Autor: segundavueltasv

Carta a Yesenia Hernández: ¿Ingenua o tramposa? De Paolo Luers

18 septiembre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Estimada concejal:
En Twitter se me ha desatado una ola de protesta (incluyendo los usuales insultos), porque le llamé a usted “ingenua” – por pensar que cambiándose del PDC al campo de Bukele estaría ayudando a “despolarizar” el país. Yo tengo la opinión que Bukele es la figura más polarizante de este país. La confrontación que él genera ya no es la clásica entre derecha e izquierda, sino una nueva y aun más explosiva entre democracia plural y caudillismo demagógico. Es a confrontación de uno contra todo el sistema político. No ver esto y pensar que Bukele es el hombre que sepa superar la polarización – eso es lo que yo llamo “ingenuo”.

¿Por qué sus defensores en las redes sienten que decirle “ingenua” es un insulto, casi un delito de violencia contra a mujer? Todo lo contrario: “Ingenuidad” es a interpretación más benévola que uno puede hacer del transfuguismo que ustedes han cometido al postularse a principio de este año como candidatos del PDC; al asumir sus cargos de alcaldes o concejales bajo la bandera del PDC; y al salir en septiembre uniéndose a la campaña de GANA-Nuevas Ideas. La otra interpretación, hecha por muchos, es que ustedes se vendieron, al mejor estilo de GANA, que es un partido nacido del transfuguismo que hizo de la compra-venta de voluntades políticas su negocio.

Yo no la estoy acusando de haberse vendido. No creo que a usted la compraron. No hubo necesidad. Y con esto llegamos a definir lo que significa “ingenuidad”. La Real Academia Española lo define así: ingenuidad = candor, falta de malicia.” Google nos da una definición más explicativa: “ingenuo = persona que es sincero, candoroso y sin doblez y actúa sin tener en cuenta la posible maldad de una persona o la complejidad de una situación.”

Esto es exactamente lo que yo quería expresar cuando le dije “ingenua”: Usted realmente cree en el discurso de Bukele, sin tener en cuenta su posible maldad, ni a complejidad de la situación de nuestro país. Usted no ve que el movimiento de Bukele, que surge de su capacidad de ubicar y luego profundizar y movilizar los resentimientos y las frustraciones que tantos (con sobradas razones) tienen con la política nacional, no es para superar la polarización – es para que surja un nuevo polo que se enfrenta a todos.

De todos modos, si queremos hablar de culpa, no la tienen solamente ustedes. Parte de la responsabilidad tiene el PDC, que conscientemente aceptó a candidatos, quienes abiertamente simpatizaron con Nuevas Ideas más que con el PDC. Era obvio que ustedes eran candidatos de Bukele, a pesar de su discurso oficial del abstencionismo. Su operador de propaganda, Neto “El Brozo” Sanabria, los estaba promoviendo abiertamente durante toda la campaña.

Todo este fenómeno también se podría interpretar como una infiltración planificada de agunos celestitos en el PDC – para luego conseguir que este partido se sumara a la candidatura de Bukele. Puedo entender que están algo decepcionados que esto no prosperó – y que en vez de conseguir otro partido taxi, Bukele se tuvo que conformar con algunos tránsfugas que se le unieron a título personal.

No son los únicos ingenuos que se unen a este movimiento, a pesar de su carácter caudillista y su falta de sustancia política. Solo espero que los ingenuos no se dejen contaminar de la malicia de sus operadores. 

Saludos de

 

 

Anuncios

La lucha contra la impunidad debe seguir. De Erika Saldaña

17 septiembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El Salvador ya tiene su primer expresidente de la República condenado a cárcel por delitos de corrupción. Motivo de vergüenza nacional. El pasado miércoles, el Tribunal Segundo de Sentencia de San Salvador condenó a Elías Antonio Saca y varios de sus colaboradores más cercanos a penas de prisión y a restituir cientos de millones al Estado salvadoreño. Es discutible si la pena es ejemplarizante o injusta, pues para unos es motivo de celebración, pero para otros estas personas merecían la hoguera. La condena fue calificada como histórica por el Fiscal General de la República, y no han faltado los reproches tanto a la pena como a la afirmación del funcionario.

Para un sector de la opinión pública es risible una condena a diez años de cárcel, cuando ésta tiene como base la confesión de desfalco de más de trescientos millones de dólares por el mismo expresidente. A un ciudadano común y corriente, en un proceso judicial con todas las de la ley, le habrían tocado entre veinte y treinta años de prisión. Pero tratemos de tomar las cosas en su justa medida. Sí, es una condena mínima en relación con el impacto que los actos de corrupción han tenido en la sociedad salvadoreña; pero no es poco, ni el equivalente a un viaje al Caribe. Más que por el número de años de prisión ordenados por el juez, la condena al expresidente Saca es histórica porque, esta vez, la impunidad en los delitos de cuello blanco no se salió con la suya.

El Salvador ha tenido una historia en la que el peso de la justicia le llega al más pobre. Hemos visto duras condenas a personas que se han robado gallinas para poder comer o muchos años de prisión a quien se robó un reloj de quince dólares. Pero pocas veces la justicia le había llegado a personas en posiciones de privilegio y menos a un expresidente de la República. Lo anterior no significa que hay que aplaudir el trabajo del sistema de justicia, pues falta muchísimo por hacer; pero resulta imposible negar que existe un avance.

Ahora corresponde a la Fiscalía General de la República demostrar que esta condena no fue un golpe de suerte. En primer lugar, las investigaciones y procesos judiciales deben seguir. La confesión del expresidente dejó sobre la mesa la posibilidad de investigar el cometimiento de otros delitos por parte de personas que no han sido procesadas. Esto debe hacerse. Por otro lado, la Fiscalía está en la obligación de aplicar la Ley de Extinción de Dominio, recuperar el dinero robado y devolverlo al Estado para su inversión en la sociedad. El afectado directo por los delitos de corrupción siempre es el ciudadano que no obtuvo un servicio público de calidad por carencias económicas del gobierno.

Y para dejar a un lado especulaciones, la Fiscalía debe transparentar los motivos por los cuales negoció penas parciales con los condenados. Si se contaban con todos los elementos probatorios de los cuales se hacía alarde en cada conferencia de prensa, lo justo es que se revele a la población qué gana el Estado con bajarle una pena a alguien que se la merecía completa.

Así como una persona no es monedita de oro para caerle bien a todo el mundo, tampoco las instituciones. La Fiscalía nunca va a quedar bien con todos y siempre le vamos a exigir más. Pero no podemos negar que la condena a un expresidente de la República por corrupción es un paso en la dirección correcta. Para cerrar uno de los tantos capítulos tenebrosos de nuestra historia, es necesario que se concluyan el resto de investigaciones y procesos judiciales en el caso “destape a la corrupción”, y que además se recupere el dinero robado.

Como sociedad debemos tener en cuenta que los cambios son procesos que llevan tiempo, no son eventos de un momento específico. Esta condena no va a limpiar el historial de corrupción, es solamente un paso en el combate de un delito enquistado en nuestra sociedad a distintos niveles. También hay que poner los ojos en el sistema de transparencia del país. Las personas que estuvieron al frente de instituciones como la Corte de Cuentas también deben responder por su pasividad u omisión de actuación durante la época de Saca. Las investigaciones y condenas deben continuar.

El desencanto de Trump por la Isla del Encanto. De Cristina López

17 septiembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El huracán María devastó Puerto Rico hace casi un año, pero ciertas zonas de la pequeñísima isla caribeña le harían pensar a cualquier visitante que el desastre natural fue mucho más reciente. Imparable, la naturaleza en Puerto Rico (llamada la Isla del Encanto por su belleza) destrozó infraestructura vial, tendido eléctrico, casas y sembrados, pero no el tesón, optimismo, y fe de su gente. Tuve el privilegio de visitar la isla el fin de semana pasado y no dejó de impresionarme que las ganas de luchar y agradecimiento por la vida que tienen los puertorriqueños son palpables y se manifiestan en varios lugares. Se ven en una casa a medio caer con una pancarta que anuncia: “¡Gracias a Dios tenemos vida!”. Se ven en un grafiti en una puerta que cuelga de sus bisagras que grita, en furiosa tinta negra: “¡Puerto Rico se levanta!”. Se oyen en las palabras de un agricultor que cuenta la historia de cómo perdió todas sus cosechas, “pero no la vida, para poder sembrar otra vez”.

El huracán María no solo dejó una catástrofe humanitaria que seguirá teniendo efectos en el desarrollo y economía puertorriqueña por años; fue también el desastre más letal en la historia de Estados Unidos, cobrando más vidas que el ataque terrorista del 11 de septiembre de 2011. Sí, en la historia de Estados Unidos: muchos olvidan que Puerto Rico, en su condición única de “estado libre asociado” es efectivamente parte del territorio de los Estados Unidos —los puertorriqueños son tan estadounidenses como la gente de Texas, Nueva York o California. Sin embargo, la manera en que tanto los medios de comunicación como las autoridades gubernamentales ignoraron el sufrimiento de sus compatriotas con una pobre cobertura mediática de la catástrofe y una aún más pobre respuesta gubernamental, daría a cualquiera la impresión de que los puertorriqueños le son ajenos a Estados Unidos.

Según estudios independientes, casi 3,000 personas perdieron la vida como consecuencia del huracán. Hubo zonas a las que no llegó agua o comida por días, afectando a poblaciones enteras. Gente que dependía del acceso a infraestructura hospitalaria y medicinas sucumbió a las enfermedades que los aquejaban. Y, sin embargo, el presidente Trump, cuya fragilidad de ego motiva la mayoría de sus declaraciones públicas, rechazó la cifra de muertos (¡como si la evidencia empírica fuera opinable, o como si el dolor de las familias que enterraron o vieron desaparecer a los suyos fuera sujeto de debate!) alegando que era un invento de sus opositores políticos para dañar su imagen y que menos de una docena de personas había perdido la vida durante la tormenta. No hacía falta inventarse nada para dañar la imagen del gobierno federal en lo que a la respuesta humanitaria en Puerto Rico respecta, puesto que la ineficiencia, falta de recursos, y pésima ejecución terminaron siendo el principal motivador para que fueran diferentes organizaciones filantrópicas las que llenaran el vacío y enfocaran sus esfuerzos en la Isla, proveyendo los servicios más básicos a aquellos que se quedaron sin nada: desde asistencia médica hasta tiempos de comida.

La reacción de Trump la motivó el hecho de que, mientras informaba a la población de las acciones que el gobierno tomaría en preparación al huracán Florence que recién atacó la Costa Este, Trump no pudo evitar autodedicarse un piropo por lo que, según él, había sido un éxito de respuesta gubernamental al huracán en Puerto Rico. Inmediatamente, periodistas, expertos y políticos contextualizaron los comentarios ególatras recordando que tras la pérdida de casi 3,000 vidas humanas, difícilmente podría llamarse exitosa a la respuesta gubernamental. Claramente para Trump, el avance de su agenda política amerita ignorar la existencia de miles de ciudadanos americanos en Puerto Rico. Por suerte, y como decía la pancarta en esa casa a medio caer, “¡gracias a Dios!” ni la agenda de Trump podrá parar el espíritu luchador de los boricuas, y por eso, Puerto Rico se levantará.

@crislopezg

¿Qué será? De Cristian Villalta

16 septiembre 2018 / La Prensa Gráfica

Sí, te verías preciosa en ese traje. El escudo nacional en las faldas de la pollera, la mantilla de encaje cubriéndote la cabeza. Y no, no te lo digo como ironía, lo prefiero mil a veces a que te enroles como cachiporrista. Pero amar a tu patria, ángel de mi vida, no tiene nada que ver con ese despilfarro de encajes azul y blanco.

Si me pides explicártelo, lo intentaré, aunque es un esfuerzo inútil. Esto de la patria solo se aprende con el tiempo; cuando ser salvadoreña te duela, entonces te acordarás de lo que hoy te digo.

“Nuestra patria El Salvador” no es un lugar. La patria es más que nuestros volcanes, que nuestros campos perversamente generosos en gente pobre, que nuestros ríos a cuyos flancos se peca como se implora. Y sí, tienes razón, son 21 mil kilómetros de cielo sobre 21 mil kilómetros de tierra. Pero la patria es más que la suma de este suelo y de esas nubes.

Tampoco cabe en las páginas de un libro. La patria nada tiene que ver con esos hombres cuyos apellidos te aprenderás con el tiempo. Ellos, presbíteros, generales y nobles, fueron piedra fundadora de la República de El Salvador. Y, pese a lo mal que lo hicieron, les seguimos rindiendo homenaje. Es que, óyeme, con lo que los próceres sembraron hace 200 años, cosechar paz era imposible. Fue más fácil cosechar despojo.

La patria no es la paz, pero son gemelas. Es que la patria es un deseo, el deseo de vivir en paz sin movernos del metro en que nacimos, del metro en que crecimos, del metro en el que gozamos a nuestra familia, del metro en el que conocimos el amor.

Y la paz no es posible sin justicia ni igualdad. Si no reconocemos al otro como igual a nosotros, no reconoceremos sus derechos. Si creemos que por pensar distinto a nosotros ese otro es un extraño aunque vivamos en el mismo pedazo del mundo, no hay posibilidades de justicia para él.

En El Salvador, miles de personas nunca gozaron de esa posibilidad, ¿sabés? Por pensar distinto que los más fuertes, por no ser considerados sus iguales por los más fuertes, por exigir solidaridad, por hacerse en voz alta las preguntas propias de un corazón bueno, por todo ello debieron irse y olvidar ese metro para siempre.

Pero no todos se fueron. Algunos se quedaron acá, preguntando hasta morir, porque hay corazones que no saben callar. Y eso es el corazón de un patriota: aunque puede llevarse la patria consigo como uno se lleva sus sueños allá adonde vaya, el patriota entiende que la paz más cara, la paz soñada, es la de tus iguales, la de los de tu tierra. Y te quedas con ellos… Antes de que todos te digan santo, unos pocos deben decirte hermano.

Nadie hace un conteo de patriotas, no sé cuántos haya hoy. Sé que alguna, muchas veces en nuestra historia, amar a la patria inspiró a los mejores salvadoreños a resistir. Aunque ahora sobramos los sensatos que te recomiendan soportar, eso no tiene nada que ver con la patria. La patria no se lleva bien con la cobardía.

Imperfecta y querida, esa ha sido la patria para mí. ¿Qué será para ti, cariño? ¿Qué será mañana? ¿Qué será?

El rapto de Europa. De Máriam Martínez-Bascuñá

La buena noticia es que la Unión Europea, al fin, se ha politizado; la mala, que si no actuamos en consecuencia, acabaremos perdiéndola.

Docente de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

16 septiembre 2018 / EL PAIS

Europa vuelve a ser un campo de batalla, aunque no lo sea, felizmente, por una guerra que la transforme en un paisaje lunar, como en aquellos tiempos no tan lejanos en los que, según describía Vonnegut, Dresde dejó de parecerse a una Florencia sobre el Elba. Lo que nos jugamos en esta otra contienda, como dijo Tsipras este martes en Estrasburgo, es de “carácter existencial”, pues sucede que, una vez rota su promesa de prosperidad, la idea de Europa ha pasado a ser un significante vacío a la espera de ser rellenado de sentido. La disputa es, de nuevo, sobre su identidad, y me temo que ya no basta con defender a Europa. El dilema no consiste en Europa sí o no. Se trata de saber qué Europa queremos.

Cuando Farage y los suyos abandonen de una vez el barco, el Europarlamento dejará de contar con fuerzas políticas que solo quieren marcharse. La batalla se producirá entonces por la influencia dentro de la Unión y por el modelo que se quiera imponer. Se equivocan quienes piensan que la UE está en decadencia: jamás la batalla política se presentó en un marco tan europeo. Y es en esa clave donde hay que interpretar las palabras de Orbán del verano pasado: “Hace 27 años pensamos que Europa era nuestro futuro. Hoy, somos el futuro de Europa”. Recordaba con ellas que, lejana ya la caída del muro de Berlín, el conflicto político se articula ahora en términos identitarios, y de ahí surge su abyecta bandera: “Europa para los europeos”.

No se trata, por supuesto, de la Europa cosmopolita y liberal de Macron, o de la humanista e intrépida tierra de Odiseo a la que apelaba Tsipras; su Europa es aquella que antepone los valores cristianos a los derechos individuales; la que, al parecer, permite también la imposición del libre mercado sin incluir en la ecuación la libertad política para Hungría o Polonia. Esa es la enorme importancia de la votación del miércoles en el PE.

La pugna por la identidad se libra encarnizadamente en el seno del Partido Popular Europeo. Las próximas elecciones pueden colocar a la extrema derecha como segundo grupo del Europarlamento, incluso con Orbán a la cabeza, y ya verán cómo las viejas batallas entre Juncker y Schulz nos parecerán entonces amables duelos dialécticos, apenas una disputa sobre matices entre bienintencionados caballeros. Ahora más que nunca estamos ante la confrontación de modelos antagónicos: uno que, con sus diferencias, incluye el liberalismo de Macron, la democracia cristiana de Merkel y la socialdemocracia; y el otro, los grupos de ultraderecha dispuestos al asalto definitivo de la fortaleza. La buena noticia es que Europa, al fin, se ha politizado; la mala, que, si no actuamos en consecuencia, acabaremos perdiéndola.

@MariamMartinezB

 

Carta sobre la corrupción: Ver el bosque, no solo los árboles podridos. De Paolo Luers

15 septiembre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

La corrupción es un cáncer. Puede matar la democracia. De acuerdo. Pero no nos damos cuenta que la medicina que recetamos puede ser más mortal que la enfermedad.

¿Por qué ahora estamos hablando todos de la corrupción? Es porque ahora hay más transparencia; hay más investigación; hay juicios; hay un presidente confeso y condenado, y otro prófugo; hay más vigilancia ciudadana; y porque leemos sobre la corrupción todos los días en los periódicos.

¿Estos son muestras que el país se está hundiendo en corrupción – o más bien que al fin estamos empezando a superarla? El país parece asumir lo primero. Hay un clima de sospecha generalizada: Para muchos, toda la política, todos los partidos, los partidos enteros, todos los funcionarios son corruptos, incluyendo los futuros que todavía no han tenido oportunidad de mostrar de qué son hechos.

Es cierto: La corrupción es sistemática, como hemos visto en los casos Saca y Funes. Diseñaron un sistema de robo. ¿Pero es cierto que sea sistémica, como muchos nos quieren decir? Sistémico en el sentido que incluso los hombres y mujeres de buenas intenciones que asumen cargos políticos, necesariamente terminarán corruptos, porque el sistema los corrompe.

Es cierto: Todos los partidos políticos han tenido diputados, funcionarios, dirigentes corruptos. ¿Pero son corruptos los partidos, todos enteramente, y todos por igual? No.

Las medicinas contra la corrupción son: transparencia, vigilancia ciudadana, sólidas instituciones que la investigan, persiguen y enjuician. Necesitamos más de estas medicinas, y más eficientes. ¿Pero será buena medicina la sospecha generalizada? ¿Será buena medicina la descalificación general de los partidos, de la Asamblea Legislativa, del sistema de justicia? No.

La sospecha generalizada y la deslegitimación sistemática de las instituciones y los partidos, de la clase política en general, son tan erosivos para la democracia que la misma corrupción. Profundizan los resentimientos populares, dan oxígeno a la anti política, y en última instancia abren espacio para movimientos autoritarias y anti institucionales.

Hay discursos irresponsables que atizan este fuego. Algunos los usan por ingenuidad, otros por interés. Para los partidos emergentes, para tener éxito, lo más rentable es arremeter contra todo: el sistema, la clase política, el establishment, ‘los mismos de siempre’ – contra la política misma. Si fuera solamente Nuevas Ideas que emplea este discurso redentor, no lograría erosionar la confianza de la gente en el sistema democrático e institucional del país. Pero a veces también caen en este discurso otros partidos emergentes, como Vamos y Nuestro Tiempo, igual que movimientos ciudadanos que con buenas razones se organizan para denunciar las deficiencias institucionales.

Si además tenemos una embajadora de Estados Unidos, un fiscal general y medios que diariamente hablan de la corrupción, pero no saben proyectar que la crisis se debe precisamente a que al fin la estamos enfrentando, el resultado es fatal: Lo que en realidad es la fiebre producida por la lucha contra la corrupción, es percibida como la fiebre de la agonía fatal del sistema.

Es en este ambiente que vamos hacia las elecciones presidenciales. En este ambiente de sospecha generalizada corremos peligro que ningún candidato, aun cuando proponga las soluciones correctas, tenga credibilidad. En una situación donde es urgente que los incipientes esfuerzos de transformar, limpiar y abrir los partidos adquieran fuerza y logren cambios, existe el peligro que se estrellen contra el muro de la incredulidad generalizada.

Los movimientos autoritarios y demagógicos no necesitan que los ciudadanos les crean. Lo único que necesitan es que los ciudadanos ya no crean a nadie y en nada. Así se genera la situación absurda que las propuestas más indecentes de repente puedan competir en igualdad de condiciones – o incluso con ventaja, siempre cuando logren explotar y movilizar las frustraciones y los resentimientos que con sobradas razones tiene la gente.

¿Qué hacer? Ver el bosque y no solo los árboles podridos. Exigir transparencia, instituciones sólidas e independientes, mejores políticas públicas. Y más sensatez. Creamos en nuestro poder ciudadano para producir cambios en los partidos e instituciones, en vez de delegarlo a redentores.

Saludos,

¿Una crisis futura? De Manuel Hinds

14 septiembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Como es bien sabido, el impago parcial de unas deudas pequeñas hace un par de años tuvo efectos muy negativos. Nos llevó a una reducción de la calificación de nuestra deuda, que es un indicador de la confiabilidad que tiene el gobierno para pagarla. Una reducción lleva a que menos personas naturales y jurídicas estén dispuestas a financiar al país, y a que otros, que estaban dispuestos a comprarlos a una cierta tasa de interés, estén dispuestos a seguir haciéndolo pero a tasas de interés más altas. El pago de tasas más altas implica que, de los fondos con los que cuenta el Estado, las cantidades asignadas a otros gastos o inversiones tienen que ser menores. Es decir, tasas más altas significan menos escuelas construidas, o menos medicinas en los hospitales, o menos policías en las calles.

Así, además de afectar muy negativamente el prestigio del país, el impago nos ha llevado a tener que pagar más caro por el crédito al país. Esto debería haber quedado como una lección muy clara de que jamás debemos entrar en impago de una deuda, ni siquiera por unos minutos, si es que una lección era necesaria para una cosa tan evidente.

Se acerca la presentación del presupuesto para 2019. De acuerdo con una sentencia de la Sala de lo Constitucional, el gobierno tiene que incluir en él el pago de todos los gastos que ya se sepa que tienen que pagarse al momento de elaborar el presupuesto, lo cual incluye el pago de estos bonos en septiembre de 2019. Este pago es como mínimo de $800 millones pero hay otros $1,200 millones que los tenedores de estos bonos pueden también presentar al cobro si así lo desean. De esta forma, el gobierno tiene que estar listo para pagar $2,000 dentro de un año, y esto debe presupuestarse.

De acuerdo con la Constitución, todos los gastos incluidos en el presupuesto tienen que ir acompañados de la forma en la que serán pagados, que en este caso tiene que ser la emisión de otros bonos con vencimiento en el largo plazo por una cantidad equivalente. La emisión de estos bonos requiere la aprobación de la mayoría calificada de la Asamblea Legislativa.

Esta emisión es completamente distinta de las emisiones que el gobierno pueda querer realizar para pagar los otros gastos incluidos en el presupuesto, que pueden reducirse si se reducen los gastos que van a financiar. En este caso, el gasto que los nuevos bonos financiarían no se puede reducir ni eliminar, porque está determinado por el vencimiento de una deuda ya existente. Esta emisión también es diferente de las que pagan nuevos gastos en otra dimensión: estos bonos no aumentarán la deuda ya existente del país en forma neta, porque el aumento de deuda que ellos implican será compensado por la disminución de la deuda implícito en el pago de los bonos anteriores. Una tercera diferencia es que si no se aprueban se afectaría la situación del país como deudor de una manera muy negativa, causando costos en todas las dimensiones de la vida del país. Una cuarta diferencia es que el dinero conseguido por los futuros bonos tiene que estar disponible en un cierto día de acuerdo a obligaciones incurridas por el estado salvadoreño. El atraso en esta fecha es ya en sí un impago, aunque el pago se realice un día después. Dado que la emisión de bonos en los mercados internacionales requiere trabajos que tardan meses, es necesario que la aprobación deje un buen margen de tiempo para la emisión.

Por estas razones, la emisión de estos bonos con el destino exclusivo de pagar las deudas ya adquiridas debería ser considerada con criterios distintos a los de las demás deudas propuestas por el gobierno, y debería ser aprobada sin atrasos para que el dinero esté disponible en el momento en el que se necesite. Este es un tema de país, no uno de partidos políticos. Un atraso en este pago sería fatal no solo para el gobierno que esté en el poder sino también para el país entero.