Alberto Barrera Tyszka

La realidad no cabe en la palabra fifí. De Alberto Barrera Tyszka

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México, habla durante su conferencia matutina desde Zapopan, en el estado mexicano de Jalisco, el 5 de abril de 2019. Credit Ulises Ruiz/Agence France-Presse — Getty Images
ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

7 abril 2019 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO — “Yo no inventé lo de fifí”, dijo Andrés Manuel López Obrador en su matutina rueda de prensa del 26 de marzo. Se trata del término que utiliza con frecuencia para descalificar a quienes lo adversan o critican. Es apenas una palabra, con ritmo musical, que rápidamente se ha convertido en la expresión de la pugna creciente que parece vivir el país. “Eso no tiene nada que ver con la polarización”, advirtió también el presidente mexicano. Por el contrario, precisamente es en el lenguaje donde se expresa mejor este complejo proceso.

¿Qué es la prensa fifí? Así explica AMLO de dónde viene ese término

La polarización política solo produce mediocridad. Reduce la realidad a oposiciones vehementes, expulsa la racionalidad de cualquier polémica y refuerza el personalismo carismático del líder. ¿Es posible desactivar esta dinámica? ¿Qué pueden hacer los medios y los ciudadanos en las redes sociales para controlar a un presidente sin controles? Las respuestas a estas preguntas forman parte de uno de los desafíos actuales de la democracia mexicana.

Más que un enfrentamiento, la polarización es un vínculo que afectiviza la política. Las ideas y los puntos de vista pierden importancia a medida que la emoción va escalando niveles. Se ridiculiza cualquier controversia con dos sílabas burlonas; se rechaza cualquier propuesta aun antes de escucharla. Y, mientras tanto, la vida pública corre el riesgo de convertirse en un melodrama: solo interesa lo que sientes, con quién o contra quién estás. La controversia se transforma en un asunto de fidelidades.

Este es un raro hechizo que se amplifica al trasladar el debate público a las redes sociales, produciendo una particular radicalización 2.0 que la mayoría de las veces solo alimenta y potencia lo peor de cada polo. Sin esta dimensión mediática, la polarización es incomprensible. Ahí se desarrolla y se define. Se nutre de la velocidad y de la simpleza que rigen el flujo de las comunicaciones hoy en día.

Desde este contexto, se podría dar también otra lectura de “las mañaneras”. Lo realmente esencial de los encuentros de AMLO con la prensa no es el intercambio de información, sino cómo se van construyendo una nueva imagen y un nuevo sentido del poder en la sociedad mexicana. La verdadera noticia que se reafirma cada mañana es que la vida de la nación gira y depende, desde muy temprano, de un eje personal, de una única voz que —cotidianamente— puede resolver todas las dudas, ordenar las preguntas y establecer cualquier ruta de solución. Lo que en apariencia es un ejercicio de pluralidad democrática es en realidad un espectáculo ególatra, la refundación del caudillismo en los tiempos de Twitter y de Facebook.

Frente a esta nueva ceremonia diaria surge una nueva radicalidad mediática que solo parece definirse por su capacidad de reacción instantánea ante el líder. Si AMLO dice pío, las redes sociales arden. Si no dice nada, las redes sociales arden porque AMLO no dijo ni pío.

La misma mecánica mediática de estos tiempos, tan entregada al scandalum interruptus, al consumo permanente de estruendos fugaces, se presta de forma perfecta para confundir un tuit con un argumento, para creer que el fanatismo desbordado puede ser una épica ciudadana. Este vínculo es un elemento fundamental de toda la dinámica polarizadora. Tiene además un componente adictivo que desecha cualquier complejidad, priorizando la tensión emocional con el oponente. Crea una ilusión de heroísmo. Es el complemento perfecto para el juego narcisista del poder.

Aunque diga que no quiere polarizar al usar el término, AMLO propone definir cualquier disidencia como fifí. Señala que el vocablo comenzó a usarse a principios del siglo XX “para caracterizar a quienes se opusieron al presidente Madero”. En 1913, Francisco I. Madero y José Pino Suárez, presidente y vicepresidente de México, fueron asesinados en un golpe de Estado. Unos días antes, Gustavo A. Madero, hermano del presidente, corrió con la misma suerte. “Los fifís fueron los que hicieron una celebración en las calles cuando asesinaron atrozmente a Gustavo Madero”, sentencia AMLO. “Cuando los militares lo sacrificaron, que es una de las cosas más horrendas y vergonzosas que han pasado en la historia de nuestro país, salieron los fifís a las calles a celebrarlo y había toda una prensa que apoyaba esas posturas”. En rigor, el presidente apela a la historia para promover una operación retórica que, de manera natural, despoja de legitimidad a cualquiera que intente cuestionar alguna de sus opiniones o decisiones. Ser un fifí implica tener un expediente lleno de sangre, una traición a la patria como pecado original.

Parece un chiste, una graciosa reiteración sonora, pero es un eficaz procedimiento de descalificación y de exclusión. Sin embargo, de nada sirve engancharse contra él de manera puntual y obsesiva. Es lo que él secretamente desea y necesita. Lo refuerza como eje permanente de todo lo que ocurre, mientras sostiene la versión de que —aún desde la jefatura del Estado— sigue siendo una víctima de las mafias del poder.

Hay que evitar la centrífuga egocéntrica de la polarización y recuperar los otros espacios de fuerza y de presión que existen en la sociedad. Es imprescindible pronunciar y defender la complejidad; dar la batalla entre la diversidad y quien pretenda reducir el país a cuatro letras. La realidad de México no cabe en la palabra fifí.

¿Es posible saber lo que pasa realmente en Venezuela? De Alberto Barrera Tyszka

Una mujer ondea la bandera de Venezuela desde una ventana en Caracas, el 12 de marzo de 2019. Credit Ronaldo Schemidt/Agence France-Presse — Getty Images
ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

17 marzo 2019 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO — Ocurre con frecuencia: más de una vez me he encontrado en el trance de estar frente a un desconocido que, al saber que soy venezolano, me pregunta: “¿Es cierto todo lo que está pasando allá?”. La duda siempre me sorprende. Uno de los obstáculos fundamentales para poder analizar lo que sucede en Venezuela es la verdad. Siempre hay más de una, queriendo imponerse como única, inapelable, cargada de la más honesta emoción. Estuve en Caracas el fin de año y durante casi todo el mes de enero. Dentro del país no hay mucho lugar para las dudas. La verdad es una experiencia física. La miseria y el hambre no tienen matices. La confusión comienza cuando esa verdad se transforma en noticia.

El pasado 23 de febrero, en la mitad de uno de los puentes que cruza la frontera entre Colombia y Venezuela, un camión cargado de ayuda humanitaria ardió en llamas. Esta imagen, en sí misma, ya era una información inflamable. Se trataba de uno de los vehículos que la oposición trataba de ingresar al país. Rápidamente, las redes sociales también se incendiaron. Era muy difícil no contagiarse. De lado y lado cruzaron acusaciones. Anatoly Kurmanaev, corresponsal de The New York Times con mucha experiencia en Venezuela, señaló muy temprano la complejidad del caso: destacó las dos versiones que se manejaban y alertó sobre la necesidad de “hacer más esfuerzo para averiguar qué pasó exactamente con los camiones, dado el significado que las imágenes de la ayuda en llamas adquirirán en los próximos días”.

Tras días de indagación y cotejo de las diferentes informaciones, el Times publicó un serio trabajo donde demuestra que el origen del incendio no estuvo en las fuerzas de choque de Maduro, sino en los manifestantes que estaban en el lado de la oposición. Las redes sociales volvieron a echar humo. En rigor, el reportaje ponía en entredicho las dos verdades oficializadas de lo ocurrido, la del madurismo y la de la oposición, y ofrecía una tercera alternativa, aferrada a los hechos, que señalaba que el incendio se había producido debido al desprendimiento accidental de una mecha de las bombas molotov que los manifestantes de la oposición lanzaban hacia las barricadas del régimen de Maduro. La realidad fue tan simple como incómoda. Pero en contextos tan erizados emocionalmente hay que saber y poder discernir entre la verdad de la vehemencia y la verdad de la investigación periodística.

Pero eso a veces no resulta tan fácil. Hace unos días, el periodista estadounidense Max Blumenthal filmó para The Grayzone un video de sí mismo paseando por un supermercado de Caracas, para mostrar los estantes llenos de variados productos. Blumenthal hizo incluso malabarismos con varias frutas, como queriéndose burlar un poco de quienes denuncian escasez en el país y aseguró que el verdadero problema era la hiperinflación causada por la elite capitalista de Venezuela. En esos mismos días, el periodista argentino Joaquín Sánchez Mariño también colgó en la red otro video, en el que mostraba otro hipermercado en la misma ciudad, donde los anaqueles estaban llenos… pero de un único producto. El desabastecimiento en el local era contundente. ¿Alguno estaba mintiendo u ofreciendo una visión distorsionada, demasiado recortada, de una realidad más amplia? ¿En cuál de los dos se podía confiar?

A la izquierda, Juan Guaidó, el 12 de marzo en Caracas; a la derecha, Nicolás Maduro el 11 de marzo en Caracas Credit Carlos Jasso/Reuters; Reuters

Mientras la oposición realizaba una campaña de denuncia, de petición de apoyo y de recolección de fondos, para enfrentar una enorme crisis humanitaria en el país, el gobierno de Nicolás Maduro enviaba un barco con 100 toneladas de ayuda humanitaria a Cuba como apoyo a las víctimas de un tornado que provocó destrozos en varios barrios de La Habana a fines de enero. ¿Cómo pueden convivir dos versiones tan opuestas de la realidad en un mismo mapa y en un mismo tiempo? ¿A quién se le debe creer?

La crisis que viene escalando desde comienzos de este año ha puesto de relieve el problema de opacidad que envuelve a la sociedad venezolana. Con frecuencia, lo que aparece en las noticias es y no es Venezuela. Por ejemplo, desde 2018 están activados en el país dos de los fondos humanitarios más importantes del planeta: el Fondo de Gestión de Emergencias (CERF, por su sigla en inglés) de la Organización de Naciones Unidas (ONU) y los de la Comisión Europea (ECHO). Ambos fondos han trabajado con varias organizaciones de la sociedad civil y son un apoyo en medio de la crisis, aunque, obviamente, son insuficientes. Este es, sin embargo, un dato que se conoce poco.

La oposición evita mencionarlo porque su discurso está centrado en atacar la negativa oficial a permitir la ayuda internacional en el país. Y el gobierno no lo reconoce públicamente porque no está dispuesto a aceptar que existe una crisis, porque no desea admitir su fracaso. Todo es y no es cierto completamente. Todo siempre puede ser o pudo haber sido. Mientras, la realidad se vuelve cada vez más urgente. Las proyecciones de la ONU sostienen que este año la migración venezolana alcanzará los 5,3 millones de personas.

Con el apagón que en estos días dejó a oscuras por más de cien horas al país ocurre lo mismo. Para el mundo exterior puede ser atractiva la verdad que remite a una conspiración imperialista. Pero no es la primera vez que Nicolás Maduro denuncia un sabotaje en el sector energético. En septiembre de 2013, tras un apagón en varias regiones del país, aseguró que la “derecha” pretendía dar un “golpe eléctrico”. En 2015, el propio Maduro creó el Estado Mayor Eléctrico, una instancia para manejar de manera directa y prioritaria el problema de la electricidad en el país. En 2016, una rigurosa investigación de la periodista Fabiola Zerpa ya anunciaba un posible colapso del suministro de energía en Venezuela. Nada de esto, sin embargo, está en la verdad que distribuye el oficialismo por el mundo. Maduro denuncia un “golpe electromagnético” pero no ofrece ninguna prueba. Como si el solo relato de la conspiración pudiera, en sí mismo, ser la evidencia de la conspiración. No hay más nada que investigar. La historia es un videojuego.

A la izquierda, un supermercado saqueado el 14 de marzo en Maracaibo; a la derecha, un local de frutas el mismo día en Caracas Credit Meridith Kohut para The New York Times; Iván Alvarado/Reuters

El chavismo insiste en decir que existe un “cerco mediático”, denuncia la creación de un “país paralelo” e invita a todo el mundo a conocer “la Venezuela de verdad”. En lo que casi parece una invitación a la psicosis colectiva, Maduro en medio de la crisis ha prometido que invertirá 1000 millones de euros en obras de ornato, en la “Misión Venezuela Bella”. Todo se trata de lo mismo: un ejercicio del poder cuya principal tarea es sembrar dudas sobre lo que es o no es real. Es una maniobra perversa, deliberada, para promover lo que en psicoanálisis se conoce como un mecanismo psíquico de “ataque a la percepción” de la realidad.

Mi vecino en Ciudad de México, al saber que estuve en Venezuela recientemente, me pregunta con genuina intriga: “Y todo eso que sale por la tele, ¿es cierto?”.

Creo que es necesario contrastar cualquier noticia, dudar de aquello que fácilmente refuerza nuestros sesgos personales. Existen medios independientes como Efecto Cocuyo, Armando.info, Runrunes, El Pitazo, Crónica Uno, Tal Cual, Correo del Caroní, entre otros, que están comprometidos con el periodismo de calidad y que son una referencia imprescindible a la hora de informarse. Pero también es necesario hacer una gran campaña contra la institucionalización del engaño. La posverdad debería ser considerada un crimen. Es otra cruda forma de violencia. El ruido delirante de un poder que solo busca confundir, que solo pretende borrar a sus víctimas.

La voz de Dios en estas tierras. De Alberto Barrera Tyszka

El papa Francisco pronunció su tradicional mensaje navideño en la Plaza de San Pedro, el 25 de diciembre de 2018. Foto Credit: Oficina de prensa del Vaticano/ EPA vía Shutterstock

30 diciembre 2018 / THE NEW YORK TIMES/esp.

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

CIUDAD DE MÉXICO — En su mensaje navideño de este año, el papa Francisco mencionó dos casos particularmente trágicos de nuestro continente: Nicaragua y Venezuela. Se refirió a ellos con sorprendente serenidad, evitando mojarse en la violencia que sacude a ambos países. Empuñó una retórica tan predecible como anodina, invocando un saludo que igual habría podido aparecer impreso en cualquier tarjeta navideña comercial: unión, paz, blablablá.

Desde la Plaza de San Pedro, el pontífice deseó “que este tiempo de bendición le permita a Venezuela encontrar de nuevo la concordia y que todos los miembros de la sociedad trabajen fraternalmente por el desarrollo del país, ayudando a los sectores más débiles de la población”. Al referirse al país centroamericano, decidió usar la imagen del pesebre y anheló que “delante del Niño Jesús, los habitantes de la querida Nicaragua se redescubran hermanos, para que no prevalezcan las divisiones y las discordias, sino que todos se esfuercen por favorecer la reconciliación y por construir juntos el futuro del país”.

Las reacciones no tardaron en aparecer. Las redes sociales se incendiaron rápidamente. No es fácil ser papa en tiempos de Twitter. Cuando Bergoglio dice “pío” replican millones de trinos en todos los cielos digitales del planeta. La revolución tecnológica y el flujo comunicacional también han democratizado la opinión pública y el debate religioso. ¿Qué intereses se esconden detrás de las palabras o del silencio del Vaticano frente a ciertos temas? ¿Por qué su mensaje es tan distinto al mensaje de los obispos perseguidos o acosados en Nicaragua o en Venezuela? ¿A quién deben escuchar los católicos? ¿En cual de estas dos Iglesias deben creer?

Hay quienes, desde un extremismo un tanto delirante, piensan que el papa Francisco es una ficha del comunismo internacional. Del otro lado, hay quienes lo justifican y apelan a su condición de jefe de Estado, a su rol diplomático en los conflictos internacionales. Ambos argumentos suponen que el rebaño es una masa devota y desinformada.

Bismark Martínez, quien murió meses después de ser herido durante una protesta en contra de Daniel Ortega en Nicaragua, fue enterrado en el cementerio de Masaya en septiembre de 2018. Credit Inti Ocón/Agence France-Presse — Getty Images

Analizado desde cualquier ángulo, el mensaje de Francisco habría podido funcionar de la misma forma y con puntual exactitud para referirse a cualquier otro país. A México, a Brasil, a Colombia, a Guatemala… Cualquier nación del continente cabe en los buenos deseos del Padre de la Iglesia. Y quizás ahí reside, justamente, una parte del problema. Porque Nicaragua y Venezuela padecen tragedias singulares, con gobiernos que han reprimido de manera abierta y salvaje a los ciudadanos que protestan y luchan por sus derechos. No se pueden generalizar los buenos deseos frente a países donde se asesina, se encarcela y se tortura a personas inocentes.

En ambos países, además, la jerarquía de la Iglesia católica se ha visto enfrentada, en algunos casos de manera directa y violenta con el gobierno y con los militares. El argumento de que ellos también son el Vaticano, de que ellos también son el papa, es tentador y atractivo, quizás funciona de cara a la institución pero es muy frágil de cara a las víctimas, a esa comunidad que supuestamente también es la Iglesia.

El mismo problema ha enfrentado Bergoglio con el tema de la pederastia. Cuando, este mes, un tribunal en Melbourne condena al cardenal George Pell por abuso sexual en contra de dos menores, de alguna manera establece también una línea de denuncia y de reclamo con el Vaticano y con el papa, quien aun a sabiendas de las acusaciones y del proceso judicial contra el cardenal australiano, lo nombró como miembro de su entorno cercano, en uno de los cargos más importantes de la curia romana. Está bien que el papa luego asegure que la Iglesia católica “nunca más encubrirá o subestimará” sus crímenes, sin embargo, el silencio anterior deja un vacío, una aterradora sensación de complicidad.

La noticia de un papa latinoamericano creó muchas expectativas. Cuando el humo blanco fue argentino, se produjo de manera instantánea una sensación de cambio. Era lo que necesitaba una institución asfixiada por su propio agotamiento, tanto en los argumentos como en las ceremonias; perseguida por las denuncias cada vez mayores y estridentes en contra de algunos de sus sacerdotes.

En abril de 2018, dos niñas venezolanas caminaban por las tiendas de un refugio temporal para migrantes en Boa Vista, Brasil. Credit Meridith Kohut para The New York Times

La llegada de Bergoglio al Vaticano casi parecía una perfecta operación de mercadotecnia. Proviene además del lugar del mundo donde el catolicismo tiene más audiencia pero también cada vez mayor competencia. El avance de las iglesias evangélicas en el continente es sin duda una amenaza para el Vaticano. Desde esta perspectiva, tratar de ignorar realidad, es un gran error. O un pecado, podría decir también un creyente.

Fue justamente Rosario Murillo una de las primeras en darle las gracias al papa Francisco por su mensaje navideño. Y el Vaticano se merece el espanto de ese agradecimiento. Porque eligió no ver y no decir. Porque, “delante del Niño Jesús”, el gobierno de Daniel Ortega detiene a periodistas y confisca medios de comunicación. Porque “los habitantes de la querida Nicaragua” huyen ahora de la represión oficial que ha dejado un saldo de 325 muertos y más de 400 detenidos y enjuiciados. Lo mismo pasa en el caso de Venezuela. Hablar de “concordia” o de “desarrollo” no solo es frívolo sino también cruel. Aunque el Vaticano decida no ver las noticias o no leer los informes de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), los refugiados siguen ahí. La fe no los desaparece.

El 5 de julio de este año, el papa Francisco escribió en su cuenta de Twitter: “¿Sabemos hacer silencio en el corazón para escuchar la voz de Dios?”. La promesa de cambio del catolicismo tal vez no tiene que venir desde arriba, desde la jerarquía. Puede surgir de las bases, del rebaño. Quizás es hora de que los católicos de América Latina emplacen a su pastor. Que le exijan que vea y que pronuncie lo que está pasando. Que se ponga del lado de las víctimas y no de los poderosos. Que le pidan que trate de escuchar la voz de Dios en estas tierras.

La democracia según López Obrador. De Alberto Barrera Tyszka

Alberto Barrera Tyszka, como venezolano, conoce de propia experiencia cómo comienzan las aventuras populistas. Y en qué terminan: en autocracias. Su biografa “Hugo Chávez sin uniforme” (2005) es el libro de referencia sobre este tema. Escritor, guionista y columnista, hoy vive y trabaja en México. Mucho de lo que dice, puede ser importante para nuestro país.

Andrés Manuel López Obrador, el presidente electo de México, en una gira por Guadalajara en septiembre de 2018 Credit Francisco Guasco/EPA-EFE vía Rex

18 noviembre 2018 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO — La polarización es un método eficaz para la consolidación de los caudillos modernos. Los medios de comunicación y las redes sociales se convierten en plataformas inflamables, en extraordinarios combustibles para alimentar a quienes veneran y a quienes odian al líder. Más allá de la pasión narcisista, un ejercicio de repolarización constante permite suprimir los debates y promover la idea de que solo hay un único núcleo, todopoderoso y omnipresente, en la sociedad. Pero, al igual que el carisma, el poder no reside solamente en una persona o en un espacio. El poder es un vínculo, una relación.

Aunque todavía no se ha juramentado, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ya ha demostrado que no le gustan algunas reglas del juego, que el sistema que le permitió llegar a la presidencia no es suficientemente bueno. En el transcurso de estos meses, ha comenzado a asomarse lo que podría ser un nuevo Estado, con distintas maneras de participación, con otros procedimientos y con otras ceremonias. En el centro de todo está AMLO, como un eje que polariza cada vez más al país. Su idea de democracia es otra cosa. Es un asunto personal.

Todo populismo es un encantamiento. Por eso mismo, se trata de una experiencia tan tentadora como peligrosa. Supone que el hechizo del carisma puede sustituir a las formas. A medida que se acerca el 1 de diciembre, México parece hundirse más en una marea de este tipo. Es un proceso que puede detallarse con claridad en algunas de las recientes polémicas que tienen como centro al próximo presidente.

En el caso de la consulta popular sobre el nuevo aeropuerto, ante las críticas de diversos sectores de la sociedad, ante la denuncia de la ausencia de un organismo independiente que funcione como árbitro de la elección, ante el cuestionamiento de la manera sesgada en que se organizó la votación, la respuesta de AMLO fue AMLO mismo. Frente a cualquier debate o invitación al discernimiento, el poder propone un argumento emotivo: la fe, la lealtad. “Nosotros no somos corruptos, nunca hemos hecho un fraude, tenemos autoridad moral”, dice López Obrador. Como si la sola presencia fuera una garantía insuperable. En el fondo, es una versión melodramática de la política: el corazón vale más que las instituciones.

Lo mismo podría señalarse con respecto al caso de los “superdelegados”, su plan para designar a coordinadores en cada estado y supervisar los programas de desarrollo. Visto desde una óptica no partidaria, se trata de la conformación de una suerte de Estado paralelo: la creación de un cuerpo de funcionarios que mantienen relación directa con el jefe de Estado y se encargarán de actividades de desarrollo en el mismo territorio que los gobernadores que fueron elegidos democráticamente. Todos estos nuevos delegados son miembros del partido político de AMLO, Morena, o forman parte de su entorno cercano. Pero AMLO dice que no, que no está creando dualidades ni poderes alternos. Y para demostrarlo acude a la devoción, ofrece un razonamiento inapelable: la humildad. Los superdelegados, dijo, van a trabajar “sin protagonismos, con humildad. ¿Qué es el poder? El poder es humildad”.

Es la misma lógica mágica que empuja la certeza de que la simple llegada de AMLO al poder acabará con la corrupción en el país. O la devoción ciega, capaz de defender que un presidente, cualquier presidente, pueda tener mando directo sobre una nueva fuerza militar y policial de cincuenta mil elementos. Remplazar la institucionalidad por una personalidad conlleva riesgos enormes. La sensatez y el poder ciudadanos pierden terreno. Por eso las señales de alarma se encienden, las histerias se disparan. Cuando hace unos días, en Yucatán, AMLO dijo: “Yo ya no me pertenezco, estoy al servicio de la nación”, por un momento podía pensarse que solo seguía un guion, que estaba queriendo terminar en alto un espectáculo, promoviendo él mismo ahora una asociación con Hugo Chávez, deseando ser percibido como una amenaza. Es una línea demasiado obvia y directa. Es, en cualquier caso, una fascinación ya conocida. AMLO puede aspirar a ser un Mesías Tropical. Pero no lo puede lograr solo. Necesita derrotar a la sociedad.

Ya se sabe cómo es la democracia según AMLO. También entonces es necesario que se comience a saber claramente cómo es la democracia según los ciudadanos, según aquellos que no votaron por él o que, incluso habiendo votado por él, quieren y buscan un cambio, no un salvador.

Para eso, es necesario desactivar el esquema polarizante. Hay que evitar que solo los radicales tomen las calles y el lenguaje, pero también hay que dejar de jugar a la defensiva, como si solo fuera posible pactar y someterse. Hay que salir de la rentabilidad mediática y emocional que refuerza al líder como único foco de la acción y de la decisión política. En un contexto de partidos políticos derrotados y sin legitimidad, es aun más urgente promover y desarrollar nuevos movimientos y espacios de liderazgo y de trabajo, no dedicados al rechazo irracional del líder, sino articulados a las luchas concretas de la población. El mejor enemigo del populismo es la política. El ejercicio real y plural de la política. Es el momento de demostrarle a AMLO que no es cierto, que realmente él solo se pertenece a sí mismo. Que a partir del 1 de diciembre tiene un nuevo trabajo y que la nación estará ahí para exigirle que lo haga bien. Para controlarlo.


Un invitado incómodo. De Alberto Barrera Tyszka

El presidente venezolano, Nicolás Maduro, en marzo de 2018, y el presidente electo de México, Andrés Manuel López Obrador, en octubre de 2018 Credit Cristian Hernández/EPA, vía Shutterstock; Ulises Ruiz/Agence France-Presse — Getty Images

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

CIUDAD DE MÉXICO, 4 noviembre 2018 / THE NEW YORK TIMES

El tiempo entre el triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador y el día en que, por fin, tome protesta como presidente de México es demasiado largo. Lo que fue una avasallante victoria se ha ido diluyendo. La Cuarta Transformación comienza a parecer más bien una decimosexta modificación. Por eso, supongo, el nuevo presidente necesita mantener en alto la polarización. Le conviene permanecer siempre bajo los focos mediáticos y en el centro de la discusión pública. Necesita hacer sentir que algo pasa, que no se ha dormido, que el cambio está en movimiento.

Por eso apuró una consulta inconsistente sobre el nuevo aeropuerto. Más que un acto democrático, la encuesta era una provocación. Por eso, tal vez, también parece disfrutar de las indignadas reacciones ante la invitación a Nicolás Maduro a su toma de posesión el 1 de diciembre. “Somos amigos de todos los pueblos y de todos los gobiernos del mundo”, dice sonriendo.

Pero esa respuesta es una fórmula retórica. Suena bien pero puede ser muy contradictoria, incluso incoherente. A veces, proclamarse amigo de un gobierno implica convertirse en enemigo de su pueblo. Nicolás Maduro no cuenta con ninguna legitimidad internacional. Su popularidad, dentro y fuera del país, es también ínfima. Sin duda, se trata de un invitado incómodo, de una presencia irritante. Su asistencia a la toma de posesión obliga a un rápido estreno de López Obrador en el complejo y frágil equilibrio diplomático que vive la región. El nuevo gobierno puede defender el principio de la “no injerencia”, pero ¿cómo reacciona ante las fehacientes pruebas de corrupción y de violación a los derechos humanos que acorralan a Nicolás Maduro?

No se trata de una opinión personal. Tampoco es una conspiración del capitalismo internacional. Hay informes, datos concretos, confesiones… Si alguien representa en Venezuela a “las mafias del poder” es Nicolás Maduro.

El discurso de Maduro aprovecha la gramática de la izquierda, invoca a los pobres y ataca al imperialismo, pero detrás de su lengua hay una caja registradora que nunca se detiene. Está siendo investigado por el desfalco y blanqueo de 1200 millones de dólares a la empresa estatal petrolera. Un miembro directivo de Odebrecht lo denunció al señalar que recibió 35 millones de dólares para su campaña electoral. Su propios excompañeros de gobierno, todavía chavistas, exigen que responda ante el país por 350 mil millones de dólares desaparecidos en el vaho de muchas empresas fantasmas. Su gobierno está implicado en una trama de corrupción en una red de distribución de alimentos comprados en el exterior para ser supuestamente vendidos a precios solidarios a los pobres de Venezuela. Se trata de una estafa gigantesca, que supone una cifra de 5000 millones de dólares y que ha desatado la persecución oficial de los periodistas que investigan los hechos.

Y esto podría ser solo una pequeña muestra de todo el gran sistema de corrupción que se mueve detrás de su gobierno. Para cualquier mexicano, invitar a Maduro podría ser algo parecido a convidar a Javier Duarte a la inauguración presidencial. El exgobernador de Veracruz, actualmente en prisión, es el emblema de la corrupción y del descaro político en México, una imagen de la perversión del PRI en el manejo de los dineros públicos y en el ejercicio de la violencia. Eso, ya tal vez mucho más, es Nicolás Maduro en el Caribe.

Otro de los elementos importantes que problematiza la alianza entre AMLO y el gobierno de Venezuela tiene que ver con el respeto a los derechos humanos. Insisto: no se trata de un asunto de criterios íntimos, de elucubraciones sesgadas. Casi desde el comienzo de su gobierno, Nicolás Maduro ha desatado una guerra feroz desde el Estado en contra de sus ciudadanos. En Venezuela hay actualmente 232 presos políticos y 7495 personas sometidas a procesos judiciales, ligados a motivos políticos. Esto sin contar la cantidad de programas y medios de comunicación censurados o suprimidos, periodistas a quienes se les retiene el pasaporte, ciudadanos cuyos derechos son vulnerados por participar en protestas en contra del gobierno.

Durante una protesta en octubre de 2018 frente al Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), un manifestante pide pruebas de vida de los presos políticos en Venezuela. Credit Miguel Gutiérrez/EPA-EFE/REX

En términos de uso de fuerza contra la población, las estadísticas de Nicolás Maduro son sangrientas. Un informe de la OEA reseña que solo en las protestas del año 2017 se cuentan 163 muertos. Naciones Unidas, por su parte, ha pedido una investigación especial sobre los operativos de seguridad diseñados por el gobierno, en los que, según denuncias, ha habido 505 ejecuciones extraoficiales. A todo esto, habría que sumar el supuesto suicidio de un concejal opositor, detenido de forma ilegal, en una prisión de la policía política; así como el reciente testimonio de un joven, desterrado a España tras cuatro años de prisión, sobre las diferentes modalidades de tortura que padeció. Es evidente que no se trata de un caso aislado sino de una política de Estado. Si, en 1968, Nicolás Maduro hubiera sido presidente de México, tal vez la masacre de Tlatelolco se hubiera perpetrado de la misma manera. O peor.

En abril de 2017, miembros de la Guardia Nacional Bolivariana bloquean una calle durante una protesta contra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Credit Miguel Gutiérrez/European Pressphoto Agency

Dice López Obrador que “México ya cambió”. Tiene una enorme fe en sí mismo. Como lo sostuvo también en su campaña electoral, piensa que su sola presencia puede tener un efecto mágico en el sistema, en la vida pública, en la condición humana. Lamentablemente, la historia demuestra que todo es mucho más complejo. Si algo, por ejemplo, contradice toda su prédica, es la presencia de Nicolás Maduro en el inicio de su mandato.

Maduro encarna toda la corrupción, el abuso y la represión que AMLO pretende combatir. Incluso para sus seguidores puede resultar una incongruencia monumental. La dicotomía entre la izquierda y la derecha se ha vuelto un sinsentido. La primera posverdad que hay que enfrentar es la ideología. Maduro no representa ninguna revolución popular y latinoamericanista. Representa un gobierno ilegal, corrupto y autoritario.

Ha señalado el historiador Rafael Rojas que “para emprender cualquier gestión diplomática mediadora, en relación con Venezuela, el rechazo al autoritarismo y a la violación de derechos humanos es una premisa insoslayable”. Ese es un gran desafío que tendrá el nuevo gobierno de México por delante. Estará obligado a participar en una crisis internacional sin establecer complicidades, sin traicionar sus propias promesas.

En estos momentos, no se puede ser amigo del pueblo de Venezuela y amigo del gobierno de Nicolás Maduro al mismo tiempo. Si AMLO quiere ser coherente con todo lo que ofreció en su campaña, si desea ser leal a sus votantes, no puede entonces establecer una alianza ciega con “la mafia del poder” que oprime al pueblo venezolano.

El burro de Maduro. De Alberto Barrera Tyszka

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, durante una conferencia de prensa en el Palacio de Miraflores en Caracas, el 18 de septiembre de 2018 Credit Marco Bello/Reuters

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

23 septiembre 2018 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO — El título de este artículo es una frase peligrosa. Podría ser diseccionado semánticamente por un tribunal en Venezuela y condenarte a veinte años de prisión.

¿Qué quiere decir realmente? ¿Que Nicolás Maduro tiene, posee, un burro? ¿Que es el dueño legítimo de un animal cuadrúpedo, de la familia de los équidos, conocido como burro, asno o borrico? ¿O quiere decir, más bien, que Nicolás Maduro es un burro? ¿Se refiere acaso a esa acepción de “persona bruta e incivil”, como refiere el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española? El problema de fondo, sin duda, es que esta interpretación sea un asunto judicial en Venezuela.

Ricardo Prieto y Carlos Varón, dos miembros del cuerpo de bomberos de Apartaderos, una población de la región andina del país, decidieron un día pasear a un burro por los diferentes espacios de su estación. Mientras el animal deambulaba, fueron filmándolo con un teléfono, haciendo comentarios en evidente tono de broma, relatando que se trataba de una visita de Nicolás Maduro a las abandonadas dependencias del cuerpo. Alguien colgó el video en las redes sociales y, de pronto, esa jocosa “visita presidencial” se volvió viral.

Y entonces, unos oficiales de la Dirección General de Contrainteligencia Militar se presentaron y detuvieron a los bomberos. Y entonces, poco después, en un acto casi instantáneo, fueron imputados por el cargo “instigación al odio”. Y entonces, luego, en una rueda de prensa, el propio Maduro se mostró intemperante y agresivo en contra de un periodista que se atrevió a preguntar por el caso: dudó de su calidad y de su honestidad profesional y se negó a responderle. Esta seguidilla de hechos y declaraciones solo ha logrado magnificar y darle más resonancia a lo que era una simple broma.

¿Cómo un burro puede llegar tan lejos?

La respuesta a esa pregunta está en la violencia que estructura y define cada vez más a la élite que domina de forma autoritaria a Venezuela. Es una clase, tan reducida como feroz, que todavía no entiende que hay cosas, como la inflación o el humor, que no se pueden controlar imponiendo decretos. Por eso reaccionan ante ambas con la misma ceguera y brutalidad.

La represión y la censura, ya se sabe, sirven para mostrar fuerza pero también delatan una enorme fragilidad. Quien no tiene argumentos tampoco tiene humor. Solo puede negociar a golpes con la realidad. Como señala el poeta Charles Simic, el humor muestra “la dimensión ridícula de la autoridad”. Relativiza su poder, lo democratiza. Es un indicador natural del estado en que se encuentra cualquier sociedad, de su capacidad de discernimiento y de ejercicio de las libertades. Reprimir el ingenio o el chiste es una expresión inequívoca de una gran violencia institucional, un síntoma de un régimen aterrado que distribuye terror.

Quizás vale la pena recordar el caso de Marianne Elise K., una viuda a quien en 1943, en una pausa de trabajo, se le ocurrió contarle a un compañero de la fábrica un chiste sobre Hitler. Fue delataba, acusada, enjuiciada por el Tribunal del Pueblo y condenada a muerte. La lógica del poder a veces se parece mucho al descontrol. En medio de la decadencia militar nazi, entre la zozobra y el temor, una mujer fue ejecutada por decir un chiste. Año y medio después, el füher también estaba muerto. El chiste todavía existe. La risa, según decía Mijaíl Bajtín, nunca “pudo oficializarse, fue siempre un arma de liberación en las manos del pueblo”.

La broma de dos bomberos que quisieron reírse un poco de la autoridad y de su propia desgracia, se ha encontrado con una destemplada y feroz reacción del gobierno. Mientras la región se organiza para discutir el terrible problema del flujo migratorio y debatir de forma colectiva el caso de Venezuela, Nicolás Maduro logra que dos humildes apagafuegos formen parte de los más de 250 presos políticos que ya tiene su régimen.

La intolerancia ante el humor refleja nítidamente el grado de autoritarismo que necesita Maduro para continuar en el poder. Lo del burro es una tontería. Basta recordar que en el año 2006, públicamente, Hugo Chávez se burló del entonces presidente George W. Bush, llamándolo donkey en varias oportunidades. El tema real es la violencia. Resulta irónico, casi un chiste cruel, que mientras la mayoría del Grupo de Lima se pronuncia en contra de una intervención violenta en Venezuela, el gobierno venezolano se pronuncia a favor de una intervención violenta en contra de los ciudadanos de su propio país.

En septiembre de 2018, se organizó una manifestación frente al Banco Central de Venezuela, en Caracas, para demandar al presidente Maduro el pago completo de sus pensiones. Credit Fernando Llano/Associated Press

No creo que la solución o la salida a la tragedia que vive mi país sea una invasión militar. Pero sí creo que hay que debatir, buscar y encontrar nuevas maneras de actuar y presionar de manera más eficaz a un gobierno que actúa de manera hipócrita y salvaje, que exige internacionalmente aquello que no desea cumplir dentro de sus fronteras. Con el pretexto de la amenaza de una invasión externa, el gobierno de Maduro ha invadido y saqueado a su país y a sus ciudadanos. ¿Qué se puede hacer entonces frente a un gobierno violento que se alimenta del carácter no violento de sus vecinos?

Nicolás Maduro no es un burro. Puede que sea inepto y negligente, que con frecuencia actúe como un incivil. Pero no es bruto. No seguiría ahí si lo fuera. No habría logrado apartar a sus rivales internos y consolidarse como lo ha hecho. No tiene humor pero sí tiene un proyecto. Él —o a quienes él representa— desea quedarse para siempre en el gobierno. Cada vez con más poder. De cualquier forma y a cualquier precio. Incluso, al tratar de hacer lo imposible: prohibir la risa.

La internacionalización del conflicto no puede opacar el endurecimiento represivo que el gobierno de Maduro ejerce dentro de Venezuela. Es necesario, desde la experiencia ciudadana y desde la práctica política, pero también desde la solidaridad internacional y desde la diplomacia, inventar nuevas formas de presión, nuevos mecanismos de lucha. ¿Es posible desarmar y derrotar a los violentos de manera pacífica? ¿Cómo? Ese es el debate.

El melodrama como ideología. De Alberto Barrera Tyszka

CIUDAD DE MÉXICO — Mientras el incendio devoraba más de 20 millones de piezas de arte, los dos hidrantes más cercanos al Museo Nacional de Brasil no pudieron ser utilizados por los bomberos. No tenían agua. Según se sabe, en 1803, en Filadelfia, Frederick Graff, encargado de la ingeniería de la ciudad, introdujo por primera vez en la historia un hidrante conectado a la red de tuberías urbanas. Quince años después, en Río de Janeiro, se fundó el Museo Nacional de Brasil. Doscientos años no fueron suficientes. Lo ocurrido el domingo pasado desnudó el fracaso de la historia. En una metáfora cruel de la crisis institucional de Brasil, un país que parece estar devorado por el fuego de la corrupción y de la inestabilidad política.

Dentro de un mes serán las elecciones presidenciales y, esta semana, los dos candidatos con más chance en las encuestas han sufrido percances. Como en un relato de folletín, las supuestas alternativas de Brasil están hoy en la cárcel y en el hospital. Luiz Inácio Lula da Silva fue definitivamente inhabilitado para participar en las elecciones y Jair Bolsonaro recibió una puñalada. La política, cada vez más, parece ser un subgénero de la novela negra, de la crónica policial.

Los últimos años de la democracia brasileña suelen contarse desde dos versiones enfrentadas y, a veces, esquemáticas. Una versión señala y denuncia al Partido de los Trabajadores de haber organizado y mantenido una enorme red de corrupción, alrededor de Petrobras y del sector de la construcción, tanto durante el gobierno de Lula da Silva como durante el mandato de Dilma Rousseff. Esta versión defiende la destitución de Dilma, la prisión de Lula y la prohibición del Tribunal Electoral de su candidatura como una muestra de la imparcialidad de las instituciones y de la justicia en el país. Otra versión denuncia que las élites disfrazaron de legalidad un golpe de Estado con la destitución y —controlando a los tribunales— al encarcelar a Lula. Una más acusa a Michel Temer de corrupción y manipulación de la justicia.

La realidad es mucho más compleja y lo peor es que, tal vez, en alguna medida las dos primeras versiones digan la verdad.

¿Qué pueden pensar los brasileños sobre la política, sobre el liderazgo político? ¿A quién puede creerle el ciudadano común, el que debe decidir, dentro de un mes, quién será el próximo presidente? Se trata de un espectáculo que ya involucra a las instituciones y que, de alguna manera, las termina contaminando.

Esta semana, la policía federal del Brasil pidió que se investigue a Michel Temer por corrupción y lavado de dinero. Ya en dos oportunidades la Fiscalía General de ese país ha intentado investigar al actual presidente, pero hasta ahora Temer ha logrado bloquear esa iniciativa en el congreso. También esta semana, la Corte Suprema ha rechazado una apelación de Lula a reconsiderar la prohibición a ser candidato a la presidencia. Lula se apoya en un dictamen de la ONU y la Corte en una ley propuesta y aprobada durante su propio gobierno: una persona condenada por corrupción no puede aspirar a ningún cargo público.

El caso de Lula es singular. Ha sido y es el líder político más importante del país en las últimas dos décadas. Siempre controló y estuvo al tanto de todo, menos de la corrupción de su entorno. En los grandes casos de corrupción (Mensãlao, Lava Jato y Petrobras), Lula supuestamente nunca supo nada, nunca se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, incluso cuando grandes directivos de su partido, colaboradores cercanos de sus gobiernos e incluso amigos personales estuvieron implicados, fueron detenidos y llevados a prisión. Es inverosímil que, en su estrecha relación con Marcelo Odebrecht jamás haya ni siquiera sospechado de la enorme operación de corrupción que extendía el empresario por todo el continente. El mismo empresario ha declarado que Lula mismo recibió más de 2 millones de dólares en sobornos.

Lula insiste en su inocencia y, aun desde la cárcel, apela a su condición de héroe, de defensor de los pobres y víctima de los poderosos. “Cuanto más me acusan, cuanto más me persiguen, más subo en las encuestas”, ha dicho, en un cálculo que define su estrategia. Y quien se opone a él no es capaz de desactivar esa retórica. Por el contrario, complementa de manera ideal ese relato: Jair Bolsonaro es un líder conservador y autoritario, promotor del odio y de la violencia, que ha dado muestras fehacientes de racismo y ha declarado que, en tiempos de la dictadura, los militares cometieron el error de torturar, en vez de asesinar. El extremista Bolsonaro es, en el fondo, el candidato que Lula necesitaba.

Ahora, el futuro de ambos candidatos es incierto. El jingle oficial de la campaña de Bolsonaro invitaba a Brasil a cambiar, pero a cambiar de verdad, hacia un futuro distinto, libre y justo. Sin embargo, su discurso ofrece rabia y paredones de fusilamiento. Lula proponía hacer “un Brasil feliz de nuevo”, un eslogan que deja un sabor a Donald Trump en el ánimo. Pero, al menos legalmente, ya tiene todas las puertas cerradas.

Lula no podrá ser candidato. Su partido tiene hasta el 11 de septiembre para inscribir un nuevo aspirante a la presidencia. Es probable que, aun con Fernando Haddad —el exalcalde de São Paulo—, la campaña se mantenga alrededor de la figura de Lula. Incluso, también es probable que se intenté capitalizar todo el conflicto, llamar a votar para liberarlo. En ambos casos, se intenta construir una narrativa sobre el mismo libreto. Hay más melodrama que ideología. Más apelaciones al amor o al odio que discernimiento. Más delirio que política.

En muy pocas horas, las llamas acabaron con uno de los espacios fundamentales de la vida y de la cultura de Brasil. Ya es muy tarde para atender los hidrantes que no funcionaron, la burocracia que no hizo su trabajo, los presupuestos errados, la negligencia de la administración federal. Pero tanto el liderazgo político como los ciudadanos que tienen el poder del voto sí están todavía a tiempo de regresar a la sensatez y tratar de encontrar alternativas ante la crisis. Es necesario recuperar la confianza en las instituciones y en la política, enfrentar la amenaza de descontrol, para impedir que haya incendios mayores.