Alberto Barrera Tyszka

Un retrato violento. De Alberto Barrera Tyszka

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 18 junio 2017 / PRODAVINCI

Luisa Ortega Díaz los tiene locos. Las respuestas del oficialismo solo han logrado demostrar, de manera rápida y bastante obvia, que las denuncias de la Fiscal son ciertas.  Las reacciones del poder han sido tan importantes como las propias actuaciones y declaraciones del Ministerio Público.  Ellos solitos, de forma instantánea, sin mediar ningún tipo de discernimiento, se han delatado, han hecho evidente que la democracia no les interesa, que no creen en la independencia de las instituciones, que su plan es quedarse en el gobierno para siempre.  El madurismo ha resultado el coctel político más letal de toda nuestra historia.  Combina lo peor de nuestro presente con lo peor de nuestro pasado.  No solo ejerce la violencia del Estado en todas las direcciones sino que, además, la premia, la glorifica.

De un día para otro, la Fiscal General de la República pasó a ser el enemigo público número 1 de los poderosos. Esa élite, esos privilegiados que pueden adquirir dólares baratos, que consiguen comida y medicinas,  que tienen escoltas y pasaportes;  esa minoría que ya no quiere contarse, ahora acaba de decretar que Luisa Ortega Díaz es “indigna”, “fascista”, “corrupta”, “traidora”, “jefa de la oposición”….y que además está loca (“insanía mental”, según Pedro Carreño),  es cómplice de todo lo que ocurra (“anima la violencia”, según Jorge Rodríguez), y por lo tanto es responsable de todas los homicidios que se produzcan en las manifestaciones (según Tarek El Aissami).  Casi todos los altos líderes de la casta se han pronunciado. Diosdado Cabello ya afirmó que “la Fiscalía no es un poder” y sugirió una purga futura, amenazando con “revisar” el Ministerio Público con detalle. “Uno a uno”.

Mientras en Telesur, una abogada constitucionalista, supuesta experta en el tema,  afirma que el TSJ debería abrir una investigación por “falta de ética” en contra de la Fiscal,  el oficialismo introduce en el mismo máximo tribunal una petición de antejuicio de mérito y la solicitud para prohibir la salida del país de Luisa Ortega Díaz. Si alguna persona, de dentro o de fuera, tenía alguna duda sobre cómo el madurismo ejerce el poder en Venezuela,  la forma en cómo se ha actuado en contra de la Fiscal es una confesión contundente. Una prueba irrefutable de una legalidad secuestrada, de un sistema que no es confiable.  Sin darse cuenta,  la reacción de la dirigencia oficialista en contra de la Fiscal le ofrece al país un subtexto muy claro: toda la institucionalidad es una estafa.  El mensaje es nítido: la legalidad no importa. O haces lo que yo digo, o te jodo.

La foto de Pedro Carreño frente a Mikel Moreno es un testimonio para la historia. Todo forma parte de una secuencia, filmada en video, retratada para su publicación. Es una puesta en escena.  Los dos posan, sin demasiada gracia, como niños en la escuela, unidos por un diploma. Ninguno parece tener mucho entusiasmo. Solo están tratando de otorgarle solemnidad a una pillería. Y ambos lo saben. Pero necesitan  que el disimulo continúe. Ni siquiera se están viendo fijamente. Hay algo esquivo en sus posturas, en sus miradas. Sus cuerpos se juntan en un documento insostenible. Es el retrato de una mafia que pretende ser legítima, que aspira a sobrevivir a su propia historia delictiva. En vez de disfrazarse de pistoleros, se disfrazan de diputados y de jueces. Curiosamente, desde el fondo, el retrato de Bolívar parece sonreír de medio lado.  Su imagen cruza entre ambos, saboteando el instante.

En todas estas respuestas ante la actuación de la Fiscal General, se va conformando un argumento para rechazar más aún el proyecto de la Constituyente.  Aquí están. Míralos. Escúchalos. Estos son los que pretenden cambiar el marco legal del país. Estos son los que supuestamente defienden la independencia e invocan el respeto a la diversidad. Estos son lo que hablan de imparcialidad. Estos son los que critican el sesgo en las instituciones. En ellos debemos creer.

Tanto que mencionan a Chávez y, tal vez, ahora vale la pena recordarles estas palabras: “Hoy tenemos una gran concentración del poder porque unas cúpulas se fueron adueñando  del poder judicial y del legislativo y lo manipulan y lo usan a su antojo. Y lo mismo ocurrió con la Fiscalía, con la Contraloría. En Venezuela lo que ha funcionado no es una democracia sino una tiranía de pequeñas cúpulas partidistas, sectores horrorosamente corrompidos que destrozaron a Venezuela”.  Lo dijo en Cartagena, en mayo de 1999.  Pero la frase calza perfectamente con el momento actual, con el gobierno de Nicolás Maduro. Con su proyecto constituyente.  Podría ser la leyenda perfecta para la imagen de Carreño y Moreno.  No es el registro de un acto legal. Todo lo contrario. Es en verdad una advertencia, una intimidación.  Es un retrato violento. La legalidad como amenaza.

 

Un electrón libre. De Alberto Barrera Tyszka

Fotografía de Marco Bello para REUTERS

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 4 junio 2017 / PRODAVINCI

La imagen se cuela debajo de tus ojos. No sabes cuándo la viste. ¿Fue esta mañana, en un tuit, después de cepillarte los dientes? ¿Te la mandó tu hermana por teléfono? ¿O la imaginaste con brutal nitidez cuando, al final de la tarde, la comentaron en la radio? La imagen sigue ahí. Tras tus párpados. Titilando. Aún a las doce de la noche. Es la espalda de un muchacho que no llega a los 20 años. Está llena de hoyos. Disparos. Alrededor de cada agujero la piel se levanta. Parece un retrato de ciencia ficción. Cuando despiertas en la mañana, la imagen sigue ahí. Se ha mudado dentro de ti. Y duele. Y se queja. Y cruje. Y tú sientes ese dolor, ese ay, ese crujido. Tú sientes la impotencia, la rabia, el ácido. Cómo arden las lágrimas antes de salir.

Todos los muertos, todos los heridos, todos los detenidos, son nuestros huéspedes.

Viven en nosotros. Siguen moviéndose dentro de nuestro cuerpo. Inquietos. Preguntan. Protestan. No pueden descansar. No conocen la paz. Siguen diciendo sus nombre. Tercos, testarudos. Son la memoria de la vida en contra de toda la publicidad oficial, en contra de toda la propaganda que diariamente distribuye el poder.

¿Qué suena más? ¿Una cadena o el nombre de César Pereira, de Paola Ramírez o de Juan Pernalete? ¿Qué vale más? ¿Qué tiene más rating? ¿Un programa pagado en la televisión de los poderosos o todos los gritos y los llantos que repican noche a noche en los barrios populares?

Llevamos más de 60 días de violencia. El Estado actúa como si el pueblo fuera un enemigo. Como si su derecho a manifestarse no fuera legítimo. Basta ver lo ocurrido esta semana en La Vega o en El Valle. Ahora el oficialismo piensa que la democracia participativa y protagónica es una conspiración. Por eso necesitan la Constituyente. Están buscando un nuevo marco legal que les permita traicionarse sin pudor. Necesitan una nueva Constitución para prohibir al pueblo.

El oficialismo continúa igual. No está dispuesto a cambiar nada. La única oferta del gobierno es la simulación. Te propongo aparentar que este método electoral es democrático. Te propongo aparentar que, después de la Asamblea Nacional Constituyente, tendremos un referendo consultivo. Te propongo aparentar que aquí no pasa nada, que la solución es el diálogo. Pero mientras tanto, no se ahorra una sola bala. Sigue disparando. Día a día. Cada vez con más saña. Llevamos más de 60 muertos en este tránsito. El Estado actúa como si estuviera de cacería.

Esta semana, en una entrevista a la agencia EFE, Antonio Benavides Torres, Mayor General de la Guardia Nacional Bolivariana, declaró que el comportamiento de sus soldados durante todo este tiempo ha sido “muy profesional e impecable”. No ha visto él nada de lo que tanto denuncian. No tienes bajo sus ojos las imágenes que la mayoría de los venezolanos tenemos. El Mayor General Benavides Torres está tranquilo, satisfecho. Piensa que todo es culpa de la oposición. Cree que las multitudes en las calles responden a una sola vocación, a un plan de “golpe suave”, dictado por una manual extranjero.

Escuchas a Benavides Torres y algo tiembla tras tus pupilas. Sientes que se quema un grito entre las cuerdas vocales. Recuerdas el rostro ensangrentado y desfigurado del obrero que recibió una bomba lacrimógena. Ves de nuevo, sobre la pantalla de la memoria, los demasiados videos donde soldados golpean, abusan, roban, detienen… entre varios e impunemente a cualquier ciudadano. Aquí hay un país indignado, desesperado, que ya no sabe cómo estallar. Pero el Mayor General Benavides Torres no se entera. Ni se inmuta. Apenas reconoce que, quizás, “uno o dos” funcionarios pueden haber cometido algún “exceso”. Nada más. Y, además, los considera una excepción, un “electrón libre” en medio la combustión que existe.

Un electrón libre es un átomo o una molécula que anda por la libre, que se desprende de la estructura a la que pertenece y actúa un poco por su cuenta. Así explica y resuelve Benavides Torres todo lo que ocurre. Así define lo que te duele, lo que no te deja dormir, las ganas de llorar que te esperan apenas despiertas cada mañana.

No es cierto. Un electrón libre es una fantasía mediocre. Una ofensa. La mayoría de los venezolanos hemos visto, vivido o padecido los excesos de la represión militar. Su violencia no es una excepción. Es una orden. Es un método. Es un plan. Es un proyecto de sumisión, de muerte. Nadie puede venir ahora a maquillar esta historia. Es imposible contarnos otra versión. Vive aquí adentro. Aquí se mueve. Nosotros somos todos nuestros heridos, nuestros detenidos; todos nuestros muertos.

Los sonidos del futuro. De Alberto Barrera Tyszka

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 28 mayo 2017 / PRODAVINCI

¿Cuál es la razón, cuál es el verdadero motivo? ¿Alguien sabe realmente por qué lo hizo? ¿Porque desde niño, por ejemplo, siempre anheló ser Richard Clayderman y ahora por fin logra cumplir su sueño? ¿Porque se cansó de bailar salsa?  ¿O porque es un cretino atómico y piensa que el país entero ansía verlo martillando un piano? ¿Porque realmente cree que sabe tocar y no tiene ni un gramo de miedo escénico? ¿Porque un asesor cubano dijo que un mini recital de ese tipo deprimiría a la oposición? ¿O quizás porque quiere impresionar y reconquistar a Gustavo Dudamel? ¿O porque quiere que –de cualquier manera y en cualquier tono- hablen sobre él? ¿Porque tal vez desea mostrarle al país que, además de no tener carisma ni popularidad, tampoco tiene oído? ¿Porque anda en modo romántico y–tan cuchi- Cilia se lo pidió? ¿Porque maltratar un piano es una acción revolucionaria? ¿Porque no tiene absolutamente nada más ni mejor qué hacer?

Cualquier especulación es válida. Incluso la más incoherente, las más absurda. En la locura del oficialismo ya todo cabe. Voy a aventurar una teoría que probablemente no sea cierta pero que, al menos, me sirve para mudar un poco la esquina de este domingo.  Yo creo que Ernesto Villegas, en otro arranque de honestidad periodística y de sagacidad comunicacional, ideó ese momento de inspiración musical para tratar de desviar la atención pública, para robarle interés y cámara a la Fiscal Luisa Ortega Díaz.  Esta semana, ella es nuevamente una noticia incómoda. Ya no saben qué hacer para callarla. Para la revolución, no hay nada más subversivo que un ciudadano independiente.

Es probable que, en su interior, Luisa Ortega Díaz simpatice aun con el chavismo. O al menos con algunos ideales e ilusiones que Chávez propuso a finales del siglo pasado. Es probable, por ejemplo, que personalmente Luisa Ortega Díaz se sienta mucho más cerca de Mari Pili Hernández que de María Corina Machado.  Y es natural y saludable que sea así. Y tiene además todo el derecho de sentirse de ese modo.  Pero la diferencia está en que ahora nada de eso define la actuación de la Fiscal General de la República.  Desde la institucionalidad, de pronto, Luisa Ortega Díaz le ha regresado al país la posibilidad de la verdad.

El trabajo de la Fiscalía ante la violencia que nos está sacudiendo es una hazaña sin precedentes en los últimos años. Sin ningún alharaca, sin anuncios rimbombantes ni promesas grandilocuentes, sin otra pretensión que la de cumplir cabalmente con su deber, la Fiscalía está ofreciendo una alternativa ante la versión hegemónica que impone el poder, ante el mareo desaforado que produce la polarización.  El caso del asesinato de Juan Pernalete no puede ser más emblemático.  Sin proponérselo, tan solo tratando de hacer bien lo que toca, la Fiscalía desnuda otro crimen: el engaño de los poderosos, la calumnia y la difamación con que la que el gobierno distorsiona la realidad y manipula mediáticamente lo sucedido.

Una acción institucional que no se somete al control de las cúpulas, deja al descubierto todo el espectáculo de mentiras que construye la élite que domina al país.  Miente descaradamente el General Reverol cada vez que habla de la “violencia terrorista de la derecha”. Miente sin pudor Vladimir Padrino cuando oculta y niega la acción salvaje que ordenan ejercer a los soldados. Mienten groseramente Ernesto Villegas y Diosdado Cabello cuando deforman lo ocurrido y arman un caso falso para acusar de homicidio a 2 jóvenes inocentes. No lo digo yo. No lo dice la oposición. Lo dice el Poder Moral.

Basta con ver la reacción instantánea en contra de la Fiscal para constatar la idea que oficialismo tiene del Estado y de las instituciones.  Las últimas acciones de Luisa Ortega Díaz han servido también para – de manera involuntaria- mostrarle al país la irracionalidad con que funciona el gobierno.  No se han dado tiempo ni siquiera para construir un breve argumento. Han saltado, sin lógica y sin razones, a pedir la cabeza de la Fiscal, a descalificar, a acusar, a amenazar.  Y estos mismos enloquecidos, incapaces de respetar la autonomía de cualquier institución, son los que afirman que la Constitución del 99 ya no sirve, los que pretenden cambiar las leyes y reinventar un nuevo Estado.

Se acostumbraron a desacreditar fácilmente cualquier disidencia. Pero no pueden desautorizar las voces de la Fiscalía.  Ahí están, esos son los sonidos del futuro. La diversidad política y la independencia institucional. El camino para reencontrarnos con una verdad común.  Mientras, Nicolás Maduro frente al teclado representa el torpe ruido del pasado. El fracaso de un dictador que, después de ordenar que se reprima al pueblo, finge tocar piano en la inmensa soledad de un teatro vacío.

Tun tun. De Alberto Barrera Tyszka

Fotografía de Maura Morandi

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 21 mayo 2017 / PRODAVINCI

De pronto, el oficialismo ha entrado en modo sensible. Después de pasar años cayapeando, sin pudor y sin piedad, a sus adversarios, a sus críticos, a cualquier forma de disidencia, ahora, de repente, resulta que recuerdan que hay derechos individuales, que el respeto es necesario, que los linchamientos no son saludables, que es muy feo y peligroso carajear al prójimo.

Ahora recuerdo, por ejemplo, hace años, cuando una propaganda oficial, transmitida repetidamente por el canal del Estado, presentaba una secuencia de dibujos animados descalificando y agrediendo a Carlos Correa, activista de derechos humanos y especialista en temas de comunicación, mostrándolo como un corrupto. Ninguno de los que ahora alzan la mano y la voz, apelando a la conciencia, hizo lo mismo en aquel momento. Por el contrario, tal vez algunos de ellos fueron incluso cómplices de esa acción. Con la anécdota no pretendo justificar nada. Solo quiero señalar que –desgraciadamente– mucho de lo que ocurre solo es un síntoma. El chavismo se dedicó a construir y consolidar un nuevo sistema de exclusión. Ahora todos vivimos sus consecuencias.

Me temo que algunas de las reacciones –desbordadas o no– que comienzan a aparecer tienen que ver, también, con el sostenido intento oficial por negar lo que ocurre. El gobierno se enfrenta, cada vez más, a un límite físico: pretende hacer invisible aquello que, cada día, es más visible, está más presente, hace más ruido. Los oficialistas no quieren aceptar la crisis que vive el país. No reconocen el hambre, las dificultades, la trágica situación de la mayoría de los venezolanos. Tampoco admiten que hay gente, mucha gente, millones de personas, inconformes, protestando, exigiendo un cambio. Para ellos, la multitud que ayer llenó la autopista Francisco Fajardo en Caracas no existe. Estuvo ahí. Inmensa, multicolor, asombrosa. Se multiplicó en imágenes en el resto del país y en el exterior. Pero el oficialismo ha decretado que no fue así, que lo que todo el mundo ve nunca aconteció. El gobierno actúa como si el pueblo fuera un espejismo.

Aun frente a la foto de la descomunal concentración, podrá salir el General Reverol a hablarnos nuevamente de los grupúsculos violentos de la derecha terrorista. Y Nicolás Maduro podrá colgar nuevamente en Youtube otro sensacional video del interior de su carro, con Cilita, Ernestico y Carmencita, todos felices, rumbo a la autopista, a donde de seguro los espera un nutrido grupo de vecinos que quieren conversar con ellos. Y en los periódicos y en los portales, seguirán escribiendo los Hernández Montoya de turno, hablando como si solo hubiera seis mercenarios sifrinos e imperialistas en la calle. Como si los quirófanos del hospital Vargas estuvieran funcionando. Como si el cartón de huevos no valiera doce mil bolívares. Como si la represión fuera legítima.

Y todavía, después de todo lo que ha pasado, con todos los muertos y la cantidad de heridos y de detenidos, Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello podrán también aparecer en sus sendos programas televisivos, uno con diván, otro con garrote, y repetir sus verdades, la certeza de que aquí no pasa nada. Estamos en paz, dirá Rodríguez. Prepárense, dirá Diosdado. Aquí no pasa nada, repetirá Rodríguez, mientras Diosdado tal vez vuelva a advertirnos que por ahí está el SEBIN, que cualquier noche pueden tocar a tu puerta.

Pasaron demasiados años disfrutando de un poder sin límites. Demasiados años agrediendo y humillando a los demás. Y todavía no entienden que Venezuela cambió. Todavía no entienden que no pueden seguir mintiendo con tanto descaro. Que no pueden continuar desconociendo a los otros. El chavismo se hunde en su propia sordera. No se da cuenta que está sonando el país: tun tun ¿quién es? Es la democracia, diputado Cabello. ¿A eso le tienen tanto miedo?

 

¿Dónde está la esperanza? De Alberto Barrera Tyszka

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 14 mayo 2017 / PRODAVINCI

Ese tipo que ves ahí, serio, con traje y corbata,  sentado detrás de su escritorio, abriendo un maletín lleno de dólares y mostrándoselo a la mujer que tiene enfrente; ese tipo que sacó de esa manera 11 millones de dólares, billete sobre billete,  sin poner nunca una firma, sin recibir jamás una facturita,  ese tipo…es el mismo que un tiempo después, montado en una tarima, vestido de rojo, alzaba su puño y gritaba aguerridamente: “¡Vamos a combatir la vieja ética capitalista podrida de la corrupción administrativa, del tráfico de influencias!”  ¿En cuál de los dos se puede creer? ¿En el pillo que paga, en efectivo y a escondidas, millones de dólares a unos asesores de marketing político brasileños….o en líder que se declara en una cruzada en contra de la corrupción: “Es la batalla contra el capitalismo y sus antivalores, es la batalla contra los bandidos, los politiqueros de la derecha que destruyeron a este país durante años” ¿Cuál de los dos Nicolás Maduro es más real?

En sus pocos años de gobierno, Maduro ha ido perdiendo rápidamente sus disfraces. Esta semana, desde una cárcel de Brasil, donde enfrenta condenas por corrupción y soborno, Mónica Moura ha confesado que Maduro es un capo a lo grande. Que Antonini Wilson es Bambi al lado de nuestro Presidente.  Que, cuando estaba al frente de las relaciones exteriores, el entonces Canciller Maduro podía disponer, tranquilamente, de millones de dólares para pagar los servicios de ella y de su marido, Joao Santana, exitosos asesores en campañas electorales.  Así, de poquito en poquito, en fajas de 300, 500 u 800 mil dólares, les fue pagando humildemente su colaboración y su apoyo.  11 millones de dólares.  Estamos hablando del mismo tipo que hace chiste ante la noticia de un venezolano muerto por comer yuca amarga.

El Presidente obrero es una ficción publicitaria.  El verdadero Maduro tiene las manos manchadas con los dólares que le pertenecían a todos los venezolanos.  Cuando habla de la supuesta guerra económica no recuerda sus reuniones con Mónica Moura.  Y esto solo es una pestaña del iceberg. El oficialismo tiene una inmensa caja negra donde quizás, algún día, podamos encontrar algo del millón de millones de dólares de la bonanza petrolera.  Hacen falta muchas Mónicas Mouras, dispuestas u obligadas a confesar, para poder armar bien el análisis de la crisis económica venezolana. No solo se trata de un modelo fracasado. Se trata de un modelo genéticamente corrupto. Detrás de los quirófanos cerrados del Hospital Vargas, hay un maletín o una bolsa, una caja llena de dólares que algún alto funcionario rojo rojito se llevó.

Eso, también, es lo que busca tapar ahora la Constituyente.  El oficialismo no es solo una forma de suprimir la voluntad del pueblo, de eliminar la democracia. La Constituyente de Maduro es además un atentado en contra de la transparencia, un nuevo acto de corrupción.  Tanto hablar en contra del neoliberalismo y, finalmente, el chavismo terminó privatizándolo todo.  Han privatizado incluso los poderes públicos. Han privatizado a la Fuerza Armada Nacional. Han  convertido a los soldados en su ejército particular. Han puesto todo al servicio de esa nueva clase que llamamos “los enchufados”.  Y ahora, encima, quieren privatizar las elecciones.  Que solo voten los suyos. Los que dependen de ellos. Los que ellos financian. Pretende que la Asamblea de accionistas del PSUV sea el congreso de representantes del país.  La revolución convertida en una Compañía Anónima.

Están dispuestos a todo porque no quieren que todo se sepa. La Constituyente es una forma de imponer el silencio, la opacidad. No quieren un nuevo país que se asome a mirar y revisar lo que ha pasado en estos 18 años. Prefieren las balas, los muertos. Apuestan al desgaste, al cansancio de la gente. Calculan endilgarle luego los muertos a la oposición. Culpar a los otros de todo. A la hora de resistir, el poder tiene más recursos, mas medios, más dinero.  Pero ya no tiene algo fundamental: heroísmo. Ya solo son la representación del orden viejo, que actúa sin piedad, militarmente, en contra de su propio pueblo.

“La gente me grita: ¡Maduro, dale duro! Y yo voy con todo, voy a darle duro a la corrupción donde esté”.  No tiene que ir muy lejos.  Basta con que se mire al espejo. Con hablar con su entorno. Con dar pasos y no poder salir de Miraflores. El oficialismo ya no controla la versión de la historia.  La realidad se le fue de las manos.  Ya no son capaces de convocar alguna ilusión. Ahora, la rebeldía, la pasión, la creatividad, el ansia por un cambio….están en la oposición. El gobierno solo es pasado y violencia. Está atrincherado, defendiendo la corrupción.  La épica avanza entre bombas lacrimógenas. La esperanza está en la calle.

Nicol

Dos gorditos contra el mundo. De Alberto Barrera Tyszka

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 23 abril 2017 / PRODAVINCI

Una de las áreas donde la auto proclamada “Revolución Bolivariana” siempre fue muy eficaz era la publicidad. Durante años, la mejor acción del gobierno fue la propaganda. Tenían una alta conexión con la gente, manejaban muy bien los códigos populares, reaccionaban rápidamente, producían piezas ingeniosas, de alta calidad… Pero todo eso también está en crisis. Ahora al oficialismo nada le sale bien. Ni un baile. Ni una filmación entre panas, dentro de un carro. Ni siquiera sembrar un arbolito.

Siguiendo esta onda de coqueteo con los reality show en la que andan los creativos de Miraflores, ayer aparecieron jugando béisbol Nicolás y Diosdado. No sé cuál era la idea del genio que fraguó ese momento. Pero el resultado es un espectáculo memorable, una pieza perfecta de la decadencia de todo este proceso. En medio de un país de flacos, de pronto aquí están ese par de gorditos, embutidos en sendos uniformes relucientes, con guantes de marca y pelota de spalding, en un campo profesional y tranquilo, muy seguro. Lo que dicen, de entrada, importa poco. Además, no están demasiado ágiles. Cada vez que lanzan la pelota, sueltan dos jadeos que comienzan a batallar con las palabras. Lo primero que importa es la imagen. Son dos tipos poderosos, que tienen hasta su nombre en el uniforme; dos ricachones rechonchos, que pueden darse buena vida, que no tienen ninguna angustia. Están en un lugar paradisíaco, muy bonito, lleno de verde, con rejas y seguridad. Eso debe ser el Country Club de la Revolución. Y se ríen. Son felices. Están tranquilos. No les duele nada. Así son los oligarcas.

Probablemente la intención de esta pieza es desanimar a todo aquel que esté haciendo algún esfuerzo por protestar, por manifestarse y exigir algún cambio en el país. Es una forma de decir: “míranos. Aquí estamos. Marcha y grita todo lo que quieras. No nos afecta. No nos da ni coquito. Estamos más tranquilos que nunca. Mira que sabroso la estamos pasando. Mientras tú protestas, nosotros jugamos béisbol”. Quizás estas imágenes pretenden comunicar tranquilidad y control. Poder. Tal vez quieren reiterar lo que ha sido una línea constante en el chavismo: el desdén por el adversario político. La intención de despojar al otro de cualquier legitimidad. Los demás no existen.

Pero esa estrategia ya no funciona. Ahora los demás somos demasiados, somos mayoría. Es lo que el oficialismo no termina de aceptar. Sus dirigentes han perdido la capacidad de leer la realidad. Cada vez más se comportan como fanáticos y menos como políticos.

Porque la realidad dice otra cosa. La realidad dice que la inflación ronda el 700%. La realidad dice que hay escasez, que la quincena no sirve para nada. La realidad dice que cualquiera se puede morir en un hospital. Que todo falta. Hasta la anestesia. Hasta la gasa. Hasta la luz o el agua. La realidad dice que no hay seguridad, que no hay orden. Que aquí mandan las balas. La realidad dice que la calle está caliente, en el carril de la derecha y en el carril de la izquierda. Que la calle tiene hambre y ansias de cambiar. Frente a todo esto, ese par de gorditos jugando béisbol en un campo privado son una ofensa, una grosería, una bofetada a la pobreza de los venezolanos.

La realidad también dice que hay más de 20 muertos. Y más heridos. Y muchos más detenidos, secuestrados por el Estado, encerrados o desaparecidos por días quién sabe dónde. Los soldados salieron a reprimir sin piedad. Los que hemos visto y oído, durante todos estos días, es una violencia militar que no se tapa con un lanzamiento de béisbol. El oficialismo también se equivocó apostando por la represión brutal. Volvieron a perder el contexto. Ahora, del otro lado, hay más desesperación que miedo, más hartazgo que parálisis. En estos días ha comenzado a surgir una nueva épica. Hay un importante cambio en el panorama simbólico. La señora que se enfrenta a un tanque impacta más que cualquier joven agrediendo la sede de una entidad pública. El joven desnudo que sube a un tanque mostrando su espalda llena de perdigones, desestabiliza más a los soldados que cualquier encapuchado tirapiedras. Los miles que marchan con persistencia, contra el humo y el bloqueo escriben en estos días una nueva heroicidad, anónima y paciente. Frente a esto, el par de gorditos con cachucha, lanzándose la pelotica y hablando de la paz y de la patria, se ven letalmente ridículos.

Cualquiera pensaría que el movimiento de los sectores populares obligaría al gobierno a replantearse sus certezas, a pensar y actuar de otra manera. Para nada. Los líderes del oficialismo siguen sin entender que ellos no solo no son el pueblo sino que, ahora, además, tampoco lo representan. Y cuanto más insisten en negar lo que ocurre, en comportarse como si nada pasara, más se alejan de la gente, más resentimiento y más rabia convocan.

Este domingo, en la tarima, al final de la marcha oficialista, los dos gorditos estarán jugando otro juego. Serán feroces y aguerridos. Dirán que todos los dirigentes de la oposición son traidores, vende patrias, asesinos, terroristas, maricones, drogadictos, pitiyankees, golpistas, delincuentes, mentirosos… Y jurarán que todo está bien, que ellos dos son puro amor, pura ternura, puro diálogo. Los únicos capaces de garantizar la paz en estas tierras. Dos gorditos contra el mundo.

Repetir lo repetido. Mentir nuevamente. Insistir en la ceguera. ¿Cuánto tardarán en aceptarlo? En la calle hay un pueblo que quiere que Venezuela sea de todos.