Cristina López

El privilegio de aplicar tests de pureza. De Cristina López

7 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Hoy sí, tras cerrar las fiestas navideñas y de fin de año, en El Salvador ya estamos a nada de las elecciones presidenciales. A estas alturas, la mayoría de gente con un índice saludable de participación cívica tiene, por lo menos, una vaga idea del voto que van a emitir y de las razones que lo motivan. La mayoría de personas motivan su voto con base en las opciones disponibles, pensando en las consecuencias futuras y tomando en consideración los elementos del pasado, pero siempre con base en lo que consideran mejorará sus circunstancias personales y las de sus familias.

Hay otros —y estos son los que no termino de entender— que motivan su voto con base en lo que en política estadounidense llaman el “litmus test” o estándares de pureza que esperan de sus candidatos. Digo que no los termino de entender, quizás porque nunca he estado en esa situación de privilegio espectacular en la que mis circunstancias (económicas, sociales, o de seguridad personal) son tan, tan buenas que no se ven afectadas por el gobierno de turno. Privilegio espectacular (por que la otra opción es crudamente, fanatismo ciego) es lo único que explica a quienes pueden darse el lujo de decidir no votar a menos que los candidatos sean la reencarnación del mismísimo Gandhi.

La realidad es que es saludable no compartir al ciento por ciento la visión de políticas públicas de ninguno de los candidatos. Es saludable porque obliga a cambiar la perspectiva y enfocarla hacia la visión de país. Obliga a comparar candidatos y contrastar todas las opciones —si lo hacemos con cosas tan triviales como modelos de televisor antes de comprometernos a comprar, lo mínimo que se espera de un ciudadano responsable sería aplicar tan siquiera el mismo cuidado con el voto. Obliga a la empatía, a pensar cómo la mayor parte de las políticas afectarán a la mayoría de salvadoreños cuyas condiciones no son de privilegio. Este tipo de ejercicio para la motivación del voto es valiosa también, porque puede traducirse en exigencia de rendición de cuentas en los temas en los que no se coincide del todo y resultar en una mayor participación cívica más allá de solo ir a las urnas.

Pero la motivación superficial basada en que los candidatos y sus equipos pasen tests absurdos de pureza que pocas personas de carne y hueso aprobarían sin hipocresías es la antítesis de un voto motivado y responsable. Por ejemplo, me he encontrado con más de un caso en el que potenciales votantes dicen que no acudirán a las urnas porque consideran que ningún candidato entre todas las opciones es lo suficientemente antiaborto para merecer su voto. En este ejemplo el test de pureza que pretenden exigir de los candidatos y sus compañeros de fórmula, es la absoluta condena al aborto. Quienes emplean este test de pureza consideran que con este tipo de compromiso radical están salvando vidas. Se les olvidó en el camino que en nuestro país, la premisa de que la vida comienza desde la concepción ha sido elevada a principio constitucional. Aplican su test de pureza en las elecciones presidenciales como si no importara que la Constitución solo puede reformarse con dos Asambleas, por lo que importa menos lo que opinen los candidatos a la presidencia o vicepresidencia en una república donde existe la división de poderes y en la que del órgano Ejecutivo dependen otras políticas de vida o muerte, como la seguridad nacional en un país en que las cifras de homicidios diarios tienen dobles dígitos.

Presumen de rectitud de principios, pero en realidad están abdicando su deber como ciudadanos responsables. Tienden a ser también la gente cuyo patrimonio, dirección residencial, o capacidad financiera les protege de las políticas, historial de corrupción, falta de capacidad para manejar la inseguridad, o tendencias autoritarias del candidato que llegue a presidente. Así, cualquiera.

@crislopezg

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Encuestas de Uber. De Cristina López

10 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

De Uber se puede tener variedad de opiniones: es una de las fuerzas más disruptoras de la economía del transporte y, al mismo tiempo, una compañía que se ha resuelto el “problema” de tener que cumplir con leyes y protecciones laborales para sus trabajadores al funcionar con una flotilla de “contratistas” o “colaboradores independientes”. Por suerte, esta columna ni es de Uber ni pretende influenciar debate alguno sobre las complejidades de su aparición en el mercado global en general y el salvadoreño en específico.

Esta columna es sobre las conversaciones políticas interesantísimas que durante la semana pasada, en una visita exprés de esta hermana lejana a mi añorado El Salvador, tuve en el contexto de movilizarme en Uber. Con el servicio me topé con una muestra estadística interesante: los conductores variaron en edad, sexo, profesión u oficio y provenían además de diferentes zonas aledañas a la capital o a La Libertad. Obviamente no estoy abogando por sacar conclusiones con peso estadístico alguno, y es claro que socioeconómicamente los conductores tienden a ser más parecidos que distintos (en el sentido que todos tienen acceso a carro y a tecnología celular en teléfono inteligente) como para no representar más que a un sector sumamente específico de la clase media.

Tuve la suerte de que todos me resultaron platicones, y el tráfico insoportable que nuestra bien intencionada pero insuficiente infraestructura permite, contribuyó al espacio para platicar con tiempo sobre el país. En específico, la situación política y lo que puede que nos depare en las próximas elecciones. Y aunque, de nuevo, las pláticas carecen en lo absoluto de peso estadístico ni deberían inspirar predicción alguna sobre lo que nos depara después de febrero del próximo año, a mí me sirvieron muchísimo, pues, como salvadoreña en el exterior interesada en la coyuntura nacional, las redes sociales son el único medio en el que consumo noticias nacionales. Las opiniones que ahí se vierten son la única manera en la que, desde allá, puedo construir mi percepción sobre la popularidad o efectividad de diferentes candidatos y propuestas y, en cierto modo, tomar la temperatura de ciertos temas.

Y nada: las pláticas me botaron mi percepción construida a punta del ruido de las redes sociales de que el candidato de Nuevas Ideas no tiene competencia. O por lo menos la percepción de que es el incuestionable mesías que resolverá todos los problemas. De la mayoría de conversaciones sobre lo que se habla en redes sociales saqué la conclusión de que hay cierto hartazgo de que el diálogo político y la discrepancia de opiniones de cualquier tipo se hayan vuelto tan tóxicos. Hay quienes dijeron que prefieren no opinar porque el costo de decir opiniones impopulares o que contrarias (incluso en la manera más leve) a lo que parece ser la mayoría se ha vuelto demasiado alto: con bullying, memes sexistas (esto solo lo mencionaron las mujeres), o insultos.

Más allá de candidatos, hablamos de problemas. Y de lo raro que resulta que en un país donde el mayor problema parece ser la seguridad pública, que el tema no sea el eje único y principal de todos los candidatos. Una de las historias que oí, de un conductor que antes hacía rutas dentro de diversas colonias y de cómo tuvo que abandonar ese empleo cuando las maras lo volvieron inviable, me recordó que es imposible hablar de trabajo para todos sin incluir las políticas que harán factible que los trabajos no le cuesten la seguridad a la gente. Sin tratar de hacerle propaganda a Uber, los candidatos deberían considerar darse una vuelta y hablar, sin ideas preconcebidas, con los conductores. Las pláticas son más informativas que la bulla digital.

@crislopezg


Elecciones digitales. De Cristina López

3 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Está más que establecido que las redes sociales y la interconectividad global han venido a revolucionar varias industrias, algunas más que otras. Las disrupciones del universo digital han impactado de maneras obvias los rubros comerciales, donde las compras a través de internet le comienzan a hacer la competencia a las tiendas en los centros comerciales, y para bien o para mal, han impactado el rubro del periodismo.

El oficio periodístico en la actualidad ya no puede darse el lujo de mantenerse al margen de las redes sociales: ahora es parte de ellas. Los periodistas que en los próximos años decidan ignorar la influencia que la desinformación y la inmediatez informativa juegan en las percepciones y en la capacidad de reportar la verdad se verán incapacitados de hacer su trabajo o relegados a la inefectividad. Lo anterior también es un reto para los educadores cuya responsabilidad es preparar a los ciudadanos del futuro: ¿cómo enseñarle a los votantes del futuro a mantener una dieta informativa de calidad que les permita discernir entre el ruido informativo y la realidad? La amenaza de que la urgencia de las trivialidades ofusquen lo importante hace a nuestras sociedades especialmente vulnerables a la retórica de políticos demagogos y oportunistas.

Similarmente, otro rubro tremendamente afectado por la ubicuidad de las redes sociales ha sido, innegablemente, la política. En 2016, fueron las redes sociales lo que le permitió a Donald Trump, un candidato con nula experiencia política y electoral, explotar con su retórica los sentimientos de millones de votantes estadounidenses para terminar ganando la presidencia. De la misma manera y más recientemente, en Brasil el extremismo retórico que se respiraba en diferentes plataformas digitales le terminó favoreciendo a Jair Bolsonaro, muy a pesar de los frecuentes llamados a la moderación desde las instituciones de la comunidad internacional, los paneles políticos televisivos, o desde las páginas de opinión de diferentes medios de comunicación tradicionales.

Es por eso que no es extraño que en plena campaña presidencial en El Salvador, la publicidad electoral no sea como la de otros años, en las que el asalto visual en las carreteras era imposible de evitar. Ahora la batalla se está librando en línea y es Google la agencia mediática que se encuentra recibiendo los dólares que antes se embolsaban la mayoría de medios tradicionales. Pautar en línea significa, ahora en día, comprar la capacidad de influir resultados virtuales de búsqueda. Un votante indeciso en busca de información en Internet será guiado a la información del candidato que haya pagado más para pautar en línea. La información que verá un votante en sus redes sociales, ya sean Instagram, Facebook, o WhatsApp (todas con enorme popularidad entre los salvadoreños) será la que los algoritmos que sus propios clicks y círculo de amigos definan como importante. Alguien cuyos comentarios en línea tienden hacia la izquierda, verá esa opinión reforzada o radicalizada con contenido similar, y alguien cuyos comentarios o “Likes” demuestren una tendencia hacia la derecha, jamás obtendrá contenido neutral.

El ruido electoral es peligroso porque es difícil predecir sus efectos en el mundo de carne y hueso. En redes sociales, las marcas más ruidosas son también las que generan más ruido por parte de las audiencias, por lo que una marca que se vende como popular termina volviéndose popular en una suerte de profecía que se autocumple. Sin embargo, en nuestro país es difícil saber aún hasta qué punto la popularidad digital puede capitalizarse y convertirse en victoria electoral. En El Salvador ganar la presidencia aún requiere un enorme esfuerzo de trabajo territorial por el simple hecho de que la integridad de nuestras elecciones aún depende en gran medida de las estructuras partidarias que cuidan urnas, haciéndose contrapeso entre los diferentes partidos y contando a mano voto por voto. Solo en febrero podremos saber si efectivamente un like en línea equivale a un voto en la vida real.

@crislopezg


El General. De Cristina López

26 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Ayer mi abuelo paterno habría cumplido 116 años. Vivió hasta los 97 y aunque solo coincidimos cerca de una década en este mundo, los honores que recibió durante su entierro me dejaron a mis 11 años la sensación de que más allá de quedarme sin abuelo, era El Salvador también que acababa de perder a un grande. Se le reconocía en ese momento su legado como pionero de la aviación salvadoreña, habiendo sido de los primeros en surcar los cielos al servicio del país. Una escuadrilla de 4 Cessna sobrevoló el entierro en el Cementerio General en orden impecable y mientras sus restos mortales eran sumidos bajo tierra uno de los aviones se separó del grupo elevándose al infinito hasta que lo perdimos de vista mientras los demás seguían su curso. Un último adiós simbólico al General Gustavo López Castillo.

Era de pocas palabras y contaba poco. Lo que sé lo sé por las historias que nos contaba mi papá. Nunca se me olvidan, en específico, aquella sobre cuando en los 20 participó en un tiroteo en San Salvador contra alumnos militares sublevados, episodio que le dejó un balazo en la rodilla. O de la vez que, por su altura arriba del promedio y complexión clara chalateca, una vez lo confundieron con el piloto estadounidense Charles Lindbergh cuando vino de visita a El Salvador en 1928, luego de completar el primer vuelo trasatlántico pilotado por una sola persona.

Pero fuera de las aventuras militares, los méritos del general son los del día a día, en la disciplina en lo ordinario. El General se levantaba a la misma hora todos los días y es por su ejemplo de disciplina constante que en mi casa, el desorden, exceso de pereza, o falta de colaboración siempre se catalogaban —medio en broma y medio en serio— como “falta de espíritu militar”. La referencia era al espíritu militar del General, que siempre dijo que sí al servicio público y le dedicó al país su carrera profesional: tanto como General en la Fuerza Armada, como en el servicio civil luego de su retiro, sirviendo como Gobernador Político del departamento de San Salvador y luego como Director General de Correos en los Cincuenta.

Mucho se puede debatir sobre el rol de las fuerzas armadas en una república democrática, y aún más sobre las maneras en las que, en El Salvador post-Acuerdos de Chapultepec, los líderes del Órgano Ejecutivo de nuestro país han ejercido su poder como Comandante General de la Fuerzas Armada. En específico porque, como parte de esos Acuerdos de Paz, se recalcó que el objetivo de la institución sería “la defensa de la soberanía del Estado y la integridad del territorio”. Además, se agregó la aclaración del carácter de obediencia, profesionalidad, no política y no deliberancia.

Me hubiera encantado tener la oportunidad de debatir y preguntarle al General su opinión sobre las maneras en las que el carácter de la Fuerza Armada se ha abusado al ponerlas al servicio del combate al crimen doméstico, como ejecutora de regímenes de excepción para preservar la seguridad pública (algo que debería permanecer en manos de civiles) y no en nombre de la defensa nacional. No tengo idea de cuál habría sido su opinión sobre el envío de nuestras tropas a pelear guerras nunca justificadas en nombre de nuestras alianzas con naciones más poderosas. Tampoco sé qué habría opinado si hubiera oído a cierto candidato decir que desde la presidencia, no habría nadie que pudiera detener al poder popular porque sería él el comandante general de las fuerzas armadas y podría hacerlas marchar en su defensa a la Asamblea para garantizar que se legisle de acuerdo a sus posiciones, desplegando un autoritarismo de caricatura en pleno siglo XXI. No me queda duda de que en su espíritu militar, habría dicho, como siempre, sí a cualquier cosa que fuera a favor del servicio de la República. Ojalá que como el General, más ciudadanos respetaran el servicio público como servicio a la República, en vez de ver el servicio público como auto-servicio.

@crislopezg


El virus de la falsa equivalencia. De Cristina López

12 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El virus de la falsa equivalencia está atacando a una de las instituciones más importantes de una democracia libre: el periodismo honesto. La falsa equivalencia es una herramienta retórica a la que normalmente recurren los políticos demagogos y que consiste en comparar dos situaciones — ya sea en lados opuestos del espectro político o con observables imbalances de poder– y declararlas equivalentes. En el periodismo y los medios de comunicación, la falsa equivalencia aparece comúnmente en analistas políticos o periodistas intentando quedar bien con Dios y con el diablo. Por evitar ser tachados de subjetivos, quizás influidos por la polarización guerra fríista que asume de manera haragana que una crítica a un lado del espectro político necesariamente implica simpatía hacia el otro, piensan que criticar a “ambos lados” equiparando conductas objetivamente diferentes es un juego suma cero. Piensan que resulta milagrosamente en un resultado neutral, cayendo en la falacia de comparar peras con manzanas y declararlas iguales.

En Estados Unidos, este virus se llama “both-sideism” y ha afectado en ocasiones hasta a los más respetados periodistas políticos. Se ha vuelto indudablemente más severo con los retos que presenta la administración del Presidente Donald Trump y su consistente hábito de mentir descaradamente. El miedo a que los aliados de Trump reaccionen con histeria fanática y los ataquen de partidistas por reportar la neutral realidad de que el presidente miente, ha hecho caer a muchos en el “both-sideism,” acompañando sus reportes de las carencias comprobadas de Trump, con menciones de fallas de menor grado de personajes menos relevantes en el espectro opuesto. Como si fueran equivalentes, presentan un escenario en el que los dos lados tienen el mismo nivel de corrupción o mentiras.

A ver: la neutralidad y la objetividad en el periodismo siguen siendo el estándar al que hay que aspirar para proteger la democracia y mantener una sana auditoría del poder. Pero es malentender la objetividad y la neutralidad pensar que hay que en su nombre hay que sacrificar los matices y complejidades de la realidad, asumiendo que dos cosas no pueden coexistir sin ser inmediatamente comparadas en el mismo plano como idénticas o equivalentes.

El Salvador no ha sido inmune a la falsa equivalencia, este virus nefasto de pobreza analítica. En política, lo estamos viendo con los diputados que asumen que “ELEGIR MAGISTRADOS YA” se encuentra por alguna razón en el mismo plano de moralidad que elegir magistrados idóneos, y con el fin de fundamentar semejante desfachatez han tenido que verse en la posición de defender lo indefendible y presentar el historial de corruptela y probidad dudosa de una nominada a magistrada como experiencia deseable. No solo los diputados caen en la trampa de la falsa equivalencia: lo vimos también la semana pasada en la opinión pública con quienes equipararon como idénticos a los bandos que se enfrentaron en choques violentos en la ciudad de Santa Tecla, cuando uno tenía el monopolio armado de la fuerza y el otro no. Se puede tener una conversación franca sobre las complejidades de aplicar el Estado de Derecho, la necesidad económica y las trabas burocráticas que empujan a varios comerciantes a la ilegalidad, sin excusar el abuso de la fuerza policial como necesario.

También sería deshonesto comparar como exactamente equivalentes las opciones entre Calleja y Bukele en la campaña presidencial, cuando la campaña de Nuevas Ideas recurre, de maneras observables y comprobadas, al abuso cibernético, las noticias falsas y estrategias de bajísimo nivel contra cualquiera que se atreva a criticar a su candidato, y cuando la campaña de Calleja no ha recurrido a semejante bajeza. Se puede decir lo anterior, porque es una realidad comprobada, sin negar o dejar de reconocer el pasado corrupto de muchos miembros de ARENA. Aceptar que la realidad (sobre todo la política) no siempre viene en paquetes aplicables a “los dos lados”, no es perder neutralidad. Es comprometerse con la verdad.

@crislopezg

Haciendo pactos con el diablo. De Cristina López

5 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

A estas alturas, la historia del creciente populismo apoderándose de los gobiernos democráticos de Latinoamérica se ha repetido tanto que es casi predecible. Empieza usualmente con gobernantes cuya relación con el Estado de Derecho es, en el mejor de los casos, casual, y cuya atracción por la corrupción, el nepotismo, y el abuso de poder es mayor que su patriotismo. Al aumentarle a este escenario algunas de las condiciones propias de la falta de desarrollo, como la falta de educación, alta criminalidad y creciente inequidad económica, los resultados son un electorado vulnerable al populismo del próximo oportunista (de izquierda o derecha) que decida echarle un fósforo a la gasolina.

Ya lo vimos en Venezuela, con Hugo Chávez y su heredero, Maduro. Pasó también en Panamá con Ricardo Martinelli, y en México recientemente con AMLO. Ahora parece que el turno le tocó a Brasil. Fue tanto el hartazgo del electorado brasilero después del carnaval de corruptela que trajo consigo el Partido de los Trabajadores, que el extremismo del autoritario Jair Bolsonaro parecía poca cosa. Tristemente, una parte importante de la derecha en Brasil todavía considera que con tal de que exista la libertad económica y el libre mercado, vale hacer pactos hasta con el diablo. Como si las demás libertades no importaran. Como si el libre mercado y la libertad económica no fueran plantas que únicamente germinan cuando se plantan en la tierra de una sociedad libre. La libertad económica requiere gente libre y el autoritarismo de Bolsonaro contradice semejantes principios.

Como ejemplos: Bolsonaro dijo en una entrevista, sin una pizca de sorna, que si tuviera un hijo gay, preferiría verlo muerto. También dijo una vez sobre los brasileños con ascendencia africana que no servían “ni para procrear”. A una congresista le dijo que era tan fea que no valía la pena ni para violarla. Todo esto en un país donde el racismo, la homofobia y la violencia contra las mujeres motivan una parte significativa de las estadísticas criminales. Sobre la creciente ola criminal en Brasil, Bolsonaro ha dicho que la solución podría estar en permitir que la policía realice ejecuciones sumarias en el ejercicio de sus labores —una declaración que si bien le resultará familiar a algunos políticos salvadoreños, se ganaría la condena de cualquier cuerpo internacional por violar los derechos humanos más básicos. Es gravísimo en el contexto de Brasil, donde según Juan Carlos Hidalgo, del Cato Institute en Washington DC, la policía en Brasil fue responsable de las muertes de 4,224 personas solo en 2016. Bolsonaro además ha declarado su admiración por dictaduras militares y ejecutores de torturas. Bolsonaro no habría ganado sin el apoyo de quienes, desde la derecha, pensaron que ese récord era poco con tal de instaurar los beneficios de empujar políticas de libre mercado, austeridad en el gasto gubernamental y fomentar privatizaciones económicas.

En la balanza, quienes decidieron que el autoritarismo de Bolsonaro era digerible porque quizás abriría las puertas a mayor libertad económica, decidieron que esta valía más que los derechos humanos. En El Salvador, ojalá que no haya candidatos que se dejen llevar por la tentación populista del fanatismo religioso, del autoritarismo ante la criminalidad, o del populismo sin substancia. Que no haya aliados que condonen políticas deshumanizantes en nombre de la libertad económica -—que no olviden que el fin de una economía liberal es la prosperidad del ser humano. Y no puede ser próspero el ser humano en una sociedad autoritaria.

@crislopezg

No son caravanas, son éxodos. De Cristina López

29 octubre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El segundo libro de la Biblia se dedica enteramente a narrar la esclavitud hebrea bajo el yugo egipcio y de cómo, gracias al liderazgo de Moisés, escaparon juntos hasta la Tierra Prometida. Si con la actual coyuntura política alrededor del mundo los medios hubieran reportado los sucesos que narra el libro del Éxodo, probablemente habríamos leído que una caravana de judíos se encontraba protestando políticamente al faraón. No habría faltado el opinólogo que, ignorando por completo el contexto del que huían los judíos, diría que si morían en el camino por fallos en la partición del Mar Rojo o cualquier otra desventura, probablemente se lo merecían por no quedarse en donde estaban desde el principio.

Y es que en el contexto de la caravana de migrantes que comenzó su marcha desde Honduras hacia Estados Unidos, ya sea mal informados o manipulados por cualquier oportunista que les habría pintado una imagen errónea del proceso de asilo, se ha oído cada cosa. Tristemente, a diferencia del Éxodo bíblico, a esta caravana no le espera una tierra prometida. Si bien Estados Unidos y sus habitantes en general son increíblemente cálidos para recibir inmigrantes, y si bien, gracias a su poderosísima economía no faltan las oportunidades para quien sea con tal que tenga ganas de trabajar duro, las autoridades gubernamentales y sus leyes son otra historia.

Las leyes migratorias estadounidenses de por sí no han avanzado al ritmo de la creciente globalización, la interconexión tecnológica, ni las demandas económicas. Lo que sí ha avanzado, y bastante, es el populismo y la demagogia. No solo en Estados Unidos. En el resto del mundo. Nuestra Latinoamérica es muestra que las frustraciones (ya sea producidas por la corrupción, la falta de oportunidades, la desigualdad, o la falta de desarrollo) son caldo de cultivo para el populismo. En Estados Unidos las frustraciones habrán tenido otra forma, pero igual se tradujeron en el populismo con el que Donald Trump continúa explotando el miedo de lo desconocido que tienen tantos votantes que por ingenuidad, piensan que de sus males es culpable alguien más. Del estancamiento económico culpan a los inmigrantes, por “robarse trabajos”, incluso cuando nadie quería hacerlos en el primer lugar. De los crímenes, también se culpa a los inmigrantes, incluso a pesar de que las estadísticas no demuestran una diferencia significativa en el estatus migratorio de quienes cometen crímenes.

La caravana hondureña no es diferente a las migraciones que a diario emprenden tantos hermanos centroamericanos. La diferencia, quizás, es práctica: unidos tienen más posibilidades de llegar al Norte de una pieza. Les cobija la atención mediática. Ningún coyote los va a tirar de un tren, o dejará al acecho de violadores y ladrones en medio del desierto, si los ojos del mundo y las organizaciones internacionales están viéndolos. Lo que es definitivamente diferente, y desgraciadamente les juega en contra, es el oportunismo político, porque en Estados Unidos las elecciones son la próxima semana. A Trump, la retórica antiinmigrante le ha servido de gasolina en su ascenso político. Y nada le favorece a pintar una narrativa escabrosa de la migración como las imágenes mediáticas de inmigrantes que no se detienen ante nada, y que puede pintar como amenaza.

Claro, la retórica complica las situaciones de los inmigrantes indocumentados ya en Estados Unidos, tratando de salir adelante en medio de un clima hostil y de un manodurismo sin precedentes. También podría complicar la ayuda internacional que reciben los países del Triángulo Norte, y quizás la obtención de visas. Bien podría Trump usar de excusa las caravanas para poner a nuestros países en listas como las que existen para Venezuela o varios países de mayorías musulmanas, pagando en su totalidad como chivos expiatorios los crímenes de unos cuantos individuos. ¿Puede culparse de eso a los individuos que caminan sin parar buscando algo mejor? No. Al fin y al cabo, El Salvador y Honduras siguen siendo los países que, sin estar en guerra, tienen más muertes violentas. En desesperación, incluso caminar sin descanso por semanas vale la pena si la posibilidad de mejora existe en el horizonte.

La culpa la tienen quienes manipulan esa necesidad. Quienes no crean las condiciones para que los incentivos para quedarse sean mayores que los incentivos para huir arriesgándolo todo. Detenerlos sería atentar contra su derecho a emigrar —derecho que, sin ironía alguna el Presidente Sánchez Cerén recalcó desde Cuba— uno de los países que sistemáticamente, viola el mismo derecho de todos los cubanos desde hace décadas.

@crislopezg