mujeres

Un remedio novedoso contra las infecciones políticas. De Joaquín Samayoa

25 mayo 2019 / EL DIARIO DE HOY / OBSERVADORES

Me cuento entre los que hubieran preferido que otro candidato ganara la elección presidencial, pero no por eso dejaré de reconocer el valor de las actuaciones que me parezcan atinadas en el gobierno de Nayib Bukele.

Lo voy a decir rápido y sin rodeos. Me ha parecido muy interesante y me ha sorprendido gratamente la designación de cinco mujeres para posiciones clave en el nuevo gabinete de gobierno. Conozco a tres de ellas y creo que están muy bien calificadas para desempeñarse en esas posiciones, pero más que sus capacidades, suma de formación y experiencia, me alegra que sean mujeres; y más que sean mujeres, veo muy bien que sean nombres y rostros frescos en el gobierno, todas ellas relativamente libres de contaminación política y de esclavitudes ideológicas.

Es temprano para saber si el presidente electo nos va a cumplir o nos va a quedar debiendo con lo de las nuevas ideas, pero es un buen paso empezar formando equipo con nuevas personas. Y ojalá siga empleando esos mismos criterios al seleccionar a quienes completarán el núcleo de su equipo de trabajo, porque casi todos los nombres, ya bien conocidos, de los que se han mantenido cerca de él antes, durante y después la campaña electoral, me generaban mucha desconfianza y bastantes temores. Espero que esas personas no aparezcan más adelante en otras posiciones importantes. Esto último lo digo también rápido y sin rodeos. Si a alguien le pica, está en total libertad para rascarse.

Que una gran parte del gabinete sea femenina abre buenas posibilidades para hacer las cosas de manera diferente. No me agradan los estereotipos, ni los positivos ni los negativos, como criterio para juzgar a las personas, pero hay que reconocer que, en general, las mujeres suelen tener ciertas cualidades que los hombres tenemos de manera más excepcional. Me refiero a cualidades importantes para conducir ciertos asuntos de gobierno; cualidades como la capacidad de empatía, la sensibilidad emocional, la intuición y la inclinación hacia formas no egocéntricas y poco agresivas de resolver conflictos. En la medida en que estas nuevas funcionarias hayan cultivado esas virtudes, habrá más probabilidades de experimentar nuevas formas de hacer política.

Eso sería ya una ganancia. Pero además quiero enfatizar lo atinado de dar oportunidad a personas con un expediente limpio de crímenes y desaciertos políticos. Solo María Ofelia Navarrete (María Chichilco) tuvo un rol activo en el conflicto armado, pero ella es una persona tan sabia en su sencillez, que no se ha dejado contaminar por las cosas más abominables que ocurrieron durante la guerra, ni se ha prestado a desplegar lealtades ideológicas rígidas u obsoletas. Nunca perdió el rumbo. Lo importante para ella sigue siendo ayudar y promover a los más pobres y marginados de esta sociedad.

No sabemos, al fin de cuentas, cuán grande será la participación de mujeres o de gente fresca en el nuevo gobierno, pero si los primeros nombramientos son una indicación de lo que falta por conocerse, creo que el presidente Bukele ha comenzado bien. Y ojalá él mismo se deje transformar por las personas virtuosas a su alrededor, para que se ocupe de lo que debe ocuparse y lo haga con ecuanimidad; para que no se convierta en otro Trump u otro Funes, que viven para pelear con sus adversarios y con fantasmas en una interminable guerra de “tweets” que a nadie benefician.

Hasta ahora, con muy pocas excepciones, los gobiernos han sido una especie de patriarcado y la política un escenario para el combate público entre políticos narcisistas, incompetentes y ambiciosos. Eso es lo primero que debe empezar a cambiar si aspiramos a edificar una sociedad diferente. La mujer no debe seguir relegada a posiciones subordinadas ni a pequeños espacios de decisión y acción, generalmente en ámbitos poco relevantes. Tampoco debe ser forzada a copiar lo peor del género masculino para poder destacarse y tener oportunidades. La mujer salvadoreña ha sido históricamente uno de los pilares más sólidos de nuestra sociedad. Justo es que se le reconozca su valor y se le conceda su espacio de acción.

Y ya que hablo de estos temas en referencia al nuevo gobierno, quisiera extrapolar estas consideraciones al terreno de los partidos políticos, cuya pérdida progresiva de legitimidad los llevó a una aparatosa derrota el 3 de febrero recién pasado y a una crisis interna que los ha seguido desgastando y los está reduciendo a su mínima expresión.

Tanto en ARENA como en el FMLN se está desplegando una lucha de poder que no responde a una mayor conciencia de su propia realidad ni a un planteamiento ideológico claro en cada una de las fracciones contendientes. Son luchas entre dirigentes, jóvenes o viejos, que están ya demasiado gastados, dirigentes que no traen nada nuevo y no entienden que ellos mismos son una parte importante del problema y, por consiguiente, lo mejor que pueden hacer es apartarse y facilitar una auténtica renovación en sus respectivos partidos. De otra forma, las infecciones políticas que los tienen postrados no van a sanar, solo van a seguir enconándose hasta provocarles la muerte.

Cultura anti-maternidad. De Cristina López

10 mayo 2019 / EL DIARIO DE HOY

Celebramos en nuestro país el Día de la Madre. Lo hacemos como siempre: algunos con detalles de agradecimiento a las figuras maternas en nuestras vidas; los centros educativos con “shows” que en muchos casos se vuelven un recuerdo palpable de la paciencia y amor infinito de quienes ejercen la labor de cuido, al forzar a quienes agasajan a atragantarse con las coreografías bien intencionadas de todito el plantel estudiantil, todo por disfrutar el par de minutos que su criatura aparece en el escenario; el comercio con ofertas de regalos, flores, y restaurantes.

Por el énfasis (por lo menos a nivel de apariencias) que en teoría se le da a la celebración del Día de la Madre, cualquiera pensaría que en nuestro país facilitar la maternidad para quienes desean ejercerla (con independencia de su nivel económico) es una prioridad cultural. Y tristemente cualquiera que así pensara estaría profundamente equivocado. La realidad, por lo menos la que puede medirse a través de indicadores estadísticos de desarrollo y la que puede observarse de manera anecdótica en nuestro país, ilustra una cultura en la que la maternidad se castiga.

Según datos del PNUD, la tasa de participación en la fuerza laboral para las mujeres es del 47% mientras que la de los hombres es del 78%. En muchos casos, según estudios académicos, este tipo de diferencias en el mercado laboral entre la participación de mujeres y hombres refleja varias cosas. Entre ellas, la imposibilidad de volver compatible un trabajo bien remunerado y el demandante rol de cuido que implica la crianza. Igual de significativa es la expectativa social y cultural de género de esperar que sean las madres las que ejerzan la gran mayoría de obligaciones en el rol de cuido, mientras que el rol del padre se delega (por razones inminentemente machistas y limitantes para los hombres) a obligaciones casi periferales y secundarias.

Esta expectativa en nuestro país se tradujo en ley en 2013, cuando la Asamblea Legislativa decidió otorgar solo tres días de asueto remunerado por paternidad a aquellos que la ejerzan (incluidos los padres adoptivos). Una ley que no toma en consideración a las familias que necesitan equilibrar los roles de cuido de manera más balanceada por razones de salud de la madre, o que pone las necesidades del empleador por encima de las familiares, volviendo plenamente transparente la prioridad de las políticas legislativas (y la cultura que las inspira).

Esa misma cultura tóxica es también la que juzga de manera negativa las capacidades maternales y emocionales de las mamás con empleos inflexibles cuando no pueden participar tan activamente como otras mamás en las actividades de sus hijos, enviando el mensaje absurdo de que solo hay una manera de ser mamá y que la dedicación tiempo completo al rol de cuido es la única manera de demostrar amor en la maternidad, como si la necesidad económica de mantener un empleo estable para proveer para la familia no demostrara lo mismo.

Estas mismas actitudes culturales, esas que juzgan a la mamá ausente cuyo empleador inflexible prefiere ignorar su responsabilidad en perpetuar nuestra cultura anti-maternidad, son también las que ignoran e invisibilizan a sectores enteros de mamás cuando pertenecen a sectores económicos distintos, como el sector de empleadas domésticas, que se ven obligadas a proveer para sus hijos desde lejos mientras ayudan a criar hijos ajenos. O a las mamás a quienes leyes penales arcaicas que deberían reformarse, han condenado a ver a sus hijos crecer sin ellas mientras se pudren abandonadas tras las rejas. Pero preferimos ignorar estos temas, por incómodos. Y año tras año saturamos por un día el ambiente con celebraciones a las madrecitas, mientras nuestra cultura y legislación parecieran castigar la maternidad para quienes más ayuda necesitan.


@crislopezg

Mujeres y hombres: compañeros. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

11 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

Es difícil ser mujer en El Salvador. Los índices de violencia contra nosotras se han disparado en el último año y nuestro país tiene una de las tasas más altas de feminicidios en América Latina. Según datos del informe “Situación de violencia letal contra las mujeres”, de la Fundación Heinrich Böll Stiftung, entre 2014 y 2018 la Fiscalía General de la República recibió 599 casos de feminicidios, es decir, fueron 599 mujeres a quienes mataron por motivos de violencia de género. La muerte es la punta del iceberg de situaciones de violencia que se dan en el día a día de muchas mujeres, pero no es la única manifestación.

Bajo esa punta visible, hay muchas situaciones de maltrato y violencia que hemos invisibilizado o se han vuelto normales en nuestra sociedad. Los maltratos verbales, las burlas, el acoso, la intimidación contra una mujer, por considerarla el sexo débil, una pertenencia del hombre o un ser inferior, son manifestación de violencia que poco a poco pueden ir escalando hasta llegar a los feminicidios.

Esta normalización de la desigualdad es la raíz cultural que debemos cambiar.

En el país aún vemos resistencia en reconocer a plenitud los derechos de las mujeres. La incursión en sectores que históricamente han sido dominados por hombres (como la política, industria, profesional, empresarial, entre otras) ha ido a paso lento. Todavía no hay igualdad de salarios a pesar de la igualdad de obligaciones. Hay mujeres que son abusadas física y verbalmente en sus hogares por sus mismos familiares, en sus trabajos e incluso en los grupos de amigos. Por todos estos motivos es importante visibilizar las desigualdades a las que muchas mujeres se ven sometidas, para darnos cuenta que una situación aparentemente normal en realidad es un problema y que debemos buscarle solución.

El trabajo por la igualdad de la mujer es de todos. Hombres y mujeres. Es incompleto pensar que en la lucha por los derechos de la mujeres solo debemos pelearlas las mujeres y que los hombres deben hacerse a un lado. No se trata de ponernos a discutir la división entre hombres y mujeres, sino de eliminar esa barrera. El auge de feminismo a nivel mundial en algunas ocasiones puede entenderse como una confrontación directa de géneros, y llegar a puntos de misandría, es decir, de odio o menosprecio por lo masculino. Lo que buscamos es igualar la escala de derechos y oportunidades, no desaparecerlos de la tierra.

Los hombres no son enemigos. Algunos, lamentablemente, tienen tan arraigados las costumbres de la cultura machista o son propulsores del desprecio hacia las mujeres y la misoginia. Estas son las actitudes que deben combatirse. Pero en contraste, hay hombres que son grandes soportes de la causa de las mujeres y que no deben quedar atrás en la lucha o menospreciarlos en el camino. Hay papás, hermanos, hijos, tíos, primos, amigos, compañeros de trabajo que ven en las mujeres personas con los mismos derechos y con el mismo potencial de desarrollo que cualquier hombre. Mujeres y hombres somos compañeros en la lucha por la desigualdad.

Las mujeres somos valiosas e importantes por la misma condición de ser humano; no buscamos privilegios ni hacer a un lado a los hombres. Queremos que todos y todas podamos vivir en igualdad de condiciones y tengamos la misma posibilidad de oportunidades a nivel educativo, laboral y salarial. Que no sigamos siendo violentadas ni física ni psicológica ni sexualmente. Que nuestras niñas puedan crecer y desarrollar todo su potencial en tranquilidad. La lucha continúa.

El techo de vidrio no importa tanto como las paredes. De Cristina López

11 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

La semana pasada, en el contexto del día internacional de la mujer, un reportaje periodístico señalaba que a pesar de la creciente participación de las mujeres en cargos de elección pública, continuamos relegadas.

Según el reporte de la Prensa Gráfica, en la Asamblea Legislativa, “el promedio de diputadas propietarias en los últimos cinco períodos ha sido del 25%”. Señalaba también el reporte que nuestro país tampoco ha visto una mujer en la presidencia, ni a la cabeza del órgano judicial. A este suceso, de las notables brechas de representatividad para las mujeres en posiciones de poder (tanto políticas o corporativas) algunos le han llamado “el techo de vidrio”.

Hillary Clinton, después de gastar miles de millones de dólares en una campaña política infructuosa, aludió a la metáfora del techo de vidrio en más de un discurso. Y sin embargo, la atención que le dedicamos a la barrera invisible que impide a las mujeres llegar a la cima, a veces nos distrae de una conversación, a opinión personal, un tanto más importante: las aparentes paredes de vidrio que impiden paridad verdadera entre hombres y mujeres en campos como el acceso a la salud, el mercado laboral, ingresos económicos, entre otros. Son conversaciones importantísimas, porque estas “paredes” afectan a números bastante más grandes que los techos de vidrio.

Claro, la representación política importa. Idealmente, una verdadera seña de representación democrática sería que los representantes reflejaran demográficamente a sus constituyentes — es decir, que el porcentaje de mujeres en cargos de elección popular fuera representativo del porcentaje de mujeres en la población. Importa en el sentido de que inspira a otras mujeres a buscar puestos de poder político, ayuda a retar viejos estereotipos patriarcales sobre los roles que les competen a las mujeres, etc. Pero tristemente, no hay evidencia de que tener leyes que impulsen la representatividad en la política (como cuotas obligatorias de género) haga nada por deshacer las paredes de vidrio: un ejemplo es que entre variables como el porcentaje de mujeres en cuerpos parlamentarios y mejoras substantivas en índices que miden paridad de género en áreas como salud, educación y mercado laboral, no hay correlaciones ni impactos estadísticos significativos.

El caso de Ruanda ilustra perfectamente lo anterior. En 2016, Ruanda era el país con el porcentaje más grande de mujeres en el órgano legislativo, muy por encima de varios países desarrollados, con un 64%. Ese mismo año en Suecia, el porcentaje de mujeres en la legislatura era de 44% y en Estados Unidos era apenas 19%. Por varias razones, incluyendo el hecho de que el genocidio de 1994 en Ruanda aniquiló a un porcentaje enorme de hombres y la constitución de 2003 que ordenó que hubiera una reserva del 30% de las posiciones parlamentarias para las mujeres. Y a pesar de esa victoria numérica que produjo varios titulares periodísticos, la realidad diaria de las ruandesas es radicalmente distinta a la realidad de las suecas y las estadounidenses, en el sentido que varias variables de desarrollo demuestran desigualdades que favorecen a los hombres.

Es la existencia de tantas brechas entre hombres y mujeres en el campo de los ingresos económicos, el mercado laboral, o el acceso a la salud, por ejemplo, si explican muchas de las razones por las que continúan existiendo techos de vidrio. Muchas de estas brechas no se rompen con leyes, sino con cultura. Y la cultura solo cambia cuando los individuos cambiamos. ¿Nos atrevemos?

@crislopezg

Voces de las mujeres salvadoreñas. De Carmen Aída Lazo

Carmen Aída Lazo, candidata a la vicepresidencia

27 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

En las últimas semanas he tenido el enorme gusto de conversar con cientos de mujeres a lo largo del país, quienes me han compartido sus aspiraciones, pero también sus historias de dolor; de igual forma me compartieron sus expectativas de los cambios que esperan en el siguiente Gobierno. Ha sido un ejercicio de mucho aprendizaje, mucha empatía y, sobre todo, mucha sororidad.

En estos talleres participaron profesoras, trabajadoras de la salud, madres solteras, profesionales, emprendedoras, amas de casa, pequeñas productoras agrícolas, artesanas, jóvenes estudiando bachillerato, pensionadas, etc. Todas con una historia de vida diferente, pero todas anhelando ver un mejor El Salvador para ellas, para sus hijos, para sus familias.

Yo les compartí a ellas algunos de los temas que, desde la Presidencia, Carlos Calleja y yo trabajaremos para brindar más oportunidades a la mujer salvadoreña; por ejemplo, las becas para que nuestras niñas y jóvenes puedan continuar sus estudios y nuestra apuesta por la infancia temprana, para que los niños tengan atención de calidad en los primeros años de su vida, y las madres que trabajan puedan dejar a sus hijos con la garantía que ellos serán bien cuidados. También conversamos de nuestro programa de vivienda digna, sobre todo para las madres solteras, quienes enfrentan enormes dificultades en el acceso a un hogar digno.

Hablamos de la necesidad de mejorar el sistema de salud, de emprendedurismo femenino y también discutimos un tema del que muchas veces no se habla pero que sufren en silencio miles de mujeres en nuestro país: la violencia contra la mujer. Conocí historias dolorosas que me hicieron consciente de la resiliencia de las mujeres salvadoreñas, pero también de la necesidad de combatir de frente este flagelo.

Yo les contaba a ellas que no sabía el nivel de agresividad que me esperaba al entrar en el mundo político y que si bien se trataba de violencia psicológica, y por ende no era comparable al sufrimiento que viven miles de mujeres en un país donde cada 10 horas una mujer es asesinada, seguía siendo violencia, sistemática y dolorosa. Al hablar del tema, varias me compartieron sus historias de violencia y me hicieron ver la necesidad de reforzar los mecanismos gubernamentales para que la mujer se sienta segura al denunciar, pues persiste mucha impunidad y —en muchos sentidos— sigue siendo un tema tabú. Hablamos de la necesidad de fortalecer el autoestima de nuestras niñas y jóvenes y de la necesidad de un enfoque integral en el abordaje de esta intolerable realidad. Ante todo, hablamos. Algo que para muchas se daba por primera vez.

Varias mujeres me dijeron que, pese a ser un tema doloroso, es un tema que hay que visibilizar, que hay que denunciar y que hay que enfrentar con valentía, pues ya no podemos permitir que lo sufran en silencio.

El tema de la violencia contra la mujer y, sobre todo, de las desigualdades estructurales que nos limitan, no es un tema que se deba electoralizar; es un tema que se debe tratar con absoluta seriedad. Pero eso demanda superar los prejuicios y el estigma que muchas veces nos inhibe a alzar nuestra voz. El derecho de la mujer de defender su propia dignidad no debe ni está sometido a su condición social o forma de pensar.

Mejorar las condiciones de vida de las niñas, jóvenes y mujeres fue una de mis motivaciones para haber ingresado a la política y representar la voz de todas esas mujeres que quieren oportunidades reales e inmediatas para superarse, autorrealizarse y sacar adelante a sus familias.

Las conversaciones que sigo sosteniendo con mujeres y jóvenes en todo el país me comprometen cada día más a trabajar por lograr el gran objetivo de brindar igualdad de condiciones a las mujeres salvadoreñas. No ha sido falta de talento lo que ha limitado el desarrollo de las mujeres en nuestro país, ha sido falta de acceso a oportunidades. Es por lo tanto un tema de justicia social al que daremos prioridad en nuestro Gobierno. Mi compromiso es ser esa voz que ponga el tema de mujer en aquellas mesas de decisión donde con demasiada frecuencia han estado ausentes.

Como bien sabemos las mujeres, el camino no será fácil, nada que valga la pena viene sin esfuerzo, pero como mujer aspirando a un cargo de liderazgo, trabajar este tema es mi deber.

P.D. Agradezco a todas esas mujeres que me han dado palabras de apoyo, que comparten sus anhelos conmigo. Gracias, me siento profundamente comprometida con todas ustedes y con nuestro país.


“No hay vida en la PNC para una mujer”. Una agente policial anónima

Sus jefes en la Policía Nacional Civil quieren deshacerse de ella porque los denunció. Ella está convencida de que es así. Era una de las policías seleccionadas para formar la Unidad Táctica Especializada Policial (UTEP) en febrero de 2018, pero la dejaron fuera de un curso para especializarse y mantenerse dentro de la unidad élite. Según ella, por una sola razón: ser mujer. Este es su relato en primera persona.

 

Presentación. Las jefaturas de la PNC presentaron en febrero pasado a un grupo de mujeres que integrarían la unidad élite.

Ricardo Flores, 24 septiembre 2018 / La Prensa Gráfica

Cuento mi caso porque tengo miedo que me maten. Estoy más que segura que me van a matar. Ellos mismos se encargaron de decirme que las denuncias que puse ante la Unidad de Derechos Humanos y la Inspectoría de la Policía Nacional Civil (PNC) no iban a prosperar y por eso era mejor que me quedara quieta, sin hacer ni decir nada.

Mi caso inició en diciembre del año pasado, unos días antes de que un agente del GRP matara a Carla Ayala. Yo era parte de la Sección Táctica Operativa (un grupo de la PNC que apoya en emergencias especiales) destacada en el municipio de Mejicanos cuando me seleccionaron como la única mujer del sector donde operaba para pertenecer a la Fuerza Especializada de Reacción El Salvador (FES).

En enero comenzaron las pruebas físicas y técnicas, las superé con notas sobresalientes. Hasta me sometí con éxito a la evaluación que hace la embajada de los Estados Unidos. Estaba, en teoría, lista para formar parte de la FES; pero decidieron disolver esa fuerza especializada, por la muerte de Carla.

El 11 de febrero pasado, nos convocaron a todas las mujeres STO a una reunión. Ahí nos invitaron a participar en ese nuevo grupo élite que iban a crear. Tomé a bien levantar la mano porque ya me había evaluado y había pasado todo. Sentía que estaba cumpliendo mi sueño de estar en el GRP. Me gusta ser policía y mi sueño en los cuatro años que tengo de vestir el uniforme policial era ser parte de esa unidad especializada. Me gusta lo táctico, servir a la gente, sentir la adrenalina. Dijeron que estaba bien y seleccionaron a 16 mujeres de todo el país. Yo era una de las que nos formamos en el estacionamiento del CIFCO aquel 14 de febrero. Nos pusieron un parche nuevo en el brazo con la leyenda UTEP-Jaguares.

El escándalo en el interior de la PNC tras el asesinato de Carla Ayala, la agente que fue atacada por sus mismos compañeros tras una fiesta navideña en la sede del extinto GRP, hizo que el director de la institución disolviera el grupo élite y lo renombrara como UTEP, una unidad formada por agentes destacados en la FES, GOPES y STO. El grupo fue presentado el 14 de febrero de 2018. El director de la PNC, Howard Cotto, entregó una rosa ese día a cada una de las 16 mujeres de la unidad.

Cuatro días después, los jefes de la UTEP me notificaron que iba a ir al curso avanzado de técnicas y tácticas policiales. El día que nos presentaron solo fue para mostrar el nuevo nombre de la máxima unidad élite de la PNC, pero nadie había sido capacitado. Yo estaba emocionada porque era la única mujer seleccionada para someterse a esa capacitación.

El 20 de marzo de 2018, cuando eran las 9:21 de la mañana, recibí una orden para alistar el equipo que necesitaría para el curso. Era feliz, todo estaba bien.

Pero todo cambió por la tarde, como a las 3 p. m., hubo una reunión donde estaban las jefaturas de la UTEP, un coronel que es el representante de la embajada de los Estados Unidos y los miembros del comando Jungla (instructores colombianos). Todos hombres. En esa reunión determinaron que yo no iría al curso.

Tres horas después, fui al comedor de la UTEP a cenar y fue ahí cuando una compañera me dio la noticia de que yo estaba fuera de la convocatoria. En la entrada estaba uno de los jefes y le pregunté si me iban a brindar transporte para asistir al curso porque era necesario llevar armas y equipo. Me respondió que yo no iba porque era mujer.

Así comenzó mi discriminación.

El ministro de Justicia y Seguridad, Mauricio Ramírez Landaverde, dijo esto el día en que fue presentada la UTEP: “Esta unidad ofrece un mayor servicio a la mujer y también en atender la problemática interna de la mujer dentro de la PNC. Estas mujeres se comprometen a mantener un enfoque de género y en un trato igualitario de las mujeres”.

Las jefaturas de la UTEP no quisieron hacer público mi retiro del curso, muchos compañeros hablaron mal de mí. Dijeron que me sacaron porque había dado el culo, porque estaba embarazada, oí muchos comentarios y les pedí que hicieran público la razón de mi separación; pero no quisieron hacerlo.

Seis días después, fui a poner la denuncia a la Unidad de Derechos Humanos de la PNC contra las jefaturas de la UTEP, el representante de los EUA y el grupo de instructores colombianos. También decidí activar el Protocolo para el Abordaje de la Violencia y Discriminación por Razones de Género contra las Mujeres al interior de la PNC. Eso desencadenó el acoso de tres de las compañeras porque “había denunciado a su jefecito”.

Una de ellas me dijo en una reunión donde solo estábamos las mujeres de las UTEP que en un intercambio de disparos me iba a disparar a mí. Me llamó una mierda, un cero a la izquierda y que a partir de esa fecha nadie me iba a apoyar. Hice un informe de esa amenaza, porque no era posible que ella me tratara así.

El día en que se presentó a la UTEP, el director de la PNC dio un discurso con énfasis en el tema de género. Dijo que las mujeres “van a demostrar que es posible tener compañeras en estas unidades, no existe barrera que se sume a cualquier esfuerzo policial. Ustedes portarán este uniforme con mucho orgullo. Son parte de un todo, no están por debajo de nadie”.

Después de eso, mis uniformes siempre estaban en la basura. A medianoche me movían la cama donde dormía, yo pensaba que era una emergencia. Decidí mejor dormir en el suelo, sobre una toalla, porque me bloqueaban llegar a la cama. Al verme en el piso decían “la perra está echada”. El 29 de julio pasado, hubo otra convocatoria para ingresar al curso y seguir en la UTEP. Nos dijeron que las 16 debíamos ir porque necesitaban tener mujeres en la UTEP. En la primera semana me lanzaron mis pertenencias en una caja, me insultaban y por último me golpearon. Entonces, decidí desertar del curso. Hace un par de semanas, me llamaron de la subdirección de la PNC donde me dijeron que había llegado un documento para que me preguntaran si yo quería ser trasladada y dije que no. A pesar de eso, decidieron enviarme de forma arbitraria para un puesto policial en Soyapango.

Mi vida está en riesgo porque me mandan para un lugar donde varias de las jefaturas UTEP han estado y conocen bastante la zona. Quieren que me presente a un lugar donde no he solicitado estar me pone mal. Para donde me trasladaron es el infierno.

La Unidad de Derechos Humanos de la PNC ya resolvió que en mi caso hubo “vulneración de los derechos humanos por discriminación”. En la Inspectoría también hay avances, pasó el caso a la Unidad de Investigación Disciplinaria que tiene potestad para enviarlo a un juzgado. A pesar de una resolución a mi favor, a ellos no les ha afectado en nada hasta hoy.

Mi vida está en riesgo por los pandilleros, por mis propios compañeros y por las jefaturas de la UTEP. No hay vida en la PNC para una mujer.

 

Por qué hoy? ¿Por qué yo? De Alexandra Araujo

12 agosto 2018 / EL DIARIO DE HOY

Hace ocho meses una amiga me escribió preguntándome si estaba dispuesta a sentarme con un grupo de mujeres que trabajaban a favor de los derechos de la mujer y conocer acerca de las iniciativas que ellas impulsaban. Una vocecita en mi cabeza me dijo: “No te metas en ese lío”; pero, luego de más de una década trabajando en temas de género, estoy convencida de que el empoderamiento económico, los derechos humanos y la educación están íntimamente relacionados. Impulsar un tema en forma aislada significaba seguir a paso lento y con resultados limitados. Aunque temía exponerme con temas tan delicados, porque tengo mucho que perder, decidí aceptar la reunión. Después de todo, pensé, seguramente las mujeres salvadoreñas teníamos algo que ganar si trabajábamos juntas.

Coordinamos una reunión a finales de enero; conocí a dos mujeres liderando diferentes iniciativas y organizaciones, específicamente relacionadas con derechos humanos y violencia en contra de la mujer. La conversación fue muy cordial e informativa, estábamos muy cautelosas en el uso de palabras, exposición de ideas y manifestación de creencias. Al final de la reunión, la incógnita de todas era la misma; parecíamos venir de mundos distintos. ¿Podríamos trabajar juntas? Con mucho más en contra que a favor. Agendamos una segunda reunión de trabajo que generó una cadena de nuevos encuentros.

Conmovida por la injusticia, impactada con los datos “duros” de nuestro país (y del mundo), temiendo la agresión personal que podía recibir, decidí comenzar abordando a un grupo cercano de amistades. Me sorprendió el interés y conocimiento; pero lo que más me impactó fue la valentía con la que me encontré. La gran mayoría de ellos estaba dispuesta a dar la cara públicamente, algo que yo no había considerado como parte de mi rol activista. Fue la valentía de ellos lo que me empujó hablar públicamente de temas tan complejos. En el proceso, comprobé que nada es blanco o negro, si lo fuera todo sería mucho más fácil.

Reconozco que soy una persona con privilegios, pero eso lejos de descalificarme, me genera una gran responsabilidad para actuar y construir nuevos puentes que siembren confianza y esperanza en nuestra sociedad. En esta misión por la mujer, que es por la sociedad entera también, contamos con personas de diferentes géneros, ideologías políticas, religiones y un sinfín de profesiones. No todos pensamos igual, pero lo que nos une es el deseo de un mejor país, el interés por establecer un diálogo y la valentía para enfrentar una sociedad divida con un tremendo temor al cambio. Estoy segura de que más se sumarán.

Como resultado de los cuestionamientos de personas preocupadas con mis intenciones, considero oportuno aclarar algunas cosas: No estoy a favor del aborto; No estoy trabajando para erradicar a los pobres (pero sí me sumo a las iniciativas que buscan erradicar la pobreza); y, no estoy a favor de promover la “ideología de género” (no conozco “conspiraciones internacionales”).

Vivimos en un país donde 1 de cada 3 embarazos son de niñas y adolescentes menores de 17 años, que por consecuencia limitan su educación y oportunidades de desarrollo quedando condenadas a la pobreza. Por esto, sí creo en la educación sexual responsable, en la importancia de fortalecer la autoestima y el respeto en nuestra sociedad.

Vivimos en un país donde el 75 % de las agresiones sexuales contra mujeres son hechas por un familiar o una persona conocida de la víctima (5,019 abusos sexuales de mujeres en el primer trimestre 2018). Por ello, sí creo en brindar herramientas puntuales para que niños y niñas puedan identificar el abuso sexual y puedan protegerse.

Vivimos en un país en donde la mayoría de hogares están conformados únicamente por un adulto (no necesariamente la madre o el padre) o ninguno. Por ello, sí creo en educar a docentes y adultos sobre los riesgos que nuestros hijos se exponen, especialmente con la tecnología.

Creo en trabajar para corregir lo que evidentemente está mal en nuestra sociedad: la violencia. Si ocuparse para que niñas y mujeres se fortalezcan, estén conscientes de sus derechos y que puedan enfrentar sus vidas con mejores herramientas me vuelve “ingenua” u otro calificativo menos decoroso; recibo las acusaciones y ofensas con orgullo y al mismo tiempo redoblo mis esfuerzos para seguir trabajando contra estos flagelos.

Los desconfiados se preguntarán ¿qué gana la mujer salvadoreña? ¿Qué pierden mujeres como Alexandra? Mi respuesta es que, si en esta lucha, la mujer salvadoreña gana visibilidad acerca de los problemas críticos que nos afectan a TODAS. Sin importar el estrato socioeconómico, nivel de educación, edad y otros. Si en esta lucha, se abren espacios de dialogo y se da visibilidad a problemas evitando los extremos, la descalificación personal, y los fantasmas ideológicos. Entonces, logramos el objetivo. Personalmente, lo único que he perdido, es el miedo.