Alberto Barrera Tyszka

Nicaragua: La ideología de las balas. De Alberto Barrera Tyszka

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

15 julio 2018 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO — Hace cuarenta años conocí a Daniel Ortega. En aquel tiempo, él era unos de los líderes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) que intentaba derrocar al dictador Anastasio Somoza. Se encontraba de gira por Venezuela, buscando solidaridad con la rebelión en Nicaragua. Un grupo de jóvenes, en la ciudad de Barquisimeto, pasamos todo un día tratando de conseguir fondos, repartiendo volantes, informando en calles y autobuses, sobre lo que estaba ocurriendo en el hermano país de Centroamérica. Al final de la tarde, juntamos todo el dinero obtenido y preparamos un acto de masas, en una céntrica avenida, para recibir y escuchar al comandante Ortega.

Pero no hubo masas. Éramos, si acaso, unas 70 personas. Tampoco el logro económico fue espectacular. No teníamos millones de bolívares que entregar. El comandante Ortega llegó al lugar y nos miró con cierta piedad, nos saludó amablemente y, luego, nos dijo que en tiempos de guerra las ideas no importaban demasiado. Que tal vez él estaba ideológicamente más de acuerdo con nosotros que con el entonces presidente de Venezuela, Carlos Andrés Pérez. Pero que, el día anterior, Pérez le había dado una enorme cantidad de dinero. Que la prioridad era tener armas, municiones, uniformes y botas. La revolución vendría luego.

Cuatro décadas después, el balance de esta lógica es trágico. La revolución llegó en 1979, con todas sus ilusiones y sus limitaciones, logró sobrevivir al sabotaje del gobierno de Ronald Reagan, pero no logró sobrevivir a la democracia. En 1990 el Frente Sandinista perdió las elecciones. Ahí, según afirma Sergio Ramírez, escritor magistral que ha sido también protagonista político y testigo de excepción en todo este largo proceso, comenzó “la gran debacle”. Estaban preparados para dirigir la revolución, no para entregar el poder. Se hundieron en la corrupción y, después, les costó demasiado retomar su fuerza política. Su regreso al gobierno, en 2006, probablemente ya escondía una clara certeza: no correr otra vez el riesgo de los votos, suspender definitivamente la posibilidad de la alternancia.

Ramírez es el mejor cronista que puede tener el sandinismo. Ha vivido y ha escrito desde las turbulencias. Conoció y relató la épica lucha en contra de la dictadura militar de Somoza y, ahora, también conoce y relata el nuevo heroísmo popular que sacude a Nicaragua. No debe ser fácil, después de todo este tiempo, escuchar en las calles consignas que afirman que Ortega y Somoza “son la misma cosa”. La represión salvaje con la que el gobierno ataca las protestas ha activado, internamente en Nicaragua, una memoria que todavía la comunidad internacional no parece ponderar en su justa urgencia.

Según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, la represión del gobierno de Daniel Ortega había dejado 264 muertos en 86 días de protestas. Este sábado dos jóvenes fueron asesinados por fuerzas para paramilitares que abrieron fuego durante más de 12 horas contra una iglesia de Managua donde se encontraba refugiado un grupo de estudiantes. Aunque se estima que son más, 266 es una cifra aterradora. En cualquier parte del mundo. En Estados Unidos o en Tailandia, con o sin Mundial de fútbol. Desde las masacres perpetradas por el somocismo, Nicaragua no vivía una tragedia de este tipo. Carlos Fernando Chamorro, director de El Confidencial, uno de los pocos medios independientes y confiables que quedan en el país, ha puesto sobre la mesa una pregunta crucial: ¿Hasta dónde llega la lealtad de los miembros del Frente Sandinista, de los funcionarios y trabajadores del Estado, de los policías y militares con la pareja Ortega-Murillo? ¿Cuál es el límite?

Manifestantes en Nicaragua subieron a una estatua del boxeador Alexis Arguello en una protesta masiva llamada “Juntos somos un volcán” en contra del presidente Daniel Ortega, el 12 de julio de 2018 en Managua. Credit Rodrigo Sura/EPA, vía Shutterstock

El gobierno de Nicaragua parece seguir el mismo guion que definió el comportamiento de Nicolás Maduro ante las protestas en Venezuela: descalifica las manifestaciones populares, las tilda de “golpistas” y “terroristas”, las masacra con brutalidad y sin pudor. Su retórica también cumple con el mismo libreto. Ortega reprime invocando la paz. Tampoco en eso se diferencia demasiado del feroz autoritarismo militar del siglo XX.

“Mi gobierno garantiza el orden, la paz y la estabilidad social, pese que a fuerzas extrañas propician el desorden y atentan contra la tranquilidad y el bienestar”.

¿Quién dijo esta frase? ¿Anastasio Somoza o Daniel Ortega? Tal vez ahora es difícil distinguirlo. Fue Somoza, pero ya tampoco importa demasiado. Sus balas tienen la misma ideología. Ambos decidieron asesinar con tal de mantenerse en el poder.

Gilles Deleuze sostenía que la ideología era una “engañifa”. Que era necesario analizar más bien las formas como se organiza y se administra el poder. Mientras la democracia les fue útil, los nuevos caudillos latinoamericanos fueron demócratas. Cuando dejó de funcionar fácilmente a su favor, volvieron al pragmatismo militar de siempre: armas, municiones, uniformes y botas. Lo demás siempre es secundario. Lo demás es la libertad y la alternancia.

Daniel Ortega ya no representa ninguna revolución. Todo lo contrario: solo repite lo peor del pasado que él mismo combatió. Daniel Ortega representa la resurrección del somozismo. Y ahora, nuevamente, la revolución está en las calles. Aun a pesar de la feroz represión, la gente continúa protestando, desafiando al dictador. ¿Hasta cuándo podrán mantenerse así? Al igual que cuarenta años antes, como ocurrió también con Somoza, la comunidad internacional —con todas sus dificultades y con toda su diversidad— debe arrinconar al dictador, presionarlo, obligarlo a aceptar y a practicar lo que tanto teme: la democracia.

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Los vecinos incómodos de Venezuela. De Alberto Barrera Tyszka

Los liderazgos políticos de Venezuela tienen que saber leer lo que está pasando. La crisis se les ha ido de las manos. La tragedia se ha desbordado y es necesario un cambio. Hay que crear una nueva fórmula de negociación, con controles y con transparencia, que permita un retorno a la democracia.

El presidente de Venezuela Nicolás Maduro en una conferencia de prensa en el Palacio de Miraflores en Caracas el 29 de mayo de 2018. Foto: Reuters

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

10 junio 2018 / THE NEW YORK TIMES

CIUDAD DE MÉXICO — En la asamblea general más reciente de la Organización de los Estados Americanos (OEA), realizada esta semana en Washington, se aprobó una resolución que señala que las pasadas elecciones presidenciales de Venezuela “carecen de legitimidad”. De la misma manera, se insta a los países miembros a tomar “las medidas que estimen convenientes a nivel político, económico y financiero para coadyuvar al restablecimiento del orden democrático” en Venezuela.

No solo es un mensaje contundente para el gobierno de Nicolás Maduro. También es un mensaje dirigido al liderazgo de la oposición. No hay salidas instantáneas. No se aceptan descaradas farsas electorales ni invasiones militares. Pero obviamente tiene que haber una solución. La internacionalización del conflicto venezolano ya es una emergencia física. La reunión de la OEA demostró que ya se ha concluido el tiempo de los aficionados, de la retórica infantil. El simulacro de la Revolución se acabó. Ahora solo queda enfrentar la tragedia.

El discurso oficial del chavismo se ha quedado incluso sin humor. El fracaso de la ironía también es un síntoma. Intenta el sarcasmo y falla. Eso le ocurrió al canciller Jorge Arreaza en varias oportunidades durante la reunión de la OEA. Cuando ensayó un comentario sardónico, a propósito de la corrupción, para descalificar al gobierno de Perú y al llamado Grupo de Lima, nadie sonrió, la audiencia permaneció seria y severa. Probablemente todos ya habían visto el video donde Euzenando Azevedo, director durante años de Odebrecht en Venezuela, confiesa ante la fiscalía del Brasil que le dio a Nicolás Maduro 35 millones de dólares para su campaña electoral de 2013.

Lo mismo le pasó al ministro para la Comunicación y la Información Jorge Rodríguez cuando, en una rueda de prensa, trató de burlarse de la resolución de la OEA citando una frase del Chavo del Ocho. El chiste no funcionó. Ni siquiera los periodistas aliados, quienes tienen chance de hacer preguntas en esas jornadas, lo acompañaron con una sonrisa.

Pero el caso más extremo, sin duda, es el del propio Maduro. En un acto en Caracas, donde por supuesto le entregó al canciller una réplica de la espada de Bolívar, intentó en varias oportunidades mostrarse divertido, feliz. Todo fue inútil. La reproducción de un viejo video del cantante cubano Carlos Puebla le dio todavía más patetismo al acto. Como si todo fuera una pobre recreación del pasado, una alegría artificial y ajena, una risa forzada. Cada vez que Maduro trata de ser mordaz o satírico se produce de inmediato un vacío. Se trata de un indicador no estadístico pero letal: la revolución perdió la gracia.

Años atrás tal vez hubiera funcionado toda la arenga que usó Jorge Arreaza para tratar de culpar a Estados Unidos de la crisis humanitaria del país. Pero ahora es insostenible. Basta recordar, por ejemplo, que hace exactamente diez años se descubrieron en Venezuela más de 120 mil toneladas de comida podrida, abandonada en contenedores o, peor aún, enterrada en varios lugares del país. Era una evidencia grosera de una enorme corrupción gubernamental y, sin embargo, en ese momento, el chavismo en bloque no permitió ninguna investigación sobre el caso. En la asamblea, cualquiera habría podido preguntarle al canciller Arreaza si en el año 2008 el imperialismo estaba de vacaciones.

El discurso del gobierno venezolano ya no sirve
para enfrentar la presión internacional.
El chavismo también es una lengua fallida.

De la misma forma, quizás antes hubiera sido más eficaz la prédica del canciller en contra de la violencia, la pretensión de endilgarle a la oposición (siempre de “derecha”) todos los muertos por las protestas populares que hubo en Venezuela hace un año. Ahora ya no es tan sencillo. Hay demasiados datos, de diversas organizaciones y con distintas fuentes, que demuestran la represión salvaje con la que ha actuado el gobierno de Maduro. El solo caso de la Operación de Liberación del Pueblo (OLP) es suficiente para desactivar la farsa discursiva del chavismo: entre 2015 y 2017, los cuerpos de seguridad, autorizados por el gobierno de Maduro, asesinaron a 505 personas en supuestos operativos de seguridad.

De eso tampoco habla el canciller Arreaza en la OEA. Su error consiste en pensar que nadie más lo sabe, en que se puede seguir mintiendo impunemente. Por eso la respuesta de Roberto Ampuero fue tan determinante y demoledora. El canciller chileno diseccionó el discurso de Arreaza, enumeró los insultos y las descalificaciones proferidas a los otros miembros de los países ahí reunidos para desnudar su autoritarismo: “Si esta es la forma en la que el canciller Arreaza trata a personas diplomáticas, imagínense ustedes cómo trata a los venezolanos”.

El canciller chileno Roberto Ampuero en una conferencia el 4 de junio de 2018 en la sede de la OEA en Washington Credit Mandel Ngan/Agence France-Presse — Getty Images

Chávez resucitó la retórica de los años sesenta y Maduro la está volviendo a enterrar. El gobierno venezolano no solo ha saqueado las riquezas del país, también ha malversado la herencia simbólica que tenía. Su discurso ya no sirve para enfrentar la presión internacional. El chavismo también es una lengua fallida.

Pero la resolución de la OEA no solo atañe al sector oficial del país. También es un mensaje claro para una dirigencia opositora que ha perdido el rumbo y la voz. Después de casi veinte años, aun con todas las dificultades que supone enfrentar una proyecto totalitario, es inadmisible que los líderes de la oposición continúen enfrentados, empeñados en aprovechar pequeñas oportunidades de protagonismo, en vez de dedicarse a construir una plataforma unitaria, capaz de acompañar a las grandes mayorías y, desde ahí, articular un proyecto común, sólido, cuyo único objetivo sea sacar al país de la crisis.

Los liderazgos políticos de Venezuela tienen que saber leer lo que está pasando. La crisis se les ha ido de las manos. La tragedia se ha desbordado y es necesario un cambio. Hay que crear una nueva fórmula de negociación, con controles y con transparencia, que permita un retorno a la democracia.

La patria de Bolívar tiene ahora unos vecinos incómodos. La región le está exigiendo a los políticos de Venezuela que comiencen a hacer política en serio. No hay soluciones fáciles pero tiene que haber soluciones.

La derecha del chavismo. De Alberto Barrera Tyszka

Hugo Chávez y Diosdado Cabello

Alberto Barrera Tyszka, 14 abril 2018 / Efecto Cocuyo

El cuento va más o menos así: en medio de una entrevista sobre la situación del país, la periodista me comentó la percepción, con frecuencia generosa, que tienen los europeos sobre todo aquello que les suene a “revolucionario” en Latinoamérica.

Hablábamos del gobierno de Venezuela y le mencioné entonces el caso de los Operativos de Liberación del Pueblo (OLP), ese salvaje programa de violencia policial y militar que se ha implementado en los últimos años en nuestro país.

En ese contexto, le dije: “Maduro se parece más a Pinochet que a Allende”. La nota salió con este titular y la periodista no tuvo espacio, tiempo o criterio, para incluir la referencia a esta nueva forma de exterminio que son los OLP. Sin embargo, creí que la frase se entendería en referencia al tema del militarismo. En cualquier caso, podría resultar una provocación para aquellos que pretenden, desde la izquierda más arcaica, defender a Nicolás Maduro. Pero quienes reaccionaron con vehemencia fueron otros: Los nuevos fundamentalistas.

Me interesa el tema del militarismo en el proceso que vive nuestro país. Desde su relanzamiento simbólico, que comenzó a hacer Hugo Chávez en 1992, hasta el momento culminante en que se encuentra ahora, cuando un Presidente supuestamente civil le entrega, de manera supuestamente legal, el control de la economía y de las políticas públicas a las cúpulas castrenses.

Creo que necesitamos entender mejor cómo se desarrolló y cómo funciona eso que la verdad oficial llama “la unión cívico militar”: una élite mafiosa, corrupta y criminal, que se aferra al poder e insiste tercamente en legitimarse. Gilles Deleuze decía que las ideologías son una engañifa, que lo que hay que analizar en cualquier sistema es su forma de organizar y de administrar el deseo y el poder. Creo que pensar el país solamente en términos de una pugna entre “dos modelos” es una manera de reforzar el discurso oficial. Al Cártel le conviene que se siga repitiendo que esta historia es un “proceso revolucionario”.

En cualquier caso, todo esto pudiera ser, de manera natural, parte de la discusión sobre lo que ocurre en el país. Sin embargo, ahora, hay quienes desde una nueva derecha se empeñan en simplificar el debate, quienes suponen que la historia solo puede narrarse como un guión escueto: o crees en el libreto castro comunista, o crees en el libreto de la libertad.

Quienes se indignaron frente a mi comparación entre Maduro y Pinochet señalaron, por supuesto, el éxito económico que se le atribuye al dictador Chileno, el respeto a las instituciones que –según aseguran- tuvo su largo gobierno, la condición “comunista” de Allende, etc. Además de ofrecer otro tipo de argumentos, como acusarme de “izquierdoso”, “progre”, “resentido” o “senil y ñángara”; también recordaron –como otras tantas veces- que hace casi 30 años firmé, junto a otros escritores y trabajadores de la cultura, un remitido de apoyo a Fidel Castro.

No creo que sea necesario volver a explicar el proceso que vivimos muchos con respecto a la experiencia cubana. Me parece más novedosa la fantasía de creer que quienes firmamos ese remitido, dándole la bienvenida a Castro en 1989, somos de alguna manera responsables de lo que ocurre ahora en Venezuela. Es una ficción demasiado básica. Muy probablemente, muchos de los que hoy vociferan y nos acusan votaron por Hugo Chávez en 1998.

Los radicales necesitan leer la historia como si fuera un catecismo. Se alimentan de simplezas religiosas. Alguna vez, Ángel Alvarez (@polscitoall), quien sí es un acádemico y se dedica seriamente al análisis político, me comentó sobre este tema y me refirió una reunión donde Teodoro Petkoff señaló que una de sus preocupaciones con respecto al chavismo es que, a su sombra, podría crecer “una derecha extrema, cristera y pinochetista, nunca antes vista en Venezuela”.

Perdónenme el paréntesis: (este es el instante de la lectura en que, como beatas histéricas, pueden saltar otra vez los nuevos fundamentalistas: ¿Lo ven? ¡Está citando a Teodoro! ¡Un ex guerrillero! ¡Otro ñángara de mierda! ¡Son todos comunistas! ¡Eso no se cura!) Fin del paréntesis.

Regresemos: ciertamente, eso ha ocurrido, está ocurriendo. Del tópico recurrente de decir que el socialismo está en la naturaleza de la identidad nacional se ha saltado al Estado petrolero y paternalista, se ha desbordado y ahora impulsa otra explicación de la realidad y una nueva cacería de brujas. Los fundamentalistas rojitos han conseguido un fundamentalismo a su medida. Mientras maniobran con las dos manos, en los bajos fondos de la política, celebran y promueven esta nueva derecha. Es el único dialogo que toleran: la sordera de dos, gritándose, les garantiza que ninguna negociación sea posible.

Ser de izquierda o de derecha, aun con las inmensas dificultades que haya para definir ambas opciones hoy día, no es ni puede ser un delito o un pecado. Se trata de dos posturas legítimas. No son ellas de por sí el problema. Lo que define la tragedia es un ejercicio del poder que convierte a todos los ciudadanos en distintos tipos de víctimas.

La nueva derecha que surge en Venezuela es un espejo del chavismo. Es la derecha que más le conviene al gobierno. En el fondo, cree en lo mismo. Piensa que la única salida pasa por la supresión del otro. Suponen que aquel que piensa diferente es un socialista apátrida y golpista. Si llegaran al gobierno intentarían de inmediato crear su propia hegemonía comunicacional. Todos los miércoles en la noche, tendríamos en la TV a un nuevo animador, con un viejo mazo lleno de púas y un nuevo cartel que ordenaría” “Aquí no se habla mal de la Derecha”. En el fondo, se parecen demasiado. Ambas están lejos de las mayorías. Ambas se empeñan en ignorar la complejidad de esta historia.

Adiós a un mal año. De Alberto Barrera Tyszka

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 31 diciembre 2017 / PRODAVINCI

El 2017 fue áspero, duro, doloroso. Por eso se va cabizbajo, cargando muchas melancolías bajos los brazos. Este año, la mayoría de los venezolanos hemos sido derrotados. 

Nos venció un gobierno que decidió abandonar la política para ejercer exclusivamente la violencia en todas sus formas y dimensiones, para convertir la extorsión y el chantaje en la práctica oficial cotidiana. Nos venció una institucionalidad sometida voluntariamente a los designios de la nueva oligarquía.  Nos venció un poder moral entregado a la inmoralidad. Nos venció una Asamblea Nacional Constituyente que ni siquiera se representa a sí misma, que solo es un instrumento para defender los intereses de los poderosos. Nos venció también una oposición errática, incapaz de unirse alrededor del sufrimiento de las mayorías; un liderazgo opositor dividido, obsesionado por sus ambiciones personales más que por las grandes tragedias del país.

prodavinciNos venció  la economía, la inflación y la escasez. Nos venció el horror de ser un país donde mueren niños por desnutrición.  Nos venció el hambre y la enfermedad.  Nos venció, sobre todo, la ceguera y la soberbia de un gobierno que no quiere ver nada de esto, que no está dispuesto a reconocer la realidad.  Nos venció una élite que rechaza la “ayuda humanitaria”, una élite a la que no le importa nada, que no quiere negociar, que –hasta nuevo aviso- ha decidido suspender la democracia en Venezuela.

Nos vencieron los enchufados. Los que cada vez son menos. Los privilegiados. Los que aparecen bailando en la TV. Los que sonríen y hacen chistes sobre la pobreza. Los que tienen escoltas y soldados para protegerse. Los que pueden enfermarse sin ningún problema. Los que no necesitan un carnet de la patria para sobrevivir.

¿Cómo se le dice adiós a un mal año? ¿Con qué ánimo se puede recibir al 2018?

Sería ideal poder creer en la fantasía del año nuevo y la vida nueva. Imaginar, por ejemplo, que Tarek Williams Saab aparecerá el 3 de enero mostrando el video donde Euzenando Prazeres de Azevedo, ex presidente de Odebrecht en Venezuela, asegura haber entregado 50 millones de dólares para la campaña de Nicolás Maduro.  O esperar que  alguien en el gobierno tenga el coraje y la dignidad de aceptar que hay graves problemas, que el modelo fracasó, que la gente pasa hambre, que la corrupción y la negligencia han sido más eficaces y potentes que el imperialismo.  Pero, por lo que se ve, nada de esto sucederá.  En el horizonte del 2018 no se ven milagros.

George Orwell, que pensó y narró con mucha agudeza procesos como el que estamos viviendo, escribió en 1946 que “un Estado totalitario es una teocracia y su casta dominante, para mantener su posición, debe creerse infalible”.   Esa es nuestra desgracia. Nos gobiernan los infalibles.

Ellos ya solo son la certeza del poder. Una certeza cada vez más pequeña y más violenta. No hay nada nuevo en ellos. Nada distinto. Así sea difícil, así parezca imposible, la única posibilidad de cambio está de nuestro lado, somos nosotros. Todos los demás.  Esa incertidumbre, ese temor, esa desazón, aunque parezca increíble, sigue siendo nuestra única esperanza.

¡Feliz cumpleaños, Nicolás! De Alberto Barrera Tyszka

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 26 noviembre 2017 / PRODAVINCI

El gran logro de la oposición en las últimas semanas ha sido la celebración pública del cumpleaños del Nicolás Maduro. Quién sabe cómo pudieron infiltrarse en el Estado Mayor de Comandos Superiores para la Organización de Festejos Presidenciales pero, sin duda alguna, el numerito del merengue televisado, con la participación de un artista internacional, fue una genialidad. En medio de la hiperinflación y de la escasez, de la pelazón generalizada, del hambre con hache dura, ahí estaba el Presidente, tan sonriente, intentando bailar mientras Bonny Cepeda cantaba una pieza titulada “Asesina”. ¿No es acaso una imagen impactante?

prodavinciEse mismo día, el propio Maduro había promocionado por las redes sociales un video biográfico que –en la clásica tradición de la industria del culto a la personalidad– comienza a construir un nuevo melodrama heroico, reinventa la vida personal desde el poder. Según esta pieza, el niño Nicolás, con apenas 8 años, cada vez que veía El Ávila pensaba en Simón Bolívar. No faltaba más. Es una asociación súper lógica. Pero al tocar el momento de la adolescencia, el guion resolvió la narrativa de manera aun más trepidante y veloz: con una frase que asegura que, un buen día, el joven Nicolás le dijo a sus amigos “me voy a vivir la revolución”. Y se acabó. Lo demás son fotos con el Comandante Chávez y un cierre emotivo con un niño que declama loas y que luego se suma a un gran grupo de infantes para gritar “¡Feliz cumpleaños, Presidente!”

¿A quién se le ocurre producir, distribuir y promover algo así en un país donde la harina se vende por cucharadas? Porque la gente no puede pagar. Porque el sueldo solo da para eso. Según una nota firmada por el medio Efecto Cocuyo, varios productos de la cesta básica ya se mercadean de esta manera en las zonas populares. Hoy en día, los niños de los barrios ven la montaña y se marean. Tienen un ay bajo el ombligo. Siguen pensando en comer.

Los mensajes de felicitación nos mostraron diferentes niveles posibles de adulación. El exceso de adjetivos también empacha. Pero ya es un protocolo, forma parte de la ceremonia oficial del poder. Se puede observar en cualquier acto público. Esta misma semana, para no alejarnos demasiado, en un encuentro con estudiantes de educación media, una dirigente habló durante varios minutos sin expresar más de una idea pero repitiendo –hasta el empalago– la fórmula “Compañero-Comandante-Camarada Presidente Maduro” para alabarlo, agradecerle, reafirmarle de manera constante su apoyo incondicional. La retórica como método. La retórica como sometimiento.

¿Será posible diagnosticar cuándo y cómo el liderazgo oficialista perdió su conexión con la realidad? ¿Cuándo decidió conscientemente evitarla y, luego, de manera abierta, negarla? Entre el país del oficialismo y el país de la mayoría de los venezolanos hay un abismo irremediable. La revolución solo es una parodia. La vida real es una tragedia.

En honor a la verdad, podría decirse que no se trata de un problema exclusivo del gobierno. También el liderazgo de la oposición vive un cisma similar. Basta con revisar todo el proceso reciente. En buena parte, es una dirigencia que parece vivir en un país paralelo. Lamentablemente, sobran los ejemplos: Manuel Rosales y Timoteo Zambrano, más cómplices del gobierno que de la unidad; los grandes partidos y sus candidatos permanentes a la Presidencia; Antonio Ledezma y su inútil intento por convertir su fuga en una epopeya política (dejándole una bandera sin significados a María Corina Machado, proponiendo purgas en Madrid, coqueteando con la posibilidad de ser nombrado Presidente por el TSJ del exilio)… El país se encuentra hundido en una profunda crisis de representación política. No solo se trata de las élites, de aquellos que aspiran a conducir la dinámica política. Se trata del sentido mismo de la representación, de su pertinencia y de su validez. De la idea de su eficacia.

La deslegitimación del CNE y del sistema electoral solo agudizan la situación. La caída en picada del voto, como expresión útil, como valor, como espacio de poder, hace más evidente el precipicio. ¿Es este el triunfo final de la antipolítica?

El país que celebra en cadena nacional el cumpleaños de Nicolás Maduro es el mismo país de una ANC cuya prioridad, hasta ahora, es reglamentar la censura y la represión. Es el país de un TSJ que, esta semana, por cuarta vez negó un recurso presentado por la ONG Cecodap para salvaguardar la salud de los niños ante la escasez de medicinas. Es el país que, según aseguró Castro Soteldo hace dos días, abrirá una primera fábrica de fusiles Kalashnikov el año que viene.

En el país de la mayoría de los venezolanos, un trasplantado renal protesta en la calle, alzando con sus dos manos un cartón, porque no hay medicinas que impidan su muerte. Una mujer compra cuatro cucharadas de harina en la redoma de Petare. Demasiados jóvenes sueñan desesperadamente con salir del mapa. En el país de la mayoría, hay difteria y niños que se mueren de desnutrición. Ninguno de ellos, esta semana, pudo aparecer en un video gritando ¡Feliz cumpleaños, Nicolás!

Un grito. De Alberto Barrera Tyszka

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Fotografía de Helena Carpio.

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, NOVELISTA Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 29 octubre 2017 / PRODAVINCI

La mujer se asomó a la ventana. Tenía puesta una bata sencilla, sin mangas. Aunque no se le veían, podían adivinarse unas chancletas de plástico medio desencajadas debajo de sus pies. Su cabello se desordenaba apenas hasta el cuello. Su rostro estaba cruzado por una mueca que, con dificultad, contenía un alarido. Lo aguantó durante pocos segundos. La mujer se asomó a la ventana y lanzó un grito: ¡que se vayan todos a la mierda! Y sin que le faltara el aire prosiguió: ¡que se vayan todos al mismísimo carajo! ¡Son unos farsantes, unos sinvergüenzas, unos grandes coño e madres! Sus palabras se colaron entre las casas y las veredas, retumbaron en los escalones, siguieron sonando más allá, a lo lejos. Luego hubo un silencio tenso, irritado. Una rabia muda.

prodavinciEl desespero ya no necesitan nombres. Hay muchos destinos para la indignación en este tiempo, en este mapa ¿Cómo puede sentirse cualquier venezolano cuando ve cómo Maduro nombra a sus candidatos derrotados como “protectores” de los Estados donde fueron, democráticamente, rechazados? ¿Qué siente el ciudadano común cuando escucha a Henry Ramos Allup tratando de disfrazar sus maniobras, mintiendo, pretendiendo salirse por la tangente con juegos de palabras? Cualquiera siente exasperación. Siente dolor, humillación. Siente impotencia. La política se ha convertido en una ficción muy violenta.

¿Qué puede representar Tibisay Lucena para la mayoría de los habitantes de este país? La misma figura que obstaculizó e impidió cualquier evento electoral el año pasado es ahora quien, con idéntica serenidad y armonía, facilita y organiza de manera express unos comicios para el próximo mes de diciembre. En su actitud no solo hay engaño, la voluntad de intervenir a favor del poder los procesos electorales, sino también hay cinismo. El cinismo del fariseo que, cuando comete un delito, actúa como si estuviera ejecutando una virtud. El CNE no representa ni protege a la ciudadanía. El CNE ni siquiera ya se representa a sí mismo. Ha perdido cualquier majestad institucional. Es absurdo que, después de todo lo ocurrido, la oposición se plantee –tan siquiera- participar o no en una nueva elección. El fraude ya ha quedado expuesto, de manera evidente. El fraude ya es un modo de producción. Es la única suma que tiene el gobierno, la manera de contarnos y de someternos.

Hasta ahora, el principal elemento de la ANC ha sido, en la práctica, proponer la eliminación de la democracia protagónica y participativa de nuestra Constitución. El nuevo modelo del oficialismo es otro. Más opaco, más chantajista, más extorsionador. La acción contra Guanipa en Zulia es zarpazo salvaje en contra del poder del pueblo. En el fondo, el oficialismo, por iniciativa propia, se está encargando de decirle al mundo que este gobierno no es democrático porque –precisamente- suprime o pervierte los mecanismo democráticos para poder cambiarlo. Y, mientras esto sucede, mienten. Todo el tiempo. Siguen hundiéndose, y hundiendo al país, en un engaño sin límites, en una estafa suicida. Elvis Amoroso, hace pocos días, aseguró que si no existiera Dólar Today “los venezolanos comeríamos lomito todos los días”.

Esta semana leí dos artículos extraordinarios sobre este mismo tema. Un magnífico y puntual recuento del historial de mentiras oficialistas escrito por Sebastiana Barráez y un agudo texto donde José Rafael Herrera nos recuerda que, en la política, “decir la verdad es una cuestión absolutamente necesaria”. Es inevitable. La versión oficialista de la vida, además, se empeña en producir fantasías enloquecidas. Nunca antes un gobierno estuvo tan separado de las necesidades reales de la gente. La oposición está obligada a deslindarse. La oposición tiene el desafío de la transparencia. ¿Cuánto niños mueren por desnutrición este domingo en Venezuela?

Una mujer se asoma a la ventana y lanza un grito.

Volver a la calle. De Alberto Barrera Tyszka

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Fotografía de Verónica Aponte / Para ver la galería completa titulada “20 imágenes de la consulta popular del #16J” haga click en la imagen

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 8 octubre 2017 / PRODAVINCI

Quizás hay que empezar reconociendo que las elecciones del próximo domingo provocan, en la mayoría de los ciudadanos, algo parecido a un cortocircuito interior, un breve mareo en la conciencia, un beriberi emocional por lo menos. Juntos llevamos casi 2 años haciendo todo lo correcto, todo lo posible, todo lo democráticamente correcto y posible, para ejercer nuestro voto y expresar de manera participativa y protagónica nuestra opinión. Y juntos fracasamos. El oficialismo, de forma tramposa, cobarde y violenta, hizo lo imposible por impedir que hubiera votaciones libres y universales. Peor aún: organizó su propio bingo de los animales para estafar electoralmente al pueblo venezolano. Sí. Así pasó. Y es una historia que genera una frustración enorme, una indignación infinita.

prodavinciHay que reconocer y aceptar que duele. Todavía, cada vez que veo y escucho a Tibisay Lucena, me crujen todas las vocales. Se me atasca una rabia en el origen de la lengua. Hasta mi cédula de identidad echa humo. No es fácil pensar en votar, ir a votar de nuevo, después de todo lo que ha pasado, con este mismo CNE, con este mismo gobierno fraudulento. No es nada fácil. Pero esto no es un gobierno democrático. Y las luchas contra los gobiernos no democráticos nunca han sido fáciles. Exigen superar la radicalidad instantánea, manejarse con mayor inteligencia ante el poder del adversario. La indignación es un sentimiento legítimo pero no es una estrategia política. La emoción no es una forma de pensamiento. No es una maniobra. A veces, por el contrario, es un lujo que no podemos darnos.

Después de todo este tiempo de batallas, desde el inicio de la nueva Asamblea Nacional hasta las marchas en la calle de este año, el oficialismo apura unas elecciones regionales. Sabe que es el momento, su mejor oportunidad, para intentar derrotar a la oposición y lograr recuperar un poco de legitimidad internacional. Su mejor aliado, curiosamente, está del otro lado. Para los comicios del próximo domingo, el gobierno depende más de las bases de la oposición que de las bases del chavismo. Por eso promueven la confusión, distribuyen el desánimo, alientan la abstención. Si todos los pensáramos con el miocardio, nadie iría a votar el 15 de octubre. Luchar contra una dictadura obliga pensar de otra manera.

No deja de ser sorprendente la cantidad de artículos, mensajes, tuits… que están circulando, tratando con ansia de convencer a los futuros abstencionistas del domingo. Es un gran desgaste realizar una campaña donde tú mismo eres tu adversario. Quienes sentencian que votar es claudicar, que votar es “negociar con el régimen”, suelen basar sus feroces críticas en el referendo organizado por la propia oposición. Dicen, repiten, agitan la idea de que “el mandato del pueblo el 16 de julio” fue otro. Que no hay que salir de la calle hasta que Maduro se vaya y se acabó. Que no se hable más. Que cada quien coja su esquina y así resolvemos esto rapidito. Los radicales creen que la magia mueve la historia.

El 16 de julio del año 2017 yo solo vi a un pueblo que quería votar. Más aun: un pueblo que se volcó a votar, incluso con la desautorización institucional. Con un CNE opuesto, con un gobierno amenazante, aun con todo esto, una mayoría abrumadora salió a votar. Ese día, el pueblo mismo se convirtió en institución. En una acción inédita le quitó el poder y la legitimidad al oficialismo. Gracias a eso, en gran parte, la Constituyente se convirtió en una parodia que desconocieron demasiados países en el planeta. El mandato del 16 de julio tiene que ver precisamente con eso. Con un pueblo que, a pesar de su frustración y con todas las sospechas sobre el proceso, insiste en el voto. Quiere pronunciarse. Necesita nombrarse y reconocerse como la mayoría.

Es muy fácil ser un súper héroe en Twitter. Pero la vida real es mucho más compleja. Los ciudadanos de Venezuela tenemos demasiados adversarios: la crisis económica, el proyecto totalitario del gobierno, las divisiones del liderazgo opositor, el cansancio, la impotencia, el desespero… No es fácil. No es nada fácil. Pero es lo que toca. Así son las guerras. Y el Estado nos está haciendo la guerra. El Estado nos quiere arrinconar. Callar. Invisibilizar. Paralizar.

Hay que reconocer y aceptar que cuesta. Pero no es una invitación a una rumba. No se trata de decir: vente a votar, qué gozadera. No. El 15 de octubre forma parte de una misma, larga y difícil, jornada ¿Quieres calle? Ahí está. Los métodos de lucha cambian. El próximo domingo hay una gran marcha. Votar también es volver a la calle.