Héctor Schamis

El Estado es mío. De Héctor E. Schamis

Conflictos de interés en la presidencia de Trump.

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Hector-SchamisHéctor E. Schamis, 4 diciembre 2016 / EL PAIS

Fue su primer acto de política exterior. Apenas días después de la elección Trump se reunió con Shinzo Abe, el primer ministro de Japón. La foto dio la vuelta al mundo en minutos, por el encuentro en sí mismo y por los demás participantes. Es que allí también estaban la hija y el yerno del presidente electo, en una reunión de Estado.

La disculpa anterior de Ivanka Trump, por haberse aprovechado de una entrevista en el programa 60 Minutes para promocionar su línea de joyas, había dado que hablar a los analistas políticos. Su presencia en una reunión con un jefe de gobierno extranjero pues fue una invitación para los abogados constitucionalistas. Instaló el problema del conflicto de interés en la agenda de la transición.

el paisEn la agenda de todos menos en la Trump, esto es. Ocurre que el presidente electo no parece estar dispuesto a observar la tradición de vender sus activos antes de asumir, ni tampoco colocarlos en un blind trust, fideicomiso con directiva desconocida. Por el contrario, ha manifestado que continuará ejerciendo control accionario de sus compañías, las cuales serán administradas por sus hijos. Sospechas de una presidencia “con fines de lucro”.

Pero es más que dinero. La intersección de sus intereses con el Estado presenta anomalías sin precedentes. Trump tiene negocios en países extranjeros y en muchos casos con financiamiento originado en el exterior. El Banco de China y el Deutsche Bank, por ejemplo, están entre sus acreedores. La pregunta obvia es de qué manera afectaría ello la política comercial—en el caso del primero dadas las controversias arancelarias—o la política fiscal y monetaria—en el caso del Deutsche Bank dado que, con problemas, hace tiempo que se habla de un salvataje internacional.

También podría verse afectada la política exterior en sentido estricto. Hay una Trump Tower en Bakú, Azerbaiyán, nación gobernada por la tácita dinastía Aliyev. Trump elogia a otros autócratas de Asia Central con frecuencia, recientemente a Nazarbayev de Kazakhstan. La pregunta es acerca de las posibles sanciones, tema históricamente central en la política exterior del país, habiendo un objetivo comercial por parte del presidente. Sería un colosal conflicto de interés.

“Han perimido los conceptos clásicos para definir la política exterior.
Habrá que olvidar todos los ‘ismos’ de las relaciones
internacionales, será solo incertidumbre y volatilidad”

Agréguese la conmoción causada en Beijing por la conversación telefónica entre Trump y la presidente de Taiwán, según algunos por el mero objetivo de acelerar un proyecto inmobiliario de gran escala en el aeropuerto de Taipei-Taoyuan. Con ello también se revierte la política fijada por Nixon (y Kissinger) en 1972—y continuada por todos los gobiernos posteriores—que reconoce a Beijing como el único gobierno chino.

Han perimido, tal vez, los conceptos clásicos para definir la nueva política exterior. Habrá que olvidar todos los “ismos” del debate en relaciones internacionales: realismo, internacionalismo, multilateralismo o unilateralismo. Será solo incertidumbre y volatilidad.

Hay más. En Washington DC, en línea recta y equidistante entre la Casa Blanca y el Congreso se encuentra el Trump International Hotel. Funciona en el viejo edificio de correos, propiedad del gobierno federal arrendada a tal efecto. Si no desinvierte, el presidente será locatario y locador al mismo tiempo.

Pero si el encuentro entre la familia Trump y Abe tuvo importancia por el tema, el lugar del mismo también dice mucho. Las fotos, tomadas por el cuerpo diplomático japonés y divulgadas por el equipo de relaciones publicas del primer ministro, muestran la escena en la renombrada Trump Tower de la Quinta Avenida. En el majestuoso triplex el decorado habla por sí mismo, y habla de historia y de política.

Consultando la adecuada bibliografía, me informo que el penthouse de Trump está decorado en estilo Luis XIV. De ahí los pisos y columnas de mármol, las arañas gigantes, esculturas imponentes y murales en el techo. El oro 24 kilates recorta desde desde las molduras hasta las bandejas y los vasos. El mobiliario es lujoso en extremo, predominando el color marfil en los tapizados de los sillones. Un verdadero Versalles en las nubes, a propósito de Luis XIV quien lo construyó en el apogeo del absolutismo monárquico francés.

Pero tampoco hay que exagerar la analogía. Trump solo parece compartir con Luis XIV una inclinación por el mercantilismo de Colbert, según se desprende de su capacidad para persuadir a la firma Carrier de continuar operando en el estado de Indiana. Lo demás son solo contrastes. Luis XIV, el Rey Sol, es conocido por aquella frase que resume el período absolutista: l’État c’est moi. Trump no diría más que l’État est mien.

@hectorschamis

Raza, clase y armas. De Héctor E. Schamis

Más que la elección de un presidente, Estados Unidos quizás esté dirimiendo su propia definición civilizatoria.

Hector-SchamisHéctor E. Schamis, 17 julio 2016 / EL PAIS

Las recientes protestas contra la violencia policial en Estados Unidos se suscitaron en respuesta al caso de Philando Castile, muerto en un chequeo de rutina en Minneapolis. “De rutina” por que es común que los afroamericanos sean detenidos por la policía, y cuanto más caros los vehículos que conducen, más probable es el encuentro. El supuesto básico es que un afroamericano—es decir, un negro—conduciendo un auto de lujo, lo ha robado. Es que además es pobre.

Son las históricas fracturas de la sociedad americana: de raza y de clase, superpuestas y simultáneas. Cuando esas fracturas intersectan con las armas, constituyen una poderosa fórmula para la irracionalidad y la violencia.

el paisOcurre que Castile también tenía permiso para portar armas y así lo informó al oficial de policía. Lo que siguió dio la vuelta al mundo en un video tomado por su novia con un teléfono. El policía le disparó cuando Castile buscaba sus documentos de identidad. Los asistentes a su funeral saludaban con el puño en alto, símbolo del Black Power.

La ola de protestas en el resto del país no fue solo marchar y gritar. En Georgia, un policía fue baleado por un hombre que lo atrajo al lugar con un llamado al 911. En Missouri, otro policía fue atacado luego de detener a un conductor por alta velocidad. Y en Tennessee, un tercero fue baleado y una mujer, muerta.

“Algo no funciona bien en un país donde la irracionalidad
es perfectamente constitucional…”

Peor fue el caos de Dallas, donde un francotirador acabó con la vida de cinco oficiales. El atacante, también afroamericano y veterano de Afganistán, fue abatido por un robot policial. Mientras ocurría la balacera, sin embargo, el Departamento de Policía de la ciudad había tuiteado la foto de un “sospechoso” o “persona de interés”. En la misma se veía un hombre afroamericano, vestido con fajina militar y con un rifle colgando de su hombro.

La foto se hizo viral y el erróneo sospechoso se presentó ante las autoridades para demostrar su inocencia. También llevaba consigo el arma, que le fue retenida por la policía. Mark Hughes, la persona en cuestión, apareció en los días subsiguientes en infinidad de programas de televisión, motivado por la necesidad de proteger su nombre y reputación, según sus propias palabras.

En una de las entrevistas Don Lemon, presentador de CNN, le preguntó por el arma, un rifle AR-15, por el motivo de llevarlo a una protesta en la calle y si estaba cargada. Hughes confirmó de qué arma se trataba, dijo que sí estaba cargada pero sin balas en la recamara y que la había llevado en ejercicio de sus derechos, la Segunda Enmienda constitucional.

Lemon insistió sobre “su” razón específica de llevar el arma, más allá de la constitución. Con firmeza, Hughes repetía el mismo argumento. Que los derechos constitucionales son para todos; que cuando los afroamericanos tratan de ejercerlos, a menudo les son negados por los propios representantes de la ley; y que cuando no obstante los ejercen son asesinados por la policía. Y que por esas razones había ido a la protesta con su arma al hombro.

Poseer, pero también portar y exhibir un AR-15—además vistiendo uniforme de fajina, para deleite de los voyeurs—no es banalidad. Versión civil del M-16, el AR-15 y similares es “tan americano como las tarjetas de béisbol y el pastel de manzana”, nos recordaba The Washington Post en junio pasado. Ello a raíz del ataque de la discoteca en Orlando, Florida, realizado con ese rifle, el mismo usado en los ataques de San Bernardino, California.; Aurora, Colorado.; y Newtown, Connecticut; asesinatos en masa que se repiten con frecuencia.

El problema es que un arma no se usa solo para decorar la sala, y eso sin importar la salud mental del dueño. Cuando profundas fracturas de raza y de clase ocurren en una sociedad literalmente armada, la violencia es la inevitable consecuencia. En este tipo de sociedades, la ingobernabilidad bien puede estar al final de ese camino. Justicia por mano propia no es justicia, es anarquía.

En Estados Unidos es un debate constitucional, según el cual en muchos estados poseer y portar armas es legal; legalidad que caduca en el nano segundo en que alguien jala de un gatillo. Para entonces es tarde, obviamente. Algo no funciona bien en un país donde la irracionalidad es perfectamente constitucional. La enmienda en cuestión fue escrita en 1791 para acelerar la lucha por la independencia. Las constituciones que jamás cambian pueden ser tan disfuncionales como aquellas que cambian todo el tiempo.

En los solemnes funerales de Dallas, Obama dijo que el país está menos dividido de lo que se dice. Tal vez, pero tal vez esté más dividido de lo que él supone. El test de Litmus se verá en noviembre. Uno de los candidatos propone, abiertamente, profundizar la división, incluyendo las existentes fracturas raciales y de clase. Y por supuesto que no propone eliminar la Segunda Enmienda constitucional.

Más que la elección de un presidente, Estados Unidos quizás esté dirimiendo su propia definición civilizatoria.

@hectorschamis

Libertad de prensa. De Héctor E. Schamis

Sin prensa libre se desmorona el derecho a disentir.

Hector-SchamisHéctor E. Schamis, 29 mayo 2016 / EL PAIS

Es un mundo cada vez más refractario del principio de la libertad de prensa y cada vez más riesgoso para los periodistas. Es una resbaladiza pendiente que se mira desde abajo. Como si la arquitectura jurídica que sostiene la posibilidad de vivir en democracia—el derecho a disentir—se hubiera desmoronado. La resultante es un mundo propicio para diferentes versiones de despotismo.

En el Medio Oriente el rango del abuso va de la racionalidad institucional de Al Sisi en Egipto, una dictadura militar, a la impenetrable brutalidad de ISIS, un proto Estado en partes de Siria e Irak. Esos abusos incluyen detenciones, condenas arbitrarias, secuestros y decapitaciones, tanto de periodistas locales como extranjeros. Es dolorosa evidencia del fracaso de la Primavera Árabe, aquella corriente de libertad que en 2011 invitó a imaginar una “cuarta ola” democratizadora.

el paisLa prensa europea, por su parte, es atacada por al menos tres frentes. Primero por el frecuente acoso de sus corresponsales en el Medio Oriente; nótese la reciente liberación de tres periodistas españoles tras diez meses de cautiverio. Luego por ser blanco del terrorismo en suelo europeo, siendo el caso de Charlie Hebdo el más renombrado pero no el único. Y tercero, por el surgimiento de partidos anti democráticos y racistas, en la izquierda y en la derecha, que pega en el centro de los principios legales imprescindibles para la existencia de la prensa libre.

Esto como espejo de lo que ocurre al otro lado del Atlántico. Ello por que nos reunimos esta semana en un evento organizado por el Programa de las Américas del CSIS, Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, para conversar sobre “Libertad de prensa en las Américas”.

En Estados Unidos la integridad física de los periodistas no ha estado tan en riesgo como en otras latitudes, excepto que los corresponsales en el exterior también son victimizados con frecuencia. El contexto interno, por su parte, no ha sido el más adecuado para la libertad de prensa. Más bien lo contrario. El grave estado financiero de la industria periodística limita la práctica profesional. Y, por otro lado, el gobierno federal intenta investigar filtraciones con frecuencia. Más aún, en un año electoral especialmente sensible, uno de los candidatos—Trump—se ha caracterizado por sus ofensas constantes a medios y periodistas. Así lo explicó Marty Baron, director del Washington Post.

En América Latina, el panorama es por demás sombrío, a pesar de algunas luces. En Venezuela, la prensa independiente casi no existe. El absurdo incluye que el control de la cuenta de capital actúa como mecanismo de censura, en tanto impide a los periódicos acceder a las divisas para importar papel. El suministro del insumo ocurre en base a donaciones del extranjero. Así, la operación de muchos medios está reducida a una fracción de lo que era antes de la llegada del chavismo al poder, si no es que han desaparecido por completo. Así lo contó Miguel Henrique Otero, director de El Nacional de Caracas.

En Argentina, la historia era similar, salvo que algunos medios tomaron la decisión y tuvieron la capacidad de resistir los repetidos intentos de silenciamiento del gobierno de los Kirchner, en el poder durante 12 años. Ese fue el caso de algunas empresas y muchos periodistas. “El gobierno anterior pensó que, como ellos, todos tienen un precio. Estaban equivocados”, aseguró Ricardo Kirschbaum, director de Clarín. La resultante fue la victoria de la oposición en noviembre pasado y una saludable alternancia en el poder.

En América Latina, la mutilación de la libertad de prensa se deriva de dos condiciones que se presentan juntas o separadas: los intentos de eternización en el poder y la degradación de un Estado capturado por organizaciones criminales. La perpetuación requiere del silenciamiento de la crítica. Mientras denuncian a los monopolios informativos privados, y sus supuestas conspiraciones, esos gobiernos van construyendo sus propios monopolios en colusion con otros medios privados, pero faciles de corromper, o en manos del Estado y con recursos públicos, claro que con un diseño institucional inspirado en Granma más que en la BBC.

Es una realidad aun más brutal en aquellas zonas del continente donde el crimen organizado controla el territorio, a menudo capturando el poder politico, especialmente a nivel subnacional. Un doloroso recordatorio de ello ha sido el reciente secuestro de tres periodistas en Colombia, a pesar del final feliz de su posterior liberación. Menos felices has sido los cientos de casos de periodistas asesinados en México, Honduras y El Salvador, por nombrar tres países, casi siempre por investigar al poder y sus lazos con el narcotráfico.

Casi al mismo tiempo que esta columna se publica, al Comité para la Protección de Periodistas—CPJ en inglés, organización basada en Nueva York—le fue rechazada su petición para ser ONG de consulta de Naciones Unidas. Ello ocurrió por decision del panel de 19 países que se ocupa de esos menesteres y con el voto negativo de Cuba, Nicaragua y Venezuela, entre otros y a proposito de perpetuación.

Si fueran sinceros, los enemigos del pluralismo deberían reemplazar el término “medios de comunicación” por “órganos de difusión” y “libertad informativa” por “comisariato politico”. Tal es la ofensiva antiliberal en curso. La libertad de prensa corre peligro. Sin ella, el poder no se investiga. Sin ella, la sociedad no critica. La siguiente victima bien podría ser la democracia.

@hectorschamis

Un régimen híbrido. De Héctor E. Schamis

Un análisis diferente del fenómeno Trump: el problema de fondo no es Trump; él es sólo el síntoma de la enfermedad del sistema poltico de Estados Unidos.

Segunda Vuelta

Cuando Trump excluye, evoca un sistema de exclusión anterior a él y más profundo que su pedestre xenofobia.

Hector-SchamisHéctor E. Schamis, 6 marzo 2016 / EL PAIS

Las democracias de la tercera ola fueron caracterizadas como delegativas, iliberales y grises, entre otros términos. Se las consideró regímenes “híbridos”. Ello en función de que, si bien la mayoría de los países en transición calificaba como democracia, en el sentido de un gobierno que se forma a través de elecciones libres, una vez en el poder muchos de ellos no respetaron estándares consistentemente democráticos. De ahí los adjetivos.

Dicha lente analítica rara vez fue usada para examinar las democracias viejas. Tal vez haya que hacerlo ahora que el mundo entero parece haberse unido con el objetivo de detener a Donald el paisTrump. El problema es que los que hoy se alarman por Trump son responsables, tal vez sin saberlo, de haber creado las condiciones que lo hicieron posible en primer lugar. Y ello incluye a muchos miembros del partido cuya nominación Trump está cerca de obtener. La crítica formulada por Mitt Romney, candidato republicano en 2012, es el ejemplo más reciente.

En otras palabras, el fenómeno Trump no es exógeno al sistema político. Por el contrario, es producto de incentivos que han conformado un régimen híbrido a lo largo del tiempo; régimen no muy diferente a las imperfectas democracias de la tercera ola. Solo que es un gris que no comenzó hoy ni ayer, sino tiempo atrás.

La democracia americana hace décadas que representa mal;
ergo, no puede gobernar bien

Es que cuando Trump excluye, al hacerlo evoca un sistema de exclusión muy anterior a él y mucho más profundo que su pedestre xenofobia. Como en la segregación de Jim Crow, es el autoritarismo subnacional sureño que mutiló los efectos inclusivos de la Guerra Civil. Postesclavismo, no obstante, fue un régimen que demoró la democratización del país por casi 90 años: desde 1877, cuando los Estados del sur recuperaron soberanía legislativa, hasta 1964, cuando la minoría afroamericana obtuvo los derechos civiles y políticos.

Esa es la historia, salvo que dicho sistema se ha recreado en este siglo en muchos Estados de ese mismo sur. Es allí donde los convictos—abrumadoramente, minorías raciales y, abrumadoramente, por consumir drogas baratas—han perdido su derecho al voto de por vida: felon disenfranchisement, se llama. Son casi tantos excluidos como los incluidos de 1964. El saldo es cero.

Cuando Trump hace antipolítica tampoco es el primero. Fue en 1992 cuando Ross Perot obtuvo el 18% de los votos como independiente, por la vía de imputarle los problemas del país a Washington y a los políticos. Eran votos naturales del Partido Republicano, con lo cual terminó entregándole la victoria a Clinton. Es desde entonces que los populistas de barricada de Fox News, los ultraconservadores programas de radio diurnos, la música country y el rock cristiano se plegaron a la anti política. Es la demagógica idea según la cual es posible tener democracia sin políticos.

Trump no le robó esa retórica a Perot, sin embargo. En realidad la tomó prestada del establishment del Partido Republicano, el mismo que hoy se rasga las vestiduras pero hace décadas que enfrenta cada ciclo electoral equipado con idénticas fobias. Esa es la génesis del mismísimo Partido del Té. Es solo que ahora el discurso se ha hecho más virulento y terminará arrastrándolos también a ellos, políticos de Washington después de todo. Como le ocurrió a Eric Cantor en 2014, entonces líder republicano en la Cámara de Representantes, nada menos. Deberían haber tomado nota.

Cuando Trump gana elecciones se apoya en un sistema electoral quebrado, propicio para sus falacias. Es un sistema donde los votantes no eligen a sus representantes, sino a la inversa. La base está en los distritos reconfigurados —gerrymandered— de acuerdo a datos demográficos que garantizan el resultado por la homogeneidad social, económica y cultural del territorio. Ello favorece la perpetuación en un Congreso que exhibe tasas de retención de escaño de alrededor del 95%, como Cuba o China, por ejemplo.

Cuando Trump captura la frustración y el resentimiento de la sociedad, lo hace a causa de la ruptura del contrato social, el fin del American Dream por el cual responsabiliza a los inmigrantes. Es un chivo expiatorio para su oratoria pero acerca de una realidad incontrovertible: la incertidumbre laboral y la desigualdad, que ha aumentado por más de una generación.

Esta ruptura se refuerza por la merma de la movilidad ascendente. No hay más que ver en el tiempo los costos de la matrícula universitaria en relación a la inflación para entender que el viejo vehículo de la movilidad —la educación— tiene el motor fundido. Los jóvenes se gradúan, pero terminan endeudados y sin empleo. Desde luego que están enfadados, lo cual los hace buenos clientes de las promesas extremas de un lado o del otro.

Tal vez sea posible detener a Trump, o tal vez no. Pero para hacerlo en serio sería necesario cambiar instituciones que no funcionan; redefinir los términos del contrato social; volver a incluir; dejar de encarcelar minorías. Y, sobre todo, la elite política debería tener alguna capacidad de auto crítica. La democracia americana hace décadas que representa mal; ergo, no puede gobernar bien. Es un régimen híbrido, de esos cuyos síntomas más visibles son los Trumps.

@hectorschamis