Alberto Barrera Tyszka

VENEZUELA: La tiranía institucional. De Alberto Barrera Tyszka

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Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 12 febreror 2017 / PRODAVINCI

La sigla oculta al verdugo.

Esas letras, tan exactas como impersonales, pueden ser un espejismo. Pueden servir para que no veas el rostro del agresor, para que no sepas quién te roba, para que no conozcas el nombre de tu violador. La sigla oculta al verdugo y legitima su crimen.

El tránsito del poder se expresa en el lenguaje. El nombre del Presidente también se ha devaluado. El mismo se ha encargado de restarle valor a sus propias palabras. Nicolás Maduro pierde día a día su significado. Pierde el sentido pero también pierde la voz. Ya no suena como antes. Es un Presidente que se ha dedicado a ser cada vez menos. Ha renunciado a sí mismo, a su posibilidad de ser Nicolás Maduro. Ha ido relegando sus funciones, sus deberes. Primero en los militares, ahora en Tareck El Aissami. Su nombre no tiene la misma fuerza. Ya no asusta a nadie. Tampoco convence a nadie. Nicolás Maduro: dos palabras que parecen estar desvaneciéndose. Cada vez con más frecuencia, están asociadas a una praxis insólita, absurda. ¿Qué se puede pensar de un Presidente que se ocupa de un animar un programa musical por la radio, mientras su país padece la inflación más alta del planeta?

prodavinciEl nombre de Nicolás Maduro se ha gastado muy rápidamente. Ya ni siquiera funciona bien a la hora de denominar a un dictador. Es tan chambón que no calza demasiado bien con ese título. Ya se presta más al chiste que al miedo. La casta que nos gobierna parece haberse quedado, provisionalmente, sin un eje en el lenguaje, sin un nombre único, claro. ¿Quién manda? En realidad, no lo sabemos. ¿Quién nos somete? ¿Quién destruye a la democracia y despoja a los ciudadanos de cualquier experiencia de poder? Aparentemente, nadie. Solo una sigla. Te ese jota.

Letras que no dicen nada y que lo dicen todo. La sigla es supuestamente aséptica. Independiente, inmaculado, incuestionable. Actúa con la solemnidad del orden para destruir el orden. Su eficacia reside en la pureza de su violencia. Ni siquiera tiene rostro. Peor aún: es el rostro de la justicia. Esa es su máscara. Este martes 7 de febrero, en la apertura del año judicial, así habló la sigla: “La gestión judicial es una construcción colectiva en la que magistrados y jueces dan su aporte ordinario y extraordinario para lograr las metas y objetivos planteados con templanza y mística para servir de la mejor manera a nuestra nación”. Es una voz llena de palabras huecas. Ni siquiera hacen ruido. Es el vacío.

Y, sin embargo, durante todo el año 2016, el TSJ se dedicó a rechazar, cancelar, suspender o prohibir, la democracia, el ejercicio del poder decretado por el pueblo en las últimas elecciones. “En un año —según asegura el abogado Gustavo Linares Benzo— se anularon más leyes que en 200 años”. La sala Constitucional se ha transformado en una banda de sicarios judiciales. Reciben instrucciones del gobierno y ejecutan de inmediato acciones en contra de cualquier propuesta que no haya sido aprobada por la élite oficial. Hay que vencer el espejismo de las siglas para no olvidar a los verdugos. Detrás de la sigla hay funcionarios concretos, nombres que se están prestando para esta masacre. Los escribo: Gladys Gutiérrez, Arcadio de Jesús Delgado, Carmen Zuleta de Merchán, Juan José Mendoza, Calixto Ortega, Luis Damiani, Lourdes Benicia Suárez. Los leo. Los pronuncio. Los repito. No quiero olvidarlos. Hay otra historia distinta a la historia oficial, un relato que no es el relato de los poderosos. Hay también una historia ciudadana, popular, que se tiene que seguir contando, que no puede olvidar a los infames y traidores de este tiempo.

El periodista Eugenio Martínez, especialista de alto calibre en la investigación y análisis del sistema y de los procesos electorales en el país, explica la compleja y perversa relación de sentencias y acciones entre el TSJ y el CNE para ir minando la alternativa de electoral y la existencia de los partidos políticos en el país. Es la danza macabra de las siglas. La tiranía institucional que permite un control del poder aun sin liderazgo. Chávez vive, la mafia sigue.

La naturaleza institucional de la dictadura tiene que estar, de entrada, en cualquier escenario de negociación. El punto de partida está corrompido. La sigla no es legítima. La sigla es la expresión más clara de la violencia de los privilegiados en contra de la mayoría de los venezolanos. Si no hay un nuevo Tribunal Supremo de Justicia, no hay diálogo posible. No hay futuro. No hay país.

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Algunas ideas revolucionarias para el uso del liqui liqui. De Alberto Barrera Tyszka

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Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 5 febrero 2017 / PRODAVINCI

Hay quienes piensan que se trata de un error del Nicolás Maduro. Hay quienes, incluso, creen que es una frivolidad, una muestra de amaneramiento ideológico; quienes dicen que resulta inaceptable que —en el contexto de esta cruenta guerra en contra del imperialismo— el Presidente Obrero se haya puesto de lo más fashion y haya decretado que el 2017 es “el año de la recuperación del liqui liqui”. Están confundidos. Se equivocan. Nuevamente lo subestiman. Nicolás Maduro es un adelantado. Él siempre va más allá. Mientras nosotros estamos ocupados en la banalidad de la inflación y de la escasez, él avanza hacia otro lado. Mientras nosotros tratamos de entender y digerir las estadísticas y los presupuestos, él lee atentamente los patrones de Carolina Herrera y de Ángel Sánchez. Nosotros estamos en el presente y Maduro ya está en el horizonte, diseñando la utopía, trabajando por el glamour bolivariano.

prodavinciPero no hay que olvidar que esa utopía comienza hoy. Que los sueños se construyen poco a poco y desde ya. Por eso es que, valientemente, el Compañero Presidente ha lanzado ahora esta propuesta luminosa: a partir de ahora el liqui liqui es nuestra “vestimenta nacional”. Para evitar suspicacias, malos entendidos, o acciones de sabotaje de la derecha, creo que es necesario empezar a proponer usos revolucionarios de este traje. Es imprescindible —chavistamente hablando— definir con claridad la función de este atuendo dentro de la perspectiva del proceso que estamos viviendo. El liqui liqui debe ser nuestra metáfora: como todavía no llega el hombre nuevo, tengamos por lo menos ya un traje nuevo.

Una de las primeras propuestas es que la camisa del liqui liqui sea de lona y que, en las costuras interiores traiga cosidas varias pequeñas arandelas. La idea es simple pero eficaz. Se trata del modelo “liqui liqui silla”. Funciona como un quita y pon muy útil a la hora de hacer cualquier patriótica cola. Pongamos que usted se encuentra en una de esas divertidas y fabulosas filas de gente, esperando algunas horitas, para poder comprar harina, jabón en polvo, o una medicina. Usted viene preparado y simplemente quita la camisa de liqui liqui, la voltea y la convierte en una fabulosa mini hamaca, tamaño fundillo. Puede sostenerse con un pequeña estructura de metal. Puede también usar las mangas para colgarla por ejemplo de una reja. Es un sistema de descanso autogestionario ideal, muy recomendable en tramos largos como los de los pasaportes o los carnets de la patria.

Otra alternativa, un poco más extrema pero enmarcada en la misma situación, es el modelo “liqui liqui loco”. Es una idea audaz y desenfrenada. Consiste en diseñar la parte interna del traje como una camisa de fuerza. De esta manera, al voltear la vestimenta y calzársela, las mangas funcionarán como bandas sujetadoras que amarran y someten al cuerpo. Se recomienda que el modelo sea siempre blanco y con botones gruesos. Puede ser muy útil a la hora de sortear colas y conseguir atención inmediata en las emergencias de los hospitales y centros de atención. Este modelo también viene acompañado de un gorrito y de un bozal, ambos con el mismo diseño.

Otra idea es trabajar una línea de producción amplia de liqui liquis de camuflaje. Se trata de una gama variada y extensa de distintas posibilidades de estampados, acordes con las diversas situaciones de nuestra cotidianidad. Los ejemplos son muchos: el liqui liqui verde olivo (para tratar de hacerse pasar por oficial militar, puede venir con o sin medallas); el “Tricolor” (ideal para actos públicos); el liqui liqui con cachucha (para disfrazarse de líder opositor en infiltrarse en el enemigo); el “Gobernador” (que incluye una corona, imitación de la vieja realeza europea); el “TSJ” (que está hecho con hojillas de afeitar: corta y destruye todo lo que toca); el liqui liqui “Trino Mora” (que viene sin mangas); el llamado “El Preventivo” (que trae estampada una mancha de sangre y un orificio de bala, para hacer creer a los malandros que llegaron tarde, que unas cuadras antes ya te robaron)… Las opciones son infinitas. Podrían usarse, también, como medios de comunicación, desarrollando activamente mensajes por todo el territorio: ¿se imaginan un liqui liqui rojo que tenga estampada la frase: “yo no hablo mal del gobierno”?

Pero sin lugar a dudas la línea estrella de este proyecto es el modelo “El Oligarca”. Se trata de un liqui liqui especial para altos funcionarios: está blindado. En su forro interno trae una fina combinación de acero, estaño y vejiga de chivo, que lo hace sólido pero flexible, perfectamente manejable. Su peso permite todo tipo de movimientos y su resistencia está garantizada. Se confecciona en el exterior y es totalmente exclusivo. Es un modelo élite para la élite.

Porque, obviamente, a partir de este año, todos los funcionarios públicos deben comenzar a usar liqui liquis. Podría establecerse un modelo estándar, unicolor pero con diferentes tonalidades, para marcar las distintas jerarquías, y con una pequeña insignia en el costado izquierdo, a la altura del corazón, donde venga cosido el nombre y el cargo de cada empleado. Si el cargo es muy largo, la insignia podría seguir en línea recta hacia la manga izquierda del liqui liqui. No es broma. Nuestro Estado Bolivariano tiene cargos de altísima responsabilidad que, algunas veces, necesitan más de dos palabras para designar cabalmente todas sus tareas. Un ejemplo perfecto apareció hace pocos días en la Gaceta Oficial. Se trata del compañero Nicolás Ernesto Maduro Guerra. Su insignia tendría que decir: “Nicolás Maduro II. Director General de la Dirección General de Delegaciones e Instrucciones Presidenciales de la Vicepresidencia de la República”. ¡Eso no es cualquier cosa, coño! ¡Es una insignia que va del pecho al codo, por lo menos! ¡Para eso también debe servir un revolucionario liqui liqui!

Yo supongo que esta misma semana, dada la importancia del tema, el propio Presidente nombrará entonces un nuevo Estado Mayor para la producción y uso del liqui liqui. Si no, al menos, creará alguna Vicepresidencia de la Liquiliquirería. Es lo que corresponde. Esa es la realidad que atiende el gobierno. Es lo único que ve. Lo demás no existe.

Un día después de que Maduro anunciara su proyecto textil, falleció una niña en un hospital en la ciudad de San Félix. Tenía 7 meses y estaba desnutrida. Por eso murió. No es la primera infante que, debido a esa misma causa, pierde la vida en lo que va de año en el Estado Bolívar. El cadáver de esa niña es la demostración más trágica y contundente de que los 25 años del 4 de Febrero son una estafa. Derrocharon miles de millones de dólares para dejar al pueblo peor que antes.

El 2017 no es el año del liqui liqui. Es el año del hambre. La revolución solo es una pasarela.

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Carta de un patriota cooperante. De Alberto Barrera Tyszka

Fotografía de la serie Hasta en la sopa, de Diego Vallenilla.

Fotografía de la serie Hasta en la sopa, de Diego Vallenilla

Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 29 enero 2017 / PRODAVINCI

Compañero Diosdado:
Perdóneme la franqueza, pero no tengo otra manera de empezar: ¿qué vaina es esa, pues? ¿A usted qué le dio? Cuando leí la noticia, al principio, yo pensé que era un chiste pero, luego, cuando vi que la cosa venía en serio, me asusté. No puede ser, compañero. Ustedes no pueden seguir equivocándose de esa forma. Y cuando digo ustedes me refiero a ustedes: unidos o peleados, en bandos o en fracciones, son siempre el mismo grupetín que está allá arriba, rotándose los cargos, pasándose la pelota los unos a los otros, siempre en la pomada, pues. Ustedes están convirtiendo el autogol en el deporte preferido del chavismo.

prodavinciDéjeme explicarme, camarada. Esto de andar poniendo letreritos, pancartas, carteles o calcomanías en todos lados, diciendo “Aquí no se habla mal de Chávez” es —antes que nada— una estúpida manera de evidenciar que estamos en problemas. Si usted prohíbe algo es porque ese algo ya ocurre. ¿Me entiende? Se lo pongo más claro: si usted pone frente a su casa un aviso que dice: “Se pinchan cauchos”, usted está reconociendo que ya se hartó, que ya no soporta que haya gente que se la pasa estacionando su carro en ese lugar, delante de su residencia. Y por eso advierte, amenaza, prohibe. Pues lo mismito pasa con su gran idea. Usted, diputado Cabello, esta semana le ha anunciado a todo el mundo que en este país, en casi todos lados, se habla mal de Hugo Chávez. Que el Comandante Eterno ya no está en los altares sino en las muelas, en los refunfuños, en la exasperación, en el ayayay por todo lo que nos pasa.

¿Quién le dio esa idea, compañero? Parece una estrategia del enemigo. Es una vaina que no tiene ni pies ni cabeza. Se lo digo de pana. Yo creo que es una cosa que atenta, incluso, contra la identidad. ¿Usted ha visto cómo, en general, reaccionamos los venezolanos ante lo prohibido? ¿Usted ha visto cómo funciona nuestro ADN frente a cualquier protocolo del orden? Nos da piquiña. Nos cuesta. Las formas nos parecen una invitación a transgredirlas. Alborotan nuestras resistencias. Es el síndrome de la raya amarilla. Fíjese: cuando en el piso hay una raya amarilla y un anuncio que dice: “Espere su turno detrás de la línea”, ¿qué hace uno? Mínimo, pisa la raya. Y luego, saca un zapato hacia delante. O inclina medio cuerpo, como si la vaina fuera la partida de una carrera de caballos. Hay algo en ese tipo de indicaciones que nos incomoda enormemente. ¿Usted ha visto lo que importa un semáforo en Caracas? Nada. Pues estamos hablando de algo parecido. ¿Qué cree usted que va a pasar cuando un grupo de compatriotas llegue a una oficina pública y se encuentre, ahí, colgado en la pared, un letrero que diga “aquí no se habla mal de Chávez”? ¿Qué cree que es lo primero que van a hacer esas personas? ¡Exactamente! ¡Hablar mal de Chávez! ¡De forma inmediata! ¡En piloto automático y todos al mismo tiempo, además! Y si no los dejan hablar, entonces se van a quedar en silencio, mirándose, con una extraña complicidad, con una sonrisita pícara. Y en ese momento todos se van a poner a pensar mal de Chávez. De Chávez y de toda la cuerda de empleados que cuelguen letreros como ése en sus oficinas.

Pero pongamos que yo estoy equivocado, compañero. Que he sido vulnerable ante la campaña mediática de la derecha y del imperialismo gringo. Que estoy confundido y que usted tiene toda la razón. ¿Entonces? ¿Cuál es el proyecto? ¿Prohibir la crítica y el cuestionamiento? ¿Obligar a todo el mundo a quedarse en silencio, aceptando las cosas como están? Se lo pregunto así, de frente, porque usted también dijo que no hay “argumentos para hablar mal de Maduro ni de su gobierno”. O sea que la cosa sigue por esa vía. ¿Y entonces? ¿Hay que quedarse callado frente un hospital donde no funciona la emergencia por falta de insumos? ¿Hay que hacer silencio frente a la Masacre de Barlovento? ¿No hay que decir nada sobre la corrupción, sobre los miles de millones de dólares que nadie sabe dónde están? ¿Hay que quedarse callado ante la escasez y la inflación? ¿Cómo se tapan los gritos cuando uno ve a gente buscando comida entre bolsas de basura? ¿Qué es lo que quiere, diputado? ¿Convertir al país en una manada de mudos? ¿Esa es la revolución? ¿Así funciona la democracia participativa y protagónica? ¿La imposición del silencio es el nuevo plan de la patria?

Yo a veces siento, compañero, que ustedes viven en otro sitio. O que el país en el que ustedes viven no se parece en nada al nuestro. Ustedes viven en el país donde hay dólares y no existen los controles, en el país donde no hay que hacer colas y sobran los escoltas. En el país donde todas las noticias son excelentes y nadie tiene una crítica. Pero todos los demás, los que no estamos enchufados, vivimos en Venezuela. Y por eso somos lenguas largas. Todos somos mal hablados. Ustedes pueden seguir haciéndose los sordos. Pero jamás podrán prohibir que la realidad les hable.

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El regreso de los gorilas. De Alberto Barrera Tyszka

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Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 15 enero 2017 / PRODAVINCI

Ayer, Diosdado Cabello, embutido en un traje militar de campaña, rodeado de soldados y de cámaras de televisión, empuñó ferozmente un micrófono para carajear a Obama, a la oposición, a cualquiera que no quiera someterse al plan eterno de la revolución. “No tenemos miedo de verdad, perdimos el miedo hace tiempo”, vociferó. Tanto lo perdieron que hoy, precisamente, el Presidente ni siquiera se atreve a presentar su Memoria y Cuenta del 2016 ante el Parlamento. Maduro prefiere hablar frente a un Tribunal escogido a dedo por el oficialismo. No desea correr ningún riesgo. Le da culillo enfrentarse a quienes lo cuestionan. Maduro solo puede dar la cara ante sus amigos o en cadena nacional. No quiere que nadie lo interrumpa. No le rinde cuentas al país sino al TSJ, ese club privado donde solo entran sus amigos.

prodavinciEste fin de semana es una metáfora terrible del desastre nacional: el sábado el gobierno legitima las armas y la violencia, el domingo el gobierno deslegitima la democracia y el poder de la ciudadanía.

El ejercicio militar Zamora-2000 es una agresión brutal en contra de la dignidad de los venezolanos. Se organizó la movilización y participación de 580 mil personas, entre efectivos militares y población civil. Se realizaron simulacros, maniobras, ejercicios de entrenamiento. Se probó armamento nuevo y de mucho poder. El propio Presidente apareció en imágenes, empuñando un fusil… Como si varias fragatas extranjeras estuvieran detenidas frente a nuestras costas. Como si la amenaza de una invasión fuera inminente. Como si realmente existiera un enemigo colosal a punto de atacarnos. El Ministro de Defensa, en un destemplado ataque de maoísmo, ya había señalado la ruta: la “guerra popular prolongada”. ¿Contra quién? No se sabe. El chavismo necesita urgentemente un enemigo. Tal vez son, en todo el planeta, los que están más contentos con la llegada de Donald Trump la Casa Blanca.

Pero la mayoría de los venezolanos no tiene uniformes sino hambre. ¿Cuánto costó el ejercicio militar de ayer? ¿Cuál fue el presupuesto de ese espectáculo? ¿Con qué moral la Fuerza Armada se gasta balas en un show mientras en los hospitales faltan las jeringas? ¿Qué clase de ejército juega a la guerra invisible, dándole la espalda a la guerra real que ataca a su población?

Obviamente, todo esto forma parte del mismo proceso de descomposición que viene desarrollándose aceleradamente en el país. El contra ataque siempre ha estado presente en la metodología del chavismo. Es un elemento central en su concepción bélica de la política. Ante cualquier surgimiento disidente, se implementa una defensa y, después, un fulminante contra ataque. Cualquier intento por lograr que regrese la democracia al país, se encontrará con está dinámica, orquestada sin pudor desde el Estado y con dinero público. Ahí donde los venezolanos ven oxígeno, el oficialismo ve una nueva oportunidad para la asfixia.

Dentro de ese esquema cabe todo lo que hemos visto en este comienzo del 2017: la suspensión del diálogo, la omisión de fechas para la elección de gobernadores, y el uso impúdico de la violencia, sin respeto a ninguna legalidad. Esa es la lección que quiere dar el poder: aquí están las consecuencia de haber osado —tan siquiera— intentar activar un referendo revocatorio.

No hay manera de narrar lo que ocurre sin que el relato, de manera irremediable, nos conduzca a las viejas y repugnantes prácticas de los gobiernos militares sudamericanos del siglo XX. El relato de la detención de cualquier ciudadano (más aún, siendo un diputado, gozando de inmunidad parlamentaria) dentro de un túnel, su posterior desaparición e inmediato encarcelamiento, con la única justificación de la voz del poder, acusándolo de sabotaje, es una práctica clásica de gobiernos como el de Videla o Pinochet. Lo mismo que lo ocurrido con la detención del General Baduel o de distintos concejales en diferentes lugares del país. Lo mismo que pasa con todos los presos políticos, incluso con varios que —aún teniendo legalmente su libertad— siguen retenidos en las cárceles. Si a finales del año pasado, ante los juicios fabricados para impedir el revocatorio, se instaló en el país la idea de que estamos en una dictadura, este 2017 solo confirma, por desgracia, que estamos en una dictadura violenta: este es el regreso de los gorilas.

El Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, en su presentación de hoy, probablemente no hablará de las masacres de Barlovento o de Cariaco. Y de seguro tampoco presente las cifras del exterminio oficializado que han ido ejecutando las OLP. No mencionará el hambre, la miseria, la escasez de comida o de medicinas. El Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, hoy, en su rendición de cuentas, no hablará de la realidad ni de lo que nos ocurre a los venezolanos. Hablará de sus éxitos y de las conspiraciones en su contra. Su proyecto es institucionalizar la violencia e ignorar al país.

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Los abandonados. De Alberto Barrera Tyszka. Y entrevista a Julio Borges

EL DIPUTADO JULIO BORGES, ASUMIENDO LA PRESIDENCIA DE LA ASAMBLEA NACIONAL

EL DIPUTADO JULIO BORGES, ASUMIENDO LA PRESIDENCIA DE LA ASAMBLEA NACIONAL

Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 7 enero 2017 / PRODAVINCI

Yo le he puesto cabeza. Se lo juro, diputado Borges.  Y me he colocado enfrente y detrás de la frase, la he mirado por arriba y por abajo, la he pronunciado de mil maneras, pero nada. Nada de nada, diputado. No la entiendo. No me suena. No sé cómo hacer para que su propuesta se relacione con nuestra realidad.  Déjeme ponerle un ejemplo: cuando usted, desde el podio de la Asamblea Nacional, decía que el parlamento iba a aprobar el abandono del cargo por parte de Nicolás Maduro, casi nadie en este país lo estaba viendo o escuchando. En todas las radios y en todos los televisores se repetía la imagen de Nicolás Maduro repitiendo una cadena del día anterior.  Él estaba ahí. Absurdamente presente. Imponiéndose. Maduro seguía en su lugar y a usted nadie lo estaba escuchando denunciar que Maduro había abandonado su lugar.  No sé si me explico.

prodavinciDéjeme decirle que también lo he escuchado en alguna entrevista, insistiendo en el punto y tratando de explicarlo mejor.  Pero quedé igual. Peor aún: dudé de mi, sentí un parpadeo feroz en la autoestima. Luego comencé a pensar que quizás era un problema de contexto.  Que se estaba produciendo entre usted y nosotros un chisporroteo discursivo.  Es como si todo el país estuviera hablando del precio de las cebollas y usted, de pronto, empezara a hablarnos de Justiniano y del origen del derecho romano.  Ahí hay un cortocircuito, una pelea de luces y chasquidos que termina en un vacío.

Tratar de demostrar que Nicolás Maduro ha abandonado su cargo puede ser un ejercicio retórico interesante, pero es un ejercicio audaz de la imaginación.  Hay que tener mucho pensamiento abstracto para encontrarle rápida coherencia a esa propuesta.  Yo sospecho que a la mayoría de los venezolanos la experiencia nos dice otra cosa. La mayoría, más bien, sentimos que Nicolás Maduro lleva meses aferrado desesperadamente a su cargo.  Más aún: sentimos que no le importa destruir al país con tal de permanecer ahí, así, en su cargo.  Se ha vuelto más autoritario y cínico. Ha utilizado sin pudor las instituciones del Estado. Ha abusado de su poder. Ha mentido como nadie… todo, precisamente, para no abandonar ni un segundo la Presidencia de la República.  Por eso impidió a toda costa el Referendo Revocatorio. Por eso el Poder Electoral terminó delatando su servidumbre en una pequeña nota de prensa. Por eso cobardemente se improvisaron juicios express en contra de la MUD.  Para no correr ni siquiera el riesgo. Para prohibir la democracia de cualquier manera.

Hace un año, diputado Borges, cuando la oposición tomó posesión del Parlamento, nos ofrecieron concentrar su acción política en la salida de Maduro de Miraflores. Y fracasaron. Las explicaciones dan para un largo debate. Las especulaciones dan para un maratón de disputas. Esta semana, al asumir la Presidencia de la AN, usted ha vuelto a poner en el centro de su programa la salida de Maduro.  Por supuesto que tiene otras propuestas pero su centro, su primera convocatoria, su urgencia, apunta nuevamente hacia lo mismo.  Y rápidamente, el escenario político quedó atrapado otra vez en el mismo forcejeo inútil.  Usted anuncia que el parlamento declarará el abandono del cargo y Maduro –al mismo tiempo- celebra su obesidad en cadena nacional diciendo “estoy kilúo”.  Al día siguiente, el oficialismo vuelve a introducir una demanda para que el Tribunal Supremo de Justicia impida el trabajo de la AN; mientras la Fuerza Armada nos muestra nuevamente su sometimiento al partido de gobierno.  Es una historia que ya conocemos. En menos de 10 días, el 2017 se parece peligrosamente al 2016.

Lo peor de todo, diputado, y perdóneme la desesperanza, es la inquietante sensación de que la élite política –sin importar bandos o ideologías- está cada vez más aislada. Que vive pendiente de sus intereses y de sus proyectos, de sus cupos y de sus cuotas de poder, muy lejos del país real, abandonado, devorado por la simple y brutal economía.

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Julio Borges: “El reto es convertir la bomba social en un hito democrático”. De Hugo Prieto

Julio Borges retratado por Iñaki Zugasti

Julio Borges retratado por Iñaki Zugasti

hugo-prietoHugo Prieto, 8 enero 2017 / PRODAVINCI

Venezuela es una pequeña torre de Babel. Cada quien habla un lenguaje diferente, lo que impide cualquier entendimiento político. Pero este no es el problema, sino el síntoma de una institucionalidad hecha trizas, hecha escombros. También en la política estamos viviendo momentos de sobrevivencia. Así como hay una cola del pan, también hay una cola de la política.

prodavinciJulio Borges, dirigente de Primero Justicia y presidente en funciones de la Asamblea Nacional, disecciona, como método forense, las claves de su discurso y de los problemas que enfrenta la oposición. La unidad tiene pendiente un balance de lo que ocurrió en 2016, “un corte de cuenta”, como lo llama Borges. De lo contrario, será muy difícil replantearle al país una estrategia política coherente, creíble, que convierta el drama social en una herramienta para restablecer la constitucionalidad y la vigencia del voto en Venezuela.

En su discurso caracteriza al gobierno de Nicolás Maduro como una dictadura, ¿coincidencia discursiva con el ala radical de la oposición (Vente Venezuela, Voluntad Popular y Alianza Bravo Pueblo) ¿Además de la coincidencia discursiva hay una coincidencia política?
Siempre he pensado que sobre el diagnóstico de la enfermedad que estamos viviendo como venezolanos, nadie difiere en la unidad democrática. Todo el mundo ve, claramente, la enfermedad. Donde ha habido matices ha sido en la praxis, en el accionar político. Y lo que diferencia esta etapa de otras anteriores es un tema fundamental, que nunca había estado presente. Me refiero a la negación, por parte del gobierno de Nicolás Maduro, del derecho al voto y a las elecciones. Nosotros siempre hemos sido —y hoy más que nunca— defensores del voto, porque sólo el voto pone en manos de todo el mundo la solución a los problemas del país. Esa tiene que ser la palabra sagrada. Pero nunca antes, incluso desde que Maduro está en el poder, había una decisión como la hay ahora de que en Venezuela no hay elecciones indefinidamente. Y eso tiene una historia. Es decir, no es nuevo. Aquí 14 millones de venezolanos votaron en las elecciones parlamentarias del 6-D y el gobierno nunca reconoció ese triunfo; debió realizarse la elección de gobernadores y no se hizo, se activó el referéndum revocatorio, al que sólo le faltaba un solo paso (la recolección del 20% de firmas) y también se lo robaron. Ahora, más que nunca, queda claro que el gobierno pasó del autoritarismo a la dictadura. Y queda, igualmente claro, que la lucha es por el restablecimiento del voto y de la Constitución.

Puede ser políticamente correcto hablar de ciertos “matices” alrededor del diagnóstico de lo que estamos viviendo, pero digamos que esos “matices”, que —en mi opinión— no son más que contradicciones llevaron a una serie de errores a lo largo de 2016. Esos errores se están pagando y muy caro. La pregunta es si ustedes van a coincidir en una estrategia que minimice los errores y optimices los logros, lo que se pueda alcanzar.
Se han cometido errores y la sabiduría está en reconocerlos y admitirlos. Pero lo que se ha vivido en el último año ha sido un naufragio. Desde el mismo momento en que se ganó la Asamblea con tanta fuerza y el gobierno desconoció ese triunfo extraordinario. O desde el momento en que el referéndum ganaba velocidad para realizarse y el gobierno, simplemente, se lo robó, así como se robó la elección de gobernadores. Esos tres choques lo que produce es que el país entero y la propia oposición queden como aturdidos, como cuando recibes un gran golpe en la cabeza y no sabes bien qué estás oyendo y dónde estás parado. Pero lo que nos corresponde actualmente es entender que esos caminos constitucionales y formales, el gobierno los clausuró y, por lo tanto, para que nosotros logremos darle vigencia nuevamente a la Constitución, no sólo en el plano político, sino también  en lo social y en lo económico, obligatoriamente toca, primero, no creer en soluciones mágicas y segundo entender que el país entero tiene que ponerse a derribar esas murallas y esos obstáculos, que en este momento impiden que tengamos libertad y democracia y que tengamos hasta lo más básico, que es una economía que funcione.

Detrás de esos errores estuvieron las posiciones políticas y las aspiraciones individuales de los líderes de la oposición, lo que a su vez contribuyó a que esos errores se precipitaran. Ante la situación que caracterizó en su discurso, ¿esas apetencias, esos cálculos, esas agendas se van a dejar de lado o, por el contrario, van a seguir gravitando, pero ahora de una manera subrepticia?
Yo sí creo, lo digo honestamente, que ha habido un aprendizaje, ¿En qué sentido? Después del triunfo del 6-D, la sensación era que había un cambio inminente en el país. Y eso despierta, como es natural y sano, que surjan diferentes opciones frente a la posibilidad de un cambio de gobierno. El error está en que de lo sano —opciones, alternativas, debate—, se pasa a otro momento que es calcular, condicionar y canibalizarse. Eso ya no es sano. Sobre esto último yo sí creo que hay un aprendizaje: El desgastarnos en ese canibalismo interno al final no lleva a ningún lado y es el mejor favor que se le hace al gobierno. Pero también esa experiencia deja un saldo positivo, porque una de las cosas buenas de la oposición es que tenemos a muchos líderes diferentes.

¿No cree que la MUD le debe al país una explicación de esos errores, sobre las propuestas que se hicieron —“en seis meses vamos a sacar a Maduro”, “vamos a Miraflores”—, todo eso que fracasó en 2016? ¿No cabe incluso una manifestación pública de contrición?
Sí hay que hacerlo y soy de los que piensa que se va hacer. Y fui de los que trabajé durante todo el mes de diciembre, tratando de que nosotros no comenzáramos este año, 2017, sin que eso se hiciera. Estuve volcado todos los días tratando de recomponer el rompecabezas para que nosotros pudiéramos partir de ese balance, de ese corte de cuenta, de ese verdadero mea culpa, que deje en claro que hubo un aprendizaje y, a partir de allí, y sólo a partir de allí, plantearle a Venezuela cuál puede ser el nuevo camino político.

La pregunta viene a cuento porque las encuestas señalan que el costo político para la MUD fue considerable. También hay que considerar el creciente número de venezolanos que canceló el tema de la política. Aquí están reapareciendo todos los factores de la antipolítica. La tentación del outsider. Los que sugieren la candidatura de un empresario. El revanchismo. Qué bueno que fracasó la MUD, porque nos llegó el turno a nosotros.
Yo creo que el problema va mucho más allá de lo que encierra ese planteamiento. En la medida en que la unidad pueda entender bien lo que fue el año 2016, hacer un balance honesto y sincero de lo que ocurrió ese año, replantearse lo que fueron esos errores y a partir de allí, tal como lo señalé anteriormente, relanzar lo que es su visión y su ruta es que puede otra vez reconectarse y liderar al país. Ahora, el problema, no menos grave, es pensar que estamos en un escenario similar al 92, como se vivió con Chávez. De que se podían fabricar opciones anti políticas o anti sistema. El problema, y quiero insistir en esto, es que en Venezuela no hay un tablero para el juego político, no hay un piso donde se puedan librar peleas artificiales. Por eso digo que el problema va mucho más allá. Estamos en un momento de una enorme gravedad, que se describe o se define, simplemente, como un país donde ya no hay Constitución, a la Constitución le pusieron un candado y Nicolás Maduro hace lo que le da la gana fuera de la Constitución. Y por eso la primera tarea no es pensar en quién va a ser el candidato presidencial o no, o quién tiene necesidad de figurar en este momento, sino en crear un gran movimiento de unidad nacional que permita que el país haga valer, como lo ha hecho en otras épocas, su fuerza para imponer su derecho a votar. Ese es el gran drama que tiene Venezuela en este momento.

Ciertamente, el problema es mucho más profundo y debería haber consonancia entre los planteamientos que hace en su discurso y lo que cabría hacer políticamente. Allí se habla de dictadura por todo el cañón, por ejemplo, y ya sabemos que las dictaduras no concilian, no dialogan, no respetan derechos constitucionales, simplemente ejercen el poder de la forma más descarnada y arbitraria posible. ¿Cómo sobreponerse al gobierno dictatorial de Nicolás Maduro?
Si lo queremos ver con ejemplos propios, de nuestra realidad, y no con experiencias lejanas, ahí encontramos que la historia venezolana ha sido la resistencia contra el poder. Desde la independencia hasta el día de hoy. Ha sido una lucha larga, difícil, enorme, donde ha habido episodios tan duros como los que estamos viviendo actualmente. Yo quise hacer una gran referencia al 23 de enero, por el significado que tiene esa fecha, pero a veces los que detentan el poder se ciegan, se convierten en esos gigantes de pies de barro y lo que parece en un momento dado todopoderoso, que lo controla todo, en cuestión de segundos se deshace y se impone la realidad y la fuerza de la gente. Incluso en los momentos más difíciles de Venezuela, no ya el 23 de enero sino en la época de Gómez, el movimiento estudiantil del año 28, el mismo movimiento de los oficiales de ese mismo año, donde estaba involucrado el hijo de (Eleazar) López Contreras. Es decir, aquí hay un ADN de libertad, presente en los venezolanos, que incluso en estos 17 años de poder, no lo han podido doblegar. La resistencia no es de unos meses, sino de 17 años, en los que no han podido doblarle la espalda al país.

¿Usted le apuesta a esa dosis de ADN libertario? ¿Le merece toda su confianza?
Tengo toda la confianza, porque lo ha demostrado una y otra vez: ese ADN es muy claro. Si Hugo Chávez no pudo, en casi 13 años, convertir a este país en la fotocopia cubana que él quiso, y el país resistió —y resistieron los medios, los periodistas, los estudiantes, las fuerzas políticas y el pueblo—, mucho menos va a poder Nicolás Maduro.

Una parte esencial de su discurso está dedicada a la Fuerza Armada, digamos, al partido armado. Sin embargo, el presidente Maduro se anticipó, porque en la remodelación del gabinete designó a más militares en funciones de gobierno. Uno podría pensar que el partido armado va a seguir apoyando a Nicolás Maduro y a la dictadura que se está instaurando en el país.
Si esa mirada se hiciera a 32.000 pies de altura, desde un avión que pasara por encima de Venezuela, tú pudieras llegar a la conclusión, quizás porque no hay una ruptura sino una inercia, una postración, de que los venezolanos están apoyando a Nicolás Maduro. Pero esa conclusión es errada. Y si esa mirada la trasladamos a la Fuerza Armada, también sería una equivocación. Yo estoy seguro de que en la Fuerza Armada, su inmensa mayoría sufre lo mismo que sufre el pueblo venezolano, en términos de carestía, de injusticia, de corrupción, de arbitrariedades, hay un anhelo de cambio, tal como lo hay en el resto del país. Me atrevo a decir que es un espejo. Pero lo que no podemos hacer es incurrir en generalizaciones. Y saber, cuando nos toque hoy, mañana o pasado mañana, ser gobierno, que quienes hayan cometido ese horror de haber llevado a la Fuerza Armada a delitos tan graves como el narcotráfico y la violación a los Derechos Humanos, caso por caso, lo van a pagar, pero repito, sería un grave error hacer generalizaciones. Creo que están tan secuestrados y sujetos a la manipulación política, y al intento de convertirlos en un partido militar, que ellos mismos lo rechazan. Más bien, como lo dije en mi discurso, la invitación es a una nueva relación entre el pueblo y la Fuerza Armada, donde ella cumpla un papel distinto en el desarrollo, en la soberanía y en la modernización del país, sin estar sujeta a manipulaciones para que se convierta en el partido verde, en el partido militar.

La tentación de invitar a los militares, no a la mesa de negociación, como lo hizo Henrique Capriles, sino a que diriman este conflicto, a que se conviertan en el último elector, podría plantear el escenario de lo que hizo Pinochet en Chile. <Señores, la Fuerza Armada toma el gobierno y envía a los políticos a unas largas vacaciones>. Creo que Venezuela está corriendo ese riesgo. Los militares podrían decir, <¿por qué vamos a acompañar a Maduro en este sistema fracasado, y también, por qué vamos a renunciar a los privilegios que nos ha dado, por qué no agarramos el coroto?>
Fíjate que mi planteamiento es muy distinto y lo digo muy claro. Mi planteamiento no es ni a la rebelión ni al golpe de Estado, sino a que los militares venezolanos, que votan y que históricamente han cumplido un papel crucial en la construcción de la República, entiendan, como decía Andrés Eloy Blanco, que ellos también son guardianes de la Constitución. Más bien el llamado es a que la Fuerza Armada ayude a que los derechos que establece la Constitución, hoy secuestrada, se cumplan y, fundamentalmente, el voto. Eso para mí es lo más importante. Llamar a los militares para que sean los salvadores de la patria, no lo quiere nadie, ni siquiera ellos mismos. Aquí lo que estamos diciendo es a que el árbitro final, el verdadero sujeto histórico que dirima este conflicto, tiene que ser, obligatoriamente, el pueblo venezolano, porque mi gran angustia y también lo dije en el discurso, es que yo siento que Nicolás Maduro tomó la decisión de que en Venezuela no habrá más elecciones. El gobierno va a hacer todo lo posible para que no haya elecciones de gobernadores y alcaldes. Y así como no hubo referéndum, que no haya ningún tipo de consulta popular. Ahí es donde está el nudo más importante que tiene el país entero, incluyendo a la Fuerza Armada.

Maduro ha dicho, de manera reiterada, que la propia Asamblea Nacional se “auto disolvió”. Y ya sabemos que el TJS podría emitir una sentencia en ese sentido.
Sí, pero toma cuenta una cosa muy importante: Nosotros tenemos que ver que el único poder que fue electo por 14 millones de venezolanos, en los años recientes, fue la Asamblea Nacional. No la eligió ni Nicolás Maduro ni un puñito de magistrados. De manera que el desafío nuestro, como líderes, es hacer valer la voluntad de ese pueblo que está por encima de Maduro, por encima de ese TSJ y que, ejerciendo su derecho constitucional, masivamente votó por esa Asamblea. Ese es, realmente, el tablero en el cual estamos ahora.

Advierto una contradicción en su discurso, por un lado habla de pensamiento mágico y por otro lado habla de un país rico, que —en mi opinión— podría ser parte de ese pensamiento mágico, porque si algo ha demostrado la historia del siglo XX, es que los venezolanos, al menos, no supimos que hacer con la riqueza petrolera. No es que seamos un país rico, es que no sabemos qué hacer con la riqueza del país.
Lo que yo quise subrayar en esa visión no es simplemente el país que espera que caiga el maná del cielo, sino la inmensa contradicción de que este país, que realmente tiene las mayores reservas de oro, de gas, de petróleo, de minerales del mundo entero, su pueblo está comiendo basura en la calle y, quizás, esa es la demostración de que no es un país rico. Pero si es la demostración de un gobierno rico y de un pueblo pobre. Se calcula que de cada 100 venezolanos ocho hurgan en la basura buscando comida. Obviamente, no somos un país rico. Eso no es un lugar común, no es una excepción, se está convirtiendo en la regla. Aquí realmente el país fue saqueado y todo se convirtió en un enorme sistema de corrupción que ha dejado a los más pobres más empobrecidos, más desamparados, sin ningún tipo de protección. A eso es lo que apunta mi visión en el discurso.

Veamos un poco lo que pasó en Ciudad Bolívar. Por una parte, uno no le encuentra explicación lógica a esta medida que tomó el gobierno (la eliminación del billete de 100, sin tener a mano el nuevo cono monetario), después de los puntos, digamos, que se anotó con el resultado de la mesa de diálogo. Sin embargo, esa medida fue tan improvisada y resultó tan perversa, que esos puntos se esfumaron. Y por la otra, vimos el preámbulo de lo que sin ninguna duda es la bomba social que hay en Venezuela. Hubo una reacción tardía de los militares, aunque el gobernador de Bolívar es un militar (Francisco Rangel Gómez). Lo cierto es que el caos social está a la vuelta de la esquina. ¿Cómo convertir en malestar de la población en una poderosa herramienta política?
Hay varias cosas allí. En primer lugar, ese episodio habla de un gobierno que lo único que le interesa es la política y aferrarse al poder. Que toma medidas en otros temas, con una improvisación, con una indiferencia, en la cual no le importa si eso vale la vida de la gente, el hambre de la gente o las navidades de la gente. De ahí la soberbia que termina volviendo ciegos a los que se creen todopoderosos y se llevan más de unas sorpresa histórica que nunca se imaginaron.  Maduro debería tener en cuenta lo que ha sido esa realidad histórica. En segundo lugar, para nosotros, los dirigentes políticos, entender que los problemas del país están allí y que nosotros, en la actualidad, tenemos que salirnos del tablero gobierno oposición, para ir al único tablero, que es pueblo unido, pueblo único, pueblo sufriente, pueblo doliente, versus Maduro y su sistema de pobreza. Esto no es un problema de un gobierno luchando contra la oposición. El tablero es otro, es el pueblo venezolano, en su totalidad, que está sometido a un nivel de indignidad, de sometimiento, de subordinación y casi que de esclavitud en lo más básico, en su comida, en su trabajo, en su día a día, que aquí el único tablero es pueblo versus Maduro. Y ahí los dirigentes políticos tenemos que entender que no hay solución política, si nosotros no transformamos la grave crisis social en una propuesta que desencadene una solución a la crisis del país. En ese sentido, la pregunta es muy lógica. No es que lo social va por un lado y lo político por el otro. Si nosotros no logramos ser los intérpretes de esa crisis social y transformarla en una crisis política que nos lleve al voto, no estamos haciendo las cosas bien. En segundo lugar, si nos quedamos esperando que se produzca un estallido social para que haya un cambio político, también estamos equivocados. Nuestro deber es darle cauce a esa energía que está allí para que no termine siendo un volcán, sino la expresión de una ciudadanía, que quiere cambio. Ese es el reto. Convertir una bomba social en un hito democrático.

Usted es dirigente de Primero Justicia y actualmente es el presidente de la Asamblea Nacional, no le voy a preguntar cuál es la agenda, cuáles son las estaciones del recorrido que nos va a llevar al hito democrático, pero sí le voy a preguntar cuándo se va a reunir la Mesa de la Unidad Democrática para definir cuáles son los pasos a seguir. No todos,  porque guerra avisada no mata a soldado, para que alrededor de ese punto no escuchemos la posición de Julio Borges, de Freddy Guevara o de María Corina Machado, sino la posición consensuada de la unidad democrática.
Puedo decirte con suficiente moral, que Henrique (Capriles) y yo, estuvimos todo el mes de diciembre convocando la necesidad de hacer la reflexión, durara lo que durara esa reunión, para la toma de decisiones, de replanteamiento de las cosas, de mea culpa, y fueron muy parciales. Un día hubo una falta y al siguiente otra. Pero le dedicamos todo el mes de diciembre a amasar esa realidad. Ahora, que se activa la Asamblea, yo no me atrevo, entre otras cosas, porque me llevé tantos fiascos, de ponerle un día. Pero si te puedo decir que esa preocupación que planteabas, de entender bien, de explicar bien, qué pasó, que errores hubo, que no se hizo, que sí se hizo, para que con esa visión clara, le puedas replantear la estrategia política al país, debería estar decidida y expuesta en cuestión de días.

¿De días? ¿No debió haber sido, digamos, la salutación del año 2017?
Te confieso que la presión que pusimos nosotros es que antes del 20 de diciembre, antes de Navidad, pudiéramos hacer ese corte de cuenta, y plantearle los resultados al país, luego lo propusimos para el 31 y actualmente estamos en este proceso. Pero la parte importante y positiva de este relato es que yo creo que hay una comprensión de los errores y de los aciertos y que a pesar de que pudieran parecer visiones contradictorias, tal como lo sugeriste, se comparte a plenitud el diagnóstico y lo que nos toca es amasar eso en una visión compartida.

Va a ser muy difícil que la gente asuma los sacrificios que la situación plantea, si esa unidad de criterios no está expuesta con la coherencia y con la claridad que hace falta.
Absolutamente. Si no la gente va a creer que se trata de una campaña electoral, de nuevas promesas, sin que haya una reflexión.

Sin que haya verdadera disposición a enfrentar el gobierno dictatorial de Maduro en otros términos.
Exactamente.

 

Historia de un billete. De Alberto Barrera Tyszka

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Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 18 diciembre 2016 / PRODAVINCI

El billete está apretado en la mano de una señora. La señora se encuentra en una larga cola. La cola empieza en la puerta del banco y se extiende por varias calles. En las calles todos los negocios han cerrado. Los comerciantes temen que pase algo. Pero en realidad no pasa nada. Alguna gente rezonga, otros mastican sus melancolías. Dentro de la vitrina de una tienda de electrodomésticos hay varios televisores encendidos. En uno de ellos, un noticiero repite las imágenes de la canciller protestando en Argentina. La señora mira y se pregunta ¿cuánto valdrá el collar que lleva Delcy Rodríguez guindando en el cuello?, ¿pesará mucho? Si Delcy Rodríguez estuviera en esa cola, ¿se pondría también ese collar?

prodavinciLa señora tiene sed y mal humor. Aprieta el billete de 100 en su mano como si fuera un mantra. En su bolso guarda muchos rollos con billetes iguales, ajustados con ligas de goma. Son el ahorro familiar de casi un año. Empezaron en febrero, cuando ella y su marido escucharon al doctor diciendo que el quirófano era irremediable. Una operación de próstata los puso a juntar billetes —luchando contra la inflación y la escasez— hasta lograr alcanzar la cifra necesaria. Pero antes, como siempre, llegó “El destructor”. Nicolás Maduro, con todos sus súper poderes económicos, lo hizo de nuevo. Ahora pulverizó los ahorros del pueblo. Dejó a todo el mundo sin billete.

La señora está cansada. Ya lleva horas ahí. Llegó desde muy temprano a la cola. El rostro de Bolívar, tatuado sobre el papel que tiene en su mano, se ha ido asfixiando poco a poco. Todo está detenido y, sin embargo, todo se está cayendo. Es una sensación tan extraña. La vida de pronto parece un accidente sin final. La esperanza va muy despacio. Aquí solo es veloz el deterioro.

Detrás de cada billete de 100 puede haber una historia. La del señor que viajó desde Valencia a Caracas para cambiar 2 mil ochocientos bolívares. La de los abastos arrasados en el Estado Bolívar. La de los muchos billetes danzando sobre el aire, en una coreografía jamás vista en nuestro país. La historia de aquellos que trataron de contar la historia de un billete, como la radio Fe y Alegría de Guasdualito, y terminaron siendo allanados y censurados por la policía. Era un operativo de “rutina”, dijeron. Detrás de cada billete de 100 puede haber una historia, muchos relatos de un pueblo defendiéndose y resistiendo ante la opresión del Estado, ante el saqueo y la violencia oficial.

Por supuesto que, como siempre, el gobierno actúa para salvarnos. Por eso nos humilla. Porque quiere protegernos. La culpa siempre es de otros. Siguiendo el Método Maduro, cualquier gobierno del planeta podría legitimar la represión y justificar su permanencia eterna en el poder. Los responsables del todo el caos que vivimos son el imperialismo, la derecha y las mafias bachaqueras. El Presidente se monta en un tarima y empuña el sable de Bolívar, un sable —dice— que jamás se ha presentado así, que por primera vez aparece en este día. Es un espectáculo nunca visto. De la Batalla de Carabobo a la Chapuza de los billetes de a 100.

Unas horas más tarde, la parafernalia heroica se ha desvanecido y el gobierno anuncia que la vaina no es tan radical, que las mafias no son tan mafias ni el sable es tan sable. Que hay prórroga. Que vamos a darnos un recreo en mitad de esta guerra a muerte. Que todo lo que dijimos y vivimos esta semana es un chiste. Que da igual. Que es mentira.

Es mentira la cola. Es mentira la angustia. Son mentiras los kilómetros recorridos y las horas de espera. Son mentira también los billetes perdidos, cambiados, depositados de cualquier forma y sin respaldo claro. Nadie entiende nada, nadie explica nada, todo da lo mismo. El gobierno pretende resolver realidades complejas con consignas cada vez más simples.

La señora mira el billete arrugado. Está sobre la mesa de su sala. Junto a la bolsa que tiene todos los otros billetes que, algún día, quizás sean una operación de próstata. Es de noche y tiene ganas de llorar. No es fácil vivir en un país donde cualquier dolor es inútil. Extenuada, cierra los ojos y trata de imaginar el futuro más cercano. Piensa en los nuevos billetes, por ejemplo. Imagina, de pronto, un billete nuevo, resplandeciente, tendido en esa misma mesa, frente a ella. ¿Qué haría? ¿Qué historia podría vivir con ese nuevo billete?

De pronto, tiene una idea. Es una imagen que se acerca, que surge desesperada del ansia de estos días. Se ve a ella misma tomando una pluma y escribiendo sobre ese nuevo papel dos palabras. Tan solo dos palabras: elecciones ya.

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La política suspendida. De Alberto Barrera Tyszka

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Alberto-Barrera-Tyszka-640Alberto Barrera Tyszka, 11 diciembre 2016 / PRODAVINCI

Hace un año, en estas fechas, aun estábamos celebrando. Habían pasado ya varios días del arrollador triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias y, todavía, se sentía en el aire un ánimo de cohetes. El ansia de cambio se había hecho mayoría. La esperanza se había mudado de lugar. Parece mentira que, doce meses más tarde, estemos aquí, otra vez, con menos ilusiones y con mucha más pobreza, represión y autoritarismo, sin nada que festejar.

La dirigencia opositora –más dividida de lo que pensábamos- le apostó a convertir la salida de Maduro en una nueva fantasía nacional, en la solución de todos los problemas. Se confió, pensó que el oficialismo respetaría las reglas del juego, y supuso que ya el escenario estaba preparado y dispuesto para un cambio. Que el Referendo Revocatorio era casi una cortesía natural, una forma de darle chance al Presidente de bajarse de la historia.

prodavinciDel otro lado, la dirigencia oficialista le apostó a violar la Constitución e impedir de mil maneras la democracia participativa y protagónica. Despojó a la nueva Asamblea de toda legitimidad y comenzó a sabotearla sin ningún pudor. El resultado ha sido catastrófico. Para ambos. Y también para el país, por supuesto. Mientras la crisis económica avanza, devorando de manera brutal y vertiginosa a la mayoría de la población, los actores políticos permanecen paralizados, engarzados en retóricas inútiles que solo los desgastan, los presentan muy lejos de la realidad. Con otras emergencias. Con otras prioridades.

La MUD parece ahora un conjunto desigual, errático. Es un coro donde cada quien dice una cosa distinta, donde a veces importan más las estrategias personales que las urgencias del país, donde ya hasta se acusan unos a otros (sin la necesaria contundencia de los nombres) de soborno o de traición, donde todo lo que se comunica resulta confuso, ambiguo, poco claro… Los errores de la dirigencia opositora no hacen más democrático al gobierno. Tampoco lo hacen más eficiente o menos corrupto. Pero le dan oxígeno. Y el oficialismo sabe administrar el caos. Tiene los recursos y el cinismo necesario para hacerlo. La defensa de sus privilegios les garantiza un sentido de la unidad más sólido. Viniendo de una derrota electoral y con un nivel bajísimo de aprobación, ha terminado el año logrando lo impensable: volver a suspender el sentido de alternabilidad en la sociedad venezolana. Minar el poder, el rigor y la legitimidad de las elecciones.

Después de haber decretado públicamente que estábamos en una dictadura, después de que la palabra dictadura se instaló con fuerza en el país, el final de este 2016 está marcado por una instancia donde todas las palabras, cada día, parecen deshacerse. La famosa mesa de diálogo ha convertido el diálogo en algo anodino, burocrático, etéreo. Casi podría ser una escena escolar: un cura italiano llama a los muchachos peleones de la clase y los encierra en un salón, obligándolos a conversar. Ninguno de los dos dice nada concreto. Se acusan, se excusan. Manotean. Se amenazan mutuamente. Pero nada más. Mientras, afuera, el colegio se derrumba.

La mesa de diálogo ocurre en otro lado, tiene otros calendarios, otras palabras. Y ya solo contagia confusión. Solo produce distancia. Entre el llamado a Rebelión después del 20 de octubre y la declaración de los líderes de oposición esta semana, hay un desastroso y prolongado coitus interruptus. La sensación que queda, después de todo, tampoco le conviene al gobierno. Ha sido obligado a negociar. Y aunque el oficialismo haya logrado momentáneamente congelar la protesta, no ha podido congelar la crisis. La mesa de diálogo ha terminado transmitiendo una imagen que los afecta a ambos: se trata de un espacio privado, donde los dirigentes supuestamente hablan, sin que eso tenga ninguna eficacia, sin que esté necesariamente conectado con lo que en verdad ocurre en el país.

La política parece, entonces, estar suspendida en un limbo. Mientras, las angustias de la mayoría de la gente siguen sueltas, desordenadas, en la calle. Calentando la calle.

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