Cristian Villalta

Paralítico. De Cristian Villalta

29 abril 2018 / La Prensa Gráfica

En un mes, el Fmln tendrá candidato a la presidencia. Sin importar su nombre, sabemos que se apellidará Martínez, que no hará ninguna crítica a la extraviada conducción que el partido sufrió en los últimos años y que tendrá el Everest comunicacional de venderle esperanza a un electorado que ya les compró una o hasta dos veces con terribles resultados.

A muchos izquierdistas se nos antojaba una revolución en el Fmln, a más no haber. Creímos que luego del desgobierno de Salvador Sánchez Cerén, del comprobado cinismo de la comisión política del Frente y las consecuencia electorales provocadas por esas dos taras, advendría siquiera una discusión pública en ese instituto.

Lo que sucedió al desastre electoral, no obstante, fue sólo la confirmación de la parálisis de liderazgo que el partido oficial sufre desde hace ya algún rato. La suma de la autocrítica en el Fmln es cero. Vamos, es que si la gran perestroika en el Gobierno luego de marzo fue empoderar a Óscar Ortiz, sólo queda apagar las luces e irnos todos a Masada.

Lo de la izquierda salvadoreña ha sido trágico: una vez convertida en gobierno, se olvidó de programa, visión y contenido, y lo redujo todo a estrategia, táctica y dialéctica. Y una dialéctica vulgar, chabacana, ramplona. Y, por maldita lógica histórica, sus mejores hombres y mujeres se fueron quedando en ese tránsito de 40 años de promesa subversiva a facción oficial que acabó empequeñeciéndolo.

El Fmln urge de un cambio profundo; confío que ocurrirá pero no será en el marco de las elecciones de 2019, que sólo representarán el canto del cisne del grupo de Medardo, Norman, Merino, Ortiz y anexos.

Mi confianza tiene poco de qué asirse, excepto de las causas finales, teleológicas si quieren, que son el motor no sólo del Frente sino del pensamiento de izquierda en El Salvador.

Parece obvio que habrá un cambio en el gobierno el próximo año. No hay razones de peso para pensar en otros cinco años del Frente. A la vez, hay motivos para creer que la próxima administración profundizará la carga impositiva, le recortará a la inversión social y recrudecerá el enfoque militarista de la seguridad pública.

El espectro nacional está fragmentado, sin vasos comunicantes sanos entre las distintas tendencias ni entre sus caudillos; sólo un estadista conseguiría que esas ideas convivan y se instale el necesario ambiente para administrar las tensiones que se aproximan a la vista de todos.

Pero de eso, no hay nada en la vitrina de 2019. De la derecha se percibe la ansiedad de recuperar el Ejecutivo, no conciencia de sus graves errores del pasado ni tampoco vergüenza de cómo se benefició con la corrupción de su último gobierno. Así, ¿cómo?
Ninguno de los otros partidos ni movimientos aportan una alternativa en esta coyuntura: algunos se vacían en culto a la personalidad sin contenido y los otros son cofradía de amigotes.

En uno, cinco o diez años dependiendo de cuanto tiempo se pierda en las veleidades electorales, cuando la nación ya no soporte lo anormal de nuestro Estado, lo alienado de su funcionamiento, se necesitará de un compromiso humanista de nuestra política, tan secular como sea posible. La izquierda del mañana, la que debe erguirse sobre las cenizas del naufragio de este Fmln, verá entonces su hora.

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Otro juego. De Cristian Villalta

Nuestra democracia le debe mucho a la polarización. La tensión sin tregua entre ARENA y FMLN, inevitable en los inicios de los 90, fue su mejor aliada para dinamizar las votaciones en el último cuarto de siglo.

Cristian Villalta, 18 marzo 2018 / La Prensa Gráfica

Esa polarización fue el ingrediente estrella de los ejercicios electorales desde Chapultepec, merced a dos formidables abstracciones de consumo masivo: la primera, que el FMLN y los partidos de su ecosistema eran la suma de los ideales populares de justicia e igualdad; la segunda, que ARENA y sus satélites eran la última línea de defensa de la inversión privada, del consiguiente empleo y del modo salvadoreño de vida.

Dicho de otro modo, el FMLN era la promesa del cambio y ARENA, la promesa del orden. Y los salvadoreños asistíamos a votar por la ilusión de una cosa o de la otra.

Al ejercer el sufragio, la nación honraba otra ilusión igual de sublime: que el pueblo era el titular del poder y lo transmitía representativamente a unos pocos para que la sociedad progresara. Deficiencia de todas las democracias occidentales, en el caso nacional eso es ilusorio porque vivimos en un régimen que es democrático en los procedimientos pero aún no en su vocación.

En la práctica, después dos décadas de gobiernos areneros la sociedad de posguerra se descubrió a la vez excluyente y empobrecida, y la idea del cambio se instaló poderosamente. El FMLN gozó entonces de su mejor hora y no tuvo más remedio que ganar.

Pero nueve años después del triunfo de Mauricio Funes, tras dos gobiernos con sabor a naufragio, el partido ha perdido la franquicia de “el cambio”. Para mayor inri, las palabras de la discusión pública que antes eran de su competencia ahora son usadas en contra suya por sus enemigos.

El otrora opositor por excelencia es ahora un partido oficial, paria que en el epílogo de su desvergüenza se dispone a convertir algunos ministerios en premio de consuelo para sus candidatos derrotados. Esa reacción solo corona uno de sus errores estratégicos más abusivos: confundió partido con Gobierno.

La crónica del Frente se volvió, pues, trágica.

Esa tragedia es más amarga para el sistema de partidos que para el pensamiento de izquierda. Es que a diferencia de la derecha, cuyo núcleo está concentrado entre los que militan o apoyan a ARENA y quienes lo patrocinan, la izquierda democrática nunca estuvo atomizada en el FMLN.

La izquierda puede vivir sin FMLN y encontrar otros caminos. Pero el sistema de partidos difícilmente saldrá bien parado si la mitad de su espectro entra en una crisis de legitimidad. Y ahora mismo, el oficialismo parece apenas un club de amigos.

Si uno de los dos polos de la discusión política pierde su legitimidad, el juego puede cambiar de nombre, de reglas o verse obsoleto.

Esa es la inquietud que debe ocupar hoy a los salvadoreños. ¿Quién y qué ocupará el hueco que el FMLN deja en el imaginario colectivo y en el espectro electoral? ¿Será ocupado por otros que acepten el juego democrático y el sistema de partidos? ¿O no? Y si no se cree en el imperfecto juego de la democracia representativa, ¿en qué se cree?

Adonde la democracia se simplifica empieza el totalitarismo. Y ese no es un juego.

 

Baratos. De Cristian Villalta

La nación salvadoreña concluirá esta década con una realización terrible e incuestionable: nuestros funcionarios nos roban.

cristian villaltaCristian Villalta, 18 febrero 2018 / La Prensa Gráfica

Da lo mismo qué matices le pongamos, está claro que la histórica cleptomanía en nuestra administración pública no tuvo ideología en el último cuarto de siglo. ¿O acaso no se enjuicia por enriquecimiento ilícito a presidentes de ARENA y del FMLN por igual?

LPGTráfico de influencias, licitaciones amañadas, desvío de fondos a empresas familiares, nepotismo… Sobran los eufemismos para referirse al despojo del erario acaecido en los últimos cuatro gobiernos. Y si nos preguntan en qué apartado del Gobierno nos han perjudicado más, en cuál se lesionó de modo más flagrante el interés público vía satrapía o despilfarro, nos cuesta distinguir entre los tres poderes.

Así asistimos a este nuevo ejercicio eleccionario, desencantados de la oferta partidaria y desolados por el funcionamiento de nuestras instituciones contraloras.

La Constitución salvadoreña de 1983 refundó política y jurídicamente nuestro Estado. Criticada de modo acre por algunas voces desde el FMLN, sobre todo por la imposibilidad de alterar la forma y sistemas de gobierno establecida en su artículo 248, no se la aprecia como una notable superación de la versión de 1962 ni por la inspiración auténticamente demócrata de muchos de sus conceptos.

Ese texto estableció el principio alrededor del cual debería tejerse la discusión fundamental entre nuestras fuerzas políticas: “El Salvador reconoce a la persona humana como el origen y el fin de la actividad del Estado”. ¿Qué otro sentido tiene la sujeción individual al ordenamiento jurídico sino el goce general de derechos como el de la libertad, la salud, la cultura, el bienestar económico y la justicia? Esa consideración, intermedia entre el contrato social de Jean-Jacques Rousseau y el Leviatán de Thomas Hobbes, no transpira en todo el articulado de 1983 pero fue un avance filosófico trascendental respecto de su antecesor de 1962.

Más Estado y menos espacio para la iniciativa individual liberalmente entendida, o viceversa, ese debería ser el ingente debate entre la izquierda y derecha de democracias tiernas como la nuestra. Pero para eso hay que producir pensamiento político, y no están nuestros partidos para tafetanes.

Por el otro lado, si el Estado, lejos de ser “soberano” como se establecía en el artículo 1 de 1962, no se agota en sí mismo sino que debe trascender para beneficio de las personas, el ministerio público y la función contralora deberían ser el corazón de su aparato. No importa si el ánimo filosófico de los movimientos políticos es liberal o conservador, las necesidades de nuestras mayorías y la desigual distribución del ingreso inherentes a nuestra historia justifican cualquier preocupación y control de las finanzas gubernamentales, por leonino que sea.

Ahí radica el desencanto. No solo es que la contraloría ha sido imperfecta y acomodaticia por decir lo menos; los funcionarios no son entusiastas a su favor, relativizan la independencia del ministerio público o prefieren sacar de la agenda ese deber ser. Por supuesto, para personajes como el presidente de la Asamblea Legislativa es más cómodo hablar de pena de muerte o de moralidad que rendir cuentas sobre el despilfarro de recursos y hábitos administrativos de alarmante discrecionalidad.

Mal vamos si los nuevos políticos no prometen apoyar la contraloría; aún peor es que los viejos políticos se rehúsen a hablar de corrupción. Es un concepto muy caro para gente barata.

El sistema. De Cristian Villalta

La democracia salvadoreña goza de la mejor salud que le es posible. A veces parece famélica, sí, pero su alimento principal es la discordia que aflora de modo continuo.

cristian villaltaCristian Villalta, 4 febrero 2018 / La Prensa Gráfica

En esta cuadrícula de tierra que consideramos patria, algunas de las discordias fundamentales a futuro son hasta dónde defender las libertades constitucionales en su oposición a la seguridad pública; qué tan a costillas de los grandes capitales debe fortalecerse la recaudación impositiva; qué tan profundo es el recorte que debe hacerse a la burocracia; y qué tanto debe ignorarse la seguridad de los trabajadores para atraer más inversionistas internacionales y sí eso es ético.

Un listado de este corte puede ser tan largo como se quiera; muchas causas de nuestra ciudadanía languidecen esperando a un político que las haga sus banderas: reciclaje, derechos LGTBI, laicismo versus educación religiosa, etc.

LPGLamentablemente, toda la disensión que tenemos alrededor de estos ejes no civiliza ni modera nuestra vida en sociedad. Ese precepto básico de la democracia, que la diferencia se transforme en acuerdo y concordia, opera en contadas ocasiones entre nosotros porque el debate no es debidamente apreciado en El Salvador.

Así, pese a que tenemos una tonelada de candidatos a diputados y a que en algunos municipios chocan visiones diametralmente opuestas de lo que debe ser la gestión pública, no gozaremos de discusiones entre los contendientes excepto en algunos programas de televisión. Este último mes debería tratarse de esos foros, no de un concurso por sepultar las calles con banderitas ni vaciar las tiendas de a dólar para regalar baratijas en los noticieros.

Tristemente, esta deficiencia no atañe solo a la incapacidad discursiva que sufren algunos candidatos, sino a que el caldo nutricio de los partidos políticos aún es mayoritariamente dogmático. Algunos de los correligionarios más prometedores de ARENA y del FMLN no tienen una sola idea posmoderna, sino solo manierismos ideológicos. ¿Qué puede discutirse con gente que cree en verdades únicas?

¿Nuestra democracia es, entonces, víctima de la operación de los partidos políticos? No. La tara de la cual los ciudadanos salvadoreños debemos liberarnos es de la tiranía de la ideología sobre el pensamiento. Otra cosa es que, en ese afán, los institutos que compiten por el poder nunca serán aliados de la ciudadanía, al menos no en sus versiones actuales, porque no progresaron en los últimos 26 años.

Quizá nuestra vida democrática ha perdido un compás: célebres dinosaurios de nuestra política han sido tan longevos que ahora conviven con los mamíferos. Pero la responsabilidad de los ciudadanos no debe soslayarse, porque la falta de interés en la discusión pública, la grosera falta de civismo que exhibimos elección tras elección y lo desinformados que permanecemos es causal directa para que gente moralmente reprochable o sin ninguna capacidad intelectual gobierne el municipio o nos represente en el Parlamento.

Simultáneamente, hay una emergente narrativa antisistema que nos invita a no participar en las elecciones. Despreciar la participación ciudadana luego de todo lo que El Salvador sufrió por la apertura de eanti políticaspacios políticos a lo largo del siglo XX es infame. Para catalizar desacuerdos y encarar las injusticias en el diseño de nuestro Estado, no gozamos de mejor herramienta que un sistema electoral que, si bien es operativamente perfectible, remedia progresivamente las preocupaciones de la generación que firmó la paz, y de la posibilidad de fortalecer o liquidar a los partidos de nuestra época. El motor de este sistema debe ser una ciudadanía más responsable, no otra perezosa e ignorante.

La puerta. De Cristian Villalta

Al TPS no lo mató el fantasma de Hugo Chávez; se murió de hambre nada más. Renovado en septiembre de 2016, vencía naturalmente en marzo de este año.

cristian villaltaCristian Villalta, 14 enero 2018 / La Prensa Gráfica

Uno las ve en la fotografía y hasta advierte una sonrisa en la diputada Karina Sosa; a su colega Nidia Díaz, en cambio, la imagino algo contrariada. Eso de ponerse cínico no se le da igual a toda la gente.

Tampoco es para morirse: si la consigna era que ninguno de los parlamentarios oficiales se quedara callado luego de las noticias respecto al TPS, algo había que hacer; y ni siquiera la inviable propuesta de darle $1,500 dólares como capital semilla a cada uno de los retornados las hizo ver peor que el canciller Hugo Martínez o el presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén.

LPGAl canciller y a su jefe les faltó apenas un gramito de iniciativa para declarar el 8 de enero como el Día Nacional de la Reunificación Familiar. Sus discursos de esa tarde fueron irrespetuosos para la inteligencia de la nación, mera jerga electorera, pretendiendo que el votante interpretara la extinción de los beneficios del TPS para casi 200,000 connacionales en 2019 como una victoria de la diplomacia.

El infame optimismo gubernamental fue la mal disimulada respuesta al oportunismo barato del principal opositor. Al otro lado del barrio político, las expresiones de muchos voceros de ARENA, incluido uno de sus precandidatos a la Presidencia, fueron infantiles, ligando la decisión estadounidense con la adhesión de los gobiernos del FMLN a la agenda de la Alianza Bolivariana, y más específico, con la lamentable participación del exministro de Obras Públicas, Gerson Martínez, en un evento que, seamos sinceros Gerson, parecía organizado por los primos soyapanecos de Osama bin Laden.

Al TPS no lo mató el fantasma de Hugo Chávez; se murió de hambre nada más. Renovado en septiembre de 2016, vencía naturalmente en marzo de este año; con la ascensión al poder de un hombre enemistado con los inmigrantes, ¿qué detuvo al FMLN para asociarse con otros países también interesados en estos beneficios, enfilar sus baterías diplomáticas y las de sus aliados en el Congreso y acercarse al Gobierno de los Estados Unidos de América desde enero del año pasado?

En lugar de comprometerse con brindar esas respuestas o de convocar a la nación a un análisis integral de la situación, solo quedó materia para el “gossip” electoral y para un ejercicio de descaro de parte de las dos facciones de la plutocracia que gobernó al país desde 2001 a la fecha. Gobierno y medio de ARENA, Gobierno y tres cuartos del FMLN, ambos son responsables de que nuestra política exterior en este siglo haya sido reactiva, cargada de una ideologización inútil, pensada de espaldas a los compatriotas migrantes.

Especialmente durante la administración de Antonio Saca, la vulnerabilidad migratoria de los connacionales fue usada como moneda de cambio y herramienta de cálculo electoral. Las fotos de Saca abrazándose con George W. Bush y su discurso que la renovación del TPS había sido posible merced a su “amistad” con el mandatario provocan tanta indignación hoy como en 2008. En aquel momento, el Estado gozaba de un indiscutido capital político en Washington, pero rehuyó buscar una solución permanente. Algo tuvieron que ver en ese desperdicio de oportunidad la incapacidad de liderazgo del último presidente arenero. Una lástima porque nuestra gente siempre debió ser nuestra respuesta, no nuestro problema.

Hoy, todos vuelan a Washington, a tocar una puerta que ya no existe.

Una historia. De Cristian Villalta

Huían, hasta que los detuvieron dos soldados.

cristian villaltaCristian Villalta, 17 diciembre 2017 / La Prensa Gráfica

No había toque de queda en la zona, pero cualquier familia que se moviera a esas horas de la noche con obvias intenciones de irse a otro lado era cuando menos sospechosa. Al menos, esa era la lógica de los militares.

No es que aquel hombre y aquella mujer, jóvenes ambos, fuesen más irritantes que las otras familias pobres que también emprendían esa huída. La violencia es una máquina de desplazados, de migrantes, de peregrinos en su propia tierra.

Pero es que estos dos algo se traían.

LPGAl menos esa fue la impresión del más severo de los soldados. A diferencia de su compañero, que aún armado hasta los dientes no dejaba de ser un mocoso, este tenía más experiencia y estaba más entrenado en el oficio del terror, en cómo infundirlo y en cómo aprovecharlo para humillar a las humildes gentes que atravesaban a diario aquel retén.

A la primera pregunta, a la primera indagación sobre cosas incluso insignificantes, los vecinos doblaban la cerviz y el miedo les entraba al cuerpo. Pero estos dos, no; había tal convicción en sus palabras que parecían aprendidas, como si sólo estuvieran repitiendo un guión. Algo se traían.

Preguntar de qué huían era tan innecesario como la explicación del esposo, cuyas palabras perturbaron a sus interrogadores no por dramáticas sino por inesperadamente convincentes.

Con su mujer obviamente embarazada, aquel no era lugar para vivir, ni siquiera para sobrevivir, explicaba.

Y era cierto. El problema no era la pobreza, la falta de oportunidades, la injusticia cotidiana ni, vamos, la casi barbarie en la que tocaba nacer y crecer. El problema era que, como si fuese la operación de un artificio diabólico, paulatinamente se había desatado una epidemia criminal y los más jóvenes estaban siendo exterminados.

Uniendo infamia a la desgracia, las autoridades no sólo eran incapaces de detener el genocidio de una generación entera sino que se sostenía que ellas estaban detrás de las ejecuciones. Esa posibilidad era tan funesta como los crímenes mismos; lo único que podía hacerse era huir. Y por eso huían aquellos dos como otros cientos.

El soldado más joven quería caerles a palos. “En estos lados, ser pobre es la mitad de cualquier delito y estos no llevan ni un buen cumbo para tomar agua.” Pero el otro no dejaba de tener dudas. Quizá en diferentes circunstancias no les habría amagado pero detener a una mujer en estado era más de lo que le permitían sus escrúpulos. Y si no la detenían y sólo procedían contra el marido, también se exponían a una luz innecesaria.

De modo que por un estricto ejercicio de cálculo decidieron dejarlo ir. Antes, por supuesto, les pidieron sus nombres, les recomendaron desaparecerse de inmediato porque aquella zona estaba caliente y lo insultaron a él por arriesgar así a su mujer, en un viaje estúpido y de éxito incierto. Y los peregrinos, como llegaron, se fueron, manteniendo el paso con el que venían, sin asomo alguno de terror y con un extraño brillo en los ojos.

-Estos no me la hacen. Él chamaco, mínimo es colaborador; la chamaca se ve tranquila pero hoy ya no se sabe. Y usted dejándolos ir… ¿Adónde es que dijeron que iban?

-A Belén, pareja. A Belén.

Luz. De Cristian Villalta

A efectos, prácticos lo sustancial —la marginalidad, la exclusión, el diseño alienado del Estado— no cambió, y la nación salvadoreña continúa defraudada y desilusionada.

cristian villaltaCristian Villalta, 3 diciembre 2017 / La Prensa Gráfica

Estimado señor. Desde que usted se fue, mucho pasó. Y desde que usted se fue, poco cambió.

Como usted lo temía, hubo una guerra que enfrentó a hermano contra hermano. Como usted lo advirtió, el proceso popular hacia la justicia social era endeble y corría el riesgo de convertirse en mero ejercicio de la violencia.

Sobrevivimos a la guerra por tozudez, porque en el corazón de los nuestros a falta de sabiduría siempre hubo esperanza y porque la mayoría de salvadoreños se abraza de modo célebre a la vida porque es lo único que tienen, lo único que es suyo y no prestado.

LPGLógicamente, la índole de la variedad que usted reconocía como inherente a nuestra nacionalidad y a la fe cristiana fue atacada de modo virulento en esos años. La intolerancia que arrodilla y nubla el juicio de los salvadoreños del siglo XXI fue sembrada ferozmente en esa década.

Ya no es solo ejercicio sistemático de la fuerza como método de seguridad pública. Lo que le describo es natural intolerancia al que es distinto, un germen destructor que no purgamos ni después de los miles de muertos de aquella guerra. Usted aseveraba que la violencia es solo un fruto del crimen y que su modalidad mortal es pecado venga de donde venga. Sin embargo, ahora como antes nuestra sociedad matiza el asesinato. Es lo que aprendió desde 1932.

Por cierto, los militares ya no gobiernan. La idolatría a la institución armada efectivamente terminó aunque desde el poder civil se escuchan con insensata frecuencia apologías de la represión para justificar el aumento de la esfera de influjo militar. Se sorprendería al reconocer entre los rostros de esos apologistas a algunos de los jóvenes que denunciaban la represión paramilitar hace 40 años. Ellos gobiernan ahora.

Eso fue posible merced a unos acuerdos que aliviaron la carga de terror y sangre de la nación. Quizá fueron las semanas más honrosas de nuestra historia, con tantas personas de signo contrario, algunos de ellos enemigos todavía hoy, sometiendo intereses personales o sectarios al bien común, hasta que a unos y otros se les antojó amnistiarse de sus crímenes.

Desde entonces, el ejercicio político cambió, y en ese orden la rueda de la historia dio una vuelta de 180 grados hace algunos años, cuando un hombre que no estaba asociado al círculo tradicional del poder ganó la Presidencia de la República. Usted no le conoce; él a usted, tampoco.

Sí, hubo alternancia en el Gobierno; y lamentablemente, el rayo de salvación que usted esperó, del que tanto habló, no ha llegado. A efectos prácticos, lo sustancial —la marginalidad, la exclusión, el diseño alienado del Estado— no cambió, y la nación salvadoreña continúa defraudada y desilusionada.

Discúlpeme si sueno pesimista o malagradecido. El esfuerzo y la vida de tantas personas, la sangre de los mejores de dos generaciones no debe desperdiciarse. Y sí, acaso estemos a la puerta de una época fabulosa, pero antes necesitamos a un líder, uno al menos que se resista a mentirle a la nación, que no le venda odio ni división y que la invite a sacrificarse para garantizar un país que no verá. Uno que tenga algo de verdad… un poco de verdad es siempre un montón de luz, Monseñor.