elecciones presidenciales 2019

¿Haciendo historia? De Manuel Hinds

15 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

“Hagamos historia” fue uno de los eslóganes usados por el ahora Presidente electo en su campaña.

Realmente en la elección logró varias cosas que serán mencionadas en la historia, tales como haber terminado con el duopolio electoral ARENA-FMLN, que había durado por tres décadas, o haber sido uno de los comicios ganados en primera vuelta (con más del 50 % de los votos, como Cristiani, Flores y Saca).

Pero las elecciones, y las cosas que pasaron en ellas, solo son pasos intermedios en la historia, habilitaciones para hacer o no cosas que realmente hagan historia en el país. Un gran triunfo electoral pierde sentido histórico sin una mejoría real y sostenible en la vida de la población.

En las condiciones de nuestro país, el verdadero quiebre histórico se daría si se sentaran las bases para generar un crecimiento alto y sostenido en el país, de tal forma que El Salvador comenzara a desarrollarse, económica y socialmente, a un ritmo que permitiera a las generaciones actuales ver un país en franco desarrollo.

Esto no se logra con trucos macroeconómicos como políticas expansivas monetarias o fiscales, que al final, ambas, terminan con inflación, endeudamientos excesivos e inestabilidad. Basta ver lo que ha pasado en Venezuela y en Nicaragua en los dos gobiernos sandinistas, para darse cuenta de que estos trucos son como las drogas, que generan dependencia y luego su propia destrucción.

Además, para generar desarrollo, no es necesario solo crear crecimiento sino también, crucialmente, transformar la economía salvadoreña de lo que es ahora, una de bajo valor agregado, a una de alto valor agregado, que se produce solo con un capital humano desarrollado —es decir, con una población altamente educada, con niveles altos de salud y gozando de seguridad ciudadana. Esto, que siempre ha sido cierto, lo es mucho más ahora, en plena expansión de la economía del conocimiento. Para lograrlo, es indispensable concentrar los recursos del Estado en un esfuerzo enorme para aumentar el capital humano de nuestra población. Es posible enfocar esta inversión en cuatro actividades que nos pongan firmemente en el camino del desarrollo. Estas actividades serían las siguientes:

Primero, invertir en la salud preventiva y la educación temprana de los niños que están naciendo ahora, que se convertirían en la primera generación ya encaminada al desarrollo. Esta inversión temprana reduce mucho los costos del paso al desarrollo porque beneficia a los niños en una etapa en donde mayor salud y mayor educación toman ventaja de la edad en la que ellos están más susceptibles de aprender para formar inteligencias y cuerpos fuertes y bien saludables.

Segundo, ir siguiendo esta generación con inversión en educación y salud de primer mundo, para que cuando entren al mercado de trabajo, puedan insertar el país en la economía mundial del conocimiento.

Tercero, invertir en educación técnica y de tercer nivel para los salvadoreños que ya están en la fuerza laboral, para que ellos puedan superarse también y aumentar el valor agregado de su producción, y con esto, los ingresos de la población.

Cuarto, invertir también fuertemente en la seguridad ciudadana, con entrenamiento a las fuerzas policiales y con fuerte desarrollo local para prevenir el crimen.

Generar los recursos para esta inversión inicial en dar un salto de calidad en el desarrollo requerirá de una política fiscal muy bien pensada, y de un empuje muy fuerte a la producción para crear los recursos necesarios, algo que puede lograrse con esfuerzos para conseguir inversión local y extranjera, y con reducciones en los costos innecesarios que la burocratización excesiva impone a las empresas. Esto requiere grandes esfuerzos pero es factible.

Lograr esto crearía historia más allá de triunfos electorales, que pueden llevar a un desencanto si no llevan a mejores políticas que al fin pongan al país en el rumbo del desarrollo. Si este desarrollo se logra, entonces sí las generaciones futuras pensarán en 2019 como una verdadera refundación de la República, no porque allí se instalaron políticos y partidos que luego duraron uno, o dos, o muchos períodos en el gobierno como Chávez y Maduro, sino porque desde este momento se comenzó a invertir en serio en incorporar al país a la economía del conocimiento, y por tanto, al desarrollo y la riqueza.

El mandato de Bukele. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

11 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Nayib Bukele ganó la Presidencia de la República con 1,434,856 votos, sacándole más de medio millón de ventaja al segundo lugar. GANA llevó la delantera en 195 municipios en los 14 departamentos. Bukele encontró mucha simpatía tanto en el área urbana de San Salvador, hasta de quienes viven en un pueblito alejado de la capital como El Divisadero en Morazán. Las encuestas se cumplieron y, con una participación del 51.88 % de padrón electoral, no hubo necesidad de segunda vuelta. El electorado le dio la victoria y un mandato que está obligado a cumplir: cambiar el rumbo de El Salvador.

El mensaje fue claro: ni ARENA ni el FMLN. Esto implica que el nuevo gobierno debe dar un cambio de rumbo a lo que se ha hecho en los últimos 30 años, alejándose de las prácticas viciadas que llevaron a la gente a votar por una nueva fuerza política. Bukele y su gabinete están obligados a hacerle honor a las frases que repitieron constantemente durante la campaña: que no son como “los mismos de siempre” y que “el dinero alcanza cuando nadie roba”.

Hoy tienen la oportunidad de demostrarlo a personas que no votamos por él y la obligación de cumplirle a quienes le dieron el voto de confianza. Al nuevo presidente le acompaña la legitimidad de haber ganado en todos los departamentos del país y en municipios con características tan diferentes. Bukele es representativo del pensar de buena parte de los salvadoreños. Pero con esto lleva sobre sus hombros una gran responsabilidad: la de fallar lo menos posible.

La lucha contra la corrupción debería ser punto de honor para el nuevo gobierno. Pero esto no solo implica que quienes precedieron a Bukele “devuelvan lo robado”. GANA y Nuevas Ideas están obligados a dar en el ejemplo en transparencia interna, revelando a sus financistas; en democracia interna, abriendo espacios a una pluralidad de liderazgos que puedan surgir; en el buen manejo de la cosa pública, cumpliendo las leyes, siendo un gobierno eficiente y trabajando por mejorar la calidad de vida de las personas. Esto lo deben cumplir Bukele y su gabinete por mandato del electorado, y ya lo deberían tener clarísimo ARENA y el FMLN si no quieren desaparecer en 2021. Una de las lecciones que nos dejó el 3F es que la gente no está dispuesta a perdonarles todo; así como los pone en poder, así los quita.

Bukele debe despojarse de los tintes antidemocráticos que ha dejado entrever en los últimos años. Debe tener claro que como Presidente de la República está sujeto al escrutinio público en mayor medida que un ciudadano común y corriente; la prensa, los analistas, la academia, el sector privado, quien sea, tiene derecho a cuestionar sus acciones públicas y esto no debería ser motivo de descalificaciones o enojos, como sí ha sucedido en el pasado. Debe tener claro que es el primer llamado a cumplir con la Constitución y las leyes, en una república donde todos somos iguales.

Un buen gobierno nos conviene a todos. El voto por hartazgo le trae a Bukele una gran responsabilidad, pues bajo los mecanismos democráticos se le ha otorgado el poder político para que trabaje en favor del país. La elección ya está ganada. Hoy toca que demuestre que de verdad se merece la silla y no solo que estará en Capres gracias al cansancio de la población con los mismos de siempre.

Hay que reventar la burbuja. De Cristina López

11 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

No ha habido escasez de análisis de los resultados del 3 de febrero, varios acertados en la lectura de que la victoria de Nayib Bukele marca el inicio de una era post-partidista. Por lo menos para los partidos mayoritarios: no dimensionaron la magnitud del hartazgo de la gente al respecto de sus legados de corrupción y clientelismo. No importó a quienes llevaran de candidatos. En la derrota de ARENA y el FMLN el problema no fueron los pilotos, sino los vehículos.

Algo que también reflejaron los resultados del 3 de febrero fue el grosor blindado de la burbuja en la que vive un sector influyente de la población. El hecho de que hubiera quienes se sorprendieron con los resultados, aun cuando la mayoría de encuestas los venían prediciendo por meses, demuestra un nivel de negación brutal ante la realidad, especialmente cuando la realidad no les gusta. Prefirieron por meses cuestionar la estadística que sus propios paradigmas, tachando hechos, medibles y cuantificables, como opiniones. Sobre-estimaron espectacularmente “el trabajo territorial”, repitiendo esas palabras, “trabajo territorial” como mantra, asumiendo que numerosos mítines en todos los rincones del país tendrían un efecto de crear cercanía con la gente que no estaban capturando las encuestas. Ignoraban, quizás por falta de familiaridad con la manera en que ahora se consume la información, que mientras Martínez y Calleja se subían en tarimas a diestro y siniestro, Bukele ya estaba dentro de las casas de la gente, vía Facebook Live.

Le trataron de hablar a los votantes apareciendo en los mismos programas televisivos de siempre, esos que prácticamente sólo ven los mismos analistas políticos que aparecen en ellos, mientras Bukele iba al show de La Choli. En números, el locutor Salvador Alas “La Choli” tiene tres veces más seguidores en Twitter y Facebook que programas como Frente a Frente o Debate con Nacho. Decididamente abarcan demografías diferentes. La demografía de la que depende el futuro del país, esa que nació después de los acuerdos de paz y que no siente reverencia o apego nostálgico alguno ni con la marcha de ARENA o la efigie de Shafick Handal, decididamente no está viendo Frente a Frente, ni esperando con ansias participar en el próximo mitin cercano. Ninguno de los analistas políticos pertenece a esta demografía y parecen no entenderla.

Esa demografía está permanentemente conectada a internet y tiene razones de sobra para estar escéptica de los partidos tradicionales: administraciones pasadas que robaron cientos de millones de dólares, tasas de desempleo y subempleo altísimas, educación pública deplorable, pésimas condiciones en servicios de salud. La posibilidad de alcanzar la movilidad social que permite costear mejores oportunidades educativas y servicios privados de salud simplemente es mucho más difícil para quienes viven en territorios controlados por las maras. Cuando la movilidad social empieza a depender de la suerte más que del esfuerzo, el populismo (sobre todo el populismo que Bukele presentó, filmado en alta definición) es una opción sumamente tentadora, sin importar que se haya filmado con fondos públicos que no se destinaron hacia políticas de desarrollo.

Hay quienes se ofenden ante la observación de que hay una burbuja en que el privilegio desconecta de la realidad. Descalifican este tipo de observaciones como “resentimiento social”, y no como verdad incómoda. Hay que reventar la burbuja. Sus habitantes son quienes se fueron a dormir el 3 de febrero sorprendidos con los resultados, indicando que en su día a día no hablan con personas que piensan diferente porque prefirieron pensar que las encuestas estaban trucadas antes de oír el clarísimo mensaje que tenían. Si no oyen lo que les dicen los votantes (y quienes decidieron ni siquiera ir a votar), ¿cómo pretenden gobernarlos?

Lic. en Derecho de ESEN, con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. @crislopezg

Humildad. De Ricardo Avelar

9 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Cerca de la elección, dos amigos extranjeros me pidieron explicaciones sobre el fenómeno Bukele y cómo un joven exalcalde estaba cerca de romper décadas de gobiernos de los dos partidos mayoritarios en El Salvador.

En su momento, les invité a reflexionar sobre las noticias que estaban consumiendo y les pedí analizar aspectos que no entenderían si no viven en El Salvador. Les dije que consideraba que este fenómeno era más bien una burbuja de opinión pública. También les señalé la falta de estructuras territoriales y mística partidaria. Asimismo, enfaticé en la movilización de votantes y de estructuras de defensa del voto. En resumen, ofrecí el paquete hasta ese momento racional de por qué parecía que su victoria estaba cuesta arriba.

Erré en mi análisis. Pero, sobre todo, erré en mi falta de humildad ante los escenarios políticos cambiantes. Y es precisamente eso lo que contaminó mi percepción. La experiencia (aunque admito que la mía es muy limitada) es una consejera incómoda, pues nos encadena a seguir paradigmas que son útiles hasta que dejan de serlo. Para ellos era más fácil ver un fenómeno político creciente porque no estaban teniendo en cuenta el sesgo del día a día, que para ser francos era una película muy cercana a los créditos, pero algunos creíamos que iba justo a la mitad.

Bastó sacar la cabeza del agua de las notas diarias para notar que El Salvador en efecto se comporta muy parecido a muchos otros países, donde el desencanto con los partidos políticos y la insatisfacción con la democracia abren la puerta a liderazgos menos arraigados en la ideología y de corte más personalista, con ofrecimientos llamativos e inmediatistas. Debo reconocer que mi percepción falló y que es necesario partir de nuevas premisas para ofrecer palabras útiles al respecto de esta presidencia en ciernes. Humildad, en esencia, de reconocer un nuevo zeitgeist, un nuevo espíritu de la época.

Pero no solo quienes pretendemos evaluar la política tenemos que hacer ejercicios de humildad. Contrario a lo que se podría pensar, una victoria en primera vuelta no debería estudiarse como un cheque en blanco, sino como un depósito contundente de confianza en una persona que supo entender y manejar el descontento de la población. Sin embargo, es este descontento el que lo obliga a presentar resultados y a ser efectivo. Esto solo se logra con tender acuerdos y puentes, con manejar la cosa pública de forma transparente y con llenar los cargos principales de gente idónea, no de compinches y achichincles. Nada de esto se evidencia en el actuar previo del ahora presidente electo, quien se ha rodeado de personajes cuestionables, ha incurrido en prácticas poco transparentes y no ha escatimado esfuerzos en desarmar a sus adversarios de formas feroces. Superar esto y comportarse de forma presidencial requerirá mucha humildad que no ha mostrado, pero debemos exigir. Si no, el candidato que denunció a “los mismos de siempre” terminará comportándose igual y eso terminará de socavar los fundamentos de nuestro sistema que habiendo huido de los partidos tradicionales, puede encontrar en la alternativa conductas similares a las que rechazó. Es ahí cuando la desesperanza de la ciudadanía se vuelve peligrosa porque el salvadoreño puede llegar a rechazar de tajo las instituciones.

Nayib Bukele ha dado muestras de soberbia y de poca apertura al diálogo. Pero sin ingenuidad creo que está a tiempo de reconocer sus errores y plantear actitudes diferentes. La humildad de reconocer que su conocimiento es limitado y que debe entablar conversaciones para gobernar es un requisito sine-qua-non para una presidencia efectiva y no solo un bluff donde importa más su ego que el destino del país.

@docAvelar

Carta a Carlos Calleja y Carmen Aída Lazo: Cumplieron. De Paolo Luers

9 febrero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Estimados amigos:
Ustedes hicieron lo que pudieron y perdieron. Tanto ustedes como su equipo de campaña, sus partidos coaligados, pero también muchos que los apoyamos (incluyendo quien firma esta carta) caímos en el error de darnos paja mutuamente. Y nos creímos mutuamente la ilusión de que esta vez se iba a imponer lo racional, las propuestas y la calidad (técnica y humana) de los candidatos.

Equivocarse siempre es un riesgo de oficio para políticos y opinadores. No es primera vez que me equivoqué. Cuando me metí a la insurgencia en 1981, todos estábamos convencidos que la guerra no iba a durar más de un año. Nos dimos paja mutuamente. Cuando me di cuenta que iba para largo, decidí quedarme luchando hasta que terminara. Porque me pude haber equivocado en el análisis de la situación, pero no en lo justo y necesario de la causa. Igual ahora. Me equivoqué en el análisis demográfico-electoral, pero apoyé a la única formula adecuada para sacar al país del hoyo. Entonces, va para largo esto de enrumbar al país…

Hoy la pregunta es: ¿Ustedes perdieron por errores de análisis? ¿Perdieron por no hacer caso a las encuestas? ¿O solo no vieron venir lo que de todas formas era inevitable? Nunca lo vamos a saber a ciencia cierta.

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Ustedes perdieron por otra razón. Perdieron porque no lograron formar un comando de campaña que tomara control absoluto y total de la campaña – y que a la vez asumiera la dirección política del partido y de todas sus actuaciones políticas en la Asamblea y en los territorios, incluyendo las alcaldías. No tomando este control, la campaña no tuvo coherencia, y varios de los importantes caciques locales incluso la sabotearon con acciones mezquinas.

Bukele no tuvo este problema. Se inscribió en Gana, pero dejó claro desde el principio que su verdadero partido era Nuevas Ideas. Y este es un traje hecho a la medida del candidato. Hecho para llevar al poder a su dueño.

Después de las elecciones, siempre surge la pregunta: ¿Qué fue lo determinante, los partidos o los candidatos? Para estas elecciones, no hay una sola respuesta. En el caso de los ganadores, lo determinante fue el candidato, su discurso concentrado en la descalificación de “los mismos de siempre”, y la absoluta subordinación de todos los demás (GANA, CD, Nuevas Ideas, Ulloa) al líder y su proyección. En cambio, en el caso de los perdedores (ARENA y FMLN) lo determinante y lo que jaló para abajo a los candidatos fueron los partidos y su resistencia al cambio.

Ustedes dos hicieron lo que pudieron dentro de esta configuración. Tú, Carlos, trascendiste en grande el papel que jugaste en las elecciones internas, muy ligado a COENA y parte de las disputas internas. Ya como candidato, lograste proyectar una visión renovada de la política, de las políticas públicas y del rol de Estado. Y tú, Carmen Aída, le diste sustentación a esta visión que ustedes dos convincentemente compartieron pero que obviamente no la compartió el partido.

El problema no era que la gente no les creyera su discurso de meritocracia, lucha contra la corrupción e inclusión social. La gente se dio cuenta que detrás de su discurso había un compromiso serio. Lo que no creyó fue que el partido ARENA estaba dispuesto a asumir esta visión renovada – y permitirles a ustedes a hacer los cambios necesarios desde el gobierno.

La única forma de superar este problema hubiera sido que al iniciar la campaña ustedes y su comando de campaña hubieran tomado visiblemente el control político y operativo del partido. A esto no estaban dispuestos ARENA y sus caciques territoriales y sectoriales.

Así que tienen razón en retirarse y dejar que el partido resuelva sus problemas. Ustedes dejan un legado positivo, plasmado en el plan de gobierno. La única salida sería el surgimiento de un nuevo liderazgo que cohesione al partido alrededor de la visión renovada y del plan de gobierno que ustedes dejaron al partido.

Saludos,

¿El final de la postguerra? De Manuel Hinds

8 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Los países necesitan una narrativa, y todos eventualmente generan una. El Presidente electo Nayib Bukele pareció marcar un hito en nuestra narrativa cuando, en la proclamación de su victoria, dijo que ella representaba el final del largo conflicto entre las derechas y las izquierdas que había consumido las energías de varias generaciones, primero en una guerra y luego en una paralizante posguerra. Esta observación tocó una fibra en mucha gente que identifica la narrativa de nuestro pasado reciente como la de ese conflicto ideológico interminable que se había personificado en los dos partidos políticos que lo han protagonizado desde los años ochentas. En esa narrativa lo importante era ese conflicto, esa polarización concretada en dos específicos partidos políticos. La idea del Presidente electo era que, habiendo derrotado a esos dos partidos, la polarización que ha hecho tanto daño al país quedaba anulada, igual que las diferencias de opinión entre gente de izquierda y de derecha. Dicho en palabras que se usaban en el siglo pasado, la idea es que “muerto el perro (ARENA y el FMLN) se acabó la rabia (la polarización ideológica)”.

Pero hay otra narrativa que puede describir los hechos del pasado reciente de una manera más ajustada a la realidad pasada y futura. Esa narrativa es que los Acuerdos de Paz que terminaron con la guerra nunca se orientaron a eliminar las diferencias de opinión entre la derecha y la izquierda, sino a crear instituciones que canalizaran estas diferencias, y otras que puedan existir en otras dimensiones no ideológicas, de una manera pacífica y democrática. Estas instituciones eran necesarias porque lo que había prevalecido en nuestro país habían sido regímenes en los que un caudillo (sobre todo en el siglo XIX y principios del XX) o un grupo de militares (desde Martínez hasta principios de los años Ochenta) imponía su voluntad sobre el pueblo basados no en la ley, sino en la fuerza. La idea de enfocarse en establecer estos procesos democráticos y las instituciones que los sostienen fue muy sabia, porque es evidente que los conflictos (ideológicos o de otra índole) son inevitables en los conglomerados humanos, por lo que tratar de evitarlos diseñando una sociedad perfecta es imposible. Lo que sí se puede hacer es manejar eficientemente estos conflictos, asegurando que se resuelven democráticamente y respetando los derechos fundamentales de todos los ciudadanos.

La guerra terminó cuando los conflictos dejaron de dirimirse a balazos en la guerra y comenzaron a dirimirse a través de las instituciones democráticas. Aunque ha habido muchos problemas, ese proceso ha sido muy exitoso, como lo ha demostrado, en una de las dimensiones del estado, la manera impecable con la que se realizaron las elecciones, que contrasta con los problemas que tienen Venezuela, Nicaragua y Honduras para arreglar la transmisión del poder, comenzando por la voluntad de los presidentes de no abandonar la presidencia aunque tengan que acudir a la fuerza y a la sangre. Hay muchas instituciones, como la libertad de prensa, que funcionan muy bien el país, a diferencia de otros países y a diferencia de lo que era El Salvador hasta los Ochenta.

En términos del desarrollo del país, esta narrativa es mucho más importante que la que se centra en el conflicto entre ARENA y el FMLN, que siempre puede ser reemplazado por otros conflictos diferentes o similares. Siempre los habrá.

Más aún, es demasiado pronto para decir que ARENA o el FMLN han pasado a la historia o que las diferencias ideológicas están terminadas. Los dos partidos pueden recuperarse en el futuro, y las dos ideologías —o los criterios de decisión que cada una de ellas implica en el gobierno— seguirán siempre vivas, como lo están en países muy desarrollados. Además, GANA tendrá que definir su propia ideología y sus programas de gobierno y comenzará a tener el desgaste del gobierno y pasará del lugar desde donde se tiran las piedras al lugar en donde caen.

Finalmente, y mucho más importantemente, la responsabilidad por mantener el desarrollo institucional del país, por promover la democracia y por no imponer caudillajes está ahora en el nuevo gobierno. Eso, que es lo más importante, no ha cambiado en nada. Esas responsabilidades nunca se acaban, independientemente de quién gane las elecciones. Y esto es lo que el pueblo le exigirá al nuevo presidente.

Ni ARENA ni el FMLN. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

5 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

El 3 de febrero de 2019, parafraseando su eslogan, “hicieron historia”. Nayib Bukele y el partido Gran Alianza por la Unidad Nacional lograron una alternancia histórica: el FMLN entregará el poder y ARENA no volverá a tenerlo. Por primera vez después de los Acuerdos de Paz, una fuerza política distinta a estos dos dirigirá la Presidencia de la República de El Salvador. Con ello, la ciudadanía demostró su rechazo a la política tradicional y los fantasmas que la acompañan.

El mensaje de los votantes ha sido claro: ni ARENA ni el FMLN. El voto duro de los partidos tradicionales no acudió a las urnas, pues solo hubo una participación del 50.26 % del padrón electoral, cuando históricamente en las presidenciales han tenido una participación promedio del 55 % de los habilitados para votar, llegando a un máximo de 67 % en 2004. Muchos de los que acudieron, descontentos con la política tradicional, optaron por dar un salto al vacío, invocando al beneficio de la duda. Ni ARENA ni el FMLN.

Esta muestra de rechazo tiene múltiples factores: la incapacidad de reconocer los errores cometidos por los gobiernos anteriores, el descontento con las dirigencias de los partidos, la soberbia de algunos miembros de creer que hacen las cosas bien y no capitalizar la crítica, la inseguridad, la falta de empleo, la deficiente calidad de servicios públicos tan importantes como salud y educación, la falta de oportunidades y la desesperanza. No se preocuparon por mejorar el día a día de sus ciudadanos cuando gobernaron. Les importó más proteger sus intereses y aferrarse al poder. La gente se cansó de promesas incumplidas y prefirió por optar por un tercero que supo exponer las debilidades de sus rivales.

Ambos partidos intentaron explotar la imagen de sus candidatos y alejarla del desgaste que tanto ARENA como el FMLN han sufrido en los últimos veinte años. Pero esto fue insuficiente. El buen —o no tan desgastado— perfil que éstos tuvieron no alcanzó para convencer al electorado. Esto pasa cuando las candidaturas son sostenidas por dos partidos que tienen a la cabeza personas que se percibe que solo defienden sus intereses y se han negado a la renovación. Hoy más que nunca es urgente apelar a la limpieza interna y democratización al interior de estos partidos políticos.

Los liderazgos de ARENA y el FMLN tienen que ganarse con base en la victoria de las propias ideas. Se debe abrir espacio a personas que generen apoyos internos y externos, así como una correlación de fuerzas que se fundamente en el diálogo. Las dirigencias de los partidos no pueden seguir la línea de reservar los espacios únicamente a los elegidos, a los históricos, a los pura raza, a los que sudaron la camiseta o a los aristócratas de este país. Tienen que volverse instituciones plurales en toda su estructura.

Los anteriores personajes son, en buena medida, personas o sectores que buscan defender sus intereses. Es urgente que los partidos se abran a quienes desean participar y tengan una ideología política compatible y desarrollada, con principios y valores de acuerdo a la misma, con carisma y liderazgo. Estos partidos deben democratizarse internamente si no quieren desaparecer.

Las dirigencias de ARENA y el FMLN deberían renunciar a la brevedad si quieren que sus partidos se mantengan con vida para las elecciones legislativas de 2021. Dejen los espacios a nuevos liderazgos. Negarse a la renovación significa que están dispuestos a asumir la posibilidad de que El Salvador sea la tumba donde sus partidos terminarán.

Carta al presidente electo: No sería honesto decir que cada país obtiene el gobierno que merece. De Paolo Luers

5 febrero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Sr. Nayib Bukele:
En la noche del domingo pasado, luego de conocer las cifras de su victoria electoral, no me sentí en capacidad de comentar este hecho político. Por tanto, puse un solo tuit, que decía: “Lo más fácil sería repetir que cada país obtiene el gobierno que merece. Y echar la culpa a 1.5 millones de tontos. Pero no sería honesto. Todos tenemos culpa de que tendremos otro mal presidente. Todos fallamos: partidos, medios, analistas. Toca callarse y pensar.”

Muchos de sus simpatizantes criticaron este tuit, enfocándose en dos elementos. La mayoría me reclamó haber tildado de ‘tontos’ a sus votantes. Si hubieran leído bien el tuit, se habrían dado cuenta que dije que sería deshonesto decir semejante cosa y que más bien “todos fallamos: partidos, medios, analistas.”

La otra cosa que me reclamaron era la frase del ‘otro mal presidente’.

Luego de analizar bien lo que pasó en nuestro país con estas elecciones, habrá tiempo para escribir varias columnas sobre los errores de apreciación que muchos, incluyendo yo, tuvimos sobre el momento político, la crisis de los partidos políticos, la relación entre ciudadanos y partidos, el descontento ciudadano, etc. Habrá que analizar si es cierta su tesis que su elección pone fin a la postguerra y al bipartidismo… Esta reflexión necesitará tiempo, por esto dije en el tuit: “Toca callarse y pensar.”

Es evidente que yo, como muchos otros, me equivoqué en los asuntos arriba mencionados, y por tanto no vi venir su contundente triunfo electoral contra ARENA y el FMLN. Todos estos análisis necesitan revisión. El veredicto electoral hace necesaria esta revisión. Sin embargo, hasta ahora no tengo elementos que me hagan dudar de mi opinión negativa sobre su forma de hacer política. No digo que estos elementos no pueden producirse en el futuro. Sería una grata sorpresa, y seré el primero en reconocerlo públicamente.

Así que sostengo lo que escribí en el tuit citado que los errores de muchos nos han producido ‘otro mal presidente’. ¿Mal en qué sentido? Inescrupuloso en atacar a sus adversarios, en armar incluso estructuras para esto. Lo ha hecho en la alcaldía, lo ha hecho en su campaña, y temo lo hará desde el gobierno. Mal presidente, ¿en que otro sentido? Alguien que suele definir las prioridades de su gobierno, sus gastos e inversiones no desde un concepto de desarrollo, sino desde un concepto de marketing político. Y muchas otras cosas más que no tiene caso repetirlas, porque la campaña ya terminó.

Por más crítica que tenga a su persona, esto no pone en duda la legitimidad de su elección. Usted fue electo en una elección libre y democrática, y asumirá el poder legítimamente. Sus decisiones, políticas y obras pueden ser sujeto de crítica, como las de cualquier gobierno, pero no de cuestionamiento de legitimidad. Por lo menos mientras no violen o alteren el orden constitucional.

Aunque considero que usted en varias ocasiones ha expresado menosprecio a reglas institucionales, no veo a su gobierno como un peligro para la institucionalidad. Por una simple razón: Nuestra democracia y su institucionalidad han probado ser suficiente fuertes y resistentes, independiente de las actitudes de cada una de las personas o fuerzas que asuman el control de cualquiera de los órganos del Estado. Hemos tenido malos presidentes del ejecutivo y del legislativo, de la Corte, del TSE, de la Corte de Cuentas, de la fiscalía – y la institucionalidad constitucional no se quebrantó.

Así que, presidente electo, tenga seguro que en este comentador tendrá un observador crítico, pero un enemigo solo de la corrupción y los abusos de poder. Le deseo éxito en su trabajo de formar gobierno y generar gobernabilidad. Y no se asuste que de repente le felicite, como por ejemplo por su anuncio de cambiar la política de nuestro gobierno frente a las crisis de Venezuela y Nicaragua.

Saludos,

Carta sobre la frase “los mismos de siempre”. De Paolo Luers

2 febrero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Hoy el discurso que se repite, en todas las variaciones y con distinto grado de moraleja es: “¡Tenés que votar! Es tu deber. De vos depende la democracia…”

Bueno, yo estoy lejos de llamar a no votar (o a anular el voto), como hace un año lo hizo un señor que hoy nos ruega por nuestro voto. Pero hay que aclararlo: La Constitución no dice que sea obligatorio el voto. El voto es un derecho ciudadano –  y esto incluye la libertad de no ejercerlo.

Yo sí voy a votar, y espero que igual lo hagan todos quienes seguimos convencidos que nuestro sistema de democracia representativa y liberal es válido, que merece que lo defendamos, y que para mejorar y consolidarse necesita de nuestra participación.

Pero siempre hay un pero. En este caso: pero, en esta campaña electoral hay quien sostiene que este sistema de democracia representativa ya no es válido, porque los que lo crearon con los Acuerdos de Paz del 1992 y todos los que desde entonces hemos elegido para representarnos (presidentes, diputados, partidos políticos) son corruptos.

Obviamente dicen esto para que votemos por ellos. Pero antes de hacerlo, cada uno tiene que echarles un buen vistazo a quienes denuncian al resto del mundo como corruptos. Y a lo mejor se darán cuenta que son los más corruptos de todos.

En este caso, sería más consecuente no votar por nadie. Quienes realmente se dejaron convencer que todos son corruptos, incluyendo los candidatos que dicen que quieren renovar la política para erradicar la corrupción, pero que ahora se dan cuenta que el que denuncia a los corruptos igualmente es corrupto, solo tienen dos opciones: o se resignan y dejan de votar; o les dan una segunda mirada a todos los candidatos, para ver si realmente es cierta que todos “los mismos de siempre” son iguales. Y tal vez encuentran elementos para darle el beneficio de la duda a algún candidato. Entonces, denle su voto.

Otra vez: Si no encuentran a nadie en quien confiar, ni modo. No voten. Por lo menos se ahorrarán la pena de luego descubrir que les tomaron del pelo con el viejo truco del ladrón que gritó: “¡Paren al ladrón!”, y que con esto logra despistarnos y salirse con la suya.

Si el bombardeo de propaganda negativa los ha sumido en una duda tan generalizada que ya no les permite confiar en nadie, tampoco confían de quienes predican esta desconfianza. Mejor no voten por nadie.

En cambio, si logran detectar las diferencias entre los candidatos, rompiendo con esta consigna estúpida de que todos son “los mismos de siempre”, voten por el que más honesto y capaz les parezca. 

La cosa es: No tenemos derecho de equivocarnos nuevamente.

Saludos,

Gracias, Carmen Aída. De Cristina López

A pesar de estos meses de atención grotesca y discriminatoria, Carmen Aída Lazo no ha dejado de ser una voz racional y mesurada, enfocada en el futuro y el potencial de El Salvador…

1 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Hay algo que espero no se pierda entre el análisis post-elección y el ruido ensordecedor del proselitismo: un espacio de apreciación humana, sin agenda política alguna, hacia Carmen Aída Lazo. Con independencia de lo que deparen los resultados, la manera en la que se ha conducido durante la campaña política la vuelve desde ya una figura histórica.

Si bien El Salvador ya tuvo una mujer en la vicepresidencia (que fue víctima también en su momento de ataques sexistas), en la coyuntura en la que Ana Vilma de Escobar resultó electa, Facebook, Twitter, WhatsApp y los sitios web de noticias falsas y ataque no estaban siendo explotadas por las campañas de la misma manera que ahora.

El análisis independiente del periodista mexicano Alberto Escorcia reveló el altísimo nivel de manipulación cibernética en la campaña electoral salvadoreña, en la que granjas de cuentas inauténticas han contribuido a crear una burbuja que encierra, en palabras de Escorcia, “una falsa realidad del panorama” con el potencial de “alterar la libre elección de los votantes salvadoreños.”

Todos los candidatos deben ser sujetos de escrutinio justo, pero el sexismo vulgar y asqueroso que ha enfrentado Carmen Aída Lazo (y Karina Sosa, aunque en menor volumen) simplemente por ser mujer ha sido evidencia deprimente del machismo cultural y la desigualdad de género sintomática de la falta de desarrollo de nuestro país.

Considerando la manipulación reportada que las campañas hicieron en redes sociales con legiones de cuentas inauténticas, es bastante obvio que detrás de varios ataques existió intencionalidad por parte de la campaña de Nayib Bukele en explotar los peores elementos de nuestra cultura (por ejemplo, el machismo de valorar a las mujeres por su atractivo) para atacar a su competencia.

Me consta. Lo viví en carne propia. En un tweet relaté (con evidencia, porque adjunté las capturas de pantalla que conservé en su momento) una ocasión en la que Bukele me ofreció via WhatsApp acompañarlo como concejal en su candidatura por la alcaldía capitalina. Era 2014 y en aquel momento yo le daba el beneficio de la duda y admiraba el potencial de su trayectoria. Cualquier intención de servir en su equipo se me desplomó cuando en la misma conversación me dijo (transcripción literal): “Hasta ahorita de concejales sólo tengo al Dr. Fabio Castillo”, seguido de “La segunda serías vos: joven, inteligente y sexy jajaja”.

La sensación humillante de sentirme minimizada no se me ha olvidado. Estoy segura que en la oferta que le hicieron al doctor Castillo, no se mencionó su atractivo físico y sexual. La risa no vuelve el sexismo menos tóxico porque no minimiza lo que hay detrás: que a la hora de considerar a las mujeres y su participación en política y el mercado laboral, se vale aludir a sus aspectos físicos de maneras que no se hacen con los hombres. En esa diferencia descansa la inequidad. Y esa inequidad la ha tenido que aguantar Carmen Aída Lazo por meses, solo por atreverse a aspirar a un puesto de servicio público.

Por varios días las respuestas asquerosas de los seguidores (artificiales o no) de Bukele a mi tweet simplemente reforzaron mi punto sobre el sexismo del candidato y pusieron en evidencia que en El Salvador, a las mujeres que denunciamos estos abusos se nos tilda de mentirosas u oportunistas (como si le debiésemos al patán que se pasó la cortesía de esperar un momento conveniente para él para discutir el tema).

En los ataques continuos que recibe Lazo se nota que para la campaña de Bukele y sus seguidores, los méritos de las mujeres (y vaya que los tiene ella) valen menos que lo que los hombres opinen de su apariencia. Y a pesar de estos meses de atención grotesca y discriminatoria, Carmen Aída Lazo no ha dejado de ser una voz racional y mesurada, enfocada en el futuro y el potencial de El Salvador, inspirando ojalá a una nueva generación de niñas a ser parte clave del desarrollo del país, sin que importe lo que opinen los trolles.

Por este ejemplo, ¡gracias Carmen Aída!

@crislopezg