Cristian Villalta

Rigor. De Cristian Villalta

25 noviembre 2018 / LA PRENSA GRAFICA

El FMLN saboteó su proyecto político en el mismo instante que candidateó a Mauricio Funes; como premio de consuelo, vació su aparato partidario en el Gobierno. Su principal preocupación ya no es la elección, sino de adónde medrará su cúpula si abandona el Ejecutivo, y adónde depositará su burocracia, con apenas 61 alcaldías bajo su égida.

La opción que le queda es pactar con GANA, su aliado de la última década, que ahora tiene un lujoso vehículo en Nayib Bukele. Alrededor del exalcalde se cita una corte heterogénea a la que no la une proyecto político alguno, sino la promesa de formar parte de un Gobierno, salga como salga. Es el FMLN al revés, vehículo sin proyecto.

Mientras, ARENA pasa por una pugna entre los que quieren actualizar un poco la visión del partido, llevar una agenda más liberal a su mesa y despojarlo de los manierismos d’aubuissonianos; y entre los areneros clásicos, bajo cuya conducción esa bandera perdió raigambre rural y química con la clase media. Pero declararse a favor de Carlos Calleja es menos comprometedor que declararse a favor de la modernización en el partido. Aunque serían las dos caras de un mismo hecho, muchos no lo hacen por temor a una caza de brujas después de las elecciones.

Esos son los vientos que remecen la campaña 2019. Y, sin embargo, lejos de alejar a los ciudadanos, asistimos a un fenómeno: con celeridad, pensadores y analistas toman abierto partido frente a las presidenciales. Lo hacen adhiriéndose a alguno de los programas de su candidato predilecto, o participando francamente en las actividades de divulgación. No todos lo consiguen con gracia, pero el buen gusto va más allá de saber adónde poner las tildes.

Estas afinidades y simpatías son para los equipos de campaña un activo más valioso que la regalazón de láminas; en la medida que gente de la vida académica y nichos profesionales no asociados al ejercicio partidario se acerquen a los candidatos, aumentan las posibilidades de que estos vuelvan sobre sus ideas, que las revisiten. Si los presidenciables no rompen el tradicional cerco de oportunistas, plañideras y sobalomos partidarios, llegarán a CAPRES ciegos y sordos.

Por eso estos forasteros tienen una enorme oportunidad, desdramatizar la narrativa de una campaña que a ratos, por crispación ideológica e ínfulas mesiánicas de los candidatos, se parece a un capítulo del Apocalipsis; y a ratos, por lo barriobajero de las ideas de sus publicistas, a una canción de Paquita la del Barrio. Pero estos “outsiders” deben ser un socio de la ciudadanía en su relación con esos círculos, y no cejar hasta que la agenda fundamental permee lo más posible en los proyectos en contienda.

Para rendirle ese servicio a la democracia es imperativo ser riguroso. Se debe tener rigor intelectual al validar al candidato y al testear sus proyectos, sin ceder ante la popular doble moral o la condescendencia. Si como ciudadanos que forman opinión no guardamos un mínimo de escepticismo y pensamiento crítico estamos en la frontera de la propaganda.

¿Cómo evitarlo? Luego de los traumas sufridos por nuestra democracia en sus primeros 30 años no podemos sino recelar de lo que hagan ARENA, GANA o el FMLN. Entender lo que pasa ahí, reconocerlo, procesarlo en público es requisito indispensable antes de vindicar a sus candidatos o pedir abiertamente a nuestros conciudadanos que voten por ellos.


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Pescadores. De Cristian Villalta

Ninguno de los partidos políticos salvadoreños es genéticamente demócrata; aunque por imperativo jurídico ahora realizan internas para elegir a sus candidatos, eso de discutir y dialogar con los que piensan diferente no se les da muy bien ni intramuros ni en el campo de la cosa pública. Si bien las purgas ya no son lo que eran antes, como podría quejarse Cayetano Carpio en alguno de los círculos del Averno, cada vez que una coyuntura somete a estrés a sus mandos, lo frágil de las convicciones y los recelos acumulados entre los correligionarios quedan al desnudo.

Esta semana, tres diputados areneros rompieron a propósito la propaganda de granítico liderazgo que ese instituto ha vendido como insumo electoral. Lo hicieron de un modo baladí, con unos tuits expresando su apoyo a una de las candidatas a la Corte Suprema de Justicia. Si adentro de esa fracción legislativa no hay un liderazgo sano y si en su comité ejecutivo se habla más de la táctica electoral y menos de la estrategia política, pues pasa esto: que el disenso debilita al partido en lugar de fortalecerlo.

En las formas, pues, la derecha política no ha sido en lo absoluto lúcida para administrar las diferencias y equilibrar los puntos de vista en su seno; ha renunciado a ser el centro alrededor del cual convergen auténticamente las fuerzas liberales de nuestra sociedad, demasiado ocupada en renegar de los pecados de su pasado, reacia a poner sobre la mesa la agenda que la sociedad del siglo XXI exige.

En 2018, la derecha huele a viejo.

A la hora de moverse para escuchar a los contrarios, la izquierda también ha padecido de parálisis. A diferencia del FMLN, en su oportunidad Convergencia y luego el CD fueron fuerzas de inspiración democrática, con un ideario en el que no cabía la aniquilación del contrario. Buena parte de esa riqueza intelectual provenía de Rubén Zamora y después de Héctor Silva. Una vez Héctor Dada apagó las últimas luces, la oportunidad de una opción de izquierda madura y deliberante sufrió un traspiés horrible. Hoy, la izquierda política no escucha a nadie.

El FMLN, pues, no padece de sordera; es sordo de nacimiento.

Aunque el rumbo del país es obviamente el equivocado, a El Salvador le resulta imposible ponerse de acuerdo en las decisiones trascendentales. La unanimidad es utópica incluso en temas de seguridad pública, tamaño del Estado o inversión social. Por ende, hay que dialogar. Pero ¿cómo puede fructificar el diálogo entre un viejo necio y un sordo? O peor aún, entre fuerzas que no creen en el ejercicio democrático.

Por eso pasa lo que pasa en el mencionado asunto de la elección de los magistrados de la nueva CSJ. Aparentemente, el quid es si los candidatos de ARENA son mejores que los propuestos por el bloque FMLN/GANA. Obviamente, a los funcionarios del partido oficial y al círculo de Guillermo Gallegos les interesa gozar de alguna simpatía en la institución que más temprano que tarde puede interesarse por las eventuales mejoras que su patrimonio sufrió en el último quinquenio. Pero el entrampamiento fundamental no tiene que ver con la comezón de Gallegos; él, al igual que muchos otros antes, solo están navegando en el río de ignoto desentendimiento que la derecha y la izquierda políticas han dejado fluir entre sí durante años.

Saca pescó ahí, Funes pescó ahí, y otros iguales o peores también lo harán hasta que la izquierda y la derecha adquieran siquiera modales democráticos.

Muelas. De Cristian Villalta

30 septiembre 2018 / La Prensa Gráfica

Alguna vez fui a votar convencido de lo que estaba haciendo. Fue hace algunos años.

Desde entonces, participo en las elecciones como quien va al dentista. Ustedes también, a menos que pertenezcan a la minoría de salvadoreños que se ve directamente beneficiado por la victoria de un candidato a través de un empleo en la administración pública, de participar en el saqueo al erario o del montaje de una empresa ad hoc para ganar licitaciones.

En esa sensación desagradable que ha marcado nuestros últimos ejercicios electorales, la de estar participando en un bingo en el que solo puedes ganarte una paliza o una burla, coinciden dos realidades: la pobreza generalizada de los cuadros partidarios y la mediocre producción intelectual de los partidos políticos.

El dogmatismo que prevalece en los cuadros partidarios no es casualidad: para su clientela, intelectualmente minimalista, es más fácil abrazar a ciegas el librito de la jefatura de turno aun negando el ideario y la historia. Esa es la tragedia de la derecha, rica en areneros y pobre en liberales; ese es el drama del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, en el que ya no caben ni demócratas ni socialistas, sino solo arribistas.

Ninguno de esos partidos superó su condición de antípoda, de opuesto del otro, y agotaron las sucesivas campañas en descalificarse sin proponer una visión de país realista y a largo plazo. Claro, no se vieron forzados a hacerlo porque las elecciones, hasta 2019, se trataron solo de ellos.

Consecuencia directa del estatismo ideológico de unos y otros ha sido la pérdida de “sex appeal” de ambos partidos. Para un ciudadano educado, profesional y patriota, afiliarse a uno de esos partidos, a cualquiera, no es razonable. Es un escenario en el que solo puedes perder. ¿A quién se le antoja formar parte de un club en el que siguen creyendo tolerable celebrarle los natalicios a Roberto d’Aubuisson o aplaudirle los crímenes a Cuba, Nicaragua y Venezuela?

En el ecosistema de esas fuerzas siempre hubo partidos serviles, las más de las veces cómplices por unas migajas. En eso se convirtieron los antes poderosos PCN y PDC, y el CD que alguna vez enorgulleciera tanto a los demócratas.

Anomalía de ese medio ambiente, una vez purgado de ARENA Elías Antonio Saca quiso construir un tercer polo del espectro partidario y abrazó a GANA, un Frankenstein con pedazos de ARENA al que su primo Hérbert asistió como comadrona en 2009.

Cuestionado por los indicios de corrupción de sus principales cuadros, en especial Guillermo Gallegos, GANA participó de la gran telenovela de nuestros tiempos y como desenlace cuenta en sus filas con Nayib Bukele, personaje que ha recorrido el mismo peregrinaje ideológico de Saca, pero en la dirección opuesta. Purgados de su partido matriz, a cada uno en su momento le pareció más práctico y menos comprometedor hablar de estrategia que de ideología. Eso ocurre cuando no se tiene una, o cuando prefieres ocultarla.

Y así llegamos a esta elección, cuya campaña arranca esta semana. Con esas opciones, es imposible que no nos duelan los dientes.

Perezosa postdata: si el lector es tan morboso como sospecho, no le diré cuál fue el último candidato por el que voté convencido; solo admitiré que me equivoqué… gravemente.

¿Qué será? De Cristian Villalta

16 septiembre 2018 / La Prensa Gráfica

Sí, te verías preciosa en ese traje. El escudo nacional en las faldas de la pollera, la mantilla de encaje cubriéndote la cabeza. Y no, no te lo digo como ironía, lo prefiero mil a veces a que te enroles como cachiporrista. Pero amar a tu patria, ángel de mi vida, no tiene nada que ver con ese despilfarro de encajes azul y blanco.

Si me pides explicártelo, lo intentaré, aunque es un esfuerzo inútil. Esto de la patria solo se aprende con el tiempo; cuando ser salvadoreña te duela, entonces te acordarás de lo que hoy te digo.

“Nuestra patria El Salvador” no es un lugar. La patria es más que nuestros volcanes, que nuestros campos perversamente generosos en gente pobre, que nuestros ríos a cuyos flancos se peca como se implora. Y sí, tienes razón, son 21 mil kilómetros de cielo sobre 21 mil kilómetros de tierra. Pero la patria es más que la suma de este suelo y de esas nubes.

Tampoco cabe en las páginas de un libro. La patria nada tiene que ver con esos hombres cuyos apellidos te aprenderás con el tiempo. Ellos, presbíteros, generales y nobles, fueron piedra fundadora de la República de El Salvador. Y, pese a lo mal que lo hicieron, les seguimos rindiendo homenaje. Es que, óyeme, con lo que los próceres sembraron hace 200 años, cosechar paz era imposible. Fue más fácil cosechar despojo.

La patria no es la paz, pero son gemelas. Es que la patria es un deseo, el deseo de vivir en paz sin movernos del metro en que nacimos, del metro en que crecimos, del metro en el que gozamos a nuestra familia, del metro en el que conocimos el amor.

Y la paz no es posible sin justicia ni igualdad. Si no reconocemos al otro como igual a nosotros, no reconoceremos sus derechos. Si creemos que por pensar distinto a nosotros ese otro es un extraño aunque vivamos en el mismo pedazo del mundo, no hay posibilidades de justicia para él.

En El Salvador, miles de personas nunca gozaron de esa posibilidad, ¿sabés? Por pensar distinto que los más fuertes, por no ser considerados sus iguales por los más fuertes, por exigir solidaridad, por hacerse en voz alta las preguntas propias de un corazón bueno, por todo ello debieron irse y olvidar ese metro para siempre.

Pero no todos se fueron. Algunos se quedaron acá, preguntando hasta morir, porque hay corazones que no saben callar. Y eso es el corazón de un patriota: aunque puede llevarse la patria consigo como uno se lleva sus sueños allá adonde vaya, el patriota entiende que la paz más cara, la paz soñada, es la de tus iguales, la de los de tu tierra. Y te quedas con ellos… Antes de que todos te digan santo, unos pocos deben decirte hermano.

Nadie hace un conteo de patriotas, no sé cuántos haya hoy. Sé que alguna, muchas veces en nuestra historia, amar a la patria inspiró a los mejores salvadoreños a resistir. Aunque ahora sobramos los sensatos que te recomiendan soportar, eso no tiene nada que ver con la patria. La patria no se lleva bien con la cobardía.

Imperfecta y querida, esa ha sido la patria para mí. ¿Qué será para ti, cariño? ¿Qué será mañana? ¿Qué será?

¿Qué tan sana está nuestra democracia? De Cristian Villalta

2 septiembre 2018 / La Prensa Gráfica

La pregunta no es peregrina aun cuando estamos a pocos meses del decimoquinto proceso electoral después de la firma de los Acuerdos de Paz, entre elecciones presidenciales, legislativas y municipales.

Es que la democracia no se mide por las veces que el electorado asista a las urnas. Casarnos con esa idea es darle mucho crédito a los partidos políticos y muy poco a la ciudadanía; subirle o bajarle el dedo al magro espectro ideológico de la partidocracia cuscatleca fue necesario pero no suficiente para nuestro proceso histórico.

Para responder, debemos elegir indicadores acordes con el principio de mayoría moderada y el modelo de democracia representativa instalados en El Salvador.

Uno de los indicadores fundamentales sobre el debido funcionamiento de la democracia es la robustez de la opinión pública. Porque, de hecho, ¿qué es el sufragio sino una opinión sobre las cosas del pueblo?

Antes, cuando ARENA y el FMLN eran más grandes que sí mismos y no solo la suma de sus afiliados, votar por ellos era un símbolo ideológico de identidad, un signo de militancia más allá de la política; los tiempos han cambiado, y ahora solo una minoría es la que verdaderamente sangra por esas banderas. Bienvenidos al siglo XXI.

Votar es, pues, opinar. Y sin opiniones libres no hay elecciones libres.

Todas las variantes del totalitarismo lo atestiguan, porque esos regímenes sabían y saben que la dictadura nace con la imposición intolerante de una idea. La democracia muere cuando la nación ya no tiene opinión sobre sí misma.

La libertad de la opinión será motivo de apasionados debates siempre. Es que en todos lados, el público en general está poco interesado en la cosa y no se informa lo suficiente. Platón diría que más que verdadero saber, el pueblo lo que tiene son solo opiniones. O Twitter…

Pero he ahí el quid: la democracia no se sustenta en una ciudadanía formidable, a la que no se le pide ni siquiera que asuma una posición; le basta con que el público tenga a la mano suficiente información para emitir una opinión.

Dejándolo hasta ahí, vamos, que en tres décadas de proceso democrático no nos ha ido tan mal. Hay una opinión pública prolífica, desbordada, que se expresa no solo en una idea de país que los partidos políticos tradicionales tendrían que operativizar, sino en nuevos discursos, actores y plataformas. En un año hemos asistido al nacimiento de tres nuevos movimientos políticos e incluso los usualmente inmóviles ARENA y FMLN sostuvieron unas primarias perfectibles pero valientes.

Es tal el vigor de la opinión pública que en todos esos casos, desde las internas arenera y efemelenista hasta el lanzamiento de los nuevos partidos, los métodos de comunicación fueron más sofisticados que el contenido. Mejores publicistas que estrategas, claro…

Todos, desde el activismo más profano hasta el periodismo más fino, participamos en ese esfuerzo, personas naturales y jurídicas por igual, en un incesante intercambio que es un equilibrio en sí mismo.

Por eso mismo, el discurso antimedios o la cruzada contra el periodismo de la nueva meca política no debe pasar desapercibido. Nada de lo que hacen es por incordio, sino parte de un plan a la sazón burdo para tiranizar la opinión pública.

Tal cosa es hoy imposible gracias al cada vez más libre acceso a la información, y a que los salvadoreños del futuro parecen más interesados por la política que apasionados por los políticos.

Legado. De Cristian Villalta

19 agosto 2018 / La Prensa Gráfica

Saca vivirá en la infamia.

Detallar sus excesos, la hipocresía de sus adláteres o el calibre de su mentira no es el motivo de estos párrafos. De eso se encarga el fiscal general, con un histrionismo insuperable.

Tampoco fui un conocedor del personaje. Y estudiar un carácter como el del expresidente de la república, las ignotas deficiencias de su espíritu, escapa a mi comprensión, materia para mineros del alma humana como Leon Tolstoi, Stendhal o Charles Dickens, festival para cualquier criminólogo curioso.

Apenas aspiro a compartir mi estupor, que no se relaciona con el tamaño de lo robado sino con lo contagioso de esa corrupción, una epidemia de traición al país que este hombre le inyectó en las venas a parte de su gabinete, a un ancho espectro de la partidocracia y a, por lo menos, cuatro industrias nacionales.

Merced a su influjo personal, los institutos políticos de derecha padecen un descrédito brutal. Debido a su deseo de continuar mandando tras bambalinas, ARENA llevó a un delfín suyo como candidato y perdió las presidenciales de 2009. Peor aún, sus vasos comunicantes con el primer gobierno del FMLN fueron tales que una plática con su sucesor habría bastado para traspasarle algo más suculento que el poder.

Si ARENA, GANA, PCN y PDC recibieron su dinero en diferentes coyunturas electorales, y si sus operadores continúan vigentes, ¿hasta dónde puede decirse que Saca es todavía dueño de un pedazo de la política salvadoreña? ¿Alguien se animará a purgar ese germen de esos institutos? ¿Qué tan profundo están dispuestos a cavar?

En esas campañas, sobornos fueron y vinieron para que algunas agencias de publicidad le ayudaran a llevar el cash directo desde Casa Presidencial hasta la tesorería de sus emisoras. Antes, altos ejecutivos de al menos dos bancos nacionales también faltaban a sus obligaciones, permitiendo tratamiento VIP para los saqueadores de las cuentas del Estado y silenciando a los oficiales de cumplimiento. ¿El sistema bancario nacional se merece dejar una imagen de complicidad solo por la vileza de una decena de personas? No, pero el daño está hecho.

Con ese flujo de efectivo a diestra y siniestra, directo desde las arcas de nuestro macilento erario a su caja fuerte, Saca destazó varios mercados, especialmente el radial, con una práctica anticompetitiva por naturaleza. ¿Quién podía parársele a una empresa que se subsidiaba así? El agravio a empresarios honestos de esa industria no tiene nombre, y no se reparará subastando las frecuencias.

Otro efecto insospechado del desfalco es que consintió con unas condiciones salariales ilegales y desproporcionadas a tantos funcionarios, a tantos cuadros de los partidos políticos y a sus amigos que creó una nueva subclase social, los mantenidos de cuello blanco, personas de alto mantenimiento con las que pretendió dirigir la agenda de la clase media a su favor, una suerte de eunucos del espíritu, desde esferas como la religiosa, la deportiva y la empresarial. Tan recientemente como en octubre de 2016, aún le decían “señor presidente” cuando se reunían con él, casi un santo y seña de que pertenecían a la cofradía.

Podrán quitarle todo y borrar su nombre de cada placa, pero haber convertido la corrupción en sistema y la inmoralidad en cultura serán por siempre el legado de Elías Antonio Saca.

La sopa. De Cristian Villalta

22 julio 2018 / La Prensa Gráfica

Las pandillas sofocan cotidianamente a un sensible porcentaje de la población a través de la extorsión, la intimidación, el acoso y el asesinato. En su enfrentamiento con estos grupos y en general con otras expresiones violentas de la marginalidad, la Policía Nacional Civil mutó en una institución conflictiva, con unos reflejos incluso criminales, de tal modo que el Grupo de Reacción Policial, una de sus divisiones élite, debió ser disuelto.

¿Nuestra sociedad está concentrada en otro tema que no sea el de la sistematización de la violencia, el irrespeto a las libertades constitucionales que eso supone y la victimización a dos bandas que sufren nuestros jóvenes? No.

O al menos eso es lo que el observador recoge si conversa con el vecino, con los amigos, los conocidos, los colegas. La conclusión inevitable en la que se aterriza en las sobremesas de todos los hogares es la misma: “estamos jodidos”.

Inexplicablemente, la discusión de aquellos que tendrían que representar a los ciudadanos por comisión (los funcionarios) o por default (los partidos políticos) no toca sino colateralmente la postración en la que nos encontramos a consecuencia de la delincuencia. Tres meses después de los cambios reflejados en el organigrama policial a consecuencia de la derrota electoral, lo único que se pide al Gabinete de Seguridad, y de modo intermitente, es que encuentre a Carla Ayala.

¿En qué pueden estar ocupadas las “mejores mentes” de El Salvador sino en entender el fenómeno de la violencia y encontrarle vías de solución al sangramiento de nuestra próxima generación?

Sí, están ocupadas, pero en la miasma electorera, esa sopa tóxica de descalificaciones y chanchullos que tiene convertida a ARENA en una casa de citas con gobernantas peleadas; al FMLN en un partido bananero, amigo de un dictadorzuelo bananero; y a GANA, PCN, PDC y CD escamoteando las migajas de siempre a partir de una relevancia que no tiene sustento electoral alguno.

¿Quién lidera actualmente en El Salvador, entonces? ¿Quién alienta el debate sobre los problemas acuciantes de nuestra nación? No son la gente de los partidos políticos, eso está claro, blanco de una epidemia de mediocridad de la que ninguno se escapa.

Tampoco el Ejecutivo, que agota los últimos meses de su gobierno en diseñar una Sala de lo Constitucional que no muerda a nadie. Le sobran socios en ese empeño, incluidos algunos diputados de la oposición.

Considerando la historia salvadoreña del siglo pasado, nuestra campeona debería ser una sociedad civil robusta, independiente no solo del Estado, sino de la mediocre sociedad política que padecemos. Pero por proceso histórico, por incompetencia de la izquierda y por la siniestra confabulación Saca-Funes de hace algunos años, construir una instancia que desde el campo de lo público persiga el bien común sin ánimo lucrativo ni político partidario ha sido imposible.

Ese es el vacío que impide en este momento establecer una agenda nacional que no se vea contaminada por las veleidades de la partidocracia o la mezquindad de los grupos económicos dominantes, tradicionales o de nuevo cuño. Sin importar si esas facciones del negocio de la política son formidables propagandistas, egregios seguidores de Goebbels o tiernos retoños de la posmodernidad, en su conjunto son un atentado para el avance de nuestra democracia, a ciencia y paciencia de todos los ciudadanos.