Cristina López

En el tema migratorio, más preguntas que respuestas. De Cristina López

Se vienen tiempos difíciles para los salvadoreños indocumentados en Estados Unidos: ojalá contáramos con un gobierno que no se los complique aún más.

Cristina LópezCristina López, 27 febrero 2017 / EDH

Desde su campaña, el ahora presidente Trump mantuvo una retórica que lo distanciaba —y bastante— de la mayor parte de Republicanos en lo que a la inmigración se refiere. Trump pintó toda la inmigración no autorizada con la brocha gorda de la criminalidad, anunciando que cuando electo, respondería con mano dura bajo la justificación de la seguridad nacional. Por supuesto que el análisis carece tanto de honestidad intelectual como de utilidad práctica, puesto que ni la gran mayoría de inmigrantes no autorizados son criminales, ni es económicamente viable iniciar procesos de deportación contra la comunidad de aproximadamente 11 millones de personas que residen en Estados Unidos sin sus papeles en regla.

diario hoyLa administración de Trump hizo públicos la semana pasada los lineamientos que el departamento de seguridad nacional seguirá a partir de ahora para abordar la aplicación de las leyes de inmigración. Precisamente porque la practicalidad impide deportar a todo el mundo, la administración Obama había extendido lineamientos de priorización para las deportaciones. Solo serían sujetos de procesos de deportación aquellos que contaran con un récord de criminalidad. Aún a pesar de esos lineamientos, muchas personas sin más antecedentes que violaciones de tránsito terminaron separadas de sus familias, otras más sufrieron detenciones arbitrarias en manos del Estado por meses —sin debido proceso— y Obama completó sus dos períodos en la presidencia con el récord más alto de deportaciones en la historia.

El canciller salvadoreño, Hugo Martínez, hizo bien al emitir una respuesta ante los lineamientos emitidos por Trump, en cuanto a garantizar que cada salvadoreño afectado por las cambiantes circunstancias migratorias que esté necesitado de servicios gozará de asistencia legal para sus circunstancias. Esto, cabe decirlo, si tienen la suerte de vivir en una de las 17 zonas que cuentan con consulados en el vasto territorio estadounidense.

Buena respuesta, pero es solo una entre una serie de interrogantes que deben responderse con acciones gubernamentales si realmente se quiere velar por la población salvadoreña que termina viéndose forzada a emigrar. Entre ellas, se incluye ¿qué medidas está tomando el gobierno salvadoreño en sus relaciones diplomáticas con México para velar por el trato que nuestros migrantes reciben en ese país, que en muchos casos atenta contra los derechos humanos? O, ¿qué asesoría se brinda a la ciudadanía salvadoreña cuyas razones para emigrar son la búsqueda de asilo debido a creciente situación de criminalidad? ¿Se les está proveyendo con otras opciones, o se les ignora?

Adicionalmente, es difícil tener credibilidad para enfrentarse a un gobierno como el de Trump y apelar a que no separe familias a través de la deportación, cuando las políticas públicas salvadoreñas en ciertas zonas del país separan familias a diario al obligarlas a escoger entre quedarse y sobrevivir a la criminalidad pandilleril o mandar a menores de edad en una peligrosísima travesía a un país extranjero. También necesitan respuesta los ciudadanos que luego de ser deportados tras años de haberse asimilado dentro de la cultura estadounidense, regresan a una realidad sin la infraestructura necesaria para ser acogidos —en este sentido ha llenado un enorme vacío el sector privado, proveyendo oportunidades laborales y apoyo a cientos de familias. Se vienen tiempos difíciles para los salvadoreños indocumentados en Estados Unidos: ojalá contáramos con un gobierno que no se los complique aún más.

@crislopezg

Paridad de género en la Asamblea. De Cristina López

El problema real es que la composición de nuestras instituciones —en que la mayoría de nuestros funcionarios electos son hombres— no es un reflejo de barreras legales sino estructurales y culturales.

Cristina LópezCristina López, 20 febrero 2017 / EDH

Sería ideal, ¿no? A la idea de tener una Asamblea Legislativa (organismo que se debe a la representación de los constituyentes) realmente representativa de la demografía salvadoreña hay poco que criticarle. De hecho, sería un triunfo para la pluralidad en general el contar con más puntos de vista y diferentes experiencias de vida en la mayoría de organismos del servicio público, y eso, no haría más que enriquecer los debates que derivan después en política pública. En los cómos, o los caminos a tomar para llegar ahí, sin embargo, hay mucho para debatir.

diario hoyLa pregunta de cómo resolver la inequidad de género en la administración pública le ha quitado el sueño a mucha gente desde la academia. Me incluyo, porque le dediqué dos años de posgrado a una tesis al respecto y la mala noticia, en pocas palabras y para los faltos de tiempo, es que no hay atajos ni cortos plazos.

Es decir, lo que detiene a más mujeres de entrar a la palestra política no son impedimentos legales, y es por eso que iniciativas como la bien intencionada pieza de correspondencia que las pioneras del grupo parlamentario de mujeres presentaron la semana pasada, no son la solución. Las dos piezas de correspondencia presentadas buscan establecer cuotas para los concejos municipales, para que un mínimo de 30 por ciento sean mujeres. La otra, busca que en las candidaturas a diputaciones haya también paridad, estableciendo que si la candidata es mujer, su suplente deberá ser hombre.

El problema real es que la composición de nuestras instituciones  —en que la mayoría de nuestros funcionarios electos son hombres— no es un reflejo de barreras legales sino estructurales y culturales. Es por eso que las cuotas son útiles en cuanto a mejorar la paridad cuantitativa, pero dejan intactas las barreras estructurales. Se debate que pueden afectar las culturales en el sentido que ver más mujeres en posiciones de poder anima a otras a meterse a la palestra y consigue quebrar prejuicios masculinos sobre el rol de la mujer en la sociedad, pero no existen estudios que corroboren esto de manera estadísticamente significativa y contundente, y hasta que no lo hagan, lo anterior no es más que optimismo y buenos deseos. Ningún estudio indica tampoco que un organismo legislativo con más mujeres necesariamente tenga más iniciativas de ley a favor de la mujer.

En otras palabras, la disparidad de género en el poder público lo que refleja es una débil cultura de igualdad en los partidos y de promoción de nuevos liderazgos (idealmente, esto puede cambiarse), y de manera más preocupante, la disparidad en muchos otros índices, como el mercado laboral, la educación, y el acceso a la salud, por mencionar algunos. No es necesariamente autoselección: si estadísticamente en el país las mujeres desproporcionalmente tienen menos acceso a la educación, a la salud y a puestos laborales, no es por falta de ambición que no optan por posicionarse como candidatas al servicio público. De nada sirve entonces que de manera artificial (como lo hace una cuota) se aumente la paridad numérica, si las estructuras que realmente frenan el progreso de toda la ciudadanía se mantienen incambiables.

En otros lugares, las cuotas han tenido más bien el efecto opuesto al deseado. Reducen la competencia de mujeres a ese 30 por ciento, creando en realidad techos más que pisos. En Ruanda, el país que mucha gente usa como referencia en la academia al respecto de este tema, una ley de cuotas llevó a que en un punto determinado hubiera un 60 por ciento de mujeres en el Órgano Legislativo. Sin embargo, en Ruanda, las mujeres no cuentan aún con igualdad de acceso a ninguna de las otras estructuras. Esa ley de cuotas entonces benefició al número limitado de mujeres que llegaron a la Asamblea. Las demás, continúan luchando. No hagamos lo mismo. Cambiar la cultura y pelear por la igualdad en las demás estructuras, garantiza el progreso para todos y no solo para unos pocos. Déjenle las cuotas a los reglamentos internos de los partidos.

@crislopezg

 

Medidas ordinarias, diputado extraordinario.De Cristina López

Las medidas extraordinarias se han vuelto ordinarias y pan de cada día porque nos hacen falta diputados extraordinarios, que se atrevan a cuestionar el status quo.

Cristina LópezCristina López, 12 febrero 2017 / EDH

En El Salvador, la tierra de los eufemismos, el nombre que se le da a las cosas tiende a significar a menudo lo contrario de lo que se indica. Esto es el caso de las famosas “medidas extraordinarias” con las que el aparato de seguridad estatal pretende hacerle frente al ordinario y común flagelo que es la violencia criminal en el país. Llamarle medidas extraordinarias es un eufemismo, porque extender a través de una prórroga algo que suponía ser extraordinario, lo vuelve en realidad ordinario.

diario hoyEl problema es que nada indica de manera convincente y medible que un año de limitar los derechos de los reos en el sistema penitenciario y suspender varios de los mecanismos que la ley contempla para la protección de los derechos individuales ante el Estado esté logrando un impacto positivo en salvar vidas, rehabilitar pandilleros, crear oportunidades laborales para evitar el reclutamiento de jóvenes en riesgo y reducir la tasa de homicidios y criminalidad. Por supuesto que es puro populismo: una manera de justificar el sangramiento del contribuyente a través del impuesto de la seguridad, o de dar la impresión con total hipocresía electorera de que se está haciendo algo por solventar el problema principal que tiene el ciudadano común salvadoreño: la inseguridad.

La falta de transparencia con relación a las medidas extraordinarias les permite con total impunidad a las autoridades (y ahora con total complicidad de 77 diputados) continuar con la perpetuación de violaciones continuas a los derechos humanos, la erosión del Estado de Derecho mediante la corrosión de instituciones como el debido proceso y en general, la absoluta ausencia de una estrategia de largo plazo para terminar con la violencia estructural.

Sin embargo, 77 diputados validaron que continuemos siendo un país en el que el estado abusa de su fuerza punitiva a diario sin resultados reales. El abuso de esta fuerza punitiva para combatir las pandillas ha demostrado ser tan efectivo como usar una bazooka para combatir zancudos: los daños al Estado de Derecho y al tejido social son mucho mayores que los resultados que en teoría la suspensión de garantías procesales pretende conseguir. Los 77 diputados que apoyaron la continuación de estas medidas representan territorios entre los que se encuentran muchísimos ciudadanos a quienes el endurecimiento de la fuerza punitiva castigará sin merecerlo: ¿acaso estos constituyentes valen menos? ¿Valen menos los constituyentes que se encuentran tras las rejas cuyas vidas se ven directamente afectadas por estas medidas (muchos de los cuales aún esperan juicio, por lo que en teoría les continúa amparando la presunción de inocencia)?

Las medidas extraordinarias se han vuelto ordinarias y pan de cada día porque nos hacen falta diputados extraordinarios, que se atrevan a cuestionar el status quo, que se atrevan a quedar mal con los compañeros de bancada, que se atrevan a poner el dedo en la llaga señalando que continuar haciendo la misma cosa y esperar resultados diferentes es una mala receta cuando de políticas públicas se trata. Para nuestra desgracia, la plenaria del pasado jueves demostró que de esos diputados extraordinarios solo tenemos uno. Gracias, Johnny Wright, por ser ese diputado extraordinario en este tema tan delicado.

@crislopezg

 

COENA: Demuéstrenme que estoy equivocada. De Cristina López

Foto: Kike Giron

Foto: Kike Girón

cristina-lopezCristina López, 11 febrero 2016 / MEDIUM

Estimados miembros del COENA,

Mi carta quizás poco signifique para ustedes. Al fin y al cabo, ni soy donante de su partido, de esos con poder para influir en sus planes, y tampoco como votante les he sido fiel siempre: en diferentes elecciones me he sentido asqueada por su oferta política, ya sea porque continúan ofreciendo lo mismo (algunas candidaturas tienen más de una década de mantenerse iguales), o porque quieren impulsar caras nuevas pero con los mismos métodos. Su marcha que apela a la violencia y menciona tumbas en los términos más casuales me parece de lo más ofensivo, sobre todo en un país en el que las tumbas se cavan a diario. Tampoco les ayuda que de todos los candidatos que han llevado a la presidencia, a la mitad se les ha iniciado un proceso por corrupción, a mi parecer el pecado y abuso de poder más grande que puede cometerse en un país con un índice de pobreza tan alto.

No soy nadie (en términos de relevancia política) ni tengo nada (en términos de apoyo económico). Solo tengo opiniones y una plataforma para divulgarlas, y quizás con ella entretener, provocar y en los casos más afortunados, convencer.

Soy, como muchos miembros de mi generación, liberal a secas, con más necesidad de ideas que de partidos; de las que leemos a Bastiat por hobby y coincidimos con Foucault de que los abusos del poder punitivo son violencia del Estado contra el individuo. De los que queremos libertad para todos, hasta para los que no son como nosotros, y progreso económico para todos. De los que tuvimos la suerte de ser expuestos a diversidad de gente e ideas, por lo que contamos con el beneficio de tener amigos brillantes en la derecha y en la izquierda, con los que podemos debatir coherente y civilizadamente. Por eso siempre me ha chocado cuando en nombre de la politiquería electorera, polarizan e insultan al contrario en lugar de debatirlo o buscar puntos en común. Me asquea cuando traicionan las libertades que dicen defender en nombre de un populismo religioso mal entendido, cuando actúan como grupo de intereses de la empresa privada en vez de defensores de los derechos del individuo, cuando en la asamblea votan exactamente al revés de lo que supuestamente defienden, o cuando en vez de desmantelar la corruptela estatal de disfrute de carros nacionales, carísimos viajes, almuerzos y beneficios que pagamos con impuestos, los gozan como si nada.

Me causa risa burlona verlos repetir las ridiculeces del FMLN: tan absurdos como los tributos que el Frente le dedicó siempre a Fidel y la ciega pleitesía que le ofrendaron siempre a Chávez, fueron sus palabras de apoyo a Trump, el presidente — ¡desde ya! — más corrupto en lo que a conflictos de interés se refiere, tan autoritario y populista como los socialistas del siglo 21 y el que más daño le va a hacer a nuestros compatriotas trabajadores en Estados Unidos. Su apoyo dejó en evidencia una falta de entendimiento del panorama político (tan grave en los dirigentes de un partido como una asociación de médicos apoyando las cualidades curativas del ocultismo) que daba más risa que miedo.

Y sin embargo, la imagen que como partido me causa tantos anticuerpos — esa imagen de cierre, de control, de repeler la opinión ajena, de pensar sólo en términos de izquierda y derecha en lugar de autoritarismo vs. libertad, de asumir que en nuestro país no existe discriminación o violencia de género — de repente ciertos de sus miembros, de manera individual y con acciones más que con palabras, me dejan gratamente sorprendida. Johnny Wright, con su defensa de las libertades individuales ante las medidas extraordinarias de seguridad. A veces, Juan Valiente, con su cruzada individual por desmantelar la corrupción dentro del servicio público. Y recientemente, la última JRN (a quienes les recomendaría, investiguen todos los conceptos históricos conectados a “nacionalista” y consideren un muy necesario re-branding), toda compuesta por adultos jóvenes sin un historial de servidumbre al partido. Con ideas independientes. Con ganas de trabajar. Con un conocimiento y manejo de las redes sociales que a ustedes les falta y que tanto necesitan. Con la acertadísima noción de que su partido no va a salir de la crisis en la que está (o ¿no es crisis perder dos elecciones presidenciales seguidas, una contra un candidato — ahora presidente — con menos carisma que una cuchara plástica y con ideas antediluvianas?) a menos que intenten hablar más allá de aquellos que ya se enchalecan para aplaudir en sus mitines y gozar de sus mariachis: estos jóvenes saben que nos necesitan a nosotros, a los independientes, a los que queremos sentarnos a debatir y tenemos la mente abierta para ser convencidos si las propuestas son coherentes con ciertos principios básicos. Estos ciudadanos jóvenes, cuyo trabajo no es la política (cosa que no parecen haber entendido ustedes, si siguen convocándolos a reuniones en horarios laborales) y por lo tanto, están metidos en este huevo, no por plata o por conectes, sino por las razones correctas. Con solo meterse, y dar la cara, ya hicieron más que muchos de nosotros.

Ver a estos jóvenes dispuestos a trabajar por su partido, a la gente cínica y desilusionada como yo, nos dice que quizás su partido merece nuestro voto alguna vez, porque quizás le espera un futuro de renovación y cambio a la altura que los retos que enfrenta el país amerita. Si a estos jóvenes los bloquean, de alguna u otra manera, en público o en privado, porque son críticos, o porque son gays, o porque sienten que no pueden controlarlos, no están bloqueándolos solo a ellos. Están bloqueándose ustedes de obtener el voto presente y futuro de una ciudadanía liberal e independiente.

Si los bloquean, me habrán dado la triste satisfacción de confirmar que en la lectura que hice de ustedes tristemente tenía razón, y que estos jóvenes habrán de encontrar su lugar en la política como independientes o en un nuevo partido. Los reto: demuéstrenme que estoy equivocada.

Saludos, y disculpas, por la irritación que pueda haber causado un consejo no pedido.

Cristina López G.

Circo Máximo moderno. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 6 febrero 2017 / EDH

Si hubiéramos sido ciudadanos de Roma en busca de entretenimiento durante el primer siglo (AD), lo más probable es que hubiéramos ido al Circo Romano. A ver, entre animales y competencias de carruajes tirados por caballos, sangrientísimas batallas mortales entre gladiadores. Apelando a lo más visceral de la naturaleza humana, el morbo que producía la sangre derramada sobre la arena llenaba el estadio y enardecía las multitudes.

Salvajismo, ¿no? Cualquiera pensaría que como humanidad hemos evolucionado y que nuestros gobernantes ya no tienen que recurrir al mismo tipo de “circo” para entretener a las masas. Sería fácil pensar que ahora la total destrucción de la humanidad ajena ya no es fruto del mismo nivel de entretenimiento. Pero no. La verdad de las cosas es que seguimos siendo asiduos visitantes del Circo Máximo, con la misma sed de sangre y el mismo morbo asqueroso, solo que ahora al circo le hemos dado un nombre diferente y un formato más acorde a las modernidades tecnológicas de la actualidad.

diario hoySi no, ¿cómo más se justifica el manejo de la cuenta de redes sociales de la Fiscalía General de la República? Y amarrado a eso, ¿cuál es la filosofía detrás de la cobertura mediática que durante años se le ha dado al aparato de persecución del delito en este país? Han olvidado, desde los editores que avalan la publicación de fotos y nombres de quienes han sido aprehendidos por acusárseles de un delito hasta el departamento de comunicaciones de la Fiscalía, que en nuestro país aún ampara a todos los ciudadanos el principio de presunción de inocencia. Lo que eso quiere decir es que este principio es de hecho afectado todos los días, cuando por la publicación de esta información — como carne roja para alimentar el morbo de las masas — se juzga, procesa, y condena culpable en el tribunal de la opinión pública (que no tiene todos los datos del caso) a personas que bien podrían ser inocentes. Las fotos de allanamientos (que en sí mismas no constituyen prueba alguna de culpabilidad), de presos humillados, ¿ayudan en algo a la Fiscalía a hacer su trabajo?

Incluso en el caso de aquellos con más posibilidades de ser condenados, la publicación de sus fotografías en su momento más vulnerable no cumple una función de servicio público. Es el mismo principio del Circo Máximo: sangre derramada sobre la arena. El mismo fin de alimentar el morbo de las audiencias que fácilmente olvidan la humanidad común e inevitable entre ladrones y honrados, corruptos y honestos, víctimas y victimarios. La misma dignidad: culpables e inocentes. ¿O es que hace excepciones nuestra Constitución cuando hace  de la persona humana origen y fin de la actividad del Estado?

Muchos apenas se dieron cuenta de la grave violación de derechos que estas prácticas constituyen hasta que se vieron afectados, y es un paso importante. Merece aplausos la postura del Centro de Estudios Jurídicos de defender a los miembros de su gremio de semejante trato inconstitucional e innecesario (mismo que se ha visto replicado por medios digitales e impresos). Pero por coherencia, hace falta reconocer que estas prácticas no son nuevas. Solo el formato ha cambiado. Igual victimizaron a tatuados y nadie dijo nada “porque más de algo han de haber hecho”. Es positivo tener una Fiscalía que cumple con su deber y hace su trabajo. Pero el atropello de derechos humanos no es parte de su trabajo.

@crislopezg

La guerra del político a la prensa libre. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 30 enero 2017 / EDH

La guerra del político contra los medios no siempre lo fue. Inicialmente, el interés que la prensa tenía en él era desproporcional a sus méritos. Las historias que lo cubrían informaban poco, y en cierta medida, se habían convertido en repetidoras de los mensajes que el político — que antes de eso sabía más de medios que de política y usaba su calidad de outsider como ventaja en un clima de hartazgo hacia la clase política tradicional — tan cuidadosamente diseñaba. Esa misma calidad de outsider lo hacía una historia interesante que contar, más allá de una noticia informativa. Aún no estaban claras las consecuencias de que el político cambiara su estatus de celebridad menor por el de funcionario electo, por lo que el tratamiento mediático benevolente hacía poco o ningún daño.

diario hoyObsesionado con tener el control absoluto sobre su imagen pública y venderla a las masas, el político fomentó el culto a su propia personalidad haciendo un uso habilidoso de las redes sociales, específicamente de Twitter. De esa manera podía brincarse la necesidad de los medios de comunicación como intermediarios y hablar directamente con la gente. En Twitter escribía comentarios sobre temas de cultura popular y mostraba siempre un lado más relajado. Criticaba a su mismo partido, que resultaría demasiado cobarde y dependiente de su popularidad para asignar a sus críticas consecuencia de peso alguna o saber justificar por qué apoyaban la candidatura y gestión del político, si tan crítico era hacia ellos. Un ejercito de seguidores virtuales — reales y comprados — servían como el propulsor viral de sus mensajes. El político, recreándose en las simpatías recibidas, las magnificaba al repetir e informarle a todos sus seguidores las adulaciones de las que era sujeto.

Pero la luna de miel con los medios se acabó. Tenía que, desde el momento en que el político se convirtió en funcionario en virtud de que tradujo las adulaciones en votos y transformó su ejército de seguidores virtuales en un movimiento político. Se acabó simplemente porque el outsider ya no lo era. Se había convertido en parte de un sistema en el que el rol de los medios es encarar al poder y transparentarlo, no amplificar la controlada imagen que el político con tanta fiereza defendía. Pero cuando molesta el mensaje, una de las estrategias más usadas es atacar al mensajero. Y cuando se cuenta con un ejército de seguidores, se puede explotar su fidelidad para desacreditar mensajeros incómodos y para lanzar ataques, cibernéticos y reales a quien ose publicar narrativas en discordia con la imagen que tan cuidadosamente ha fraguado de sí mismo el político.

Emprender la guerra contra los medios es entonces la mejor manera de renunciar a la responsabilidad democrática de dar cuentas al pueblo por las preguntas que pueda generar la gestión. Porque al final, como producto del sistema electoral democrático, cuando se es electo se administra sobre todos: los fieles seguidores y los críticos. Los que leen uno u otro periódico. Ninguno merece menos explicación. Los medios, que se deben a sus audiencias, deben procurar en la medida de lo posible y a veces con periodismo investigativo voraz (ese de consecuencias nixonianas) ser el pie de página a la incompletísima imagen que los políticos fraguan de sí mismos. Y es por eso que los periodistas — todos — se deben solidarizar entre sí para volverse la defensa del sistema democrático de libertades que requiere necesariamente de una prensa libre y denunciar a una sola voz al político que en retaliación por contenido que no le gusta, decide volverse juez arbitrario de lo que consiste periodismo y lo que no, cuando eso le toca a las audiencias. Le toca al periodismo ignorar el ego maltrecho del político, y es cuando más se enconcha y más limita el acceso el político resentido que más necesita la ciudadanía de los periodistas. Para combatir el mal periodismo existen las correcciones y otros mecanismos legales: del autoritarismo no se salva nadie.

ACLARACIÓN: Cuando hablo del político me refiero a Donald Trump. Cualquier parecido con la realidad de la alcaldía salvadoreña es mera coincidencia.

@crislopezg

Populismo latinoamericano en inglés. De Cristina López

Trump trazó los grandes rasgos de un plan económico proteccionista que contrasta con las políticas de mercados (y fronteras) abiertas que muchos de sus mismos colegas Republicanos en teoría apoyan.

Cristina LópezCristina López, 23 enero 2017 / EDH

El viernes Donald Trump se juramentó como presidente de los Estados Unidos, y para quienes tuvimos el privilegio de crecer atestiguando la fauna del populismo latinoamericano el discurso inaugural del nuevo presidente sonó como un cuento que ya nos habían contado. Esta historia, de apelaciones al pueblo y el rechazo de elitistas hipócritas a las élites (u oligarquías, si quiere), ya la hemos oído.

Impresiona, eso sí, saber que ni uno de los países más desarrollados del mundo pudo hacerle frente a las sirenas del populismo. Que su capacidad de apelar a lo más visceral del ser humano es resistente a cualquier cultura. El primer discurso de Trump no contó con la humildad que caracterizó los diario hoydiscursos de Washington o Jefferson. Habló de un Estados Unidos distópico lleno de crimen (excepto por 2015, la tendencia de la tasa criminalidad en Estados Unidos es decreciente) y pobreza y declaró que él le pondría un alto a la “carnicería estadounidense” que, según dijo, está ocurriendo.

Lo que oímos lo pudimos haber oído de cualquiera de nuestros popolistuchos latinoamericanos, solo que en inglés. Recurrió al ignorantísimo proteccionismo antiglobalización. Declaró que a partir de ahora, se impondrá el “Estados Unidos primero” que según él implicaría la contratación exclusiva de estadounidenses y la preferencia única por productos estadounidenses, ignorando las muchas maneras en que semejante política terminaría encareciendo la vida de los estadounidenses mismos. ¡Cuántos trabajadores —científicos, doctores, programadores, limpiaventanas, agricultores, profesores universitarios— provenientes de todas partes del mundo, que han escogido Estados Unidos como su patria adoptada, habrán oído eso como una amenaza directa a sus futuros y los de sus hijos (algunos de estos, estadounidenses)!

Trump trazó los grandes rasgos de un plan económico proteccionista que contrasta con las políticas de mercados (y fronteras) abiertas que muchos de sus mismos colegas Republicanos en teoría apoyan. Todo en nombre de un patriotismo mal entendido. El nacionalismo populista de “estoy devolviéndoles el poder” del tipo que no tendría nada que envidiarle al de una Eva Perón.

Trump está por poner a prueba las teorías de tantos politólogos y expertos en ciencias políticas, de que la fortaleza de las instituciones democráticas se correlaciona de manera inversa con el autoritarismo. Dependerá del sistema de pesos y balances limitarle el poder a este populista de maneras que no lo ha hecho en nuestros países latinoamericanos. La prensa libre será más importante que nunca en su rol de demandar transparencia y criticar al poder, sobre todo en vista de que quien tomó posesión cuenta con negocios internacionales personales que harán de su administración una maraña de conflictos de interés, y que durante su campaña antagonizó abiertamente a los medios de comunicación cuando el contenido no era de su agrado. Será su resistencia al populismo y no su adherencia a él lo que determinará si “América” será de nuevo grandiosa.

@crislopezg