Alberto Barrera Tyszka

Dos gorditos contra el mundo. De Alberto Barrera Tyszka

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 23 abril 2017 / PRODAVINCI

Una de las áreas donde la auto proclamada “Revolución Bolivariana” siempre fue muy eficaz era la publicidad. Durante años, la mejor acción del gobierno fue la propaganda. Tenían una alta conexión con la gente, manejaban muy bien los códigos populares, reaccionaban rápidamente, producían piezas ingeniosas, de alta calidad… Pero todo eso también está en crisis. Ahora al oficialismo nada le sale bien. Ni un baile. Ni una filmación entre panas, dentro de un carro. Ni siquiera sembrar un arbolito.

Siguiendo esta onda de coqueteo con los reality show en la que andan los creativos de Miraflores, ayer aparecieron jugando béisbol Nicolás y Diosdado. No sé cuál era la idea del genio que fraguó ese momento. Pero el resultado es un espectáculo memorable, una pieza perfecta de la decadencia de todo este proceso. En medio de un país de flacos, de pronto aquí están ese par de gorditos, embutidos en sendos uniformes relucientes, con guantes de marca y pelota de spalding, en un campo profesional y tranquilo, muy seguro. Lo que dicen, de entrada, importa poco. Además, no están demasiado ágiles. Cada vez que lanzan la pelota, sueltan dos jadeos que comienzan a batallar con las palabras. Lo primero que importa es la imagen. Son dos tipos poderosos, que tienen hasta su nombre en el uniforme; dos ricachones rechonchos, que pueden darse buena vida, que no tienen ninguna angustia. Están en un lugar paradisíaco, muy bonito, lleno de verde, con rejas y seguridad. Eso debe ser el Country Club de la Revolución. Y se ríen. Son felices. Están tranquilos. No les duele nada. Así son los oligarcas.

Probablemente la intención de esta pieza es desanimar a todo aquel que esté haciendo algún esfuerzo por protestar, por manifestarse y exigir algún cambio en el país. Es una forma de decir: “míranos. Aquí estamos. Marcha y grita todo lo que quieras. No nos afecta. No nos da ni coquito. Estamos más tranquilos que nunca. Mira que sabroso la estamos pasando. Mientras tú protestas, nosotros jugamos béisbol”. Quizás estas imágenes pretenden comunicar tranquilidad y control. Poder. Tal vez quieren reiterar lo que ha sido una línea constante en el chavismo: el desdén por el adversario político. La intención de despojar al otro de cualquier legitimidad. Los demás no existen.

Pero esa estrategia ya no funciona. Ahora los demás somos demasiados, somos mayoría. Es lo que el oficialismo no termina de aceptar. Sus dirigentes han perdido la capacidad de leer la realidad. Cada vez más se comportan como fanáticos y menos como políticos.

Porque la realidad dice otra cosa. La realidad dice que la inflación ronda el 700%. La realidad dice que hay escasez, que la quincena no sirve para nada. La realidad dice que cualquiera se puede morir en un hospital. Que todo falta. Hasta la anestesia. Hasta la gasa. Hasta la luz o el agua. La realidad dice que no hay seguridad, que no hay orden. Que aquí mandan las balas. La realidad dice que la calle está caliente, en el carril de la derecha y en el carril de la izquierda. Que la calle tiene hambre y ansias de cambiar. Frente a todo esto, ese par de gorditos jugando béisbol en un campo privado son una ofensa, una grosería, una bofetada a la pobreza de los venezolanos.

La realidad también dice que hay más de 20 muertos. Y más heridos. Y muchos más detenidos, secuestrados por el Estado, encerrados o desaparecidos por días quién sabe dónde. Los soldados salieron a reprimir sin piedad. Los que hemos visto y oído, durante todos estos días, es una violencia militar que no se tapa con un lanzamiento de béisbol. El oficialismo también se equivocó apostando por la represión brutal. Volvieron a perder el contexto. Ahora, del otro lado, hay más desesperación que miedo, más hartazgo que parálisis. En estos días ha comenzado a surgir una nueva épica. Hay un importante cambio en el panorama simbólico. La señora que se enfrenta a un tanque impacta más que cualquier joven agrediendo la sede de una entidad pública. El joven desnudo que sube a un tanque mostrando su espalda llena de perdigones, desestabiliza más a los soldados que cualquier encapuchado tirapiedras. Los miles que marchan con persistencia, contra el humo y el bloqueo escriben en estos días una nueva heroicidad, anónima y paciente. Frente a esto, el par de gorditos con cachucha, lanzándose la pelotica y hablando de la paz y de la patria, se ven letalmente ridículos.

Cualquiera pensaría que el movimiento de los sectores populares obligaría al gobierno a replantearse sus certezas, a pensar y actuar de otra manera. Para nada. Los líderes del oficialismo siguen sin entender que ellos no solo no son el pueblo sino que, ahora, además, tampoco lo representan. Y cuanto más insisten en negar lo que ocurre, en comportarse como si nada pasara, más se alejan de la gente, más resentimiento y más rabia convocan.

Este domingo, en la tarima, al final de la marcha oficialista, los dos gorditos estarán jugando otro juego. Serán feroces y aguerridos. Dirán que todos los dirigentes de la oposición son traidores, vende patrias, asesinos, terroristas, maricones, drogadictos, pitiyankees, golpistas, delincuentes, mentirosos… Y jurarán que todo está bien, que ellos dos son puro amor, pura ternura, puro diálogo. Los únicos capaces de garantizar la paz en estas tierras. Dos gorditos contra el mundo.

Repetir lo repetido. Mentir nuevamente. Insistir en la ceguera. ¿Cuánto tardarán en aceptarlo? En la calle hay un pueblo que quiere que Venezuela sea de todos.

La caligrafía de los tomates. De Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka, guionista, escritor y columnista venezolano

Alberto Barrera Tyszka, 16 abril 2017 / PRODAVINCI

Como si se tratara de una película extranjera, que ninguno de nosotros puede comprender, Aristóbulo Istúriz se presenta en la televisión como un gran intérprete, queriendo traducirnos y explicarnos lo que ocurrió en San Félix.  Lo que ustedes vieron no es en realidad lo que ocurrió. Lo que pasa es que la gente en Guayana es muy rara. Se expresan de otra forma. Tienen sus puntadas de rabo, pues. Ellos cuando quieren expresar su amor, te lanzan cuanto tengan al alcance de su mano: un huevo, una pelota de béisbol, un pimentón,  una concha de plátano, lo que sea. Esa gente es así, chico, yo los conozco. Mira, a ellos no les gusta escribir en papeles, ni están pendientes de los emails, ni nada de eso. A ellos les encanta mandar mensajes con tomates. ¡Ah, pues! Yo soy maestro. Por eso te lo estoy diciendo. Ese día, a Nicolás,  lo que le estaban tirando era pura correspondencia, puros mensajes de amor en clave tomate perita: ¿no es una maravilla? Pero, claro, si ustedes no los conocen, se confunden. Ven cualquier imagen medio distorsionada por la derecha televisiva y, listo, luego piensan que las cosas son de otra manera. Pero no. Las vainas no fueron así. Yo que se los digo. Cuando un guayanés te quiere mucho, te persigue, te lanza cosas, te grita, te manda pal carajo ¡Esa es su forma de expresar amor!

Como si todos los venezolanos fuéramos ciegos, como si nada más tuviéramos media neurona despierta debajo del pelo, el Ministro Vladimir Padrino de pronto pretende reinventar los días de feroz represión que hemos vivido con una nueva y sorprendente declaración. Después de gastarse todas las bombas lacrimógenas del inventario, de repente descubre que manifestar pacíficamente es un derecho consagrado en la Constitución que no se puede tocar “ni con el pétalo de una rosa” ¿Qué dice, entonces, el General?  Que no nos están atacando. Que todo es un espejismo. Que no sabemos ver bien lo que ocurre. Que esos militares que disparan y que golpean, en el fondo, no nos están reprimiendo. Todo lo contrario: nos están defendiendo ¿Por qué no nos damos cuenta? ¿Por qué confundimos los abrazos con coñazos?  Los 470 arrestos, las 180 personas que aun están detenidas, todo eso es pura protección. No le presten atención a las denuncias de tortura de los hermanos Sánchez. Eso también es para defenderlos. Lo nuestro es pura prevención.

Como si todos no conociéramos ya la rutina, Tarek El Aissami anunció ayer que el oficialismo realizará el próximo 19 de abril “la marcha de las marchas”. Lo dice como si fuera una novedad. Como si nadie hubiera escuchado a la MUD convocar con anterioridad a una concentración en esa misma fecha. Como si nadie en este país supiera lo que ocurre y cómo se organiza, desde el Estado, toda la participación popular en los actos pro gobierno. El Vicepresidente llama al diálogo, invoca la democracia, exalta la diversidad, pero advierte que “hasta ahora” lo que ha convocado la oposición son “actos terroristas de carácter violento y criminal”. No como los nuestros, por supuesto. No como nuestros muchachos de los colectivos, siempre dispuestos a evitar conflictos en la ciudad.

Como si no le importaran las angustias de los otros, Nicolás Maduro intenta día a día  convencernos de que nuestra vida es una ficción. El hambre no existe. La escasez es una truco de la imaginación. La inflación solo es una fantasía. Aquí todo está bien. Aquí la estamos pasando chúpili. No se dejen marear por la derecha y sus inventos. Esas colas son pura paja. Aquí hay de todo. Aquí hay hasta para regalar. No se los estoy diciendo: ya estamos a puntico de ser potencia. Lo que pasa es que ustedes aun no se han dado cuenta. Van pal cielo y van llorando, como dicen. Tienen que bajarle dos al estrés. Tienen que hacer como yo. Bailen salsa. Colúmpiense sobre la realidad. Engorden. Acepten la enorme felicidad que tenemos y déjense llevar por ella. La vida es bella ¿No ven el estado de plenitud en el que estamos y vivimos siempre Cilia y yo?

Nunca antes, en Venezuela, un gobierno se burló  tan cruelmente de las necesidades del pueblo. Han ignorado las preocupaciones y problemas de las mayorías. Peor aun: se han reído del dolor de la gente. Han hecho chistes públicamente, negando la realidad, minimizando las tragedias cotidianas de millones de venezolanos. Y encima, todavía, siguen mintiendo. De manera patética, insensible. Insisten en negar lo que ocurre. Se aferran al engaño, quizás piensan que es lo único que puede salvarlos.

¿Se puede creer en ellos? ¿Se puede creer en un gobierno que cierra las estaciones del metro para evitar que la democracia sea participativa y protagónica? ¿Se puede creer en un poder que controla los medios de comunicación para invisibilizar la realidad, para impedir que el pueblo sea noticia?

En las sociedades sin transparencia, sin datos claros, sin auditorías,  comienzan a aparecer otros indicadores estadísticos: el descontento popular, las protestas, también la represión…Mientras el oficialismo siga empeñado en no leer lo que ocurre, seguirá hundiéndose en su propio fracaso y continuará, también, creciendo la indignación y el rechazo. La caligrafía de los tomates es cada vez más clara.

Bombas, gases y bailoterapia. De Alberto Barrera Tyszka

Policía Nacional Bolivarina lanza bombas lacrimógenas contra manifestantes opositores en la avenida Libertador. 8 de abril de 2017. Fotografía de Verónica Aponte

Alberto Barrera Tyszka, 9 abril 2017 / PRODAVINCI

Nada como el Ministro Reverol cerrando la jornada de ayer y diciéndonos que, gracias a la acción oportuna de la Guardia Nacional y de la Policía Nacional Bolivariana, las terribles agresiones de la “derecha” no habían tenido consecuencias graves. Al verlo en la pantalla, casi sentí que pequeños chorros de gas morado salían disparados de sus oídos. Ahí estaba él, garantizando la seguridad y la tranquilidad de la nación. Menos mal que tenemos un General cerca para que nos explique lo que ocurre, para que nos cuente cómo es nuestra realidad. Dice Reverol que aquí hay un “golpe a la paz”. Y yo creo que tiene razón.

El oficialismo se ha empeñado en pregonar que toda manifestación o protesta ciudadana en su contra es, por definición, un acto subversivo cuyo único objetivo es derrocar al gobierno. Sin embargo, por primera vez en esta larga historia, un miembro del poder moral señaló públicamente que quien realmente había subvertido el orden Constitucional había sido el TSJ. La Fiscal no solo denunció un acto concreto sino que, además, tal vez sin proponérselo deliberadamente, desenmascaró un discurso. Dejó en ridículo al Defensor del Pueblo. Lo mostró tal cual es. Desinfló toda la retórica fraudulenta de quienes –desde las alturas– habían justificado, legitimado y defendido, la sentencia. Todas esas palabras ni siquiera pudieron flotar. Se derrumbaron, se hicieron añicos. Al denunciar la ruptura del hilo constitucional, la Fiscal también develó las costuras de los hilos discursivos del poder.

Porque son estos mismos farsantes quienes, dos días después, como si nada, arremeten en contra de la ciudadanía, tratando de impedir que haya protestas. Son ellos mismos los que se rasgan los liqui liquis y hablan de un “golpe parlamentario”. Son ellos quienes denuncian nuevos intentos terroristas, con nombres francamente inverosímiles, y terminan organizando la represión feroz en contra de los venezolanos. Este sábado, el exceso de bombas y de gas no fue solo un problema de violación a la Constitución y a los Derechos Humanos. También fue un asunto de malversación de fondos. Lanzaron bombas lacrimógenas vencidas. Hasta en el ejercicio de la violencia, aquí se ve la corrupción.

El chavismo se maneja con esquemas rígidos. Casi siempre trabaja con dos estrategias. La más común es el contra ataque. Era la acción preferida de Hugo Chávez. Su naturaleza militar contaminó con todas estas ideas su desempeño político. En cada movimiento de la oposición, el chavismo solo ve una oportunidad para contra atacar y profundizar su proyecto. Desde esta perspectiva, la democracia es impensable. Es una hipótesis que no cabe en una mentalidad basada en el “contexto de guerra”. Ante el intento de influir o de mover de alguna manera el Poder Moral, el oficialismo reacciona demostrando su control, en una jugada de contra ofensiva: inhabilita a Henrique Capriles. Toda la historia de estos años puede también contarse desde este permanente vaivén. Es un proyecto invasivo. Para ellos, la idea de alternancia aquí no tiene ningún sentido.

La otra estrategia consiste en la negación. Es también de uso frecuente. Cuenta, además, con el apoyo, de eso que –con exceso de decencia– llamamos “hegemonía comunicacional”. Se trata de las diversas maneras de decir “aquí no está pasando nada”, mientras en la calle hay miles de venezolano alzando su voz, su indignación, y siendo reprimidos. Desde la censura directa hasta la discreta auto censura, pasando por la vulgar propaganda del sistema de medios públicos, la lengua del poder pretende tapar cualquier otra imagen, cualquier otro sonido. El día de ayer, por ejemplo, hubo bailoterapia en la avenida Bolívar. Y los medios públicos se concentraron en los participantes de esa actividad, como si no estuviera ocurriendo nada más en la ciudad, en el resto del país. No te confundas. No te dejes confundir. La realidad no existe. La vida es un baile.

Dice el Ministro Reverol que podemos confiar en él y en sus soldados. Todavía tienen mucho gas rojo. El año pasado se incrementó 156% el presupuesto de la Defensa. Dice el General Reverol que hay un golpe en contra de la paz. Tiene razón. La violencia en Venezuela no es un imprevisto: es una decisión del gobierno. Es el camino que ha elegido el chavismo para imponerse, para sobrevivir. La bailoterapia es lo que intenta hacer Nicolás Maduro. Las bombas y los gases son para el pueblo.

Todo golpe tiene una historia. De Alberto Barrera Tyszka

Simpatizantes de la oposición participaron en una protesta en Caracas, el 8 de abril de 2017 Credit Christian. Foto: Veron/Reuters

Alberto Barrera Tyszka es un escritor, guinista y columnista venezolano

Alberto Barrera Tyszka, 8 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

Los líderes del chavismo han declarado que jamás abandonarán el poder. Ni ahora, ni mañana, ni nunca. ¿Cómo pueden lograrlo si cada vez tienen menos popularidad? Dando un golpe de Estado desde el interior del Estado. Controlando la legalidad para usarla en contra de sus adversarios. Eso es lo que viene ocurriendo desde hace tiempo en Venezuela.

Las elecciones que debieron realizarse el año pasado están suspendidas, ni siquiera tienen fecha. Todos los poderes públicos han sido tomados por el partido de gobierno. Los altos mandos de las Fuerzas Armadas se han declarado, también, militantes del oficialismo. La inhabilitación política a Henrique Capriles Radonski, dictada ayer, es una última muestra de la desesperación de un gobierno que se ha quedado sin pueblo. En Venezuela hay una élite política que, antes que perder sus privilegios, está dispuesta a prohibir la democracia.

Hay una historia que es importante recordar. Ocurrió el 23 de diciembre del año 2015. Unos días antes, el chavismo había sufrido su primera derrota histórica en unas elecciones y la oposición había obtenido un contundente triunfo en los comicios parlamentarios. La nueva Asamblea Nacional, que debía empezar a sesionar el 5 de enero del año siguiente, tendría mayoría opositora. Pero faltaban dos semanas para esa fecha. Y el chavismo todavía dominaba el parlamento.

Un día antes de navidad, en una sesión fuera del calendario de sesiones parlamentarias, la mayoría del oficialismo designó 13 nuevos miembros y 21 nuevos suplentes para el Tribunal Supremo de Justicia de la nación. De esto no habla la canciller Delcy Rodríguez cuando vocifera en la OEA denunciando satánicas conspiraciones.

El líder opositor y excandidato presidencial, Henrique Capriles Radonski ofreció una rueda de prensa en Caracas, el 7 de abril de 2017. Ese día, las autoridades venezolanas inhabilitaron a Capriles para ejercer cargos públicos durante 15 años. Credit Federico Parra/Agence France-Presse — Getty Images

Fue entonces cuando, en un acto lleno de irregularidades, donde incluso uno de los candidatos a juez también era diputado y —por tanto— votó por sí mismo, los chavistas dieron un golpe y empezaron a construir la crisis institucional que hoy vive el país. Fue una maniobra que terminó de consolidar su control absoluto sobre la justicia en Venezuela.

La gran mayoría de los miembros designados ese día no cumplen con los requisitos que establece la ley para formar parte del máximo tribunal. Pero todos cumplen con una exigencia fundamental: son devotamente leales al partido de gobierno. Esa fue la verdadera reacción tras el resultado electoral. Ante la simple posibilidad de la alternancia, el chavismo respondió manipulando la legalidad para desconocer el voto popular. Decidieron enfrentar la democracia con violencia institucional.

Sin separación de poderes y sin elecciones, la democracia en Venezuela es un espejismo muy frágil. El gobierno pretende ampararse en la constitución para violar la constitución. Detrás de su discurso de izquierda, invocando una supuesta “revolución”, actúa cada vez más como las antiguas dictaduras de derecha del continente.

Desde el inicio, la nueva Asamblea Nacional, con mayoría opositora, estuvo herida. Antes aun de ejercer el poder había sido despojada de su verdadero poder. Las estadísticas no pueden ser más evidentes: desde enero de 2016, el Tribunal Supremo de Justicia ha emitido más de 50 sentencias en contra del parlamento, cancelando o rechazando cualquiera de sus acuerdos o promulgaciones.

En el pasado mes de septiembre, el tribunal sentenció que todas las decisiones y acciones que se tomen o se produzcan en el parlamento son nulas. Esta pugna ha llevado, incluso, a que en estos momentos los diputados de la Asamblea Nacional tengan meses sin cobrar sus sueldos. Esto tampoco lo menciona Delcy Rodríguez cuando habla en la OEA.

La canciller venezolana denuncia un “linchamiento mediático diplomático” y asegura que todo el conflicto se debe los intentos del parlamento por “derrocar al gobierno”. Probablemente, al inicio, la oposición no haya actuado con inteligencia política. Su dirigencia creyó que con dominar el parlamento podría forzar la salida de Nicolás Maduro de la Presidencia de la República mediante el referendo revocatorio.

El presidente Nicolás Maduro sostuvo un crucifijo entre sus manos mientras hablaba en una reunión en Caracas, el 6 de abril de 2017 Credit Reuters

Pero un error político no es un delito. Los diputados opositores tan solo se propusieron activar un mecanismo que está en la constitución. Antes que eso, posiblemente, debieron desactivar el secuestro que mantiene el chavismo sobre las instituciones. En ese momento, debieron plantearse —desde diferentes espacios de lucha— comenzar a recuperar la independencia de los poderes públicos en el país.

A través del Tribunal Supremo de Justicia, el gobierno de Nicolás Maduro ha conseguido que el efecto del éxito electoral de la oposición se evapore, que la mayoría no sea la mayoría, que la democracia sea tan solo una gimnasia retórica. Con el control institucional, el oficialismo mantiene la apariencia de legitimidad mientras actúa como una dictadura. Promueve el diálogo mientras suspende las elecciones. Acepta la mediación del Vaticano para aumentar la represión y el número de presos políticos.

Es, al mismo tiempo, el policía malo y el policía bueno. Invita a la oposición al diálogo, al camino de la democracia, y después asegura que la oposición jamás volverá al poder: “ni por las buenas ni por las malas”. Así ha logrado conseguir que la bipolaridad política tenga una aparente coherencia discursiva.

Pero esto tampoco lo cuenta Delcy Rodríguez en la OEA. A la canciller le parece bien que el Tribunal Supremo de Justicia haya suspendido al parlamento. Piensa que se trata de un ejercicio correctivo ante una nueva conspiración. Aunque celebra las protestas contra Macri en Buenos Aires, cree que las protestas populares que se realizan en Caracas carecen de legitimidad, que solo buscan derrocar al gobierno y que deben ser reprimidas.

Delcy Rodríguez dice en la OEA que Venezuela tiene los mecanismos para resolver las “discrepancias” entre los poderes. Habla como si un golpe institucional fuera un impasse, un simple malentendido.

Manifestantes opositores se enfrentaron con la policía durante una protesta contra el gobierno de Nicolás Maduro sucedida en Caracas, el 6 de abril de 2017. Credit Juan Barreto/Agence France-Presse — Getty Images

Después de las elecciones parlamentarias de 2015, el gobierno de Maduro realizó un enorme fraude poselectoral. Lo que perdió en las urnas lo recuperó con oscuras maniobras, controlando los poderes públicos. El oficialismo ha convertido la democracia en una gran estafa. Ha transformado a las instituciones en bandas de sicarios judiciales, destinadas a liquidar a sus adversarios políticos.

Por eso los venezolanos están en las calles. Reclamando que se les devuelva el poder de sus votos. Exigiendo que se cumpla la constitución. Mientras no se logre desactivar el control oficial sobre las instituciones; mientras no exista un poder electoral distinto, capaz de cumplir con el calendario establecido aunque no le convenga al gobierno; mientras no haya un nuevo Tribunal Supremo de Justicia independiente, no habrá posibilidad de diálogo y de futuro.

Seguirá sin haber democracia en Venezuela.

El golpe permanente. De Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka, 2 abril 2017 / PRODAVINCI

Sorprende un poco que a algunos les sorprenda tanto. Tal vez se debe a que la palabra golpe, sobre todo en el contexto de la política, parece acompañarse de un cierto sentido de sobresalto, de movimiento violento e inesperado. Un golpe de Estado suele ser un imprevisto. Quizás. Pero no en Venezuela. Aquí es al revés. Esto es un golpe cantado con mucha antelación. Aquí vivimos, desde hace años, en un permanente golpe de Estado.

El principio siempre es el verbo. ¿Qué se puede esperar de un partido que llega al gobierno y jura que sus adversarios jamás volverán a ejercer el poder? Desde hace mucho, la idea del golpe se instaló en el lenguaje. Ese fue el primer desacato. Insistir, día tras días, de manera pública y oficial, en que la alternancia política es un delito, un pecado, una catástrofe, una traición a la historia. Llevan demasiado tiempo torciendo las palabras, intentando lograr que un golpe de Estado nos parezca algo natural. Lo que ocurrió esta semana, en el fondo, forma parte del horizonte previsible que todos los venezolanos conocemos. El oficialismo lleva años preparándose, minuciosamente, para gobernar sin pueblo.

Exceptuando a Rodríguez Zapatero (que actúa y opina como si fuera un empleado menor del Ministerio de Turismo de Venezuela), las reacciones internacionales han mostrado un rechazo contundente ante la actuación del TSJ. Sin embargo, lo que para la mayoría de los países del planeta resulta indignante e inaceptable, para el gobierno ha terminado siendo tan solo un leve malentendido. Creen que pueden funcionar afuera con la misma facilidad que dicen y se desdicen dentro del país. Se han acostumbrado a mentir de tal manera que ya han perdido cualquier noción de los parámetros. La política les parece un teatro donde todo es posible, donde ya no hace falta ningún sentido de verosimilitud. El público lo aguanta todo.

La obra de hoy, por ejemplo, es así: Maduro aparece vociferando, desde una tarima, repartiendo insultos y decretando que “ni por las malas ni por las buenas” la oposición volverá a ser gobierno. Dos minutos después, en medio de un consejo de Ministros, vestido de rojo, Maduro celebra la “sentencia histórica” del TSJ, que le permitirá a él –modestamente– defender la independencia institucional del país. Luego de dos minutos, con un pequeño cambio de vestuario, de liqui liqui a camisa de campaña, aparece de nuevo Maduro, sentadito en un estudio, calmado y estadista, pronunciando suavemente palabras como “controversia”, “discrepancia”, “impasse”… Se trata de un ejercicio ilimitado de representaciones. Maduro es Rambo con un fusil al hombro, Maduro es Candy Candy en una escuela primaria, Maduro es profesor de salsa casino en la televisión, Maduro se disfraza de billete de 100 para pasar desapercibido, Maduro nuevamente promete que muy pronto seremos una gran potencia. Es una gimnasia que practican todos. Todo el tiempo. Tarek William Saab, por ejemplo, puede también ser Defensor del Pueblo, poeta o militante pro gobierno según las ocasiones. El oficialismo vive en un constante juego de roles. Han convertido la identidad en un disfraz.

Pero detrás de toda esta alharaca, el proyecto continúa. De manera persistente y obcecada. Las palabras tratan de suavizar la realidad pero no lo logran. El impase es entre un gobierno que se cree eterno y un pueblo que quiere un cambio. La controversia es entre una cúpula que controla al poder electoral, postergando unos comicios que se han debido realizar el año pasado, y un país que está exigiendo que haya elecciones. La discrepancia es entre un gobierno cómplice que oculta información, actúa sin transparencia, sin controles, y los ciudadanos que quieren auditar al poder, que desean saber –por lo menos– quienes se robaron los miles de millones de dólares que faltan en el tesoro público. El impase es entre la mayoría de los votantes del 6 de diciembre del 2015 y la antigua Asamblea que –a última hora– le dio un golpe al TSJ para quitarle poder al resultado electoral. Y así podríamos seguir todos, enumerando puntualmente cada problema, cada tragedia. Desde el arco minero hasta la represión, desde la inseguridad hasta la escasez de medicamentos. En verdad, no son impases, no son controversias, no son discrepancias. Es un abismo. Es el vacío.

Es un error pensar que el golpe de Estado es un suceso, un hecho que ocurre de pronto y de una sola vez. Aquí se ha convertido en la rutina del poder. Avanza o retrocede, pero nunca cesa. Es un ejercicio lento y constante. Es el “Proceso”. El golpe de Estado no es otra cosa que la Revolución.

Memoria del ñame. De Alberto Barrera Tyszka

Fotografía de Andrés Kerese para el especial “El hambre y los días”

Alberto Barrera Tyszka, 12 marzo 2017 / PRODAVINCI

Escuché en la radio una propaganda oficial promocionando el ñame. La muchacha tenía una voz agradable y hablaba con un entusiasmo casi musical. Como si nos estuviera invitando a una fiesta: vamos todos pa’ la rumba. No te la puedes perder. Vamos a pasarla bomba. Va a haber yuca, ocumo y mapuey.

De inmediato, la memoria —siempre flexible y errática— me dejó en alguna noche de mi infancia. A veces, a la hora de la cena, mi madre ponía sobre la mesa ñame y queso. Eso era lo que tocaba. Uno o dos pedazos del tubérculo hervido y una rodaja de queso blanco salado. A mi me encantaba. Y, desde entonces, se me activa el recuerdo debajo de la lengua cuando pienso en esa combinación. El ñame con queso forma parte de los sabores de mi nostalgia. Pero no es un ideal gastronómico. Si mi madre hubiera podido, de seguro nos habría servido un bisteck con arroz o un rueda de carite sierra con ensalada. Hacer de la pobreza una utopía me parece indignante.

El gobierno se empeña en no reconocer el hambre. La ve pero no la acepta. Prefiere el espejismo que la realidad porque la realidad delata su ineficacia, su negligencia, su corrupción. Por eso, entonces, el oficialismo se dedica infamemente a convertir la miseria en una virtud. Desde el año pasado, lanzaron la campaña “Agarra dato, come sano, come venezolano”. El proyecto promueve el consumo de verduras y de vegetales producidos en el país, para tratar de paliar la imposibilidad de la mayoría de la población para acceder a productos como la carne, el pollo, el pescado, el arroz, las pastas, la harina… Pero el tiempo ha demostrado que tampoco la ahuyama, la batata, la yuca o el ñame son tan baratos. Un presupuesto familiar tampoco puede acceder fácilmente a los —ahora— tan bolivarianos tubérculos. Tal vez por eso mismo la muchacha de la radio también hablaba de sembrar y de cultivar en cada casa sus propias cosechas. Todo sabemos que eso es imposible. El futuro de la revolución está en la calle: el hombre nuevo debe comer basura.

Quizás llegue el día en que, en una cadena nacional, el Presidente diga que comer perrarina no es tan malo. Que se ha descubierto que las conchas del cambur son muy saludables. Que el cartón mojado con un poco de sal es alimenticio y le hace bien al corazón. Y saldrán, nuevamente, Delcy Rodríguez y Jorge Valero a repetir por el planeta que en Venezuela no hay hambre, que somos felices y no tenemos ninguna necesidad, que aquí —literalmente— comemos de todo.

La noticia de un bebé de 3 meses, fallecido esta semana en Ocumare del Tuy a causa de desnutrición, debería haber paralizado al país. Pero solo es un caso más, otra noticia repetida. Nada demasiado nuevo. Nada demasiado sorprendente. Es aterrador constatar que la tragedia se nos ha convertido en una rutina. Al negarla, el gobierno banaliza la realidad. Le quita peso, valor, dignidad. La despoja de su posibilidad de escándalo. El oficialismo ahora vive para ocultar el sufrimiento del pueblo.

“No hagas colas innecesarias”, dijo la muchacha de la propaganda en la radio. Esa es la voz del poder. No solo desconoce tu realidad, tu angustia; encima descalifica tu desesperación, tus intentos por enfrentar esa realidad, por salir de esa angustia. Para el gobierno, las colas son un caprichito, una mala crianza de aquellos necios que todavía no han entendido que ser pobre es bueno, que no hay nada como el ñame, que tener hambre nos hace mejores venezolanos.

Esta semana, sin embargo, hubo una manifestación diferente. Es un hecho que puede ser muy subversivo dentro del panorama simbólico del país. Fue una protesta por comida, según señala la noticia. Pero fue, además, frente a la casa de un gobernador. La gente trató de acercarse a la fachada donde reside el General retirado García Carneiro y comenzó a reclamar. El destino del hambre no tiene control. La gente sabe dónde viven los poderosos. El gobierno podrá negar la realidad, hasta que la realidad toque las puertas de sus casas. ¿Qué hay en la despensa del Gobernador? ¿Qué comen los ministros? ¿Qué hay en la nevera de Miraflores? ¿Una bolsita clap?

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El Caracazo: 28 años después. De Alberto Barrera Tyszka

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Vladimir Padrino López, ministro de Defensa de Venezuela y Comandante Estratégico Operacional de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana

Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 5 marzo 2017 / PRODAVINCI

Mi hija Paula tenía 3 años. Volteó a verme con un qué pasa en la mirada. Vivíamos a unas cuadras del Puente de Baloa y de la redoma de Petare. Durante todos esos días, nunca dejamos de escuchar disparos. Decían que era peligroso asomarse a las ventanas. Pero desde la azotea vimos imágenes espantosas. Vimos a militares armados, disparando, avanzando por la calle; vimos a gente tendida en el suelo, detenida, herida, tal vez muerta. Todo era confuso y aterrador. Aparecía ante nosotros un país que no habíamos visto, al menos así de cerca, en esas dimensiones. El país de la violencia.

prodavinciYo estaba empleado en El Diario de Caracas. Trabajaba en el archivo, ordenando o buscando textos escritos, imágenes, materiales hemerográficos. Mi otra  tarea consistía en llegar muy temprano cada mañana a leer todos los periódicos importantes del país y, luego, redactar un informe para la dirección, detallando cómo había salido El Diario con respecto a los otros medios impresos: qué noticias faltaban o no, qué información o qué sesgo diferente había ganado o perdido el rotativo en la edición de ese día.  Ese trabajo me permitió conseguir un permiso para transitar libremente por la ciudad mientras duró el toque de queda.  Nunca había sentido que Caracas fuera tan frágil.

Después del 27 de febrero de 1989, la ciudad ya no pudo ser la misma. Ya todos sabíamos de lo que éramos capaces. Una nueva posibilidad se coló en todas las hipótesis de los caraqueños. Se inauguró la posibilidad del saqueo masivo, del descontrol y —también— la posibilidad de la violencia del Estado, una agresión más ordenada y también más feroz. Nos estrenamos en la transgresión colectiva y en la represión impune. Caracas era otra. El miedo renovó su significado. Tal vez comenzamos a entender, de otra manera, que los otros pueden ser una amenaza.

Días después asistí a varias reuniones y asambleas con miembros de organizaciones populares. El debate estaba caliente ¿Realmente podía evaluarse todo lo ocurrido como una expresión política, orgánica, con alguna dirección? ¿O se trataba solo de un estallido, de la manifestación de un descontento ante las medidas de ajustes que –contra todas sus promesas electorales- acababa de tomar el recién iniciado gobierno de Carlos Andrés Pérez? ¿Qué significado político podían tener los saqueos?  También, por supuesto,  se sumaba al debate la actuación de los militares y de los cuerpos policiales, la cantidad de muertos, de desaparecidos, las violaciones a los derechos humanos que —todavía hoy— siguen sin aclararse.

Hace pocos días, en el contexto del nuevo aniversario del Caracazo, el General Vladimir Padrino López  señaló que “aquel fatídico día, el gobierno de turno hizo uso desmedido de la fuerza pública para orquestar una represión que generó caos, anarquía y consecuentemente la masacre de conciudadanos desarmados, lo cual fue y seguirá siendo objeto de repudio y rechazo”.   El Ministro de la Defensa tiene el mismo problema que la mayoría de los altos funcionarios del gobierno: habla en un idioma que los venezolanos no comprendemos.  La élite oficialista vive en otra dimensión, en una zona donde todo es distinto, donde nada se parece a nuestra realidad. Hablan desde un tiempo donde ya todo ha cambiado. Se mudaron a la utopía y nos dejaron aquí, con el país.

Las palabras de Padrino López, puestas en ese mismo orden, una tras otra, con la misma cadencia y el mismo sentido, podrían acompañar perfectamente las imágenes de los soldados disparando, golpeando, deteniendo a personas….durante las muchas manifestaciones populares que han expresado su descontento ante gobierno de Nicolás Maduro. Los ejemplos sobran. Debe haber un subgénero en youtube dedicado a la represión bolivariana.  Las comillas del Ministro de la Defensa podrían ilustrar perfectamente el video de la salvaje golpiza que la guardia nacional le dio a Marvinia Jiménez. Solo es un ejemplo.

Mi hija va a cumplir 31 años y, a veces, todavía tiene la misma pregunta en los ojos ¿Qué pasa? El país ha cambiado tanto y, a la vez, no ha cambiado nada. Los discursos varían, la violencia persiste. Siempre estamos peor. Padrino López asegura que la FANB “reza” para que no se repita otro Caracazo. Él personalmente podría hacer mucho más. En enero del 2015, el Ministerio de la Defensa dictó la resolución 8610 que, contraviniendo lo que establece la Constitución, permite a los militares usar armas de fuego en contra de las manifestaciones civiles.  Es decir que, 28 años después, el Estado ha otorgado un permiso para que la Fuerza Armada actúe, legalmente, como lo hizo en el caracazo. Padrino López podría derogar esa resolución. Solo es otro ejemplo.

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