elecciones presidenciales 2019

¿Haciendo historia? De Manuel Hinds

15 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

“Hagamos historia” fue uno de los eslóganes usados por el ahora Presidente electo en su campaña.

Realmente en la elección logró varias cosas que serán mencionadas en la historia, tales como haber terminado con el duopolio electoral ARENA-FMLN, que había durado por tres décadas, o haber sido uno de los comicios ganados en primera vuelta (con más del 50 % de los votos, como Cristiani, Flores y Saca).

Pero las elecciones, y las cosas que pasaron en ellas, solo son pasos intermedios en la historia, habilitaciones para hacer o no cosas que realmente hagan historia en el país. Un gran triunfo electoral pierde sentido histórico sin una mejoría real y sostenible en la vida de la población.

En las condiciones de nuestro país, el verdadero quiebre histórico se daría si se sentaran las bases para generar un crecimiento alto y sostenido en el país, de tal forma que El Salvador comenzara a desarrollarse, económica y socialmente, a un ritmo que permitiera a las generaciones actuales ver un país en franco desarrollo.

Esto no se logra con trucos macroeconómicos como políticas expansivas monetarias o fiscales, que al final, ambas, terminan con inflación, endeudamientos excesivos e inestabilidad. Basta ver lo que ha pasado en Venezuela y en Nicaragua en los dos gobiernos sandinistas, para darse cuenta de que estos trucos son como las drogas, que generan dependencia y luego su propia destrucción.

Además, para generar desarrollo, no es necesario solo crear crecimiento sino también, crucialmente, transformar la economía salvadoreña de lo que es ahora, una de bajo valor agregado, a una de alto valor agregado, que se produce solo con un capital humano desarrollado —es decir, con una población altamente educada, con niveles altos de salud y gozando de seguridad ciudadana. Esto, que siempre ha sido cierto, lo es mucho más ahora, en plena expansión de la economía del conocimiento. Para lograrlo, es indispensable concentrar los recursos del Estado en un esfuerzo enorme para aumentar el capital humano de nuestra población. Es posible enfocar esta inversión en cuatro actividades que nos pongan firmemente en el camino del desarrollo. Estas actividades serían las siguientes:

Primero, invertir en la salud preventiva y la educación temprana de los niños que están naciendo ahora, que se convertirían en la primera generación ya encaminada al desarrollo. Esta inversión temprana reduce mucho los costos del paso al desarrollo porque beneficia a los niños en una etapa en donde mayor salud y mayor educación toman ventaja de la edad en la que ellos están más susceptibles de aprender para formar inteligencias y cuerpos fuertes y bien saludables.

Segundo, ir siguiendo esta generación con inversión en educación y salud de primer mundo, para que cuando entren al mercado de trabajo, puedan insertar el país en la economía mundial del conocimiento.

Tercero, invertir en educación técnica y de tercer nivel para los salvadoreños que ya están en la fuerza laboral, para que ellos puedan superarse también y aumentar el valor agregado de su producción, y con esto, los ingresos de la población.

Cuarto, invertir también fuertemente en la seguridad ciudadana, con entrenamiento a las fuerzas policiales y con fuerte desarrollo local para prevenir el crimen.

Generar los recursos para esta inversión inicial en dar un salto de calidad en el desarrollo requerirá de una política fiscal muy bien pensada, y de un empuje muy fuerte a la producción para crear los recursos necesarios, algo que puede lograrse con esfuerzos para conseguir inversión local y extranjera, y con reducciones en los costos innecesarios que la burocratización excesiva impone a las empresas. Esto requiere grandes esfuerzos pero es factible.

Lograr esto crearía historia más allá de triunfos electorales, que pueden llevar a un desencanto si no llevan a mejores políticas que al fin pongan al país en el rumbo del desarrollo. Si este desarrollo se logra, entonces sí las generaciones futuras pensarán en 2019 como una verdadera refundación de la República, no porque allí se instalaron políticos y partidos que luego duraron uno, o dos, o muchos períodos en el gobierno como Chávez y Maduro, sino porque desde este momento se comenzó a invertir en serio en incorporar al país a la economía del conocimiento, y por tanto, al desarrollo y la riqueza.

El mandato de Bukele. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

11 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Nayib Bukele ganó la Presidencia de la República con 1,434,856 votos, sacándole más de medio millón de ventaja al segundo lugar. GANA llevó la delantera en 195 municipios en los 14 departamentos. Bukele encontró mucha simpatía tanto en el área urbana de San Salvador, hasta de quienes viven en un pueblito alejado de la capital como El Divisadero en Morazán. Las encuestas se cumplieron y, con una participación del 51.88 % de padrón electoral, no hubo necesidad de segunda vuelta. El electorado le dio la victoria y un mandato que está obligado a cumplir: cambiar el rumbo de El Salvador.

El mensaje fue claro: ni ARENA ni el FMLN. Esto implica que el nuevo gobierno debe dar un cambio de rumbo a lo que se ha hecho en los últimos 30 años, alejándose de las prácticas viciadas que llevaron a la gente a votar por una nueva fuerza política. Bukele y su gabinete están obligados a hacerle honor a las frases que repitieron constantemente durante la campaña: que no son como “los mismos de siempre” y que “el dinero alcanza cuando nadie roba”.

Hoy tienen la oportunidad de demostrarlo a personas que no votamos por él y la obligación de cumplirle a quienes le dieron el voto de confianza. Al nuevo presidente le acompaña la legitimidad de haber ganado en todos los departamentos del país y en municipios con características tan diferentes. Bukele es representativo del pensar de buena parte de los salvadoreños. Pero con esto lleva sobre sus hombros una gran responsabilidad: la de fallar lo menos posible.

La lucha contra la corrupción debería ser punto de honor para el nuevo gobierno. Pero esto no solo implica que quienes precedieron a Bukele “devuelvan lo robado”. GANA y Nuevas Ideas están obligados a dar en el ejemplo en transparencia interna, revelando a sus financistas; en democracia interna, abriendo espacios a una pluralidad de liderazgos que puedan surgir; en el buen manejo de la cosa pública, cumpliendo las leyes, siendo un gobierno eficiente y trabajando por mejorar la calidad de vida de las personas. Esto lo deben cumplir Bukele y su gabinete por mandato del electorado, y ya lo deberían tener clarísimo ARENA y el FMLN si no quieren desaparecer en 2021. Una de las lecciones que nos dejó el 3F es que la gente no está dispuesta a perdonarles todo; así como los pone en poder, así los quita.

Bukele debe despojarse de los tintes antidemocráticos que ha dejado entrever en los últimos años. Debe tener claro que como Presidente de la República está sujeto al escrutinio público en mayor medida que un ciudadano común y corriente; la prensa, los analistas, la academia, el sector privado, quien sea, tiene derecho a cuestionar sus acciones públicas y esto no debería ser motivo de descalificaciones o enojos, como sí ha sucedido en el pasado. Debe tener claro que es el primer llamado a cumplir con la Constitución y las leyes, en una república donde todos somos iguales.

Un buen gobierno nos conviene a todos. El voto por hartazgo le trae a Bukele una gran responsabilidad, pues bajo los mecanismos democráticos se le ha otorgado el poder político para que trabaje en favor del país. La elección ya está ganada. Hoy toca que demuestre que de verdad se merece la silla y no solo que estará en Capres gracias al cansancio de la población con los mismos de siempre.

Hay que reventar la burbuja. De Cristina López

11 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

No ha habido escasez de análisis de los resultados del 3 de febrero, varios acertados en la lectura de que la victoria de Nayib Bukele marca el inicio de una era post-partidista. Por lo menos para los partidos mayoritarios: no dimensionaron la magnitud del hartazgo de la gente al respecto de sus legados de corrupción y clientelismo. No importó a quienes llevaran de candidatos. En la derrota de ARENA y el FMLN el problema no fueron los pilotos, sino los vehículos.

Algo que también reflejaron los resultados del 3 de febrero fue el grosor blindado de la burbuja en la que vive un sector influyente de la población. El hecho de que hubiera quienes se sorprendieron con los resultados, aun cuando la mayoría de encuestas los venían prediciendo por meses, demuestra un nivel de negación brutal ante la realidad, especialmente cuando la realidad no les gusta. Prefirieron por meses cuestionar la estadística que sus propios paradigmas, tachando hechos, medibles y cuantificables, como opiniones. Sobre-estimaron espectacularmente “el trabajo territorial”, repitiendo esas palabras, “trabajo territorial” como mantra, asumiendo que numerosos mítines en todos los rincones del país tendrían un efecto de crear cercanía con la gente que no estaban capturando las encuestas. Ignoraban, quizás por falta de familiaridad con la manera en que ahora se consume la información, que mientras Martínez y Calleja se subían en tarimas a diestro y siniestro, Bukele ya estaba dentro de las casas de la gente, vía Facebook Live.

Le trataron de hablar a los votantes apareciendo en los mismos programas televisivos de siempre, esos que prácticamente sólo ven los mismos analistas políticos que aparecen en ellos, mientras Bukele iba al show de La Choli. En números, el locutor Salvador Alas “La Choli” tiene tres veces más seguidores en Twitter y Facebook que programas como Frente a Frente o Debate con Nacho. Decididamente abarcan demografías diferentes. La demografía de la que depende el futuro del país, esa que nació después de los acuerdos de paz y que no siente reverencia o apego nostálgico alguno ni con la marcha de ARENA o la efigie de Shafick Handal, decididamente no está viendo Frente a Frente, ni esperando con ansias participar en el próximo mitin cercano. Ninguno de los analistas políticos pertenece a esta demografía y parecen no entenderla.

Esa demografía está permanentemente conectada a internet y tiene razones de sobra para estar escéptica de los partidos tradicionales: administraciones pasadas que robaron cientos de millones de dólares, tasas de desempleo y subempleo altísimas, educación pública deplorable, pésimas condiciones en servicios de salud. La posibilidad de alcanzar la movilidad social que permite costear mejores oportunidades educativas y servicios privados de salud simplemente es mucho más difícil para quienes viven en territorios controlados por las maras. Cuando la movilidad social empieza a depender de la suerte más que del esfuerzo, el populismo (sobre todo el populismo que Bukele presentó, filmado en alta definición) es una opción sumamente tentadora, sin importar que se haya filmado con fondos públicos que no se destinaron hacia políticas de desarrollo.

Hay quienes se ofenden ante la observación de que hay una burbuja en que el privilegio desconecta de la realidad. Descalifican este tipo de observaciones como “resentimiento social”, y no como verdad incómoda. Hay que reventar la burbuja. Sus habitantes son quienes se fueron a dormir el 3 de febrero sorprendidos con los resultados, indicando que en su día a día no hablan con personas que piensan diferente porque prefirieron pensar que las encuestas estaban trucadas antes de oír el clarísimo mensaje que tenían. Si no oyen lo que les dicen los votantes (y quienes decidieron ni siquiera ir a votar), ¿cómo pretenden gobernarlos?

Lic. en Derecho de ESEN, con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. @crislopezg

Humildad. De Ricardo Avelar

9 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Cerca de la elección, dos amigos extranjeros me pidieron explicaciones sobre el fenómeno Bukele y cómo un joven exalcalde estaba cerca de romper décadas de gobiernos de los dos partidos mayoritarios en El Salvador.

En su momento, les invité a reflexionar sobre las noticias que estaban consumiendo y les pedí analizar aspectos que no entenderían si no viven en El Salvador. Les dije que consideraba que este fenómeno era más bien una burbuja de opinión pública. También les señalé la falta de estructuras territoriales y mística partidaria. Asimismo, enfaticé en la movilización de votantes y de estructuras de defensa del voto. En resumen, ofrecí el paquete hasta ese momento racional de por qué parecía que su victoria estaba cuesta arriba.

Erré en mi análisis. Pero, sobre todo, erré en mi falta de humildad ante los escenarios políticos cambiantes. Y es precisamente eso lo que contaminó mi percepción. La experiencia (aunque admito que la mía es muy limitada) es una consejera incómoda, pues nos encadena a seguir paradigmas que son útiles hasta que dejan de serlo. Para ellos era más fácil ver un fenómeno político creciente porque no estaban teniendo en cuenta el sesgo del día a día, que para ser francos era una película muy cercana a los créditos, pero algunos creíamos que iba justo a la mitad.

Bastó sacar la cabeza del agua de las notas diarias para notar que El Salvador en efecto se comporta muy parecido a muchos otros países, donde el desencanto con los partidos políticos y la insatisfacción con la democracia abren la puerta a liderazgos menos arraigados en la ideología y de corte más personalista, con ofrecimientos llamativos e inmediatistas. Debo reconocer que mi percepción falló y que es necesario partir de nuevas premisas para ofrecer palabras útiles al respecto de esta presidencia en ciernes. Humildad, en esencia, de reconocer un nuevo zeitgeist, un nuevo espíritu de la época.

Pero no solo quienes pretendemos evaluar la política tenemos que hacer ejercicios de humildad. Contrario a lo que se podría pensar, una victoria en primera vuelta no debería estudiarse como un cheque en blanco, sino como un depósito contundente de confianza en una persona que supo entender y manejar el descontento de la población. Sin embargo, es este descontento el que lo obliga a presentar resultados y a ser efectivo. Esto solo se logra con tender acuerdos y puentes, con manejar la cosa pública de forma transparente y con llenar los cargos principales de gente idónea, no de compinches y achichincles. Nada de esto se evidencia en el actuar previo del ahora presidente electo, quien se ha rodeado de personajes cuestionables, ha incurrido en prácticas poco transparentes y no ha escatimado esfuerzos en desarmar a sus adversarios de formas feroces. Superar esto y comportarse de forma presidencial requerirá mucha humildad que no ha mostrado, pero debemos exigir. Si no, el candidato que denunció a “los mismos de siempre” terminará comportándose igual y eso terminará de socavar los fundamentos de nuestro sistema que habiendo huido de los partidos tradicionales, puede encontrar en la alternativa conductas similares a las que rechazó. Es ahí cuando la desesperanza de la ciudadanía se vuelve peligrosa porque el salvadoreño puede llegar a rechazar de tajo las instituciones.

Nayib Bukele ha dado muestras de soberbia y de poca apertura al diálogo. Pero sin ingenuidad creo que está a tiempo de reconocer sus errores y plantear actitudes diferentes. La humildad de reconocer que su conocimiento es limitado y que debe entablar conversaciones para gobernar es un requisito sine-qua-non para una presidencia efectiva y no solo un bluff donde importa más su ego que el destino del país.

@docAvelar

Carta a Carlos Calleja y Carmen Aída Lazo: Cumplieron. De Paolo Luers

9 febrero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Estimados amigos:
Ustedes hicieron lo que pudieron y perdieron. Tanto ustedes como su equipo de campaña, sus partidos coaligados, pero también muchos que los apoyamos (incluyendo quien firma esta carta) caímos en el error de darnos paja mutuamente. Y nos creímos mutuamente la ilusión de que esta vez se iba a imponer lo racional, las propuestas y la calidad (técnica y humana) de los candidatos.

Equivocarse siempre es un riesgo de oficio para políticos y opinadores. No es primera vez que me equivoqué. Cuando me metí a la insurgencia en 1981, todos estábamos convencidos que la guerra no iba a durar más de un año. Nos dimos paja mutuamente. Cuando me di cuenta que iba para largo, decidí quedarme luchando hasta que terminara. Porque me pude haber equivocado en el análisis de la situación, pero no en lo justo y necesario de la causa. Igual ahora. Me equivoqué en el análisis demográfico-electoral, pero apoyé a la única formula adecuada para sacar al país del hoyo. Entonces, va para largo esto de enrumbar al país…

Hoy la pregunta es: ¿Ustedes perdieron por errores de análisis? ¿Perdieron por no hacer caso a las encuestas? ¿O solo no vieron venir lo que de todas formas era inevitable? Nunca lo vamos a saber a ciencia cierta.

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Ustedes perdieron por otra razón. Perdieron porque no lograron formar un comando de campaña que tomara control absoluto y total de la campaña – y que a la vez asumiera la dirección política del partido y de todas sus actuaciones políticas en la Asamblea y en los territorios, incluyendo las alcaldías. No tomando este control, la campaña no tuvo coherencia, y varios de los importantes caciques locales incluso la sabotearon con acciones mezquinas.

Bukele no tuvo este problema. Se inscribió en Gana, pero dejó claro desde el principio que su verdadero partido era Nuevas Ideas. Y este es un traje hecho a la medida del candidato. Hecho para llevar al poder a su dueño.

Después de las elecciones, siempre surge la pregunta: ¿Qué fue lo determinante, los partidos o los candidatos? Para estas elecciones, no hay una sola respuesta. En el caso de los ganadores, lo determinante fue el candidato, su discurso concentrado en la descalificación de “los mismos de siempre”, y la absoluta subordinación de todos los demás (GANA, CD, Nuevas Ideas, Ulloa) al líder y su proyección. En cambio, en el caso de los perdedores (ARENA y FMLN) lo determinante y lo que jaló para abajo a los candidatos fueron los partidos y su resistencia al cambio.

Ustedes dos hicieron lo que pudieron dentro de esta configuración. Tú, Carlos, trascendiste en grande el papel que jugaste en las elecciones internas, muy ligado a COENA y parte de las disputas internas. Ya como candidato, lograste proyectar una visión renovada de la política, de las políticas públicas y del rol de Estado. Y tú, Carmen Aída, le diste sustentación a esta visión que ustedes dos convincentemente compartieron pero que obviamente no la compartió el partido.

El problema no era que la gente no les creyera su discurso de meritocracia, lucha contra la corrupción e inclusión social. La gente se dio cuenta que detrás de su discurso había un compromiso serio. Lo que no creyó fue que el partido ARENA estaba dispuesto a asumir esta visión renovada – y permitirles a ustedes a hacer los cambios necesarios desde el gobierno.

La única forma de superar este problema hubiera sido que al iniciar la campaña ustedes y su comando de campaña hubieran tomado visiblemente el control político y operativo del partido. A esto no estaban dispuestos ARENA y sus caciques territoriales y sectoriales.

Así que tienen razón en retirarse y dejar que el partido resuelva sus problemas. Ustedes dejan un legado positivo, plasmado en el plan de gobierno. La única salida sería el surgimiento de un nuevo liderazgo que cohesione al partido alrededor de la visión renovada y del plan de gobierno que ustedes dejaron al partido.

Saludos,

¿El final de la postguerra? De Manuel Hinds

8 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Los países necesitan una narrativa, y todos eventualmente generan una. El Presidente electo Nayib Bukele pareció marcar un hito en nuestra narrativa cuando, en la proclamación de su victoria, dijo que ella representaba el final del largo conflicto entre las derechas y las izquierdas que había consumido las energías de varias generaciones, primero en una guerra y luego en una paralizante posguerra. Esta observación tocó una fibra en mucha gente que identifica la narrativa de nuestro pasado reciente como la de ese conflicto ideológico interminable que se había personificado en los dos partidos políticos que lo han protagonizado desde los años ochentas. En esa narrativa lo importante era ese conflicto, esa polarización concretada en dos específicos partidos políticos. La idea del Presidente electo era que, habiendo derrotado a esos dos partidos, la polarización que ha hecho tanto daño al país quedaba anulada, igual que las diferencias de opinión entre gente de izquierda y de derecha. Dicho en palabras que se usaban en el siglo pasado, la idea es que “muerto el perro (ARENA y el FMLN) se acabó la rabia (la polarización ideológica)”.

Pero hay otra narrativa que puede describir los hechos del pasado reciente de una manera más ajustada a la realidad pasada y futura. Esa narrativa es que los Acuerdos de Paz que terminaron con la guerra nunca se orientaron a eliminar las diferencias de opinión entre la derecha y la izquierda, sino a crear instituciones que canalizaran estas diferencias, y otras que puedan existir en otras dimensiones no ideológicas, de una manera pacífica y democrática. Estas instituciones eran necesarias porque lo que había prevalecido en nuestro país habían sido regímenes en los que un caudillo (sobre todo en el siglo XIX y principios del XX) o un grupo de militares (desde Martínez hasta principios de los años Ochenta) imponía su voluntad sobre el pueblo basados no en la ley, sino en la fuerza. La idea de enfocarse en establecer estos procesos democráticos y las instituciones que los sostienen fue muy sabia, porque es evidente que los conflictos (ideológicos o de otra índole) son inevitables en los conglomerados humanos, por lo que tratar de evitarlos diseñando una sociedad perfecta es imposible. Lo que sí se puede hacer es manejar eficientemente estos conflictos, asegurando que se resuelven democráticamente y respetando los derechos fundamentales de todos los ciudadanos.

La guerra terminó cuando los conflictos dejaron de dirimirse a balazos en la guerra y comenzaron a dirimirse a través de las instituciones democráticas. Aunque ha habido muchos problemas, ese proceso ha sido muy exitoso, como lo ha demostrado, en una de las dimensiones del estado, la manera impecable con la que se realizaron las elecciones, que contrasta con los problemas que tienen Venezuela, Nicaragua y Honduras para arreglar la transmisión del poder, comenzando por la voluntad de los presidentes de no abandonar la presidencia aunque tengan que acudir a la fuerza y a la sangre. Hay muchas instituciones, como la libertad de prensa, que funcionan muy bien el país, a diferencia de otros países y a diferencia de lo que era El Salvador hasta los Ochenta.

En términos del desarrollo del país, esta narrativa es mucho más importante que la que se centra en el conflicto entre ARENA y el FMLN, que siempre puede ser reemplazado por otros conflictos diferentes o similares. Siempre los habrá.

Más aún, es demasiado pronto para decir que ARENA o el FMLN han pasado a la historia o que las diferencias ideológicas están terminadas. Los dos partidos pueden recuperarse en el futuro, y las dos ideologías —o los criterios de decisión que cada una de ellas implica en el gobierno— seguirán siempre vivas, como lo están en países muy desarrollados. Además, GANA tendrá que definir su propia ideología y sus programas de gobierno y comenzará a tener el desgaste del gobierno y pasará del lugar desde donde se tiran las piedras al lugar en donde caen.

Finalmente, y mucho más importantemente, la responsabilidad por mantener el desarrollo institucional del país, por promover la democracia y por no imponer caudillajes está ahora en el nuevo gobierno. Eso, que es lo más importante, no ha cambiado en nada. Esas responsabilidades nunca se acaban, independientemente de quién gane las elecciones. Y esto es lo que el pueblo le exigirá al nuevo presidente.

Ni ARENA ni el FMLN. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

5 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

El 3 de febrero de 2019, parafraseando su eslogan, “hicieron historia”. Nayib Bukele y el partido Gran Alianza por la Unidad Nacional lograron una alternancia histórica: el FMLN entregará el poder y ARENA no volverá a tenerlo. Por primera vez después de los Acuerdos de Paz, una fuerza política distinta a estos dos dirigirá la Presidencia de la República de El Salvador. Con ello, la ciudadanía demostró su rechazo a la política tradicional y los fantasmas que la acompañan.

El mensaje de los votantes ha sido claro: ni ARENA ni el FMLN. El voto duro de los partidos tradicionales no acudió a las urnas, pues solo hubo una participación del 50.26 % del padrón electoral, cuando históricamente en las presidenciales han tenido una participación promedio del 55 % de los habilitados para votar, llegando a un máximo de 67 % en 2004. Muchos de los que acudieron, descontentos con la política tradicional, optaron por dar un salto al vacío, invocando al beneficio de la duda. Ni ARENA ni el FMLN.

Esta muestra de rechazo tiene múltiples factores: la incapacidad de reconocer los errores cometidos por los gobiernos anteriores, el descontento con las dirigencias de los partidos, la soberbia de algunos miembros de creer que hacen las cosas bien y no capitalizar la crítica, la inseguridad, la falta de empleo, la deficiente calidad de servicios públicos tan importantes como salud y educación, la falta de oportunidades y la desesperanza. No se preocuparon por mejorar el día a día de sus ciudadanos cuando gobernaron. Les importó más proteger sus intereses y aferrarse al poder. La gente se cansó de promesas incumplidas y prefirió por optar por un tercero que supo exponer las debilidades de sus rivales.

Ambos partidos intentaron explotar la imagen de sus candidatos y alejarla del desgaste que tanto ARENA como el FMLN han sufrido en los últimos veinte años. Pero esto fue insuficiente. El buen —o no tan desgastado— perfil que éstos tuvieron no alcanzó para convencer al electorado. Esto pasa cuando las candidaturas son sostenidas por dos partidos que tienen a la cabeza personas que se percibe que solo defienden sus intereses y se han negado a la renovación. Hoy más que nunca es urgente apelar a la limpieza interna y democratización al interior de estos partidos políticos.

Los liderazgos de ARENA y el FMLN tienen que ganarse con base en la victoria de las propias ideas. Se debe abrir espacio a personas que generen apoyos internos y externos, así como una correlación de fuerzas que se fundamente en el diálogo. Las dirigencias de los partidos no pueden seguir la línea de reservar los espacios únicamente a los elegidos, a los históricos, a los pura raza, a los que sudaron la camiseta o a los aristócratas de este país. Tienen que volverse instituciones plurales en toda su estructura.

Los anteriores personajes son, en buena medida, personas o sectores que buscan defender sus intereses. Es urgente que los partidos se abran a quienes desean participar y tengan una ideología política compatible y desarrollada, con principios y valores de acuerdo a la misma, con carisma y liderazgo. Estos partidos deben democratizarse internamente si no quieren desaparecer.

Las dirigencias de ARENA y el FMLN deberían renunciar a la brevedad si quieren que sus partidos se mantengan con vida para las elecciones legislativas de 2021. Dejen los espacios a nuevos liderazgos. Negarse a la renovación significa que están dispuestos a asumir la posibilidad de que El Salvador sea la tumba donde sus partidos terminarán.