Papa Francisco

La voz de Dios en estas tierras. De Alberto Barrera Tyszka

El papa Francisco pronunció su tradicional mensaje navideño en la Plaza de San Pedro, el 25 de diciembre de 2018. Foto Credit: Oficina de prensa del Vaticano/ EPA vía Shutterstock

30 diciembre 2018 / THE NEW YORK TIMES/esp.

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

CIUDAD DE MÉXICO — En su mensaje navideño de este año, el papa Francisco mencionó dos casos particularmente trágicos de nuestro continente: Nicaragua y Venezuela. Se refirió a ellos con sorprendente serenidad, evitando mojarse en la violencia que sacude a ambos países. Empuñó una retórica tan predecible como anodina, invocando un saludo que igual habría podido aparecer impreso en cualquier tarjeta navideña comercial: unión, paz, blablablá.

Desde la Plaza de San Pedro, el pontífice deseó “que este tiempo de bendición le permita a Venezuela encontrar de nuevo la concordia y que todos los miembros de la sociedad trabajen fraternalmente por el desarrollo del país, ayudando a los sectores más débiles de la población”. Al referirse al país centroamericano, decidió usar la imagen del pesebre y anheló que “delante del Niño Jesús, los habitantes de la querida Nicaragua se redescubran hermanos, para que no prevalezcan las divisiones y las discordias, sino que todos se esfuercen por favorecer la reconciliación y por construir juntos el futuro del país”.

Las reacciones no tardaron en aparecer. Las redes sociales se incendiaron rápidamente. No es fácil ser papa en tiempos de Twitter. Cuando Bergoglio dice “pío” replican millones de trinos en todos los cielos digitales del planeta. La revolución tecnológica y el flujo comunicacional también han democratizado la opinión pública y el debate religioso. ¿Qué intereses se esconden detrás de las palabras o del silencio del Vaticano frente a ciertos temas? ¿Por qué su mensaje es tan distinto al mensaje de los obispos perseguidos o acosados en Nicaragua o en Venezuela? ¿A quién deben escuchar los católicos? ¿En cual de estas dos Iglesias deben creer?

Hay quienes, desde un extremismo un tanto delirante, piensan que el papa Francisco es una ficha del comunismo internacional. Del otro lado, hay quienes lo justifican y apelan a su condición de jefe de Estado, a su rol diplomático en los conflictos internacionales. Ambos argumentos suponen que el rebaño es una masa devota y desinformada.

Bismark Martínez, quien murió meses después de ser herido durante una protesta en contra de Daniel Ortega en Nicaragua, fue enterrado en el cementerio de Masaya en septiembre de 2018. Credit Inti Ocón/Agence France-Presse — Getty Images

Analizado desde cualquier ángulo, el mensaje de Francisco habría podido funcionar de la misma forma y con puntual exactitud para referirse a cualquier otro país. A México, a Brasil, a Colombia, a Guatemala… Cualquier nación del continente cabe en los buenos deseos del Padre de la Iglesia. Y quizás ahí reside, justamente, una parte del problema. Porque Nicaragua y Venezuela padecen tragedias singulares, con gobiernos que han reprimido de manera abierta y salvaje a los ciudadanos que protestan y luchan por sus derechos. No se pueden generalizar los buenos deseos frente a países donde se asesina, se encarcela y se tortura a personas inocentes.

En ambos países, además, la jerarquía de la Iglesia católica se ha visto enfrentada, en algunos casos de manera directa y violenta con el gobierno y con los militares. El argumento de que ellos también son el Vaticano, de que ellos también son el papa, es tentador y atractivo, quizás funciona de cara a la institución pero es muy frágil de cara a las víctimas, a esa comunidad que supuestamente también es la Iglesia.

El mismo problema ha enfrentado Bergoglio con el tema de la pederastia. Cuando, este mes, un tribunal en Melbourne condena al cardenal George Pell por abuso sexual en contra de dos menores, de alguna manera establece también una línea de denuncia y de reclamo con el Vaticano y con el papa, quien aun a sabiendas de las acusaciones y del proceso judicial contra el cardenal australiano, lo nombró como miembro de su entorno cercano, en uno de los cargos más importantes de la curia romana. Está bien que el papa luego asegure que la Iglesia católica “nunca más encubrirá o subestimará” sus crímenes, sin embargo, el silencio anterior deja un vacío, una aterradora sensación de complicidad.

La noticia de un papa latinoamericano creó muchas expectativas. Cuando el humo blanco fue argentino, se produjo de manera instantánea una sensación de cambio. Era lo que necesitaba una institución asfixiada por su propio agotamiento, tanto en los argumentos como en las ceremonias; perseguida por las denuncias cada vez mayores y estridentes en contra de algunos de sus sacerdotes.

En abril de 2018, dos niñas venezolanas caminaban por las tiendas de un refugio temporal para migrantes en Boa Vista, Brasil. Credit Meridith Kohut para The New York Times

La llegada de Bergoglio al Vaticano casi parecía una perfecta operación de mercadotecnia. Proviene además del lugar del mundo donde el catolicismo tiene más audiencia pero también cada vez mayor competencia. El avance de las iglesias evangélicas en el continente es sin duda una amenaza para el Vaticano. Desde esta perspectiva, tratar de ignorar realidad, es un gran error. O un pecado, podría decir también un creyente.

Fue justamente Rosario Murillo una de las primeras en darle las gracias al papa Francisco por su mensaje navideño. Y el Vaticano se merece el espanto de ese agradecimiento. Porque eligió no ver y no decir. Porque, “delante del Niño Jesús”, el gobierno de Daniel Ortega detiene a periodistas y confisca medios de comunicación. Porque “los habitantes de la querida Nicaragua” huyen ahora de la represión oficial que ha dejado un saldo de 325 muertos y más de 400 detenidos y enjuiciados. Lo mismo pasa en el caso de Venezuela. Hablar de “concordia” o de “desarrollo” no solo es frívolo sino también cruel. Aunque el Vaticano decida no ver las noticias o no leer los informes de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), los refugiados siguen ahí. La fe no los desaparece.

El 5 de julio de este año, el papa Francisco escribió en su cuenta de Twitter: “¿Sabemos hacer silencio en el corazón para escuchar la voz de Dios?”. La promesa de cambio del catolicismo tal vez no tiene que venir desde arriba, desde la jerarquía. Puede surgir de las bases, del rebaño. Quizás es hora de que los católicos de América Latina emplacen a su pastor. Que le exijan que vea y que pronuncie lo que está pasando. Que se ponga del lado de las víctimas y no de los poderosos. Que le pidan que trate de escuchar la voz de Dios en estas tierras.

10 telegramas de fin de año. De Paolo Luers

27 diciembre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Papa Francisco: ¿Qué le cuesta decir que lo que Maduro y Ortega están haciendo está mal y tiene que parar? ¡Usted es el Papa!

Salvador Sánchez Cerén: Aunque el Papa guarda silencio sobre Nicaragua, no es razón para que lo emule usted que tanto debe al generoso pueblo nica. ¿O piensa que fue el señor Ortega que nos dio comida, casa y hasta armas durante la guerra? Con copia a Hugo Martínez…

Carlos Calleja: Para que ‘el mejor gobierno de la historia’ sea más que una promesa, ¿cuándo nos presentará algunos hombres y mujeres que gobernarán con usted? ¿Cuántos de estos serán ex ministros de anteriores gobiernos de ARENA?

Nayib Bukele: Cuando habla de ‘los mismos de siempre’, ¿excluye a los operadores y propagandistas de Saca y Funes?

Guillermo Gallegos, Herbert Saca, Walter Araujo, Félix Ulloa, Dagoberto, Porfirio Chica, Peter Dumas, Ernesto Sanabria y Alejando Muyshondt: ¿Ustedes son ‘los otros de siempre’?

Hugo Martínez: Díganos 10 decisiones concretas que como presidente tomaría diferente a Funes y Sánchez Cerén. Esto te daría fácilmente 200 mil votos de los que se les fueron en marzo del 2018.

Roy Campos: ¿Por qué no da la cara como el estratega principal del ‘Team Nayib’ que es? ¿Le da pena que lo asocien con Bukele, o teme que no es conveniente para el director de una encuestadora como Mitofsky?

Nayib Bukele: No le crea la paja a Roy Campos sobre el voto joven que le va a garantizar la victoria. Ni sus propias encuestas lo sustentan.

Raul Melara: Si una de las principales críticas al fiscal saliente fue el manejo mediático de sus casos, ¿cómo se le ocurrió hacerse acompañar en su primera declaración ante los medios por el hombre de comunicaciones de Douglas Meléndez?

Mauricio Funes: Tony Saca tiene la ventaja que desde Mariona no puede interferir en la campaña electoral actual. ¿Por qué no se solidariza con su amigo y se queda callado? De paso dejaría de complicarle la vida a Hugo Martínez…

Carlos Calleja: Fue valiente su discurso sobre prevención versus represión, y guerra versus inversión social. Tenga el valor de mantenerlo, sin titubeos y medias tintas, en el centro de su campaña.

Feliz año a todos les desea

La Bergoglio-política. De Héctor E. Schamis

El Papa debería practicar una democracia de la solidaridad.

Hector-Schamis

Héctor E. Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown.

Héctor E. Schamis, 20 enero 2018 / EL PAIS

Lo dijo muy bien el periodista Diego Cabot: “¿Venís al barrio seis veces y nunca me tocás el timbre?” Es un tuit, pero al leerlo casi se puede escuchar el acento porteño en el reproche. Tal vez con tonada del propio barrio de Flores, allí de donde Jorge Bergoglio, hoy Francisco, es oriundo.

Es que cada viaje del Papa a América, y es el sexto justamente, termina en un debate sobre dónde no va, en lugar de dónde sí. Su avión cruza el espacio aéreo argentino camino a Chile y Perú, o llega a Brasil, aterriza en La Paz y sigue a Asunción, pero jamás desciende en Ezeiza para ir a tocarle el timbre a sus vecinos de Flores. Para muchos es un deliberado desplante al presidente Macri.

el paisLo cual todavía hoy desconcierta. Ello debido a que, siendo Cardenal Primado de Argentina y Arzobispo de Buenos Aires, y cuando era sistemáticamente agredido desde la Casa Rosada, su principal aliado en la zona de la Plaza de Mayo era el entonces Jefe de Gobierno de la ciudad, Mauricio Macri.

El encono kirchnerista era tal que cuando fue elegido Sumo Pontífice en marzo de 2013, Cristina Kirchner entró en un torbellino de verborragia contra él, acusándolo hasta de haber sido cómplice del secuestro y cautiverio de dos sacerdotes jesuitas en 1977. El odio se transformó en amor dos días después, por supuesto, ni bien las encuestas revelaron que los argentinos estaban más que felices por tener un Papa compatriota.

De ahí que irrite que Bergoglio haya adoptado la estrategia de la pose fotográfica, una actuación que además satura: parco cuando Macri lo visitó en Roma y alegre, sonriente y cálido con cuanto miembro de la nomenclatura kirchnerista se encuentre, incluida la propia Cristina Kirchner en cinco oportunidades y varios de los procesados por corrupción de su gobierno.

El Papa tal vez ya haya administrado el perdón divino a quienes lo maltrataron por años, pero en Argentina causa perplejidad. Esa es la Bergoglio-política, una acrítica propensión a lo nacional y popular—al relato insustancial de lo nacional y popular, esto es—y una mirada algo estrecha y basada en mitos antiguos. Como cuando dijo, varias veces, que el problema de América Latina es “el liberalismo económico fuerte” porque “los sistemas liberales no dan posibilidades de trabajo y favorecen delincuencias”. Los chavistas piensan igual.

He aquí el instrumental cognitivo que el Sumo Pontífice lleva a todas partes. Con lo cual la perplejidad de los argentinos se exporta a otras latitudes. Lo mismo ocurrió en Chile esta semana; el mismo prejuicio, la misma sobreactuación fotográfica. Allí se ve a un Bergoglio exultante de alegría con la presidenta Bachelet, y se ve a un Bergoglio frío, con cara de disgusto en la foto con el legítimo presidente electo Piñera, a quien no vio en privado. Tal vez debido a que Piñera es liberal.

La Bergoglio-política se acerca a todo aquel que tan solo hable mal del liberalismo, sin importar si se ha enriquecido en el poder, como los Kirchner; si mantiene una dinastía absolutista en pleno siglo XXI, como los Castro; o si es un déspota inepto y criminal, como Maduro. Bergoglio les sonríe a todos ellos, pero no a los Macri y los Piñera, las Damas de Blanco que rechazó ver, y las esposas de los presos políticos venezolanos que se encadenaron en la Plaza de San Pedro sin ser recibidas.

La situación de Venezuela merece un párrafo aparte. El silencio de Bergoglio ante la perversidad del régimen es ya intolerable, es decir, frente a la represión, los crímenes, el hambre, la enfermedad y el destierro que sufren los venezolanos. Mientras se hallaba en Chile ocurrieron las ejecuciones extrajudiciales de Óscar Pérez y su grupo de policías rebeldes, sin que se escuchara una sola palabra del Papa.

Pero así es la Bergoglio-política, dogmática, más que tolerante e inclusiva, y al mismo tiempo pragmática en lo que no debe: los principios. Las víctimas de aquellos que declaman contra el capitalismo, pero que se han enriquecido con él, parecen tener menos importancia que las víctimas de la explotación del capitalismo.

Ya que hace política, el Papa debería practicar una democracia de la solidaridad, ofreciéndola a todo aquel que sufre y que ha sido despojado de derechos, en vez de seleccionar ideológicamente a quien. Ello resta y excluye por definición, contradice su misión primordial.

Como lo resumió la Diputada Lilita Carrió en una entrevista en marzo de 2016: “Fue elegido Papa y jefe espiritual, no dirigente de una Unidad Básica. Es un líder espiritual que le gusta el poder como a nadie. Bueno, que lo ejerza en el Vaticano. Los fieles no queremos que sea peronista, macrista ni nada. Queremos que sea el pastor de todos”.

Y “todos”, tratándose del Papa, también quiere decir “todos en todo el mundo”. Para ser el pastor de todos debe archivar la Bergoglio-política.

@hectorschamis

The Observer view on Pope Francis’s comments on a world at war. Editorial de The Guardian

Pope Francis walks through the gate of Auschwitz on Friday. Photograph: Filippo Monteforte/AP

Pope Francis walks through the gate of Auschwitz on Friday. Photograph: Filippo Monteforte/AP

guardianEditorial, 30 julio 2016 / THE GUARDIAN

Pope Francis is a thoughtful man whose views should be taken seriously. So his unusually dramatic declaration last week that the world is at war deserves closer scrutiny. The pope was responding to the shocking murder in Normandy of a Catholic priest, Father Jacques Hamel, by two French-born Isis recruits and two earlier Islamist attacks in Germany. But his remarks raised wider questions reaching far beyond the immediate struggle against random acts of terrorism.

“The word we hear a lot is insecurity, but the real word is war,” the pope said. “We must not be afraid to say the truth, the world is at war because it has lost peace.” Continuing, he sought to clarify what he meant. “When I speak of war, I speak of wars over interests, money, resources, not religion. All religions want peace; it’s the others who want war.”

Is Francis right? Is the world at war? Looking at recent events, including the Bastille Day atrocity in Nice, a string of lesser attacks in German cities and, for example, the ongoing, merciless bombardment of 300,000 people trapped in what remains of Aleppo, it is tempting to answer with a heartfelt “Yes”. Day after day, our televisions, radios, mobiles and newspapers deliver awful tidings of yet more egregious examples of man’s inhumanity to man.

Yet our perspective is skewed. Figures compiled by the University of Maryland’s Global Terrorism Database show that, in western Europe, the number of civilians killed as a result of terrorist acts has fallen sharply in recent years from peaks in the 1970s and 1980s. Even then, at the height of IRA, Basque separatist, Red Brigades, Baader-Meinhof and PLO activity, the annual toll numbered a few hundred. Current fatality levels in Europe are significantly lower, despite the rise of Isis.

In point of fact, the vast majority of civilian deaths from terrorism in 2015 – 74% – were confined to five countries: Iraq, Afghanistan, Nigeria, Syria and Pakistan. Or looked at another way, between 1969 and 2009, there were 38,345 terrorist incidents around the world. Of these, 2,981 were directed against the US, while the remaining 92% were directed at other, mostly poor nations. The worst single atrocity since 9/11 took place this month in Baghdad, where Isis bombs killed hundreds.

If the pope’s claim about a world at war is set against a broader measure of armed conflicts, similar doubts arise. According to the International Institute for Strategic Studies, about 167,000 people died in armed conflicts in 2015, historically far fewer than in the post-colonial and Cold War periods of the last century. This figure is itself distorted by Syria, which accounted for 55,000 of the total. Again, a handful of countries accounted for most of the remaining deaths, notably Nigeria, Afghanistan and Mexico.
Advertisement

These figures suggest three things: that, overall, worldwide levels of organised state against state, internal state and non-state (terrorist) violence have significantly declined over the past 50 years; that the conflicts that persist are mostly confined to a diminishing number of countries or regions, not in Europe or the US; and that most parts of the world are enjoying an unprecedented period of prolonged peace. The big picture, as delineated by academics such as Harvard’s Steven Pinker, is not one of a “world at war”, but of a world that may, slowly, be learning to deal with problems by non-violent means.

Such conclusions plainly fly in the face of popular, western perceptions of heightened physical threat, as enunciated by the pope. This may be because violence, particularly Islamist terrorism, is suddenly much more in evidence on our own doorsteps. It may be because, thanks to mass media and the internet age, ordinary citizens are more aware now of global contemporary events than at any time in human history. The result is an exaggerated, disproportionate sense of the dangers presented by our own times. This may also stem from woeful, collective ignorance of recent and not so recent history.

But this disconnect between the objective reality of present-day conflict, the emotions and fears surrounding it and the language and terminology used to describe it, may be deeper rooted. As Francis suggested, the shared conception that we are living in a time of war arises from conflicts in many other dimensions, such as the “war” over disappearing natural resources and environmental protection, the “wars” on poverty, on drugs and on preventable disease, or the “war” between business interests, represented by global corporations and international capitalism and the common people’s recurring aspirations, now ever harder to crush or deny, for fair, equal and just societies based on human rights, shared responsibilities and agreed laws.

Maybe Francis was also pointing, opaquely, to what might be termed a war of minds, a global war of ideas, one that rages ever more fiercely in a 21st century whose dawn, supposedly, marked the beginning of a post-ideological age but that now grows desperate (and violent) in its search for belief, certainty, conviction and truth.
Advertisement

How else to account for nationalists, populists, demagogues, charlatans and rogues from Trump Towers to Vienna’s far-right Freedom party to France’s Front National to Greece’s Golden Dawn, which peddle absolutist solutions, perverse panaceas and divisive, separatist slogans with such evident, partisan support?

And how else to interpret the religious rift, or fitna, within Islam between Sunni and Shia, and between Islam and the west, if not in terms of a battle of dogma and belief? The pope may be correct that this is not a war of religions, certainly not a war led by established religious leaders such as himself. But to claim that the current, intensifying global battle for new, viable credos for the new century is not, in part, a religious and spiritual struggle, too, is surely delusional.

Thomas Hobbes believed man’s natural, eternal state was “warre”. The aim and duty of every human society before and since has been to prove him wrong – and to resurrect Francis’s “lost peace”.

Vargas Llosa: En Venezuela los jefes del gobierno son los jefes de la mafia

Dice que ese país es una “putrefacción total” gracias al llamado socialismo del siglo XXI.

1443981570993

Mario Vargas Llosa y Andrés Oppenheimer en el conversatorio de la SIP


4 octubre 2015 / EDH

CAROLINA DEL SUR. El Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa condenó ayer en Charleston la “putrefacción total” que padece Venezuela y advirtió de que la “corrupción” es la mayor amenaza para la democracia en América Latina.

Con estas contundentes palabras, Vargas Llosa (Arequipa, 1936) apeló en un multitudinario acto a los gobernantes de la región para que manifiesten una defensa sin ambigüedades de la democracia, con motivo de la asamblea general de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), que se celebra en dicha ciudad.

El escritor peruano reprobó expresamente la “falta de coraje” y “neutralidad” de los Gobiernos latinoamericanos a la hora de denunciar “dictaduras crecientes” como la venezolana y fomentar la lucha inequívoca contra la corrupción en sus países.

En una conversación que mantuvo con el periodista argentino Andrés Oppenheimer, Vargas Llosa, de 79 años, fue tajante al asegurar que Venezuela es una “putrefacción total” por consecuencia del denominado socialismo del siglo XXI y que se encamina a unas elecciones fraudulentas en los comicios parlamentarios de diciembre próximo.

“(El gobernante venezolano, Nicolás) Maduro sólo puede ganar estas elecciones mediante un fraude monstruoso”, dada su “impopularidad” y la pobreza, corrupción gigantesca, inflación galopante y alta criminalidad en que ha sumido al país suramericano, avisó el autor de “La fiesta del chivo”.

“Venezuela es el país más corrupto en el mundo, donde los jefes de gobierno son los jefes de las mafias y se encuentra en un estado de putrefacción social; pero le tiene miedo a la OEA, que nunca ha defendido la libertad de expresión”, enfatizó.

Vargas Llosa, que se mostró lleno de energía y lucidez durante toda la entrevista de una hora de duración, ironizó para decir que, examinando la historia de los fracasos de la democracia en Latinoamérica, solo se puede llegar a la conclusión de que la “perseverancia en el error es una característica latinoamericana”, lo que fue recibido con risas por el numeroso público.

Se concentró también en criticar sin ambages al gobernante ecuatoriano, Rafael Correa, a quien tildó de “gran demagogo” que ha impulsado “leyes represivas” que ahogan la libertad de expresión y a los medios de comunicación.

Previamente, señaló al narcotráfico como “enemigo peligroso en América Latina de la libertad de expresión”, un fenómeno criminal que “ve en la prensa libre su enemigo” y que debe ser derrotado con las herramientas del “coraje y la responsabilidad”.

Volvió a situar la lacra de la corrupción como el mal primero que carcome a muchos países y gobiernos de Hispanoamérica, y citó, entre otros, el caso de Brasil, un país que, apuntó, “parecía haber despegado y ha frenado y retrocede” con los “inversores sin querer invertir un centavo”.

El también premio Cervantes de 1994 achacó el retroceso brasileño a la “corrupción de vértigo” que devora al país y que se mostró en “niveles de apogeo” con el gobierno del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010).

Durante cinco días, la SIP abordará los principales desafíos en el sector de la comunicación en Latinoamérica, especialmente la libertad de expresión, la violencia contra periodistas (11 muertos en el último semestre), la alta concentración de medios en manos de algunos Gobiernos o el auge de la prensa digital y las nuevas tecnologías.

Sobre esta última cuestión, tecnología y medios, el escritor peruano nacionalizado español hizo un diagnóstico: La tecnología es “fuente de progreso”, pero “librada a sí misma puede crear un mundo de robots, Hay que humanizarla”.

No se libraron tampoco de sus ataques los movimientos secesionistas en Europa, especialmente el de Cataluña, un nacionalismo al que tachó de “ficción maligna” creada a partir de “mentiras”.

El nacionalismo catalán, subrayó, es una “ficción creada” a partir de “mentiras y falsificaciones del pasado y de la realidad presente”.

Sobre Trump
El Nóbel lamentó que ninguna sociedad del continente americano este “vacunada” contra el racismo y la xenofobia, y colocó como ejemplo al precandidato presidencial, Donald Trump.

Trump, favorito en los sondeos sobre la contienda presidencial republicana para llegar a la Casa Blanca, a quien retrató como “profundamente antidemocrático”, un “demagogo de tipo racista”.

No obstante, aseguró que el precandidato republicano a la Presidencia de Estados Unidos “no tiene la menor posibilidad de convertirse en el candidato de su partido”.

Trump practica el “viejo racismo de la caverna” y eso le “descarta en un país tan profundamente democrático como Estados Unidos”, apostilló.

El problema, a ojos de Vargas Llosa, es que los “prejuicios son más profundos a veces que los argumentos racionales” y calan en partes de la población.

Visita del Papa
En cuanto a la visita del papa Francisco a Cuba y las críticas por su rechazo a reunirse con miembros de la disidencia en la isla, Vargas Llosa consideró que el hecho de que no se viera con opositores responde a una “operación política de más largo alcance”.

Eso sí, planteó la “gran incógnita” de si “quedarán solo en retórica los gestos y declaraciones” de Francisco, porque, hasta ahora, afirmó, “detrás de estos no hay nada”.

Se despidió con humor de los numerosos periodistas congregados en el salón de conferencias diciendo que el “fantasma del nobel” le deja tranquilo y no le ha convertido en una estatua, “un muerto en vida”.

En la cita anual de la SIP participan más de 300 asistentes del 2 al 6 de octubre procedentes de más de una veintena de países.

———-

Don Mario y el huracán. De Eduardo Torres

Acá es la naturaleza la que desafia a los participantes, mientras que en muchos de nuestros países, el desafío sigue siendo el autoritarismo que ve en la labor periodística un adversario a vencer.

Eduardo Torres, director editorial de El Diario de Hoy

Eduardo Torres, director editorial de El Diario de Hoy

Eduardo Torres, 4 octubre 2015 / EDH

Abundante lluvia hubo al aterrizar en esta sureña ciudad de Charleston, Carolina del Sur, para la realización de la Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Vaya, pensé, al enterarme sobre la posibilidad que impactara a “las Carolinas” el huracán Orlando: Acá es la naturaleza la que desafia a los participantes, mientras que en muchos de nuestros países, el desafío sigue siendo el autoritarismo que ve en la labor periodística un adversario a vencer. Coarta la libertad de expresión, cerrando o ahogando medios de comunicación como con el uso y distribución de frecuencias, pautar o no publicidad gubernamental con base en la línea editorial de cada medio, legislar para evitar una prensa crítica.

La cereza del pastel de lo que va de esta lluviosa reunión ha sido el foro “Democracia y libre expresión”, en el cual entrevistó Andrés Oppenheimer a Mario Vargas Llosa, quien a sus 79 años trabaja todos los días esté donde esté, ya que concibe su vocación literaria en contacto con la realidad y no encerrado en un mundo irreal; añadió sentir pasión por el trabajo, y que quiere mantenerse así, vivo, hasta el final. Esto, a una pregunta de Andrés, qué hace un Premio Nobel visitando países donde sus gobernantes no lo quieren por sus opiniones políticas, como le sucedió últimamente en Venezuela y en la Argentina.

Acá algunos de los otros temas que respondió:

– Libertad de prensa: no había bajo las dictaduras militares, cerraban medios, exiliaban, mataban. Esa América Latina fue peor, hay ahora más canales de comunicación (en referencia a la web) que en el pasado, o lo que es más difícil para gobiernos antidemocráticos y corruptos restringir la libertad de prensa. Aunque existan nuevas amenazas como el narcotráfico, que van más allá de los gobiernos y adversan ser escrutinados.

– Denuncia a países del Cono Sur: ante recientes denuncias de Ecuador, Venezuela y Argentina de que están siendo amenazado por grupos empresariales que buscan darles golpes de Estado, el Premio Nobel responde que no es así, que lo que quieren es restringir la libertad de prensa. Viejos argumentos, sostuvo, desgastados y que además no son ciertos.

– Donald Trump: piensa que no tiene posibilidad de ganar la nominación republicana pero que ve triste que un sector de la sociedad estadounidense se entusiasme con él, a pesar de las estupideces que dice. Piensa que hay sectores en el Partido Republicano que se dan cuenta que se les percibe muy a la derecha con lo que cree que están centrándose un poco más para ganar la próxima elección.

– Visita Papa Francisco: fue una concesión en Cuba lo de los disidentes, fue operación política de largo alcance para fortalecer la Iglesia a futuro. Su visita a los EE. UU. la calificó de un éxito. Piensa que bajo el Pontífice ha habido mucho discurso pero poco movimiento en las estructuras vaticanas. Y la pregunta que surge es si ¿habrá allí algún cambio? A una pregunta de Andrés sobre las posiciones económicas del Papa, Vargas Llosa dijo que el capitalismo es inseparable de la libertad y de la democracia. Que lo que dice el Pontífice sobre la economía es la posición tradicional de la Iglesia y que es esta la que está equivocada, no el Pontífice.

– Argentina: Maccri (candidato opositor) representa una alternativa real, fuera de la tragedia que sufre la Argentina: el peronismo. Es una plaga para todos los gustos y recordó cuando ese país era una economía de primer mundo y veinte países de Europa eran del tercero. Dijo que en la década de los 50 y de los 60 sus amigos buscaban ir a estudiar a Buenos Aires no a EE. UU. y a Europa. A la pregunta de Oppenheimer sobre la posibilidad de gobernar que tendría en caso de ganar la elección, don Mario respondió que podría porque el peronismo es varias cosas a la vez. Entre ellas un sistema de poder basado en la conveniencia, admitió que puede haber “perseverancia en el error”, mal que padecemos los latinoamericanos.

– Venezuela: cinismo sublevante de un gobierno que grita que no admite elecciones libres porque las va a perder, le tiene miedo hasta a la supervisión de la OEA. De la oposición venezolana dijo que es encomiable, pero muy lamentable que América Latina no se movilice en contra de una dictadura creciente como Venezuela, y que sean solo expresidentes los que se estén pronunciando.

– ¿Década populista llegando a su fin? El populismo no termina nunca, pero puede ir disminuyendo y con ello genera progreso. El Premio Nobel piensa que la corrupción es la mayor amenaza a la democracia, y puso de ejemplo a Brasil, que con un gobierno que se presentaba al mundo como muy destacado, da vértigo ver lo que ha pasado en Petrobras.

A otra pregunta muy personal de Oppenheimer. el laureado escritor y pensador dijo que vivió la civilización del espectáculo (asunto Isabel), el periodismo amarillo, la chismografía. Dijo que no tiene una cuenta de Twitter y ni le interesa tenerla, pero que el New York Times publicó fotos de una cuenta a su nombre e hizo otras revelaciones infundadas.

Llegó como se marchó, viernes por la noche, trabajó cuatro horas ayer por la mañana viendo la copiosa lluvia desde la ventana de su habitación. Partió luego de su presentación, rumbo a Nueva York.

Aquí afortunadamente el huracán Orlando se aleja de la costa este de los EE. UU., esperándose un mejor tiempo la próxima semana. Ojalá pase así con la salud de la democracia y la libertad de prensa en nuestro hemisferio, que después de la tempestad llegue la calma.

El Efecto Francisco. De Cristina López

Cristina López, Lic. en Derecho de la ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University.

Cristina López, Lic. en Derecho de la ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University.

Cristina López, 28 sept. 2015 / EDH

Con un itinerario que habría dejado exhausto al más experimentado mochilero, el Papa Francisco pasó 10 días fuera de la Santa Sede visitando Cuba, y por primera vez en su vida, los Estados Unidos. Quienes pretendan estudiar sus palabras y visita a ambos países desde el punto de vista de su efecto político, se habrían desencantado desde las primeras de cambio: en Cuba no se reunió con disidentes – a estos la seguridad del Estado hizo imposible acercársele – y mantuvo un diplomático tacto de seda con el régimen. Sin embargo, no era ese su propósito. Su aporte a la causa de la libertad de Cuba empezó mucho antes de la visita, con su intercesión entre los diálogos diplomáticos entre la Isla y los Estados Unidos. Por eso, su reciente visita a La Habana era una más relacionada con admirar cosechas que con sembrar semillas.

En cuanto a la visita a los Estados Unidos, mal hacen quienes esperan efectos traducibles en materias de políticas públicas o legislación concreta. De hecho, poco debería influenciar en una democracia independiente y laica las palabras de la cabeza de una iglesia, con independencia de su peso histórico o del tamaño de su grey, y no era tampoco, su rol como jefe de Estado inmiscuirse en los asuntos domésticos de otra nación soberana.

Sus palabras, sin embargo, dejarán importantísimas huellas (que muchos en las redes sociales calificaron del #FrancisEffect) en materia humanitaria—huellas que agregarán peso y legitimidad a la lucha de miles de activistas de derechos humanos: de aquellos que a diario hacen lobbying por los presos y condenados a la pena capital, de los que por años han condenado el negocio armamentista y el abuso de poder en la política exterior, y, el espaldarazo más importante: a la comunidad inmigrante.

Su regalo para los inmigrantes y refugiados (en Estados Unidos y en el mundo) fue con lo que abrió su primer discurso oficial en tierra estadounidense. Identificándose como hijo de familia inmigrante, le recordó a los Estados Unidos sus orígenes como tierra de familias inmigrantes. Este recordatorio cae en momentos sumamente oportunos: en que la politiquería electoral ha girado la narrativa nacional en Estados Unidos acerca de la migración lejos del ámbito de las políticas públicas, hundiéndolo en xenofobia y “otredad.”

El Papa recalcó su mensaje de apertura varias veces durante su visita: de manera enternecedora permitiendo que el servicio secreto le acercara en brazos a Sophie Cruz, una niña estadounidense que podría perder a sus papás inmigrantes si el Congreso sigue entrampando una reforma migratoria, recibiendo de ella una carta y un regalo. Nuevamente ante el Congreso, recordando que la crisis de refugiados en Europa – que muchos han llamado “invasión islámica” –no es una crisis de números sino de personas, con vidas, historias y sufrimientos muy humanos. Y otra vez en su discurso, recordando que todo el mundo, fue extranjero alguna vez, y en algún lado. No, nadie espera del Papa recomendaciones de política pública ni su rol divino en lo terrenal le concede la  potestad para prescribir soluciones económicas: pero en materia de inmigración, aceptación, apertura, acogida y humanización de “los otros”, los extranjeros y los  que se ven “diferentes”, nadie puede negar que tiene la legitimidad para dar cátedra.

@crislopezg

Discurso del Papa Francisco en la Asamblea General de Naciones Unidas

25 sept. 2015 / ACIPRENSA

Señor Presidente, señoras y señores, buenos días,

Una vez más, siguiendo una tradición de la que me siento honrado, el Secretario General de las Naciones Unidas ha invitado al Papa a dirigirse a esta honorable Asamblea de las Naciones. En nombre propio y en el de toda la comunidad católica, Señor Ban Ki-moon, quiero expresarle el más sincero y cordial agradecimiento. Agradezco también sus amables palabras.

Saludo asimismo a los Jefes de Estado y de Gobierno aquí presentes, a los Embajadores, diplomáticos y funcionarios políticos y técnicos que los acompañan, al personal de las Naciones Unidas empeñado en esta 70 Sesión de la Asamblea General, al personal de todos los programas y agencias de la familia de la ONU, y a todos los que de un modo u otro participan de esta reunión. Por medio de ustedes saludo también a los ciudadanos de todas las naciones representadas en este encuentro. Gracias por los esfuerzos de todos y de cada uno en bien de la humanidad.

Esta es la quinta vez que un Papa visita las Naciones Unidas. Lo hicieron mis predecesores Pablo VI en 1965, Juan Pablo II en 1979 y 1995 y, mi más reciente predecesor, hoy el Papa Emérito Benedicto XVI, en 2008. Todos ellos no ahorraron expresiones de reconocimiento para la Organización, considerándola la respuesta jurídica y política adecuada al momento histórico, caracterizado por la superación tecnológica de las distancias y fronteras y, aparentemente, de cualquier límite natural a la afirmación del poder. Una respuesta imprescindible ya que el poder tecnológico, en manos de ideologías nacionalistas o falsamente universalistas, es capaz de producir tremendas atrocidades. No puedo por menos que asociarme al aprecio de mis predecesores, reafirmando la importancia que la Iglesia Católica concede a esta institución y las esperanzas que pone en sus actividades.

El papa Francisco hablando a la Asamblea General de Naciones Unidas. Credit Todd Heisler/The New York Times

El papa Francisco hablando a la Asamblea General de Naciones Unidas. Credit Todd Heisler/The New York Times

La historia de la comunidad organizada de los Estados, representada por las Naciones Unidas, que festeja en estos días su 70 aniversario, es una historia de importantes éxitos comunes, en un período de inusitada aceleración de los acontecimientos. Sin pretensión de exhaustividad, se puede mencionar la codificación y el desarrollo del derecho internacional, la construcción de la normativa internacional de derechos humanos, el perfeccionamiento del derecho humanitario, la solución de muchos conflictos y operaciones de paz y reconciliación, y tantos otros logros en todos los campos de la proyección internacional del quehacer humano.

Todas estas realizaciones son luces que contrastan la oscuridad del desorden causado por las ambiciones descontroladas y los egoísmos colectivos. Es cierto que aún son muchos los graves problemas no resueltos, pero también es evidente que, si hubiera faltado toda esa actividad internacional, la humanidad podría no haber sobrevivido al uso descontrolado de sus propias potencialidades. Cada uno de estos progresos políticos, jurídicos y técnicos son un camino de concreción del ideal de la fraternidad humana y un medio para su mayor realización.

Rindo pues, homenaje a todos los hombres y mujeres que han servido leal y sacrificadamente a toda la humanidad en estos 70 años. En particular, quiero recordar hoy a los que han dado su vida por la paz y la reconciliación de los pueblos, desde Dag Hammarskjöld hasta los muchísimos funcionarios de todos los niveles, fallecidos en las misiones humanitarias, de paz y reconciliación.

La experiencia de estos 70 años, más allá de todo lo conseguido, muestra que la reforma y la adaptación a los tiempos siempre es necesaria, progresando hacia el objetivo último de conceder a todos los países, sin excepción, una participación y una incidencia real y equitativa en las decisiones. Esta necesidad de una mayor equidad, vale especialmente para los cuerpos con efectiva capacidad ejecutiva, como es el caso del Consejo de Seguridad, los organismos financieros y los grupos o mecanismos especialmente creados para afrontar las crisis económicas. Esto ayudará a limitar todo tipo de abuso o usura sobre todo con los países en vías de desarrollo. Los organismos financieros internacionales han de velar por el desarrollo sostenible de los países y la no sumisión asfixiante de éstos a sistemas crediticios que, lejos de promover el progreso, someten a las poblaciones a mecanismos de mayor pobreza, exclusión y dependencia.

La labor de las Naciones Unidas, a partir de los postulados del Preámbulo y de los primeros artículos de su Carta Constitucional, puede ser vista como el desarrollo y la promoción de la soberanía del derecho, sabiendo que la justicia es requisito indispensable para obtener el ideal de la fraternidad universal. En este contexto, cabe recordar que la limitación del poder es una idea implícita en el concepto de derecho. Dar a cada uno lo suyo, siguiendo la definición clásica de justicia, significa que ningún individuo o grupo humano se puede considerar omnipotente, autorizado a pasar por encima de la dignidad y de los derechos de las otras personas singulares o de sus agrupaciones sociales. La distribución fáctica del poder (político, económico, de defensa, tecnológico, etc.) entre una pluralidad de sujetos y la creación de un sistema jurídico de regulación de las pretensiones e intereses, concreta la limitación del poder. El panorama mundial hoy nos presenta, sin embargo, muchos falsos derechos, y –a la vez– grandes sectores indefensos, víctimas más bien de un mal ejercicio del poder: el ambiente natural y el vasto mundo de mujeres y hombres excluidos. Dos sectores íntimamente unidos entre sí, que las relaciones políticas y económicas preponderantes han convertido en partes frágiles de la realidad. Por eso hay que afirmar con fuerza sus derechos, consolidando la protección del ambiente y acabando con la exclusión.

Ante todo, hay que afirmar que existe un verdadero «derecho del ambiente» por un doble motivo. Primero, porque los seres humanos somos parte del ambiente. Vivimos en comunión con él, porque el mismo ambiente comporta límites éticos que la acción humana debe reconocer y respetar. El hombre, aun cuando está dotado de «capacidades inéditas» que «muestran una singularidad que trasciende el ámbito físico y biológico» (Laudato si’, 81), es al mismo tiempo una porción de ese ambiente. Tiene un cuerpo formado por elementos físicos, químicos y biológicos, y solo puede sobrevivir y desarrollarse si el ambiente ecológico le es favorable. Cualquier daño al ambiente, por tanto, es un daño a la humanidad. Segundo, porque cada una de las creaturas, especialmente las vivientes, tiene un valor en sí misma, de existencia, de vida, de belleza y de interdependencia con las demás creaturas. Los cristianos, junto a otras religiones monoteístas, creemos que el universo proviene de una decisión de amor del Creador, que permite al hombre servirse respetuosamente de la creación para el bien de sus semejantes y para gloria del Creador, pero que no puede abusar de ella y mucho menos está autorizado a destruirla. Para todas las creencias religiosas, el ambiente es un bien fundamental (cf. ibíd., 81).

 Credit Todd Heisler/The New York Times

Credit Todd Heisler/The New York Times

El abuso y la destrucción del ambiente, al mismo tiempo, van acompañados por un imparable proceso de exclusión. En efecto, un afán egoísta e ilimitado de poder y de bienestar material lleva tanto a abusar de los recursos materiales disponibles como a excluir a los débiles y con menos habilidades, ya sea por tener capacidades diferentes, discapacidades o porque están privados de los conocimientos e instrumentos técnicos adecuados o poseen insuficiente capacidad de decisión política. La exclusión económica y social es una negación total de la fraternidad humana y un gravísimo atentado a los derechos humanos y al ambiente. Los más pobres son los que más sufren estos atentados por un triple grave motivo: son descartados por la sociedad, son al mismo tiempo obligados a vivir del descarte y deben injustamente sufrir  las consecuencias del abuso del ambiente. Estos fenómenos conforman la hoy tan difundida e inconscientemente consolidada «cultura del descarte».

Lo dramático de toda esta situación de exclusión e inequidad, con sus claras consecuencias, me lleva junto a todo el pueblo cristiano y a tantos otros a tomar conciencia también de mi grave responsabilidad al respecto, por lo cual alzo mi voz, junto a la de todos aquellos que anhelan soluciones urgentes y efectivas. La adopción de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible en la Cumbre mundial que iniciará hoy mismo, es una importante señal de esperanza. Confío también que la Conferencia de París sobre el cambio climático logre acuerdos fundamentales y eficaces.

No bastan, sin embargo, los compromisos asumidos solemnemente, aunque constituyen, ciertamente, un paso necesario para las soluciones. La definición clásica de justicia a que aludí anteriormente contiene como elemento esencial una voluntad constante y perpetua: Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi. El mundo reclama de todos los gobernantes una voluntad efectiva, práctica, constante, de pasos concretos y medidas inmediatas, para preservar y mejorar el ambiente natural y vencer cuanto antes el fenómeno de la exclusión social y económica, con sus tristes consecuencias de trata de seres humanos, comercio de órganos y tejidos humanos, explotación sexual de niños y niñas, trabajo esclavo, incluyendo la prostitución, tráfico de drogas y de armas, terrorismo y crimen internacional organizado. Es tal la magnitud de esta situación y el grado de vidas inocentes que va cobrando, que hemos de evitar toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias. Debemos cuidar que nuestras instituciones sean realmente efectivas en la lucha contra todos estos flagelos.

La multiplicidad y complejidad de los problemas exige contar con instrumentos técnicos de medida. Esto, empero, comporta un doble peligro: limitarse al ejercicio burocrático de redactar largas enumeraciones de buenos propósitos –metas, objetivos e indicadores estadísticos–, o creer que una única solución teórica y apriorística dará respuesta a todos los desafíos. No hay que perder de vista, en ningún momento, que la acción política y económica, solo es eficaz cuando se la entiende como una actividad prudencial, guiada por un concepto perenne de justicia y que no pierde de vista en ningún momento que, antes y más allá de los planes y programas, hay mujeres y hombres concretos, iguales a los gobernantes, que viven, luchan, sufren, y que muchas veces se ven obligados a vivir miserablemente, privados de cualquier derecho.

Para que estos hombres y mujeres concretos puedan escapar de la pobreza extrema, hay que permitirles ser dignos actores de su propio destino. El desarrollo humano integral y el pleno ejercicio de la dignidad humana no pueden ser impuestos. Deben ser edificados y desplegados por cada uno, por cada familia, en comunión con los demás hombres y en una justa relación con todos los círculos en los que se desarrolla la socialidad humana –amigos, comunidades, aldeas y municipios, escuelas, empresas y sindicatos, provincias, naciones–. Esto supone y exige el derecho a la educación –también para las niñas, excluidas en algunas partes–, derecho a la educación que se asegura en primer lugar respetando y reforzando el derecho primario de las familias a educar, y el derecho de las Iglesias y de las agrupaciones sociales a sostener y colaborar con las familias en la formación de sus hijas e hijos. La educación, así concebida, es la base para la realización de la Agenda 2030 y para recuperar el ambiente.

Al mismo tiempo, los gobernantes han de hacer todo lo posible a fin de que todos puedan tener la mínima base material y espiritual para ejercer su dignidad y para formar y mantener una familia, que es la célula primaria de cualquier desarrollo social. Este mínimo absoluto tiene en lo material tres nombres: techo, trabajo y tierra; y un nombre en lo espiritual: libertad de espíritu, que comprende la libertad religiosa, el derecho a la educación y todos  los otros derechos cívicos.

AP

AP

Por todo esto, la medida y el indicador más simple y adecuado del cumplimiento de la nueva Agenda para el desarrollo será el acceso efectivo, práctico e inmediato, para todos, a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda propia, trabajo digno y debidamente remunerado, alimentación adecuada y agua potable; libertad religiosa, y más en general libertad de espíritu y educación. Al mismo tiempo, estos pilares del desarrollo humano integral tienen un fundamento común, que es el derecho a la vida y, más en general, el que podríamos llamar el derecho a la existencia de la misma naturaleza humana.

La crisis ecológica, junto con la destrucción de buena parte de la biodiversidad, puede poner en peligro la existencia misma de la especie humana. Las nefastas consecuencias de un irresponsable desgobierno de la economía mundial, guiado solo por la ambición de lucro y del poder, deben ser un llamado a una severa reflexión sobre el hombre: «El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza» (Benedicto XVI, Discurso al Parlamento Federal de Alemania, 22 septiembre 2011; citado en Laudato si’, 6). La creación se ve perjudicada «donde nosotros mismos somos las últimas instancias […] El derroche de la creación comienza donde no reconocemos ya ninguna instancia por encima de nosotros, sino que solo nos vemos a nosotros mismos» (Id., Discurso al Clero de la Diócesis de Bolzano-Bressanone, 6 agosto 2008; citado ibíd.). Por eso, la defensa del ambiente y la lucha contra la exclusión exigen el reconocimiento de una ley moral inscrita en la propia naturaleza humana, que comprende la distinción natural entre hombre y mujer (cf. Laudato si’, 155), y el absoluto respeto de la vida en todas sus etapas y dimensiones (cf. ibíd., 123; 136).

Sin el reconocimiento de unos límites éticos naturales insalvables y sin la actuación inmediata de aquellos pilares del desarrollo humano integral, el ideal de «salvar las futuras generaciones del flagelo de la guerra» (Carta de las Naciones Unidas, Preámbulo) y de «promover el progreso social y un más elevado nivel de vida en una más amplia libertad» (ibíd.) corre el riesgo de convertirse en un espejismo inalcanzable o, peor aún, en palabras vacías que sirven de excusa para cualquier abuso y corrupción, o para promover una colonización ideológica a través de la imposición de modelos y estilos de vida anómalos, extraños a la identidad de los pueblos y, en último término, irresponsables. La guerra es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente. Si se quiere un verdadero desarrollo humano integral para todos, se debe continuar incansablemente con la tarea de evitar la guerra entre las naciones y entre los pueblos.

Para tal fin hay que asegurar el imperio incontestado del derecho y el infatigable recurso a la negociación, a los buenos oficios y al arbitraje, como propone la Carta de las Naciones Unidas, verdadera norma jurídica fundamental. La experiencia de los 70 años de existencia de las Naciones Unidas, en general, y en particular la experiencia de los primeros 15 años del tercer milenio, muestran tanto la eficacia de la plena aplicación de las normas internacionales como la ineficacia de su incumplimiento. Si se respeta y aplica la Carta de las Naciones Unidas con transparencia y sinceridad, sin segundas intenciones, como un punto de referencia obligatorio de justicia y no como un instrumento para disfrazar intenciones espurias, se alcanzan resultados de paz. Cuando, en cambio, se confunde la norma con un simple instrumento, para utilizar cuando resulta favorable y para eludir cuando no lo es, se abre una verdadera caja de Pandora de fuerzas incontrolables, que dañan gravemente las poblaciones inermes, el ambiente cultural e incluso el ambiente biológico.

El Preámbulo y el primer artículo de la Carta de las Naciones Unidas indican los cimientos de la construcción jurídica internacional: la paz, la solución pacífica de las controversias y el desarrollo de relaciones de amistad entre las naciones. Contrasta fuertemente con estas afirmaciones, y las niega en la práctica, la tendencia siempre presente a la proliferación de las armas, especialmente las de destrucción masiva como pueden ser las nucleares. Una ética y un derecho basados en la amenaza de destrucción mutua –y posiblemente de toda la humanidad– son contradictorios y constituyen un fraude a toda la construcción de las Naciones Unidas, que pasarían a ser «Naciones unidas por el miedo y la desconfianza». Hay que empeñarse por un mundo sin armas nucleares, aplicando plenamente el Tratado de no proliferación, en la letra y en el espíritu, hacia una total prohibición de estos instrumentos.

El reciente acuerdo sobre la cuestión nuclear en una región sensible de Asia y Oriente Medio es una prueba de las posibilidades de la buena voluntad política y del derecho, ejercidos con sinceridad, paciencia y constancia. Hago votos para que este acuerdo sea duradero y eficaz y dé los frutos deseados con la colaboración de todas las partes implicadas. En ese sentido, no faltan duras pruebas de las consecuencias negativas de las intervenciones políticas y militares no coordinadas entre los miembros de la comunidad internacional. Por eso, aun deseando no tener la necesidad de hacerlo, no puedo dejar de reiterar mis repetidos llamamientos en relación con la dolorosa situación de todo el Oriente Medio, del norte de África y de otros países africanos, donde los cristianos, junto con otros grupos culturales o étnicos e incluso junto con aquella parte de los miembros de la religión mayoritaria que no quiere dejarse envolver por el odio y la locura, han sido obligados a ser testigos de la destrucción de sus lugares de culto, de su patrimonio cultural y religioso, de sus casas y haberes y han sido puestos en la disyuntiva de huir o de pagar su adhesión al bien y a la paz con la propia vida o con la esclavitud.

Estas realidades deben constituir un serio llamado a un examen de conciencia de los que están a cargo de la conducción de los asuntos internacionales. No solo en los casos de persecución religiosa o cultural, sino en cada situación de conflicto, como en Ucrania, en Siria, en Irak, en Libia, en Sudán del Sur y en la región de los Grandes Lagos, hay rostros concretos antes que intereses de parte, por legítimos que sean. En las guerras y conflictos hay seres humanos singulares, hermanos y hermanas nuestros, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, niños y niñas, que lloran, sufren y mueren. Seres humanos que se convierten en material de descarte cuando solo la actividad consiste solo en enumerar problemas, estrategias y discusiones.

El papa con el secretario general de Naciones Unidas

El papa con el secretario general de Naciones Unidas

Como pedía al Secretario General de las Naciones Unidas en mi carta del 9 de agosto de 2014, «la más elemental comprensión de la dignidad humana obliga a la comunidad internacional, en particular a través de las normas y los mecanismos del derecho internacional, a hacer todo lo posible para detener y prevenir ulteriores violencias sistemáticas contra las minorías étnicas y religiosas» y para proteger a las poblaciones inocentes.

En esta misma línea quisiera hacer mención a otro tipo de conflictividad no siempre tan explicitada pero que silenciosamente viene cobrando la muerte de millones de personas. Otra clase de guerra que viven muchas de nuestras sociedades con el fenómeno del narcotráfico. Una guerra «asumida» y pobremente combatida. El narcotráfico por su propia dinámica va acompañado de la trata de personas, del lavado de activos, del tráfico de armas, de la explotación infantil y de otras formas de corrupción. Corrupción que ha penetrado los distintos niveles de la vida social, política, militar, artística y religiosa, generando, en muchos casos, una estructura paralela que pone en riesgo la credibilidad de nuestras instituciones.

Comencé esta intervención recordando las visitas de mis predecesores.

Quisiera ahora que mis palabras fueran especialmente como una continuación de las palabras finales del discurso de Pablo VI, pronunciado hace casi exactamente 50 años, pero de valor perenne, cito: «Ha llegado la hora en que se impone una pausa, un momento de recogimiento, de reflexión, casi de oración: volver a pensar en nuestro común origen, en nuestra historia, en nuestro destino común. Nunca, como hoy, […] ha sido tan necesaria la conciencia moral del hombre, porque el peligro no viene ni del progreso ni de la ciencia, que, bien utilizados, podrán […] resolver muchos de los graves problemas que afligen a la humanidad» (Discurso a los Representantes de los Estados, 4 de octubre de 1965).

Entre otras cosas, sin duda, la genialidad humana, bien aplicada, ayudará a resolver los graves desafíos de la degradación ecológica y de la exclusión. Continúo con Pablo VI: «El verdadero peligro está en el hombre, que dispone de instrumentos cada vez más poderosos, capaces de llevar tanto a la ruina como a las más altas conquistas» (ibíd.). Hasta aquí Pablo VI.

La casa común de todos los hombres debe continuar levantándose sobre una recta comprensión de la fraternidad universal y sobre el respeto de la sacralidad de cada vida humana, de cada hombre y cada mujer; de los pobres, de los ancianos, de los niños, de los enfermos, de los no nacidos, de los desocupados, de los abandonados, de los que se juzgan descartables porque no se los considera más que números de una u otra estadística. La casa común de todos los hombres debe también edificarse sobre la comprensión de una cierta sacralidad de la naturaleza creada.

Tal comprensión y respeto exigen un grado superior de sabiduría, que acepte la trascendencia de uno mismo, que renuncie a la construcción de una elite omnipotente, y comprenda que el sentido pleno de la vida singular y colectiva se da en el servicio abnegado de los demás y en el uso prudente y respetuoso de la creación para el bien común. Repitiendo las palabras de Pablo VI, «el edificio de la civilización moderna debe levantarse sobre principios espirituales, los únicos capaces no sólo de sostenerlo, sino también de iluminarlo» (ibíd.).

El gaucho Martín Fierro, un clásico de la literatura en mi tierra natal, canta: «Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera».

El mundo contemporáneo, aparentemente conexo, experimenta una creciente y sostenida fragmentación social que pone en riesgo «todo fundamento de la vida social» y por lo tanto «termina por enfrentarnos unos con otros para preservar los propios intereses» (Laudato si’, 229).

El tiempo presente nos invita a privilegiar acciones que generen dinamismos nuevos en la sociedad hasta que fructifiquen en importantes y positivos acontecimientos históricos (cf. Evangelii gaudium, 223). No podemos permitirnos postergar «algunas agendas» para el futuro. El futuro nos pide decisiones críticas y globales de cara a los conflictos mundiales que aumentan el número de excluidos y necesitados.

La laudable construcción jurídica internacional de la Organización de las Naciones Unidas y de todas sus realizaciones, perfeccionable como cualquier otra obra humana y, al mismo tiempo, necesaria, puede ser prenda de un futuro seguro y feliz para las generaciones futuras. Y lo será si los representantes de los Estados sabrán dejar de lado intereses sectoriales e ideologías, y buscar sinceramente el servicio del bien común. Pido a Dios Todopoderoso que así sea, y les aseguro mi apoyo, mi oración y el apoyo y las oraciones de todos los fieles de la Iglesia Católica, para que esta Institución, todos sus Estados miembros y cada uno de sus funcionarios, rinda siempre un servicio eficaz a la humanidad, un servicio respetuoso de la diversidad y que sepa potenciar, para el bien común, lo mejor de cada pueblo y de cada ciudadano. Que Dios los bendiga a Todos.