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Hoy, ARENA vrs. FMLN vrs. Bukele, ¿Bukele vrs. Wright mañana? De Alberto Arene

El hartazgo de la ciudadanía con todos los partidos políticos finalmente llegó, es muy alto y tiende a profundizarse. El pasado ya se agotó y entrará en agonía con la crisis de los partidos tradicionales liderándola.

alberto arene-nuevoAlberto Arene, 14 diciembre 2017 / La Prensa Gráfica

Nayib Bukele es quien más ha capitalizado este profundo descontento con la partidocracia, el FMLN en particular. Johnny Wright y su nuevo proyecto político en gestación intentará capitalizar el desgaste de ARENA, aunque su mirada abarque un espectro político-ideológico más amplio, abarcando también el centro, el centro-izquierda y la juventud. Si ahora el enfrentamiento es entre ARENA y el FMLN, y entre ambos y Bukele, el de mañana ¿podría ser entre Bukele y Wright?

LPGEl hartazgo con los partidos políticos coincide con la crisis histórica que tiene postrado y en jaque a El Salvador donde todavía no aparece ningún proyecto consistente para sacarnos del hoyo y construir el futuro. Política y electoralmente los escenarios del futuro ya comenzaron a conformarse, aunque en la realidad y en el pensamiento buena parte de los salvadoreños vivamos el día a día, incapaces de analizar y proyectar tendencias dominantes y escenarios probables.

Todos los partidos políticos sin excepción están congelados en el pasado, en la falta de actualización de su visión del país y del mundo, sin proyecto para transformarlo y sacarlo de la inseguridad y la postración económica y social, en la falta de democracia e institucionalidad interna, y en la falta de compromiso para sostenerla y profundizarla en el Estado y en la sociedad. Los dos principales partidos no son verdaderos partidos sino poderosas maquinarias electorales, ahora con tendencia acelerada a debilitarse.

ARENA ha sido incapaz de capitalizar el enorme desgaste sostenido del gobierno del FMLN. Buena parte de su votación para diputados en 2018 y presidente en 2019 no será por ARENA sino contra el FMLN, votando muchos como cuando toman un purgante…

Probablemente, el FMLN presentará un candidato renovador, sin manchas de corrupción, que no impulsará una campaña rojo-rojita sino blanca-rosadita. Pero será un hombre de partido, y gobernaría con el partido al que le habrá sido fiel por medio siglo. ¿Cambiará en su sexta década? Los dos principales candidatos de ARENA no son hombres de partido aunque ellos y sus familias se hayan identificado durante 4 décadas con ARENA y hayan sido de sus principales financistas. De ganar la presidencia, cualquiera de ellos tendría más autonomía del partido del que tendría un presidente del FMLN, por no ser hombres de partido y por estar vinculados a familias donantes con muchos recursos.

Pero cualquiera que sea el presidente que llegue con uno u otro partido, deberían intentar reformar su partido, vanguardias del retraso nacional. Meterse a cambiar país y partido a la vez será cuesta arriba, aunque sabemos que sin transformación del sistema de partidos políticos no será posible la transformación sostenida que requiere el país.

En la medida que el statu quo y el retraso de los partidos continúe y el rechazo ciudadano se profundice, los liderazgos que se hayan distanciado públicamente de ambos y lideren una propuesta de futuro capitalizarán el descontento y podrían llegar a liderar los proyectos políticos en pugna en el mediano y largo plazo.

Aunque todavía pareciera prematuro afirmarlo, Bukele respecto al FMLN y Wright respecto a ARENA podría ser los líderes que a partir de 2019 podrían surgir como los contrincantes principales de la disputa del poder y del futuro. Por eso el título de nuestra última columna del año.

A mis lectores les deseo lindas Navidades y un mejor Año Nuevo.

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El voto secreto y los debates en las internas… De Luis Mario Rodríguez

Los precandidatos en los distintos partidos tienen que debatir. Esta es la única manera de comparar las capacidades, aptitudes y visión de país de quienes pretenden gobernar.

Luis Mario RodríguezLuis Mario Rodríguez, 16 noviembre 2017 / El Diario de Hoy

La designación de los presidenciables debe ser el resultado del voto secreto de la militancia. Esta condición, que deriva de la sentencia de la Sala de lo Constitucional, pasa por el establecimiento de un procedimiento interno en los partidos que asegure la total transparencia en el conteo de los votos y en el procesamiento de los resultados.

EDH logA diferencia de los comicios celebrados en la historia reciente de El Salvador, en los que las cúpulas partidarias señalaban al “ungido” y donde la “mano alzada” era el método empleado para “escuchar la voz” de los militantes, por primera ocasión serán estos últimos los que, en reserva total, decidirán quién los representará en la competencia por el Ejecutivo durante el 2019.

Si falla la secretividad del voto fracasará la elección interna y sobrevendrá la crisis en el respectivo instituto político. El Tribunal Supremo Electoral no podría inscribir al precandidato ganador y éste se quedaría fuera de la contienda presidencial.

La protección de la identidad de los electores y del sentido de su voto blinda a todos aquellos que podrían sentirse amenazados por haber ofrecido su apoyo, voluntaria o involuntariamente, a determinado precandidato. En 2008, cuando se celebró el proceso para designar al candidato del entonces partido de gobierno, algunos de los altos dirigentes se distribuyeron en los catorce departamentos de tal forma que los afiliados votaron “a viva voz” bajo la mirada desafiante de quienes tenían la potestad de terminar con su carrera política o de despedirlos si ocupaban un cargo en una institución pública.

No obstante esa intimidación, decenas de integrantes de las juntas municipales respaldaron a precandidatos diferentes al bendecido por el presidente de turno. Este gesto fue interpretado como una muestra de “indisciplina” de las directivas cuando en realidad era una clara manifestación de la “sabiduría” de los hombres y mujeres que intuían una clara derrota si se imponía al candidato presidencial. Y precisamente eso fue lo que ocurrió.

La historia no fue muy diferente en el principal partido de izquierda. En su caso imperaba el verticalismo y los procesos internos no eran más que fachadas para demostrar que el “elegido” había competido por la nominación. Se sabía que la disciplina superaba a cualquier intento de insubordinación y que el castigo ante todo atisbo de rebeldía era la expulsión. Es más, en 2009 y en 2014 la dirigencia acordó nombrar al aspirante presidencial en una asamblea general en la que también la “aclamación” sustituyó al voto secreto.

Adicionalmente las comisiones electorales nacionales deben cuidar que no se incumplan las normativas que rigen las elecciones internas. Es necesario prohibir el “clientelismo político” que puede ser utilizado por los precandidatos para afianzar el voto de los simpatizantes a cambio de prebendas u otro tipo de “ofertas”. Además se requiere vigilar las expresiones de apoyo fuera del período fijado para la campaña interna.

Aún y violentando estas restricciones reglamentarias, comportamiento que merece ser sancionado, la militancia puede votar libremente por la opción que prefiera y que considera como el mejor oponente frente al resto de competidores de los otros partidos. Nadie le vigilará al momento de marcar la papeleta ni estará en peligro su futuro político o su empleo.

Por otra parte, los precandidatos en los distintos partidos tienen que debatir. Esta es la única manera de comparar las capacidades, aptitudes y visión de país de quienes pretenden gobernar. Una gira nacional por los departamentos en la que cada quien exponga su propuesta contrastándola con la del resto de participantes es saludable para elegir al más calificado.

Este ejercicio permitirá a los militantes, en su calidad de ciudadanos, y a quienes no pertenecen a ningún partido, conocer los planes y proyectos de los precandidatos para solucionar los problemas locales. También es conveniente una discusión sobre temas trascendentales como el de la seguridad pública, la situación fiscal, la continuidad en el combate a la corrupción, la modernización del Estado y el respeto a la libertad de expresión, los derechos humanos y la independencia de los Órganos fundamentales del Estado.

El filtro que imponen las “primarias” es positivo. Democratiza el poder al interior de los partidos.

Partidos indecentes. De Erika Saldaña

Los ciudadanos no nos podemos dar por vencidos en la lucha por un mejor país. No involucrarse, no ir a votar o comerse la papeleta no es opción si queremos que las cosas cambien.

erika saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 30 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Los partidos no quieren hacer política decentemente. Ello los está llevando a su decaimiento. No es algo bueno porque, quiérase o no, los partidos políticos son un medio importantísimo de representación de la ciudadanía dentro del manejo del Estado. Esa falta de voluntad de actuar decentemente se refleja en los casos de corrupción en que se ven involucrados, en la negativa de dar información sobre su financiamiento, en su indiferencia a resolver los problemas de la ciudadanía. Lo anterior ha impulsado la creación de movimientos y candidaturas independientes que buscan incursionar en el ámbito político del país.

EDH logEn El Salvador ha habido varias experiencias de escisiones dentro de los partidos políticos, que ante la discrepancia de ideas, decisiones y acciones internas, han pretendido formar grupos de representación diferentes, aunque de ideología similar. Por ejemplo, de la separación de Facundo Guardado del FMLN surgió el Partido Movimiento Renovador; de igual manera, con la salida de Joaquín Villalobos del mismo partido surgió el Partido Demócrata, idea que fue retomada en los últimos años como Partido Social Demócrata por Jorge Meléndez, también disidente del FMLN. De la separación de Gloria Salguero Gross de ARENA surgió el Partido Popular Republicano. Ninguno de estas separaciones alcanzó el desarrollo político que pretendían.

Y aunque la historia no les haya favorecido mucho, es probable que la creciente desconfianza en los partidos tradicionales les brinde a los movimientos que ahora se pretende crear (los que se conocen hasta ahora son los de Johnny Wright y Nayib Bukele) una oportunidad de desarrollarse en el espectro político salvadoreño. Todo dependerá de la calidad de sus propuestas y la habilidad de canalizar constructivamente la apatía y el descontento ciudadano.

Los nuevos movimientos políticos que surjan deben tener claro que el solo rechazo a los partidos políticos tradicionales no es motivo para endosarles un apoyo a ciegas. Con el simple repudio a la forma tradicional de hacer política no ganamos nada, eso no resuelve problemas ni nos da una guía de un plan creíble a seguir. No busquen que la gente reproduzca un mensaje que no conocen o que no existe; si quieren tener el apoyo de la sociedad es urgente que su organización vaya más allá de replicar descontento, concretando programas que involucren a la ciudadanía, presenten propuestas y respuestas concretas a los problemas.

Abrir nuevos espacios de expresión y representación política es sano para la democracia. Si a los partidos políticos tradicionales no les gusta, estos deberían enfocarse en hacer mejor su trabajo y no en cerrar las puertas mediante leyes que obstaculizan la competencia política. Recuerden que esta necesidad de renovación ha surgido de las malas experiencias que nos han dejado ARENA, FMLN y el resto de partidos desde la firma de los Acuerdos de Paz. No han sabido convertirse en una opción política viable, con la que la gente se identifique o sienta deseo de pertenecer.

En un país con tantos problemas y necesidades, la participación de la mayor cantidad de personas en la construcción de respuestas es más que necesaria. Los partidos políticos, si quieren mantenerse dentro del ámbito político y recuperar la confianza perdida, deberían renovar sus formas de dirigencia, aumentar la participación en la toma de decisiones y trabajar desde adentro para que sus simpatizantes no tengan que ver hacia otros lados por la decepción que sienten al ver las estructuras arcaicas en que se han convertido.

A pesar del descontento y decepción que la política trae, los ciudadanos no nos podemos dar por vencidos en la lucha por un mejor país. No involucrarse, no ir a votar o comerse la papeleta no es opción si queremos que las cosas cambien. Aunque cueste, hay que explorar y analizar detenidamente las opciones que se nos presenten en las próximas elecciones y votar por los candidatos que de verdad presenten propuestas y no solo palabrería.

No ir a votar o anular el voto lo único que hace es entregarle la decisión al voto duro de cada partido, a ese grupo de personas que muchas veces no piensa y actúa por inercia; o al otro grupo del voto duro, el que tiene un interés específico y no el bienestar común. Sacar adelante a este país no es tarea solo de los partidos políticos. Nos toca involucrarnos a todos.

Carta a los partidos: ¿Miedo de la competencia? De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 26 octubre 2017 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Estimados pilares del status quo:
Ayer se armó una discusión preocupante en la Asamblea Legislativa. Bueno no es la primera y no será la última. La Comisión de Reformas Electorales estaba discutiendo un decreto para regular la transparencia del financiamiento de los partidos, cuando de repente el diputado Mario Tenorio dijo: “Solo los partidos políticos van a ser sujetos a donaciones (…) Movimientos ciudadanos que tienen aspiraciones a participar en elecciones caerían en ilegalidad si reciben donaciones”.

logos MAS y EDHBueno, tal vez no sea tan extraño, tomando en cuenta que Tenorio es directivo de GANA. Pero inmediatamente recibió apoyo nada menos del jefe de fracción de ARENA, Alberto Romero: “Queda completamente prohibido que alguien esté pidiendo financiamiento para un movimiento.” ¡Ordene, mi diputado!

Todos entendimos que estaban hablando del alcalde Bukele, quien luego de su expulsión del FMLN anunció la formación de un movimiento para preparar su candidatura presidencial para el 2019.

¿Tanto miedo le tienen a Bukele, para que de un solo proponen suspendernos el derecho ciudadano de apoyar, incluso con dinero, a quién nos ronca la gana? O más bien: ¿Tanto miedo le tienen a la competencia?

¿Qué se creen los diputados para decir a quién puedo o no puedo hacer donaciones? Como ciudadano decido libremente a quien quiero apoyar y financiar. Puedo donar dinero a mi abuelita, a una iniciativa por salvar a las mariposas, o a una iniciativa ciudadana. Incluso, si fuera loco, al príncipe azul… La única diferencia es: si dono a un partido o a la Cruz Roja puedo deducirlo de mis impuestos.

Por suerte no se atrevieron a meter esta noción en el dictamen sobre el financiamiento de los partidos. Hubieran cometido una inconstitucionalidad. Sin embargo, La Prensa Gráfica tituló el día siguiente: “Movimientos políticos no podrán pedir ni recibir donaciones.” Y explicó en su nota: “Queda prohibido (…), sentenciaron ayer los diputados de diversas fracciones.”

¿Sentenciaron? ¿Acaso los diputados son magistrados de la Corte Suprema y emiten sentencias? Entiendo que los colegas de la Prensa tienen por misión de confrontar al alcalde Bukele. Está bien, a mi tampoco me agrada el hombre, pero con mal periodismo tampoco lo van a detener. Si no, pregunten a Donald Trump…

En serio, señores: Me doy cuenta que Bukele les da miedo, aunque no entiendo por qué. ¿Acaso es super man? ¿O será que les da miedo pensar que no solo Bukele, sino otros ciudadanos, podrán formar movimientos -y en un futuro partidos nuevos- y hacerles competencia? Prohibir que se consoliden –y para consolidarse necesitan fondos y participación ciudadana- solo expresa un interés mezquino de los partidos que no quieren competencia de parte de nuevos movimientos.

El Salvador necesita más competencia en la política, más debate, más apertura, más pluralismo. Para defenderse, analicen las razones por las cuales hay descontento con los partidos establecidos, pero no cometan el error de querer asfixiar a los movimientos ciudadanos emergentes. Van a surgir movimientos peligroso, como el de Bukele, y otros que van a aportar a regenerar la política. Pero ningún movimiento que surja puede ser más peligroso que el intento de ustedes de restringir el derecho a la libre organización y expresión.

Saludos,

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¿Serán? De Cristian Villalta

Alguien debe devolver la decencia a la discusión política; eso incluye decirnos la verdad sobre la viabilidad del país y sobre cuánto nos costará el futuro…

Christian Villalta, director de El Gráfico

Cristian Villalta, 22 octubre 2017 / LA PRENSA GRAFICA

Hay un velo de pesimismo sobre las elecciones, producto de dos nociones tristemente populares en nuestra nación: irrelevancia de la política y corrupción de los políticos.

En la práctica, el ejercicio electoral de 2017 es poco apasionante y su desenlace es predecible. En las legislativas, es imposible que el oficialismo conserve sus números en la Asamblea, aun con lo poco atractiva que es la oferta parlamentaria de su opositor. El desgaste de la imagen del FMLN es incuestionable, y ese es el principal capital de campaña de ARENA, pese a que su fracción ha estado a la altura apenas intermitentemente y a los episodios de locura propagandística de algunas y algunos.

LPGPero eso no significa mucho. Hace dos años y medio, el FMLN consiguió 13 mil votos más que ARENA a escala nacional, y solo el sistema de escaños por residuos le privó de tener fuerzas parejas en el parlamento; de 2018 no saldrá con mejor correlación, pero mientras conviva con GANA o cualquier otro vehículo igual de “voluble”, la aritmética legislativa no variará dramáticamente, al menos en el último año de gobierno (amén) de Sánchez Cerén.

Y sobre las municipales, la única elección de concejos con interés superior al de su municipio será la de San Salvador; gane o pierda la alcaldía, esa noche sabremos finalmente a cuánto asciende el voto duro del FMLN en la ciudad capital, dato de gran utilidad para todo el espectro partidario.

Muchos hablamos de estos eventos con el mismo interés que cuando hablamos del fútbol o del clima, pero con una mezcla de resignación y convicción acerca de lo irrelevante que son esos movimientos en el mando del primer órgano o de la cosa municipal. El sentimiento se multiplica cuando la conversación gira alrededor de la otra elección, la de 2019.

Ya conocemos el guion de la próxima presidencial. A nivel de discurso, “rescatar el país” vs. “defender los cambios”; a nivel emocional, convencer al país que aquella administración fue más ladrona que la mía, y viceversa. Y no más.

No más porque si FMLN y ARENA comienzan a explicarnos sus planes de seguridad, salud y educación para el quinquenio siguiente, no encontraríamos diferencias sustanciales. Sus principales discusiones durante esta década nacieron cuando desde el Estado o se afectaron intereses empresariales tradicionales o se benefició a nuevos capitales en la esfera de influencia del oficialismo. Pero cuando se trata de la gestión del recurso público para aliviar un poco a la población más vulnerable, los matices son ideológicos, puro maquillaje. Entre unos y otros, la represión con desparpajo castrense despierta más pasiones que el vaso de leche.

Por eso es que la política nos interesa cada vez menos. Claro, es culpa de los políticos, de su descaro, de su falta de compromiso y de un etcétera que Guillermo Gallegos alarga cada vez que puede. Pero sobre todo se debe a que la política se alejó tanto de las necesidades de la nación, que no conmueve sino negativamente la vida de la gente.

Alguien debe devolver la decencia a la discusión política; eso incluye decirnos la verdad sobre la viabilidad del país y sobre cuánto nos costará el futuro, y quiénes más ayudarán a la clase media a financiarlo. Pero, ¿serán los políticos?

Salvador Samayoa: “La democracia está funcionando en lo fundamental”

Samayoa muestra su optimismo respecto a la democracia en el país, en medio de un creciente sentimiento contra el sistema político.

Salvador-Samayoa

Guillermo Miranda Cuestas, 6 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

EDH logSalvador Samayoa ha sido protagonista en coyunturas de alta convulsión e inestabilidad política en El Salvador. En su lectura, esta no es una de esas coyunturas. El exministro de Educación de la primera Junta Revolucionaria de Gobierno de 1979 y uno de los máximos representantes del FMLN en el extranjero durante el conflicto armado aprecia con optimismo el estado actual de la democracia salvadoreña y es crítico de quienes dibujan un diagnóstico sombrío para el país.

Recientes encuestas de opinión han mostrado un sentimiento importante de “antipolítica” en El Salvador, entendida esta como un rechazo al sistema político y a las instituciones de representación, incluidos los partidos políticos.

En esta entrevista, quien durante la posguerra integró la reconocida Comisión Nacional de Desarrollo y lideró el Consejo Nacional de Seguridad Pública, señala dos factores principales que potencian la antipolítica. Uno es el aparecimiento de una serie de escándalos de corrupción, que a su juicio es precisamente prueba de los avances institucionales. El segundo factor tiene que ver con un desencanto de “densidad histórica” respecto a la izquierda en el poder. Y aunque aprecia con optimismo el involucramiento de algunos jóvenes al debate político nacional, reconoce que hay una apatía generalizada.

La entrevista surge en el contexto de su cátedra sobre antipolítica de la Escuela Centroamericana de Gobierno y Democracia (ECADE), un proyecto liderado por FUSADES con el apoyo de la Fundación Hanns Seidel de Alemania.

Recién iniciamos un ciclo electoral que se extenderá hasta 2019. ¿Qué tan saludable se encuentra nuestra democracia en estos momentos?

Todo es relativo en esta vida.

Yo veo El Salvador bastante mejor que casi todos los países de la región.

Por ahí la democracia, como alguna vez escribí, sí puede ser una vieja fea y choyuda. Es decir, que toma más tiempo, nos desespera a los ciudadanos y no tiene la cara más linda. Pero yo no tengo la mínima duda de que la democracia está funcionando en todo lo fundamental.

Ha habido importantes embates, intentos de desnaturalizarla, de manipularla -sobre todo en años anteriores. De una manera o de otra, las instituciones han respondido. La libertad y las plataformas de la sociedad civil, que son parte orgánica de la democracia, han funcionado. Y creo que en este momento el sistema de partidos políticos de El Salvador y las instituciones del Estado salvadoreño son más sólidas que en otros países de la región.

También hay alarmas de algunos sectores. La UCA y Álvaro Artiga han dicho que hay un creciente sentimiento de antipolítica y que eso podría deslegitimar al sistema de partidos políticos.

Comparto la apreciación; las dos cosas son ciertas.

Es cierto que el sistema político está relativamente sólido y también es cierto que importantes segmentos de la población no lo ven así y que tienen un desencanto y una actitud agresiva hacia la política, hacia los políticos y hacia los partidos.

Hay sectores y líderes de opinión que yo los llamo “alaracos” porque hacen unas alharacas que de verdad no se corresponden con la realidad.

En varios artículos de opinión he visto que algunos dicen “qué envidia Guatemala” porque la gente está en la calle. Y yo digo: esperate, despacio, no entiendo bien, ¿por qué te da envidia que el otro tiene cáncer y está saliendo a la calle a ver cómo resuelve su cáncer?

Y vos tenés otros achaques distintos -porque sí tenés achaques y dolencias- pero no tenés cáncer. ¿Por qué envidiás el cáncer del vecino? Guatemala tiene un nivel de inestabilidad política y de corrupción absolutamente incomparable con El Salvador.

Nunca oculto las deficiencias de nuestra democracia. De hecho yo era el que más me estaba quejando por el transfuguismo cuando se le sustrajeron diputados al partido ARENA en 2009 y otra vez en 2012 -supongo que con dinero venezolano. De esa manera se burló la voluntad popular. Se habían pasado 11 diputados de un partido a otro en un proceso político complejo.

En Guatemala, el día que se inaugura la legislatura se cambian 40 o 50 diputados de un partido para otro y es lo habitual.

Aquí tenemos un sistema de partidos reconocibles con ideologías y programas reconocibles a los cuales se apegan, más o menos, o de los cuales se apartan, más o menos. Pero hay un punto de referencia. Guatemala tiene una atomización de partidos políticos; son decenas de partidos políticos.

¿Qué hay entonces en el ecosistema que está generando un sentimiento de antipolítica?

Hay dos factores más importantes que otros. Uno es la corrupción, que ahora ha salido más. Por cierto, podemos darle vuelta a ese hecho: qué bien por las instituciones de El Salvador, tanto las del Estado como las de la sociedad civil. Si no funcionaran, ¿cómo demonios habría salido la corrupción a flote?

Pero volviendo al clima antipolítico, la corrupción es ciertamente algo que indigna a la gente, la molesta, la decepciona, la frustra.

El otro factor que está influyendo es que hasta hace 10 años había un importante contingente social, no sé si mayoritario pero muy amplio dentro del espectro político, que tenía una gran esperanza de que cuando gobernara el Frente iban a cambiar cosas muy importantes para la gente y para el país. Mi juicio sintético de los ocho años que van en el gobierno es que esto, simplemente, no ocurrió.

Eso explica el desencanto de mucha gente que durante décadas estuvo pensando que El Salvador podía ser mejor cuando tuviera la oportunidad de gobernar la izquierda. Ahí hay un nivel importante de frustración y alejamiento de los partidos políticos, ocasionado por unos gobiernos decepcionantes del FMLN.

Con el anterior partido de gobierno ARENA había también y todavía hay mucho desencanto. Este es el desgaste normal de los partidos políticos, pero el desencanto con mayor densidad histórica es ahora con el FMLN, aunque en algunos aspectos su gestión no haya sido tan negativa como se expresa en la percepción de la mayoría de la población.

¿Y ese discurso antipolítica surge de quienes confrontan a las cúpulas? ¿Como los diputados de ARENA que renunciaron a sus candidaturas o el alcalde de San Salvador?

No, a ninguno de los dos los considero como un fenómeno típico de antipolítica.

Quizá el que más se parece es el de Johnny Wright, porque él ha tenido un discurso expreso y una posición expresa de salir del partido político y en postularse, no sabemos si lo hará finalmente o no, como independiente.

Para mí, cada persona que se postula como independiente está proclamando que no cree en ningún partido político y, por tanto, no cree en el sistema de partidos políticos. Juan no, al contrario. Juan está haciendo una acción que fortalece la política, no la contraría.

No es antipolítica; es intentar justamente que los partidos sean sólidos, sean creíbles y se queda dentro del partido a luchar por eso.

Screen Shot 2017-10-06 at 9.42.41 PMY en el caso de Nayib, que esté propiciando él mismo su salida del Frente, son sus propios cálculos electorales. Nayib no tiene un discurso antipartido. Nayib cuando salga del FMLN -que saldrá- tardará poco en intentar alcanzar sus aspiraciones personales con otro partido.

Lo de Bukele no es “antipolítica”, es simplemente el juego de un político inmaduro, ambicioso, agrandado, con acentuados rasgos narcisistas y con la falta de paciencia propia de su edad y de su escasa trayectoria y experiencia política. En mi opinión, sus críticas al Frente tienen poca credibilidad, no porque el Frente no tenga algunas de las deficiencias que señala el alcalde, sino porque están deformadas y contaminadas por la deslealtad y el oportunismo.

¿Pero no es un momento en que la decepción contra las cúpulas tradicionales puede sumar apoyos a este tipo de discursos?

Podría generar algunas simpatías si él mantiene ese discurso en contra de los partidos y de las cúpulas. Podría ocurrir como en cualquier parte los outsiders de la política lo han hecho. Efectivamente, capitalizan un momento de cierta frustración social con los partidos y se proclaman como profetas en contra de los partidos y ciertamente pueden tener algún nivel de éxito.

Del lado de la ciudadanía, ¿ve intenciones de involucrarse y mejorar el sistema o de deslegitimarlo?

Ambos. Veo protagonismos bastante sanos y movimiento y organizaciones de la así llamada -muchas veces mal llamada- sociedad civil. Veo movimientos de buenas intenciones, coadyuvantes, complementarios, que basan su valor en exigir a las instituciones y no en ponerles una carga de dinamita; que basan su movimiento en exigirles a los partidos y no de ir en contra del sistema de partidos.

Y veo también, en la sociedad civil y sobre todo en ciertos líderes de opinión, expresiones claramente antipolíticas, nítidamente antipolíticas. Y dentro del continente social de los partidos que vota por los partidos, que no quiere que haya partidos, a veces el nivel y la forma de la crítica tiene unas expresiones de inmadurez y de alharaca muy grande.

¿Algún caso en particular que muestre esta actitud?

Te voy a poner un ejemplo que ha estado muy presente en la vida nacional.

Algunos dicen que qué mal estamos y qué mal está la democracia y en qué grave peligro está la democracia porque el FMLN y la dirección del FMLN y Medardo González, cada vez que pueden, echan una diatriba contra las resoluciones de la Sala de lo Constitucional.

Yo digo: ¡qué bien estamos! ¿Qué expresa este nivel? Expresa que tienen molestia, el Órgano Ejecutivo y el poder político tienen molestia con el Órgano Judicial. ¿Y qué significa que tienen molestia? Que son independientes.

¿Y cuál es la esencia de la democracia? Que tengamos poderes independientes.

Entonces, los berrinches del FMLN los veo como una confirmación y muestra de lo saludable que tenemos la democracia y no como lo contrario, como lo ve mucha gente. ¿Y por qué no se puede hacer el berrinche? ¿Cuál es el problema si tenemos libertad de expresión? Si no acataran las sentencias, si crearan una crisis de Estado, eso sería un problema diferente.

Ahí sí compartiría la tesis de que qué mal, amenazada y precaria está la democracia. ¡Pero no es el caso! Las mismas cosas pueden ser materia de opiniones, no solo distintas sino que incluso contrarias.

Suelo decir que nosotros lo que tenemos son problemas de desarrollo de la democracia. Antes lo que teníamos eran problemas de falta de democracia.

Son problemas de naturalezas diferente. La sociedad civil hace cosas importantes en pro del sistema y tiene elementos de antipolítica que muchas veces son reacciones bastante exageradas y desajustadas. Reacciones que justamente no comprenden la democracia.

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Mientras usted ve esperanza y avances en el agregado, más allá de los retrocesos, hay otros que ven un futuro incierto. Particularmente en este ciclo electoral en donde puede haber una ausencia de Sala de lo Constitucional por muchos meses. ¿Es esto una percepción alarmista? ¿Es compatible que la sociedad vaya más o menos bien y luego haya un retroceso sustantivo?

Si de verdad va más o menos bien no va a haber un retroceso sustantivo. Uno de los dos calificativos va estar mal; o no es sustantivo el retroceso o no estaba tan bien, pero las dos cosas a la vez no creo que puedan ocurrir. Insisto en que hay mucho nivel de ansiedad, mucho nivel de alharaca y mucho nivel de coyunturalismo.

Recuerdo perfectamente una vez que estaba en un grupo de 30 o 40 personas y se atrasaban diciendo que iban a destituir a los magistrados de la Sala y que era el acabóse, el fin del Estado de Derecho y el golpe de Estado. Después de una hora y media que hablaron casi todos, alguien me preguntó que qué iba a pasar; y no en minoría, sino en soledad absoluta, dije: nada, no va a pasar nada, están equivocados todos. Y no pasó nada.

Igual ahora, para algunos era absolutamente imposible que ocurriera el acuerdo de pensiones. Yo no lo veía imposible. Es más, estaba seguro de que iba ocurrir lo que ocurrió.

¿Que podríamos tener un bache, un impasse, en el próximo año según salga la correlación de fuerzas en la Asamblea Legislativa? Sí, podríamos tener un impasse, un bache, un atraso en elegir Sala de lo Constitucional.

La primera Sala de lo Constitucional que se eligió con la nueva normativa después de los Acuerdo de Paz y de la reforma constitucional tardó dos meses también. Pero yo no veo que vaya a ser un problema inmanejable en ningún sentido.

Cuando se iba a elegir el fiscal anterior era una cosa que se caía el cielo y la tierra. Eligieron tarde pero eligieron un fiscal que creo que ha estado mejor que los anteriores, para ponerlo de esa manera.

Siempre digo que en política las cosas, y sobre todo los acuerdos y las soluciones realmente importantes, se hacen siempre faltando cinco para las 12. Lo que pasa que tú vas a encontrar mucha gente que desde las 11:15 ya tiene un nivel de ansiedad y de histeria increíble.

Me preocupa, más que ese tema de la Sala, que las elecciones salgan con un nivel de desorganización y por tanto de falta de credibilidad parecido al de 2015. Eso me preocupa más. Ahí sí estaríamos hablando, sobretodo por ser dos ocasiones continuas, de un problema importante porque justamente se trata de la legitimidad del poder emanado de las urna, que es la esencia y almendra de la democracia.

Desde la firma de los Acuerdos de Paz, El Salvador ha tenido todos los problemas que vos le querrás poner pero hay uno que jamás ha tenido y es justamente este. Puede haber berrinches y cosas pero no ha estado en discusión seria el poder emanado de las urnas.

En cambio, si empieza a haber un problema, caos y desorganización como el que hubo que 2015 es preocupante. Y desde luego, esta Sala de lo Constitucional que va a terminar en 2018 ha creado un precedente complicado, porque ha habido una línea de excesiva interpretación y de habitual desapego a los sentidos más obvios y a los significados más claros de la letra misma. La interpretación debe sobrevenir cuando la letra no es clara; pero cuando es clara la letra, no.

Creo que una Sala que ha interpretado tanto y que ha puesto tantos principios exógenos a la voluntad misma del legislador ha creado un precedente complicado. Estos por lo menos son decentes -los cinco que había y los cinco que hay. Si nos llega a salir una Sala de lo Constitucional con gente que no ha sido tan decente, con este precedente, será complicado.

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En un documental usted dijo que hace 30 años los jóvenes se hicieron cargo del país, más allá de las valoraciones sobre las decisiones tomadas. Hoy se habla de que los jóvenes están alejados de la política. ¿Cómo se logra un repunte de mayor compromiso y protagonismo en un contexto en el que los políticos son sinónimos de decepción en la opinión pública?

Francamente no lo sé. Parece que es un fenómeno de épocas. Hay épocas que son más espirituales, más intelectuales, y épocas que son menos en esa dirección. Por ejemplo, a unos jóvenes que dicen que todo está mal y no se meten a tratar de arreglarlo no los comprendo.

Pero me preguntas qué habría qué hacer con esos jóvenes, no lo sé. Están completamente aburguesados, acomodados, dan por garantizada toda su vida y por alguna razón no ven que tengan un rol en meterse a cambiar las cosas. Pero aún eso está cambiando.

Veo una media docena de expresiones de jóvenes desde hace tres, cuatro, cinco, seis años. Los veo que comienzan a estar muy involucrados, a pensar sistemática, periódica y ordinariamente sobre la política, sobre los problemas del país.

Se ven, por ejemplo, en las páginas de este Diario. Sinceramente, no es porque yo esté en El Diario de Hoy, pero veo mejor esta plataforma que otras. No es la única, pero si tú anotas la cantidad de jóvenes que están comenzando a escribir periódicamente se observa algo importante. Por supuesto no todos son buenos, pero no todos los viejos son buenos tampoco. Entonces veo expresiones de compromiso de jóvenes ahora más que hace 10 o 15 años. Pero en general sigue siendo válido decir que hay una apatía.

¿En qué se evidencia esta apatía?

Lo ves en las cifras de muchachos que iban a cumplir años a tiempo para votar en 2018 y que podían, aún no habiendo cumplido años, tener la prerrogativa de estar en el registro del padrón electoral y no la utilizaron.

La mayor parte de los que tenían esa prerrogativa no les interesó, siendo un trámite tan sencillo. Entonces a nivel sociológico el fenómeno dominante sigue siendo apatía, como forma de expresión del desencanto y no de luchar para cambiar las cosas.

Realidad, no populismo. De Erika Saldaña

Los candidatos o precandidatos para cualquier puesto público tienen que darle un cambio de dirección total a la forma de hacer política, para que eventualmente tengamos un gobierno que no solo prometa, sino que funcione.

erika saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 11 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Aunque muchos no queramos, el periodo electoral ha iniciado. En medio del mar de promesas que empiezan a surgir está el hartazgo de la ciudadanía sobre la forma tradicional de hacer política en El Salvador. Esa apatía es alimentada por los asesores de muchos candidatos, quienes tienen como credo de campaña que el contenido es irrelevante si logran hacer el ruido suficiente; una foto en portada o viralizada en redes sociales vale más que diez propuestas de políticas públicas bien elaboradas.

Los políticos saben que el populismo ha sido la forma de ganar las elecciones en el pasado. Regalar promocionales, prometer cosas que en la realidad son imposibles, gobernar sin un plan específico y deslegitimar al contrincante han sido EDH loglas estrategias de muchos. Y la falta de educación de la población ha colaborado a que el populismo partidista sea receta para alcanzar el poder. Pocos han comprendido que esta forma de hacer política no solo es vacía y hasta absurda, sino que causa un grave daño a la democracia de un país.

La ola populista surge como respuesta a la incapacidad de los políticos a brindar soluciones realistas a los problemas que aquejan a la ciudadanía. Los populistas prometen lo inasequible, el placebo temporal, sin considerar los costos o el déficit que generarán sus propuestas. Los populistas dicen lo que la gente quiere escuchar, aunque sean cuestiones inviables. ¿Quién no quiere recibir una pensión más alta? ¿Quién no quiere que regalen uniformes y zapatos para sus hijos? Pero nadie nos dice de donde saldrá el dinero para financiarlas, ni si estas acciones de verdad están ayudando a minimizar el problema principal.

No solo necesitamos campañas y políticos con una retórica política persuasiva que devuelva la ilusión a una ciudadanía; es urgente que los políticos construyan los cimientos de esa ilusión, que tengan ideas y planes concretos sobre la forma en que resolverán los problemas de la población, así como un equipo con capacidad de ejecución. Los candidatos o precandidatos (irrelevante el nombre cuando se conocen sus intenciones) para cualquier puesto público tienen que darle un cambio de dirección total a la forma de hacer política, para que eventualmente tengamos un gobierno que no solo prometa sino que funcione.

Necesitamos gente que sepa dirigir y ser líderes para el país; pero también, urge que esas personas tengan ideas claras, al mejor grupo de expertos para elaborarlas y ejecutarlas, y la capacidad política de negociar consensos entre las distintas fuerzas políticas. Necesitamos personas que tengan la habilidad de escuchar críticas o las buenas ideas de la contraparte, que dejen a un lado el ego político y la manía de desprestigiar a todo aquel que piense distinto. Lo contrario terminará de hundir a la ya desgastada política salvadoreña.

En El Salvador abundan los grupos políticos preocupados por sus intereses y ajenos de la realidad que vive la mayoría. Se adjudican la voz del pueblo cuando poco conocen la precaria realidad que estas personas tienen que vivir con un dólar al día, cuyos hijos van a escuelas sin agua y hacen hazañas para llevar comida a su casa. No tienen como prioridad identificar problemas reales, elaborar respuestas realistas, ejecutar proyectos ni medir consecuencias; lo único que tienen en mente es ganar.

La política partidaria ya llegó a un punto muerto, pues los políticos carecen de credibilidad ante la mayoría de la población. No hemos hecho nada por construir un debate público decente. Ahora necesitamos un cambio radical que les permita ir convenciendo poco a poco a la ciudadanía que no son más de lo mismo; y esto solo lo podrán hacer políticos y políticas públicas enfocados en resolver problemas y no solo en ganar una elección. No se conviertan en cómplices del decaimiento de la democracia. Elevar el nivel de discurso político y que este sirva para ayudar al país necesita la colaboración de los políticos que proponen y de una ciudadanía más activa que escuche.