Colombia

El presidente Duterte está repitiendo mis errores. De César Gaviria

El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, a la izquierda, con el director de la Policía Nacional, Ronald Dela Rosa, en Manila durante una rueda de prensa, el 30 de enero Credit Noel Celis/Agence France-Presse – Getty Images

El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, a la izquierda, con el director de la Policía Nacional, Ronald Dela Rosa, en Manila durante una rueda de prensa, el 30 de enero Credit Noel Celis/Agence France-Presse – Getty Images

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César Gaviria fue presidente de Colombia de 1990 a 1994, y secretario general de la Organización de Estados Americanos de 1994 a 2004.

César Gaviria, 6 febrero 2017 / THE NEW YORK TIMES

BOGOTÁ — Las drogas ilegales son un asunto de seguridad nacional, pero la guerra en su contra no se puede ganar nada más con las fuerzas armadas ni los organismos de justicia. Enviar más soldados y policías contra los consumidores de drogas no solo es una pérdida de dinero, sino que además puede empeorar el problema. Encerrar a los delincuentes no violentos y a los adictos casi siempre resulta contraproducente, ya que se acaba por fortalecer a la delincuencia organizada.

Tal es el mensaje que me gustaría enviar al mundo y, en especial, al presidente Rodrigo Duterte de Filipinas. Créame, aprendí a la mala.

Nosotros los colombianos sabemos una que otra cosa de la lucha contra las drogas. Nuestro país ha sido desde hace mucho tiempo uno de los principales proveedores de cocaína en el mundo. Con el apoyo de los gobiernos de Estados Unidos y Europa Occidental, hemos invertido miles de millones de dólares en una campaña incansable para erradicar las drogas y desmantelar a los carteles. Yo personalmente participé en el arresto del narcotraficante más conocido del planeta, Pablo Escobar, en 1993. Si bien logramos hacer a Colombia un poco más segura, pagamos un enorme precio.

NEW YORK TIMESMi gobierno y los posteriores desde entonces hicieron de todo para atacar el problema: desde fumigar los cultivos hasta poner en la cárcel a cada vendedor de drogas a la vista. No solo fracasamos en la erradicación de la producción, el tráfico y el consumo de drogas en Colombia, sino que además provocamos que las drogas y la delincuencia se instalaran en los países vecinos. Además generamos nuevos problemas. Decenas de miles de personas murieron en nuestra cruzada contra las drogas. Muchos de nuestros políticos, jueces, policías y periodistas más brillantes fueron asesinados. Al mismo tiempo, los grandes fondos que amasaron los carteles de la droga se gastaron en corromper a nuestro poderes ejecutivo, judicial y legislativo.

Esta estrategia de mano dura contra las drogas sirvió de poco para disminuir la oferta y la demanda de drogas en Colombia, ni qué decir de mercados como Europa y Estados Unidos. De hecho, drogas como la cocaína y la heroína son más accesibles que nunca en Bogotá, Nueva York o Manila.

La guerra contra las drogas es fundamentalmente una guerra contra la gente. Sin embargo, cuesta eliminar los malos hábitos. Muchos países todavía tienen una adicción a financiar esta guerra. Como el presidente actual de Colombia, Juan Manuel Santos, dijo: “Seguimos pensando que estamos en la misma situación que hace 40 años”. Por suerte, cada vez más gobiernos admiten que se necesita una nueva estrategia, una que elimine las ganancias obtenidas de la venta de drogas y, a su vez, garantice que se hagan cumplir los derechos humanos de todos los ciudadanos y se les proporcione acceso a servicios de salud.

Si queremos controlar lo que sucede con las drogas, necesitamos hablar honestamente. La Comisión Global de Políticas de Drogas —de la cual soy miembro fundador— ha estado a favor de un debate abierto, basado en evidencias, en materia de drogas desde 2011. Apoyamos firmemente la reducción de la oferta y la demanda de drogas, pero diferimos radicalmente con los métodos de mano dura para lograrlo. No somos blandos en el tema de las drogas. Todo lo contrario.

“Si bien el gobierno filipino tiene el deber de brindar
seguridad a su gente, existe el riesgo real de que
la estrategia de mano dura haga más mal que bien”

¿Qué proponemos? Bueno, para empezar, no creemos que el armamento militar, las políticas represivas y las prisiones más grandes sean la respuesta. La verdadera reducción de la oferta y la demanda de drogas se alcanzará al mejorar la salud y la seguridad pública, fortaleciendo las medidas anticorrupción —en particular, aquellas contra el lavado de dinero— e invirtiendo en el desarrollo sustentable. Además, creemos que el camino más inteligente para el combate a las drogas es la despenalización del consumo y asegurarse de que los gobiernos regulen ciertas drogas, incluidas las de uso médico y recreativo.

Si bien el gobierno filipino tiene el deber de brindar seguridad a su gente, existe el riesgo real de que la estrategia de mano dura haga más mal que bien. Sin duda, las penas más severas son necesarias para disuadir a la delincuencia organizada. Sin embargo, los asesinatos extrajudiciales y el vigilantismo son formas incorrectas de proceder. Después del asesinato de un empresario surcoreano, parecería que Duterte estaría más cerca de darse cuenta de ello. No obstante, incorporar al ejército a la lucha contra el narcotráfico, como sugiere ahora, también puede tener consecuencias funestas. La lucha contra las drogas tiene que ser equilibrada, de tal modo que no viole los derechos ni el bienestar de los ciudadanos.

Ganar la lucha contra las drogas requiere abordar no solo la delincuencia, sino también la salud pública, los derechos humanos y el desarrollo económico. Sin importar aquello que Duterte crea, siempre habrá drogas y drogadictos en Filipinas. A pesar de ello, es importante poner el problema en perspectiva: Filipinas ya tiene una menor cantidad de adictos a las drogas. La aplicación de penas severas y violencia extrajudicial contra los consumidores hace que sea casi imposible para la gente que padece una adicción encontrar tratamiento. En cambio, esas personas recurren a hábitos peligrosos y a la economía del crimen. De hecho, el castigo a los adictos va en contra de todas las evidencias científicas disponibles de que eso funciona.

La dureza contra los delincuentes suele aumentar la popularidad de los políticos. A mí también me sedujo la idea de adoptar una postura inflexible contra las drogas cuando fui presidente. Las encuestas sugieren que la guerra contra las drogas de Duterte es igual de popular. Pero pronto descubrirá que no hay forma de ganar. Yo también descubrí que los costos humanos eran enormes. La guerra contra el narcotráfico no se puede ganar matando a los delincuentes menores ni a los adictos. Solo pudimos observar resultados positivos cuando cambiamos de rumbo, y aceptamos que las drogas son un problema social y no uno militar.

Un presidente asertivo toma decisiones que fortalecen el bien público. Esto supone invertir en soluciones que satisfacen las normas básicas de los derechos humanos y minimizan el dolor y el sufrimiento innecesarios. La lucha contra las drogas no es la excepción. Las estrategias orientadas hacia los delincuentes violentos y el lavado de dinero son esenciales, al igual que las medidas que despenalizan a los adictos, apoyan sentencias alternativas a los infractores no violentos de bajo nivel y brindan una gama de opciones de tratamientos a los consumidores de drogas. Esta es una prueba en la que muchos de mis compatriotas colombianos han fallado. Espero que Duterte no caiga en la misma trampa.

¿Estallará la Paz en Colombia? De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 10 octubre 2016 / EDH

El presidente Santos amaneció con la noticia de que le dieron el Nobel de la Paz por sus esfuerzos intentando poner fin a 52 años de conflicto con las FARC, el imperio ideológico de drogas y armas que le ha arrebatado al gobierno el monopolio del uso de la fuerza en gran parte del territorio colombiano. Lo positivo del Nobel es que le reconocerá al presidente el intento y podrá servir para incentivar la continuación de las negociaciones de paz. No necesariamente convencerá a la polarizada Colombia en la que triunfó el “no” en el referéndum que legitimaría los acuerdos de paz, y ojalá no vuelva inflexible al “sí” en lo que a continuar un diálogo respecta.

diario hoyTambién es positivo que el Nobel de la Paz comience a rehabilitar su pésima imagen, dañada en gran parte por haber intentado convertirse en un premio a la popularidad y no al mérito. Ejemplo de lo anterior es que le dieron el premio al presidente Barack Obama, en el primer año de su administración, cuando lo único que había hecho era hablar de paz pero no forjarla. Su legado dejará cientos de civiles muertos en intervenciones de drones en el Medio Oriente, y un par de violaciones al debido proceso que desdicen de lo que el premio supuestamente significa. Santos por lo menos, algo de esfuerzo ha hecho, con independencia de los resultados desalentadores del referéndum.

La paz no necesita marketing. La quiere todo el mundo. Por eso muchos han tachado a los de la postura del “no” automáticamente de intransigencia, cuando dentro de sus posturas, hay varios detalles que vale la pena llevar al diálogo. Entre ellos, las concesiones políticas que se han hecho a las guerrillas, como la cuota garantizada de espacios en el cuerpo legislativo. El poder político es del pueblo para conceder, no del gobierno; es por eso que los espacios solo deberían garantizarse si cuentan con la legitimidad de una elección popular luego de una contienda electoral con diversas propuestas políticas en competencia. Se pueden señalar muchos defectos de los acuerdos de paz salvadoreños, pero la incorporación de las guerrillas a la esfera política sucedió por medio de la elección popular, revistiendo de legitimidad las victorias políticas de los ex-guerrilleros, otorgando un ejemplo digno de emular en el campo de la resolución de conflictos.

Si bien los del “no” tienen argumentos dignos de llevar al debate para continuar aportando insumos a un mejor acuerdo de paz, deben evitar la intransigencia que obstaculiza no sólo el acuerdo perfecto (que no existe) sino también los acuerdos posibles. Específicamente, en el caso de Uribe, el “no” y sus argumentos corren el riesgo de perder credibilidad si se usan como simple herramienta de bloqueo a Santos, o como una herramienta útil para el protagonismo político.

Lo que es un hecho es que la inacción sería dañina para todas las partes involucradas: el sí, el no, y las FARC, puesto que como bien señaló la organización WOLA (Washington Office on Latin America) hay procesos importantes como el desarme de las FARC, supervisado por la comunidad internacional, que estaban por iniciar y que los resultados del referéndum dejan en una suerte de limbo. Pocos incentivos pueden tener las FARC de continuar voluntariamente el desarme ya que sin la ratificación del acuerdo de paz, los guerrilleros mantienen intacto su estatus de fugitivos ante la ley.

Desde cualquier punto de vista, el proceso de paz colombiano merece la atención del mundo. No solo es la primera vez que se lleva a cabo una negociación de este tipo en un mundo interconectado y con tecnología que facilita la participación de muchas más partes que antes, su éxito o fracaso también podrían proveer aprendizaje que países como El Salvador podría aplicar a su estrategia para lidiar con las maras.

@crislopezg

Colombia’s Proof That Democracy Doesn’t Work. Martín Caparros

 Reacting to the failed referendum for a peace accord in Cali, Colombia, on Oct. 2. Credit Luis Robayo/Agence France-Presse — Getty Images

Reacting to the failed referendum for a peace accord in Cali, Colombia, on Oct. 2. Credit Luis Robayo/Agence France-Presse — Getty Images

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Martín Caparros, periodista argentino

Martín Caparros, 7 octubre 2016 / THE NEW YORK TIMES

MEDELLÍN, Colombia —It’s a sad country,” says a girl with long copper-colored hair and a dazed look as she puts her phone away while holding back tears. “Sad, indeed,” answers a close-to-elderly man. And around them, in this Colombian plaza, in Medellín, many could say the same. There are moments when citizens come across something that they don’t recognize, and then that something turns out to be their country. That discovery, the horror of that discovery — that’s the feeling so many Colombians had last Sunday night.

The plebiscite on the peace agreement had just concluded; among 13 million voters, No had prevailed by almost 54,000 votes, 50.2 percent to 49.8 percent. Four years of negotiations between the government and the guerrillas of the Revolutionary Armed Forces of Colombia, or FARC, were going up in smoke. Bewilderment was taking over.

NEW YORK TIMESSeven days earlier, in contrast, everything was rejoicing and pomp, with nearly all the major polls predicting a big victory for the agreement. Someday, someone will speak about it as the greatest historical event that never took place: In Cartagena, peace with a capital P was being celebrated with a wealth of speeches, doves, the presence of kings, bishops, children, presidents. Decked out in white, everyone celebrated the signing of an agreement that will never come to pass.

It was the biggest mistake by a politician who has made a mountain of errors. President Juan Manuel Santos (who won the Nobel Peace Prize on Friday) could have made the agreement official without the need of a plebiscite, but he yielded to the temptation of obtaining, through this peace accord, the support of his fugitive voters. Juan Domingo Perón, a very astute general who kept Argentina at his feet for half a century, was fond of saying, “The best is usually the enemy of the good.” President Santos didn’t know that, or didn’t abide by it, and now he’s paying the price. And all of his citizens are likewise paying.

The Yes vote won in Bogotá, Cali, Barranquilla and Cartagena, and lost in the country’s other big cities. Yes was also the winner by an overwhelming majority in those areas most affected by the war: Chocó, Cauca, Putumayo and Vaupés. In Bojayá, site of the worst massacre carried out by the FARC — in 2002, more than 100 people died inside a church that was bombed by the guerrillas — the Yes for reconciliation won by 96 percent. The Colombian news website La Silla Vacia, citing the Foundation for Peace and Reconciliation, reported that in 67 of the 81 municipalities most affected by the conflict, Yes was the winner.

Often, war is rejected by those who have experienced it; those who see it from afar can afford the luxury of wanting it to continue.

Many speak about Colombia these days as if it were a country severed in two. But what exists is a country divided into three. Those who voted Yes account for just over 19 percent of the Colombian electorate; those who voted No also account for just over 19 percent; those who did not come out to vote are over 60 percent of Colombians. And that is, in the long term, the biggest problem of all.

The agreement was hailed by some as an extraordinary achievement, the end of an interminable war, an opportunity for the country’s development to take off. Others considered the agreement a cowardly concession, posing the danger of a “Castro-Chavismo” nation, as the double defeat of dishonor. But it was assumed that the plebiscite that would decide the issue would be a great moment for the Colombian people, their chance for true democracy to prevail. Yet 20 million Colombians did not vote.

There’s a segment of the population in which decisions of this nature are debated, are deeply felt, and are apparently acted upon. There are many other Colombians who have decided not to decide, and yet it is they who decided this referendum.

The mechanism of representation doesn’t work. Democracy is in trouble. And not only in Colombia, of course. Voting, to which so many aspired for so long, has become a burden or has been forgotten by so many. There are reasons for this, but there’s a factor that confounds all of them: Those who elect not to elect do so because they don’t think they are actually electing anything. Then they wash their hands of the matter and accept, for a while, being left out. But inevitably, little by little, they will start looking for ways in which they can exert influence. From what we see, democracy is not one of those ways.

This is the problem in the long term. In the short term, the Colombian government will try to persuade the FARC chiefs to reopen a negotiation aimed at getting them to accept terms inferior to the just-rejected peace deal. A disappointed President Santos says he is going to ask the No parties what they want. And everyone knows that above all they want some sort of punishment for the guerrillas. How are the guerrillas going to be persuaded to accept it?

“Let them be punished by serving jail terms, sir. And don’t give them any money. I wake up at 4 o’clock every morning in order to earn 689,000 pesos” — just a little over $200 — “and they were being paid for doing nothing, for committing crimes, because they’re not going to give up vice just like that.” That’s what I was told Sunday by an employee at a gas station here in Medellín, bastion of the No vote and of its hero, Álvaro Uribe, the former president. Resentment was one of the reasons for the No, but, as usual, fear was an even stronger one. How is it possible to accept that those who were always enemies will now become part of us?

No one knows what’s coming next. The scenarios are opening up like the folds of a fan: new negotiations, new battles, new agreements or new failures. It’s clear only that everyone has lost a lot of time and that, after last Sunday, an increasing number of Colombians do not understand other Colombians, and they don’t understand the country they are living in.

Aquí no ha pasado nada. De Joaquín Villalobos

El resultado del referéndum obliga en Colombia a negociar,
no a retornar a la guerra.

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JOAQUIN VILLALOBOS

Joaquín Villalobos vive en Inglaterra. Fue asesor tanto del presidente Uribe como del presidente Santos.

Joaquín Villalobos, 5 octubre 2016 / EL PAIS

Dice mi amigo Héctor Aguilar Camín en una de sus novelas que “la política, vista de cerca, aun la política más alta, es siempre pequeña, mezquina, miope, una riña de vecindario. Solo el tiempo da a los hechos políticos la dignidad distante, el sentido superior que es su justificación y, con suerte, su grandeza”. El virtual empate en el plebiscito colombiano es menos fatal de lo que parece y podría derivar en una mayor solidez para la paz. Toda negociación es un proceso compuesto por negociaciones simultáneas que ocurren entre los contendientes y dentro de los contendientes. Desde el inicio fue claro que la paz estaba cerca en La Habana, pero lejos de los consensos de Bogotá. El resultado del referéndum no es el regreso a la guerra, sino el comienzo de la política y este es el propósito fundamental del proceso, por lo tanto aquí no ha pasado nada.

el paisDurante muchas décadas Colombia ha sido, por un lado, una democracia que ha funcionado bastante mejor que en otros lugares del continente, pero al mismo tiempo ha vivido una violencia más severa y prolongada que la que generaron algunas dictaduras. Terminar el conflicto supone lidiar con estas realidades como si se tratara de unir a dos países distintos. Esto implica confrontar diferencias sobre cómo se vive o se ha vivido el conflicto. A mayor proximidad o lejanía de la guerra corresponden más unidad o mayor indiferencia de la sociedad para un acuerdo. El éxito de la estrategia militar del Estado alejó el conflicto de los centros vitales, pero creó un nicho electoral rentable para la competencia política que dificulta los consensos sobre el acuerdo de paz. En ese sentido, el plebiscito fue más una medición de fuerzas de cara a las elecciones presidenciales del 2018 que un referéndum sobre la paz.

Se podría pensar que fue incorrecto realizar la consulta. Sin embargo, el casi empate en el plebiscito deja clara la importancia que tenía su realización. Con una sociedad dividida la implementación de los acuerdos estaría en riesgo sin consensos políticos. Para imponerse, tanto el como el no, requerían una ventaja abrumadora, pero con una diferencia tan estrecha el mandato de los ciudadanos sirve para que los políticos negocien y no para retornar a la guerra. Esto es altamente positivo para el proceso de paz.

Se puede pensar también que fue incorrecto firmar el acuerdo con las FARC sin tener un consenso con la oposición, pero eso hubiera implicado perder la oportunidad de desatar la dinámica que sobre la marcha ha puesto fin a medio siglo de guerra. La existencia de un acuerdo minuciosamente elaborado, los encuentros con las víctimas, el cese de fuego bilateral que ya está funcionando, los contactos entre militares y combatientes, el cese de fuego unilateral del ELN, la posibilidad de que este grupo se sume al proceso, el impresionante interés de la comunidad internacional, el perdón público ofrecido por el líder de las FARC, el despliegue de Naciones Unidas para verificar el desarme y la reducción dramática de la violencia en el último año, son todas sólidas conquistas que se relacionan con haber tomado la oportunidad por la paz.

“La voluntad de combate tanto de insurgentes
como de militares está ahora bajo la influencia
de esta realidad construida por el acuerdo firmado”

La voluntad de combate tanto de insurgentes como de militares está ahora bajo la influencia de esta realidad construida por el acuerdo firmado. En otras palabras, la guerra está atrapada y bajo pleno control de la política. Nadie puede despreciar el enorme valor que esto tiene, al igual que no se puede despreciar la necesidad del consenso con quienes llamaron a votar por el no. Pero sin guerra hay mejores condiciones para que los políticos colombianos hagan ahora su oficio de negociar.

Dicen que no hay mal que por bien no venga y al parecer esto ha ocurrido en Colombia. La polarización es claramente la amenaza más grave al posconflicto y ha venido creciendo exponencialmente entre las principales fuerzas políticas, dividiendo no solo a la sociedad, sino a las familias. La polarización no solo haría fracasar el proceso de paz, sino que podría llevar al país a una crisis de gobernabilidad. Algo similar a lo ocurrido en El Salvador, donde la paz fue un éxito que los partidos convirtieron en fracaso. El empate del referéndum obliga a que los políticos se reconcilien para detener y revertir la polarización y esto es buena noticia. La guerra ha concluido y ha comenzado la política y en esta, recordando a Camín, la intriga, los egos y las vanidades pesan tanto como los intereses estratégicos, esto la vuelve complicada y peligrosa, pero también menos aburrida.

Joaquín Villalobos fue guerrillero salvadoreño y es asesor del Gobierno colombiano en el proceso de paz con las FARC.

Plebiscitos: ¿populismo del siglo XXI? De Luis Mario Rodríguez

Luis Mario RodríguezLuis Mario Rodríguez, 6 octubre 2016 / EDH

Mientras en Venezuela el referéndum revocatorio sigue entrampado, en Colombia, el plebiscito convocado por el gobierno para legitimar el acuerdo de paz se realizó en el tiempo estipulado y arrojó un estrecho margen de 0.45 % a favor del “NO”. Ambos sucesos permiten contrastar dos aspectos. El primero tiene relación con la independencia y la  credibilidad de las autoridades electorales.

diario hoyEn Colombia la encargada de organizar los comicios y de poner en marcha un mecanismo de democracia directa  es la Registraduría Nacional del Estado Civil. Entre el 2 de junio y el 2 de octubre de este año, la Registraduría supervisó la inscripción de nuevas cédulas de identidad, depuró el censo electoral, supervisó las campañas a favor y en contra del acuerdo, actualizó el listado de personas que podían ocupar el cargo de jurados que integrarían las mesas, estableció, en coordinación con los alcaldes, los lugares en los que se instalarían los centros de votación,  seleccionó a los delegados del Consejo Nacional Electoral, nombró las comisiones encargadas de escrutar los resultados, publicó el censo electoral, acreditó a los testigos electorales y entregó los resultados preliminares que otorgaron el triunfo a los simpatizantes del “NO”.

Los habilitados para votar en el plebiscito fueron casi 35 millones de  personas y los puestos de votación 11,034. Ninguna de las fuerzas políticas ni los movimientos a favor de una u otra opción denunciaron fraude alguno y, por el contrario, el escrutinio preliminar fue aceptado de inmediato y nadie dudó de la legitimidad del proceso.

En Venezuela la autoridad responsable de montar el revocatorio es el Consejo Nacional Electoral (CNE). Retrasar el procedimiento hasta enero de 2017 le permitiría al régimen, en el caso que los venezolanos decidan apartar a Nicolás Maduro de la presidencia,  que el vicepresidente finalice el período correspondiente hasta el año 2018; así lo establece la Constitución y, el CNE, fiel al inquilino del Palacio de Miraflores, ha obstaculizado la recolección de firmas y el aval de las siguientes etapas con el propósito de evitar elecciones anticipadas.

La convocatoria al referéndum se hizo el 26 de abril y apenas el pasado 21 de septiembre fue autorizada la recolección del 20% de las firmas de los inscritos en el censo nacional, equivalentes a 3.8 millones de personas, para los días 26, 27 y 28 de octubre, una condición legal que la oposición debe formalizar. El CNE se tomará el mes de noviembre para validar las firmas y hará la convocatoria para la celebración del revocatorio en diciembre, fecha desde la cual el organismo cuenta con 90 días para realizar el revocatorio. En resumen, la entidad electoral ha manipulado el calendario de trabajo para impedir que los ciudadanos se manifiesten por la continuidad o la interrupción del mandato de Maduro antes del 10 de enero de 2017, cuando inician los dos últimos años del gobierno actual.

La segunda cuestión se vincula a la figura que pide la celebración de la consulta popular. Cuando lo hace el gobierno, la equidad de la competencia se tuerce porque el oficialismo tiene más recursos que la oposición para hacer campaña por la opción que respalda. Por el contrario, si quienes toman la iniciativa son los ciudadanos, el dinero es escaso y la capacidad de organización se dificulta. Sin embargo los resultados pueden ser desfavorables en ambos situaciones. En Colombia perdió el “SI”, la alternativa del presidente Santos, lo mismo que en Bolivia, cuando Evo Morales llamó a la población a manifestarse por la reelección indefinida para el cargo de presidente de la República. Igual aconteció en Venezuela cuando Chávez pidió en 2007 la reforma constitucional con el mismo propósito.

Lo cierto es que ahora, en una época en la que los ciudadanos se están tomado en serio los espacios que les otorga la democracia, debe analizarse el tipo de consultas que se autorizan, las materias que se someten a las mismas, la transparencia de los procesos, la independencia de quienes los administran y la manera en la que se configura la pregunta que debe responder el elector. Si se descuidan estos asuntos el populismo podría encontrar otro medio para perjudicar la estabilidad de los sistemas políticos.

Columna transversal: Víctimas y víctimas, en El Salvador y Colombia. De Paolo Luers

paolo_luers-obsPaolo Luers, 7 octubre 2016 / EDH

En el debate sobre la amnistía y su derogación por la Sala de lo Constitucional, muchos hablan de ‘las víctimas’, como si fueran un solo sector determinado de la sociedad, cohesionado, fácil de contraponer a los victimarios. Este es el discurso permanente de las organizaciones de derechos humanos, muchas de ellas ahora trabajando a todo vapor para presentar o reabrir, a nombre de ‘las víctimas’, demandas penales.

diario hoyNo es así. Así como durante la guerra hubo múltiples generadores de violaciones a los derechos humanos, en todo el espectro social y político, existe un universo muy diverso de víctimas.

Víctimas de crímenes de guerra son los mil campesinos masacrados por la Fuerza Armada en El Mozote, pero también los mil campesinos ejecutados como ‘traidores’ por las FPL en San Vicente.

Víctimas son los maestros, estudiantes, sindicalistas y religiosos asesinados o torturados por Escuadrones de la Muerte, igual que los políticos, fiscales, intelectuales, empresarios asesinados por comandos urbanos.

Víctimas son los desaparecidos por los Cuerpos de Seguridad, pero también los secuestrados por la guerrilla – y sus respectivas familias destrozadas.

Víctimas son los que murieron en el atentado a FENASTRAS, pero también los que murieron en el atentado en la Zona Rosa.

Víctima es el padre Ellacuría, pero también el doctor Rodríguez Porth. Caso de una fatal simetría: ambos eliminados por el sector más intransigente del campo opuesto, por el pecado de favorecer una solución negociada al conflicto.

No existen ‘las víctimas’ por otra razón: Tanto entre los víctimas de la Fuerza Armada, como entre los de la guerrilla, y también entre las internas de la izquierda hay quienes piden juicios, quienes piden venganza, y quienes no buscan ninguna de las dos.

No existen ‘las víctimas’. Y nadie que puede arrogarse hablar por todas.

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Cuando en los años 90 se discutió el proyecto de erigir un monumento a las víctimas, algunos propusimos que fuera dedicado a la memoria de todas, no solo las de un lado. Esta idea fue rechazada por las organizaciones de derechos humanos que se arrogaban (y siguen arrogándose) la representación de ‘las víctimas’. Por esto, en el bello muro negro en el Parque Cuscatlán están todos los nombres de los que murieron a manos de la Fuerza Armada, los cuerpos de seguridad y los escuadrones, pero de ninguna de las víctimas a manos de la guerrilla. Y ni un solo nombre de los muertos por pleitos y ‘limpiezas’ internas de la izquierda. Que son las que pocos mencionan.

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Suelo visitar este muro, porque lleva los nombres de muchos amigos. Pero siempre siento algo de vergüenza por los nombres que faltan, por la mezquindad que se expresa en su ausencia. Como si hubiera víctimas buenas y víctimas malas – y por tanto victimarios malos y buenos.

Si en este muro estarían escritos, junto a los nombres de monseñor Romero y los masacrados por el ejército, también los de Roque Dalton, de José Antonio Rodríguez Porth, de Peccorini, de Roberto Poma y de los colaboradores y combatientes de las FPL fusilados por su propios compañeros – me atrevo pensar que tuviéramos un mejor país.

Tal vez nos diéramos cuenta que víctimas y victimarios son mucho más entrelazados que muchos quisieran reconocer – partes de un rompecabezas de miedos, odios, resentimientos, que abarcó a toda la sociedad, transversal a sus divisiones ideológicas.

5bf65f6da918bf3ff489f3aca4539911Ahora, cuando todos nos preguntamos: ¿y hoy qué hacemos con la amnistía derogada y los cientos de casos pendientes?, abandonemos primero el uso arbitrario e ideológico del termino ‘víctimas’. Abandonemos la idea errónea que este es una sociedad dividida entre víctimas y victimarios, entre buenos y malos.

Es interesante observar que en Colombia pasa lo mismo, pero al revés. Toda la discusión sobre justicia y paz, que hizo tan complicada la aceptación de los Acuerdos de Paz con las FARC, se concentró en los crímenes de las FARC. En Colombia todo el debate se concentra en las victimas de las FARC. Pero igual que en El Salvador, los actores de violencia y violaciones a los derechos humanos son múltiples y transversal al espectro político. Nadie en su sano juicio puede decir que las FARC son responsables de los 200 mil muertos y los millones de desplazados. El ejército y los paramilitares tienen que asumir su parte en la cuota de sangre. Muchos colombianos aceptan la impunidad de los militares y de los financistas de los paramilitares, pero se niegan a aceptar una amnistía para los guerrilleros.

Y aquí en El Salvador, muchos aceptan que los dirigentes de la ex guerrilla gozan de amnistía, pero no la quieren conceder a los jefes militares. En mi pueblo, esto se llama hipocresía. Deberíamos cerrar este capítulo y preocuparnos de las víctimas actuales.

Explicar el fracaso. De Héctor Abad Faciolince

Como en el mundo entero, la lucha democrática en Colombia se juega entre una clase política vieja y cansada contra otra clase política menos sensata, más corrupta que la tradicional, pero cargada de eslóganes y payasadas populistas.

Héctor Abad, escritor y periodista colombiano.

Héctor Abad, escritor y periodista colombiano.

Héctor Abad Faciolince, 4 octubre 2016 / EL PAIS

Es muy fácil ser sabio el día después. Cuando ocurre lo que nadie se esperaba, ni siquiera los expertos, entonces los expertos salen (salimos) a explicarlo, serios como tahúres y sin vergüenza alguna de no haberlo previsto antes. En un mundo globalizado, lo que antes se llamaba, con pomposas palabras hegelianas, “el espíritu de la historia”, hoy lleva un nombre mucho más vulgar: trending topic, y lleva un # para indicar el hashtag. El trending topic que ganó en el plebiscito colombiano es bien curioso, un “sí pero no”: #SiALaPazPeroEstaNo. Yes but not. El contradictorio corazón humano entiende estos absurdos de la lógica formal.

Hay sabios que ahora dicen, por ejemplo, que el voto colombiano por el no al acuerdo de paz se debe a la falta de educación y a la ignorancia de un pueblo que es manipulado por la mentira de los enemigos de la paz. O que votó poca gente por el huracán. Hay en esto algo de verdad. Pero como lo mismo ha ocurrido en la culta Gran Bretaña con el Brexit, en Alemania con el castigo a Merkel por decir cosas sensatas sobre los refugiados, en los países de la primavera árabe con el voto mayoritario por los fanáticos religiosos o en Estados Unidos en vísperas de la elección de Donald Trump, me da la impresión de que la “ignorancia” de los colombianos no es buena explicación

el paisEn realidad parecemos un pueblo muy adaptado al mundo contemporáneo, globalizado, y en el mismo trending topic de la Tierra: la insensatez democrática. Si lo nuestro es ignorancia, forma parte de la misma ignorancia global, del primer mundo que destruye la idea de una Europa unida y en paz, del segundo mundo que elige una y otra vez al mafioso de Putin, y del tercer mundo del extremo oriente y del extremo occidente. América Latina, recuérdenlo, es el extremo occidente, con un alma tan misteriosa e incomprensible como la del extremo oriente. Tan misteriosa como la supuesta cultura del centro: la europea occidental que hoy persigue el suicidio como solución.

En Colombia, como en el mundo entero, la lucha democrática se juega entre una clase política vieja y cansada (bastante sensata, tan corrupta como siempre y desprestigiada por decenios de feroz crítica nuestra, de los “intelectuales”) contra otra clase política menos sensata, más corrupta que la tradicional, pero cargada de eslóganes y payasadas populistas. El populismo, la demagogia vulgar, ha arrasado en todo el mundo. Berlusconi fue el prólogo, porque en Italia son los magos del trending topic y se inventa todo antes. Vinieron Chávez, Putin, Uribe, Ortega. ¿Vendrán Trump y Le Pen? Quizá. Todos son demagogos perfectos, cleptócratas que denuncian a la vieja cleptocracia.

“Para que ganara el ‘no’, Álvaro Uribe ha dicho muchas
mentiras que ni él mismo se cree”

1475515757_441155_1475516060_noticia_normal_recorte1El pueblo prefiere votar por ellos con tal de cambiar. ¿Un salto al vacío? Sí. Es preferible el salto al vacío que el aburrimiento de la sensatez. La sensatez no da votos: produce bostezos. Y a lo que más le temen los votantes es a aburrirse. Un pueblo incapaz de aburrirse con buena música, con libros, con cultura, es un pueblo dispuesto a votar por cualquier disparate con tal de divertirse un rato; con tal de ver derrotados, pálidos y ojerosos a los políticos que, por llevar años en la televisión y en el poder, más detestan. Mejor cambiarlos por otros, aunque sean locos. Es una especie de borrachera, de viaje de drogas, de danza dionisiaca.

Y así nos toca asistir al trending topic de la insensatez mundial. Para ponerle un hashtag apropiado, propongo algunos: #QueGaneElDemagogo, #TodoMenosLaPolítica, #AFavorDelQueEstéEnContra. En fin, alguna cosa así: el espíritu de la historia. Los países que ya lo han ensayado empiezan a salir, con una resaca horrenda. Venezuela ya no quiere seguir el experimento chavista, y tarde o temprano saldrá de la locura que los ha consumido económica y moralmente. Ya Italia vivió la penitencia de 15 años de Berlusconi y tal vez no quiera regresar a algo parecido con Beppe Grillo. A Gran Bretaña le llegó la resaca del Brexit al día siguiente, pero ya no sabe cómo evitar la pesadilla que la mayoría votó.

¿Qué haremos en Colombia? Estamos como estaría Estados Unidos al día siguiente del triunfo de Trump: atónitos, desconsolados y sin saber qué va a ocurrir. Pero quizá las cosas sean más sencillas. No tan hegelianas (el pomposo “espíritu de la historia”) sino más bien nietzscheanas: humanas, demasiado humanas. Todo sigue siendo una feria de vanidades. Si Uribe estuviera en el Gobierno, habría firmado la misma paz con las FARC, aunque quizá sin nada escrito y con una dosis muy, pero muy baja de verdad. A Uribe lo que menos le interesa es la verdad, pues en la verdad podrían salir muy salpicados él y sus amigos más íntimos. Pero en el fondo el acuerdo sería parecido. Para que ganara el no, ha dicho muchas mentiras que ni él mismo se cree: que el comunismo tomará el poder, que ya viene el lobo del castrochavismo, que está en contra de la impunidad de los terroristas. Qué va, no es eso. Santos y Uribe quieren lo mismo: ser ellos, cada uno, los protagonistas del acuerdo, y que el protagonista no sea su adversario político. Es un asunto humano, demasiado humano, de pura vanidad. La paz sí, pero si la firmo yo.

“Estamos como estaría EE UU al día siguiente del triunfo
de Trump en las elecciones presidenciales”

Cambiar el acuerdo de paz, que es lo que el pueblo ha decidido al votar mayoritariamente por el no, es posible jurídicamente, pero muy difícil políticamente. El presidente Santos tendría que darle a Uribe uno o dos puestos en la mesa de negociación de La Habana. Los delegados de Uribe tendrían que obtener algo de las FARC (digamos dos años de cárcel), y todo esto a cambio de lo que tanto Uribe como las FARC quieren: una asamblea constituyente. Con una nueva Constitución pactada con las FARC, Uribe podría nuevamente aspirar a ser presidente (lo que está prohibido en la Constitución actual), y las FARC podrían ser un nuevo gran partido de la izquierda populista (estilo Ortega y Chávez). Así, todos contentos. Pero, obviamente, Santos no querrá que Uribe le quite el protagonismo. Así que no sabemos nada, y viviremos en un pantanero confuso hasta que haya elecciones y tengamos un nuevo presidente.

El 2 de octubre se acabó el periodo de Santos, el presidente que hizo el esfuerzo más serio por la paz y alcanzó a firmarla, para verla caer ocho días después. Gobernará por ley y por inercia hasta el 7 de agosto de 2018. Y el proceso de paz seguirá en un limbo de incertidumbre jurídica y real. Pero eso no importa, Colombia es el país en el que todo es provisional, todo es por el momento, mientras tanto. Un país hiperactivo y sobreexcitado, experto en drogas estimulantes: cafeína, cocaína, nicotina, alcohol.

No es que los encuestadores fracasaran al pronosticar el triunfo del sí; lo que pasa es que la gente contestó mentiras, les daba vergüenza votar por el no, pero votaron. Así como les da vergüenza decir que votarán por Trump, pero votarán. Los que votamos por el soñábamos con “una paz estable y duradera”. La mayoría, el no, votó por una incertidumbre estable y duradera. Al fin y al cabo ese es el verdadero trending topic de Colombia, ahora y siempre: #UnaIncertidumbreEstableYDuradera. Como estará el mundo entero cuando amanezca el 9 de noviembre del 2016 y haya ganado Trump. Yo ya sé lo que se siente: miedo, tristeza y desesperación.