfuncionario, que a la vez fue dirigente del instituto político, la marca se desgasta. Cuesta mucho desvincular a estas entidades de las faltas de ética y honestidad de sus allegados.

En la era de la desinformación y de las redes sociales los partidos también son víctimas de calumnias y difamaciones. El titular de una noticia falsa se viraliza con rapidez, y cuando se intentan desmentir las fraudulentas afirmaciones, existe ya una “opinión pública” aceptada entre la población aunque esté alejada por completo de la realidad.

Por otro lado, los personalismos en política arrastran a las organizaciones partidarias. Con la muerte de Alan García, expresidente del Perú, el APRA, su partido de toda la vida, con el que ganó dos veces las elecciones presidenciales, corre el riesgo de morir con él. Lo mismo sucedió en Venezuela. Con el fallecimiento de Hugo Chávez, a Maduro no le quedó otra opción más que la de promover el culto absoluto a la figura que apadrinó al Socialismo del Siglo XXI. Tuvo que dejar en segundo plano su aspiración de suceder en el cargo al líder máximo del Partido Socialista Único de Venezuela.

La corrupción, la adulteración de la verdad y los liderazgos mesiánicos están desmantelando a los sistemas políticos. Son enemigos letales de la democracia. Los primeros afectados son los partidos. Su débil institucionalización los hace presa fácil de los discursos populistas. En Guatemala, donde las organizaciones partidarias aparecen y desaparecen elección tras elección, es muy difícil para los votantes identificar el ideario y los principios que caracterizan a los candidatos. La máxima expresión de esta situación fue la elección del actual mandatario, un outsider que supo aprovechar el desencanto de la gente con la política.

Ante semejantes adversarios, a los partidos, si pretenden recuperar la credibilidad y reconquistar el poder, no les queda más que aplicar decisiones pragmáticas. Si son acusados de asolapar la corrupción, están obligados a renovar, sin contemplación alguna, al liderazgo nacional y a mostrar que son capaces de reinventarse y de actuar conforme lo demandan los habitantes. Deben hacerlo en procesos internos que sean transparentes, en los que se garantice a todos los afiliados la posibilidad de disputar cualquier cargo de dirección. Tienen que reforzar las auditorías en las organizaciones, filtrar cuidadosamente las candidaturas a cargos de elección popular exigiendo declaraciones patrimoniales y de conflictos de interés, y promover en la Asamblea Legislativa una normativa más estricta que prevenga el robo del erario y castigue los abusos de poder.

Para enfrentar la inexactitud de las noticias y los rumores mal intencionados, los partidos deben entrar de lleno en las nuevas tecnologías. Conocer la forma en la que se administran las crisis en el “ciberespacio” les ayudará también a entender que los medios para comunicarse con sus audiencias —simpatizantes, militantes y población en general— cambiaron radicalmente en los últimos años. La elección del 3 de febrero demostró que además del contacto territorial ahora se requiere de otras vías para interactuar con los electores, como Twitter, Facebook, Instagram, Snapchat, WhatsApp, YouTube y una docena más de redes sociales.

Contra las figuras absolutistas, que pretenden eclipsar a los partidos, no hay mejor antídoto que una ciudadanía educada, con una cultura política fuertemente enraizada. Este objetivo se consigue en el largo plazo, con programas educativos desde la infancia. Mostrar a los niños los beneficios de la democracia blinda a las sociedades de experimentos totalitarios. También a la epidemia del populismo le llevó tiempo penetrar en los individuos. Aunque ya venía latiendo en celebridades como Perón en Argentina, Getulio Vargas en Brasil, y Haya de la Torre en Perú, lamentablemente la ausencia de resultados y la poca diligencia de los gobiernos de turno le permitió desarrollarse en este nuevo siglo para resurgir en buena parte de América Latina a través de los personajes que abrazaron las ideas equivocadas del chavismo.

Esta época tampoco es amiga de las improvisaciones y de los maquillajes. La eterna crisis de los partidos políticos ahora se ha profundizado y amenaza con extinguirlos si no se contrarrestan sus causas. Los ciudadanos sabrán identificar si los cambios responden a una genuina disposición a recrearse o si, por el contrario, son solo disfraces tras lo que se esconden “los mismos de siempre”.

Pescadores. De Cristian Villalta

Ninguno de los partidos políticos salvadoreños es genéticamente demócrata; aunque por imperativo jurídico ahora realizan internas para elegir a sus candidatos, eso de discutir y dialogar con los que piensan diferente no se les da muy bien ni intramuros ni en el campo de la cosa pública. Si bien las purgas ya no son lo que eran antes, como podría quejarse Cayetano Carpio en alguno de los círculos del Averno, cada vez que una coyuntura somete a estrés a sus mandos, lo frágil de las convicciones y los recelos acumulados entre los correligionarios quedan al desnudo.

Esta semana, tres diputados areneros rompieron a propósito la propaganda de granítico liderazgo que ese instituto ha vendido como insumo electoral. Lo hicieron de un modo baladí, con unos tuits expresando su apoyo a una de las candidatas a la Corte Suprema de Justicia. Si adentro de esa fracción legislativa no hay un liderazgo sano y si en su comité ejecutivo se habla más de la táctica electoral y menos de la estrategia política, pues pasa esto: que el disenso debilita al partido en lugar de fortalecerlo.

En las formas, pues, la derecha política no ha sido en lo absoluto lúcida para administrar las diferencias y equilibrar los puntos de vista en su seno; ha renunciado a ser el centro alrededor del cual convergen auténticamente las fuerzas liberales de nuestra sociedad, demasiado ocupada en renegar de los pecados de su pasado, reacia a poner sobre la mesa la agenda que la sociedad del siglo XXI exige.

En 2018, la derecha huele a viejo.

A la hora de moverse para escuchar a los contrarios, la izquierda también ha padecido de parálisis. A diferencia del FMLN, en su oportunidad Convergencia y luego el CD fueron fuerzas de inspiración democrática, con un ideario en el que no cabía la aniquilación del contrario. Buena parte de esa riqueza intelectual provenía de Rubén Zamora y después de Héctor Silva. Una vez Héctor Dada apagó las últimas luces, la oportunidad de una opción de izquierda madura y deliberante sufrió un traspiés horrible. Hoy, la izquierda política no escucha a nadie.

El FMLN, pues, no padece de sordera; es sordo de nacimiento.

Aunque el rumbo del país es obviamente el equivocado, a El Salvador le resulta imposible ponerse de acuerdo en las decisiones trascendentales. La unanimidad es utópica incluso en temas de seguridad pública, tamaño del Estado o inversión social. Por ende, hay que dialogar. Pero ¿cómo puede fructificar el diálogo entre un viejo necio y un sordo? O peor aún, entre fuerzas que no creen en el ejercicio democrático.

Por eso pasa lo que pasa en el mencionado asunto de la elección de los magistrados de la nueva CSJ. Aparentemente, el quid es si los candidatos de ARENA son mejores que los propuestos por el bloque FMLN/GANA. Obviamente, a los funcionarios del partido oficial y al círculo de Guillermo Gallegos les interesa gozar de alguna simpatía en la institución que más temprano que tarde puede interesarse por las eventuales mejoras que su patrimonio sufrió en el último quinquenio. Pero el entrampamiento fundamental no tiene que ver con la comezón de Gallegos; él, al igual que muchos otros antes, solo están navegando en el río de ignoto desentendimiento que la derecha y la izquierda políticas han dejado fluir entre sí durante años.

Saca pescó ahí, Funes pescó ahí, y otros iguales o peores también lo harán hasta que la izquierda y la derecha adquieran siquiera modales democráticos.

Se deteriora la institucionalidad. De Erika Saldaña

10 septiembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El Salvador sigue sin Sala de lo Constitucional. Han pasado casi sesenta días desde que los nuevos magistrados tuvieron que tomar posesión de su cargo. Mientras tanto, cientos de salvadoreños ven desprotegidos sus derechos constitucionales porque no hay tribunal que les resuelva sus demandas y la Asamblea Legislativa está desinflada en el esfuerzo de que se llegue a un acuerdo lo más pronto posible. La elección de magistrados de la Corte Suprema de Justicia está en un punto muerto.

Hace un par de semanas, varios diputados manifestaron que “nadie se muere porque no haya Sala de lo Constitucional”. No se mueren personas, pero sí se deteriora el Estado de Derecho. Sin un tribunal que proteja los derechos constitucionales de los ciudadanos y limite el poder de las entidades estatales, poco a poco se muere la institucionalidad del país. No tener Sala de lo Constitucional es igual de grave a que se elijan personas que no son idóneas para el cargo como magistrados. Se debe elegir los más pronto posible a las personas que cumplan con el perfil que demanda el cargo.

Además del desgaste en la institucionalidad, aumenta la mora judicial y son los ciudadanos los que sufren el incumplimiento de la Asamblea Legislativa. Del trabajo de la Sala de lo Constitucional, los diputados únicamente tienen en mente las sentencias que les molestaron o las que iban en contra de sus intereses políticos. Pero la Sala emitía mucho más que sentencias en esos temas. Los magistrados del periodo 2009-2018 dejaron al país un amplio legado jurisprudencial en temas relacionados a derechos a la salud, medio ambiente, a la estabilidad laboral, al agua, a la libertad económica, a la equidad tributaria, a la verdad, a la seguridad, entre otros temas relevantes.

En los últimos nueve años, la Sala de lo Constitucional emprendió una tarea titánica: se resolvieron más de novecientos procesos heredados por los magistrados que dejaron sus cargos en 2009 y, además, se le dio respuesta a las más de mil demandas anuales que se presentaron en el periodo. A la fecha la Sala de lo Constitucional tiene pendiente de resolver 159 hábeas corpus, 422 amparos y 171 inconstitucionalidades. Por esto también es grave la omisión de la Asamblea Legislativa de elegir magistrados, ya que la mora judicial aumenta y las personas desprotegidas siguen ahí.

Esto no puede seguir así. Ya es hora que exijamos a los partidos políticos que actúen conforme a lo que tanto predican en la Asamblea Legislativa. Si tanto pregonan que trabajan por elegir a los mejores perfiles para el cargo de magistrado y a personas independientes de cualquier poder político o fáctico, lo que tienen que hacer es elegirlos. Ya no es momento de inventar la rueda; el Consorcio por la Transparencia y Lucha Contra la Corrupción publicó una tabla donde se promedian las notas obtenidas por cada candidato a magistrado, producto de las evaluaciones hechas por la Iniciativa Social para la Democracia, Acción Ciudadana y el diputado no partidario. Si de verdad queremos a los mejores perfiles, los magistrados de la Corte Suprema de Justicia deben salir de los mejores evaluados.

En este punto crítico para El Salvador también los líderes de cada partido tienen que asumir un rol relevante. Y por líderes hago especial énfasis en los candidatos presidenciales de cada uno de los partidos políticos representados en la Asamblea Legislativa. Carlos Calleja, Nayib Bukele y Hugo Martínez han reiterado un sinfín de veces que ellos son la cara de una renovación política; es hora que demuestren su liderazgo y su verdadero compromiso con el país haciendo conciencia a los partidos que los impulsan de la trascendencia de elegir a los mejores perfiles como magistrados. Candidatos, ustedes tienen la opción de demostrar que son parte de la renovación de los partidos y que quieren que las cosas se hagan de la mejor manera posible.

Cada encuesta recuerda a los partidos políticos que la ciudadanía está cansada y decepcionada de la forma en que actúan los políticos. Pongan atención a ese rechazo, no sigan deteriorando su imagen; las bancadas legislativas deben asumir el rol que les corresponde y elegir lo más pronto posible a las personas mejor capacitadas para ser magistrados de la Corte Suprema de Justicia. No sigan cometiendo errores en el proceso de elección. Recuerden que los votantes los estamos observando.

La sociedad inclusiva y sus enemigos. De Manuel Hinds

27 julio 2018 / El Diario de Hoy

Ayer en Cajamarca firmaron un acuerdo de cuatro partidos políticos —ARENA, el PCN, el PDC y DS— que está basado no en repartos de cuotas de poder sino en el apoyo a acciones concretas en la solución de los problemas del país. Cada partido correrá con su identidad en las elecciones, manteniendo sus ideas y sus estructuras pero apoyando una sola fórmula y las bases de un plan de gobierno. Quedan diferencias, pero esas no importan porque se han unido sobre lo que los une, no sobre lo que los separa.

El pacto es una manifestación de un nuevo espíritu que ha surgido en por lo menos estos partidos políticos, buscando lograr algo que ha sido muy elusivo en El Salvador: la creación de la unidad dentro de la diversidad.

Desde el principio de los tiempos ha habido dos maneras de hacer política: una, la salvaje, que consiste en imponer sobre los demás la voluntad de un grupo, que muchas veces es una minoría pero en otras puede ser una mayoría que no respeta los derechos de las minorías; la otra, que consiste en negociar compromisos estables entre la diversidad de ideas e intereses que caracterizan a una sociedad libre, respetando siempre los derechos de las personas. Esta es la sociedad abierta, democrática e inclusiva porque busca la unidad en la diversidad, mientras que la otra la busca aplastando cualquier oposición y pretendiendo que toda la población piensa igual. El paso de una manera de hacer política a la otra abre paso al desarrollo del país.

Los enemigos de la sociedad abierta e inclusiva vienen en muchos envoltorios pero todos, todos comparten una característica común: ellos creen que la política no debe existir porque creen que todos los demás deben obedecerles a ellos. Nada de buscar acuerdos, nada de respetar diferencias, nada de escuchar ideas diferentes. Las razones por las que creen que todos deben obedecerles son variadas —los nazis porque se sienten racialmente superiores, los comunistas porque se creen que son la vanguardia de la historia, los fanáticos religiosos porque, cometiendo el mismo pecado de soberbia que llevó a Satanás al infierno, creen que Dios habla a través de ellos, los niños malcriados porque así se acostumbraron— pero todos están seguros de que ellos tienen la verdad absoluta y deben tener el poder de imponerla. Todos estos son y han sido la base de las tiranías peores que han existido en la historia, de las que se han opuesto al progreso, de las que prohibieron el avance de la ciencia, de las que prohibieron a Galileo que se le ocurriera que la Tierra se mueve, de las que quemaron gentes en la estaca por pensar lo que querían.

Esta manera de pensar es la que ha prevalecido en nuestro país por siglos, igual que en todos los países primitivos. Ella es la que nos llevó a los regímenes militares de antes de la guerra, es la que dio su personalidad tiránica al FMLN, es la que nos ha llevado a la gran fisura que divide a la sociedad salvadoreña casi por mitad, que no es entre derecha e izquierda, sino entre gente que vota porque se siente representada y gente que se abstiene porque no se siente así. El país no será democrático mientras no demos ese paso hacia la diversidad y el respeto a los demás.

Hoy ya han desaparecido los regímenes militares. Pero los de mentes verticales siguen regresando en dos envoltorios principales. Unos son los que, arropándose en los defectos que todavía tiene nuestra democracia, quieren eliminar todas las instituciones democráticas y convertirse ellos en los líderes únicos, arbitrarios de nuestro país. Los otros son los que, anidados en los partidos políticos, incluyendo ARENA, desde allí quieren evitar que los partidos se abran a la diversidad, sin darse cuenta de que sin esta apertura no hay manera de triunfar políticamente en un país que, como todos, es diverso. Ojalá que estos no logren empañar los avances que los partidos del pacto están logrando con su unión sobre principios y una fórmula presidencial acorde con la sociedad moderna, diversa, inteligente, que queremos llegar a ser.