Lluís Bassets

La historia vacía. De Lluis Bassets

Las imágenes de Trump y Kim en su cumbre de Singapur ya son históricas, pero a diferencia de todas las otras, esta es una cumbre vacía, sin acuerdos firmes ni tratados.

Lluis Bassets, periodista español

12 junio 2018 / EL PAIS

Las imágenes de Trump y Kim en su cumbre de Singapur ya han pasado al álbum de la historia. Se encuentran allí con las de Reagan y Gorbachov en Reikiavik, Nixon y Mao en Pekín, y tantas otras hasta la de Yalta con Churchill, Stalin y Roosevelt con la que se fundó en 1945 la época que ahora termina.

A diferencia de todas las otras, esta es una cumbre vacía, sin acuerdos firmes ni tratados. Si es histórica es porque se ha preparado y fabricado para que esté junto a las otras en el álbum de la historia. Este es el contenido del insólito encuentro entre el dictador de Corea del Norte y el presidente de los Estados Unidos y no unas conversaciones o un acuerdo que, sencillamente, no han tenido lugar.

Todo viene determinado por la originalidad del método diplomático elegido por Trump, que permite comprender el “éxito impresionante”, en palabras presidenciales, apenas a tres meses del mayor intercambio de insultos y amenazas que haya visto el mundo contemporáneo entre mandatarios internacionales. En vez de convertir el encuentro en el momento de la rúbrica y culminación de un acuerdo largamente negociado, ambos han llegado a la cumbre con las manos vacías, han dedicado su encuentro a intercambiar banalidades y elogios, y han terminado firmando un comunicado lleno de muy buenos propósitos, pero sin apenas contenido.

De los cuatro puntos del comunicado, los tres primeros, dedicados al restablecimiento de relaciones diplomáticas, regreso a la paz en una península formalmente en guerra y desnuclearización, no contienen compromisos, ni concreciones, ni fechas. El cuarto es un compromiso también sin fechas de orden humanitario, aunque muy concreto respecto a la recuperación y repatriación de los prisioneros de guerra y desaparecidos. Hay resultados colaterales: el gesto de buena voluntad previo de Kim Jon-un, con el desmantelamiento del campo de pruebas nucleares de Punggye-ri, y el premio posterior de Trump cuando ha declarado que “no habrá más juegos de guerra” en Corea del Sur, refiriéndose a las maniobras anuales conjuntas cuya suspensión exige Pyongyang.

Kim sale crecido. Ha conseguido, con su encuentro con el presidente, lo que ni siquiera había logrado su abuelo, el fundador de la dictadura totalitaria y de la monarquía comunista, Kim Il-sung. Trump, en cambio, sale más Trump. Es su apoteosis, para la que venía preparándose toda su vida. Eso es ser presidente, aparecer junto a mandatarios perversos a los que se ha convencido para que firmen apariencias de acuerdos o de alianzas favorables; entrar en el álbum de la historia, junto a los grandes, aunque no se haya hecho nada grande.

Sería bueno para Estados Unidos y para el mundo un rápido y exitoso desarrollo de los cuatro puntos del acuerdo. El mundo será más estable y más seguro con una Corea del Norte desnuclearizada, con plenas relaciones diplomáticas con Estados Unidos y con una península de Corea definitivamente pacificada. Pero no pide tanto la época de las noticias falsas y las post verdades, de la diplomacia del tuit y de la cultura instantánea, que mira a la historia como un mero calificativo hiperbólico sin relación con el pasado. Le basta una cumbre vacía.

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Bajo la mirada del mundo. De Lluís Bassets

Un dirigente político es, ante todo, alguien que sabe comunicar con los ciudadanos, explicarles lo que está haciendo y hacer comprensibles sus decisiones más difíciles.

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 Mariano Rajoy, presidente del Gobierno en La Moncloa

Lluís Bassets

Lluís Bassets, periodista catalán, director adjunto de El País

Lluís Bassets, 2 octubre 2017 / EL PAIS

El mundo nos miraba y no le ha gustado lo que ha visto. El balance no puede ser peor para la imagen del Gobierno y como corolario de España. Rajoy ha evitado el referéndum de autodeterminación, pero el precio que ha pagado ha sido el de una severa erosión del prestigio democrático español.

Los socios europeos esperaban que hiciera lo que tenía que hacer, especialmente para evitar que la crisis catalana se convierta en crisis europea. Pero que lo hiciera bien. Tenía muchas cosas a favor: el principio de legalidad, también una solidaridad europea de principio y obligada entre socios, incluso el interés común en reforzar el camino de unión y la integración.

el paisEl Gobierno independentista hizo su propia contribución al desprestigiarse ante los socios internacionales, primero, con su irresponsable gestión de los atentados del 17 de agosto, convertidos en ocasión para erosionar al Gobierno en Madrid, y luego, con la fraudulenta aprobación parlamentaria de las dos leyes iliberales de desconexión, la del referéndum y la de la transición y fundación de la república.

Con estas cartas en la mano, a Rajoy solo le faltaba paralizar el referéndum de forma que fuera aceptable y comprensible para el conjunto de España y especialmente para los preocupados socios europeos. El combate que debía librar, se ha visto ahora, era consigo mismo. Primero contra su laconismo. Un dirigente político es, ante todo, alguien que sabe comunicar con los ciudadanos, explicarles lo que está haciendo y hacer comprensibles sus decisiones más difíciles. No es el caso de Rajoy, que incluso cuando debe dar cuenta de jornadas tan difíciles como la de ayer, se atiene a un guion previsible e inane, sin capacidad alguna de conectar.

El segundo combate consigo mismo afecta al campo político, donde Rajoy se mueve como un presidente ausente, como si atendiera aquel viejo consejo del dictador: “Haga como yo, no se meta en política”. Rajoy la subarrienda a los abogados del Estado, a los jueces, a los fiscales, a los policías incluso, al final a los ciudadanos, confluyendo así por pasiva en la inteligente técnica del outsourcing (externalización) de un Procés, que es digital y ha confiado a los ciudadanos la realización práctica del referéndum. El resultado es la catástrofe del 1-O, en la que han sufrido físicamente los ciudadanos en manos de los policías, mientras los responsables de los delitos y los desperfectos, de uno y otro lado, se siguen enfrentando verbalmente a través de sus respectivos medios de comunicación.

Esto tampoco puede gustar fuera de España. No gustaba Puigdemont y ahora no gusta Rajoy. Y no gusta esta realidad de dos gobiernos enfrentados en una situación de doble poder, que evoca momentos prerevolucionarios y alienta el recuerdo de los peores años de nuestra historia, cuando España se hizo triste y mundialmente célebre entre 1936 y 1939.

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