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Dualidad de poderes. De Fernando Mires

 

Si esa dualidad será resuelta a favor de las armas o de la razón, o si aparece un inesperado fraccionamiento al interior de las FAN, o un simple rayo de luz que lleve a un entendimiento mínimo entre el poder político de la oposición y el militar de la dictadura, no lo sabemos.

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FernandoMires-1451Fernando Mires, 30 julio 2017 / TALCUAL

El 30 de julio la dictadura militar de Nicolás Maduro consagrará institucionalmente la dualidad de poderes que venía gestándose mediante la creación de una constituyente cubana cuyo único objetivo es la supresión del sufragio universal para asegurar el poder de una oligarquía militar-civil en contra de la voluntad de la inmensa mayoría de la nación.

El término dualidad de poderes merece una explicación adicional. Su origen teórico proviene de las plumas de Lenin y Trotzky durante “la revolución de febrero” – la única, la verdadera revolución, la antizarista- que dio origen al gobierno provisional, democrático, social y parlamentario talcual.pngde Alexander Kerensky. En términos más exactos, aquello que tuvo lugar en el breve periodo que va desde febrero a noviembre de 1917 fue una trilogía de poderes: el del aparato militar y burocrático zarista enquistado en el Estado, el del gobierno provisional (liberal, democrático y parlamentario) y el supuesto poder de los soviets (concejos).

La reducción de la trilogía de poderes a una dualidad clasista fue un truco semántico de Trotzky y Lenin a fin de hacer aparecer al gobierno de Kerensky como una simple prolongación del zarismo. Entre Trotzky y Lenin había, sin embargo, una diferencia.

Mientras para Trotzky los soviets deberían asegurar la hegemonía del “proletariado” sobre el resto de las clases populares, para Lenin, consciente de que “la clase obrera” era extremadamente minoritaria y “tradeunionista” (sindicalismo despolitizado) los soviets debían estar formados por obreros, campesinos y soldados bajo conducción de los bolcheviques. Estos últimos, los soldados, eran para Lenin el eslabón decisivo. No porque los soldados se hubiesen vuelto de pronto revolucionarios, sino simplemente porque eran portadores de armas.

A esas masas de desertores y lisiados de una guerra perdida que -sí se leen testimonios como los de John Reed y Victor Serge- vagaban por las calles de Moscú y San Petersburgo, lo único que les interesaba era ser reclutados por alguien a fin de no morirse de hambre. Los bolcheviques lo hicieron.

El golpe de estado bolchevique que tendría lugar con la “toma del Palacio de Invierno” fue llevado a cabo por multitudes de desarrapados, vagabundos y borrachos entre los que se contaban esos miserables, mal armados (pero al fin armados) soldados reclutados por los seguidores de Lenin. De acuerdo a la literatura oficial de la URSS, en octubre fue resuelta la dualidad de poderes entre “la burguesía” representada por Kerensky y “el proletariado” en los soviets dirigidos por los bolcheviques.

Desde 1917 hasta el 2017 hay un siglo. Y nuevamente, como consecuencia de una revolución democrática –tan democrática como fue la de febrero en contra del zar Nicolás ll – ha aparecido, esta vez en Venezuela, otra dualidad de poderes. Naturalmente, el Nicolás ruso no tiene nada que ver con el Nicolás venezolano. Aparte, claro está, de que ambos llegaron a ser sangrientos dictadores, repudiados por su pueblo y por todo el mundo democrático.

La dualidad de poderes surgida en Venezuela tampoco tiene que ver demasiado con la de la Rusia de Lenin. Por de pronto, adquiere distintas formas. En un primer piso, toma una forma institucional: a un lado el gobierno, representante de una extrema minoría, al otro la Asamblea Nacional, representante de una inmensa mayoría. En un segundo piso, adquiere una forma constitucional; a un lado la constituyente cubana, al otro lado la Constitución de 1999. El tercer piso, toma una forma política: la del conflicto entre dictadura y democracia. En el cuarto piso aparece una forma social: una contradicción entre el conjunto de la sociedad civilmente organizada (sindicatos, empresarios, universidades, iglesias, representantes de la cultura e incluso del deporte) en abierto conflicto con una oligarquía estatal cuya base de apoyo solo proviene de las instituciones militares a través de una alianza entre los altos mandos y el lumpen: con y sin uniforme.

La quinta forma de la dualidad de poderes, la del quinto piso, surgida en Venezuela, digámoslo así, su quinta esencia, es la que tiene lugar entre los cuerpos militares y la ciudadanía política. Ahora, justo en este punto, aparece un hecho de importancia decisiva

La dictadura al imponer la constituyente cubana ha convertido en irreconciliable a la dualidad de poder y con ello ha renunciado al poder político para entregarlo sin condiciones al poder militar. La imposición de la constituyente cubana entonces es equivalente a la firma de un acta de ingobernabilidad. Eso tendrá gravísimas consecuencias para Maduro. Retirarse del ejercicio del poder político a favor del militar, significará, lisa y llanamente, cambiar el principio de gobernabilidad por el principio de dominación. De este modo la dictadura modificará su carácter. Ya no será política-militar sino solamente militar. En otras palabras, será lo que potencialmente ya era, la dictadura del ejército con un títere civil en el gobierno (que podría ser Maduro u otro)

La lección que de ahí surgirá para la oposición es que, aún con una eventual caída (o renuncia) de Maduro, no será resuelto el problema fundamental pues los principales enemigos, y por eso mismo, los principales interlocutores, serán, definitivamente, los militares.

Militares que no son los andrajosos armados de los tiempos de Lenin. Son, por el contrario, una clase social de estado dispuesta a todo si se trata de defender sus privilegios. Pero aun así, en un momento indeterminado deberán tomar conciencia de que todas las armas del mundo no bastan para gobernar si frente a ellas se encuentra la absoluta mayoría de la nación.

La imposición forzada de la constituyente cubana no será, en consecuencia, una derrota para la oposición. Todo lo contrario: creará nuevas condiciones para ocupar los espacios políticos cedidos por Maduro, ampliar alianzas en diferentes direcciones y mantener la lucha de calles, siempre y cuando no sea abandonada, ni por un solo segundo, la letra de la Constitución. Esa Constitución ha llegado a ser el nexo que une a la oposición con el chavismo descontento, el programa de acción de todas las fuerzas democráticas, la trinchera que nunca deberá ser cedida a nadie.

La que tiene lugar en Venezuela es, para decirlo con la misma jerga chavista, una lucha irregular y prolongada. Los imponderables –a los cuales para que aparezcan hay que ayudarlos- decidirán finalmente el curso de esa tragedia. Ahí reside precisamente el fondo de la dualidad de poder que experimenta Venezuela, la más básica: la de la guerra contra la política. Si esa dualidad será resuelta a favor de las armas o de la razón, o si aparece un inesperado fraccionamiento al interior de las FAN, o un simple rayo de luz que lleve a un entendimiento mínimo entre el poder político de la oposición y el militar de la dictadura, no lo sabemos. El futuro no está escrito en ninguna parte.

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Camus después de Camus. De Fernando Mires

Este texto no es actual, salió publicado en enero 2017. Es atemporal.

Segunda Vuelta

Fernando Mires, 5 enero 2017 / americanuestra.com

Casi todos los días se cumple el aniversario de la muerte de algún escritor célebre. Pero a algunos los recordamos más que a otros. No quiero decir que esos escritores hubieran escrito para la posteridad. Por lo demás, quien escribe para la posteridad tiene que estar muy dominado por la idea de la muerte pues la posteridad no existe para nadie que esté vivo. La posteridad es solo una hipótesis. Pero sí hay algunos, y a esos perteneció Albert Camus, a quienes podemos comprender mejor después que han abandonado este mundo. Creo advertir la razón:

Camus leyó mejor que muchos en las líneas de su tiempo letras que alcanzaron nitidez solo después de su muerte. Pero las leyó en su tiempo, durante su vida, debatiendo y discutiendo con sus pares e impares. Porque hoy día, ya varios años después de que fueran revelados los millones de crímenes cometidos en la ex Unión Soviética, después de la caída estrepitosa del Muro de Berlín, de que China se convirtiera en la segunda potencia capitalista (otros dicen, la primera) del planeta, de que en Cuba y Corea del Norte “la dictadura del proletariado” se encuentre representada por oprobiosas dinastías, del colapso de los “socialismos militares” del mundo árabe, y de las humillaciones a que somete la pandilla militarista de Maduro y Cabello a todo lo que parezca oposición en Venezuela, en fin, después de todo eso y mucho más que no pudo presenciar Camus, poner en tela de juicio la lógica de la razón revolucionaria dista de ser un despropósito. Al contrario. Mas bien cabe preguntarse acerca de la integridad espiritual de quienes todavía la defienden.

Estoy hablando, para que no haya equívocos, de la misma desintegración espiritual de quienes defendieron a la dictadura de Franco como un medio para alcanzar “la república integrista cristiana“. O de las atrocidades cometidas por los EE UU en Vietnam en nombre de “el sueño americano”“. O de quienes todavía ven en los antropófagos dictadores militares sudamericanos, demiurgos de una  “revolución restauradora”. Estoy hablando, si alguien no ha entendido, en contra de esa lógica que lleva a justificar a cualquier medio en nombre de un imaginado fin. De los que desvalorizan la existencia en aras de un objetivo suprahistórico. De los que al perseguir el futuro destruyen el presente. De los que se creen dueños, nadie sabe con qué derecho, de la razón de la historia. De los hombres nuevos y, por cierto, de sus dementes fabricantes.

Camus habría dicho: estoy hablando en contra de quienes usurpan el significado de la rebelión en nombre de la revolución. Dos palabras -rebelión y revolución- hasta Camus casi sinónimas y que hoy sabemos gracias entre otros a Camus, son antónimas. Pues si bien una revolución puede comenzar con una rebelión, la revolución, mientras más se prolonga en el tiempo termina por convertirse en la negación de toda rebelión.

Para Camus la rebelión es un “no“. La revolución, en cambio, es un “sí”. Negación y afirmación explicada en su célebre “El Hombre Rebelde”. “¿Qué es un hombre rebelde?” -preguntaba Camus-. Su respuesta fue concluyente: “Un hombre que dice que no” (p.17).

El motivo que lleva al pronunciamiento del no, no es uno solo. Tampoco está inscrito en algún lugar de la historia, como llegó a postular Hegel. Pero sí tiene, para Camus, un sentido ontológico. Uno que va más allá de Hegel para quien el sí y el no son constitutivos de una trinidad dialéctica que es a la vez la unidad del pensamiento (La afirmación, la negación, la negación de la negación).

Hegel se preguntaba en su Fenomenología del Espíritu ¿Por qué el esclavo no se libera de su amo? La pregunta de Camus era en cambio otra: ¿Por qué un esclavo que nunca ha intentado liberarse, es decir, por qué alguien que ha dicho siempre sí, dice de pronto no? El no en ese sentido surge de la gota de agua que colma el vaso. Es el punto imprecisable que marca la no soportabilidad de la negación de uno por el ser del otro.

Ese no del esclavo rebelde es por eso un sí dicho por el ser a sí mismo. Mas, no es un sí a una sociedad sin esclavos, ni a un nuevo modo de producción, ni siquiera a un “mundo mejor“. Es simplemente un no a quien, hombre de carne y hueso, lo desconoce en su propio ser. Puede surgir de un latigazo de más -o de un pan menos, o de un insulto innombrable- el impulso que lleva al esclavo en un momento determinado a matar al amo. No es en todo caso un acto que surja de la reflexión. Más bien, como lo explicaba Camus, ocurre al revés: la reflexión surge del acto mortal. O dicho así: La negación es la primera condición del pensamiento pues el pensamiento proviene de una fundamentación y no se puede fundamentar lo que todavía no ha sucedido.

Antes del acto que surge de la negación no hay nada que fundamentar. “En nuestra prueba cotidiana” -argumentaba Camus- la rebelión desempeña el mismo papel que el “cogito” en el orden del pensamiento; es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lazo común que funda en todos los hombres el primer valor: Yo me rebelo, luego nosotros somos” (p. 25).

Este acto negativo del ser no proviene, por lo tanto, de ninguna moral establecida, de ningún código legal y mucho menos de una filosofía. Se trata simplemente de un ser que desea ser reconocido por otro ser que no lo deja ser.

Cuando las multitudes de 1989 desafiando a guardias armados saltaron el muro de Berlín -es un ejemplo- no pensaban en crear un orden histórico superior. Simplemente saltaron el muro obedeciendo al impulso corporal de quienes quieren entrar en el espacio común que por derecho pre-constitucional les pertenece, en este caso la nación común. Esa es la diferencia con la revolución cuyos actos son siempre pre-meditados. Según Camus: “Mientras que la historia, incluso la colectiva, de un movimiento de rebelión es siempre la de un compromiso sin salida en los hechos, de una protesta oscura que no compromete sistemas ni razones, una revolución es una tentativa para modelar el acto sobre una idea, para encuadrar al mundo en un marco teórico. Por eso es que la rebelión mata hombres, en tanto que la revolución destruye a la vez hombres y principios” (p. 101).

Eso significa también: mientras una revolución convierte a un sujeto en un objeto, la rebelión convierte al objeto en un sujeto. Razón por la cual, mientras en algunas rebeliones hay muertos, las revoluciones convierten a la muerte en un sistema. En la rebelión la muerte del otro es consecuencia de un acto no pensado. En la revolución en cambio, se trata de homicidios sistemáticos; de asesinatos deliberados.

Dicho con Camus: “la mayoría de las revoluciones adquieren su forma y su originalidad en un asesinato. Todas o casi todas han sido homicidas” (p. 150). O más preciso aún: “En la época de la negación podía ser útil interrogarse sobre el problema del suicidio. En la época de las ideologías (y no hay revolución sin ideología revolucionaria, FM) hay que ponerse en reglas con las del asesinato” (p.150).

La muerte (o simplemente la negación gramatical) del otro en las revoluciones, sigue un plan sistemático de acuerdo a un fin previamente determinado. Pero ese fin -ahí reside la mendacidad de cada revolución- nunca debe ser alcanzado pues si lo es termina la revolución. La revolución para no morir requiere que el fin requerido sea siempre inalcanzable. Su lógica existencial necesita de un fin que nunca se cumpla. En cierto modo toda revolución es una estafa pública. No así la rebelión. La rebelión termina con la negación del otro. Basta.

Toda revolución busca extenderse en el tiempo. Hay algunas en las que sus líderes envejecen o mueren, cambian las generaciones, y la revolución continúa su curso. Los seres humanos son mortales, pero la revolución no lo es, repiten con fervor los revolucionarios. Los revolucionarios persiguen a través de la inmortalidad de la revolución su propia eternidad. ¿O ha conocido usted a un revolucionario que alguna vez haya dicho, ya hicimos la revolución, y ahora a vivir tranquilos, calabaza calabaza cada uno para su casa? No. No: así solo hablan los rebeldes. Jamás los revolucionarios.

Toda revolución busca extenderse hacia el infinito de todos los tiempos, no solo del tiempo de los revolucionarios sino, sobre todo del de quienes no lo son, los que deben ser reducidos a un material modelable; plasticina, arcilla, cemento. ¿Y los que no quieren ser convertidos? A ellos les espera el cadalso, la tortura, la muerte. Toda revolución termina asesinando a la rebelión en nombre de la revolución. Los revolucionarios, así lo dijo Camus: “Desprecian la libertad de las personas y sueñan con una extraña libertad de la especie; rechazan la muerte solitaria y llaman inmortalidad a una prodigiosa agonía colectiva” (p.282).

En la revolución impera el principio de la muerte. En la rebelión el de la vida. Esa fue la razón por la cual Albert Camus, aunque si bien siempre estuvo a favor de la liberación de Argelia con respecto al colonialismo francés, nunca estuvo a favor de los comunistas argelinos que luchaban por la liberación. Su pregunta inquieta era evidente: ¿Y quién nos va a liberar de los liberadores?

La rebelión de Camus comenzaba y terminaba en un no. En un simple, claro y rotundo no.

Con el sí comienza toda ideología. Y con la ideología la enajenación del ser con respecto a sí mismo. Razón de más para afirmar que Camus fue la representación real del hombre rebelde. De ahí su permanente actualidad. Porque siempre, desde la infancia hasta la vejez, habrá motivo para rebelarnos en contra de algo o alguien. La rebelión nos hace dignos. No así la revolución. Nunca las revoluciones, a diferencias de las rebeliones, han sabido morir con dignidad.

 

Guerra al pueblo. De Fernando Mires

Maduro ha revelado el motivo que lo llevó a convertirse en un sangriento dictador. Este no ha sido otro que impedir las elecciones a cualquier precio.

Fernando Mires, 2 julio 2017 / TALCUAL

La frase de Nicolás Maduro ha recorrido el mundo. Como si hubiera faltado algo –un matiz, un tono, una coma– para que todos supieran lo que ha llegado a ser, Maduro mismo, sin que nadie se lo pidiera, se encargó de confirmarlo. Para que la última brizna de duda se la lleve el viento.

Lo que no se pudo con los votos lo haríamos con las armas. Esa es la frase gloriosa con la cual Maduro pasará a figurar en la historia universal de la infamia.

Y sin embargo, quizás por primera vez en su vida política, Maduro ha dicho una verdad. Pues toda su gestión presidencial, a partir del 6-D -cuando la ciudadanía estampó su mayoría incuestionable en las urnas- ha sido tratar de imponer con las armas lo que ha sido incapaz de lograr con los votos. Es por eso que, de un modo más preciso que cualquier politólogo, el dictador ha señalado cual es la contradicción principal de su país. A un lado, la ciudadanía. Al otro, una dictadura militar y anti-electoral.

Maduro ha revelado el motivo que lo llevó a convertirse en un sangriento dictador. Este no ha sido otro que impedir las elecciones a cualquier precio. Robó, gracias a la complicidad de la CNE de Tibisay Lucena, las elecciones revocatorias, inscritas en la Constitución por el propio Chávez. Robó las elecciones regionales del 2016 y las del 2017. Y al fin, no pudiendo justificar el robo de más elecciones, robó a toda la Constitución, sustituyéndola por una Constituyente Comunal cuyo objetivo principal es suprimir el sufragio universal.

Con toda seguridad a Maduro -así como otros miembros de su secta- aprendió en las escuelas de formación de cuadros de Cuba que las elecciones son un mecanismo de la burguesía para asegurar, mediante la división del pueblo en partidos, su dominación de clase. Tal vez le dijeron que suprimir las elecciones democráticas y sustituirlas por elecciones estamentales era un acto revolucionario. Al fin y al cabo ¿no fue el mismo Chávez un mentor de los llamados Concejos Comunales, supuestos órganos de representación popular llamados a sustituir en un momento determinado al “Estado burgués”?

Lo que, sin embargo, no dijeron a Maduro en Cuba es que el modelo electoral de su Constituyente es exactamente el mismo que impuso Mussolini en Italia, o que entre el estado corporativo de tipo fascista y el estado comunista hay más semejanzas que diferencias. Mucho menos le dijeron que los movimientos socialistas aparecieron por primera vez en Europa levantando las banderas del sufragio universal y que esas banderas fueron después desplegadas por movimientos de mujeres. Así la consigna un hombre /un voto fue cambiada por la de una persona /un voto. Jamás se enteró Maduro de que, precisamente alrededor de las luchas por el sufragio universal fueron articuladas las principales tendencias políticas de la democracia moderna: la liberal, la socialista y la social-cristiana.

Maduro nunca llegó a saber –nadie se lo enseñó en Cuba- que el sufragio universal es una de las conquistas más grandes de la humanidad y por alcanzarla murieron muchos, como hoy están muriendo muchos en Venezuela por defenderla. Por esas razones Maduro nunca logrará entender que en Venezuela se está escribiendo un capítulo más de esa muy larga historia del sufragio universal, vale decir, la gesta de un pueblo luchando en defensa de su soberanía y de su ciudadanía.

Luisa Ortega Díaz, la fiscal constitucionalista, dio justo en el clavo: los derechos humanos tienen un carácter progresivo, afirmó. La Constituyente de Maduro, en cambio, es regresiva. Dicha frase la llevaría a romper con el régimen. En otras palabras, Ortega Díaz dijo a Maduro, tú eres un reaccionario, así como reaccionarios son todos los que te secundan.

La Constituyente significa un enorme retroceso histórico: el regreso al orden político estamental pre-democrático. Esa barbaridad es la que intenta imponer Maduro a sangre y fuego por sobre la sociedad política moderna. Retroceso histórico imposible de ser aplicado en ningún país republicano, ni siquiera en Turquía o en Rusia. Así se explica por qué la Constitución del 99 ha pasado a convertirse en el catalizador de todas las demandas políticas y sociales de la nación venezolana. La contradicción -así lo estipuló el mismo Maduro en un momento de macabra lucidez- es efectivamente la que se da entre los votos y las armas, o lo que es igual: entre el pueblo y las balas. Maduro, como si alguna vez hubiera leído a Freud, se asumió a sí mismo como representante político del principio de la muerte.

Lo que no se pudo con los votos lo haríamos con las armas. Con esa frase Maduro, secundado por Cabello, ha declarado la guerra a su propio pueblo. Ningún dictador se había atrevido a expresar esa verdad con tanta brutalidad. Su dudoso mérito histórico fue haberla dicho por primera vez. Su lucha, si es que podemos llamarla así, no es por más votos –es la diferencia con su antecesor Chávez- sino en contra de los votos.

Maduro al fin solo dijo lo que ha hecho, hace y hará si su dictadura logra imponerse sobre la inmensa mayoría de la nación. Con cuánta razón, Ramón Guillermo Aveledo, guardando las formas de su caballerosa apostura, respondió a la ya famosa frase de Maduro con un twitter que se volvió viral: “Presidente, lo que en democracia no se consigue con los votos, no existe”.

La insurrección constitucional que tiene lugar en Venezuela nació en defensa del voto y en contra de las armas. En defensa del voto han muerto muchos jóvenes y, lamentablemente, mientras Maduro y su secta se mantengan en el poder, muchos seguirán muriendo. La defensa del voto ha desnudado el carácter dictatorial y asesino del régimen.

No el voto -eso es lo que no logran entender los extremistas de la oposición quienes coincidiendo con Maduro acusan a los defensores del voto de “electoralistas”- sino la defensa del voto será la razón que llevará a la caída de la dictadura, tal como ordenan los artículos 333 y 350 de la Constitución.

El voto en sí no es un arma. Pero siendo negado puede llegar a ser más efectivo que todas las balas. Los estudiantes, los profesionales, los intelectuales, las madres y las abuelas, las iglesias, los chavistas y militares constitucionales, y no por último, los pobres urbanos y semiurbanos, están en estos momentos concertando sus fuerzas y acciones en defensa del derecho político más elemental de nuestro tiempo: el del sufragio universal.

Frente a una coalición nacional tan amplia, ninguna dictadura, por más armada que sea, logrará imponerse. La defensa de los votos –como ya ha sucedido en otras gestas democráticas- vencerá nuevamente a las armas.

La oposición, el madurismo y las alianzas. De Fernando Mires

En Venezuela existe una dualidad de poder. Un gobierno anti-constitucional por un lado y otro representado por una oposición constitucional. 

Fernando Mires, 25 junio 2017 / TALCUAL

¿Existe el madurismo? La pregunta puede parecer académica pero no lo es. Por lo menos no lo es en sus consecuencias. Y no lo es porque determina –sí, determina- la política de alianzas de la oposición en momentos cuando esa oposición a través de su órgano de representación institucional, la Asamblea Nacional, y en conformidad con los artículos 330 y 350, ha decidido desconocer la legitimidad del gobierno Maduro al haber este traicionado a la Constitución de todos.

En Venezuela existe una dualidad de poder. Un gobierno anti-constitucional por un lado y otro representado por una oposición constitucional. Como se dijo en un artículo anterior, en Venezuela hay muchos partidos, pero solo hay dos campos: el de la anti-Constitución y el de la Constitución. Este último campo, absolutamente mayoritario, incluye de modo creciente a sectores divergentes del régimen a los que hemos llamado “chavismo constitucional”. Su figura emblemática es actualmente la fiscal Luisa Ortega Díaz. En contra de ella está apuntando toda la artillería del gobierno inconstitucional.

De este modo, desde una perspectiva objetiva, si no existe una alianza entre el chavismo y la oposición, existe por lo menos un punto objetivo de convergencia: la defensa irrestricta de la Constitución del 99. Ese punto es –o debería ser- el origen de una alianza política de dimensiones nacionales.

Una alianza tiene lugar entre por lo menos dos entidades las que al reconocer un enemigo común deciden sumar fuerzas para derrotarlo. Para que una alianza tenga lugar se requiere por lo tanto de las diferencias. Por lo mismo, las diferencias, lejos de ser un obstáculo, son la condición de una alianza.

Entre dos fuerzas similares no se requieren alianzas precisamente porque son similares. La aceptación de las diferencias es el requisito esencial de una política de alianzas, y esta última a la vez, es condición esencial de la política como tal. La política es, entre otras cosas, el arte de sumar y multiplicar y no de restar y dividir. Eso es lo que no logran entender algunos sectores anti-políticos de la oposición cuyo poder de difusión es afortunadamente menor a su poder político real. Los hay en dos matices: a un lado los puristas, al otro los aperturistas.

Los puristas son aquellos que bajo ninguna condición aceptan acuerdos con el chavismo constitucional. Para ellos chavismo es chavismo, el madurismo no es diferente al chavismo y pactar con grupos disidentes es traición. De más está decir que con esos opositores –en verdad, opositores a la oposición- no hay ninguna posibilidad de comunicación política.

Problemático es también el sector de los aperturistas. Los hay también en dos versiones. Una versión dura y otra suave. Unos sustentan la tesis de que hay que aceptar al sector chavista disidente, pero solo bajo determinadas condiciones, entre ellas que reconozcan sus pecados originales, que realicen una autocrítica y no pretendan en ningún caso imponer condiciones cuando llegue el momento de actuar juntos. El sector más suave en cambio, afirma que hay que recibir a los chavistas disidentes con los brazos abiertos, algo así como al hijo pródigo regresado al hogar después de haber errado su camino. Ambas posiciones parten, sin embargo, de un supuesto falso.

Ese supuesto falso está sustentado sobre la premisa de que el chavismo constitucional intenta sumarse a la oposición constituida y por lo tanto de lo que se trata es de recibirlos o de no recibirlos. El problema es que hasta el momento no se conoce a nadie dentro del chavismo constitucional que haya hecho una solicitud de ingreso a la MUD, o algo parecido. Todo lo contrario. En sus declaraciones los chavistas antimaduristas intentan diferenciarse de la MUD. Después de haber roto con lo que ellos llaman, desde su perspectiva, el madurismo, se entienden a sí mismos como una fuerza equidistante entre la MUD y el madurismo, algo así como la tercera fuerza de la política venezolana.

En otras palabras, los chavistas constitucionales no son saltadores de talanquera. Son chavistas. Pero a la vez son, o intentan ser, fundadores de un tercerismo político que busca un espacio de acción dentro del espectro político venezolano. El dilema, por lo tanto, no es si hay que aceptarlos o no. Se trata solamente de reconocerlos en lo que son y por medio del diálogo buscar con ellos algunos puntos de convergencia que puedan llevar a una alianza táctica en función del objetivo de los objetivos: restaurar en Venezuela a la Constitución del 99. Más sería demasiado.

Stalin no pidió a Churchill que se hiciera comunista ni Churchill exigió a Stalin que se convirtiera en un demócrata. Ambos concertaron una alianza frente al enemigo principal, Hitler, y gracias a esa alianza lograron derrotarlo. Eso es una alianza política: la unidad circunstancial de dos o más posiciones diferentes.

La historia del chavismo constitucional es, por lo demás, muy distinta a la historia de la MUD. Por esa misma razón ambas entidades mantienen un relato diferente con respecto a la misma historia. Los chavistas constitucionales, a diferencias de la oposición, han realizado una ruptura epistemológica que ha terminado siendo, como suele suceder, una ruptura política. No así la oposición la que, por supuesto, no ha necesitado de ninguna ruptura para oponerse primero a Chávez y después a Maduro.

Una ruptura epistemológica, en el sentido acordado por Gastón Bachelard al término (en su texto clásico “Filosofía de las Ciencias”) tiene lugar cuando en una narración es introducido un concepto que interrumpe y altera la continuidad discursiva. Ese nuevo concepto interruptor se llama, para el chavismo constitucional, “madurismo”.

De acuerdo al relato histórico del chavismo constitucional, el concepto de madurismo, entendido en discontinuidad con el de chavismo es producto de una ruptura epistemológica que antecedió a la ruptura política que hoy está teniendo lugar. O dicho así: lo que desde la perspectiva de la oposición constituida es percibido como continuidad, desde la perspectiva del chavismo constitucional es percibido como ruptura.

Por lo demás, la lógica de los chavistas constitucionales posee cierta coherencia. El chavismo del madurismo, se quiera o no, terminó siendo diferente- y en algunos casos, opuesto- al chavismo de Chávez. Las diferencias entre el chavismo y el madurismo son, para los disidentes chavistas, fundamentalmente cuatro.

La primera diferencia dice que, mientras el de Chávez era un gobierno que contaba con la mayoría absoluta de la ciudadanía, el de Maduro es un gobierno radicalmente minoritario.

La segunda dice que, mientras el de Chávez era un gobierno político-militar, el de Maduro se constituyó como un gobierno militar-político para llegar a ser después lo que ahora es, una dictadura puramente militar.

La tercera dice que mientras la fuente del poder de Chávez era electoral, la de Maduro es anti-electoral.

La cuarta dice que, pese a que Chávez faltaba a la Constitución, nunca renunció a ella como ha ocurrido con Maduro.

Que chavismo y madurismo son dos formas de un mismo régimen –como sostiene la oposición- es cierto. Pero también es cierto que mientras el primero correspondía a una forma ascendente, el segundo corresponde a una forma descendente. Si Chávez habría hecho lo mismo que hoy hace Maduro, o que Maduro es un Chávez sin plata, también puede ser cierto. Pero no es comprobable. Afirmaciones de ese tipo no tienen más valor que el que se deduce de simples conjeturas. Mucho más cierto es que Maduro está vivo y Chávez está muerto; y esa diferencia es muy comprobable.

Tanto en la vida profesional como en la pública debemos realizar alianzas, incluso con personas e instituciones que no nos gustan. Las hay a largo, a mediano y a cortísimo plazo. Puede ser que la que se pueda gestar entre el chavismo constitucional y la unidad opositora corresponda solo a la tercera categoría.

Tal vez ni siquiera sea una alianza sino un simple acuerdo puntual. No por eso menos necesario. En cualquiera de los casos, lo importante para que actúen fuerzas convergentes es reconocer, aceptar y respetar las diferencias que las separan. Exigir como condición para una acción común la renuncia a esas diferencias es condenarse a sí mismo a la más absoluta soledad. Dicha premisa vale tanto para la oposición como para el chavismo constitucional.

Sin alianzas no hay política.

Banda de ladrones. De Fernando Mires

Sin la justicia ¿qué serían de verdad los reinos sino bandas de ladrones? ¿Y que son las bandas sino pequeños reinos? (San Agustín, La Ciudad de Dios)

Fernando Mires, 11 junio 2017 / TALCUAL

El general Vladimir Padrino López declaró a José Vicente Rangel (El Universal 29/5/17) que “la crisis tendría solución hoy mismo si hubiese voluntad política y que el problema es de los políticos, no de la fuerza Armada, ni de la Iglesia ni de los empresarios”

Un observador poco avisado podría llegar a la conclusión de que el general dijo una verdad tan grande como un camión. Y deducido, además, que la culpa de la tragedia venezolana reside en los políticos “de ambos lados”; incapaces de llevar a cabo un diálogo constructivo frente a diferencias fáciles de resolver.

Sin embargo, cualquiera que siga con atención los acontecimientos venezolanos, podrá darse cuenta de que la verdad del general tiene el tamaño de una hormiga. Pues esa verdad esta construida sobre la base de tres grandes mentiras.

La primera es que uno de los supuestos interlocutores no puede ser un interlocutor político pues ha roto definitivamente con la política como medio de comunicación. En el hecho, quienes gobiernan son políticos- antipolíticos.

La segunda mentira es que hay un tema de discusión. Lo que existe es algo distinto: un dilema: si Venezuela va a ser regida por una Asamblea Constituyente impuesta por un grupo muy reducido o por la Constitución aprobada por la ciudadanía el año1999 bajo el gobierno del presidente Chávez.

La tercera mentira dice que la solución se encuentra en manos de los políticos. Quizás pudo haberlo estado alguna vez. Pero en los momentos en que Padrino dio la entrevista, cualquiera solución pasa por las manos de los militares. Militares que, al igual que los civiles del régimen, son consumados políticos de la anti-política

Intentaré a continuación extraer la verdad de esas tres mentiras.

De acuerdo a la primera mentira el régimen estaría formado por políticos dialogantes. Eso no es así. No como insulto, sino dicho en el estricto sentido de San Agustín, el régimen esta formado por “una banda de ladrones”. Si un director de cine decidiera hacer un filme sobre los últimos días del gobierno Maduro, podría titularlo perfectamente: “El régimen de los cinco robos”.

El primer robo ocurrió después del triunfo del 6-D. Mediante la creación de un TSJ formado por militantes del PSUV, el gobierno procedió a robar las atribuciones del Parlamento. Con ello robó, además, las competencias legislativas de la AN, eliminó la posibilidad del diálogo interpartidario y desconoció el dictamen derivado de la ciudadanía popular.

El segundo robo fue el del Referendo Revocatorio del 2016, procedimiento inscrito en la Constitución por voluntad del propio presidente Chávez.

El tercer robo fue el del Diálogo Nacional, diálogo al que accedió la oposición solo porque entre los mediadores estaba el Vaticano. Nadie podía prever que Maduro manipularía al Papa para frenar las movilizaciones desencadenadas por el robo del Revocatorio. El daño provocado por Maduro a la comunidad cristiana venezolana ha sido enorme. Sus verdaderas dimensiones todavía no han sido evaluadas.

El cuarto robo fue nada menos que el de las elecciones regionales pautadas para el 2016. Con ese robo, el régimen destruyó los restos de democracia formal que pervivían en el país.

Por último, la imposibilidad de frenar constitucionalmente a las elecciones, llevó al régimen a cometer el quinto robo: el más terrible de todos, el que nunca puede cometer un gobierno. No solo robó pedazos de Constitución como lo venía haciendo. Robó a toda la Constitución.

El país, ya nadie lo puede ocultar, está gobernado por una banda de ladrones.

La segunda mentira de Padrino, la que supone que existen objetos a negociar entre “los políticos”, no es más que un derivado del robo de la Constitución.

Como militar, Padrino sabe que lo único que no se puede negociar es la Constitución. La Constitución es una, es indivisible y es intransable. La Constitución es el acta fundacional que constituye a la nación. La Constitución es la nación puesta en forma. La Constitución es el vínculo que une a los ciudadanos con el Estado. Anular a la Constitución es traicionar a la patria.

Desde el momento en que Maduro intenta sustituir a la Constitución por una Constituyente de inspiración fascista, ha pasado a ser un presidente anti-constitucional. ¿Cree el general Padrino que con buena voluntad se puede negociar la Constitución de todo un país?

Destacados constitucionalistas han sometido el proyecto de la Constituyente a intensos exámenes. Todos, coincidiendo con la impecable presentación de la fiscal Luisa Ortega Díaz, han determinado que se trata de un texto ilegítimo e ilegal, tanto en su origen como en su contenido y sentido.

En su origen, porque no ha nacido de una comunicación entre gobierno y pueblo (la verdad, nunca nadie salió a la calle a pedir una Constituyente). En su contenido, porque altera la progresión democrática de los derechos humanos. Y en su sentido, porque su objetivo principal es la anulación del sufragio universal.

Hay incluso confesiones de partes que eximen pruebas. Con la Constituyente, dijo Isaías Rodríguez, liquidaremos a la oposición. Con la Constituyente, dijo Diosdado, terminará la inmunidad política. Con la Constituyente, dijo Iris Varela, acabaremos con la Fiscal y la Fiscalía.

Así ha quedado revelada la verdadera intención del régimen: la Constituyente de Maduro no tiene otro propósito que no sea impedir por todos los medios la elecciones democráticas, es decir, el derecho más elemental de todos los pueblos de la tierra.

La Asamblea Constituyente de Maduro/Cabello certifica el nacimiento de una nueva dictadura militar – sí Padrino, militar- en América Latina. Hasta la Constitución de 1980 dictada en el Chile de Pinochet puede ser vista hoy como un primor democrático comparada con la que intenta imponer Maduro.

La tercera mentira emitida por el general Padrino aparece cuando afirma que la solución se encuentra en mano de los políticos y no de los militares. Mentira muy grande si se tiene en cuenta que Padrino es miembro de la Junta Cívica Militar formada por Maduro. Padrino, como otros generales, aunque practican una política anti-política, son militares políticos ocupando puestos políticos.

Fue el mismo Maduro quien expuso con su brutalidad acostumbrada la relación entre la Asamblea Constituyente y las FANB. Ocurrió cuando dijo: “O Constituyente o guerra”. A diferencia de otras, esta no fue una simple bravuconada. Pues una guerra solo puede ser realizada entre dos. O entre el ejército contra la ciudadanía en las calles, o entre un ejército dividido entre constitucionalistas y maduristas. ¿Cómo puede ser llevado a cabo un diálogo político con un presidente que amenaza a su pueblo y a su ejército con guerras?

Sin embargo, hay un punto en el cual el general Padrino tiene cierta razón. Es cuando dice “la crisis podría solucionarse hoy mismo si hubiese voluntad política”. Efectivamente, el mismo general Padrino, con un poco de voluntad política, podría resolver la crisis en muy poco tiempo. No con un golpe militar (¿para qué?, los militares están en el poder) Bastaría que dijera solo una frase. Esa frase es: “Las FANB solo reconocen la vigencia de la Constitución de 1999, la misma que juramos defender”. Ni una sola palabra más.

Al día siguiente de ser pronunciada esa frase, la paz volvería al país. No habría más muertos sangrando por las calles. Los niños irían a las escuelas, novias y novios se besarían en los parques, los políticos comenzarían a prepararse para las próximas elecciones, y el ejército sería respetado, no por haberse puesto al servicio de una banda de ladrones, sino por haber cumplido con su deber, acatando la letra y el espíritu de esa Constitución que una vez fue chavista y hoy es de todos.

No basta denunciar atrocidades; hay que impedirlas. Para eso hay que decir solo una frase. ¿Por qué Padrino no pronuncia esa frase? ¿Intoxicación ideológica? ¿Negociados ilícitos? ¿Falsas y absurdas juramentaciones? ¿O todo a la vez? Los historiadores, en un muy próximo futuro, lo descubrirán.

San Agustín tenía razón: sin justicia (sin Constitución) los reinos (los gobiernos) son simples bandas de ladrones.

DESPUÉS DEL 19-A (diez tesis). De Fernando Mires

Fernando Mires, politólogo chileno en la Universidad Oldenburg/Alemania

Fernando Mires, 21 abril 2017 / POLIS

  1. El 19-A, día en que tuvo lugar la demostración de masas más grande de toda la historia venezolana, no era un objetivo en sí. La oposición organizada en sus partidos anunció que en esa fecha tan llena de contenidos, comenzarían a tener lugar duras jornadas cuya culminación deberá ser el restablecimiento del orden constitucional destruido por el régimen dictatorial. Desde esa perspectiva, el 19-A ha sido el día de un nuevo comienzo: el de un alzamiento del pueblo democrático venezolano en contra de la Junta Militar-Civil cuyos rostros más visibles, además de el de Maduro, son el del general Padrino-López y el del capitán Diosdado Cabello.
  2. El 19-A ha sido develada la principal contradicción del enfrentamiento que hoy tiene lugar: el de una ciudadanía plural y políticamente organizada en partidos, movimientos e instituciones, en contra de una dictadura militar minoritaria, antinacional y antipopular. Se trata, dicho en breve, de un antagonismo entre sociedad civil y Estado. En el marco de esa contradicción, el régimen de Maduro ha mostrado su verdadera personalidad. Despojado del nimbo populista del chavismo originario, el madurismo se inscribe en las filas de las dictaduras militares más tradicionales del continente latinoamericano.
  3. La oposición, a pesar de sus múltiples diferencias, ha sabido orientar su acionar en torno a cuatro puntos que la unifican. En una lucha pacífica, democrática, constitucional y electoral. Puntos no escogidos al azar. Ellos surgieron como negación de una dictadura que se define por su carácter violento, anti-democrático, anti-constitucional y anti-electoral. No sin razones puede afirmarse entonces que el verdadero y único programa de la oposición unida –digámoslo así: el mapa de su ruta- es, o ha llegado a ser, la Constitución Nacional. Por eso mismo, el 19-A puede ser considerado como el día en que tuvo lugar el inicio de un gran movimiento constitucionalista y popular.
  4. El 19-A ha revelado el sentido histórico-político del gran triunfo obtenido por la oposición el 6-D. En contra de los derrotistas que propagaban la mentira de que el 6-D había sido un triunfo sin trascendencia, los sucesos de 2017 han demostrado que la AN nació para que el pueblo la defendiera, es decir, para que en su defensa se articulara como pueblo político. A la vez, defender el triunfo electoral del 6-D no solo obliga a defender las elecciones del pasado, sino las del futuro, precisamente las que hoy niega el régimen.
  5. Entre la defensa del triunfo del 6-D y la defensa de las elecciones pautadas en la Constitución, existe una estricta unidad. No se puede defender lo uno sin lo otro. A esa unidad indisoluble se han unido durante el trayecto otras exigencias como son la libertad de los presos políticos, la nulidad de las inhabilitaciones a los líderes y un canal humanitario para paliar, aunque sea en parte, el hambre y la miseria a la que tiene sometida la dictadura a la población de su país.
  6. No hay ninguna contradicción entre exigir el fin del régimen de Maduro y a la vez la inmediata convocatoria a elecciones. Por el contrario: la lucha por elecciones libres ha hecho posible ese inmenso apoyo internacional que hoy tiene la oposición. A la vez, imponer elecciones libres significa salir de la dictadura. Por eso, el llamado a elecciones libres –tengan lugar o no- debe ser considerada como la más radical de las exigencias. Por el contrario, exigir la caída de Maduro pasando por alto la razón electoral, delegaría todas las esperanzas a una hipotética ruptura al interior de las FANB, rupturas desde donde deberían surgir supuestos generales redentores de la nación. Por esas razones, todo llamado a derribar a Maduro sin exigir elecciones libres, es directa o indirectamente golpista. Sin elecciones de por medio, solo los militares pueden derribar a Maduro.
  7. No se excluye por supuesto que los militares puedan experimentar rupturas o divisiones, como ha sucedido en diversos procesos históricos. Pero esas solo pueden ser posibles si los militares son confrontados directamente con la Constitución y no con llamados a derribar a una dictadura de la cual no pocos de ellos forman parte. Pues en la Venezuela de Maduro los militares no solo cumplen la función de defender a grupos en el poder. Ellos mismos son parte del poder; y como militares, no siempre entienden la diferencia entre el poder y la violencia.
  8. El quiebre del estamento militar es solo una hipótesis entre varias. Pero intentar hacer política en torno a hipótesis o escenarios imaginarios, es renegar de la política. Eso no impide mantenerse preparados frente a la posibilidad de que se produzcan acontecimientos inesperados. La historia del futuro no está escrita.

  9. La dictadura de Maduro, como toda dictadura, es una dictadura militar. Bajo esas condiciones, los militares, si acceden directamente al poder, puede que lo hagan solo para cambiar una dictadura militar con Maduro por una dictadura militar sin Maduro. En pocos países del mundo, en Venezuela menos, los militares se han caracterizado por ser baluartes de la democracia. Así lo ha entendido el presidente de la AN, Julio Borges, quien se dirigió en los momentos previos al 19-A a las FANB no para invitarlas a hacerse de un poder que en el hecho ya tienen, sino para exigirles el mínimo respeto que merece la Constitución Nacional. A la misma a la cual juraron obediencia. Más no se les debe pedir.
  10. Las jornadas iniciadas el 19-A han sellado una triple unidad. Unidad entre los partidos. Unidad entre los líderes con sus representados, líderes que lo han dado todo poniendo incluso en juego la integridad corporal. Y, no por último, unidad de la oposición con los gobiernos democráticos del mundo y con esa solidaria OEA dirigida por Luis Almagro. Si esa triple unidad se mantiene, los días que anuncian el fin de la dictadura no se verán muy lejanos.

Venezuela: GOLPE AL PUEBLO. De Fernando Mires

JULIO BORGES, presidente de la Asamblea Nacional venezolana, rompiendo la sentencia del Tribunal Supremo de Justicia que anula las facultades del parlamento

Fernando Mires, 1 abril 2017 / POLIS

Llámenlo como lo llamen – golpe al parlamento, golpe blando, golpe seco, golpe incruento, golpe de estado, golpe en el estado – lo cierto, lo evidente, lo claro, es que el gobierno de Nicolás Maduro y el grupo que lo rodea, llevó a cabo, apoyado en un TSJ -cuyos miembros fueron elegidos a dedo por el propio gobierno- un golpe a todo el pueblo venezolano. Hecho que solo encuentra algunas similitudes con el “fujimorazo” del 1992 en el Perú, delito que Fujimori todavía paga con cárcel.

Lo que no esperaba el grupo que rodea a Maduro, camarilla que gobierna autonomizada del propio partido de gobierno, fue el imponente rechazo de la OEA, de la gran mayoría de los gobiernos y parlamentos latinoamericanos, de los EE UU y de la UE. Tampoco contaban con la disposición unitaria de la mayoría de los partidos de la MUD para defender a la Asamblea. Ni con la impresionante actitud del presidente de la AN, Julio Borges, quien haciendo uso de la dignidad de su cargo, llamó a la ciudadanía a las calles a defender a su único organismo de representación: a esa Asamblea que ha llegado a ser el parlamento del pueblo.

La declaración hecha por la fiscal general de gobierno, Luisa Ortega Díaz, bautizando como inconstitucional la atrocidad cometida por el grupo civil-militar de gobierno a través del TSJ, sorprendió a todo el mundo. No importan por el momento las razones por las cuales la señora decidió dar paso tan importante. Sea por el arrepentimiento de una persona que ve confrontada la esencia de su profesión, sea por una maniobra buscada por Maduro para -a través de la fiscalía general- retroceder ante la avalancha de protestas nacionales e internacionales, lo cierto es que el chavismo ya no puede ocultar las profundas grietas que lo atraviesan. Si esas grietas llegan hasta las FAN, es por el momento sospecha o hipótesis. Pero quienes conocen a la fiscal, aseguran que ella nunca va a dar una batalla sola. Las palabras de su texto no dejan duda, además, de que están dirigidas a una fracción en el poder. Probablemente a las mafias que controla Diosdado Cabello. Dijo Ortega Díaz:

“En recientes decisiones signadas con los números 155 y 156 de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia se evidencian varias violaciones del orden constitucional y desconocimiento del modelo de Estado consagrado en nuestra Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, lo que constituye una ruptura del orden constitucional. Es mi obligación manifestar ante el país mi alta preocupación por tal evento”

El gobierno, si todavía tenía alguna gota de legitimidad, después de las declaraciones de la fiscal terminó por perderla dentro de sus propias filas. Maduro, o quienes actúan en su nombre, aunque ahora lleve a cabo -dicho en su jerga- un “retroceso táctico”, buscaba despojar al pueblo de su soberanía. Ese es el hecho objetivo. El 30-M tuvo lugar un intento de crimen de Estado.

Vanos y grotescos serán los intentos realizados por Maduro y el Consejo Nacional de Defensa para desmarcarse del golpe al pueblo. Basta recordar que pocas horas antes de que Maduro comenzara a dar muestras de tardía rectificación, dos testaferros del mismo Maduro, Aristóbulo Istúriz y Hermann Escarrá, habían ya justificado el golpe con argumentos seudopolíticos y seudojurídicos. El primero acusando de golpista nada menos que a la AN (¡!) El segundo postulando una ridícula teoría de acuerdo a la cual el TSJ es entendido como un poder supraestatal.

Algunos políticos latinoamericanos y europeos se manifestaron sorprendidos por el golpe. No así quienes han seguido con atención la línea del régimen, entre ellos, el Secretario General de la OEA, Luis Almagro. Para quienes conocen la historia reciente de Venezuela, la inhabilitación de la AN fue solo el acto final de un proceso que comenzó cuando el régimen declaró la nulidad del revocatorio (RR16), alternativa introducida en la constitución por el propio gobierno de Chávez. El segundo paso golpista fue la negativa del gobierno Maduro a convocar a las elecciones regionales del 2016. La inhabilitación de la AN, o tercer paso, no fue más que la consecuencia lógica de los dos primeros pasos.

En otra palabras, el golpe al pueblo no fue realizado de repente sino en tres capítulos: El robo del referendo revocatorio (RR), la supresión de las elecciones y las inhabilitación de la AN. El del 30-M fue entonces el resultado de un golpe progresivo y planificado. Eso significa para la oposición que ninguna promesa de dialogo puede ser aceptada si el gobierno no restituye el curso constitucional dando rápido curso a todas las elecciones previstas. Pero no elecciones como promesa vacía o vaga, sino con calendario en mano y con fechas muy precisas e impostergables. Sin prontas elecciones, la AN, institución fundada sobre las elecciones, continuará siendo una institución proscrita aunque Maduro y sus secuaces hagan un simulacro de rectificación.

Si la oposición accede a un diálogo sin previa existencia de una condición tan elemental como es la celebración de elecciones libres y soberanas, no solo cometería un acto de torpeza como ocurrió durante el diálogo que siguió al robo del RR. Sería, además, un acto de abierta colaboración con el régimen dictatorial.

Un proceso democrático, para que exista, debe ser pacífico, constitucional y electoral. Ruta que, por lo demás, no impuso la oposición a la ciudadanía sino la ciudadanía a la oposición. La prueba es que, hasta ahora, los grupos ultrarradicales y los grupos colaboracionistas continúan siendo, dentro de la oposición y en todo el país, absolutas minorías.

Elecciones ahora y ya. No hay otra salida para la oposición. Para el gobierno, quizás, tampoco.

Nota: estas líneas han sido escritas sobre la marcha de acontecimientos que se precipitan hora a hora. Tienen, por lo mismo, un carácter y un sentido provisorio. Ya vendrán los tiempos en los cuales podremos desarrollar teorías con más precisión, profundidad y calma.

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