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Confrontación y diálogo. De Fernando Mires

Confrontación y diálogo: dos modos de hacer política a los que suele considerarse excluyentes olvidándose que el uno no se puede constituir sin el otro.

©Fotografía de Andrés Kerese [01/09/2016]

Fernando Mires, 18 marzo 2017 / PRODAVINCI

Confrontación y diálogo son, en efecto, dos dimensiones de la política. Lo importante es que no existan separadas. La confrontación sin posibilidad de diálogo conduce a callejones sin salida, cuando no al imperio de la violencia. El diálogo sin confrontación lleva a la disolución de la política como sustitución de la guerra pues sin peligro confrontacional la política carece de sentido. Un diálogo sin confrontación puede ser incluso más peligroso que una confrontación sin diálogo pues al ser abandonada la confrontación desaparece la política (la política es confrontación) y así quedan todos los caminos abiertos para la violencia.

Llamémoslos enemigos en sentido clásico, o adversarios en sentido más civilizado, o simplemente contrarios u opuestos, lo cierto es que sin antagonismos en los campos de confrontación y diálogo, la política estaría de más.

La oposición de los contrarios, vale decir, el reconocimiento de la existencia de antagonismos es la base de toda lógica política. O aún más claro: el diálogo, para que sea político, debe ser el resultado de una confrontación real o potencial. Primero la confrontación (o su inminencia). Después el diálogo. Nunca al revés.

La confrontación, no el diálogo, ocupa el lugar preeminente o sobredeterninante -si empleamos un término psicoanalítico- en la política. Un diálogo sin confrontación solo se da en las relaciones amistosas. Pero la política fue inventada para relacionar a los enemigos y no a los amigos. Por lo mismo, el diálogo no puede sustituir a la confrontación. Incluso el diálogo, en política, ha de ser confrontacional. De otra manera no es político.

Siendo entonces la confrontación y no el diálogo la variable fundamental, la tarea principal de la política es localizar y conocer exactamente al enemigo. Solo frente a un enemigo delimitado, personificado en nombres y apellidos, y nunca ideológico, adquiere la política su razón de ser.

Entre dos fuerzas políticas enemigas las confrontaciones pueden ser dirimidas a través del diálogo. Pero para eso es necesario que las confrontaciones o su inminencia, existan previamente.

¿Qué sucede en cambio cuando una fuerza política debe enfrentar a una fuerza no política o precariamente política? En este caso no puede haber diálogo. Pero tampoco puede haber solo confrontación, pues ella nos aleja de la política y nos lleva a la guerra. La tarea de la fuerza política, bajo esas condiciones, es forzar la politización (re-constitucionalización) del enemigo. Para que eso ocurra, hay que demostrar frente a ese enemigo una disposición a avanzar más allá de la política, aunque siempre en defensa de la constitucionalidad de la política. Eso implica por una parte, la decisión de llevar la confrontación hasta sus últimas consecuencias. Por otra, acosar al adversario con las fuerzas que se tienen y no con las que se quisiera tener.

En las confrontaciones internacionales, muchos gobiernos no políticos han debido politizar sus relaciones con el adversario cuando este dispone de una superioridad militar abrumadora y de la decisión de imponerla por medios no políticos si eso fuera necesario. Como es sabido, hasta las armas atómicas han sido convertidas en medios políticos disuasivos y como tales, bajo determinadas condiciones, han jugado, aunque parezca paradoja, un rol pacificador.

En las confrontaciones nacionales sucede, en cambio, lo contrario: las armas suelen sucumbir frente a la superioridad numérica y constitucional de las fuerzas políticas y de sus alianzas internacionales. Un diálogo, vale decir una negociación, solo puede ocurrir en esos casos cuando las fuerzas políticas han dirimido fuerzas con las no políticas, o por lo menos, cuando han mostrado la decisión de enfrentarlas hasta las últimas consecuencias. Para poner un ejemplo: el diálogo de la oposición chilena con la dictadura fue posible no solo cuando esta fue derrotada en un plebiscito sino cuando el pueblo apareció en las calles para defender y celebrar ese triunfo. Otro ejemplo: el diálogo gobierno- FARC solo fue posible en Colombia después que las FARC fueran militarmente derrotadas. Entre Uribe y Santos, visto objetivamente, hay más continuidad que ruptura. Durante Uribe, Santos fue incluso más confrontacional que Uribe.

Cada momento tiene su política. Cada política tiene su momento. Equivocar el momento suele ser en política, fatal.

Un diálogo sin confrontación, o sin posibilidad de confrontación, no lleva a ningún lugar. Y es evidente: sin confrontación (o sin posibilidad de confrontación) no hay nada que negociar.

La expresión más política (civilizada), es decir, no violenta, de una confrontación son las elecciones. Las elecciones son a la política lo que las batallas a la guerra.

Si un adversario en el poder no admite elecciones no puede, en consecuencias, haber diálogo hasta que ese adversario sea obligado a someterse al veredicto popular. Los diálogos en política han sido, son y serán siempre, eventos post-electorales. Esa es la razón por la cual todos los movimientos democráticos de la modernidad han opuesto frente a las dictaduras y autocracias la lucha por elecciones libres y secretas.

Elecciones es la palabra que separa -en términos definitivos y absolutos, vale decir, sin relativizaciones ni apelaciones jurídicas- a una dictadura de una democracia. No hay otra palabra.

Cuando a favor de una fuerza política se encuentra la mayoría nacional, la hegemonía cultural, la constitución, y la disposición de luchar por la vía electoral hasta las últimas consecuencias, la fuerza bruta del enemigo tendrá que ceder. Todos los ejemplos históricos lo confirman. Después vendrán los momentos del diálogo.

 

Hay que defender a esa luz que vino de Atenas. De Fernando Mires

Adolf Hitler posiciona sus tropas en el congreso del partido Nazi. Núremberg, Alemania. 10 de septiembre de 1935

Adolf Hitler posiciona sus tropas en el congreso del partido Nazi. Núremberg, Alemania. 10 de septiembre de 1935

FernandoMires-1451Fernando Mires, 3 marzo 2017 / PRODAVINCI

Muchos hablan de populismo para referirse a movimientos políticos que han signado a la política de América Latina durante los dos últimos decenios y a la de Europa de los tiempos actuales. Pero no hay populismo sin apellidos. Así lo aprendimos de Ernesto Laclau, teórico del populismo por excelencia.

Laclau vio incluso en el fascismo una forma de populismo. Hay populismos democráticos y antidemocráticos, formuló hace un par de años Chantal Mouffe, apuntando en la misma dirección que Ernesto.

Esa es la razón por la cual algunos hemos decidido renunciar al uso exagerado del concepto populismo. Son en verdad muy diferentes las realidades a las que alude. Seguir denominando como populista a un movimiento fascista y a uno democrático a la vez, oscurece en lugar de aclarar.

prodavinciLo dicho vale para la Europa de 2017 donde estamos asistiendo al surgimiento de fenómenos de masas que portan consigo características similares a las de los movimientos fascistas y comunistas que hicieron su puesta en escena durante las décadas de los veinte y de los treinta del siglo pasado. Populistas, los llaman.

Neofascistas, he denominado sin vacilar a algunos de ellos en diferentes artículos. Y lo he hecho no para insultarlos sino porque en sus más diferentes versiones contienen tres elementos propios al fascismo originario:

1. Relación directa entre masa y líder (sin mediaciones interestatales)
2. Identificación de un enemigo común.
3. Revuelta en contra de la democracia liberal y sus instituciones.

Tanto Putin, Erdoğan, Trump, Orbán, Wilders, Le Pen y Petry, desde distintas naciones, gobiernos y partidos, coinciden en su enemistad declarada a la democracia liberal, a los valores que representa y a las instituciones que la sostienen. La política es concebida por ellos como una relación directa entre masa y líder. Todos se declaran enemigos de la división de los poderes, según ellos, un impedimento para el decisionismo del poder supremo. Por eso Putin, Orbán, Erdoğan, Trump, y en América Latina, Maduro, Morales y Ortega, gobiernan mediante decretos.

El objetivo común a todos esos autócratas y aprendices de autócratas, al igual que los defensores de los totalitarismos de ayer (comunistas y/o fascistas) es la destrucción del Estado democrático y su sustitución por uno autocrático. Steve Bannon, ideólogo de Trump, lo ha dicho de un modo radicalmente sincero: “Hay que destruir al Estado”.

La tesis de la destrucción del Estado —propia a los movimientos neofascistas de nuestro tiempo— no es nueva. Marx la adoptó de su amigo/enemigo, el anarquista Bakunin, e intentó darle, aunque sin éxito, un formato científico. Los liberales económicos y sus hijos, los neoliberales, mucho más cerca del anarquismo que del liberalismo político, imaginaron a su vez que la economía debía ocupar el lugar del Estado. Y así como Lenin, ordenó ¡todo el poder a los Sóviets! (sin parlamento y sin justicia) los neoliberales corearon después: ¡todo el poder a las empresas!

Para comunistas, fascistas y liberales económicos, es la gran paradoja, la tesis de la supresión del Estado fue elaborada no para suprimir el poder sino para fortalecerlo. Pues al Estado también pertenecen instituciones de contra-poder como son el parlamento y una justicia independiente, destinadas a contrarrestar y controlar al ejecutivo. Así se explica por qué algunos dictadores de nuestro tiempo, desde Putin, pasando por Erdoğan, hasta llegar a Maduro, orientan sus esfuerzos a destruir a los parlamentos y a la justicia, es decir, a la sustancia misma del estado democrático.

La utopía de las dictaduras ha sido y es la de crear gobiernos-estados: el poder librado a su más brutal expresión ejecutiva (y militar). Esa es la razón por la cual la tarea de los demócratas ha sido, es y será, la de defender al Estado. Pues sin Estado no puede haber política.

Defender al Estado y a sus instituciones es defender a la razón y al sentido de la política de sus enemigos. Sean ellos fascistas y comunistas como ayer, o putinistas, erdoganistas y maduristas como hoy. E incluso —si las cosas se dan en los EE.UU. de acuerdo a las palabras de Bennon— trumpistas.

La democracia de nuestro tiempo surgió, no hay que olvidarlo, de un pacto no firmado entre tres tendencias políticas de la modernidad: la democracia social, el liberalismo político (no confundirlo con el económico) y el conservativismo de inspiración cristiana. Sus representantes son hoy atacados y ridiculizados por los enemigos del Estado democrático. En cambio los líderes antiestablishment (antiestado) en su mayoría personajes incultos y brutales, son elevados como modelos frente a los políticos (“la élite” en el lenguaje neofascista) es decir, frente a los defensores del Estado y sus instituciones, caracterizados por ellos como complacientes, progres y buenistas.

Hoy como ayer asistimos a una rebelión antipolítica hecha en nombre de la política pero en contra de la política.

Hace ya muchos siglos la barbarie espartana logró destruir a la democracia, a la cultura y a las instituciones de los atenienses. Según Hannah Arendt, el ideal de la armonía que cultivaban los atenienses terminó por volverse en contra de Atenas. Hoy, sin embargo, los demócratas tenemos una segunda chance. Ha llegado la hora de pasar a la ofensiva, identificar a los enemigos de la democracia y combatirlos donde estén. Frente a ellos no se puede ser buenistas.

Se avecinan batallas políticas decisivas en Holanda, Francia y Alemania. De la suerte de las elecciones en esos tres países dependerá —creo que no exagero— el futuro de la democracia en Europa. Y tal vez en el mundo entero. Hay que salvar a la luz de Atenas frente a la oscuridad que avanza desde las Espartas del siglo XXl.

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Nunca más populismo. Argumentos a favor de la supresiónde un concepto inútil; por Fernando Mires

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EL FRENAZO. De Fernando Mires

Politólogo chileno radicado en Alemania

Politólogo chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, 5 noviembre 2016 / POLISMIRES

Desconcierto, irritación, enojo, y otros sentimientos nada positivos fueron los que despertó en primera instancia la decisión de la MUD de suspender la marcha a Miraflores anunciada por Henrique Capriles el 26-O. Las escuetas explicaciones ofrecidas por Henry Ramos Allup contribuyeron a atizarlos. Los enemigos internos de la MUD, así como esa cáfila de tuiteros conocida como “la oposición a la oposición” comenzaron a vivir horas de fiesta. Al fin la MUD se había quitado la careta. Su cobardía quedaba al desnudo. Había llegado el momento de volverle las espaldas y plegarse a las voces disidentes de la MUD para marchar con todo hacia Miraflores.

La verdad, “el frenazo” fue muy brusco. Todo parecía marchar por “el lado correcto de la historia”. Sobre todo después de que el régimen robara el RR16 y con ello el derecho de los ciudadanos a elegir y a des-elegir. La marcha a Miraflores iba a ser el comienzo del final. El pueblo destronaría a Maduro, el ejército se pasaría a las masas insurrectas y los dirigentes de la oposición llamarían a nuevas elecciones. Y de pronto la contraorden de la MUD del 01 de Noviembre lo enfrió todo. La marcha a Miraflores fechada para el 3-N fue suspendida, hasta nuevo aviso, a petición del Papa.

Probablemente si la MUD hubiese convocado a una simple marcha callejera y esta hubiera sido suspendida, “el frenazo” no habría sido tan brutal. El problema es que fue convocada hacia Miraflores y Miraflores, en la reciente historia venezolana, es una palabra mítica.

Si bien Henrique Capriles intentó explicar que Miraflores no es más que un edificio público situado en un lugar hacia el cual todo ciudadano tiene el derecho a marchar, lo cierto fue que muchos, en su imaginación encendida, entendieron la marcha a Miraflores como “la toma de Miraflores”. Maduro y Cabello en sus militarizadas cabezas la entendieron, dicho con toda seguridad, del mismo modo.

Miraflores ocupa desde los acontecimientos de Abril del 2002 un lugar privilegiado en la mitomanía venezolana. Desde que los militares, montados sobre desordenadas manifestaciones derrocaran a Chávez para volver después a ponerlo, Miraflores ha sido visto por muchos como el centro no simbólico sino real del poder. Como escribiera Paulina Gamus en un artículo que tuvo el efecto de arrojar un saludable balde de agua fría sobre las cabezas más calientes, Miraflores ocupa en determinados sectores de la oposición venezolana el lugar de “la tierra prometida”.

¿Qué habría sucedido si hubiera tenido lugar la marcha a Miraflores tal como la entendían algunos de los convocados? preguntó con su directo realismo Paulina. La respuesta: o una masacre de enormes proporciones, o una hábil maniobra del régimen, invitando a dialogar en Miraflores, o un golpe militar que derrocaría a Maduro para instaurar un madurismo militar sin Maduro. O simplemente –se puede agregar- un “aquí no ha pasado nada” y calabaza, calabaza, cada uno pa su casa.

Pese a que la oposición también ha rendido tributo al mito Miraflores, su tarea será la de explicar en los días que sigan a la suspensión de la marcha, por qué Miraflores no es la torre de la Bastilla ni el Palacio de Invierno. Deberá explicar, además, que el dilema no es ir o no ir a Miraflores sino restaurar el principio constitucional de las elecciones libres y soberanas, principio violado por Maduro, Cabello y su gente. En otras palabras, que el tema central no es la ocupación  de Miraflores sino la vigencia del RR16 o en su defecto, el adelanto de las elecciones presidenciales, lucha enmarcada por una vía electoral, pacífica, constitucional y democrática. Como se ha dicho siempre. Como debe ser.

Generalmente las movilizaciones sociales y políticas no excluyen el diálogo, siempre y cuando ese diálogo no obstruya ni destruya a las movilizaciones. En el reciente caso venezolano, el llamado papal no solo interfirió a las movilizaciones sino, además, desactivó a la protesta internacional, los gobiernos latinoamericanos encontraron el pretexto para desentenderse del candente tema en nombre del diálogo, y en el interior del país, desmovilizó a las fuerzas opositoras.

La oposición, sin embargo, no tenía otra salida que acatar el llamado papal. Las razones son varias. Esa misma oposición había solicitado con anterioridad la mediación papal. Mal podía negarla si después de la visita de Maduro al Papa, el Vaticano ofrecía sus artes mediadoras. Después de todo el Papa no es cualquier tipo.

Dejemos de lado -no vale la pena gastar palabras con esa gente- a quienes ven en Francisco un Papa populista, miembro de una conspiración internacional en la que participan Obama y la señora Merkel y cuyo objetivo es frenar las luchas democráticas en aras de la estabilidad mundial.
El Papa es, antes que nada, representante máximo de una Iglesia cuya religión –así lo escribió Hannah Arendt (como elogio y no como crítica)- es la más antipolítica de todas. No es una religión de libro, sus mandamientos judíos están circunscritos al plano religioso y, por si fuera poco, sobre toda ley pone el principio del amor a Dios y al próximo, incluyendo a nuestros enemigos.

Fue Benedicto XVl quien desde su perspectiva profundamente teológica admitió que la Iglesia contrajo un compromiso con la democracia occidental, no por decisión política, sino porque es la forma de gobierno que mejor garantiza la libertad de pensamiento y de culto, a diferencia de los regímenes dictatoriales, en su mayoría de índole teocrático o idolátrico (el carácter idolátrico del chavismo no escapa seguramente a la mirada vaticana).

El poder del Papa es un poder espiritual. Justamente por eso –es la paradoja- el Papa, a diferencia de los representantes de otras religiones, es solicitado como mediador en diversos conflictos nacionales e internacionales. Y el Papa, por ser Papa, no puede pronunciarse sino por la paz y por la armonía entre y dentro de las naciones.

El rol del Vaticano no es por lo tanto tomar partido, y si lo toma debe hacerlo en contra de toda confrontación y conflicto (o si no, no sería mediador). El problema, es que sin confrontación ni conflicto, no hay política. Pero como el Papa no puede ni debe suprimir a la política, su tarea es evitar que la política sea desbordada y llegue a transformarse en una guerra. Eso explica la presencia de su enviado en Venezuela, país cuya gran mayoría profesa la confesión católica. Con ciertos ribetes paganos sí, pero católica.

Bajo esas condiciones la oposición no podía sino aceptar la mediación papal, acatar sus disposiciones y acceder a sus solicitudes en aras de una paz que, frente a las condiciones de guerra interna impuestas por el régimen militar de Maduro (su palabra más recurrente es guerra) solo puede convenir a la oposición. Más todavía si la exigencia de la oposición es el restablecimiento de la norma constitucional violada por el régimen.

La oposición, en verdad, no tiene nada que negociar. Su petición es solo una: que el régimen acate la Constitución. Dentro de esa Constitución está el Revovacorio y la liberación de los presos políticos. Fuera de la Constitución solo está la dictadura, la represión y las cárceles.

Naturalmente, la MUD es conciente de que el régimen, con la mediación papal, solo busca reconocimiento democrático internacional y ganar tiempo al “enemigo”. Para obtener lo primero ha liberado a algunos presos políticos. De a poco, tal como hacen los asaltantes de banco cuando toman como rehenes al personal y sueltan uno a uno a cambio de concesiones. Espectáculo cruel y deplorable. Para obtener lo segundo, utilizará la buena voluntad papal y solicitará alargar al máximo los plazos de mediación. La MUD deberá ser en ese punto implacable. Los plazos no pueden alargarse hasta el infinito. No más de una semana, dijo Capriles.

El régimen no está en condiciones de exigir nada. Solo debe restablecer la Constitución. Con la Constitución restablecida no habrá presos políticos y las elecciones deberán ser fijadas en el tiempo más rápido. En esas circunstancias lo más probable es que el diálogo fracasará. Pero no será por culpa de la MUD. Y esto es muy, pero muy importante.

La MUD, como representante de los partidos de la oposición está facultada para convocar y por lo mismo para desconvocar. De acuerdo al principio de delegación no está obligada a dar cuenta de cada uno de sus pasos. Pero si se trata de un viraje, o en este caso, de un “frenazo”, sí debe dar cuenta clara a sus seguidores. Ojalá por escrito, en un comunicado público puesto al alcance de cada ciudadano. Si no lo hace se expone a pagar altos precios políticos, a fomentar la división y a crear innecesarias desmovilizaciones.

Padecemos de un problema comunicacional, han dicho algunos dirigentes de la MUD. Puede que así sea. El problema, sin embargo, no es técnico. Obedece a una concepción política muy latinoamericana de acuerdo a la cual los movimientos están divididos en vanguardias y en retaguardias. Estas últimas son concebidas como masa en permanente disposición a la que es posible movilizar para allá o para acá. Pero los seguidores de la MUD no son iguales a los del PSUV.

La MUD es un frente de partidos, es decir de partes diferentes. Por lo mismo, sus divisiones son inevitables. En ciertas ocasiones, necesarias. Los simpatizantes y partidarios de la MUD son deliberantes. A través de las redes y de otros modos de comunicación forman –a veces de modo muy primitivo- diversas opiniones. Pueden transformarse en multitudes pero no son “masa” en el sentido tradicional del término. Piensan y actúan. No son objetos, son sujetos. Saben cuando hay que ir a una manifestación o cuando hay que quedarse en casa. Por eso hay marchas que han sido escuálidas y otras apoteósicas. En suma, los partidarios de la MUD no son solo público. Son actores políticos y como tales deben ser informados. Sobre todo cuando se toman decisiones tan fundamentales como fue “el frenazo”.

Lo último ha sido escrito en un tono muy crítico pero a la vez muy solidario.