Cristian Villalta

Preguntas. De Cristian Villalta

17 febrero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Dos maldiciones persiguen a nuestro pueblo, la pobreza y el autoritarismo. Hijas putativas de la acumulación y el despojo, nos empujaron en la centuria pasada a un genocidio y a una guerra civil.

En este siglo, la apertura democrática le cerró muchos grifos al autoritarismo, que ahora se ceba de modo exclusivo con la juventud de renta baja, reducida a unas condiciones de exclusión y represión que no tienen nada que envidiarles a las de hace 40 años.

La fractura que el autoritarismo dejó en la convivencia nacional no se reduce a los más que latentes modos de nuestros cuerpos de seguridad; la posibilidad de que un poder, generalmente el del Estado, no sólo pueda sino que a veces deba extinguir cualquier expresión por legítima que sea en aras del bien “general”, es socialmente aceptada y con pocas excepciones.

Algunos de los más urgentes debates sobre el combate a la delincuencia, la recuperación de los territorios y la penetración del Estado en órdenes actualmente secuestrados por la marginalidad terminan precozmente con un manierismo autoritario. Hasta los políticos más desacreditados se permiten esas expresiones porque son populares en un país en el que la población está tan descreída de la democracia que le ha perdido aprecio a la libertad.

Los dos partidos políticos que condujeron al Estado durante la posguerra comparten ese germen desde su fundación. El resultado de las presidenciales 2019 debe servir como almádena final para destruir la contradicción esencial de Arena y Fmln: ofrecerle democracia a la población desde un instrumento autocrático, tan arbitrario como lo demandasen las necesidades de los señores a los que han servido.

Efecto inevitable de 30 años de tal ejercicio democrático, con seis administraciones producto de esa maquinaria, fue que a las instituciones les haya costado tanto tiempo empoderarse; por eso hemos tenido en el pasado reciente a magistrados de la Sala de lo Constitucional o a un Fiscal General de la República que en lugar de recibir el apoyo gubernamental debieron enfrentarse incluso directamente con el jefe del Ejecutivo.

La partidocracia y la vocación autoritaria de los poderes que han mandado en El Salvador le doblaron las más de las veces la cerviz a nuestras instituciones. Por eso es que el juego de contrapesos necesario para la salud democrática es todavía endeble. Un sistema así, sin el músculo y la independencia necesarias para fiscalizar a sus administradores, es patio de juegos para la corrupción.

El chasco arenero del 3 de marzo clausura una racha de resultados electorales, sí. Pero más que el ocaso del bipartidismo, a nuestra nación lo que le urge es romper para siempre con el autoritarismo.

Que no nos quepa duda, el ejercicio político criollo cambiará para siempre. Es, quizá, el canto del cisne del Fmln. Arena está huérfana de liberales. Pero ¿las instituciones recibirán el espaldarazo que necesitan? ¿Se honrará la independencia de poderes o se pretende discutir un nuevo modelo constitucional? ¿Nuestra democracia madurará o sólo mutará en otro grado de la intolerancia?

Son las mismas preguntas que nos hicimos tras el primer triunfo del Fmln pero con una diferencia fundamental. Hace 10 años, se creyó que la alternancia fortalecería la convicción democrática.

Hoy, la alternancia emociona a miles porque sabe a quiebre, a cisma, a ruptura, antojos del alma cuando se está harto. Pero el futuro sólo será brillante si los administradores se resisten a sus apetitos, si el ejercicio público se ocupa como servicio y no como vendetta y si el Estado deja de hacer lo mismo de siempre a los mismos de siempre.

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La verdad. De Cristian Villalta

20 enero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Es como una mariposa, agobiada por un peso que rara vez deposita sobre flor alguna. A la vez hermosa e insoportable, al mismo tiempo cálida y desoladora, la verdad pesa más que ninguna otra cosa sobre la tierra. Pesa más que el amor, que la justicia, que la esperanza. Y a diferencia de ellas, no necesita de un corazón para crecer. La verdad es. No necesita más.

Por eso es incómoda, porque no pide permiso, porque cabe aunque no quepa. Por eso nos cuece los labios, las palmas y la cara.

A las puertas de una nueva década, la nación salvadoreña aún no se reconcilia con la verdad. Es que dice cosas muy feas sobre los cimientos de nuestra vida en sociedad. Es que no deja pies con cabeza en nuestra clase política. Es que una comprensión cabal de la verdad de El Salvador tendría unos efectos devastadores en el poder, en sus vasos comunicantes y en su ejercicio.

Esa verdad es que desde la reestructuración del modelo de tenencia de la tierra, hace 14 décadas, el Estado salvadoreño es solo un mayordomo del poder económico. Esa condición no solo lo puso de espaldas a las necesidades básicas del grueso de la población sino que lo ha enfrentado contra ella, incluso de modo criminal.

Esa sujeción del Estado y de sus tres poderes a la agenda de una minoría ha sido el tema de nuestra vida republicana, el trauma de nuestras pretensiones democráticas y obstáculo insalvable para el desarrollo nacional. Acabar con ese orden fortaleciendo al Estado con instituciones más robustas e inyectándole un ADN más solidario con la mayoría de los ciudadanos es la tarea que debe emprenderse en las siguientes 14 décadas de nuestra vida política.

¿Por qué entonces, cuando la tarea es así de titánica, las fuerzas en contienda en la última elección de este decenio le rehúyen? Por un lado, los líderes de esos partidos políticos no ignoran la verdad fundacional de nuestra patria; por otro, los candidatos que unos y otros llevaron a este ejercicio son personas interesadas en la crónica nacional, que entienden la relevancia del poder ejecutivo en la confección del futuro. O deberían serlo.

Ahí yace la decepción de estas elecciones. La infiltración del crimen organizado en nuestras instituciones es real; la desviación de los cuerpos de seguridad de su papel en una democracia así de joven es real; la destrucción del tejido social a causa de la pobreza es real, así como reales son sus efectos principales, la migración ilegal y la nutrición de la pandilla. El Salvador, pues, listo o no, necesita una revolución.

A esa revolución, al menos para empezar, le bastaría con una agenda de decidida inversión social, austeridad brutal en lo relativo a plazas por contrato, reducción del gasto militar y un plan para menguar la mora judicial.

Pero en cambio, haciendo tábula rasa de insultos y sarcasmos, lo que escuchamos en la campaña previa a la primera vuelta fueron mayormente vaguedades y nos quedó la convicción de que ninguno tiene idea del presupuesto del ejercicio fiscal 2020.

No hay razones para creer que alguna de estas fuerzas sea sino solo manifestación del mismo orden que hay que alterar; el único candidato que recurrió a un discurso con esas ínfulas no habla sino de cambiarle felpa al Estado y de una patética cacería de brujas ideológica.

Los tiempos de nuestra nación exigían más atrevimiento de todas estas fuerzas, al menos el suficiente para hablarnos con sinceridad y reconocer si están por fortalecer el Estado o por mandarlo a lavar la camioneta por la noche.

Rigor. De Cristian Villalta

25 noviembre 2018 / LA PRENSA GRAFICA

El FMLN saboteó su proyecto político en el mismo instante que candidateó a Mauricio Funes; como premio de consuelo, vació su aparato partidario en el Gobierno. Su principal preocupación ya no es la elección, sino de adónde medrará su cúpula si abandona el Ejecutivo, y adónde depositará su burocracia, con apenas 61 alcaldías bajo su égida.

La opción que le queda es pactar con GANA, su aliado de la última década, que ahora tiene un lujoso vehículo en Nayib Bukele. Alrededor del exalcalde se cita una corte heterogénea a la que no la une proyecto político alguno, sino la promesa de formar parte de un Gobierno, salga como salga. Es el FMLN al revés, vehículo sin proyecto.

Mientras, ARENA pasa por una pugna entre los que quieren actualizar un poco la visión del partido, llevar una agenda más liberal a su mesa y despojarlo de los manierismos d’aubuissonianos; y entre los areneros clásicos, bajo cuya conducción esa bandera perdió raigambre rural y química con la clase media. Pero declararse a favor de Carlos Calleja es menos comprometedor que declararse a favor de la modernización en el partido. Aunque serían las dos caras de un mismo hecho, muchos no lo hacen por temor a una caza de brujas después de las elecciones.

Esos son los vientos que remecen la campaña 2019. Y, sin embargo, lejos de alejar a los ciudadanos, asistimos a un fenómeno: con celeridad, pensadores y analistas toman abierto partido frente a las presidenciales. Lo hacen adhiriéndose a alguno de los programas de su candidato predilecto, o participando francamente en las actividades de divulgación. No todos lo consiguen con gracia, pero el buen gusto va más allá de saber adónde poner las tildes.

Estas afinidades y simpatías son para los equipos de campaña un activo más valioso que la regalazón de láminas; en la medida que gente de la vida académica y nichos profesionales no asociados al ejercicio partidario se acerquen a los candidatos, aumentan las posibilidades de que estos vuelvan sobre sus ideas, que las revisiten. Si los presidenciables no rompen el tradicional cerco de oportunistas, plañideras y sobalomos partidarios, llegarán a CAPRES ciegos y sordos.

Por eso estos forasteros tienen una enorme oportunidad, desdramatizar la narrativa de una campaña que a ratos, por crispación ideológica e ínfulas mesiánicas de los candidatos, se parece a un capítulo del Apocalipsis; y a ratos, por lo barriobajero de las ideas de sus publicistas, a una canción de Paquita la del Barrio. Pero estos “outsiders” deben ser un socio de la ciudadanía en su relación con esos círculos, y no cejar hasta que la agenda fundamental permee lo más posible en los proyectos en contienda.

Para rendirle ese servicio a la democracia es imperativo ser riguroso. Se debe tener rigor intelectual al validar al candidato y al testear sus proyectos, sin ceder ante la popular doble moral o la condescendencia. Si como ciudadanos que forman opinión no guardamos un mínimo de escepticismo y pensamiento crítico estamos en la frontera de la propaganda.

¿Cómo evitarlo? Luego de los traumas sufridos por nuestra democracia en sus primeros 30 años no podemos sino recelar de lo que hagan ARENA, GANA o el FMLN. Entender lo que pasa ahí, reconocerlo, procesarlo en público es requisito indispensable antes de vindicar a sus candidatos o pedir abiertamente a nuestros conciudadanos que voten por ellos.


Pescadores. De Cristian Villalta

Ninguno de los partidos políticos salvadoreños es genéticamente demócrata; aunque por imperativo jurídico ahora realizan internas para elegir a sus candidatos, eso de discutir y dialogar con los que piensan diferente no se les da muy bien ni intramuros ni en el campo de la cosa pública. Si bien las purgas ya no son lo que eran antes, como podría quejarse Cayetano Carpio en alguno de los círculos del Averno, cada vez que una coyuntura somete a estrés a sus mandos, lo frágil de las convicciones y los recelos acumulados entre los correligionarios quedan al desnudo.

Esta semana, tres diputados areneros rompieron a propósito la propaganda de granítico liderazgo que ese instituto ha vendido como insumo electoral. Lo hicieron de un modo baladí, con unos tuits expresando su apoyo a una de las candidatas a la Corte Suprema de Justicia. Si adentro de esa fracción legislativa no hay un liderazgo sano y si en su comité ejecutivo se habla más de la táctica electoral y menos de la estrategia política, pues pasa esto: que el disenso debilita al partido en lugar de fortalecerlo.

En las formas, pues, la derecha política no ha sido en lo absoluto lúcida para administrar las diferencias y equilibrar los puntos de vista en su seno; ha renunciado a ser el centro alrededor del cual convergen auténticamente las fuerzas liberales de nuestra sociedad, demasiado ocupada en renegar de los pecados de su pasado, reacia a poner sobre la mesa la agenda que la sociedad del siglo XXI exige.

En 2018, la derecha huele a viejo.

A la hora de moverse para escuchar a los contrarios, la izquierda también ha padecido de parálisis. A diferencia del FMLN, en su oportunidad Convergencia y luego el CD fueron fuerzas de inspiración democrática, con un ideario en el que no cabía la aniquilación del contrario. Buena parte de esa riqueza intelectual provenía de Rubén Zamora y después de Héctor Silva. Una vez Héctor Dada apagó las últimas luces, la oportunidad de una opción de izquierda madura y deliberante sufrió un traspiés horrible. Hoy, la izquierda política no escucha a nadie.

El FMLN, pues, no padece de sordera; es sordo de nacimiento.

Aunque el rumbo del país es obviamente el equivocado, a El Salvador le resulta imposible ponerse de acuerdo en las decisiones trascendentales. La unanimidad es utópica incluso en temas de seguridad pública, tamaño del Estado o inversión social. Por ende, hay que dialogar. Pero ¿cómo puede fructificar el diálogo entre un viejo necio y un sordo? O peor aún, entre fuerzas que no creen en el ejercicio democrático.

Por eso pasa lo que pasa en el mencionado asunto de la elección de los magistrados de la nueva CSJ. Aparentemente, el quid es si los candidatos de ARENA son mejores que los propuestos por el bloque FMLN/GANA. Obviamente, a los funcionarios del partido oficial y al círculo de Guillermo Gallegos les interesa gozar de alguna simpatía en la institución que más temprano que tarde puede interesarse por las eventuales mejoras que su patrimonio sufrió en el último quinquenio. Pero el entrampamiento fundamental no tiene que ver con la comezón de Gallegos; él, al igual que muchos otros antes, solo están navegando en el río de ignoto desentendimiento que la derecha y la izquierda políticas han dejado fluir entre sí durante años.

Saca pescó ahí, Funes pescó ahí, y otros iguales o peores también lo harán hasta que la izquierda y la derecha adquieran siquiera modales democráticos.

Muelas. De Cristian Villalta

30 septiembre 2018 / La Prensa Gráfica

Alguna vez fui a votar convencido de lo que estaba haciendo. Fue hace algunos años.

Desde entonces, participo en las elecciones como quien va al dentista. Ustedes también, a menos que pertenezcan a la minoría de salvadoreños que se ve directamente beneficiado por la victoria de un candidato a través de un empleo en la administración pública, de participar en el saqueo al erario o del montaje de una empresa ad hoc para ganar licitaciones.

En esa sensación desagradable que ha marcado nuestros últimos ejercicios electorales, la de estar participando en un bingo en el que solo puedes ganarte una paliza o una burla, coinciden dos realidades: la pobreza generalizada de los cuadros partidarios y la mediocre producción intelectual de los partidos políticos.

El dogmatismo que prevalece en los cuadros partidarios no es casualidad: para su clientela, intelectualmente minimalista, es más fácil abrazar a ciegas el librito de la jefatura de turno aun negando el ideario y la historia. Esa es la tragedia de la derecha, rica en areneros y pobre en liberales; ese es el drama del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, en el que ya no caben ni demócratas ni socialistas, sino solo arribistas.

Ninguno de esos partidos superó su condición de antípoda, de opuesto del otro, y agotaron las sucesivas campañas en descalificarse sin proponer una visión de país realista y a largo plazo. Claro, no se vieron forzados a hacerlo porque las elecciones, hasta 2019, se trataron solo de ellos.

Consecuencia directa del estatismo ideológico de unos y otros ha sido la pérdida de “sex appeal” de ambos partidos. Para un ciudadano educado, profesional y patriota, afiliarse a uno de esos partidos, a cualquiera, no es razonable. Es un escenario en el que solo puedes perder. ¿A quién se le antoja formar parte de un club en el que siguen creyendo tolerable celebrarle los natalicios a Roberto d’Aubuisson o aplaudirle los crímenes a Cuba, Nicaragua y Venezuela?

En el ecosistema de esas fuerzas siempre hubo partidos serviles, las más de las veces cómplices por unas migajas. En eso se convirtieron los antes poderosos PCN y PDC, y el CD que alguna vez enorgulleciera tanto a los demócratas.

Anomalía de ese medio ambiente, una vez purgado de ARENA Elías Antonio Saca quiso construir un tercer polo del espectro partidario y abrazó a GANA, un Frankenstein con pedazos de ARENA al que su primo Hérbert asistió como comadrona en 2009.

Cuestionado por los indicios de corrupción de sus principales cuadros, en especial Guillermo Gallegos, GANA participó de la gran telenovela de nuestros tiempos y como desenlace cuenta en sus filas con Nayib Bukele, personaje que ha recorrido el mismo peregrinaje ideológico de Saca, pero en la dirección opuesta. Purgados de su partido matriz, a cada uno en su momento le pareció más práctico y menos comprometedor hablar de estrategia que de ideología. Eso ocurre cuando no se tiene una, o cuando prefieres ocultarla.

Y así llegamos a esta elección, cuya campaña arranca esta semana. Con esas opciones, es imposible que no nos duelan los dientes.

Perezosa postdata: si el lector es tan morboso como sospecho, no le diré cuál fue el último candidato por el que voté convencido; solo admitiré que me equivoqué… gravemente.

¿Qué será? De Cristian Villalta

16 septiembre 2018 / La Prensa Gráfica

Sí, te verías preciosa en ese traje. El escudo nacional en las faldas de la pollera, la mantilla de encaje cubriéndote la cabeza. Y no, no te lo digo como ironía, lo prefiero mil a veces a que te enroles como cachiporrista. Pero amar a tu patria, ángel de mi vida, no tiene nada que ver con ese despilfarro de encajes azul y blanco.

Si me pides explicártelo, lo intentaré, aunque es un esfuerzo inútil. Esto de la patria solo se aprende con el tiempo; cuando ser salvadoreña te duela, entonces te acordarás de lo que hoy te digo.

“Nuestra patria El Salvador” no es un lugar. La patria es más que nuestros volcanes, que nuestros campos perversamente generosos en gente pobre, que nuestros ríos a cuyos flancos se peca como se implora. Y sí, tienes razón, son 21 mil kilómetros de cielo sobre 21 mil kilómetros de tierra. Pero la patria es más que la suma de este suelo y de esas nubes.

Tampoco cabe en las páginas de un libro. La patria nada tiene que ver con esos hombres cuyos apellidos te aprenderás con el tiempo. Ellos, presbíteros, generales y nobles, fueron piedra fundadora de la República de El Salvador. Y, pese a lo mal que lo hicieron, les seguimos rindiendo homenaje. Es que, óyeme, con lo que los próceres sembraron hace 200 años, cosechar paz era imposible. Fue más fácil cosechar despojo.

La patria no es la paz, pero son gemelas. Es que la patria es un deseo, el deseo de vivir en paz sin movernos del metro en que nacimos, del metro en que crecimos, del metro en el que gozamos a nuestra familia, del metro en el que conocimos el amor.

Y la paz no es posible sin justicia ni igualdad. Si no reconocemos al otro como igual a nosotros, no reconoceremos sus derechos. Si creemos que por pensar distinto a nosotros ese otro es un extraño aunque vivamos en el mismo pedazo del mundo, no hay posibilidades de justicia para él.

En El Salvador, miles de personas nunca gozaron de esa posibilidad, ¿sabés? Por pensar distinto que los más fuertes, por no ser considerados sus iguales por los más fuertes, por exigir solidaridad, por hacerse en voz alta las preguntas propias de un corazón bueno, por todo ello debieron irse y olvidar ese metro para siempre.

Pero no todos se fueron. Algunos se quedaron acá, preguntando hasta morir, porque hay corazones que no saben callar. Y eso es el corazón de un patriota: aunque puede llevarse la patria consigo como uno se lleva sus sueños allá adonde vaya, el patriota entiende que la paz más cara, la paz soñada, es la de tus iguales, la de los de tu tierra. Y te quedas con ellos… Antes de que todos te digan santo, unos pocos deben decirte hermano.

Nadie hace un conteo de patriotas, no sé cuántos haya hoy. Sé que alguna, muchas veces en nuestra historia, amar a la patria inspiró a los mejores salvadoreños a resistir. Aunque ahora sobramos los sensatos que te recomiendan soportar, eso no tiene nada que ver con la patria. La patria no se lleva bien con la cobardía.

Imperfecta y querida, esa ha sido la patria para mí. ¿Qué será para ti, cariño? ¿Qué será mañana? ¿Qué será?

¿Qué tan sana está nuestra democracia? De Cristian Villalta

2 septiembre 2018 / La Prensa Gráfica

La pregunta no es peregrina aun cuando estamos a pocos meses del decimoquinto proceso electoral después de la firma de los Acuerdos de Paz, entre elecciones presidenciales, legislativas y municipales.

Es que la democracia no se mide por las veces que el electorado asista a las urnas. Casarnos con esa idea es darle mucho crédito a los partidos políticos y muy poco a la ciudadanía; subirle o bajarle el dedo al magro espectro ideológico de la partidocracia cuscatleca fue necesario pero no suficiente para nuestro proceso histórico.

Para responder, debemos elegir indicadores acordes con el principio de mayoría moderada y el modelo de democracia representativa instalados en El Salvador.

Uno de los indicadores fundamentales sobre el debido funcionamiento de la democracia es la robustez de la opinión pública. Porque, de hecho, ¿qué es el sufragio sino una opinión sobre las cosas del pueblo?

Antes, cuando ARENA y el FMLN eran más grandes que sí mismos y no solo la suma de sus afiliados, votar por ellos era un símbolo ideológico de identidad, un signo de militancia más allá de la política; los tiempos han cambiado, y ahora solo una minoría es la que verdaderamente sangra por esas banderas. Bienvenidos al siglo XXI.

Votar es, pues, opinar. Y sin opiniones libres no hay elecciones libres.

Todas las variantes del totalitarismo lo atestiguan, porque esos regímenes sabían y saben que la dictadura nace con la imposición intolerante de una idea. La democracia muere cuando la nación ya no tiene opinión sobre sí misma.

La libertad de la opinión será motivo de apasionados debates siempre. Es que en todos lados, el público en general está poco interesado en la cosa y no se informa lo suficiente. Platón diría que más que verdadero saber, el pueblo lo que tiene son solo opiniones. O Twitter…

Pero he ahí el quid: la democracia no se sustenta en una ciudadanía formidable, a la que no se le pide ni siquiera que asuma una posición; le basta con que el público tenga a la mano suficiente información para emitir una opinión.

Dejándolo hasta ahí, vamos, que en tres décadas de proceso democrático no nos ha ido tan mal. Hay una opinión pública prolífica, desbordada, que se expresa no solo en una idea de país que los partidos políticos tradicionales tendrían que operativizar, sino en nuevos discursos, actores y plataformas. En un año hemos asistido al nacimiento de tres nuevos movimientos políticos e incluso los usualmente inmóviles ARENA y FMLN sostuvieron unas primarias perfectibles pero valientes.

Es tal el vigor de la opinión pública que en todos esos casos, desde las internas arenera y efemelenista hasta el lanzamiento de los nuevos partidos, los métodos de comunicación fueron más sofisticados que el contenido. Mejores publicistas que estrategas, claro…

Todos, desde el activismo más profano hasta el periodismo más fino, participamos en ese esfuerzo, personas naturales y jurídicas por igual, en un incesante intercambio que es un equilibrio en sí mismo.

Por eso mismo, el discurso antimedios o la cruzada contra el periodismo de la nueva meca política no debe pasar desapercibido. Nada de lo que hacen es por incordio, sino parte de un plan a la sazón burdo para tiranizar la opinión pública.

Tal cosa es hoy imposible gracias al cada vez más libre acceso a la información, y a que los salvadoreños del futuro parecen más interesados por la política que apasionados por los políticos.