Manuel Hinds

Lo que nos permite cambiar. De Manuel Hinds

14 junio 2019 / EL DIARIO DE HOY

El Salvador está viviendo una nueva etapa política en su historia, la cuarta en apenas cuarenta años. De los regímenes militares que dominaron la mitad del siglo XX hemos pasado por tres nuevas etapas que, aunque han sido marcadas por cambios en los partidos políticos o líderes personales que han llegado al poder, han sido realmente determinadas por cambios en las preferencias del electorado, que han podido elegir a los gobernantes que quiere.

De 1931 a 1982 fuimos gobernados por los militares, que escogían entre ellos los que iban a ser presidentes y luego llevaban a cabo elecciones populares que ellos manipulaban para legitimar a su escogido. Con la excepción del general Maximiliano Hernández Martínez, que fue presidente de 1931 a 1944, no tuvimos caudillos personales en ese período, pero sí tuvimos una casta que manejaba los hilos del poder. En esa época era impensable que alguien que no fuera militar o escogido por ellos pudiera llegar a la Presidencia de la República.

El proceso que llevó al final de esta dominación de esta casta comenzó con la promulgación de la Constitución de 1983, las elecciones libres de 1984 que llevaron a la presidencia de José Napoleón Duarte, y el comienzo, en su régimen, de la vigencia de los derechos fundamentales —las elecciones libres, la independencia de poderes, las libertades de pensamiento y de prensa, entre otros— que, apoyados en las libertades económicas, evitaron que la rigidez de las viejas capturas del poder se repitieran.

Como resultado, el país, que había visto sólo militares en las décadas de 1931 a 1983, ha tenido en los siguientes 36 años un presidente demócrata cristiano, cuatro de ARENA, dos del FMLN y uno de GANA, en tres períodos muy marcadamente diferentes el uno del otro, con transiciones en las que nadie ha dudado que van a realizarse —en marcado contraste con Honduras y con Nicaragua y con otros países de América Latina en donde hay presidentes que se eternizan.

Este gran cambio, este aumento en la adaptabilidad del régimen político, de uno que no cambió en 51 años a uno que ha cambiado tres veces en 36, no se debe a ninguna persona en particular. Tampoco se debe a una relajación del poder del imperio de la ley.

Muy al contrario. La flexibilidad ha aumentado porque el país ha establecido el imperio del Derecho, manteniendo la integridad de las instituciones democráticas sin cambiarlas.

La fuerza y continuidad de esas instituciones es lo que ha proveído el marco por el cual distintas tendencias y distintas generaciones han podido acceder al poder, cambiándole el rumbo al país de acuerdo con las preferencias políticas del pueblo.

En las luchas políticas siempre hay gente que cree que las instituciones no son vehículos de progreso sino de atraso, que deben apartarse para que el líder del momento haga todo lo que quiera y mejore al país rápida y efectivamente. Pero eso es lo que los países atrasados hacen y por eso se mantienen atrasados. En su momento hubo muchos que creyeron que era bueno destruir instituciones para que Ortega mandara sin obstáculos, y lo mismo con Chávez y con tantos líderes que han introducido una rigidez fatal en sus países. Muchos de los que hoy sufren la rígida tiranía de Ortega, que reprime a la juventud y no deja cambiar a Nicaragua para que se adapte a los nuevos tiempos, fueron un día jóvenes que creyeron que había que darle todo el poder al mismo Ortega, matando las instituciones que dan estabilidad democrática a los países. Si los entusiastas de los militares hubieran logrado hacer esto, o los de ARENA, o los del FMLN, ahora estaríamos atrasados décadas en nuestro desarrollo político. Estaríamos capturados en un país que no podría cambiar.

Esta lección debe ser recordada por el pueblo: que su libertad para cambiar, que se ha manifestado tan claramente tres veces en menos de cuatro décadas, y para hablar, y para defender sus derechos, proviene no de una persona sino de las instituciones del país. Éstas deben fortalecerse para que el país se mantenga libre y pueda prosperar.

Esto es lo principal que hay que cuidar y fortalecer, en este y los siguientes períodos presidenciales.

Los elefantes blancos. De Manuel Hinds

7 junio 2019 / EL DIARIO DE HOY

Una de las grandes tentaciones que tienen los nuevos gobiernos es prometer megaproyectos de infraestructura—tales como los que plantea nuestro nuevo gobierno para la Zona Oriental: un aeropuerto internacional y un tren de alta velocidad entre San Salvador y San Miguel.

Estos proyectos excitan la imaginación del público, que los asocia equivocadamente con el progreso, como si contar con un nuevo puerto, o con una nueva carretera en el norte del país, o con un nuevo aeropuerto o un nuevo ferrocarril de alta velocidad nos vamos desarrollar aunque sigamos con los mismo problemas de siempre, de excesiva burocracia, de pésima salud y educación y terrible inseguridad pública, con malas calles de acceso a muchos lugares, con pobres instalaciones de agua, alcantarillados y desechos sólidos. Al oír las palabras “un ferrocarril de alta velocidad” la gente asocia inmediatamente la imagen de un tren chino corriendo a 350 km/h y piensa al tener uno de esos seremos como China.

Igual la gente imaginaba enormes barcos viniendo de Asia y atracando en un nuevo Puerto en La Unión, que por arte de magia generaría enorme demanda para crear una zona industrial, que iba a dar un boom enorme a la zona oriental y al país entero, convirtiéndose en el extremo del Pacífico de un canal seco interoceánico, uniendo La Unión con Puerto Cortés.

En vez de eso, tenemos un puerto que no tiene ninguna demanda, cuya existencia no puede justificarse como centro de abastecimiento de las zonas de gran consumo en el país ni como salida para las zonas de gran producción del país (Acajutla está mucho más cerca y todavía tiene mucho espacio para crecer) ni como la conexión de una gran zona industrial en La Unión con el mundo entero, porque esa zona industrial no existe.

La triste historia es que en vez de todos los sueños nos quedamos con una deuda de más de 200 millones de dólares cuyo uso fue equivalente a haberlos tirado a la basura, con un puerto que nadie quiere, que tiene un problema de azolve en su acceso, cuya solución requiere decenas de millones de gasto recurrente en drenaje, que vuelve carísimo el acceso al puerto. Con el tiempo, el puerto se va a ir convirtiendo en una ruina inútil. Igual pasó con la famosa Carretera Longitudinal del Norte. La idea de esta carretera surgió de observar que la red de carreteras de El Salvador parecía un par de ciempiés paralelos, con los dos cuerpos corriendo de occidente a oriente (la del Litoral y la Panamericana) y los pies conectando el norte con el sur. Lo que se necesitaba, los funcionarios pensaron, era otro cuerpo para hacer tres ejes yendo de poniente a oriente.

A ninguno de estos funcionarios se le ocurrió que el problema por el cual los funcionarios anteriores no habían construido esa Carretera Longitudinal del Norte era que había muy poca gente que quería ir de una parte del norte a otra parte del norte. Eso lo descubrieron después de haber gastado cientos de millones en hacer la carretera.

No sería gracia para el país descubrir que el costo de un tren a San Miguel es demasiado alto para el tráfico qué hay entre San Salvador y San Miguel. Si asumimos conservadoramente que la inversión fuera de $3 mil millones de dólares, el costo de intereses sería cerca de $240 millones anuales al 8% de interés. Si exageradamente asumimos que el trafico diario sería de 10,000 personas diarias, el tráfico anual sería de 3.7 millones de personas. El costo sólo por intereses sería de $66 por pasajero. A esto habría que sumar los costos de la energía, el mantenimiento, la administración y tantos otros. Sumando, el pasaje costaría más de $100 solo de ida, y más de $200 ida y vuelta. Divida estos costos por la mitad y todavía son altísimos.

Como nadie podría pagar esos tiquetes, el gobierno tendría que subsidiar la operación con cientos de millones de dólares al año para que costaran lo que cuesta un pasaje de bus, o dejar que el ferrocarril se pudriera como se están pudriendo el Puerto de La Unión y la Carretera Longitudinal del Norte. Y piense en todo lo que se podría hacer con tanto dinero para desarrollar el país. El aeropuerto sería peor.

América Latina y su síndrome de Michael Jordan. De Manuel Hinds

24 mayo 2019 / EL DIARIO DE HOY

El síndrome de Michael Jordan es una condición en la que caen muchos adolescentes, particularmente afroamericanos que, deslumbrados por la carrera de algún gran deportista, deciden que, siendo la estrella máxima de cualquier deporte, se van a hacer tan millonarios como él y abandonan todo por lograrlo. Dado que los Michael Jordan aparecen solo una vez en decenas de millones de personas, la inmensa mayoría de los que no hacen nada más que jugar y jugar para llegar a serlo descubre, cuando ya es muy tarde, que no llegaron a nada y que en vez de ser estrellas del deporte son adultos sin ninguna educación y perspectivas y hundidos en la pobreza. Quedan muy atrás de sus compañeros que no soñaron con un milagro sino que terminaron la secundaria y fueron a la universidad o a la escuela técnica y se formaron una vida confortable y útil.

Este síndrome se ha convertido en una fuente de pobreza.

Muchos países de América Latina han adquirido el síndrome, El Salvador entre ellos. Quieren que alguien invente un método para lograr un milagro económico que nos haga crecer a las mismas tasas que China, Japón, Alemania, Corea, Singapur y Hong Kong, sin tener que hacer nada de lo que hicieron estos países: invertir mucho en su gente para que pudieran producir más. En la espera de que ese milagro se dé, estos países viven en conflictos internos causados porque el milagro no se da y se culpan los unos a los otros por no lograrlo.

Este síndrome es realmente peor que el de Michael Jordan, porque los que sufren de éste al menos se entrenan en este deporte y sólo yerran al pensar que el talento que tienen es suficiente. El síndrome de América Latina sería comparable al de un muchacho que quisiera ser el siguiente Michael Jordan y que no hiciera nada para lograrlo, sin siquiera entrenarse o visitar la cancha, esperando que un entrenador, con un gesto mágico, lo pudiera convertir de inmediato en lo que quiere ser.

Uno de las características de los que sufren este síndrome es que desprecian los logros de los que buscan su desarrollo poco a poco, sin milagros. Exigen tasas altísimas de crecimiento automático o nada y pierden lo que otros países logran con tasas similares a las existentes en El Salvador y la América Latina. Las tasas anuales promedio de crecimiento del ingreso por habitante de Francia, Alemania, el Reino Unido de 1820 a 1913, el período en el que se convirtieron en desarrollados, fueron 1.4%, 1.5%, 1.3% y 1.7%, respectivamente. Como comparación, El Salvador creció 2.0% anual de 1920 a 1978 pero luego tuvo el descalabro de la guerra, durante la cual el ingreso por persona cayó en un 25% y se mantuvo sin crecer hasta 1990. Después de 1992 el crecimiento promedio anual subió a 1.7% —que aunque más bajo que el de los años de antes de la guerra, y mucho más bajo que el de China actualmente, es comparable a la tasa de crecimiento de Estados Unidos durante el periodo de su desarrollo y mayor que las de Francia, Alemania y el Reino Unido durante ese tiempo.

Pero hay una gran diferencia entre la manera en la que estos países utilizaron esas tasas de crecimiento y la manera en la que nosotros las hemos ocupado. Ellos usaron el crecimiento para invertir en la educación y la salud de sus habitantes y para desarrollar sus instituciones. Por ejemplo, Francia tenía en 1907 nuestro actual nivel de ingreso por habitante. Para ese tiempo, Francia tenía un sistema de educación y salud que estaba entre los mejores del mundo, ciudades bellas e instituciones políticas muy bien desarrolladas —todos estos síntomas de un alto nivel de capital humano. Todo eso lo pagaban basados en ingresos por persona similar al nuestro de ahora, y con tasas de crecimiento también similares a las nuestras. Lo que los franceses usaron para construir una nación muy desarrollada ya en 1907, nosotros lo hemos desperdiciado gastándolo en todo menos en lo que es la verdadera fuente del crecimiento y desarrollo: la inversión en nuestros ciudadanos.

Capital humano, innovación y riqueza. De Manuel Hinds

3 MAYO 2019 / EL DIARIO DE HOY

La gráfica 1 muestra algo que ha sido demostrado de muchas maneras y de lo que yo he hablado muchas veces: que, en nuestra era de revolución tecnológica, el ingreso por habitante está íntimamente ligado a la innovación. A más innovación, más riqueza.

Todos los países que están en la parte alta del ingreso en la gráfica, han llegado allí a través de las tasas altas de crecimiento que les ha dado su capacidad de innovación.

FUENTE: The Global Innovation Index, Cornell, INSEAD y WIPO para innovación, y Banco Mundial Da-
tabBank para los ingresos por habitante, medidos en $PPP a precios de 2011.

Pero, ¿qué les ha dado esa capacidad de innovación? La gráfica 2 provee la respuesta: es la inversión en capital humano (la educación y la salud y la seguridad).

FUENTE: UNDP para el Índice de Desarrollo Humano y the Global Innovation Index, Cornell University,
INSEAD y WIPO para innovación.

El Salvador está bien abajo en el capital humano, y por lo tanto en innovación, y por lo tanto en ingreso por habitante. Es, pues, en capital humano en lo que debemos invertir con mucho esfuerzo para poder incrementar el ingreso y desarrollar el país.

El avión y la gasolina. De Manuel Hinds

Los esfuerzos para aumentar la inversión en capital físico deben ser acompañados de un esfuerzo muy grande para cambiar el panorama con el que se va a enfrenta la generación que está por nacer en el país, como lo ha estado proponiendo la UNICEF desde hace un par de años…

4 mayo 2019 / EL DIARIO DE HOY

En las últimas dos semanas he estado discutiendo, de una manera general, la situación del país en este momento en el que podrían darse muchos cambios para que ya no sea, como dicen, “más de lo mismo”. Por muchos años la gente pensó que el gran problema era la desigualdad. Tuvimos, en gran parte, una guerra sobre ese diagnóstico. Pero los datos indican que ese no es el problema, o por lo menos no es el problema fundamental que nos lleva a tener índices altos de pobreza, tanto monetaria como en términos de las otras cosas que contribuyen a una vida digna.

El problema es que nuestra producción es muy baja, con muy poco valor agregado, de tal forma que por mucho que se distribuya la población seguirá siendo pobre, sin educación, sin salud, sin seguridad, sin la oportunidad de gozar de lugares agradables, de una vida armoniosa.

Todo eso es lo que vuelve atractivo tomar el rumbo de la emigración, que es tan llena de riesgos y de terribles costos, y que tampoco es una solución humana al problema. Es, pues, indispensable organizar todo de tal manera que logremos crecer lo más rápido posible para por lo menos asegurar que la generación que está naciendo ahora pueda acercarse significativamente a una vida civilizada aquí, en El Salvador.

Pero es importante que ahora no se cometa el error tan garrafal que hemos cometido ya tantas veces, en el país y en América Latina, de decir “Primero vamos a producir y luego, cuando ya tengamos, vamos a distribuir con políticas sociales”. Decir esto es ignorar lo que es la economía en la que estamos viviendo en el mundo actual. Es como poner una línea aérea y decir, “Primero vamos a poner a volar al avión y después le vamos a echar gasolina”, porque con una población sin educación, sin salud, sin seguridad, viviendo en medio de la suciedad, no vamos a poder crecer. La única fuente del crecimiento en nuestro mundo es el capital humano —es decir, la educación y la salud que está incorporada en nuestra población. Sin gasolina, no vamos a poder hacer volar el avión; sin educación y salud no vamos a poder hacer crecer nuestra economía. Esto puede verse aún en el caso de América Latina.

En unas gráficas que publiqué ayer (https://www.elsalvador.com/opinion/observadores/589335/capital-humano-innovacion-y-riqueza/), es fácil ver que los países más innovativos son los que son más ricos —es decir, que son los que más han crecido en el largo plazo, y que los países que son más innovativos son los que tienen más desarrollo humano. Es decir, como se puede demostrar directamente también —con gráficas mostrando el ingreso, o su crecimiento, y el desarrollo humano— el crecimiento y la riqueza son función del desarrollo humano de la población.

Por eso, los esfuerzos para aumentar la inversión en capital físico deben ser acompañados de un esfuerzo muy grande para cambiar el panorama con el que se va a enfrenta la generación que está por nacer en el país, como lo ha estado proponiendo la UNICEF desde hace un par de años. La idea es acompañar a estos niños en toda su carrera a la vida adulta, invirtiendo en cada etapa de tal forma que la educación y la salud a ese nivel quede permanentemente mejorada de una manera muy sustantiva, poniéndolas a niveles de clase mundial. No se lograría llegar al nivel de los países desarrollados, pero se avanzaría mucho. Lo importante es comenzar a sacar generaciones educadas modernamente, y saludables, y continuar mejorando su preparación año con año. Esto, por supuesto, es caro, pero más caro es no hacerlo. Y se puede financiar con una combinación de eliminación de los desperdicios, de los gastos que no tienen prioridad, de donaciones y de financiamiento de muy largo plazo (para esto si vale la pena endeudarse).

Además ahora necesitamos menos escuelas porque hay menos niños que antes por la baja en el crecimiento demográfico. UNICEF ya ha hecho los cálculos. Y, como dijo Derek Bok, un presidente de Harvard, si usted piensa que la educación es cara, trate la ignorancia. O trate de volar sin gasolina. O con bien poquita. Con toda nuestra historia, ya deberíamos de saber lo que pasa.

La desigualdad. De Manuel Hinds

8 abril 2019 / EL DIARIO DE HOY-OBSERVADORES

Como todos los salvadoreños tienen una marcada tendencia a creer que El Salvador es el peor país del mundo en todo, una actitud que ha sido reforzada por décadas de propaganda del FMLN y acompañantes, aquí se asume que nuestro país tiene la peor distribución del ingreso del mundo —es decir, que aquí es donde se observan las mayores diferencias entre los pobres y los ricos, no solo en una localidad específica, sino en general. Para toda esta gente será una sorpresa ver la gráfica 1, que muestra, para toda Latinoamérica, el índice de Gini, que mide la desigualdad en una sociedad.

El índice mide el porcentaje en el que la distribución del ingreso del país se aparta de una distribución que fuera de total igualdad. De esta forma, mientras más alto el índice, mayor desigualdad, y, por supuesto, mientras más bajo, menor desigualdad.

FUENTE: Banco Mundial, https://databank.worldbank.org/data/source/world-development-indicators#

La gráfica, hecha con datos del Banco Mundial, muestra que el país con menor desigualdad en Latinoamérica es El Salvador. El más alto es Brasil y todos los demás están en medio.

Al ver la gráfica nadie debe de caer en la trampa de pensar que ésta mide la pobreza. Desigualdad y pobreza no son lo mismo. Un país puede ser menos igualitario que otro pero tener menos pobreza. Por ejemplo, como se ve al comparar las gráficas 1 y 2, Chile es mucho más desigual que El Salvador, pero tiene mucho menos pobreza (el 6.4% de la población contra 29% en El Salvador) porque su ingreso por habitante es muchísimo más alto. El pastel se distribuye menos igualitariamente en Chile, pero, como el pastel es más grande relativo a la población, los pedazos que recibe la gente son más grandes.

FUENTE: Banco Mundial, https://databank.worldbank.org/data/source/world-development-indicators#. Los pobres se definen como los que reciben, por persona, por día, menos de 5.50 dólares PPP a precios de 2011 (o 17.50 por familia de cinco).

La comparación de estas dos gráficas muestra que la causa principal de la pobreza en El Salvador no es la desigualdad sino el bajo ingreso que la economía genera. La solución no está en quitar a unos para dar a otros sino en aumentar la producción, lo cual, como lo hemos dicho tantas veces, requiere invertir mucho en capital humano—es decir, en educación y salud y en la seguridad ciudadana que permita que esa inversión se dé.

La mejor educación no solo aumentará la producción sino también disminuirá aún más la desigualdad.

La Política Fiscal. De Manuel Hinds

En los años del FMLN enormes cantidades de dinero se dedicaron a emplear correligionarios de ese partido que no dan ningún valor agregado a la ciudadanía. En realidad, en vez de ayudar, estorban. De esta forma, mientras el FMLN contrataba más gente de su partido para trabajar en el Estado, peores se han vuelto los servicios que el gobierno presta a la sociedad.

5 abril 2019 / EL DIARIO DE HOY

Mucha gente se preocupa mucho por la política fiscal pero entiende por política fiscal solo una o quizás dos de sus varias dimensiones. El motivo mayor de su preocupación es la diferencia entre los ingresos totales y los gastos totales. Si los ingresos son mayores, hay un superávit; si los egresos son mayores, hay un déficit. El déficit naturalmente tiene que ser cubierto con préstamos de alguien más —como los bancos que le prestan dinero al gobierno, o como los inversionistas que compran bonos emitidos por el Ministerio de Hacienda. Esto implica que cualquier déficit aumenta la deuda del gobierno. Cuando esta aumenta, los pagos de intereses se van aumentando, dejando menos dinero para gastarlo o invertirlo en otras cosas, como construir escuelas u hospitales.

El mantener los déficits bajo control, pues, es indispensable. Pero mantener esa disciplina no es la única dimensión importante de la política fiscal. Es sólo un requisito, como decir que el carro que se va a usar para un viaje tiene que tener llantas buenas. Hay al menos otras dos grandes áreas que forman la esencia de la política fiscal, las que definen hacia donde irá el carro: los efectos económicos y sociales de los impuestos, y los de los gastos del gobierno.

El objetivo principal del gobierno es ayudar al crecimiento económico y al desarrollo social de la población. El volumen y la composición de los impuestos tienen un impacto enorme en los incentivos para la inversión y en el volumen de los recursos que el sector privado (entendiendo por éste no sólo las empresas grandes sino todas, incluyendo a todos los individuos que no trabajan en el gobierno) tiene para gastar e invertir. Si los impuestos se elevan, los recursos de inversión del sector privado se disminuyen, y con eso la posibilidad de crear empleos en la economía. El tipo de impuestos también es crucialmente importante. Hay algunos impuestos que reducen más las posibilidades de inversión y crecimiento que otros.

El otro aspecto crucial es el ligado al volumen y la composición del gasto público. Estos gastos son la razón por la cual existen las finanzas públicas y los ministerios de hacienda y por los cuales se cobran impuestos. Es a través de estos gastos que se vuelven concretas las políticas del gobierno. Es a través de ellos que se invierte o no en educación, salud, seguridad pública, infraestructura pública, etc.

En El Salvador, con algunas excepciones, los presupuestos se han manejado por acumulación de gastos año con año —es decir, tomando lo que ya se gasta como dado, y sumándole lo que piden los ministros que más gritan, o lo que se puede financiar con los préstamos más fáciles de conseguir. En los años del FMLN enormes cantidades de dinero se dedicaron a emplear correligionarios de ese partido que no dan ningún valor agregado a la ciudadanía. En realidad, en vez de ayudar, estorban. De esta forma, mientras el FMLN contrataba más gente de su partido para trabajar en el Estado, peores se han vuelto los servicios que el gobierno presta a la sociedad.

El resultado de todo esto han sido presupuestos que no ayudan al desarrollo del país y que en muchas instancias lo obstaculizan. Y cada vez queda menos dinero para hacer las cosas que son necesarias para dicho desarrollo. De esta forma, a nadie le debería sorprender que a pesar de que la ciudadanía paga sustanciales impuestos, la educación, la salud, la seguridad, la seguridad y los servicios públicos en general son muy deficientes.

Lo que se requiere es establecer objetivos bien claros de lo que el gobierno quiere hacer para ayudar al desarrollo de largo plazo del país, y revisar el presupuesto entero, no solo su crecimiento, para eliminar actividades que no contribuyen a estos objetivos, para incluir las que sí van a contribuir, y mantener el déficit dentro de los límites de la prudencia financiera. Un cambio de gobierno como el que viene es el momento más adecuado para hacer esto.