Héctor Schamis

El derecho a la perpetuación. De Héctor E. Schamis

Esta nota sobre Bolivia hay que leerla pensando en lo que está asando en Honduras, donde un presidente de derecha, Juan Orlando Hernández, actúa igual que Evo Morales: pervertir el orden constitucional para poderse reelegir.

Segunda Vuelta

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Héctor E. Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown.

Héctor E. Schamis, 3 diciembre 2017 / EL PAIS

Llegó a la presidencia en 2006 por un período sin reelección, pero él no se conformaría con ello. En febrero de 2009, entonces, consiguió que se promulgara una nueva constitución con cláusula de reelección inmediata por un segundo período. Una disposición transitoria en el nuevo texto especificaba que el período anterior—bajo la previa constitución—se tomaría en cuenta.

Fue así reelecto en diciembre de aquel año con el 67 por ciento de los votos para cumplir un último período. Pero para el presidente tampoco era suficiente.

En 2013 se postuló a un tercer mandato, siendo habilitado por el Tribunal Constitucional. La justificación fue que anteriormente había sido presidente de “otro” Estado. Es que la nueva constitución consagra el Estado “Plurinacional” Boliviano. La alquimia constitucional habrá sido burda pero fue por demás efectiva: volvió a ser reelecto en 2014. Se trata de Evo Morales, desde luego, otro líder imprescindible.

el paisAún así, él quiere más. Al concluir el primer año de su tercer gobierno, abrió un proceso de reforma del artículo 168 de la constitución, el cual limita la reelección. Ello incluyó un referéndum el 21 de febrero de 2016 por el cual se preguntó a los ciudadanos si apoyaban una nueva reelección. El “no” fue vencedor de la consulta, siendo la misma de carácter vinculante y de vigencia inmediata y obligatoria de acuerdo a la ley. Cosa juzgada, asunto archivado. Para todos menos para Evo Morales.

En septiembre pasado el Tribunal Constitucional, políticamente adepto al gobierno, dio entrada oficial a una demanda del gobierno por la inconstitucionalidad de cuatro artículos de la constitución, incluyendo el que se invocó para llevar a cabo el referéndum en 2016. Bolivia se desliza así por una pendiente demasiado conocida en América Latina: la de las alteraciones graduales, y la posible ruptura, del orden constitucional.

El oficialismo invoca una supuesta incompatibilidad entre el artículo 168 de la constitución con el artículo 23 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos en lo relativo a los derechos a elegir y ser elegido. Curioso que Evo Morales apele a la OEA, habiendo sido la propia OEA la institución que observó y certificó el proceso de reforma constitucional de 2009 al igual que el referéndum de febrero de 2016. Es que el derecho a ser elegido nunca puede transformarse en un derecho a eternizarse en el poder.

Someterse a una instancia supranacional además supone respetar su opinión, y eventualmente acatar su decisión, independientemente del resultado. No se trata de hacerlo solo cuando se está de acuerdo. El tema es central para Bolivia, siendo que el Tribunal Internacional de La Haya es donde está localizada la demanda a Chile por la salida al Pacífico. El intento de perpetuación bien puede convertirse en un boomerang de credibilidad internacional.

Pero hay más sinsentidos en esta historia. El gobierno también reivindica el derecho del presidente a postularse sin limitaciones porque “en Europa lo hacen”. Ello es muy cierto, pero Morales soslaya la crucial diferencia de régimen político—parlamentario o presidencial—y las consecuencias que ello tiene en términos de la concentración de poder en el largo plazo.

En el sistema parlamentario el Jefe de Gobierno no es Jefe de Estado. El Ejecutivo es creación del Legislativo. Solo es necesario un voto de no confianza para hacer efectivo el principio de la alternancia. El gobierno se disuelve y uno nuevo se forma, ya sea en el Parlamento o por medio de elecciones anticipadas. En consecuencia, las veces que se postula un líder parlamentario es trivial. Su poder está institucionalmente limitado de antemano.

El presidencialismo, por su parte, una post-revolucionaria invención americana—de Estados Unidos, esto es—fue un arreglo institucional de compromiso para satisfacer a los monárquicos. Nótese, el presidencialismo fusiona al Jefe de Gobierno y al Jefe de Estado en una misma persona, lo elige de manera directa, a menudo lo plebiscita y luego le otorga capacidad de legislar, ello a su vez acompañado de desproporcionados vetos y prerrogativas.

El secreto del presidencialismo reside en la norma—originalmente, no escrita—de un máximo de dos períodos y afuera. Fue Roosevelt, al quedarse más de lo pensado, quien obligó a escribir dicha norma: la Enmienda 22 de la Constitución. Pensado como una alternativa a la monarquía, un presidencialismo sin límites de tiempo en el poder—es decir, sin alternancia—termina siendo exactamente eso, un régimen monárquico y con rasgos marcadamente despóticos.

La estrategia se repite en América Latina: de un período a dos, de dos a tres y de tres a la reelección indefinida. Quienes persiguen la perpetuación han ideado la mejor de las coartadas institucionales: la reelección indefinida, atributo de un sistema parlamentario, pero en un sistema híper-presidencial. Lisa y llanamente, esa fórmula consagra un régimen autoritario.

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Secesión. De Héctor E. Schamis

Europa frente a la utopía nacionalista.

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Héctor E. Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown.

Héctor E. Schamis, 16 septiembre 2017 / EL PAIS

La reproducción de un orden político se torna improbable en ausencia de organizaciones de escala, centralizadas y especializadas en el ejercicio de la autoridad. Mas aún si se trata de un orden político democrático, necesitado de instituciones efectivas y al mismo tiempo legítimas para generar estabilidad. Sin Estado, en definitiva, no puede haber democracia.

Cuando existen diferencias entre las fronteras de un Estado—el mapa—y el contorno de las comunidades políticas que habitan dentro de él, y además dichas comunidades cuestionan a ese Estado con sus demandas, ello es una receta para la crisis. Se trata de un problema de “estadidad”, según lo llamaron los expertos. Ocurre cuando “Estado” y “nación” no coinciden.

Y en realidad rara vez coinciden. De ahí que existan diversas fórmulas para administrar y negociar tales divergencias. El federalismo, los regímenes autonómicos, la consolidación de esferas de derechos especiales y culturales ilustran el punto, todo ello en el marco de un régimen democrático y un ordenamiento constitucional estable.

el paisEn la Europa de los noventa la transición post-comunista obligó a repensar estos temas. Es que no se trató únicamente de un cambio de régimen. Como ejemplo, recuérdese que tres Estados—la Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia—se transformaron en 22 de la noche a la mañana. La integridad el Estado ya no podía darse por sentada; la secesión como instancia “normal” de la política. Subráyense las comillas.

En hibernación durante la Guerra Fría, la Europa post-comunista señaló el despertar de los nacionalismos. Es la idea según la cual el Estado—una construcción artificial, es decir, jurídica y política—debería, en cambio, ser el reflejo de una comunidad basada en identidades y anhelos comunes, homogénea culturalmente y para muchos también étnicamente. Es por ello una “familia extendida”, una “comunidad imaginada”, ambas metáforas del gran Ben Anderson.

Como tal es una utopía que transcurre en varias direcciones. Así como surge de adentro hacia fuera, puede ser fortalecida de afuera para adentro. Precisamente, el desempleo, las fallas de la función regulatoria de Bruselas y Frankfurt, la explícita desafección de los europeos con las instituciones políticas de la Unión, entre otros déficits, alimentaron formas locales de pensar la vida colectiva. Ya en este siglo, la incertidumbre y el temor fomentaron la intolerancia xenófoba, y con ello la idea que un ordenamiento político micro otorgaría protección.

“El nacionalismo tiene la ilusión de detener
la globalización en la puerta”

En otras palabras, el nacionalismo tiene la ilusión de detener la globalización en la puerta. Ilusión porque los bienes, los servicios, las personas, la cultura y la información, lícitos e ilícitos, seguirán siendo móviles y continuarán cruzando fronteras. Fraccionar las instituciones de regulación—el Estado—implica dejar a esos fenómenos macro sin mediaciones, exacerbando, en lugar de contener, su capacidad de producir dislocaciones sociales y económicas. Lo micro es más débil frente a la globalización.

No es casual tampoco que la idea de la secesión coincida con el anti-liberalismo en boga que menoscaba la democracia, pues tienen un cierto aire de familia. Es que la utopía del nacionalismo no es la polis: es la comunidad cultural y étnicamente homogénea. La metáfora de la familia es útil. Así como hay estructuras familiares que favorecen la endogamia, la cual no alienta el pluralismo en la organización social, sin esa diversidad las formas democráticas son improbables.

La endogamia en la política, usando la metáfora en reverso, clausura la diferencia, elimina el mismísimo principio organizador de la identidad como proyecto político. El nacionalismo es así una utopía contradictoria y resbaladiza, generador de procesos sociales que lo convierten en excluyente más que inclusivo, homogéneo en lugar de diverso, y por ende cerrado en vez de abierto.

Es una utopía fluida y contraproducente. Llevada a su ultima expresión, propone un mundo tribal, un mundo a-sistémico que difícilmente pueda funcionar. Es que si por cada tribu hubiera un Estado, el mapa de Europa seria un tapiz folk, una fragmentación sin centro de gravedad.

La Italia anterior a la unificación de 1870 es un buen ejemplo. Donde hoy hay un Estado, había diez y eso dependiendo de cómo se cuenten, a propósito de fluidez. Ello para ilustrar que la vasta mayoría de los Estados realmente existentes son multinacionales, en Europa y en todas partes. Todos contienen minorías étnicas, lingüísticas, religiosas, culturales—o sea, identidades diversas—dentro de sus fronteras con demandas identatarias.

Lo cual también se aplicaría a un posible Estado catalán. Allí también hay minorías. Es que la utopía secesionista puede ser muy miope. Sus líderes no parecen haber pensado en la posibilidad de ser mañana blanco de reclamos políticos y territoriales idénticos a los que hoy formulan ellos mismos. Una Europa de Estados tribales es el fin de la propia idea de Europa.

Periodistas. De Héctor Schamis

Cuando la prensa libre es el enemigo.

Héctor Schamis, 4 junio 2017 / EL PAIS

En mayo pasado fue asesinado el periodista mexicano Javier Valdez Cárdenas. Era un prolífico reportero, columnista y escritor de Sinaloa, estado que llegó a las portadas de los periódicos del mundo gracias al Chapo Guzmán. El dato geográfico y el título de su libro más reciente son buenas pistas para inferir quien lo mató. “Narcoperiodismo: una investigación profundamente documentada sobre la forma en que el narcotráfico aniquila o seduce a periodistas”, se lee en el sitio de Amazon.

“Aniquila o seduce”, nótese el candor de las opciones. Es un crudo y acertado retrato de la tragedia mexicana, sin embargo. Así se ha normalizado el autoritarismo criminal-subnacional, ese peculiar tipo de régimen basado en la colusión de la política y el cartel.

Valdez no es es el primer periodista asesinado por investigar dichas conexiones y difícilmente sea el último. Ello ha convertido a México en arquetipo de violencia contra los periodistas, sin duda, pero tampoco es el único lugar donde ocurre. Ni mucho menos, solo encarna una paradigmática manera, entre tantas, de atentar contra la libertad de prensa.

Genéricamente, debe ser visto como eso: la vulneración del derecho a informar. El periodismo se ha convertido en profesión de alto riesgo en diversos contextos y latitudes. Es el rasgo común a todas las corrientes antiliberales en boga, varias de ellas en el poder. El análisis aquí no es exhaustivo, pero algunos ejemplos sirven para ilustrar el punto.

 Lo que muchos denominan populismo, el estalinismo en todas sus versiones, la llamada revolución bolivariana, el neofascismo europeo, el racismo en cualquiera de sus formas, el aislacionismo de Trump tanto como el del UKIP, las teocracias, el terrorismo y otras organizaciones criminales tienen todos un enemigo común: la prensa libre y las normas constitucionales que la garantizan.

En Rusia es arriesgado investigar al Kremlin, la corrupción o los altos negocios de los oligarcas. Eso hizo Anna Politkovskaya, por ejemplo, periodista de Novaya Gazeta asesinada en 2006 por su cobertura de las violaciones a los derechos humanos cometidas por las fuerzas de Moscú en el Cáucaso norte, especialmente durante la guerra chechena. Los reporteros del mismo periódico son hoy amenazados por cubrir los abusos contra homosexuales, también frecuentes en Chechenia.

Turquía ha sido declarado el peor país para la libertad de prensa en 2016, habiendo encarcelado más periodistas que ningún otro y clausurado cientos de medios. La ofensiva contra el periodismo se aceleró en respuesta al intento de golpe de julio de ese año. Se espera un empeoramiento de esas condiciones luego del reciente referéndum constitucional, por el cual se institucionaliza una creciente cuota de discrecionalidad en manos del presidente Erdogan.

En Francia aún se debate el asesinato de los periodistas de la revista a Charlie Hebdo de enero de 2015 y sus implicancias. Para muchos fue la insensibilidad de los periodistas, su sátira desmedida y su blasfemia que incitó el ataque; como si el lápiz y las balas fueran equivalentes, vale la pena agregar. Hasta el Papa ironizó entonces que si alguien ofendiera a su madre, “bien podría esperarse un puñetazo”, invitando a una cierta justicia por mano propia. El mensaje es temerario pero conocido: culpar a la victima, asesinarla otra vez.

América Latina, a su vez, ha experimentado múltiples agresiones a los periodistas por parte de aquellos gobiernos determinados a perpetuarse en el poder, se llamen populistas, estalinistas, militares o una mezcla de todo lo anterior. Es que en un país donde la prensa es libre, el poder puede ser investigado. La sociedad se siente capaz de criticar, “empoderada” a hacerlo. La perpetuación es menos probable. El periodista se convierte en el adversario a neutralizar.

En Estados Unidos, las agresiones de Trump a la prensa ya se van transformando en rutina. Son solo verbales, por twitter. Existen límites estrictos marcados por un poder judicial robusto y la omnipresencia de la Primera Enmienda Constitucional, la cual consagra la libertad de expresión.

Ello no obstante contribuye a crear un clima de hostilidad, propicio para la violencia. Un ejemplo ocurrió en el estado de Montana. El candidato republicano al Congreso Greg Gianforte arremetió contra el periodista de The Guardian que cubría su campaña, Ben Jacobs, derribándole y golpeándole en el suelo produciendo la rotura de sus lentes.

Las autoridades imputaron a Gianforte por agresión física. Días más tarde, Jacobs obtuvo su nuevo par de lentes, donando los anteriores a Newseum, el museo de las noticias en Washington DC, para documentar el hecho. Un final feliz.

Feliz siempre y cuando no sea allí donde también termine la libertad de prensa, en un museo. Pues para eso están los museos: evocar el pasado y reificar lo abstracto.

Dictadura por clonación. Por Héctor E. Schamis

Represión venezolana, parecida a tantas y al mismo tiempo única.

Héctor E. Schamis, 23 abril 2017 / EL PAIS

La discusión acerca de la naturaleza del régimen chavista es historia. El debate ha concluido bajo los gases lacrimógenos rosados que arrojan los helicópteros, la represión de las tanquetas blancas y los asesinatos de los paramilitares de camisa roja y su enjambre de motocicletas. Son los colores del autoritarismo.

Una dictadura pura y dura. En retrospectiva, abruma el tiempo perdido con aquello de democracia plebiscitaria, participativa, popular, directa y demás. Todos eufemismos usados para esterilizar la idea de democracia liberal, régimen basado en una constitución que consagra derechos y garantías. O sea, el único tipo de orden político que separa los poderes del Estado y limita al gobierno a efectos de proteger a sus ciudadanos.

El tiempo podría haberse aprovechado mejor que en semejantes acrobacias discursivas. Al respecto, a ver cuándo nuestra dilecta intelectualidad de izquierda hace su propia “autocrítica”, término que conocen de primera mano. Por ejemplo denunciando las masivas violaciones a los derechos humanos, justamente, perpetradas por un régimen que—subrayo—está en el poder hace 18 años.

Es que la brutalidad de hoy inclusive excede aquello de populismo, otra palabra desmesuradamente aplicada al caso. El populismo es una aceitada maquinaria de control social. Utiliza la cooptación, la manipulación desde el Estado, el clientelismo, la representación corporativa y otros trucos no-democráticos. Pierde lógica, sentido y sustentación política, sin embargo, si ello deriva en coerción manifiesta. Control social y represión no son sinónimos.

Ergo, queda una discusión pendiente: la naturaleza de la dictadura chavista, régimen autoritario que es parecido a tantos otros y al mismo tiempo como ninguno. Único en su plástica manera de ejercer el poder, es un clon, digo metafóricamente, una criatura de laboratorio hecha con células tomadas de diferentes especies.

El clon tiene células de petro Estado. Allí donde la riqueza está tan concentrada en un recurso natural, con frecuencia le sigue una similar concentración del poder político. Bajo esta interpretación, la Venezuela del Punto Fijo era anómala, a su vez “normalizada” por el chavismo, se podría decir. De hecho, la nomenclatura chavista se viste de nobleza saudí cuando dispone de la renta petrolera a voluntad, para lo cual debe controlar el Estado a discreción.

Asimismo, es un clon fascista. Como cuando saturan con las cadenas de Maduro, Diosdado Cabello amenaza con el domicilio de los líderes opositores en la mano y la fuerza de choque—los camisas rojas, en lugar de los camisas negras—actúa impunemente en territorio previamente liberado por las fuerzas de seguridad.

Es un clon con células cubanas, de las cuales surge su oratoria. Todo discurso regresa a aquel de Fidel Castro en las Naciones Unidas. Lo hace en contenido, técnicas actorales y extensión, sin que les afecte su anacronismo. Pero también es cubana la inteligencia, la represión individualizada y las huidas de los balseros a Aruba y Trinidad.

Es un clon de régimen patrimonialista, el sultanato de un Chávez bolivariano y de un Bolívar retratado como Chávez. Es un Macondo de héroes que no mueren sino que se reencarnan en pájaros, donde el poder del Estado se ejerce en base al capricho del déspota, y el nepotismo y la corrupción son los principios organizadores de la administración de ese mismo Estado.

Es dictadura militar del cono sur, resistiendo a plomo el descontento de la sociedad. Es clon del totalitarismo norcoreano, donde el hambre se tapa con la pura propaganda, la escasez se administra con criterios políticos, los recursos se gastan en armamento y el aislamiento internacional opera como mecanismo de negación.

Es la Siria de al-Assad, productor de refugiados y mortalidad infantil. Allí donde un simple oftalmólogo con residencia en Londres puede devenir en criminal de guerra, tanto como un modesto chofer de autobús es capaz de convertirse en dictador.

Curiosamente, la represión que hoy espanta no comenzó el pasado miércoles 19 con la masiva manifestación. Todo lo anterior bien podría describir a Venezuela desde aquella revuelta de febrero de 2014: la misma represión, idéntica vulneración de derechos, abuso a la prensa, ilegalidad desde el Estado y un régimen que viola su propia Constitución, la que escribió en 1999.

Sin embargo, muchas otras cosas han cambiado. El arrastre popular del chavismo es de otra época, son los cerros que bajan ahora. La MUD parece haber entendido la lección, finalmente, pues sin oposición unida no cae una dictadura. La defección ha comenzado dentro del oficialismo, lo cual no se divulga todavía. Pronto vendrán las delaciones cruzadas, sino los planteos militares.

El régimen se ha convertido así en paria. La comunidad internacional esta alineada en un amplio consenso detrás del liderazgo de Almagro, quien viene señalado la gravedad de esta crisis institucional desde su llegada a la OEA dos años atrás, cuando nadie decía nada. La OEA es, finalmente, el espacio natural para tratar esta crisis. Y el sistema interamericano ha vuelto a funcionar por medio de sus instrumentos pertinentes, la Carta Democrática entre ellos.

Queda por definir el precio de la partida. Para el acusado de narcotráfico y de saquear riquezas, el poder tal vez sea la única manera de evitar la cárcel. Otro atributo de este clon, también es un régimen en el que gobierna una organización ilícita, o varias. El precio de ese individuo seguramente será muy alto para la democracia. Pero para tener democracia, a veces hay que tragarse algún sapo.

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El Estado es mío. De Héctor E. Schamis

Conflictos de interés en la presidencia de Trump.

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Hector-SchamisHéctor E. Schamis, 4 diciembre 2016 / EL PAIS

Fue su primer acto de política exterior. Apenas días después de la elección Trump se reunió con Shinzo Abe, el primer ministro de Japón. La foto dio la vuelta al mundo en minutos, por el encuentro en sí mismo y por los demás participantes. Es que allí también estaban la hija y el yerno del presidente electo, en una reunión de Estado.

La disculpa anterior de Ivanka Trump, por haberse aprovechado de una entrevista en el programa 60 Minutes para promocionar su línea de joyas, había dado que hablar a los analistas políticos. Su presencia en una reunión con un jefe de gobierno extranjero pues fue una invitación para los abogados constitucionalistas. Instaló el problema del conflicto de interés en la agenda de la transición.

el paisEn la agenda de todos menos en la Trump, esto es. Ocurre que el presidente electo no parece estar dispuesto a observar la tradición de vender sus activos antes de asumir, ni tampoco colocarlos en un blind trust, fideicomiso con directiva desconocida. Por el contrario, ha manifestado que continuará ejerciendo control accionario de sus compañías, las cuales serán administradas por sus hijos. Sospechas de una presidencia “con fines de lucro”.

Pero es más que dinero. La intersección de sus intereses con el Estado presenta anomalías sin precedentes. Trump tiene negocios en países extranjeros y en muchos casos con financiamiento originado en el exterior. El Banco de China y el Deutsche Bank, por ejemplo, están entre sus acreedores. La pregunta obvia es de qué manera afectaría ello la política comercial—en el caso del primero dadas las controversias arancelarias—o la política fiscal y monetaria—en el caso del Deutsche Bank dado que, con problemas, hace tiempo que se habla de un salvataje internacional.

También podría verse afectada la política exterior en sentido estricto. Hay una Trump Tower en Bakú, Azerbaiyán, nación gobernada por la tácita dinastía Aliyev. Trump elogia a otros autócratas de Asia Central con frecuencia, recientemente a Nazarbayev de Kazakhstan. La pregunta es acerca de las posibles sanciones, tema históricamente central en la política exterior del país, habiendo un objetivo comercial por parte del presidente. Sería un colosal conflicto de interés.

“Han perimido los conceptos clásicos para definir la política exterior.
Habrá que olvidar todos los ‘ismos’ de las relaciones
internacionales, será solo incertidumbre y volatilidad”

Agréguese la conmoción causada en Beijing por la conversación telefónica entre Trump y la presidente de Taiwán, según algunos por el mero objetivo de acelerar un proyecto inmobiliario de gran escala en el aeropuerto de Taipei-Taoyuan. Con ello también se revierte la política fijada por Nixon (y Kissinger) en 1972—y continuada por todos los gobiernos posteriores—que reconoce a Beijing como el único gobierno chino.

Han perimido, tal vez, los conceptos clásicos para definir la nueva política exterior. Habrá que olvidar todos los “ismos” del debate en relaciones internacionales: realismo, internacionalismo, multilateralismo o unilateralismo. Será solo incertidumbre y volatilidad.

Hay más. En Washington DC, en línea recta y equidistante entre la Casa Blanca y el Congreso se encuentra el Trump International Hotel. Funciona en el viejo edificio de correos, propiedad del gobierno federal arrendada a tal efecto. Si no desinvierte, el presidente será locatario y locador al mismo tiempo.

Pero si el encuentro entre la familia Trump y Abe tuvo importancia por el tema, el lugar del mismo también dice mucho. Las fotos, tomadas por el cuerpo diplomático japonés y divulgadas por el equipo de relaciones publicas del primer ministro, muestran la escena en la renombrada Trump Tower de la Quinta Avenida. En el majestuoso triplex el decorado habla por sí mismo, y habla de historia y de política.

Consultando la adecuada bibliografía, me informo que el penthouse de Trump está decorado en estilo Luis XIV. De ahí los pisos y columnas de mármol, las arañas gigantes, esculturas imponentes y murales en el techo. El oro 24 kilates recorta desde desde las molduras hasta las bandejas y los vasos. El mobiliario es lujoso en extremo, predominando el color marfil en los tapizados de los sillones. Un verdadero Versalles en las nubes, a propósito de Luis XIV quien lo construyó en el apogeo del absolutismo monárquico francés.

Pero tampoco hay que exagerar la analogía. Trump solo parece compartir con Luis XIV una inclinación por el mercantilismo de Colbert, según se desprende de su capacidad para persuadir a la firma Carrier de continuar operando en el estado de Indiana. Lo demás son solo contrastes. Luis XIV, el Rey Sol, es conocido por aquella frase que resume el período absolutista: l’État c’est moi. Trump no diría más que l’État est mien.

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Raza, clase y armas. De Héctor E. Schamis

Más que la elección de un presidente, Estados Unidos quizás esté dirimiendo su propia definición civilizatoria.

Hector-SchamisHéctor E. Schamis, 17 julio 2016 / EL PAIS

Las recientes protestas contra la violencia policial en Estados Unidos se suscitaron en respuesta al caso de Philando Castile, muerto en un chequeo de rutina en Minneapolis. “De rutina” por que es común que los afroamericanos sean detenidos por la policía, y cuanto más caros los vehículos que conducen, más probable es el encuentro. El supuesto básico es que un afroamericano—es decir, un negro—conduciendo un auto de lujo, lo ha robado. Es que además es pobre.

Son las históricas fracturas de la sociedad americana: de raza y de clase, superpuestas y simultáneas. Cuando esas fracturas intersectan con las armas, constituyen una poderosa fórmula para la irracionalidad y la violencia.

el paisOcurre que Castile también tenía permiso para portar armas y así lo informó al oficial de policía. Lo que siguió dio la vuelta al mundo en un video tomado por su novia con un teléfono. El policía le disparó cuando Castile buscaba sus documentos de identidad. Los asistentes a su funeral saludaban con el puño en alto, símbolo del Black Power.

La ola de protestas en el resto del país no fue solo marchar y gritar. En Georgia, un policía fue baleado por un hombre que lo atrajo al lugar con un llamado al 911. En Missouri, otro policía fue atacado luego de detener a un conductor por alta velocidad. Y en Tennessee, un tercero fue baleado y una mujer, muerta.

“Algo no funciona bien en un país donde la irracionalidad
es perfectamente constitucional…”

Peor fue el caos de Dallas, donde un francotirador acabó con la vida de cinco oficiales. El atacante, también afroamericano y veterano de Afganistán, fue abatido por un robot policial. Mientras ocurría la balacera, sin embargo, el Departamento de Policía de la ciudad había tuiteado la foto de un “sospechoso” o “persona de interés”. En la misma se veía un hombre afroamericano, vestido con fajina militar y con un rifle colgando de su hombro.

La foto se hizo viral y el erróneo sospechoso se presentó ante las autoridades para demostrar su inocencia. También llevaba consigo el arma, que le fue retenida por la policía. Mark Hughes, la persona en cuestión, apareció en los días subsiguientes en infinidad de programas de televisión, motivado por la necesidad de proteger su nombre y reputación, según sus propias palabras.

En una de las entrevistas Don Lemon, presentador de CNN, le preguntó por el arma, un rifle AR-15, por el motivo de llevarlo a una protesta en la calle y si estaba cargada. Hughes confirmó de qué arma se trataba, dijo que sí estaba cargada pero sin balas en la recamara y que la había llevado en ejercicio de sus derechos, la Segunda Enmienda constitucional.

Lemon insistió sobre “su” razón específica de llevar el arma, más allá de la constitución. Con firmeza, Hughes repetía el mismo argumento. Que los derechos constitucionales son para todos; que cuando los afroamericanos tratan de ejercerlos, a menudo les son negados por los propios representantes de la ley; y que cuando no obstante los ejercen son asesinados por la policía. Y que por esas razones había ido a la protesta con su arma al hombro.

Poseer, pero también portar y exhibir un AR-15—además vistiendo uniforme de fajina, para deleite de los voyeurs—no es banalidad. Versión civil del M-16, el AR-15 y similares es “tan americano como las tarjetas de béisbol y el pastel de manzana”, nos recordaba The Washington Post en junio pasado. Ello a raíz del ataque de la discoteca en Orlando, Florida, realizado con ese rifle, el mismo usado en los ataques de San Bernardino, California.; Aurora, Colorado.; y Newtown, Connecticut; asesinatos en masa que se repiten con frecuencia.

El problema es que un arma no se usa solo para decorar la sala, y eso sin importar la salud mental del dueño. Cuando profundas fracturas de raza y de clase ocurren en una sociedad literalmente armada, la violencia es la inevitable consecuencia. En este tipo de sociedades, la ingobernabilidad bien puede estar al final de ese camino. Justicia por mano propia no es justicia, es anarquía.

En Estados Unidos es un debate constitucional, según el cual en muchos estados poseer y portar armas es legal; legalidad que caduca en el nano segundo en que alguien jala de un gatillo. Para entonces es tarde, obviamente. Algo no funciona bien en un país donde la irracionalidad es perfectamente constitucional. La enmienda en cuestión fue escrita en 1791 para acelerar la lucha por la independencia. Las constituciones que jamás cambian pueden ser tan disfuncionales como aquellas que cambian todo el tiempo.

En los solemnes funerales de Dallas, Obama dijo que el país está menos dividido de lo que se dice. Tal vez, pero tal vez esté más dividido de lo que él supone. El test de Litmus se verá en noviembre. Uno de los candidatos propone, abiertamente, profundizar la división, incluyendo las existentes fracturas raciales y de clase. Y por supuesto que no propone eliminar la Segunda Enmienda constitucional.

Más que la elección de un presidente, Estados Unidos quizás esté dirimiendo su propia definición civilizatoria.

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