educación

Tiza. De Cristian Villalta

Ya sea en Twitter o en papel bond, escribir sigue tratándose de lo mismo: hacerlo limpiamente, a idea por párrafo, defendiendo tus creencias sin irrespetar a las personas.

23 junio 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Para disimular tus apetitos, sobre todo los más siniestros como el de la intolerancia y la destrucción, siempre escribe después de comer. Que no es lo mismo que escribir sin hambre porque si tus circunstancias no son comunes o peor aún, si simplemente no te gusta la gente, ¿a quién le escribes?

Inferiores a las originales por culpa de estas manos, ninguna de estas ideas es mía. Algunas son de T. P. Mechín, magistral ensayista de hace un siglo; otras, de José María Méndez, Flit de columnas invencibles en tiempos de Lemus y Osorio. Salvadoreños ambos, tan entrañables como el cuento del cuento que descuenteya y tan vigorosos como el Dalton de Taberna, no podría mencionarlos si no hubiese conocido a don Francisco Andrés Escobar.

Don Francisco fue uno de los lujos de mi formación. Si educarte sólo tus padres, formarte sólo un buen maestro. Y tal fue aquel hombre para cientos de estudiantes, un oasis en la peregrinación por la palabra, escritor versátil y genial de talento omnívoro y alma frugal.

Enseñar es una experiencia solitaria. Por eso, porque exige un corazón especial, es la madre de las vocaciones. Y eso lo entendí en Escobar, que sin importar lo profundo de sus cavilaciones siempre las interrumpía para escuchar a sus alumnos.

A don Francisco la gente verdaderamente le gustaba. Sospecho que la disfrutaba más que a los libros, condición indispensable para entregarte a la docencia. Y por eso su esfuerzo en conocer al estudiante a través de sus textos, de su discurso, de sus exposiciones, de la charla informal con un café de por medio. ¿Cómo ayudarle en esas cortas semanas en que estaría a su servicio? Intentaba saberlo conociéndote.

A don Paco le debo el mejor anaquel de mi biblioteca personal, autores que me recomendó de modo quirúrgico, con la certeza de que o me gustarían mucho o los odiaría profundamente. No salí ileso de ninguno. Los revisito cada tanto y cada una de esas veces es un regalo que le debo a mi maestro.

Tuve formidables profesores, valientes, generosos, geniales, un etcétera que va del eterno padre Ibáñez hasta irremediablemente desembocar en Argelia, que me consolaba de los pelotazos con dulces en un kíndercito que era el cielo. Cada uno de ellos fue como un color en mi cabeza y ahora, me es imposible saber adonde termina lo que me enseñó el uno y comienza lo que me enseñó el otro.

Les recuerdo hoy no porque sea el Día del Maestro, sino por los tiempos que corren, cuando el futuro tiene un tufillo a pasado, cuando el Estado renueva sus votos con el garrote, cuando la patria galantea con la represión, cuando la intolerancia es socialmente correcta.

Nuestra nación es esclava de una clase política mediocre y de un Estado incompleto; sobrellevarlos requiere carácter, para superarlos le urge inteligir; uno y otra sólo son posibles a largo plazo si El Salvador apuesta por la educación.

Invertir en mejores profesores, no en más policías, sería revolucionario. Un buen profesor es la primera trinchera contra el dogmatismo y el fanatismo. Los orfebres de El Salvador que queremos no están armados más que de tiza, paciencia y generosidad.

De una cátedra noble aprendes que el talento nunca es suficiente sin disciplina, y que sin compromiso ni rigor intelectual la técnica es mero artificio. Y cuando un país se cae a pedazos, que los más educados sean puro artificio es tan censurable como el crimen.

América Latina y su síndrome de Michael Jordan. De Manuel Hinds

24 mayo 2019 / EL DIARIO DE HOY

El síndrome de Michael Jordan es una condición en la que caen muchos adolescentes, particularmente afroamericanos que, deslumbrados por la carrera de algún gran deportista, deciden que, siendo la estrella máxima de cualquier deporte, se van a hacer tan millonarios como él y abandonan todo por lograrlo. Dado que los Michael Jordan aparecen solo una vez en decenas de millones de personas, la inmensa mayoría de los que no hacen nada más que jugar y jugar para llegar a serlo descubre, cuando ya es muy tarde, que no llegaron a nada y que en vez de ser estrellas del deporte son adultos sin ninguna educación y perspectivas y hundidos en la pobreza. Quedan muy atrás de sus compañeros que no soñaron con un milagro sino que terminaron la secundaria y fueron a la universidad o a la escuela técnica y se formaron una vida confortable y útil.

Este síndrome se ha convertido en una fuente de pobreza.

Muchos países de América Latina han adquirido el síndrome, El Salvador entre ellos. Quieren que alguien invente un método para lograr un milagro económico que nos haga crecer a las mismas tasas que China, Japón, Alemania, Corea, Singapur y Hong Kong, sin tener que hacer nada de lo que hicieron estos países: invertir mucho en su gente para que pudieran producir más. En la espera de que ese milagro se dé, estos países viven en conflictos internos causados porque el milagro no se da y se culpan los unos a los otros por no lograrlo.

Este síndrome es realmente peor que el de Michael Jordan, porque los que sufren de éste al menos se entrenan en este deporte y sólo yerran al pensar que el talento que tienen es suficiente. El síndrome de América Latina sería comparable al de un muchacho que quisiera ser el siguiente Michael Jordan y que no hiciera nada para lograrlo, sin siquiera entrenarse o visitar la cancha, esperando que un entrenador, con un gesto mágico, lo pudiera convertir de inmediato en lo que quiere ser.

Uno de las características de los que sufren este síndrome es que desprecian los logros de los que buscan su desarrollo poco a poco, sin milagros. Exigen tasas altísimas de crecimiento automático o nada y pierden lo que otros países logran con tasas similares a las existentes en El Salvador y la América Latina. Las tasas anuales promedio de crecimiento del ingreso por habitante de Francia, Alemania, el Reino Unido de 1820 a 1913, el período en el que se convirtieron en desarrollados, fueron 1.4%, 1.5%, 1.3% y 1.7%, respectivamente. Como comparación, El Salvador creció 2.0% anual de 1920 a 1978 pero luego tuvo el descalabro de la guerra, durante la cual el ingreso por persona cayó en un 25% y se mantuvo sin crecer hasta 1990. Después de 1992 el crecimiento promedio anual subió a 1.7% —que aunque más bajo que el de los años de antes de la guerra, y mucho más bajo que el de China actualmente, es comparable a la tasa de crecimiento de Estados Unidos durante el periodo de su desarrollo y mayor que las de Francia, Alemania y el Reino Unido durante ese tiempo.

Pero hay una gran diferencia entre la manera en la que estos países utilizaron esas tasas de crecimiento y la manera en la que nosotros las hemos ocupado. Ellos usaron el crecimiento para invertir en la educación y la salud de sus habitantes y para desarrollar sus instituciones. Por ejemplo, Francia tenía en 1907 nuestro actual nivel de ingreso por habitante. Para ese tiempo, Francia tenía un sistema de educación y salud que estaba entre los mejores del mundo, ciudades bellas e instituciones políticas muy bien desarrolladas —todos estos síntomas de un alto nivel de capital humano. Todo eso lo pagaban basados en ingresos por persona similar al nuestro de ahora, y con tasas de crecimiento también similares a las nuestras. Lo que los franceses usaron para construir una nación muy desarrollada ya en 1907, nosotros lo hemos desperdiciado gastándolo en todo menos en lo que es la verdadera fuente del crecimiento y desarrollo: la inversión en nuestros ciudadanos.

El avión y la gasolina. De Manuel Hinds

Los esfuerzos para aumentar la inversión en capital físico deben ser acompañados de un esfuerzo muy grande para cambiar el panorama con el que se va a enfrenta la generación que está por nacer en el país, como lo ha estado proponiendo la UNICEF desde hace un par de años…

4 mayo 2019 / EL DIARIO DE HOY

En las últimas dos semanas he estado discutiendo, de una manera general, la situación del país en este momento en el que podrían darse muchos cambios para que ya no sea, como dicen, “más de lo mismo”. Por muchos años la gente pensó que el gran problema era la desigualdad. Tuvimos, en gran parte, una guerra sobre ese diagnóstico. Pero los datos indican que ese no es el problema, o por lo menos no es el problema fundamental que nos lleva a tener índices altos de pobreza, tanto monetaria como en términos de las otras cosas que contribuyen a una vida digna.

El problema es que nuestra producción es muy baja, con muy poco valor agregado, de tal forma que por mucho que se distribuya la población seguirá siendo pobre, sin educación, sin salud, sin seguridad, sin la oportunidad de gozar de lugares agradables, de una vida armoniosa.

Todo eso es lo que vuelve atractivo tomar el rumbo de la emigración, que es tan llena de riesgos y de terribles costos, y que tampoco es una solución humana al problema. Es, pues, indispensable organizar todo de tal manera que logremos crecer lo más rápido posible para por lo menos asegurar que la generación que está naciendo ahora pueda acercarse significativamente a una vida civilizada aquí, en El Salvador.

Pero es importante que ahora no se cometa el error tan garrafal que hemos cometido ya tantas veces, en el país y en América Latina, de decir “Primero vamos a producir y luego, cuando ya tengamos, vamos a distribuir con políticas sociales”. Decir esto es ignorar lo que es la economía en la que estamos viviendo en el mundo actual. Es como poner una línea aérea y decir, “Primero vamos a poner a volar al avión y después le vamos a echar gasolina”, porque con una población sin educación, sin salud, sin seguridad, viviendo en medio de la suciedad, no vamos a poder crecer. La única fuente del crecimiento en nuestro mundo es el capital humano —es decir, la educación y la salud que está incorporada en nuestra población. Sin gasolina, no vamos a poder hacer volar el avión; sin educación y salud no vamos a poder hacer crecer nuestra economía. Esto puede verse aún en el caso de América Latina.

En unas gráficas que publiqué ayer (https://www.elsalvador.com/opinion/observadores/589335/capital-humano-innovacion-y-riqueza/), es fácil ver que los países más innovativos son los que son más ricos —es decir, que son los que más han crecido en el largo plazo, y que los países que son más innovativos son los que tienen más desarrollo humano. Es decir, como se puede demostrar directamente también —con gráficas mostrando el ingreso, o su crecimiento, y el desarrollo humano— el crecimiento y la riqueza son función del desarrollo humano de la población.

Por eso, los esfuerzos para aumentar la inversión en capital físico deben ser acompañados de un esfuerzo muy grande para cambiar el panorama con el que se va a enfrenta la generación que está por nacer en el país, como lo ha estado proponiendo la UNICEF desde hace un par de años. La idea es acompañar a estos niños en toda su carrera a la vida adulta, invirtiendo en cada etapa de tal forma que la educación y la salud a ese nivel quede permanentemente mejorada de una manera muy sustantiva, poniéndolas a niveles de clase mundial. No se lograría llegar al nivel de los países desarrollados, pero se avanzaría mucho. Lo importante es comenzar a sacar generaciones educadas modernamente, y saludables, y continuar mejorando su preparación año con año. Esto, por supuesto, es caro, pero más caro es no hacerlo. Y se puede financiar con una combinación de eliminación de los desperdicios, de los gastos que no tienen prioridad, de donaciones y de financiamiento de muy largo plazo (para esto si vale la pena endeudarse).

Además ahora necesitamos menos escuelas porque hay menos niños que antes por la baja en el crecimiento demográfico. UNICEF ya ha hecho los cálculos. Y, como dijo Derek Bok, un presidente de Harvard, si usted piensa que la educación es cara, trate la ignorancia. O trate de volar sin gasolina. O con bien poquita. Con toda nuestra historia, ya deberíamos de saber lo que pasa.

La educación para los cambios. De Manuel Hinds

15 marzo 2019 / EL DIARIO DE HOY

En esta columna he enfatizado muchas veces la importancia de invertir en el capital humano del país, elevando el nivel y la penetración de la educación y la salud del pueblo entero. Es igualmente importante discutir los tipos de educación que necesitamos para evitar graduar personas que no encuentren trabajo en el mercado —algo que está pasando en este momento—. La falta de convergencia entre las necesidades de la sociedad y lo que el sistema educativo está produciendo proviene de dos problemas principalmente. Uno es que la enseñanza no está enfocada en dichas necesidades. El otro es que la calidad de la enseñanza es mala, de tal forma que las cosas que el sistema dice que enseña al alumno realmente no se las enseña. El segundo problema es, sin duda, el peor porque conlleva una mentira que para las personas que invierten sus recursos en educarse adquiere la naturaleza de estafa.

La solución de este problema es muy difícil pero es esencial. Involucra no solo la mejoría técnica del profesorado sino, y muy importantemente, la inyección de la pasión por lograr excelencia en su profesión. Esto, por supuesto, debe ir acompañado de mejoras en la educación, la remuneración y el prestigio del profesorado. Los países que han logrado éxitos más grandes en la educación de su gente, incluyendo prominentemente a los nórdicos, lo han hecho enfocándose mucho en la mejora de sus profesores.

Pero es igualmente importante enfocarse en las necesidades de la sociedad, tanto a largo como a corto plazo, lo cual requiere destruir varios mitos, comenzando con el que dice que el ideal debe ser que todos tengan una educación universitaria. Países como Alemania e Inglaterra, que han invertido mucho en la educación técnica, enfocada en generar habilidades que lleven al alumno a conseguir rápidamente un empleo de valor agregado, han demostrado que dicha educación es un camino muy eficiente para lograr y sostener el desarrollo económico. Y, si es exitosa, puede ser mucho más barata que la alternativa de tratar de pasar a todos por la universidad. Sin duda es muchísimo más barata que no dar educación y dejar que el pueblo se defienda con habilidades de bajo valor agregado.

La orientación de los estudiantes a habilidades que sean demandadas por la sociedad tiene un problema muy particular: las tecnologías están cambiando tan rápidamente que cuando los estudiantes se gradúan las tecnologías que han estudiado muy probablemente son obsoletas. Por eso, lo más importante es lograr que los alumnos aprendan a aprender para que siempre se puedan mantener al día.

Esta semana estuve en una conversación con un exitoso empresario salvadoreño de software que está muy interesado en este problema porque lo que restringe el crecimiento de su empresa es la disponibilidad de programadores. Es decir, si la empresa logra conseguir programadores, le es relativamente fácil conseguir clientes para el crecimiento de su empresa y dinero para financiarlo. Con 27 años, maneja una empresa que tiene cerca de 70 programadores y está creando entre 6 y 8 empleos nuevos cada mes. Los empleos pagan $500 mensuales al ingresar a la empresa y pueden subir en pocos años a $1,500 mensuales y aún más.

La entrada a esta profesión no requiere un grado universitario sino solo los conocimientos básicos de un bachillerato (la empresa no exige ningún título) y un entrenamiento de cuatro meses. Los que la empresa escoge para contratar son personas que hayan realizado proyectos, que les enseñan a conceptualizar problemas y a resolverlos. Pero lo que más les sirve para escoger es la pasión que los aplicantes tienen, no por conseguir un trabajo sino por el placer de aprender y por la satisfacción de resolver problemas de programación. Esto es lo que motiva a los muchachos a enfrentar el gran reto de la nueva revolución tecnológica: aprender a aprender.

Hay otras profesiones que requieren de habilidades más elaboradas, de matemáticas más avanzadas, de ciencias naturales profundamente estudiadas. Pero en todos los campos es cierto que lo esencial es enseñar a las nuevas generaciones y a sus profesores a aprender, que es lo que tendrán que hacer por todas sus vidas, y darles la pasión por el conocimiento, que es lo que los va a motivar y les dará satisfacción. Ambas cosas son cruciales en nuestros tiempos.

Levantando el techo del crecimiento. De Manuel Hinds

28 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El Gobierno de Estados Unidos ha anunciado la asignación de más de $5,000 millones al Triángulo Norte para levantar de una manera permanente la capacidad de crecimiento de las tres economías, de tal manera que se desincentiven las migraciones ilegales a ese país. El efecto que esta enorme cantidad puede tener en el desarrollo de estos países puede terminar siendo totalmente nulo o totalmente exitoso, dependiendo de las prioridades que guíen su asignación. Dos elefantes blancos ahora pesando sobre la economía del país —el Puerto de La Unión y la carretera del Norte— proporcionan ejemplos tristes de cómo buenas intenciones de la cooperación externa pueden resultar en fracasos monumentales.

El Puerto costó más de $200 millones que en una parte hay que pagar al Gobierno de Japón mientras que en la otra parte ya se pagó en los costos de contrapartida que tuvo que poner el gobierno durante la construcción. Hasta el momento, el Puerto no ha generado un solo dólar para pagar estos costos. El gobierno salvadoreño está ahora tratando de venderlo o darlo en concesión a China en un trato que probablemente va a salir más caro que tenerlo sin uso, como ha estado ya por varios años. La carretera del Norte, que se esperaba contra toda esperanza que desencadenara el desarrollo del norte del país, no ha logrado nada de eso y se ha convertido en una carretera que nadie usa, pero que hay que mantener. Ningún posible emigrante ha sido detenido en su emigración por estos proyectos.

Con todo y que fueron fracasos, estos proyectos no han sido los más inútiles de los últimos años. Hay muchos proyectos que han fondeado el subsidio del consumo y no han dejado nada de beneficio a los que los recibieron. El costo de estos subsidios es gigantesco, excediendo los $2,000 en un período presidencial (equivalente a construir diez puertos de la Unión). Con esta cantidad podría cambiarse el destino del país. Sin embargo, este costo gigantesco no deja nada duradero a sus beneficiarios o al país y ni siquiera se sabe qué fue lo que subsidiaron, ya que el subsidio de un producto no necesariamente se traduce en mayor consumo de ese producto sino en liberar fondos que el beneficiario iba a usar para comprar dicho producto y permitirle así poder comprar otro, como ir al cine.

Estos fondos deberían asignarse a actividades que puedan aumentar permanentemente nuestra capacidad de desarrollarnos, levantando el techo que restringe nuestra tasa de crecimiento —y que lo dejen levantado de allí en adelante—. Esto solo puede lograrse invirtiendo en capital humano, cuyas deficiencias actuales son el obstáculo más grande para crecer en el mundo de la economía del conocimiento. Hay dos proyectos que pueden causar ese salto de calidad que nos permitiría acceder al desarrollo. El primero sería invertir en la generación que está naciendo ahora para que gocen de una salud y una educación consistente con la de un país en franco desarrollo. Este esfuerzo en crear una primera generación desarrollada es factible y nos llevaría en dos o tres décadas al desarrollo sostenible. Esta estrategia, sugerida por la oficina local de Unicef, sería similar a la seguida por los países nórdicos y los países más exitosos de Asia.

Este proyecto debería complementarse con un plan de inversión en la educación de adultos en instituciones de primer mundo para que nuestra población actual pueda integrarse a la economía del conocimiento. Esto no implica educar físicos especializados en cohetes, sino personas que puedan acceder al conocimiento para enriquecer la producción en todas las actividades corrientes en nuestro país— en la agricultura, la industria y los servicios. Como Edward C. Prescott, Premio Nobel de Economía, lo ha demostrado fehacientemente, las diferencias en la productividad del trabajo, que son el origen de las diferencias en la riqueza de las naciones, dependen del uso correcto de conocimiento libremente obtenible en nuestro mundo conectado. Con estos dos proyectos cubriríamos el corto y el largo plazo de una verdadera estrategia de desarrollo. Si logramos que nuestra población aprenda a usar el conocimiento en la producción entraremos al proceso del desarrollo, y la gente preferirá quedarse a vivir aquí en vez de irse a países desarrollados.

La mejor inversión que puede hacer El Salvador. De Manuel Hinds

21 septiembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Los salvadoreños nos quejamos continuamente de que El Salvador no crece lo suficiente para que la población tenga suficientes trabajos dignos. El problema es un círculo vicioso. El círculo vicioso se puede visualizar si se comienza entendiendo la verdad más grande de las ciencias económicas: en el último análisis, la capacidad de producción de una empresa, un país o una persona depende de la educación que el país, la empresa o la persona pueden utilizar en dicha producción. Partiendo de esto, es fácil ver el círculo vicioso en el que nos encontramos.

Los trabajos dignos no se pueden crear en número suficiente porque estos requieren más educación que la que el salvadoreño promedio tiene, y al mismo tiempo la producción del salvadoreño promedio es demasiado baja para que el país pueda costear una educación suficiente para sus hijos. Los incrementos en el número de la gente educada en El Salvador y en la calidad de su instrucción son muy pequeños para aumentar significativamente la capacidad de producción del país. La escasez de la educación es en sí misma una de las razones por las cuales dicha escasez se mantiene en el tiempo. Los que no tienen educación tienen dificultad en darse cuenta de la importancia que ella tiene. No logran ver por qué un médico gana más que ellos, o, si lo entienden, no logran imaginarse que ellos mismos o sus hijos podrían llegar a ganar lo que el médico gana si tuvieran la educación que éste tiene. Y no logran ver que personas sin educación en puestos de poder los llevarán a un empeoramiento de su situación.

Esto conforma una tragedia. El problema está adentro de la población. Los salvadoreños desean tener trabajos dignos pero no dan importancia al único medio que tienen para lograrlos: la educación. La educación no está entre los valores de la población salvadoreña.

El problema es un círculo vicioso en otra dimensión. La mayor parte de la inversión en educación en El Salvador se hace cuando los niños ya han pasado los 6 años o la primera década de su vida, cuando el cerebro está más plástico para absorber conocimientos y desarrollar la capacidad de discernir. Estamos invirtiendo cuando el suelo ya no está tan predispuesto a recibir la semilla. Es como sembrar cuando ya se pasó el tiempo. La ciencia ha determinado que ese tiempo comienza antes del nacimiento, desde que el bebé está en el vientre de la madre, cuando depende de una buena nutrición y buenos cuidados prenatales para poder desarrollar un cerebro potente. Luego sigue en los primeros 6 años de la vida, cuando desarrolla todas sus habilidades de aprendizaje, incluyendo sus habilidades de aprender y comunicar. Los niños salvadoreños que tienen acceso a buenos cuidos tienen un vocabulario 10 veces más grande que el de los que no lo tienen. Ya de allí vienen las desventajas de los segundos.

El problema se está volviendo peor con el desarrollo de la economía del conocimiento, que requiere cada vez más educación para poder salir adelante. En este momento la Unicef ha hecho una propuesta que ofrece romper ese círculo vicioso. Seguir en la senda en la que hemos estado desde hace siglos, esperando que el desarrollo se vaya dando poquito a poquito de generación en generación no ha funcionado porque no se logra dar un salto de calidad. Los esfuerzos se diluyen con el crecimiento poblacional, en el que nuevamente la mayor parte de los salvadoreños recién nacidos seguirán sin obtener la educación y la salud que necesitan para poder tener una vida digna.

En los últimos años, la Unicef ha estado trabajando en una propuesta que de ese salto de calidad. La propuesta es invertir en una nueva generación que tenga una formación muy superior a la que tiene el promedio de los salvadoreños. Es un esfuerzo enorme pero factible. Y, lo más importante, de acuerdo con los cálculos fiscales realizados por economistas especializados en el tema, la inversión sería altamente rentable. Los nuevos ciudadanos podrán generar más riqueza, que a su vez volvería cada vez más fácil sostener la educación de subsecuentes generaciones. Removeríamos de un golpe la restricción más grande que tenemos para desarrollarnos. Es la inversión más rentable que podemos realizar en nuestro país.

 

La tragedia de América Latina. De Manuel Hinds

13 julio 2018 / El Diario de Hoy

En 1950 los salarios que latinos viviendo en Estados Unidos ganaban representaban en promedio el 85 % de los que ganaban los no latinos. En 2017 representan solo el 66 %. Al mismo tiempo, la participación de los latinos en la fuerza laboral norteamericana ha subido del 2 al 14 %. Es decir, mientras que la cantidad de latinos en ese país se ha multiplicado por siete, los salarios que ganan como porcentaje de lo que ganan los no latinos se han disminuido en un 23 %.

El Banco de la Reserva Federal de San Luis, Missouri, ha publicado un estudio analizando las razones de las diferencias en salarios, que sus conclusiones las reducen a una sola: la diferencia en logros educacionales y de formación de habilidades. Los logros de los no latinos en estas dimensiones no solo eran más bajos que los de los no latinos en 1950 sino que también han aumentado mucho menos rápidamente de entonces para acá. Los latinos, entonces, han ido recogiendo los trabajos que requieren menos habilidades y que por supuesto pagan menos. Representando el 16 % de todos los trabajadores de Estados Unidos, representan el 25 % de los trabajadores sin capacitación y de los trabajadores agrarios. La gente que tiene solo educación primaria o menos es el 16 % de los latinos, solo el 4 % de los no latinos. En el otro extremo de la distribución, los latinos representan solo el 8 % de los trabajos profesionales y técnicos, y apenas un 10 % de los gerentes, oficiales y propietarios.

El descenso en los salarios como porcentaje de los salarios de los no latinos se debe a la suma de dos tendencias: una, a que la población latina en Estados Unidos se educa menos que lo que se educan los demás, y, dos, a que los inmigrantes que han aumentado la población latina (muchos de los cuales son salvadoreños) son de una educación muy baja en relación con la de la población no latina.

Estas dos tendencias apuntan a la misma conclusión: sea que los latinos crezcan en Estados Unidos, o que crezcan en América Latina y se vayan luego para allá, siempre tienden a tener un nivel educativo mucho más bajo que el de los no latinos. Y eso hace que ganen mucho menos que los no latinos en Estados Unidos, allá o aquí.

Es bien sabido que la comparación da resultados opuestos a estos cuando se hace con inmigrantes asiáticos, especialmente chinos e indios, que en una generación saltan de la pobreza a la riqueza a través de mejorar radicalmente su educación. Los asiáticos tienen ahora rendimientos académicos e ingresos que superan los de los anglosajones. Cuando llegan a Estados Unidos, estos asiáticos pasan por penurias similares a las de los inmigrantes legales latinoamericanos. Pero salen adelante en una generación. El problema está en nosotros, los latinos, que acarreamos la pobreza con nosotros.

El problema que cause este acarreo es obviamente cultural: la cultura latinoamericana no reconoce la educación como algo útil y que valga la pena. Criados en la tradición de la colonia española, que veía la riqueza en términos de minerales y de productos de la tierra, no del conocimiento y las habilidades, los latinos nunca hemos desarrollado el respeto al conocimiento que tienen todos los pueblos avanzados. Ni siquiera nos hemos dado cuenta de que toda riqueza proviene en el último extremo del conocimiento. Por eso nunca hemos logrado desarrollarnos.

Esa es la tragedia de la América Latina. La tragedia de El Salvador es peor, porque todo indica que los que se van a Estados Unidos para bajar el promedio de educación allá, tienden a ser los más aventajados aquí.

Esta cultura de la ignorancia debe cambiarse aquí para que la educación pueda florecer y para que esto nos lleve al desarrollo. La idea de que primero debemos subir la producción y luego pensar en la educación y la salud del pueblo ignora, contra toda la evidencia de la historia y de la economía mundial actual, que no se puede subir la producción sustancialmente si no se mejora la educación, la salud, la cultura de la población. Los problemas de la producción y de la calidad del capital humano no se pueden separar. Son una misma cosa. Tenemos que entender esto, y si no queremos hacerlo, debemos acostumbrarnos a ser pobres.