Évelyn Galindo-Doucette

Gustavito: un cuento policíaco. De Évelyn Galindo-Doucette

“En El Salvador existen dos realidades: una que está en la superficie y la otra realidad subyacente”. Me hicieron este comentario hace poco y se me vino a la mente esta semana con el caso de la muerte de Gustavito en el Zoológico Nacional.

evelynÉvelyn Galindo-Doucette, 5 marzo 2017 / LPG-Séptimo Sentido

Esta semana leímos colectivamente en los medios de comunicación un cuento policial detectivesco de terror, al estilo de “Los crímenes de la calle Morgue” de Edgar Allan Poe (1841). Para resumir el argumento, la primera versión del caso era que el hipopótamo Gustavito había sido agredido con picahielos por desconocidos en las instalaciones del Zoológico Nacional de El Salvador.

De acuerdo con esta versión, promulgada por la Secretaría de Cultura (SECULTURA) de la Presidencia, la salud de Gustavito se había complicado en los días después de ser barbáricamente atacado “con objetos contundentes y cortopunzantes por personas desconocidas e inescrupulosas”. Esas complicaciones supuestamente llevaron a su muerte el domingo pasado.

septimo sentidoEl enigma a resolver era quién o quiénes eran los culpables de semejante acto de barbarie. El crítico salvadoreño Paolo Lüers sintetizó el caso en su carta pública dirigida a Gustavito: “En un país plagado de violencia, surge como símbolo de todas las víctimas… ¡Un hipopótamo! Solo faltaba especular si te asesinó la MS o la 18 u otro sospechoso”.

En el género policial clásico el crimen suele ocurrir en los interiores de espacios domésticos, como es el caso en el cuento de Poe, donde el asesinato múltiple tiene lugar en un cuarto cerrado con llave del cuarto piso de una casa en la calle Morgue. En El Salvador, ni modo, el crimen ocurre en un espacio urbano hacia el sur del centro histórico de la capital. En todo caso, el ambiente del género policial actual suele, por lo general, ser urbano.

En vez de una figura altanera como el detective francés C. Auguste Dupin, tuvimos varios fiscales y un sindicato de trabajadores que cuestionaron la versión oficial de la muerte del hipopótamo. El 1.º de marzo uno de los fiscales involucrados en la investigación concluyó: “Hemorragia pulmonar es la causa de muerte, según necropsia. No se notó penetración de picahielos, como se dijo inicialmente”.

Por su parte, el Sindicato de Trabajadores de la Secretaría de la Cultura (SITRASEC) señaló en un comunicado de la semana pasada la negligencia de las autoridades del Zoológico Nacional. Hizo notar que la situación de salud del animal venía degradándose desde hace 17 días y Gustavito no recibió atención médica adecuada. De acuerdo con el informe de los empleados, el hipopótamo presentó un bloqueo estomacal que no fue tratado de forma eficiente y eso fue lo que provocó su eventual muerte.

“En El Salvador existen dos realidades: una que está en la superficie y la otra realidad subyacente”. Me hicieron este comentario hace poco y se me vino a la mente esta semana con el caso de la muerte de Gustavito en el Zoológico Nacional.

El enigma queda por resolver. ¿Quién o quiénes son los culpables de la muerte del hipopótamo? En fin solo hace falta marcar la resolución de otro cuento de Edgar Allan Poe, “La carta robada”. Este cuento gira en torno de la búsqueda de una comprometedora carta. Registran el espacio y nadie la puede encontrar hasta recurrir a Dupin. El detective da con la carta ágilmente porque sabe que la solución del enigma muchas veces no está oculta, se ve fácilmente. En este caso no se habría que descartar tampoco las pistas y las personas que están a plena vista.

 

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Una crítica del arte y la cultura oficiales en El Salvador. De Évelyn Galindo-Doucette

6fcad8df-68cf-49e6-9593-c45d4dc2a767_XXXLWÉvelyn Galindo-Doucette, 17 julio 2016 / LPG-SéptimoSentido

Miguel Rubio, del colectivo peruano de teatro Yuyachkani, una vez dijo: “Nada de lo que uno representa en escena se compara con lo que está sucediendo en este país”. Con esto el dramaturgo hacía referencia a la teatralidad del Estado y a la puesta en escena de un espectáculo político que reúne la “coreografía” de la sociedad actual con símbolos e iconografía históricos. Eric Hobsbawm conceptualiza este proceso nacional como “la invención de una tradición histórica”, arraigada en el presente y que circula a través de una cultura y arte oficiales.

A finales de 2008 Joao Santana fue contratado para dirigir y ejecutar la campaña electoral del entonces candidato presidencial del FMLN, Mauricio Funes. Santana es considerado un gurú de la publicidad política por su manera de captar y traducir la esencia popular. Ha sido catalogado por los medios de comunicación internacionales como el “creador de presidentes de izquierda” y algunos lo comparan con Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda que fusionó el arte y la cultura en la maquiavélica campaña de propaganda del partido nazi.

septimo sentidoSu trabajo en El Salvador puede usarse para ilustrar esa “invención de una tradición histórica”. Es probable que a partir de 2008 Santana haya sugerido la utilización de la iconografía del beato Óscar Romero como un símbolo estatal: se hizo uso de la memoria del arzobispo para ganarse la confianza de la población. Se trató de un esfuerzo consciente del Gobierno para establecer una conexión metafórica entre el Romero de los setenta y ochenta con el programa político actual de la izquierda.

Entre 2009 y 2014 se cambió el nombre del aeropuerto internacional a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, se patrocinó arte “oficial” como el “Romero” del pintor Rafael Varela colocado en Casa Presidencial y se lanzó una campaña de publicidad que declaraba que el FMLN caminaba “por el rumbo señalado por Monseñor Romero”.

Sin embargo, el Romero que vimos (principalmente con el gobierno de Funes) como ícono oficial no es el mismo Romero de antes. Una imagen se convierte en iconografía precisamente porque trasciende su momento histórico. Después de 2009 la imagen del arzobispo representa y comunica nuevos significados que tienen que ver con la política actual, ya algo lejos de lo que era su figura histórica.

Mi intención no es argumentar en contra de la representación de figuras y eventos históricos asociados con una política de izquierda, nada más lejos. Es claro que una parte de la performance y de la cultura visual patrocinadas por el Estado abre un espacio público para recordar un pasado que no está relacionado con la memoria emblemática de los grupos de la derecha política. También es claro que las transiciones políticas abren un espacio para la reemergencia de memorias que antes se suprimieron: la memoria histórica que promueven los gobiernos de izquierda sirve como una respuesta necesaria a la que ha dominado la historia nacional desde antes de la masacre de 1932.

Pero cuando el arte reitera una visión oficial y deja de servir para la crítica de esta, entra en el campo de la propaganda. La esperanza del arte y de la cultura está, por tanto, en las propuestas artísticas de lógicas sociales alternativas, contestatarias y complejas que logran conciliar la solidaridad con las víctimas de la guerra con un ejercicio crítico de la memoria y de la realidad social.

Esto lo vemos en las obras visuales y escénicas de muchos artistas independientes, por ejemplo, Mauricio Esquivel, Ronald Morán, Mayra Barraza, Muriel Hasbún y Víctor Crack Rodríguez, quienes desafían e interrumpen la hegemonía de las narrativas políticas dominantes del gobierno de turno. El arte y la cultura no son pantallas estáticas para la proyección ideológica, sino telones en un movimiento constante entre el imaginario colectivo y los recuerdos personales, entre las formaciones incompletas de la realidad actual y los residuos del pasado.