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La oposición, el madurismo y las alianzas. De Fernando Mires

En Venezuela existe una dualidad de poder. Un gobierno anti-constitucional por un lado y otro representado por una oposición constitucional. 

Fernando Mires, 25 junio 2017 / TALCUAL

¿Existe el madurismo? La pregunta puede parecer académica pero no lo es. Por lo menos no lo es en sus consecuencias. Y no lo es porque determina –sí, determina- la política de alianzas de la oposición en momentos cuando esa oposición a través de su órgano de representación institucional, la Asamblea Nacional, y en conformidad con los artículos 330 y 350, ha decidido desconocer la legitimidad del gobierno Maduro al haber este traicionado a la Constitución de todos.

En Venezuela existe una dualidad de poder. Un gobierno anti-constitucional por un lado y otro representado por una oposición constitucional. Como se dijo en un artículo anterior, en Venezuela hay muchos partidos, pero solo hay dos campos: el de la anti-Constitución y el de la Constitución. Este último campo, absolutamente mayoritario, incluye de modo creciente a sectores divergentes del régimen a los que hemos llamado “chavismo constitucional”. Su figura emblemática es actualmente la fiscal Luisa Ortega Díaz. En contra de ella está apuntando toda la artillería del gobierno inconstitucional.

De este modo, desde una perspectiva objetiva, si no existe una alianza entre el chavismo y la oposición, existe por lo menos un punto objetivo de convergencia: la defensa irrestricta de la Constitución del 99. Ese punto es –o debería ser- el origen de una alianza política de dimensiones nacionales.

Una alianza tiene lugar entre por lo menos dos entidades las que al reconocer un enemigo común deciden sumar fuerzas para derrotarlo. Para que una alianza tenga lugar se requiere por lo tanto de las diferencias. Por lo mismo, las diferencias, lejos de ser un obstáculo, son la condición de una alianza.

Entre dos fuerzas similares no se requieren alianzas precisamente porque son similares. La aceptación de las diferencias es el requisito esencial de una política de alianzas, y esta última a la vez, es condición esencial de la política como tal. La política es, entre otras cosas, el arte de sumar y multiplicar y no de restar y dividir. Eso es lo que no logran entender algunos sectores anti-políticos de la oposición cuyo poder de difusión es afortunadamente menor a su poder político real. Los hay en dos matices: a un lado los puristas, al otro los aperturistas.

Los puristas son aquellos que bajo ninguna condición aceptan acuerdos con el chavismo constitucional. Para ellos chavismo es chavismo, el madurismo no es diferente al chavismo y pactar con grupos disidentes es traición. De más está decir que con esos opositores –en verdad, opositores a la oposición- no hay ninguna posibilidad de comunicación política.

Problemático es también el sector de los aperturistas. Los hay también en dos versiones. Una versión dura y otra suave. Unos sustentan la tesis de que hay que aceptar al sector chavista disidente, pero solo bajo determinadas condiciones, entre ellas que reconozcan sus pecados originales, que realicen una autocrítica y no pretendan en ningún caso imponer condiciones cuando llegue el momento de actuar juntos. El sector más suave en cambio, afirma que hay que recibir a los chavistas disidentes con los brazos abiertos, algo así como al hijo pródigo regresado al hogar después de haber errado su camino. Ambas posiciones parten, sin embargo, de un supuesto falso.

Ese supuesto falso está sustentado sobre la premisa de que el chavismo constitucional intenta sumarse a la oposición constituida y por lo tanto de lo que se trata es de recibirlos o de no recibirlos. El problema es que hasta el momento no se conoce a nadie dentro del chavismo constitucional que haya hecho una solicitud de ingreso a la MUD, o algo parecido. Todo lo contrario. En sus declaraciones los chavistas antimaduristas intentan diferenciarse de la MUD. Después de haber roto con lo que ellos llaman, desde su perspectiva, el madurismo, se entienden a sí mismos como una fuerza equidistante entre la MUD y el madurismo, algo así como la tercera fuerza de la política venezolana.

En otras palabras, los chavistas constitucionales no son saltadores de talanquera. Son chavistas. Pero a la vez son, o intentan ser, fundadores de un tercerismo político que busca un espacio de acción dentro del espectro político venezolano. El dilema, por lo tanto, no es si hay que aceptarlos o no. Se trata solamente de reconocerlos en lo que son y por medio del diálogo buscar con ellos algunos puntos de convergencia que puedan llevar a una alianza táctica en función del objetivo de los objetivos: restaurar en Venezuela a la Constitución del 99. Más sería demasiado.

Stalin no pidió a Churchill que se hiciera comunista ni Churchill exigió a Stalin que se convirtiera en un demócrata. Ambos concertaron una alianza frente al enemigo principal, Hitler, y gracias a esa alianza lograron derrotarlo. Eso es una alianza política: la unidad circunstancial de dos o más posiciones diferentes.

La historia del chavismo constitucional es, por lo demás, muy distinta a la historia de la MUD. Por esa misma razón ambas entidades mantienen un relato diferente con respecto a la misma historia. Los chavistas constitucionales, a diferencias de la oposición, han realizado una ruptura epistemológica que ha terminado siendo, como suele suceder, una ruptura política. No así la oposición la que, por supuesto, no ha necesitado de ninguna ruptura para oponerse primero a Chávez y después a Maduro.

Una ruptura epistemológica, en el sentido acordado por Gastón Bachelard al término (en su texto clásico “Filosofía de las Ciencias”) tiene lugar cuando en una narración es introducido un concepto que interrumpe y altera la continuidad discursiva. Ese nuevo concepto interruptor se llama, para el chavismo constitucional, “madurismo”.

De acuerdo al relato histórico del chavismo constitucional, el concepto de madurismo, entendido en discontinuidad con el de chavismo es producto de una ruptura epistemológica que antecedió a la ruptura política que hoy está teniendo lugar. O dicho así: lo que desde la perspectiva de la oposición constituida es percibido como continuidad, desde la perspectiva del chavismo constitucional es percibido como ruptura.

Por lo demás, la lógica de los chavistas constitucionales posee cierta coherencia. El chavismo del madurismo, se quiera o no, terminó siendo diferente- y en algunos casos, opuesto- al chavismo de Chávez. Las diferencias entre el chavismo y el madurismo son, para los disidentes chavistas, fundamentalmente cuatro.

La primera diferencia dice que, mientras el de Chávez era un gobierno que contaba con la mayoría absoluta de la ciudadanía, el de Maduro es un gobierno radicalmente minoritario.

La segunda dice que, mientras el de Chávez era un gobierno político-militar, el de Maduro se constituyó como un gobierno militar-político para llegar a ser después lo que ahora es, una dictadura puramente militar.

La tercera dice que mientras la fuente del poder de Chávez era electoral, la de Maduro es anti-electoral.

La cuarta dice que, pese a que Chávez faltaba a la Constitución, nunca renunció a ella como ha ocurrido con Maduro.

Que chavismo y madurismo son dos formas de un mismo régimen –como sostiene la oposición- es cierto. Pero también es cierto que mientras el primero correspondía a una forma ascendente, el segundo corresponde a una forma descendente. Si Chávez habría hecho lo mismo que hoy hace Maduro, o que Maduro es un Chávez sin plata, también puede ser cierto. Pero no es comprobable. Afirmaciones de ese tipo no tienen más valor que el que se deduce de simples conjeturas. Mucho más cierto es que Maduro está vivo y Chávez está muerto; y esa diferencia es muy comprobable.

Tanto en la vida profesional como en la pública debemos realizar alianzas, incluso con personas e instituciones que no nos gustan. Las hay a largo, a mediano y a cortísimo plazo. Puede ser que la que se pueda gestar entre el chavismo constitucional y la unidad opositora corresponda solo a la tercera categoría.

Tal vez ni siquiera sea una alianza sino un simple acuerdo puntual. No por eso menos necesario. En cualquiera de los casos, lo importante para que actúen fuerzas convergentes es reconocer, aceptar y respetar las diferencias que las separan. Exigir como condición para una acción común la renuncia a esas diferencias es condenarse a sí mismo a la más absoluta soledad. Dicha premisa vale tanto para la oposición como para el chavismo constitucional.

Sin alianzas no hay política.

El arte de armar coaliciones. De Manuel Hinds

El liderazgo es en realidad el arte de armar grandes coaliciones con intereses e ideales comunes. Este arte no depende de miradas o de gestos grandilocuentes, sino de trabajo paciente y de humildad en la búsqueda de estos intereses e ideales comunes.

Manuel Hinds, 31 marzo 2017 / EDH

En una admisión de derrota el líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes Paul Ryan retiró el plan que el gobierno había presentado para reemplazar el Acta de Cuidados Médicos Asequibles (Obamacare). Esto pasó a pesar de que los republicanos tienen en el Congreso la mayoría suficiente como para dar los votos que se necesitaban y más. La derrota fue muy dolorosa, porque la derogación de Obamacare era una de las promesas más importantes de campaña del Presidente.

Esta historia tiene lecciones muy importantes en varias dimensiones políticas. En este artículo me concentro en una sola de ellas—la derrota misma, independientemente de cual era el tema en el que se dio. ¿Cómo es posible que el Presidente, que se considera un experto en negociaciones, y hasta ha escrito un libro sobre el tema, puede haber fallado en armar una mayoría antes de anunciar que ya iba a proceder a cumplir con su promesa de campaña?¿Cómo no vio que tratar de pasar una ley que iba a dejar sin cobertura de salud a 24 millones de personas que acababan de lograrla podías ser fácilmente derrotada? ¿Cómo no pensó que esos 24 millones iban a pesar en los cálculos de los senadores y representantes? ¿Cómo es posible que haya tratado de hacer algo tan controversial en un momento en el que el nuevo gobierno estaba en una situación de baja popularidad?

Con la sabiduría que da saber lo que pasó en la realidad, que da una gran ventaja sobre los que tuvieron que tomar decisiones sin saber lo que iba a pasar, es posible percibir algunos factores comunes en estos errores, de los cuales podemos aprender todos, y principalmente los que queremos salvar al país de un tercer gobierno del FMLN.

Primero, en la base de todo hay un exceso de confianza en la fuerza de un líder y un partido. Este es el error más común en los políticos y el que más los ciega. Muchos en ARENA, por ejemplo, piensan que ya ganaron las elecciones. Derivan esta seguridad no de una realidad, un triunfo electoral como el de Trump y los republicanos, sino de una encuesta y de sus propios deseos.

Segundo, hay una percepción errónea de la causalidad de los fenómenos políticos. Parece que los líderes del Partido Republicano pensaron que si el Presidente había ganado las elecciones eso quería decir que todos y cada uno de sus programas tendrían el apoyo del pueblo, y por tanto, del Congreso. Fue una sorpresa muy profunda cuando descubrieron que esto no era así y que además la oposición a derogar Obamacare estaba compuesta por grupos que pedían cosas que eran incompatibles entre sí. Unos se oponían a la derogación porque su reemplazo sería demasiado derechista y otros porque sería demasiado izquierdista. Esto demuestra un tercer error: el no conocer y subestimar a los propios aliados.

Un cuarto error, que fue lo que mató a la iniciativa pero que se derivó inevitablemente de los anteriores, fue no dedicar el tiempo para buscar soluciones que pudieran crear una coalición que todos los republicanos pudieran apoyar sólidamente.

Hubo en el fondo de todos esto una falta de comprensión del verdadero significado del liderazgo efectivo. Mucha gente cree que en la política de adultos el liderazgo es una característica de la persona, que con un discurso o con una mirada hace que la gente pase por encima de sus intereses y sus ideas para hacer lo que el líder desea que hagan. El liderazgo es en realidad el arte de armar grandes coaliciones con intereses e ideales comunes. Este arte no depende de miradas o de gestos grandilocuentes, sino de trabajo paciente y de humildad en la búsqueda de estos intereses e ideales comunes.

Esta es la lección principal para el centro y las izquierdas y derechas democráticas del país. Lo que buscamos no es un gran líder tipo Chávez, sino la formación de una coalición madura organizada alrededor de ideas poderosas y varios líderes decentes que estén comprometidos con estas ideas—no uno, sino varios porque necesitamos varias personas decentes para escoger, y porque luego necesitamos varios de esos líderes trabajando juntos para sacar el país adelante.

El dilema de los socialistas españoles y la posibilidad de una nueva mayoría reformista. De Paolo Luers

paolo_luersPaolo Luers, 14 diciembre 2015 / EDH

Tuvo que movilizarse el viejo señor del PSOE, el ex presidente Felipe González, para poner en su lugar a “Podemos” y su candidato Pablo Iglesias. Durante meses “Podemos” atacó sin misericordia a los socialistas y su candidato Pedro Sánchez – y esta estrategia tuvo toda la lógica del mundo: “Podemos”, la autoproclamada “nueva izquierda”, para crecer tiene que desplazar a la socialdemocracia. Su campaña es muy simple: atacar a la derecha gobernante, el PP de Rajoy, y decir que los socialistas ya no son oposición, sino cómplices del PP. Ocupar el espacio socialdemócrata. Y luego, pactar con un debilitado PSOE para formar una gobierno de “unidad popular”. Todo muy lógico.

diario hoyLo ilógico es que la campaña del líder socialista Pedro Sánchez nunca entendió que su principal adversario no era ni el PP ni mucho menos el nuevo centro llamado “Ciudadanos”, sino “Podemos”. Era la “nueva izquierda” que le estaba robando votos y disputando el papel de principal retador de Rajoy. Para ganar a Rajoy y asumir el gobierno, el PSOE tenía que parar a “Podemos”, atacándolo. Pero no lo hizo. Ni en las reciente campaña electoral para parlamentos regionales y gobiernos municipales, y tampoco ahora en la campaña que va a definir el Congreso y el gobierno. Pedro Sánchez obviamente se tragó la tramposa tesis de “Podemos” que solo una nueva mayoría de izquierda podrá derrotar a la derecha. Hizo pactos locales y regionales con “Podemos”, incluso algunos (como en el ayuntamiento de Madrid) como socio menor. No entiende que la mayoría que tiene que construir es la mayoría de los reformistas, para derrotar al PP y al mismo tiempo marginar a “Podemos”, la fuerza anti-europea.

Pablo Iglesias y “Podemos” saben que no pueden ganar las elecciones generales en España. Su meta no es ganar, sino desplazar a los socialistas y convertirse en sus herederos. Y de paso, a quebrar su resistencia al populismo y al concepto de la “unidad popular”. Por esto definieron, correctamente, a los socialistas como su enemigo principal. Luego, cuando de repente surgió “Ciudadanos” como nueva fuerza emergente de cambio y renovación, robándole a “Podemos” las banderas del relevo generacional y del cambio, “Podemos” definió a Albert Rivera, el carismático líder de esta fuerza céntrica, como segundo enemigo principal. Se había generado una situación muy compleja: Podemos estaba robándole votos al PSOE, pero “Ciudadanos” le estaba robando aún más a “Podemos”, y al mismo tiempo al PP. Por esto, Albert Rivera creció tanto que ahora muchos piensan que la recta final es entre Mariano Rajoy y él, con las dos fuerzas de izquierda relegadas.

De repente vino Felipe González, agarró el micrófono del PSOE y dirigió todo el ataque verbal a Pablo Iglesias y “Podemos”. Correcto, refrescante, pero tarde. Pedro Sánchez, el líder del PSOE, piensa que necesita a “Podemos”. En caso que logre sobrepasar a Rajoy, quiere gobernar con “Podemos”. En caso que gane Rajoy o Rivera, Sánchez se ve en una alianza opositora con “Podemos”. Felipe vino tarde. Ya no puede cambiar la estrategia de su partido…

Esta estrategia equivocada le va a costar caro al PSOE. No solo están al punto de perder, otra vez, la batalla por la presidencia, sino también el papel de primera fuerza opositora. Lo más lógico, y lo mejor no solo para el PSOE, sino para el país, hubiera sido trabajar desde el principio para que “Podemos” no crezca. Y prepararse a una alianza con la nueva fuerza progresista, liberal, radical-democrática que es “Ciudadanos”. O juntos en el gobierno, o juntos haciendo oposición al desgastado PP de Rajoy. Si Rivera gana, necesita al PSOES para gobernar. Si no, tendría que gobernar con el PP, cosa que no prefiere y que no sería nada bueno para la renovación del país. Si Pedro Sánchez gana, necesita pactar con “Ciudadanos”. Si no es con “Ciudadanos”, estaría obligado a pactar con “Podemos”, lo que sería lo peor para la socialdemocracia, para España y para Europa.

El PSOE y “Ciudadanos” son la fórmula perfecta para renovar España. Tienen muchas coincidencias en temas de institucionalidad, el manejo de la crisis catalana, la reforma de las autonomías, derecho humanos, transparencia, etc. Tendrían que ponerse de acuerdo sobre temas económicos, fiscales y sociales, pero precisamente esto sería bueno para España: salir de la vieja polarización entre neoliberalismo y socialismo, conceptos que ambos ya no tienen vigencia. Es posible una nueva mayoría reformista y progresista. Ojala que los socialistas lo entiendan.