Bret Stephens

Solo la deportación masiva podrá salvar a Estados Unidos. De Bret Stephens

En resumidas cuentas: los llamados estadounidenses “reales” están arruinando al país. Quizá deberían irse para que podamos remplazarlos con gente mejor: recién llegados que aprecien todo lo que ofrece Estados Unidos.

Migrantes recién naturalizados durante una ceremonia para nuevos ciudadanos en Atlanta, en otoño de 2016 Credit David oldman/Associated Press

Bret Stephens, 20 junio 2017 / NEW YORK TIMES

Cuando se trata de inmigración, este columnista conservador forma parte del grupo que favorece la deportación. Estados Unidos tiene demasiadas personas que no trabajan, que no creen en Dios, que no aportan gran cosa a la sociedad y que no aprecian la grandeza del sistema estadounidense.

Necesitan regresar al lugar de donde vinieron.

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Hablo de estadounidenses cuya familia ha estado en este país desde hace varias generaciones. Complacientes, sintiéndose con todos los derechos y en ocasiones sorprendentemente ignorantes respecto a temas básicos de la ley y de la historia de Estados Unidos, son una laguna estancada en la que podrían ahogarse nuestros prospectos como nación.

En todos los temas, los no inmigrantes de Estados Unidos le están fallando al país.

¿Delincuencia? Un estudio del Instituto Cato señala que los no inmigrantes tienen una tasa de encarcelamiento de casi el doble que los inmigrantes ilegales, y más de tres veces mayor que la de los inmigrantes legales.

¿Logros académicos? Solo 17 por ciento de los finalistas del concurso de talento científico Intel 2016 –calificado como “el Premio Nobel de los jóvenes”– fueron hijos de padres nacidos en Estados Unidos. En el Instituto Rochester de Tecnología, solo 9,5 por ciento de estudiantes de posgrado en ingeniería eléctrica son no inmigrantes.

¿Devoción religiosa, especialmente la variedad cristiana? Hay más inmigrantes ilegales que se identifican como cristianos (83 por ciento) que estadounidenses que lo hacen (70,6 por ciento). Los derechistas que quieren ponerle restricciones a la inmigración harían bien en ponderar este dato cuando se quejan de la baja asistencia a la iglesia.

¿Creación de empresas y emprendimiento? Lo no inmigrantes abren la mitad de los negocios de los que establecen los inmigrantes; de 1995 a 2005 menos de la mitad de las empresas fundadas en Silicon Valley fueron creadas por personas no inmigrantes. En general, el porcentaje de empresarios no inmigrantes se redujo en más de diez puntos de 1995 a 2008, según un estudio del Harvard Business Review.

Los argumentos en contra de los no inmigrantes no terminan ahí. El índice de partos para mujeres no casadas nacidas en Estados Unidos supera al de las madres nacidas en el extranjero, 42 sobre 33 por ciento, respectivamente. El índice de delincuencia y criminalidad entre adolescentes no inmigrantes supera al de sus pares inmigrantes. Un reporte reciente del Sentencing Project también encontró evidencias de que, mientras menos inmigrantes haya en un vecindario, más posibilidades hay de que este sea peligroso.

Además está la importantísima cuestión de la demografía. La carrera por el futuro a fin de cuentas será corrida por la gente saludable, en edad laboral y fértil. Y aquí también nos están fallando los no inmigrantes. “El aumento en el número total de nacimientos anuales en Estados Unidos, de 3,74 millones en 1970 a 4 millones en 2014, se debe por completo a partos de madres nacidas en el extranjero”, reveló el Centro de Investigaciones Pew. Sin esas mamás inmigrantes, Estados Unidos se vería enfrentado a la misma espiral demográfica mortal que acecha a Japón.

En resumidas cuentas: los llamados estadounidenses “reales” están arruinando al país. Quizá deberían irse para que podamos remplazarlos con gente mejor: recién llegados que aprecien todo lo que ofrece Estados Unidos, que tienen mayores ambiciones para sí mismos y sus hijos y están más dispuestos a hacer sacrificios por el futuro. En otras palabras, el tipo de gente que éramos antes… cuando “nosotros” acabábamos de desembarcar.

Claro, es broma lo de deportar en masa a los “verdaderos estadounidenses”. (¿Quién los va a recibir, además?) Pero la amenaza de deportaciones masivas no ha sido ninguna broma con este gobierno.

El 15 de junio, el Departamento de Seguridad Nacional parecía haber anunciado que extendería un programa del gobierno de Barack Obama llamado Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), que permite que jóvenes indocumentados que llegaron a Estados Unidos siendo niños –unas 800.000 personas en total– sigan estudiando y trabajando. Esa decisión daría marcha atrás a las amenazas de Trump en su campaña de deportar a esos chicos, cuyo único delito fue haber sido traídos a Estados Unidos por sus padres.

Empero, el gobierno sigue empeñado en deportar a esos padres y el viernes 16 de junio, el Departamento de Seguridad Nacional anunció que incluso DACA seguirá en revisión. Eso es una cruel medida para los jóvenes inmigrantes, que se preguntan si serán enviados de regreso a un país “de origen” que difícilmente conocen y que habla un idioma que muchos de ellos ni siquiera entienden.

Más allá de lo inhumano que resulta jugar de ese modo con la vida de otra gente, está también la miopía de esa medida. Nadie encuentra felicidad ahuyentando a quienes podrían amarlo. Los negocios no prosperan cuando despiden a sus mejor empleados ni desanimando las solicitudes de empleo. ¿Cómo quieren que Estados Unidos sea grandioso de nuevo si reprende y expulsa a un sector de su población que tiene más energía, es más emprendedor, más respetuoso de la ley, que más empleos crea, que más ideas genera, que más se reproduce y que es más devoto?

Ya que yo soy hijo de inmigrantes y crecí en el extranjero, siempre he pensado que Estados Unidos es un país que pertenece, en primer lugar, a los recién llegados: a la gente que más se esfuerza por ser parte de él pues se da cuenta de que es precioso; que hace todo lo posible para que nuestras ideas y nuestro atractivo sigan siendo nuevos y brillantes.

Esto solía ser un cliché, pero en tiempos de Trump necesita explicarse una y otra vez: somos un país de inmigrantes; también uno de y para inmigrantes. Los estadounidenses que no entiendan eso deberían irse.

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