Cristina López

Cincuenta. De Cristina López

Si saben de alguien a quien el desamor lo ha dejado cínico, cuéntenle de mis papás. Cuéntenle que no fue suerte y que no fue necesariamente “felices para siempre”.

Cristina LópezCristina López, 15 enero 2018 / El Diario de Hoy

Dato curioso: ¿sabía usted que si se casa en sábado, el aniversario número cincuenta de su boda lo celebrará también en sábado? Si bien una persona con inclinaciones matemáticas no encontraría nada de curioso en un dato como este, los simples mortales dependemos de las experiencias de aquellos que han logrado la impresionante proeza de permanecer casados cinco décadas para poder confirmarlo. Lo anterior es mi caso, porque tengo la suerte de tener papás a punto de acumular juntos el impresionante kilometraje de las bodas de oro.

EDH logLa próxima vez que sus hijos, querido lector, le pidan permiso de ir a una fiesta y su paternidad responsable le empuje a la duda, piense que los míos se conocieron en una fiesta a la que sus papás los dejaron ir. Si su hija, querido lector, tiene dudas sobre si vale o no la pena ir a una fiesta, cuéntele que mi mamá no tenía tantas ganas de ir a esta, y que de hecho estaba tan aburrida que terminó frente a una librera, espiando títulos de libros y que fue ahí donde la encontró mi papá. Si usted, querido lector, tiene amigos enamorados pero inseguros de si deberían casarse o no, cuénteles que mi papá, a pesar de estar enamorado, tampoco estaba seguro al cien por ciento de si se quería casar, y que, si no hubiera sido por un ultimátum bien puesto, habría cinco décadas de historias que no estaríamos contando y ocho hijos que no existiríamos.

Si saben de alguien a quien el desamor los ha dejado cínico, cuéntenle de mis papás. Cuéntenle que no fue suerte y que no fue necesariamente “felices para siempre”. Fue, como la mayoría de historias de amor de la vida real, “felices mientras tanto”, y el “mientras tanto” significa en la vida real, los retos complicadísimos y hasta absurdos que tira la vida en un día a día. El “mientras tanto” incluye ordinarieces como el tráfico o el mal humor hasta obstáculos como desempleos inesperados e inoportunos, complicaciones de salud, y muertes familiares. Y en cada “mientras tanto” mis papás dijeron que sí. Con esa fidelidad y visión de largo plazo es que acumularon ocho hijos que requerrían atención de hijo único y que venían con el reto de estirar sueldos, bajar ruedos de pantalones usados por más de una persona y de echarle agua a la sopa. Y la verdadera proeza fue que cada año de esos cincuenta lo hicieron ver fácil e incuestionable, de la misma manera que un gol de Messi le hace pensar a cualquiera que eso del fútbol no es más que piernas y pelota.

Ahora que celebramos que tienen cinco décadas de estar juntos, y que han vivido más tiempo en un proyecto de vida común que en un proyecto de vida individual, tuve la tentación de preguntarles, después de un día ocupadísimo y sobrado de nietos e hijos que no hemos aprendido a esperar nuestro turno para hablar, si habrían hecho alguna cosa diferente. Quería saber, solo para acumular evidencia empírica de que puede existir una persona que a uno le haga feliz toda la vida, si eso de los cincuenta años juntos los hacía tan felices como a nosotros. Lo comparto, querido lector, por si conoce desesperanzados, o si como a mí, este tipo de cosas le matan de curiosidad. Según mi papá, pasar cincuenta años con la misma persona significa que, en sus palabras, si se muriera mañana, moriría contento. Y en mi opinión, cualquier proyecto de vida que resulta en ese tipo de paz mental, vale la pena.

@crislopezg

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Háganse cargo, señores. De Cristina López

La audacia de Medardo González, de decir que la responsabilidad del acto ofensivo queda en los ingenuos simpatizantes efemelenistas, es de no creer.

Cristina LópezCristina López, 8 enero 2018 / El Diario de Hoy

Un simpático dicho, que debido a que sería más propio de las vandalizadas puertas del baño de algún estadio popular que de las páginas de este prestigioso rotativo, no repetiré íntegramente, dice que aquellos que siembran [inserte acá expresión coloquial referente a heces], cosechan eso mismo.

EDH logEn otras palabras, las acciones, palabras y actitudes, en el cien por ciento de los casos, acarrean consecuencias, y es propio de los seres humanos adultos y, por ende, responsables, hacerse cargo de las consecuencias que sus acciones, palabras y actitudes llevadas a cabo en libertad acarreen. De ahí mi absoluta estupefacción al leer la justificación con la que Medardo González, secretario general del partido actualmente en las funciones ejecutivas del gobierno, nos hizo recibir los primeros días de 2018. Que desmarcaba a su partido por completo de la pancarta que durante un acto político del mes pasado en el que apareció como invitado el presidenciable Gerson Martínez se leía de manera prominente “Yankees Go Home”.

En el contexto político, “Yankees Go Home” es una expresión anti-Estados Unidos más antigua probablemente que la mayoría de militantes y simpatizantes del FMLN que se encontraban en el evento. La frase tampoco es original de ninguno de los miembros de la cúpula efemelenista: ¡qué va! Todas sus frases y posturas son refritos, copy-pasteados de dictaduras cansadas y prestados de revoluciones con ideas ya polvosas y cansadas.

En el contexto del evento en el que la pancarta apareció, los simpatizantes efemelenistas que decidieron que era buena idea expresar sus sueños de progreso para El Salvador a través de un acto de hostilidad hacia los ciudadanos del país del que tantos de nuestros propios ciudadanos dependen, no estaban expresando rebelión alguna o valentía. Meramente, estaban haciendo “cosplay” (unión de las palabras “costume” y “play”, el hobby en el que fanáticos se disfrazan de sus personajes favoritos) de ideas que ya pasaron su fecha de expiración y que no tienen ya cabida ni en nuestra realidad globalizada, ni en un progresismo que rechaza la xenofobia o el rechazo al otro en concepto de su diferencia, ya se esta racial, étnica, o de nacionalidad.

Sin embargo, la audacia de Medardo González, de decir que la responsabilidad del acto ofensivo queda en los ingenuos simpatizantes efemelenistas, es de no creer. Un partido que por años ha imitado regímenes que viven de antagonizar a los Estados Unidos, como Venezuela o Cuba, que han, apenas el año pasado, votado en la Organización de Estados Americanos en directa contradicción a los valores democráticos para apoyar las violaciones de los derechos humanos en Venezuela, no puede ahora venir a lavarse las manos. Existe evidencia de que en sus manifestaciones se ha quemado la bandera estadounidense y la pleitesía que por años le rindieron al chavismo, el más claro antagonista del gobierno estadounidense en el contexto Latino Americano de la primera década de los dos mil, no puede ahora permitirle al secretario González, negar que esta cosecha de ofensiva (y bastante estúpida) hostilidad está desconectada de la semilla que consistentemente sembró su partido por años.

¿Significa lo anterior que hay que rendirle pleitesía al Gobierno estadounidense? Por supuesto que no. Pero de una alianza pacífica y diplomática depende el destino de cientos de miles de salvadoreños que han emigrado a Estados Unidos. Los hijos estadounidenses que estos inmigrantes han tenido, tienen sangre salvadoreña. La hostilidad también ataca a esos “yankees” — lo propio, en vez de desmarcarse, sería hacerse cargo y pedir disculpas.

@crislopezg

El precedente sentado. De Cristina López

Hay pocas cosas tan incontestables como la edad que una persona tiene. En su tipificación, el delito no demanda que alguien, además, parezca mayor de edad.

Cristina LópezCristina López, 17 diciembre 2017 / El Diario de Hoy

El juicio en el que se procesaba a una personalidad del entretenimiento salvadoreño y a otros tres implicados por el horroroso delito de pagar para tener relaciones con una menor de edad dio por fin sus resultados. Caminaron libres los cuatro hombres, provistos de una nueva oportunidad para poder olvidar sus meses en la cárcel. Según reportajes, durante el proceso se desestimó el principal testimonio, el de la víctima, por tener “incoherencias”.

El tribunal, aparte, terminó estableciendo además que la víctima, al momento de ocurrir los hechos, “no tenía apariencia de menor de edad”.

EDH logNo es descabellado preguntarse por qué importa qué apariencia tenía la víctima si uno de los elementos necesarios para demostrar la existencia del delito era establecer su edad al momento de los hechos y hay pocas cosas tan incontestables como la edad que una persona tiene. En su tipificación, el delito no demanda que alguien, además, parezca mayor de edad.

Pero, por supuesto, todo lo que podemos decir del proceso y sus méritos será mera especulación. No tenemos suficiente información, puesto que el juicio se llevó a cabo con el privilegio que otorga la reserva, a puerta cerrada, solicitada por la Fiscalía.

Los reportes periodísticos del caso dieron mucho que desear, puesto que en muchos casos se reportaba sin ofrecer contexto alguno (¿qué otros casos conexos perseguía la fiscalía y cómo impactaban este? ¿cuántas condenas ha habido de este tipo en el país? ¿con qué habitualidad persigue la Fiscalía delitos de este tipo y qué experiencia tenían los fiscales al respecto?) o sin la rigurosidad de lenguaje jurídico debería requerir el reporte de un proceso judicial (en algunos reportajes se decía que los imputados pagaron fianza sin aclarar que esta fue parte de las medidas cautelares previas a la sentencia, por lo tanto, inconexas al veredicto final). Cuando mejor, los reportajes enfocados en las víctimas y buscando el ángulo de combatir que se sigan dando estos hechos en nuestra sociedad, se personalizaban al punto de parecer un drama novelado para la televisión, explotando la sordidez del asunto. Cuando peor, se reportaba como el segundo tiempo de un partido de fútbol: el enfoque entero en la “fama” y celebridad de uno de los acusados, en que al minuto 20 la Fiscalía dijo esto y los imputados se miraban tensos.

El caso con el que, según reportajes, la Fiscalía buscaba “sentar precedente en favor de niños y mujeres” lo único que hizo fue revelar que el precedente está más que sentado, apoltronado en contra de la confianza al sistema de justicia del país. El precedente que tenemos es que habrá poca transparencia en cuanto a las tácticas que escoge la Fiscalía para tratar un caso.

Que serán los fiscales quienes dicten la cobertura mediática que tiene un proceso de interés público, puesto que la reserva les permitía tal cosa. Que contarán con atención mediática que les permitirá tal cosa, reportando sin contexto alguno, en innumerables casos condenando a priori a los imputados, o en otros, generando simpatía contra sujetos que podrían ser verdaderos depredadores monstruosos. El precedente sentado nos informa que en muchos de estos casos el sinsabor que queda es el de la duda. Y la duda es veneno en lo que a la confianza al sistema judicial se refiere.

¿Por qué es tan importante que la duda nunca acompañe una sentencia judicial, del tipo que esta fuere? Porque garantías de importancia constitucional como el debido proceso y la presunción de inocencia se basan precisamente en que la palabra del tribunal es una en la que se puede confiar. En la confianza de que hubo fiscales que actuaron con los mejores intereses de la víctima en mente, sin los incentivos del sensacionalismo de la atención mediática y la fama de los quince minutos. Que se ocuparon los recursos adecuados para construir el mejor caso posible y presentarlo con pulcritud y profesionalismo. Que la diferencia de recursos entre lo que puede pagar un imputado y una víctima por una defensa legal importa poco con un tribunal justo, el mayor democratizador en una sociedad de ciudadanos iguales. Y, sin embargo, queda la duda, que nos arruina la confianza y hace que el sistema judicial entero huela a podredumbre. Y esa deprimente desconfianza es el precedente sentado.

@crislopezg

Hay que aprender de Honduras. De Cristina López

Nos urge invertir en un Tribunal Supremo Electoral en el que podamos confiar, con tecnología transparente y un método de escrutinio electoral accesible a la población, y observable por entes internacionales independientes.

Cristina LópezCristina López, 4 diciembre 2017 / El Diario de HOY

Las fotografías de las calles hondureñas en los últimos días le ponen los pelos de punta a cualquiera. Por motivos personales me ha costado dejar de pensar en Honduras y, por lo tanto, de dolerme de su crisis en carne propia: tengo un hermano catracho. Por razones de trabajo se mudó a San Pedro Sula hace más de una década y con el tiempo su amor por las baleadas, la Hache y la gente por la que trabaja lo hicieron hondureño de corazón primero y después de papeles y nacionalidad.

EDH logMás de algún salvadoreño habrá comentado que los fuegos, las menciones de toque de queda, la militarización de las calles y, en general, la incertidumbre que se respira en el país vecino son un recordatorio escalofriante de nuestra Década de los Ochenta. ¡Pero en los Ochenta estábamos en guerra! La crisis que están viviendo actualmente los hondureños es en plena paz y podría argumentarse que se vive en el contexto de uno de los actos más simbólicamente democráticos: elecciones libres y el traspaso (o no, dependiendo de los resultados) pacífico del poder, en armoniosa cooperación y transparencia de las instituciones electorales establecidas para ese propósito. Cuando uno de estos elementos falta, y si se mezcla con males comunes de nuestras tierras como discursos populistas y demagógicos, autoritarismos, reverencia al militarismo, inequidades económicas y falta de acceso a la educación, hay suficientes ingredientes para terminar en la receta perfecta para el caos.

Ninguno de los candidatos que se disputan los resultados de la reciente elección presidencial ha demostrado (al momento de entrega de esta columna) un liderazgo comprometido a la preservación de las instituciones democráticas. El candidato oficialista, Juan Orlando Hernández, ha desaparecido y delegado en sus ministros las declaraciones públicas y llamados a la paz. Se rumorea que ha salido del país. De manera irresponsable y socavando la (ya de por sí faltante) credibilidad del tribunal electoral, se declaró ganador antes de que el tribunal mostrara evidencia de su triunfo con un conteo transparente y aprobado por observadores independientes. La sangre que corra como producto del Estado de Excepción declarado será su responsabilidad, en su calidad de comandante en jefe de las fuerzas armadas.

Por el otro lado, Salvador Nasralla, su contrincante con más votos, ha levantado suficientes dudas al respecto de su capacidad de respetar el Estado de Derecho y las instituciones democráticas al hacer llamados concretos a sus seguidores a establecer caos y miedo, de no favorecerle los resultados.

También ha demostrado poco respeto por la comunidad internacional al ignorar su compromiso previo de respetar los resultados, con independencia de su favorabilidad. Y en su defensa, ha habido suficientes irregularidades en el conteo y una falta de transparencia que levantaría las sospechas del más ingenuo.

Por lo tanto, ante los ojos impotentes de la comunidad internacional que no tiene más mecanismos para estabilizar la democracia que hacer débiles llamados a la paz, Honduras sangra y se quema. Desde lejos, es fácil tomar posturas perezosas: desde una condena generalizada a quienes protestan como vándalos violentos, como si no hubiera habido antes de esto una olla de presión social en la que la falta de educación y confianza en las instituciones democráticas, sumada a la frustración por la corrupción y al discurso populista creando el caldo de cultivo para esta crisis, así como el también idiota extremo de decir que la empresa privada se merece los vandalismos, como si no hubiera detrás de esas empresas víctimas de carne y hueso (que en su mayoría no son los millonarios acomodados que la gente se imagina cuando se minimiza la destrucción de la propiedad privada) y a quienes la crisis les costará el modus vivendi de sus familias.

Ambos extremos son incorrectos como análisis de la situación. En lo que es fácil coincidir con independencia de la postura es que hay lecciones para aprender y aplicar en nuestro país con base en lo que está pasando en Honduras. La primera es que nos urge invertir en un Tribunal Supremo Electoral en el que podamos confiar, con tecnología transparente y un método de escrutinio electoral accesible a la población, y observable por entes internacionales independientes. Y la segunda, que el discurso populista no siempre entrega la revolución pacífica que promete. También incita, manipula y emplea a otros a que hagan la violencia en su nombre. Y de eso solo la educación nos protege…

@crislopezg

Una oda al periodismo. De Cristina López

En nuestro país, hay tanto que le debemos al periodismo, y a los que, entregados al ejercicio de su vocación, se desvelan en horarios complicados, sacrificando tiempo familiar o mejor paga.

Cristina LópezCristina López, 27 noviembre 2017 / El Diario de Hoy

Para mí, la pasión por el periodismo empezó tempranísimo. No tengo claro si fue culpa de Clark Kent y su cabina telefónica, o de April O’Neal, la audaz reportera neoyorquina cuyas investigaciones la convierten en la mejor amiga humana de las tortugas ninja. Definitivamente, Tintín tuvo mucho que ver: el periodista belga de los cómics de Herge, cuya edad biológicamente indescifrable le permitió por años aventuras que incluían desde llegar a la Luna hasta visitar el fondo del mar, perpetuamente acompañado por su perro Milú.

EDH logSin embargo, ya puesta a decidir qué quería hacer con mi vida, lo del periodismo me dio miedo. No el ejercicio de la profesión, sino la posibilidad de conseguir un empleo teniendo la pluma y la investigación como únicas credenciales. Hice entonces lo que hacemos tantos cobardes con inclinación por las humanidades y estudié derecho, resignada a ver el periodismo de lejos, leyéndolo en vez de escribiéndolo, pero no por eso admirándolo menos. Porque uno de los roles más importantes del periodismo es contarle las costillas al poder, y una de las manifestaciones más obvias del poder se ejerce a través de las políticas públicas, estudié (otra vez cobardemente) políticas públicas: no para ser periodista, sino para entender mejor lo que sale del periodismo.

Sí, por cobardía: porque requiere un grado admirable de valentía ser periodista en los tiempos que estamos viviendo. No solo por el factor de empleo, que siempre es importante y que se ha vuelto un reto en este nuevo mundo globalizado donde la publicidad y las subscripciones ya no pagan los recibos para los medios. Más bien porque para reportar las cosas que importan, el periodista de la actualidad, y específicamente el que ejerce en Latino América, se enfrenta a diario a monstruos espeluznantes: desde las violentas estructuras criminales, a quienes la verdad y la transparencia aterra, hasta estados hostiles, que no quieren que reportes de la realidad pongan en riesgo el ejercicio del poder, así como estructuras informales de poder, anquilosadas en su status quo y aferradas a la manera de ser de las cosas, incomodadas cuando el periodismo cuestiona si la manera de ser de las cosas es también la manera en la que las cosas deberían ser. A veces, preguntar estas cosas pone la vida del periodista en riesgo. A veces, el peligro más benigno es el de equivocarse. Pero no existe el ejercicio del periodismo sin riesgo.

En nuestro país, hay tanto que le debemos al periodismo, y a los que, entregados al ejercicio de su vocación, se desvelan en horarios complicados, sacrificando tiempo familiar o mejor paga.

Y, sin embargo, también falta tanto más: más autocrítica y debate abierto cuando hay errores (como lo que vimos recientemente por parte de los periodistas de El Faro). Hace falta cuestionarse más las maneras en las que los modelos de negocio, tan dependientes de la publicidad, afectan la cobertura imparcial e independiente cuando los sujetos a quienes hay que cubrir son también anunciantes.

Hace falta inculcar más apreciación por parte de las audiencias a los medios, ese que quienes ambicionan el poder político quieren combatir, matando al mensajero cuando no les gusta el mensaje, al grado ridículo de producir sus propias “noticias”, que no son más que propaganda digital, un Photoshop brillante de la realidad diseñado para mantener el poder. Pero esta apreciación es ganada y se va perdiendo cuando los medios se vuelven fábricas de titulares que buscan clicks, o meros portavoces de terceros. Hace falta emprender cierta alfabetización periodística, que permita a las audiencias separar la chatarra de lo nutritivo. Esto no pueden hacerlo solo los periodistas y los medios, ni nosotros, los columnistas (ojo, que no somos periodistas: es triste que cada semana toque aclarar la diferencia a ferocísimos críticos).

También le toca a la sociedad civil, que debe recordar que para combatir los retos más grandes que el país enfrenta, desde abusos de poder, corrupción, desigualdades en general, el periodismo es nuestro mejor aliado.

@crislopezg

Costumbres adoptadas. De Cristina López

Las costumbres extranjeras que antes parecieran exóticas y foráneas, ahora hemos ido adoptando con mucha más facilidad. De igual manera, vivir nuestras costumbres y cultura en el extranjero permite que sean otros quienes las adopten.

Cristina LópezCristina López, 20 noviembre 2017 / EL Diario de Hoy

La globalización, los avances tecnológicos y la creciente movilidad de personas a través de las fronteras permiten que, cada vez más, el mundo se nos vaya volviendo una aldea. Las costumbres extranjeras que antes parecieran exóticas y foráneas, ahora hemos ido adoptando con mucha más facilidad. De igual manera, vivir nuestras costumbres y cultura en el extranjero permite que sean otros quienes las adopten. En mis años en Washington DC, compañeros de estudios, amigos y “roommates” de diferentes etnias y nacionalidades han adoptado las pupusas dominicales como propias, celebrado el Día de la Cruz con independencia de su religión, cantado en español chapuceado las posadas en diciembre (“ehn aaal nahmbray dul ciey-loooou, oooohs peedo pou-sah-duuuuh”). Son tantos los salvadoreños en DC que el día que juega la Selecta, se ven más azules que grises en el metro, y la barra más popular del equipo de fútbol de la capital gringa, el DC United, es en español: “¡Vaaaamos, vamos United, esta noche tenemos que ganar!”.

EDH logDe igual manera, cuando se vive en el extranjero, la asimilación cultural va lentamente cambiándolo a uno, volviendo propio lo ajeno. La asimilación cultural no se siente, y así como las olas que lamen la costa y la van cambiando de maneras imperceptibles pero permanentes, los años fuera vuelven familiar lo que antes era foráneo. Yo no crecí celebrando Thanksgiving, y era una costumbre . Y ahora, se ha vuelto la costumbre estadounidense que con más ilusión espero cada año, pues implica simplemente unirse en familia para dar gracias.

Y es que, incluso en el peor de los casos, nunca faltan motivos para dar gracias. En mi caso, porque las reuniones con la que llamo “mi familia en inglés” (la que tengo a pocas horas de Washington, porque la hermana de mi mamá tuvo hace muchos años el buen juicio de casarse con el estadounidense más simpático) hacen que la “casa” no se sienta lejos. Gracias porque, a pesar del creciente ambiente antiinmigrante que se empieza a respirar en el discurso político, he tenido la suerte y el privilegio de trabajar en una comunidad que le da la bienvenida a extraños como propios. Gracias porque estoy en una ciudad donde los salvadoreños son queridos, respetados y apreciados como miembros valiosos de la comunidad, con independencia de que el gobierno de Trump quiera mandar a muchos de regreso cancelando protecciones como el TPS o DACA. Y así, hay una letanía personal que crece cada día con más razones para mostrar agradecimiento.

Por eso considero que de todas las costumbres que en El Salvador vamos “importando” de Estados Unidos, Thanksgiving es quizás la mejor. Si vamos a hacer burucas encima de los televisores en rebaja en el “Black Friday”, lo mínimo es que copiemos la tradición completa e incluyamos la parte en la que, primero, damos gracias. Porque si bien mostrar agradecimiento es algo que deberíamos hacer todos los días (por la vida, por ejemplo, amanecer respirando en el lugar donde se matan más personas a diario estar vivo no es poco), dedicar una noche al año para unirnos con la gente que más queremos y dar gracias, con toda intencionalidad, por lo bueno, lo poco, lo difícil, y lo doloroso, no le cae mal a nadie.

@crislopezg

El efecto Weinstein. De Cristina López

El rompimiento de la presa ha empoderado a muchas víctimas y muchas han dado a conocer su historia diciendo valientemente “yo también”.

Cristina LópezCristina López, 13 noviembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

La presa se reventó. Cedió, impotente ante la presión causada por decenas y decenas de valientes mujeres que fueron a la prensa para que constara en el récord que el billonario productor hollywoodense Harvey Weinstein usaba su poder para abusar de sus víctimas. Y después de que cayó él comenzaron a caer más. Y desde entonces, a diario, la prensa estadounidense ha ido publicando las historias de muchas otras mujeres que han sido victimizadas en sus lugares de trabajo, ya sea en los bastidores de un club de comedia, las fiestas postproducción de una película, o el cuarto de prensa de importantes (y supuestamente progresivas e inclusivas) instituciones del periodismo.

EDH logEs triste que la fuerza continúe estando en los números y que tenga que llegarse a una masa crítica de denuncias para que la opinión pública comience a creerles a las víctimas. La consecuencia, por el momento, es que a los victimarios se les ha despojado de sus privilegios. Despidos, cierres de compañías, proyectos cancelados. Al respecto, no han faltado las críticas compadeciéndose de los pobres victimarios vueltos parias, y del “linchamiento” público y asesinato de carácter que han supuestamente sufrido. Si bien la presunción de inocencia es un principio constitucional de aplicación perpetua, este se refiere a los procesos judiciales –en la convivencia en sociedad, el mercado de las ideas permite que haya ideas que ganen y otras que pierdan, y el tufillo del abuso sexual debería de ser una idea perdedora. No han faltado quienes han dicho, “¿y por qué hablan hasta ahora?”, cubriendo de duda las denuncias porque en sus cabezas el momento no corresponde en lo que a línea de tiempo se refiere con su propia idea de cómo lidiar con algo tan incómodo y traumático como el abuso sexual. Como si el tiempo transcurrido borrara en manera alguna los traumas o las experiencias vividas.

El rompimiento de la presa ha empoderado a muchas víctimas y muchas han dado a conocer su historia diciendo valientemente “yo también”. Y mientras es fácil empatizar con las actrices y modelos famosas que han sufrido victimizaciones a manos de los poderosos de los que han tenido que depender para hacer su trabajo, es imposible negar que incluso ellas han logrado la valentía de presentarse ante la prensa y la opinión pública para denunciar a sus acusadores porque tienen también cierto privilegio. ¿Qué hay de las miles que no lo tienen y cuyas plazas laborales son fácilmente reemplazables? ¿Qué hay de aquellas que trabajan alejadas de la luz brillante de los escenarios y el glamour de las cámaras, en maquilas, cafetales o call centers?

¿Qué hay de las que no tienen la capacidad de acudir a un periodista, porque su historia parecerá demasiado insignificante para la prensa, como si por no ser conocida su abuso doliera menos?

¿Cuántas personas, hombres y mujeres, pueden en el país decir “yo también”? ¿Cuántos contestarán a la defensiva, diciendo que es exageración porque “no todos los hombres” son así, como si cada denuncia los atacara personalmente? ¿Cuántos dirán que porque tienen hijas, hermanas o mamá, respetan automáticamente a las mujeres? Como si solo mereciéramos respeto por nuestro parentesco con un hombre y no por nuestra condición y dignidad de seres humanos. El efecto Weinstein –y el periodismo cumpliendo esencialmente su rol de auditoría y pedir cuentas — está cosechando efectos positivos entre las poderosas élites, quizás empezando a romper con la perpetuidad de que tener poder otorga la ventaja de acciones sin consecuencia alguna. Pero a menos que logre romper la normalización con la que tratamos los abusos cotidianos que se padecen en los estratos alejados de la fama, servirá a las víctimas de manera limitada.

@crislopezg