Héctor Schamis

La coalición de los sensatos. De Héctor E. Schamis

Cuando el sentido común es carismático.

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Héctor E. Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown.

Héctor E. Schamis, 11 febrero 2018 / EL PAIS

Según una reciente encuesta, Ciudadanos sería hoy el partido más votado de España. Se sitúa a más de seis puntos por encima del PP y a más de ocho por sobre el PSOE, relegando a Podemos a un lejano cuarto lugar. Las elecciones no son hoy, pero su crecimiento no deja de ser remarcable.

Se explica por su éxito en Cataluña; un éxito basado en la coherencia exhibida frente a la problemática independentista y el liderazgo de una candidata en extremo carismática, Inés Arrimadas. En España y más allá, la moraleja es que el sentido común también es una forma de carisma. Toma forma así una tendencia general a la cual no se le ha prestado debida atención.

el paisEs que los “ismos” hacen más ruido que la sensatez. Los nacionalismos, proteccionismos, populismos y racismos en boga son casi una coalición espontánea, de pocas similitudes entre sus miembros excepto por rechazar lo mismo: el orden liberal internacional. Ello es común a sus respectivas utopías. Y también a sus diversas distopías: harían caer las instituciones políticas democráticas y la arquitectura de la cooperación.

En contraste, va surgiendo la coalición de la responsabilidad. Ciudadanos es un ejemplo. De España a la Francia de Macron y de allí a la Alemania de Merkel, el antídoto contra la demagogia xenófoba va tomando cuerpo sobre la base de un objetivo: revalorizar y recrear la Unión, lo cual requiere preservar la integridad de los Estados que la forman.

Se olvida a veces que aquella fantasía carbonífera de Jean Monnet—surgida de las cenizas de la guerra—terminó siendo la experiencia colectiva de construcción democrática más importante de su historia. No se debe jugar con los fantasmas del pasado. De hecho, la historia europea anterior a 1950 era de intolerancia, inestabilidad y violencia, tal como la describe Mark Mazower desde el mismo título en Dark Continent.

A ambos lados del Atlántico, una ola de sensatez llega de la mano de liderazgos femeninos, Arrimadas ilustra cabalmente el punto. En su versión americana o en la francesa, #MeToo es un megáfono de derechos. En América Latina, #NiUnaMenos representa la lucha contra la violencia y el feminicidio. En Estados Unidos se anuncia un aluvión de candidatas mujeres en las elecciones de noviembre próximo, y eso en ambos partidos. En todas partes, la igualdad de género significa mejor democracia.

El sistema interamericano también ha sido una experiencia colectiva democrática, aun anterior a la de Europa. No obstante, las democracias han tenido que convivir con dictaduras, lo cual vuelve a estar en juego hoy con los populismos y estalinismos diversos y sus intentos de perpetuación. Frente a ellos está el sentido común de Lenin Moreno y la victoria de la alternancia, de los bolivianos que impiden la eternización de Morales, de un Piñera en transición ejemplar, de un Macri que habla de instituciones y llama al gobierno de Maduro por su nombre.

No es solo cuestión de ética, que desde luego importa. También existe una cierta estética de la sensatez. Es la del líder que no grita, solo explica. No insulta ni descalifica, argumenta. No impone sino que persuade. No promete, en su lugar proyecta colectivamente.

Es decir, dicho líder es racional, sabe que en política y en economía toda solución es de segundo orden de preferencia. Ergo, no da órdenes, simplemente negocia. Lo hace con buenas maneras, porque la conversación respetuosa es la gramática de la ciudadanía, sin la cual no hay democracia.

Lo cual se traduce en respeto por el ciudadano, a quien ve como un ser pensante, autónomo y crítico, no una pieza de algún sistema de dominación clientelar. Allí reside la horizontalidad ética y estética de la coalición de los sensatos.

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La Bergoglio-política. De Héctor E. Schamis

El Papa debería practicar una democracia de la solidaridad.

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Héctor E. Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown.

Héctor E. Schamis, 20 enero 2018 / EL PAIS

Lo dijo muy bien el periodista Diego Cabot: “¿Venís al barrio seis veces y nunca me tocás el timbre?” Es un tuit, pero al leerlo casi se puede escuchar el acento porteño en el reproche. Tal vez con tonada del propio barrio de Flores, allí de donde Jorge Bergoglio, hoy Francisco, es oriundo.

Es que cada viaje del Papa a América, y es el sexto justamente, termina en un debate sobre dónde no va, en lugar de dónde sí. Su avión cruza el espacio aéreo argentino camino a Chile y Perú, o llega a Brasil, aterriza en La Paz y sigue a Asunción, pero jamás desciende en Ezeiza para ir a tocarle el timbre a sus vecinos de Flores. Para muchos es un deliberado desplante al presidente Macri.

el paisLo cual todavía hoy desconcierta. Ello debido a que, siendo Cardenal Primado de Argentina y Arzobispo de Buenos Aires, y cuando era sistemáticamente agredido desde la Casa Rosada, su principal aliado en la zona de la Plaza de Mayo era el entonces Jefe de Gobierno de la ciudad, Mauricio Macri.

El encono kirchnerista era tal que cuando fue elegido Sumo Pontífice en marzo de 2013, Cristina Kirchner entró en un torbellino de verborragia contra él, acusándolo hasta de haber sido cómplice del secuestro y cautiverio de dos sacerdotes jesuitas en 1977. El odio se transformó en amor dos días después, por supuesto, ni bien las encuestas revelaron que los argentinos estaban más que felices por tener un Papa compatriota.

De ahí que irrite que Bergoglio haya adoptado la estrategia de la pose fotográfica, una actuación que además satura: parco cuando Macri lo visitó en Roma y alegre, sonriente y cálido con cuanto miembro de la nomenclatura kirchnerista se encuentre, incluida la propia Cristina Kirchner en cinco oportunidades y varios de los procesados por corrupción de su gobierno.

El Papa tal vez ya haya administrado el perdón divino a quienes lo maltrataron por años, pero en Argentina causa perplejidad. Esa es la Bergoglio-política, una acrítica propensión a lo nacional y popular—al relato insustancial de lo nacional y popular, esto es—y una mirada algo estrecha y basada en mitos antiguos. Como cuando dijo, varias veces, que el problema de América Latina es “el liberalismo económico fuerte” porque “los sistemas liberales no dan posibilidades de trabajo y favorecen delincuencias”. Los chavistas piensan igual.

He aquí el instrumental cognitivo que el Sumo Pontífice lleva a todas partes. Con lo cual la perplejidad de los argentinos se exporta a otras latitudes. Lo mismo ocurrió en Chile esta semana; el mismo prejuicio, la misma sobreactuación fotográfica. Allí se ve a un Bergoglio exultante de alegría con la presidenta Bachelet, y se ve a un Bergoglio frío, con cara de disgusto en la foto con el legítimo presidente electo Piñera, a quien no vio en privado. Tal vez debido a que Piñera es liberal.

La Bergoglio-política se acerca a todo aquel que tan solo hable mal del liberalismo, sin importar si se ha enriquecido en el poder, como los Kirchner; si mantiene una dinastía absolutista en pleno siglo XXI, como los Castro; o si es un déspota inepto y criminal, como Maduro. Bergoglio les sonríe a todos ellos, pero no a los Macri y los Piñera, las Damas de Blanco que rechazó ver, y las esposas de los presos políticos venezolanos que se encadenaron en la Plaza de San Pedro sin ser recibidas.

La situación de Venezuela merece un párrafo aparte. El silencio de Bergoglio ante la perversidad del régimen es ya intolerable, es decir, frente a la represión, los crímenes, el hambre, la enfermedad y el destierro que sufren los venezolanos. Mientras se hallaba en Chile ocurrieron las ejecuciones extrajudiciales de Óscar Pérez y su grupo de policías rebeldes, sin que se escuchara una sola palabra del Papa.

Pero así es la Bergoglio-política, dogmática, más que tolerante e inclusiva, y al mismo tiempo pragmática en lo que no debe: los principios. Las víctimas de aquellos que declaman contra el capitalismo, pero que se han enriquecido con él, parecen tener menos importancia que las víctimas de la explotación del capitalismo.

Ya que hace política, el Papa debería practicar una democracia de la solidaridad, ofreciéndola a todo aquel que sufre y que ha sido despojado de derechos, en vez de seleccionar ideológicamente a quien. Ello resta y excluye por definición, contradice su misión primordial.

Como lo resumió la Diputada Lilita Carrió en una entrevista en marzo de 2016: “Fue elegido Papa y jefe espiritual, no dirigente de una Unidad Básica. Es un líder espiritual que le gusta el poder como a nadie. Bueno, que lo ejerza en el Vaticano. Los fieles no queremos que sea peronista, macrista ni nada. Queremos que sea el pastor de todos”.

Y “todos”, tratándose del Papa, también quiere decir “todos en todo el mundo”. Para ser el pastor de todos debe archivar la Bergoglio-política.

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África en América Latina. De Hécter E. Schamis

La guerra por el recurso y la tragedia venezolana.

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Héctor E. Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown.

Hécter E. Schamis, 14 enero 2018 / EL PAIS

Una buena parte de mi aprendizaje sobre Venezuela ha tenido lugar gracias a mis frecuentes intercambios con Ibsen Martínez y la regular lectura de sus textos, varios de ellos en este mismo periódico. Un tema es recurrente en sus escritos, casi una obsesión, me animo a decir: el petróleo, siempre la variable explicativa de su propio Macondo, esa Venezuela Saudita donde la mismísima categoría “tiempo” parece inexistente. Como en Macondo, precisamente, un pueblo sin historia.

Habiendo trabajado sobre la economía política del desarrollo, mi afinidad con este tema no podría ser más directa e inmediata. Es que el Macondo petrolero de Ibsen es una genial acuarela literaria de lo que, en un dialecto intelectual diferente, llamamos “la maldición del recurso”. Son narrativas gemelas.

el paisEsta literatura, fundamental en economía política, habla de países que funcionan en base a exportar recursos naturales. Nos dice que dichas economías crecen durante shocks de precios favorables, pero con las clásicas distorsiones de la “enfermedad holandesa”. El exceso de divisas aprecia el tipo de cambio real, afectando la competitividad del sector industrial y desplazando el grueso de la inversión hacia el sector exportador. De este modo, la renta exportadora se usa para financiar importaciones de manufacturas. Cuando los precios internacionales caen, y siempre caen, se desacelera el crecimiento.

En consecuencia, en estos países la economía crece por debajo de su potencial, modestamente en el largo plazo y con visibles desequilibrios sectoriales y regionales, resultado de pronunciados ciclos de boom and bust. Típicamente, ello invita políticas fiscales inconsistentes, sumando otro desequilibrio: de presupuesto. El final de este camino los encuentra en medio de una gran crisis macroeconómica y una masiva destrucción de activos. Tanta riqueza los ha hecho pobres.

La política, a su vez, refleja, al mismo tiempo que exacerba, estos ciclos. Diversas facciones se disputan las rentas a efectos de distribuir beneficios entre sus clientes políticos, un escenario propicio para sistemas de dominación patrimonialistas. Un corolario de esto es un aparato estatal de tenue densidad institucional, propicio para un jefe del ejecutivo con autoridad discrecional sobre la política económica.

Con un Aureliano Buendía sentado sobre oro negro, entonces, la democracia es improbable. La Venezuela del Punto Fijo, democrática mientras el resto de América Latina estaba bajo dictaduras militares, constituía una anomalía teórica. Era democrática no por su riqueza petrolera sino a pesar de ella. Uno no encuentra semejante extravagancia en el Golfo Pérsico, continuando con la metáfora Saudita. Evidentemente, Chávez llegó determinado a corregir dicha rareza.

Por supuesto que Noruega—donde dos tercios de la canasta exportadora son en gas y petróleo—es la excepción a la regla, aunque en gran medida por el beneficio de una excepcional secuencia histórica. Es que Noruega descubrió la democracia casi un siglo antes de descubrir petróleo. El tiempo puede ser una variable relevante.

Pero si la economía de recursos naturales está asociada a desequilibrios macroeconómicos y al autoritarismo, también lo ha estado al conflicto prolongado y la guerra civil. Uno tras otro, los estudios empíricos confirman una robusta asociación entre una economía dependiente de exportaciones de recursos naturales y la violencia interna en países de bajo ingreso per cápita. El factor precipitante puede ser el petróleo, como en Sudan y Congo; pero también diamantes, como en Sierra Leone; oro y cobre, como en el Congo Democrático; cacao y café, como en Liberia; fosfatos, como en Marruecos; o bien sustancias ilícitas, como el opio en Afganistán.

Lo común a todos es que la volatilidad de los ciclos económicos en un sistema político de carácter patrimonial incentiva a las facciones a obtener la propiedad del recurso. La erosión de la legitimidad y autoridad del Estado magnifica esta tendencia. Irremediablemente, dichos grupos cumplen funciones cuasi estatales: control del territorio (léase, definir y hacer cumplir derechos de propiedad) y el cobro de tributos (léase, extorsión), claro que sin detentar el monopolio absoluto de la coerción y generando entonces competencia entre sí y mayor fragmentación.

Es decir, generando violencia. El rango de la misma puede ir de la violencia anómica, como es el caso del crimen urbano, hasta una declarada guerra por el recurso dirigida y financiada por warlords—contrabandistas, extorsionadores, traficantes, terroristas o una combinación de todo lo anterior—en ejercicio de una proto-soberanía. Ante la ausencia de autoridad política centralizada, el Estado, una cierta secesión ocurre de facto.

Una vez que la violencia se dispara, ello desencadena una fatal reversión del desarrollo. A medida que el conflicto escala, el ingreso se contrae, la mortalidad crece, las enfermedades se propagan, el crimen se desborda. El hambre se esparce y el consumo de proteínas colapsa. Toda una generación puede estar privada del desarrollo neuronal necesario para el aprendizaje. Las pérdidas en capital humano son irrecuperables.

Los efectos de estos conflictos no reconocen fronteras. Se cuentan en epidemias, refugiados y en la propagación de actividades ilícitas. Todo lo cual supone costos crecientes para los países vecinos en defensa, salud pública y seguridad. El control de fronteras, narcotráfico y lavado de dinero requiere mayores presupuestos en toda la región contigua al conflicto. Una carrera armamentista también es plausible, la violencia engendra más violencia.

He obviado a Venezuela deliberadamente en la segunda parte de esta columna, en la esperanza que el lector haya hecho el paralelo en su mente. Ocurre que, entre sus muchos crímenes, el chavismo ha instalado la guerra por el recurso en América Latina y el Caribe, un tipo de amenaza que la región tendrá que enfrentar por décadas. La Venezuela Saudita ha traído África a América Latina. Su tragedia le pertenece a todo el hemisferio.

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El derecho a la perpetuación. De Héctor E. Schamis

Esta nota sobre Bolivia hay que leerla pensando en lo que está asando en Honduras, donde un presidente de derecha, Juan Orlando Hernández, actúa igual que Evo Morales: pervertir el orden constitucional para poderse reelegir.

Segunda Vuelta

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Héctor E. Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown.

Héctor E. Schamis, 3 diciembre 2017 / EL PAIS

Llegó a la presidencia en 2006 por un período sin reelección, pero él no se conformaría con ello. En febrero de 2009, entonces, consiguió que se promulgara una nueva constitución con cláusula de reelección inmediata por un segundo período. Una disposición transitoria en el nuevo texto especificaba que el período anterior—bajo la previa constitución—se tomaría en cuenta.

Fue así reelecto en diciembre de aquel año con el 67 por ciento de los votos para cumplir un último período. Pero para el presidente tampoco era suficiente.

En 2013 se postuló a un tercer mandato, siendo habilitado por el Tribunal Constitucional. La justificación fue que anteriormente había sido presidente de “otro” Estado. Es que la nueva constitución consagra el Estado “Plurinacional” Boliviano. La alquimia constitucional habrá sido burda pero fue por demás efectiva: volvió a ser reelecto en 2014. Se trata de Evo Morales, desde luego, otro líder imprescindible.

el paisAún así, él quiere más. Al concluir el primer año de su tercer gobierno, abrió un proceso de reforma del artículo 168 de la constitución, el cual limita la reelección. Ello incluyó un referéndum el 21 de febrero de 2016 por el cual se preguntó a los ciudadanos si apoyaban una nueva reelección. El “no” fue vencedor de la consulta, siendo la misma de carácter vinculante y de vigencia inmediata y obligatoria de acuerdo a la ley. Cosa juzgada, asunto archivado. Para todos menos para Evo Morales.

En septiembre pasado el Tribunal Constitucional, políticamente adepto al gobierno, dio entrada oficial a una demanda del gobierno por la inconstitucionalidad de cuatro artículos de la constitución, incluyendo el que se invocó para llevar a cabo el referéndum en 2016. Bolivia se desliza así por una pendiente demasiado conocida en América Latina: la de las alteraciones graduales, y la posible ruptura, del orden constitucional.

El oficialismo invoca una supuesta incompatibilidad entre el artículo 168 de la constitución con el artículo 23 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos en lo relativo a los derechos a elegir y ser elegido. Curioso que Evo Morales apele a la OEA, habiendo sido la propia OEA la institución que observó y certificó el proceso de reforma constitucional de 2009 al igual que el referéndum de febrero de 2016. Es que el derecho a ser elegido nunca puede transformarse en un derecho a eternizarse en el poder.

Someterse a una instancia supranacional además supone respetar su opinión, y eventualmente acatar su decisión, independientemente del resultado. No se trata de hacerlo solo cuando se está de acuerdo. El tema es central para Bolivia, siendo que el Tribunal Internacional de La Haya es donde está localizada la demanda a Chile por la salida al Pacífico. El intento de perpetuación bien puede convertirse en un boomerang de credibilidad internacional.

Pero hay más sinsentidos en esta historia. El gobierno también reivindica el derecho del presidente a postularse sin limitaciones porque “en Europa lo hacen”. Ello es muy cierto, pero Morales soslaya la crucial diferencia de régimen político—parlamentario o presidencial—y las consecuencias que ello tiene en términos de la concentración de poder en el largo plazo.

En el sistema parlamentario el Jefe de Gobierno no es Jefe de Estado. El Ejecutivo es creación del Legislativo. Solo es necesario un voto de no confianza para hacer efectivo el principio de la alternancia. El gobierno se disuelve y uno nuevo se forma, ya sea en el Parlamento o por medio de elecciones anticipadas. En consecuencia, las veces que se postula un líder parlamentario es trivial. Su poder está institucionalmente limitado de antemano.

El presidencialismo, por su parte, una post-revolucionaria invención americana—de Estados Unidos, esto es—fue un arreglo institucional de compromiso para satisfacer a los monárquicos. Nótese, el presidencialismo fusiona al Jefe de Gobierno y al Jefe de Estado en una misma persona, lo elige de manera directa, a menudo lo plebiscita y luego le otorga capacidad de legislar, ello a su vez acompañado de desproporcionados vetos y prerrogativas.

El secreto del presidencialismo reside en la norma—originalmente, no escrita—de un máximo de dos períodos y afuera. Fue Roosevelt, al quedarse más de lo pensado, quien obligó a escribir dicha norma: la Enmienda 22 de la Constitución. Pensado como una alternativa a la monarquía, un presidencialismo sin límites de tiempo en el poder—es decir, sin alternancia—termina siendo exactamente eso, un régimen monárquico y con rasgos marcadamente despóticos.

La estrategia se repite en América Latina: de un período a dos, de dos a tres y de tres a la reelección indefinida. Quienes persiguen la perpetuación han ideado la mejor de las coartadas institucionales: la reelección indefinida, atributo de un sistema parlamentario, pero en un sistema híper-presidencial. Lisa y llanamente, esa fórmula consagra un régimen autoritario.

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Secesión. De Héctor E. Schamis

Europa frente a la utopía nacionalista.

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Héctor E. Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown.

Héctor E. Schamis, 16 septiembre 2017 / EL PAIS

La reproducción de un orden político se torna improbable en ausencia de organizaciones de escala, centralizadas y especializadas en el ejercicio de la autoridad. Mas aún si se trata de un orden político democrático, necesitado de instituciones efectivas y al mismo tiempo legítimas para generar estabilidad. Sin Estado, en definitiva, no puede haber democracia.

Cuando existen diferencias entre las fronteras de un Estado—el mapa—y el contorno de las comunidades políticas que habitan dentro de él, y además dichas comunidades cuestionan a ese Estado con sus demandas, ello es una receta para la crisis. Se trata de un problema de “estadidad”, según lo llamaron los expertos. Ocurre cuando “Estado” y “nación” no coinciden.

Y en realidad rara vez coinciden. De ahí que existan diversas fórmulas para administrar y negociar tales divergencias. El federalismo, los regímenes autonómicos, la consolidación de esferas de derechos especiales y culturales ilustran el punto, todo ello en el marco de un régimen democrático y un ordenamiento constitucional estable.

el paisEn la Europa de los noventa la transición post-comunista obligó a repensar estos temas. Es que no se trató únicamente de un cambio de régimen. Como ejemplo, recuérdese que tres Estados—la Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia—se transformaron en 22 de la noche a la mañana. La integridad el Estado ya no podía darse por sentada; la secesión como instancia “normal” de la política. Subráyense las comillas.

En hibernación durante la Guerra Fría, la Europa post-comunista señaló el despertar de los nacionalismos. Es la idea según la cual el Estado—una construcción artificial, es decir, jurídica y política—debería, en cambio, ser el reflejo de una comunidad basada en identidades y anhelos comunes, homogénea culturalmente y para muchos también étnicamente. Es por ello una “familia extendida”, una “comunidad imaginada”, ambas metáforas del gran Ben Anderson.

Como tal es una utopía que transcurre en varias direcciones. Así como surge de adentro hacia fuera, puede ser fortalecida de afuera para adentro. Precisamente, el desempleo, las fallas de la función regulatoria de Bruselas y Frankfurt, la explícita desafección de los europeos con las instituciones políticas de la Unión, entre otros déficits, alimentaron formas locales de pensar la vida colectiva. Ya en este siglo, la incertidumbre y el temor fomentaron la intolerancia xenófoba, y con ello la idea que un ordenamiento político micro otorgaría protección.

“El nacionalismo tiene la ilusión de detener
la globalización en la puerta”

En otras palabras, el nacionalismo tiene la ilusión de detener la globalización en la puerta. Ilusión porque los bienes, los servicios, las personas, la cultura y la información, lícitos e ilícitos, seguirán siendo móviles y continuarán cruzando fronteras. Fraccionar las instituciones de regulación—el Estado—implica dejar a esos fenómenos macro sin mediaciones, exacerbando, en lugar de contener, su capacidad de producir dislocaciones sociales y económicas. Lo micro es más débil frente a la globalización.

No es casual tampoco que la idea de la secesión coincida con el anti-liberalismo en boga que menoscaba la democracia, pues tienen un cierto aire de familia. Es que la utopía del nacionalismo no es la polis: es la comunidad cultural y étnicamente homogénea. La metáfora de la familia es útil. Así como hay estructuras familiares que favorecen la endogamia, la cual no alienta el pluralismo en la organización social, sin esa diversidad las formas democráticas son improbables.

La endogamia en la política, usando la metáfora en reverso, clausura la diferencia, elimina el mismísimo principio organizador de la identidad como proyecto político. El nacionalismo es así una utopía contradictoria y resbaladiza, generador de procesos sociales que lo convierten en excluyente más que inclusivo, homogéneo en lugar de diverso, y por ende cerrado en vez de abierto.

Es una utopía fluida y contraproducente. Llevada a su ultima expresión, propone un mundo tribal, un mundo a-sistémico que difícilmente pueda funcionar. Es que si por cada tribu hubiera un Estado, el mapa de Europa seria un tapiz folk, una fragmentación sin centro de gravedad.

La Italia anterior a la unificación de 1870 es un buen ejemplo. Donde hoy hay un Estado, había diez y eso dependiendo de cómo se cuenten, a propósito de fluidez. Ello para ilustrar que la vasta mayoría de los Estados realmente existentes son multinacionales, en Europa y en todas partes. Todos contienen minorías étnicas, lingüísticas, religiosas, culturales—o sea, identidades diversas—dentro de sus fronteras con demandas identatarias.

Lo cual también se aplicaría a un posible Estado catalán. Allí también hay minorías. Es que la utopía secesionista puede ser muy miope. Sus líderes no parecen haber pensado en la posibilidad de ser mañana blanco de reclamos políticos y territoriales idénticos a los que hoy formulan ellos mismos. Una Europa de Estados tribales es el fin de la propia idea de Europa.

Periodistas. De Héctor Schamis

Cuando la prensa libre es el enemigo.

Héctor Schamis, 4 junio 2017 / EL PAIS

En mayo pasado fue asesinado el periodista mexicano Javier Valdez Cárdenas. Era un prolífico reportero, columnista y escritor de Sinaloa, estado que llegó a las portadas de los periódicos del mundo gracias al Chapo Guzmán. El dato geográfico y el título de su libro más reciente son buenas pistas para inferir quien lo mató. “Narcoperiodismo: una investigación profundamente documentada sobre la forma en que el narcotráfico aniquila o seduce a periodistas”, se lee en el sitio de Amazon.

“Aniquila o seduce”, nótese el candor de las opciones. Es un crudo y acertado retrato de la tragedia mexicana, sin embargo. Así se ha normalizado el autoritarismo criminal-subnacional, ese peculiar tipo de régimen basado en la colusión de la política y el cartel.

Valdez no es es el primer periodista asesinado por investigar dichas conexiones y difícilmente sea el último. Ello ha convertido a México en arquetipo de violencia contra los periodistas, sin duda, pero tampoco es el único lugar donde ocurre. Ni mucho menos, solo encarna una paradigmática manera, entre tantas, de atentar contra la libertad de prensa.

Genéricamente, debe ser visto como eso: la vulneración del derecho a informar. El periodismo se ha convertido en profesión de alto riesgo en diversos contextos y latitudes. Es el rasgo común a todas las corrientes antiliberales en boga, varias de ellas en el poder. El análisis aquí no es exhaustivo, pero algunos ejemplos sirven para ilustrar el punto.

 Lo que muchos denominan populismo, el estalinismo en todas sus versiones, la llamada revolución bolivariana, el neofascismo europeo, el racismo en cualquiera de sus formas, el aislacionismo de Trump tanto como el del UKIP, las teocracias, el terrorismo y otras organizaciones criminales tienen todos un enemigo común: la prensa libre y las normas constitucionales que la garantizan.

En Rusia es arriesgado investigar al Kremlin, la corrupción o los altos negocios de los oligarcas. Eso hizo Anna Politkovskaya, por ejemplo, periodista de Novaya Gazeta asesinada en 2006 por su cobertura de las violaciones a los derechos humanos cometidas por las fuerzas de Moscú en el Cáucaso norte, especialmente durante la guerra chechena. Los reporteros del mismo periódico son hoy amenazados por cubrir los abusos contra homosexuales, también frecuentes en Chechenia.

Turquía ha sido declarado el peor país para la libertad de prensa en 2016, habiendo encarcelado más periodistas que ningún otro y clausurado cientos de medios. La ofensiva contra el periodismo se aceleró en respuesta al intento de golpe de julio de ese año. Se espera un empeoramiento de esas condiciones luego del reciente referéndum constitucional, por el cual se institucionaliza una creciente cuota de discrecionalidad en manos del presidente Erdogan.

En Francia aún se debate el asesinato de los periodistas de la revista a Charlie Hebdo de enero de 2015 y sus implicancias. Para muchos fue la insensibilidad de los periodistas, su sátira desmedida y su blasfemia que incitó el ataque; como si el lápiz y las balas fueran equivalentes, vale la pena agregar. Hasta el Papa ironizó entonces que si alguien ofendiera a su madre, “bien podría esperarse un puñetazo”, invitando a una cierta justicia por mano propia. El mensaje es temerario pero conocido: culpar a la victima, asesinarla otra vez.

América Latina, a su vez, ha experimentado múltiples agresiones a los periodistas por parte de aquellos gobiernos determinados a perpetuarse en el poder, se llamen populistas, estalinistas, militares o una mezcla de todo lo anterior. Es que en un país donde la prensa es libre, el poder puede ser investigado. La sociedad se siente capaz de criticar, “empoderada” a hacerlo. La perpetuación es menos probable. El periodista se convierte en el adversario a neutralizar.

En Estados Unidos, las agresiones de Trump a la prensa ya se van transformando en rutina. Son solo verbales, por twitter. Existen límites estrictos marcados por un poder judicial robusto y la omnipresencia de la Primera Enmienda Constitucional, la cual consagra la libertad de expresión.

Ello no obstante contribuye a crear un clima de hostilidad, propicio para la violencia. Un ejemplo ocurrió en el estado de Montana. El candidato republicano al Congreso Greg Gianforte arremetió contra el periodista de The Guardian que cubría su campaña, Ben Jacobs, derribándole y golpeándole en el suelo produciendo la rotura de sus lentes.

Las autoridades imputaron a Gianforte por agresión física. Días más tarde, Jacobs obtuvo su nuevo par de lentes, donando los anteriores a Newseum, el museo de las noticias en Washington DC, para documentar el hecho. Un final feliz.

Feliz siempre y cuando no sea allí donde también termine la libertad de prensa, en un museo. Pues para eso están los museos: evocar el pasado y reificar lo abstracto.

Dictadura por clonación. Por Héctor E. Schamis

Represión venezolana, parecida a tantas y al mismo tiempo única.

Héctor E. Schamis, 23 abril 2017 / EL PAIS

La discusión acerca de la naturaleza del régimen chavista es historia. El debate ha concluido bajo los gases lacrimógenos rosados que arrojan los helicópteros, la represión de las tanquetas blancas y los asesinatos de los paramilitares de camisa roja y su enjambre de motocicletas. Son los colores del autoritarismo.

Una dictadura pura y dura. En retrospectiva, abruma el tiempo perdido con aquello de democracia plebiscitaria, participativa, popular, directa y demás. Todos eufemismos usados para esterilizar la idea de democracia liberal, régimen basado en una constitución que consagra derechos y garantías. O sea, el único tipo de orden político que separa los poderes del Estado y limita al gobierno a efectos de proteger a sus ciudadanos.

El tiempo podría haberse aprovechado mejor que en semejantes acrobacias discursivas. Al respecto, a ver cuándo nuestra dilecta intelectualidad de izquierda hace su propia “autocrítica”, término que conocen de primera mano. Por ejemplo denunciando las masivas violaciones a los derechos humanos, justamente, perpetradas por un régimen que—subrayo—está en el poder hace 18 años.

Es que la brutalidad de hoy inclusive excede aquello de populismo, otra palabra desmesuradamente aplicada al caso. El populismo es una aceitada maquinaria de control social. Utiliza la cooptación, la manipulación desde el Estado, el clientelismo, la representación corporativa y otros trucos no-democráticos. Pierde lógica, sentido y sustentación política, sin embargo, si ello deriva en coerción manifiesta. Control social y represión no son sinónimos.

Ergo, queda una discusión pendiente: la naturaleza de la dictadura chavista, régimen autoritario que es parecido a tantos otros y al mismo tiempo como ninguno. Único en su plástica manera de ejercer el poder, es un clon, digo metafóricamente, una criatura de laboratorio hecha con células tomadas de diferentes especies.

El clon tiene células de petro Estado. Allí donde la riqueza está tan concentrada en un recurso natural, con frecuencia le sigue una similar concentración del poder político. Bajo esta interpretación, la Venezuela del Punto Fijo era anómala, a su vez “normalizada” por el chavismo, se podría decir. De hecho, la nomenclatura chavista se viste de nobleza saudí cuando dispone de la renta petrolera a voluntad, para lo cual debe controlar el Estado a discreción.

Asimismo, es un clon fascista. Como cuando saturan con las cadenas de Maduro, Diosdado Cabello amenaza con el domicilio de los líderes opositores en la mano y la fuerza de choque—los camisas rojas, en lugar de los camisas negras—actúa impunemente en territorio previamente liberado por las fuerzas de seguridad.

Es un clon con células cubanas, de las cuales surge su oratoria. Todo discurso regresa a aquel de Fidel Castro en las Naciones Unidas. Lo hace en contenido, técnicas actorales y extensión, sin que les afecte su anacronismo. Pero también es cubana la inteligencia, la represión individualizada y las huidas de los balseros a Aruba y Trinidad.

Es un clon de régimen patrimonialista, el sultanato de un Chávez bolivariano y de un Bolívar retratado como Chávez. Es un Macondo de héroes que no mueren sino que se reencarnan en pájaros, donde el poder del Estado se ejerce en base al capricho del déspota, y el nepotismo y la corrupción son los principios organizadores de la administración de ese mismo Estado.

Es dictadura militar del cono sur, resistiendo a plomo el descontento de la sociedad. Es clon del totalitarismo norcoreano, donde el hambre se tapa con la pura propaganda, la escasez se administra con criterios políticos, los recursos se gastan en armamento y el aislamiento internacional opera como mecanismo de negación.

Es la Siria de al-Assad, productor de refugiados y mortalidad infantil. Allí donde un simple oftalmólogo con residencia en Londres puede devenir en criminal de guerra, tanto como un modesto chofer de autobús es capaz de convertirse en dictador.

Curiosamente, la represión que hoy espanta no comenzó el pasado miércoles 19 con la masiva manifestación. Todo lo anterior bien podría describir a Venezuela desde aquella revuelta de febrero de 2014: la misma represión, idéntica vulneración de derechos, abuso a la prensa, ilegalidad desde el Estado y un régimen que viola su propia Constitución, la que escribió en 1999.

Sin embargo, muchas otras cosas han cambiado. El arrastre popular del chavismo es de otra época, son los cerros que bajan ahora. La MUD parece haber entendido la lección, finalmente, pues sin oposición unida no cae una dictadura. La defección ha comenzado dentro del oficialismo, lo cual no se divulga todavía. Pronto vendrán las delaciones cruzadas, sino los planteos militares.

El régimen se ha convertido así en paria. La comunidad internacional esta alineada en un amplio consenso detrás del liderazgo de Almagro, quien viene señalado la gravedad de esta crisis institucional desde su llegada a la OEA dos años atrás, cuando nadie decía nada. La OEA es, finalmente, el espacio natural para tratar esta crisis. Y el sistema interamericano ha vuelto a funcionar por medio de sus instrumentos pertinentes, la Carta Democrática entre ellos.

Queda por definir el precio de la partida. Para el acusado de narcotráfico y de saquear riquezas, el poder tal vez sea la única manera de evitar la cárcel. Otro atributo de este clon, también es un régimen en el que gobierna una organización ilícita, o varias. El precio de ese individuo seguramente será muy alto para la democracia. Pero para tener democracia, a veces hay que tragarse algún sapo.

@hectorschamis