Mes: septiembre 2018

La democracia en América Latina: mejor de lo que suena. De Kevin Casas

Una persona ondea la bandera colombiana después del acuerdo de paz alcanzado con las Farc, en agosto de 2016. Foto: John Vizcaino/Reuters

Kevin Casas, exsecretario de Asuntos Políticos de la OEA y ex vicepresidente de Costa Rica

28 septiembre 2018 / THE NEW YORK TIMES

SAN JOSÉ, Costa Rica — América Latina vive una época de pesimismo democrático. Las malas noticias parecen multiplicarse: el colapso de toda semblanza de democracia en Venezuela y Nicaragua, el ascenso de un candidato fascistoide en Brasil, la interminable carnicería desatada por el crimen organizado en México, la larga lista de expresidentes latinoamericanos procesados, prófugos o presos por casos de corrupción.

No por casualidad, según cifras de Latinobarómetro, el apoyo a la democracia en la región ha perdido ocho puntos en menos de diez años: de 61 por ciento en 2010 a 53 por ciento en 2017. Al mismo tiempo, la proporción de quienes se declaran indiferentes entre un régimen democrático y uno no democrático ha subido nueve puntos en el mismo periodo: ahora es una cuarta parte de la población.

Es tiempo de prender luces de alarma, pero también de combatir el catastrofismo retórico prevaleciente, que alberga peligros reales. La percepción de que nuestras democracias son incapaces de construir sociedades mejores, embustes diseñados para proteger a los poderosos, puede conducir a desahuciarlas sin mayor ceremonia. Eso sería trágico, además de injusto. Así como decía Mark Twain sobre la música de Wagner, la democracia en América Latina es mejor de lo que suena.

Cabe empezar por lo más obvio: ya nadie cuestiona hoy en la región la vía electoral como la única legítima para acceder al poder. La transformación de las Farc en partido político clausura un largo ciclo de experiencias insurreccionales y de devaluación de las instituciones democrático-liberales por una parte considerable de la izquierda latinoamericana. Lo que aprendieron los guerrilleros, lo aprendieron también los generales. Como lo ha advertido el expresidente brasileño Fernando Henrique Cardoso: en medio de la grave crisis política de Brasil todos se preguntan qué harán los jueces, no los generales. Eso es progreso. Como progreso es que —con las excepciones de países en estado crítico, como Venezuela—, el fraude electoral puro y duro se ha convertido en una rareza en América Latina.

En Ciudad Juárez, al norte de México, un hombre vota en las elecciones presidenciales del 1 de julio de 2018. Credit José Luis González/Reuters

Lo que ocurre en el ámbito electoral de la democracia, se aplica también al acceso y al ejercicio de derechos económicos y sociales. En las últimas dos décadas, la región ha hecho avances notables en elevar los niveles de desarrollo humano. El estancamiento de los últimos tres años no debe hacernos olvidar que la pobreza en América Latina se ha reducido 18 puntos porcentuales desde 1990 o que la pobreza extrema hoy es menos de la mitad de lo que era en la década de los noventa. También ha caído la desigualdad: en diecisiete de los dieciocho países de la región hay un descenso del coeficiente de Gini en la última década. Tras ese progreso social ciertamente hay crecimiento económico, hoy menos visible que hace un lustro, pero también hay decisiones de política pública, como el aumento significativo de la inversión social. En 1990 esta última equivalía, como promedio, al 9 por ciento del PIB; hoy es casi el 15 por ciento.

La consolidación de la democracia electoral y la aceleración del progreso social son procesos que van ligados. La región avanza en la dirección correcta en el plano social porque la democracia, aunque con enormes imperfecciones, está haciendo su trabajo de permitir la participación y la representación de intereses antes excluidos y, en consecuencia, de reducir las disparidades socioeconómicas. La distribución de poder político que permite la democracia electoral termina por manifestarse en progreso social.

Una América Latina en la que la clase media, por primera vez en su historia, supera ampliamente a la población en condiciones de pobreza se traduce en una región donde la exigencia por bienes y servicios públicos de calidad —esto es: por el acceso a derechos fundamentales— será cada vez más potente. Una América Latina con una amplia clase media es una región donde millones de familias, que por vez primera tienen acceso a una casa, a un auto y a un préstamo bancario, harán valer todo su poder político para que el gobierno no haga locuras con los equilibrios macroeconómicos.

Aun en el componente del Estado de derecho —por mucho el más problemático de la consolidación democrática de la región— hay avances nada desdeñables. Las noticias del hallazgo de fosas comunes en México oscurecen el hecho de que en la mayoría de los países de la región las cifras de violencia criminal están bajando, no subiendo. Algunos de los países latinoamericanos más afligidos históricamente por la violencia —como Colombia, Guatemala y Honduras— han tenido una caída en la tasa de homicidios sostenida.

El otro gran problema de América Latina es la corrupción, que sin duda campea por toda la región. Pero su prominencia en la discusión pública es el resultado de transformaciones saludables: la creación de normas e instituciones que fortalecen la transparencia, la expansión de las redes sociales y la aparición de una ciudadanía más consciente de sus derechos y menos tolerante de la venalidad. Según cifras del Barómetro de las Américas del Proyecto de Opinión Pública de América Latina (LAPOP), en 2006 uno de cada cuatro latinoamericanos creía que se justificaba pagar un soborno en algunas situaciones. Ocho años después, la proporción había descendido a uno de cada seis.

El presidente guatemalteco Jimmy Morales durante la Asamblea General de la ONU en Nueva York, el 25 de septiembre de 2018 Credit Justin Lane/EPA, vía Shutterstock

La reciente negativa del presidente Jimmy Morales a renovar el mandato de la Comisión Internacional contra la Corrupción y la Impunidad en Guatemala (Cicig) es un enorme retroceso para América Latina. Pero tan solo en los quince días siguientes a la defenestración de la comisión, Elías Antonio Saca se convirtió en el primer mandatario salvadoreño en ser condenado a prisión por un tribunal, la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner fue procesada por presuntamente liderar una extensa red de sobornos en Argentina y el otrora invencible Luiz Inácio Lula da Silva debió renunciar a su candidatura presidencial desde la cárcel, bajo la sombra de la corrupción. Por primera vez, en algunos de nuestros países se está dando el paso crucial del simple aumento de la transparencia a la reducción de la impunidad. Eso también es progreso.

Ese avance es lento, pero no debemos perder de vista que a Estados Unidos le tomó casi doscientos años hacer posible la igualdad de derechos para la población afroestadounidense y que Europa duró nueve siglos en pasar de un parlamento de nobles a un parlamento electo por sufragio universal.

En solo una generación, con altas y bajas, las democracias que nacieron en América Latina tienen logros reales que mostrar y es vital no olvidarlo en este invierno del descontento.

Jair Bolsonaro y los otros profetas enloquecidos que pueblan nuestro paisaje político parecen tener razón en un aspecto: falta mucho por hacer para construir sociedades equitativas, comunidades seguras y gobiernos eficientes y transparentes. Pero la democracia es nuestra aliada, no nuestro obstáculo. El vaso democrático está más que medio lleno. Ahora hay que continuar llenándolo con respeto al Estado de derecho, con integridad en la función pública, con libertad de prensa, con transformaciones tributarias impostergables y con mayor inclusión social.

Continuar con la tarea de construcción democrática que iniciaron los latinoamericanos durante el siglo pasado es nuestro deber, pero es también nuestra única oportunidad. Con todos sus exasperantes defectos y limitaciones, la opción a la democracia en América Latina es una sola: la oscuridad.

El oso y Masha. De Alexandra Araujo

30 aseptiembre 2018 / La Prensa Gráfica

La medicina avanzada ha comprobado que los efectos prolongados de los traumas severos experimentados en nuestra niñez afectan de manera importante la sensibilidad, función y desarrollo de nuestro cerebro, limitando así nuestra capacidad de identificar amenazas e incluso ejecutar funciones básicas como la toma de decisiones.

La Dra. Nadine Burke Harris, especialista en la materia, usa el ejemplo de un “oso” para demostrar cómo nuestra mente y cuerpo están programados para enfrentar amenazas: la adrenalina se incrementa, la respiración se eleva y la circulación de sangre aumenta. Este proceso se repite cada vez que enfrentamos una amenaza. Pero, si el oso llega todos los días con los dientes pelados y garras al aire, eventualmente perdemos la habilidad de reaccionar; nuestro cuerpo y mente se derrumban.

Este año, presencié la audiencia judicial de Masha, quien ha estado detenida 17 meses y que finalmente logró presentarse frente al juez y sus acusadores. Su historia tiene muchas aristas, algunos hechos aterradores y otros muy difíciles de comprender en su totalidad. Sin embargo, su caso no es único; ni será el último. En mi opinión, es un ejemplo claro de la injusticia y crueldad a la que están expuestas muchas mujeres y niñas por vivir en una sociedad machista, con un sistema judicial obsoleto, y una red de salud pública con poca capacidad de gestión.

Llegué a la corte sin invitación. Después de insistir varias veces con los agentes policiales, logré entrar al patio interno de la corte y vi a Masha sentada en una banca, esposada, con su mirada desconsolada dirigida hacia el piso. Una mujer se le acercó con vías de darle ánimo y le dijo en voz alta: ¡Tú mamá está afuera, vino acompañada de tu abuela, no te ha abandonado! Hasta ese momento caí en cuenta que se le había negado la entrada a la madre de la acusada. Masha levantó la mirada y al verle la cara, me pareció una niña de unos 16 años, cuando en la realidad tiene 20 años y está acusada de homicidio agravado en grado de tentativa con posibilidad de ser condenada a 15 años de prisión.

Al escuchar el caso, tremendamente complejo, se aclara que Masha está siendo juzgada por dar a luz a su bebé (que tiene un año y cinco meses) en una letrina y abandonarlo para morir. Las pruebas usadas en su contra incluyen el hecho que no divulgó su embarazo, que la prueba de ADN confirma que es su bebé, y los testimonios de la doctora, madre, y padrastro confirmando su parto. Consecuentemente, se pide en la corte que imaginemos a Masha conscientemente arrojando su bebé.

Lo más complicado es que NO se permite mencionar, en ningún momento, una pieza clave de esta tragedia. La misma prueba de ADN que comprueba la maternidad también comprueba la paternidad del bebé: el mismo padrastro que testifica en su contra. Un individuo que violó y abusó de la acusada repetidamente, desde que tenía doce años. Pero, esta evidencia no es aceptada por el juez, fincado en que la violación del padrastro NO es relacionada. Así de fácil, Masha es privada de sus derechos como víctima y es juzgada solo como victimaria.

Masha es, antes de cualquier otro denominativo, una niña que vivía con el “OSO” que la aterrorizaba, violaba, y amenazaba a diario. ¿Dónde estábamos NOSOTROS para asegurar sus derechos de niña?

Masha confesó que sufrió dolores fuertes y que le dieron ganas de ir al baño, sintió que algo se le desprendió; ella gritó pidiendo ayuda y se desmayó. La verdad exacta de los acontecimientos ocurridos ese día jamás los sabremos con certeza. ¿Quién sabía del abuso sexual? ¿Qué efectos psicológicos existen? Y más aterrorizante aún: ¿Qué futuro le espera al bebé? Lo cierto es que los ciclos de violencia, abuso y desintegración familiar continuarán. El bebé vive con la abuela y Masha, hasta la fecha, no conoce a su bebé.

Independientemente de las respuestas, somos NOSOTROS, la sociedad salvadoreña, los que debemos ser condenados por Masha y los 2,253 casos de niñas que como ella sufren abuso sexual y se ven condenadas a una vida que no eligieron. La posible condena de Masha, una víctima de abuso y violencia, solo comprueba la cobardía de nuestra sociedad para enfrentar los problemas, el miedo al diálogo y la poca capacidad de empatía.

¡Necesitamos dialogar sobre los retos que enfrentamos, dejando a un lado nuestras ideologías políticas, creencias religiosas y temores! ¡Es nuestra responsabilidad llegar a acuerdos que aseguren proteger a nuestros niños y niñas de “los Osos” que existen en todos los pilares de nuestra sociedad; todos merecemos tener las herramientas para proteger nuestro cuerpo, mente y corazón!

Masha, ¡no estás sola!

 

Muelas. De Cristian Villalta

30 septiembre 2018 / La Prensa Gráfica

Alguna vez fui a votar convencido de lo que estaba haciendo. Fue hace algunos años.

Desde entonces, participo en las elecciones como quien va al dentista. Ustedes también, a menos que pertenezcan a la minoría de salvadoreños que se ve directamente beneficiado por la victoria de un candidato a través de un empleo en la administración pública, de participar en el saqueo al erario o del montaje de una empresa ad hoc para ganar licitaciones.

En esa sensación desagradable que ha marcado nuestros últimos ejercicios electorales, la de estar participando en un bingo en el que solo puedes ganarte una paliza o una burla, coinciden dos realidades: la pobreza generalizada de los cuadros partidarios y la mediocre producción intelectual de los partidos políticos.

El dogmatismo que prevalece en los cuadros partidarios no es casualidad: para su clientela, intelectualmente minimalista, es más fácil abrazar a ciegas el librito de la jefatura de turno aun negando el ideario y la historia. Esa es la tragedia de la derecha, rica en areneros y pobre en liberales; ese es el drama del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, en el que ya no caben ni demócratas ni socialistas, sino solo arribistas.

Ninguno de esos partidos superó su condición de antípoda, de opuesto del otro, y agotaron las sucesivas campañas en descalificarse sin proponer una visión de país realista y a largo plazo. Claro, no se vieron forzados a hacerlo porque las elecciones, hasta 2019, se trataron solo de ellos.

Consecuencia directa del estatismo ideológico de unos y otros ha sido la pérdida de “sex appeal” de ambos partidos. Para un ciudadano educado, profesional y patriota, afiliarse a uno de esos partidos, a cualquiera, no es razonable. Es un escenario en el que solo puedes perder. ¿A quién se le antoja formar parte de un club en el que siguen creyendo tolerable celebrarle los natalicios a Roberto d’Aubuisson o aplaudirle los crímenes a Cuba, Nicaragua y Venezuela?

En el ecosistema de esas fuerzas siempre hubo partidos serviles, las más de las veces cómplices por unas migajas. En eso se convirtieron los antes poderosos PCN y PDC, y el CD que alguna vez enorgulleciera tanto a los demócratas.

Anomalía de ese medio ambiente, una vez purgado de ARENA Elías Antonio Saca quiso construir un tercer polo del espectro partidario y abrazó a GANA, un Frankenstein con pedazos de ARENA al que su primo Hérbert asistió como comadrona en 2009.

Cuestionado por los indicios de corrupción de sus principales cuadros, en especial Guillermo Gallegos, GANA participó de la gran telenovela de nuestros tiempos y como desenlace cuenta en sus filas con Nayib Bukele, personaje que ha recorrido el mismo peregrinaje ideológico de Saca, pero en la dirección opuesta. Purgados de su partido matriz, a cada uno en su momento le pareció más práctico y menos comprometedor hablar de estrategia que de ideología. Eso ocurre cuando no se tiene una, o cuando prefieres ocultarla.

Y así llegamos a esta elección, cuya campaña arranca esta semana. Con esas opciones, es imposible que no nos duelan los dientes.

Perezosa postdata: si el lector es tan morboso como sospecho, no le diré cuál fue el último candidato por el que voté convencido; solo admitiré que me equivoqué… gravemente.

El mensaje de la desesperanza. De Manuel Hinds

29 septiembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Hace poco vi un video en el que le pedían a varios salvadoreños que mencionaran las cosas que no les gustan de este país. Las respuestas fueron copiosas y detalladas. Luego les pidieron que mencionaran algunas cosas que les gustan de El Salvador, y se estancaron sin poder contestar. Luego, en el mismo video hicieron la segunda pregunta a una extranjera, que muy rápidamente produjo varias respuestas.

No hay duda de que los problemas de El Salvador son graves. Pero El Salvador no es el único país con problemas, ni es el que tiene menos recursos para resolverlos. Y no es cierto, tampoco, que no haya nada bueno que pueda mencionarse ni que no haya tenido ningún progreso en las últimas décadas. De hecho, hay algunos temas en los que somos líderes en la región, y no son temas pequeños.

La institucionalidad de El Salvador ha evolucionado más que en varios de los países vecinos. También tenemos una economía más moderna, con exportaciones basadas no en productos primarios sino en bienes industriales que producen más valor agregado. Nuestra estabilidad económica, los plazos largos de los préstamos y las bajas tasas de interés, debidos todos a la dolarización, son la envidia de la región, a pesar de que las políticas fiscales han sido muy imprudentes en los últimos diez años. Y, con todo lo que hemos perdido por las emigraciones, nuestra mano de obra sigue siendo la mejor de Centro América en términos de dedicación y seriedad. Los últimos años han visto un surgimiento de emprendimiento en empresas realmente modernas que producen conocimiento a través de software y de servicios inteligentes.

También hemos visto el surgimiento de ONG propias, fundadas y manejadas por salvadoreños, que están probando ser tan fuertes y exitosas como muchas iniciadas en los países desarrollados. Hay muchos, muchos salvadoreños trabajando en resolver los problemas sociales del país, dentro y fuera de instituciones gubernamentales.

Todo esto no elimina el peso de los problemas corrupción, de violencia, falta de trabajos dignos, o la asociada falta de educación y salud en la población. Pero abre avenidas de esperanza. Lo peor que le puede pasar a un país es perder la esperanza, porque entonces pierde el impulso primario que lleva a los pueblos a enfrentar y resolver sus problemas, y lo vuelve vulnerable al populismo barato. La desesperanza produce fracasos.

Es aquí donde el video pone el dedo en la llaga de un problema paralizante que tiene El Salvador: la falta de la autoestima de su población, que no solo tiñe de negro cualquier intento de resolver los problemas del país sino también crea un círculo vicioso, en el que las actitudes negativas que surgen de la baja autoestima llevan a profundizar estos problemas.

Esto no siempre fue así. Hubo una época en la que la actitud de los salvadoreños con respecto a su país y su futuro era de gran orgullo y optimismo. No es ninguna casualidad que en esos años el país era la envidia de la región en términos de crecimiento económico y, con la excepción de Costa Rica, de desarrollo social. En esos años, el líder en el desarrollo de la industria electrónica no era Costa Rica sino El Salvador. La inversión, tanto doméstica como extranjera, era la más alta de Centro América. La productividad de la agricultura era la más alta, empatada con la de Costa Rica y Chile.

Pero en algún momento alrededor de 1970 la actitud cambió, impulsada por grupos que estaban interesados en convencer a la población de que la situación de El Salvador era la peor de la América Latina —tan mala que merecía ser cambiada a costa de una guerra sangrienta de la que todavía no nos hemos recuperado ni económica ni humanamente.

La experiencia, aquí y en otras partes, nos ha enseñado que las actitudes negativas solo benefician a los que quieren debilitar la sociedad para asaltar el poder. Ojalá que esto se entienda, que recuperemos nuestra autoestima, y que nos dediquemos a resolver realmente nuestros problemas en vez de a esparcir el veneno de la desesperanza.

Vea también:
La esperanza es una disciplina. De Cristina López

Carta: Si me tocara interrogar a los candidatos presidenciales. De Paolo Luers

29 septiembre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Preguntas que haría a los 4 candidatos:

-¿Me puede nombrar tres personas que se puede imaginar como su Ministro de Seguridad y otros tres que podrían asumir el Ministerio de Hacienda?

-Todos hablan de reforma fiscal. ¿Cuáles son para usted los 3 pilares principales para esta reforma?

-¿Qué hará su gobierno con la iniciativa de las Zonas Económicas Especiales propuesta por el actual gobierno?

-¿Cómo quedará bajo su gobierno la relación de El Salvador con las dos Chinas?

-¿Qué cambios hará usted en la política energética?

Preguntas a Hugo Martínez:

-¿Qué haría usted diferente a ambos presidentes del FMLN para evitar las violaciones de Derechos Humanos por parte de la PNC y el sistema penitenciario, señalados por representantes de Naciones Unidas?

-Funes y Sánchez Cerén no lograron cumplir sus promesas de creación de empleo. ¿Qué haría diferente?

-Como presidente le tocará no solo ejecutar (como lo hizo como canciller), sino definir la política exterior del país. ¿Cambiaría la posición de El Salvador en la OEA ante las crisis institucionales, de Derechos Humanos y humanitarias en Venezuela y Nicaragua?

Preguntas a Nayib Bukele:

-Su campaña se nutre del rechazo a los partidos tradicionales, sobre todo al FMLN y ARENA. ¿Cómo construirá gobernabilidad con una Asamblea en la cual no habrá mayoría sin votos de estos dos partidos? Félix Ulloa dijo: “gobernando con el pueblo”. ¿Qué significa esto en concreto?

-GANA fielmente apoya las políticas de mano dura. Exige medidas aun más duras (pena de muerte, patrullas civiles, etc.). Su discurso es diferente, priorizando el diálogo e inclusión social. ¿Cuál concepción se va a reflejar en su gobierno?

-¿Cuál es su concepción de la responsabilidad fiscal?

Preguntas a Josué Alvarado:

-Usted es el outsider por excelencia en esta carrera. Explique cómo y de qué sectores piensa reclutar a los docenas de funcionarios para su gabinete y las autónomas.

-Usted dice que para VAMOS la prioridad #1 es “combatir la violencia”. ¿Cuáles son los errores que se han cometido en esta lucha y cómo los va a corregir?

-Usted dice que sabe cómo restablecer la paz social. ¿Considera usted abrir un diálogo con las pandillas para su inserción a la vida legal y productiva?

Preguntas a Carlos Calleja:

-Su familia es dueña de una de las empresas más importantes del país. Otros empresarios emblemáticos apoyan su candidatura. ¿Cómo blinda a su gobierno de conflictos de interés y prácticas mercantilistas?

-Bajo los últimos dos gobiernos de ARENA la inseguridad y la violencia masiva se han incrementado. También bajo los gobiernos del FMLN. ¿Con qué políticas nuevas piensa revertir esta tendencia?

-Usted se presenta como candidato proveniente de la sociedad civil. ¿Por qué no se aparta del culto a la personalidad del fundador de ARENA? ¿Tiene problemas de evaluar críticamente los elementos cuestionados del origen de ARENA?

Como no seré moderador de ningún debate, pueden dar sus respuestas en redes sociales.

Saludos,

Carta a los que se impresionan con las encuestas: Calma, no se dejen engañar. De Paolo Luers

27 septiembre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Estimados consumidores de las redes sociales:
El equipo de propaganda de Bukele es deficiente para promover el debate basado en argumentos, propuestas racionales. La verdad es que está hecho para esto, no tienen este propósito. No está hecho para debatir, sino para propaganda. Y para este fin, hay que reconocerlo, es muy eficiente. ARENA y FMLN, en este campo, parecen aprendices.

Ayer las redes sociales, campo principal de batalla del Team Nayib, logró puntear en su intento de crear la percepción de que las elecciones presidenciales ya están definidas y que el ganador es Bukele. Ayer CID Gallup publicó su nueva encuesta, y Nuevas Ideas y sus múltiples pasquines digitales saturaron las redes con estos mensajes: “Nayib ganará en primera vuelta”, “25 puntos encima de Calleja”.

Todo el mundo sabe que las encuestas no solamente son instrumentos de análisis. También son instrumentos de propaganda. Y el método de engañar es la lectura parcial de los datos que una encuesta arroja. Y así es en este caso. CID Gallup hizo dos simulacros de voto, uno poniendo a la gente a escoger entre los candidatos – y el otro poniéndolos a votar en una papeleta real, con los banderas de los partidos. Y los dos arrojan marcadas diferencias.

El único resultado que anda flotando por todas partes en redes es el simulacro de votación con nombres, que da a Bukele 45%, a Calleja 20%, a Hugo Martínez 7%, a Josué Alvarado 1%, y un 27% de indecisos. Este es que favorece a Bukele que se conozca. Pero no es simulacro real.

Pero en el simulacro que corresponde a como realmente vamos a votar, marcando en una papeleta con las banderas de los partidos, nos da la imagen de una carrera mucho más cerrada: 39% marcan GANA, 13% marcan FMLN, y 31% marcan las banderas de la coalición ARENA, PCN, PDC y DC.

39% versus 31%, a más de 4 meses de una elección presidencial, no debería provocar ni celebraciones y euforia de unos, ni tampoco susto o desesperación otros. Quien se deja de impresionar por una diferencia tan insignificante, se equivocará en su estrategia – y pagará las consecuencias.

Viendo los datos de Gallup queda evidente que Calleja y Martínez todavía no han logrado movilizar las bases de sus partidos, ni el porcentaje de población que simpatiza con sus partidos. Esto, en El Salvador y en muchas partes, suele reflejarse en las encuestas al inicio de las campañas, pero esta brecha suele cerrarse gradualmente al acercarse el día de la verdad. Las campañas de Calleja y de Hugo Martínez tienen que analizar bien esta situación, y sacar las estrategias adecuadas. Esta estrategia no puede ser quedarse atrapados en campañas dirigidas a sus propias bases. La única forma que las bases se van a animar y movilizar es cuando vean que sus candidatos, asumiendo liderazgo y propuestas audaces, comienzan a puntear con los ciudadanos indecisos y escépticos.

Aquí no hay nada decidido, ni perdido ni ganado. Está todo por decidir en los 4 meses de campaña que comienzan la próxima semana. Ni siquiera conocemos las propuestas de los candidatos. No hemos visto su temple en un debate. Los ciudadanos harían bien en no dejarse engañar por la propaganda que se hacen con las encuestas.

Saludos,

El burro de Maduro. De Alberto Barrera Tyszka

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, durante una conferencia de prensa en el Palacio de Miraflores en Caracas, el 18 de septiembre de 2018 Credit Marco Bello/Reuters

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

23 septiembre 2018 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO — El título de este artículo es una frase peligrosa. Podría ser diseccionado semánticamente por un tribunal en Venezuela y condenarte a veinte años de prisión.

¿Qué quiere decir realmente? ¿Que Nicolás Maduro tiene, posee, un burro? ¿Que es el dueño legítimo de un animal cuadrúpedo, de la familia de los équidos, conocido como burro, asno o borrico? ¿O quiere decir, más bien, que Nicolás Maduro es un burro? ¿Se refiere acaso a esa acepción de “persona bruta e incivil”, como refiere el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española? El problema de fondo, sin duda, es que esta interpretación sea un asunto judicial en Venezuela.

Ricardo Prieto y Carlos Varón, dos miembros del cuerpo de bomberos de Apartaderos, una población de la región andina del país, decidieron un día pasear a un burro por los diferentes espacios de su estación. Mientras el animal deambulaba, fueron filmándolo con un teléfono, haciendo comentarios en evidente tono de broma, relatando que se trataba de una visita de Nicolás Maduro a las abandonadas dependencias del cuerpo. Alguien colgó el video en las redes sociales y, de pronto, esa jocosa “visita presidencial” se volvió viral.

Y entonces, unos oficiales de la Dirección General de Contrainteligencia Militar se presentaron y detuvieron a los bomberos. Y entonces, poco después, en un acto casi instantáneo, fueron imputados por el cargo “instigación al odio”. Y entonces, luego, en una rueda de prensa, el propio Maduro se mostró intemperante y agresivo en contra de un periodista que se atrevió a preguntar por el caso: dudó de su calidad y de su honestidad profesional y se negó a responderle. Esta seguidilla de hechos y declaraciones solo ha logrado magnificar y darle más resonancia a lo que era una simple broma.

¿Cómo un burro puede llegar tan lejos?

La respuesta a esa pregunta está en la violencia que estructura y define cada vez más a la élite que domina de forma autoritaria a Venezuela. Es una clase, tan reducida como feroz, que todavía no entiende que hay cosas, como la inflación o el humor, que no se pueden controlar imponiendo decretos. Por eso reaccionan ante ambas con la misma ceguera y brutalidad.

La represión y la censura, ya se sabe, sirven para mostrar fuerza pero también delatan una enorme fragilidad. Quien no tiene argumentos tampoco tiene humor. Solo puede negociar a golpes con la realidad. Como señala el poeta Charles Simic, el humor muestra “la dimensión ridícula de la autoridad”. Relativiza su poder, lo democratiza. Es un indicador natural del estado en que se encuentra cualquier sociedad, de su capacidad de discernimiento y de ejercicio de las libertades. Reprimir el ingenio o el chiste es una expresión inequívoca de una gran violencia institucional, un síntoma de un régimen aterrado que distribuye terror.

Quizás vale la pena recordar el caso de Marianne Elise K., una viuda a quien en 1943, en una pausa de trabajo, se le ocurrió contarle a un compañero de la fábrica un chiste sobre Hitler. Fue delataba, acusada, enjuiciada por el Tribunal del Pueblo y condenada a muerte. La lógica del poder a veces se parece mucho al descontrol. En medio de la decadencia militar nazi, entre la zozobra y el temor, una mujer fue ejecutada por decir un chiste. Año y medio después, el füher también estaba muerto. El chiste todavía existe. La risa, según decía Mijaíl Bajtín, nunca “pudo oficializarse, fue siempre un arma de liberación en las manos del pueblo”.

La broma de dos bomberos que quisieron reírse un poco de la autoridad y de su propia desgracia, se ha encontrado con una destemplada y feroz reacción del gobierno. Mientras la región se organiza para discutir el terrible problema del flujo migratorio y debatir de forma colectiva el caso de Venezuela, Nicolás Maduro logra que dos humildes apagafuegos formen parte de los más de 250 presos políticos que ya tiene su régimen.

La intolerancia ante el humor refleja nítidamente el grado de autoritarismo que necesita Maduro para continuar en el poder. Lo del burro es una tontería. Basta recordar que en el año 2006, públicamente, Hugo Chávez se burló del entonces presidente George W. Bush, llamándolo donkey en varias oportunidades. El tema real es la violencia. Resulta irónico, casi un chiste cruel, que mientras la mayoría del Grupo de Lima se pronuncia en contra de una intervención violenta en Venezuela, el gobierno venezolano se pronuncia a favor de una intervención violenta en contra de los ciudadanos de su propio país.

En septiembre de 2018, se organizó una manifestación frente al Banco Central de Venezuela, en Caracas, para demandar al presidente Maduro el pago completo de sus pensiones. Credit Fernando Llano/Associated Press

No creo que la solución o la salida a la tragedia que vive mi país sea una invasión militar. Pero sí creo que hay que debatir, buscar y encontrar nuevas maneras de actuar y presionar de manera más eficaz a un gobierno que actúa de manera hipócrita y salvaje, que exige internacionalmente aquello que no desea cumplir dentro de sus fronteras. Con el pretexto de la amenaza de una invasión externa, el gobierno de Maduro ha invadido y saqueado a su país y a sus ciudadanos. ¿Qué se puede hacer entonces frente a un gobierno violento que se alimenta del carácter no violento de sus vecinos?

Nicolás Maduro no es un burro. Puede que sea inepto y negligente, que con frecuencia actúe como un incivil. Pero no es bruto. No seguiría ahí si lo fuera. No habría logrado apartar a sus rivales internos y consolidarse como lo ha hecho. No tiene humor pero sí tiene un proyecto. Él —o a quienes él representa— desea quedarse para siempre en el gobierno. Cada vez con más poder. De cualquier forma y a cualquier precio. Incluso, al tratar de hacer lo imposible: prohibir la risa.

La internacionalización del conflicto no puede opacar el endurecimiento represivo que el gobierno de Maduro ejerce dentro de Venezuela. Es necesario, desde la experiencia ciudadana y desde la práctica política, pero también desde la solidaridad internacional y desde la diplomacia, inventar nuevas formas de presión, nuevos mecanismos de lucha. ¿Es posible desarmar y derrotar a los violentos de manera pacífica? ¿Cómo? Ese es el debate.