Autor: segundavueltasv

Carta a las “niñas”: Sean vírgenes… o exijan sus derechos. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 22 agosto 2017 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Estimadas jóvenes salvadoreñas:
Siempre cuando hay un problema que nuestra sociedad y los políticos no quieren enfrentar, inventan o reforman una ley. A veces unánimemente, entre todos los partidos, bajo el aplauso de todos que al fin duermen tranquilos: iglesias, grupos feministas, organizaciones de derechos humanos, y hasta los hipócritas que se oponen a que ustedes tengan acceso a educación sexual y métodos anticonceptivos…

Prohibieron el matrimonio para menores de 18 años. Problema resuelto. Busquemos otro asunto que requiere de una nueva ley.

mas¿Problema resuelto? ¿Cuál? Hablaron mucho del problema -real, serio y masivo- de las jóvenes menores de edad víctimas de violaciones. Dijeron que muchos de los matrimonios de muchachas menores de edad embarazadas sirvieron para encubrir el delito de la violación. Seguramente es cierto. ¿Pero alguien cree que va a haber menos violaciones, solo porque el hombre ya no se puede casar con la víctima? Paja: Nadie viola una menor de edad para casarse. El flagelo de las violaciones hay que combatirlo con otras medidas, no solo de mejor investigación policial, sino sobre todo empoderando más a las menores, para que conozcan sus derechos.

EDH logAhora ustedes, al salir embarazadas antes de cumplir 18 años, ya no se podrán casar con el padre, sea violador, abusador o sea que se trata de una historia de amor. Entonces, va a haber más uniones no matrimoniales, con menos protección para la joven madre y para el niño.

Entonces, ¿cuál es la próxima ley que se van a inventar? ¿Prohibir el embarazo de menores? ¿Prohibir el amor entre menores? ¿Un decreto de castidad? ¿Una policía sexual?

Hablaron mucho, y tienen razón, que a las muchachas no les conviene convertirse en madres a tan temprana edad, ya que esto les resta opciones de estudio y desarrollo profesional. Correcto. ¿Pero este problema se va a resolver prohibiendo que se casen? No.

Vivimos en una sociedad en la cual es un hecho irreversible que un gran porcentaje de menores de edad son sexualmente activos. Ninguna ley puede revertir esto. Ustedes, con toda razón, lo ven como un derecho. Porque los menores de edad no solo tienen derecho a educación y opciones profesionales, también tienen derecho a vivir su sexualidad – y el Estado no tiene porqué meterse en esto. Me pregunto: en todo este debate sobre el matrimonio infantil que llevó a la reforma de la ley, ¿a ustedes les han preguntado qué piensa y qué quieren? Lo dudo. Me pregunto: Tiene sentido tratar a las niñas de 12 o 13 años de la misma manera como a las muchachas de 16 y 17, en cuanto a su derecho de decidir sobre su sexualidad y sobre unirse o no con el padre de su hijo, en caso que salgan embarazadas? Bajo la ley, todas son menores de edad, pero en la realidad viven situaciones bien distintas con sus padres, con sus novios, con la sociedad en general…

Los problemas del embarazo de menores, así como el problema de las violaciones, van a persistir igual. La nueva ley no va a cambiar nada para prevenir estos fenómenos sociales.

La única manera de combatir los embarazos de menores se llama educación sexual, incluyendo acceso libre a métodos de prevención de embarazo. Garantizados por el Estado, como un derecho de los y las menores de edad, incluso en caso que los padres no estén de acuerdo. Ahh, pero cuando hablamos de esto, muchos de los hipócritas que estaban lamentando las violaciones y los embarazos de menores y exigiendo que el Estado intervenga ya no están de acuerdo. Violaciones, no; embarazos, no; matrimonios de menores, no – pero educación sexual y anticonceptivos, ¡Dios guarde!

Sólo jóvenes bien educados y conscientes de sus derechos, van a enfrentar los desafíos de violencia sexual y embarazos inconvenientes. 

Saludos,

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Del miedo a la ingobernabilidad: La salvadoreñización de Colombia. De Joaquín Villalobos

Joaquín Villalobos, exguerrillero salvadoreño y consultor para resolución de conflictos, escribe este análisis para la FIP, basándose en el caso de su país, el cual afronta una crisis política y una catástrofe social, para plantear posibles consecuencias si Colombia no enfrenta adecuada y oportunamente la polarización.

FIP Fundación Ideas para la Paz

JOAQUIN VILLALOBOSJoaquín Villalobos, 17 agosto 2017 / FIP Fundación Ideas para la Paz

Introducción: El Salvador es un país que pasó de lo sublime a lo ridículo. Vein- ticinco años después de haber concluido una cruenta guerra civil mediante un exitoso proceso de paz que trajo por primera vez la de- mocracia, los salvadoreños viven una parálisis económica, una crisis política crónica y una catástrofe social que generó un poderoso fe- nómeno criminal. Este dramático contraste es utilizado para decirle a los colombianos que la paz con las FARC es un peligro. Pero ni la paz ni la democracia tienen la culpa de lo que pasó Screen Shot 2017-08-21 at 11.59.29 AMen El Salvador. La paz es un valor positivo en sí mismo, la economía salvadoreña creció 7% cuando se firmó el acuerdo y la democracia es un sistema de gobierno que evita que la gente se mate por el poder y esto dejó de ocurrir. No es de un acuerdo de paz de lo que deben preocuparse los colombianos, sino de la polarización política extrema que ya está en desarrollo en Colombia, porque fue precisamente la polarización la que convirtió una oportunidad en un desastre en El Salvador.

El acuerdo de paz salvadoreño transformó al país en una demo- cracia; los militares dejaron de ser el partido político de los oligar- cas y se sometieron al poder civil; la guerrilla renunció a las armas; la Justicia se volvió independiente; los actos de violencia política no volvieron a repetirse; se acabaron los fraudes electorales y los gol- pes de Estado dejaron de ser el principal mecanismo para acceder al poder. Nunca antes siete presidentes y once parlamentos habían sido electos de forma continua. Sin embargo, ahora más del 30% de la población ha emigrado; el principal ingreso del país proviene de la exportación de personas que luego envían remesas; las prisiones están a más del 300% de su capacidad; las pandillas, que se expandieron en la posguerra, dominan amplios territorios en las ciudades y el campo; el país ya sufrió más homicidios en los 25 años de paz que las 75.000 víctimas que dejó la guerra. El Salvador está entre los países más violentos del mundo y la marca país es la “mara salvatrucha”, un temido fenómeno criminal que, a través de la emigra- ción, adquirió carácter global con presencia en ciudades de Estados Unidos y Europa.

La polarización, un círculo vicioso destructivo
La política es competencia y pacto. La competencia sirve para tener identidad, establecer las diferencias frente a los ciudadanos y mejorar la calidad de las propuestas. Los pactos sirven para gober- nar, porque siendo imposible que todo mundo piense igual, solo con acuerdos es posible mantener un país unido. Por lo tanto, los países progresan esencialmente sobre la capacidad que tengan los políticos de pactar a pesar de las diferencias. Competir desde antagonismos extremos crea un círculo vicioso destructivo que encadena los an- tivalores miedo-odio-división-conflicto-crisis y esto conduce a la ingobernabilidad. El miedo al adversario se empieza usando para ganar batallas políticas inmediatas, pero ese miedo deriva en un odio que profundiza las divisiones, acaba con la
tolerancia y entroniza en los políticos y sus se-
guidores la idea de que el país sería mejor si el
adversario no existiera.

Con la polarización extrema la racionalidad pierde valor, las emociones toman total control, el fundamentalismo derrota al pragmatismo, la calidad de la política y de los políticos se degra- da, la inteligencia se convierte en defecto, la in- competencia se vuelve crónica, los acuerdos se vuelven imposibles, los problemas se quedan sin resolver y el país se va al infierno. La lucha por el centro demanda convencer con conocimiento y soluciones, la polarización extrema solo re- quiere activar emociones primarias. En un es- cenario polarizado, la ignorancia acaba siendo norma y la matonería cualidad. Esto puede ocu- rrir en cualquier parte, a pesar de que haya paz y democracia, y esto fue precisamente lo que pasó en El Salvador.

I.
EL SALVADOR, HISTORIA DE UN DESASTRE ANUNCIADO

La triste realidad que ahora vive El Salvador es producto de una brutal polarización política que pasó de la violencia armada a la ingobernabilidad perma- nente. El acuerdo de paz fue, en realidad, un instante en la capacidad de pactar que fue seguido de la adop- ción consciente de una fatal lógica política de “polari- zar para ganar”. Por su pasado autoritario, la cultura política salvadoreña siempre estuvo sostenida en el miedo. Las elites que gobernaron al país usaron el miedo para conseguir el recha-
zo al opositor y así preservar el
poder. Bajo esas condiciones,
el pensamiento de extrema
derecha era dominante y todo
adversario moderado era con-
siderado comunista. Cuando
fuerzas y líderes Intentaban
competir desde el centro, la re-
acción era identificarlos como
extremistas y destruirlos por
cualquier medio, incluso ase-
sinándolos. Esto impidió que
las fuerzas políticas modera-
das se fortalecieran y, cuando empezó a ocurrir, toda la sociedad se dividió; empresarios, iglesia, partidos políticos y militares que rechazaban el autoritarismo fueron reprimidos violentamente. Miles de jóvenes se rebelaron, estalló una guerra civil y, muy a pesar de que el pensamiento democrático centrista era fuerte e influyente, incluso entre algunos de los grupos al- zados, la radicalización favoreció el crecimiento del extremismo ideológico en la izquierda.

Las guerras internas no surgen como resultado de un conflicto entre los de abajo con los de arriba, estas aparecen y se expanden cuando hay una crisis entre las mismas elites, es decir entre los de arriba. Son las clases medias las que terminan movilizando a los sectores más pobres y, con esto, los conflictos co- bran fuerza. Los movimientos por la independencia, las revoluciones cubana y nicaragüense, la primave- ra árabe y otros procesos respondieron a esta idea. En El Salvador, la profundización del conflicto entre fuerzas del sistema fue lo que terminó abriéndole las puertas al poder a una fuerza antisistema. Antes de que la guerrilla apareciera y creciera, fracciones de la propia Fuerza Armada combatieron militarmente entre ellas por el poder, resultado de diferencias entre las elites económicas y políticas.

El magnicidio del arzobis- po Arnulfo Romero que detonó la guerra civil y el de los seis Jesuitas asesinados en su Uni- versidad por militares, fueron parte de un conflicto entre las elites sobre cómo gobernar al país y cómo superar la pobre- za. La derecha salvadoreña continúa interpretando estos crímenes con una caricatura ideológica que pone en la ex- trema izquierda a Romero, a los jesuitas y otros personajes. En realidad, Romero era un religioso ideológicamente conservador, dedi- cado a la caridad, que se convirtió en arzobispo por el apoyo de los oligarcas que trataban de evitar que la Iglesia Católica cayera en manos de “curas izquier- distas” seguidores de la Teología de la Liberación. Sin embargo, la calidad humana del arzobispo lo llevó a indignarse y denunciar la represión y por eso lo mata- ron. Los jesuitas eran los encargados de educar a los hijos de la clase alta y su Universidad fue la alternati- va de la derecha ante la radicalización de la Univer- sidad Nacional. Estaban muy lejos de ser comunistas, los mataron por creer en el diálogo y por ser críticos, como suelen ser los buenos académicos. Durante el desarrollo de la guerra también fueron asesinados militares y empresarios disidentes a los que también se consideró “comunistas”. El miedo impedía ver la existencia de fuerzas y líderes de centro y esto acabó radicalizando y generalizando el enfrentamiento.

El Partido Demócrata Cristiano (PDC), una fuerza esencialmente de centro, había sido el principal opo- sitor al régimen militar autoritario desde los años 60, contaba con gran apoyo popular y respaldo de algu- nos grupos económicos. El PDC sufrió fraudes elec- torales, represión, asesinatos y exilio, sin embargo, cuando la guerra civil estalló, la extrema derecha se volvió impresentable para obtener el apoyo de Esta- dos Unidos que, en ese momento, estaba regido por lo que le determinaba la “Guerra Fría”. En ese contexto, la Democracia Cristiana y su líder, Napoleón Duarte, acabaron gobernando durante casi una década con el apoyo norteamericano. Duarte se convirtió en el defensor del sistema, asumió la contrainsurgencia para enfrentar a las guerrillas y salvó a los oligarcas salvadoreños de una derrota total.

Pese a esto, la derecha y las elites económicas mantuvieron a Duarte y a la Democracia Cristia- na como su enemigo principal. En plena guerra, los medios de comunicación controlados por la derecha atacaban al presidente Duarte de forma implacable y persistente, incluso utilizaban las acciones de la gue- rrilla para mostrarlo como débil e incapaz. Cuando Duarte intentó un acuerdo de paz, la derecha lo sa- boteó, no le dieron apoyo, calificaron su intento como traición y esto impidió que la paz llegara antes a El Salvador. Pese que los demócratas cristianos esta- ban combatiendo a las guerrillas, la derecha no los dejó de considerar comunistas. El PDC utiliza el color verde en su simbología, la derecha decía que estos eran como la sandía, verdes por fuera, pero rojos por dentro. Cualquier parecido de esta historia con lo que está pasando en Colombia cuando se utiliza el mie- do al “castrochavismo” y a las FARC para atacar al gobierno del presidente Santos, no es casualidad. A lo que se debe poner atención es que esa política de miedo puede acabar fortaleciendo a las FARC y a la extrema izquierda, dándoles un protagonismo y una relevancia que no tienen.

Pero el extremo de todo esto fue que la derecha salvadoreña, a pesar de haber sufrido en carne pro- pia la guerra civil, cuando llegó la paz persistió en la idea de continuar polarizando con el miedo al co- munismo para derrotar al centro, ganar elecciones y conservar el poder. Convirtieron al Frente Farabundo Martí (FMLN), ya desarmado y transformado en par- tido político, en su enemigo de referencia para asus- tar; polarizaron con este basados en la certeza de que jamás la exguerrilla podría ser elegible ni ganar una elección presidencial. Paralelamente se propusieron debilitar a la Democracia Cristiana de múltiples ma- neras para evitar tener un competidor de centro ele- gible y lo lograron, pero el vacío que dejó la Democra- cia Cristiana lo acabó llenando el FMLN. La derecha pudo con la polarización ganar cuatro elecciones y gobernar veinte años. Lo absurdo es que de nuevo su política de miedo sirvió para provocar el crecimiento paulatino del partido de la exguerrilla que acabó do- minado en la posguerra por los comunistas. El FMLN terminó así ganando las elecciones presidenciales en el año 2009, volvió a ganar nuevamente en el 2014 y se mantiene en el gobierno hasta la fecha. ¡Es decir, que el anticomunismo sirvió para llevar a los comu- nistas al gobierno!

Durante la guerra, las fuerzas guerrilleras eran parte de una coalición bastante amplia en la que do- minaban fuerzas de centro izquierda. Por ello fue po- sible un acuerdo de paz basado en reformas liberales. En la coalición rebelde había desde socialdemócratas y socialcristianos hasta comunistas. Las relaciones que la coalición rebelde sostenía con México, Vene- zuela, Panamá, Costa Rica y los socialdemócratas europeos le dio fuerza al centrismo. Al menos dos de los cinco grupos guerrilleros se alejaron claramente del marxismo leninismo y se acercaron a la socialde- mocracia. Como algunos dirigentes guerrilleros so- líamos decir: “todos pasamos por el marxismo, pero el marxismo no pasó por todos”. El pensamiento so- cialdemócrata que acepta la democracia y el mercado tenía, en la etapa final de la guerra, simpatizantes en todos los grupos, incluso en el Partido Comunista. Los comunistas en sentido estricto eran en realidad una minoría y durante la guerra fueron poco relevantes.

La primera disidencia dentro de la exguerrilla ha- cia el centro izquierda se produjo paradójicamente en el Partido Comunista con la separación de Mario Aguiñada, dirigente del brazo electoral de los comu- nistas; seguidamente Joaquín Villalobos, autor de este ensayo y dirigente del grupo militarmente más importante de la insurgencia, abandonó al FMLN lue- go de proponer renunciar al marxismo, abrazar la so- cialdemocracia, llevar un candidato no partidario a la presidencia y criticar abiertamente a los comunistas y a Cuba. Posteriormente, seis grupos más y sus dirigentes se salieron o fueron expulsados del FMLN hasta que este quedó en total control de los comu- nistas. Los grupos de centro izquierda no pudieron hegemonizar en el FMLN, primero porque la mayoría de los dirigentes con posiciones no marxistas prefi- rieron aliarse con los comunistas que enfrentarlos y, segundo, porque Cuba se involucró en la lucha inter- na para asegurar que los comunistas tomaran con- trol. Pero lo que más ventaja dio a los comunistas en la lucha por controlar al FMLN fue la polarización de la derecha; es decir que su combate contra las fuer- zas de centro contribuyó, primero, al surgimiento de la guerrilla y, después, su política de polarizar fue de- terminante para que la extrema izquierda se fortale- cieran electoralmente.

En El Salvador lo razonable debió haber sido for- talecer la competencia por el centro y aislar al extre- mismo. En ese sentido debió evitarse el debilitamien- to de la democracia cristiana, separar de la guerrilla las corrientes moderadas y aislar a los comunistas. Esto implicaba un pacto entre las fuerzas del siste- ma para competir entre ellas y aislar, no excluir, a las fuerzas que se confesaban abiertamente antisis- tema. Sin embargo, la derecha, para ganar eleccio- nes, prefirió conscientemente eliminar o debilitar a los competidores pro-sistema y fortalecer a la fuerza antisistema que proclamaba su adhesión al modelo comunista. Esto ha creado un antagonismo irreso- luble que está destruyendo al país. La polarización extrema que padece hoy El Salvador fue parida por visiones de corto plazo. La historia pudo haber sido diferente. Ni la paz ni la democracia fallaron, quienes fallaron fueron los que detentaban poder.

Que los comunistas se decidieran a competir con la idea de “entre peor mejor” era comprensible, pero sorprende que después de una guerra civil, la derecha política representada en su partido Alianza Republi- cana Nacionalista (ARENA), los poderes económicos dominantes y sus tecnócratas, no vieran el peligro que representaba la polarización. Esta terminó im- poniendo una lógica destructiva en la que quienes estaban en el gobierno consideraban que entre peor fuera la oposición era mejor para los que gobernaban y quienes estaban en la oposición consideraban que entre peor fuera el gobierno era mejor para quienes dominaban en la oposición. Desde la firma de la paz, la política salvadoreña se ha basado en un sabotaje mutuo y permanente en todos los órdenes.

Los efectos de la polarización en el país han sido desastrosos. En el pasado, la aprobación de los pre- supuestos era una pesadilla para los gobiernos de ARENA y ahora lo es para los gobiernos del FMLN, con el agravante de que al gobierno del FMLN se le acumuló más deuda y por lo tanto el sabotaje de ARE- NA tiene ahora efectos más letales para al país. An- tes, el FMLN saboteaba los presupuestos y préstamos desde el Poder Legislativo, ahora ARENA sabotea al gobierno del FMLN usando el Poder Judicial. Un fun- cionario del BID cuestionó recientemente el sabotaje de ARENA al gobierno del FMLN, pero en el pasado el mismo BID cuestionó al FMLN por sabotear a los gobiernos de ARENA. El Estado salvadoreño se está aproximando a la quiebra.

El primer gobierno del FMLN del expresidente Mauricio Funes se empeñó en investigar por corrup- ción al gobierno de ARENA del expresidente Francis- co Flores. El expresidente Flores murió mientras era procesado, se trata de una historia larga, pero ahora el expresidente Funes se encuentra asilado en Nica- ragua porque enfrenta un proceso por corrupción. La polarización ha convertido el Poder Judicial en un arma política para venganzas y sabotaje contra el adversario. El resultado final será que la polarización acabará paralizando a la Justicia porque los futuros nombramientos legislativos de Magistrados de la Corte Suprema, del Fiscal General y otros, se volve- rán imposibles. Ambos partidos tienen suficiente po- der para vetarse y con ello vetan la solución de todos los problemas del país.

El pleito entre los partidos tan irresoluble como el de las pandillas

Contrario a lo que se dice en Colombia, el fenó- meno criminal de las pandillas salvadoreñas no tiene relación ni con las guerrillas ni con los militares que combatieron; estos rehicieron sus vidas en paz. Luego de 25 años de terminada la guerra, las edades de los excombatientes de ambos bandos promedian el me- dio siglo. El fenómeno criminal de las pandillas resultó de la emigración masiva que generó la quiebra de la agricultura, que era la mayor actividad empleadora del país. Si bien la emigración comienza con la guerra, está se multiplicó exponencialmente en la posguerra cuando el país dejó de tener una economía productiva porque las elites vieron en las remesas un gran nego- cio. Las famosas “maras” resultaron de la fusión de la cultura de violencia de los salvadoreños con la cultura de pandillas que llegó de los Estados Unidos.

Un gobierno de ARENA propuso hace 20 años organizar a las comunidades para combatir la de- lincuencia y el FMLN se opuso, recientemente el go- bierno del Frente ha propuesto lo mismo y ARENA lo rechaza. La inseguridad y las pandillas crecieron producto de que la polarización impidió acuerdos de Estado en seguridad. Primero, las maras crecieron porque no se hizo nada cuando eran un problema so- lamente social de niños y jóvenes en las escuelas y los barrios más pobres. Luego, cuando los pandilleros empezaron a cometer algunos delitos, dos gobiernos de ARENA aplicaron planes eminente represivos de “mano dura” que multiplicaron la fuerza de las maras y con ello apareció la extorsión y el homicidio a gran escala. La mano dura de ARENA sirvió para que las pandillas consolidaran sus características criminales.

Diez años más tarde el primer gobierno del FMLN aplicó una política de “mano blanda”. Frente a un pro- blema que ya era dominantemente criminal, respaldó una tregua que le permitió a los pandilleros ser re- conocidos como un poder fáctico y consolidar control territorial. Luego, el segundo gobierno del FMLN regresó a la política de mano dura, pero con mayor letalidad que la de los gobiernos de ARENA. Varios cientos de pandilleros han muerto en enfrentamien- tos, pero, al mismo tiempo, las maras han asesinado en los últimos dos años a más de un centenar de poli- cías, a decenas de soldados e incluso a muchos fami- liares de estos. El problema es que soldados y policías viven en los mismos barrios pobres que controlan las pandillas y esto los convierte a ellos y sus familias en objetivos de represalia. Hasta ahora todos los gobier- nos han sido incapaces de plantearse una política de recuperación del territorio.

La polarización no solo impidió plantearse una política de Estado, sino que también evitó un enca- denamiento positivo de las políticas de seguridad de seis gobiernos. Estos aplicaron la lógica de deshacer lo que el otro hacía o de actuar en sentido opuesto, de esa forma la seguridad ha ido de mal a peor y de peor a desastre. Al final, un problema social terminó convertido en una nueva guerra.

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Como se puede observar en la tabla, entre 1998 y 2003 los homicidios anuales variaron poco. Esta fue la etapa en la que el fenómeno de las maras era un problema esencialmente social de gran escala y no se hizo nada para prevenir su evolución a problema criminal. A partir del 2004, con propósitos electora- les, comenzaron los planes de “mano dura” contra las pandillas y el resultado fue que los homicidios empe- zaron a aumentar considerablemente. Luego, en los años 2012 y 2013 vinieron los planes de “mano blan- da” y la tregua, igual por razones electorales. Los ho- micidios tuvieron esos dos años un descenso tempo- ral, pero, al consolidar control territorial, las pandillas se volvieron más poderosas y los homicidios se dis- pararon exponencialmente a partir del 2014. De ese año en adelante alcanzaron niveles similares a los de la guerra civil de los 80s. La reacción fue entonces regresar a planes de mano dura, pero escalando a un mayor nivel de letalidad por parte de las fuerzas de seguridad, hasta convertirse prácticamente en una guerra entre el Estado y las pandillas.

En 20 años, con gobiernos de los dos partidos, el problema ha empeorado y sigue empeorando. Ambos partidos lo usan para atacarse, sabotearse y culparse mutuamente. La polarización política impide resolver la peor crisis criminal del continente. En ningún mo- mento se ha considerado la necesidad de una políti- ca de Estado que permita una estrategia sostenida y coherente de largo plazo. La pelea entre ARENA y el FMLN por el poder es tan irresoluble como la de las pandillas por el territorio.

Una onza de lealtad vale más que cien libras de conocimiento

El corazón del problema de El Salvador es la au- sencia de una economía productiva y la dependen- cia de las remesas. La polarización ha impedido una competencia seria de ideas sobre cómo reactivar la economía, porque, por un lado, la izquierda del FMLN no cree en el mercado y sus planes son solo repartir. Por otro lado, la derecha de ARENA, al no tener com- petidor en el tema económico, simplemente piensa que la economía mejora si ellos gobiernan porque de eso solo ellos conocen. El resultado es que los empre- sarios salvadoreños no han inventado un solo pro- ducto que le de identidad al país, son esencialmente captadores de remesas. La ausencia de competencia sobre políticas económicas les mató la imaginación, los volvió perezosos y parásitos de la exportación de personas. Este es un problema estructural grave que resulta imposible resolver si la política está regida por el desacuerdo crónico, el sabotaje sistemático y la ignorancia dominante en los dos principales par- tidos, ARENA y el FMLN. Como señalamos al inicio, competir desde antagonismos extremos crea un cír- culo vicioso destructivo que encadena los antivalo- res miedo-odio-división-conflicto-crisis y finalmen- te ingobernabilidad.

Ambos partidos se rigen ahora por la idea de que “una onza de lealtad vale más que cien libras de co- nocimiento”. Aunque esto es un lema de ARENA, es igual para los dos partidos. Desde la firma de la paz, el FMLN fue deshaciéndose gradualmente de los in- telectuales y gente con formación que estaban en sus filas. Se quedó así con sus activistas y la vieja mili- tancia que tiene escasa formación.

Lo paradójico fue que ARENA, que estaba mejor equipada profesionalmente, resultado de la polariza- ción con el FMLN, ha terminado empobreciéndose intelectualmente y está dominada por el oportunis- mo y la frivolidad. Ambos partidos son ahora muy si- milares, no tienen capacidad de renovarse y padecen una crisis de identidad. Aunque la derecha ya no es autoritaria y la izquierda del Frente ha gobernado sin romper el sistema, ambos viven emocionalmente en el pasado. ARENA sigue proclamando en su himno “que El Salvador será la tumba de los comunistas” y el FMLN es un defensor cerrado de la dictadura bo- livariana de Maduro. Hoy, más del 60% de los salva- doreños rechazan a ambos partidos, pero, al ser los cuerpos más organizados, no tienen competidores, con lo cual el país se ha vuelto su prisionero.

Dividir por miedo es fácil, reunificar puede volverse imposible

Con los desacuerdos endémicos se paralizó el crecimiento económico, creció el crimen, se agra- vó la migración, se politizó la justicia y se volvieron mediocres los políticos. Al final, la política salvadore- ña en la posguerra ha sido una apuesta permanente al fracaso del otro que ha terminado convertida en el fracaso del país. Esta es la verdadera lección que debe aprender Colombia del caso salvadoreño. La polarización se sabe cómo comenzarla, pero no se sabe cómo terminarla. En El Salvador quienes hace 25 años advertimos el riesgo que esta representaba, no fuimos escuchados y hasta se negaba que el pro- blema existiera. Colombia está a tiempo y cuenta con un gran contingente de políticos calificados en todas las corrientes, ojalá estos puedan hacer la diferencia. Activar el miedo es fácil, reunificar un país dividido por el odio puede volverse imposible.

El peligro de la polarización colombiana

Todos los procesos electorales abren períodos en los cuales la competencia es más importante que los acuerdos. Esto es lógico, lo peligroso es que se vuelva permanente. En los últimos 40 años, las elites políti- cas y económicas colombianas han mostrado mucha madurez para enfrentar exitosamente la violencia y transformar el país. A lo largo de casi 40 años, dis- tintos gobiernos, a pesar de las diferencias, lograron encadenarse positivamente para derrotar poderosos carteles de narcotraficantes, desmovilizar guerrillas y paramilitares, recuperar territorios dominados por grupos armados, aumentar la fuerza pública y ele- var su eficacia, incorporar los derechos humanos a la seguridad, pactar la paz, desarmar a la guerrilla más grande y antigua del continente, transformar la economía y cambiar la imagen de Colombia en el mundo. Lo que decía la revista Time, en abril de 2012, no era exagerado: “Colombia de casi Estado fallido a jugador global”. Sin embargo, las elecciones del 2018 están coincidiendo con factores externos e internos que alimentan una competencia destructiva. Estas elecciones constituirán una dura prueba de madurez para toda la clase política que ahora se está movili- zando con emociones, pero que en su momento deberá pactar con racionalidad.

II.
LA AGENDA CRÍTICA QUE ESTÁ POLARIZANDO A COLOMBIA

01. Las FARC, el ELN y el paramilitarismo como referentes de la competencia electoral


Hacer la paz ha sido una aspiración de todos los gobiernos, cualquiera fuera su posición ideológica. Se puede pensar que, a pesar de las diferencias que ahora se manifiestan con pasión, ninguno de los partidos y líderes arriesgaría los acuerdos para regresar al conflicto. Sin embargo, la utilización de las FARC y el ELN como los indicadores principales para establecer la diferencia entre las fuerzas políticas y líderes que han sido los pilares del sistema, abre el camino a una narrativa que pue- de quedarse para siempre. La ferocidad de los ataques, es tal, que pareciera que la competencia es entre el paramilitarismo y el “castrochavismo”. Si estas percepciones echan raíces en la opinión pública, el extremismo en las dos direcciones que se pretende negar podría tomar ventaja. En un momento en que la política demanda competir con ideas nuevas, la pola- rización empuja a establecer las diferencias a partir de viejas ideas, instrumentando referentes políticamente marginales como las FARC. Cuando las elites instrumentan a estos gru- pos para crear miedo a su contrario, el resultado es que el ex- tremismo crece en presencia. De esa forma, falsas diferencias entre las elites pueden terminar convertidas en antagonismos irreconciliables.

02. El proceso de pacificación y las culpas sobre el pasado

En un conflicto de más de medio siglo es casi imposible en- contrar inocentes. En estas condiciones hay un elevado riesgo de que los temas de justicia transicional y otros vinculantes al conflicto que está terminando, abran diferencias profundas entre las elites que alimentarían más las emociones que la ra- cionalidad. En Colombia, la victoria del Estado es la esencia del acuerdo de paz. Lo ideal sería que los actores pro-sistema asuman esta victoria como el punto de convergencia de todos. Sin embargo, la realidad es que los requerimientos de la justi- cia, los problemas de tierras, la actividad política en el campo y otros factores vinculantes con la pacificación, están empu- jando a las elites hacia el pasado y a dividir al país.

03. La crisis terminal del régimen chavista

El régimen venezolano, al igual que el cubano, fue de gran uti- lidad para lograr el acuerdo de paz con las FARC. Fue acertado involucrar a Venezuela en el proceso y una feliz coincidencia que el acuerdo se firmara antes de que el modelo chavista en- trase en su crisis terminal. Sin embargo, esa relación pragmá- tica del Estado colombiano democrático con dos regímenes no democráticos se está convirtiendo en otro referente para polarizar la competencia electoral entre las elites. No hay nin- guna coincidencia ideológica entre el chavismo y el partido de gobierno, pero la crisis en el país vecino y el impacto que esto tiene en la opinión pública, convierte a Venezuela en un tema rentable para polarizar electoralmente.

04. El temor al ascenso electoral de la izquierda democrática


El final del conflicto plantea la posibilidad de que la izquierda, en este caso los partidos de centro izquierda, crezcan y puedan llegar en coalición al gobierno. La violencia de las FARC y el ELN les ha hecho un gran daño a estas fuerzas y le dio a Colombia la más prolongada hegemonía conservadora (en el sentido ideo- lógico) en todo el continente. Esta comodidad conservadora ha concluido y lo que viene es una vida política más pluralista que incluirá a la extrema izquierda represen- tada por pequeños grupos, entre estos las FARC, y el centro izquierda representado por al menos dos grandes partidos. La mejoría de oportunidades para la izquierda democrática es indispensable para que el país cierre su ciclo de inclusión po- lítica democrática. Negar esto es negar la democracia misma. Por ahora, el ascenso de la izquierda es solo una posibilidad que requiere que los partidos de izquierda superen proble- mas de fragmentación, liderazgo y credibilidad. Entre estos problemas está la posición que asumirán frente a la extrema izquierda en general, la crisis venezolana actual y, de forma particular, frente a la exguerrilla de las FARC. Errores en el en- foque sobre estos temas podrían representar un pesado lastre a su crecimiento. Sin embargo, la aceptación de la izquierda como un competidor con oportunidad de gobernar conlleva un efecto traumático para las elites. Esta nueva realidad en el sistema político tradicional alimenta miedos, emociones, inse- guridades y por lo tanto contribuye a la polarización.

05. La transición de la corrupción a la transparencia

Este tema está apenas entrando en la agenda política del con- tinente. En la mayoría de países se están tratando los síntomas y no las causas de la corrupción. Por encima de un enfoque político está predominando lo moral, judicial y mediático pu- nitivo. La corrupción ha sido en casi todas partes un instru- mento de gobernabilidad, un mecanismo de agilización de burocracias y un medio de financiación de la política. En esto hay amplias responsabilidades de la clase política y empre- sarial, pero el tiempo en que esto era posible y casi normal ha concluido. Ahora estamos en transición hacia la transparencia en el manejo de los fondos públicos y esto es un resultado del avance democrático; pero lograr transparencia implica no solo castigar, sino resolver los factores que generan la corrupción, como, por ejemplo, la financiación de la política. Sin embargo, el enfoque moral puede convertir la lucha contra la corrupción en un arma de todos contra todos, que destruya el sistema po- lítico, tal como está sucediendo en este momento en Brasil o como ocurrió en Venezuela cuando el enfoque moral le abrió las puertas a Chávez. El debate fundado como lucha entre ho- nestos versus ladrones puede derivar en que los ciudadanos concluyan que todos son ladrones. Este tema es riesgoso en cualquier parte y en el escenario colombiano es más peligroso porque alimenta una polarización que ya está en desarrollo.

06. Religión y cambio cultural urbano

Colombia dejó de ser un país con dominio de población rural y se ha transformado en un país de población urbana. Esto con- lleva cambios culturales que posiblemente no se expresaron de forma más temprana porque la violencia ocultaba el deba- te. Con los éxitos de la pacificación, el cambio ha comenzado a manifestarse de forma más abierta. Los temas de género, aborto, eutanasia, matrimonio gay y similares constituyen demandas que en una sociedad rural no tenían espacio. Esta problemática estaba presente en individuos o casos aislados que permanecían ocultos. Las grandes concentraciones ur- banas convierten estos problemas aislados en demandas colectivas de minorías que en de- mocracia pueden asumir posiciones, defender derechos y exigir tolerancia. Esto cobra mayor fuerza cuando la agenda de estas minorías es un tema global que tiene una potente presencia mediática. El reto de la transición cultural abre entonces un debate entre el conservadurismo religioso, propio de la sociedad rural, y la tole- rancia liberal que genera la sociedad urbana. En algunos casos esto puede incluso implicar violencia. Por ejemplo, la ola de feminicidios en Ciudad Juárez, México, resultó de los cambios culturales que implicó el fin de una sociedad rural debido a la aparición de cientos de miles de puestos de trabajo en manos de mujeres que se volvieron independientes. Colombia está viviendo esta transición tal como lo demuestra el voto por el no al acuerdo de paz, porque en este aparecía el tema de género. Este debate, al igual que los anteriores, tiende a invocar más a las emociones que a la racionalidad y por lo tanto también alimenta la polarización.

07. Colombia está a tiempo de prevenir

En el corto plazo, la polarización quizás no traiga grandes problemas, pero si no se corrige puede tener consecuencias muy graves a futuro. Colombia está viviendo una nueva rea- lidad que le exige enfrentar nuevos retos, pero corre el riesgo de que viejos fantasmas la asusten y conviertan el miedo en el principal instrumento de la competencia política. Los temas señalados tienen mucha potencia para darle fuerza a la idea de que se está frente a una lucha entre el bien y el mal. Esto puede acabar profundizando diferencias ficticias entre las fuerzas del sistema y estas, en vez de polarizar constructiva- mente sobre soluciones a problemas y retos urgentes, podrían enfrascarse en ataques emocionales fáciles de vender en lo inmediato. El problema es que esas emociones pueden acabar convertidas en ideas fuerzas del imaginario colectivo y con- ducir así a un severo déficit de racionalidad y pragmatismo, los dos valores más determinantes de la política.

Niñas, ni esposas ni madres. De Erika Saldaña

Derogar la posibilidad de que una niña se case a temprana edad es un buen comienzo para proteger sus derechos y libertades. Sin embargo, el problema de raíz no es este.

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Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 21 agosto 2017 / EL DIARIO DE HOY

Las niñas son niñas y no deberían ser esposas a temprana edad. En eso estamos de acuerdo la mayoría de salvadoreños. Pero hay otro problema: a veces la falta de educación sexual lleva a que una niña se convierta en madre antes de los 18 años; en peores situaciones, una violación las obliga a asumir ese rol en contra de su voluntad. En ambos casos, muchas de ellas además de madres se convirtieron en esposas. Esta es una dura realidad de El Salvador, en la que más de 22,000 niñas están casadas o en unión no matrimonial, la mayoría de ellas en contra de su voluntad.

EDH logHasta el pasado jueves, la ley salvadoreña aceptaba el matrimonio de una niña cuando estuviera embarazada y con el consentimiento de sus padres; esto dio lugar a que niñas fueran unidas en matrimonio en contra de su voluntad y, peor aún, con su violador. El temor al “qué dirán” impulsó a padres casar a sus hijas por la fuerza. Y en una total aberración hay casos en que los jueces excluyeron de responsabilidad penal a acusados de violación si se casaban con su víctima menor de edad, a quien obligaban a convivir con alguien que en algún momento le hizo daño.

Las anteriores situaciones son un reflejo de la cultura de nuestra sociedad. Esa en la que una relación sexual o embarazo en soltería se corrige casándose, donde el honor de la mujer se ve limpiado por el matrimonio, donde los hijos se legitiman socialmente si los padres están juntos y al hombre se le perdonan sus actos imponiéndole la pena del casamiento. Situaciones con una visión limitada de lo que significa un hogar.

A una niña mamá y esposa se le hace el doble de difícil salir adelante en una sociedad marcada por la pobreza, el machismo y la exclusión; con mucho esfuerzo de por medio, probablemente logre terminar sus estudios básicos y alcanzar la universidad, criar un bebé, mantener una vivienda y trabajar para subsistir. Pero no todas las niñas corren con esta suerte y muchas de ella ni obtienen trabajo ni apoyo de su familia o de la sociedad.

Derogar la posibilidad de que una niña se case a temprana edad es un buen comienzo para proteger sus derechos y libertades. Sin embargo, el problema de raíz no es este. Una persona no debería convertirse en mamá siendo aún una niña. No voy a entrar a discutir lo obvio: una niña no debería ser violada. Pero en los casos en los que no se da esta aberración, pero sí un embarazo, la razón detrás de esto es la vergüenza para tocar temas tabúes o el desconocimiento de los mismos padres. Y algo más, ni las familias ni las escuelas hablan sobre educación sexual completa a niñas y adolescentes.

A los jóvenes no se les enseña los riesgos y responsabilidades de una relación, la posibilidad de un embarazo o el peligro de adquirir una enfermedad de transmisión sexual. Tampoco se les enseña sobre cómo responder a una faceta distinta de la vida de ellos ni sobre métodos anticonceptivos. Estamos negando la realidad a la que muchos niños y adolescentes están expuestos; también nos estamos cegando al hecho que, en una sociedad globalizada, la información les llegará, quizá no de la mejor manera y sin el filtro de un adulto que los oriente.

Derogar la posibilidad de que los menores se casen trae un poco de sensatez a nuestra sociedad. Sin embargo, esta resulta insuficiente para enfrentar los problemas de niñas embarazadas, no desaparece las uniones no matrimoniales, ni la exclusión a la que estas o jóvenes mayores de 18 años se ven sometidas cuando llega un bebé a temprana edad.

En El Salvador aún tenemos el reto de una educación sexual completa para niños y adolescentes, y así prevenir embarazos o enfermedades. También tenemos el desafío de cambiar la cultura de una sociedad machista. Las niñas ya no serán esposas, pero falta erradicar que no sean madres a temprana edad. Además, debemos eliminar el estigma que todavía recae sobre las jóvenes madres solteras. Un matrimonio debe darse bajo la convicción libre, informada y voluntaria de unirse a alguien más para formar una familia. Las mujeres no tenemos más honor por estar casadas, ni menos por tener un hijo siendo solteras.

El presidente de los supremacistas raciales. De Cristina López

Trump tuvo varias oportunidades para elevarse a la altura que la historia exige y que implica la condena absoluta, sin medias tintas ni relativismos, del supremacismo blanco y sus acólitos.

Cristina LópezCristina López, 21 agosto 2017 / EL DIARIO DE HOY

Depende a quién le pregunte, pero para muchos la sociedad estadounidense es un éxito de libertad post-racial. Para muchos, la elección de Barack Obama a la presidencia, por el hecho de ser el primer presidente afroamericano, significaba la prueba palpable de que el racismo se había terminado con la desegregación y las reformas que volvieron ilegal discriminar con base en la raza. Quienes tenían esta opinión, probablemente vieron evidencia de lo contrario hace diez días, cuando en Charlottesville, Virginia, el movimiento de los supremacistas blancos (y milicias simpatizantes armadas) se reunió para protestar la remoción de estatuas de la Confederación.

EDH logEn diferentes localidades alrededor de Estados Unidos, la discusión cultural de si algunas comunidades quieren o no que en las zonas públicas se le rinda homenaje con estatuas a quienes lucharon por la Confederación en la Guerra Civil (el bando que estaba dispuesto a romper la unión para mantener la legalidad de la esclavitud) se ha convertido en ley por medio de los concejos y otras autoridades estatales. Quienes abogan por la remoción de estatuas señalan que en Alemania no existen monumentos para Hitler, solo memoriales para sus víctimas. De cualquier manera, los manifestantes a favor de las estatuas confederadas aparecieron en Charlottesville no solo armados, sino con banderas en las que la esvástica nazi era prominente, mensajes y símbolos que contradicen su postura de que buscaban hacer una demostración pacífica.

Una coalición de grupos antisupremacistas decidió protestar pacíficamente a los neonazis, marchando por las calles de Charlottesville. Se ha reportado que hubo encontronazos violentos entre la protesta y la contra-protesta; sin embargo, fue a los que se encontraban protestando en contra de los nazis y el supremacismo racial a quienes un terrorista embistió con un carro, dejando una víctima fatal.

La policía, que hasta que los sucesos se tornaron violentos se encontraba en el lugar protegiendo la libertad de expresión de los nazis, logró capturar al terrorista, quien seguramente terminará su vida en la cárcel, tanto como las decenas de supremacistas blancos que en los últimos años han cobrado vidas con su racismo (muy a pesar de la opinión azucarada e ingenua de que en Estados Unidos ya se acabó el racismo).

En Estados Unidos el presidencialismo tiene –tristemente– tanta fuerza que a nivel cultural, gran parte de la ciudadanía espera de quien tiene la investidura presidencial una suerte de liderazgo moral, para bien o para mal. Para bien, porque en ocasiones ha habido presidentes que se han elevado a la altura del momento histórico condenando sin medias tintas los males ideológicos que amenazan los principios que en teoría definen los valores de una república.

Reagan condenó el muro de Berlín, Bush padre le hizo frente al Ku Klux Klan, a Obama le tocó llamar a la unidad en el sepelio de nueve afroamericanos, muertos a balazos a manos de un neonazi dentro de una iglesia. Trump tuvo varias oportunidades para elevarse a la altura que la historia exige y que implica la condena absoluta, sin medias tintas ni relativismos, del supremacismo blanco y sus acólitos. Lo hizo, pero justificando su violencia en que “el otro lado” también era violento. Lo hizo, pero solo luego de dos días, y luego de tres, volvió a contradecirse, esta vez diciendo que entre los supremacistas había gente decente que solo quería ver sus estatuas respetadas y culpando a las contra-protestas de la violencia. Procedió luego a defenderse ante las críticas que, por obvias razones, le lanzó no solo la prensa, sino también republicanos asqueados. No es difícil saber cuál es el lado correcto del argumento: al preguntarles qué opinaban de las declaraciones presidenciales, los supremacistas celebraron, diciendo estar orgullosos de su presidente..

@crislopezg

Sangre derramada. De Mario Vargas Llosa

MARIO VARGAS LLOSA

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 20 agosto 2017 / EL PAIS

El terrorismo fascinó siempre a Albert Camus y, además de una obra de teatro sobre el tema, dedicó buen número de páginas de su ensayo sobre el absurdo, El mito de Sísifo, a reflexionar sobre esa insensata costumbre de los seres humanos de creer que asesinando a los adversarios políticos o religiosos se resuelven los problemas. La verdad es que salvo casos excepcionales en que el exterminio de un sátrapa atenuó o puso fin a un régimen despótico –los dedos de una mano sobran para contarlos- esos crímenes suelen empeorar las cosas que quieren mejorar, multiplicando las represiones, persecuciones y abusos. Pero es verdad que, en algunos rarísimos casos, como el de los narodniki rusos citados por Camus, que pagaban con su vida la muerte del que mataban por “la causa”, había, en algunos de los terroristas que se sacrificaban atentando contra un verdugo o un explotador, cierta grandeza moral.

el paisNo es el caso, ciertamente, de quienes, como acaba de ocurrir en Cambrils y en las Ramblas de Barcelona, embisten en el volante de una camioneta contra indefensos transeúntes –niños, ancianos, mendigos, jóvenes, turistas, vecinos- tratando de arrollar, herir y mutilar al mayor número de personas. ¿Qué quieren conseguir, demostrar, con semejantes operaciones de salvajismo puro, de inaudita crueldad, como hacer estallar una bomba en un concierto, un café o una sala de baile? Las víctimas suelen ser, en la mayoría de los casos, gentes del común, muchas de ellas con afanes económicos, problemas familiares, tragedias, o jóvenes desocupados, angustiados por un porvenir incierto en este mundo en que conseguir un puesto de trabajo se ha convertido en un privilegio. ¿Se trata de demostrar el desprecio que les merece una cultura que, desde su punto de vista, está moralmente envilecida porque es obscena, sensual y corrompe a las mujeres otorgándoles los mismos derechos que a los hombres? Pero esto no tiene sentido, porque la verdad es que el podrido Occidente atrae como la miel a las moscas a millones de musulmanes que están dispuestos a morir ahogados con tal de introducirse en este supuesto infierno.

1503153835_678637_1503153913_noticia_normal_recorte1Tampoco parece muy convincente que los terroristas del Estado islámico o Al-Qaeda sean hombres desesperados por la marginación y la discriminación que padecen en las ciudades europeas. Lo cierto es que buen número de los terroristas han nacido en ellas y recibido allí su educación, y se han integrado más o menos en las sociedades en las que sus padres o abuelos eligieron vivir. Su frustración no puede ser peor que la de los millones de hombres y mujeres que todavía viven en la pobreza (algunos en la miseria) y no se dedican por ello a despanzurrar a sus prójimos.

La explicación está pura y simplemente en el fanatismo, aquella forma de ceguera ideológica y depravación moral que ha hecho correr tanta sangre e injusticia a lo largo de la historia. Es verdad que ninguna religión ni ideología extremista se ha librado de esa forma extrema de obcecación que hace creer a ciertas personas que tienen derecho a matar a sus semejantes para imponerles sus propias costumbres, creencias y convicciones.

El terrorismo islamista es hoy día el peor enemigo de la civilización. Está detrás de los peores crímenes de los últimos años en Europa, esos que se cometen a ciegas, sin blancos específicos, a bulto, en los que se trata de herir y matar no a personas concretas sino al mayor número de gentes anónimas, pues, para aquella obnubilada y perversa mentalidad, todos los que no son los míos –esa pequeña tribu en la que me siento seguro y solidario- son culpables y deben ser aniquilados.

Para mí las Ramblas son un lugar mítico,
la ciudad empezó a liberarse antes que el resto de España

Nunca van a ganar la guerra que han declarado, por supuesto. La misma ceguera mental que delatan en sus actos los condena a ser una minoría que poco a poco –como todos los terrorismos de la historia- irá siendo derrotada por la civilización con la que quieren acabar. Pero desde luego que pueden hacer mucho daño todavía y que seguirán muriendo inocentes en toda Europa como los catorce cadáveres (y los ciento veinte heridos) de las Ramblas de Barcelona y sembrando el horror y la desesperación en incontables familias.

Acaso el peligro mayor de esos crímenes monstruosos sea que lo mejor que tiene Occidente –su democracia, su libertad, su legalidad, la igualdad de derechos para hombres y mujeres, su respeto por las minorías religiosas, políticas y sexuales- se vea de pronto empobrecido en el combate contra este enemigo sinuoso e innoble, que no da la cara, que está enquistado en la sociedad y, por supuesto, alimenta los prejuicios sociales, religiosos y raciales de todos, y lleva a los gobiernos democráticos, empujados por el miedo y la cólera que los presiona, a hacer concesiones cada vez más amplias en los derechos humanos en busca de la eficacia. En América Latina ha ocurrido; la fiebre revolucionaria de los años sesenta y setenta fortaleció (y a veces creó) a las dictaduras militares, y, en vez de traer el paraíso a la tierra, parió al comandante Chávez y al socialismo del siglo XXI en la Venezuela de la muerte lenta de nuestros días.

Para mí, las Ramblas de Barcelona son un lugar mítico. En los cinco años que viví en esa querida ciudad, dos o tres veces por semana íbamos a pasear por ellas, a comprar Le Monde y libros prohibidos en sus quioscos abiertos hasta después de la medianoche, y, por ejemplo, los hermanos Goytisolo conocían mejor que nadie los secretos escabrosos del barrio chino, que estaba a sus orillas, y Jaime Gil de Biedma, luego de cenar en el Amaya, siempre conseguía escabullirse y desaparecer en alguno de esos callejones sombríos. Pero, acaso, el mejor conocedor del mundo de las Ramblas barcelonesas era un madrileño que caía por esa ciudad con puntualidad astral: Juan García Hortelano, una de las personas más buenas que he conocido. Él me llevó una noche a ver en una vitrina que sólo se encendía al oscurecer una truculenta colección de preservativos con crestas de gallo, birretes académicos y tiaras pontificias. El más pintoresco de todos era Carlos Barral, editor, poeta y estilista, que, revolando su capa negra, su bastón medieval y con su eterno cigarrillo en los labios, recitaba a gritos, después de unos gins, al poeta Bocángel. Esos años eran los de las últimas boqueadas de la dictadura franquista. Barcelona comenzó a liberarse de la censura y del régimen antes que el resto de España. Esa era la sensación que teníamos paseando por las Ramblas, que ya eso era Europa, porque allí reinaba la libertad de palabra, y también de obra, pues todos los amigos que estaban allí actuaban, hablaban y escribían como si ya España fuera un país libre y abierto, donde todas las lenguas y culturas estaban representadas en la disímil fauna que poblaba ese paseo por el que, a medida que uno bajaba, se olía (y a veces hasta se oía) la presencia del mar. Allí soñábamos: la liberación era inminente y la cultura sería la gran protagonista de la España nueva que estaba ya asomando en Barcelona.

¿Era precisamente ese símbolo el que los terroristas islámicos querían destruir derramando la sangre de esas decenas de inocentes al que aquella furgoneta apocalíptica –la nueva moda- fue dejando regados en las Ramblas? ¿Ese rincón de modernidad y libertad, de fraterna coexistencia de todas las razas, idiomas, creencias y costumbres, ese espacio donde nadie es extranjero porque todos lo son y donde los quioscos, cafés, tiendas, mercados y antros diversos tienen las mercancías y servicios para todos los gustos del mundo? Por supuesto que no lo conseguirán. La matanza de los inocentes será una poda y las viejas Ramblas seguirán imantando a la misma variopinta humanidad, como antaño y como hoy, cuando el aquelarre terrorista sea apenas una borrosa memoria de los viejos y las nuevas generaciones se pregunten de qué hablan, qué y cómo fue aquello.

La tragedia y la esperanza. De Alberto Barrera Tyszka

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 20 agosto 2017/ PRODAVINCI

Enfrentar a unos políticos cínicos e inescrupulosos es tan difícil y arriesgado como oponerse a un comando de la Guardia Nacional en cualquier manifestación. Eso que llamamos resistencia no es una acción que solo puede darse en la calle, con escudos y con máscaras antigás. A veces, el poder de la mentira es tan aterrador como las balas. También producen muerte. Y desaliento, impotencia, rabia, desolación. Y frente a la violencia institucional que ejercen los poderosos es mucho más complicado resistir: ¿cómo combatir una farsa solemnemente estructurada?, ¿cómo pelear contra un engaño convertido en sistema, formalizado, distribuido sin pudor por todos los medios? Cuando Delcy Rodríguez mira hacia la cámara, altiva, soberbia, como si en realidad hubiera prodavinciganado una elección democrática; cuando desdobla una sonrisa sardónica y habla desde la arrogancia de los oligarcas, cuando se dirige a los diputados electos por el pueblo (que no cobran desde hace un año y han sido despojados de toda posibilidad de acción) y les dice que el parlamento no ha sido disuelto y que ellos deben seguir trabajando… ¿Qué se puede hacer? ¿Qué se puede hacer cuando Delcy Rodríguez se transforma en una bomba lacrimógena?

Chávez sabía mentir. Y, generalmente, lo hacía bien. Sus herederos conocen el método, tratan de seguirlo, pero son mucho más torpes, más evidentes. Les sale fácil lo fácil: la sorna, la burla, la ironía, el descaro. Pero son incapaces de convocar una esperanza, de comunicar con un mínimo de emoción algo que aunque sea parezca una verdad. Son demasiado obvios. En muy pocos días, sin ayuda de nadie, ellos solitos le han confirmado al país y al mundo que todo lo que prometieron con respecto a la Constituyente era una fantasía infantil, que lo único que realmente les interesa es terminar de apagar la democracia, que la Constituyente sólo sirve para tratar de legitimar la dictadura en Venezuela.

Desde que se instaló este nuevo “milagro”, según pregonaban los altos dirigentes del gobierno, ¿qué ha pasado?, ¿a qué se han dedicado los supuestos nuevos representantes del también supuesto poder popular originario? El espectáculo ha sido grotesco, patético. Desde Tibisay Lucena hasta Tarek Williams Saab, pasando por ese detalle que es Nicolasito, el Sin Par de Miraflores.

¿Para qué necesita el país una nueva Constitución? Para suspender, sustituir y perseguir a una Fiscal incómoda, con demasiada información sobre la millonaria corrupción del gobierno. ¿Para qué necesitan los pobres de Venezuela una nueva Constitución? Para dejarlos sin candidatos por quien votar. Para inhabilitar y encarcelar a líderes de la oposición que puedan ganarle al oficialismo en futuras elecciones. ¿Para qué requiere nuestra sociedad un cambio en la Carta Magna? Para adelantar las elecciones que antes el mismo Consejo Nacional Electoral había retrasado de todas las maneras posibles. ¿Por qué necesitábamos con tanta premura esta Asamblea Constituyente? Porque el país precisa con urgencia una Comisión de la Verdad que premie la represión oficial y someta al país a un régimen de censura y control.

Desde que empezó la ANC, ¿cuántos niños han muerto por desnutrición en Venezuela? ¿Acaso algún funcionario del gobierno ha hablado de esto?

A Hugo Chávez siempre le encantó la contra ofensiva. Lo repitió en varias oportunidades. Es algo que forma parte de la lógica de la guerra con la que Chávez, lamentablemente, envenenó la política nacional. Soportaba los ataques, asumiendo que eran movimientos enemigos, para luego en una aparente jugada defensiva terminar agrediendo, conquistando más posiciones de poder. Así como actuó el oficialismo en el paro petrolero, así también actuó ahora en estos meses de protestas de 2017. Esperaron sin importar la cantidad de muertos, sabiendo que al final podrían cobrarle toda esa sangre al adversario. Es lo que están haciendo ahora. Es el momento de la contra ofensiva. La oportunidad para profundizar eso que ellos llaman pomposamente “la revolución”.

La estrategia implica una frialdad abrumadora. Una distancia criminal con la vida de los ciudadanos. Y una apuesta delirante por la farsa. Por hacer de la mentira una definición de gobierno, una forma de vida. De manera instantánea, el nuevo Fiscal descubrió que la Fiscal General de la República es corrupta, racista, conspiradora violenta y promotora de una invasión gringa. De manera instantánea, el CNE destrabó todas las dificultas y problemas que interpuso para impedir el referendo y las elecciones y, de pronto, convocó un proceso exprés para el próximo mes de octubre. De manera instantánea… ¿Cómo desactivar un fraude que tiene como cómplices al gobierno, las instituciones y la Fuerza Armada Nacional?

La sociedad democrática venezolana, con sus debilidades y heterogeneidad, lleva años tratando de responder a esa pregunta. No es nada fácil. Es muy desalentador lo que nos pasa como país. Después de cada dos décadas y una bonanza petrolera estamos peor que antes, en todos los sentidos. Nuestra pobreza es trágica. Y gracias a ella, muchos de los funcionarios del “gobierno de los pobres” se han hecho millonarios. Es trágico un país donde los hijos de una víctima de la violencia del Estado sean ahora quienes legitimen esa misma violencia del Estado. Es trágico un país donde la miseria crece, los hospitales no funcionan, los cuerpos de seguridad masacran a inocentes, hay ciudadanos desaparecidos y estudiantes presos por protestar. Es trágico que todo esto, además, se haga a nombre de la libertad y de la justicia.

En este escenario, ¿el tema de la participación en las elecciones regionales puede ser tratado como un dilema moral? No estamos ante una disyuntiva ética, no debatimos entre opciones más o menos virtuosas, más o menos valientes, más o menos honestas. La dirigencia política, si quiere seguir haciendo política, no tiene otra posibilidad. Está obligada a mantenerse unida y a dar la pelea en todos los espacios que puedan. Aguantar la contra ofensiva no es sencillo. El gobierno solo quiere contaminarnos con una enorme sensación de derrota. Ese es el primer objetivo de la Asamblea Nacional Constituyente. Que olvidemos que somos mayoría. Que pensemos que no sirve de nada ser mayoría. Que aceptemos que han ganado y que ya no importa, que no tenemos nada qué hacer.

Pero nosotros no podemos olvidar lo que ellos no olvidan: cada día son menos. Cada día menos gente los quiere, les cree. Dentro y fuera del país. Es una tendencia que no se ha detenido desde hace años. Un indicador que sigue creciendo. En el fondo, el chavismo pelea contra la historia. Actúan así porque saben que están rodeados. Ahora la paranoia es su ideología.

La esperanza también puede ser un recurso natural renovable.