migración

Carta a la Migra: Dejen de joder a la gente. De Paolo Luers

22 diciembre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Acabo de regresar de un viaje relámpago a Europa. En una semana pasé por siete aeropuertos, y cuatro veces por migración: dos veces en Estados Unidos, donde las reglas básicas del servicio de migración son la desconfianza y el mal humor; una vez en Amsterdam, y al final para volver a entrar a mi propio país, El Salvador.

Los problemas que enfrentamos en los aeropuertos de Estado Unidos ya todos los viajeros los conocemos. Es una cuestión de paciencia y tragarse la rabia. Son inmensos ‘hubs’, donde se despachan diariamente millones de viajeros, y nunca entendí por qué someten a los que solo quieren transbordar para ir de paso a otros destinos y los someten al mismo escrutinio que los que entran a Estados Unidos. Alimentados de docenas de vuelos precedentes de todo el mundo, se forman colas interminables que avanzan a paso de tortuga. Como no había nada que hacer, y para no volverme loco, tomé los tiempos al trámite migratorio: un promedio de 2 minutos, excepto para los muchos que son escoltados a las oficinas para ser sometidos a saber qué interrogatorios.

En Amsterdam, donde uno entra a la Unión Europea, región marcada por movimientos millonarios de refugiados, buscadores de asilo político, y migrantes que buscan trabajo, solo hubo una cola de 10 metros, y el promedio del trámite de control era de menos de un minuto. De bono navideño uno recibe una sonrisa y un “Bienvenido a Amsterdam”.

En el aeropuerto de Comalapa llegué a la 1 de la mañana, y para mi sorpresa me encontré con una cola igual de larga que en Houston y, en el viaje de ida, en Atlanta. Pero como de los 18 mostradores de migración solo estaban habilitados 5, y como aquí el promedio del tramite, por razones inexplicables, es de 4 minutos, salí del aeropuerto hasta las 3 de la mañana. Y esto con suerte, porque fui de los primeros que había salido del avión para alargar la cola formada por otros vuelos anteriores. Si no, hubiera salido tal vez a las 4am…

Mientras uno avanza, centímetro por centímetro en esta cola, y mientras a uno se le sube a cólera a niveles preocupantes para la salud mental, uno se hace varias preguntas: ¿Qué diablos hacen que tarde 4 minutos para ver si uno tiene orden de captura o algún impedimento para entrar al país? ¿Por qué no compran un software a los holandeses, en vez de usar un sistema diseñado por la inteligencia cubana? ¿Y qué impide a Migración prever, para cada hora del día y de la noche, el volumen de viajeros y habilitar los mostradores que sean necesarios?

No somos un país peleando con hordas de inmigrantes que quieren buscar su suerte en El Salvador. De hecho, durante las dos horas en la cola de Comalapa a ningún viajero le fue negado la entrada, tampoco hubo detenciones. ¿Cuál es el problema que a obliga a nuestras autoridades a hacer sufrir de balde a los trasnochados viajeros y a los familiares que afuera los están esperando, por cierto en un lugar inhóspito donde nadie se puede sentar, donde no hay pantallas que avisan de la llegado o las atrasos de los aviones?

Me acordé de mi último viaje en carro a Honduras. En El Amatillo, se tardaron 2 horas para despachar a los viajeros que estaban saliendo de El Salvador. Y en el otro lado, la “Migra” hondureña solo necesitaba 20 minutos para los trámites de entrada de la misma cola de personas y vehículos. ¿Cómo no llegar a la conclusión que algo está mal con nuestro “servicio” de migración?

De hecho, nuestra Migración no funciona con una filosofía de servicio al ciudadano, sino con una de seguridad. No es casualidad que aquí la “Migra” es parte del aparato de Seguridad, adscrita al Ministerio de Seguridad, y conducida por una comisionada de la PNC. Y las consecuencias no solo las sufrimos nosotros, sino igualmente los turistas y los que llegan al país por negocios o inversiones. Esto es una de las primeras cosas que habrá que cambiar el nuevo gobierno.

Saludos,

Posdata: Lo aquí escrito no va contra los agentes de migración, igual de fatigados y frustrados que los viajeros, sino contra los burócratas que tan mal administran este servicio.

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Duele ver a los que se van. De Erika Sadaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

5 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El miércoles 31 de octubre vi a la segunda caravana de salvadoreños sobre la carretera Panamericana y se me partió el corazón. A menos que alguien tenga hielo en las venas, es imposible no conmoverse al ver tanta gente desesperanzada. Hombres, mujeres y niños sin más que una mochila y un galón de agua para ir rellenando en el camino. Huyendo de la inseguridad, amenazas, hambre, la falta de oportunidades y la indiferencia y ligereza de nuestros líderes políticos. Tristeza total.

Este país y nuestra gente duelen, algunos días más que otros. Muchas personas, creo, ya se acostumbraron a ver las noticias de homicidios, violencia y corrupción, a escuchar los casos de familias que les toca cambiarse de domicilio porque sus colonias se han vuelto invivibles. Los retratos de la atrocidad individual lamentablemente ya no alteran tanto. Pero en estas últimas semanas los dramas humanos han tenido que juntarse para que les prestemos atención, formar caravanas y caminar en masa hacia los Estados Unidos. Esperan lograr juntos el camino que no se atrevieron a tomar solos.

Al ver todo esto es cuando alguien con corazoncito humano se pregunta, ¿dónde están todos esos funcionarios e instituciones que deberían estar evitando esta tragedia humana? ¿Dónde estamos todas las personas que hemos tenido la suerte de contar con condiciones de vida decentes para ayudar a los más necesitados? ¿Qué hemos hecho para apoyar o ayudar a alguien, cerca de nuestro entorno, a salir adelante?

¿Dónde está el Gobierno de El Salvador y su Presidente? El Ejecutivo prefiere lavarse las manos en teorías de la conspiración que asumir que le fallaron a la población. La Policía Nacional Civil se ha limitado a mandar un par de patrullas para que acompañe a la caravana en el camino hacia la frontera con Guatemala; más que garantes de la seguridad, parecen el cortejo de los que prefirieron caminar miles de kilómetros y esperan no volver por la falta de una vida digna. Los mandan a la buena de Dios en vez de brindarles opciones que los motiven a quedarse.

¿Dónde están los diputados de la Asamblea Legislativa? Todos esos que son expertos en presentar proyectos de iniciativa de ley de manera inmediata ante cualquier coyuntura, los que están más preocupados por endurecer las penas por amaños, nombrar hijos meritísimos o solicitar minutos de silencio. No se les ve preocupados por mejorar las leyes que ayuden a la gente a salir de la miseria, a generar las condiciones que incentiven a invertir más y que hayan más empleos. Tal parece que tienen prioridades muy distintas a las de la mayoría de salvadoreños.

¿Dónde están las instituciones de seguridad que tenían a su cargo garantizar el bienestar de estas familias? La Policía Nacional Civil, el Ministerio de Seguridad Pública y Justicia, la Fiscalía General de la República, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos, el Órgano Judicial tienen cuota de responsabilidad en la desesperanza, miedo y en la necesidad de estas personas de salir huyendo de sus municipios.

¿Dónde están los candidatos a la presidencia de la República intentado, al menos, brindarle una ilusión a toda esta gente? Las propuestas que están presentado para distintos sectores y departamentos se ven muy bonitas en la televisión, pero no he visto ninguna que considere a los desplazados por el miedo y el hambre. Tenemos a la vista los problemas reales que deben ser resueltos y en los que deberían enfocar alguna propuesta. Esta población sin motivos para seguir en el país también merece que les presten atención y ayuda.

Dejemos a un lado las teorías de la conspiración, por las cuales siempre buscamos encontrarle cinco patas al gato. Insisto, una persona que está bien en su país no se va para ningún lado. Hemos fallado como sociedad en generar condiciones en las que todos podamos vivir bien. Que esta tragedia humana nos sirva para poner los ojos en las cosas que importan. Duele ver a los que se van.

Carta a los presentes y futuros gobernantes: Ante el éxodo, ¿tienen respuestas? De Paolo Luers

30 octubre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

¿A alguien le extraña que haya gente que se mete en aventuras como las caravanas de migrantes que emprenden la marcha a la frontera de Estados Unidos?

A mi me extraña que no sean más.

Las 100 familias que en mayo de este año fueron desalojados del Espino sobrevivieron (no sé cómo) los 5 meses del invierno en un campamento precario cerca de la Cancillería – y todavía están ahí. No son usurpadores de tierra, nacieron en esta finca, como parte de la Cooperativa El Espino. Ni los desarrolladores que reclamaron estos terrenos, porque habían entregado a gobierno otros para construir la Diego de Holguín; ni a alcaldía de Antiguo Cuscatlán; ni el gobierno central han sido capaces de crear condiciones dignas, humanas y saludables para un grupo de no más de 100 familias. ¿Qué piensan ustedes que detiene a esta gente en nuestro país? ¿Por qué no se van a unir a una caravana de desesperación, si de todos modos van a dormir en la intemperie? Tal vez porque algunos de ellos por lo menos tienen algún tipo de trabajo, aunque sea informal. ¿Pero los que ni esto tienen?

¿Qué hacen ustedes, los gobernantes locales y nacionales, para darles incentivos de quedarse? ¿Qué hace la sociedad en su conjunto? No me digan que un municipio como Antiguo Cuscatlán, el más próspero del país, no puede absorber a 100 familias desalojadas, que siempre han sido parte de municipio? Tampoco me digan que el gobierno central no se puede hacer cargo a construirles viviendas, en vez de tratar de convenceros a mudarse a La Campanera.

Centenares de otras familias son desplazadas de sus viviendas y comunidades por la violencia. Unas huyen de las pandillas, otras de los operativos policiales – la mayoría de ambos. Pero el gobierno ni siquiera reconoce que existe el fenómeno masivo de desplazamiento interno, porque no coincide con la imagen propagandística que quiere vender de que nunca ha perdido control de muchos territorios. Muchos de estos desplazados ya han buscado llegar a Estados Unidos sin permiso migratorio. ¿Qué los detiene ahora que surge la opción de un éxodo colectivo, que sustancialmente baja los riesgos de viaje?

Si ustedes, los gobernantes, no responden a estas emergencias, la caravana de 300 personas que salió en estos días de El Salvador no será la última. Y las complicaciones que ya se están dando con Estados Unidos serán mucho más profundas…

Sumen a estos desplazados por violencia las familias que cada invierno son víctimas de inundaciones y cada vez pierden lo poquito que tienen – y pronto también la paciencia y la confianza en que ustedes, los gobernantes de sus municipios y de su país, en algún momento van a atacar de fondo la vulnerabilidad permanente en que ellos (sobre)viven. ¿Cómo los van a convencer a no unirse a la próxima caravana? ¿Con discursos y buenos consejos?

Hago extensa esta carta y estas preguntas a los futuros gobernantes, a los que pretenden gobernar luego de las próximas elecciones. ¿Cómo piensan afectar la vida de estos grupos vulnerables para que no tengan que ir a romperse la madre en las fronteras militarizadas de México y Estados Unidos?

Saludos,

Se van porque no hay de otra. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

29 octubre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Los hermanos lejanos no se van de sus países porque los engañan, se van porque no hallan vida que desarrollar en sus tierras. No nos engañemos ni hagamos teorías de la conspiración. Alguien puede ayudarles a pagar el viaje hacia los Estados Unidos, pero alguien que está bien en su país no se va para ningún lado.

Hemos visto en los últimos días cómo la caravana de migrantes que se dirige a la frontera entre México y Estados Unidos ha irritado las relaciones entre estos países y los pertenecientes al Triángulo Norte. El flujo de migrantes no es algo nuevo. Son miles de personas las que arriesgan sus vidas cada año en busca de un futuro mejor; pero hoy ya no lo hacen de manera individual, se han unido, convirtiéndose en un mar de gente que busca entrar a los Estados Unidos y cumplir el sueño americano. O salir de la pesadilla en la que lamentablemente se ha convertido Centroamérica.

En medio de las distintas coyunturas políticas en cada país, no han faltado voces señalando que se trata de un fenómeno creado con el objetivo de afectar imágenes políticas, generar percepciones de cara a las elecciones de medio término en Estados Unidos o distraer de las crisis políticas internas de Nicaragua, Honduras, Guatemala y El Salvador. Lejos de si la caravana de migrantes es una creación con fines políticos o un grupo de gente manipulada, lo cierto es que detrás de cada persona que decide caminar miles de kilómetros con sus hijos en brazos hay un drama humano, producto de la falta de oportunidades y la pobreza en el país que decidió abandonar.

Los problemas inician al interior de los países centroamericanos, en la incapacidad de los gobiernos de ofrecer las condiciones mínimas en las que una persona pueda desarrollarse. Se ha perdido el control de la seguridad pública y la gente ya no puede caminar tranquila en las calles. Los servicios públicos son de precaria calidad y las oportunidades de trabajo son escasas. En Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador rebalsa la corrupción, el dinero no se invierte en la gente, y cuando creíamos que ya pocas cosas son capaces de asombrarnos, la realidad se supera a sí misma y nacen nuevas razones para que los ciudadanos honrados se indignen.

El gobierno salvadoreño ha negado la existencia de la migración forzada producto de la violencia, y tuvo que ser la Sala de lo Constitucional la que obligara a reconocer el problema y a adoptar medidas para tratar de paliar la crisis. En la sentencia se expuso que existe un fenómeno de desplazamiento forzado de personas que tiene origen en el contexto de violencia e inseguridad que afecta gravemente a zonas controladas por las pandillas y en las afectaciones a derechos como la vida, integridad física, libertad y propiedad. Además, ordenó diseñar e implementar políticas públicas y protocolos de actuación orientados a prevenir el desplazamiento forzado de los habitantes del país.

La incapacidad del Estado salvadoreño de encontrar soluciones a problemas como el desplazamiento interno por motivos de violencia, la pobreza, la falta de oportunidades para obtener un trabajo digno, la desidia de combatir la corrupción que diluye el dinero que debería invertirse en la educación de los niños, en la salud de los trabajadores o las pensiones de los mayores, son factores que han agravado el éxodo masivo hacia el Norte.

La caravana de migrantes sigue su camino hacia Norteamérica. Y ojalá la tristeza que causa ver gente sin esperanza, con hambre y los temores embolsados en una maleta, haga reaccionar a todos los gobiernos involucrados; a los centroamericanos, en la búsqueda de soluciones a las raíces del problema; al estadounidense, a resolver la migración de una manera sensata, como una crisis humanitaria y no como una amenaza a su gente.

Mientras la mayoría nuestra gente sobreviva hasta con trescientos dólares al mes, mientras haya que esperar dos o más meses por citas en sistema de salud, mientras colonias enteras estén dominadas y amenazadas por pandillas, mientras solo se creen cinco mil empleos y necesitemos sesenta mil al año para jóvenes graduados, siempre habrá gente que se quiera ir. No hay que convencerlos mucho para que se vayan, se van porque no les queda de otra.

Cinco temas ineludibles. De Luis Mario Rodríguez

25 octubre 2018 / EL DIARIO DE HOY

La realidad obliga a los presidenciables a pronunciarse sobre cinco temas de trascendencia nacional: la situación fiscal, la inseguridad pública, la acefalía en la Sala de lo Constitucional, la elección del próximo Fiscal General de la República y la situación de los migrantes salvadoreños en los Estados Unidos. La indiferencia, el silencio y la superficialidad de los planteamientos no son opción. Se trata de materias de relevante importancia de las que depende la lucha contra la corrupción, el desarrollo económico y social y la protección de los derechos humanos. No incluir en sus agendas las medidas puntuales para cada uno de esos tópicos debe interpretarse como incapacidad para gobernar.

Los próximos cinco años marcarán la ruta hacia una de dos vías: el descalabro de las finanzas del Estado o el reordenamiento de la deuda pública. La primera nos encaminaría a un nuevo impago y al incumplimiento de las obligaciones con los acreedores internacionales; aumentaría el “riesgo país”, se incrementarían los intereses y no seríamos objeto de más préstamos. La firma de un pacto fiscal, por el contrario, impulsaría la implementación del plan de gobierno, reorientaría el destino del gasto público para más inversión y abriría un debate acerca de las fuentes para más ingresos, incluyendo, principalmente, los incentivos para el crecimiento económico.

La lucha contra el crimen debe enfocarse de manera diferente. El abordaje deber incluir los aspectos legales, financieros y estratégicos. El próximo presidente está obligado a discutir y acordar con los operadores de justicia, la policía y la Fiscalía General las herramientas jurídicas que permitan hacer frente a la delincuencia. Es necesario transparentar el presupuesto de seguridad y probar, con evidencias, los rubros a reforzar. La manera en la que se ha invertido el impuesto que resulta de la Ley de Contribución Especial para la Seguridad Ciudadana y Convivencia no ha demostrado su eficiencia. No hay resultados concretos con los que la autoridad justifique el sacrificio que hace la población pagando ese gravamen. La información es otro asunto a revisar. Los datos no son uniformes; no sabemos “quién pone los muertos” ni hay estadísticas claras que diferencien a los asesinados de los desaparecidos. Sin números y, peor aún, sin análisis riguroso y científico de la data, no hay táctica que resulte exitosa.

Por otra parte la transparencia, el acceso a la información pública y el combate a la corrupción son cuestiones ineludibles. La elección de cuatro de los magistrados de la Sala de lo Constitucional y del próximo Fiscal General está intrínsecamente vinculado a ese desafío. Las señales no son alentadoras. Los diputados cumplieron esta semana 100 días de retraso en la designación de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia. La apertura del proceso para elegir al titular de la FGR evidencia la intención de un “combo legislativo”. Los aspirantes a dirigir el Ejecutivo no han dado muestras claras para zanjar esta delicada trama. Ahora es el momento de manifestar el liderazgo que ejercerán sobre los grupos parlamentarios con los que tendrán que lidiar en los próximos tres años. No se les pide imponer candidatos a su conveniencia sino sugerir a los más capaces teniendo en cuenta los distintos baremos presentados por las organizaciones de la sociedad civil. Lo mismo aplica para el próximo Fiscal General. Una mala decisión puede descalabrar el ritmo que ha tomado la erradicación de este flagelo.

Finalmente los migrantes. La caravana de hondureños camino a Estados Unidos nos muestra el drama que viven millones de centroamericanos. En el caso de nuestros compatriotas, de otorgarle la razón la Corte Suprema de Justicia al presidente Trump, quedaría sin efecto la orden preliminar de suspensión que emitió el juez federal de distrito de San Francisco, en California, Edward Chen, que impide que el gobierno cancele por ahora el TPS para los inmigrantes de Sudán, El Salvador, Haití y Nicaragua. Eso significa que el 9 de septiembre de 2019 los más de 260,000 salvadoreños amparados al Estatus de Protección Temporal retornarían a suelo nacional ¿Cuál es el plan para insertarlos a la economía nacional? ¿Cuál será el impacto en las políticas de seguridad si en medio de los miles de repatriados vienen peligrosos pandilleros?

Gobernar en el próximo quinquenio no será nada sencillo.

La vida. De Cristian Villalta

Si el observador afila el ojo, se dará cuenta de que esta Copa del Mundo es un testimonio de los efectos de la inmigración en Europa Occidental.

8 julio 2018 / La Prensa Gráfica

Crecí creyendo que los belgas, todos, eran como Tintín. El personaje de Hergé, además de rubio, intrépido, más bien chaparro y suma de todas las virtudes, es reportero. Y uno de los buenos, como lo demuestra en sus múltiples aventuras, investigando crímenes y estableciendo contacto con todo tipo de culturas.

Una de sus pesquisas lo lleva al Congo belga, que es como se conoció durante medio siglo a lo que ahora es la República Democrática del Congo. Y ahí, en unas oprobiosas páginas, Hergé más que Tintín exhibió todo su colonialismo, esa sofisticada versión del racismo de la cual Bélgica, Alemania, Francia, Italia y España padecieron hasta la Segunda Guerra Mundial.

El libro fue un éxito de ventas, como prácticamente todo lo producido por Hergé. Y claro, aunque criticado hasta la fecha e incluso objeto de un extemporáneo juicio por racismo en 2016, reforzó la cosmovisión de varias generaciones.

Solo el fútbol, tan quintaesencia de la cultura de masas como el cómic, puede permear en estereotipos de esa índole, lamentablemente tan adheridos a la construcción de la identidad nacional en el Primer Mundo. Y, aunque parezcan mundos diferentes, 80 años después uno de los nuevos símbolos del nacionalismo belga no es un chaparrito chelito con un copete rubio sino un gigantón moreno de 1.91 metros y 209 libras de peso de nombre Romelu Menama Lukaku. Y sí, sus padres son inmigrantes congoleses.

Lukaku no es un ave rara ni en Bélgica ni en esta Copa del Mundo. También hay sangre congolesa en sus compañeros Vincent Mpoy Kompany, Dedryck Boyata, y marroquí en la de Marouane Fellaini. Y entre los otros tres países clasificados a las semifinales, podemos decir lo mismo de una selección francesa en la que hay chicos de ascendencia senegalesa, argelina, maliense, congolesa, e incluso un nacido en Camerún; o de Inglaterra, que en el registro genético de su competitiva selección goza de la mixtura de países como San Cristóbal y Nevis, Ghana, Jamaica y Nigeria.

Rusia 2018 ha sido pródigo en selecciones europeas que aumentaron su potencial competitivo merced a la inmigración registrada en sus países. No es una obviedad: aunque Europa Occidental ha sido multicultural desde siempre, reconocer el mestizaje, aceptarlo y reivindicarlo al poner a sus hijos y nietos ante los ojos de todo el planeta, enfundados en una camiseta con tus colores y cantando tu himno no ha sido automático para esos países.

Hace apenas 20 años, cuando Francia ganó el Mundial con 14 hijos de inmigrantes como su base, el ultraderechista Jean Marie Le Pen renegó de ese equipo como un símbolo de su país.

Desde entonces, el mestizaje ha sido indispensable para los triunfos deportivos de Francia, Inglaterra, Bélgica, Alemania y Suiza, sin traumas para nadie excepto para los países que los han sufrido en la cancha.

Es que el fútbol es como la vida, dirá alguno. Puede ser la metáfora de una nación, un instrumento propagandístico, un negocio despiadado, una excusa para la verborrea pseudoliteraria o la materia de un periodismo banal lleno de hipérboles. Sí, puede ser todo eso, pero solo porque el fútbol no es como la vida; el fútbol es la vida.

Fronteras espirituales. De Máriam Martínez-Bascuñán

Y en esas estamos, huérfanos aún de un verdadero horizonte europeísta, replegándonos al calorcito de comunidades fundadas por fantasmas y exclusión.

Los migrantes  africanos  rescatados en el Estrecho de Gibraltar en Tarifa, Cádiz.

Los migrantes africanos rescatados en el Estrecho de Gibraltar en Tarifa, Cádiz. Foto: JAVIER FERGO / Gtres

Docente de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

30 junio 2018 / EL PAIS

¡Invasión! ¡Que vienen los bárbaros! ¡Cierren las fronteras! Son los gritos del Grupo de Visegrado, jaleados por una parte de la antigua Mitteleuropa,con el canciller austriaco y los hermanos bávaros de Merkel mirando de reojo a nuestro particular Trump, el inenarrable Salvini. Nuestra fijación por el amurallamiento ha terminado por convertir a los muros en iconos de esta crisis permanente que parece vivir el mundo transatlántico. ¿Cuán real es?, cabe preguntarse, porque lo que está en juego no es la gestión de las fronteras: ni siquiera vivimos una crisis migratoria real.

No pretendo minusvalorar el inmenso reto al que nos enfrentamos con la acomodación de los migrantes que llegan a Europa, pero los datos son tozudos, razón por la que escasean en política. Y nos dicen que el millón de entradas de 2015 contrasta con los 50.430 del primer semestre de 2018. ¿A qué viene el pánico entonces, ese desgarro de vestiduras? ¿Cómo explicar las duras respuestas gubernamentales, revestidas del aroma del estado de emergencia? ¿De veras buscan proteger nuestras naciones subyugadas ante el asedio bárbaro?

Nuestra teatralización de las fronteras revela más bien la reactivación de la política identitaria, el Resurgimiento de la nación imaginada, libre de invasores que quedarían situados extramuros, evitando la impureza de una idílica comunidad política cercada. Se lo cuenta a Robert D. Kaplan uno de los personajes que pueblan su Rumbo a Tartaria: a veces, el “nosotros” se construye políticamente “espiritualizando fronteras”, mediante un etnicismo que niega su permeabilidad, ese carácter de filtro de protección y cuidado de doble dirección, convirtiéndolas en muros que dividen y excluyen.

Vemos de nuevo el mecanismo de la simplificación maniquea: la división entre un interior virtuoso y un exterior que nos amenaza. Porque no es que pretendamos que no pase nadie, es que solo queremos que pasen “los nuestros”. Esa función performativa del muro, la activación del mito del control, nos devuelve al esencialismo de la nación, pues no hay nada que visualice más la identidad que el cierre. Y en esas estamos, huérfanos aún de un verdadero horizonte europeísta, replegándonos al calorcito de comunidades fundadas por fantasmas y exclusión.

@MariamMartinezB