Cristian Villalta

La cháchara. De Cristian Villalta

A nuestro gobierno no hay que creerle ni la incapacidad. Si parece que varios diputados del FMLN, así como algunos ministros, no conectan con la población y no tienen sensibilidad en temas delicados de la agenda pública, no hay que tomárselo de modo literal.

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 30 julio 2017 / LPG

La intervención del presidente de la república a media semana pareció prueba final de una desconexión con la población. Creer que los salvadoreños abrazaremos mensajes de siniestra ambigüedad es ignorar nuestra historia moderna, la inercia de esta época, y abstraerse de las conquistas en materia de separación de poderes y orden constitucional que la sociedad, Frente incluido, debería considerar orgullosamente suyas. Pero ¿qué hubo de auténtico en esas palabras?

LPGNo estoy discutiendo que el partido oficial ha perdido la huella de muchos de sus votantes, que no encuentra el rastro de la izquierda académica, que rompió sus vasos comunicantes con la clase media. Ese divorcio paulatino con el interés de la mayoría, por obvio que este sea, es resentido cada cinco o 10 años por cientos de miles de votantes que desprecian a aquellos a quienes eligieron como sus representantes en el Ejecutivo. Esa ha sido la dinámica de nuestra vida política en democracia. Tal divorcio ocurre no porque los políticos sean todos corruptibles o el poder esencialmente corrupto, sino porque a más tiempo en el Gobierno, más ideología y menos pensamiento.

Lo vimos con ARENA, que aún no se recupera de sus años en el poder, y ahora con el FMLN: el pensamiento es sustituido por la ideología. Y no ideología de derecha o izquierda, sino a una versión menor y menos digna, que es la pura mentalidad ideológica, es decir, una visión sin filosofía ni metafísica ni cosa alguna que la respalde que reemplaza el razonamiento por eslóganes y descalificaciones, y que no aspira sino a la conservación del estado de las cosas y a simular lo políticamente correcto.

Si sumamos las declaraciones brindadas esta semana por Sánchez Cerén, Mata Bennett, Lorena Peña y Roberto Lorenzana, voceros representativos del oficialismo, establecemos rápidamente la naturaleza del contenido, la lógica del método y el tenor de los meses que vienen. Y toda la narrativa gubernamental puede resumirse como patrañas.

Denominador común en sus discursos, se simplifica la insolvencia de nuestro sistema previsional, reduciendo un problema multidisciplinario a mera agenda arenera de los magistrados de la Sala de lo Constitucional; ni el más militante de los dirigentes del FMLN se cree ese argumento, reduccionismo de cátedra. Y sobre esa base, cada uno puso algo de su cosecha personal: manierismos revolucionarios poco creíbles en el doctor Mata, sarcasmo bien logrado en la diputada Peña, casi marasmo emocional en Sánchez y nada en Lorenzana.

¿Por qué el partido en el Gobierno no quiere pasar de la cháchara ideologizante en el tema de las pensiones? Quizá porque considera que poner el énfasis en la retórica contra las AFP y sus propietarios es más conveniente en estos tiempos electorales, le permite reconectar con su votante duro a través de una neocruzada contra el capitalismo y echar mano del resto de páginas del manual de Martita Harnecker. Y todo eso mientras el futuro de los jubilados de hoy y mañana es cada vez más negro.

Talvez en otra época habríamos aplaudido este derroche de pragmatismo, pero a aquellos en el FMLN que camuflan la independencia y fuerza de su pensamiento, acomodados entre lo que han acumulado y la aprobación de sus mentores, solo cabe reclamarles por su inacción y silencio. Sería preferible tener incapaces auténticos a gente inteligente pero domesticada y cobarde.

La viruta. De Cristian Villalta

Hay gente cuyo negocio es que el país siga dividido y discutiendo estupideces.

Cristian Villalta, 18 junio 2017 / LPG

Semana a semana, todo parece vuelto del revés en nuestro país: los temas de los que se habla, las gentes que hablan de esos temas, la irrelevancia de los políticos, la ambigüedad ética de algunos sectores de renta alta y la trivialización del desangramiento del país de parte del Gobierno. Todo y todos parecen moverse en la superficie, sin hincarle diente a los problemas que comprometen el futuro de la nación salvadoreña.

Esto nos ocurre no solo porque en esta época el común de las gentes seamos mentalmente perezosas, malamente educadas, fácilmente alienables, sino por el influjo de nuestra nacionalidad, que gracias al autoritarismo soportado durante siglos es una que desprecia la razón y abraza sus apetitos automáticamente, entre ellos por la discriminación y el maniqueísmo.

Esa naturaleza que nos empuja a dividirnos y a canibalizarnos se mantiene activa y al servicio de intereses sectarios fácilmente identificados, merced del trabajo de una superestructura que mantiene distraído al país; es una industria floreciente de opinadores y lobbistas incrustada en el mainstream y en el mundillo digital.

Todo ese culebrón garantiza un nivel dialéctico pobre, mísero, en el cual tanto los políticos de viejo cuño como una nueva casta de andróginos ideológicos se sientan cómodos.

Sacudiéndose esa viruta, el país debe organizarse y dejar de perder el tiempo. Para conseguirlo, es condición sine que non que la conciencia ciudadana despierte y encuentre voceros auténticos, no expresión civil de los mismos poderes tradicionales.

Sin una ciudadanía activa, la discusión sobre los temas urgentes quedará en manos de unos pocos, gente que aún operando en la oscuridad del financiamiento político ha quedado expuesta como egoísta, incapaz y de pobre criterio. Ellos y sus empleados en partidos políticos e instituciones civiles o del Estado no son garantía de futuro.

¿De qué tenemos que hablar? De recaudación fiscal y de combate a la marginalidad. Si dentro de un siglo aún existe un país llamado El Salvador, entonces se podrá hablar de otros temas, pero hoy es eso y nada más.

Eso no significa que la necesidad de limpiar la administración pública sea secundaria, tampoco que nos resignamos a que ese debate continúe monopolizado precisamente por los dos partidos que permitieron la defraudación del erario hasta convertirla en un sistema.

Pero hay un montón de preocupaciones de la cotidianidad nacional que se resuelven solo con instituciones fuertes, financieramente fortalecidas. Red hospitalaria paupérrima, escuelas sin pupitres, fiscales sin soporte logístico, policías conduciendo chatarra… todos esos temas llevan al de la recaudación fiscal.

Todos aquellos que aspiran a un cargo de elección popular deberían responder las preguntas relativas a ese sino de buenas a primeras, antes de aspirar a precandidaturas partidarias: si se entiende que el Estado necesita recaudar más para invertir en la nación y honrar deudas, ¿cuánto de mi patrimonio, de mis ahorros, de mis utilidades estoy dispuesto a tributar? ¿Ese monto me parece ético? ¿Creo que otros salvadoreños deben aportar más? ¿Quiénes?

Si no adoptan posición sobre ese tema, si les parece incómodo, si creen que eso deben hablarlo en privado, no son los funcionarios que el país necesita para sobrevivir.

Mucho menos lo son si no plantean ideas puntuales contra la marginalidad que vayan más allá de algunas frases de Paulo Coelho o la teoría del rebalse. Si bien su gente no es el único capital de El Salvador, sin ella esto será solo un solar sin amor ni esperanza.

La bola. De Cristian Villalta

La lógica que lleva del sueldo al sobresueldo es la misma que lleva de la democracia a la cleptocracia.

Cristian Villalta, 4 junio 2017 / LPG

Pagamos los colegios de sus hijos, la gasolina de sus carros, la cuota de sus casas, las prestaciones de su personal, su seguro médico y sus viajes. Así fue durante dos décadas y contando.

Lo hicimos mitad sabiendo y mitad a ciegas, porque en muchos casos solo asumíamos que se les pagaba, y bien, no que recibían un dinero extra “porque esa ha sido la costumbre”.

Nunca se nos cruzó por la cabeza que desde sus pininos tras Chapultepec, nuestra democracia nos iba a costar tanto efectivo. La corazonada de tener una Corte de Cuentas inútil era fuerte, pero no la de que también fuera cómplice. Y ni al corazón salvadoreño más envenenado se le habría ocurrido que durante dos décadas, la Presidencia de la República llevaba doble contabilidad.

De haberlo sabido, habríamos entendido por qué el presupuesto siempre está desbalanceado.

De haberlo sabido, habríamos exigido mejores ministros en esas administraciones, mejores procuradores, mejores superintendentes, gente valiosa por la que las transnacionales estuvieran pujando, y no esa colección de Gargantúas y Pantagrueles.

De haberlo sabido, quizá el afán de meterse al círculo del cacique de turno que personajes de la vida política y empresarial por igual demostraron desde entonces nos habría parecido un gramo menos asqueroso.

Es que con la muletilla esa de la gobernabilidad, paulatinamente la Presidencia salvadoreña fue ampliando el espectro de profesionales que estaban bajo la sombrilla del sobresueldo y del salario secreto, hasta superar el último pudor: mantener en ese régimen a ciudadanos que ni siquieran trabajaban para el Gobierno.

El reparto llegó a ser tal, tan indiscriminado, que la democracia se convirtió en cleptocracia; en consecuencia, ese soborno perdió su carácter inicialmente político, su valor como herramienta para el cohecho quirúrgico, y pasó a ser una moneda de curso regular entre una nueva clase de ciudadano, una nueva casta.

Con lo que ese grupo recibía en efectivo, en planchados billetes de cien dólares, les alcanzó para vivir bien; con el resto, es decir, lo que declaraban ante el Ministerio de Hacienda, alcanzó para invertir en bienes raíces, autos de lujo y participar en algunos emprendimientos.

No eran nuevos ricos, sino una suma de tecnócratas de difusa orientación ideológica; su irrupción en la vida nacional fue meteórica, y su operación política y su vocería primero al servicio del partido y al final solo al de Elías Saca fue suficientemente visible. Ahora, huérfanos de padrino, buscan otro señor. Nadie les desea suerte.

Pero hace ocho años, esa variante del reclutamiento y control político era sexi, y el proyecto que llevó a la izquierda por primera vez al Ejecutivo quiso lo mismo. Solo hubo que leer el manual…

¿Cuántos de los asalariados secretos del gobierno de Saca habrán mudado al del primero del FMLN? ¿Quiénes fueron? ¿Sus acciones cotizaron al alza o a la baja? ¿Alguno ha sido tan obediente y útil como para seguir cobrando en esta administración?

Como se ve, el caso que ahora ocupa al fiscal no se trata solo de malversación, peculado y cohecho, sino de abrirle las tripas a esa bestia abusiva que ha sido la política partidaria en El Salvador. Eso, en lo que toca a los corruptores.

A los corrompidos, a los que recibieron sobresueldos, basta con que se divulgue sus nombres y se les haga pagar retroactivamente la renta no declarada. Es lo menos que se merece esa bola de mantenidos.

Perdedores. De Cristian Villalta

Nuestro talento diplomático para apoyar causas perdidas no es casualidad.

Cristian Villalta, 7 mayo 2017 / LPG

La diplomacia puede ser más cochina que la política, y ni se diga cuando duermen en la misma cama.

Uno de los ejemplos más infames es el de la invasión japonesa a China en 1931 y el nacimiento del Gran Imperio de Manchuria.

Para decirlo rápido, Japón saboteó un proyecto ferroviario de su propiedad ubicado en China, justificó una invasión al sur de ese país y fundó en ese territorio un Estado títere al que durante 12 años se conoció como Manchuria.

La maniobra japonesa, pobremente ejecutada, recibió unánime repudio internacional. Así, aunque instalado en 1932, el Estado manchú no fue reconocido por otras naciones sino hasta 1934, apenas por dos: Japón, con absoluta lógica, y El Salvador, con aparentemente ninguna.

¿Qué llevó a El Salvador, entonces poco más que una hacienda de credo anticomunista con pretensiones urbanísticas, a respaldar aquel acto de horrible intervencionismo imperialista? Aunque sucesivos exégetas le han atribuido el episodio a la locura o a la ignorancia de Maximiliano Hernández Martínez, la anécdota se somete a un reconocible patrón de la administración del dictador.

Ese mismo gobierno se declaró admirador del franquismo, del nacional socialismo alemán y del nacionalismo italiano en la preguerra, y no renegó de su germanofilia sino hasta la entrada en hostilidades de Estados Unidos; en efecto, Martínez era un admirador del fascismo y de un modo estúpido alineó internacionalmente a El Salvador en esa dirección siguiendo sus personales inclinaciones ideológicas, sin advertir cuál era el pulso del concierto político internacional.

Aunque desmemoriada, nuestra patria conserva resabios de aquellos hechos, particularmente la micromentalidad de nuestros políticos, que se movió apenas milímetros con el advenimiento de la democracia.

Si la adhesión a Taiwán, país tan en boga durante las administraciones areneras, era de difícil comprensión, igual lo es ahora la militancia del partido oficial con su par venezolano; denominador común de ambos casos es que a la raíz de tal simpatía se privilegió un interés sectario sobre un interés nacional.

Entre 1989 y 2009, ¿quién ganó más de la relación con el Gobierno taiwanés: la nación o el partido ARENA? ¿Por qué sacrificar una prometedora relación con la economía china a cambio de alinearnos con un país tan lejos de nuestra área de intereses geopolíticos? ¿Para hacer bloque con Kiribati, Tuvalu, Burkina Faso y Nicaragua?

Y ahora, es el FMLN el que mete a El Salvador en la fila de los perdedores, apoyando públicamente al régimen de Nicolás Maduro, con manifestaciones que oscilan entre el sonambulismo del canciller Luis Martínez y lo cantinflesco del “Diablito”.

La inversión de papeles de nuestros actores políticos es oprobiosa: mientras en su discurso el FMLN reduce lo que sucede en las calles venezolanas a montaje financiado por la derecha internacional y matiza sobre la violación sistemática de las garantías constitucionales en ese país, ahora es ARENA el que apologiza contra la represión de Estado y la infamia del apresamiento político. El mundo al revés.

No hay modo civilizado de justificar la represión contra civiles. No hay dispensa para los gorilas de antes ni de ahora, hayan llevado o lleven un tocado rojo o uno verde. Todo aquel que lo pretenda matizar es un leguleyo perfumado, un cínico, un político de poca monta, nunca un demócrata.

La tarifa pagada por Taiwán por los servicios de aquel oficialismo aún no ha sido calculada; en el caso venezolano, sí sabemos que usar a El Salvador como sirviente en los pasillos diplomáticos cuesta poco más de $800 millones, y que la factura apesta a gasolina.

El funcionario. De Cristian Villalta

No soy fan de Sigfrido Reyes.

Cristian Villalta, 23 abril 2017 / LPG

Pese a que coincidimos en el gusto por las artes plásticas y la aspiración al cosmopolitismo, creo que es uno de los funcionarios públicos con peor actitud de la última década.

Por actitud no me refiero a que se haga el simpático cuando lo entrevistan o a que sea de los hipócritas que aparecen besando a niños en las campañas electorales.

Lo suyo no es un problema de histrionismo, sino de intolerancia. Más que ninguno de sus colegas de los dos gobiernos del FMLN, Reyes exhibió cada vez que pudo su incapacidad para manejar el disenso y la crítica, con expresiones groseras contra quien fuera, desde políticos de otros partidos hasta embajadores en el país, funcionarios del Órgano Judicial, analistas de distintos sabores y periodistas. Hasta Medardo González, que no tiene un don de gentes, eh, profuso, ha sido más diplomático que el presidente de PROESA.

En su esfera personal, cualquier salvadoreño puede descalificar a quien sea, ser intolerante a otros credos, discriminar por orientaciones sexuales y cultivar el odio. Pero cuando se vive de la función pública, aun si uno es profundamente antidemócrata, debe disimularlo.

A diferencia de esta regla de ordinario sentido común, Reyes y muchos de sus compañeros del partido oficial han dado rienda suelta a un apetito común: exhibir su desprecio por los que piensan diferente, como si todos los que cuestionan su trabajo y preguntan por sus actuaciones fueran execrables criaturas del infierno.

Cuando se ha vivido una década como empleado del servicio público, y cuando se ha construido un patrimonio familiar merced de la generosidad del erario que todos los contribuyentes alimentan con sus impuestos, ser humilde ante la crítica y apoyar con entusiasmo la transparencia no debería ser opcional.

La actitud de Reyes ha ido precisamente en la dirección contraria, y por eso se convirtió en un personaje impopular; era lógico luego de todos los denuestos que repartió en los últimos años y de publicitar más su apoyo a algunas causas internacionales que a las necesidades de la ciudadanía.

Pero solidario con uno de sus cuadros más fieles, el FMLN lo protegió, ofreciéndole una cartera que le garantizara bajo perfil, ser representante gubernamental en la esfera internacional y un salario superior al del presidente de la república.

En lugar de la exposición pública y los repetidos cuestionamientos periodísticos que sufrió como presidente de la Asamblea Legislativa, como cabeza de PROESA nadie le hace tantas preguntas, ni se cuestiona por qué no hay una sola acta de su consejo directivo en el portal de transparencia.

¿Reyes era el hombre ideal para ese trabajo? Quizá… ¿Ese era el trabajo ideal para Reyes? Obviamente no, porque esta semana el Gobierno enmienda los términos y le agrega un inesperado carácter diplomático, con hartos beneficios derivados.

Si el exdiputado tiene todos sus papeles en orden y la investigación que Probidad de la Corte Suprema de Justicia le sigue por presunto enriquecimiento ilícito le es favorable, debemos interpretar ese cambio de diseño de su cargo como solo otra consideración de sus padrinos en el FMLN.

Cualquier otro resultado del proceso que se le sigue, en cambio, nos obligará a aceptar que el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional ha copiado otro de los rasgos que tanto le criticó a la derecha política, uno de los más odiosos: darle más valor a la militancia que a la decencia.

Un partido político puede sobrevivir por más antipáticos, desubicados y socialmente inválidos que sean sus dirigentes; de lo que no puede salir ileso es de una epidemia de inmoralidad.

Presidenciables. De Cristian Villalta

La falta de liderazgo que sufre El Salvador no se resuelve haciendo un casting.

Cristian Villalta, 9 abril 2017 / LPG

Esa es la diferencia entre los partidos y los intereses nacionales: los institutos políticos a la usanza cuscacriolla solo sirven para pelear elecciones y recibir donaciones de círculos insospechados. Si su utilidad fuese producir pensamiento, ser cronistas de un real empoderamiento ciudadano o discutir inteligentemente los temas urgentes de la agenda nacional, tendríamos de sus cúpulas contenido y no viruta.

No es casualidad que en una de las semanas más delicadas para el oficialismo, que incluyó su declaración de en impago y la transformación de la vida política de Óscar Ortiz en el show de Tres Patines, emerjan las diferencias entre el secretario general del FMLN y el candidato a alcalde de San Salvador. Y tampoco es casualidad que ese guion apasione más a un segmento importante de la ciudadanía, periodismo incluido, que el paralelo desarrollo de temas tan delicados para ese partido como el posible concurso de dineros calientes en la campaña 2009, o la naturaleza de los tratos entre el vicepresidente y Adán Salazar.

La reverencia que nuestra sociedad le ha profesado a políticos, funcionarios y diputados, alentada desde el mainstream, es difícil de tragar. A falta de farándula local, de grandes figuras deportivas y de realeza (aunque Elías Saca creyera lo contrario), tenemos a los zares de la izquierda y de la derecha hablando sobre todo lo que se mueve, inundando los espacios de opinión y contando chistes en la radio a la hora del desayuno. Y de entre esa tropa de personalidades, nada seduce más a los salvadoreños que escuchar a “los presidenciables”.

Quizá tenga que ver con que somos una sociedad de paternidades frágiles, o con cómo se reconstruyó el tejido económico y social después del despojo de los ejidos, o con que cada vez somos menos inteligentes como nación y creemos posible que uno solo de nosotros catalizará los problemas de todos… con independencia de los motivos, tenemos una enfermiza predisposición al cacicazgo. Por eso, saber quién es el próximo presidenciable del FMLN o de ARENA despierta tanto entusiasmo, acaso más que el mismo ejercicio electoral.

Una vez descartada la opción de estar a la altura de las circunstancias, lo cual en el caso del FMLN esta semana habría consistido en emplazar públicamente al mismo Óscar Ortiz y pronunciarse sobre el impago del Gobierno, y asumido el storytelling con Medardo en plan mala madrastra, uno solo puede preguntarse si las principales energías y conducción del FMLN de las próximas semanas se enfocarán en la sobreactuada inmolación del secretario o en los primeros mates del “presidenciable” (uno de los dos Martínez, pues), pese a que la administración del Estado pase ahorita por su más amargo quo vadis.

La pregunta es válida toda vez que al otro lado de la acera la lista de presidenciables ya creció… ya hay uno. Y volvemos a lo mismo, a la foto antes que el programa, a las maneras antes que al contenido, al curso Open English para Ganarle al Frente. Si la derecha aspira a regresar al poder, descartado que tenga en sus filas al líder que la nación necesita –tolerante, con posiciones contemporáneas sobre los temas más sensibles, uno que al decir “nosotros” se refiera a millones, no a siete amiguetes–, al menos debe enfocarse en que el ungido de turno se vea auténtico al abrazar a las vendedoras y al chinear a los cipotes.

Solo luces y cámara. Porque de acción, nada.

La máquina. De Cristian Villalta

Ese dinero no volverá. Ninguno de esos centavos, de esos millones de dólares que exfuncionarios de distinto cuño le robaron a la ciudadanía regresará. Y si vuelven, serán solo centavos.

Cristian Villalta, 26 marzo 2017 / LPG

Así pues, el ejercicio que sigue ocupando buena parte de los esfuerzos de la Fiscalía General de la República tiene como propósito la reparación a las arcas públicas solo como figura retórica, como esa metáfora más veces amarga que dulce a la que llamamos justicia.

El principal valor de ese afán institucional es que los ciudadanos conozcamos la verdad de esos desfalcos, si tales prácticas fueron posibles además de por la calaña de los indiciados gracias a la existencia de un método.

Si hubo un método para despojar al Estado y beneficiar a particulares, entonces hubo un sistema que al menos lo permitió; si ese sistema existe, instalado en el aparato gubernamental, es porque hay una cultura de desprecio al interés público.

Talvez de las eventuales condenas a esos personajes derive una convicción ciudadana más firme y menos distraída sobre la naturaleza del poder político y su estatus como antípoda de la sociedad civil.

Consciente de esta posibilidad, el partido en el Gobierno y sus ujieres –algunos de ellos enfundados en la camisa de ARENA– hacen lo imposible para popularizar otra noción, la de que la justicia que pregona la contraloría a través de los casos de los últimos dos expresidentes es una vulgar vendetta política, y que la Fiscalía salvadoreña es una locomotora, una máquina de tripas al rojo vivo, con insaciable apetito por la destrucción.

En esa descalificación del trabajo fiscal, Elías Saca y Mauricio Funes gozan de impredecibles aliados: los enemigos que dejaron en la esfera política, en los medios de comunicación y el a veces chabacano manejo de la información de la misma FGR. Entre ellos, rebajan la discusión de estos casos al campo de la politiquería nacional, y transforman el análisis de lo sucedido en una carrera de insultos divertidos, la más salvadoreña de las virguerías.

La celeridad y facilidad con la que se pasa de la información a la opinión y de la opinión a la celebración de un resultado penal cuando los juicios no han superado la instrucción –o ni siquiera se han abierto– es de mal gusto tratándose de funcionarios de elección popular, increíble cuando proviene de profesionales del derecho, e imperdonable viniendo de informadores o periodistas.

El mal disimulado encono que se le tiene a uno o a otro expresidente en esas esferas facilita la confusión del ciudadano. Es una lástima que el énfasis no se ponga en la justicia que todos queremos, sino en la venganza que unos pocos necesitan.

Igual pasa con la política de comunicaciones de la Fiscalía, que si bien ya no raya en el culto a la personalidad característico de la administración de Luis Martínez, cae más veces de lo necesario en un exceso de detalles que, si no es en manos de un juez, solo sirven para alimentar el morbo y manipular a la opinión pública. Tal práctica es irresponsable per se y ni se diga en casos a los que la volátil opinión ciudadana es tan susceptible como los de la corrupción de los primeros funcionarios del Estado.

Tan urgente es desarmar esta máquina como aquella: la del linchamiento figurado como la del despojo del erario. Queremos la verdad, no brujas en una hoguera.