Periodistas. De Héctor Schamis

Cuando la prensa libre es el enemigo.

Héctor Schamis, 4 junio 2017 / EL PAIS

En mayo pasado fue asesinado el periodista mexicano Javier Valdez Cárdenas. Era un prolífico reportero, columnista y escritor de Sinaloa, estado que llegó a las portadas de los periódicos del mundo gracias al Chapo Guzmán. El dato geográfico y el título de su libro más reciente son buenas pistas para inferir quien lo mató. “Narcoperiodismo: una investigación profundamente documentada sobre la forma en que el narcotráfico aniquila o seduce a periodistas”, se lee en el sitio de Amazon.

“Aniquila o seduce”, nótese el candor de las opciones. Es un crudo y acertado retrato de la tragedia mexicana, sin embargo. Así se ha normalizado el autoritarismo criminal-subnacional, ese peculiar tipo de régimen basado en la colusión de la política y el cartel.

Valdez no es es el primer periodista asesinado por investigar dichas conexiones y difícilmente sea el último. Ello ha convertido a México en arquetipo de violencia contra los periodistas, sin duda, pero tampoco es el único lugar donde ocurre. Ni mucho menos, solo encarna una paradigmática manera, entre tantas, de atentar contra la libertad de prensa.

Genéricamente, debe ser visto como eso: la vulneración del derecho a informar. El periodismo se ha convertido en profesión de alto riesgo en diversos contextos y latitudes. Es el rasgo común a todas las corrientes antiliberales en boga, varias de ellas en el poder. El análisis aquí no es exhaustivo, pero algunos ejemplos sirven para ilustrar el punto.

 Lo que muchos denominan populismo, el estalinismo en todas sus versiones, la llamada revolución bolivariana, el neofascismo europeo, el racismo en cualquiera de sus formas, el aislacionismo de Trump tanto como el del UKIP, las teocracias, el terrorismo y otras organizaciones criminales tienen todos un enemigo común: la prensa libre y las normas constitucionales que la garantizan.

En Rusia es arriesgado investigar al Kremlin, la corrupción o los altos negocios de los oligarcas. Eso hizo Anna Politkovskaya, por ejemplo, periodista de Novaya Gazeta asesinada en 2006 por su cobertura de las violaciones a los derechos humanos cometidas por las fuerzas de Moscú en el Cáucaso norte, especialmente durante la guerra chechena. Los reporteros del mismo periódico son hoy amenazados por cubrir los abusos contra homosexuales, también frecuentes en Chechenia.

Turquía ha sido declarado el peor país para la libertad de prensa en 2016, habiendo encarcelado más periodistas que ningún otro y clausurado cientos de medios. La ofensiva contra el periodismo se aceleró en respuesta al intento de golpe de julio de ese año. Se espera un empeoramiento de esas condiciones luego del reciente referéndum constitucional, por el cual se institucionaliza una creciente cuota de discrecionalidad en manos del presidente Erdogan.

En Francia aún se debate el asesinato de los periodistas de la revista a Charlie Hebdo de enero de 2015 y sus implicancias. Para muchos fue la insensibilidad de los periodistas, su sátira desmedida y su blasfemia que incitó el ataque; como si el lápiz y las balas fueran equivalentes, vale la pena agregar. Hasta el Papa ironizó entonces que si alguien ofendiera a su madre, “bien podría esperarse un puñetazo”, invitando a una cierta justicia por mano propia. El mensaje es temerario pero conocido: culpar a la victima, asesinarla otra vez.

América Latina, a su vez, ha experimentado múltiples agresiones a los periodistas por parte de aquellos gobiernos determinados a perpetuarse en el poder, se llamen populistas, estalinistas, militares o una mezcla de todo lo anterior. Es que en un país donde la prensa es libre, el poder puede ser investigado. La sociedad se siente capaz de criticar, “empoderada” a hacerlo. La perpetuación es menos probable. El periodista se convierte en el adversario a neutralizar.

En Estados Unidos, las agresiones de Trump a la prensa ya se van transformando en rutina. Son solo verbales, por twitter. Existen límites estrictos marcados por un poder judicial robusto y la omnipresencia de la Primera Enmienda Constitucional, la cual consagra la libertad de expresión.

Ello no obstante contribuye a crear un clima de hostilidad, propicio para la violencia. Un ejemplo ocurrió en el estado de Montana. El candidato republicano al Congreso Greg Gianforte arremetió contra el periodista de The Guardian que cubría su campaña, Ben Jacobs, derribándole y golpeándole en el suelo produciendo la rotura de sus lentes.

Las autoridades imputaron a Gianforte por agresión física. Días más tarde, Jacobs obtuvo su nuevo par de lentes, donando los anteriores a Newseum, el museo de las noticias en Washington DC, para documentar el hecho. Un final feliz.

Feliz siempre y cuando no sea allí donde también termine la libertad de prensa, en un museo. Pues para eso están los museos: evocar el pasado y reificar lo abstracto.

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