Mes: febrero 2019

Líderes narcisistas. De José Luis Puerta

José Luis Puerta, médico, filósofo y columnista

28 febrero 2019 / EL MUNDO

Sabemos por los especialistas en literatura antigua que han llegado hasta nuestros días varias versiones del mito de la bella ninfa Eco y el hermoso pastor Narciso. Sin duda, la narración más conocida es la recogida en Las metamorfosis de Ovidio, compuesta cuando alboreaba el primer siglo de nuestra era. Aunque el poeta romano se valió de éste y otros mitos para la recreación literaria, en la tradición griega constituían un excelente material para el perfeccionamiento moral al que todo ser humano debe aspirar.

En el dominio de la psicología, el término narcisismo, según afirmó Freud en el comienzo de su ensayo Introducción al narcisismo (1914), “fue elegido en 1899 por Paul Näcke para designar aquellos casos en los que el individuo toma como objeto su propio cuerpo y lo contempla con agrado, lo acaricia y lo besa, hasta llegar a una completa satisfacción”, agregando unos renglones más abajo que ya él había sospechado que “una de las condiciones que parecían limitar eventualmente la acción psicoanalítica era precisamente tal conducta narcisista del enfermo”. De ahí que los psicoanalistas más ortodoxos piensen que el narcisista, por haber retraído su libido a su propio yo, está impedido para establecer el vínculo objetal necesario con el psicoanalista que es prerrequisito para su cura. Asimismo, el vienense, en el texto aludido, achacó a los tocados por esta condición la tendencia a la megalomanía, la sobrevaloración del poder de sus deseos y de sus ideas, junto con una fe excesiva en la fuerza (mágica) de sus palabras.

Dejemos a un lado los antecedentes, pero no sin antes recordar que, en 1920, Freud precisó con acierto que el término narcisismo lo había acuñado el médico y sexólogo inglés Havelock Ellis (1859-1939) en 1898. Hoy, lo que se conoce como trastorno narcisista de la personalidad (TNP) es una entidad clínica, cuya descripción se debe sobre todo a los trabajos seminales realizados a finales de los años 60 del siglo pasado por dos médicos psicoanalistas de origen austriaco y afincados en EEUU por causa del nacionalsocialismo, Otto Kernberg y Heinz Kohut. Aunque esta patología no figurará en un sistema oficial de clasificación diagnóstica hasta la publicación de la tercera edición (1980) del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM, por sus siglas en inglés), una de las biblias de la patología mental. En dicho Manual el cuadro figura entre los trastornos de la personalidad del grupo B, que son los que combinan anomalías en el pensamiento y el afecto. El individuo con un TNP presenta un patrón general de grandiosidad (en la imaginación o el comportamiento) que suele dar la cara al principio de la edad adulta, manifestándose -tanto en la vida laboral como social- en la forma que señalan al menos cinco de los nueve rasgos siguientes (DSM-IV-TR): 1) Tiene un grandioso sentido de autoimportancia: exagera los logros y capacidades, espera ser reconocido como superior, sin unos logros proporcionados. 2) Está preocupado por fantasías de éxito ilimitado, poder, brillantez, belleza o amor imaginarios. 3) Cree que es “especial” y único, y que solo puede ser comprendido por, o relacionarse con, otras personas (o instituciones) especiales o de alto estatus. 4) Exige admiración excesiva. 5) Es muy pretencioso: tiene expectativas irrazonables de recibir un trato de favor especial o de que esas expectativas se cumplan automáticamente. 6) Es interpersonalmente explotador: se aprovecha de los demás para alcanzar sus propias metas. 7) Carece de empatía: es reacio a reconocer o identificarse con los sentimientos y necesidades de los demás. 8) Con frecuencia envidia a otros o cree ser envidiado. 9) Presenta comportamientos o actitudes arrogantes o soberbios.

A menudo las personas con este trastorno son descritas como altivas, egocéntricas, manipuladoras y exigentes. Tienden a creer que las reglas no están hechas para ellas por alguna razón imaginaria o simplemente por ser tan singulares. Sin embrago, esperan que los demás las cumplan. Y para reafirmarse en el desmesurado concepto que tienen de sí mismos persiguen la cercanía o la foto con personajes eminentes, o fingen poses que gozan de prestigio en el imaginario colectivo, artificiosidad que Theodore Millon (1996) denominó “estatus por asociación”. Aunque ven la paja en el ojo ajeno y les gusta reprobar a los demás con contundencia, son muy sensibles a la crítica –Gabbard (1994) los definiría como “hipervigilantes”- y, en no pocas ocasiones, su respuesta denota ira contenida, cuando no manifiesta.

El narcisismo -como sucede con otros muchos trastornos psíquicos y también somáticos- constituye un continuum, en el que no siempre resulta fácil establecer la raya fronteriza entre la autoestima saludable y lo que ya pertenece al dominio de la patología. Una dificultad adicional reside en el hecho de que algunos individuos, cuya conducta reúne los criterios de TNP, pueden tener gestos que traslucen generosidad (Gabbard y Crisp-Han, 2016).

Otro aspecto a tener presente es que estas personas no siempre se encuentran impedidas -por causa de su trastorno- para ocupar o aspirar a posiciones de poder y prestigio. Es más, pueden atesorar el talento suficiente para lograr el éxito. A lo que les ayuda su empeño por lucir ante los demás una fachada impecable, exhibiendo a menudo un comportamiento social amable e, incluso, atractivo. De suerte que acaban granjeándose el aprecio de aquellos conocidos en la esfera social o profesional que nunca los trataron suficientemente como para advertir su frialdad u hosquedad, y que ocultan bajo una pulida superficie. Pero ya avisó Kernberg (1975) de que “un seguimiento meticuloso de sus realizaciones durante un largo período pondría de manifiesto la superficialidad y levedad de su trabajo, o una falta de hondura que, finalmente, desvelaría el vacío que encubre el brillo”. Añadiendo que “con cierta frecuencia se les puede encontrar entre esos genios prometedores que nos dejan sorprendidos por la banalidad de sus desarrollos”. Pues, tal como señaló Th. Millon (1996), “en vez de esforzarse en adquirir conocimientos y talentos de manera genuina, prácticamente todo lo que hacen persigue persuadir a otros de sus capacidades”. También este psicólogo se percató de que algunos narcisistas “no tienen rival en su pugna por ser el número uno, pero los pasos a seguir para conseguir este objetivo no están determinados por los logros genuinos, sino por el grado en que puedan convencer a otros de su propia realidad, sustancialmente falsa“.

Algún estudioso de la psicología política piensa que ciertos narcisistas buscan posiciones de liderazgo para conseguir el poder que les permita «estructurar un mundo exterior» en el que sustentar sus necesidades de grandeza (B. Glad, 2002). Ya que a pesar de sus exhibiciones de fuerza y prosopopeya, en realidad, se sienten inseguros. De hecho, el líder narcisista tiene dificultades para aceptar razonamientos o informaciones que contradigan su punto de vista, lo que contribuye a que se rodee de un círculo de aduladores que le diga lo que quiere escuchar en vez de lo que debería decirle (Post, 2015). Consecuentemente, la toma de decisiones, en especial cuando se trata de asuntos delicados o complejos, se ve teñida tanto por las peculiaridades de su personalidad como por la falta de un contrapeso real en su entorno más cercano; en no pocas ocasiones sus colaboradores acaban convertidos en una extensión de él (Kohut, 1977).

Su grandiosidad y sus sueños de gloria se mantienen bajo control mientras su poder es limitado, pero tienden a erigirse en su norte conforme aquel va en aumento. Además, suele ser demasiado optimista con respecto a sus posibilidades, subestima al adversario y confunde el éxito con la fama. Por lo que dedica todas sus energías a ensalzar su figura, jactarse de sus logros, ciertos o falsos, y a presentar cualquier realización como algo “extraordinario” (Th. Millon,1996). Su necesidad de epatar o provocar el aplauso de continuo, especialmente en el caldo de cultivo creado por una sociedad abducida por el espectáculo, las redes sociales y los platós, le impide concentrarse en elaborar la respuesta adecuada para los problemas reales a los que se enfrenta (Kernberg, 2014).

De todos es conocido cómo transcurrió la vida de Narciso, hijo de la ninfa Liríope, enamorado de su propio reflejo y metamorfoseado en la planta del mismo nombre que, como ya advirtieron los autores del Systema vegetabilium en 1830, “es un género muy complejo y cargado de numerosas incertidumbres”.

Lo bueno, lo malo y lo feo del primer día de negociación. De Fabián Medina

En la negociación, Daniel Ortega busca tiempo, legitimidad, impunidad y dinero. Del otro lado, básicamente todo lo contrario.

28 febrero 2019 / LA PRENSA

Día de negociación

Camino a mi trabajo, paso por Metrocentro y la gasolinera en la que antes, a veces, me detenía para comprar algún café, está cercada por una cinta amarilla. La cerraron. Se la quitaron a su dueño. Es día de negociación y no está el canal 100 por ciento Noticias trasmitiendo lo que ocurre. Ahí estaría Lucía Pineda, posiblemente en el terreno, micrófono en mano, y tal vez Miguel Mora, desde el estudio haciendo un análisis con un panel. Pero no están. Su canal está tomado. Mientras Nicaragua está pendiente de lo que suceda este día en que se juega su suerte, el canal desde el que transmitía 100 por ciento Noticias, pasa un documental extranjero sobre implantes molares. Miguel y Lucia esta presos. Aislados.

Don Alex

Una de las primeras imágenes del día es la de don Alex Vanegas, el maratonista azul y blanco. Incansable. Asoma su cara por una ventanilla del microbús que lo llega a entregar a su casa. Don Alex no para. Agita una calzoneta azul y blanco. Brinca y reclama. “Yo estaba en “Jelepate City”, dice burlesco y se quita la camisa para mostrar su espalda picoteada por los bichos de la cárcel. Los guardias que lo custodian no hallan qué hacer con él. Quieren que se calle, que entre a la casa y se esconda de los periodistas. Pero don Alex es indomable. “No sean cara de barro”, reclama. “Dicen que estoy libre pero no me dejan”. Cuánta admiración y respeto despierta este señor que encarna lo mejor del espíritu nicaragüense.

Mesa redonda

Mientras eso pasa, en el INCAE arrancan las negociaciones. Las primeras fotografías llaman la atención por dos cosas, principalmente: uno, la ausencia total de mujeres en la mesa redonda, y dos, que la composición de la delegación gubernamental parece decir “estamos aquí para no ir a ningún lado”. Daniel Ortega se tomó todo su tiempo. Esperó que el agua le llegara al cuello para sentarse a negociar y su apuesta es simular que negocia sin soltar nada. Pone negociadores sin capacidad de negociar. Quiere ganar tiempo mientras se calman las amenazas que lo acechan y lo acorralan.

Secuestro

Más que una negociación política parece la negociación de un secuestro. Es como si alguien de afuera pide desde un megáfono que libere a algunos de los rehenes en un gesto de buena voluntad para que puedan negociar. Libera cien. Pero se deja 600. No quiere soltar sus fichas de un solo. Arrinconado piensa que si cede, se juega la vida o su libertad. Y está dispuesto a escapar así, con la pistola en la sien de sus rehenes, y, si se puede, llevándose el botín robado.

Castillo de naipes

En las redes sociales, los simpatizantes del régimen lucen desconcertados. Están los que ven esta negociación como una victoria de su comandante, otros que no lo entienden, siempre les dijeron que los presos eran los peores terroristas de mundo y lo están liberando. Unos más piden que confíen en sus dirigentes, que ellos saben lo que hacen, que como siempre “esperen las orientaciones”. Y, por supuesto, están los que temen que esto pueda ser el principio del fin, y que a la hora que el castillo de naipes se venga abajo nadie esté para darles la protección prometida.

Fichas de negociación

Lo presos siguen llegando a sus casas. Prefirieron ir a dejarlos casa por casa para evitar la celebración de todos juntos. No son libres, les aclaran. Ortega no quiere soltar la cuerda. Entre los liberados, sin embargo, faltan Miguel, Lucía, Edwin, Medardo, Pedro, Irlanda, Amaya y 600 más. Personas, la mayoría muchachos e incluso niños, que solo buscaban una mejor Nicaragua para todos y están ahí, presos, algunos en mazmorras inhumanas, porque el dictador necesitaba fichas para canjear cuando llegara el momento de una negociación.

Expectativas

En la redacción de LA PRENSA hay agitación. Una colega me pregunta qué pienso de esta negociación. Lamentablemente, le digo, no pongo muchas esperanzas. Ortega busca tiempo, legitimidad, impunidad y dinero. Del otro lado el gran propósito madre debería ser elecciones libres y anticipadas que permitan reconstruir Nicaragua, con justicia y libertad, o que Ortega demuestre en ellas que la mayoría de los ciudadanos quiere una dictadura como la suya. Los dos propósitos, por ahora, lucen irreconciliables. Pero la historia nos dice que, en asuntos de negociaciones, una vez que comienzan pueden terminar con la triste gloria de un cachinflín o convertirse en la explosión nuclear que lo cambie todo. Démosle el voto de confianza y estemos atentos.

En casa, pero no en libertad. Editorial La Prensa/Nicaragua

Fue emocionante el momento cuando al ser sacados de la cárcel para llevarlos a sus hogares, los presos políticos manifestaron su pesar porque la mayor parte de sus compañeras y compañeros quedaban dentro de las prisiones.

Los presos saliendo de la prisión. LA PRENSA/Roberto Fonseca

28 febrero 2019 / LA PRENSA

Este miércoles 27 de febrero, antes de que comenzara el diálogo y negociación de la Alianza Cívica con el régimen de Daniel Ortega, varias decenas de presos políticos salieron del presidio. Salieron de la cárcel pero aún no están en libertad.

Sin embargo, fue emocionante el momento cuando al ser sacados de la cárcel para llevarlos a sus hogares, los presos políticos manifestaron su pesar porque la mayor parte de sus compañeras y compañeros quedaban dentro de las prisiones, soportando el inhumano trato carcelario de sus guardianes verdugos.

También fue emotivo escucharlos cantar el Himno Nacional, demostrando de manera clara y contundente su firmeza de carácter y su decisión política de seguir luchando contra la dictadura, como lo hacían dentro de la cárcel que convirtieron en otra barricada de lucha por la libertad, la justicia y la democracia.

Como era de esperarse, la salida del grupo de presos políticos de la cárcel pero no libres sino para pasar al régimen de prisión domiciliar, provocó múltiples reacciones. Sobre todo la de que casa por cárcel no es libertad y que todos los presos políticos deben ser realmente liberados.

Pero no se puede menospreciar la alegría de los familiares de estos presos que han pasado al régimen penitenciario de casa por cárcel, sobre todo de sus madres y padres que han sufrido mucho y por lo menos ahora tienen a sus hijos en el calor del hogar, no en las celdas inmundas.

Además este podría ser el primer paso para conseguir la libertad plena de todos los presos políticos, los que han sido detenidos y judicializados de manera ilegal, sin respetar el debido proceso, por insana venganza de una dictadura que no perdona a quienes se han rebelado por necesidad de justicia y democracia.

La Alianza Cívica ha asegurado que la libertad plena e incondicional de todos los presos políticos es una demanda primordial en la negociación con el régimen orteguista. Así tiene que ser, no solo por deber humanitario sino también como condición indispensable para que pueda haber un acuerdo digno que abra el camino a la recuperación de la democracia.

Los organismos internacionales de derechos humanos han concluido después de exhaustivas investigaciones, que los encarcelamientos, juicios y condenas a los presos políticos de la dictadura de Daniel Ortega han sido y son contrarios a derecho y deben ser anulados.

Por su parte el exmagistrado sandinista de la Corte Suprema de Justicia, Rafael Solís Cerda, al renunciar a su poderoso cargo estatal y a su militancia en el partido FSLN, admitió que el poder judicial ha sido utilizado por Daniel Ortega y Rosario Murillo para inventar contra los presos políticos “una serie de acusaciones absurdas sobre delitos que nunca se cometieron”.

Ante confesión de parte no hacen falta pruebas, dicen los abogados. La confesión de Solís confirma que todos los presos políticos deben ser puestos incondicionalmente en libertad y este tendría que ser el primer acuerdo en la negociación de la Alianza Cívica con la dictadura.

Carta al hombre que mandó a decomisar sus propias palabras. De Paolo Luers

28 febrero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Nicolás Maduro:
Mucho se ha dicho sobre su encuentro con Jorge Ramos, quien vino a Mirafores a entrevistarle, y quien a media entrevista se vio detenido y despojado de sus equipos y grabaciones. 

Muchos han comentado este incidente en el contexto de la libertad de prensa – y es correcto: el caso Jorge Ramos ilustra que esta libertad básica no tiene vigencia bajo su régimen. Sin embargo, esto ya lo sabíamos desde hace años. Todos conocemos la represión que sufren los periodistas venezolanos. No solo pueden terminar detenidos por 2 horas, como Ramos, sino por meses o años. No solo pueden perder sus cámaras, como Univisión, sino sus empresas, sus frecuencias, y hasta su vida. Entonces, el caso Ramos no agrega nada sustancialmente nuevo al tema de la libertad de prensa en Venezuela…

Pero el caso tiene otra connotación, que sí vale la pena resaltar. Jorge Ramos dijo en sus primeras declaraciones luego de su regreso a Estados Unidos: “Nos han robado nuestro trabajo”, refiriéndose a las grabaciones decomisadas por usted.

Lo absurdo es que usted mandó a decomisar su propia entrevista, sus propias palabras. Al darse cuenta que con sus declaraciones respuestas se estaba haciendo el hazmerreír ante todo el mundo, usted interrumpió la entrevista y ordenó que decomisaran su propias palabras.

Es la perfecta parábola de su situación. Luego de callar la prensa nacional independiente, las radios y los canales de televisión independientes; luego de restringir al máximo la labor de los corresponsales extranjeros (a este servidor que firma esta carta le pusieron en una lista negra prohibiéndole la entrada a Venezuela), usted se ve obligado a invitar a su Palacio Miraflores a algunos medios internacionales – obligado por la profunda crisis en que usted se ve: con el desafío que representa Juan Guiadó; con el aislamiento internacional; con la crisis humanitaria. Entonces, usted decide llamar a Jorge Ramos y usar sus cámaras y micrófonos para dirigirse al mundo.

Solo que Jorge Ramos no se presta a lavarles la cara a los poderosos. Pregunte a Donald Trump cómo le fue con Ramos. No lo mandó a arrestar, porque en Estados Unidos no se puede, pero sí lo expulsó de la Casa Blanca – lo que al fin resultó que tampoco se puede…

Ramos hizo su entrevista como la ética profesional manda: Explíquenos la falta de medicina. Explíquenos el hambre en Venezuela. Explíquenos porque no deja entrar comida y medicina a país. Explíquenos los presos políticos…

Y usted se da cuenta que ya no hay explicaciones, que todo lo que usted dice lo compromete, lo enreda, lo expone como un presidente todopoderoso pero impotente, con todo el poder militar, pero sin poder resolver nada. Y cuando se da cuenta, decide mandar a decomisar las pruebas, o sea sus propias palabras.

Esto es lo que pasó en Miraflores entre usted y Jorge Ramos. Es la muestra que usted ya no tiene nada que hacer en Venezuela. Game over. Perdió. Váyase ya.

Adiós,

Lea también:
Jorge Ramos:
El dictador se lema su título

El dictador de Venezuela se gana su título. De Jorge Ramos

Jorge Ramos llegó al Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, en Caracas, el martes 26 de febrero después de que se ordenó su deportación del país.
Credit Carlos Garcia Rawlins/Reuters

27 febrero 2019 / THE NEW YORK TIMES

Read in English

Fui deportado de Venezuela el martes 26 de febrero después de una entrevista tirante con Nicolás Maduro, el mandatario del país. En medio de nuestra conversación se levantó y se fue, y sus agentes de seguridad confiscaron nuestras cámaras, las tarjetas de memoria con la grabación y nuestros celulares. Sí, Maduro se robó la entrevista para que nadie pudiera verla.

Conseguimos la entrevista a la vieja usanza: llamamos por teléfono y la pedimos. Un productor de Univisión —la cadena de televisión en la que trabajo desde 1984— contactó a Jorge Rodríguez, ministro para la Comunicación y la Información de Venezuela, y le preguntó si Maduro estaba dispuesto a darnos una entrevista. El líder dijo: “Vengan a Caracas”. Y así lo hicimos, con documentos oficiales que nos permitían la entrada al país.

La entrevista comenzó con tres horas de retraso el lunes 25 de febrero por la tarde, en el Palacio de Miraflores. Unos minutos antes, Maduro había terminado de hablar con el periodista de ABC News Tom Llamas, y parecía estar de buen humor. La ayuda humanitaria que la oposición —con el respaldo de una alianza internacional— había intentado cruzar a Venezuela a través de las fronteras con Colombia y Brasil había sido detenida, así que Maduro se sentía fortalecido. Se suponía que iba a ser un buen día.

Pero no lo fue. La primera pregunta que le hice a Maduro fue si debía llamarlo “presidente” o “dictador”, como le dicen muchos venezolanos. Lo confronté sobre las violaciones a los derechos humanos, los casos de tortura que han sido registrados por Human Rights Watch y sobre la existencia de prisioneros políticos. Cuestioné su aseveración de que había ganado las elecciones presidenciales de 2013 y de 2018 sin fraude y, lo más importante, sus afirmaciones de que Venezuela no atraviesa una crisis humanitaria. Fue en ese momento cuando saqué mi iPad.

El periodista Jorge Ramos muestra un video de tres venezolanos que comen de la basura. Es la grabación que Ramos le enseñó al presidente Nicolás Maduro durante su entrevista, el 25 de febrero de 2019 en Caracas. Credit Carlos Garcia Rawlins/Reuters

El día anterior había grabado con mi celular a tres hombres jóvenes que buscaban comida en un camión de basura en un barrio pobre que se encuentra a minutos del palacio presidencial. Le enseñé esas imágenes a Maduro. Cada segundo del video contradecía su relato oficial de una Venezuela próspera y progresista después de veinte años de Revolución bolivariana. En ese instante, Maduro explotó.

Cuando la entrevista llevaba aproximadamente diecisiete minutos, Maduro se levantó, intentó bloquear las imágenes de mi tableta de manera absurda y anunció que la conversación se había terminado. “Eso es lo que hacen los dictadores”, le dije.

Unos segundos después de que Maduro se marchara, el ministro Rodríguez me dijo que el gobierno no había autorizado esa entrevista y enseguida ordenó a los agentes de seguridad que nos confiscaran las cuatro cámaras y todo nuestro equipo de producción, además de las tarjetas de memoria en las que se había grabado la conversación.

Alguien gritó que me sacaran de inmediato del palacio presidencial, pero en vez de eso dos miembros de la seguridad del gobierno me llevaron a un cuarto pequeño en donde me ordenaron que les diera mi celular y la contraseña. Estaban preocupados de que hubiera grabado el audio de la entrevista y no querían ninguna filtración. Pero me rehusé a hacerlo.

Un momento después, mi colega María Martínez —una de las mejores productoras del país— fue llevada a la misma habitación en la que estaba yo. Para frustración de los agentes de seguridad, María se las arregló para hacer una llamada fugaz al presidente de Univisión News, Daniel Coronell, quien a su vez le advirtió al Departamento de Estado de Estados Unidos y anunció a muchos medios de comunicación lo que estaba pasando. Después me enteré de que el resto de nuestro equipo —cinco empleados de Univisión—, fue conducido a la sala de prensa y luego los sacaron y subieron a un camión del gobierno.

Alguien apagó las luces en nuestra pequeña habitación y entonces un grupo de agentes entró y me quitaron a la fuerza mi celular y mi mochila. Revisaron con furia mis pertenencias. Me palparon de pies a cabeza. María pasó por la misma experiencia humillante con una oficial. Pregunté si estábamos detenidos. Dijeron que no, pero aún así no nos dejaron salir de la habitación.

Finalmente nos dijeron a María y a mí que nos uniéramos con nuestros colegas en el camión. Dijeron que querían llevarnos a nuestro hotel, pero, de nuevo, nos rehusamos. En ese momento estábamos preocupados por nuestra seguridad y la posibilidad de que fuéramos llevados a un centro de detención o a algún lugar aún más turbio.

Cuando nos estaban llevando a la calle, Rodríguez reapareció y nos increpó para reclamarnos sobre la entrevista y el modo en el que la condujimos. Le respondí que nuestro trabajo es hacer preguntas y que nos estaban robando la grabación de la entrevista y nuestro equipo. Para entonces, nos dimos cuenta después, ya se habían publicado las primeras noticias de nuestra detención en las redes sociales. Ya no podían mantener el secreto. Eran aproximadamente las 21:30, dos horas después de que había terminado la conversación con Maduro.

Nuestro conductor, quien había estado esperando todo ese tiempo en uno de los costados de la calle, apareció de manera repentina. A esa altura, las mismas personas que nos habían detenido querían que nos marcháramos. Pronto. Y así lo hicimos.

Nos subimos a nuestro coche y nos volvimos al hotel. Algunos miembros de la agencia de inteligencia venezolana acordonaron el hotel para que no nos escapáramos. Unas horas después, un funcionario de migración nos informó que al día siguiente por la mañana seríamos expulsados del país. Aproximadamente a la 1:00, una persona que se presentó como “capitán” —uno de los hombres que me habían detenido en el palacio presidencial— vino a mi hotel para devolverme el celular en una bolsa de plástico. Todo su contenido había sido borrado completamente. Asumo que antes de hacerlo hackearon todo lo que pudieron.

El lunes vivimos solo una pequeña prueba del acoso y abuso que los periodistas venezolanos han padecido por años. En nuestro equipo hay dos venezolanos —el corresponsal Francisco Urreiztieta y el camarógrafo Édgar Trujillo—, quienes habrían enfrentado riesgos terribles si se quedaban en su país. Por fortuna, todos regresamos a salvo a Miami, en Estados Unidos. Pero nuestras cámaras y grabaciones de la entrevista se quedaron en Venezuela, al igual que todos los celulares de mis compañeros.

¿A qué le teme Maduro? Debería permitir que el mundo vea la entrevista. Si no lo hace, solo habrá probado que se está comportando precisamente como un dictador.

Lea también:
Carta al hombre que mandó a
decomisar sus propias palabras.

De Paolo Luers

Jorge Ramos es periodista.
Es conductor de los programas “Noticiero Univision” y “Al Punto”

¿Qué es la posguerra? De Rubén Zamora

27 febrero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

La proclama del presidente electo, Sr. Bukele, de que su triunfo electoral significa “el cierre de la página de la posguerra”, plantea la pregunta inicial de qué entendemos por posguerra. Una definición simple sería responder diciendo que es el periodo que sigue a la guerra, es decir de 1992 a este año; sin embargo, si profundizamos y buscamos una explicación más sustantiva, nos podemos contestar que se trata de un quiebre en la vida nacional generado por un evento particular que marca importantes desarrollos a partir de su dinámica. Uno de ellos fue el 15 de septiembre de 1821, con la declaratoria de independencia de España que dio origen a nuestra época republicana; en nuestro caso el quiebre de la posguerra está determinado por la firma de los Acuerdos de Paz, pues ese es el acto político que estableció un nuevo marco para la vida política del país; por consiguiente, los Acuerdos son la guía para determinar si es una página que debe ser pasada para empezar a escribir una nueva de nuestra historia.

El hecho de un triunfo electoral de un nuevo partido no necesariamente constituye una “nueva época” a no ser que este signifique un cambio sustancial en el ejercicio del poder; es inherente a la democracia representativa la alternancia del gobierno; y esto no siempre significa un cambio de época, así, el cambio de los regímenes del PCN y el ascenso al gobierno de la Democracia Cristiana no se considera un cambio de época, de igual manera el cambio de los 20 años de gobiernos de ARENA a los 10 del FMLN parecía, por la historia y trayectoria de este último, como un cambio de época, en la práctica simplemente se trató de la alternancia gubernamental y no de una nueva época; hoy estamos frente al fenómeno de la alternancia y la declaración del nuevo presidente al proclamar que su triunfo electoral es una nueva época es una declaración retórica, que no es la primera vez que escuchamos frente a un cambio de gobernante, incluso cuando son del mismo partido, tendrá que ser su desempeño el que lo confirme.

El carácter epocal que se atribuye el presidente electo es difícil de discernir, precisamente porque no está claro ni definido cuál será el proyecto de trabajo del nuevo gobierno, hasta ahora el discurso oficial ha tenido un carácter más bien negativo: una condena de todo lo que se ha hecho y la promesa de hacer las cosas de diferente manera y muy poco en términos positivos, con iniciativas que más bien parecen improvisadas, como el aeropuerto internacional de La Unión, el ferrocarril centroamericano y el plan de Gobierno Cuscatlán que transcribe una variedad de propuestas y párrafos de documentos públicos, que hacen difícil, por un lado vislumbrar la coherencia del nuevo gobierno y por el otro descubrir las “nuevas ideas”.

Al igual que como hacemos con nuestra independencia, reconociéndola y señalando sus deficiencias y limitaciones, si el gobierno Bukele pretende iniciar una nueva época debe partir de los Acuerdos de Paz, en primer lugar no solo definiendo su aceptación de los aspectos positivos que la implementación de los Acuerdos han traído a nuestra democracia sino comprometiéndose a su profundización democrática: como son los casos de los avances en institucionalización de la desmilitarización de la política, la separación de Órganos Fundamentales del gobierno, el control constitucional por parte de la Sala de lo Constitucional, la libertad de prensa, el respeto a los derechos humanos, el acceso ciudadano a la información del gobierno, solo para citar algunos de ellos, la nueva época no puede ser un retroceso ni un estancamiento en la construcción de la democracia, porque si algo no podemos permitirnos es el retroceso al pasado en estos campos.

En segundo lugar, la “nueva época” debe mirar críticamente los vacíos y debilidades de los Acuerdos de Paz para asumir su solución, y a este respecto es indispensable acometer en un esfuerzo nacional las ausencias de fondo que tienen nuestros Acuerdos de Paz que se concentraron en resolver la exclusión política y dejaron para el futuro el abordaje de la exclusión económico-social; esta es una tarea que solo muy superficial y coyunturalmente se ha enfrentado en los últimos 25 años y que requiere de un esfuerzo no solo gubernamental sino nacional para enfrentarla; ambas están en la raíz de la problemática nacional que se expresan en el estancamiento de la economía, la inseguridad, del descontento social, así como de las incapacidades del Estado de resolverlos.

En tercer lugar, entrar a una nueva etapa requiere que gobierno y sociedad civil enfrenten las áreas políticas que los Acuerdos de Paz no abordaron, la reforma del Órgano Legislativo y de los partidos políticos; ambos indispensables en la democracia representativa y ambos nunca abordados por los Acuerdos y ahora son el caso más evidente de la crisis política que el país vive; las elecciones recién pasadas claramente expresaron el descontento y rechazo a los partidos tradicionales, así como al desempeño del órgano legislativo. Su actual institucionalidad y gobernanza generan un bloqueo para enfrentar los problemas que señalábamos en párrafos anteriores.

Lea también esto sobre el tema:
¿Pos-posguerra? De Paolo Luers

Carta sobre inmunidad, impunidad, antejucio, difamación y mafias cibernéticas. De Paolo Luers

26 febrero 2019 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Hace un par de días en las redes se formó un tsunami de indignación. La Corte Suprema de Justicia había publicado un comunicado, para desmentir las falsas afirmaciones que se habían ventilado en Twitter sobre uno de sus integrantes, el magistrado Roberto Calderón. “La Corte ratifica que no está dispuesta a tolerar conductas reprobables que pretenden afectar la imagen de os miembros del Órgano Judicial, al difundir falsas acusaciones.”

La cuenta de Twitter llamada @_Brozo difundió una noticia inventada: “Magistrado Roberto Carlos Calderón ha sido capturado en estado de ebriedad junto a una menor de edad.” Resulta que nada de esto era cierto: El magistrado Calderón nunca fue detenido, muchos menos ebrio y con una menor de edad. 100% fake news.

Lo delicado del caso no solo es que la víctima de la calumnia es un magistrado de la Corte Suprema, sino sobre todo que la difamación proviene del círculo interno del presidente electo: la polémica cuenta @_Brozo la maneja Ernesto Sanabria, el principal ejecutivo de comunicación de Nayib Bukele.

Lo extraño es que la indignación en las redes no se encendió por la desinformación y la difamación, sino por el hecho que en el comunicado de la CSJ no se condenó a otro magistrado que sí fue descubierto ebrio y con una menor de edad, tratando de violarla. El magistrado Jaime Eduardo Escalante Díaz, detenido in flagranti por la PNC, no fue a bartolinas, por que como magistrado goza de fuero y tiene que pasar por un antejuicio en la Asamblea Legislativa, antes de que la Fiscalía pueda proceder a detenerlo y procesarlo penalmente. La PNC, como es su deber, lo entregó a la Asamblea – y esta lo mandó a arresto domiciliario para esperar su antejuicio y luego su juicio penal. La Fiscalía ya presentó el caso a la Asamblea. Todo esto no es muestra de impunidad, como muchos lo quieren pintar, sino de que las autoridades están funcionando.

Es entendible la indignación que este caso. Incluso es entendible la frustración que despierta el hecho que en este caso la justicia no opera de inmediato. Mucha gente no entiende el sentido del fuero constitucional, ni los complicados procedimientos del antejuicio – y por tanto asume que estamos ante un caso de impunidad. Esto es falso: el magistrado será debidamente enjuiciado, porque el fuero no lo protege de persecución penal por delitos que nada tienen que ver con el desempeño de su cargo. Sobre el sentido del fuero y el procedimiento del antejuicio recomiendo que lean la excelente nota de Erika Saldaña titulada “¿Cómo opera el fuero?”

Regresemos a la extraña indignación que se promovió contra la Corte Suprema. Es que la Corte no debe pronunciarse sobre un juicio pendiente, mucho menos puede intervenir en un antejuicio, que es asunto del Legislativo. En cambio, sí puede (y debe) exigir que la Fiscalía investigue una calumnia cometida contra uno de sus integrantes, así como lo hizo en su comunicado.

Yo tengo el criterio que en el caso de las miles de fake news y difamaciones que salen en las redes, hay que hacer una distinción: Si son personas privadas que, expresando su indignación, caen en difamación, no hay que perseguirlos penalmente. Yo recibo estas calumnias diariamente y no las voy a judicializar. En estos casos las redes funcionan como vía de escapa de agresiones que posiblemente evitar que se llegue a violencia física.

Pero si los difamadores están vinculados a poderes políticos, manejando operaciones masivas desinformación y calumnia sistemática desde el poder (gobierno, alcaldía, autónomas, partidos políticos), las autoridades tienen que aplicar la ley.

Esto es indudablemente el caso de la cuenta @_Brozo. Su responsable intelectual Ernesto Sanabria no actúa como individuo, haciendo uso de su libertad de expresión, canalizando sus frustraciones.

El Brozo actúa como parte de una estructura de poder – antes vinculada al ex presidente Saca, luego a la alcaldía capitalina de Nayib Bukele, y ahora el equipo del presidente electo. Esto no se vale, y espero que la Fiscalía tenga el valor de proceder contra esta mafia de desinformación y guerra sicológica, para evitar que se incruste en el próximo gobierno.

Saludos,