Cultura

Carta a la Secretaría de Cultura: ¿Y el Palacio Nacional, para qué y para quién sirve? De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 30 septiembre 2017 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Fui a un evento en el Palacio Nacional. Impactante el evento. Maravillosa la locación: El Palacio Nacional es una joya. En medio del caos del centro, una oasis de tranquilidad, una belleza arquitectónica. Felicito a los artesanos que han recuperado estas salas, estos techos, corredores y patios.

 Pero, ¿para quién brilla esta joya? Que bueno que de vez en cuando lo alquilen para eventos. Que bueno que uno, pagando un dólar, pueda incluso recorrerlo, como si fuera un museo. Que bueno que este palacio albergue un archivo. Pero museos y archivos son lugares pasivos y muertos. Estos espacios privilegiados en medio de lo inhóspito deberían llenarse de vida, de acción, de comunicación – todos los días.

logos MAS y EDHEl Palacio debería ser la sede de los artistas, de su producción, sus talleres, ensayos, exposiciones, espectáculos. Sus famosas salas, donde antes despacharon presidentes, militares, diputados y magistrados, deberían llenarse todos los días de bailarines, quienes ahora tienen que ensayar en lugares precarios; y todas las noches de los capitalinos viendo sus obras. Donde ahora hay oficinas, que podrían funcionar en cualquier otro edificio administrativo, deberían funcionar talleres de escultores, estudios de grabación para los músicos, clases de piano, etc.

¿Qué le pasa a nuestro país para que la Colección Nacional de pinturas esté colgada en la residencia presidencial (o sala de té de la primera dama), donde sólo se puede entrar por invitación de la pareja presidencial y por afinidad ideológica?

22042144_1502252506480827_2987269510007544584_o.jpg¿Qué le pasa a nuestro país para que el Palacio Nacional, maravillosamente restaurado en todo su esplendor, no tenga vida y no se convierta en espacio público y centro de encuentro cultural?

Todas las noches debería este palacio ser escenario de eventos como el que visité: la “Biblioteca Humana”, una iniciativa de Claudia Cristiani y Isabel de Sola. Imagínense: el Palacio Nacional abierto para que un montón de personas que jamás han tenido oportunidad de hablar con un ex pandillero, con una transexual, con un ex combatiente guerrillero, con una empresaria exitosa, con un deportado, con jóvenes de comunidades marginadas, tengan que enfrentarse a sus propios prejuicios y resentimientos. Todos estos personajes, convertido en libros humanos para que usted los lea y entienda…

Abran el Palacio, para que actividades como estas puedan tener lugar todas las noches. Si no, ¿para qué tenemos una Secretaría de Cultura y un patrimonio como el Palacio Nacional? Saludos,

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Pié de página:
Por el formato de mis cartas en los periódicos MAS! Y EDH no era posible explicar bien el carácter del evento que menciono. Fue un evento de ‘Foro Paz’, que es una iniciativa de Isabel de Sola, a través de la Fundación de Sola, junto con Contextos, una ONG educativa. La ‘Biblioteca Humana’, que se presentó en este evento, es un proyecto de AccesArte, una fundación cuya misión es potenciar el rol que la cultura juega en el proceso de nuestro desarrollo humano individual y colectivo, dirigida por Claudia Cristiani.

Pero tú… De Cristian Villalta

Gracias por leer, y por su indulgencia.

CRISTIAN VILLALTACristian Villalta, 11 diciembre 2016 / LPG

Una patria que no duela. ¿Quién no la abrazaría, como al amor que presentíamos y que no conocíamos?

Una patria en la que todos los salvadoreños sean iguales. Iguales de verdad, no en la bizarra paridad de oportunidades de la que hablaban los liberales criollos antes de reclutar al Estado como su más perseverante criado, ese estado de las cosas en el que solo cabe salvar a la clase media e impedir que se mueran tantos pobres como Dios quiera al que muchos en la derecha económica siguen considerando natural. Un determinismo de clase demasiado parecido a la infamia.

la prensa graficaIguales de verdad, insisto, pero no en la igualdad de la que los exguerrilleros se regodean mientras, protegidos por sus guardaespaldas, compran sus perfumes en Bal Harbor. Esa igualdad entre paisanos que solo han conseguido en su narrativa retorcida, la de un país al que creen haber salvado con una revolución primero militar y ahora moral… En la cúpula del FMLN, los pocos que aún se consideran templarios de la utopía se resisten a aceptar que ya no son una fuerza de cambio para la sociedad, sino todo lo contrario.

Que los salvadoreños puedan ser iguales significa que todos tengamos los mismos derechos y las mismas obligaciones, y que persigamos el mismo sueño: el de vivir en un país en que el dolor de las víctimas sea respetado, y en el que la persecución de la justicia sea el motor de la vida pública.

Hablo pues de una patria en la que la ciudadanía deje de resignarse. Hablo de unos salvadoreños más valientes, más inteligentes, mejores personas. Hablo de unas gentes que cuestionan lo que pasa en los barrios empobrecidos, que se cuestionan por qué el personal de seguridad pública patrulla con el rostro cubierto, que se reconoce en los deseos genocidas de algunos de sus políticos y se avergüenza de ello. Son unos salvadoreños que no voltean a ver hacia otro lado ante el oprobio de nuestros jóvenes y de nuestros niños. Son unos salvadoreños en los que es más fácil reconocer la solidaridad que la moralidad, la tolerancia que la militancia, personas que ya no cantan himnos de muertes y tumbas, que no idolatran dictadores, que consideran indigna toda represión política.

O unos gobernantes que valgan la pena, ¿no? Que no roben, que no toleren el saqueo, que se conmuevan con el dolor de nuestro país, que no estén separados de nosotros por sus camionetas gigantes y el polarizado de sus ventanas, que no se crean mejores que tú o que yo. Gente normal.

O una ciudad en la que camines a la hora que se te antoje, en la que el paisaje solo tenga lugares, recuerdos y gente, y no miedo, soldados, Coasters y prohibiciones. Una ciudad en la que puedas amar, reír y correr en todas las direcciones. Una ciudad normal.

O, ¿qué tal una cultura de la que te sientas orgullosa? Plaza Salarrué, plaza Claudia Lars, un poco de Luz Negra, un mucho de Dalton, del sudor de nuestros pintores, de las cuitas de nuestros músicos, gigantes del pasado sepultados por la politiquería, por la polarización estúpida, ese pulpo insano que ha invadido todo y nos ha arrebatado nuestros sueños, haciéndonos creer que nuestra historia solo ha tenido corbatas y uniformes.

Más sencillo, cariño: ¿qué tal un país en el que solo haya una bandera? Y en el que todos entiendan que el color de esa bandera no es el rojo ni el verde ni el azul sino el de tu sonrisa.

Eso y más anhelo darte, en Navidades posibles o imposibles. Pero tú, María, solo quieres un dragón que cocina marshmallows. Y la muñeca que al apretarla se hace pipí. Y jugar en un futuro que apenas se dibuja en los torpes lienzos del presente.

Pobre la cultura… Columna transversal de Paolo Luers

paolo3Paolo Luers, 14 agosto 2016 / EDH

Como siempre, nadie le pone mucha atención a la cultura, a menos que sea funcionario de cultura. Ni siquiera los artistas, y obviamente no los partidos, los políticos, los diputados y los medios…

Aprobaron una Ley de Cultura y pasó debajo del radar de todos. Es de estas leyes que uno sabe que el Frente las está promoviendo, y que tienen razón de ser, pero sin la excesiva carga ideológica que traen la: Ley de Agua, de Medios Públicos, de Cultura…

Leyendo como quedó aprobada, y comparándola con aquel manifiesto que nació en las entrañas ideológicas de la Comisión de Cultura del FMLN, queda evidente que en la Comisión parlamentaria se logró eliminar gran parte de la sobrecarga ideológica que llevaba. Ya no incluye estos sermones insoportables del la cultura como “fuerza diario hoytransformadora de la sociedad”, y de su “función identitaria”, como los encontramos en muchos documentos de la Secretaría de Cultura de la Presidencia. Si no lo creen, lean la Convocatoria de la Secretaría de Cultura sobre los “Fondos Concursables para impulsar la cultura como un derecho”. Aquí una pequeña prueba:

Un Punto de Cultura es un concepto de política pública que se traduce en organizaciones culturales de la sociedad civil fortalecidas, que ganan fuerzas y reconocimiento institucional al establecer una alianza, un pacto con el Estado, que reconoce y potencia la cultura viva comunitaria como una fuerza viva capaz de producir poderosas transformaciones en la sociedad en los niveles económicos, políticos, sociales, culturales y en las relaciones con la naturaleza…”

Los diputados de la oposición lograron eliminar de la ley estos sermones. Menos mal. Pero quitándole resulta que entonces no queda nada sustancial.

La iniciativa de ley del FMLN tuvo la intención de crear normas que permiten al Estado obligar a las radios comerciales a dedicar una cuota de su programación, definida por ley, a difundir “producción nacional” de música; y a los cines hacer lo mismo con “producción nacional” cinematográfica. O sea, la intención fue que el Estado regule los contenidos de radios y cines. Esto fue objeto de meses de discusión en la Comisión de Cultura – y al fin esta parte no logró consenso.

Entonces, quedó un párrafo absolutamente vacío:

“Programación de música nacional
Artículo 97.- Todas las estaciones de radio que ocupan el espectro radioeléctrico del país podrán (!) programar música nacional en programación regular.”

“Programación de obras cinematográficas
Artículo 101.- Los exhibidores privados y públicos podrán (!) obras cinematográficas nacionales en programación regular.”

Es como una ley que permite a los almacenes del país vender leche de producción nacional. ¿Para esto hacemos leyes?

Lo más irónico es esto: Resulta que ahora, luego de que el FMLN definiera como uno de los ejes centrales de su programa de gobierno que en 6 meses iba a crear el Ministerio de Cultura, ahora tenemos una Ley de Cultura tan vaga que ni siquiera define la institucionalidad. En la ley aprobada se repite, cientos de veces, el término “el Estado por medio de la institución que vela por la cultura en el país…”

Hace 4 años el objetivo primordial de la Ley de Cultura que presentó el FMLN fue la creación del Ministerio de Cultura. Fue a la vez una de las promesas centrales que el FMLN hizo a los artistas del país para involucrarlos en su campaña electoral. Y ahora surge una ley que habla de “la institución que vela por la cultura”. No jodan a los pobres artistas…

¿Qué hay detrás de esta traición a las promesas? Muy simple: Estando en el poder, al FMLN le encanta tener todo el aparato cultural del Estado a su plena disposición política, partidaria y electoral – en forma de la Secretaría de Cultura de la Presidencia. No es secretaría del Estado. Es de la presidencia y sirve a los intereses propagandísticos y políticos del presidente.

Siempre he dicho que la “la institución que vela por la cultura” no debe ser ni secretaría de CAPRES ni ministerio, sino una institución autónoma. Pero verdaderamente autónoma, como según la constitución es la Universidad Nacional.

Pero la Ley de Cultura va en otra dirección: Deja la cultura al mando de la presidencia, y establece un “Fondo Nacional Concursable” para encargarse del financiamiento de los proyectos artísticos y culturales. Magnífico. Pero con un Consejo Directivo, en el cual 7 de sus 11 miembros son funcionarios del Ejecutivo. Otros 2 representan la academia, 1 a los municipios – y solamente uno la comunidad de artistas y trabajadores de cultura. Y esto, según la Ley de Cultura, es “una institución pública de carácter autónomo”. ¿Qué autonomía va a tener si 7 de 11 directivos son del gobierno de turno?

 

Una crítica del arte y la cultura oficiales en El Salvador. De Évelyn Galindo-Doucette

6fcad8df-68cf-49e6-9593-c45d4dc2a767_XXXLWÉvelyn Galindo-Doucette, 17 julio 2016 / LPG-SéptimoSentido

Miguel Rubio, del colectivo peruano de teatro Yuyachkani, una vez dijo: “Nada de lo que uno representa en escena se compara con lo que está sucediendo en este país”. Con esto el dramaturgo hacía referencia a la teatralidad del Estado y a la puesta en escena de un espectáculo político que reúne la “coreografía” de la sociedad actual con símbolos e iconografía históricos. Eric Hobsbawm conceptualiza este proceso nacional como “la invención de una tradición histórica”, arraigada en el presente y que circula a través de una cultura y arte oficiales.

A finales de 2008 Joao Santana fue contratado para dirigir y ejecutar la campaña electoral del entonces candidato presidencial del FMLN, Mauricio Funes. Santana es considerado un gurú de la publicidad política por su manera de captar y traducir la esencia popular. Ha sido catalogado por los medios de comunicación internacionales como el “creador de presidentes de izquierda” y algunos lo comparan con Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda que fusionó el arte y la cultura en la maquiavélica campaña de propaganda del partido nazi.

septimo sentidoSu trabajo en El Salvador puede usarse para ilustrar esa “invención de una tradición histórica”. Es probable que a partir de 2008 Santana haya sugerido la utilización de la iconografía del beato Óscar Romero como un símbolo estatal: se hizo uso de la memoria del arzobispo para ganarse la confianza de la población. Se trató de un esfuerzo consciente del Gobierno para establecer una conexión metafórica entre el Romero de los setenta y ochenta con el programa político actual de la izquierda.

Entre 2009 y 2014 se cambió el nombre del aeropuerto internacional a Monseñor Óscar Arnulfo Romero, se patrocinó arte “oficial” como el “Romero” del pintor Rafael Varela colocado en Casa Presidencial y se lanzó una campaña de publicidad que declaraba que el FMLN caminaba “por el rumbo señalado por Monseñor Romero”.

Sin embargo, el Romero que vimos (principalmente con el gobierno de Funes) como ícono oficial no es el mismo Romero de antes. Una imagen se convierte en iconografía precisamente porque trasciende su momento histórico. Después de 2009 la imagen del arzobispo representa y comunica nuevos significados que tienen que ver con la política actual, ya algo lejos de lo que era su figura histórica.

Mi intención no es argumentar en contra de la representación de figuras y eventos históricos asociados con una política de izquierda, nada más lejos. Es claro que una parte de la performance y de la cultura visual patrocinadas por el Estado abre un espacio público para recordar un pasado que no está relacionado con la memoria emblemática de los grupos de la derecha política. También es claro que las transiciones políticas abren un espacio para la reemergencia de memorias que antes se suprimieron: la memoria histórica que promueven los gobiernos de izquierda sirve como una respuesta necesaria a la que ha dominado la historia nacional desde antes de la masacre de 1932.

Pero cuando el arte reitera una visión oficial y deja de servir para la crítica de esta, entra en el campo de la propaganda. La esperanza del arte y de la cultura está, por tanto, en las propuestas artísticas de lógicas sociales alternativas, contestatarias y complejas que logran conciliar la solidaridad con las víctimas de la guerra con un ejercicio crítico de la memoria y de la realidad social.

Esto lo vemos en las obras visuales y escénicas de muchos artistas independientes, por ejemplo, Mauricio Esquivel, Ronald Morán, Mayra Barraza, Muriel Hasbún y Víctor Crack Rodríguez, quienes desafían e interrumpen la hegemonía de las narrativas políticas dominantes del gobierno de turno. El arte y la cultura no son pantallas estáticas para la proyección ideológica, sino telones en un movimiento constante entre el imaginario colectivo y los recuerdos personales, entre las formaciones incompletas de la realidad actual y los residuos del pasado.

Un espacio excepcional en el reino de las maras

La Casa Tomada, en San Salvador, neutraliza la violencia en uno de los barrios más conflictivos.

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Presentación de la Casa Tomada en la Casa América de Madrid MIGUEL LIZANA

Francisco Javier Sancho Má, 21 junio 2016 / EL PAIS

el paisEnfrente nomás, se encuentra la embajada de España, en la colonia San Benito de San Salvador. Detrás, el sector de Las Palmas (miles de personas hacinadas en una barranca, el origen de los cabecillas más peligrosos de la Mara 18 Revolucionaria). En medio, La Casa Tomada, un lugar mítico ya en la capital salvadoreña que, como en el cuento de Cortázar del que prestó su título, han ido ocupando toda clase de espíritus creativos. Actualmente alberga 17 espacios de cine, radio, teatro, música o malabares, entre otras disciplinas, mediante un modelo de gestión público y privado. Interacción y aprendizaje mutuo. Colaboración e iniciativas de transformación social. Todo un centro artístico que se nutre también de la energía del barrio aledaño donde viven muchos participantes asiduos.

Durante la presentación de la iniciativa que tuvo lugar la semana pasada en Casa de América, en Madrid, Fernando Fajardo, director del Centro Cultural de España en El Salvador, y uno de los impulsores más entusiastas de la Casa Tomada, destacó la participación y vitalidad de los colectivos y artistas de la sociedad civil de ese país centroamericano. El proyecto nació en un contexto de gran reducción de fondos españoles para la cooperación. “Había que responder con iniciativas imaginativas que tuvieran impacto ante la falta de presupuesto. También nos fijamos en otros antecedentes, en proyectos donde lo público presta espacio a colectivos privados en modelos de autogestión, como La Tabacalera de Madrid”. Fajardo cree que ejemplos como La Casa Tomada o La Tabacalera son una propuesta de trabajo colectivo y una herramienta de cultura para el desarrollo y la paz frente a tendencias que ensalzan la individualidad y el hombre hecho a sí mismo.

Un lugar de encuentro para la democracia

En la cafetería de la Casa Tomada es posible encontrarse a altos funcionarios del Gobierno, o al único cineasta centroamericano galardonado con un Oscar, André Guttfreund, o a los periodistas del diario digital más celebre de América Latina, Elfaro.net, con jóvenes del barrio marginado de Las Palmas y artistas de la calle. Se trata de un espacio excepcional, porque “lo que pasa adentro, no suele ocurrir afuera, por desgracia”, señaló en la presentación de Casa de América, Sira Abenoza, profesora de Esade y experta en responsabilidad social empresarial. Ella colaboró con la Casa Tomada en la creación de un vivero de industrias creativas y en la promoción de proyectos de emprendimiento social. “Se trata de un lugar de encuentro, porque allí dialogan personas de diversos estratos sociales en un país muy desigual y donde lo normal es que nunca se junten”. Recordó lo que decía el filósofo y profesor de Harvard Michael Sandel: “Uno de los problemas de nuestras democracias es el de no contar con espacios donde las personas diferentes entre sí se encuentren”. Por eso, opina, la Casa Tomada es un “desafío a la tendencia aislacionista de los colectivos, no sólo en El Salvador, sino en el mundo. Las democracias se empobrecen cuando el discurso social sólo se produce entre personas que piensan y viven igual”.

Si bien el arte no necesita dotarse de un sentido utilitario,
en un contexto tan violento, es pertinente preguntarse
sobre su efecto en la convivencia social

La actriz y comunicadora Paloma Valenciano vivió varios años en El Salvador y trabajó en La Casa Tomada. En la presentación en Casa de América subrayó la energía que se proyecta en las actividades teatrales y en la Radio Tomada que emite desde ese espacio de gestión colaborativa: “Abrimos la emisorara a todo tipo de personas y de ideologías para que se escucharan los unos a los otros. El Salvador es muy pequeño pero muy diverso”.

Las voces de muchos otros protagonistas pudieron oírse mediante la proyección de un vídeo casero en el que se presentan las múltiples iniciativas de la Casa Tomada. César Erazo, experto agrícola y responsable del huerto ecológico, la calificó como “una gran fumada, un desborde de creatividad, de energía y creatividad popular”.

¿Es sostenible un proyecto así? Fernando Fajardo anticipó una respuesta con un planteamiento que no parece políticamente correcto. “¿Por qué todo tiene que tener una continuidad uniforme? ¿Qué pasa si desaparece la Casa Tomada porque es inviable? Creo que no acaba todo ahí, sino que se trata de iniciativas que luego pueden generar otras. Y precisamente su fuerza radica en eso. No hay que obsesionarse con la sostenibilidad tal como la entendemos en muchos proyectos de desarrollo.

Ocupación de espacios públicos contra la violencia

Si bien el arte no necesita dotarse de un sentido utilitario, en un contexto tan violento, es pertinente preguntarse sobre su efecto en la convivencia social. Fajardo aseguró que la acción cultural de la Casa Tomada no sólo se circunscribe al espacio físico de ese centro, sino que se irradia con sus actividades en el conflictivo barrio de las Palmas. “En los últimos 18 meses no ha habido incidentes con víctimas mortales en él. La actividad cultural, que se desarrolla directamente en el barrio, como el teatro de calle en espacios públicos incide en la convivencia positivamente. Para ello han sido clave los grupos de mujeres que llevan a la escena la violencia que han sufrido y que a veces pasa inadvertida en medio de una ciudad tan violenta como San Salvador, en un país con 23 homicidios al día. Ahora hay más gente que puede entrar en Las Palmas”. Sin embargo, el mismo Fajardo no puede hacerlo en estos momentos: a un individuo de la zona se le antojó amenazarlo de muerte.

El contexto es complejo. Un país minado por la violencia durante su última guerra civil, crímenes aún pendientes de juicio, como el caso de los jesuitas asesinados en 1989, y la delincuencia de las maras. “La cultura puede neutralizar en gran medida la violencia. Hay que verlo allí, en el barrio”, afirmó.

La dañina cultura de irrespeto. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 18 abril 2016 / EDH

“Respetar las señales de tránsito”, “no botar basura en la calle”, “respetar la vida de los animales”, “hacer un uso correcto de los recursos naturales”, entre otros llamados similares, parecen ser acuerdos universales para una convivencia sana entre los que integramos la sociedad. Es más, parecieran ser consecuencias lógicas de la interrelación ente los individuos y su alrededor. Sin embargo, en pleno siglo XXI todavía es necesario que se establezca en las leyes ciertas obligaciones o prohibiciones sobre comportamientos de las personas, las cuales no deberían reglarse en leyes sino que  cumplirse espontáneamente por las personas al derivarse del respeto por la vida de los demás.

La semana antepasada fue aprobada por la Asamblea Legislativa la ley de protección y promoción de bienestar de animales de compañía, en la cual se establecen una serie de situaciones que se constituyen como infracciones contra la vida y bienestar de los animales domésticos; en ella se fijan multas para quienes omitan cumplir la variedad de reglas en favor de estos seres vivos. Ahora se encuentran prohibidas situaciones como el maltrato o sufrimiento innecesario de los animales, mantenerlos en malas condiciones, el abandono o sacrificio de los mismos; resulta increíble que tengan que establecerse leyes o endurecerse penas para que se respeten situaciones básicas de la vida diaria.

diario hoyEl irrespeto a la convivencia no se limita a los seres humanos y su alrededor, cuya valoración puede variar en razón de preferencias o conciencia hacia los animales, áreas verdes, agua, entre otros elementos; la falta de educación y cultura rebalsa a diario en las calles de El Salvador y basta ver la interacción en las personas en el tráfico. El irrespeto de la doble línea amarilla, el paso peatonal, el eje preferencial, la luz amarilla del semáforo, el respeto a los carriles asignados, la desconsideración a los gestores del tráfico y la falta de cortesía, es la constante diaria entre los conductores, generando caos en el ya complicado tráfico producto de la deficiente planificación vial. No debería ser necesario que los legisladores endurezcan penas o establezcan más hechos punibles para que los ciudadanos nos comportemos de forma educada, ética y coherente.

Los ciudadanos exigimos a los funcionarios estatales el estricto cumplimiento de las  reglas legales y éticas fundamentales en su desenvolvimiento diario; lo anterior se constituye como un legítimo control del ejercicio del poder hacia quienes ejercen la representación del pueblo. Como manifiestan los principios de la meritocracia: las personas mejores calificadas (en términos de capacidad y honestidad) deberían ser quienes se encuentren al frente del aparato estatal. Pero no es congruente exigir comportamientos intachables cuando nosotros mismos somos fuente de falta de educación, descortesía e intolerancia.

Esta ciudadanía exigente de los mejores perfiles al frente de las instituciones públicas o como representantes del pueblo, es la misma gente que  en muchas ocasiones no es capaz de cumplir las normas de convivencia más básicas de la sociedad. El respeto a los derechos de los demás, a los derechos de los animales, el cumplimiento de las reglas de tránsito, el cuido de los recursos naturales, entre otras obligaciones fundamentales, debería ser una cuestión inherente a nuestra calidad de seres humanos racionales, pertenecientes a sociedades que buscan mejorar la  calidad de convivencia entre sus integrantes. Pero el hecho de que en El Salvador se siga fomentando y tolerando las relaciones interpersonales bajo “la cultura del  más vivo”, irrespetando las situaciones más básicas de convivencia, no ayuda en nada a mejorar la difícil situación de la sociedad en que vivimos. Los ciudadanos estamos facultados a exigir la mejor labor y comportamiento de nuestros funcionarios, pero también estamos obligados a dar el ejemplo en situaciones básicas de nuestra vida diaria. En las pequeñas cosas podemos empezar a generar cambios en la sociedad; hay que dar el ejemplo siempre, para así ir cultivando el tan anhelado cambio que requiere el país.

Las historias que también deberíamos de contar. De Rosarlin Hernández

Espero que un día comprendamos que investigar y escribir sobre los procesos culturales salvadoreños representa el desafío y la oportunidad de comprender el país donde vivimos.

Periodista salvadoreña radicada en Ginebra, Suiza.

Periodista salvadoreña radicada en Ginebra, Suiza.

Rosarlin Hernández, 5 julio 2015 / LPG-Séptimo Sentido

El prado de los soñadores

Una vez mi editor de cultura, un periodista salvadoreño al que admiro mucho, me dijo que “la sección cultural de un periódico debería de ser sinónimo de prestigio”. En ese entonces, como reportera, asocié la frase a la calidad, la versatilidad y al compromiso periodístico que los medios de comunicación tienen con los lectores.

Aunque ahora parece mentira, un día los salvadoreños tuvimos la oportunidad de elegir entre varias revistas con temas de largo aliento y secciones culturales que daban la batalla sincera por existir. En esos días no era tan descabellado proponer al jefe editor hacer una entrevista o un reportaje sobre lo que ocurre en el laboratorio creativo de un artista salvadoreño. En esos días, lo más que podía ocurrir era que algún colega soltara una risa irónica y trivializara el tema.

Así tuve la oportunidad de apreciar, primero como público y luego como periodista, el extraordinario trabajo del grupo de teatro Moby Dick. Siempre me interesé por sus historias detrás del telón; por los malabares económicos que han hecho para montar sus obras; por la tenacidad de tocar puertas y pedir colaboraciones; porque han pasado 15 años y no han dejado de hacerlo.

Como espectadora me conecté de inmediato a la propuesta teatral del grupo. En sus obras sentía que estaba en una cita de amigas. Era como si las actrices Mercy Flores, Rosario Ríos y Dinora Cañénguez, junto con su director, Santiago Nogales, me hubieran invitado a subir al escenario para reírnos juntas de lo que la sociedad esperaba de nosotras. Sus personajes eran adorables, irreverentes, divertidos, inteligentes.

Después de sus presentaciones me preguntaba: ¿De dónde sale el dinero para montar estas obras? Si dedican tantas semanas a ensayar, ¿por qué la obra dura un par de días en cartelera? Si tienen que ganarse la vida haciendo otros trabajos, ¿por qué siguen adelante? ¿Cuál es la recompensa que reciben por su trabajo? ¿Qué puedo hacer como periodista para que se valore profesionalmente este esfuerzo? Para responder mis interrogantes fui a los ensayos. Allí se multiplicó mi admiración por su trabajo. Allí confirmé que El Salvador no era solo violencia y corrupción. Allí constaté que aquí se producen otras historias que también merecen ser contadas.

Para mi sorpresa, mi visita al país coincidió con el estreno de la obra “Las partículas de Dios”. Consideré todo un privilegio ver nuevamente al grupo Moby Dick en escena. Esta vez, interpretando la historia ganadora del Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz (2014), escrita por el dramaturgo mexicano-salvadoreño Luis Ayhllón.

En esta obra, los personajes que hicieron reír al público no eran mujeres valientes que rompían moldes y luchaban por tener identidad propia, eran mujeres clasistas, racistas, de doble moral, cuyo único interés era mantener las apariencias que otorga el dinero.

Mientras la obra estuvo en cartelera, busqué en los principales medios de comunicación una crítica de teatro, una nota informativa completa o un fotorreportaje que explicara al público salvadoreño por qué valía la pena no perderse esta oportunidad y no la encontré. A pesar de la poca cobertura periodística, las actrices tuvieron teatro lleno. Por esta y otras razones considero que contrario a la trivialidad y al desprecio con el que la prensa nacional trata los temas culturales, es necesario aclarar que escribir sobre libros, teatro, cine o música es una tarea tan seria, compleja y sutil como escribir de la escalada de la violencia o la falta de inversión extranjera en el país.

Espero que un día comprendamos que investigar y escribir sobre los procesos culturales salvadoreños representa el desafío y la oportunidad de comprender el país donde vivimos, de ser conscientes de la manera perversa en que lo hemos diseñado; en definitiva representa la oportunidad de dialogar y reafirmar las cosas buenas de la vida que todavía valen la pena y que tanta falta nos hace recordar