Estados Unidos

Carta a la embajadora de Estados Unidos: La Opera Bufa de Miami. De Paolo Luers

Embajadora Manes y su delegación

 Paolo Luers, 17 junio 2017 / MAS! y EDH

Estimada Jean Manes:
Ya que usted, faltando el presidente, asumió la tarea de pastorear la delegación salvadoreña, me dirijo a usted para comentar la Conferencia con el bello título “Prosperidad y Seguridad en Centroamérica” celebrada en Miami. No es cosa fácil, tomando en cuenta la composición de esta delegación: la mitad del gabinete de gobierno, incluyendo 3 que compiten por la candidatura presidencial del FMLN; mezclados con dirigentes empresariales, incluyendo 2 que se disputen la candidatura presidencial de la oposición.

Y el elenco principal de la obra -el gobierno de Donald Trump- con el clásico esquema de “policía bueno, policía malo”. Habló el “nice guy”, el secretario del estado Rex Tillerson, diciendo que Estados Unidos quiere contribuir a la prosperidad y seguridad de Centro América. Pero el segundo día vino el policía malo (bueno, más bien es militar, ex jefe del Comando Sur) John F. Kelly, diciendo que nos olvidemos de una prórroga del TPS para 400 mil centroamericanos.

También este show tiene sus partes cómicas, como debe ser: Oscar Ortiz echándose un discurso calcado del otro que su jefe dio en la redición de cuentas del 1 de junio: Pintó una imagen de El Salvador resolviendo sus problemas de seguridad, donde gobierno y empresarios trabajan juntos. Uno se pregunta: ¿Para qué jalaron a ministros y empresarios a Miami para que los hermanos grandes del Norte los pongan en sintonía? ¿Y porqué diablos andan llorando por ayuda, si ya el gobierno está resolviendo todo?

No menos cómico: Hugo Martínez propagando optimismo que ya se va a arreglar lo del TPS, mientras en una sala adjunta el general Kelly, el máximo jefe de la migra, da una entrevista a Univisión diciendo que los gobiernos centroamericanos pecan de ingenuos pensando que Estados Unidos va a conceder TPS a sus emigrantes hasta que sus países hayan alcanzado la paz y el empleo completos…

Interludio: Aparece el vicepresidente Mike Pence, quien ya está bien entrenado para asumir a la perfección el papel del policía bueno, a la par de su Jefe Trump.

Sede del la conferencia sobre seguridad: US-Southcom

Otra aparición del policía malo: Kelly recomendando a los gobiernos centroamericanos que pidan asesoría y entrenamiento a la policía y los marines mexicanos, que según él tienen una “gran experiencia” en la guerra contra los narcos y -amárrense de sus sillas- contra la corrupción. Y estos mexicanos sí que son “bad cops”, ellos sí saben matar, torturar, y pasarse encima de los civiles.

Tengo que felicitarle, embajadora, por su excelente labor de pastoreo. Nadie en la delegación, teóricamente tan explosiva, no dijo nada cuando Oscar y Hugo hablaron paja. El comisionado Cotto y el fiscal Meléndez (sí, también los llevaron a Miami…) no dijeron ni papa cuando le pusieron a los matones mexicanos de ejemplo. Todos (incluyendo empresarios, ministros y precandidatos) sonrían en las fotos, todos mandan tuits constructivos. Job well done, embajadora.

Solo usted sabe como poner quietos a los salvadoreños tan famosos por sus berrinches. Tal vez usted debería seguir gobernando El Salvador. Saludos,

James Comey, el hombre que hace temblar a los presidentes de EE UU

Como quisiéramos a un jefe de policia de este talante…

El exdirector del FBI James Comey jura ante el Comité de Inteligencia del Senado, el pasado jueves. JONATHAN ERNST REUTERS

El exdirector del FBI, humillado e insultado por Trump, ha decidido devolver el golpe. Esta es la historia de un funcionario respetado y obsesionado por la integridad.

Jan Martínez Ahrens, 10 junio 2017 / EL PAIS

11 de marzo de 2004. El presidente George W. Bush había citado en el comedor privado de la Casa Blanca a un tipo duro. Sentado en una silla que le quedaba pequeña, ese hombre de 2,03 metros se negaba a autorizar por su flagrante ilegalidad el programa de escuchas indiscriminadas Viento Estelar. Y su firma era necesaria. Incapacitado el fiscal general por enfermedad, era él, su adjunto, quien dirigía el Departamento de Justicia. El vicepresidente, Dick Cheney, ya le había explicado la situación: si no había autorización, morirían americanos y la sangre correría a cuenta de él. Bush, con menos rudeza, le repitió el argumento.

Bush, en primer plano, y Cheney.

Bush, en primer plano, y Cheney.

Cuando ya estaba todo dicho, recuerda el biógrafo Garrett Graff, el fiscal miró a su anfitrión y sin alterarse le respondió: “Como dijo Martín Lutero aquí me planto. No puedo hacer otra cosa”.

Así es James Brien Comey. El hombre que hace temblar a los presidentes. El mismo que 13 años después de enfrentarse a Bush y Cheney ha puesto contra las cuerdas a Donald Trump con su testimonio ante el Comité de Inteligencia del Senado. Sólo y sin papeles, el destituido director del FBI ejerció este jueves de último guardián de la legalidad. Acusó al presidente de mentir y difamar, denunció las presiones para desactivar la investigación de la trama rusa, pero sobre todo reveló al mundo el modo de operar del multimillonario. Las artes oscuras que el presidente le exhibió en tres reuniones privadas y seis conversaciones. El propio Comey, en un estilo cinematográfico, las ha relatado al Senado. El presidente lo niega todo.

27 de enero de 2017. Trump le había llamado para invitarle a cenar a la Casa Blanca. Comey creyó que iba a acudir más gente. Pero cuando llegó, le hicieron pasar al Salón Verde y le sentaron en una pequeña mesa oval. Dos asistentes de la Marina eran los únicos testigos. Servían y desaparecían. En esa intimidad, el presidente le preguntó si quería seguir como director del FBI y le recordó que era un puesto que muchos ambicionaban.

Comey entendió el mensaje: “Mis instintos me dijeron que esa cena buscaba establecer una relación clientelar. Eso me preocupó mucho, dada la independencia del FBI”. Para salir del apuro, le habló de su carácter apolítico, pero el comandante en jefe insistió. “Necesito lealtad. Espero lealtad”.

Las cartas habían quedado sobre la mesa. “No me moví ni hablé o mudé mi expresión facial durante el embarazoso silencio que siguió. Simplemente nos miramos el uno al otro”.

Trump en el Despacho Oval.

Trump en el Despacho Oval.

Ese fue el comienzo. En las horas, semanas y meses siguientes, Trump no dejó de presionarle. Bajo una atmósfera asfixiante, el director del FBI, siempre según su relato, se sintió sucesivamente “asombrado, confuso, turbado”. Pidió ayuda a su superior, el fiscal general, y le comunicó que no quería volver a verse con el presidente a solas. Pero todo siguió igual, hasta que el pasado 9 de mayo fue despedido. Una medida extraordinaria que sólo había ocurrido una vez antes en la historia del FBI. Como remate, Trump le llamó públicamente demente y fanfarrón, y su portavoz declaró que ni en el FBI le querían.

“Trump erró por completo, Comey es un hombre capaz de expresar sus sentimientos en voz alta y que cautiva a sus agentes por empatía, pero no es un siervo; es un curtidísimo fiscal y jefe de agentes federales. No es político. Con él no funcionan los insultos y amenazas”, explica un alto funcionario de seguridad que le trató en la época de Barack Obama y que pide mantenerse en el anonimato.

James Comey y su familia.

James Comey y su familia.

 Humillado, Comey sacó su lado duro. A sus 56 años, casado y con cinco hijos, no pensaba dejarse pisotear. Había luchado contra la mafia, perseguido abusos racistas, investigado al presidente Bill Clinton y encarado a Bush. Fue fiscal federal en Nueva York y fiscal general adjunto de Estados Unidos. Su apabullante trayectoria le había permitido, pese a figurar como elector republicano, ser escogido en 2013 por Barack Obama para dirigir el FBI. “Para él, la integridad lo es todo”, señala su biógrafo y amigo Garret Graff.

Pasó entonces al ataque. Como buen agente y experto conocedor del tablero de Washington, había tomado nota de todas sus conversaciones con Trump, y empezó a filtrarlas. Las detonaciones sacudieron la Casa Blanca. Se volvió su enemigo número uno. No era la primera vez.

Sus mayores problemas siempre han procedido del trato con los políticos. Ahí se ha mostrado torpe. Su decisión de reabrir el caso de los correos privados de Hillary Clinton a sólo 11 días de las elecciones para cerrarlo poco después, cuando el daño ya estaba hecho, aún levanta ampollas en las filas demócratas. Comey ha defendido que lo hizo porque era su deber. Y que ocultarlo habría sido traicionar la confianza pública. “A veces es un poco boyscout”, dice un buen conocedor de Comey.

Esa rectitud es una de sus características. Se trata de un hombre pétreo; altivo para muchos. Quienes le conocen vinculan esta inflexibilidad a sus sentimientos religiosos. Aunque nació en el seno de una familia católica irlandesa, pronto se hizo evangelista e influido por el teólogo Reinhold Niebuhr escribió su tesis: Los cristianos en política. Bajo esa luz, el debate entre el poder y la integridad siempre le ha perseguido, pero nunca le ha anulado. Como enemigo es peligroso. Sus conocidos recuerdan que sabe dónde lleva el arma. Y si es necesario la usa. Con Trump han sido sus notas, esos memorandos que amenazan con abrir un proceso de impeachment. Con Bush, el puñal fue otro.

Ocurrió al final de aquella conversación en el comedor privado. Cuando el presidente volvió a pedirle que aprobara la orden de escuchas masivas, Comey se inclinó y le dijo: “Si lo hace, debe saber que el director del FBI dimitirá hoy mismo”. Bush parpadeó. Nadie se lo había dicho. Pero no tardó en darse cuenta de qué era lo mejor que podía hacer. Ante la crisis que se le abría, decidió ceder.

James Comey (izquierda) y el entonces director del FBI, Robert Mueller, en 2004.

James Comey (izquierda) y el entonces director del FBI, Robert Mueller, en 2004.

 El director del FBI era en aquellas fechas el legendario e implacable Robert Mueller. El amigo y mentor de Comey. El mismo que ahora ha sido elegido fiscal especial para investigar la trama rusa y cuyo poder representa la mayor amenaza para la presidencia de Trump. “Si hay alguien con mejor reputación que Comey, es Mueller y este no va a parar”, señala el alto cargo en seguridad. “Y que nadie piense que Comey se va a retirar del escenario. Él y Mueller han trabajado muchos años juntos y confían plenamente uno en el otro”, indica Graff.  La Casa Blanca, con Comey y Mueller, tiene un problema. Saben disparar y no les tiembla el pulso.

El muro y el Flaco. De Mario Vargas Llosa

Burlar la frontera entre EE UU y México es un negocio próspero para las mafias. Solo abriendo los pasos de par en par acabará el tráfico de drogas y la inmigración ilegal.

Mario Vargas Llosa, premio nobel de literatura

Mario Vargas Llosa, 21 mayo 2017 / EL PAIS

Un buen reportaje puede ser tan fascinante e instructivo sobre el mundo real como un gran cuento o una magnífica novela. Si alguien lo pone en duda, le ruego que lea la crónica de Ioan Grillo Bring On the Wall que apareció en The New York Times el pasado 7 de mayo. Cuenta la historia del Flaco, un contrabandista mexicano que, desde que estaba en el colegio, a los 15 años, se ha pasado la vida contrabandeando drogas e inmigrantes ilegales a Estados Unidos. Aunque estuvo cinco años en la cárcel no se ha arrepentido del oficio que practica y menos ahora, cuando, dice, su ilícita profesión está más floreciente que nunca.

Cuando el Flaco empezó a traficar con marihuana, cocaína o compatriotas suyos y centroamericanos que habían cruzado el desierto de Sonora y soñaban con entrar a Estados Unidos, el contrabando era un oficio de los llamados coyotes, que trabajaban por su cuenta y solían cobrar unos cincuenta centavos por inmigrante. Pero como, a medida que las autoridades norteamericanas fortificaban la frontera con rejas, muros, aduanas y policías, el precio fue subiendo —ahora cada ilegal paga un mínimo de 5.000 dólares por el cruce—, los carteles de la droga, sobre todo los de Sinaloa, Juárez, el Golfo y los Zetas, asumieron el negocio y ahora controlan, peleándose a menudo entre ellos con ferocidad, los pasos secretos a través de los 3.000 kilómetros en que esa frontera se extiende, desde las orillas del Pacífico hasta el golfo de México. Al ilegal que pasa por su cuenta, prescindiendo de ellos, los carteles lo castigan, a veces con la muerte.

FERNANDO VICENTE

Las maneras de burlar la frontera son infinitas y el Flaco le ha mostrado a Ioan Grillo buenos ejemplos del ingenio y astucia de los contrabandistas: las catapultas o trampolines que sobrevuelan el muro, los escondites que se construyen en el interior de los trenes, camiones y automóviles, y los túneles, algunos de ellos con luz eléctrica y aire acondicionado para que los usuarios disfruten de una cómoda travesía. ¿Cuántos hay? Deben de ser muchísimos, pese a los 224 que la policía ha descubierto entre 1990 y 2016, pues, según el Flaco, el negocio, en lugar de decaer, prospera con el aumento de la persecución y las prohibiciones. Según sus palabras, hay tantos túneles operando que la frontera méxico-americana “parece un queso suizo”.

¿Significa esto que el famoso muro para el que el presidente Trump busca afanosamente los miles de millones de dólares que costaría no preocupa a los carteles? “Por el contrario”, afirma el Flaco, “mientras más obstáculos haya para cruzar, el negocio es más espléndido”. O sea que aquello de que “nadie sabe para quién trabaja” se cumple en este caso a cabalidad: los carteles mexicanos están encantados con los beneficios que les acarreará la obsesión antiinmigratoria del nuevo mandatario estadounidense. Y, sin duda, servirá también de gran incentivo para que la infraestructura de la ilegalidad alcance nuevas cimas de desarrollo tecnológico.

“Al ilegal que pasa por su cuenta los carteles lo castigan,
a veces con la muerte”

La ciudad de Nogales, donde nació el Flaco, se extiende hasta la misma frontera, de modo que muchas casas tienen pasajes subterráneos que comunican con casas del otro lado, así que el cruce y descruce es entonces veloz y facilísimo. Ioan Grillo tuvo incluso la oportunidad de ver uno de esos túneles que comenzaba en una tumba del cementerio de la ciudad. Y también le mostraron, a la altura de Arizona, cómo las anchas tuberías del desagüe que comparten ambos países fueron convertidas por la mafia, mediante audaces operaciones tecnológicas, en corredores para el transporte de drogas e inmigrantes.

El negocio es tan próspero que la mafia puede pagar mejores sueldos a choferes, aduaneros, policías, ferroviarios, empleados, que los que reciben del Estado o de las empresas particulares, y contar de este modo con un sistema de informaciones que contrarresta el de las autoridades, y con medios suficientes para defender en los tribunales y en la Administración con buenos abogados a sus colaboradores. Como dice Grillo en su reportaje, resulta bastante absurdo que en esa frontera Estados Unidos esté gastando fortunas vertiginosas para impedir el tráfico ilegal de drogas cuando en muchos Estados norteamericanos se ha legalizado o se va a legalizar pronto el uso de la marihuana y de la cocaína. Y, añadiría yo, donde la demanda de inmigrantes —ilegales o no— sigue siendo muy fuerte, tanto en los campos, sobre todo en épocas de siembra y de cosecha, como en las ciudades donde prácticamente ciertos servicios manuales funcionan gracias a los inmigrantes latinoamericanos. (Aquí en Chicago no he visto un restaurante, café o bar que no esté repleto de ellos).

Grillo recuerda los miles de millones de dólares que Estados Unidos ha gastado desde que Richard Nixon declaró la “guerra a las drogas”, y cómo, a pesar de ello, el consumo de estupefacientes ha ido creciendo paulatinamente, estimulando su producción y el tráfico, y generando en torno una corrupción y una violencia indescriptibles. Basta concentrarse en países como Colombia y México para advertir que la mafia vinculada al narcotráfico ha dado origen a trastornos políticos y sociales enormes, al ascenso canceroso de la criminalidad hasta convertirse en la razón de ser de una supuesta guerra revolucionaria que, por lo menos en teoría, parece estar llegando a su fin.

“Los inmigrantes aportan a los países que los hospedan
mucho más que lo que reciben de ellos”

Con la inmigración ilegal pasa algo parecido. Tanto en Europa como en Estados Unidos ha surgido una paranoia en torno a este tema en el que —una vez más en la historia— sociedades en crisis buscan un chivo expiatorio para los problemas sociales y económicos que padecen y, por supuesto, los inmigrantes —gentes de otro color, otra lengua, otros dioses y otras costumbres— son los elegidos, es decir, quienes vienen a arrebatar los puestos a los nacionales, a cometer desmanes, robar, violar, a traer el terrorismo y atorar los servicios de salud, de educación y de pensiones. De este modo, el racismo, que parecía desaparecido (estaba sólo marginado y oculto), alcanza ahora una suerte de legitimidad incluso en los países como Suecia u Holanda, que hasta hace poco habían sido un modelo de tolerancia y coexistencia.

La verdad es que los inmigrantes aportan a los países que los hospedan mucho más que lo que reciben de ellos: todas las encuestas e investigaciones lo confirman. Y la inmensa mayoría de ellos están en contra del terrorismo, del que, por lo demás, son siempre las víctimas más numerosas. Y, finalmente, aunque sean gente humilde y desvalida, los inmigrantes no son tontos, no van a los países donde no los necesitan sino a aquellas sociedades donde, precisamente por el desarrollo y prosperidad que han alcanzado, los nativos ya no quieren practicar ciertos oficios, funciones y quehaceres imprescindibles para que una sociedad funcione y que están en marcha gracias a ellos. Las agencias internacionales y las fundaciones y centros de estudio nos lo recuerdan a cada momento: si los países más desarrollados quieren seguir teniendo sus altos niveles de vida, necesitan abrir sus fronteras a la inmigración. No de cualquier modo, por supuesto: integrándola, no marginándola en guetos que son nidos de frustración y de violencia, dándole las oportunidades que, por ejemplo, le daba Estados Unidos antes de la demagogia nacionalista y racista de Trump.

En resumidas cuentas, es muy simple: la única manera verdaderamente funcional de acabar con el problema de la inmigración ilegal y de los tráficos mafiosos es legalizando las drogas y abriendo las fronteras de par en par.

La política exterior y la política doméstica. De Manuel Hinds

Los gobiernos del FMLN han establecido una política exterior que no sólo ignora las necesidades de la población, sino que va en contra de ellas en aras de ideas ya superadas en el resto del mundo y de compromisos con grupos que han establecido tiranías en Cuba y en Venezuela.

Manuel Hinds, 12 mayo 2017 / EDH

Como todas las políticas del país, la política exterior debe estar orientada a dar satisfacción a las necesidades e intereses de la ciudadanía. Cómo hacer esto es muy fácil de determinar porque la población tiene tres intereses muy claros internacionalmente: primero, tener buenas relaciones con los países desarrollados, fuente de inversión y de oportunidades económicas; segundo, integrarse con los vecinos latinoamericanos para crear un vecindario libre de tiranías y de crímenes internacionales que destrozan el orden interno del país; y, tres, promover, con el resto del gobierno, la integración del país a las cadenas internacionales de producción para que haya más y mejores oportunidades de empleo y crecimiento económico en el país. Los gobiernos del FMLN han establecido una política exterior que no sólo ignora las necesidades de la población sino que va en contra de ellas en aras de ideas ya superadas en el resto del mundo y de compromisos con grupos que han establecido tiranías en Cuba y en Venezuela.

La política exterior hacia los Estados Unidos es parte de la vida de todos los salvadoreños porque Estados Unidos es el lugar donde más salvadoreños viven aparte del territorio nacional y donde más producen para el beneficio de los salvadoreños.

El Producto Interno Bruto (PIB) producido por los salvadoreños que viven en Estados Unidos excede el PIB producido en El Salvador mismo ($27 mil millones en 2010 contra 26 mil millones aquí en 2016). Su PIB por persona ($13, 500) es el triple del producido aquí ($4,443), lo cual les permite enviar $4,600 millones de dólares de remesas al país (17% del PIB). Las remesas entran a los sectores más bajos de la población, ayudando a acrecentar la clase media del país, permitiéndole a más niños a entrar y mantenerse en las escuelas y tener mejor salud.

Muchas empresas, grandes, medianas y pequeñas viven, dan empleo a miles de salvadoreños e invierten con los fondos que reciben vendiéndoles a los que reciben las remesas. El contacto con los salvadoreños que viven en Estados Unidos es continuo por todas las vías, desde los electrónicos hasta los aviones que vuelan llenos de salvadoreños en ambas direcciones a destinos en toda la extensión de Estados Unidos. Hay muchos salvadoreños que se han nacionalizado estadounidenses y muchos que sirven en el ejército de ese país.

Dentro de los dos millones que viven allá, hay 700,000 que viven ilegalmente y que por tanto, podrían ser repatriados a El Salvador legalmente. El problema de los ilegales es viejo. En el camino, sin embargo, el gobierno y los ciudadanos de Estados Unidos han encontrado muchas maneras para que la inmensa mayoría se queden allá, legalizados o, aunque todavía sin papeles permanentes, con permisos para trabajar y con facilidades para arreglar su estatus migratorio. En eso, El Salvador ha recibido un trato muy especial. Como prueba de ello, a pesar de las nuevas políticas para restringir la inmigración que está adoptando ese país, Estados Unidos extendió en marzo de este año, por una año más, el Programa de Protección Temporal (TPS) para los salvadoreños. No hay país que está más cerca del nuestro en nuestros problemas y no hay ninguno con el que nuestros destinos estén ligados tan íntimamente. En todas las encuestas el pueblo manifiesta su amistad con Estados Unidos. Todas estas consideraciones indican con toda claridad cual debería de ser nuestra política exterior hacia ese país.

Sin embargo, los gobiernos del FMLN, desde su incepción pero cada vez con más saña, ponen en peligro esta relación privilegiada del pueblo salvadoreño con el pueblo norteamericano con sus ataques continuos a Estados Unidos, identificándolo como el enemigo principal del pueblo salvadoreño y alineándose con sus enemigos en cada ocasión que tienen. Estos enemigos, que son los amigos del FMLN, han establecido tiranías terribles en Cuba y Venezuela y, al menos en el caso de Venezuela, han sido acusados frecuentemente de tráfico de drogas y de internacional lavado de dinero. Son países que además están totalmente marginados de las cadenas internacionales de producción y aislados de la región y del mundo entero. Es decir, con su política servil hacia esos países, el FMLN también contradice los intereses de la población salvadoreña. El pueblo salvadoreño no puede permitir que esto pase.

Trump: el mismo fiasco bélico. De Cristina López

Lo que se sabe es que con sus misilazos simbólicos logró distraer el ciclo noticioso que lo estaba enterrando por la turbia relación que su campaña tuvo con hackers rusos, por el reciente fracaso legislativo de su plan para repeler y sustituir la reforma de salud de Obama.

Cristina López, 10 abril 2017 / EDH

Confieso que yo era de las que pensaba que de todas las cosas deplorables que pueden asociarse con el ahora presidente estadounidense Donald Trump, su política exterior (no la comercial, ojo) era quizás de las más rescatables. Definitivamente — pensaba yo — mejor que la de su excontrincante en la elección, que compartía la simpatía por la intervención militar que los predecesores de Trump y que –de nuevo, esto según mi análisis equivocado– yo veía más entusiasta al respecto de convertir a Estados Unidos en la policía armada de los conflictos globales que a Trump.

Trump había sido inconsistente y hasta errático sobre sus posturas al respecto de la intervención militar. Pero si algo recordaba yo claramente, es que había insistido en que estaba en desacuerdo con la guerra de Iraq (si bien al principio la apoyaba) y que, en algún punto, había criticado a Obama por coquetear con una intervención militar en Siria. Este análisis era erróneo, porque la semana pasada Trump demostró tener el mismo gusto por la intervención bélica que quienes le preceden, con el agravante que su política exterior no la informa principio alguno, sino simplemente, cómo se ve desde “la óptica” política.

En Siria, el gobierno del sanguinario dictador Bashar al-Assad atacó a sus ciudadanos haciendo uso de una de las más despreciables herramientas bélicas: un ataque químico que dejó más de 70 muertos y más de 100 afectados. Sobre todo niños. Trump se dijo tan “indignado” por lo que había pasado en Siria, que sin consultarle al Congreso (en teoría, un requisito de limitación de poderes dentro del funcionamiento de las ramas de gobierno en Estados Unidos) emprendió un ataque de misiles contra una base aérea en Siria. Es incierto qué tipo de retaliación podría tener el gobierno sirio o sus aliados los rusos. Tampoco se sabe si Trump tiene un plan a largo plazo y si los misilazos (que cobraron las vidas de varios civiles en cuyo nombre supuestamente intervino) tenían valor estratégico alguno. Lo que se sabe es que con sus misilazos simbólicos logró distraer el ciclo noticioso que lo estaba enterrando por la turbia relación que su campaña tuvo con hackers rusos, por el reciente fracaso legislativo de su plan para repeler y sustituir la reforma de salud de Obama y en general, por el nepotismo con el que está manejando su gobierno, dándoles amplios poderes a su hija y a su cuñado con inexistentes mecanismos para que rindan cuentas.

Y los misilazos son claramente simbólicos y únicamente motivados por la política. Porque si realmente hubiera un interés humanitario en ayudar a las víctimas de la cruenta guerra civil en Siria, se le abrirían las puertas a los miles de refugiados intentando buscar otros destinos para salvar sus vidas y vivir en paz. Para complacer a su base antiinmigración, Trump ha pausado la entrada de refugiados y peticiones de asilo provenientes de Siria, y está luchando en las cortes por prohibir la entrada de viajeros de este país. Si los costos tributarios no son nunca un impedimento para emprender intervenciones bélicas, es curioso que lo sean (cuando serían mucho menores) para la atención y recibimiento de refugiados. Refugiados que, debido a lo que implica el proceso legal para asilarse en Estados Unidos, tendrían la obligación de trabajar y contribuir económicamente a la sociedad, siendo autosuficientes al cabo de una temporada. Trump no deja de sorprender en cuanto a que, nuevamente, el análisis inicial que muchos habíamos hecho de él estaba equivocado: es todavía mucho peor de lo que le dabamos crédito. Y sus posturas las motiva más el ego y la incompetencia que el hambre de poder.

@crislopezg

El resurgimiento del proteccionismo. De Manuel Hinds

El proteccionismo ha sido siempre una medida populista que ha fracasado económicamente. En algunos casos, como en 1930, los fracasos han sido espectaculares.

Manuel Hinds, 7 abril 2017 / EDH

El proteccionismo, por muchos años descartado por sus efectos negativos en las economías locales y en la mundial, está regresando a ponerse en boga, principalmente como resultado de las elecciones presidenciales norteamericanas, en las que los dos candidatos hicieron promesas de restablecerlo en Estados Unidos.

El proteccionismo ha sido siempre una medida populista que ha fracasado económicamente. En algunos casos, como en 1930, los fracasos han sido espectaculares. Buscando promover la producción local, la ley Smoot-Hawley de junio de ese año subió los aranceles de importación a Estados Unidos en todos los rubros. En vez de eso, la ley provocó represalias en todo el mundo. Prácticamente todos los países subieron sus aranceles. El resultado neto fue que el comercio internacional cayó de 2,298 a 992 millones de dólares oro de 1929 a 1933. El impacto en la producción fue severo. En vez de subir la producción, ésta disminuyó por el efecto de la caída de las exportaciones. Esta caída fue uno de los factores más importantes para convertir la caída de las acciones de 1929 en la Gran Depresión.

Pero la protección es negativa no sólo porque invita a represalias y esto lleva a caídas en el comercio en las que todos pierden. Operando con costos más altos que los prevalecientes en los mercados internacionales, las actividades protegidas se vuelven ineficientes y no pueden exportar. De esta forma, la protección contra las importaciones mata a las exportaciones. Aún más, las empresas descubren que su éxito depende no de la eficiencia de sus productos sino del favor de los políticos, que son los que deciden quienes deben ser protegidos y por cuanto.

La revolución de la conectividad ha hecho al proteccionismo todavía más negativo. Antes de dicha revolución, todo lo contenido en un producto era producido en el mismo lugar para poder coordinar su producción. En esas condiciones la competitividad de las empresas dependía de la del país. Ahora, con el desarrollo de la capacidad de coordinar tareas complejas a distancia, las empresas pueden partir sus líneas de producción, de tal forma que unas partes se manufacturan en un país y otras en otros, creando líneas de producción virtuales que cubren el mundo entero. Las empresas producen cada componente en los países en los que hacerlo es más barato. De esta forma lo que es competitivo no es el país en donde radican los dueños de la cadena sino la cadena misma, con su combinación de producción en distintos lugares.

De hecho, las empresas han establecido estas cadenas internacionales de producción para poder competir con otras cadenas que operan con cadenas internacionales similares. Un efecto hipotético ilustrará por qué esto es así. Imagine que, por ejemplo, la fábrica de carros Lincoln se ve amenazada por la Mercedes Benz, que puede producir un carro de lujo con menor costo porque produce sus transmisiones en Polonia. La Lincoln descubre entonces que sí podría competir y ganarle a Mercedes si produjera los motores en México. Abre una fábrica en México y empieza a ganarle mercado a Mercedes.

Si en esta situación, que es la más común en el mundo globalizado, Estados Unidos sube sus aranceles de importación para forzar a Lincoln a producir sus motores en Estados Unidos, los carros Lincoln perderán competitividad porque es más caro producir motores en Estados Unidos que en México. Habiendo perdido el mercado, Lincoln tendría que cerrar no solo su planta de motores en México sino también sus plantas en Estados Unidos. Mercedes tomaría la totalidad del mercado, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo entero. Resultados similares se obtienen si los aranceles se aplican sólo a los productos intermedios (como los motores), o sólo a los productos finales (los carros enteros) o igualmente a los productos intermedios y finales. En todos los casos, la protección falla porque la competitividad moderna depende de la eficiencia de la cadena entera de producción.

Para los políticos es a veces difícil comprender estas complicaciones de una economía que, mientras más se ha globalizado, se ha vuelto más interdependiente, de tal forma que tratar de cortar uno de los eslabones destruye a la cadena entera—aunque dicho eslabón esté en otro país. Es hora de que modernicen sus pensamientos.

El arte de armar coaliciones. De Manuel Hinds

El liderazgo es en realidad el arte de armar grandes coaliciones con intereses e ideales comunes. Este arte no depende de miradas o de gestos grandilocuentes, sino de trabajo paciente y de humildad en la búsqueda de estos intereses e ideales comunes.

Manuel Hinds, 31 marzo 2017 / EDH

En una admisión de derrota el líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes Paul Ryan retiró el plan que el gobierno había presentado para reemplazar el Acta de Cuidados Médicos Asequibles (Obamacare). Esto pasó a pesar de que los republicanos tienen en el Congreso la mayoría suficiente como para dar los votos que se necesitaban y más. La derrota fue muy dolorosa, porque la derogación de Obamacare era una de las promesas más importantes de campaña del Presidente.

Esta historia tiene lecciones muy importantes en varias dimensiones políticas. En este artículo me concentro en una sola de ellas—la derrota misma, independientemente de cual era el tema en el que se dio. ¿Cómo es posible que el Presidente, que se considera un experto en negociaciones, y hasta ha escrito un libro sobre el tema, puede haber fallado en armar una mayoría antes de anunciar que ya iba a proceder a cumplir con su promesa de campaña?¿Cómo no vio que tratar de pasar una ley que iba a dejar sin cobertura de salud a 24 millones de personas que acababan de lograrla podías ser fácilmente derrotada? ¿Cómo no pensó que esos 24 millones iban a pesar en los cálculos de los senadores y representantes? ¿Cómo es posible que haya tratado de hacer algo tan controversial en un momento en el que el nuevo gobierno estaba en una situación de baja popularidad?

Con la sabiduría que da saber lo que pasó en la realidad, que da una gran ventaja sobre los que tuvieron que tomar decisiones sin saber lo que iba a pasar, es posible percibir algunos factores comunes en estos errores, de los cuales podemos aprender todos, y principalmente los que queremos salvar al país de un tercer gobierno del FMLN.

Primero, en la base de todo hay un exceso de confianza en la fuerza de un líder y un partido. Este es el error más común en los políticos y el que más los ciega. Muchos en ARENA, por ejemplo, piensan que ya ganaron las elecciones. Derivan esta seguridad no de una realidad, un triunfo electoral como el de Trump y los republicanos, sino de una encuesta y de sus propios deseos.

Segundo, hay una percepción errónea de la causalidad de los fenómenos políticos. Parece que los líderes del Partido Republicano pensaron que si el Presidente había ganado las elecciones eso quería decir que todos y cada uno de sus programas tendrían el apoyo del pueblo, y por tanto, del Congreso. Fue una sorpresa muy profunda cuando descubrieron que esto no era así y que además la oposición a derogar Obamacare estaba compuesta por grupos que pedían cosas que eran incompatibles entre sí. Unos se oponían a la derogación porque su reemplazo sería demasiado derechista y otros porque sería demasiado izquierdista. Esto demuestra un tercer error: el no conocer y subestimar a los propios aliados.

Un cuarto error, que fue lo que mató a la iniciativa pero que se derivó inevitablemente de los anteriores, fue no dedicar el tiempo para buscar soluciones que pudieran crear una coalición que todos los republicanos pudieran apoyar sólidamente.

Hubo en el fondo de todos esto una falta de comprensión del verdadero significado del liderazgo efectivo. Mucha gente cree que en la política de adultos el liderazgo es una característica de la persona, que con un discurso o con una mirada hace que la gente pase por encima de sus intereses y sus ideas para hacer lo que el líder desea que hagan. El liderazgo es en realidad el arte de armar grandes coaliciones con intereses e ideales comunes. Este arte no depende de miradas o de gestos grandilocuentes, sino de trabajo paciente y de humildad en la búsqueda de estos intereses e ideales comunes.

Esta es la lección principal para el centro y las izquierdas y derechas democráticas del país. Lo que buscamos no es un gran líder tipo Chávez, sino la formación de una coalición madura organizada alrededor de ideas poderosas y varios líderes decentes que estén comprometidos con estas ideas—no uno, sino varios porque necesitamos varias personas decentes para escoger, y porque luego necesitamos varios de esos líderes trabajando juntos para sacar el país adelante.