Salvador Samayoa

Salvador Samayoa: “Antes no se podía acceder al poder por medios democráticos”

El firmante del Acuerdo de Paz destaca los cambios al Órgano Judicial como eje central de la reforma.

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Entrevista a Salvador Samayoa, de Guillermo Miranda Cuestas, 13 diciembre 2017, El Diario de Hoy

 

EDH log¿Cómo fue valorada la Constitución de 1983 dentro de la guerrilla?
Para nosotros era una Constituyente y una Constitución contrainsurgente. El presidente era Roberto D’aubuisson, que en ese momento, al menos, era el anatema para la izquierda revolucionaria. Es una Constituyente en la que están excluidas las fuerzas de izquierda, solo participan ARENA, PCN y PDC.

¿Se plantearon otra Constitución?
Justamente por eso convertimos en un punto central de la negociación la reforma constitucional. Es que a la gente se le olvida, no sabe o son muy jóvenes, que hace poco tiempo, hasta 1964, el partido que ganaba las elecciones tenía todos los diputados de la Asamblea. Yo tenía 14 años de edad cuando por primera primera vez los partidos opositores obtuvieron diputaciones en una elección legislativa. ¡Ahora parece de la edad de las cavernas aquello, la incivilización total! Pues no, ¡es bien cerca! Pero aún así, en todos esos años en la Asamblea el partido de gobierno siempre tenía mayoría simple. Y por lo tanto lo que ahora nos quejamos tanto, con razón, de que haya un partido que quiera controlar totalmente los órganos del Estado, era la práctica habitual de los partidos de derecha. Por eso exigimos la reforma de la manera de elegir los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, que antes era un apéndice del Ejecutivo; el partido que ganaba las elecciones era el que elegía a los magistrados de la Corte y por lo tanto esos magistrados le respondían políticamente al partido de gobierno. Eso lo cambiamos en la reforma.

Igual con el Tribunal Electoral que entonces era el Consejo Central de Elecciones de tres miembros. Para todo efecto práctico, elegían solo a los suyos con la mayoría simple que le daba su poder en la Asamblea Legislativa. En las dos últimas Asambleas elegidas antes a la negociación, la de 1988 (vigente en ese momento) y la de 1991, la suma de los votos de ARENA, que en ese momento era un partido de extrema derecha, y PCN, el partido de los militares hasta esa fecha, les daba una mayoría simple bastante holgada para elegir a los tres miembros del CCE. Esta situación se podía reproducir en ulteriores elecciones. Nosotros cambiamos eso; que no fueran tres, que fueran cinco; que no se pudieran elegir por mayoría simple, sino por mayoría calificada. Eso fue lo que empezó a dar ciertas garantías de pluralismo.

¿No era la reforma a las Fuerzas Armadas lo central para el FMLN en la negociación?
No, no era el propósito central, era uno de los ejes importantes, por supuesto. La Fuerza Armada tenía todos los poderes menos el de hacer llover y quitar la lluvia. Incluso se convertía por Constitución en el garante de la democracia; por eso había tanto golpe de Estado, porque cuando a los militares se les ocurría que había un riesgo para la democracia daban golpe de Estado. Esas cosas las cambiamos; le quitamos los poderes hipertrofiados que tenía históricamente la Fuerza Armada en el país. Ahora se elige al fiscal por mayoría calificada y tiene funciones más fortalecidas, porque antes la que llevaba a su antojo la investigación penal era la Policía Nacional.

¿Eran estos los elementos que faltaban para que el FMLN aceptara entrar al sistema?
No solo se trata de las reformas de la Constitución. Por ejemplo en el Órgano Judicial pactamos también la reestructuración del Consejo Nacional de la Judicatura, la reforma de la Carrera Judicial… Fueron varias cosas las que se hicieron en ese sector. La seguridad pública se transformó totalmente. Esas reformas, el conjunto de ellas, varias con rango constitucional, son las que nos permitieron pensar que ahora habría un escenario en el que se podía considerar la lucha por métodos pacíficos y democráticos, porque antes simplemente no se podía acceder al poder por medios pacíficos y democráticos.

¿Cuenta la Constitución con mayor legitimidad en su pluralidad después del 91?
Sin duda, tiene mucha mayor legitimidad de pluralismo político que en toda la historia anterior del país, en el sentido que son más fuerzas políticas, y más diversas y plurales, las que han estado representadas para aprobar la Constitución.

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Licencia para embaucar. De Salvador Samayoa

Foro El Diario de Hoy, roces entre Asamblea Legislativa y Corte Suprema de Justicia y otros temas de interes a la ciudadania. participantes Fabio Castillo, Francisco Bertrand Galindo y Salvador Samayoa

Salvador Samayoa, 7 diciembre 2017 / EDH-Observadores

El Tribunal de Sentencia de Santa Tecla absolvió de todos los cargos a los “troles” que falsificaron y divulgaron en redes sociales páginas electrónicas falsas de importantes medios de comunicación del país. Si no se enmienda la plasta judicial en la instancia de apelación correspondiente, los ciudadanos, las entidades y la opinión pública quedarán desprotegidos ante cualquiera que tenga el dinero y los recursos técnicos para realizar este tipo de engaño masivo.

observadorPublicar noticias discutibles no es problema. Casi todas tienen elementos de información o enfoques con los que unos pueden estar de acuerdo y otros no. Publicar noticias tendenciosas es un problema ético, en la frontera de la mentira o la desinformación. Publicar noticias o declaraciones falsas – las famosas “fake news”- sabiendo que son falsas o, peor aún, habiendo fabricado la falsificación, puede ser un asunto muy grave de carácter jurídico, político y social. Falsificar el “sitio web” de periódicos de gran circulación y viralizar las páginas clonadas es a todas luces un delito de considerable importancia en el ámbito nacional.

En este caso, además, con extraordinarios agravantes de cinismo y premeditación. Para muestra, circuló como parte de los archivos extraídos de discos duros, teléfonos móviles y otros dispositivos de los acusados un documento denominado “ejes comunicacionales” . Eran los ejes de una campaña para desprestigiar al adversario y favorecer la victoria del candidato Nayib Bukele en la elección municipal de la ciudad capital. En una parte dice textualmente: “El sitio será la copia exacta de uno de los periódicos digitales más reconocidos y de mayor consulta por la población. El mirror será promocionado por medio de Facebook… y de igual forma generaremos incertidumbre por medio de noticias falsas a favor de la campaña”.

De la sentencia absolutoria preocupa la argumentación tanto como la conclusión. A reserva de analizar más en detalle el razonamiento cuando el Tribunal emita el texto completo de su resolución, de antemano preocupan las razones que se han esgrimido para la absolución. Que no fuera acusado el personaje que a la luz de evidencias inobjetables pareciera ser el principal responsable de la trama y el jefe indiscutible de la agrupación, es algo que habrá que esclarecer pidiendo explicaciones al Fiscal, pero no vemos de qué manera esa deficiencia o abstención de la acusación pueda librar de responsabilidad a quienes de manera probada participaron en la planificación y realizaron el fraude comunicacional.

De igual manera, si se dice que los acusados no son responsables de falsedad material porque solo se probó que difundieron y no que elaboraron o decidieron las pautas de desinformación, este precedente abrirá la puerta al desenfreno de los estafadores políticos sin mayor consideración.

En el caso del delito de violación de distintivos comerciales, los jueces mostraron un apego literal que refleja exactamente lo que no hay que hacer en el ejercicio judicial. La parte sustantiva es la prohibición de utilizar de cualquier modo sin consentimiento del titular una marca, nombre o distintivo comercial. Es cierto que el código castiga expresamente al que lo haga con fines industriales o comerciales, pero es obvio que no está en esa particular finalidad el sentido único del tipo penal, porque si así fuera caeríamos en el absurdo de dejar impune al que viole distintivos con la finalidad de socavar la credibilidad, afectar económicamente o causar otro perjuicio a una empresa o a cualquier organización, siempre que no lo haga con algún fin comercial. En este enfoque absurdo de la ley, estos propósitos aviesos se considerarían como finalidades lícitas de la falsificación.

Si no se revierte la sentencia, que no nos extrañe que en tiempos de intensa confrontación política, se envenene aún más la convivencia social y se agudice la guerra sucia en las plataformas informáticas de la tecnología digital.
No hay que olvidar que en el engaño masivo orquestado por los troles, el propósito era favorecer la victoria electoral de su candidato a la alcaldía de la capital. En una concepción social de la “fe pública”, esta constituye un bien jurídico colectivo y su protección penal debe extenderse a aquellos hechos susceptibles de inducir a engaño a un número indeterminado de personas, en otras palabras al público en general.

Este caso debe servir a la comunidad jurídica para tomar conciencia de que el apego literal -leguleyo- al texto en casos que obviamente requieren criterios más amplios aleja el lenguaje jurídico de las expectativas ciudadanas, aísla al sistema judicial de las situaciones propias de cada época y, sobre todo, resta legitimidad social a todo el andamiaje de la justicia penal.

Este es un problema típico de letra y espíritu de la ley, sobre el que se han derramado ríos de tinta desde tiempos inmemoriales. Se sabe que es peligroso abusar de la interpretación cuando no es necesaria, pero de igual manera es peligroso renunciar a toda interpretación ante situaciones nuevas, que no existían antes como modalidades posibles de transgresión de la ley, o en casos en los que el sentido más razonable y lógico de la norma jurídica así lo demande.

No es correcto disociar la semántica del sentido práctico y el significado obvio de los textos jurídicos. Aquí aplica el trillado ejemplo de una ordenanza que obliga a cerrar la venta de bebidas alcohólicas a las 12 de la noche. Un leguleyo “vivo” puede recomendar a su cliente que cierre a las 12 y vuelva a abrir a las 12:05, porque la ley solo dicta que los establecimientos deben cerrar a esa hora y no dice expresamente que deben permanecer cerrados a partir de esa hora. Se entiende la “viveza” del tinterillo en este caso, pero es obvio que ese no es el sentido de la ordenanza. Que los defensores de intereses particulares actúen así es una cosa, que los jueces lo hagan es otra muy diferente. Y, por cierto, llama la atención que se haya programado el viernes 22 de diciembre para publicar la sentencia, justo el día en que queda desmovilizada por completo la opinión pública por la vacación de navidad.

Salvador Samayoa: “La democracia está funcionando en lo fundamental”

Samayoa muestra su optimismo respecto a la democracia en el país, en medio de un creciente sentimiento contra el sistema político.

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Guillermo Miranda Cuestas, 6 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

EDH logSalvador Samayoa ha sido protagonista en coyunturas de alta convulsión e inestabilidad política en El Salvador. En su lectura, esta no es una de esas coyunturas. El exministro de Educación de la primera Junta Revolucionaria de Gobierno de 1979 y uno de los máximos representantes del FMLN en el extranjero durante el conflicto armado aprecia con optimismo el estado actual de la democracia salvadoreña y es crítico de quienes dibujan un diagnóstico sombrío para el país.

Recientes encuestas de opinión han mostrado un sentimiento importante de “antipolítica” en El Salvador, entendida esta como un rechazo al sistema político y a las instituciones de representación, incluidos los partidos políticos.

En esta entrevista, quien durante la posguerra integró la reconocida Comisión Nacional de Desarrollo y lideró el Consejo Nacional de Seguridad Pública, señala dos factores principales que potencian la antipolítica. Uno es el aparecimiento de una serie de escándalos de corrupción, que a su juicio es precisamente prueba de los avances institucionales. El segundo factor tiene que ver con un desencanto de “densidad histórica” respecto a la izquierda en el poder. Y aunque aprecia con optimismo el involucramiento de algunos jóvenes al debate político nacional, reconoce que hay una apatía generalizada.

La entrevista surge en el contexto de su cátedra sobre antipolítica de la Escuela Centroamericana de Gobierno y Democracia (ECADE), un proyecto liderado por FUSADES con el apoyo de la Fundación Hanns Seidel de Alemania.

Recién iniciamos un ciclo electoral que se extenderá hasta 2019. ¿Qué tan saludable se encuentra nuestra democracia en estos momentos?

Todo es relativo en esta vida.

Yo veo El Salvador bastante mejor que casi todos los países de la región.

Por ahí la democracia, como alguna vez escribí, sí puede ser una vieja fea y choyuda. Es decir, que toma más tiempo, nos desespera a los ciudadanos y no tiene la cara más linda. Pero yo no tengo la mínima duda de que la democracia está funcionando en todo lo fundamental.

Ha habido importantes embates, intentos de desnaturalizarla, de manipularla -sobre todo en años anteriores. De una manera o de otra, las instituciones han respondido. La libertad y las plataformas de la sociedad civil, que son parte orgánica de la democracia, han funcionado. Y creo que en este momento el sistema de partidos políticos de El Salvador y las instituciones del Estado salvadoreño son más sólidas que en otros países de la región.

También hay alarmas de algunos sectores. La UCA y Álvaro Artiga han dicho que hay un creciente sentimiento de antipolítica y que eso podría deslegitimar al sistema de partidos políticos.

Comparto la apreciación; las dos cosas son ciertas.

Es cierto que el sistema político está relativamente sólido y también es cierto que importantes segmentos de la población no lo ven así y que tienen un desencanto y una actitud agresiva hacia la política, hacia los políticos y hacia los partidos.

Hay sectores y líderes de opinión que yo los llamo “alaracos” porque hacen unas alharacas que de verdad no se corresponden con la realidad.

En varios artículos de opinión he visto que algunos dicen “qué envidia Guatemala” porque la gente está en la calle. Y yo digo: esperate, despacio, no entiendo bien, ¿por qué te da envidia que el otro tiene cáncer y está saliendo a la calle a ver cómo resuelve su cáncer?

Y vos tenés otros achaques distintos -porque sí tenés achaques y dolencias- pero no tenés cáncer. ¿Por qué envidiás el cáncer del vecino? Guatemala tiene un nivel de inestabilidad política y de corrupción absolutamente incomparable con El Salvador.

Nunca oculto las deficiencias de nuestra democracia. De hecho yo era el que más me estaba quejando por el transfuguismo cuando se le sustrajeron diputados al partido ARENA en 2009 y otra vez en 2012 -supongo que con dinero venezolano. De esa manera se burló la voluntad popular. Se habían pasado 11 diputados de un partido a otro en un proceso político complejo.

En Guatemala, el día que se inaugura la legislatura se cambian 40 o 50 diputados de un partido para otro y es lo habitual.

Aquí tenemos un sistema de partidos reconocibles con ideologías y programas reconocibles a los cuales se apegan, más o menos, o de los cuales se apartan, más o menos. Pero hay un punto de referencia. Guatemala tiene una atomización de partidos políticos; son decenas de partidos políticos.

¿Qué hay entonces en el ecosistema que está generando un sentimiento de antipolítica?

Hay dos factores más importantes que otros. Uno es la corrupción, que ahora ha salido más. Por cierto, podemos darle vuelta a ese hecho: qué bien por las instituciones de El Salvador, tanto las del Estado como las de la sociedad civil. Si no funcionaran, ¿cómo demonios habría salido la corrupción a flote?

Pero volviendo al clima antipolítico, la corrupción es ciertamente algo que indigna a la gente, la molesta, la decepciona, la frustra.

El otro factor que está influyendo es que hasta hace 10 años había un importante contingente social, no sé si mayoritario pero muy amplio dentro del espectro político, que tenía una gran esperanza de que cuando gobernara el Frente iban a cambiar cosas muy importantes para la gente y para el país. Mi juicio sintético de los ocho años que van en el gobierno es que esto, simplemente, no ocurrió.

Eso explica el desencanto de mucha gente que durante décadas estuvo pensando que El Salvador podía ser mejor cuando tuviera la oportunidad de gobernar la izquierda. Ahí hay un nivel importante de frustración y alejamiento de los partidos políticos, ocasionado por unos gobiernos decepcionantes del FMLN.

Con el anterior partido de gobierno ARENA había también y todavía hay mucho desencanto. Este es el desgaste normal de los partidos políticos, pero el desencanto con mayor densidad histórica es ahora con el FMLN, aunque en algunos aspectos su gestión no haya sido tan negativa como se expresa en la percepción de la mayoría de la población.

¿Y ese discurso antipolítica surge de quienes confrontan a las cúpulas? ¿Como los diputados de ARENA que renunciaron a sus candidaturas o el alcalde de San Salvador?

No, a ninguno de los dos los considero como un fenómeno típico de antipolítica.

Quizá el que más se parece es el de Johnny Wright, porque él ha tenido un discurso expreso y una posición expresa de salir del partido político y en postularse, no sabemos si lo hará finalmente o no, como independiente.

Para mí, cada persona que se postula como independiente está proclamando que no cree en ningún partido político y, por tanto, no cree en el sistema de partidos políticos. Juan no, al contrario. Juan está haciendo una acción que fortalece la política, no la contraría.

No es antipolítica; es intentar justamente que los partidos sean sólidos, sean creíbles y se queda dentro del partido a luchar por eso.

Screen Shot 2017-10-06 at 9.42.41 PMY en el caso de Nayib, que esté propiciando él mismo su salida del Frente, son sus propios cálculos electorales. Nayib no tiene un discurso antipartido. Nayib cuando salga del FMLN -que saldrá- tardará poco en intentar alcanzar sus aspiraciones personales con otro partido.

Lo de Bukele no es “antipolítica”, es simplemente el juego de un político inmaduro, ambicioso, agrandado, con acentuados rasgos narcisistas y con la falta de paciencia propia de su edad y de su escasa trayectoria y experiencia política. En mi opinión, sus críticas al Frente tienen poca credibilidad, no porque el Frente no tenga algunas de las deficiencias que señala el alcalde, sino porque están deformadas y contaminadas por la deslealtad y el oportunismo.

¿Pero no es un momento en que la decepción contra las cúpulas tradicionales puede sumar apoyos a este tipo de discursos?

Podría generar algunas simpatías si él mantiene ese discurso en contra de los partidos y de las cúpulas. Podría ocurrir como en cualquier parte los outsiders de la política lo han hecho. Efectivamente, capitalizan un momento de cierta frustración social con los partidos y se proclaman como profetas en contra de los partidos y ciertamente pueden tener algún nivel de éxito.

Del lado de la ciudadanía, ¿ve intenciones de involucrarse y mejorar el sistema o de deslegitimarlo?

Ambos. Veo protagonismos bastante sanos y movimiento y organizaciones de la así llamada -muchas veces mal llamada- sociedad civil. Veo movimientos de buenas intenciones, coadyuvantes, complementarios, que basan su valor en exigir a las instituciones y no en ponerles una carga de dinamita; que basan su movimiento en exigirles a los partidos y no de ir en contra del sistema de partidos.

Y veo también, en la sociedad civil y sobre todo en ciertos líderes de opinión, expresiones claramente antipolíticas, nítidamente antipolíticas. Y dentro del continente social de los partidos que vota por los partidos, que no quiere que haya partidos, a veces el nivel y la forma de la crítica tiene unas expresiones de inmadurez y de alharaca muy grande.

¿Algún caso en particular que muestre esta actitud?

Te voy a poner un ejemplo que ha estado muy presente en la vida nacional.

Algunos dicen que qué mal estamos y qué mal está la democracia y en qué grave peligro está la democracia porque el FMLN y la dirección del FMLN y Medardo González, cada vez que pueden, echan una diatriba contra las resoluciones de la Sala de lo Constitucional.

Yo digo: ¡qué bien estamos! ¿Qué expresa este nivel? Expresa que tienen molestia, el Órgano Ejecutivo y el poder político tienen molestia con el Órgano Judicial. ¿Y qué significa que tienen molestia? Que son independientes.

¿Y cuál es la esencia de la democracia? Que tengamos poderes independientes.

Entonces, los berrinches del FMLN los veo como una confirmación y muestra de lo saludable que tenemos la democracia y no como lo contrario, como lo ve mucha gente. ¿Y por qué no se puede hacer el berrinche? ¿Cuál es el problema si tenemos libertad de expresión? Si no acataran las sentencias, si crearan una crisis de Estado, eso sería un problema diferente.

Ahí sí compartiría la tesis de que qué mal, amenazada y precaria está la democracia. ¡Pero no es el caso! Las mismas cosas pueden ser materia de opiniones, no solo distintas sino que incluso contrarias.

Suelo decir que nosotros lo que tenemos son problemas de desarrollo de la democracia. Antes lo que teníamos eran problemas de falta de democracia.

Son problemas de naturalezas diferente. La sociedad civil hace cosas importantes en pro del sistema y tiene elementos de antipolítica que muchas veces son reacciones bastante exageradas y desajustadas. Reacciones que justamente no comprenden la democracia.

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Mientras usted ve esperanza y avances en el agregado, más allá de los retrocesos, hay otros que ven un futuro incierto. Particularmente en este ciclo electoral en donde puede haber una ausencia de Sala de lo Constitucional por muchos meses. ¿Es esto una percepción alarmista? ¿Es compatible que la sociedad vaya más o menos bien y luego haya un retroceso sustantivo?

Si de verdad va más o menos bien no va a haber un retroceso sustantivo. Uno de los dos calificativos va estar mal; o no es sustantivo el retroceso o no estaba tan bien, pero las dos cosas a la vez no creo que puedan ocurrir. Insisto en que hay mucho nivel de ansiedad, mucho nivel de alharaca y mucho nivel de coyunturalismo.

Recuerdo perfectamente una vez que estaba en un grupo de 30 o 40 personas y se atrasaban diciendo que iban a destituir a los magistrados de la Sala y que era el acabóse, el fin del Estado de Derecho y el golpe de Estado. Después de una hora y media que hablaron casi todos, alguien me preguntó que qué iba a pasar; y no en minoría, sino en soledad absoluta, dije: nada, no va a pasar nada, están equivocados todos. Y no pasó nada.

Igual ahora, para algunos era absolutamente imposible que ocurriera el acuerdo de pensiones. Yo no lo veía imposible. Es más, estaba seguro de que iba ocurrir lo que ocurrió.

¿Que podríamos tener un bache, un impasse, en el próximo año según salga la correlación de fuerzas en la Asamblea Legislativa? Sí, podríamos tener un impasse, un bache, un atraso en elegir Sala de lo Constitucional.

La primera Sala de lo Constitucional que se eligió con la nueva normativa después de los Acuerdo de Paz y de la reforma constitucional tardó dos meses también. Pero yo no veo que vaya a ser un problema inmanejable en ningún sentido.

Cuando se iba a elegir el fiscal anterior era una cosa que se caía el cielo y la tierra. Eligieron tarde pero eligieron un fiscal que creo que ha estado mejor que los anteriores, para ponerlo de esa manera.

Siempre digo que en política las cosas, y sobre todo los acuerdos y las soluciones realmente importantes, se hacen siempre faltando cinco para las 12. Lo que pasa que tú vas a encontrar mucha gente que desde las 11:15 ya tiene un nivel de ansiedad y de histeria increíble.

Me preocupa, más que ese tema de la Sala, que las elecciones salgan con un nivel de desorganización y por tanto de falta de credibilidad parecido al de 2015. Eso me preocupa más. Ahí sí estaríamos hablando, sobretodo por ser dos ocasiones continuas, de un problema importante porque justamente se trata de la legitimidad del poder emanado de las urna, que es la esencia y almendra de la democracia.

Desde la firma de los Acuerdos de Paz, El Salvador ha tenido todos los problemas que vos le querrás poner pero hay uno que jamás ha tenido y es justamente este. Puede haber berrinches y cosas pero no ha estado en discusión seria el poder emanado de las urnas.

En cambio, si empieza a haber un problema, caos y desorganización como el que hubo que 2015 es preocupante. Y desde luego, esta Sala de lo Constitucional que va a terminar en 2018 ha creado un precedente complicado, porque ha habido una línea de excesiva interpretación y de habitual desapego a los sentidos más obvios y a los significados más claros de la letra misma. La interpretación debe sobrevenir cuando la letra no es clara; pero cuando es clara la letra, no.

Creo que una Sala que ha interpretado tanto y que ha puesto tantos principios exógenos a la voluntad misma del legislador ha creado un precedente complicado. Estos por lo menos son decentes -los cinco que había y los cinco que hay. Si nos llega a salir una Sala de lo Constitucional con gente que no ha sido tan decente, con este precedente, será complicado.

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En un documental usted dijo que hace 30 años los jóvenes se hicieron cargo del país, más allá de las valoraciones sobre las decisiones tomadas. Hoy se habla de que los jóvenes están alejados de la política. ¿Cómo se logra un repunte de mayor compromiso y protagonismo en un contexto en el que los políticos son sinónimos de decepción en la opinión pública?

Francamente no lo sé. Parece que es un fenómeno de épocas. Hay épocas que son más espirituales, más intelectuales, y épocas que son menos en esa dirección. Por ejemplo, a unos jóvenes que dicen que todo está mal y no se meten a tratar de arreglarlo no los comprendo.

Pero me preguntas qué habría qué hacer con esos jóvenes, no lo sé. Están completamente aburguesados, acomodados, dan por garantizada toda su vida y por alguna razón no ven que tengan un rol en meterse a cambiar las cosas. Pero aún eso está cambiando.

Veo una media docena de expresiones de jóvenes desde hace tres, cuatro, cinco, seis años. Los veo que comienzan a estar muy involucrados, a pensar sistemática, periódica y ordinariamente sobre la política, sobre los problemas del país.

Se ven, por ejemplo, en las páginas de este Diario. Sinceramente, no es porque yo esté en El Diario de Hoy, pero veo mejor esta plataforma que otras. No es la única, pero si tú anotas la cantidad de jóvenes que están comenzando a escribir periódicamente se observa algo importante. Por supuesto no todos son buenos, pero no todos los viejos son buenos tampoco. Entonces veo expresiones de compromiso de jóvenes ahora más que hace 10 o 15 años. Pero en general sigue siendo válido decir que hay una apatía.

¿En qué se evidencia esta apatía?

Lo ves en las cifras de muchachos que iban a cumplir años a tiempo para votar en 2018 y que podían, aún no habiendo cumplido años, tener la prerrogativa de estar en el registro del padrón electoral y no la utilizaron.

La mayor parte de los que tenían esa prerrogativa no les interesó, siendo un trámite tan sencillo. Entonces a nivel sociológico el fenómeno dominante sigue siendo apatía, como forma de expresión del desencanto y no de luchar para cambiar las cosas.

“Para terminar el quinquenio con mejores resultados habría que hacer cambios en el equipo de gobierno”: Salvador Samayoa

Además, para el observador político, los errores de uno y otro bando han provocado que la Sala de lo Constitucional deba dirimir asuntos que debieron resolverse en la arena política.

Salvador Samayoa hizo una evaluación del tercer año de gobierno de Salvador Sánchez Cerén. Foto de Archivo.

Entrevista de Enrique Miranda y Ricardo Avelar, 2 junio 2017 / EDH

Salvador Samayoa ve que en el país no hay una tradición de caudillismo que haga pensar que haya espacio para un líder mesiánico. Todavía ve una institucionalidad fuerte y cree que el tema de la seguridad pública y la reforma de pensiones puede llegar a buen puerto si el partido oficial logra entablar acuerdos con el resto de partidos políticos. Acá sus respuestas sobre diversas áreas de los tres años de Sánchez Cerén:

Tras un congreso del FMLN, se definió una línea estratégica que dejaba preocupación por su poco compromiso con la institucionalidad. ¿Es en la práctica el camino consciente del FMLN? ¿Están debilitando las instituciones?

No creo que están debilitando las instituciones. Pecan más de pensamiento y de palabra que de obra. Si la oposición política y social fuera más débil, tal vez el FMLN caería en la tentación de suprimir la independencia de poderes, a juzgar por su amistad e identificación con regímenes antidemocráticos, como el de Venezuela.

Sobre una posible incapacidad en la gestión, ¿hacia dónde debería transitar el FMLN para terminar este gobierno con mejores resultados? ¿Qué rol debería jugar la oposición en este proceso más allá de solo denunciar los errores?

La incapacidad es relativa. El gobierno tiene áreas que maneja de manera aceptable y áreas muy deficientes. Para terminar el quinquenio con mejores resultados y con mayor sentido de concordia y de unidad nacional, habría que hacer cambios importantes en el equipo de gobierno, y habría que llegar muy pronto a un acuerdo fiscal que le dé oxígeno y estabilidad al gobierno a la vez que desmonta o alivia las ansiedades y desconfianzas de otros sectores. Lo más necesario en este momento es la confianza para dinamizar la inversión, el crecimiento y el empleo.

Crisis de medicamentos y convulsión a nivel laboral

Hemos visto ataques duros a la Sala de lo Constitucional, denuncias del grupo promotor de que el Gobierno se quiere tomar el Instituto de Acceso a la Información y denuncias de los empresarios por saltarse el procedimiento del aumento al salario mínimo, entre otros. ¿Está en riesgo la institucionalidad del país?

Creo que no hay que exagerar los riesgos, pero tampoco podemos dormirnos. La clave está en la correlación de fuerzas que surja en las elecciones del 2018. Mientras haya un conjunto de partidos que respetan la democracia y que cuentan con dos tercios de los votos en la Asamblea, no hay mayor problema, aunque difieran en otros temas de la agenda nacional.

Si hubiese un ánimo de debilitar las instituciones y desconocer las reglas del juego democráticas, ¿qué caminos tiene El Salvador para no seguir la senda de otros países que han erosionado la institucionalidad?

Las preguntas son un poco reiterativas y todas parten de la premisa de una amenaza inminente a la democracia en nuestro país que yo no comparto. En todo caso, el antídoto a esa amenaza es la construcción de partidos fuertes, mayoritarios de preferencia, la preservación de medios de comunicación independientes y la vigilancia permanente para evitar la corrupción en la Fuerza Armada. Los pueblos que cayeron en las garras de regímenes autoritarios o dictatoriales descuidaron esas tres cosas.

Tres años de amenazas constantes a la institucionalidad

Si El Salvador sigue sin demostrar mejoras en servicios públicos y sin mejorar sustancialmente la inseguridad, ¿puede el descontento llevarnos a optar por liderazgos antipolíticos y mesiánicos? ¿Es el arraigo partidario suficiente para derrotar este fenómeno?

No creo que en El Salvador ocurra algo como eso. El sistema de partidos en nuestro país, con todas sus deficiencias, es más sólido que en los otros países de Centroamérica. El caudillismo, como en Nicaragua o Venezuela, es ajeno a la historia y a la cultura de los salvadoreños. Es posible -nos ocurrió hace poco- que algún político mediático nefasto sorprenda la buena fe de los electores, pero no veo probable un fenómeno de mesianismo. Dicho esto, es obvio que a mayor desesperación de la gente por la inseguridad y el desempleo, mayor el riesgo de implantación de algún liderazgo de este tipo.

Pensando a mediano plazo y en vista del mal desempeño de ambos partidos, ¿qué tan sostenible es el “bipartidismo salvadoreño”?

No tenemos un bipartidismo estrictamente tal, como en los Estados Unidos o como en Honduras hasta hace poco tiempo. Tenemos predominio de dos partidos más fuertes que los demás, pero siempre hay dos o tres partidos con suficientes votos para darle juego y vigencia efectiva al sistema de contrapesos, aunque en ocasiones han prestado “servicios de gobernabilidad” con pautas de corrupción.

15,700 homicidios en estos tres años de gobierno

La reforma de pensiones es la gran batalla del Gobierno y ya hay tres propuestas: la del FMLN, la de la Sociedad Civil y la de Gana. ¿Cree que se logrará una solución técnica o será más política en este tema?

Creo que la discusión se ha ido depurando con el paso de los meses. No es ahora tan enconada como a fines de 2015 y los primeros meses de 2016. El FMLN sabe que no tiene los votos para el modelo que quería impulsar y sería poco inteligente que insistiera en un camino que no va a ninguna parte. La propuesta de la ICP tampoco es la panacea. Tiene unos supuestos muy discutibles. La propuesta de GANA no es confrontativa. En este punto todos saben que es hora de una buena y pronta negociación.

En Seguridad Pública se ha pasado de una tregua a mano dura en los penales y un discurso a favor de la prevención, pero la escalada de violencia sigue. ¿Qué hace falta al gobierno para sacar adelante este tema?

Creo que el gobierno ha avanzado un buen trecho en el combate a las pandillas, que constituyen el principal factor de violencia en el país. Creo que debe seguir en esa línea de combate, sin incurrir en abusos o violaciones de derechos humanos, y debe poner un esfuerzo convincente en el componente social de la estrategia, particularmente en el mejoramiento de barrios populares y en la transformación de las escuelas e institutos que sirven a esos asentamientos.

Bajan los homicidios pero sigue la inseguridad

Le queda un año a esta Sala de lo Constitucional considerada independiente por todos menos por el FMLN. ¿Qué escenario vislumbra para la elección de los nuevos cuatro magistrados si se mantiene la correlación legislativa actual en 2018?

Habría sido mejor que la Sala tuviera menos protagonismo y suscitara menos ansiedades y anticuerpos, pero los errores del FMLN y la incapacidad de la oposición han terminado cargando a la Sala con muchos conflictos que debieron dirimirse en instancias políticas. Eso ha convertido la elección de los próximos magistrados en la madre de todas las batallas. Si el FMLN no corrige discurso y no rectifica pronto y de manera efectiva algunas áreas estratégicas de su gestión, podría perder escaños de los 31 que actualmente tiene. En ese escenario, la elección de magistrados sería difícil, pero viable. Si el FMLN obtiene al tercio del veto, será muy complicada la elección de magistrados independientes.

Lo que falta por andar. De Salvador Samayoa

Salvador Samayoa, 2 junuo 2017 / EDH-Observadores

Cada vez que se cumple un año de gobierno, el presidente rinde su informe al tiempo que las casas encuestadoras y la “comentocracia” del país dedican extensos espacios al análisis de su desempeño. La evaluación se hace como cada uno la entiende, o como a cada uno le conviene. Defensores y detractores van a lo suyo. Unos a exaltar las muchas buenas obras del gobierno, otros a proclamar lo mal que está todo y lo mal que se hace todo. No es el día nacional de la ecuanimidad. La crítica, aunque sea injusta o excesiva, es mejor que la apología para la salud de la democracia. Al poder –ya se sabe– es mejor llevarlo corto.

En ese sentido, cuando se trata de evaluar al gobierno, la condescendencia está fuera de lugar. La vara de medir no puede reducirse al reconocimiento de un listado de obras realizadas o de servicios públicos prestados. El gobierno central es una empresa con casi 140,000 empleados y miles de millones de dólares para gastar. Es obvio que algunas cosas hará. Faltaría más. Con esa cantidad de recursos -y con mucho menos, por cierto- se pueden hacer bastantes obras. Pero la esencia, el sentido, la razón de ser del gobierno y, por tanto, la vara con la que debemos medir su desempeño está en otra dimensión. Aquí y en cualquier parte del mundo, la gente quiere ante todo seguridad, libertad y buenos empleos. Lo demás puede ser útil y bien recibido, pero los pueblos juzgarán siempre a sus gobiernos por estas tres condiciones fundamentales.

Cuando la gente opina sobre la situación económica, no está pensando en el índice Dow Jones, en el déficit fiscal o en la tasa LIBOR. Esa es jerga de elites. La gente sabe bien si tiene o no tiene trabajo, se vende o no vende, si están abriendo o cerrando fábricas, si lo que gana alcanza o no alcanza para vivir. Por supuesto, si no tiene ingresos buenos y estables, necesitará y pedirá ayudas, tal vez en forma de “programas sociales”, pero lo que más quiere, lo que realmente sirve a su dignidad y a sus aspiraciones, lo que realmente le da bienestar es tener un buen empleo o una buena empresa propia para andar por la vida sin muletas, con la frente en alto y con el optimismo a flor de piel.

Desde esta perspectiva, la evaluación del desempeño del gobierno es negativa y así lo expresa la gente en las encuestas. La economía está estancada o reduciendo sus factores de crecimiento, los empresarios se quejan de trabas burocráticas, hostilidad en oficinas de gobierno y desincentivos de índole diversa. En materia de seguridad no se ve todavía la luz al final del túnel, y en materia de libertades, las capas medias y las elites viven preocupadas por las frecuentes adhesiones partidarias y oficiales a regímenes autoritarios o dictatoriales. Esta conclusión o balance general se puede sostener sin caer en el fanatismo y la ceguera de los que no pueden reconocer áreas administrativas aceptables o buenas obras en la gestión gubernamental.

En estos días se derramarán ríos de tinta y se subirá al ciberespacio cualquier cantidad de “gigabytes” en elementos de información y de valoración sobre el último año, o sobre los tres años que lleva en la presidencia Salvador Sánchez Cerén. Algunos se referirán con mayor hondura a los ocho años de gobierno del FMLN, y bien merecidos tendrá el partido los palos que le caigan por no haberse distanciado nunca de tan funesto predecesor. Pero además de este necesario y entretenido ejercicio de poner la vista atrás, también será útil pensar en el futuro, en los dos años que restan al gobierno del presidente Sánchez Cerén.

Viendo hacia adelante, son bastante claros los asuntos que el gobierno debe cambiar para mejorar significativamente su gestión. El primero, sin duda, es un fuerte viraje de timón en todo lo que concierne al clima de inversión. A diferencia de su predecesor, el presidente Sánchez Cerén no ha caído en la acritud de las diatribas furibundas y las amenazas cotidianas al sector empresarial, pero muchas decisiones y manejos en su partido y en diversos sectores de su gobierno, algunos del tipo de insufribles trabas burocráticas, otros del tipo ideológico antiempresarial y otros, especialmente los manejos fiscales, directamente obstructivos, han minado de manera severa la confianza de los inversionistas, hasta el punto de dejar al país en los niveles más bajos de inversión en toda la región. Es hora de una apuesta consistente por el círculo virtuoso de confianza-inversión-crecimiento-empleo-bienestar social-sanidad fiscal.

Y hablando de sanidad fiscal, el problema de las finanzas públicas ha estado consumiendo la presidencia de Sánchez Cerén. Según datos del FMI, heredó un pesado aumento de casi 2 % del PIB en remuneraciones, correspondiente al último año de Saca y a los cinco años de Funes. Según la misma fuente, el déficit fiscal aumentó en ese mismo período casi 1 % del PIB, y la deuda pública 8 % del PIB. Habiendo optado por la inercia de la continuidad, el gobierno ya no pudo, o no quiso, o no supo cómo frenar en esa bajada fatal.

Ahora está contra las cuerdas. Ahora tiene que llegar muy pronto a un acuerdo con la oposición para el ajuste fiscal y el financiamiento de corto y mediano plazo de toda la actividad gubernamental. El arreglo está avanzado y no es tan complicado, pero el gobierno tendrá que hacer concesiones en pensiones y tomar un par de cucharadas amargas para comenzar a sanar. Si no lo hace, mejor dicho: si no lo hace ahora, vendrá una crisis desastrosa e inmanejable con altísimos costos para la presidencia, para el partido y para toda la población.

En otro orden, de menor sustantividad pero de considerable conflictividad, el gobierno tendrá que reconsiderar su política exterior y su estrategia de seguridad. Las dos minas le pueden estallar. Cuando terminen los discursos del tercer año de gobierno, estos son los retos que deberá enfrentar.

Por qué celebramos el XXV aniversario del Acuerdo de Paz. De Salvador Samayoa

Salvador Samayoa fue firmante de los Acuerdos de Paz por parte de la guerrilla. Actualmente es analista y observador de la realidad política. | Foto por Menly Cortez

Salvador Samayoa fue firmante de los Acuerdos de Paz por parte de la guerrilla. Actualmente es analista y observador de la realidad política. | Foto por Menly Cortez

Salvador Samayoa, 11 enero 2017 / EDH-Observadores

De conformidad con la proyección de población realizada por la Dirección General de Estadística y Censos, la pirámide poblacional 2016 nos revela una composición de grupos etarios realmente impresionante. Resulta que unos 3,200,000 salvadoreños están en el segmento de 0 a 24 años, aproximadamente 1,000,000 en el segmento de 25 a 34 años, y el resto, unos 2,300,000 son mayores de 34 años. Eso significa que una cantidad muy grande de personas, casi la mitad de la población total del país (49 % para ser exactos), no había nacido cuando terminó la guerra. Si a esa cantidad agregamos el grupo etario de 25 a 34 años, tenemos que más de cuatro millones de nuestros compatriotas (4,200,000, el 64.6 % de la población actual de El Salvador) no habían nacido o tenían menos de 10 años cuando se firmó el Acuerdo de Paz.

observadorA estos jóvenes menores de 34 años, que no vivieron en absoluto el enfrentamiento armado, o estaban demasiado pequeños para vivirlo de manera consciente y recordarlo ahora de manera más o menos lúcida y articulada, cualquiera les dice que estamos igual o peor que antes, que la paz “solo” fue la terminación de la guerra, como si eso fuera algo carente de valor o de importancia para la vida de cada uno y para la situación del país.

Tal apreciación es, sin duda, equivocada. Sin restar importancia a la violencia de pandillas que ahora abate a tanta gente, es obvio y debe establecerse claramente que la guerra y la violencia política generalizada es incomparablemente más dura y más grave que la violencia delincuencial. Una guerra afecta a todos, sin excepción. Además de los muertos -que siempre son muchos más de los que las partes reconocen y los medios registran- deja decenas de miles de lisiados y mutilados; destruye carreteras, puentes y otras infraestructuras; incendia bosques, praderas y sembrados, arrasa comunidades y caseríos, produce matanzas de pobladores atrapados en las zonas de conflicto y expulsa de sus hogares a cientos de miles de personas. La guerra no se hace con armas cortas, la gente sufre, sobre todo en el campo, con los bombardeos aéreos y el fuego de artillería. La gente sufre con los atentados y las explosiones en cualquier momento y en cualquier parte. El nivel de destrucción material y la distorsión de todos los circuitos sociales es descomunal.

El enfrentamiento armado interno, igual que los conflictos internacionales, termina otorgando poderes extraordinarios a los gobiernos, incentivando la prepotencia de los ejércitos enfrentados, esgrimiendo razones de Estado para justificar toda suerte de excesos, abusos y violaciones a los derechos humanos; termina imponiendo el estado de sitio, restringiendo todas las libertades de los ciudadanos, produciendo temor e incertidumbre, generando desconfianza entre las personas, dividiendo a las familias, envenenando la convivencia y sumiendo en la desesperanza a casi toda la población.

Nosotros no olvidamos los años aciagos. Que nadie venga a decirnos ahora que terminar con la guerra y con todas las formas de violencia política no fue un hito de gran trascendencia en la historia del país. Si vivir en paz -en esta paz que “solo” es ausencia de guerra y de violencia política- no es importante, habría que preguntar si están de acuerdo con semejante ligereza a los pueblos que en los últimos 25 años, mientras nosotros vivíamos en paz, sufrieron la continuación interminable de sus conflictos internos o el estallido de guerras terribles.

Los que no valoran la paz como fin de la guerra, que vean el inmenso sufrimiento de millones de personas en zonas o países como la franja de Gaza, Afganistán, Irak, Bosnia, Georgia, Somalia, Burundi, República Democrática del Congo, Ruanda, Chechenia, Kosovo, Siria, para solo citar algunos de los conflictos más sangrientos de los últimos años; o el tremendo desasosiego en ciudades como Nueva York, Madrid, Londres, Bruselas, París, Estambul, Bali, Argel, Mumbai o Casa Blanca, que sufrieron atentados terroristas demenciales, como forma extrema del odio, la intransigencia y la violencia.

Definitivamente no tener una situación de guerra, de amenazas terroristas o cualquier otra forma de violencia política es una inmensa bendición. Por eso conmemoramos y celebramos el XXV aniversario de nuestro Acuerdo de Paz.

Por eso y por otras razones importantes, porque el Acuerdo de Paz, además del cese del enfrentamiento armado, produjo una reforma fundamental del sistema y un cambio crucial en la convivencia política. En este sentido, conviene recordar, por ejemplo, que algunas de las libertades que ahora se dan por obvias y garantizadas no existían o estaban muy restringidas, especialmente en las dos décadas anteriores al conflicto armado y, por supuesto, en la propia década del enfrentamiento. Hubo tiempos en los que se ponían cargas de dinamita en las instalaciones de imprentas, periódicos y radiodifusoras para amedrentar o suprimir la información alternativa o el pensamiento disidente. Con el mismo fin, incontables intelectuales y opositores políticos fueron perseguidos, encarcelados y en muchos casos torturados, desaparecidos o asesinados. ¿Cómo no vamos a celebrar la libertad de expresión irrestricta de la que gozan ahora todas las personas y todas las corrientes políticas, aunque no siempre se haga un uso responsable de la misma?

En aquellos tiempos los militares hacían uso de las armas para determinar el curso de los acontecimientos políticos; y los insurgentes, a su manera, también. El Acuerdo de Paz zanjó esta deformación histórica y estructural del poder mediante una amplia reforma institucional del sector militar. A partir de tal reforma pudo conminar a la Fuerza Armada advirtiéndole que podía conservar las armas, pero sin intervenir en la política; y a los insurgentes, que podían participar en la política, pero debían dejar las armas. ¿Cómo no vamos a celebrar ahora el crucial atributo democrático de una Fuerza Armada profesional, apolítica, subordinada realmente al poder civil y respetuosa de la voluntad popular, hasta el punto de ser motivo de orgullo nacional?

Conmemoramos y celebramos también la renovación institucional de la Corte Suprema de Justicia emanada del Acuerdo de Paz. Tal vez haya tardado algunos años en comenzar a hacer más visibles y más relevantes los frutos de su reforma, pero es indudable que mucho de la necesaria y esperanzadora lucha que ahora libra el Estado contra la corrupción y la impunidad tiene su origen en la independencia política de la Corte Suprema, de la Fiscalía General y de otras instituciones creadas, fortalecidas o renovadas por el Acuerdo de Paz. No todos van a estar de acuerdo, por supuesto, con cada sentencia judicial. En ese sentido, será siempre lícito opinar o disentir, pero lo decisivo para la democracia, el gran salto histórico y cultural en nuestro país, es que la justicia sea independiente del poder político -a diferencia del pasado- y que los otros poderes hayan tenido que acatar sus resoluciones como manda la Constitución.

La reforma política pactada en el Acuerdo de Paz transformó también el poder electoral. Este fue un logro de incalculable valor histórico para la estabilidad y para la convivencia nacional. Volviendo a la pirámide poblacional, unos 4,950,000 salvadoreños -casi cinco millones- tienen ahora menos de 44 años. Eso significa que el 75 % de la población actual no había nacido cuando se produjo el gran fraude electoral de 1972. El fraude se repitió en 1977 y amplios sectores llegaron a la conclusión de que era imposible acceder al poder por medios pacíficos y democráticos, es decir a través de elecciones libres. En los últimos años hemos tenido errores administrativos -algunos importantes-, reclamos, denuncias y calenturas pos electorales, pero no ha estado realmente en juego -como en el pasado- la legitimidad del poder emanado de las urnas. ¿Cómo no celebrar semejante desarrollo democrático?

Por estos y otros cambios históricos conmemoramos el XXV aniversario de una gesta casi fundacional, pero entendemos que ahora mucha gente, como en otros países, no está satisfecha, sino más bien frustrada, por lo que siente o ve como escasos dividendos de la democracia y de la paz.

El Acuerdo firmado en enero de 1992 resolvió los problemas políticos más agobiantes de ese momento, pero no podía resolver, ni siquiera imaginar, los problemas que tendríamos 25 años después. Tampoco pretendió el Acuerdo dar una solución, que tendría que haber sido casi mágica, al problema de la pobreza, o definir de antemano, de manera obligatoria para los siguientes cinco gobiernos, las políticas que debían generar el crecimiento y desarrollo económico y social. El acuerdo nos legó una reforma del sistema político acorde a ese período, unas reglas de juego democrático, unas instituciones públicas más modernas y un compromiso de todos los actores de renunciar a la violencia como recurso en la lucha por el poder o por la implantación de los modelos o idearios de cada quien.

En ese sentido, el Acuerdo nos legó un escenario nuevo para representar una obra nueva, pero no podía dejar escrita la obra, cuyos autores debían ser, a partir de ese momento, todos los salvadoreños, especialmente los intelectuales de diversas profesiones liberales, las fuerzas políticas, los líderes gremiales, los medios de comunicación y las elites económicas del país. En este desafío hemos acumulado una deuda histórica, especialmente con los más pobres y los más vulnerables; una deuda de lucidez, de solidaridad, de eficacia, de apertura al diálogo, de disposición al entendimiento y de compromiso para sacar adelante a nuestro país.

A la luz de este reconocimiento, hacemos votos para que el XXV Aniversario de la Paz nos obligue a reflexionar como nación y a recuperar el espíritu de aquella histórica negociación.

“Necesitamos erradicar la pobreza, la extrema pobreza y la inseguridad”: Salvador Samayoa

A 25 años del fin del conflicto armado, El Salvador vive todavía en un periodo de transición, afirma el firmante de la paz. Aunque dice que el país ha avanzado en democracia, tiene retos significativos que superar.

Salvador Samayoa fue firmante de los Acuerdos de Paz por parte de la guerrilla. Actualmente es analista y observador de la realidad política. | Foto por Menly Cortez

Salvador Samayoa fue firmante de los Acuerdos de Paz por parte de la guerrilla. Actualmente es analista y observador de la realidad política. | Foto por Menly Cortez

Mirella Cáceres, 5 enero 2017 / EDH

diario hoyLlegar al cuarto de siglo de haberse firmado los acuerdos de paz merece una celebración, dice Salvador Samayoa, quien fue parte del equipo negociador de los acuerdos de paz y firmante del documento histórico que dio paso a un nuevo escenario en el país: al de la fin de la guerra, a uno de “total libertad” para decir determinadas cosas, las que antes no se permitían porque eran reprimidas; un escenario en el que ahora hay elecciones legítimas, un nuevo sistema electoral, independencia judicial y el funcionamiento de las instituciones.

Pero para Samayoa, estos 25 años también deben invitar a hacer una reflexión, sobre todo de compromiso para sacar al país de problemas más acuciantes como son: la pobreza, la inseguridad, e incluso, para entrar en una discusión de qué modelo de Estado queremos.

Para ello, añade, la derecha y la izquierda necesitan ponerse de acuerdo y alejarse de sus posturas “dogmáticas” que no hacen bien al país.

Desde su perspectiva, el país vive todavía un periodo de transición desde la firma de la paz y cree que a lo mejor se requerirán de otros 25 años.

Se le ha dado mucha relevancia al hecho de que se cumplen 25 años de la firma del acuerdo de paz, ¿la tiene para usted?

En primer lugar la paz propiamente dicha, que es la terminación de la guerra, es un valor grande y fundamental en una sociedad y haberla mantenido durante 25 años es un valor suficiente como para merecer celebrar la fecha.

La paz, propiamente, es que termine la guerra y que termine la violencia política, que la gente no se mate para expresar sus opiniones o para resolver sus problemas. Eso es la paz y ese es un valor inmenso, yo lo celebro.

Pero hay otras cosas que celebrar como el hecho del advenimiento de la democracia que crea sus propios problemas. Los problemas que tenemos hoy en el ámbito político que tenemos hoy es el desarrollo de la democracia; antes teníamos problemas de falta de democracia, son dos cosas bien distintas.

Ahora tenemos problemas de si se usa o no se usa bien digamos la libertad de expresión; antes teníamos problemas de que no había libertad de expresión; antes le ponían una carga de dinamita al periódico, a la imprenta de la universidad, o lo desaparecían a uno, lo torturaban o lo asesinaban simplemente por decir determinado tipo de cosas.

Otra cosa distinta es si esa libertad se utiliza bien o no, ese es un problema de aprendizaje de democracia y de cultura democrática. Me dicen que hay problema o que no hemos avanzado porque el Frente vive peleando con la Sala de lo Constitucional. Yo estoy feliz de que el Frente pelee con la Sala de la Constitucional.

Eso significa que este órgano del Estado incomoda al poder político. Si nadie tuviera ningún problema querría que el Poder Judicial siga subordinado al poder político y no habríamos hecho nada. O hay complicidad. Lo veo algo normal en una democracia que haya diferencias e incluso reclamos fuertes, airados y desacuerdos entre órganos de Estado.

Aunque eso no se justifica que haya ciertas agresiones verbales, amenazas…

Eso sí no, eso sí ya es un problema también de cultura política que tendremos que afrontarlo todos. Ahora todos critican al Frente pero la pura verdad es que ARENA nunca estuvo gobernando con un Órgano Judicial independiente. Los problemas de los que tenemos hoy del sistema político son para mí por la falta de desarrollo de la democracia, no de falta de democracia; en ese sentido está mejor el país en tolerancia, en libertad de expresión, en funcionamiento de las instituciones.

¿Esas son las deudas que han quedado?

Esto en particular sí. Pero en cambio que lo que dicen que está mal, que es la violencia de las pandillas y la situación económica, eso sí está mal pero eso no es problema de los acuerdos de paz ni es atribuible al acuerdo de paz. Nosotros resolvimos hace 25 años los problemas que teníamos hace 25 años y ahora nos están diciendo: mirá, ¿y por qué no me resolviste también los problemas que íbamos a tener dentro de 25 años? Eso resolvelo vos, eso le toca a las generaciones y liderazgos actuales.

¿No depende de los acuerdos todo?

Los acuerdos de paz respondieron a la situación y resolvieron los problemas políticos que estaban en ese momento asociados al conflicto armado. Crearon un escenario de reglas del juego democrático para que en ese escenario democrático que no había antes pudieran estar todas las fuerzas políticas y que cada fuerza política que llegara al poder pudiera avanzar en la transformación del país. Si luego no lo han hecho, si gobierno tras gobierno, nacional o gobiernos locales parecen que son la misma cosa y parece que no resuelven, pero ese es problema de los partidos políticos. El acuerdo de paz lo que dejó fue un escenario de reglas de juego democráticas. ¿El acuerdo cómo va asegurar que lo van a hacer bien los que lleguen al poder?, eso no se puede.

¿Es problema de ejecución del acuerdo?

Pero no es problema del acuerdo de paz, lo que el acuerdo logró es una reforma del sistema político para que fuera democrático y logró que no estuviera deformado el poder político por la presencia del Ejército en la política, y logró que no hubiera violencia política, y logró que hubiera elecciones de verdad, libres, esos son logros buenos.

¿Quedó algo fuera del acuerdo?

La verdad que no y no es porque crea que son perfectos, sino que los acuerdos eran políticos para reformar el sistema político y esa reforma en general, en todo lo fundamental, se hizo bien; por supuesto el acuerdo no abordó, pero era porque no debía abordarlo, era el problema económico del país.

Algunos apuntan eso, que había que sentar algunas bases para reformar el sistema económico.

Sí, pero yo discuto con ellos. ¿Por qué no piensan un poquito: y cómo va a resolver un acuerdo de paz que, por definición y esencia como un acuerdo político, va a resolver los problemas económicos de un país así en general y en plural, si en primer lugar a un país que ha progresado le ha tomado décadas hacerlo?; en segundo lugar, hubiera sido una contradicción si estamos diciendo precisamente que hay que dejar que llegue al gobierno, cosa que no ocurría antes, que la gente quiere, una vez que lleguen hay que dejar que hagan su programa, para eso los eligió la gente. Y cómo se les ocurre que en un acuerdo político le íbamos a decir a todos los gobiernos que iban a venir: ‘sabes qué, vos vas a gobernar pero ya te tenemos de antemano trazado qué es lo que vas a hacer con lo política, con los programas económicos’. Eso no se puede. Yo creo que el no haber intentado resolver los problemas económicos del país no solo no es una carencia del acuerdo, sino que fue un acierto del acuerdo de paz, fue no estafar a la gente, no engañar a la gente.

No se estaba firmado la solución a todos los problemas del país.

Exacto, se estaba firmando la paz, es otra cosa diferente, y así hay que verlo.

Fuera del tema económico, ¿hay otro aspecto que a su juicio debió incluirse?

Evidentemente no hicimos mayor cosa por avanzar en la legislación de regulación de partidos políticos por decir algo, eso sí es cierto, pero como digo las cosas son todas en su momento… Pero yo no puedo resolver hoy los problemas de pasado mañana que ni siquiera sé cuales van a ser. Entonces, sí hay cosas que no tocamos como esa de los partidos políticos, que por cierto son los grandes deudores y no el acuerdo de paz. Hay cosas, como ha quedado demostrado, como del sistema electoral en sí mismo que no tocamos; alguien le puede decir, pero con la visión que tenemos ahora, ‘qué rico y qué fácil, y por qué no acordaron la separación de funciones administrativas y judiciales del TSE?’. Esperate, vamos por pasos, si en aquel momento lo primero que teníamos que hacer y que logramos es que hubiera un Tribunal Supremo Electoral digno de confianza, ahí donde antes había un Consejo Central de Elecciones impuesto por el partido oficial y que por tanto no daba libertad ni confianza. Entonces lo que resolvimos fue el problema de la legitimidad del poder emanado de las urnas. Ya una vez ese poder es legítimo porque la autoridad electoral no está manipulada vamos resolviendo otros problemas. Pero esa es la agenda que los partidos políticos debieron haber ido resolviendo en el nuevo escenario de democracia.

¿No han evolucionado los partidos, democráticamente hablando?

Sí, han evolucionado, pero poco.

¿Los han venido obligando con fallos o sentencias judiciales?

Exactamente, por fallos judiciales se ha venido reformando el sistema de partidos. Es una deficiencia de los partidos políticos pero no es una deficiencia del acuerdo de paz.

Entonces, para entender la importancia y el significado de los acuerdos de paz, hay que ubicarse en el tiempo…

Así es, ¿todo lo que vino 25 años después es culpa del acuerdo de paz? Tampoco, yo creo que no. El acuerdo de paz lo tenemos que celebrar como un logro histórico en su momento del país que permitió a las fuerzas políticas dialogar, negociar sin matarse. Lo harán mejor, lo harán peor, se estancará, todo eso ya es normal, pero antes no se podía.

¿Qué ve en términos de independencia, que es parte del espíritu de los acuerdos?

Es parte fundamental, es uno de los pilares de la reforma política que hicimos, lograr la independencia judicial, el hecho de haber puesto la forma de elegirlos diferente y de haber creado el Consejo Nacional de la Judicatura, todas las cosas que se hicieron en esa dirección están rindiendo sus frutos.

Aunque siempre hay cuestionamientos en su elección, ¿que hay de las cuotas partidarias?

Siempre hay y siempre habrá.

¿Será difícil despartidizar las instituciones?

Es que somos seres humanos y nadie está exento de ciertos condicionamientos políticos, pero los magistrados que tenemos no son militantes orgánicos, podrán tener sus simpatías pero tienen derecho a tenerla como cualquier ciudadano. Creo que los órganos están funcionando con independencia. En algunos casos no porque han elegido funcionarios con compromiso, fiscales generales en el pasado. Por eso hay que ver esto como proceso histórico, los procesos históricos no son lineales, tienen avances, retrocesos, discontinuidades… La gente tiene tendencia a ver solo un momento y nosotros estamos en un periodo de transición del país, que dura; tenemos 25 años y probablemente va a durar otros 25 años.

¿Y este destape de casos de corrupción lo ve como una herencia de los acuerdos, de esa institucionalidad que dejó?

Indirectamente lo veo como una herencia del acuerdo de paz en el sentido que usted dice: hoy tenemos posibilidad de tener instituciones independientes del poder político y antes no, eran tapadera de la corrupción las instituciones. Tener una Sección de Probidad buena, ya ve que gobiernos de ARENA trataron de obstruirla. Ha tardado que tengamos esta expresión y sobre todo esta sinergia, pues una golondrina no hace verano. Hoy se ha juntado que tengamos una buena Sala de lo Constitucional con un buen Fiscal, buena Sección de Probidad de la Corte, la creación del Instituto de Acceso a la Información… La Corte de Cuentas parece que por fin no va a ser apéndice de los dos o tres partidos políticos que se pusieron de acuerdo para tapar su… eso ha costado 25 años.

¿De qué manera nos invita a reflexionar los 25 años de los acuerdos?

Que hay ámbitos en los que tenemos que pensar como país. El primero sin duda es que tenemos que proponernos pero en serio, y este no es un asunto solo de los partidos, sino también de las instituciones, de las gremiales empresariales, de los medios de comunicación, de todos, que para los próximos 25 años sacar, pero de verdad no del diente al labio, de la pobreza y de la extrema pobreza a cerca de la mitad de la gente que todavía vive así. No deberíamos sentirnos bien con gente en nuestro país con tantas necesidades, y eso pasa por mejorar los servicios públicos, y mejorar la educación. Nunca hemos estado de acuerdo en qué hay que hacer para erradicar la pobreza. El otro reto es modernizar las instituciones sobre todo del sistema electoral y de partidos políticos para que la democracia siga fortaleciéndose. No dormirnos en los laureles de lo que se hizo hace 25 años. Hay que fortalecer el Estado, no hemos estado de acuerdo en cuál es el rol y la definición del Estado, ya ve que hay una fuerza política que aunque no lo diga, quería un Estado tipo Venezuela o Nicaragua, y es hora de solventar de una vez y por siempre esa discusión del modelo de Estado que queremos. El tercer reto es sin duda el de la seguridad, sobre todo con el componente de las pandillas que hay que resolver.

Ante estos escenarios se vuelve a hablar de que se necesitan nuevos acuerdos. ¿Usted lo ve necesario?

Yo creo que sí por lo que le decía, porque no hemos estado de acuerdo en cómo erradicar la pobreza, necesitamos acercarnos, mover un poco las posturas. La derecha sigue pensando de manera simple que lo único que hay que hacer es quitarle regulaciones y obstáculos al capital para que haya inversiones y que las inversiones van a hacer que haya empleo y que el empleo es la mejor política social. En la medida que haya crecimiento económico esto va a rebalsar para todos. Yo simpatizo con esa visión pero siempre y cuando no lo absoluticen porque luego resulta que no rebalsa tanto y que siempre son unos pocos los que se benefician de ese crecimiento. Entonces la derecha tiene que ponerle un factor de corrección a esa visión que tiene. Y del lado de la izquierda creen que todo es de redistribuir la riqueza que ya hay en vez de crear riqueza nueva.

Y de estatizar y de controlar…

Cómo estatizo, cómo regulo, cómo controlo, cómo le quito a través de mas impuestos mas dinero a más gente para distribuírsela a otra. Y así es el camino seguro a la miseria de todos, entonces la izquierda tiene que hacer un alto en la ruta.

¿Estamos entre dos extremas?

Es que no es porque sean extremos, es que son dos visiones equivocadas que las tienen que cambiar porque son dogmáticas. Cuando la derecha convierte esa tesis del crecimiento y del rebalse en un dogma y no se abre a analizar bien, allí están equivocándose. Y cuando la izquierda convierte sus políticas redistributivas en la manera de hacer esto, también se están equivocando. Necesitamos las dos cosas, lo mejor de las dos visiones.

¿Pero eso necesita de un acuerdo?

Necesita de un dialogo de verdad, serio, una comunicación, una apertura, una actitud de escuchar y de cambiar, y eventualmente acuerdos.