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El cáncer populista llega a México. De Cristina López

Como lo describió el periodista mexicano Enrique Acevedo en una columna en el Washington Post, el electorado se siente traicionado de que las elites políticas de siempre hayan demostrado incapacidad o desinterés en hacer algo por los 50 millones de mexicanos que viven bajo la línea de pobreza.

1 julio 2018 / El Diario de Hoy

Se le hizo a AMLO. En este caso, todo indica que para Andrés Manuel López Obrador, el candidato mexicano que promueve el nacionalismo populista, la tercera será la vencida. Se ha lanzado a la presidencia tres veces, y ha perdido las primeras dos. Sin embargo, todas las encuestas apuntan a que resultará victorioso en las elecciones de este domingo. Cualquiera pensaría, equivocadamente, que por haber sido candidato tantas veces, los mexicanos tienen más que clarísimo el plan de gobierno de AMLO. La realidad de las cosas, sin embargo, es que nadie sabe exactamente qué esperar de la plataforma política de AMLO porque como lo describieron dos analistas políticos en la revista Global Americans, sus propuestas “son una colección de nociones con pocos detalles y abundancia de contradicciones”.

Entre estas contradicciones se incluye la de buscar la autosuficiencia energética, cuando el país acaba de abrir la industria petrolera a la inversión extranjera. También quiere la autosuficiencia agrícola, cosa que sería perfecta si no implicara el encarecimiento de producir dentro de México muchos productos que simplemente sale más barato importar. Ha cuestionado el valor de tener una corte suprema de justicia, una postura que hace que la comparación de AMLO con Hugo Chávez no suene tan descabellada.

Su nacionalismo suena muchísimo como el de Donald Trump: sentimentalismo xenofóbico con implicaciones de políticas públicas que afectarían las relaciones diplomáticas de México con su mayor socio comercial, Estados Unidos. También como Trump, AMLO basa muchas de sus promesas en su narcisismo mesiánico: solo él es la solución y el remedio a los fallos que han debilitado tanto las instituciones y el estado de derecho en México. Como con Trump, existe un importante segmento de la población a quienes les es indiferente que la plataforma de AMLO sea vaga, poco concreta, o imposible de implementar, pues su culto a la personalidad ha sido la gasolina de su candidatura.

¿Qué cambió entonces AMLO para que después de haber sido rechazado dos veces el electorado ahora quiera darle una oportunidad? Nada. El cambio se dio en el electorado, que no solo es más joven, también está más harto que nunca. Hartazgo de la clase política y de los partidos tradicionales que han buscado resultados diferentes haciendo la misma cosa. Hartazgo de que no hay quien rinda cuentas del nivel de corrupción y delincuencia que continúan en aumento, y que incluyen un estado que a pesar de haber jugado un rol en la muerte de 43 estudiantes desaparecidos y asesinados en Ayotzinapa, goza de total impunidad.

Como lo describió el periodista mexicano Enrique Acevedo en una columna en el Washington Post, el electorado se siente traicionado de que las elites políticas de siempre hayan demostrado incapacidad o desinterés en hacer algo por los 50 millones de mexicanos que viven bajo la línea de pobreza. Y no es que la población esté prestando oídos sordos a las advertencias de analistas y comentaristas políticos que ven en una potencial administración de AMLO el equivalente a tirar a México a un abismo, simplemente la población considera que México ya está en ese abismo, como producto de décadas de administraciones corruptas, y que hay poco que perder en tratar lo desconocido.

@crislopezg

“La gente quiere cambios, pero también estabilidad”. Una conversación política de Paolo Luers con Sonia Sierra, diputada del ‘Parlament de Catalunya’

En España, Ciudadanos, el ‘Partido de la Ciudadanía’, ha crecido elección tras elección, encuesta tras encuesta. Ya desplazó a los socialistas, los nacionalistas y Podemos, con posibilidad de relevar al Partido Popular de Mariano Rajoy del poder. Para entender este fenómeno se solicitó una entrevista a Inés Arrimadas, una de las principales figuras líderes de este partido. Era mal tiempo para hablar con ella: Como jefa de oposición en el Parlament, estaba inmersa en las últimas negociaciones para resolver la crisis de ingobernabilidad en Cataluña. La conversación al fin se hizo con Sonia Sierra, una profesional de educación convertida en diputada y dirigente de Ciudadanos.

Sonia Sierra, diputada por Ciudadanos en el ‘Parlament de Catalunya’

13 mayo 2018 / EL DIARIO DE HOY

¿Adonde está situado Ciudadanos en el espectro político? Parece una novedad: el centro reaccionando a la crisis del bipartidismo. Normalmente, para romper al bipartidismo clásico, los movimientos se originan desde los polos, o muy de izquierda o muy de derecha. Pero a diferencia de Podemos, que se ubica a la izquierda del PSOE y cuestiona el sistema político, Ciudadanos se ubica en el centro defendiendo al sistema. ¿Cómo surgió esto?

Ciudadanos nace en Cataluña, como reacción al nacionalismo. Gran parte de los políticos catalanes son nacionalistas, estén en el partido que estén. En el momento que los socialistas alcanzan el poder, después de muchísimos años de gobiernos nacionalistas, los socialistas continúan con el nacionalismo. Pero hay un grupo enorme los ciudadanos que no comulgamos con el separatismo catalán y nos sentimos huérfanos, nadie nos representaba, y surge Ciudadanos. Primero es una reacción al nacionalismo, sobre todo porque los partidos de izquierda son tan nacionalistas como los partidos de derecha llamados nacionalistas. Se forma una plataforma ciudadana, que después dará lugar a en partido. Es una plataforma ciudadana que apunta a ciudadanos provenientes de diferentes espectros en el arco ideológico, y finalmente se acaba constituyendo un partido a nivel nacional, que ocupa un espacio que no tenía representación en España. Es un espacio de centro, liberal y progresista, que lucha tanto contra el populismo nacionalista como contra el populismo de izquierda, que son las dos amenazas que tenemos ahora mismo.

Ciudadanos versus Podemos

Interpreto que Ciudadanos juega un papel de contención frente a tres peligros para la democracia española: la inmovilidad del Partido Popular, combinada con la corrupción y la falta de apertura democrática; los movimientos separatistas, sobre todo en Cataluña; y el populismo de Podemos y su intención de capitalizar el descontento que ha surgido con el bipartidismo para cuestionar todo el sistema político nacido de la transición democrática. ¿Es así?

Sí. Vamos por partes. Podemos hace un diagnóstico, hace protesta, pero no hace ningún tipo de propuesta. No son capaces de pasar de la protesta a las soluciones. En cambio, Ciudadanos hace un diagnóstico de las cosas que funcionan bien y que funcionan mal, y a partir de ahí hacemos propuestas de la regeneración democrática, en contra la corrupción, y para acabar con el nacionalismo y el populismo. 

Sonia Sierra con Paolo Luers en el Parlament en Barcelona

Tengo la impresión que en cuanto a confrontar o incluso contener esta tendencia populista de Podemos, que surgió con el propósito de articular políticamente el descontento que se mostró en las manifestaciones masivas y en la crisis social y del empleo, Ciudadanos es un éxito, viendo las encuestas que lo ponen como primera fuerza, tanto en Cataluña como en España entera.

Claro, porque surgimos de la sociedad civil, de personas que no nos dedicamos a la política profesionalmente, y en un momento de crisis económica, social e institucional damos respuestas que no era capaz de dar ‘la vieja política’, o sea, los partidos de bipartidismo – pero tampoco Podemos, porque se queda en la protesta y no es capaz de ofrecer propuestas viables. Los ciudadanos confían en nosotros, porque nos ven reformistas. Ven que no planteamos cosas imposibles y que podemos dar estabilidad. La gente quiere cambios, pero también quiere estabilidad. Somos el partido que mejor ha sabido canalizar todo este contento que se veía en el 15M (el ‘movimiento de los indignados’ del 15 de mayo 2011), resultado de una profunda crisis económica, social, cultural e institucional. Con el paso del tiempo, nos ven como el partido que mejor es capaz de vehicular todos estos anhelos de la sociedad española de cambio, de regeneración democrática, pero sin poner en peligro todo lo que hay – hacer cambios, pero mantener la estabilidad del país.

Si no hubiera surgido Ciudadanos de la manera como después irrumpió en la política nacional, ya como fuerza nacional, Podemos hubiera quedado con el monopolio de articular todos los descontentos y orientarlos en una dirección antisistema. ¿Esto hubiera causado una crisis política muy seria en España? ¿Es Ciudadanos la contención a esta tendencia populista, que sigue existiendo, pero ya no tiene esta fuerza, porque surgió Ciudadanos? ¿Es Ciudadanos también la contención al separatismo catalán?

Sí. Ciudadanos ha logrado vencer al nacionalismo en Cataluña por primera vez en 40 años, tanto en votos como en escaños. Tenemos una ley electoral muy injusta que no nos permite gobernar, pero en Cataluña hemos vencido a ambos populismos, el separatista de los nacionalistas y el de izquierda de Podemos.

Ciudadanos versus el Partido Popular 

En cambio, la otra función de Ciudadanos, la de obligar al PP, la derecha conservadora, a cambiar, a transformarse, a abrirse, a democratizarse y a superar la corrupción, parece que ustedes no han funcionado tanto.

Sí ha funcionado. Ya no es lo mismo…

¿Es una de sus líneas estratégicas ser catalizador para un cambio dentro de la derecha, en especial del PP?

No del PP, en general. Catalizador de cambio de la política, del ejercicio del poder. Sea el PP, los socialistas, los nacionalistas, todos que han estado en el poder tienen casos de corrupción y necesitan transformarse. Lo que todos han hecho para generar gobernabilidad era pactar sillas y cargos: Me das la consellería (ministerio. P.L.) de educación y de medio ambiente, y te apoyo en la investidura (formación del gobierno. P.L.). Ciudadanos es el primer partido que para apoyar la investidura no pide sillas, sino pide reformas que son buenas para todos los españoles. Dentro de estas reformas está la obligación de que, cuando hay un caso de corrupción, o por lo menos una imputación, la persona tiene que abandonar su puesto. Ya hemos logrado que se abandonen escaños en Andalucía, en Murcia, en Madrid. Ha habido un cambio. Hay un cambio sustancial, que nunca antes se había hecho aquí en España: apoyar investiduras a cambio de reformas.

¿Ustedes se han imaginado hace un par de años que podían llegar al punto de ser la primera fuerza de España?

Todos los que estamos en este proyecto creemos mucho en nuestras ideas. Estamos en esto para acabar gobernando y cambiando este país.

¿Cuáles son los factores de su éxito? ¿Es su forma de liderazgo, son su principios, o son los errores de los demás partidos?

Nosotros tenemos muy buenos líderes: En el caso de España, Albert Rivera, Inés Arrimadas en Cataluña. Todos somos personas que provienen de la sociedad civil, que no nos hemos dedicado profesionalmente a la política nunca, y tenemos trayectorias incuestionables en nuestras áreas de trabajo, sea educación o sanidad pública o infraestructura… Luego, hemos hecho un buen diagnóstico, y a partir de este diagnóstico hemos desarrollado propuestas que los ciudadanos ven viables.

Inés Arrimadas, dirigente de Ciudadanos y jefe de la opsición en Cataluña

Esta característica de ciudadanos que se meten en política, que no viven de la política, ¿cómo se mantiene esto, una vez el partido crece y tiene que llenar parlamentos y gobiernos?

Abriendo la política, abriendo nuestras listas siempre a personas de a sociedad civil, a independientes. Manteniendo el compromiso que estás de paso en la política. Yo en cualquier momento me reincorporo a mi trabajo de profesora. 

Ustedes se llaman ‘Partido de la Ciudadanía’. ¿Qué mecanismos tienen, a diferencia de otros partidos, que les permite mantener y desarrollar esta relación partido-sociedad?

Estar siempre abiertos a talentos, a independientes. Siempre tener listas llenas de personas que vienen de la sociedad civil, y que se han destacado por su trabajo: en salud, en ferrocarriles, en educación… El principio es que las personas que se van a dedicar a salud, o a lo que sea, sean profesionales solventes en este campo, que tengan competencia y nexos ciudadanos.

 

La crisis catalana

Hablemos de Cataluña. ¿Cuál va a ser el desenlace de esta crisis?

Nosotros hemos ganado las elecciones, pero no podemos gobernar. La responsabilidad recae sobre los nacionalistas. Su máximo interés no es resolver la crisis, sino que siga habiendo líos. Han insistido en la investidura de personas que están presos o fugados de la justicia. No tienen interés en gestionar soluciones a los problemas reales de Cataluña, sino en prolongar su ‘proces’ separatista. Por esto proponen candidatos que no son viables. Si el 22 de mayo no han logrado formar gobierno, Cataluña va a elecciones nuevas. Sería responsabilidad de ellos.

Posiblemente para ustedes sería una ventaja ir a nuevas elecciones.

Puede ser, pero nosotros no queremos repetir las elecciones. Estamos preparados para volver a ganarlas, pero Cataluña tiene que empezar a funcionar de una sola vez. Desde julio del 2017 no se habla de sanidad, no se habla de educación. Aquí en el pralament no se reúnen las comisiones, no se avanza en nada. Hay que darle respuestas a los ciudadanos. Volver a ir a elecciones solo prolonga esta agonía. No podemos tener Cataluña paralizada por culpa de los separatistas y el antojo de un político prófugo.

¿Cuál es el papel de Podemos en todo esto?

Hay un acuerdo entre Ciudadanos, el PSOE y el PP de mantener la institucionalidad en Cataluña. Podemos no se quiso sumar. Como siempre, sirve de muleta de los separatistas.

¿Algún consejo para quienes quieren emular la experiencia de Ciudadanos en otros países, por ejemplo en América Latina?

Confiar en la ciudadanía. Siempre estar cerca de las organizaciones de la sociedad. Tener propuestas viables. Impulsar cambios sin romper la estabilidad. Se comienza chiquito, pero haciéndolo bien, la gente se da cuenta que hay una opción viable.

Gracias. Salúdame a Inés. La próxima vez me encantaría conocerla.

 

 

“Cosas buenas pueden pasar. Los hechos corroboran el progreso”: Steven Pinker

La periodista y política española Cayetana Álvarez de Toledo presenta al pensador Steven Pinker. Una fascinante conversación sobre ilustración, optimismo, progresso, nacionalismo, populismo, y periodismo.

Segunda Vuelta

Steven Pinker

Steven Pinker, psicólogo, lingüista y escritor canadiense

Hay una demanda real para un periodismo constructivo y de calidad. Evidentemente, no puedes decir: “Oye, te voy a contar buenas noticias”. Pero hay otro criterio que sí funciona y que es propio del periodismo: la rendición de cuentas. Si quieres que los poderosos rindan cuentas no puedes señalar sólo lo malo, porque eso les permite decir: como nada tiene remedio, da igual lo que hagamos. En cambio, si señalas las políticas que sí funcionan, entonces puedes denunciar con credibilidad todo aquello que va mal. Es tácticamente inteligente y además refleja mejor la realidad. Y la realidad es que el mundo no deja de progresar.

CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO

CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO, periodista y historiadora española, ex miembro del Partido Popular

CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO, 23 octubre 2017 / ELMUNDO.ES

“¿Me da tres minutos para arreglar mi habitación? No vaya a ser que me haya dejado un calcetín tirado por ahí”. Espero en un pasillo de un hotel de Londres. Fuera diluvia, claro. De pronto: “¡Todo listo!” Habla un hombre sonriente, melena rizada blanca, entre Camarón abuelo y un angelito. Es uno de los más grandes intelectuales de nuestra época y va rumbo a Bruselas, invitado por Euromind. Cada uno de sus libros es un big bang y en febrero sale el próximo, un alegato en defensa del progreso y la razón.

¿Qué es un pinkeriano?
¿Un pinkeriano?
Sí, un pinkeriano.
Ah. Humm… Pues una persona que suscribe alguna de mis teorías.
¿Pero cuáles? Defínase. ¡Y defíname!
Pues… Acabo de recibir un paper en el que me califican como un liberal hobbesbiano. Pero aún no lo he leído, ¡así que no sé qué quiere decir exactamente! Digamos que soy un defensor de los valores de la Ilustración: la razón, la ciencia, el progreso y el humanismo.
¿Es un optimista condicional?
Soy un optirealista, término acuñado por el psicólogo Jacques Lecomte. Y un posibilista, como lo entiende Hans Rosling. Yo no profetizo. No digo: cosas buenas van a pasar. Digo: cosas buenas pueden pasar. Y lo digo porque los hechos corroboran el progreso. Por supuesto, pueden suceder desgracias que no anticipamos. Pero los seres humanos tenemos recursos para sobreponernos a ellas. Y lo más probable es que los utilicemos. Es el tema de mi nuevo libro Enlightenment now: The case for reason, science, humanism and progress, que se publicará en febrero. Precisamente hoy me han llegado los primeros ejemplares. ¿Le envío uno?
Sí, por favor. ¿Y en qué se distingue del libro de Matt Ridley, The rational optimist?
El núcleo se solapa con el de Matt. Pero yo me centro en las ideas que han hecho posible el progreso, que identifico claramente con las ideas de la Ilustración. También analizo las fuerzas que niegan el progreso: el nacionalismo, el populismo, la religión, la hostilidad de los intelectuales hacia las ciencias… Y amenazas existenciales, como el terrorismo.
Es su libro más político.
No es un manifiesto ni de izquierdas ni de derechas. Pero sí aborda asuntos políticos.
Parece un manifiesto contra el populismo.
Lo es.
Dice que los valores de la Ilustración necesitan una defensa comprometida, militante. ¿Quiénes son sus principales enemigos?
Para empezar el populismo autoritario, del que un particular líder americano es un moderno avatar.
¿Pero entonces es un libro contra Trump?
Unos me decían: “No puedes escribir sobre el progreso y sus amenazas sin hablar de Trump”. Otros: “Tu libro será leído durante décadas. Trump es un bache. No pierdas el tiempo”. Creo que el libro mantiene el equilibrio.
Pero la cuestión no es tanto Trump como que Trump tiene votantes. Estamos en Londres. La mayoría de los británicos decidió abandonar la UE, que con todos sus defectos es un espacio de progreso, convivencia y razón.
Sí, la irracionalidad tiene votantes y a veces son mayoría. Pero fíjese en la edad de los votantes de Trump, Brexit y los partidos populistas europeos de los últimos 15 años. La curva es clara: los jóvenes son mucho menos pro-populistas que los viejos. Y, frente a lo comunmente aceptado, la mayoría de la gente conserva las mismas opiniones políticas a lo largo de la vida. De forma que el futuro no será populista. El populismo decaerá a medida que los jóvenes de hoy se hagan mayores y los mayores abandonan este mundo.
¿Pero qué hacemos hoy? ¿Cómo logramos que los jóvenes voten y voten opciones racionales y no populistas?
Yo no soy un estratega político. Lo que hago es ofrecer los datos objetivos y, por tanto, los argumentos para defender un orden de democracia, ley y libertad. Las instituciones democráticas liberales han sido determinantes en el impresionante progreso de la condición humana. Y esto no se dice lo suficiente. La cultura política e intelectual lo oculta.
¿Por qué?
Porque los progresistas detestan el progreso. Hoy lo que define la percepción del mundo son los titulares y las anécdotas en lugar de los datos y las tendencias. Y además hay una equiparación absurda entre el pesimismo y la sofisticación. Los pesimistas son considerados más serios y moralmente superiores. Tienen prestigio intelectual.
¿Por qué?
Lo explicó un escritor económico americano: un pesimista parece que quiere ayudarte; un optimista, venderte algo. A los optimistas nos llaman ingenuos, panglosianos o directamente portavoces de la Cámara de Comercio o de Silicon Valley.
¿Y el pesimismo tiene una base biológica?
En parte, sí. La naturaleza humana tiene un sesgo negativo. Somos especialmente sensibles a la pérdida. Nos interesan más las noticias malas que las buenas. Nos afectan más las críticas de lo que nos animan los elogios. Existen más palabras negativas que positivas. Estamos pendientes de lo que pueda ir mal.
Pero el pesimismo también tiene fundamentos empíricos.
La Segunda Ley de la Termodinámica: una cosa puede ir mal de muchas maneras y bien de pocas. Esto da una oportunidad a los demagogos. Dicen: “Todo va mal, el sistema no tiene remedio, y como no tiene remedio vamos a destruirlo o a drenarlo, y como da igual a quién votes, vótame a mí”. Pero yo insisto en la responsabilidad de las élites intelectuales. Éstas compiten por influencia y autoridad moral. Y nada otorga más prestigio que señalar desde fuera del poder todo lo que el poder hace mal. El intelectual siempre se siente superior al político, el economista o el funcionario.
Es una explicación un poco cínica.
Lo parece. Hay otro factor que contribuye al pesimismo colectivo: la ilusión cognitiva. Las cosas malas suelen ocurrir de golpe: un atentado, por ejemplo. En cambio, las cosas buenas, como el aumento de la esperanza de vida o el descenso en la criminalidad, se producen lentamente, porcentaje a porcentaje.
Se lo he oído decir: “Nunca hay un jueves de marzo que merezca un gran titular”.
Así es. Esto se vincula con un rasgo de la naturaleza humana descubierto por Daniel Kahneman y Amos Tversky: la disponibilidad heurística. Los humanos valoramos el riesgo en función de recuerdos que nos vienen fácilmente a la mente. Recordamos las imágenes de los años 70, de niños africanos con sus barrigas hinchadas. Pero no tenemos imágenes de un niño africano desayunando, yendo al colegio, regresando a casa, un día tras otro. Lo mismo ocurre con el terrorismo. Las imágenes distorsionan nuestra percepción de la amenaza.
Su libro aborda la desigualdad, asunto especialmente querido por los populistas. Entiendo que discrepa de las tesis de Piketty.
Sí, yo creo que la desigualdad no es un elemento determinante del bienestar. Lo que es determinante es la pobreza. La cuestión no es si todos tenemos lo mismo, sino si todos tenemos lo suficiente. Siempre puedes lograr que una sociedad sea más igualitaria quemando la riqueza de la mitad más rica de la población. Pero eso no convierte a la otra mitad en más próspera. Históricamente, las fuerzas más eficaces en la generación de igualdad económica han sido las guerras, las epidemias, el colapso del Estado y las revoluciones violentas.
Pero la Historia es materia de olvido.
Siempre he puesto el énfasis en las ciencias. Pero ahora también lo hago en la Historia. La gente olvida los horribles hechos del pasado. Hay que recordar de dónde venimos. Y no me refiero a siglos atrás. Los índices de terrorismo en Europa occidental eran mucho mayores en los años 70 y 80 que ahora. E incluyo los ataques del ISIS. Hay que recordar los pubs de Cardiff arrasados por el IRA. Los cien asesinatos anuales de ETA. Ahora hay atentados del ISIS, pero matan a menos personas que entonces. Lo mismo ocurre con las guerras.
¿Y cuál es la explicación del estado de malestar de la juventud? ¿Es la cara b del estado del bienestar?
En parte. En mi libro reproduzco un monólogo del comediante americano Louis C.K., en el que dice: “¿Te quejas de que tu avión se ha retrasado 40 minutos? ¿Lo calificas como el peor día de tu vida? ¿Y luego qué ocurrió? ¿Te pusiste a volar por el aire como un pájaro? ¿Estabas sentado en medio del cielo, como un dios griego? ¿Y luego qué? ¿Tu avión aterrizó suavemente gracias a unas ruedas que ni siquiera sabes cómo se inflaron?” Damos por hecho las comodidades de presente como si fueran inevitables. No lo son.
Todo parte, entonces, de una incomprensión básica del estado natural de las cosas.
Por eso empiezo el libro con un capítulo que se titula: Entro, Evo, Info. Entropía, Evolución, Información. El estado natural del universo es que la cosas se caigan a pedazos. No podemos esperar facilidades, suficiente comida, casas cómodas. Al contrario: miseria y caos. Tampoco la misión de la evolución es convertirnos en hombres y mujeres felices. Lo natural es una lucha entre organismos: unos queremos comernos a otros; otros quieren evitar ser comidos, y los terceros -las enfermedades- quieren matarnos a todos. Lo increíble es que hayamos logrado prosperar mediante la aplicación acumulada del ingenio humano. Pero la gente quiere creer que la riqueza y la felicidad son el estado natural de las cosas. Y cuando no las obtienen buscan culpables.
Como los niños.
Exactamente. Es un impulso infantil.
Usted describe un mundo adulto, del que se deriva una política adulta. Si no hay culpables, el responsable soy yo: mis genes, mis dones, mis decisiones. Este concepto de responsabilidad no está de moda.
No lo había formulado así. Pero el concepto de política adulta me gusta y coincide con el texto fundacional de la Ilustración –¿Qué es la Ilustración?– en el que Kant escribió: “La Ilustración es la emergencia del hombre de su autoimpuesta inmadurez”.
Ha dicho que el progreso no es inevitable. ¿Por qué? El conocimiento es acumulativo.
Puede haber horribles retrocesos: guerras, epidemias como el Sida… El progreso no es una ley del universo. Pero cuanto mejor entendamos el universo mejor equipados estaremos para procurar el bien de la humanidad. Esa gran frase de Chéjov: «El hombre será mejor cuando le enseñes cómo es». La ciencia, la razón y el humanismo no nos vienen dados de fábrica. Pero están sus semillas. Tenemos la capacidad para la simpatía y la compasión. Por defecto, sólo las extendemos al círculo de familiares y amigos. Una de las innovaciones de la Ilustración fue precisamente coger esa nuez de simpatía y extenderla a toda la humanidad.
Esta simpatía restringida se exhibe ante un atentado o accidente. Inmediatamente pensamos: ¿ha muerto uno de los míos? Y luego: ¿ha muerto un español? En su caso, un canadiense, supongo. Es el llamado “kilómetro sentimental”..
Kilómetro sentimental! Formidable. Sucede con el debate sobre una posible guerra en la península coreana. Incluso sin un ataque nuclear, podrían morir millones de personas. “¡Incluyendo a 40.000 americanos!”, dicen.
Describe usted una sociedad con dos capas. Unos expertos que toman decisiones racionales en aras del bien común, frente a una sociedad parcialmente arrastrada por sus pasiones. ¿No es una visión maniquea, injusta?
Tiene que haber una hipocresía benigna. El Gobierno tiene que estar dirigido por expertos y al mismo tiempo ser capaz de responder a los intereses de los ciudadanos. Los votantes deben sentir que ellos guían la política, aunque lo hagan otros por delegación. En todo caso, antes de abandonar toda esperanza y decir que las masas son irracionales y punto, hay que fijarse en una circunstancia. Existe un proceso, que aún no entendemos bien, en el que los argumentos racionales de las élites devienen mainstream. Son asumidas por todos. Un ejemplo es la criminalización de la homosexualidad o el propio matrimonio gay. Ha dejado de ser un asunto polémico. Lo mismo ocurrió con la segregación racial. O con el derecho de las mujeres a trabajar fuera de casa. Es un proceso viral, que afecta a toda la población. Y una gran esperanza para el progreso.
¿La xenofobia es una tara natural?
Sí, el hombre es por naturaleza xenófobo. En Estados Unidos, sin embargo, el auge xenófobo contra el que tantos alertaban como consecuencia de los ataques islamistas no se ha producido. No sé en Europa.
En España lo que hay es xenofobia contra los étnica, jurídica y culturalmente iguales.
¿Catalanes contra castellanos?
Nacionalistas catalanes contra el resto de españoles, incluidos los catalanes no nacionalistas. En su libro usted señala al nacionalismo como uno de los enemigos de la democracia liberal y del progreso. Sin embargo, el 1 de octubre escribió un tuit elogiando un artículo publicado en The Atlantic. Decía: «España debe aprender de Canadá: los referéndums reducen la tensión. El separatismo está muerto sin violencia». Compara el referéndum legal de Quebec con el ilegal de Cataluña. Y sobre todo ignora que el referéndum catalán ataca los derechos de los 48 millones de españoles a decidir sus fronteras, su ciudadanía, su futuro.
¡Esto debería enseñarme a no disparar tuits sin educarme a fondo sobre la materia! Estaba respondiendo desde la inquietud ante la detención de personas por actividades no violentas. Esto choca con el principio de libertad de expresión. Y tiende a generar más oposición, por comparación con las políticas más blandas y pacientes. Pero yo me opuse a la independencia de Quebec y desde luego me opongo al tipo de nacionalismo que cree que el Estado es un avatar de un alma étnica, religiosa, lingüística o racial, y que un grupo étnico sólo puede prosperar si tiene su propio Estado-nación. El mundo tiene más de 5.000 grupos étnicos o culturales, y no todos pueden tener estados. Además, la gente se mueve y se mezcla, así que no hay nada como un estado étnicamente homogéneo salvo que haya una limpieza étnica violenta. Un estado debe basarse en un contrato social entre personas que ocupan un territorio, no en una identidad étnica. Esa idea es el gran regalo de los Estados Unidos al mundo. Estados multiétnicos son la regla, no la excepción.
La crisis de Cataluña ejemplifica la tesis de su libro sobre el vínculo entre los valores de la Ilustración y el progreso. En los últimos días más de 800 empresas se han marchado, empujadas por la tensión social y la inseguridad jurídica generadas por el separatismo.
Algo similar ocurrió en Quebec en los años 70. Empresas se fueron en masa. Yo también me marché. Mi generación se marchó. Yo fui al colegio en Montreal y nuestra reunión de ex alumnos fue en Toronto. Por otra parte, no sé cuál será el futuro de Cataluña, pero en Quebec sufrimos algo de terrorismo a principios de los 70, un muerto, pero luego nada. La gente se irrita. Hay tensión. Malos sentimientos. Pero por oposición a las guerras secesionistas o el terrorismo, al final Quebec fue bastante civilizado. De momento no hay terrorismo en Cataluña…
Lo hubo, brevemente, a finales de los 70. En todo caso, el separatismo es violento por definición. Violenta la convivencia, la razón y, en el caso catalán, también la ley. Sin embargo, a ojos del resto del mundo, a veces logra parecer racional. Esto también tiene que ver con su libro. Le daré un ejemplo: el Estado español tuvo que usar su fuerza legítima para evitar el referéndum ilegal catalán. The Guardian y otros medios han reconocido que muchas de las imágenes publicadas de la presunta represión policial eran falsas. Pero ya era tarde. Líderes e intelectuales de medio mundo criticaron a España por su presunto autoritarismo. ¿Cómo se defiende la democracia en tiempos posmodernos, tan hipersensibles a la imagen y tan vulnerables a la mentira?
Esto es un asunto agónico en el corazón del propio concepto del Estado, y no hay una respuesta definitiva ni algorítmica. Desde luego la verdad está por encima de todo lo demás. Y tanto la prensa como los gobiernos deben estar sometidos a los más altos estándares de objetividad y exactitud. Por otra parte, el Estado debe utilizar la menor violencia posible, salvo para prevenir una violencia o un daño mayor. En mi opinión, esto es casi una definición de la democracia. Dónde trazar la línea, cuando la propia democracia está amenazada, es un problema extraordinariamente difícil. La violencia del Estado debe ser el último recurso. Aunque a veces uno tiene que usar el último recurso.
¿Y cómo se combate el nacionalismo? ¿Cómo se convence a millones de ciudadanos de que vuelvan a la razón? ¿Cómo se les explica que vivimos en la época más próspera y libre de cuantas se hayan conocido?
Para hacer que las masas asuman criterios racionales hacen falta políticos inteligentes con mensajes eficaces. Hay que dirigirse a la gente que sí escucha argumentos. Demostrarles con datos objetivos que las cosas van bien, sobre todo comparado con el trasfondo de caos y miseria que es nuestro estado natural. No vayamos a arruinarlo todo. Intentemos mejorarlo. Como hicimos en el pasado. Sabemos que el nacionalismo en general es atávico, arcaico y condujo a dos guerras mundiales. El orgullo nacional no es incompatible con la cooperación internacional. Tenemos sentimientos tribales, pero somos de muchas tribus.
Tony Judt definió bien el carácter múltiple de la identidad. Somos “edge people” , dijo.
No conozco el artículo de Judt. Envíemelo, por favor. Los demagogos y muchos intelectuales insisten en que las personas sólo tenemos una identidad. No es cierto. La psicología humana admite muchas identidades solapadas… Lo cierto es que el papel de los intelectuales ante el nacionalismo es deprimente.
¿Por simplificadores?
No tanto. El problema es que reúnen todos sus recursos intelectuales para empujar una idea hasta el extremo. En el libro analizo la triste historia de los intelectuales que han servido a déspotas totalitarios. Mark Lilla también ha escrito sobre el tema en The Reckless Mind. Pero el primero en señalar este fenómeno fue Julien Benda en La traición de los intelectuales. No hay un solo dictador del siglo XX que no haya contado con una corte de intelectuales.
En una conferencia, le oí citar la frase que Isaiah Berlín tomó prestada de Kant: el fuste torcido de la humanidad. ¿Es posible emocionar desde la razón? Inténtelo.
No tengo talento oratorio, pero lo intentaré: Creo que debemos comprender que hemos nacido en un universo sin piedad. Somos fuste torcido. Tenemos cantidad de defectos. El proceso que nos engendró no tenía un interés benévolo en nuestra felicidad. Pero fuimos dotados de algunos dones que nos han dado la oportunidad de redención. Tenemos la capacidad de empatía y compasión. Nuestras mentes nos permiten tener pensamientos sobre nuestros pensamientos. Tenemos la capacidad del lenguaje: podemos acumular nuestras ideas y compartirlas. Y al expandirse nuestra simpatía y al acumularse los frutos de nuestro ingenio colectivo podemos lograr pequeñas victorias frente a las fuerzas que nos oprimen. Si prestamos atención al estado del mundo, veremos que hemos logrado estas pequeñas victorias. Y como no hay límite al ingenio humano, no hay límite a las mejoras que podemos prever. Esto no significa que tendremos un mundo perfecto. No puede haberlo porque no somos idénticos. Ese es el gran hallazgo de Berlín: el mejor mundo al que podemos aspirar acepta un compromiso entre intereses y valores. Podrá inquietarnos que el mundo nunca vaya a ser perfecto, pero lo cierto es que existe un inmenso margen para el progreso. Hay fuerzas que naturalmente empujan en esa dirección. Cuando tenemos más conocimiento, nos conectamos más. Al expandirse el círculo de conexión, gentes de diversas culturas se juntan en defensa de intereses comunes. Llaman a priorizar el progreso humano porque tienen en común su humanidad. Y porque a pesar de todas las discrepancias culturales o nacionales, hay un fundamento básico de intereses comunes. Todos coincidimos en que la vida es mejor que la muerte. En que la salud es mejor que la enfermedad. En que la prosperidad es mejor que la pobreza. En que la seguridad es mejor que el peligro. En que la paz es mejor que guerra. Y en que el conocimiento es mejor que la superstición o la ignorancia.
Su alegato dibuja una nueva política. Una política que puede ser compartida por todos los que creen en los valores de la Ilustración y el progreso frente a quienes los atacan: los nacionalistas, los populistas, los identitaristas…
Los gendarmes de la corrección política…
Lo que quiero decir es que, al escucharle, pienso que no sólo hay margen para el progreso, sino también para un nuevo consenso. ¿Eso no debería llevarnos a rediseñar las fronteras ideológicas tradicionales? En vez de izquierda y derecha, ilustrados y reaccionarios.
Sí, o como leí precisamente ayer: upwing y downwing.
Hablemos de los medios. Tenemos un ecosistema mediático fragmentado y polarizado, en el que proliferan las noticias falsas. ¿Cómo afecta esto a la capacidad de los votantes para tomar decisiones racionales y sensatas?
Ya había mucha desinformación en los viejos días de los periódicos de papel. Los hechos que desembocaron en la Primera Guerra Mundial, en Vietnam, en la Guerra de Irak… Muchos intelectuales creían que la Unión Soviética de Stalin o la China de Mao eran éxitos. Teorías conspirativas, rumores virales, fake news y libelos como los Protocolos de los sabios de Sion son propios de todas las épocas.
Pero entonces en la lucha contra la mentira no progresamos.
Hoy tenemos nuevos desafíos, pero también nuevos instrumentos para abordarlos: webs dedicadas al fact-checking, como Snopes o Politifact, o el milagroso Wikipedia. Dicho esto, es crucial que los periodistas dejen de utilizar el corrosivo posverdad, que sugiere que la precisión es imposible y que el único arma contra la demagogia es más demagogia.
¿Cuánto nos importa que nos mientan?
No nos gusta que nos mientan. Pero la gente relaja sus estándares de exigencia, a veces a cero, cuando se trata de afirmaciones que refuerzan la virtud de su grupo y demonizan a sus enemigos. Estas afirmaciones han sido calificadas como “mentiras azules”, un juego sobre la expresión “mentiras blancas”. El objetivo de las mentiras blancas es adular al individuo. El de las mentiras azules, al grupo. Y las mentiras azules gustan.
¿Y esa vieja falacia periodística: “la verdad objetiva no existe, sólo hay versiones”?
Existe un acuerdo paradójico y perverso entre los ideólogos trumpianos de los hechos alternativos y los posmodernistas de la extrema izquierda. Afortunadamente, la izquierda posmoderna no tiene ningún prestigio entre la gente. Sin embargo, su influencia en el mundo intelectual sigue siendo notable.
De nuevo, los reaccionarios se tocan.
Kellyanne Conway parece una intello francesa de los 70. Trump, ¡la encarnación de Derrida! Pero hay movimientos en la buena dirección. Los periódicos todavía conservan un cierto prestigio. Y empieza a haber profesionales dispuestos a desafiar la vieja idea de que sólo las malas noticias son periodismo serio.
Tiene usted un gráfico que muestra que las noticias son cada vez más negativas a pesar de que el mundo va cada vez mejor.
Como dijo Max Roser, los periódicos podrían titular: “37.000 personas salieron de la pobreza ayer, y cada día de los últimos 30 años”. Pero jamás lo hacen. El resultado es que la gente cree que la pobreza mundial ha crecido cuando ha caído de forma drástica.
¿Promueve usted un periodismo positivo?
Llamémoslo periodismo constructivo o periodismo de soluciones. Dos de sus promotores son David Bornstein y Tina Rosenberg, y su columna Fixes en The New York Times tiene cada vez más seguidores.
Vender periódicos con noticias positivas: un verdadero desafío comercial.
Hay una demanda real para un periodismo constructivo y de calidad. Evidentemente, no puedes decir: “Oye, te voy a contar buenas noticias”. Pero hay otro criterio que sí funciona y que es propio del periodismo: la rendición de cuentas. Si quieres que los poderosos rindan cuentas no puedes señalar sólo lo malo, porque eso les permite decir: como nada tiene remedio, da igual lo que hagamos. En cambio, si señalas las políticas que sí funcionan, entonces puedes denunciar con credibilidad todo aquello que va mal. Es tácticamente inteligente y además refleja mejor la realidad. Y la realidad es que el mundo no deja de progresar.

La izquierda y el derecho de autodeterminación. De Nicolás Sartorius

Hoy, en ausencia de colonialismo y dentro de un país de la Unión Europea, el derecho a la autodeterminación es una reivindicación reaccionaria, incluso involucionista, impropia de partidos o sindicatos progresistas.

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Nicolás Sartorius, cofundador del sindicato Comisiones Obreras

Nicolás Sartorius, 24 octubre 2017 / EL PAIS

El nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba. El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba. El nacionalismo cuando los pobres lo llevan dentro, no mejora, es un absurdo total”. Bertold Brecht

Desde el principio se sabía que el famoso “derecho a decidir” era un hábil eufemismo con el fin de enmascarar el inexistente, en condiciones de países democráticos, derecho de autodeterminación de “los pueblos”. Este derecho tiene una larga historia que merece algunas reflexiones.

Es conocido que la socialdemocracia internacional reconoció este derecho ya en 1896, en un Congreso celebrado en Londres, en el sentido de que se trataba de un derecho político a la independencia o secesión de la nación o imperio opresores. Este criterio lo adoptaron casi todos los partidos pertenecientes a la 2ª Internacional, incluyendo el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, del que el paisemanaría el partido bolchevique de Lenin. Con el triunfo de la revolución de 1917 —de la que se conmemoran los 100 años—, la libre autodeterminación y la posibilidad de formar un Estado separado se recogió en la declaración de Derechos de los Pueblos de Rusia y, después, en la Constitución de 1924. No obstante, esta posición no fue nada pacífica en los debates de la época. Mientras Lenin, Trotsky, Kautsky y otros defendieron con ardor la consigna autodeterminista, otros como Rosa Luxemburgo, Bujarin y los llamados bolcheviques de izquierda se opusieron con igual empeño. Los primeros, argumentaban que el nacionalismo era una fuerza revolucionaria en la época de las colonias y de los imperios, “cárceles de pueblos”, mientras que los segundos sostenían que en la era de los imperialismos modernos era una antigualla defender las fronteras nacionales y, sobre todo, que el nacionalismo había estado en el origen de la espantosa guerra del 14, cuando incluso una parte de la izquierda había votado los créditos de guerra, costándole la vida al socialista francés Jean Jaurès al oponerse a ellos. Prevalecieron entonces las tesis de Lenin y de otros dirigentes de la izquierda, pues era cierto que la libre determinación tenía sentido en el proceso de descolonización e, igualmente, la independencia de naciones sojuzgadas por los imperios que fueron derrotados en aquella carnicería: el austro-húngaro; el de los zares; el otomano y el del káiser Guillermo. Quedaron en pie el británico y el francés que durarían unos años. En el fondo, las teorías de Luxemburgo y Bujarin se compadecían más con las de Marx, que en su análisis del desarrollo del capitalismo veía más conveniente para la causa de los trabajadores la federación de las naciones con el fin de lograr entidades políticas más fuertes.

“Cuando se trató el caso de Cataluña el presidente francés
Clemenceau solo dijo: ‘Nada de tonterías’ “

Cuando concluyó la Gran Guerra llegó a París el presidente Wilson con sus no menos famosos 14 puntos, entre ellos el derecho de autodeterminación, sobre todo de las naciones que conformaban el imperio de los Habsburgo. Wilson procedía de la tradición anticolonial de EE UU, no le gustaban los imperios europeos y tampoco le interesaba dejar esa bandera en manos de un bolchevique como Lenin. A París fueron en peregrinación todos los nacionalismos irredentos con la finalidad de que el presidente americano les diera su bendición. Aun así, se cuenta que cuando se trató, también, el caso de Cataluña, el presidente francés Clemenceau se limitó a decir “pas des bêtises” (nada de tonterías) y ahí acabó la discusión. El resultado de todo ello fue que el mapa de Europa quedó cual manta escocesa, surgieron múltiples pequeñas naciones y en especial en los Balcanes, origen de múltiples conflictos.

En la actualidad, las condiciones han cambiado radicalmente y sería trágico que la izquierda no se diera cuenta de lo que eso significa. Comprendo que, a veces, no es fácil entender los vericuetos de la dialéctica de los procesos, pero este es un ejemplo de cómo un derecho progresista o liberador, en una fase histórica, se puede transformar en su contrario en otra etapa diferente. Esta es la razón por la cual Naciones Unidas —donde no sé si abundan los dialécticos— ha concretado su doctrina sobre este tema señalando que debe respetarse la libre determinación sólo en los casos de dominio colonial o en supuestos de opresión, persecución o discriminación, pero en ningún caso para quebrantar la unidad nacional en países democráticos.

“Algunos deben superar inercias y concluir que
hoy es antisocial lo que antes era progresista”

En las condiciones creadas por la globalización, con mercados y multinacionales globales, inmersos en la revolución digital, cuando ya no existen situaciones coloniales generalizadas ni imperios “cárceles de pueblos”, el derecho de autodeterminación es una reivindicación reaccionaria, impropia de partidos o sindicatos de izquierda. Todavía más involucionista si cabe en el supuesto de los países pertenecientes a la Unión Europea, inmersa en un proceso de integración cada vez mayor, imprescindible para poder medirse, desde la democracia, con los grandes poderes económicos y tecnológicos. Una transformación de actuales regiones o autonomías en Estados independientes haría inviable el futuro de una unión política europea.

Es verdad que durante el periodo de los movimientos anticoloniales, véase la posición contra la guerra de África del PSOE de Iglesias, o durante la última dictadura franquista, la reivindicación de la libre autodeterminación tenía un sentido y así se recogía en los programas de los partidos y sindicatos de izquierda españoles; eso sí, siempre en aquel contexto y supeditado a la unidad de los trabajadores. Pero en condiciones de democracia, en la mundialización y la construcción europea no hay nada más contrario a los intereses de los trabajadores que romper un país. Ese acto profundamente insolidario —en especial cuando los que quieren romper son de los más ricos— divide a los sindicatos; quiebra la caja única de la Seguridad Social, garantía de las pensiones; parte la unidad de los convenios colectivos y el sistema de relaciones laborales, en un espacio de mercado único que, de quebrarse, dejaría a la intemperie a trabajadores y empresas.

En consecuencia, los partidos y sindicatos de izquierda deberían revisar esta cuestión, superar viejas inercias y concluir que en las condiciones actuales lo que antaño era progresista hogaño es retrógrado y antisocial, propio de fuerzas nacionalistas radicales y/o populistas que no tienen nada que ver con los intereses de las mayorías sociales.

Nicolás Sartorius es vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas.

El ‘Volksgeist’ catalán. De Enrique Krauze

Nadie en el mundo duda de la identidad cultural catalana. Pero esa Cataluña está en vilo y puede perderse debido al poder de sus propios demonios y fantasmas. El ‘nosotros’ del independentismo es imperioso y excluye a los otros.

ENRIQUE KRAUZE

Enrique Krauze, escritor mexicano, director de Letras Libres

Enrique Krauze, 17 octubre 2017 / EL PAIS

“No hay más personas que las físicas. Es siempre la primera persona del singular la que habla como primera persona del plural. Es siempre un yo el que dice nosotros”: Gabriel Zaid

Isaiah Berlin, uno de los grandes liberales del siglo XX, creía en las personas individuales (únicas personas reales, únicas personas no metafóricas ni abstractas). Creía en el “yo” no egoísta (o consciente y crítico de su egoísmo). Creía en el yo libre, responsable y solidario. Al mismo tiempo, y sin contradicción, creía que el “yo” podía enriquecerse en la construcción imaginaria de un “nosotros” ligado a una lengua, unas costumbres, un estilo de vida, “una tradición que proviene de una experiencia histórica compartida”.

el paisEn su libro Vico y Herder (1976), Berlin enriqueció al liberalismo con el valor de la pluralidad cultural. Como un romántico del siglo XIX, Berlin se enamoró del ideal herderiano y creía que las culturas no estaban predestinadas a pelear eternamente entre sí. En una conversación de 1992 de Berlin con el gran editor estadounidense Nathan Gardels, este le recordó que, en el siglo XX, “el Volksgeist se convirtió en el Tercer Reich”, a lo que Berlin respondió: “He vivido el peor siglo que Europa haya tenido jamás. En mi vida han sucedido más cosas terribles que en ninguna otra época de la historia. Peores aún, sospecho, que en la época de los hunos”. No obstante, confiaba en que el problema de la convivencia entre culturas se había superado en las naciones que él llamaba “satisfechas”: Estados Unidos, Europa, Australia, Japón. En la periferia del antiguo mundo colonial y subdesarrollado —agregó— “cabe esperar que los diversos pueblos se cansen de pelear y la corriente de sangre se detenga o amaine”. Ese era el panorama que vislumbraba para el siglo XXI: “No deseo abandonar la creencia de que el mundo puede ser un ordenado tapiz de diversos colores, en el que cada fragmento desarrolle su propia y original identidad cultural y sea tolerante de las demás. No es un sueño utópico”.

“Este independentismo renuncia al ‘mínimo de valores universales’ que pedía Isaiah Berlin”

Según John Gray, había una contradicción inherente en el pensamiento de Berlin. Por un lado, creía en el pluralismo de valores y tenía una concepción historicista de la naturaleza humana; por otro, creía en las reivindicaciones universalistas del liberalismo clásico. Pero si hay de verdad —dice Gray— un pluralismo de valores, ¿no es la libertad un valor más entre otros?

La libertad no es un valor más entre otros, pensaba Berlin (y con él buena parte de la tradición filosófica y aún religiosa de Occidente). La libertad es el valor natural y esencial del ser humano. Pero Berlin era el primero en reconocer que el edificio de la pluralidad dependía de una condición necesaria: la aceptación universal de un “mínimo de valores”. Sólo ese acuerdo podía mantener al mundo en orden: “De otro modo estaremos destinados a perecer”. Berlin murió en paz, confiando en que ese “mínimo de valores” —fincado en la libertad individual— podía alcanzar una “aceptación universal”.

El siglo XXI lo ha desmentido (parcialmente) en casos previsibles como el fundamentalismo islámico, cuya identificación con los valores de la Ilustración universal es prácticamente nula y quizá imposible. El renacimiento del racismo europeo y el nativismo estadounidense son otros casos no menos lamentables aunque quizá reversibles (a mediano plazo) de rechazo a aquellos “mínimos valores universales”. Pero hay un caso reciente que a Isaiah Berlin, estoy seguro, le habría parecido no solo lamentable sino incomprensible: el Volksgeist catalán.

“Cataluña debe definirse como un espacio plural, solidaria con la nación de la que forma parte”

Nadie en el mundo —lo digo casi sin hipérbole— duda de la identidad cultural catalana. Está en su lengua, en sus maravillosas ciudades y pueblos, en su estilo arquitectónico, en sus costumbres culinarias, en sus bailes, en su música y en su paisaje. Está en el temple de su gente, en sus nobles ciudades romanas, sus reminiscencias judías, sus historias medievales, renacentistas, ilustradas y modernas. Está en sus escritores y pensadores. Barcelona fue la patria de tantos escritores de nuestra lengua que (bajo la sombra generosa de Carmen Balcells) escribieron ahí sus obras maestras. Esa identidad cultural está en el equipo de fútbol en cuyas filas han militado estrellas de varios países (desde el legendario Kubala hasta el prodigioso Messi) y cuyos colores azulgrana visten con ilusión y orgullo niños de todo el planeta. Esa es la Barcelona que todos queremos y visitamos.

Esa Cataluña está en vilo y puede perderse (para España, para Europa, para sí misma) no por la opresión de un poder ajeno sino por el poder de sus propios demonios, de sus propios fantasmas. Al renunciar a ese “mínimo de valores universales” del que hablaba Berlin, al voltear la espalda al derecho, la ley y la libertad conquistadas en 1975 (tras una terrible guerra civil y una ominosa dictadura), se malogra día con día el sueño de una Cataluña libre y plural.

Los catalanes de puño en alto recuerdan a los fanáticos del Volksgeist alemán. Para ellos la identidad no es un acervo cultural que hay que preservar sin exclusión de otros (en diálogo con ellos), sino un arma política que debe utilizarse para excluir a los otros, a lo otro. Su “nosotros” no es libre, responsable y solidario. (Solidaria fue la respuesta española tras los atentados del Estado Islámico). Su “nosotros” es imperioso. No se define por lo que afirma sino por lo que niega. Su “nosotros” no es cultural sino político. Su nosotros no es patriótico, es nacionalista.

Otro célebre escritor británico, hombre que probó su amor a la libertad no sólo en libros y ensayos sino con las armas en la mano, describió la diferencia en sus Notas sobre el nacionalismo. “El nacionalismo no debe confundirse con el patriotismo (…) aluden a dos cosas diferentes, incluso opuestas. Por patriotismo entiendo la devoción por un lugar determinado y por una determinada forma de vida que uno considera los mejores del mundo, pero que no tiene deseos de imponer a otra gente. El patriotismo es defensivo por naturaleza, tanto militar como culturalmente. El nacionalismo, en cambio, es inseparable del deseo de poder, el propósito constante de todo nacionalista es obtener más poder y más prestigio, no para sí mismo, sino para la nación o entidad que haya escogido para diluir en ella su propia individualidad”.

Orwell escribió esas líneas siete años después de defender la libertad en Cataluña, de España, de Europa, de Occidente. Estaría avergonzado de lo que la corriente de sangre que marca los pasos y late en los gestos de los catalanes que siguen a su pequeño Führer. Ojalá Cataluña recapacite y opte por definirse como una identidad plural: devota de la cultura propia, pero libre, responsable y solidaria con la nación de la que forma parte.

Secesión. De Héctor E. Schamis

Europa frente a la utopía nacionalista.

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Héctor E. Schamis, politólogo de la Universidad de Georgetown.

Héctor E. Schamis, 16 septiembre 2017 / EL PAIS

La reproducción de un orden político se torna improbable en ausencia de organizaciones de escala, centralizadas y especializadas en el ejercicio de la autoridad. Mas aún si se trata de un orden político democrático, necesitado de instituciones efectivas y al mismo tiempo legítimas para generar estabilidad. Sin Estado, en definitiva, no puede haber democracia.

Cuando existen diferencias entre las fronteras de un Estado—el mapa—y el contorno de las comunidades políticas que habitan dentro de él, y además dichas comunidades cuestionan a ese Estado con sus demandas, ello es una receta para la crisis. Se trata de un problema de “estadidad”, según lo llamaron los expertos. Ocurre cuando “Estado” y “nación” no coinciden.

Y en realidad rara vez coinciden. De ahí que existan diversas fórmulas para administrar y negociar tales divergencias. El federalismo, los regímenes autonómicos, la consolidación de esferas de derechos especiales y culturales ilustran el punto, todo ello en el marco de un régimen democrático y un ordenamiento constitucional estable.

el paisEn la Europa de los noventa la transición post-comunista obligó a repensar estos temas. Es que no se trató únicamente de un cambio de régimen. Como ejemplo, recuérdese que tres Estados—la Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia—se transformaron en 22 de la noche a la mañana. La integridad el Estado ya no podía darse por sentada; la secesión como instancia “normal” de la política. Subráyense las comillas.

En hibernación durante la Guerra Fría, la Europa post-comunista señaló el despertar de los nacionalismos. Es la idea según la cual el Estado—una construcción artificial, es decir, jurídica y política—debería, en cambio, ser el reflejo de una comunidad basada en identidades y anhelos comunes, homogénea culturalmente y para muchos también étnicamente. Es por ello una “familia extendida”, una “comunidad imaginada”, ambas metáforas del gran Ben Anderson.

Como tal es una utopía que transcurre en varias direcciones. Así como surge de adentro hacia fuera, puede ser fortalecida de afuera para adentro. Precisamente, el desempleo, las fallas de la función regulatoria de Bruselas y Frankfurt, la explícita desafección de los europeos con las instituciones políticas de la Unión, entre otros déficits, alimentaron formas locales de pensar la vida colectiva. Ya en este siglo, la incertidumbre y el temor fomentaron la intolerancia xenófoba, y con ello la idea que un ordenamiento político micro otorgaría protección.

“El nacionalismo tiene la ilusión de detener
la globalización en la puerta”

En otras palabras, el nacionalismo tiene la ilusión de detener la globalización en la puerta. Ilusión porque los bienes, los servicios, las personas, la cultura y la información, lícitos e ilícitos, seguirán siendo móviles y continuarán cruzando fronteras. Fraccionar las instituciones de regulación—el Estado—implica dejar a esos fenómenos macro sin mediaciones, exacerbando, en lugar de contener, su capacidad de producir dislocaciones sociales y económicas. Lo micro es más débil frente a la globalización.

No es casual tampoco que la idea de la secesión coincida con el anti-liberalismo en boga que menoscaba la democracia, pues tienen un cierto aire de familia. Es que la utopía del nacionalismo no es la polis: es la comunidad cultural y étnicamente homogénea. La metáfora de la familia es útil. Así como hay estructuras familiares que favorecen la endogamia, la cual no alienta el pluralismo en la organización social, sin esa diversidad las formas democráticas son improbables.

La endogamia en la política, usando la metáfora en reverso, clausura la diferencia, elimina el mismísimo principio organizador de la identidad como proyecto político. El nacionalismo es así una utopía contradictoria y resbaladiza, generador de procesos sociales que lo convierten en excluyente más que inclusivo, homogéneo en lugar de diverso, y por ende cerrado en vez de abierto.

Es una utopía fluida y contraproducente. Llevada a su ultima expresión, propone un mundo tribal, un mundo a-sistémico que difícilmente pueda funcionar. Es que si por cada tribu hubiera un Estado, el mapa de Europa seria un tapiz folk, una fragmentación sin centro de gravedad.

La Italia anterior a la unificación de 1870 es un buen ejemplo. Donde hoy hay un Estado, había diez y eso dependiendo de cómo se cuenten, a propósito de fluidez. Ello para ilustrar que la vasta mayoría de los Estados realmente existentes son multinacionales, en Europa y en todas partes. Todos contienen minorías étnicas, lingüísticas, religiosas, culturales—o sea, identidades diversas—dentro de sus fronteras con demandas identatarias.

Lo cual también se aplicaría a un posible Estado catalán. Allí también hay minorías. Es que la utopía secesionista puede ser muy miope. Sus líderes no parecen haber pensado en la posibilidad de ser mañana blanco de reclamos políticos y territoriales idénticos a los que hoy formulan ellos mismos. Una Europa de Estados tribales es el fin de la propia idea de Europa.

Columna transversal: Trump no gana en Europa. De Paolo Luers

Trump no es el inicio de una ola de populismo y autoritarismo en los países industrializados. Es más bien el inicio del fin.

Paolo Luers, 24 marzo 2017 / EDH

Observando el accidentado arranque de su gobierno, un arranque sin luna de miel, con menos apoyo popular de todos los presidentes de la reciente historia, en Europa los movimientos de derecha populista y nacionalista se despertaron muy rápido de sus festejos de una supuesta “nueva era nacionalista”.

En Austria, el candidato de la ultraderecha para la presidencia perdió contra un ecologista convencido de la integración europea. En Holanda, un envalentonado imitador de Trump (de su peinado hasta sus consignas anti-inmigrantes) Geert Wilders se propuso convertir las elecciones parlamentarias en un referéndum contra la integración europea y contra las políticas de integración de inmigrantes y refugiados. Lo logró, pero lo perdió. La similitud entre Trump y Wilders produjo lo contrario: una clara mayoría en pro del futuro del país dentro de la Unión Europea y en defensa de la larga tradición holandesa de liberalismo, tolerancia y sociedad abierta.

En Francia, la incapacidad de los dos partidos tradicionales –los socialistas y los conservadores- de enfrentar el auge del populismo, parecía llevar a una situación muy favorable para el movimiento ultranacionalista de Le Pen, la gran amiga de Donald Trump y Putin. Los socialistas gobernantes, ante el fracaso de su presidente François Hollande, se refugiaron en una trinchera de izquierda ortodoxa, condenándose ellos mismos a la marginación política. Los conservadores practicaron el deporte de destruir a todos sus potenciales candidatos y terminaron con el peor, un hombre que no tiene tiempo de hacer campaña electoral porque está ocupado defendiéndose de acusaciones de corrupción y nepotismo. Todo esto y de postre el triunfo de Trump parecía una mesa servida para los ultranacionalistas. Pero de repente surge algo insólito para Francia: un movimiento centrista, y postula a un candidato joven, liberal y defensor de la integración europea y del libre comercio: Emmanuel Macron. En pocas semanas desplaza a los candidatos de los socialistas y conservadores y comienza a enfrentarse a Le Pen y sus consignas racistas, aislacionistas y anti-europeas. Es él que va a alcanzar la segunda ronda, y será él que va a derrotar a Le Pen.

La idea de Europa, el concepto de una integración económica y política que supera los nacionalismos, de repente resulta nuevamente viva y atractiva. Y también la idea de una sociedad abierta, respetuosa de las diferencias religiosas, raciales, y culturales.

En esta situación pasa algo inesperado en Alemania. En los últimos años, el sistema político había sufrido un cierto desgaste. Había estabilidad política y económica, garantizada por la gran coalición entre los dos partidos mayoritarios, la Democracia Cristiana y la Socialdemocracia, y por el liderazgo de Angela Merkel. Pero la prolongada existencia de la gran coalición cobraba un precio: una falta de debate político, de polarización, y también de oposición. En este desgaste, y aprovechando las angustias creadas por la entrada a Alemania de más de un millón de refugiados, principalmente de Medio Oriente, nació una nueva derecha que se enfrentó a dos consensos básicos de la gran colación: la aceptación de los refugiados y la integración europea. Nació de nuevo el monstruo del nacionalismo alemán, cobrando fuerza en varias elecciones regionales. Y la gran coalición, con su lógica de concertación y pactos permanentes entre las élites políticas, no sabía como responder a este reto. Hasta que el Partido Socialdemócrata, el socio minoritario en la gran coalición, rompe el equilibrio, renueva su dirigencia, y da inicio a algo que Alemania ya tenía tiempo de no ver: un debate y una competencia fuerte entre los dos partidos grandes. Pero con una característica: Ambos protagonistas: la democratacristiana Angela Merkel y el socialdemócrata Martin Schulz, ambos son fervientes defensores de la integración europea y de una Alemania inclusiva y plural. El debate es sobre cómo y sobre prioridades, y es fuerte y sustancial, pero el consenso básico queda intacto.

A un mes del lanzamiento de Martin Schulz, las encuestas lo ven a la par de Angela Merkel, con tendencia creciente. Y la Alternativa para Alemania, el movimiento populista-nacionalista, comienza a descender y deja de ser un peligro para Europa.

Resultado de todo esto: las democracias se han fortalecido y dinamizado en Francia, Holanda y Alemania, tres países clave para la unidad europea – y con consensos renovados sobre el camino de la integración europea y contra cualquier nacionalismo y aislacionismo. Estos consensos renovados y esta nueva dinámica política va a extenderse en el resto de Europa, incluso en los países donde el populismo y el nacionalismo ya han ganado terreno, como Polonia y Hungría. Haga lo que haga Trump, no va a lograr hacer retroceder en el resto del mundo la tendencia en pro de la integración y de la apertura comercial y política.