Estados Unidos

Carta a Donald Trump: La guerra en casa. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 18 febrero 2017 / EDH

Dear Mr. President:
I know you hate Spanish. Stupid language. Later I’ll send you a copy of my letter in English, which is a great language. People here don’t understand it, so I have to publish in Spanish…

Estimado presidente:
¿Realmente quiere declararle la guerra a los inmigrantes? ¿O por qué dio orden a su secretario de defensa a movilizar a unos 100 mil soldados de la National Guard para perseguir y arrestar a los ilegales? De paso sea dicho: Al fin alguien habla claro y se enfrenta a la pinche corrección diario hoypolítica que obligaba a decir: “No puede haber personas ilegales, todos seres humanos son legales y tienen derecho a vivir, aun cuando sean indocumentados.” Bullshit: Ilegales son ilegales, son potenciales terroristas, igual que los musulmanes.

Anyway: Usted al fin va a emplear fuerzas militares contra los inmigrantes ilegales, en la frontera (mientras no tenga su muro), y en las ciudades. ¿Veremos soldados patrullando en Echo Park en Los Angeles, en Heampstead en Long Island, y en Adams Morgans en Washington DC?

Esto realmente hará América great again. Usted ya dijo hasta la saciedad que no entiende porque los Bush y Obama han mandado tropas estadounidenses para defender países raros donde ni siquiera hablan inglés ni saben hacer hamburguesas, mientras nadie estaba defendiendo a los ciudadanos de Estados Unidos contra violadores, terroristas, pandilleros y otros inmigrantes.

Se acuerda los años de la guerra de Vietnam, cuando los “Weatherman” y otros radicales andaban gritando: “Bring the war home! – ¡Traemos la guerra a casa!”? Bueno, ellos no lo lograron. Total losers. Pero usted ahora lo va lograr: Tropas contra inmigrantes. Make America Great Again…

Aquí en Centroamérica, las embajadas y diferentes congresistas y senadores viajeros de Estados Unidos (todos total losers e intrusos) nos han dicho: “Cuidadito, no deberían militarizar la Seguridad Pública, no saquen a los militares a la calle a luchar contra el crimen.” Por cierto, los gobiernos nuestros nunca les hicieron caso a estas advertencias. Hoy van a estar felices los presidentes de Honduras y El Salvador, porque con usted movilizando fuerzas militares en sus ciudades, ya nadie les va a fregar por militarizar nuestros países. A lo mejor usted va a mandarles ayuda militar, como ya le ofreció al gobierno de México. Los nuestros la van a aceptar sin tanta discusión…

De paso sea dicho: Su muro sólo va a detener a los niños salvadoreños, mujeres hondureñas y otros terroristas, si lo diseña como lo hizo el camarada Walter Ulbricht, cuando construyó su muro, primero atravesando la ciudad de Berlin, luego toda Alemania: No sólo fue un muro, esto no sirve, fue un muro con una franja de muerte detrás, donde patrullaban tropas y habían torres con francotiradores. Great wall! Putin todavía debe tener los diseños originales de su tiempo como oficial de la KGB en Alemania Oriental… Si usted se trae a casa los drones de combate que Obama mandó a otros países, tal vez le funcionará la militarización de su frontera sur.

Le doy otro consejo. Es para que mejore su orden ejecutiva contra a entrada de los terroristas a Estados Unidos. Tal vez todavía no le han informado, pero el país con la tasa de terroristas más alta del mundo es El Salvador. Tenemos como 60 mil pandilleros, declarados por la Corte Suprema como terroristas, no contando el medio millón de colaboradores. Para que los llamados jueces no le vuelvan a boicotear su nueva orden ejecutiva, con el argumento que discrimina a los musulmanes, simplemente incluya en su lista El Salvador. Aquí casi no hay musulmanes, todos son católicos o evangélicos, hasta los terroristas.

Sólo tome en cuenta una cosa, Mr. Trump: Si nos manda de regreso a todos los pandilleros, violadores y otros inmigrantes centroamericanos, nosotros aquí también tendremos guerra en casa. Porque aquí los gobernantes no saben lidiar con una crisis social. Total losers.

Suerte con la guerra en casa, presidente. Saludos le manda

44298-firma-paolo

Lea a el memorándum del Secretario de Seguridad Nacional
del presidente Trump, general John Kelly,
sobre la movilización
de unidades militares de la Guardia Nacional

Columna transversal: Mejor prevenir que lamentar. De Paolo Luers

Los caudillos populistas no caen del cielo, crecen en el caldo de cultivo que muchos generadores de opinión y políticos han preparado durante años, y que la clase “ilustrada” no ha tomado en serio.

paolo3Paolo Luers, 10 febrero 2017 / EDH

La culpa no es de Trump. Es de los 50 millones de estadounidenses que votaron por él. Trump subió al poder porque 50 millones que creen que construyendo un muro van a parar la inmigración no autorizada a Estados Unidos – y que al cerrar la frontera habrá más jobs y menos violaciones en Estados Unidos. Trump llegó a la Casa Blanca, porque la cultura política en Estados Unidos es tan baja que 50 millones de ciudadanos creen que un presidente puede retroceder el reloj y hacer al país regresar al tiempo de antes de la globalización y de la revolución digital. Si en un país hay tanta gente que cree que un presidente puede devolverles los millones de puestos de trabajo en las industrias tradicionales, aparece alguien como Trump que les promete precisamente esto. Si las encuestas hubieran indicado que existen 50 millones de votantes que aceptarían censura de la prensa, Trump se hubiera puesto a la cabeza de este movimiento. Bueno, no está muy lejos de esto…

diario hoyEl hecho que hubo otro candidato, para variar con discurso de izquierda, que logró movilizar a otros millones de votantes prometiendo la felicidad si el país parara la globalización y la revolución digital y regresara a la era industrial, demuestra que Estados Unidos tiene serios problemas, independiente de quién de los dos populistas ganaba. Juntos, Trump y Bernie, comandaron una mayoría tan ruidosa que ni la esposa de Bill Clinton se atrevió a defender los tratados de Libre Comercio.

Existe la tentación de burlarnos de los “gringos tontos” y decir: You got what you asked for – consiguieron lo que pidieron. Pero cuidado, veamos nuestra propia realidad: No es por arte de magia que los últimos tres presidentes de El Salvador hayan sido hombres como Tony Saca, ahora preso; Mauricio Funes, ahora evadiendo la justicia; y el profesor Salvador Sánchez, quien nos tiene a la orilla del abismo. Han sido electos por gente que querían escuchar sus mensajes simplistas de Súper Mano Dura (Saca), Fábrica de Empleos (Funes), Buen Vivir y Guerra a la Pandillas (Sánchez Cerén). Consiguieron lo que pidieron – y en cada uno de los tres casos, luego se asustaron.

Los caudillos populistas no caen del cielo, crecen en el caldo de cultivo que muchos generadores de opinión y políticos han preparado durante años, y que la clase “ilustrada” no ha tomado en serio.

Mientras que en las redes sociales, los medios y en los cafetines sobran las voces que siembran entusiasmo con la idea de que hay que eliminar a todos los delincuentes, el FMLN sigue estando en la jugada. ARENA hizo propaganda con Mano Dura, pero el FMLN tiene el estómago de ponerla en práctica, presuntamente ejecutando a pandilleros y persiguiendo sin piedad a los jóvenes sospechosos, aunque en su Consejo de Seguridad Ciudadana siga sermoneando de prevención.

El FMLN bien sabe que esto es el único campo donde todavía puede recoger apoyo electoral. Por eso actúa de manera más represiva y militarista de lo que se podría atrever la derecha con su pasado oscuro de represión. Aunque parece que a muchos areneros de la vieja escuela no les faltan las ganas de también comer de este pastel de apoyo popular de las masas frustradas y asustadas que piden sangre…

Mientras la parte de nuestra clase política que no es partidaria (la que trabaja en medios, universidades, iglesias, organizaciones civiles y gremiales) no se decide y coordina para secar los caldos de cultivo del populismo, no podremos evitar que nos sigan gobernando caudillos que sepan instrumentalizar los resentimientos, miedos y agresiones de los frustrados e ignorantes que piden soluciones simplistas como la pena de muerte, la lucha contra la oligarquía, mano dura, solidaridad con Maduro y Castro (unos) o con Trump (los otros). Ojo: Este tipo de consignas vienen empaquetados en discurso de izquierda y de derecha.

Propongo una reflexión: Qué bueno que al sólo asumir el poder Trump millones de personas salieron a las calles y prometieron resistencia. ¿Pero dónde estaba toda esta energía democrática antes y durante las elecciones? Trump no está haciendo nada que no haya anunciado de manera clara y pelada durante su campaña. ¿No le creyeron? ¿No creyeron que podía ganar? ¿O propagaron mejor no votar, porque tampoco les gustaba la otra candidata? Sea como sea, hubiera sido mejor activarse a tiempo para prevenir, y no ahora, para llorar y resistir.

¿Qué significa esta última reflexión para nuestra situación en El Salvador? Significa que todos los sectores que prefieren una sociedad abierta y no autoritaria tienen que activarse a tiempo para contrarrestar el populismo (sea de izquierda o de derecha), que sólo espera al caudillo que sepa cosechar los resentimientos y las exigencias falsas que nacen en el caldo de cultivo del miedo, de la frustración y la ignorancia.

No quiero tener que salir a protestar el 2 de junio de 2019, el día después de la toma de poder del siguiente presidente autoritario en El Salvador.

Alemania en la era de Trump. De Joschka Fischer

Si EE UU avanza hacia el nacionalismo y el aislacionismo, solo será una gran potencia entre muchas.

Joschka Fischer fue ministro de asuntos exteriores de Alemania y vicecanciller entre 1998 y 2005.

Joschka Fischer, fundador de Los Verdes, fue ministro de asuntos exteriores de Alemania y vicecanciller entre 1998 y 2005.

Joschka Fischer, 5 febrero 2017 / EL PAIS

Donald Trump es hoy el presidente número 45 de Estados Unidos y, en su discurso de asunción, dejó en claro al establishment norteamericano allí reunido que su Administración no pretende hacer lo mismo que se viene haciendo. Su lema, Estados Unidos primero, marca el rechazo, y la posible destrucción, del orden mundial liderado por Estados Unidos que los presidentes demócratas y republicanos, empezando por Franklin D. Roosevelt, han construido y mantenido —aunque con diferentes grados de éxito— durante más de 70 años.

Si Estados Unidos abandona su rol de potencia económica y militar líder y avanza hacia el nacionalismo y el aislacionismo, precipitará un reordenamiento internacional, al mismo tiempo que cambiará al propio país. En lugar de ser una potencia hegemónica, Estados Unidos se convertirá en una gran potencia entre muchas.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha sido el motor del libre comercio global, de manera que una postura proteccionista, o un intento de revertir la globalización o utilizarla para intereses nacionales estrechos, tendrían enormes consecuencias económicas y políticas en todo el mundo. Las plenas implicaciones de un cambio de estas características son ampliamente impredecibles; pero todos sabemos —o deberíamos saber— lo que sucedió la última vez que las potencias líderes del mundo centraron la atención en sí mismas, en los años 1930.

el paisLas alianzas, instituciones multilaterales, garantías de seguridad, acuerdos internacionales y valores compartidos que sustentan el orden global actual pronto podrían ponerse en tela de juicio, o directamente rechazarse. Si eso sucede, la antigua Pax Americana habrá sido innecesariamente destruida por el propio Estados Unidos. Y sin ningún marco alternativo obvio para reemplazarla, todos los indicadores apuntan a una situación de turbulencia y caos en el futuro cercano.

Los dos exenemigos de Estados Unidos, Alemania y Japón, están entre los principales perdedores si Estados Unidos abdica de su rol global con el Gobierno de Trump. Ambos países experimentaron una derrota total en 1945 y, desde entonces, han rechazado todas las formas del Machtstaat, o estado de poder. Al encontrarse su seguridad garantizada por Estados Unidos, se transformaron en socios comerciales y han seguido siendo participantes activos en el sistema internacional liderado por Estados Unidos.

“Estamos en el mismo bote que todos los demás
europeos con respecto a la seguridad”

Si Trump retira el paraguas de seguridad de Estados Unidos, estas dos potencias económicas líderes tendrán un serio problema de seguridad en sus manos. Mientras que la posición geopolítica periférica de Japón, en teoría, podría permitirle renacionalizar sus propias capacidades de defensa, ir detrás de esa opción podría aumentar significativamente la posibilidad de una confrontación militar en el este de Asia. Esta es una perspectiva alarmante, considerando que muchos países en la región tienen armas nucleares.

Alemania, por su parte, reside en el corazón de Europa y está rodeada por sus exenemigos de tiempos de guerra. Es el país más grande del continente en términos económicos y demográficos, pero le debe mucho de su potencia a la garantía de seguridad de Estados Unidos y a marcos institucionales multilaterales, transatlánticos y europeos basados en valores compartidos y en el libre comercio. El orden internacional existente ha hecho que el Machstaat y la esfera de influencia que lo rodea se volvieran innecesarios.

A diferencia de Japón, Alemania no puede renacionalizar su política de seguridad ni siquiera en teoría, porque una medida de esa naturaleza minaría el principio de defensa colectiva en Europa y desgarraría al continente. Para que no nos olvidemos, el objetivo del orden de posguerra global y regional fue integrar a las antiguas potencias enemigas de manera que no plantearan ningún peligro mutuo.

Debido a su peso geopolítico, la perspectiva de Alemania hoy es sinónimo de la de la Unión Europea. Y el panorama de la UE no es el de una potencia hegemónica; más bien, tiene que ver con el régimen de derecho, la integración y la reconciliación pacífica de los intereses de los Estados que la componen. La sola ubicación de Alemania hace que el nacionalismo sea una mala idea; y, además, sus intereses políticos y económicos más fundamentales dependen de una UE fuerte y exitosa, especialmente en la era de Trump.

Alemania está en el mismo bote que todos los demás europeos con respecto a la seguridad. De la misma manera que no puede haber seguridad francesa sin Alemania, no puede haber seguridad alemana sin Polonia. Eso es porque Alemania y todos los demás países europeos ahora deben hacer todo lo posible para impulsar sus aportaciones a la seguridad colectiva dentro de la UE y de la OTAN.

La fortaleza de Alemania se basa en su poder financiero y económico, y ahora tendrá que apalancar esa fortaleza en nombre de la UE y de la OTAN. Desafortunadamente, ya no puede contar con el llamado “dividendo de la paz” del que gozó en el pasado (e inclusive, durante la crisis del euro). El ahorro es sin duda una virtud; pero otras consideraciones deberían tener prioridad cuando nuestra casa se está incendiando y a punto de venirse abajo.

Más allá de la seguridad, el segundo interés fundamental de Alemania es el libre comercio global. El comercio intraeuropeo seguirá siendo extremadamente importante, porque así es como Alemania se gana la vida; pero el comercio con Estados Unidos también será vital. No será un buen presagio para Alemania si China y Estados Unidos —sus dos mercados exportadores más importantes fuera de la UE— entran en una guerra comercial. El proteccionismo en alguna parte del mundo puede tener repercusiones globales.

Y, sin embargo, junto con todos los peligros que plantea la presidencia de Trump para los europeos, también ofrece oportunidades. La retórica proteccionista de Trump por sí sola ya ha derivado en un acercamiento entre China y Europa. Más importante, la nueva Administración le ha brindado finalmente a los alemanes una posibilidad de cerrar filas, crecer y reforzar su poder y posición geopolítica.

Pero si los europeos finalmente se juntan, deberían evitar el antinorteamericanismo. Trump es el presidente de Estados Unidos, pero no es Estados Unidos. Los países del Atlántico norte seguirán teniendo una historia común y valores compartidos —incluso bajo una presidencia de Trump—,  aunque sean muchas cosas las que cambiarán en los próximos años.

Steve Bannon’s obsession with a dark theory of history should be worrisome. De Linette Lopez

Neodictadorcitos. De Ricardo Avelar

ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 1 febrero 2017 / EDH

Hace unas semanas en este mismo espacio ofrecí una clasificación de tipos de políticos con el objetivo de ser más acuciosos al analizar y vigilar a nuestros funcionarios.

En esta incluí a los líderes poco efectivos y sin compromiso democrático, quienes tienen un déficit de resultados y además buscan suprimir las garantías y libertades de la ciudadanía.

diario hoyPor otro lado, están los líderes no efectivos con actitudes democráticas. Estos son idealistas que pese a su vinculación con el ideal republicano, son incapaces de lograr acuerdos políticos que lleven a un cambio. También están los efectivos y con actitudes democráticas.

Estos son deseables, pues tienen la capacidad de alcanzar resultados sustanciales sin dejar de lado el respeto a la legalidad y la institucionalidad.

Sin embargo, los que más generan preocupación son aquellos que son efectivos en su gestión, con capacidad de dejar tras de sí avances visibles, pero tienen un profundo desapego con el Estado de Derecho y aquellas garantías que vuelven enriquecedora la vida en democracia. Estos tienden a considerar que la institucionalidad entorpece la agilidad de su liderazgo y están dispuestos a rearmar las normas para ponerlas en función de su personalidad y sus caprichos.

Inicialmente, estos personajes gozan de legitimidad pues ofrecen respuestas rápidas visibles a sectores significativos del electorado. Suelen, además, tener éxito cuando se les compara con los lentos y atribulados procesos anteriores, máxime si se enmarcan en sociedades polarizadas con poca innovación política.

En su incipiente sentido de victoria, tienden a enamorarse del poder. La mera constatación de que su voluntad fácilmente se vuelve vinculante y debe ser respetada por la ciudadanía exacerba la peligrosa vanidad.

Cuando escribí de esa clasificación -básica, lo admito, pero más compleja de lo que tenemos en la actualidad- lo hice esperando que reflexionemos en una peligrosa actitud en la que usualmente caemos como electores: el devastador utilitarismo en el que nos importa poco la democracia sin con algo nos complacen.

Esto porque tendemos a pensar que la institucionalidad es una condición de lujo, tan importante como los asientos de cuero en un carro: “agradable, pero no siempre necesaria”. Por ello, ante una crisis o una situación complicada, nos mostramos dispuestos a sacrificar garantías y procedimientos por ver resultados efectivos.

En los doce días que lleva como presidente de los Estados Unidos, por ejemplo, Donald Trump ha iniciado su mandato en medio de tremendas controversias y pretendiendo avalar con decretos ejecutivos algunas barbaridades que no sobrevivirían el debate legislativo, tan necesario para dotar de legitimidad y pluralidad las decisiones políticas.

Y con esos mecanismos está promoviendo una agenda de miedo y aislacionismo peligrosa para el resto del mundo, el cual ha crecido de forma acelerada con el advenimiento de la globalización y las fronteras y mercados abiertos.

En medio de esas polémicas acciones, ha sido astuto el inquilino de la Casa Blanca, dando concesiones a quienes de otra forma se opondrían al instante por sus órdenes ejecutivas. A los más conservadores, por ejemplo, les concedió la gracia de anunciar el fin del financiamiento de organizaciones que “promueven el aborto” (decirlo así sería un grosero simplismo, pues hacen una tarea más profunda y constructiva) en otros países. Y a los más liberales les ha hecho obviar sus desaciertos promoviendo algunos recortes de impuestos y la reducción regulatoria.

Con ello, su exagerada agenda se ha visto minimizada por quienes selectivamente están ignorando el peligroso camino en que lleva al país y que se han preocupado por “recoger las migajas políticas” que ofrece Trump.

A diferencia de los autoritarismos de antaño, estos neodictadorcitos efectivos son más dañinos porque cuentan con el aplauso, la venia y la validación de parte la sociedad civil.

A Trump, por ende, lo vuelve peligroso su afán de poder sin límites y lo vuelve devastador toda la gente que de forma miope le celebra logros entre un mar de abusos de poder, mentiras y ataques a la prensa que lo cuestiona.

Esto es relevante para El Salvador por lo mucho que dependemos de Estados Unidos y porque aquí, lastimosamente, una de las “promesas políticas” se comporta de forma muy similar a la del irritable y anaranjado presidente americano.

@docAvelar

La guerra del político a la prensa libre. De Cristina López

Cristina LópezCristina López, 30 enero 2017 / EDH

La guerra del político contra los medios no siempre lo fue. Inicialmente, el interés que la prensa tenía en él era desproporcional a sus méritos. Las historias que lo cubrían informaban poco, y en cierta medida, se habían convertido en repetidoras de los mensajes que el político — que antes de eso sabía más de medios que de política y usaba su calidad de outsider como ventaja en un clima de hartazgo hacia la clase política tradicional — tan cuidadosamente diseñaba. Esa misma calidad de outsider lo hacía una historia interesante que contar, más allá de una noticia informativa. Aún no estaban claras las consecuencias de que el político cambiara su estatus de celebridad menor por el de funcionario electo, por lo que el tratamiento mediático benevolente hacía poco o ningún daño.

diario hoyObsesionado con tener el control absoluto sobre su imagen pública y venderla a las masas, el político fomentó el culto a su propia personalidad haciendo un uso habilidoso de las redes sociales, específicamente de Twitter. De esa manera podía brincarse la necesidad de los medios de comunicación como intermediarios y hablar directamente con la gente. En Twitter escribía comentarios sobre temas de cultura popular y mostraba siempre un lado más relajado. Criticaba a su mismo partido, que resultaría demasiado cobarde y dependiente de su popularidad para asignar a sus críticas consecuencia de peso alguna o saber justificar por qué apoyaban la candidatura y gestión del político, si tan crítico era hacia ellos. Un ejercito de seguidores virtuales — reales y comprados — servían como el propulsor viral de sus mensajes. El político, recreándose en las simpatías recibidas, las magnificaba al repetir e informarle a todos sus seguidores las adulaciones de las que era sujeto.

Pero la luna de miel con los medios se acabó. Tenía que, desde el momento en que el político se convirtió en funcionario en virtud de que tradujo las adulaciones en votos y transformó su ejército de seguidores virtuales en un movimiento político. Se acabó simplemente porque el outsider ya no lo era. Se había convertido en parte de un sistema en el que el rol de los medios es encarar al poder y transparentarlo, no amplificar la controlada imagen que el político con tanta fiereza defendía. Pero cuando molesta el mensaje, una de las estrategias más usadas es atacar al mensajero. Y cuando se cuenta con un ejército de seguidores, se puede explotar su fidelidad para desacreditar mensajeros incómodos y para lanzar ataques, cibernéticos y reales a quien ose publicar narrativas en discordia con la imagen que tan cuidadosamente ha fraguado de sí mismo el político.

Emprender la guerra contra los medios es entonces la mejor manera de renunciar a la responsabilidad democrática de dar cuentas al pueblo por las preguntas que pueda generar la gestión. Porque al final, como producto del sistema electoral democrático, cuando se es electo se administra sobre todos: los fieles seguidores y los críticos. Los que leen uno u otro periódico. Ninguno merece menos explicación. Los medios, que se deben a sus audiencias, deben procurar en la medida de lo posible y a veces con periodismo investigativo voraz (ese de consecuencias nixonianas) ser el pie de página a la incompletísima imagen que los políticos fraguan de sí mismos. Y es por eso que los periodistas — todos — se deben solidarizar entre sí para volverse la defensa del sistema democrático de libertades que requiere necesariamente de una prensa libre y denunciar a una sola voz al político que en retaliación por contenido que no le gusta, decide volverse juez arbitrario de lo que consiste periodismo y lo que no, cuando eso le toca a las audiencias. Le toca al periodismo ignorar el ego maltrecho del político, y es cuando más se enconcha y más limita el acceso el político resentido que más necesita la ciudadanía de los periodistas. Para combatir el mal periodismo existen las correcciones y otros mecanismos legales: del autoritarismo no se salva nadie.

ACLARACIÓN: Cuando hablo del político me refiero a Donald Trump. Cualquier parecido con la realidad de la alcaldía salvadoreña es mera coincidencia.

@crislopezg

Mexico’s Forceful Resistance. De Jorge Castaneda

Credit Mikey Burton

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, político, intelectual y comentarista mexicano. Ocupó el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a 2003

Jorge Castaneda, 27 enero 2017 / THE NEW YORK TIMES

MEXICO CITY — It has been just over a week since President Trump took office, and he already has a diplomatic mini-crisis on his hands. First, he demanded that Mexico pay for his wall along our mutual border — on the very day when Mexican diplomats were to meet with White House officials. When President Enrique Peña Nieto of Mexico rejected that idea out of hand, Mr. Trump tweeted that he should consider calling off a planned visit to Washington next Tuesday. Which is just what Mr. Peña Nieto did.

For Mexico, the cancellation, and the rise in tensions with the United States, are a sad and serious affair.

Sad, because no Mexican wants a breakdown in bilateral ties. Five successive presidents have pursued a new course with our northern neighbor, putting behind us the apprehensions and resentment of the past. The North American Free Trade Agreement, American support during the mid-’90s financial NEW YORK TIMEScrisis, immigration negotiations in 2001, expanded drug enforcement and security cooperation, and the encouragement of a new mind-set for Mexicans where being neighbors is no longer seen as a problem but as an opportunity: All of this is being questioned and jeopardized.

This is why Mexico today faces a tough choice, given the asymmetry between both countries: accommodate Mr. Trump and get the least-bad deal possible, or lay out a series of red lines or list of American demands Mexico cannot accept and adopt a policy of forceful resistance. It could then attempt to wait Mr. Trump out, hoping that he will open too many fronts simultaneously, that domestic opposition to his excesses will grow, and that Mexico’s allies in the United States and abroad will eventually rebalance the unequal correlation of forces.

Mr. Peña Nieto had no choice but to cancel his trip. But he had partly boxed himself into a corner because of previous indecision or procrastination.

He knew some time ago that Mr. Trump would insist on renegotiation. He knew that several roads could lead to a favorable outcome for all three member countries, but that there could also be dire consequences for Mexico if the road chosen led to a revised Nafta requiring drawn-out deliberations in the legislative bodies of Canada, the United States and Mexico. The agreement would then fall hostage to partisan bickering, with no guarantees of approval. The uncertainty that would entail might easily place new foreign investment in Mexico on hold.

Mexico should have a red line on trade. Everything that can be done without new legislative approval in all the three countries is fair game, but nothing else. Better to have the United States invoke Nafta’s Article 2205, which says that a country can withdraw from the agreement six months after giving notice.

A similar red line should have been drawn by Mr. Peña Nieto on the prickliest, if not the most substantive issue: the wall. Again, incomprehensibly, Mr. Peña Nieto painted himself into a corner by stressing the wall’s payment, rather than its very existence. The crux of the matter should never have been who would pay for it, but rather that it was an unfriendly act toward a friendly country, sending a disastrous symbolic message to Latin America. The real issue is that it will generate countless social, cultural and environmental problems along the border; raise the cost and danger of unauthorized crossings; and attract even more organized crime.

Mexico should now clearly draw another red line. If the United States wants to build a wall, we will use every tool available to delay it and make it more expensive. But we will also point out that President Trump’s wall better be a very effective one. Because it will have to deter, without any further Mexican cooperation, drugs, migrants, terrorists and “bad hombres” from entering. If Mr. Trump “breaks” the border arrangement that our two countries have enjoyed for nearly a century, he “owns” it (the Pottery Barn rule).

Finally, on deportations, Mexico must also publicize its nonnegotiable bottom line. More money and agents for immigration enforcement, punishing sanctuary cities and attempting to send so-called criminals to Mexico is likewise an unfriendly act. Especially when one recalls that the same policy toward El Salvador in the late 1990s made it the most violent country in the world.

Mexico must say clearly that we will encourage all our potential deportees to demand a hearing upon arrest and to refuse voluntary removal; that we will provide legal support, on our dime, for all arrested undocumented Mexicans; and that we will deny entry to anyone whom American authorities cannot prove is a Mexican citizen. These are not simple decisions and are not exempt from the risk of retaliation. But neither is a 20 percent tariff on imports from Mexico, a proposal the White House suggested on Thursday it might embrace.

Mexico’s most effective leverage in this unfortunate and needless conflict lies in its stability on the United States’s southern flank. Washington should count its blessings. For a century, the United States has been an accomplice to Mexican corruption, human rights violations and authoritarian rule. But it has also supported Mexico economically, abstained from seeking regime change, tolerated mass migration from the south and generally treated Mexico with respect. The quid pro quo was immensely and mutually beneficial. Messing with it is worse than rash: It is reckless, for both countries.