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La miseria del abstencionismo venezolano. De Fernando Mires

Revive el debate sobre participar o no en las elecciones presidenciales convocadas por Maduro. La MUD, la coordinadora de los partidos de oposición, no inscribió candidato. Pero ante el hecho que uno de sus dirigentes, el ex gobernador de Lara Henri Falcón, decidió postularse, y ante el creciente apoyo que esta candidatura tiene en la ciudadanía, los partidos opositores y sus líderes se ven ante la disyuntiva de apoyar a Falcón no llamar a no votar. En este debate interviene Fernando Mires, politólogo chileno de mucha incidencia en los sectores opositores de Venezuela. Y lo hace en TalCual, el periódico fundado por Teodoro Petkoff, quien fue el principal crítico de la decisión de la oposición de retirarse de las elecciones parlamentarias del 2005, dejando a Hugo Chávez una Asamblea Nacional sin oposición. El debate sobre esta estrategia abstencionista llevó poco después a la creación de la MUD y de una nueva estrategia que llevó a la oposición a Hugo Chávez en el referéndum sobre la constitución socialista, y en 2015 a ganar una mayoría aplastante en la Asamblea Nacional.

Segunda Vuelta

Fernando Mires, 6 abril 2018 / TalCual

La abstención es y será acompañante en todos los países donde tienen lugar elecciones. Más todavía hoy, cuando los “partidos históricos” –conservadores, liberales y socialistas– ya no son portadores de los ideales e intereses que llegaron a representar a lo largo del siglo XX. No obstante, cuando aparece uno de esos momentos en los cuales en un proceso electoral se juega el destino de una nación –elegir entre un candidato fascista y otro democrático, por ejemplo– las fuerzas políticas se tensan y la abstención tiende a disminuir. Lo hemos visto recientemente en las segundas vueltas de las elecciones europeas. Podríamos decir entonces que en situaciones de débil polarización la abstención aumenta y en situaciones de fuerte polarización (cuando las opciones no dejan lugar a ningún tercero) la abstención disminuye. No es el caso de Venezuela.

Venezuela parece ser una excepción a la regla. En pocos países del mundo existe una polarización política tan extrema como la que se da bajo el régimen de Maduro. Pero a la vez, en pocos la abstención juega un papel tan decisivo. Más todavía: a diferencia de la abstención marcada por el desinterés o desidia, la venezolana es militante. La dictadura lo sabe. Sabe también que en esa abstención reside una de las razones de su supervivencia y por eso mismo la fomenta y la impulsa.

Desde el comienzo del chavismo existe, se quiera o no, una sincronía objetiva entre el abstencionismo y el régimen. Esa es y ha sido la razón principal de la larga existencia del chavismo. El mismo Chávez fue hijo putativo de la abstención.

El abstencionismo venezolano es estructural. En su interior existe, como en toda estructura, un núcleo duro formado por ideólogos y militantes. Se trata de un patriciado sociocultural de remoto (y dudoso) pasado aristocrático. Para ese núcleo la política no es el lugar del compromiso ni de la negociación sino de los símbolos. El ideal de gobierno al que aspira podrá ser republicano, más nunca democrático. El pueblo es para ellos una masa a disposición de grandes líderes, carece de racionalidad y está destinado a seguir consignas luminosas.

El discurso autoritario y anti-electoral de María Corina Machado es prototípico. No las estrategias sino la pureza de la moral decidirán el curso de la historia. No los argumentos, sino el grito o la pose heroica serán decisivos. No los diálogos, no la polémica, no el debate y por lo mismo, no las elecciones, son para ellos los ejes de la política. De hecho desprecian a las elecciones porque como las minorías elitarias que son, desprecian a las mayorías. Esos sectores existen a lo largo y ancho de todo el continente, pero en Venezuela, de modo exacerbado.

El problema más grave es que, siendo los miembros de la abstención militante una extrema minoría, logran cada cierto tiempo ejercer hegemonía sobre todo el campo de la oposición. Se comprueba así una vez más que las ideas, costumbres y modas de los grupos socialmente (ojo: no económicamente) dominantes operan con efecto transmisor sobre todo el contexto social de una nación, hasta el punto que, algunos por arribismo, otros por sumisión, o como un simple reflejo, terminan sometidos a los dictados de esas minorías. Esos grupos hegemonizaron a la oposición hasta la capitulación electoral impulsada el año 2005. Pero a partir del 2006, con la candidatura de Rosales, el triunfo en el plebiscito del 2007, la campaña electoral de Capriles del 2013, y el magnífico triunfo del 6D en el 2015- la hegemonía antipolítica fue sustituida por una conducción política representada por los partidos de la MUD. Desde ese momento la oposición emprendió un curso políticamente ascendente y en medio de fragosas batallas electorales consagró sus cuatro puntos cardinales: electoral, constitucional, pacífica y democrática.

No obstante, los grupos elitarios unificados hoy en Soy Venezuela nunca se han dado por vencidos. De hecho intentaron retomar la conducción mediante la llamada Salida del 2014. Durante las luchas revocatorias del 2015, originariamente surgidas en defensa de la AN, hicieron desaparecer la alternativa electoral de la cual el revocatorio debía ser su impulsor. Las grandes movilizaciones del 2017, también surgidas en defensa de la AN –originariamente democrática y popular, masiva y festiva– fueron usurpadas por comandos juveniles luchando con escudos de cartón en contra de fuerzas entrenadas como bestias para el ejercicio de la represión. En todos esas situaciones Maduro logró imponer la línea militar –incluso a sangre y fuego– por sobre la línea política. En todas ellas, también, la línea insurreccional de la oposición abstencionista secundó –objetivamente- los propósitos del madurismo.

La historia de la oposición, desde 2006 hasta ahora, ha estado marcada por dos luchas. Una externa en contra del régimen y otra interna por la hegemonía y conducción. Durante el primer trimestre del 2018, el capitulacionismo abstencionista ha conquistado nuevamente la hegemonía y la conducción de la oposición. Precisamente en los momentos en los cuales el régimen ha llegado a sus puntos más bajos de aprobación, en medio de la crisis económica más catastrófica que haya padecido algún país latinoamericano, cuando había llegado la hora para aplicar el golpe electoral decisivo, el del jaque mate, la oposición ha retrocedido a los momentos más antipolíticos de su historia. ¿Cómo pudo llegarse a esta situación?

Mibelis Acevedo ha descrito en un magistral artículo como las fuerzas de la inercia (Thanatos) pueden lograr vencer a las de la existencia (Eros) De acuerdo a la metapsicología de Freud –quién explicó por qué hay seres humanos que no pueden alcanzar la felicidad y mucho menos el éxito cuando están a punto de lograrlo– ese parece ser un hecho evidente. Desde el punto de vista historiográfico, debemos, sin embargo, remitirnos a los antecedentes más cercanos. Ellos tuvieron lugar en las fracasadas conversaciones de República Dominicana cuando, como era de esperarse (repito, como era de esperarse) el régimen no aceptó las condiciones solicitadas por la MUD. La MUD se vio así enfrentada a dos alternativas: o no presentarse a elecciones (era precisamente la que buscaba Maduro) o presentarse levantado una candidatura única para denunciar ante la ciudadanía y el mundo los fraudes cometidos y por cometer.

¿Por qué la MUD eligió la alternativa más deseada por Maduro? Hay dos posibilidades. La primera, porque subordinó la política nacional a una mítica “comunidad internacional” representada por el Grupo de Lima que, en su intento por apoyar a la oposición, declaró que no iban a reconocer los resultados de las elecciones. La segunda – parece ser la más evidente- fue que los partidos de la MUD no estaban en condiciones de lograr consenso en torno a un candidato único. Pues si lo hubiera tenido –como clamó con insistencia Capriles– habrían asistido a Santo Domingo en nombre de una candidatura ya configurada. En ese sentido la declaración del Grupo de Lima no habría sido más que una coartada que permitió a la MUD disimular su falta de cohesión interna. Si esa fue la razón –y al parecer, esa fu– la MUD ha cometido un acto de enorme irresponsabilidad, a saber, el de subordinar la suerte de toda una nación a sus intereses partidarios.

No hay en efecto ninguna contradicción entre participar en elecciones y solicitar y recibir apoyo externo. Todo lo contrario, sin elecciones, la comunidad internacional no tiene a nada que apoyar.

Lo cierto fue que al decidir no acudir a las elecciones, la MUD rompió con su línea electoral sin ofrecer ninguna otra alternativa. Los resultados de esa ruptura los tenemos a la vista. Después de la fundación de un Frente Amplio cuyo sentido solo podía ser actuar en el marco de una estrategia electoral, la oposición no electoral se encuentra paralizada, sin alternativa, librada a su propia anomia: una verdadera catástrofe. Para repetir una opinión ya vertida, entre las elecciones y la nada, la MUD eligió a la nada.

Desde el momento en que la MUD eligió a la inacción como política. aparecieron en Venezuela dos abstencionismos: el originario, representado por la señora Machado –quien, sin darse cuenta ha logrado hegemonizar al conjunto político opositor– y el de los más fieles seguidores de la MUD quienes sin argumentos atinan solo a repetir casi textualmente las palabras de la líder extremista. No se trata, claro está, que el propósito de la MUD haya sido convertir a sus seguidores en abstencionistas radicales. Pero sí fue la ausencia política de la MUD la razón que permitió que en los terrenos abandonados por ella penetrara el abstencionismo maricorinista.

La diferencia entre los dos abstencionismos es que el primero siempre ha sido abstencionista y el segundo lo será para siempre pues, si Maduro logra un triunfo el 20 de mayo, no habrá más elecciones en Venezuela. La semejanza entre los dos abstencionismos es que para ambos la candidatura de Falcón parece ser el enemigo principal y la dictadura de Maduro el enemigo secundario. La paradoja es que en estos momentos es Falcón y no la MUD quien representa la línea política de la MUD.

La MUD ha roto la línea electoral de la MUD,
y si sus representantes más esclarecidos no advierten
el peligro en cierne, la suerte está sellada, no solo para
MUD/FA sino para toda Venezuela. Esa es la tragedia.
Esa es, también, la miseria del abstencionismo venezolano

Votar es colaborar, dicen los machadistas. Votar es legitimar a la dictadura, repiten los abstencionistas de segunda hora. Votar no es elegir, dicen los primeros. Votar no es elegir, repiten los segundos (sin darse cuenta de que para elegir hay que votar) Hay que pasar a la desobediencia civil, gritan los primeros. Hay que pasar a la abstención activa (¡!) corean los segundos. Votaremos solo después de que caiga Maduro, arguyen los primeros. Si Maduro no nos da las condiciones (para que pierda Maduro) no votaremos, es la versión algo light de los segundos. La dictadura no cae con votos, plantean los primeros. Estas no son elecciones, sostienen los segundos. Solo una invasión puede salvarnos, dictaminan los primeros. Solo la comunidad internacional nos dará elecciones libres, es la versión de los segundos. Falcón es un títere de Maduro, señalan los primeros. Falcón consolida a Maduro, completan los segundos. Las diferencias entre los dos abstencionismos son cada vez más leves, más tenues, más próximas. Y eso es solo culpa de la MUD. Nada más que de la MUD.

Es importante repetir. Falcón no rompió con la MUD. Falcón solo rompió con una decisión intempestiva de la MUD. La MUD rompió con la línea política de la MUD. Falcón en cambio continúa la línea electoral de la MUD pues la MUD es electoral y no puede ser más que electoral. No sabe, no puede y no debe hacer otra cosa que participar en elecciones. La MUD es una coalición electoral y muy poco más.

La candidatura de Falcón y la MUD, sin embargo, se necesitan mutuamente. Falcón necesita a la MUD para lograr una mayoría y dar origen y forma a un gobierno de transición a la democracia. La MUD, a su vez, necesita de Falcón para que la saque del marasmo a que la condujo su aventurero viraje abstencionista. Eso lo saben los principales dirigentes de la MUD, aunque no lo digan. Eso lo sabe también la candidatura de Falcón.

Ha llegado la hora en la que los políticos democráticos de Venezuela deberán saltar sobre sus propias sombras. El muy lúcido Simón García lo ha dicho más claro que nadie. “El régimen está acelerando su mutación del autoritarismo al totalitarismo. Es una de las advertencias del Observatorio Electoral nacional: cada elección es más restrictiva que la anterior. El gobierno se prepara, con un paso hacia atrás y dos hacia adelante, para un período especial con relaciones comerciales restringidas y la liquidación absoluta de las formalidades democráticas. Mayo puede ser la última coyuntura electoral, antes de consolidar aquí el modelo comunista cubano: con el hambre sofocando la lucha por la libertad“.

Faltan cinco minutos para las 12.

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La oposición venezolana: entre las elecciones y la nada. De Fernando Mires

El politólogo y historiador chileno Fernando Mires, catedrático en la Universidad de Oldenburg en Alemania, es una de las voces muy escuchadas en el debate dentro de la oposición venezolana. Publicamos aquí su opinión crítica sobre la decisión de la Mesa de la Unidad Democrática de postular candidato a la elección presidencial de mayo 2018. La publica en TalCual, periódico fundado por Teodoro Petkoff, quien fue un ácido crítico de la decisión de la oposición de no participar en las elecciones legislativas del 2005.

Segunda Vuelta

Henri Falcon, el único opositor que se postuló como candidato a la presidencia en las elecciones de mayo 2018

Fernando Mires, 21 marzo 2018 / TalCual

¿Cuándo se jodió la oposición venezolana?

La pregunta de impronta vargallocista–si es verdad que se ha “jodido” la oposición- deberá ser materia de discusión historiográfica cuando llege el momento de ajustar causas y efectos, antecedentes y hechos. Pero para ese momento falta todavía.

Algunos dirán, la oposición “se jodió” cuando no supo capitalizar políticamente su gran triunfo del 6-D. Otros dirán, cuando las luchas por el R16 no fueron combinadas con el tema de las siguientes elecciones. Otros agregarán, cuando las grandes movilizaciones del 2017 nacidas en defensa de la AN y por la exigencia de elecciones regionales fueron sobrepasadas por grupos de insurrectos desarmados combatiendo con piedras en contra de un ejército profesional. ¿O fue cuándo la oposición regaló las elecciones regionales y municipales? Y así sucesivamente.

¿Cuándo se jodió la oposición venezolana? Esa es también una pregunta sobre “la causa”. Pero quienes hemos entendido la provocadora tesis de Hannah Arendt “las causas no existen”, sabemos que las causas no crean a los hechos sino los hechos a sus (supuestas) causas. Es en ese que sentido la “causa” como tal, no existe. Lo que existe son diversos momentos que, combinados unos con otros, pueden ser reconstruidos como parte de un proceso. Visto así, podríamos decir que la oposición venezolana ha optado por “joderse” a sí misma en diversos momentos de su historia. Pero en otros no lo ha hecho.

¿Cuándo ha tenido y cuándo no ha tenido éxito la oposición venezolana? La respuesta parece ser simple: todos los éxitos de la oposición –desde el plebiscito que derrotó a Chávez el 2007, pasando por la victoria electoral robada a Capriles el 2013, hasta llegar al grandioso 6-D del 2015, han sido electorales. Y los éxitos de la oposición han sido electorales porque la oposición es por naturaleza electoral. No puede, no sabe, y por lo mismo, no debe hacer otra cosa que, o acudir a las elecciones o luchar por las elecciones desde dentro de las elecciones, aún en las condiciones más fraudulentas -¿qué otra cosa cabe esperar de elecciones bajo una dictadura?-.

Sin elecciones no hay ruta, sin ruta no hay oposición. Pero hoy la oposición ha abandonado la ruta. La única que tiene. Hoy se encuentra otra vez frente a la misma disyuntiva de siempre: la de optar entre las elecciones y la nada.

Como ocurrió el nefasto año 2005, la oposición, aún siendo mayoritaria, ha decidido batirse en retirada. Sin embargo, como alternativa de segundo orden, como si fuera una “astucia de la historia”, ha aparecido en la escena pública la candidatura de Henri Falcón. El ex disidente chavista ha disentido de la MUD y con ello del resto de la oposición. Así, Falcón surge como la única alternativa electoral frente a Maduro.

La oposición se encuentra tri-vidida: a un lado del triángulo, los inmaculados que jamás votarán mientras exista dictadura, al otro los que quieren votar pero no lo harán bajo las condiciones impuestas por la dictadura (y que la dictadura, por supuesto, no cambiará) y en el tercer lado, los que votarán por el doble disidente Falcón. ¿Cómo llegó la MUD a encerrarse a sí misma en este laberinto? Reconstruyamos:

Para no hundirnos en las causas más profundas de la historia universal, partamos de los antecedentes más cercanos. Y el más cercano de todos se encuentra en las negociaciones que tuvieron lugar en la República Dominicana. Allí, como es sabido, el tema central fue el de las elecciones. En especial, la fecha y las condiciones electorales. Como también es sabido, los representantes de la MUD lograron ganar una batalla simbólica pues fue la dictadura y no la MUD la que dio la patada final a la mesa.

La MUD se encontró así frente a dos alternativas. La primera: no ir a las elecciones si Maduro no cambiaba las condiciones. La segunda: ir a las elecciones a luchar por mejores condiciones, con posibilidades de perder pero también de denunciar públicamente el fraude convirtiendo a la campaña electoral en un movimiento democrático con fuerte reconocimiento internacional.

¿Por qué la MUD eligió la primera alternativa? Los argumentos no pueden ser más incoherentes. Aducir que votar significa legitimar a la dictadura es un absurdo pues por definición toda dictadura es ilegítima. ¿Acoplarse a las declaraciones de una mítica “comunidad internacional” cuyos miembros -Grupo de Lima, por ejemplo- no se reúnen más de una vez al mes? Eso habría significado, además, delegar la conducción política a terceros. ¿No concurrir porque los únicos líderes de renombre se encuentran presos o inhabilitados? Puede ser. Pero para nadie es un misterio que dentro de los partidos de la MUD hay muchas personas -entre ellos el propio Falcón- en condiciones de ejercer liderazgo. ¿O no saber ponerse de acuerdo en torno a un nombre porque había muchos nombres? Imposible responder a esa pregunta. La respuesta solo la conocen esos nombres. Lo cierto es que, al no aceptar participar en las elecciones –tan fraudulentas como todas las habidas bajo Maduro- la MUD, no Falcón, se apartó de su camino. La MUD y no Falcón se apartó de su historia.

No fue Falcón, fue la MUD la que rompió con su línea política. Más todavía, Falcón va como candidato en representación de la línea política de la MUD mientras la MUD representa –aunque sea momentáneamente- la línea del abstencionismo radical, la de los puristas e inmaculados, la de los que conciben a la política como una simple suma de actos testimoniales, la de los que sueñan con la invasión marciana. ¿Y el golpe? Mientras no suceda un golpe no hay golpe. Ninguna línea política puede ser trazada sobre la base de hipótesis.

Falcón no ha traicionado a la línea política de la MUD porque, aparte de la línea electoral, la MUD no ha tenido jamás otra línea política. El recién formado Frente Amplio es una gran institución, pero no puede sustituir a una línea política. Puede sí llegar a ser un poderoso instrumento electoral en función de una línea política. Sin participación electoral, ese Frente Amplio está destinado a constituirse en una organización simbólica, o en un lugar donde se reúnen entre sí los dirigentes y activistas de una oposición desconectada del mundo. Pues sin elecciones la línea política de la MUD es nada y a la nada no se puede seguir, simplemente porque es nada.

De modo paradojal, el mejor representante de la línea política de la MUD es en estos momentos el propio Falcón. Pues Falcón, dicho en breve, hizo lo que debe hacer un político cuando no acata una decisión errada: disintió. Y si disentir en un ejército es una falta grave, en una organización política es, en determinados momentos, una obligación. La unidad por la unidad no es un sacramento político. Sin disenso no hay política. Y si la unidad disintió de su línea, Falcón disintió de la unidad.

Por cierto, la apuesta de Falcón es altamente riesgosa. Gracias a ella se expone al descrédito. La enorme suma de agravios, infundios y calumnias hacia su persona no solo provienen de la fracción inmaculada del maricorinismo. La intolerancia y el fanatismo son, evidentemente, parte de la herencia cultural de América Latina. Pero por otro lado, parece estar claro que Falcón ha abierto un nuevo espacio político de acción. Como pocos dentro de la unidad opositora, Falcón está en condiciones de interpelar a diversos sectores del chavismo descontento. Él probablemente sabe que su biografía –tan criticada por muchos– puede llegar a ser un plus para cuando llegue el momento de la necesaria transición. Más todavía, Falcón parece entender que su campaña electoral podría ser, aún perdiendo, el inicio de esa transición. Quizás esa es la razón por la cual los principales dirigentes de los partidos de la MUD se han abstenido de atacar a Falcón. El mismo Falcón, a su vez, siempre se ha dirigido de modo afectuoso hacia “sus hermanos” (sic). Algunos de sus “hermanos”, como hacen los pielesrojas, ya le están enviando señales de humo. Puede ser incluso que parte de la estrategia de Falcón tenga contemplada la posibilidad de obtener la adhesión de por lo menos algunos partidos o miembros de la MUD. Ciertos formadores de opinión –y no precisamente los menos inteligentes- ya le han dado su abierto apoyo.

Desde el punto de vista de la lógica de la razón pura, una alianza entre la candidatura de Falcón y la, o parte de, la MUD, es decir, una alianza hecha sobre la base de acuerdos mutuamente establecidos (entre ellos la supresión de la Constituyente en el caso de un triunfo electoral) aparece como la alternativa más racional. Pero para que eso suceda será necesario que los partidos de la MUD salten por sobre sus propias sombras. La otra alternativa es la nada.

Escribimos -nótese- la palabra nada en sentido literal. Pues, ténganlo por seguro: si nuevamente el abstencionismo logra triunfar, no habrá más elecciones en Venezuela. Ni legítimas ni fraudulentas

No sería primera vez en la historia que políticos incapaces de ceder a su vanidad lleven a sus pueblos a la inmolación colectiva. Sigmund Freud descubrió que el impulso hacia la muerte (Thanatos) logra, bajo determinadas condiciones, imponer su hegemonía sobre los seres vivos. Entre ellos hay algunos casos históricos de los cuales no quiero ni siquiera acordarme.

Debate sobre el indulto a Fujimori: Mario Vargas Llosa versus Fernando Mires

El indulto presidencial que el presidente peruano Pedro Pablo Kuczynski concedió al ex presidente Fujimori despertó una controversia, no solo en el Perú, sino en amplios círculos políticos y de Derechos Humanos en el mundo entero. Presentamos dos enfoques diferentes: el del escritor peruano Mario Vargas Llosa, desde el punto de vista de la moral; y el del politólogo chileno Fernando Mires, desde el punto de vista de la teoría política. Llegan a conclusiones opuestas. Para Vargas Llosa la decisión de Kuczynski es traición, para Mires es ejercicio legítimo de negociación política.

Segunda Vuelta

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Alberto Fujimori

LA TRAICIÓN DE KUCZYNSKI
De Mario Vargas Llosa

El indulto a Fujimori, el dictador que asoló el Perú, cometió crímenes terribles contra los derechos humanos y robó a mansalva, ha incendiado el país.

MARIO VARGAS LLOSA

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 31 diciembre 2017 / EL PAIS

El presidente del Perú, Pedro Pablo Kuczynski, se salvó de milagro el 21 de diciembre de ser destituido por “permanente incapacidad moral” por un Congreso donde una mayoría fujimorista le había tumbado ya cinco ministros y tenía paralizado a su Gobierno.

La acusación se basaba en unas confesiones de Odebrecht, en Brasil, afirmando que en los años en que Kuczynski fue ministro de Economía y primer ministro, la empresa brasileña había pagado a una compañía suya la suma de 782.207,28 dólares. A la hora de la votación, se dividieron los parlamentarios del APRA, de Acción Popular, de la izquierda y —oh, sorpresa— los propios fujimoristas, 10 de los cuales, encabezados por Kenji, el hijo de Fujimori, se abstuvieron. Los que respaldaron la moción se quedaron ocho votos por debajo de los 87 que hacían falta para echar al presidente.

Esta sesión fue precedida de un debate nacional en el que todas las fuerzas democráticas del país rechazaron el intento fujimorista de defenestrar a un jefe de Estado que, si bien había pecado de negligencia y de conflicto de intereses al no documentar legalmente su separación de la empresa que prestó servicios a Odebrecht mientras era ministro, tenía derecho a una investigación judicial imparcial ante la cual pudiera presentar sus descargos, y a lo que parecía un intento más del fujimorismo para hacerse con el poder.

Vale la pena recordar que Kuczynski ganó las elecciones presidenciales poco menos que raspando, y gracias a que votaron por él todas las fuerzas democráticas, incluida la izquierda, creyéndole su firme y repetida promesa de que, si llegaba al poder, no habría indulto para el exdictador condenado a 25 años de cárcel por sus crímenes y violaciones a los derechos humanos. Hubo manifestaciones a favor de la democracia y muchos periodistas y políticos independientes se movilizaron contra lo que consideraban (y era) un intento de golpe de Estado. En un emotivo discurso (por el que yo lo felicité), el presidente pidió perdón a los peruanos por aquella “negligencia” y aseguró que, en el futuro, abandonaría su pasividad y sería más enérgico en su acción política.

Lo que muy pocos sabían es que, al mismo tiempo que hacía estos gestos como víctima del fujimorismo, Kuzcynski negociaba a escondidas con el hijo del dictador o con el dictador mismo un sucio cambalache: el indulto presidencial al reo por “razones humanitarias” a cambio de los votos que le evitaran la defenestración. Esto explica la misteriosa abstención de los 10 fujimoristas que salvaron al presidente.

La traición de Kuzcynski permitirá que el fujimorismo se convierta en el verdadero Gobierno del país y haga de nuevo de las suyas

Las vilezas forman parte por desgracia de la vida política en casi todas las naciones, pero no creo que haya muchos casos en los que un mandatario perpetre tantas a la vez y en tan poco tiempo. Los testimonios son abrumadores: periodistas valerosos, como Rosa María Palacios y Gustavo Gorriti, que se multiplicaron defendiéndolo contra la moción de vacancia, y el ex primer ministro Pedro Cateriano, que también dio una batalla en los medios para impedir la defenestración, recibieron seguridades del propio Kuczynski, días u horas antes de que se anunciara el indulto, de que no lo habría, y que los rumores en contrario eran meras operaciones psicosociales de los adversarios.

De esta manera, quienes en las últimas elecciones presidenciales votamos por Kuzcynski creyéndole que en su mandato no habría indulto para el dictador que asoló el Perú, cometiendo crímenes terribles contra los derechos humanos y robando a mansalva, hemos contribuido sin saberlo ni quererlo a llevar otra vez al poder a Fujimori y a sus huestes. Porque, no nos engañemos, el fujimorismo tiene ahora, gracias a Kuzcynski, no sólo el control del Parlamento, por el 40% de votantes que en las elecciones respaldaron a Keiko Fujimori; controla también el Ejecutivo, pues Kuzcynski, con su pacto secreto, no ha utilizado al exdictador, más bien se ha convertido en su cómplice y rehén. En adelante, deberá servirlo, o le seguirán tumbando ministros, o lo defenestrarán. Y esta vez no habrá demócratas que se movilicen para defenderlo.

La traición de Kuzcynski permitirá que el fujimorismo se convierta en el verdadero Gobierno del país y haga de nuevo de las suyas, a menos que la división de los hermanos, los partidarios de Keiko y los de Kenji (este último, preferido por el padre) se mantenga y se agrave. ¿Serán tan tontos para perseverar en esta rivalidad ahora que están en condiciones de recuperar el poder? Pudiera ocurrir, pero lo más probable es que, estando Fujimori suelto para ejercer el liderazgo (apenas se anunció su indulto, su salud mejoró) se unan; si persistieran en sus querellas el poder podría esfumárseles de las manos.

Por lo pronto, el proyecto fujimorista para defenestrar a los fiscales y jueces que podrían ahondar en la investigación, ya insinuada por Odebrecht, de que Keiko Fujimori recibió dinero de la celebérrima organización para sus campañas electorales, podría tener éxito. Recordemos que el avasallamiento del poder judicial fue una de las primeras medidas de Fujimori cuando dio el golpe de Estado en 1992.

Tras este descalabro democrático ¿en qué condiciones
se llegará a las elecciones de 2021?

El fujimorismo tiene ya un control directo o indirecto de buen número de los medios de comunicación en el Perú, pero algunos, como El Comercio, se le han ido de las manos. ¿Hasta cuándo podrá mantener ese diario la imparcialidad democrática que le impuso el nuevo director desde que asumió su cargo? No hay que ser adivino para saber que el fujimorismo, envalentonado con la recuperación de su caudillo, no cesará hasta conseguir reemplazarlo por alguien menos independiente y objetivo.

Luego de este descalabro democrático, ¿en qué condiciones llegará el Perú a las elecciones de 2021? El fujimorismo las espera con impaciencia, ya que es más seguro gobernar directamente que a través de aliados de dudosa lealtad. ¿No podría Kuzcynski traicionarlos también? Las próximas elecciones son fundamentales para que el fujimorismo consolide su poder, como en aquellos 10 años en que gozó de absoluta impunidad para sus fechorías. En su discurso exculpatorio Kuzcynski llamó “errores y excesos” a los asesinatos colectivos, torturas, secuestros y desapariciones cometidos por Fujimori. Y este le dio inmediatamente la razón pidiendo perdón a aquellos peruanos que, sin quererlo, “había decepcionado”. Solo faltó que se dieran un abrazo.

Felizmente, la realidad suele ser más complicada que los esquemas y proyecciones que resultan de las intrigas políticas. ¿Imaginó Kuzcynski que el indulto iba a incendiar el Perú, donde, mientras escribo este artículo, las manifestaciones de protesta se multiplican por doquier pese a las cargas policiales? ¿Sospechó que partidarios honestos renunciarían a su partido y a su gabinete? Yo nunca hubiera imaginado que tras la figura bonachona de ese tecnócrata benigno que parecía Kuzcynski, se ocultara un pequeño Maquiavelo ducho en intrigas, duplicidades y mentiras. La última vez que nos vimos, en Madrid, le dije: “Ojalá no pases a la historia como el presidente que amnistió a un asesino y un ladrón”. Él no ha asesinado a nadie todavía y no lo creo capaz de robar, pero, estoy seguro, si llega a infiltrarse en la historia será sólo por la infame credencial de haber traicionado a los millones de compatriotas que lo llevamos a la presidencia.

 

FUJIMORI, EL INDULTO Y LA CULPA
De Fernando Mires

Las negociaciones son parte insustituible del hacer político. Quien piense en una política sin negociaciones no piensa políticamente. Sin negociaciones no hay política. El gran error de PPK, por lo tanto, fue haber ocultado esas negociaciones como si hubieran sido algo ilícito y haber presentado el indulto como una obra de caridad.

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Fernando Mires, politólogo chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, 1 enero 2018 / POLIS

A quien no alcanzan las pasiones desatadas, las iras verbales, la escalada de odio visceral que ha provocado el indulto de Fujimori por gracia navideña otorgada por el presidente Pedro Pablo Kuczynski, el caso amerita un análisis. El hecho proporciona elementos discutitivos para quienes se interesan en los conflictivos temas de la teoría política moderna. Para un docente en ciencias políticas, un manjar.

Los hechos: Alberto Fujimori fue condenado el 2009 a 25 años de prisión. Los cargos que pesan sobre él no son bromas: asesinatos, secuestros, torturas, saqueo del erario nacional. Fujimori fue, sin duda, un criminal, como lo fueron ayer Castro, Pinochet, Videla y hoy Maduro.

Fujimori es ahora un anciano enfermo, con cáncer terminal a la lengua dice el informe médico, aunque hay quienes hablan de fingimiento. La verdad es que las diversas fotografías no nos permiten ver a alguien rebosante de salud. Pero dejemos eso, no es lo más importante. Lo cierto, es que en su estado actual, Fujimori no parece ser un enemigo para nadie.

polis.pngCierto es también que si Fujimori no hubiese sido Fujimori, su indulto, aún por los mismos cargos, podría haber pasado desapercibido en días navideños, cuando nos creemos más buenos de lo que somos. Pero Fujimori no solo es Fujimori. Fujimori es el fujimorismo. ¿Y qué es el fujimorismo?

El fujimorismo es en  primer lugar una era de la historia peruana. En segundo lugar, una forma de dictadura precursora de las actuales autocracias que asolan América Latina y, en tercer lugar, un partido político mayoritario en el Perú de nuestros días. Un partido que, además, defiende el “legado“ del ex-dictador, adjudica a su persona el innegable crecimiento económico del país y lo presenta como un hombre fuerte cuyo mérito histórico fue poner fin a la barbarie de Sendero Luminoso, guerrilla al lado de la cual hasta los asesinos de las FARC o de ETA parecen ser angelitos del cielo.

Vistas así las cosas, la prisión de Fujimori más que como hecho legal (y lo es), debe ser analizada como representación simbólico-política de un tiempo, de un movimiento y de un partido que, como todo partido, quiere llegar al poder: el fujimorismo de los hijos de su padre: Keiko y Kenji, peleados entre sí sin que nadie sepa todavía cual es Caín o cual es Abel.

Frente al indulto a Fujimori se han levantado las voces airadas de los Vargas Llosa, padre e hijo, secundados por una multitud de intelectuales antifujimoristas y vargallosistas. ¿Estamos frente a una guerra entre Capuletos y Montescos, pero sin Romeo, sin Julieta, y sobre todo sin la voz cristalina de Juan Diego Flores? No es para tanto, aunque para Vargas Llosa padre estemos frente a una verdadera tragedia de Shakespeare.

“La traición de Kuczynski” es el título del último artículo del gran escritor (El País, 31.12.2017) quien conoce sin duda el significado semántico de la palabra traición pero al parecer, no su significado político. Traición es efectivamente una palabra que pertenece más a las relaciones interpersonales que a las políticas. Nadie traiciona a quien no ama o no estima. Y la política –en ese punto están de acuerdo la mayoría de los filósofos- no se deja regir, gracias a Dios, ni por relaciones de amistad ni de amor.

¿Traicionó PPK a su partido? ¿O a sus amigos personales? En ningún caso. ¿Traicionó a sus aliados? Pero los aliados son aliados y por lo mismo las relaciones que con ellos establecemos son circunstanciales. Ningún partido es aliado de otro para siempre. ¿Traicionó PPK entonces al pueblo que lo eligió al indultar a Fujimori? En el peor de los casos, incumplió. No obstante, es posible imaginar que quienes votaron por PPK lo hicieron por muchas razones y solo una de esas  –y tal vez no la más decisiva- fue la de mantener a Fujimori en prisión. Por lo demás, no ha habido gobernante en el mundo que haya cumplido con todas sus promesas, y no solo porque no ha querido sino, muchas veces porque no ha podido.

PPK, desde su punto de vista político –que no es el de Vargas Llosa- no podía cumplir con la mantención de Fujimori en prisión sin correr el riesgo de entregar el poder. Y nos guste o no, lo menos que hace un político es entregar el poder. Porque la política es lucha por el poder (Max Weber.) Esto significa: PPK no indultó a Fujimori por razones de amistad, sino por razones de poder. Desde ese punto de vista político –que no es el filantrópico- no hay nada que criticar. Lo dijo el mismo Vargas Llosa: “(el indulto) no es un acto de compasión. Es un crudo y cínico, cálculo político” (Efe, 31.12.2017) (he subrayado las dos últimas palabras: cálculo político)

Por lo demás, PPK no transgredió a la legalidad vigente. Hizo solo uso de un derecho que le concede la Constitución. Los argumentos en contra, más bien leguleyos, no prosperarán.  El artículo 118 inciso 21 es demasiado claro. Eso no quiere decir, por supuesto, que las víctimas o familiares de las maldades cometidas por el dictador no tengan derecho a reclamar. Por el contrario: deben levantar su voz y así lo han hecho. Para ellos la explicación de PPK relativa a que el indulto obedece a razones humanitarias, es una justificación inmoral. Del mismo modo, las instituciones humanitarias que han condenado al indulto al ponerse al lado de las víctimas han cumplido con su deber. Para eso están. La CIDH, Human Right Watch, y AI, cumplieron con su trabajo. Pero también es cierto que el deber de un presidente es defender su poder y, por lo mismo, contraer las alianzas que considere convenientes para lograrlo. Para eso, está obligado a negociar.

Las negociaciones son parte insustituible del hacer político. Quien piense en una política sin negociaciones no piensa políticamente. Sin negociaciones no hay política. El gran error de PPK, por lo tanto, fue haber ocultado esas negociaciones como si hubieran sido algo ilícito y haber presentado el indulto como una obra de caridad cuando todo el mundo sabía que Fujimori fue negociado. En ese sentido PPK mintió, y por eso -solo por eso- debe ser enjuiciado.

El indulto fue resultado de una negociación, si no con todo el fujimorismo, por lo menos con una de las alas de Fuerza Popular (Luz Salgado Salgado y Kenji Fujimori) con las cual PPK venía dialogando desde antes de ser conocidos los hilos de Oedebrecht (que no solo involucran a PPK sino a casi toda la clase política peruana.) En otras palabras, lo que ha tenido lugar en el Perú es un giro político de PPK desde el centro-izquierda hacia el centro-derecha. Hilando más fino, podría pensarse que no fue el indulto a Fujimori lo que determinó ese giro. Por el contrario, fue ese giro lo que determinó el indulto a Fujimori.

A partir del giro de PPK, el fujimorismo ha pasado a ser el factor más decisivo de la política peruana. En cierto modo ha alcanzado el poder antes de ganarlo. Contra ese giro y contra esa nueva alianza en el poder, y no tanto en contra del indulto, protestan la izquierda peruana y los intelectuales vargallocistas. Es decir, en contra de una alianza que con o sin Fujimori ya se venía gestando. Hecho que no debe sorprender a nadie pues PPK es un hombre de derecha o de centro-derecha.

La alianza entre PPK y la derecha fujimurista es, en cierto modo, una alianza natural. Tan natural como la alianza contraída en Chile entre el centro-derechista Piñera con la derecha pinochetista. Esa derecha  chilena -lo sabe muy bien Vargas Llosa, amigo personal de Piñera-  no tiene un pasado más inocente que la derecha fujimurista. ¿Puede Vargas Llosa apoyar una alianza de poder en un país y al mismo tiempo condenar la misma en otro? Lo que es bueno para el pavo ha de ser bueno para la pava (y al revés también), es un dicho. Luego, si Vargas Llosa se hubiera limitado a criticar el indulto, no habría habido ningún problema. El problema es que, además, Vargas Llosa critica a la nueva alianza de poder que ha tenido lugar en el Perú, tan parecida a la que tiene lugar en Chile. La desgracia para PPK es que esa nueva alianza ha tenido que pasar por el indulto de Fujimori. Esa es su culpa y su tragedia a la vez.

No obstante, hay que decirlo de una vez: PPK no ha trangredido a las leyes ni subvertido a la Constitución. Sus negociaciones políticas con el fujimorismo pueden no gustar, pero es imposible desconocer que el fujimorismo, con alianzas o sin alianzas, representa a la mayoría parlamentaria del país, y por lo mismo, con o sin negociación, es un factor decisivo de poder.

Queda todavía una pregunta por responder. ¿Fue el indulto a Fujimori una transgresión a la moral pública?  Para las víctimas y familiares, sin duda. Pero el tema es si esa moral posee un carácter universal o simplemente es una moral discursiva (discutitiva) y luego, menos que moral es solo una ética. Si atendemos a la primera posibilidad, tendríamos que  convenir en que la política debe estar subordinada a la moral (como en los países islámicos, a la moral religiosa.) De acuerdo a la segunda posibilidad, en cambio, la política posee su propia moral. Esta, fue, como se sabe, la posición de Nicolás Maquiavelo, a quien se le concede el mérito de haber emancipado a la política de la moral religiosa.

Para Maquiavelo, en efecto, la política debe atender no a razones morales sino simplemente a la lucha por el poder, por más brutal que esta sea. Algo diferente, mas no distinta, fue la posición de Kant, la que sigue prevaleciendo de modo tácito en la filosofía política de Habermas y de Rawls.

Según Kant, existe una moral pre-constitucional, la que solo es visible cuando aparece una Constitución. La Constitución para Kant es la puesta en forma escrita de una moral pre-constitucional. Es por esa razón que, para el gran filósofo, donde hay Constitución no podemos regirnos por normas, máximas y principios no- o pre-constitucionales.

Ahora, si volvemos la mirada hacia el Perú, podríamos deducir que el indulto a Fujimori obedeció más a una lógica maquiavélica que a una kantiana. Pero en tanto PPK no transgredió a la Constitución, tampoco es definitivamente anti-kantiana.  Y al fin y al cabo:  ¿no es más maquiavélica que kantiana la política, no solo en el Perú, sino en casi todo el continente latinoamericano?  Algún día tendremos que admitirlo.

 

CHILE DECIDIÓ (notas post-electorales). De Fernando Mires

Fatal la decisión del comando de Guillier. En lugar de ir a buscar votos al centro; entre los que no votaron en la segunda vuelta, fue a buscarlos en la izquierda de su izquierda.

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Fernando Mires es un politólogo chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, 18 diciembre 2017 / POLIS

En las elecciones presidenciales de Chile (segunda vuelta) del 17-D ha sido cumplida  una de las máximas de la guerra y de la política. Las guerras y las grandes elecciones son ganadas por quienes logren la mayor cohesión del frente interno.

En vísperas de la segunda vuelta, las huestes derechistas reconocieron línea en torno a su candidato centro-derechista. En cambio, las adhesiones guilleristas, particularmente las que venían del Frente Amplio, lo hicieron de modo muy condicionado, exigiendo esto u lo otro, casi chantajeando a Guillier a cambio de un puñado de votos. Obligaron así a desdibujar aún más el desdibujado programa de Guillier, hasta llegar el punto en que él, ex miembro de uno de los partidos del viejo pasado, el Radical (que es cualquiera cosa menos radical) tuvo que violarse a sí mismo para posar de izquierdista revolucionario. Pero la gente entiende cuando alguien dice lo que no sabe y cuando sabe lo que no dice. Sobre todo cuando eso se nota demasiado.

Screen Shot 2017-12-18 at 11.02.49 AMFatal la decisión del comando de Guillier. En lugar de ir a buscar votos al centro; entre los que no votaron en la segunda vuelta, fue a buscarlos en la izquierda de su izquierda. Es decir, en vez de disputar con el Frente Amplio y ganarles la controversia (lo que no es tan difícil pues son pura bulla y protesta) terminó sometido a la condiciones que imponía el Frente Amplio, una entidad que carece de doctrina, línea y programa. De este modo, con un frente interno más líquido que sólido, Guillier no estuvo en condiciones de transmitir una sensación que en el Chile clasemediero de la post-dictadura es fundamental: seguridad

Definitivamente no, así no se gana ninguna elección. La derrota, mucho más amplia de la que se suponía, debe agradecerla Guillier a los chicos del Frente Amplio. Sus aliados de última hora fueron sus sepultureros políticos. Lo que sumaron matemáticamente, lo restaron políticamente.

Sobre el  Frente Amplio ya hemos escrito y seguiremos escribiendo en próximas ocasiones. Valga la pena reiterar que, como todo fenómeno político, es muy ambivalente. Por un lado, es el resultado de la crisis (o desmoronamiento) del socialismo tradicional chileno. Por otro, es un factor acelerador de esa misma crisis. Sobre lo que no se ha escrito demasiado en cambio es sobre la derecha chilena. Porque si hacia la izquierda apareció un frente amplio, hacia la derecha apareció otro sin que nadie le hubiera puesto ese nombre.

Efectivamente, la derecha es en Chile un concepto plural. No existe la derecha. Existen las derechas. Fenómeno que parece ser muy nacional pues un resultado histórico de la dictadura de Pinochet fue dividir al espectro de la derecha entre uno abiertamente militarista y otro que apuntaba a una rehabilitación civil de la política bajo conducción derechista. La clásica división, liberales-conservadores, fue sucedida por una pinochetista y otra no-tan pinochetista (Unión Demócrata Independiente, UDI, y Renovación Nacional, RN).

Hoy en cambio tenemos por lo menos cuatro derechas. Una derecha conservadora, portaliana, ultramontana, unida en torno a la figura de Jose Antonio Kast. Una derecha pinochetista y facha, en lo que queda de la UDI. Una derecha populista, callejera y demagógica que gira en torno al “disidente” Manuel José Ossandón. Y una derecha liberal abierta hacia el centro político, a los pactos y a las alianzas con la izquierda centrista, la centro-derecha de Sebastián Piñera.

Pues bien, cuando José Antonio Kast, después de la segunda vuelta aseguró su apoyo sin condiciones a Piñera, la UDI y Ossandón, este último a regañadientes, no pudieron sino hacer lo mismo. Piñera, había logrado así, gracias a Kast, lo que no pudo lograr Guiller gracias a Beatriz Sánchez: la unidad en torno a su candidatura. Un frente interno sólido. En fin, una maquinaria electoral.

Por cierto, el apoyo de las derechas a Piñera era una condición, pero no aseguraba el triunfo. De acuerdo a las cuentas alegres de NM, sumando los votos del FA, Guillier iba a ganar. No consideraron, sin embargo, dos puntos claves. El primero, que en los balotajes la abstención suele bajar (en el hecho bajo un 12%) y a ese sector más centrista que radical debería ser dirigido parte del mensaje. Así lo entendió Piñera. Apenas tuvo el apoyo de Kast, giró rápidamente hacia el centro y ofreció a ese electorado nada menos que la pepita de oro del programa de Guillier: la educación gratuita. ¿Oportunismo?  No hay dudas. Pero, viendo el tema desde una perspectiva ajedrecista, una jugada maestra.

El segundo punto fue que el centro-centro, vale decir, los pocos que votaron Goic, incluso algunos MEO, y tal vez otros que votaron por Guillier en la primera vuelta, se asustaron frente a la posibilidad de que las decisiones principales de un gobierno NM pudieran ser dependientes de las excentricidades del FA. Sí, excentricidades.

Excentricidades en términos geométrico-políticos. Porque un gobierno políticamente dependiente de FA estaba condenado a agrietar los suelos de la centro-izquierda, vale decir, el espacio político natural de la Concertación y de NM. Esa posibilidad de perder, no solo el centro geométrico sino la centralidad de la política, hizo tal vez que algunos electores prefirieran el centro-derechismo de un diablo conocido que el excentricismo de un diablo por conocer.

En suma: Chile sigue siendo un país político centrista y pendular. Y esta bien que así sea.

Nota del autor: como el título lo indica, estas, menos que un artículo, son anotaciones tomadas inmediatamente después de conocido el resultado.  El próximo fin de semana publicaré un texto en el cual, además, meditaré sobre  las perspectivas nacionales del gobierno Piñera, y también de algunas (de verdad, importantes) incidencias en el plano internacional.

Dualidad de poderes. De Fernando Mires

 

Si esa dualidad será resuelta a favor de las armas o de la razón, o si aparece un inesperado fraccionamiento al interior de las FAN, o un simple rayo de luz que lleve a un entendimiento mínimo entre el poder político de la oposición y el militar de la dictadura, no lo sabemos.

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FernandoMires-1451Fernando Mires, 30 julio 2017 / TALCUAL

El 30 de julio la dictadura militar de Nicolás Maduro consagrará institucionalmente la dualidad de poderes que venía gestándose mediante la creación de una constituyente cubana cuyo único objetivo es la supresión del sufragio universal para asegurar el poder de una oligarquía militar-civil en contra de la voluntad de la inmensa mayoría de la nación.

El término dualidad de poderes merece una explicación adicional. Su origen teórico proviene de las plumas de Lenin y Trotzky durante “la revolución de febrero” – la única, la verdadera revolución, la antizarista- que dio origen al gobierno provisional, democrático, social y parlamentario talcual.pngde Alexander Kerensky. En términos más exactos, aquello que tuvo lugar en el breve periodo que va desde febrero a noviembre de 1917 fue una trilogía de poderes: el del aparato militar y burocrático zarista enquistado en el Estado, el del gobierno provisional (liberal, democrático y parlamentario) y el supuesto poder de los soviets (concejos).

La reducción de la trilogía de poderes a una dualidad clasista fue un truco semántico de Trotzky y Lenin a fin de hacer aparecer al gobierno de Kerensky como una simple prolongación del zarismo. Entre Trotzky y Lenin había, sin embargo, una diferencia.

Mientras para Trotzky los soviets deberían asegurar la hegemonía del “proletariado” sobre el resto de las clases populares, para Lenin, consciente de que “la clase obrera” era extremadamente minoritaria y “tradeunionista” (sindicalismo despolitizado) los soviets debían estar formados por obreros, campesinos y soldados bajo conducción de los bolcheviques. Estos últimos, los soldados, eran para Lenin el eslabón decisivo. No porque los soldados se hubiesen vuelto de pronto revolucionarios, sino simplemente porque eran portadores de armas.

A esas masas de desertores y lisiados de una guerra perdida que -sí se leen testimonios como los de John Reed y Victor Serge- vagaban por las calles de Moscú y San Petersburgo, lo único que les interesaba era ser reclutados por alguien a fin de no morirse de hambre. Los bolcheviques lo hicieron.

El golpe de estado bolchevique que tendría lugar con la “toma del Palacio de Invierno” fue llevado a cabo por multitudes de desarrapados, vagabundos y borrachos entre los que se contaban esos miserables, mal armados (pero al fin armados) soldados reclutados por los seguidores de Lenin. De acuerdo a la literatura oficial de la URSS, en octubre fue resuelta la dualidad de poderes entre “la burguesía” representada por Kerensky y “el proletariado” en los soviets dirigidos por los bolcheviques.

Desde 1917 hasta el 2017 hay un siglo. Y nuevamente, como consecuencia de una revolución democrática –tan democrática como fue la de febrero en contra del zar Nicolás ll – ha aparecido, esta vez en Venezuela, otra dualidad de poderes. Naturalmente, el Nicolás ruso no tiene nada que ver con el Nicolás venezolano. Aparte, claro está, de que ambos llegaron a ser sangrientos dictadores, repudiados por su pueblo y por todo el mundo democrático.

La dualidad de poderes surgida en Venezuela tampoco tiene que ver demasiado con la de la Rusia de Lenin. Por de pronto, adquiere distintas formas. En un primer piso, toma una forma institucional: a un lado el gobierno, representante de una extrema minoría, al otro la Asamblea Nacional, representante de una inmensa mayoría. En un segundo piso, adquiere una forma constitucional; a un lado la constituyente cubana, al otro lado la Constitución de 1999. El tercer piso, toma una forma política: la del conflicto entre dictadura y democracia. En el cuarto piso aparece una forma social: una contradicción entre el conjunto de la sociedad civilmente organizada (sindicatos, empresarios, universidades, iglesias, representantes de la cultura e incluso del deporte) en abierto conflicto con una oligarquía estatal cuya base de apoyo solo proviene de las instituciones militares a través de una alianza entre los altos mandos y el lumpen: con y sin uniforme.

La quinta forma de la dualidad de poderes, la del quinto piso, surgida en Venezuela, digámoslo así, su quinta esencia, es la que tiene lugar entre los cuerpos militares y la ciudadanía política. Ahora, justo en este punto, aparece un hecho de importancia decisiva

La dictadura al imponer la constituyente cubana ha convertido en irreconciliable a la dualidad de poder y con ello ha renunciado al poder político para entregarlo sin condiciones al poder militar. La imposición de la constituyente cubana entonces es equivalente a la firma de un acta de ingobernabilidad. Eso tendrá gravísimas consecuencias para Maduro. Retirarse del ejercicio del poder político a favor del militar, significará, lisa y llanamente, cambiar el principio de gobernabilidad por el principio de dominación. De este modo la dictadura modificará su carácter. Ya no será política-militar sino solamente militar. En otras palabras, será lo que potencialmente ya era, la dictadura del ejército con un títere civil en el gobierno (que podría ser Maduro u otro)

La lección que de ahí surgirá para la oposición es que, aún con una eventual caída (o renuncia) de Maduro, no será resuelto el problema fundamental pues los principales enemigos, y por eso mismo, los principales interlocutores, serán, definitivamente, los militares.

Militares que no son los andrajosos armados de los tiempos de Lenin. Son, por el contrario, una clase social de estado dispuesta a todo si se trata de defender sus privilegios. Pero aun así, en un momento indeterminado deberán tomar conciencia de que todas las armas del mundo no bastan para gobernar si frente a ellas se encuentra la absoluta mayoría de la nación.

La imposición forzada de la constituyente cubana no será, en consecuencia, una derrota para la oposición. Todo lo contrario: creará nuevas condiciones para ocupar los espacios políticos cedidos por Maduro, ampliar alianzas en diferentes direcciones y mantener la lucha de calles, siempre y cuando no sea abandonada, ni por un solo segundo, la letra de la Constitución. Esa Constitución ha llegado a ser el nexo que une a la oposición con el chavismo descontento, el programa de acción de todas las fuerzas democráticas, la trinchera que nunca deberá ser cedida a nadie.

La que tiene lugar en Venezuela es, para decirlo con la misma jerga chavista, una lucha irregular y prolongada. Los imponderables –a los cuales para que aparezcan hay que ayudarlos- decidirán finalmente el curso de esa tragedia. Ahí reside precisamente el fondo de la dualidad de poder que experimenta Venezuela, la más básica: la de la guerra contra la política. Si esa dualidad será resuelta a favor de las armas o de la razón, o si aparece un inesperado fraccionamiento al interior de las FAN, o un simple rayo de luz que lleve a un entendimiento mínimo entre el poder político de la oposición y el militar de la dictadura, no lo sabemos. El futuro no está escrito en ninguna parte.

Camus después de Camus. De Fernando Mires

Este texto no es actual, salió publicado en enero 2017. Es atemporal.

Segunda Vuelta

Fernando Mires, 5 enero 2017 / americanuestra.com

Casi todos los días se cumple el aniversario de la muerte de algún escritor célebre. Pero a algunos los recordamos más que a otros. No quiero decir que esos escritores hubieran escrito para la posteridad. Por lo demás, quien escribe para la posteridad tiene que estar muy dominado por la idea de la muerte pues la posteridad no existe para nadie que esté vivo. La posteridad es solo una hipótesis. Pero sí hay algunos, y a esos perteneció Albert Camus, a quienes podemos comprender mejor después que han abandonado este mundo. Creo advertir la razón:

Camus leyó mejor que muchos en las líneas de su tiempo letras que alcanzaron nitidez solo después de su muerte. Pero las leyó en su tiempo, durante su vida, debatiendo y discutiendo con sus pares e impares. Porque hoy día, ya varios años después de que fueran revelados los millones de crímenes cometidos en la ex Unión Soviética, después de la caída estrepitosa del Muro de Berlín, de que China se convirtiera en la segunda potencia capitalista (otros dicen, la primera) del planeta, de que en Cuba y Corea del Norte “la dictadura del proletariado” se encuentre representada por oprobiosas dinastías, del colapso de los “socialismos militares” del mundo árabe, y de las humillaciones a que somete la pandilla militarista de Maduro y Cabello a todo lo que parezca oposición en Venezuela, en fin, después de todo eso y mucho más que no pudo presenciar Camus, poner en tela de juicio la lógica de la razón revolucionaria dista de ser un despropósito. Al contrario. Mas bien cabe preguntarse acerca de la integridad espiritual de quienes todavía la defienden.

Estoy hablando, para que no haya equívocos, de la misma desintegración espiritual de quienes defendieron a la dictadura de Franco como un medio para alcanzar “la república integrista cristiana“. O de las atrocidades cometidas por los EE UU en Vietnam en nombre de “el sueño americano”“. O de quienes todavía ven en los antropófagos dictadores militares sudamericanos, demiurgos de una  “revolución restauradora”. Estoy hablando, si alguien no ha entendido, en contra de esa lógica que lleva a justificar a cualquier medio en nombre de un imaginado fin. De los que desvalorizan la existencia en aras de un objetivo suprahistórico. De los que al perseguir el futuro destruyen el presente. De los que se creen dueños, nadie sabe con qué derecho, de la razón de la historia. De los hombres nuevos y, por cierto, de sus dementes fabricantes.

Camus habría dicho: estoy hablando en contra de quienes usurpan el significado de la rebelión en nombre de la revolución. Dos palabras -rebelión y revolución- hasta Camus casi sinónimas y que hoy sabemos gracias entre otros a Camus, son antónimas. Pues si bien una revolución puede comenzar con una rebelión, la revolución, mientras más se prolonga en el tiempo termina por convertirse en la negación de toda rebelión.

Para Camus la rebelión es un “no“. La revolución, en cambio, es un “sí”. Negación y afirmación explicada en su célebre “El Hombre Rebelde”. “¿Qué es un hombre rebelde?” -preguntaba Camus-. Su respuesta fue concluyente: “Un hombre que dice que no” (p.17).

El motivo que lleva al pronunciamiento del no, no es uno solo. Tampoco está inscrito en algún lugar de la historia, como llegó a postular Hegel. Pero sí tiene, para Camus, un sentido ontológico. Uno que va más allá de Hegel para quien el sí y el no son constitutivos de una trinidad dialéctica que es a la vez la unidad del pensamiento (La afirmación, la negación, la negación de la negación).

Hegel se preguntaba en su Fenomenología del Espíritu ¿Por qué el esclavo no se libera de su amo? La pregunta de Camus era en cambio otra: ¿Por qué un esclavo que nunca ha intentado liberarse, es decir, por qué alguien que ha dicho siempre sí, dice de pronto no? El no en ese sentido surge de la gota de agua que colma el vaso. Es el punto imprecisable que marca la no soportabilidad de la negación de uno por el ser del otro.

Ese no del esclavo rebelde es por eso un sí dicho por el ser a sí mismo. Mas, no es un sí a una sociedad sin esclavos, ni a un nuevo modo de producción, ni siquiera a un “mundo mejor“. Es simplemente un no a quien, hombre de carne y hueso, lo desconoce en su propio ser. Puede surgir de un latigazo de más -o de un pan menos, o de un insulto innombrable- el impulso que lleva al esclavo en un momento determinado a matar al amo. No es en todo caso un acto que surja de la reflexión. Más bien, como lo explicaba Camus, ocurre al revés: la reflexión surge del acto mortal. O dicho así: La negación es la primera condición del pensamiento pues el pensamiento proviene de una fundamentación y no se puede fundamentar lo que todavía no ha sucedido.

Antes del acto que surge de la negación no hay nada que fundamentar. “En nuestra prueba cotidiana” -argumentaba Camus- la rebelión desempeña el mismo papel que el “cogito” en el orden del pensamiento; es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lazo común que funda en todos los hombres el primer valor: Yo me rebelo, luego nosotros somos” (p. 25).

Este acto negativo del ser no proviene, por lo tanto, de ninguna moral establecida, de ningún código legal y mucho menos de una filosofía. Se trata simplemente de un ser que desea ser reconocido por otro ser que no lo deja ser.

Cuando las multitudes de 1989 desafiando a guardias armados saltaron el muro de Berlín -es un ejemplo- no pensaban en crear un orden histórico superior. Simplemente saltaron el muro obedeciendo al impulso corporal de quienes quieren entrar en el espacio común que por derecho pre-constitucional les pertenece, en este caso la nación común. Esa es la diferencia con la revolución cuyos actos son siempre pre-meditados. Según Camus: “Mientras que la historia, incluso la colectiva, de un movimiento de rebelión es siempre la de un compromiso sin salida en los hechos, de una protesta oscura que no compromete sistemas ni razones, una revolución es una tentativa para modelar el acto sobre una idea, para encuadrar al mundo en un marco teórico. Por eso es que la rebelión mata hombres, en tanto que la revolución destruye a la vez hombres y principios” (p. 101).

Eso significa también: mientras una revolución convierte a un sujeto en un objeto, la rebelión convierte al objeto en un sujeto. Razón por la cual, mientras en algunas rebeliones hay muertos, las revoluciones convierten a la muerte en un sistema. En la rebelión la muerte del otro es consecuencia de un acto no pensado. En la revolución en cambio, se trata de homicidios sistemáticos; de asesinatos deliberados.

Dicho con Camus: “la mayoría de las revoluciones adquieren su forma y su originalidad en un asesinato. Todas o casi todas han sido homicidas” (p. 150). O más preciso aún: “En la época de la negación podía ser útil interrogarse sobre el problema del suicidio. En la época de las ideologías (y no hay revolución sin ideología revolucionaria, FM) hay que ponerse en reglas con las del asesinato” (p.150).

La muerte (o simplemente la negación gramatical) del otro en las revoluciones, sigue un plan sistemático de acuerdo a un fin previamente determinado. Pero ese fin -ahí reside la mendacidad de cada revolución- nunca debe ser alcanzado pues si lo es termina la revolución. La revolución para no morir requiere que el fin requerido sea siempre inalcanzable. Su lógica existencial necesita de un fin que nunca se cumpla. En cierto modo toda revolución es una estafa pública. No así la rebelión. La rebelión termina con la negación del otro. Basta.

Toda revolución busca extenderse en el tiempo. Hay algunas en las que sus líderes envejecen o mueren, cambian las generaciones, y la revolución continúa su curso. Los seres humanos son mortales, pero la revolución no lo es, repiten con fervor los revolucionarios. Los revolucionarios persiguen a través de la inmortalidad de la revolución su propia eternidad. ¿O ha conocido usted a un revolucionario que alguna vez haya dicho, ya hicimos la revolución, y ahora a vivir tranquilos, calabaza calabaza cada uno para su casa? No. No: así solo hablan los rebeldes. Jamás los revolucionarios.

Toda revolución busca extenderse hacia el infinito de todos los tiempos, no solo del tiempo de los revolucionarios sino, sobre todo del de quienes no lo son, los que deben ser reducidos a un material modelable; plasticina, arcilla, cemento. ¿Y los que no quieren ser convertidos? A ellos les espera el cadalso, la tortura, la muerte. Toda revolución termina asesinando a la rebelión en nombre de la revolución. Los revolucionarios, así lo dijo Camus: “Desprecian la libertad de las personas y sueñan con una extraña libertad de la especie; rechazan la muerte solitaria y llaman inmortalidad a una prodigiosa agonía colectiva” (p.282).

En la revolución impera el principio de la muerte. En la rebelión el de la vida. Esa fue la razón por la cual Albert Camus, aunque si bien siempre estuvo a favor de la liberación de Argelia con respecto al colonialismo francés, nunca estuvo a favor de los comunistas argelinos que luchaban por la liberación. Su pregunta inquieta era evidente: ¿Y quién nos va a liberar de los liberadores?

La rebelión de Camus comenzaba y terminaba en un no. En un simple, claro y rotundo no.

Con el sí comienza toda ideología. Y con la ideología la enajenación del ser con respecto a sí mismo. Razón de más para afirmar que Camus fue la representación real del hombre rebelde. De ahí su permanente actualidad. Porque siempre, desde la infancia hasta la vejez, habrá motivo para rebelarnos en contra de algo o alguien. La rebelión nos hace dignos. No así la revolución. Nunca las revoluciones, a diferencias de las rebeliones, han sabido morir con dignidad.