Estados Unidos

La tragedia de América Latina. De Manuel Hinds

13 julio 2018 / El Diario de Hoy

En 1950 los salarios que latinos viviendo en Estados Unidos ganaban representaban en promedio el 85 % de los que ganaban los no latinos. En 2017 representan solo el 66 %. Al mismo tiempo, la participación de los latinos en la fuerza laboral norteamericana ha subido del 2 al 14 %. Es decir, mientras que la cantidad de latinos en ese país se ha multiplicado por siete, los salarios que ganan como porcentaje de lo que ganan los no latinos se han disminuido en un 23 %.

El Banco de la Reserva Federal de San Luis, Missouri, ha publicado un estudio analizando las razones de las diferencias en salarios, que sus conclusiones las reducen a una sola: la diferencia en logros educacionales y de formación de habilidades. Los logros de los no latinos en estas dimensiones no solo eran más bajos que los de los no latinos en 1950 sino que también han aumentado mucho menos rápidamente de entonces para acá. Los latinos, entonces, han ido recogiendo los trabajos que requieren menos habilidades y que por supuesto pagan menos. Representando el 16 % de todos los trabajadores de Estados Unidos, representan el 25 % de los trabajadores sin capacitación y de los trabajadores agrarios. La gente que tiene solo educación primaria o menos es el 16 % de los latinos, solo el 4 % de los no latinos. En el otro extremo de la distribución, los latinos representan solo el 8 % de los trabajos profesionales y técnicos, y apenas un 10 % de los gerentes, oficiales y propietarios.

El descenso en los salarios como porcentaje de los salarios de los no latinos se debe a la suma de dos tendencias: una, a que la población latina en Estados Unidos se educa menos que lo que se educan los demás, y, dos, a que los inmigrantes que han aumentado la población latina (muchos de los cuales son salvadoreños) son de una educación muy baja en relación con la de la población no latina.

Estas dos tendencias apuntan a la misma conclusión: sea que los latinos crezcan en Estados Unidos, o que crezcan en América Latina y se vayan luego para allá, siempre tienden a tener un nivel educativo mucho más bajo que el de los no latinos. Y eso hace que ganen mucho menos que los no latinos en Estados Unidos, allá o aquí.

Es bien sabido que la comparación da resultados opuestos a estos cuando se hace con inmigrantes asiáticos, especialmente chinos e indios, que en una generación saltan de la pobreza a la riqueza a través de mejorar radicalmente su educación. Los asiáticos tienen ahora rendimientos académicos e ingresos que superan los de los anglosajones. Cuando llegan a Estados Unidos, estos asiáticos pasan por penurias similares a las de los inmigrantes legales latinoamericanos. Pero salen adelante en una generación. El problema está en nosotros, los latinos, que acarreamos la pobreza con nosotros.

El problema que cause este acarreo es obviamente cultural: la cultura latinoamericana no reconoce la educación como algo útil y que valga la pena. Criados en la tradición de la colonia española, que veía la riqueza en términos de minerales y de productos de la tierra, no del conocimiento y las habilidades, los latinos nunca hemos desarrollado el respeto al conocimiento que tienen todos los pueblos avanzados. Ni siquiera nos hemos dado cuenta de que toda riqueza proviene en el último extremo del conocimiento. Por eso nunca hemos logrado desarrollarnos.

Esa es la tragedia de la América Latina. La tragedia de El Salvador es peor, porque todo indica que los que se van a Estados Unidos para bajar el promedio de educación allá, tienden a ser los más aventajados aquí.

Esta cultura de la ignorancia debe cambiarse aquí para que la educación pueda florecer y para que esto nos lleve al desarrollo. La idea de que primero debemos subir la producción y luego pensar en la educación y la salud del pueblo ignora, contra toda la evidencia de la historia y de la economía mundial actual, que no se puede subir la producción sustancialmente si no se mejora la educación, la salud, la cultura de la población. Los problemas de la producción y de la calidad del capital humano no se pueden separar. Son una misma cosa. Tenemos que entender esto, y si no queremos hacerlo, debemos acostumbrarnos a ser pobres.

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El regalo de Trump a China. De Joschka Fischer

Joschka Fischer

Joschka Fischer, dirigente del Partido Verde, fue ministro de Relaciones Exteriores y vice-jefe del gobierno de Alemania entre 1998 y 2005

22 junio 2018 / PROJECT SYNDICATE

BERLIN – Ya está claro que el siglo XXI trae consigo el inicio de un nuevo orden mundial. Mientras la incertidumbre y la inestabilidad asociadas con ese proceso se extienden por el globo, Occidente respondió con timidez, o con nostalgia de antiguas formas de nacionalismo que fracasaron en el pasado y que seguramente no funcionarán ahora. 

Hasta para el optimista más incorregible, la cumbre del G7 celebrada este mes en Quebec fue la prueba de que el Occidente geopolítico se está desintegrando y perdiendo peso global, y que el gran destructor de ese orden que fue creado y liderado por Estados Unidos no es otro que el presidente estadounidense. Es verdad que Donald Trump es más un síntoma que una causa de la desintegración de Occidente, pero él está acelerando el proceso en forma dramática.

Los orígenes del malestar occidental pueden rastrearse hasta el final de la Guerra Fría, cuando un orden mundial bipolar dio paso a la globalización económica, que permitió la aparición de nuevas potencias como China. En las décadas que siguieron, EE. UU. aparentemente se convenció de que sus viejas alianzas eran más una carga que un activo.

Esto se aplica no sólo a Europa, Japón y Corea del Sur, sino también a los vecinos inmediatos de EE. UU.: Canadá y México. La decisión de Trump de imponer aranceles a las importaciones de acero y aluminio dejó a EE. UU. y Canadá profundamente divididos en la cumbre de Quebec, y es seguro que el conflicto comercial entre ambos países tendrá consecuencias políticas mucho más amplias.

Europa y el Atlántico Norte dominaron la economía global por cuatro siglos. Eso se acabó. Y la nueva geografía de poder implícita en el traslado del centro de gravedad económico del mundo desde la región transatlántica hacia la región de Asia y el Pacífico no es compatible con el mapa conceptual de la geopolítica del siglo XX, mucho menos la del siglo XIX.

Aunque EE. UU. sigue siendo la principal superpotencia del mundo, China ha resurgido como una fuerza geopolítica que es nueva y muy antigua a la vez. Con una población de 1400 millones de personas y un mercado interno enorme, China está desafiando a EE. UU. por el papel de líder económico, político y tecnológico del mundo.

Cualquiera que haya visitado alguna vez los pasillos del poder en Beijing sabe que la dirigencia china tiene su propio mapa del mundo, en el que China (el “Reino del Medio”) aparece en el centro, mientras Europa y EE. UU. se caen por los costados izquierdo y derecho, respectivamente. Es decir, EE. UU. y Europa (esa extraña mescolanza de pequeños y medianos estados‑nación) ya se encuentran divididos y confinados a los márgenes.

Al principio, EE. UU. reaccionó intuitivamente a los cambios geopolíticos de este siglo con un “giro a Asia”. Pero EE. UU. tenía presencia en el Atlántico y en el Pacífico desde mucho antes, y en su carácter de última potencia global que queda, puede anticiparse a los cambios geopolíticos históricos de modo de proteger sus intereses.

Europa, en cambio, atravesó como en automático el actual interregno histórico, ocupada más que nada en la introspección, en viejas animosidades y en dulces sueños decimonónicos de cuando todavía gobernaba el mundo. Y acontecimientos como la victoria electoral de Trump y el referendo británico por el Brexit reforzaron esa visión estrecha.

Pero en vez de ahondar en las extrañas conductas de Trump, es mejor recordar que lo que está pasando en el mundo empezó antes de su presidencia. Al fin y al cabo, el “giro a Asia” lo inició el expresidente estadounidense Barack Obama; Trump solamente lo continuó con medidas de las que el ejemplo más reciente es la reunión con el líder norcoreano Kim Jong-un en Singapur.

Si las políticas de Trump plantean riesgos serios, no es porque representen una reorientación estratégica de EE. UU. (algo que ya estaba en marcha), sino porque son autocontradictorias e innecesariamente destructivas. Por ejemplo, cuando Trump pide una reducción de la presencia militar estadounidense en Medio Oriente, sólo repite lo que ya decía Obama.

Pero al abandonar el acuerdo nuclear con Irán, Trump hace más probable una guerra en la región. Y con sus esfuerzos exagerados para aliviar el aislamiento internacional de Corea del Norte, sin obtener casi nada a cambio, ha fortalecido la posición de China en Asia Oriental.

La guerra comercial global de Trump es igualmente contraproducente. Al imponer aranceles a los aliados más cercanos de EE. UU., prácticamente los arroja a los brazos de China. Si los exportadores europeos y japoneses se encuentran con barreras proteccionistas en EE. UU., ¿qué pueden hacer sino recurrir al mercado chino? Y una Europa sin su respaldo noratlántico no tiene otra opción que virar en dirección a Eurasia, pese al militarismo del presidente ruso Vladimir Putin en Ucrania oriental y sus intentos de influir en el resultado de elecciones en Occidente.

Además, incluso sin el proteccionismo estadounidense, Japón iba a tener que adaptarse tarde o temprano al creciente poder económico de China. La última oportunidad de contener al gigante chino se perdió cuando Trump abandonó el Acuerdo Transpacífico, que hubiera alzado ante China un dique de contención liderado por EE. UU. en la cuenca del Pacífico.

De modo que el “giro a Asia” se desarrollará en formas muy diferentes a cada lado del Atlántico. Sin políticas conjuntas de EE. UU. y la Unión Europea para mantener la cohesión transatlántica, Occidente pronto será cosa del pasado. Con EE. UU. mirando hacia el oeste a través del Pacífico, y Europa mirando hacia el este en dirección a Eurasia, la única vencedora será China. El verdadero peligro estratégico de la era de Trump, entonces, no es simplemente que el orden mundial esté cambiando, sino que las políticas de Trump sólo lograrán “hacer a China grande otra vez”.

Traducción: Esteban Flamini

Carta a la oposición: Trump ataca a todo el país, no al gobierno. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 24 febrero 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Estimados amigos:
Esta semana, Donald publicó en Twitter lo siguiente: “Nuestros grandiosos agentes de ICE y de las Patrullas de Frontera remueven miles de miembros de la MS13, pero estos asesinos regresan desde El Salvador, atravesando México como si fueran agua. El Salvador solo agarra nuestro dinero, y México nos tiene que ayudar más con este problema. ¡Necesitamos el muro!”

Algunos ilusos piensan que esto es un ataque del presidente de Estados Unidos, de derecha, a nuestro gobierno de izquierda. Falso: Es un ataque a nuestro país. No vayan a pensar que Trump quiere denunciar al gobierno del FMLN para ayudar a ARENA en la recta final de las elecciones. Le vale el FMLN. Le vale ARENA. Le vale El Salvador.

logos MAS y EDHY le valen nuestras elecciones. Lo único que le interesa es distraer del serio problema que enfrenta a raíz de la última masacre en una escuela en Florida, y de la espontánea movilización de los estudiantes en todo el país exigiendo prohibir la venta y portación de armas de guerra. Trump acaba de enfrentar en la Casa Blanca a los sobrevivientes y los padres de víctimas de la masacre de Parkland, y sus reclamos amenazan con desarmar su discurso que repite y repite que la inseguridad y violencia en Estados Unidos es resultado de la migración.

Para Trump, el tema de la violencia, que siempre lo vincula a la pandilla MS13 para vincularlo con los migrantes, no es un problema ideológico. No tiene nada que ver con izquierda o derecha. Es piedra angular de su agenda racista llamada ‘America First’.

Screen Shot 2018-02-23 at 3.21.02 PM.pngTodo lo que dice en su tuit es mentira. Las pandillas no son el principal problema de seguridad de Estados Unidos. Estados Unidos no ha deportado miles de pandilleros de la MS13. Tampoco hay miles de pandilleros entrando vía México a Estados Unidos. No es cierto que los migrantes centroamericanos pasan por México “como si fueran agua”, sino ellos sufren sistemáticamente todo tipo de obstáculos, vejámenes y represiones en México. Y si dice que “El Salvador solo agarra nuestro dinero”, quiere presionar a nuestro gobierno a ponerse al servicio de su objetivo principal: parar la migración. Exige a los países de Centroamérica y México que se conviertan en guardianes de la frontera sur de Estados Unidos. Exige que esta tarea sea la absoluta prioridad de nuestras políticas de Seguridad, no buscar cómo resolver la violencia en nuestros barrios sin permitir que nuestra policía no se convierta en violadora de los Derechos Humanos.

Esta exigencia de Estados Unidos, con la amenaza de cortar sus programas financieros y de desarrollo, es un vil chantaje. Es un desafío al país entero, no al gobierno de turno. Igual que en el caso del TPS y del DACA, es responsabilidad compartida del gobierno, de la oposición y de toda la sociedad salvadoreña de enfrentar este chantaje, ir a Estados Unidos y hacer lobby para que Donald Trump no se salga con la suya.

Hay muchos en Estados Unidos, incluyendo en su propio partido Republicano, quienes no están de acuerdo con estas políticas de chantaje y ofensa de Trump contra los migrantes y contra sus países de origen.

Usar los exabruptos de Trump como munición en la campaña electoral sería un grave error.

Saludos,

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El reto para el próximo presidente. De Cristina López

Reconstruir la relación con Estados Unidos será indispensable, porque bajo la actual administración la política exterior ha carecido de estrategia alguna fuera del servilismo asqueante para con el Socialismo del Siglo 21 que, fuera de llenar los bolsillos de la cúpula efemelenista con dinero petrolero, fue una política exterior que hizo poquísimo por el salvadoreño promedio.

Cristina LópezCristina López, 29 enero 2018 / El Diario de Hoy

La semana pasada los tres precandidatos presidenciales de ARENA suspendieron simbólicamente su campaña por unos días para visitar, juntos, en bloque, la capital de los Estados Unidos, Washington DC. Durante un conversatorio dirigido a salvadoreños que viven en esta ciudad y en las zonas aledañas de los estados de Maryland y Virginia, los tres precandidatos abordaron varios de los temas pertinentes a la relación de El Salvador con Estados Unidos que, inevitablemente, deberán ser parte de la agenda de la próxima administración presidencial en El Salvador.

EDH logEntre ellos, lógicamente, se encontraban el tema del TPS y la urgencia de buscar otra alternativa para los 200,000 que quedarán desamparados luego que la administración de Trump decidiera, por pura demagogia para complacer al elemento más virulentamente anti-inmigrante de su base. El simple recordatorio de que nuestros gobernantes actuales ven enviar a nuestros compatriotas en peligro de deportación a Catar o a Bolivia como una opción seria, debería servir para prestar atención a las propuestas que cualquiera de estos precandidatos tiene en lo que a reconstruir la relación con Estados Unidos respecta.

Y reconstruir la relación con Estados Unidos será indispensable, porque bajo la actual administración la política exterior ha carecido de estrategia alguna fuera del servilismo asqueante para con el Socialismo del Siglo 21, que fuera de llenar los bolsillos de la cúpula efemelenista con dinero petrolero, fue una política exterior que hizo poquísimo por el salvadoreño promedio.

Durante el conversatorio, el precandidato Javier Simán señaló la patética realidad de que la actual embajadora de El Salvador ante los Estados Unidos no domina el idioma del país en que trabaja. Si bien su deber es atender a los millones de salvadoreños que residen acá, también es responsable de representar a nuestro país frente a las autoridades estadounidenses, por lo que no es pedir demasiado que al igual que tantos salvadoreños que trabajamos en Estados Unidos, se cumpla a cabalidad el requisito mínimo de tener las herramientas de lenguaje necesarias para desempeñar su cargo. Es refrescante saber que de llegar al poder, los precandidatos tomarán en cuenta la importancia de devolverle a la embajada de El Salvador su lugar de relevancia en la capital gringa.

Lo digo porque para Washington DC, políticas aparte, la comunidad salvadoreña es importantísima. Sus contribuciones a la sociedad washingtoniana son apreciadísimas por todas las comunidades, colonias y barrios. Más de un estadounidense ha aprendido a echar pupusas, que son vistas casi como un platillo local de esta capital multicultural, y son varios los gringos que sin ironía alguna pueden verse por la ciudad con camisetas del Mágico o la Selecta. La barra del club de fútbol local es en español, probablemente porque muchísimos de sus hinchas son salvadoreños gritando “¡vamos, vamos United!”. Nuestra gente se ha construido, a punta de partirse la espalda trabajando, un lugar respetadísimo aquí, lejos de su tierra natal.

No es solo por sus remesas que a quien sea que llegue a Casa Presidencial en el 2019 debería de interesarle, más allá de la política electorera, fortalecer los lazos con los salvadoreños que estamos fuera. Es también porque en los últimos veinte años las autoridades gubernamentales le han fallado al salvadoreño en el exterior de manera doble: en primer lugar, creando las condiciones que hicieron que muchos tuvieran que salir huyendo y, en segundo lugar, mostrando incapacidad absoluta para construir un lugar al que puedan regresar. Y ese es el reto para cualquiera que tenga el privilegio de servir como nuestro próximo presidente.

@crislopezg

La puerta. De Cristian Villalta

Al TPS no lo mató el fantasma de Hugo Chávez; se murió de hambre nada más. Renovado en septiembre de 2016, vencía naturalmente en marzo de este año.

cristian villaltaCristian Villalta, 14 enero 2018 / La Prensa Gráfica

Uno las ve en la fotografía y hasta advierte una sonrisa en la diputada Karina Sosa; a su colega Nidia Díaz, en cambio, la imagino algo contrariada. Eso de ponerse cínico no se le da igual a toda la gente.

Tampoco es para morirse: si la consigna era que ninguno de los parlamentarios oficiales se quedara callado luego de las noticias respecto al TPS, algo había que hacer; y ni siquiera la inviable propuesta de darle $1,500 dólares como capital semilla a cada uno de los retornados las hizo ver peor que el canciller Hugo Martínez o el presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén.

LPGAl canciller y a su jefe les faltó apenas un gramito de iniciativa para declarar el 8 de enero como el Día Nacional de la Reunificación Familiar. Sus discursos de esa tarde fueron irrespetuosos para la inteligencia de la nación, mera jerga electorera, pretendiendo que el votante interpretara la extinción de los beneficios del TPS para casi 200,000 connacionales en 2019 como una victoria de la diplomacia.

El infame optimismo gubernamental fue la mal disimulada respuesta al oportunismo barato del principal opositor. Al otro lado del barrio político, las expresiones de muchos voceros de ARENA, incluido uno de sus precandidatos a la Presidencia, fueron infantiles, ligando la decisión estadounidense con la adhesión de los gobiernos del FMLN a la agenda de la Alianza Bolivariana, y más específico, con la lamentable participación del exministro de Obras Públicas, Gerson Martínez, en un evento que, seamos sinceros Gerson, parecía organizado por los primos soyapanecos de Osama bin Laden.

Al TPS no lo mató el fantasma de Hugo Chávez; se murió de hambre nada más. Renovado en septiembre de 2016, vencía naturalmente en marzo de este año; con la ascensión al poder de un hombre enemistado con los inmigrantes, ¿qué detuvo al FMLN para asociarse con otros países también interesados en estos beneficios, enfilar sus baterías diplomáticas y las de sus aliados en el Congreso y acercarse al Gobierno de los Estados Unidos de América desde enero del año pasado?

En lugar de comprometerse con brindar esas respuestas o de convocar a la nación a un análisis integral de la situación, solo quedó materia para el “gossip” electoral y para un ejercicio de descaro de parte de las dos facciones de la plutocracia que gobernó al país desde 2001 a la fecha. Gobierno y medio de ARENA, Gobierno y tres cuartos del FMLN, ambos son responsables de que nuestra política exterior en este siglo haya sido reactiva, cargada de una ideologización inútil, pensada de espaldas a los compatriotas migrantes.

Especialmente durante la administración de Antonio Saca, la vulnerabilidad migratoria de los connacionales fue usada como moneda de cambio y herramienta de cálculo electoral. Las fotos de Saca abrazándose con George W. Bush y su discurso que la renovación del TPS había sido posible merced a su “amistad” con el mandatario provocan tanta indignación hoy como en 2008. En aquel momento, el Estado gozaba de un indiscutido capital político en Washington, pero rehuyó buscar una solución permanente. Algo tuvieron que ver en ese desperdicio de oportunidad la incapacidad de liderazgo del último presidente arenero. Una lástima porque nuestra gente siempre debió ser nuestra respuesta, no nuestro problema.

Hoy, todos vuelan a Washington, a tocar una puerta que ya no existe.

A letter to Trump from a “shithole country” / Carta a Trump desde un “shithole country”. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 13 enero 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Dear Donald:
You asked why all these people from shithole countries are coming to your country. Well, I can answer your question: They believe in the United States, more than you do. You don’t believe that the United States became a great country because millions of people, from all over the world, have chosen to come to the United States, ready to work hard for their families, including those they left behind. You don’t believe in the American ideal of freedom and equality that keeps attracting people who live in poor countries where this ideal is only real for the privileged few. Those who truly believe in this ideal are those people from poor countries, who risk everything, including their lives, to come to the United States. Shit people who come from shitholes.

logos MAS y EDHWell, Donald, have you never asked yourself why your grandfather Friedrich Drumpf came to the United States in 1885? He came, because back then Germany was a shithole even worse than El Salvador and Haiti are now for you. Why do you think millions of Irish, Italians, Germans and Norwegians left their countries to settle in the United States and built it into the great country you are trying to destroy? They came because they couldn’t make a living and find freedom in their shitholes, as you choose to call poor countries.

Encuentre la versión
en español de esta carta abajo

You asked yourself another question: Instead of all these people from shitholes like El Salvador and Haiti, why not bring people from Norway to the States? That’s also easy to answer: Because Norway is not anymore the shithole it was, when 4.5 millions of its people immigrated to the Unites States some 150 years ago. It may hurt your feelings, but today nobody from Norway will emigrate to your country, because this former shithole now guarantees its citizens a degree of freedom, wealth, security, health care and equality you can only dream of. So does most of Europe. So, forget about white well-educated people flocking into your country in order to make it great again. You’ll have to do with the people from shitholes. And let me tell you: They are the most motivated to work hard and defend American values.

You’re right: We have a lot of shit going on in our country: corruption, violence, bad leadership… and sometimes bad influence from the US. That’s why we often call our country even worse things than a shithole. We have the right to do that, you don’t. You can -and should- blame our bad leaders for all they’re doing wrong, but you can’t blame or hurt our countrymen, whose hard work in the United States is doing more to improve our country than our and your government together.

Excuse my English, but what can you expect
from people living in a shithole?

Regards,

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Carta a Trump desde un “shithole country”. De Paolo Luers

Paolo Luers, 13 enero 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Estimado Donald:
logos MAS y EDHUsted preguntó porqué toda esta gente de “shithole countries”, o sea países de mierda, vienen a su país. Bueno, yo le tengo la respuesta: Ellos creen en los Estados Unidos más que usted. Usted no cree que Estados Unidos se hizo un gran país porque millones de gente de todo el mundo decidieron emigrar a Estados Unidos, dispuestos a trabajar duro para sus familias, incluyendo los que dejaron atrás. Usted no cree en el ideal americano de libertad e igualdad que continua atrayendo gente que vive en países donde este ideal solo es realizable para una minoría privilegiada. Los que realmente creen en este ideal son los ciudadanos de países pobres, quienes arriesgan todo, incluso sus vidas, para llegar a los Estados Unidos. Gente hecho mierda de países mierda.

Bueno, Donald, nunca se preguntó porqué su abuelo Friedrich Drumpf vino a Estados Unidos en 1885? Vino porque en aquel entonces Alemania fue un “shithole” incluso peor que El Salador y Haití ahora. ¿Por qué cree que millones de Irlandeses, Italianos, Alemanes y Noruegos abandonaron sus países para ir a Estados Unidos y convertirlo en el gran país que usted está tratando de destruir hoy? Llegaron a Estados Unidos, porque en sus “shitholes, como usted llama a los países pobres, no podían sobrevivir, ni mucho menos encontrar la libertad.

Usted se hizo otra pregunta: En vez de toda esta chusma de “shitholes” como Haití o El Salvador, ¿por qué no traer a Estados Unidos a gente de Noruega? También es fácil de responder: Porque Noruega ya no es el “shithole” que fue cuando 4.5 millones de su población emigraron a Estados Unidos hace como 150 años. Tal vez le ofenda, pero hoy en día nadie va a emigrar de Noruega a Estados Unidos, porque este país ahora garantiza a sus ciudadanos un grado de libertad, prosperidad, seguridad, atención de salud e igualdad que usted solo puede soñar. Y así buena parte de Europa. Entonces, olvídese de masas de gente blanca y bien educada buscando Estados Unidos para hacerlo nuevamente un gran país. Tendrá que arreglárselo con gente de los “shitholes” del mundo. Y déjeme decirle: Son los más motivados a trabajar y para defender los “valores americanos”.

Tiene razón usted: Tenemos un montón de mierda que pasa en nuestro país: corrupción, violencia, pésimo liderazgo… y a veces malas influencias desde los Estados Unidos. Por eso, muchas veces llamamos nuestro país peores cosas que “shithole”. Nosotros tenemos el derecho de hacerlo, usted no. Usted puede -y debería- denunciar a nuestros líderes por todo lo que hacen mal, pero no puede culpar ni mucho menos castigar a nuestros compatriotas, cuyo trabajo duro en Estados Unidos aporta más a nuestro país que el gobierno nuestro y el suyo juntos.

Saludos,

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Trump wants to remove these immigrants “from shithole countries”. Dos notas del Washington Post

An ugly bit of history tells us what it could do to the economy.

“Mexican men and children who live in corral.” Robstown, Texas, 1939. (Russell Lee, Farm Security Administration via Library of Congress)

Andrew Van Dam, 10 enero 2018 / The Washington Post

washington postIt isn’t cited much in contemporary debate, but one enormous, racist episode in U.S. history could forecast the potential economic fallout of the Trump administration’s decision to terminate the residency permits of those granted Temporary Protected Status (TPS) in the United States.

Between 1929 and 1934, Americans were getting hammered by the Great Depression. As their anger and frustration grew, it was directed toward America’s Mexican population. During the ’30s, an estimated 400,000 and 500,000 Mexicans and American citizens of Mexican descent were sent “home,” often forcibly, by state and local officials, with the approval of the federal government.

The stated motivation for the mass expulsions was typically economic, focusing on the burden posed by poor migrants, as well as the competition for jobs.

The Trump administration’s rationale for ending TPS for an estimated 244,590 migrants from El Salvador, Haiti, Nicaragua and Syria is also partly about economics — although President Trump has more broadly claimed his immigration policy is about safety.

Ending the humanitarian program is a keystone of Trump’s fast-rising virtual wall against migrants including so-called dreamers.

According to an official statement of immigration principles posted in October: “Decades of low-skilled immigration has suppressed wages, fueled unemployment and strained federal resources.” The report also outlines strategies for deporting those who are in the U.S. illegally or who “abuse” their visas.

TPS beneficiaries have deep roots in the U.S. economy. Consider Salvadorans and Haitians, the two largest groups who are set to lose their residency permits so far. According to a 2017 report by the Center for Migration Studies, most Salvadorans have been in the country for more than 20 years. Among Haitians, who were granted the status much more recently, the figure is only 16 percent.

These TPS recipients have median household incomes of between $45,000 (Haitians) and $50,000 (Salvadorans) per year, according to the center, and participate in the labor force at higher rates than the native population. Thirty-four percent of Salvadorans and 23 percent of Haitians hold mortgages. Tearing them out would be a massive shock to the system.

There’s been a wealth of research on how much immigrants add to an economy, but not as much about what happens if you forcibly subtract them.

In the United States, the clearest parallel may well be the mass repatriation of Mexicans during the Great Depression. It was an era of desperation, hyperbole and racist hysteria. Politicians of the time should sound familiar, a few hilarious archaisms aside. In his 1931 annual report, Commissioner General of Immigration Harry Hull bemoaned the “hardships inflicted upon the American citizen” by “exposure to competition in employment opportunities of the bootlegged aliens.”

To solve this problem, he promised “to spare no reasonable effort to remove the menace of unfair competition which actually exists in the vast number of aliens who have in one way or another, principally by surreptitious entries, violated our immigration laws.”

Hull and his allies got their wish. Almost a third of America’s Mexican population, which amounted to almost a quarter of the entire labor force in some Texas towns, were eventually expelled.

And did it work?

Economists Jongkwan Lee, of the Korea Development Institute, Vasil Yasenov, a postdoctoral scholar at the Goldman School of Public Policy in the University of California at Berkeley, and Giovanni Peri, economics chair at the University of California at Davis, looked at decades of detailed data to see if the higher wages and lower unemployment promised by opponents of immigration had materialized.

If anything, the opposite occurred.

Like TPS beneficiaries, many Mexicans (defined by the authors as people born in Mexico and their children) had established themselves in their communities. Researchers found cities that sent away more Mexicans saw worsening unemployment and slower wage growth after repatriation, even when adjusting for effects such as extreme drought and localized New Deal policies.

The effect was, however, too small to be significant in all but the hardest-hit cities.

Researchers found a similar story when they looked at occupations. There was little sign that natives benefited when the Mexicans were pushed out — even among the low-wage professions, which had had a higher share of Mexican workers.

In intermediate- and high-skill jobs, the fallout was even clearer. “Skilled natives lost jobs once Mexicans were repatriated, while less skilled natives did not necessarily replace them,” the researchers found.

“The Mexicans and natives specialized in different occupations,” researcher Yasenov said. “They don’t necessarily compete for the same jobs.”

Instead, the labor market was something like a Jenga tower. The immigrants were key blocks holding up bits of the structure. Once you yank the blocks out and the tower begins to wobble, it becomes extremely difficult to push new blocks into their places without toppling the whole thing.

In their full analysis, which ranged from 1930 to 1950, the researchers found that — despite politicians’ promises at the outset — no broad group of American workers benefited from the massive, coerced repatriation of one out of every three Mexicans.

It’s telling. This period in history should have made the perfect argument for the administration’s virtual wall anti-immigration policy. Native-born workers were crossing the country in desperate search of jobs. The unemployment rate peaked above 25 percent. And yet, there’s no evidence that in the end, U.S. workers benefited from tossing out hundreds of thousands of men and women who they saw as their labor market rivals.

In fact, there are indications that they suffered the worse for it.

Parallels to the present

The labor market has evolved since the Great Depression, Yasenov said, but the economic forces behind it haven’t. “If these programs didn’t produce significant effects back then, they’re not likely to produce significant effects now,” he said.

First, if history is any guide, the areas which exclude the highest numbers of migrants will also see higher job losses and slower wage growth among local populations than similar cities that did not receive as many TPS recipients.

For Salvadorans and Haitians, that will be seen in the states below — within them, the largest enclaves are Haitians in Miami and Salvadorans in Los Angeles, Houston, Dallas and the D.C. area.

Second, low-skilled occupations with high populations of repatriated workers will at best see no significant gains for those who remain behind, either in wages or in unemployment. Higherskilled occupations in those same regions will take a hit, as their employees, suppliers and customers are expelled. In this case, workers from both El Salvador and Haiti are concentrated in lower-skilled jobs, not dissimilar to those that were held by Mexicans at the onset of the Depression.

Understanding repatriation’s consequences in terms of the economy’s headline number or gross domestic product is a matter of simple math. At its core, GDP is the result of multiplying an economy’s population by each resident’s production of goods and services.

When you expel workers, like Mexicans during the Depression or Salvadorans today, you reduce the population side of the equation. But it gets worse, because you also reduce the production side as employers struggle to replace the workers, suppliers and buyers they just lost.

And if you’re reducing both sides of that GDP multiplication equation, you’re necessarily going to multiply the resulting drag on economic growth. Which is the opposite of what Trump officials are promising with their immigration overhaul.

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Trump attacks protections for immigrants from ‘shithole’ countries

/ The Washington Post

washington postPresident Trump grew frustrated with lawmakers Thursday in the Oval Office when they floated restoring protections for immigrants from Haiti, El Salvador and African countries as part of a bipartisan immigration deal, according to two people briefed on the meeting.

“Why are we having all these people from shithole countries come here?” Trump said, according to these people, referring to African countries and Haiti. He then suggested that the United States should instead bring more people from countries like Norway, whose prime minister he met Wednesday.

The comments left lawmakers taken aback, according to people familiar with their reactions. Sens. Lindsey O. Graham (R-S.C.) and Richard J. Durbin (D-Ill.) proposed cutting the visa lottery program by 50 percent and prioritizing countries already in the system, a White House official said.

A White House spokesman defended Trump’s position on immigration without directly addressing Trump’s remarks.

“Certain Washington politicians choose to fight for foreign countries, but President Trump will always fight for the American people,” spokesman Raj Shah said in a statement issued after The Washington Post first reported Trump’s remarks. “. . .Like other nations that have merit-based immigration, President Trump is fighting for permanent solutions that make our country stronger by welcoming those who can contribute to our society, grow our economy and assimilate into our great nation.”

Outlining a potential bipartisan deal, the lawmakers discussed restoring protections for countries that have been removed from the temporary protected status program while adding $1.5 billion for a border wall and making changes to the visa lottery system.

The administration announced this week that it was removing the protection for citizens of El Salvador.

Trump had seemed amenable to a deal earlier in the day during phone calls, aides said, but shifted his position in the meeting and did not seem interested.

Graham and Durbin thought they would be meeting with Trump alone and were surprised to find immigration hard-liners such as Rep. Bob Goodlatte (R-Va.) and Sen. Tom Cotton (R-Ark.) at the meeting. The meeting was impromptu and came after phone calls Thursday morning, Capitol Hill aides said.

After the meeting, Marc Short, Trump’s legislative aide, said the White House was nowhere near a bipartisan deal on immigration.