Alberto Barrera Tyszka

¡Feliz cumpleaños, Nicolás! De Alberto Barrera Tyszka

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 26 noviembre 2017 / PRODAVINCI

El gran logro de la oposición en las últimas semanas ha sido la celebración pública del cumpleaños del Nicolás Maduro. Quién sabe cómo pudieron infiltrarse en el Estado Mayor de Comandos Superiores para la Organización de Festejos Presidenciales pero, sin duda alguna, el numerito del merengue televisado, con la participación de un artista internacional, fue una genialidad. En medio de la hiperinflación y de la escasez, de la pelazón generalizada, del hambre con hache dura, ahí estaba el Presidente, tan sonriente, intentando bailar mientras Bonny Cepeda cantaba una pieza titulada “Asesina”. ¿No es acaso una imagen impactante?

prodavinciEse mismo día, el propio Maduro había promocionado por las redes sociales un video biográfico que –en la clásica tradición de la industria del culto a la personalidad– comienza a construir un nuevo melodrama heroico, reinventa la vida personal desde el poder. Según esta pieza, el niño Nicolás, con apenas 8 años, cada vez que veía El Ávila pensaba en Simón Bolívar. No faltaba más. Es una asociación súper lógica. Pero al tocar el momento de la adolescencia, el guion resolvió la narrativa de manera aun más trepidante y veloz: con una frase que asegura que, un buen día, el joven Nicolás le dijo a sus amigos “me voy a vivir la revolución”. Y se acabó. Lo demás son fotos con el Comandante Chávez y un cierre emotivo con un niño que declama loas y que luego se suma a un gran grupo de infantes para gritar “¡Feliz cumpleaños, Presidente!”

¿A quién se le ocurre producir, distribuir y promover algo así en un país donde la harina se vende por cucharadas? Porque la gente no puede pagar. Porque el sueldo solo da para eso. Según una nota firmada por el medio Efecto Cocuyo, varios productos de la cesta básica ya se mercadean de esta manera en las zonas populares. Hoy en día, los niños de los barrios ven la montaña y se marean. Tienen un ay bajo el ombligo. Siguen pensando en comer.

Los mensajes de felicitación nos mostraron diferentes niveles posibles de adulación. El exceso de adjetivos también empacha. Pero ya es un protocolo, forma parte de la ceremonia oficial del poder. Se puede observar en cualquier acto público. Esta misma semana, para no alejarnos demasiado, en un encuentro con estudiantes de educación media, una dirigente habló durante varios minutos sin expresar más de una idea pero repitiendo –hasta el empalago– la fórmula “Compañero-Comandante-Camarada Presidente Maduro” para alabarlo, agradecerle, reafirmarle de manera constante su apoyo incondicional. La retórica como método. La retórica como sometimiento.

¿Será posible diagnosticar cuándo y cómo el liderazgo oficialista perdió su conexión con la realidad? ¿Cuándo decidió conscientemente evitarla y, luego, de manera abierta, negarla? Entre el país del oficialismo y el país de la mayoría de los venezolanos hay un abismo irremediable. La revolución solo es una parodia. La vida real es una tragedia.

En honor a la verdad, podría decirse que no se trata de un problema exclusivo del gobierno. También el liderazgo de la oposición vive un cisma similar. Basta con revisar todo el proceso reciente. En buena parte, es una dirigencia que parece vivir en un país paralelo. Lamentablemente, sobran los ejemplos: Manuel Rosales y Timoteo Zambrano, más cómplices del gobierno que de la unidad; los grandes partidos y sus candidatos permanentes a la Presidencia; Antonio Ledezma y su inútil intento por convertir su fuga en una epopeya política (dejándole una bandera sin significados a María Corina Machado, proponiendo purgas en Madrid, coqueteando con la posibilidad de ser nombrado Presidente por el TSJ del exilio)… El país se encuentra hundido en una profunda crisis de representación política. No solo se trata de las élites, de aquellos que aspiran a conducir la dinámica política. Se trata del sentido mismo de la representación, de su pertinencia y de su validez. De la idea de su eficacia.

La deslegitimación del CNE y del sistema electoral solo agudizan la situación. La caída en picada del voto, como expresión útil, como valor, como espacio de poder, hace más evidente el precipicio. ¿Es este el triunfo final de la antipolítica?

El país que celebra en cadena nacional el cumpleaños de Nicolás Maduro es el mismo país de una ANC cuya prioridad, hasta ahora, es reglamentar la censura y la represión. Es el país de un TSJ que, esta semana, por cuarta vez negó un recurso presentado por la ONG Cecodap para salvaguardar la salud de los niños ante la escasez de medicinas. Es el país que, según aseguró Castro Soteldo hace dos días, abrirá una primera fábrica de fusiles Kalashnikov el año que viene.

En el país de la mayoría de los venezolanos, un trasplantado renal protesta en la calle, alzando con sus dos manos un cartón, porque no hay medicinas que impidan su muerte. Una mujer compra cuatro cucharadas de harina en la redoma de Petare. Demasiados jóvenes sueñan desesperadamente con salir del mapa. En el país de la mayoría, hay difteria y niños que se mueren de desnutrición. Ninguno de ellos, esta semana, pudo aparecer en un video gritando ¡Feliz cumpleaños, Nicolás!

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Un grito. De Alberto Barrera Tyszka

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Fotografía de Helena Carpio.

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, NOVELISTA Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 29 octubre 2017 / PRODAVINCI

La mujer se asomó a la ventana. Tenía puesta una bata sencilla, sin mangas. Aunque no se le veían, podían adivinarse unas chancletas de plástico medio desencajadas debajo de sus pies. Su cabello se desordenaba apenas hasta el cuello. Su rostro estaba cruzado por una mueca que, con dificultad, contenía un alarido. Lo aguantó durante pocos segundos. La mujer se asomó a la ventana y lanzó un grito: ¡que se vayan todos a la mierda! Y sin que le faltara el aire prosiguió: ¡que se vayan todos al mismísimo carajo! ¡Son unos farsantes, unos sinvergüenzas, unos grandes coño e madres! Sus palabras se colaron entre las casas y las veredas, retumbaron en los escalones, siguieron sonando más allá, a lo lejos. Luego hubo un silencio tenso, irritado. Una rabia muda.

prodavinciEl desespero ya no necesitan nombres. Hay muchos destinos para la indignación en este tiempo, en este mapa ¿Cómo puede sentirse cualquier venezolano cuando ve cómo Maduro nombra a sus candidatos derrotados como “protectores” de los Estados donde fueron, democráticamente, rechazados? ¿Qué siente el ciudadano común cuando escucha a Henry Ramos Allup tratando de disfrazar sus maniobras, mintiendo, pretendiendo salirse por la tangente con juegos de palabras? Cualquiera siente exasperación. Siente dolor, humillación. Siente impotencia. La política se ha convertido en una ficción muy violenta.

¿Qué puede representar Tibisay Lucena para la mayoría de los habitantes de este país? La misma figura que obstaculizó e impidió cualquier evento electoral el año pasado es ahora quien, con idéntica serenidad y armonía, facilita y organiza de manera express unos comicios para el próximo mes de diciembre. En su actitud no solo hay engaño, la voluntad de intervenir a favor del poder los procesos electorales, sino también hay cinismo. El cinismo del fariseo que, cuando comete un delito, actúa como si estuviera ejecutando una virtud. El CNE no representa ni protege a la ciudadanía. El CNE ni siquiera ya se representa a sí mismo. Ha perdido cualquier majestad institucional. Es absurdo que, después de todo lo ocurrido, la oposición se plantee –tan siquiera- participar o no en una nueva elección. El fraude ya ha quedado expuesto, de manera evidente. El fraude ya es un modo de producción. Es la única suma que tiene el gobierno, la manera de contarnos y de someternos.

Hasta ahora, el principal elemento de la ANC ha sido, en la práctica, proponer la eliminación de la democracia protagónica y participativa de nuestra Constitución. El nuevo modelo del oficialismo es otro. Más opaco, más chantajista, más extorsionador. La acción contra Guanipa en Zulia es zarpazo salvaje en contra del poder del pueblo. En el fondo, el oficialismo, por iniciativa propia, se está encargando de decirle al mundo que este gobierno no es democrático porque –precisamente- suprime o pervierte los mecanismo democráticos para poder cambiarlo. Y, mientras esto sucede, mienten. Todo el tiempo. Siguen hundiéndose, y hundiendo al país, en un engaño sin límites, en una estafa suicida. Elvis Amoroso, hace pocos días, aseguró que si no existiera Dólar Today “los venezolanos comeríamos lomito todos los días”.

Esta semana leí dos artículos extraordinarios sobre este mismo tema. Un magnífico y puntual recuento del historial de mentiras oficialistas escrito por Sebastiana Barráez y un agudo texto donde José Rafael Herrera nos recuerda que, en la política, “decir la verdad es una cuestión absolutamente necesaria”. Es inevitable. La versión oficialista de la vida, además, se empeña en producir fantasías enloquecidas. Nunca antes un gobierno estuvo tan separado de las necesidades reales de la gente. La oposición está obligada a deslindarse. La oposición tiene el desafío de la transparencia. ¿Cuánto niños mueren por desnutrición este domingo en Venezuela?

Una mujer se asoma a la ventana y lanza un grito.

Volver a la calle. De Alberto Barrera Tyszka

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Fotografía de Verónica Aponte / Para ver la galería completa titulada “20 imágenes de la consulta popular del #16J” haga click en la imagen

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 8 octubre 2017 / PRODAVINCI

Quizás hay que empezar reconociendo que las elecciones del próximo domingo provocan, en la mayoría de los ciudadanos, algo parecido a un cortocircuito interior, un breve mareo en la conciencia, un beriberi emocional por lo menos. Juntos llevamos casi 2 años haciendo todo lo correcto, todo lo posible, todo lo democráticamente correcto y posible, para ejercer nuestro voto y expresar de manera participativa y protagónica nuestra opinión. Y juntos fracasamos. El oficialismo, de forma tramposa, cobarde y violenta, hizo lo imposible por impedir que hubiera votaciones libres y universales. Peor aún: organizó su propio bingo de los animales para estafar electoralmente al pueblo venezolano. Sí. Así pasó. Y es una historia que genera una frustración enorme, una indignación infinita.

prodavinciHay que reconocer y aceptar que duele. Todavía, cada vez que veo y escucho a Tibisay Lucena, me crujen todas las vocales. Se me atasca una rabia en el origen de la lengua. Hasta mi cédula de identidad echa humo. No es fácil pensar en votar, ir a votar de nuevo, después de todo lo que ha pasado, con este mismo CNE, con este mismo gobierno fraudulento. No es nada fácil. Pero esto no es un gobierno democrático. Y las luchas contra los gobiernos no democráticos nunca han sido fáciles. Exigen superar la radicalidad instantánea, manejarse con mayor inteligencia ante el poder del adversario. La indignación es un sentimiento legítimo pero no es una estrategia política. La emoción no es una forma de pensamiento. No es una maniobra. A veces, por el contrario, es un lujo que no podemos darnos.

Después de todo este tiempo de batallas, desde el inicio de la nueva Asamblea Nacional hasta las marchas en la calle de este año, el oficialismo apura unas elecciones regionales. Sabe que es el momento, su mejor oportunidad, para intentar derrotar a la oposición y lograr recuperar un poco de legitimidad internacional. Su mejor aliado, curiosamente, está del otro lado. Para los comicios del próximo domingo, el gobierno depende más de las bases de la oposición que de las bases del chavismo. Por eso promueven la confusión, distribuyen el desánimo, alientan la abstención. Si todos los pensáramos con el miocardio, nadie iría a votar el 15 de octubre. Luchar contra una dictadura obliga pensar de otra manera.

No deja de ser sorprendente la cantidad de artículos, mensajes, tuits… que están circulando, tratando con ansia de convencer a los futuros abstencionistas del domingo. Es un gran desgaste realizar una campaña donde tú mismo eres tu adversario. Quienes sentencian que votar es claudicar, que votar es “negociar con el régimen”, suelen basar sus feroces críticas en el referendo organizado por la propia oposición. Dicen, repiten, agitan la idea de que “el mandato del pueblo el 16 de julio” fue otro. Que no hay que salir de la calle hasta que Maduro se vaya y se acabó. Que no se hable más. Que cada quien coja su esquina y así resolvemos esto rapidito. Los radicales creen que la magia mueve la historia.

El 16 de julio del año 2017 yo solo vi a un pueblo que quería votar. Más aun: un pueblo que se volcó a votar, incluso con la desautorización institucional. Con un CNE opuesto, con un gobierno amenazante, aun con todo esto, una mayoría abrumadora salió a votar. Ese día, el pueblo mismo se convirtió en institución. En una acción inédita le quitó el poder y la legitimidad al oficialismo. Gracias a eso, en gran parte, la Constituyente se convirtió en una parodia que desconocieron demasiados países en el planeta. El mandato del 16 de julio tiene que ver precisamente con eso. Con un pueblo que, a pesar de su frustración y con todas las sospechas sobre el proceso, insiste en el voto. Quiere pronunciarse. Necesita nombrarse y reconocerse como la mayoría.

Es muy fácil ser un súper héroe en Twitter. Pero la vida real es mucho más compleja. Los ciudadanos de Venezuela tenemos demasiados adversarios: la crisis económica, el proyecto totalitario del gobierno, las divisiones del liderazgo opositor, el cansancio, la impotencia, el desespero… No es fácil. No es nada fácil. Pero es lo que toca. Así son las guerras. Y el Estado nos está haciendo la guerra. El Estado nos quiere arrinconar. Callar. Invisibilizar. Paralizar.

Hay que reconocer y aceptar que cuesta. Pero no es una invitación a una rumba. No se trata de decir: vente a votar, qué gozadera. No. El 15 de octubre forma parte de una misma, larga y difícil, jornada ¿Quieres calle? Ahí está. Los métodos de lucha cambian. El próximo domingo hay una gran marcha. Votar también es volver a la calle.

Por qué hay que dialogar con los militares en Venezuela. De Alberto Barrera Tyszka

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El presidente Maduro con su esposa Cilia Flores, de blanco a la izquierda, y el ministro de la Defensa, Vladimir Padrino López, en Maracay, Venezuela, el 26 de septiembre de 2017. Foto: Reuters

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 1 octubre 2917 / THE NEW YORK TIMES

MEDELLÍN, Colombia – El pasado 26 de septiembre, el presidente Nicolás Maduro fue condecorado con la Cruz del Comando Estratégico Operacional. El acto militar se realizó en una base aérea cercana a Caracas y, al momento de hablar, el Presidente de Venezuela dijo que “hoy la patria sustenta su unión en la cohesión de esta Fuerza Armada Nacional Bolivariana”. No solo se refería a una cuestión de orden y represión de las protestas públicas. Maduro se refería, sobre todo, a una sociedad cuyo principal protagonista es la fuerza armada. Finalmente, Maduro ha cumplido el sueño de Chávez: los militares son el motor de la historia venezolana.

NEW YORK TOMES NYTEs necesario recordar que, hace un poco más de un año, obligado finalmente a reconocer la terrible crisis económica y social por la que pasa el pueblo venezolano, el presidente decidió crear un orden mayor, la Gran Misión Abastecimiento Soberano y Seguro, con más poder que todos los ministerios, dedicado a combatir el desabastecimiento de comida y de medicinas. Al frente de esta nueva misión designó al ministro de la Defensa, General en Jefe Vladimir Padrino López. Fue un paso definitivo en la creciente militarización de la gestión administrativa del Estado. Esa ha sido la constante más clara del gobierno de Maduro: cederle la economía y la política a la fuerza armada. En la famosa “unión cívico militar” que tanto pregona el oficialismo, los civiles son cada vez más un adorno. La historia ahora se viste de uniforme.

El avatar de Twitter de Padrino López es una foto en la que aparece vestido en traje de campaña, con el uniforme lleno de polvo, cargando un fusil y trotando hacia adelante. Hay algo cinematográfico y heroico en esta imagen del general Padrino López. Aunque su discurso invoque insistentemente la paz, su carta de presentación es un fusil. Hace pocos días, en un foro público, volvió a repetir que las marchas populares que se dieron en Venezuela entre abril y julio no eran “manifestaciones pacíficas” sino “operaciones subversivas”. Es curioso ver cómo los supuestos revolucionarios de izquierda del siglo XXI utilizan los mismos argumentos que los gorilas derechistas del siglo XX.

El informe de la oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, sin embargo, tiene otra versión. Señala el uso sistemático de la fuerza y la utilización de armas letales por parte de las Guardia Nacional Bolivariana en contra de los manifestantes, dando por resultado denuncias sobre 5051 personas detenidas arbitrariamente, allanamientos ilegales, tortura, uso de tribunales militares para juzgar a civiles, así como el registro de más de 100 asesinatos. Para cualquier venezolano, la imagen del general Padrino apretando un arma entre sus manos es lo contrario de una metáfora de la paz.

Pero al ministro le gusta filmarse y promoverse en las redes sociales. No es ninguna novedad. Twitter es un método express de banalización del discurso. Gracias a esta red social, todos podremos ser líderes políticos, aunque solo sea por unos segundos.  Hace unos meses, en julio de este año, Padrino López colgó en su cuenta un video donde aparecía en una práctica militar, agazapándose y disparando a algunas siluetas, corriendo, saltando entre neumáticos, ocultándose, volviendo a disparar. Es una secuencia de entrenamiento bastante común en algunas películas o series de tv. Al final, un tanto jadeante, mirando a cámara, el ministro ofrece un mensaje a propósito de la soberanía y la independencia.

“El esquema del guion siempre es igual: Padrino López le habla a la cámara. Como si tuviera la fantasía secreta de ser un youtuber”

No es su única pieza fílmica. Ya en otras oportunidades, y en otros contextos, ha producido y actuado en otros breves capítulos: el general entrando a su oficina y hablando de la patria y la unidad nacional. El general en un cuartel recibiendo su ración de comida como cualquier otro soldado, y conversando amenamente con algunos compañeros. El general en el campo sosteniendo en sus manos dos frutos, mientras comenta algunos detalles sobre las posibilidades de reposicionar al cacao dentro de la producción agrícola nacional. El esquema del guion siempre es igual: Padrino López le habla a la cámara. Como si tuviera la fantasía secreta de ser un youtuber.

Nada de esto es casual ni aislado. Es otra expresión simbólica de un proceso que viene desarrollándose en Venezuela desde hace años. En 1999, cuando asumió por primera vez la presidencia, Hugo Chávez sabía claramente cuál era su proyecto, cómo y con quien pensaba gobernar. “Yo no creo en los partidos políticos. Ni siquiera en el mío. Yo creo en los militares”, le dijo a Luis Ugalde, rector para ese entonces de la Universidad Católica Andrés Bello. Casi veinte años después, Venezuela más que un país es un derrumbe, un caos que desafía cualquier pronóstico y demuestra que no hay límites, que siempre se puede estar peor.

La inflación se calcula en un 700 por ciento, la población se encuentra al borde de una crisis humanitaria en todos los sentidos, la práctica política está casi paralizada, la represión es cada vez mayor y la libertad de expresión es cada vez menor, la independencia de poderes no existe. La única institución que parece haber sobrevivido es la fuerza armada. Ese es el verdadero logro de la autoproclamada “Revolución Bolivariana”. El socialismo del siglo XXI es, en el fondo, una rentable empresa militar.

Los ciudadanos, no obstante, conocemos muy poco del mundo militar. No sabemos nada de sus reglas internas, de sus protocolos y de sus acuerdos. No manejamos sus códigos. La dirigencia política de la oposición tampoco sabe qué pasa en el interior de la fuerza armada. Los militares de Venezuela son un enigma que se presta a muchas especulaciones.

Más de una vez, tanto nacional como internacionalmente, algunos han creído que los militares actuarían decididamente en contra del gobierno y, sin embargo, la historia ha demostrado lo contrario. Incluso cuando de manera más evidente el gobierno ha violado la Constitución o actuado al margen de las instituciones, la fuerza armada siempre se ha puesto de su lado. Y, de hecho, se ha definido como chavista adoptando la misma marca que el partido de gobierno. Al igual que el liberalismo, también el socialismo puede ser salvaje y privatizar hasta el orden público y la defensa de la patria.

“Chávez diseñó y desarrolló un modelo donde los civiles cuentan para darle al gobierno una escenografía democrática, pero donde el poder real debe ser ejercido por los militares”

Suelen esgrimirse dos argumentos para explicar esta sumisión. El primero tiene que ver con el soporte económico y los privilegios que el oficialismo le ha otorgado durante estos años a la fuerza armada. El segundo con el proceso de ideologización que, también desde hace años, mantiene el chavismo sobre la institución. Ambos pueden ser ciertos. Sin embargo, hay que considerar otra hipótesis: que en realidad el oficialismo no controla al estamento militar. Que la Fuerza Armada Bolivariana ya es un poder independiente, una gran corporación, con sus propias peleas internas pero también con mayor sentido de cuerpo y de respeto a las jerarquías. Y que, por el contrario, Maduro quizás solo sea la fachada civil de un gobierno militar.

Durante estos últimos años, la fuerza armada se ha consolidado como un importante holding económico del país. Aparte de ocupar puestos fundamentales en la gestión pública, los militares tienen 20 empresas en sectores estratégicos claves que van desde la producción de armamento hasta la distribución de agua y alimentos, pasando por la explotación de hidrocarburos y minería. Poseen y manejan medios de comunicación, compañías de seguros, compañías constructoras, empresas de transporte y una entidad bancaria. Todo esto sin contar las denuncias que existen sobre la estrecha relación con el narcotráfico y con otras ramas del crimen organizado.

Un ejemplo de la fragilidad del Estado y de los ciudadanos ante el poder militar en Venezuela es el Servicio Bolivariano de Inteligencia Militar, dirigido por otro general, Gustavo González López. Este cuerpo actúa con absoluta independencia e impunidad. Tan es así que varios detenidos del SEBIN siguen presos, a pesar de las órdenes de liberación emitidas por tribunales civiles. Es una prueba palpable y grotesca de que la justicia, en Venezuela, no depende de los jueces sino de los militares.

Chávez diseñó y desarrolló un modelo donde los civiles cuentan para darle al gobierno una escenografía democrática, pero donde el poder real debe ser ejercido por los militares. Sin embargo, en la mesas de diálogo y en la negociaciones, nunca participan directamente. ¿Quién habla por ellos? ¿Acaso realmente Maduro y el oficialismo los representan? Cualquier salida a la crisis de Venezuela pasa necesariamente por responder estas preguntas. Es indispensable sincerar la situación, aceptar que los militares son un poder de facto que debe incorporarse de manera independiente a cualquier negociación.

Temblores. De Alberto Barrera Tyszka

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Fotografía de Ronaldo Schemidt para AFP

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ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 24 septiembre 2017 / PRODAVINCI

Estaba a punto de pagar, en la caja del supermercado, cuando alguien gritó. A partir de ahí, todo se desató en un instante. Un grito, dos gritos, y tres más, y cuatro y cinco y seis gritos. Los cuerpos comenzaron a correr hacia fuera. Se disparó la alarma sísmica. Y ya todos fuimos una marea de voces y de gestos, desbordándose en el estacionamiento.

Yo pensé en Cristina, en la casa. Vivimos muy cerca del supermercado, casi enfrente, en el segundo piso de un edificio de 1951. Traté de caminar pero el movimiento del piso me lo impedía. El asfalto era gelatina. Resultaba incluso difícil mantener cierto equilibrio. Era como tratar de permanecer de pie sobre un vértigo. Buscar apoyo en los carros era inútil. Todo formaba parte del mismo vaivén. Arriba, las ramas de los árboles danzaban de manera desordenada. Hasta los segundos parecían cuartearse.

prodavinciLlegué por primera vez a la capital de México a finales de 1995 y, desde ese momento, he ido cultivando una relación cada vez más cercana con esta ciudad diversa y fascinante. En los tiempos en que no he vivido aquí, siempre he permanecido suficientemente cerca. Ya tengo demasiados afectos hundidos en estas piedras que, a veces, parecen aguas. No hay en el planeta un lugar tan descomunal y a la vez tan frágil. Aquí, el único equilibro posible está en la gente.

El primer apartamento que renté estaba en la Plaza Río de Janeiro, en la colonia Roma. Aunque había pasado una década, esa zona seguía cargando con la mala fama que le dejó el terremoto de 1985. Era un barrio sísmicamente muy inseguro. Ahí, también, viví mi primer temblor chilango. Y a lo largo de todos estos años, he ido sumando temblores y alarmas. Pero nunca nada fue como lo que ocurrió este 19 de septiembre. En mi memoria, solo se mueve de la misma manera la noche del 29 de julio de 1967.

Sucedió en Caracas. Yo tenía siete años y mi familia acababa de mudarse a un edificio en la avenida Rómulo Gallegos. Era de noche y estábamos cenando. De repente, los platos comenzaron a moverse sobre la mesa. Recuerdo el susto, el brinco de los cubiertos sobre el mantel, los chillidos, la oscuridad completa. Mi padre gritó más fuerte que todos y nos obligó a colocarnos debajo de una viga. Mi madre buscó mi hermana menor, que apenas tenía un año y estaba dormida en un cuarto. Después, los seis bajamos por las escaleras. Todavía recuerdo con frío ese descenso. Todo a oscuras. Todo lleno de alaridos y llanto. Había grietas en las paredes, faltaban escalones. Una mujer dejó un zapato olvidado en el tercer piso. La calle era una locura. Pero estaba firme. No recuerdo si nos pusimos a llorar.

No pudimos regresar a nuestra edificio y pasamos un año viviendo en el kínder de un colegio donde mi papá daba clases. En algunos sábado de mi infancia, veo todavía a unas monjas jugando volibol en un patio desierto. (Quizás por eso –como señala un amigo- me entusiasma tanto la serie “The Young Pope”). Recordé todo esto de golpe esta semana, mientras trataba de permanecer en pie en el estacionamiento, durante esa fugaz eternidad que llamamos terremoto. Cuando por fin la tierra se detuvo, una señora que estaba a mi lado, me miró aterrada: “¿Ya?”, musitó. Suplicante. Esa mínima palabra abarcó toda la dimensión de nuestro miedo, de nuestra vulnerabilidad: ¿ya estamos otra vez vivos?

Los mexicanos cultivan una virtud sorprendente y envidiable: la solidaridad instantánea. La solidaridad que no pregunta, que no espera que la llamen, que no pide permisos. Antes aun que las autoridades o que los medios de comunicación, los ciudadanos ya estaban ahí, en la zona de desastre, activados, sabiendo cómo reaccionar, dispuestos a hacer todo lo necesario. Con insólita rapidez, una gran mayoría de ciudadanos comenzaron a colaborar en las labores de rescate y apoyo a las víctimas de lo ocurrido. Se multiplicaron los voluntarios, se crearon centros de acopio, se establecieron prioridades y se canalizaron informaciones y esfuerzos, todo el mundo buscó cómo podía ayudar. Para decirlo en códigos de canción ranchera, se trata de una sentimentalidad que también sabe ser eficiente. Lo ocurrido esta semana demuestra que no hay nada más eficaz que el amor.

Porque, finalmente, en el contexto de las arduas labores de rescate, siempre se llega a punto donde la tecnología o las herramientas son inútiles, donde ya no sirven los teléfonos celulares ni los instrumentos térmicos, donde ni siquiera se puede escavar con un pico o una pala…Es el punto donde la experiencia más humana y más básica es la única que puede hacer algo. Es el rescatista delgado que se cuela por una grieta, que se arrastra por un túnel. Es el rescatista que, en medio de los escombros, levanta su puño cerrado y establece una seña que se va repitiendo como una ola. “¡Silencio total!”, grita de pronto una voz. Y se hace el silencio. Un silencio que llega a los animadores de turno en la televisión, que se prolonga incluso hasta los televidentes. Un silencio total en una de las ciudades más grande del mundo. Un silencio que se ha vuelto esperanza, que busca del otro lado de las ruinas una voz, un golpe tenue, una vida.

En muy pocos días, México nos enseña que la memoria de la tragedia puede ser una poderosa fuerza de salvación. Así como se puede temblar de miedo y de dolor, también se puede temblar de emoción, de solidaridad y de futuro.

Entre la ley y el queso blanco. De Alberto Barrera Tyszka

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 3 septiembre 2017 / PRODAVINCI

En medio del júbilo y la alegría que distingue a la alta sociedad caraqueña, el pasado 2 de septiembre se inauguró una importante exposición fotográfica en los espacios de la conocida Casa Amarilla de la capital del país. La gala, donde se dio cita buena parte de lo más granado de nuestra élite, estuvo coronada nada más y nada menos que por Delcy Rodríguez. La flamante presidenta de la ANC, con el savoir faire que la caracteriza, explicó a la concurrencia la importancia y la trascendencia del evento. La exposición es una muestra de 40 retratos de Nicolás Maduro en muy diferentes facetas y distintos momentos de su vida. Las imágenes van desde la etapa más nice, en la infancia, hasta la época actual. En una transmisión televisiva, el propio Presidente agradeció –con su modestia de siempre– el homenaje. Antes de terminar, en esta tournée llena de emoción y de sorpresas, Rodríguez anunció que, a partir de ese momento, “cada constituyente sale a sus municipios con una maleta cargada de esta exposición, de estas fotografías, para ser expuestas en todas las plazas Bolívar del país para compartir la visión del presidente Maduro como político, como humanista, como presidente”. La ovación puso a más de uno a punto de lágrimas. La sala se deshizo en aplausos.

El mismo día, en otro país, en un lugar que no ve o no quiere ver la casta oficialista, Susana Rafalli, experta en seguridad alimentaria, hablaba del informe que adelanta Cáritas sobre el aumento de la desnutrición infantil en Venezuela. Las estadísticas son aterradoras. Desde hace tiempo, Rafalli viene alertando sobre un problema que ya tiene dimensiones de tragedia. Ahora el hambre es lo único que avanza a paso de vencedores.

Para poder existir, el oficialismo necesita construir una ficción de país. La fantasía necesita más coherencia que la realidad. Ahora, por ejemplo, pareciera que el Fiscal designado por la ANC es un hombre nuevo, que salió de la nada, que recién aterriza en el poder. ¡Qué eficiencia! ¡Qué velocidad! ¡Qué precisión!… ¡En menos de un mes le ha abierto los ojos al país! Ha descubierto –¡Santo Cristo de Urachiche!– que había unos civiles inconstitucionalmente juzgados por tribunales militares. ¿Cómo se dio cuenta? ¿Cómo logró dar con eso en tan poco tiempo? El nuevo Fiscal siempre puede sorprendernos. Su primera evaluación sobre las protestas fue reveladora: ¡Tala de árboles! ¡Ecocidio! El tipo está en todo. Tiene brío, empuje, decisión. En pocos días descubrió que la otra fiscal es una delincuente. ¡Qué ojo, carajo! Casi parece que la hubiera conocido desde hace tiempo. Pero no. Llegó, olfateó el aire, abrió una gaveta y listo. Ya descubrió que Luisa Ortega Díaz es corrupta, mafiosa, subversiva, proyankee y, además, por si fuera poco, una insoportable narcisista. ¿Dónde estaba este Fiscal antes? ¿Por qué el oficialismo lo tenía escondido? Estos son los funcionarios que necesita el país. ¿Dónde estaba este Fiscal cuando robaron 300 mil dólares de la casa de Nelson Merentes? ¿Dónde estaba cuando la Asamblea chavista se negó a debatir el caso de Antonini Wilson y su maleta con más de 700 mil dólares?

El nuevo Fiscal tiene una memoria flexible y una moral caprichosa. Mientras él declara orondo frente a las cámaras, en otro país, en un territorio que la oligarquía bolivariana se empeña en negar, Isaías Baduel pasa más de 20 días desaparecido en los sótanos del poder. Cientos de presos aún esperan un proceso y un trato acordes con la ley. Yon Goicoechea y muchos otros siguen secuestrados por la inteligencia militar. La violencia del Estado es una acción pero también una amenaza, un miedo que se distribuye para crear el espejismo de la normalidad. El Poder Originario no está en el pueblo. El Poder Originario se lo robó el Sebin.

Pero por mucho que quieran imponérnoslo, el país de la ficción gubernamental no puede sobrevivir en las calles. Es cierto: el liderazgo de la oposición subestima al oficialismo, le cuesta mucho adelantarse a las acciones. Pero el oficialismo comete un error mucho más grave: subestima al pueblo. Ahora salen a promover las elecciones como si todos los venezolanos no supiéramos que han pasado casi dos años evitándolas, impidiendo que el pueblo vote. Ahora hablan de paz y de justicia, como si pudiéramos olvidar lo que los militares hicieron durante todos estos meses. Ahora le echan la culpa a Donald Trump de la crisis humanitaria, como si nadie recordara que siempre negaron que en el país hubiera hambre y escasez. La revolución es una quimera cada vez más frágil.

En el otro país, en el mapa que el gobierno ya no sabe leer, los noticieros van a los buses y la urgencia se expresa de otras maneras. Un tuit de Laura Helena Castillo lo resume perfectamente: “Si ganas salario mínimo integral, el ingreso completo de dos días de trabajo equivale a 420 gramos de queso blanco”. Ese es el límite de la fantasía oficial. Pueden prohibir el odio, pero no pueden prohibir el hambre. Entre la ley y el queso blanco, la Constituyente es una ilusión desechable.