Cristian Villalta

Iguales. De Cristian Villalta

CRISTIAN VILLALTA

Christian Villalta, director de El Gráfico

Cristian Villalta, 8 octubre 2017 / LA PRENSA GRAFICA

No idénticos, pero sí iguales.

Esa es al menos la enternecedora pretensión recogida en el artículo 3 de nuestra Constitución Política: la de que todos los salvadoreños somos iguales ante la ley. Y así, para gozar de los derechos civiles, nadie puede aspirar a preferencias sobre otro basándose en diferencias de nacionalidad, raza, sexo o religión.

En 2017, es imposible no ruborizarse con esta noción, sobre todo con el plano de la igualdad relativo a “ante la ley”, ese que opera exclusivamente para proteger a los ciudadanos ante los poderes públicos, limitando sus abusos y obligándolos a respetar a cada salvadoreño de la misma manera.

LPGLas pretensiones de nuestros actuales administradores son hacerle un pie de página a la Carta Magna, y que en letras chiquitas se lea: “Excepto si el salvadoreño vive en una ciudad dormitorio, parece sospechoso, navega en la pubertad, se conduce en transporte público o camina por el centro de San Salvador con apariencia ambigua”.

Que el ministro de la Defensa, señor Munguía Payés, celebre que el personal militar se dedique otra vez a labores de seguridad pública, ahora con auxilio de toda la utilería castrense, es razonable. Reacción primitiva de un hombre primitivo. Pero que civiles en el Gobierno, especialmente el vicepresidente de la república, insistan con una retórica guerrerista, vecina a la limpieza social, es grave. Si los salvadoreños ya no somos efectivamente iguales ante la ley, ¿qué posibilidades tenemos de que la ley se nos aplique de modo igualitario?

El rubor ante la idea de igualdad en nuestra nación también pasa por la indecencia de nuestra clase política. Sin excepciones. Y por tal me refiero a que la principal piedra de tropiezo para el avance democrático de El Salvador lo representan precisamente ellos, instalados no solo ni principalmente como operarios de los poderes fácticos, sino como una oligarquía dentro del aparato público, que con independencia de la temática gana con cada crisis y con cada controversia. El pago de pensiones es apenas el último ejemplo.

Debido a la codicia de nuestros políticos, la democracia no funciona: el poder sale del pueblo, pero las recompensas de esa activación se quedan en la política, no suelen volver al “demos”. En esa cleptomanía al gobernar y en ese desprecio para con la nación, ARENA y FMLN fueron formidables alumnos del PCN.

Si algo inspira a nuestros políticos y principales servidores públicos es la singularidad de sus beneficios y prebendas, y no quieren renunciar a ellas aunque la sociedad lo demande y la situación lo exija. Son, llanamente, unos miserables.

¿Qué, sino, podemos decir de todos esos ministros, diputados y mandos medios que gozan de un seguro médico privado que es cortesía de los contribuyentes? En un país en el que endémicamente los hospitales no tienen suficientes camas, en el que llegó a haber desabastecimiento de más de 350 medicamentos hace tres meses, y en el que la próxima cita puede ser dentro de seis meses, solo un cretino puede creerse merecedor de tales prebendas.

¿Quiere un seguro médico privado? Págueselo usted. O pregúntele a sus electores si usted se lo merece más que ellos. Le dirán que lo mismo para los mismos no es igualdad.

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Esperanza. De Cristian Villalta

Y para ahorrarnos el gasto en policías, tanquetas y fusiles, ¿por qué mejor no matamos a nuestros enemigos antes de que crezcan?

CRISTIAN VILLALTA

Christian Villalta, director de El Gráfico

Cristian Villalta, 24 septiembre 2017 / LA PRENSA GRAFICA

Entiendo que matarlos por hambre o desnutrición les parezca más congruente con el actual estado de las finanzas públicas, es ideal matar sin hacer nada más que ignorar los deberes constitucionales, y que eso no cuesta un peso, pero no hay garantías de triunfo, Óscar. La resiliencia de esa gente es casi una necedad.

Tampoco envenenarles la leche garantiza nada, aunque se agradece la sugerencia, ministro. Recuerde que la mayoría de ellos no van a la escuela, o en todo caso comenzaron el año escolar pero la deserción puede más, y la idea es aniquilar completamente. ¿Tierra arrasada, no?

Además, si estos periodistas progres y mequetrefes lloriquean por las actividades extracurriculares de algunos de la corporación, ni nos imaginemos la preguntadera que les cogería.

LPGNo nos desanimemos, tenemos un punto a favor. Al fin entendimos que nada bueno puede salir de la pobreza. Que la pobreza produce pobres –gran línea, profe. De modo que los pobres son el enemigo de cara al futuro. Los pobres de hoy no son solo los pobres del mañana, sino que entre ellos inevitablemente están los delincuentes de la próxima década.

Entenderlo no es poca cosa, camaradas. Esa es una visión connatural a la historia salvadoreña. Y los descalzos perdieron siempre, desde los pipiles hasta El Mozote.

Disculpen la pausa. Por la emoción, se me secó la garganta.

Comprendo las dudas de algunos. Con tanta blandenguería política, han perdido el enfoque; una conciencia desenfocada puede volverse escrupulosa. Pero ya parémosle a tanta logística y habladera… Convengamos en que si los agarramos desprevenidos, advendría un triunfo militar inobjetable. Esa guerra sí la podemos ganar. Y no es poca cosa, desde Sánchez Hernández no ganamos una.

Y antes de que alguno acá objete mamarrachadas tipo derechos humanos, de la niñez y otras sensiblerías pequeño burguesas, le invito a que recuerde aquellas horribles noches, oculto en la montaña.

¿Qué les mantenía despiertos, pese al hambre, parados y ateridos, con piojos desde el pelo hasta las botas? ¿El espíritu bolivariano? No, Medardo, siga durmiendo.

Les mantenía esa enfermedad, ese mal endémico de ciertos pueblos que se llama esperanza. Ese germen crece y se reproduce ferozmente entre los marginales, los excluidos y los pobres. Por eso es que Jesús les tenía tanto cariño, si eran su clientela.

Claro, la esperanza que nos animaba, bueno, que les animaba a ustedes porque yo estoy acá solo de asesor estratégico, aunque siempre he admirado su causa, Normita, era la del triunfo socialista. Y digo, pues, yo sé que siguen peleando por el socialismo… desde el capitalismo… transición anticapitalista me corrige Sigfrido, gracias. Y eso que ustedes no eran pobres, sino que habían hecho la opción preferencial. Of course.

Pero estos pobres de hoy y sus esperanzas son tan poca cosa. No aspiran más que a salud digna, educación suficiente, libertad de circulación y… esto es lo más risible… seguridad adonde viven. Y después, toda esa plataforma neoliberal de espacio público, identidad nacional, igualdad sustantiva. Babosadas, pues, nada que conmueva el curso de la historia. ¿Qué van a saber de dialéctica si solo saben de hambre?

Por eso, mis estimados camaradas, antes que nuestros enemigos se contagien de esperanza y luego se les transforme en desencanto, y del desencanto pasen a la rabia, al brinco, la pertenencia y el delito, les recomiendo que nos anticipemos y que les entremos a sangre y fuego.

Al enemigo por su nombre: cualquier niño sospechoso de ser pobre, con el agravante de ser salvadoreño.

Can-di-da-tos . De Cristian Villalta

A muchos de nuestros políticos les vendría bien callarse la boca.

CRISTIAN VILLALTA

Christian Villalta, director de El Gráfico

Cristian Villalta, 10 septiembre 2017 / LA PRENSA GRAICA

Cuántas veces el piadoso lector no habrá pensado, al leer o escuchar al diputado o ministro de moda esa semana, “¿y estos sabrán leer y escribir o sólo firmar?”. Y digo “de moda” porque, como si recorriéramos los pasillos de un circo de esperpentos, nuestra fauna política es de fugaz notoriedad, como corresponde a gente sin sustancia, sin discurso sobre cosa alguna, sin posiciones personales sobre los temas de la polis, puro efecto, tan relevantes como unos ejotes en el almuerzo. Personajes de nuestra política que, conscientes de su incapacidad para capturar opinión pública a través de la dialéctica, se resignan a obedecer a sus publicistas. Y así salen a la luz la pirueta de la melaza, el hombre Marlboro, las cunas de cartón y otros bodrios.

LPGPasemos de largo sobre la solvencia moral con la que opinan. Desde el día en que Guillermo Gallegos juró como presidente de la Asamblea Legislativa para luego protagonizar un chusco monólogo sobre la Biblia, el Centro de Gobierno superó a Macondo.

No se trata de demandar decencia como condición “sine qua non” para el ejercicio público y los cargos de elección popular; “faltaba más, no nos pongamos puristas”, diría ese renacentista de la curul que se llama Blandino Nerio. Pero si se acercan los días en que la chulada de candidatos a diputados y a alcaldes que recorre el espectro ideológico nos pedirán primero atención y después el voto, lo menos que podemos exigirles es un discurso con las tildes bien puestas, que parezca escrito por un estudiante de bachillerato, al menos sujeto, verbo y predicado.

Eso es a nivel estrictamente formal, porque lo otro, que es aguardar por un debate valiente y sincero sobre los problemas de la ciudad o del país, no ocurrirá.

Además de una expresión mediocre, de un desconocimiento abrumador de la sintaxis y de una supina ignorancia de la Historia disfrazada de posmodernismo, si algo caracteriza a una persona vulgar, malamente educada, es su intolerancia por los que piensan distinto. Y este último rasgo es distintivo de la mayoría de voceros del FMLN, y de más de los representantes que el partido ARENA quiere reconocer.

Su rechazo a la discusión, a la argumentación, al refuerzo táctico, es de tal porte que se resisten incluso a establecer una posición. ¿Cómo es posible que en medio de la crisis fiscal ninguna de las dos fuerzas políticas mayoritarias le haya dicho al país que se vienen más impuestos? ¿Cómo es posible que, en lugar de debatir sobre la recuperación del espacio público como parte de la estrategia contra las pandillas, los municipios más importantes del país se dediquen a la virguería? ¿Por qué se les antoja más recrear una corte de eunucos digitales que les aplauda las “agudezas” que debatir en el país real, ese lugar a la vez violento y sublime, sordo y necesitado que se llama El Salvador?

Todo eso es posible porque en la política tenemos un alarmante per cápita de incapaces por kilómetro cuadrado que hicieron de una cosa la cosa, o para que nos entendemos mejor, mi querido Othon, del insulto el discurso.

Uno, al menos uno de los candidatos al concejo o a la diputación de su departamento tendría que ser mejor que usted o que yo; no me refiero a la moralidad ni al imperativo categórico, a si creen en todos los santos o si saludan de beso en el cachete a los LGTB. Me refiero a que sean más educados y cultos que sus votantes y a que sepan deletrear mejor que María Paz.

La cháchara. De Cristian Villalta

A nuestro gobierno no hay que creerle ni la incapacidad. Si parece que varios diputados del FMLN, así como algunos ministros, no conectan con la población y no tienen sensibilidad en temas delicados de la agenda pública, no hay que tomárselo de modo literal.

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 30 julio 2017 / LPG

La intervención del presidente de la república a media semana pareció prueba final de una desconexión con la población. Creer que los salvadoreños abrazaremos mensajes de siniestra ambigüedad es ignorar nuestra historia moderna, la inercia de esta época, y abstraerse de las conquistas en materia de separación de poderes y orden constitucional que la sociedad, Frente incluido, debería considerar orgullosamente suyas. Pero ¿qué hubo de auténtico en esas palabras?

LPGNo estoy discutiendo que el partido oficial ha perdido la huella de muchos de sus votantes, que no encuentra el rastro de la izquierda académica, que rompió sus vasos comunicantes con la clase media. Ese divorcio paulatino con el interés de la mayoría, por obvio que este sea, es resentido cada cinco o 10 años por cientos de miles de votantes que desprecian a aquellos a quienes eligieron como sus representantes en el Ejecutivo. Esa ha sido la dinámica de nuestra vida política en democracia. Tal divorcio ocurre no porque los políticos sean todos corruptibles o el poder esencialmente corrupto, sino porque a más tiempo en el Gobierno, más ideología y menos pensamiento.

Lo vimos con ARENA, que aún no se recupera de sus años en el poder, y ahora con el FMLN: el pensamiento es sustituido por la ideología. Y no ideología de derecha o izquierda, sino a una versión menor y menos digna, que es la pura mentalidad ideológica, es decir, una visión sin filosofía ni metafísica ni cosa alguna que la respalde que reemplaza el razonamiento por eslóganes y descalificaciones, y que no aspira sino a la conservación del estado de las cosas y a simular lo políticamente correcto.

Si sumamos las declaraciones brindadas esta semana por Sánchez Cerén, Mata Bennett, Lorena Peña y Roberto Lorenzana, voceros representativos del oficialismo, establecemos rápidamente la naturaleza del contenido, la lógica del método y el tenor de los meses que vienen. Y toda la narrativa gubernamental puede resumirse como patrañas.

Denominador común en sus discursos, se simplifica la insolvencia de nuestro sistema previsional, reduciendo un problema multidisciplinario a mera agenda arenera de los magistrados de la Sala de lo Constitucional; ni el más militante de los dirigentes del FMLN se cree ese argumento, reduccionismo de cátedra. Y sobre esa base, cada uno puso algo de su cosecha personal: manierismos revolucionarios poco creíbles en el doctor Mata, sarcasmo bien logrado en la diputada Peña, casi marasmo emocional en Sánchez y nada en Lorenzana.

¿Por qué el partido en el Gobierno no quiere pasar de la cháchara ideologizante en el tema de las pensiones? Quizá porque considera que poner el énfasis en la retórica contra las AFP y sus propietarios es más conveniente en estos tiempos electorales, le permite reconectar con su votante duro a través de una neocruzada contra el capitalismo y echar mano del resto de páginas del manual de Martita Harnecker. Y todo eso mientras el futuro de los jubilados de hoy y mañana es cada vez más negro.

Talvez en otra época habríamos aplaudido este derroche de pragmatismo, pero a aquellos en el FMLN que camuflan la independencia y fuerza de su pensamiento, acomodados entre lo que han acumulado y la aprobación de sus mentores, solo cabe reclamarles por su inacción y silencio. Sería preferible tener incapaces auténticos a gente inteligente pero domesticada y cobarde.

La viruta. De Cristian Villalta

Hay gente cuyo negocio es que el país siga dividido y discutiendo estupideces.

Cristian Villalta, 18 junio 2017 / LPG

Semana a semana, todo parece vuelto del revés en nuestro país: los temas de los que se habla, las gentes que hablan de esos temas, la irrelevancia de los políticos, la ambigüedad ética de algunos sectores de renta alta y la trivialización del desangramiento del país de parte del Gobierno. Todo y todos parecen moverse en la superficie, sin hincarle diente a los problemas que comprometen el futuro de la nación salvadoreña.

Esto nos ocurre no solo porque en esta época el común de las gentes seamos mentalmente perezosas, malamente educadas, fácilmente alienables, sino por el influjo de nuestra nacionalidad, que gracias al autoritarismo soportado durante siglos es una que desprecia la razón y abraza sus apetitos automáticamente, entre ellos por la discriminación y el maniqueísmo.

Esa naturaleza que nos empuja a dividirnos y a canibalizarnos se mantiene activa y al servicio de intereses sectarios fácilmente identificados, merced del trabajo de una superestructura que mantiene distraído al país; es una industria floreciente de opinadores y lobbistas incrustada en el mainstream y en el mundillo digital.

Todo ese culebrón garantiza un nivel dialéctico pobre, mísero, en el cual tanto los políticos de viejo cuño como una nueva casta de andróginos ideológicos se sientan cómodos.

Sacudiéndose esa viruta, el país debe organizarse y dejar de perder el tiempo. Para conseguirlo, es condición sine que non que la conciencia ciudadana despierte y encuentre voceros auténticos, no expresión civil de los mismos poderes tradicionales.

Sin una ciudadanía activa, la discusión sobre los temas urgentes quedará en manos de unos pocos, gente que aún operando en la oscuridad del financiamiento político ha quedado expuesta como egoísta, incapaz y de pobre criterio. Ellos y sus empleados en partidos políticos e instituciones civiles o del Estado no son garantía de futuro.

¿De qué tenemos que hablar? De recaudación fiscal y de combate a la marginalidad. Si dentro de un siglo aún existe un país llamado El Salvador, entonces se podrá hablar de otros temas, pero hoy es eso y nada más.

Eso no significa que la necesidad de limpiar la administración pública sea secundaria, tampoco que nos resignamos a que ese debate continúe monopolizado precisamente por los dos partidos que permitieron la defraudación del erario hasta convertirla en un sistema.

Pero hay un montón de preocupaciones de la cotidianidad nacional que se resuelven solo con instituciones fuertes, financieramente fortalecidas. Red hospitalaria paupérrima, escuelas sin pupitres, fiscales sin soporte logístico, policías conduciendo chatarra… todos esos temas llevan al de la recaudación fiscal.

Todos aquellos que aspiran a un cargo de elección popular deberían responder las preguntas relativas a ese sino de buenas a primeras, antes de aspirar a precandidaturas partidarias: si se entiende que el Estado necesita recaudar más para invertir en la nación y honrar deudas, ¿cuánto de mi patrimonio, de mis ahorros, de mis utilidades estoy dispuesto a tributar? ¿Ese monto me parece ético? ¿Creo que otros salvadoreños deben aportar más? ¿Quiénes?

Si no adoptan posición sobre ese tema, si les parece incómodo, si creen que eso deben hablarlo en privado, no son los funcionarios que el país necesita para sobrevivir.

Mucho menos lo son si no plantean ideas puntuales contra la marginalidad que vayan más allá de algunas frases de Paulo Coelho o la teoría del rebalse. Si bien su gente no es el único capital de El Salvador, sin ella esto será solo un solar sin amor ni esperanza.

La bola. De Cristian Villalta

La lógica que lleva del sueldo al sobresueldo es la misma que lleva de la democracia a la cleptocracia.

Cristian Villalta, 4 junio 2017 / LPG

Pagamos los colegios de sus hijos, la gasolina de sus carros, la cuota de sus casas, las prestaciones de su personal, su seguro médico y sus viajes. Así fue durante dos décadas y contando.

Lo hicimos mitad sabiendo y mitad a ciegas, porque en muchos casos solo asumíamos que se les pagaba, y bien, no que recibían un dinero extra “porque esa ha sido la costumbre”.

Nunca se nos cruzó por la cabeza que desde sus pininos tras Chapultepec, nuestra democracia nos iba a costar tanto efectivo. La corazonada de tener una Corte de Cuentas inútil era fuerte, pero no la de que también fuera cómplice. Y ni al corazón salvadoreño más envenenado se le habría ocurrido que durante dos décadas, la Presidencia de la República llevaba doble contabilidad.

De haberlo sabido, habríamos entendido por qué el presupuesto siempre está desbalanceado.

De haberlo sabido, habríamos exigido mejores ministros en esas administraciones, mejores procuradores, mejores superintendentes, gente valiosa por la que las transnacionales estuvieran pujando, y no esa colección de Gargantúas y Pantagrueles.

De haberlo sabido, quizá el afán de meterse al círculo del cacique de turno que personajes de la vida política y empresarial por igual demostraron desde entonces nos habría parecido un gramo menos asqueroso.

Es que con la muletilla esa de la gobernabilidad, paulatinamente la Presidencia salvadoreña fue ampliando el espectro de profesionales que estaban bajo la sombrilla del sobresueldo y del salario secreto, hasta superar el último pudor: mantener en ese régimen a ciudadanos que ni siquieran trabajaban para el Gobierno.

El reparto llegó a ser tal, tan indiscriminado, que la democracia se convirtió en cleptocracia; en consecuencia, ese soborno perdió su carácter inicialmente político, su valor como herramienta para el cohecho quirúrgico, y pasó a ser una moneda de curso regular entre una nueva clase de ciudadano, una nueva casta.

Con lo que ese grupo recibía en efectivo, en planchados billetes de cien dólares, les alcanzó para vivir bien; con el resto, es decir, lo que declaraban ante el Ministerio de Hacienda, alcanzó para invertir en bienes raíces, autos de lujo y participar en algunos emprendimientos.

No eran nuevos ricos, sino una suma de tecnócratas de difusa orientación ideológica; su irrupción en la vida nacional fue meteórica, y su operación política y su vocería primero al servicio del partido y al final solo al de Elías Saca fue suficientemente visible. Ahora, huérfanos de padrino, buscan otro señor. Nadie les desea suerte.

Pero hace ocho años, esa variante del reclutamiento y control político era sexi, y el proyecto que llevó a la izquierda por primera vez al Ejecutivo quiso lo mismo. Solo hubo que leer el manual…

¿Cuántos de los asalariados secretos del gobierno de Saca habrán mudado al del primero del FMLN? ¿Quiénes fueron? ¿Sus acciones cotizaron al alza o a la baja? ¿Alguno ha sido tan obediente y útil como para seguir cobrando en esta administración?

Como se ve, el caso que ahora ocupa al fiscal no se trata solo de malversación, peculado y cohecho, sino de abrirle las tripas a esa bestia abusiva que ha sido la política partidaria en El Salvador. Eso, en lo que toca a los corruptores.

A los corrompidos, a los que recibieron sobresueldos, basta con que se divulgue sus nombres y se les haga pagar retroactivamente la renta no declarada. Es lo menos que se merece esa bola de mantenidos.

Perdedores. De Cristian Villalta

Nuestro talento diplomático para apoyar causas perdidas no es casualidad.

Cristian Villalta, 7 mayo 2017 / LPG

La diplomacia puede ser más cochina que la política, y ni se diga cuando duermen en la misma cama.

Uno de los ejemplos más infames es el de la invasión japonesa a China en 1931 y el nacimiento del Gran Imperio de Manchuria.

Para decirlo rápido, Japón saboteó un proyecto ferroviario de su propiedad ubicado en China, justificó una invasión al sur de ese país y fundó en ese territorio un Estado títere al que durante 12 años se conoció como Manchuria.

La maniobra japonesa, pobremente ejecutada, recibió unánime repudio internacional. Así, aunque instalado en 1932, el Estado manchú no fue reconocido por otras naciones sino hasta 1934, apenas por dos: Japón, con absoluta lógica, y El Salvador, con aparentemente ninguna.

¿Qué llevó a El Salvador, entonces poco más que una hacienda de credo anticomunista con pretensiones urbanísticas, a respaldar aquel acto de horrible intervencionismo imperialista? Aunque sucesivos exégetas le han atribuido el episodio a la locura o a la ignorancia de Maximiliano Hernández Martínez, la anécdota se somete a un reconocible patrón de la administración del dictador.

Ese mismo gobierno se declaró admirador del franquismo, del nacional socialismo alemán y del nacionalismo italiano en la preguerra, y no renegó de su germanofilia sino hasta la entrada en hostilidades de Estados Unidos; en efecto, Martínez era un admirador del fascismo y de un modo estúpido alineó internacionalmente a El Salvador en esa dirección siguiendo sus personales inclinaciones ideológicas, sin advertir cuál era el pulso del concierto político internacional.

Aunque desmemoriada, nuestra patria conserva resabios de aquellos hechos, particularmente la micromentalidad de nuestros políticos, que se movió apenas milímetros con el advenimiento de la democracia.

Si la adhesión a Taiwán, país tan en boga durante las administraciones areneras, era de difícil comprensión, igual lo es ahora la militancia del partido oficial con su par venezolano; denominador común de ambos casos es que a la raíz de tal simpatía se privilegió un interés sectario sobre un interés nacional.

Entre 1989 y 2009, ¿quién ganó más de la relación con el Gobierno taiwanés: la nación o el partido ARENA? ¿Por qué sacrificar una prometedora relación con la economía china a cambio de alinearnos con un país tan lejos de nuestra área de intereses geopolíticos? ¿Para hacer bloque con Kiribati, Tuvalu, Burkina Faso y Nicaragua?

Y ahora, es el FMLN el que mete a El Salvador en la fila de los perdedores, apoyando públicamente al régimen de Nicolás Maduro, con manifestaciones que oscilan entre el sonambulismo del canciller Luis Martínez y lo cantinflesco del “Diablito”.

La inversión de papeles de nuestros actores políticos es oprobiosa: mientras en su discurso el FMLN reduce lo que sucede en las calles venezolanas a montaje financiado por la derecha internacional y matiza sobre la violación sistemática de las garantías constitucionales en ese país, ahora es ARENA el que apologiza contra la represión de Estado y la infamia del apresamiento político. El mundo al revés.

No hay modo civilizado de justificar la represión contra civiles. No hay dispensa para los gorilas de antes ni de ahora, hayan llevado o lleven un tocado rojo o uno verde. Todo aquel que lo pretenda matizar es un leguleyo perfumado, un cínico, un político de poca monta, nunca un demócrata.

La tarifa pagada por Taiwán por los servicios de aquel oficialismo aún no ha sido calculada; en el caso venezolano, sí sabemos que usar a El Salvador como sirviente en los pasillos diplomáticos cuesta poco más de $800 millones, y que la factura apesta a gasolina.