Cristina López

Revisitando la tregua. De Cristina López

Es saludable que inicie un debate serio sobre este tema. Con énfasis en serio. Ojala que no se limite a enmarcar el problema de los pactos electorales con pandillas en el contexto de la tregua, sino donde verdaderamente pertenece: las políticas de Seguridad post tregua del FMLN y la ausencia de alternativas por parte de ARENA.

Paolo Luers

Cristina LópezCristina López, 14 agosto 2017 / EL DIARIO DE HOY

Muchos quisiéramos pensar que solo fue un mal sueño, pero el hecho de que seguimos lidiando con sus nefastas consecuencias sirve de confirmación de que, efectivamente, la administración de Mauricio Funes sucedió. La tregua del gobierno con las pandillas, en la que se intentó que las maras disminuyeran extorsiones y homicidios a cambio de privilegios en el sistema penitenciario, se encuentra nuevamente en discusión debido al juicio en el que se procesan varios de los negociantes por crímenes cometidos durante el proceso.

EDH logDe la tregua como tal puede criticarse muchísimo. Especialmente la poca transparencia con la que actuó la administración de Funes. El aspecto de sí el estado de derecho y el cumplimiento de la ley son o no negociables y sí no quebranta a la igualdad ante la ley que no todos podamos sentarnos a negociar privilegios en el sistema penitenciario es también una crítica común que se hace de la tregua, pero la realidad es que la insostenibilidad del status quo — las docenas de muertos diarios — invitó, por lo menos desde una perspectiva pro-vida, a considerar medidas sui generis.

El problema actual se encuentra en que como ciudadanía se ha vuelto cada vez más difícil saber a qué políticos y funcionarios públicos creerles, puesto que la luz que se ha arrojado en el proceso ha sido más o menos como destapar un resumidero: ha quedado en evidencia la bajeza de las alimañas que pretenden gobernarnos. Si bien pueden encontrarse múltiples argumentos a favor de la tregua como tal, de intentar forjar paz en nuestra violenta sociedad a través del diálogo y de una discusión que encamine una eventual reforma del sistema penitenciario que permita la rehabilitación, lo que es, a todas luces, inadmisible es la explotación que hicieron los principales partidos políticos de la violencia y la criminalidad para intentar sacar votos. No solo explotaron el proceso, que pudo haber sido positivo, lo ensuciaron de manera que será imposible forjar paz a través de esta vía pues se ha perdido la confianza de la ciudadanía, involuntariamente atrapada en medio del sándwich del gobierno y las pandillas.

Si en realidad cambiaron dinero por votos y actos criminales para impedir el derecho a asistir a las urnas de gran parte del electorado, el FMLN y ARENA han demostrado que poco es lo que los diferencia. Que las pandillas y la ola de criminalidad no son, para ninguno de los partidos que aspiran gobernar nuestro país, un problema estructural a resolver con años de política pública consistente, inversión en las comunidades o reforma del sistema penitenciario, sino una conveniente situación que el cinismo los ha llevado a explotar con el fin de beneficiarse electoralmente. Si les interesa mantener la confianza del electorado, les urge distanciarse del intercambio de dinero y de quienes lo propusieron, y pedir perdón a la ciudadanía por haber ensuciado lo que pudo haber sido un proceso constructivo.

La otra triste conclusión es que de la tregua, quienes más se terminaron beneficiando fueron las cúpulas de las pandillas, con la plata y los privilegios en los centros penales. No la sociedad civil. No los miembros de la sociedad civil que de buena fe y algo de ingenuidad intentaron participar en el proceso, pues se les está pagando con calumnias y con la expiación de los pecados de quienes desde el gobierno no quisieron ensuciarse. Tampoco se beneficiaron los pandilleros que no integran el liderazgo de las pandillas, la carne de cañón atrapada por la estructura criminal y sin mayor opción que unirse, emigrar, o morir; estos difícilmente vieron mejoradas sus condiciones. Como tampoco vieron mejoradas sus condiciones las víctimas de la absurda criminalidad que se ha vuelto la perpetua realidad nacional.

@crislopezg

Fe en la humanidad. De Cristina López

Cuando muchos hablan del “pantano” de corruptelas que puede ser DC olvidan que alrededor del pantano hay una comunidad vibrante de individuos de todos los colores y religiones, que ven a los inmigrantes como una parte importantísima de sus comunidades con independencia de las políticas migratorias de moda.

Cristina LópezCristina López, 31 julio 2017 / EDH

En una coyuntura en la que la política continúa dándonos una mala noticia tras otra, específicamente bajo la administración Trump, de vez en cuando cae bien recordar que quienes tenemos el poder y la capacidad de mejorar nuestras sociedades no son nuestros políticos, somos nosotros, los individuos. De nuestra responsabilidad individual depende el querer construir comunidades fuertes y solidarias, con independencia de las políticas públicas de los gobiernos de turno.

EDH logRecientemente en Washington, DC, una de las ciudades estadounidenses con la concentración más grande de miembros de la diáspora salvadoreña, recibimos un recordatorio de la fuerza de las comunidades. La última semana de junio, un edificio en la zona noroeste del distrito, habitado en su mayoría por inmigrantes centroamericanos y sus familias, se convirtió temporalmente en un infierno.
Se especula que una explosión de gas en medio de la noche fue la causante de que todas las familias inquilinas, en cuestión de horas, se quedaran sin nada; sin el espacio donde vivían; sin las cosas que, poco a poco, con el esfuerzo de su trabajo, habían ido comprando para amueblar sus espacios. Se escaparon solo con su vida y con lo puesto.

Legalmente, el edificio no les debe nada. Por el momento, los alojaron temporalmente en un hotel. De los contenidos de sus apartamentos, no verían reparación alguna a menos que tuvieran seguro de inquilinos, cosa que para muchos era un lujo que no podían costearse con sueldos de la industria de servicios.

El agradecimiento por haber escapado una muerte terrible —el incendio cobró una vida— venía para muchos seguido de la aflicción de no tener nada. La Cruz Roja los asistió en los primeros días después de la tragedia, pero como organización que se encarga de los primeros auxilios, poco podían hacer por ellos una vez pasaron varios días. Acudieron a sus consulados, pero la falta de recursos y en ocasiones, de personal capacitado para responder a este tipo de necesidades, los dejó con pocas opciones: se les ofreció únicamente tramitarles pasaportes nuevos a un costo menor que lo normal y brincándose la lista de espera, que no es poco, pero cuando no se tiene nada, tener el pasaporte vigente no aparece tan arriba en la lista de prioridades.

Muchas veces se dice de Washington DC que debido a la altísima concentración de poder que distingue a la ciudad, el éxito lo marca de manera exacerbada el círculo de contactos. Se dice, “no es quién sos, es a quién conocés”. Esto, de entrada, limitaría a muchísimas familias inmigrantes, sobre todo bajo la administración Trump, en la que la desconfianza a los inmigrantes se ha visto exacerbada, azuzada por la retórica que sale del Órgano Ejecutivo. Y sin embargo, cuando muchos hablan del “pantano” de corruptelas que puede ser DC olvidan que alrededor del pantano hay una comunidad vibrante de individuos de todos los colores y religiones, que ven a los inmigrantes como una parte importantísima de sus comunidades con independencia de las políticas migratorias de moda. Esta comunidad respondió a la tragedia haciéndola propia. Aunque aún hay familias necesitadas, en cuestión de semanas donaciones personales de bienes básicos y no tan básicos (desde sofás, camas, sábanas, vajillas enteras hasta impresoras, para apoyar a las familias con niños en edad escolar) están mejorando la situación de miembros de nuestra comunidad, solidarizándose con los inmigrantes en lo que casi puede percibirse como acto de rebeldía ante una administración prácticamente hostil, recordando que al final, si uno de nosotros sufre, sufrimos todos, devolviéndonos a muchos cínicos la fe en la humanidad.

@crislopezg

Gran festival gastronómico “chucho-free”. De Cristina López

En las urnas, a quienes nos importa la lucha de la corrupción con independencia de su proveniencia o color político, nos vamos a acordar de cómo votaron en el festival chucho-free.

Cristina LópezCristina López, 24 julio 2017 / EDH

En una columna anterior mencioné cómo, entre las tendencias gastronómicas en boga, que van desde lactosa-free a gluten-free, la que parece haber capturado las pasiones de los funcionarios públicos salvadoreños es la dieta “chucho-free”. Esto, por supuesto, nada tiene que ver con la ingesta de nobles canes, sino con el famoso adagio de “chucho no come chucho”, explicando cómo cuando un grupo de personas pertenece al mismo grupo o categoría, sus individuos harán todo lo posible por protegerse entre sí.

EDH logY el pasado martes, la Asamblea Legislativa celebró por todo lo alto y a los ojos del mundo (incluidas las miradas decepcionadas de las Naciones Unidas y la Embajada estadounidense), lo que debería calificarse como un gran festival gastronómico “chucho-free”, puesto que con las reformas legislativas aprobadas a la Ley de Extinción de Dominio, se aprobó también el trato benévolo a los corruptos del pasado, presente y futuro. No ha habido hasta ahora legislador que haya podido articularle a sus representados en qué se beneficia la población con estas reformas, simplemente porque los beneficiarios son quienes tendrían algo que temerle a la normativa que pretende luchar contra la corrupción y el crimen organizado. Una vez más, se cumple a la perfección el adagio: el chucho no come chucho.

La falta de interés por combatir la corrupción solo puede entenderse a través del prisma de la autopreservación, el interés propio y el instinto de supervivencia. Y hay a quienes les sobran las razones para actuar con base en el instinto de supervivencia, sobre todo al presidente de la Asamblea, Guillermo Gallegos, a quien Probidad le encontró hace poco 3 millones de dólares injustificados. Es fácil asumir que el interés de Gallegos es desdentar la Ley de Extinción de Dominio, por si no encuentra los recibos.

Y ver gente que normalmente no piensa igual unirse en semejante acto de solidaridad empática –porque la abstención casi equivale a complicidad– sería casi sublime en un mundo donde hay más divisiones que unión. Porque aunque los principales impulsores de la reforma fueron el FMLN y GANA, aquellos que se abstuvieron no merecen crédito alguno y es empujar las fronteras del cinismo que ahora quieran aplausos y rédito político por su falta de coraje. Oponerse y abstenerse no son lo mismo. En las urnas, a quienes nos importa la lucha de la corrupción con independencia de su proveniencia o color político, nos vamos a acordar de cómo votaron en el festival chucho-free.

“Y ahora, ¿quién podrá defendernos?”. Tristemente, la capacidad de hacerle frente a este descalabro legislativo no está en el Chapulín Colorado, que por lo menos presumía de astuto, sino en el Presidente Sánchez Cerén. ¿Han oído alguna vez a Sánchez Cerén condenar enfáticamente a sus predecesores –sobre todo al que pertenecía a su partido– por sus corruptelas y enriquecimiento ilícito? Yo tampoco. Solo nos queda esperar que Sánchez Cerén decida con su veto, por esta vez, no ser parte de la dieta libre de chucho.

Reiterando lo dicho en mi columna “La dieta chucho-free”: “el problema con la dieta de los que no comen chucho es que se vuelven cómplices de la cultura de impunidad que en nuestro país fomenta los delitos de corrupción desde el poder. Al llegar al poder se pasan todos al mismo bando, olvidando que se deben al cumplimiento de la ley y que los recursos del Estado deben estar al servicio de la población y no del autoservicio”.

@crislopezg

Exijamos más. De Cristina López

Seamos valientes. Tengamos la audacia de exigir más de nuestros candidatos. En la economía electoral, los candidatos son apenas la oferta.

Cristina López, 17 julio 2017 / EDH

Parece mentira, pero ya estamos otra vez en temporada de campaña. Con independencia de si las aspiraciones son municipales, legislativas o presidenciales, esta es la época en la que una amplia cantidad de candidatos quiere volverse mejores amigos con todo el mundo. Hemos atestiguado tantas candidaturas en nuestra corta democracia que es fácil predecir el plan de juego: están los que, ignorando cualquier tipo de autenticidad, con tal de aparecer cercanos, echan pupusas, recorren mercados (a pesar de que no sabrían distinguir un puño de berro de un manojo de zacate), juegan papi-fútbol de pasaje en colonias que apenas sabían que existían.

Están los que piensan ganarse el voto a punta de regalos y no de plataformas de política pública, y con esa meta le clavan su logo a cualquier cantidad de implementos: desde delantales hasta ventiladores de pie, cántaros y huacales, nada se salva de la fiebre electoral de conquistar votantes. Y, por supuesto, están las promesas de campaña: en las promesas se ignoran los temas incómodos, como el hecho de que cuando el trabajo se ponga aburrido (rendiciones de cuentas de ministros y demás) la asistencia es opcional. O que cuando la crítica ciudadana en redes sociales no guste, se administrará la regulación de la opinión a puro bloqueo.

Y aunque el absurdismo electorero es generoso en material para la crítica y hasta la burla, quizás vale la pena darle la vuelta, con base en el triste adagio de que las sociedades tienen los gobiernos que se merecen. En ese sentido, la culpa de que para ganar votos en nuestro país sea más importante regalar huacales y cántaros la tenemos nosotros, pues está en nosotros la obligación de exigir más, organizando debates, haciendo preguntas concretas, obligando a los candidatos a tener plataformas con temas específicos y no solo slogans o citas de Coelho.

Está en nosotros, la ciudadanía participativa, el empezar el rol de auditoría antes de que los candidatos se vuelvan funcionarios electos. Está en nosotros, ya sea a través de columnas de opinión o asistencia a foros y conversatorios, poner los temas de agenda sobre la mesa.

Hace unos días, una acertada columna de Jaime Funes le pedía a los aspirantes presidenciales de derecha que fueran héroes: que se atrevieran a hacer política de una manera colaborativa y enfocada en la unión. Quizás nosotros, los votantes, necesitamos también un llamado similar: seamos valientes. Tengamos la audacia de exigir más de nuestros candidatos. En la economía electoral, los candidatos son apenas la oferta.

En teoría, nosotros, los electores, como demanda tenemos todo el poder. Es más importante que nunca, en estos momentos de desencanto por los partidos políticos actuales, que exijamos más de nuestros candidatos. Que pidamos transparencia en donde ha reinado el secretismo, honestidad donde abunda la corrupción, conversaciones serias y acciones específicas aparte de huacales y cántaros. De lo contrario, nuestra inacción se traducirá en más de lo mismo, volviendo una realidad el adagio de que las sociedades tienen los gobernantes que se merecen.

@crislopezg

Vocación de servicio público. De Cristina López

El lunes 10 de julio publicamos, bajo este mismo título y a nombre de Cristina López, una columna equivocada. Dicha columna haba sido publicada anteriormente (el día 8 de julio 2017) en El Diario de Hoy por el columnista Jorge Alejandro Castrillo, bajo el título “De las intolerancias“. Lamentablemente, en Segunda Vuelta reprodujimos este error. Pedimos disculpas por esta confusión.

La columna correcta de Cristina López que aquí reproducimos, sale publicada en El Diario de Hoy el miércoles 12 de julio.

Segunda Vuelta

Cristina López, 12 julio 2017 / EDH

El servicio público es de las vocaciones más nobles a las que puede aspirar un ciudadano. Y digo vocación, porque no es para cualquiera. Si como país aspiramos al cambio, al progreso y al desarrollo, los requisitos constitucionales para los cargos públicos deberíamos considerarlos apenas un mínimo y los partidos políticos apenas un vehículo, no un fin. Las ganas, como pudimos aprender de los kilómetros de país pintados con “Urge Remberto” no bastan. Aunque la preparación importa, y mucho, la vocación de servicio es lo que distingue a los mediocres y a los malos de los líderes transformativos. En El Salvador hemos sido afortunados: la vocación de servicio público, por suerte, también ha aparecido entre miembros de la sociedad civil, que no necesariamente veían la política como fin, sino como medio para impulsar cambios cuando agotaron todas las instancias desde el activismo ciudadano.

Ya se han vertido múltiples opiniones al respecto de la crisis de verticalismo de poder que está obstaculizándole la renovación de liderazgos a ARENA y, en consecuencia, haciéndole reducir su potencial electoral únicamente a lo que pueden alcanzar con el voto duro, perdiendo la posibilidad de jalar a independientes liberales, hartos de la corrupción, la inseguridad, la incapacidad y antidemocracia del FMLN. Comparto esas opiniones, pero poco se ha dicho de lo mucho que perdimos como país al apartar a perfiles con verdadera vocación de servicio público, y como a las personas apartadas la modestia no las dejará hablar de sí como deberían, lo voy a hacer yo.

La consecuencia de escribir una columna en un medio de circulación nacional y firmarla con nombre, apellido, foto y cuenta de Twitter, es que una se hace, irrevocable y permanentemente, dueña de lo que escribe. Esta responsabilidad obliga a la verdad, y a no jugarse el pellejo por cualquiera. Por eso, y con plena conciencia del peso que tiene hacerse dueña de lo dicho y lo escrito, con toda tranquilidad doy fe de que al apartar a Aída Betancourt como aspirante a una candidatura de suplencia, y al forzar a que los principios obligaran a Juan Valiente y a Johnny Wright a renunciar a sus candidaturas, no solo ARENA, sino el país, perdió.

Aida-M-Betancourt-Simán-434x722He tenido el privilegio de conocer a Aída por más de 11 años. En lo que a política se refiere, no siempre pensábamos igual: su compasión por los más vulnerables, tendencia a valorar todos los argumentos, su pragmatismo y atención a los procesos políticos, de vez en cuando reducía mis idealismos y axiomas a platitudes inaplicables en la realidad salvadoreña. Años del ejemplo que le dejó su familia en lo que a servicio público se refiere la convirtieron en una apasionada del profesionalismo en la política pública, y es por eso que lleva años estudiando, con becas y otros reconocimientos a su mérito académico, las mejores maneras de acercar a un país a la democracia y al desarrollo.

Esto es algo que no contaría ella, pero su pasión por el servicio público la viene arrastrando desde antes de que tuviera edad de votar — no cualquiera se sabe el prólogo de las Confesiones de Rousseau de memoria. Es el tipo de ciudadana dedicada, que pone atención más a las propuestas que a los partidos; el tipo de votante que tantos candidatos no se merecen.

Como universitaria en el extranjero se regresó a El Salvador para poder estar en el año preelectoral y, según sus palabras, “oír las propuestas de los candidatos, sentir la euforia cívica y votar por primera vez en unas elecciones tan decisivas”. Eso lo saqué de un blog que escribió antes de votar por primera vez, cuando regresó a El Salvador después de su pre-grado. Continúa: “Aunque siempre he sido una empoderada de la coyuntura a pesar de la distancia, vine además con toda la intención de hacer algo por el país, que desde mi regreso ha sido aderezada de realidad, frustración y un poquito de cinismo. Vine a encontrarme con el mismo país con diputados alérgicos a la legalidad, funcionarios ignorantes (por convicción o conveniencia) del funcionamiento institucional, políticos completamente desconectados de la realidad de muchos salvadoreños y, en su mayoría, una clase política absolutamente ajena a la vocación de servicio. […] Sigo convencida de que la participación ciudadana, la vigilancia de la clase política y la exigencia de rendición de cuentas deben ser permanentes, y que las elecciones son solo un momento en la vida democrática de un país”.

Como votante y activista ciudadana, agotó todas las instancias durante más de tres años: cuidó urnas, observó elecciones, participó en protestas a favor de la institucionalidad, y fue, con un grupo plural y diverso, gran defensora de la Constitución y el Estado de Derecho cuando el gobierno de Mauricio Funes intentó decapitar a la Sala de lo Constitucional, tanto en las calles, como en aulas de discusión académica, como en redes sociales y columnas escritas. ARENA decidió que no sería la vía, pero nuestro país se merece más Aídas. Depende de nosotros como sociedad civil abrir los caminos para impulsar sus liderazgos, aunque sea de manera independiente.

@crislopezg

Veinte años de magia. De Cristina López

Independientemente de la magia, si un principio es importante en el mundo mágico de Harry Potter, es la igualdad de todos con independencia de su proveniencia. El gran elemento democratizador es la educación común que reciben en la escuela de magia, Hogwarts, ricos y pobres, genios y estudiantes con más corazón que cerebro.

Cristina López, 3 julio 2017 / EDH

Esta semana se celebraron los veinte años de la publicación de “Harry Potter y la piedra filosofal”, el primer libro de la serie de Harry Potter. Es decir, una generación entera ahora ha pasado de la niñez a la adultez en la compañía del niño que vivió, la familia numerosa de su mejor amigo y la brillantez individual de su mejor amiga. Más allá de abrir un mundo mítico con sus propias reglas y sus dinámicas de poder particulares, J.K. Rowling, la autora de la serie (ahora una de las mujeres más ricas del mundo), parece habernos dado además un contexto y un lenguaje común, que muchos consideran se presta con bastante facilidad como alegoría al momento político que atraviesa el mundo.

Independientemente de la magia, si un principio es importante en el mundo mágico de Harry Potter, es la igualdad de todos con independencia de su proveniencia. El gran elemento democratizador es la educación común que reciben en la escuela de magia, Hogwarts, ricos y pobres, genios y estudiantes con más corazón que cerebro. Una pregunta importantísima a lo largo de la saga es la de los propósitos del poder y la manera en que este se ostenta. Se vuelve una causa lo suficientemente importante como para que personajes adorados pierdan la vida buscando derrocar a quienes usan el poder para perseguir, poner una categoría de personas sobre otras, violentar el respeto a la vida y ocupar las instituciones estatales para perseguir al individuo.

Es por eso que tanto en Europa como en Estados Unidos, la cultura popular común que nos regaló Rowling está siendo adoptada por “la resistencia”, o los movimientos que se oponen al preocupante populismo nacionalista de moda, que sobrevive electoralmente de explotar miedos, inseguridades y desigualdades. El problema, sin embargo, es que la “resistencia” que con tanta facilidad apropia los conceptos de Potter y se engrandece comparándose con la Orden del Fénix, no ha tenido aún nada que resistir. Es decir, manifestarse en las calles, protestar, llamar a los representantes legislativos para cabildear leyes no es “resistencia”, es participación ciudadana de la común y silvestre que debería permanecer, y cuya ausencia acarrea consecuencias como la elección de ineptos al poder. Es por eso que resulta chocante oír a políticos como Hillary Clinton referirse a su rol de oposición (igual: rol común y silvestre en cualquier democracia) como “resistencia”. Resistencia la de los venezolanos luchando por sus libertades más básicas, cualquier otra cosa es poco más que hipérbole.

Y si bien resulta difícil evadir la tentación de extender las alegorías de Potter al presente político (en parte, culpa también de su autora, cuya participación y opinión política en redes sociales raya incluso en el revisionismo de su propia obra para que quepa en luchas sociales que no existían al momento en que fue escrita), es necesario hacerlo. De lo contrario, no trascenderá más allá de nuestra generación, la que creció con los libros, cuando tiene más peso como una historia de los valores humanos que nos hacen sociedades civilizadas (la lealtad, amor del bueno que espera paciente vidas enteras, la protección de los más débiles, la idéntica capacidad de hombres y mujeres para enfrentar retos difíciles, la amistad, la solidaridad, el valor de una prensa libre, el peligro de la propaganda gubernamental, entre otros) que como la historia de origen de una parte del espectro político, lista para blandirse como superioridad moral contra quienes piensan diferente.

@crislopezg

El sexismo no me da risa. De Cristina López

Si de las burlas por apariencia no se libran ni las mujeres más aventajadas del país — estas con educación u otras, electas a cargos públicos — aquellas con menos poder no tienen cómo salvarse.

Cristina López, 26 junio 2017 / EDH

Es sano recurrir de vez en cuando a la autoexaminación para determinar aspectos del carácter en los que no nos caería mal una repelladita. A ver, nadie es monedita de oro: una mejoría interna a nadie le ha caído mal nunca; lo difícil es identificar el área de trabajo y meterle ganas a eso del oficio de volverse, por lo menos un poquito, mejor persona.

A mí me pasó recién en forma de recordatorio, cuando vi el video producido por el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales en el que la meteoróloga Sandra Martínez ofrece su respuesta a la broma de mal gusto que circulaba por redes sociales en la que algún neandertal pretendía sacar risas baratas ridiculizando su físico o edad comparándola con “las chicas del clima” en otros países. Martínez, con una elegancia envidiable, explica que el “meme” le causó gracia, puesto que el mérito que sus 20 años de preparación y reconocimiento internacional le han ganado a puro esfuerzo no se ve en nada amenazado por el sexismo cotidiano de nuestros lares.

Vi el video y pensé: “Ojalá algún día logre reaccionar a este tipo de sexismos tan cotidianos en nuestro El Salvador con la elegancia de Sandra Martínez”, haciendo el firme propósito de trabajar para reducir la rabia que me producen estas manifestaciones reduccionistas de la mujer. Algún día. Pero ese día no es hoy. Hoy sí voy a dejarme reaccionar con toda la rabia posible, en nombre de todas las niñas que quizás solo vieron el meme y no la reacción de Martínez y que quizás internalizaron el mensaje de que la manera como se ven es más importante que el esfuerzo que ponen en

Meme1

El meme y la respuesta de Sandra Martínez

prepararse. Rabia por todas las mujeres capacitándose que tienen que esforzarse el doble para tener aunque sea la mitad de respeto, solo porque la cultura (que incluye a hombres y a otras mujeres) las juzgará primero por cómo se ven. Rabia, porque si de las burlas por apariencia no se libran ni las mujeres más aventajadas del país — estas con educación u otras, electas a cargos públicos — aquellas con menos poder no tienen cómo salvarse.

Rabia, porque el mensaje para los niños y hombres también es tristísimo. Implica que lo que hay que valorar en sus pares femeninas es el envoltorio, desestimando lo de adentro. Los niños que internalizan este razonamiento, porque lo ven popularizado, viral y chistoso en las redes sociales, son los hombres a quienes el día de mañana se les volverá facilísimo ignorar la dignidad humana de una mujer y objetivizarla en un meme, acosarla en la calle, o peor aún, toquetearla “en broma”.

Rabia, porque el humor, que puede ser una manifestación de mensajes sociales valiosísimos cuando se hace de manera inteligente, también es una expresión transparente del nivel cultural de una sociedad. Y que la apariencia física de una mujer con décadas de preparación en un campo científico profesional en el que aún hay pocas mujeres, y en el que (como en muchos otros) hay retos de diferencias salariales con los pares masculinos, en nuestro país pase como “humor” demuestra que estamos bastante mal en cuanto a nivel cultural se refiere.

Rabia, porque mucha gente no termina de entender por qué la broma es sexista y degradante. Cuando se le imponen a las mujeres estándares físicos que jamás se le impondrían a un hombre en la misma posición (en este sentido, un meteorólogo), se incurre en sexismo. Que no, dirán, que también se habrían reído del físico de un hombre salvadoreño, en comparación a sus pares en el extranjero. Entonces lo que les da risa es la apariencia étnica que compartimos millones en el país y esto, como humor, es aún más incomprensible, pues degradarse a uno mismo no solo no es chistoso, es también bastante estúpido.

La desventaja de reaccionar con rabia a los sexismos cotidianos que las redes sociales normalizan es que se interpreta como una falta de sentido del humor. Y esto, sabiamente, lo sabía Sandra Martínez y dio el ejemplo al elevarse sobre el mal gusto con su reacción elegante. Yo todavía no he llegado a su nivel, y por el momento, con tal de combatir manifestaciones culturales degradantes, estoy perfectamente cómoda con que me llamen malhumorada.

@crislopezg

Vea el video de Sandra Martínez