Cataluña

Atacar a Europa desde dentro. De Joschka Fischer

Si Cataluña sentara un precedente de secesión, estimulando a otras regiones a imitarla, la Unión Europea entraría en una profunda crisis existencial. De hecho, se puede decir que en el caso catalán hoy se juega nada menos que su futuro.

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Joschka Fischer fue ministro de asuntos exteriores de Alemania y vicecanciller entre 1998 y 2005.

Joschka Fischer, 21 octubre 2017 / EL PAIS

Finalmente, Europa da señales de estar saliendo de su prolongada crisis económica, pero el continente sigue agitado. Por cada motivo de optimismo siempre parece haber una nueva causa de preocupación.

En junio de 2016 una escasa mayoría de votantes británicos eligió la nostalgia por el siglo XIX sobre lo que les pudiera prometer el siglo XXI. Decidieron saltar al precipicio en nombre de su “soberanía” y bastantes evidencias sugieren que les espera un aterrizaje forzoso. Los cínicos podrían hacer la observación de que será necesaria una “soberanía” en buenas condiciones para amortiguar el golpe.

En España, el Gobierno de la comunidad autónoma de Cataluña ahora pide soberanía también, aunque el actual Ejecutivo nacional no está enjuiciando, encarcelando, torturando ni ejecutando al pueblo catalán, como lo hiciera la dictadura del generalísimo Francisco Franco. España es una democracia estable y miembro de la Unión Europea, la eurozona y la OTAN. Durante décadas ha mantenido el Estado de derecho de acuerdo con una Constitución democrática negociada por todas las partes y regiones, incluida Cataluña.

el paisEl 1 de octubre, el Gobierno catalán celebró un referéndum de independencia en el que participó menos de la mitad (algunas estimaciones señalan que un tercio) de la población de esta comunidad. Según los estándares de la UE y la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, la votación jamás habría podido aceptarse como “justa y libre”. Además de ser ilegal según la Constitución española, el referéndum ni siquiera contó con un padrón de votantes para determinar quién tenía derecho a votar.

El referéndum “alternativo” catalán causó medidas drásticas del Gobierno del primer ministro español Mariano Rajoy, que intervino para cerrar mesas electorales y evitar que la gente votara. Fue una tontería política mayúscula, porque las imágenes de la policía reprimiendo con porras a manifestantes catalanes desarmados otorgó una engañosa legitimidad a los secesionistas. Ninguna democracia puede ganar en este tipo de conflicto. Y en el caso de España la represión conjuró imágenes de la Guerra Civil de 1936-1939, su más profundo trauma histórico hasta la fecha.

“La UE no puede permitir la desintegración de sus Estados miembros porque son su cimiento”

Si Cataluña lograra la independencia, tendría que encontrar un camino hacia adelante sin España ni la UE. Con el apoyo de muchos otros Estados miembros preocupados por sus propios movimientos secesionistas, España bloquearía cualquier apuesta catalana por ser miembro de la eurozona o la UE. Y sin ser parte del mercado único europeo, Cataluña se enfrentaría a la oscura perspectiva de pasar rápidamente de ser un motor económico a un país pobre y aislado.

1508350313_648066_1508435464_noticia_normal_recorte1.jpgAdemás, la independencia de Cataluña plantearía un problema fundamental para Europa. Para comenzar, nadie quiere repetir una ruptura como la de Yugoslavia, por obvias razones. Pero, más concretamente, la UE no puede permitir la desintegración de sus Estados miembros, porque estos componen los cimientos mismos sobre los que está formada.

La UE es una asociación de naciones-Estado, no de regiones. Si bien estas pueden desempeñar un papel importante no pueden participar como alternativa a los Estados. Si Cataluña sentara un precedente de secesión, estimulando a otras regiones a imitarla, la UE entraría en una profunda crisis existencial. De hecho, se puede decir que en el caso de Cataluña hoy se juega nada menos que el futuro de la Unión Europea.

Más aún, el propósito original de la UE fue superar las deficiencias de las naciones-Estado mediante la integración, lo opuesto a la secesión. Se diseñó para trascender el sistema de Estados que tan desastroso demostró ser en la primera mitad del siglo XX.

Piénsese en Irlanda del Norte, que ha acabado por ser un ejemplo perfecto de cómo la integración dentro de la UE puede superar las fronteras nacionales, salvar divisiones históricas y asegurar la paz y la estabilidad. Por cierto, lo mismo se puede decir de Cataluña, que después de todo debe la mayor parte de su éxito económico a la entrada de España a la UE en 1986.

“Cabe la esperanza de que la razón prevalezca en Barcelona, pero también en Madrid”

Sería absurdo desde el punto de vista histórico entrar en una fase de secesión y desintegración en el siglo XXI. El gran tamaño de otros actores globales (como China, India y Estados Unidos) ha convertido en urgentes una mayor integración europea y relaciones intracomunitarias más sólidas.

Solo cabe esperar que la razón prevalezca, en particular en Barcelona, pero también en Madrid. Una España democrática e intacta es demasiado importante como para quedar en riesgo por disputas sobre la asignación de ingresos fiscales entre las regiones del país. No existen alternativas a que ambos bandos abandonen las trincheras que se han cavado, salgan a negociar y encuentren una solución mutuamente satisfactoria que esté en línea con la Constitución, los principios democráticos y el Estado de derecho españoles.

Las experiencias de los amigos y aliados de España podrían servir de ayuda. Alemania, a diferencia de España, se organiza como una federación. Pero incluso allí nada es tan engorroso y complicado como las inacabables negociaciones sobre las transferencias fiscales entre el Gobierno federal y los Estados, es decir, entre las regiones más ricas y las más pobres. En todo caso, siempre se llega a un acuerdo que se mantiene hasta que surge otra disputa y se reinician las negociaciones.

No hay duda de que el dinero es importante, pero no tanto como el compromiso común de los europeos con la libertad, la democracia y el Estado de derecho. La prosperidad de Europa depende de la paz y la estabilidad, y la paz y la estabilidad dependen, primero de todo, de si los europeos están dispuestos a luchar por ellas.

Joschka Fischer, ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005, fue líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años.

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El ‘Volksgeist’ catalán. De Enrique Krauze

Nadie en el mundo duda de la identidad cultural catalana. Pero esa Cataluña está en vilo y puede perderse debido al poder de sus propios demonios y fantasmas. El ‘nosotros’ del independentismo es imperioso y excluye a los otros.

ENRIQUE KRAUZE

Enrique Krauze, escritor mexicano, director de Letras Libres

Enrique Krauze, 17 octubre 2017 / EL PAIS

“No hay más personas que las físicas. Es siempre la primera persona del singular la que habla como primera persona del plural. Es siempre un yo el que dice nosotros”: Gabriel Zaid

Isaiah Berlin, uno de los grandes liberales del siglo XX, creía en las personas individuales (únicas personas reales, únicas personas no metafóricas ni abstractas). Creía en el “yo” no egoísta (o consciente y crítico de su egoísmo). Creía en el yo libre, responsable y solidario. Al mismo tiempo, y sin contradicción, creía que el “yo” podía enriquecerse en la construcción imaginaria de un “nosotros” ligado a una lengua, unas costumbres, un estilo de vida, “una tradición que proviene de una experiencia histórica compartida”.

el paisEn su libro Vico y Herder (1976), Berlin enriqueció al liberalismo con el valor de la pluralidad cultural. Como un romántico del siglo XIX, Berlin se enamoró del ideal herderiano y creía que las culturas no estaban predestinadas a pelear eternamente entre sí. En una conversación de 1992 de Berlin con el gran editor estadounidense Nathan Gardels, este le recordó que, en el siglo XX, “el Volksgeist se convirtió en el Tercer Reich”, a lo que Berlin respondió: “He vivido el peor siglo que Europa haya tenido jamás. En mi vida han sucedido más cosas terribles que en ninguna otra época de la historia. Peores aún, sospecho, que en la época de los hunos”. No obstante, confiaba en que el problema de la convivencia entre culturas se había superado en las naciones que él llamaba “satisfechas”: Estados Unidos, Europa, Australia, Japón. En la periferia del antiguo mundo colonial y subdesarrollado —agregó— “cabe esperar que los diversos pueblos se cansen de pelear y la corriente de sangre se detenga o amaine”. Ese era el panorama que vislumbraba para el siglo XXI: “No deseo abandonar la creencia de que el mundo puede ser un ordenado tapiz de diversos colores, en el que cada fragmento desarrolle su propia y original identidad cultural y sea tolerante de las demás. No es un sueño utópico”.

“Este independentismo renuncia al ‘mínimo de valores universales’ que pedía Isaiah Berlin”

Según John Gray, había una contradicción inherente en el pensamiento de Berlin. Por un lado, creía en el pluralismo de valores y tenía una concepción historicista de la naturaleza humana; por otro, creía en las reivindicaciones universalistas del liberalismo clásico. Pero si hay de verdad —dice Gray— un pluralismo de valores, ¿no es la libertad un valor más entre otros?

La libertad no es un valor más entre otros, pensaba Berlin (y con él buena parte de la tradición filosófica y aún religiosa de Occidente). La libertad es el valor natural y esencial del ser humano. Pero Berlin era el primero en reconocer que el edificio de la pluralidad dependía de una condición necesaria: la aceptación universal de un “mínimo de valores”. Sólo ese acuerdo podía mantener al mundo en orden: “De otro modo estaremos destinados a perecer”. Berlin murió en paz, confiando en que ese “mínimo de valores” —fincado en la libertad individual— podía alcanzar una “aceptación universal”.

El siglo XXI lo ha desmentido (parcialmente) en casos previsibles como el fundamentalismo islámico, cuya identificación con los valores de la Ilustración universal es prácticamente nula y quizá imposible. El renacimiento del racismo europeo y el nativismo estadounidense son otros casos no menos lamentables aunque quizá reversibles (a mediano plazo) de rechazo a aquellos “mínimos valores universales”. Pero hay un caso reciente que a Isaiah Berlin, estoy seguro, le habría parecido no solo lamentable sino incomprensible: el Volksgeist catalán.

“Cataluña debe definirse como un espacio plural, solidaria con la nación de la que forma parte”

Nadie en el mundo —lo digo casi sin hipérbole— duda de la identidad cultural catalana. Está en su lengua, en sus maravillosas ciudades y pueblos, en su estilo arquitectónico, en sus costumbres culinarias, en sus bailes, en su música y en su paisaje. Está en el temple de su gente, en sus nobles ciudades romanas, sus reminiscencias judías, sus historias medievales, renacentistas, ilustradas y modernas. Está en sus escritores y pensadores. Barcelona fue la patria de tantos escritores de nuestra lengua que (bajo la sombra generosa de Carmen Balcells) escribieron ahí sus obras maestras. Esa identidad cultural está en el equipo de fútbol en cuyas filas han militado estrellas de varios países (desde el legendario Kubala hasta el prodigioso Messi) y cuyos colores azulgrana visten con ilusión y orgullo niños de todo el planeta. Esa es la Barcelona que todos queremos y visitamos.

Esa Cataluña está en vilo y puede perderse (para España, para Europa, para sí misma) no por la opresión de un poder ajeno sino por el poder de sus propios demonios, de sus propios fantasmas. Al renunciar a ese “mínimo de valores universales” del que hablaba Berlin, al voltear la espalda al derecho, la ley y la libertad conquistadas en 1975 (tras una terrible guerra civil y una ominosa dictadura), se malogra día con día el sueño de una Cataluña libre y plural.

Los catalanes de puño en alto recuerdan a los fanáticos del Volksgeist alemán. Para ellos la identidad no es un acervo cultural que hay que preservar sin exclusión de otros (en diálogo con ellos), sino un arma política que debe utilizarse para excluir a los otros, a lo otro. Su “nosotros” no es libre, responsable y solidario. (Solidaria fue la respuesta española tras los atentados del Estado Islámico). Su “nosotros” es imperioso. No se define por lo que afirma sino por lo que niega. Su “nosotros” no es cultural sino político. Su nosotros no es patriótico, es nacionalista.

Otro célebre escritor británico, hombre que probó su amor a la libertad no sólo en libros y ensayos sino con las armas en la mano, describió la diferencia en sus Notas sobre el nacionalismo. “El nacionalismo no debe confundirse con el patriotismo (…) aluden a dos cosas diferentes, incluso opuestas. Por patriotismo entiendo la devoción por un lugar determinado y por una determinada forma de vida que uno considera los mejores del mundo, pero que no tiene deseos de imponer a otra gente. El patriotismo es defensivo por naturaleza, tanto militar como culturalmente. El nacionalismo, en cambio, es inseparable del deseo de poder, el propósito constante de todo nacionalista es obtener más poder y más prestigio, no para sí mismo, sino para la nación o entidad que haya escogido para diluir en ella su propia individualidad”.

Orwell escribió esas líneas siete años después de defender la libertad en Cataluña, de España, de Europa, de Occidente. Estaría avergonzado de lo que la corriente de sangre que marca los pasos y late en los gestos de los catalanes que siguen a su pequeño Führer. Ojalá Cataluña recapacite y opte por definirse como una identidad plural: devota de la cultura propia, pero libre, responsable y solidaria con la nación de la que forma parte.

La idea de limitación y la cuestión catalana. De Alfonso Castro

El autor analiza el pulso al Estado de las autoridades catalanas a la luz de los dos conceptos de democracia surgidos en el Mediterráneo: el griego y el romano.

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Centenares de personas en una reciente manifestación ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Foto: Marta Pérez Agencia EFE

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Alfonso Castro, catedrático de Derecho Romano

Pensamos con frecuencia que hay personas que necesitan limitarse, que deben conocer sus límites, pero sobre todo los límites, pues puede que los suyos no sean suficientes. Ocurre igual con los pueblos. En el nacimiento y desarrollo, en el caldo del Mediterráneo, de la idea de democracia como forma de gobierno popular, opuesta a las teocracias orientales, donde no existían ciudadanos sino súbditos, brillan dos opciones distintas: la demokratía griega y la respublica romana.

el españolLa primera, que ha mantenido a lo largo de los siglos su aura magnética, ahormada a la fulgurante creación artística y filosófica de los griegos durante su deslumbrante historia, no desarrolló una ciencia jurídica ni conoció -quizás por eso- la idea de limitación. En virtud del concepto griego de libertad (eleuthería) la voluntad del pueblo se situaba por encima de las normas (nomoi) que éste se había dado, siempre y en cada momento, dejando al individuo a merced del cuerpo colectivo, como ya supo esenciar paradigmáticamente Jacob Burckhardt. En esa visión descansa -funestos episodios al margen (como la muerte de Sócrates)- el breve tránsito por la historia de la emocionante experiencia democrática griega y su temprano derrumbe frente a formas diversas de tiranía.

La cultura romana, menos brillante en tantos campos, creó en cambio una ciencia jurídica (iurisprudentia) que supo identificar la juridicidad de los problemas humanos y estableció la idea de la limitación por el derecho o ius (ley o lex, en sentido amplio) como garante de una convivencia entendida no como una suma de vivencias individuales que pugnan y se imponen o quiebran en una asamblea perpetua y desordenada, sino como la existencia en común con el otro sometida a las reglas dadas por todos. Eso permitió, más que sus legiones, que Roma y su Estado se extendiesen fuera de sus límites durante siglos y que su derecho siga sustentando el nuestro, mucho más que como impregnación.

“Sin cauces, sin límites legítimos, en nuestra cultura jurídico-política no hay sendas dignas ni viables”

Frente al “populismo” del sistema ateniense, renuente a cualquier tipo de control normativo sobre la voluntad de la asamblea de ciudadanos, que identificaba como ley todo lo que la multitud decidiera desde la iniciativa individual, tan bien historiado por Biscardi, Roma desarrolló un modelo de cauces normativizados, de límites, por los que había de discurrir la voluntad comunitaria, que ha sido el heredado por Occidente. En democracia, desde entonces, el cómo es más importante aún que el qué y más importante resulta cuanto más profunda es la experiencia democrática (y nunca lo ha sido tanto cuantitativa y cualitativamente como ahora, cuando no se excluye de su ejercicio a las mujeres y no existe la esclavitud). Sin cauces, sin límites legítimos, en nuestra cultura jurídico-política no hay sendas dignas ni viables. No hay recorrido.

Esa diferencia entre ambos modelos (Grecia produjo Aristóteles, pero ningún Labeón), que ha sido entre otros analizada por Giovanni Sartori y en España por Alejandrino Fernández Barreiro, ambos ya fallecidos, y estas reflexiones mías al respecto vienen al caso ante la situación de Cataluña, pero también ante la visión que ha calado en tantos españoles, sobre todo jóvenes, conquistados por la música de la cultura del asamblearismo -griego o no– como sinónimo de democracia, alentada por una crisis moral, económica y política que ha hecho fracturar el llamado “régimen del 78” y cuestionar los mimbres de nuestra vida en común.

Se ha llegado a hablar -con razones a tener en cuenta- de ruptura del pacto constitucional, de quiebra de la Constitución material del país o de deslegitimación de las instituciones nacionales por la mezcla espuria de sus intereses. Pero, pese al deterioro y la corrupción (que es un mal tan catalán como andaluz, tan español como universal), las razones no dan la razón. No toda, ni con frecuencia substancialmente. Ante el problema catalán (el gran problema español hoy día, en un hoy que ha sido recurrente también en el ayer), ontológicamente solo hay tres opciones. Vencer, convencer o dejarlos ir. El Gobierno no ha hecho, en meses y aun años, ninguna de las tres. Una porque no se debe; las otras dos porque no se sabe o no se quiere.

“Es la ley la que ampara al ciudadano frente al Estado y al individuo frente a la masa”

El Govern y en general el separatismo (que no cabe identificar del todo con el independentismo) ha apostado en cambio por las tres a la vez. Se habla, ante la crisis, de que es la hora de la política. Y lo es. Pero fuera de la ley, o contra ella (suele ser lo mismo), no hay política digna del término. Es la ley la que ampara al ciudadano frente al Estado y al individuo frente a la masa. Las declaraciones de quienes llaman a puentear las leyes, sobre todo en algunos de nuestros irresponsables políticos, en Barcelona, Madrid o Andalucía, provocan bochorno.

La ley cuenta con sus propios mecanismos de cambio y si no puede identificarse la democracia con la asamblea mucho menos con la turba. (Votemos cuando queramos sobre si respetamos o no los límites de velocidad o el semáforo en rojo, ese franquista, o si escupimos a las ancianas o los niños por la calle. O como aquella inolvidable viñeta del New Yorker, hace ahora casi un año, en que los pasajeros del avión, en pleno vuelo, imbuidos hasta el tuétano de “democracia”, se disponen a votar si dejan pilotar al piloto o lo hace uno de ellos).

Las reglas, en democracia, lo son (casi) todo. Sobre esta enseñanza de la cultura jurídica romana se ha edificado Europa. Su asiento en la voluntad popular las legitima y sirven para encauzar esta. Ida y vuelta. No hablamos solo de una expresión hecha, desprovista de significado real. Un Estado de derecho no es nada sin derecho: una obviedad que conviene recordar en tiempos de confusión, de olvidos interesados, de depauperación de los conceptos que degradan los términos.

“Exigir en aras de la democracia lo que a otros se niega no puede sustentarse democráticamente”

Hay en la España no catalana por lo demás amplios sectores de la sociedad, la cultura e incluso la clase política (no digamos en la izquierda) sensibles y atentos porosamente a las posiciones del más sensato catalanismo, sea este independentista o no. También a hallar una fórmula dentro de la ley que permita la expresión de la voluntad popular en este concreto tema, que es hoy por desgracia casi el único tema de España. Árbol que esconde el bosque de nuestros demás problemas. La energía que perdemos aquí sería crucial vertida en otras cosas y la torsión espiritual a que se somete al cuerpo nacional con este pulso recurrente resulta encajable para el Estado pero insoportable para la gente.

Parece volver uno al hálito de una crónica para La Nación de Rubén Darío, hace más de cien años. España contemporánea, sí. Es difícil que el Estado pueda abortar permanentemente la posibilidad de los catalanes a expresarse sobre su encaje en España (o lo que es lo mismo: sobre España) si es lo que siguen deseando mayoritariamente, pero deberían recordar los gobernantes catalanes y sus sustentos ideológicos que tampoco ellos pueden negársela al conjunto de los españoles. Exigir en aras de la democracia lo que a otros se niega no puede sustentarse democráticamente ni siquiera a la griega. (¡Y exactamente sobre el mismo tema!). ¿Metecos en nuestra tierra? De ser necesario, ¿por qué no ha de poder votar un andaluz como yo sobre el destino de su país, que es España? Mi posición no es menos ni más legítima o escuchable que la de un compatriota del Ampurdán.

Por supuesto, si llega el momento (que en cierto modo se ha alejado y no acercado con el abismo de estos días), habrá de hacerse con garantías legales, en el ámbito de una reforma constitucional y después de haber restablecido la legalidad de modo indubitable. Nada que tenga que ver con este golpe televisado a la legalidad española y catalana, esta llamada a la selva o la épica envuelta en papeletas prefabricadas, sentimientos inflamados y urnas de cartón, esta historia de deslealtades, incomprensiones mutuas, victimismos, tergiversaciones e irresponsabilidades múltiples, sobre todo entre los gobernantes, ante las que el Estado y la democracia constitucional pueden equivocarse (lo están haciendo), pero no ceder. Un todo que no sabe unir a sus partes merece romperse en términos históricos, pero un país que no sabe defenderse simplemente está abocado a desaparece

Piqué: “No es mi caso, pero un independentista podría jugar en la selección”

En un conflicto como el catalán, hay que escuchar las voces sensatas. Todas. Por esto en Segunda Vuelta hemos publicado las opiniones de diferentes actores polticos y analistas que llaman a la racionalidad y a la preservación del orden constitucional. Por la misma razón reproducimos esta nota sobre las declaraciones del futbolista catalán Gerard Piqué.

Segunda Vuelta

-Dos héroes de la retirada. De Irene Lozano
-La reconstrucción. De Beatriz Becerra
-Alfonso Guerra: “En Cataluña hay un golpe de Estado; no se puede negociar con golpistas”
-Carta abierta a Pedro Sánchez
-España, en la ratonera de Calibán. De Pedro J. Ramírez
-Bajo la mirada del mundo. De Lluís Bassets

Gerard Piqué. Foto: C. Rosillo 

El jugador del Barcelona recuerda su compromiso con la selección: “Irme sería dar la razón a quienes pitan”.

Diego Torres, 4 octubre 2017 / EL PAIS

el paisLos responsables de prensa de la federación española de fútbol lo interrumpieron para llevárselo a una comida imprevista, según dijeron. A Gerard Piqué (Barcelona, 1987) no le gustó el corte. Si por él hubiese sido se habría pasado la tarde del miércoles presidiendo un coloquio. Inesperadamente convertido en una figura imposible de obviar en la crisis soberanista planteada entre Cataluña y el Estado español, se mostró emocionado. Hasta feliz de poder sentarse ante decenas de periodistas a explicarse a sí mismo y su circunstancia política, personal y deportiva. Embutido en el chándal de la selección de España, después de entrenar, cansado por el esfuerzo físico pero con ganas de exhibirse y exponerse, y de paso mostrar también sus anhelos, su preocupación, y sus contradicciones. “Lo que quiero es que preguntéis todos”, avisó, con un punto de ingenuidad, sin sospechar que solo le dejarían hablar media hora. “Como si estamos hora y media. Lo que quiero es hablar y solucionar todo”.

“El primer día de entrenamiento a puertas abiertas fue difícil”, confesó, recordando el lunes, cuando un grupo de ultraderecha se presentó en Las Rozas a increparle y arrastró en sus coros a cientos de hinchas. “Obviamente no te gusta que la gente que apoya y anima esté en tu contra. Recibir silbidos e insultos no es del agrado de nadie. Pero creo que es un reto para mí y estoy aquí para intentar darle la vuelta. Creo que hay mucha gente en España que mediante el diálogo pueden entender cómo me puedo sentir. Independientemente de que haya quien piense de otra manera, mediante el respeto creo que todo puede llegar a buen puerto. Por eso yo, el míster [el seleccionador, Julen Lopetegui] y los compañeros hemos querido organizar esta conferencia. Quiero ayudar en todo lo que pueda. Estamos ante un objetivo que llevamos más de un año persiguiendo. Es muy complicado llegar a esta situación de clasificarnos virtualmente para el Mundial de 2018 ganándole a Albania este viernes, a falta de una jornada para acabar la fase”.

“Pensé en renunciar para que mis compañeros no soporten estos pitos… Pero irme ahora sería darle la razón a toda esta gente, que no creo que sean mayoría, que entienden que la mejor solución es silbar e insultar. No les daré ese lujo.”

El central del Barça dijo que lo que más le fastidiaba era que sus compañeros sufrieran los pitos que iban dirigidos a él. “Me he planteado renunciar a la selección para que mis compañeros no tengan que soportar esa presión exterior”, confesó. “Tienes que valorar todas las opciones, pero pensándolo mucho creo que lo mejor es continuar y aceptar el reto de darle la vuelta. Irme ahora sería darle la razón a toda esta gente que no creo que sean una mayoría, que entienden que la mejor solución es silbar e insultar. No les daré ese lujo. Estoy convencido de que hay muchísimos más aficionados que están a favor de que me quede y yo me veo con mucha capacidad. Para mí es un reto muy importante darle la vuelta a esto… Incluso me he planteado seguir después del Mundial [contra su anuncio de 2016 de retirarse de la selección en 2018]”.

Preocupado ante el curso de los acontecimientos políticos y su influencia divisiva en el equipo, el seleccionador, Julen Lopetegui, ha procurado orquestar una descompresión general, según fuentes próximas al técnico. Por un lado, al acordar con Sergio Ramos, el capitán, una rebaja de sus apariciones ante la prensa para evitar malentendidos que lo presenten como antagonista de Piqué; por otro, conviniendo con Piqué la celebración de una conferencia para que explique su punto de vista y deshaga la imagen que le han construido quienes le retratan como promotor del desacato y la secesión.

Le preguntaron si era independentista y se negó a declarar su postura política de forma explícita. “No lo puedo contestar”, replicó. “Los jugadores somos figuras globales y no puedo decantarme por un lado o por otro. La mitad de todos mis seguidores los perdería porque la gente pone la política por encima de todo lo demás y aquí venimos a jugar al fútbol. Mis hijos son catalanes, españoles, colombianos y libaneses. Estamos en un mundo global, donde todo está cada vez más conectado y en el cual los países son lo de menos. ¡Mi respuesta es lo de menos! Estamos ante un problema político en España que cada día va a más, cada vez hay posiciones más radicales. O se encuentra un punto intermedio a través del diálogo o esto cada vez va a ir a más. Las consecuencias no las sabe nadie. Hemos de ser muy coherentes y tener mucho respeto los unos por los otros e intentar hablar. El diálogo lo puede conseguir todo”.

Durante toda su exposición, el futbolista se esforzó por deslizar que no era independentista, que se sentía español, y que estaba orgulloso de poder representar a España. La voz se le quebró cuando habló de lo que significaba la selección para él. “Es imposible poner en duda mi compromiso”, dijo. “Llevo aquí desde los 15 años y considero que la selección es mi familia. Los empleados de la federación, los doctores, los entrenadores, los compañeros… los veo como una familia. Por eso estoy aquí. Por esta selección he sentido el máximo compromiso. Me duele que se dude de eso. Me siento muy orgulloso de estar en la selección española y formar parte de un grupo de jugadores que son únicos y tratar de conseguir títulos con ellos”.

“No me arrepiento de lo que dije el domingo porque es lo que siento”, subrayó, en relación a sus declaraciones lamentando la represión policial sufrida por los organizadores y los votantes durante el referéndum fallido que convocó la Generalitat de forma ilegal. “Todos somos personas. Las opiniones las formamos por lo que oímos en nuestros entornos y es imposible que pensemos todos igual. En este país hay mucha gente que no piensa como yo. Todo el mundo sabe que estoy a favor de que la gente pueda votar, por el sí, por el no, o en blanco. Pero también respeto aquella gente que piensa que los catalanes no tenemos que votar, como puede ser Rafa Nadal u otras muchas personas. No tengo ningún problema. Creo que mediante el respeto y el diálogo se llega siempre a buen puerto. Yo con los compañeros de la selección que no piensan igual hablo de este tema porque es recurrente, y al final hablando llegamos a la conclusión de que hay muchas cosas que se pueden solucionar. Pero no nos toca a nosotros porque al final somos futbolistas”.

“Si no tienes una selección en Cataluña, ¿por qué no vas a jugar para un país como España, que es la hostia, con gente de puta madre?”

“No es incongruente pensar como pienso y jugar para España”, aseguró, “y te lo llevo al extremo, que no es mi caso. Un independentista podría jugar en la selección española, porque no hay selección catalana y porque el independentista no tiene nada en contra de España. El catalán que está a favor de la secesión no está en contra de España. Simplemente quiere tener su propio país. Entonces, si no tienes una selección en Cataluña, ¿por qué no vas a jugar para un país como España, que es la hostia, con gente de puta madre? Yo me planteo esa pregunta. No es mi caso. Pero tendemos a llevarlo todo al sentimentalismo y al fanatismo cuando somos un grupo de gente que está aquí para que España pueda ganar. Nada más. El que rinda mejor en el campo es el que irá convocado”.

Piqué se opuso rotundamente a la idea de que lo mejor es no mezclar el deporte y la política. “Somos jugadores pero ante todo somos personas”, explicó. “Y entiendo la postura de muchos jugadores que no quieren hablar de política porque es un marrón. Pero, ¿por qué no expresarse? Yo entiendo la postura del que no quiere mojarse porque en definitiva es futbolista, pero quiero que también sean comprensivos conmigo si yo quiero expresar lo que siento. Recordad que ante todo somos personas. Entramos en el terreno de juego y tenemos nuestros problemas, y tenemos que convivir con ello y trabajar con ello. ¿Por qué un camarero o un mecánico pueden hablar de política y el futbolista no? Es algo que está establecido así y no tiene sentido que sea así”.

“No considero que yo esté en primera línea de militancia”, apuntó, cuando le plantearon que para un militante en pro del referéndum es incoherente defender a España.” Hay gente que me aconseja no hablar más de política, Yo lo escucho y lo valoro. Pero no creo que me haya mojado tanto. No me he posicionado en ningún bando. Solamente he dicho que la gente tiene que votar: sí, no, o en blanco. Cualquier opción es válida. No he intentado defender un bando con uñas y dientes”.

“Yo estoy convencido de que hay muchísima gente en España que piensa como yo”, continuó. “Ha habido manifestaciones en Madrid y en Sevilla a favor de que los catalanes puedan votar. Esto es aparte de mi carrera con la selección. Lo que quiero transmitir es que hay gente en España que tiene una opinión muy diversa, y está bien. Simplemente nos tenemos que respetar entre todos, aunque pensemos de manera muy distinta, aunque nos encontremos en los extremos. Da igual. Mediante el diálogo estoy convencido de que se pueda llegar a buen puerto. Otra cosa son los pitos. Es muy difícil que paren todos los pitidos contra mí. Cuando pitan cuatro parecen muchos. Pero a lo mejor ahora hay aficionados de España que dudan entre ir a animar e ir a pitar a Piqué, y si me escuchan ahora, tal vez decidan ir a animar a la selección. No es por mí, que me duele. Es por mis compañeros. Por ellos de verdad me siento incómodo con esta situación”.

“¿Por qué un camarero o un mecánico pueden hablar de política y el futbolista no? Es algo que está establecido así y no tiene sentido que sea así.”

Contra la versión más extendida, que indica que se guardan las distancias, Piqué quiso destacar que su relación con Ramos, el capitán de España, es muy buena. “Lo de Sergio Ramos es una mentira”, señaló. “Con Sergio nos llevamos fenomenal. Es más, seremos socios de un negocio que le planteé… ¡Ya está bien de tópicos! Lo fácil es decir que cada vez que venimos a la selección Sergio Ramos y Gerard Piqué se tienen que reunir y acercar posturas. No es necesario que nos acerquemos porque estamos muy cerca”.

Interrogado sobre su postura en caso de una eventual declaración unilateral de independencia de Cataluña, el jugador se mostró ambigüo. Después de presentarse como un ciudadano responsable, declaró que en este momento lo más importante para él era ganarle a Albania el viernes. “Si se proclama la independencia en Cataluña no sé lo que pasaría”, dijo. “No me he planteado ese escenario. El domingo se intentó hacer un referéndum que no se pudo llevar a cabo al cien por cien. Yo ahora lo que quiero es jugar el viernes un gran partido y clasificarnos para el Mundial. Eso es mucho más prioritario que lo otro, por cercanía. Luego me intentaré informar sobre lo demás. Pero, ¡no importa cómo reaccione yo! Esto es mucho más importante que mi persona y los medios lo centran en mí. Estamos hablando de un país como España, con cientos de años de historia, en donde hay una parte que se quiere ir. ¿Qué importa la opinión que pueda tener yo? Esto va mucho más allá. Y esto se soluciona hablando. Mi opinión no importa. Importan que los políticos hagan su trabajo y solucionen este problema. Sigo pensando que España y Cataluña separadas serían más débiles”.

Seductor por naturaleza, Piqué lamentó que las redes sociales, su instrumento de comunicación de cabecera, contribuyan muchas veces al desencuentro. “Las redes sociales son mucho más frías”, dijo. “Estoy convencido de que si cojo a todos los que me silban en un estadio y nos sentamos a la mesa, después de cenar no me silbaría nadie. Entiendo que haya gente que pueda sentirse ofendida. Si ha sido así, estoy para hablarlo y para que entiendan mi postura. Mi postura no ha cambiado”.

“España y Cataluña son como el padre con el hijo que cumple 18 años y se quiere ir de casa. Cataluña siente que es tratada de una manera que no se acerca a la realidad. El Gobierno tiene dos opciones: o se sienta como haría un padre a dialogar, o quizás ese hijo se te va.”

“Que la actuación del domingo [la represión policial] me doliera, porque hay gente que en Cataluña sufría, es algo que yo puedo explicar y que he hablado con el míster, al que le gusta mucho hablar de política”, observó. “Pero es muy difícil transmitir a los que estáis en Madrid, en Andalucía o en el País Vasco lo que está pasando en Cataluña si no vais allí. La televisión muestra lo que quiere mostrar, pero yo he visto algo muy distinto de lo que la gente percibe aquí. Yo puedo tener una opinión diferente. ¿Por qué no nos podemos sentar a hablar y a tomar un café con el míster o con Sergio [Ramos]? El diálogo acerca a las personas. Al final estamos en un punto en el que se está radicalizando todo. España y Cataluña son como el padre con el hijo que cumple 18 años y se quiere ir de casa. Cataluña siente que es tratada de una manera que no se acerca a la realidad. España tiene dos opciones: hablo del Gobierno. O se sienta como haría un padre a dialogar, o quizás ese hijo se te va. Y como hablo de gobiernos hablo de nosotros, de las personas. Se trata de que por lo menos respetemos nuestras opiniones”.

Piqué dijo que no vio el discurso de Felipe VI, el martes por la noche, porque se despistó en la sobremesa. “Sinceramente no escuché al Rey”, dijo. “Lo quería escuchar y se me pasó porque estábamos jugando a la pocha. Y suena a que no nos importa nada, pero no lo vi y no puedo comentarlo. Habrá opiniones diversas. Seguramente haya gente a la que le gustó. Por todos los inputs que me llegan a los catalanes les habría gustado un mensaje más cercano a los catalanes y a las personas heridas el domingo”.

“Ojalá que la gente cambie de opinión respecto a mí”, concluyó. “Solo quiero que la gente vea que soy coherente, que defiendo lo que pienso pero respeto y entiendo que muchísima otra gente pueda pensar distinto. Solo les pido que respeten mi opinión, y que nos respetemos mutuamente y que nos sentemos a dialogar entre todos. No solo los gobernantes. También las personas. Porque todo se resume en las personas”.

Repudiado por un sector de la hinchada, especialmente por los madridistas más fervorosos, el jugador culé se presentó en la sala de conferencias de la federación con el propósito de “solucionarlo todo”. Apenas pudo redondear algunas de sus ideas sobre un drama social y político que le obsesiona y le preocupa cada vez más. Tuvo la virtud de hacerlo en un entorno en el que casi todos se reprimen por miedo a meterse en líos. En una época marcada por líderes huidizos, nadie podrá negarle a Gerard Piqué el valor de afrontar a la opinión pública a pecho descubierto.

 

Dos héroes de la retirada. De Irene Lozano

Suárez y Carrillo traicionaron su biografía para hacer posible la Transición.

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Concentración independentista en Barcelona. FOTO: Andreu Dalmau EFE


Irene Lozano

IRENE LOZANO, escritora y ex política liberal española

nIrene Lozano, 6 octubre 2017 / EL PAIS

Un diplomático inglés me contó hace meses un chiste, hablando, por cierto, de Israel y Palestina. Un irlandés que se encuentra perdido en medio de la campiña inglesa se encuentra con un hombre y le pregunta: “¿Cómo llego a Dublín?”. A lo que el inglés contesta: “Yo no empezaría desde aquí”.

En Cataluña también nos gustaría no empezar desde aquí, pero la realidad no tiene remedio. No es el momento de enumerar los fracasos de los últimos 35 años, sino de evitar los de las próximas décadas. Y “aquí”, a estas horas, se ubica en medio de una espiral fuera de control, por tanto, lo primero que hay que hacer es salir de ella, en vez de seguir esperando acciones y reacciones mutuas.

el paisLa política se está haciendo en la calle y, por tanto, a la crisis política se suma una de orden público. Urge devolver la política a las instituciones, algo que sólo pueden hacer quienes han azuzado a la gente a manifestarse, hacer huelgas, escraches, acosos públicos, etcétera. Se dirá que es muy difícil, sí, pero no imposible. Necesitamos un “héroe de la retirada”, como lo llamó Enzensberger: alguien con credibilidad entre los independentistas, pedigrí catalanista, tal vez cercano al núcleo de poder actual de la Generalitat, a ser posible de izquierdas, y dispuesto a traicionar su biografía y ser insultado mucho tiempo. Admito que la perspectiva no es muy apetecible, pero no perdamos de vista a los dos grandes traidores que hicieron posible la Transición: Suárez, que fue secretario general del Movimiento y desmanteló el régimen para crear el andamiaje de una democracia; y Carrillo, que con su biografía de comunista exiliado aceptó la monarquía y puso la bandera española sobre la mesa del comité central.

La tensión en la calle va en aumento: esto significa que las desavenencias que hasta hace unos meses eran políticas e institucionales, están adquiriendo ribetes de conflicto social. Esto dificulta enormemente el diálogo pues estimula a los dogmáticos y disuelve los matices, más aún. Con todo, lo peor se ve en forma de lamentos dramáticos, como el de Isabel Coixet, u otros más silenciosos, los de esos amigos catalanes que en estos días nos cuentan sus planes para abandonar Cataluña. Hay que evitar a toda costa ahondar en estas heridas, porque los políticos son profesionales, están entrenados para no tomarse las discrepancias, el odio o los insultos como algo personal, lo digo por experiencia propia. Sin embargo, la gente de a pie, no. Un problema político se resuelve y permite pasar a otra cosa: un conflicto social agudo pervive durante años, décadas o generaciones.

La política se está haciendo en la calle y, por tanto, a la crisis política se suma una de orden público

El mundo nos está mirando, no sólo porque todo conflicto tiene su público en la civilización del espectáculo, sino porque los cambios de fronteras en Europa han sido traumáticos. En un momento en que el auge del nacionalismo y el populismo se alimenta desde fuera para debilitar a la Unión Europea, goza de una lógica impecable buscar un estallido político en uno de los países más grandes de la Unión Europea. Es mucho lo que se juega en Cataluña, no solo para España, sino para los valores occidentales y las democracias liberales. En plena ola de nacionalismo y populismo mundial, nadie simpatiza fácilmente con eso que los ingleses llaman mob rule, Gobierno de la muchedumbre. Si algo se ha hecho bien estos días es aprovechar el debate en el Parlamento Europeo para visibilizar el apoyo de nuestros socios a la democracia española y el Estado de derecho.

Por último, necesitamos otro héroe de la retirada en el Gobierno de España y sus aledaños: un indudable defensor de la unidad de España, el Estado de derecho y la Constitución, a ser posible de derechas, que esté también dispuesto a ser insultado y sentarse a dialogar con la Generalitat —de traidor a traidor— en cuanto se saque la política de las calles y se encauce legalmente. Entonces será el momento de las propuestas políticas y las reformas, que en este crítico momento no se pueden siquiera esbozar.

Ningún conflicto en el mundo de hoy se resuelve con el poder duro, si no se ejerce el poder blando: discurso, cultura, relato, en fin, lo que llega a los corazones de la gente. Hace falta mucha finezza, mucha inteligencia, porque en la política del siglo XXI lo importante no es tener razón, sino que te la den.

Irene Lozano es escritora y directora de The Thinking Campus.

 

La reconstrucción. De Beatriz Becerra

Es necesario que en Cataluña haya respeto a las leyes, que todos tengan voz y que se materialice el valor para defender ideas que han sido estigmatizadas. No debe volver a suceder que desde fuera de la ley se imponga un modelo a todos.

Beatriz Becerra

Beatriz Becerra, escritora y eurodiputada liberal española.

Beatriz Becerra, 2 octubre 2017 / EL PAIS

La mayoría de nosotros estamos viviendo la situación de Cataluña como una pesadilla de la que queremos despertar. Tras el referéndum ilegal y fraudulento del 1 de octubre, se avecina una declaración de independencia. Confío en la acción del Estado y en la fortaleza de la democracia española. La pesadilla terminará algún día y sus responsables rendirán cuentas. Entonces podremos ponernos en marcha con la reconstrucción.

Hay muchas propuestas y buenos deseos. Se invoca el federalismo, se proponen reformas constitucionales, se proyectan leyes de claridad a la canadiense. Todo esto me parece un poco ingenuo y precipitado. Para empezar, no sabemos ni cuál será el panorama político. Cuando el golpe fracase y se apliquen las medidas penales a los responsables, el equilibrio de partidos cambiará en Cataluña. Pueden ocurrir tantas cosas que no vale la pena ni enumerarlas: tardamos menos en esperar y ver.

el paisCasi todas las propuestas que se plantean para el 2 de octubre tienen un grave problema: ignoran el ambiente que ha hecho posible la situación que ahora vivimos. A día de hoy, en Cataluña, la verdad y la mentira se confunden como en el Reino Unido previo al referéndum del Brexit o como en Estados Unidos antes de la victoria de Donald Trump. Igual que en estos dos países, la xenofobia se pasea orgullosa por el espacio público, con menos oposición aquí que en los países anglosajones. La democracia ha dejado de ser un régimen de convivencia de los diferentes: ahora sirve para justificar que unos pocos se apropien de los derechos de todos ignorando por completo las leyes. Todo esto se ha acelerado en relativamente poco tiempo, pero no ha salido de la nada.

El realismo es esencial en política. Tengo mis ideas sobre el nacionalismo y sobre la organización territorial del Estado, las defiendo y las defenderé, pero no tengo problema en aceptar algo de frustración: en una sociedad plural hay que saber renunciar a parte de tus principios por el bien de la convivencia. ¿Cómo no voy a creer en el diálogo si soy eurodiputada? En Bruselas se habla con todos y acerca de todo. Lo que ocurre es que Cataluña no es Bruselas. Algunas ideas y posiciones han sido marginadas, estigmatizadas y hasta perseguidas. No han desaparecido, pero han quedado silenciadas, recluidas, mientras otras, las de los nacionalistas, se enseñorean.

“Antes o después habrá que empezar a construir
un espacio común que refleje el pluralismo”

Antes o después habrá que empezar a construir un espacio común en Cataluña que refleje el pluralismo de la sociedad, que visibilice todas las ideas, todas las posiciones, que permita a los ciudadanos escuchar los argumentos de todos, y no sólo los de los mismos de siempre. Un espacio así no evitaría que se dijeran mentiras, pero sí haría más difícil que prosperaran. En un espacio así, la negociación y el diálogo serían justos y equilibrados. De hecho, cuando no se dan estas condiciones no hay negociación: hay chantaje.

1505999970_254359_1507309486_noticia_normal_recorte1En Cataluña se ha dicho que un referéndum que excluye a la inmensa mayoría de los españoles es democrático. En Cataluña siguen siendo públicos los estatutos de la Asociación de Municipios por la Independencia, un repugnante texto supremacista. En Cataluña se ha dicho que tras la independencia unilateral, la UE la recibirá con los brazos abiertos. Y el problema no es que se diga, sino que la respuesta apenas se escuche, que se normalice la xenofobia, que la verdad no se diferencie de la mentira.

Por eso me parece positiva la publicación de manifiestos y posicionamientos de intelectuales de izquierdas contra el referéndum. La izquierda ha olvidado durante demasiado tiempo la importancia de ese espacio común y, convencida de que lo progresista es subirse al carro identitario, parecía más preocupada por obtener el sello de catalanidad que otorgan los nacionalistas que por defender la igualdad de todos los ciudadanos. Lástima que hayamos tenido que llegar hasta aquí para que algunos espabilen, pero, sea como sea, veo una oportunidad para que el constitucionalismo recupere su espacio en Cataluña.

La reconstrucción no es cosa sólo de los partidos políticos. Medios de comunicación, agentes sociales, asociaciones de todo tipo… toda la sociedad catalana debe reflexionar sobre lo ocurrido y contribuir en la tarea. Y no sólo la catalana: es hora de revisar nuestra relación con el nacionalismo, que es tanto como decir los valores de nuestra democracia. El imperio de la ley no es un fetiche, sino la única garantía de la libertad y de la igualdad: fuera de él sólo hay tiranía. ¿Cómo es posible que al explicar esto te puedan llamar fascista? Creo que se debe, en parte, a cierta dejadez; y, en parte, a que se ha silenciado, al menos en Cataluña, al que lo ha sostenido.

El espacio público del que hablo es el lugar en el que se produce el debate de ideas. Está hecho pedazos, y a la hora de recomponerlo será imprescindible asegurarnos de que no es posible manipular a los medios de comunicación como han hecho los nacionalistas hasta la fecha. Harán falta voluntad política y recursos para evitar el monopolio informativo del que han dispuesto. También será necesario cierto examen de conciencia: qué papel ha tenido cada uno en la exclusión de ciertas ideas o incluso en resultar simpático a los señoritos de la finca.

Respeto a las leyes, voz para todos y valor para defender ideas que han sido estigmatizadas: esto es para mí la reconstrucción. Sentadas estas bases, podremos hablar de competencias, de reformas, de acuerdos. Insisto, yo tengo mis posiciones y no creo que todas valgan lo mismo, pero todos tendremos que estar dispuestos a ceder en algo. Lo que no puede volver a ocurrir es que unos gobernantes y partidos fuera de la ley traten de imponerse al conjunto de los catalanes y de los españoles. Es decir, que se pretenda que algunos cedamos en todo y otros en nada.

 

Beatriz Becerra: “La ideología del ‘procés’ es el supremacismo”

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Eurodiputada sin partido tras abandonar UPyD y vicepresidenta de la subcomisión de Derechos Humanos del Parlamento Europeo, es una de las personas que más ha peleado para que la UE condene el independentismo catalán.

Darío Prieto, 7 octubre 2017 / EL MUNDO

¿Cómo definiría su trabajo en la UE sobre el procés?
El proceso secesionista en Cataluña por fin se ha convertido en un tema central, algo que llevo mucho tiempo reclamando. Porque es algo que afecta de manera el mundodirecta a los fundamentos de la Unión Europea. Somos una comunidad de valores y lo que tenemos, dándoles forma y seguridad a todos es un marco legal. Y el procés ataca a ambas cosas. Lo que está debajo, detrás y por encima del proceso secesionista es una ideología supremacista, excluyente, rupturista. He denunciado en estas últimas semanas el adoctrinamiento en los colegios, el señalamiento de cargos públicos, el insulto y el discurso del odio. Los derechos de los ciudadanos están por encima de cualquier intención de una parte de ellos de apropiarse de las instituciones.

Puigdemont habla de “un solo pueblo”.
Los pueblos no existen. Lo que existen son los ciudadanos. La apropiación indebida de ese concepto, esa sinécdoque trágica de la parte por el todo, es inadmisible. Y no es nada nuevo: la apelación al supremacismo, a la bondad de algunos respecto al resto, está en el origen de todos los totalitarismos. Otra mentira, la esencial originaria, es la del supuesto derecho de autodeterminación. Pero el derecho a decidir es una falacia.

¿Tiene que haber mediación internacional, como algunos piden?
Es un disfraz y un intento de ganar tiempo. La UE, como tal, podría tener algún tipo de papel mediador cuando hubiera un conflicto entre estados miembros. Esta llamada a la mediación es una muestra más de la volatilidad de los principios de los separatistas golpistas, que utilizan en cada momento lo que les puede convenir para sus intereses, que tienen que ver con la búsqueda de impunidad para los delitos que han cometido.

¿Cómo cree que obró el Gobierno el 1-O?
La asunción por parte del gobierno de que los Mossos iban a acatar las órdenes judiciales fue de una ingenuidad difícilmente justificable. Y mandar de manera tardía, con las personas reunidas en los supuestos colegios electorales fue un error. Se dio la oportunidad de que ocurriera algo que nunca debía haber ocurrida.

¿Cómo valora la actitud de Mariano Rajoy?
Su posición hasta ahora, de dejar que las cosas se desarrollen y el caldo se haga, no es aceptable en este momento.
¿Y el PSOE?
Está demostrando una capacidad máxima de equidistancia y trilerismo. Ese pretender jugar a dos bandas, sin perder de vista oportunidades electorales y a la vez, justificar un supuesto sentido de Estado, no está a la altura de lo que es el PSOE.
¿Podemos?
El afán de protagonismo de Pablo Iglesias y su voluntad destructiva de todo lo que hemos conseguido en España es evidente. Su objetivo es arrasar y establecer una versión totalitaria e involucionista de lo que debe ser un país democrático. Es aliado de cualquiera que sirva para sus fines: el independentismo, los representantes del terrorismo de ETA… No tiene escrúpulos ni prejuicios.

¿CUP?
Lo más rancio de la kale borroka del País Vasco está ahí. Y se da una disonancia entre lo que proclaman, con las formas antisistema con que pretenden dotarse, y un carácter acomodado y pijo completamente incoherente. Es muy nocivo para lo sociedad que quien vive en la incoherencia y en la destrucción pueda tener capacidad de acción.

¿Nada que criticar al discurso del Rey?
El rey no es un mediador, ni apaciguador, ni gestor de emociones. Todos los españoles y catalanes tienen que tener la seguridad y la tranquilidad de que van a estar protegidos y acompañados. Y que sus derechos van a estar preservados.

Después del 155, ¿qué?
Ahora mismo el Govern está en manos de delincuentes. Sí que tiene que haber una negociación con interlocutores elegidos de nuevo. El diálogo es otro instrumento, pero, en sí mismo, no lleva a ningún sitio. Lo que debe haber es una negociación con objetivos, líneas rojas y voluntad de acuerdo y cesión. Si no, hablamos de un chantaje.
¿Y qué pasa con los dos millones que quieren la independencia?
Hay un número muy grande de ciudadanos de Cataluña que han asumido como propios los principios del independentismo. Y lo apoyan de una manera completamente acrítica, viéndolo como un destino fatal. Pero no estoy de acuerdo con esa idea de fatalidad.

¿Van perdiendo el miedo los catalanes contrarios a la independencia?
No es cierto que la voluntad de la mayoría de los catalanes sea la independencia. Lo que hay es un gran volumen de la población que está secuestrado, arrinconado, porque si no estás en el ámbito de los verdaderos catalanes, no puedes vivir. Es nuestra responsabilidad liberar a los rehenes, porque les hemos dejado solos.

La última pregunta: ¿Se siente sola peleando en medio de todo este jaleo?
Cuando te eligen para algo tienes que ser útil e intentar buscar soluciones. Sobre todo en un lugar como el Parlamento Europeo, que es el lugar donde hay que estar. El hecho de ser una diputada independiente, sin partido ni perrito que me ladre, hace que sea también muy libre.

Alfonso Guerra: “En Cataluña hay un golpe de Estado; no se puede negociar con golpistas”

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El ex vicepresidente del Gobierno Alfonso Guerra, el pasado septiembre, en la presentación de un libro. Foto: CABALAR/EFE

EFE, 4 octubre 2017 / EL MUNDO

el mundoEl ex vicepresidente del Gobierno Alfonso Guerra ha alertado hoy de que en Cataluña hay un golpe de Estado y es necesario “actuar” contra los responsables: “No se puede negociar con golpistas”, ha avisado.

En una entrevista en Onda Cero, el histórico dirigente socialista ha reclamado a su partido que vote a favor de la aplicación del artículo 155 de la Constitución para restituir el orden legal en Cataluña.

“El PSOE tiene que votar a favor” del artículo 155, ha dicho. Guerra se ha preguntado qué clase de demócrata defiende la Constitución pero no su artículo 155, ya que, ha considerado, se trata de un “instrumento” de la democracia en defensa del Estado de Derecho. También ha puesto al nivel otros “instrumentos” como los artículos 8 o 166.

No obstante, ha indicado que le parecería “fatal” que el Gobierno no aplicara el artículo 155 aprovechando que tiene “mayoría absoluta” en el Senado, por lo que no vale “mirar” al PSOE, ya que “no necesita a nadie”. Pero, al margen de ello, “el PSOE tiene que votar a favor”, ha remarcado.

“La gente se escandaliza de las cargas policiales porque mentalmente aún viven en la dictadura. El Estado sólo usa su fuerza legítima”, ha asegurado Guerra, al tiempo que ha criticado al presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, porque “no sabe tomar decisiones”.

No obstante, también cree que el PSOE debería retirar la solicitud de reprobación de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, por las cargas policiales del 1-O.

Ha indicado que lo de Cataluña es un “golpe de Estado” como pasó el 23 de febrero de 1981. Entonces, ha recordado, “todos” fueron a “grandes manifestaciones en contra”, pero ahora se “ponen los ojos en la policía”. “¿Pero qué es esto?”, se ha cuestionado.

“¿Pero qué es esto?”

“Reprobar a la vicepresidenta y no a los golpistas…; hombre, algún ‘papanata’ dirá que estoy defendiendo a la vicepresidenta. No, estoy defendiendo a los diputados socialistas que tienen que poner el acento donde hay que ponerlo, en los golpistas, como hizo ayer el Rey, sin la menor concesión. Los demócratas tienen que intentar ganar esa batalla”, ha explicado.

“El PSOE, a mi juicio personal, debería retirar esa moción de reprobación, que la cambie por una reprobación a Puigdemont, a Junqueras, a Forcadell, eso es lo que tendría que hacer, y no distraer a la gente”, ha remarcado.

Para Guerra, “el Gobierno no acaba de tomar decisiones, el presidente no sabe tomar decisiones, no puede estar dejando pudrir las cosas”, sino que hay que “evitarlas”; y animó a Mariano Rajoy a que comparezca en el Congreso antes de la semana que viene. “Y los otros tienen que ayudar y no desviar la atención a una carga policial ni hacia la vicepresidenta”, ha añadido.

“Aquí todo el mundo se rasga las vestiduras por una carga policial”, ha expresado durante la entrevista, tras apuntar que Francia lleva un año con el Ejército en la calle, en estado de alerta, y nadie duda de su democracia.

Sobre el discurso anoche del Rey, ha afirmado que le pareció “impecable” y que lo que hizo “fue justo lo que tenía que hacer”.

Con respecto a si hay que reformar la Constitución después de resolver esta situación con Cataluña, ha recalcado que cada vez que se ha hecho una concesión a los catalanes no ha servido para “aplacar” sus aspiraciones independentistas.

“A lo mejor hay que plantearse una nueva estructura del Estado”, ha sugerido Guerra, que ha avisado de que en Cataluña lleva años desarrollándose un “movimiento prefascista” fruto el nacionalismo.

Ha abogado por la disolución de los Mossos porque no actuaron como correspondía. Ha insistido en que hay que ser “hipócritas y tener cara” al ver que en Europa se preocupan por las cargas policiales y no porque hay una policía -en alusión a los Mossos – que “no cumple las órdenes de un juez, eso sí que es preocupante”.

A la crisis en Cataluña también se ha referido el diputado del PSOE y ex presidente de Castilla-La Mancha, José María Barreda, que ve inoportuno reprobar a Sáenz de Santamaría por las actuaciones policiales del 1-O.

Barreda ha criticado que nadie haya preguntado desde la dirección del PSOE a los parlamentarios socialistas sobre esta iniciativa.

 

La opinión de otro ex dirigente del PSOE:
Ganar a los independentistas. De Alfredo Pérez Rubalcaba