Manuel Hinds

Los planetas alineados. De Manuel Hinds

21 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

El presidente electo pareciera tener todos los planetas alineados para tener éxito en su administración. Con el colapso del FMLN ha quedado clara la coincidencia de intereses que tenemos con Estados Unidos, una coincidencia que estuvo oculta por el apoyo que el FMLN y su gobierno dieron al régimen de Maduro en Venezuela, la peor dictadura que ha existido en Latinoamérica, y al de Ortega en Nicaragua.

Hay mucha gente que cree que la coincidencia está dada por la voluntad del nuevo gobierno de revertir ese apoyo y unirse a las demás democracias continentales en su rechazo a esas tiranías. Pero hay una coincidencia mucho más profunda: tanto Estados Unidos como el pueblo salvadoreño estamos interesados en convertir El Salvador en un país en el que la gente quiera vivir y hacer su futuro en él en vez de emigrar a Estados Unidos.

Como lo ha demostrado en las últimas semanas, Estados Unidos está dispuesto a invertir fuertemente en nuestro país económica y políticamente. Si no lo había hecho en las magnitudes en las que está dispuesto a hacerlo ahora era porque el FMLN no tenía ni el deseo de permitirlo (el FMLN siempre ha mantenido la actitud de que Estados Unidos es un enemigo) ni la capacidad de coordinar la enorme complejidad de las inversiones que se generarían, y tampoco de permitir el crecimiento del sector privado.

El presidente electo, en su reciente discurso en la Heritage Foundation en Washington D.C. estableció las líneas que su gobierno seguiría en términos de políticas exteriores y domésticas, todas en armonía con la democracia liberal, que es el motor de la sociedad estadounidense y que da las seguridades que los inversionistas, norteamericanos y locales, esperan para apostarle con fuerza al crecimiento de El Salvador.

Por otro lado, el colapso del FMLN también abre la puerta para darle viabilidad económica y política a la administración del presidente electo y en general a la democracia salvadoreña en un conjunto de circunstancias realmente histórico. La democracia ha funcionado en El Salvador ya por más de tres décadas pero es la primera vez en la que se dan dos circunstancias en las que la verdadera democracia puede consolidarse. Una es que por primera vez ninguna de las dos fuerzas políticas más poderosas está movida ideológicamente (si las palabras de la Heritage son sinceras) por el objetivo de destruir la democracia.

La otra es que, por primera vez también, el poder está realmente dividido en dos: el presidente tendrá el ejecutivo pero está muy lejos de tener los votos necesarios para controlar el legislativo. Esto había pasado en otros gobiernos, pero la diferencia de votos para lograr la mayoría era suficientemente pequeña para que los partidos pequeños (el PCN, GANA y la DC) pudieran asegurar que se lograría. Y así lo hicieron.

Ahora la diferencia es enorme. Si todos los partidos pequeños (incluyendo GANA, el del presidente electo) se unen lograrían apenas 23 votos de los 84 de la Asamblea. Pasar una medida por mayoría simple requiere 43 votos, que se pueden lograr sumando ARENA (37 votos) con los del presidente electo (11 de GANA para un total de 48), o con la suma de GANA, PCN, DC y FMLN (46 votos en total).

Estas situaciones se dan en muchas democracias, tanto que la madurez democrática puede medirse por la eficiencia con la que dos fuerzas políticas pueden colaborar por el beneficio del pueblo, sin entregarse la una a la otra pero cooperando por este beneficio. En Alemania, por ejemplo, este ha sido el caso por décadas.

La situación en El Salvador permite lograr una legitimidad enorme para el nuevo presidente si se logra armar una coalición basada en el beneficio del país. Esto haría historia. Si no se logra, el país entero va a perder en conflictos sin sentido.

Pero hay algo que puede desarticular todos los planetas que hoy están alineados: el intento de gobernar sin las instituciones del estado, saltándose el orden establecido por la ley. Cuando esto se hace, como en Venezuela y Nicaragua, el orden jurídico se derrumba, el poder se concentra absolutamente, y así es como surge la corrupción absoluta de esos países.

En esta semana el presidente electo tomó una acción con la que se saltó el orden jurídico del país cuando ordenó a la PNC que soltara a dos estudiantes capturados en una manifestación.

La policía los acusó de tirar proyectiles contra agentes policiales, un delito que se configura como desorden público y daños materiales. En un segundo twit, el presidente electo le dio dos horas a la PNC para soltarlos, amenazando a los policías individuales con que si no lo hacían les iba a abrir un expediente después del 1 de junio.

La PNC dijo que se apegaría a los plazos procesales establecidos por la ley y que, como también dice la ley, remitiría los expedientes a la Fiscalía General de la República, que es la que decide si los acusa o no.

Los procesos que establece la ley protegen a la ciudadanía contra las arbitrariedades del poder político. Ni un presidente ya en funciones tiene el poder para soltar a alguien que ha sido capturado. La policía debe entregar a los reos con su acusación a la Fiscalía y esta decide si acusarlos, y para condenarlos o soltarlos hay que ir a un juez. Eso evita que a alguien lo suelten o lo meten preso dependiendo de si le cae bien o no al presidente.

Esto es lo que ha pasado en Venezuela y en Nicaragua, y este poder sobre vidas y haciendas es lo que les permitió a Chávez, a Maduro y a Ortega imponer su tiranía a base de violencia. En todos estos casos, los presidentes justificaron el salto de las instituciones diciendo que todos los demás eran corruptos. Cuando las instituciones cayeron porque ellos se las saltaron, ellos se constituyeron en tiranos, y como dijo Lord Acton, con el poder absoluto se corrompieron absolutamente.

El presidente electo ha dicho que se opone a las tiranías de Venezuela y Nicaragua. Debe entonces evitar tomar acciones que convertirían a El Salvador en otra Venezuela y destruirían todas las posibilidades de progreso que se abren en este momento.

La educación para los cambios. De Manuel Hinds

15 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

En esta columna he enfatizado muchas veces la importancia de invertir en el capital humano del país, elevando el nivel y la penetración de la educación y la salud del pueblo entero. Es igualmente importante discutir los tipos de educación que necesitamos para evitar graduar personas que no encuentren trabajo en el mercado —algo que está pasando en este momento—. La falta de convergencia entre las necesidades de la sociedad y lo que el sistema educativo está produciendo proviene de dos problemas principalmente. Uno es que la enseñanza no está enfocada en dichas necesidades. El otro es que la calidad de la enseñanza es mala, de tal forma que las cosas que el sistema dice que enseña al alumno realmente no se las enseña. El segundo problema es, sin duda, el peor porque conlleva una mentira que para las personas que invierten sus recursos en educarse adquiere la naturaleza de estafa.

La solución de este problema es muy difícil pero es esencial. Involucra no solo la mejoría técnica del profesorado sino, y muy importantemente, la inyección de la pasión por lograr excelencia en su profesión. Esto, por supuesto, debe ir acompañado de mejoras en la educación, la remuneración y el prestigio del profesorado. Los países que han logrado éxitos más grandes en la educación de su gente, incluyendo prominentemente a los nórdicos, lo han hecho enfocándose mucho en la mejora de sus profesores.

Pero es igualmente importante enfocarse en las necesidades de la sociedad, tanto a largo como a corto plazo, lo cual requiere destruir varios mitos, comenzando con el que dice que el ideal debe ser que todos tengan una educación universitaria. Países como Alemania e Inglaterra, que han invertido mucho en la educación técnica, enfocada en generar habilidades que lleven al alumno a conseguir rápidamente un empleo de valor agregado, han demostrado que dicha educación es un camino muy eficiente para lograr y sostener el desarrollo económico. Y, si es exitosa, puede ser mucho más barata que la alternativa de tratar de pasar a todos por la universidad. Sin duda es muchísimo más barata que no dar educación y dejar que el pueblo se defienda con habilidades de bajo valor agregado.

La orientación de los estudiantes a habilidades que sean demandadas por la sociedad tiene un problema muy particular: las tecnologías están cambiando tan rápidamente que cuando los estudiantes se gradúan las tecnologías que han estudiado muy probablemente son obsoletas. Por eso, lo más importante es lograr que los alumnos aprendan a aprender para que siempre se puedan mantener al día.

Esta semana estuve en una conversación con un exitoso empresario salvadoreño de software que está muy interesado en este problema porque lo que restringe el crecimiento de su empresa es la disponibilidad de programadores. Es decir, si la empresa logra conseguir programadores, le es relativamente fácil conseguir clientes para el crecimiento de su empresa y dinero para financiarlo. Con 27 años, maneja una empresa que tiene cerca de 70 programadores y está creando entre 6 y 8 empleos nuevos cada mes. Los empleos pagan $500 mensuales al ingresar a la empresa y pueden subir en pocos años a $1,500 mensuales y aún más.

La entrada a esta profesión no requiere un grado universitario sino solo los conocimientos básicos de un bachillerato (la empresa no exige ningún título) y un entrenamiento de cuatro meses. Los que la empresa escoge para contratar son personas que hayan realizado proyectos, que les enseñan a conceptualizar problemas y a resolverlos. Pero lo que más les sirve para escoger es la pasión que los aplicantes tienen, no por conseguir un trabajo sino por el placer de aprender y por la satisfacción de resolver problemas de programación. Esto es lo que motiva a los muchachos a enfrentar el gran reto de la nueva revolución tecnológica: aprender a aprender.

Hay otras profesiones que requieren de habilidades más elaboradas, de matemáticas más avanzadas, de ciencias naturales profundamente estudiadas. Pero en todos los campos es cierto que lo esencial es enseñar a las nuevas generaciones y a sus profesores a aprender, que es lo que tendrán que hacer por todas sus vidas, y darles la pasión por el conocimiento, que es lo que los va a motivar y les dará satisfacción. Ambas cosas son cruciales en nuestros tiempos.

La visión catastrófica de la vida. De Manuel Hinds

11 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY-Observadores

En una película italiana un político habla de la industria de la catástrofe que prevalece en lo que él llama “el Sur”. Con esa expresión el político se refiere al sur de Europa pero claramente incluye también, y con más razón, a los países subdesarrollados. Él no se refiere a catástrofes reales-que las hay, sin duda-sino a la percepción que los habitantes de estos países tienen de todo lo qué pasa en ellos. Cualquier cosa que sucede es un parteaguas histórico, una nueva etapa, un renacer del mundo o la sepultura de algo, una crisis, un colapso, una catástrofe. Estos países son víctimas de la visión catastrófica de la vida, en donde no hay procesos graduales sino sólo Grandes Eventos que son tantos que, irónicamente, después de un tiempo la gente no puede recordarlos.

En esa visión catastrófica de la vida Latinoamérica es, sin duda, la campeona mundial. En ella, la Izquierda Ha Triunfado Para Siempre varias veces (como cuando Cuba extendía su influencia en los setentas y ochentas, o como cuando Lula, los Kirshner, Chávez, Correa y Morales dominaban Sur América), y también varias han sido las veces en la que la Izquierda ha Sido Exterminada Sin Posible Renacimiento (como cuando casi todos estos fueron derrotados y fueron esquinados a formar el Foro de Sao Paulo con la caída de la Unión Soviética en los noventas). Lógicamente, la Derecha ha seguido ciclos simétricos a los de la Izquierda, pero ahora la gran catástrofe es la Gran Caída de los Partidos Políticos y de la Izquierda y la Derecha al mismo tiempo. Este Gran Evento se ha pintado tan grande, en la política, como fue el impacto del asteroide que aniquiló a los dinosaurios.

Los Grandes Eventos se han hecho tantos, y se han vuelto tan irrelevantes con el tiempo, porque su grandeza se ha definido cuando ellos han sucedido, no al revisar sus efectos. El impacto del asteroide se volvió una catástrofe porque los dinosaurios de verdad se extinguieron y la vida en la tierra cambió para siempre. Pero los Grandes Eventos Políticos de Latinoamérica se han desvanecido porque sus resultados nunca se han visto, o si se han visto-como en el caso genuinamente catastrófico de Venezuela, Chávez y Maduro-han sido en el sentido opuesto de lo que los iniciales entusiastas decían.

En medio de todos los Grandes Eventos, con sus promesas de cambios sensacionales, lo más fundamental nunca cambió: Latinoamérica siguió siendo subdesarrollada, económica, política y socialmente.
No debería ser difícil comprender que las dos cosas-la visión catastrófica de la vida y la ausencia de un verdadero desarrollo-están ligadas. La primera ha sustituido a la segunda, o, más exactamente, la primera ha sido la droga que ha vuelto a la población insensible a la segunda. Tristemente, el pueblo vive de la droga de los Grandes Eventos, creyendo que con cada uno de ellos ha resuelto sus problemas para siempre, cuando en realidad, con su candidez, lo que ha hecho y sigue haciendo es perpetuar el subdesarrollo.

En el fondo, los Grandes Eventos son un síntoma nada más de los muchos que acompañan a una enfermedad fundamental de los países subdesarrollados: la exigencia de una solución instantánea de todos nuestros problemas. Yendo más al fondo, estos síntomas son manifestaciones de algo que nunca hemos querido aprender: que las cosas buenas de la vida, incluyendo el desarrollo, requieren un trabajo personal y colectivo sostenido por mucho tiempo. Los países desarrollados no se hicieron ricos de un día para otro. El trabajo sostenido da resultados en el corto plazo, pero pasar de la pobreza a la riqueza requiere mucho tiempo, y vale la pena invertir ese tiempo bien porque el tiempo pasa de todos modos. La inversión que se necesita es en capital humano. No es posible tener la riqueza de Silicon Valley con poblaciones que no tengan una educación de primera.

Si América Latina llegara a educar bien a sus poblaciones, ese si sería un gran evento, que no necesitaría mayúsculas para resaltar su importancia. Es en este sentido que los Grandes Eventos llevan a que el verdadero gran evento que deberíamos de ansiar nunca tiene lugar. Porque no hemos comprendido esto, ese gran evento no ha pasado, y seguimos siendo subdesarrollados después de 200 años de ser independientes.

En El Salvador se dice que con la derrota de los dos grandes partidos políticos la era de los partidos se ha terminado y que con eso se ha logrado eliminar las diferencias de opinión y que con eso hemos alcanzado la armonía social. Ninguna de estas cosas es cierta. Lo que ha pasado es que estos partidos perdieron la conexión con los procesos de cambio que se han estado dando en el país-no en una elección del 3 de febrero sino por décadas, tales como el surgimiento de la clase media urbana que ahora domina al país. Para esa nueva clase, la amenaza del comunismo ya no es importante, ya no piensan que puede volverse realidad. Como consecuencia, los dos partidos que giraban alrededor del comunismo-el FMLN a favor y ARENA en contra-sufrieron derrotas por el desvanecimiento de sus temas. Pero no están desaparecidos, no ahora por lo menos.

Si ARENA y el FMLN desaparecen será por las cosas que hagan de aquí en adelante-si se muestran incapaces de evitar destruirse a sí mismos en pleitos internos y de reinventarse para encontrar un tema. Si no logran hacerlo, las izquierdas y las derechas no desaparecerán. Eventualmente saldrán otros partidos para reagrupar a las derechas e izquierdas modernas. Pero nada de esto será importante si las poblaciones siguen saltado de un Gran Evento a Otro Gran Evento, y permiten que los nuevos gobiernos no inviertan en el capital humano necesario para salir del subdesarrollo.

Coordinando esfuerzos para el desarrollo. De Manuel Hinds

22 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

La situación actual, con un nuevo gobierno a poco tiempo de tomar el poder, es propicia para hacer un inventario del estado del país, buscando un punto de partida para basar una estrategia de desarrollo que coordine los esfuerzos de todos los aliados con los que cuenta El Salvador en esta tarea.

El objetivo fundamental

El problema económico fundamental de nuestra sociedad es que no está adecuada a la nueva economía del conocimiento que está capturando al mundo. Este concepto es frecuentemente mal entendido. Mucha gente piensa que en esta economía hay que producir software o alta ciencia para tener éxito. Esto no es cierto. En este mundo, el valor de un producto está determinado por la cantidad de conocimiento que incorpora. Para incorporar conocimiento, no es necesario inventarlo uno mismo. Solo hay que conocerlo y saberlo aplicar. Tampoco es necesario trabajar en fábricas de cohetes espaciales ni de teléfonos inteligentes. El conocimiento hace la diferencia en todas las actividades económicas, desde la agricultura hasta las fábricas de cohetes. Holanda e Israel son ejemplos de países que han aplicado la alta tecnología a la agricultura, por lo que cada agricultor holandés e israelita puede producir mucho más y por tanto ganar más que en países con menos avance tecnológico. Ese es el camino a la riqueza.

La mayor parte de los salvadoreños carecen del conocimiento y la capacidad necesaria para aplicarlo en la producción de actividades que les genere ingresos dignos. Esto es lo que hay que darle a los salvadoreños para que puedan progresar. Si no creamos este capital humano, no hay esperanza de lograr ningún progreso. Más bien, como el mundo entero está moviéndose en esta dirección, vamos a retroceder. Por eso, la formación de capital humano debe ser la prioridad número uno, el objetivo fundamental cuyo logro debe organizar los esfuerzos de nuestro desarrollo.

Los obstáculos más grandes al desarrollo

Es con esta perspectiva que es necesario atacar los problemas más grandes que obstaculizan el mejoramiento del capital humano del país. Estos problemas incluyen algunos que son básicos para tener un estado funcional en el país, principalmente la necesidad de recuperar el control territorial del país entero, que se ha perdido como consecuencia de las maras. Esta recuperación debe hacerse al mismo tiempo que la inversión en capital humano, que ayudará en establecer la presencia del estado en todo el país. El combate a la corrupción está entre estas actividades indispensables, pero orientado no a perjudicar a enemigos políticos y desviar la atención a tiempos lejanos sino a asegurar la transparencia en el manejo de los fondos públicos en el presente. Igualmente, debe incluirse el desarrollo institucional que asegure la democracia, la independencia de todos los poderes del estado y la protección de los derechos del ciudadano.

Los aliados

Esta transformación es muy difícil pero no imposible si es que sabemos usar los aliados naturales que nos pueden ayudar a realizarla. Hay cuatro de estos aliados. Uno es Estados Unidos, que ha sido un aliado por mucho tiempo y que tiene un interés muy grande en ayudar a crear una sociedad en la que la gente no tenga los incentivos — la falta de oportunidades y la violencia incontrolada— que los hacen emigrar hacia ese país. En esta categoría de aliados podemos incluir a los otros países desarrollados, muchos de los cuales dedican recursos sustanciales a ayudar al país. El segundo son los países vecinos, que tienen problemas similares a los nuestros, y con los cuales se debe poder establecer cooperación para vencer estos problemas de una manera coordinada. El tercero es el conjunto de instituciones oficiales multilaterales de crédito como el Banco Mundial, el BID, y el BCIE. El cuarto, fundamental, es el sector privado local e internacional, que es el que puede crear las actividades que luego van a desarrollar el país.

La coordinación de los esfuerzos

El interés en resolver estos problemas es tan grande que es muy factible formar una comisión asesora de desarrollo nacional con la participación de todos estos aliados para diseñar e implementar un plan de integración del país a la economía del conocimiento, removiendo los obstáculos que ahora impiden esta integración y ayudando a conseguir los recursos intelectuales y monetarios para realizarlo.

¿Haciendo historia? De Manuel Hinds

15 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

“Hagamos historia” fue uno de los eslóganes usados por el ahora Presidente electo en su campaña.

Realmente en la elección logró varias cosas que serán mencionadas en la historia, tales como haber terminado con el duopolio electoral ARENA-FMLN, que había durado por tres décadas, o haber sido uno de los comicios ganados en primera vuelta (con más del 50 % de los votos, como Cristiani, Flores y Saca).

Pero las elecciones, y las cosas que pasaron en ellas, solo son pasos intermedios en la historia, habilitaciones para hacer o no cosas que realmente hagan historia en el país. Un gran triunfo electoral pierde sentido histórico sin una mejoría real y sostenible en la vida de la población.

En las condiciones de nuestro país, el verdadero quiebre histórico se daría si se sentaran las bases para generar un crecimiento alto y sostenido en el país, de tal forma que El Salvador comenzara a desarrollarse, económica y socialmente, a un ritmo que permitiera a las generaciones actuales ver un país en franco desarrollo.

Esto no se logra con trucos macroeconómicos como políticas expansivas monetarias o fiscales, que al final, ambas, terminan con inflación, endeudamientos excesivos e inestabilidad. Basta ver lo que ha pasado en Venezuela y en Nicaragua en los dos gobiernos sandinistas, para darse cuenta de que estos trucos son como las drogas, que generan dependencia y luego su propia destrucción.

Además, para generar desarrollo, no es necesario solo crear crecimiento sino también, crucialmente, transformar la economía salvadoreña de lo que es ahora, una de bajo valor agregado, a una de alto valor agregado, que se produce solo con un capital humano desarrollado —es decir, con una población altamente educada, con niveles altos de salud y gozando de seguridad ciudadana. Esto, que siempre ha sido cierto, lo es mucho más ahora, en plena expansión de la economía del conocimiento. Para lograrlo, es indispensable concentrar los recursos del Estado en un esfuerzo enorme para aumentar el capital humano de nuestra población. Es posible enfocar esta inversión en cuatro actividades que nos pongan firmemente en el camino del desarrollo. Estas actividades serían las siguientes:

Primero, invertir en la salud preventiva y la educación temprana de los niños que están naciendo ahora, que se convertirían en la primera generación ya encaminada al desarrollo. Esta inversión temprana reduce mucho los costos del paso al desarrollo porque beneficia a los niños en una etapa en donde mayor salud y mayor educación toman ventaja de la edad en la que ellos están más susceptibles de aprender para formar inteligencias y cuerpos fuertes y bien saludables.

Segundo, ir siguiendo esta generación con inversión en educación y salud de primer mundo, para que cuando entren al mercado de trabajo, puedan insertar el país en la economía mundial del conocimiento.

Tercero, invertir en educación técnica y de tercer nivel para los salvadoreños que ya están en la fuerza laboral, para que ellos puedan superarse también y aumentar el valor agregado de su producción, y con esto, los ingresos de la población.

Cuarto, invertir también fuertemente en la seguridad ciudadana, con entrenamiento a las fuerzas policiales y con fuerte desarrollo local para prevenir el crimen.

Generar los recursos para esta inversión inicial en dar un salto de calidad en el desarrollo requerirá de una política fiscal muy bien pensada, y de un empuje muy fuerte a la producción para crear los recursos necesarios, algo que puede lograrse con esfuerzos para conseguir inversión local y extranjera, y con reducciones en los costos innecesarios que la burocratización excesiva impone a las empresas. Esto requiere grandes esfuerzos pero es factible.

Lograr esto crearía historia más allá de triunfos electorales, que pueden llevar a un desencanto si no llevan a mejores políticas que al fin pongan al país en el rumbo del desarrollo. Si este desarrollo se logra, entonces sí las generaciones futuras pensarán en 2019 como una verdadera refundación de la República, no porque allí se instalaron políticos y partidos que luego duraron uno, o dos, o muchos períodos en el gobierno como Chávez y Maduro, sino porque desde este momento se comenzó a invertir en serio en incorporar al país a la economía del conocimiento, y por tanto, al desarrollo y la riqueza.

¿Cuál fue la transacción con China? De Manuel Hinds

13 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOy-Observadores

Ayer se publicó que El Salvador se ha salido del tratado de libre comercio que tenía con Taiwán. Esta acción del gobierno volvió nulas las ventas de 57,000 toneladas métricas de azúcar que los exportadores salvadoreños ya habían realizado en Taiwán y 23,000 más que estaban por venderse en el resto del año. Para el sector más afectado en el país, el azúcar, eso significaba aumentar los impuestos de importación a Taiwán de cero a 87%.

Con esos impuestos, el azúcar salvadoreño no es competitivo en Taiwán. Así, el país perdió un mercado entero de exportaciones de azúcar. Pero el efecto en realidad fue peor. El tratado establecía un período de seis meses entre la denuncia del tratado y el momento en el que este quedaría terminado. El objeto de este periodo era para que los afectados por la terminación del tratado pudieran terminar los negocios que tenían pendientes antes de que los impuestos de importación aumentaran. Para cuando se supo lo que el gobierno había hecho, de esos seis meses ya solo queda uno para terminar las exportaciones de azúcar a Taiwán. Ese tiempo no es suficiente para que el azúcar llegue a Taiwán antes de que suban los impuestos.

Así, los azucareros salvadoreños se quedaron no solo sin mercado para el futuro sino también con 57,000 toneladas de azúcar ya empacada con marcas taiwanesas que ya no tomarán su producto. En vez de recibir el valor de las ventas, estas empresas tendrán que gastar en sacar el azúcar de esas bolsas, en buscar nuevos mercados y en almacenar el producto mientras se vende. Y de eso se enteraron por casualidad. Hace apenas unos días, los azucareros le preguntaron al Ministerio de Economía si iban a denunciar el tratado y la ministro les contestó que no se preocuparan, que ese tratado no sería denunciado. Y hoy, de pronto, se enteran de que eso era mentira, que el gobierno ya había denunciado el tratado hace tanto que ya de los seis meses ya no les quedaba tiempo para ajustarse.

Muchas agrupaciones relacionadas con el azúcar y con el comercio exterior han criticado las acciones del gobierno, enfocándose en la falta de consulta con el sector privado con la que se tomó la decisión, la falta de transparencia con la que se manejó su comunicación y las francas mentiras que funcionarios al nivel más alto del gobierno dijeron al negar que iban a salirse del tratado y al afirmar, en agosto, que China iba a compensar cualquier costo que el rompimiento con Taiwán pudiera causar a El Salvador.

Todas estas críticas son correctas. Es realmente escandaloso que el gobierno haya mentido descaradamente y haya encubierto sus mentiras con esa falta de transparencia con la que rodeó todo el proceso, y que no haya informado a los sectores dañados por sus acciones de tal forma que estos se enteraron a través de la Asamblea Legislativa.

Pero todo indica que lo más escandaloso de todo es algo que todavía ocultan los funcionarios del gobierno: ¿Por qué razones podría el gobierno haber tomado la decisión de cortar relaciones con Taiwán para establecerlas con China si todo lo que sabemos es que esa decisión ha causado costos enormes a El Salvador sin ningún beneficio? Ya sabíamos que estos costos incluían el haber enturbiado las relaciones con Estados Unidos, un aliado de mucho tiempo en el que viven dos millones de nuestros hermanos, muchos de ellos ilegalmente. El gobierno del FMLN trató de justificar este rompimiento diciendo que tendríamos enormes beneficios económicos, dando la impresión de que tendríamos acceso al enorme mercado chino sin impuestos de importación. Pero ahora resulta que en el único producto que podríamos exportar a China tendríamos que pagar el 85% de impuestos. Lo que pintaron, oscura y vagamente, como otro beneficio, el de tener inversión china en el país, resultó estar ligado a darles enormes privilegios a los chinos—privilegios que los pondrían en ventaja sobre los mismos salvadoreños y que implicarían una cesión de la soberanía salvadoreña a China.

Es hora de que el FMLN aclare lo que negoció con los chinos, y que explique quién recibió beneficios en esa transacción, porque es obvio que El Salvador no recibió ninguno.

¿El final de la postguerra? De Manuel Hinds

8 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Los países necesitan una narrativa, y todos eventualmente generan una. El Presidente electo Nayib Bukele pareció marcar un hito en nuestra narrativa cuando, en la proclamación de su victoria, dijo que ella representaba el final del largo conflicto entre las derechas y las izquierdas que había consumido las energías de varias generaciones, primero en una guerra y luego en una paralizante posguerra. Esta observación tocó una fibra en mucha gente que identifica la narrativa de nuestro pasado reciente como la de ese conflicto ideológico interminable que se había personificado en los dos partidos políticos que lo han protagonizado desde los años ochentas. En esa narrativa lo importante era ese conflicto, esa polarización concretada en dos específicos partidos políticos. La idea del Presidente electo era que, habiendo derrotado a esos dos partidos, la polarización que ha hecho tanto daño al país quedaba anulada, igual que las diferencias de opinión entre gente de izquierda y de derecha. Dicho en palabras que se usaban en el siglo pasado, la idea es que “muerto el perro (ARENA y el FMLN) se acabó la rabia (la polarización ideológica)”.

Pero hay otra narrativa que puede describir los hechos del pasado reciente de una manera más ajustada a la realidad pasada y futura. Esa narrativa es que los Acuerdos de Paz que terminaron con la guerra nunca se orientaron a eliminar las diferencias de opinión entre la derecha y la izquierda, sino a crear instituciones que canalizaran estas diferencias, y otras que puedan existir en otras dimensiones no ideológicas, de una manera pacífica y democrática. Estas instituciones eran necesarias porque lo que había prevalecido en nuestro país habían sido regímenes en los que un caudillo (sobre todo en el siglo XIX y principios del XX) o un grupo de militares (desde Martínez hasta principios de los años Ochenta) imponía su voluntad sobre el pueblo basados no en la ley, sino en la fuerza. La idea de enfocarse en establecer estos procesos democráticos y las instituciones que los sostienen fue muy sabia, porque es evidente que los conflictos (ideológicos o de otra índole) son inevitables en los conglomerados humanos, por lo que tratar de evitarlos diseñando una sociedad perfecta es imposible. Lo que sí se puede hacer es manejar eficientemente estos conflictos, asegurando que se resuelven democráticamente y respetando los derechos fundamentales de todos los ciudadanos.

La guerra terminó cuando los conflictos dejaron de dirimirse a balazos en la guerra y comenzaron a dirimirse a través de las instituciones democráticas. Aunque ha habido muchos problemas, ese proceso ha sido muy exitoso, como lo ha demostrado, en una de las dimensiones del estado, la manera impecable con la que se realizaron las elecciones, que contrasta con los problemas que tienen Venezuela, Nicaragua y Honduras para arreglar la transmisión del poder, comenzando por la voluntad de los presidentes de no abandonar la presidencia aunque tengan que acudir a la fuerza y a la sangre. Hay muchas instituciones, como la libertad de prensa, que funcionan muy bien el país, a diferencia de otros países y a diferencia de lo que era El Salvador hasta los Ochenta.

En términos del desarrollo del país, esta narrativa es mucho más importante que la que se centra en el conflicto entre ARENA y el FMLN, que siempre puede ser reemplazado por otros conflictos diferentes o similares. Siempre los habrá.

Más aún, es demasiado pronto para decir que ARENA o el FMLN han pasado a la historia o que las diferencias ideológicas están terminadas. Los dos partidos pueden recuperarse en el futuro, y las dos ideologías —o los criterios de decisión que cada una de ellas implica en el gobierno— seguirán siempre vivas, como lo están en países muy desarrollados. Además, GANA tendrá que definir su propia ideología y sus programas de gobierno y comenzará a tener el desgaste del gobierno y pasará del lugar desde donde se tiran las piedras al lugar en donde caen.

Finalmente, y mucho más importantemente, la responsabilidad por mantener el desarrollo institucional del país, por promover la democracia y por no imponer caudillajes está ahora en el nuevo gobierno. Eso, que es lo más importante, no ha cambiado en nada. Esas responsabilidades nunca se acaban, independientemente de quién gane las elecciones. Y esto es lo que el pueblo le exigirá al nuevo presidente.