Cataluña

Lenguaje para después de una batalla. De Eduardo Madina

El ruido de fondo en el ‘procés’ tiene que ver con el nombre de las cosas. No es lo mismo narrar una patria que una sociedad, ver grupos homogéneos que sociedades abiertas y plurales. Esta es una propuesta para renovar el vocabulario.

Eduardo Madina, historiador y ex-diputado por el PSOE

Eduardo Madina, 16 diciembre 2017 / EL PAIS

El mundo determinado gramaticalmente es el horizonte en que se interpreta la realidad”. (J. Habermas

Es de sobra conocido que la pelea por los nombres de las cosas, por eso que los especialistas denominan el establecimiento del marco, suele ser la primera batalla de posición en política. A partir de ella, casi todo queda descrito. Esto, en ocasiones, de tan conocido se termina olvidando.

Y lo cierto es que la realidad, aunque algunos no lo aceptan, admite multiplicidad de enfoques.

En lo relativo a nuestro modelo de convivencia, no es lo mismo narrar una patria que describir una sociedad. No es lo mismo interpretar a partir de lo vasco, lo catalán, o lo español que hacerlo a partir de los vascos, los catalanes o los españoles.

el paisNo es lo mismo describir el país que habitamos en términos de hechos diferenciales y derechos históricos que hacerlo en términos de pluralismo y convivencia cívica. No es lo mismo ver grupos cerrados, predefinidos y homogéneos que describir sociedades abiertas y plurales. No es lo mismo reivindicar derechos de un colectivo diferenciado que definir derechos de ciudadanía para el conjunto de una sociedad. No es lo mismo ver una sociedad de ciudadanos y ciudadanas plurales que una pluralidad de naciones. Lo dijo muy bien alguien hace no muchas fechas: “Cuando hablamos del espacio público que compartimos, no es lo mismo definir la pertenencia al mismo con el verbo ser que hacerlo con el verbo estar”.

Tras la batalla electoral que dibujará en Cataluña un nuevo escenario parlamentario —esperemos que también de gobernabilidad— convendría que recuperáramos consciencia de que la batalla de fondo, durante todo eso que llaman el procés, ha sido una batalla por los nombres de las cosas.

‘Pueblo’ tiene un marco romántico y sugiere
homogeneidad. ‘Sociedad’ apela al dinamismo

Y que la situación a la que ha llegado la sociedad catalana tiene mucho que ver con la ausencia de un lenguaje sólido y alternativo al que algunos han tratado de imponer como lenguaje único de descripción de las cosas. Esa es la batalla que hasta la fecha no ha sido dada: una batalla por el lenguaje, por las descripciones y los sustantivos, por los verbos y los adverbios.

Sobre una casi inexistente defensa de alternativas gramaticales —como si de una nueva línea Maginot se tratara— pasaron por encima y casi se generalizaron conceptos románticos de pueblo, la multiplicación de las naciones, las apelaciones a un nosotros y un ellos, el derecho de autodeterminación de los pueblos puros, los conjuntos cerrados y las fronteras nítidas. Entraron en juego los quien sí y los quien no, se impuso el autoatribuido derecho a definir que algunos se arrogaron en exclusiva para negar consecuentemente el de todos los demás.

Por todo ello, sería un gran paso adelante que las políticas de restablecimiento de la convivencia que se apliquen a partir del día 21 estén también nutridas por algunas alternativas en la descripción de la realidad. Especialmente, desde las distintas izquierdas.

‘Ciudadanía’ pertenece al campo de racionalidad y
se puede legislar, frente a ‘nación de naciones’

Sociedad frente a pueblo. La idea de pueblo tiene un marco romántico y sugiere una homogeneidad estática. La idea de sociedad apela a una estructura dinámica que deriva de un marco racional y que sugiere pluralidad. El primero determina una definición unívoca y cerrada. La segunda demuestra consciencia de una realidad plural y abierta.

El pueblo tiene siempre habitantes primigenios, dueños originarios que tarde o temprano terminan cayendo en la tentación de decidir quién entra y quién no entra, quién pertenece y quién no pertenece. Una sociedad no tiene dueño. Acoge dentro muchas y muy diversas formas de entender la vida, no entra en qué hay que ser sino que admite muchas y muy diversas formas de estar para igualarlas, todas ellas, en una misma condición de ciudadanía.

Ciudadanía frente a nación de naciones. La noción de ciudadanía pertenece al campo de la racionalidad y en consecuencia es legislable. El campo de obligaciones y derechos que de ella deriva queda determinado por la propia deliberación democrática y sus límites los establece la propia sociedad. Sus materiales son fríos y discutibles, respetuosos y no invasivos con la intimidad de cada mujer y de cada hombre. Un enfoque liberal, socialdemócrata o de izquierdas no puede ver naciones antes que ciudadanos. No define el espacio público desde universos sentimentales. No obliga a sentir la pertenencia. La piensa.

Derecho a convivir frente a derecho a decidir. Porque la inmensa complejidad humana no es divisible entre dos. No está escrito en ninguna tabla de la ley que el conjunto de una sociedad deba diseccionarse en un sí o un no frente a una pregunta de patria. Una pregunta que conduce a elegir dentro del marco de quienes nos interpretan en términos de identidades nacionales diferenciadas. Sin embargo, la realidad de cualquier sociedad occidental y democrática es mucho más heterogénea, posnacional, transnacional, compleja y mestiza que la pretendida homogeneidad que subyace en el discurso de la autodeterminación de las naciones. Antes que la obligatoriedad de elegir una única patria, una sociedad tiene derecho a convivir, a compartir el espacio público entre todas las múltiples formas de entender la vida que habitan dentro de ella.

Solidaridad frente al España nos roba. Deben incrementarse los flujos de solidaridad desde las autonomías con mayor nivel de renta —desde todas ellas— hacia aquellas otras que lo tienen sustancialmente inferior. Un país con amplias disparidades por territorios incuba dentro de sí desigualdades que son inaceptables desde el punto de vista de la cohesión social. Frente al lenguaje del España nos roba, hace falta un nuevo lenguaje orientado a la solidaridad interna de un país con amplias disparidades por territorios y, en consecuencia, con problemas serios de desigualdad. Solidaridad y cohesión. Esta debería ser la prioridad de la próxima negociación sobre financiación autonómica.

Son solo algunos ejemplos: ciudadanía, sociedad, convivencia, solidaridad. Seguramente, hay muchos más. Términos que merecen estar presentes en el debate por la recuperación de la convivencia. No son conceptos carentes de fuerza y belleza. De alguna manera, apuntan a una realidad definida con fronteras algo más amplias.

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, decía hace 90 años uno de los filósofos más grandes del siglo XX.

Sería muy esperanzador que algunas de las principales fuerzas políticas estuvieran dispuestas a ampliar sus propios límites. Y con ellos, los de la conversación política en España.

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La fragilidad de la política. De Máriam M. Bascuñán

El ejercicio de victimización de Puigdemont y su respuesta a las delirantes “155 monedas de plata” del tuitstar Rufián quedarán en la retina.

 

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Máriam M. Bascuñán, catedrática de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid

Máriam M. Bascuñán, 27 octubre 2017 / EL PAIS

Ocurrió, ya lo saben. La retórica que ha dominado la conversación pública, plagada de acusaciones cruzadas y acentuada por el subterfugio político de la culpa, alcanzó el clímax. Han fingido una victoria disfrazados de impecables justicieros, paladines del bien escapando de la ficticia persecución de las diabólicas fuerzas del mal. Quedará en nuestra retina el ejercicio de victimización universal de Puigdemont y su respuesta, tan católica, a las delirantes “155 monedas de plata” del tuitstar Rufián.

Deberíamos saberlo: la dialéctica del resentimiento sigue la lógica del escarnio y se modula apelando a una catarsis colectiva bajo el paraguas de ese absurdo “mandato heroico” tiznado por el voto secreto. Lo lógico hubiera sido escapar de la moral y entrar el paisen el barro de la política, especialmente quienes tanto la reclamaban. Pero olvidaron la lección de Russell: erigirse en oprimidos no les convierte en virtuosos, ni es en absoluto necesario “para la exigencia de igualdad”. Conocemos el consolador efecto de fijar un solo foco, origen de todos los agravios, al que se opone una única salida indiscutible. Sin grises o tensiones dolorosas, se elude el deber de juzgar políticamente las situaciones.

El lenguaje de la culpa es antipolítico porque impide pensar los conflictos en términos de responsabilidad e invoca una respuesta defensiva. El peligro es que interiorizamos los dilemas políticos como injurias personales que emergen como una herida que supura. La culpa nos estanca en el pasado; la responsabilidad proyecta futuros que es necesario articular colectivamente, abandonando la concepción del individuo marcado por los pecados cometidos.

Avanzar hacia el futuro era la única garantía para cerrar las cicatrices del pasado. Es de ahí de donde surge la solidaridad política, antes que de la apelación a una suerte de hermandad religiosa. Esta presupone una acrítica alineación homogénea sobre tradiciones heredadas; aquella, compromiso entre los diferentes. Porque la solidaridad nos vincula a proyectos vivos que miran al futuro. Es tan firme como frágil, pero sin ella jamás nos emanciparemos de los grilletes del pasado. No es tarde para hacerlo.

@MariamMartinezB

La izquierda y el derecho de autodeterminación. De Nicolás Sartorius

Hoy, en ausencia de colonialismo y dentro de un país de la Unión Europea, el derecho a la autodeterminación es una reivindicación reaccionaria, incluso involucionista, impropia de partidos o sindicatos progresistas.

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Nicolás Sartorius, cofundador del sindicato Comisiones Obreras

Nicolás Sartorius, 24 octubre 2017 / EL PAIS

El nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba. El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba. El nacionalismo cuando los pobres lo llevan dentro, no mejora, es un absurdo total”. Bertold Brecht

Desde el principio se sabía que el famoso “derecho a decidir” era un hábil eufemismo con el fin de enmascarar el inexistente, en condiciones de países democráticos, derecho de autodeterminación de “los pueblos”. Este derecho tiene una larga historia que merece algunas reflexiones.

Es conocido que la socialdemocracia internacional reconoció este derecho ya en 1896, en un Congreso celebrado en Londres, en el sentido de que se trataba de un derecho político a la independencia o secesión de la nación o imperio opresores. Este criterio lo adoptaron casi todos los partidos pertenecientes a la 2ª Internacional, incluyendo el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, del que el paisemanaría el partido bolchevique de Lenin. Con el triunfo de la revolución de 1917 —de la que se conmemoran los 100 años—, la libre autodeterminación y la posibilidad de formar un Estado separado se recogió en la declaración de Derechos de los Pueblos de Rusia y, después, en la Constitución de 1924. No obstante, esta posición no fue nada pacífica en los debates de la época. Mientras Lenin, Trotsky, Kautsky y otros defendieron con ardor la consigna autodeterminista, otros como Rosa Luxemburgo, Bujarin y los llamados bolcheviques de izquierda se opusieron con igual empeño. Los primeros, argumentaban que el nacionalismo era una fuerza revolucionaria en la época de las colonias y de los imperios, “cárceles de pueblos”, mientras que los segundos sostenían que en la era de los imperialismos modernos era una antigualla defender las fronteras nacionales y, sobre todo, que el nacionalismo había estado en el origen de la espantosa guerra del 14, cuando incluso una parte de la izquierda había votado los créditos de guerra, costándole la vida al socialista francés Jean Jaurès al oponerse a ellos. Prevalecieron entonces las tesis de Lenin y de otros dirigentes de la izquierda, pues era cierto que la libre determinación tenía sentido en el proceso de descolonización e, igualmente, la independencia de naciones sojuzgadas por los imperios que fueron derrotados en aquella carnicería: el austro-húngaro; el de los zares; el otomano y el del káiser Guillermo. Quedaron en pie el británico y el francés que durarían unos años. En el fondo, las teorías de Luxemburgo y Bujarin se compadecían más con las de Marx, que en su análisis del desarrollo del capitalismo veía más conveniente para la causa de los trabajadores la federación de las naciones con el fin de lograr entidades políticas más fuertes.

“Cuando se trató el caso de Cataluña el presidente francés
Clemenceau solo dijo: ‘Nada de tonterías’ “

Cuando concluyó la Gran Guerra llegó a París el presidente Wilson con sus no menos famosos 14 puntos, entre ellos el derecho de autodeterminación, sobre todo de las naciones que conformaban el imperio de los Habsburgo. Wilson procedía de la tradición anticolonial de EE UU, no le gustaban los imperios europeos y tampoco le interesaba dejar esa bandera en manos de un bolchevique como Lenin. A París fueron en peregrinación todos los nacionalismos irredentos con la finalidad de que el presidente americano les diera su bendición. Aun así, se cuenta que cuando se trató, también, el caso de Cataluña, el presidente francés Clemenceau se limitó a decir “pas des bêtises” (nada de tonterías) y ahí acabó la discusión. El resultado de todo ello fue que el mapa de Europa quedó cual manta escocesa, surgieron múltiples pequeñas naciones y en especial en los Balcanes, origen de múltiples conflictos.

En la actualidad, las condiciones han cambiado radicalmente y sería trágico que la izquierda no se diera cuenta de lo que eso significa. Comprendo que, a veces, no es fácil entender los vericuetos de la dialéctica de los procesos, pero este es un ejemplo de cómo un derecho progresista o liberador, en una fase histórica, se puede transformar en su contrario en otra etapa diferente. Esta es la razón por la cual Naciones Unidas —donde no sé si abundan los dialécticos— ha concretado su doctrina sobre este tema señalando que debe respetarse la libre determinación sólo en los casos de dominio colonial o en supuestos de opresión, persecución o discriminación, pero en ningún caso para quebrantar la unidad nacional en países democráticos.

“Algunos deben superar inercias y concluir que
hoy es antisocial lo que antes era progresista”

En las condiciones creadas por la globalización, con mercados y multinacionales globales, inmersos en la revolución digital, cuando ya no existen situaciones coloniales generalizadas ni imperios “cárceles de pueblos”, el derecho de autodeterminación es una reivindicación reaccionaria, impropia de partidos o sindicatos de izquierda. Todavía más involucionista si cabe en el supuesto de los países pertenecientes a la Unión Europea, inmersa en un proceso de integración cada vez mayor, imprescindible para poder medirse, desde la democracia, con los grandes poderes económicos y tecnológicos. Una transformación de actuales regiones o autonomías en Estados independientes haría inviable el futuro de una unión política europea.

Es verdad que durante el periodo de los movimientos anticoloniales, véase la posición contra la guerra de África del PSOE de Iglesias, o durante la última dictadura franquista, la reivindicación de la libre autodeterminación tenía un sentido y así se recogía en los programas de los partidos y sindicatos de izquierda españoles; eso sí, siempre en aquel contexto y supeditado a la unidad de los trabajadores. Pero en condiciones de democracia, en la mundialización y la construcción europea no hay nada más contrario a los intereses de los trabajadores que romper un país. Ese acto profundamente insolidario —en especial cuando los que quieren romper son de los más ricos— divide a los sindicatos; quiebra la caja única de la Seguridad Social, garantía de las pensiones; parte la unidad de los convenios colectivos y el sistema de relaciones laborales, en un espacio de mercado único que, de quebrarse, dejaría a la intemperie a trabajadores y empresas.

En consecuencia, los partidos y sindicatos de izquierda deberían revisar esta cuestión, superar viejas inercias y concluir que en las condiciones actuales lo que antaño era progresista hogaño es retrógrado y antisocial, propio de fuerzas nacionalistas radicales y/o populistas que no tienen nada que ver con los intereses de las mayorías sociales.

Nicolás Sartorius es vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas.

Una controversia entre periodistas: ¿Es España ‘Francoland’?

La controversia sobre Cataluña también arrastra a los periodistas y columnistas. Documentamos un pleito provocado por una nota de Jon Lee Anderson en The New Yorker, con diferentes escritores españoles entrando en el ring. Detrás del debate la pregunta: ¿Muestra la respuesta de Madrid al intento de scessión de Cataluña que el franquismo está vivo en España?

Segunda Vuelta

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The Increasingly Tense Standoff Over Catalonia’s Independence Referendum. De Jon Lee Anderson

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Two women, draped in Catalan pro-independence flags, leave a demonstration in Vic, Spain, a day after violence marred Catalonia’s referendum vote on independence from Spain. Photograph by David Ramos / Getty

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JON LEE ANDERSON

Jon Lee Anderson, 4 octubre 2017 / THE NEW YORKER

Voting rights have been under siege in the U.S. in recent years, with charges of attempted electoral interference, legislation that seeks to make access to the polls more difficult, and gerrymandering, in a case that reached the Supreme Court this week. But no citizens here or in any democracy expect that they may be attacked by the police if they try to vote. Yet that is what happened on Sunday in the Spanish region of Catalonia, where thousands of members of the Guardia Civil paramilitary force, and riot police, were deployed by the central government in Madrid to prevent the Catalans from Screen Shot 2017-10-21 at 5.10.42 PMholding an “illegal” referendum on independence from Spain. Masked and helmeted police used pepper spray and knocked people to the ground, kicking and beating some, and dragging others by their hair. Social-media sites quickly filled with images of bloodied and battered voters. Whatever the avowed legality of the action, it was not only a shocking display of official violence employed against mostly peaceful and unarmed civilians but an extraordinary expression of cognitive dissonance: Since when did European governments prevent their citizens from voting?

In a way, Sunday’s events were a chronicle of a disaster foretold. Secessionist sentiments have been building for some time in Catalonia, an ancient principality, then part of the Crown of Aragon, that was annexed by the Bourbon kings in the War of Spanish Succession, and which has since held on-and-off-again autonomy. Under General Francisco Franco, who ran Spain as a Fascist dictatorship from 1939 until 1975, Catalonia’s autonomy was suppressed, and the Catalan language was outlawed. (The region was also the site of one of the last stands of the Republic in Spain’s brutal civil war, and Catalans paid a heavy price for their resistance: thousands were imprisoned and executed after Franco’s forces defeated the Republicans.)

During the country’s transition to democracy, in the late seventies and early eighties, Catalonia was once again granted autonomous status, along with other Spanish regions, but in the past few years the idea of independent nationhood has captivated a large number of its people. The nationalist mood has been exacerbated by dissatisfaction with Catalonia’s share of the national budget: a region with a population of seven and a half million people, and Barcelona as its capital, Catalonia is Spain’s economic powerhouse, producing about a fifth of the country’s G.D.P. and paying a significant amount of tax. The decision, in 2010, by Spain’s constitutional court to deprive Catalonia of its previously granted designation as a “nation” within the constitutional monarchy was, for many Catalans, the turning point. The Spanish Prime Minister, Mariano Rajoy, a veteran of the Partido Popular, a party founded by Franco’s political disciples, who was elected in 2011, has repeatedly called the independence campaign “illegal,” “unconstitutional,” and even an attempted “coup d’état.” His primary Catalan nemesis is Carles Puigdemont, a former journalist who became the regional President last year and has long been an adherent of independence; he recently said that there is “nothing” that the Spanish state can do to deter him from the campaign—including putting him in prison.

In a previous, nonbinding referendum on independence, held in 2014, 2.3 million Catalans voted, and an estimated ninety-two per cent supported the idea. But with only a minority of the population participating, the result was inconclusive. Undeterred, the Catalan parliament approved a plan for secession, by a narrow majority, the following year. Spain’s constitutional court ruled against it, but Catalonia’s government, now committed to independence, declared its determination to proceed.

And proceed it did, on Sunday. Voters were asked a single question: “Do you want Catalonia to become an independent state in the form of a republic?” According to Catalan authorities, in spite of the police intervention, the confiscation of ballot boxes, and the closure of some polling centers beforehand, more than two million Catalans voted, and an estimated ninety per cent—but just forty-two per cent of the electorate—answered yes.

On Sunday night, Rajoy spoke on national television and, in an address of vintage Iberian obtuseness, lauded the events of the day. He celebrated the fact that Spain’s “rule of law” had prevailed, and thanked the security forces for their actions. He described the referendum as having represented a “serious attack” on Spain’s democracy that had to be stopped. The phrase he actually used was “one could not look away.” Rajoy did not mention the people who had been injured—there were nearly nine hundred, including two who were seriously hurt, a man who lost an eye to a rubber bullet, and a number of women who accused policemen of having sexually molested them. (About a dozen police officers were injured.)

While there was a generally shocked public reaction to the violence, many non-Catalan Spaniards have either defended the police action as legal, following Rajoy’s justifications, or else lamented the police “clumsiness,” but blamed the Catalans for bringing the situation about in the first place. Amnesty International, meanwhile, has lambasted Rajoy’s government for having used “excessive and disproportionate” force. There has been an unusually muted response from the other countries in the European Union, where authorities are worried, in the age of Brexit, about any further fragmentation taking place, and have warned Catalonia’s leaders that, if they chose to secede from Spain, they would not be accepted into the E.U. Employing consummate diplomatese, the President of the E.U., Donald Tusk, said that he had spoken with Rajoy and that, while he “shared his constitutional arguments, I appealed to him to find ways to avoid escalations and use of force.”

Clearly interpreting Rajoy’s heavy-handedness as a boon to the independence movement, Puigdemont said, “On this day of hope and suffering, Catalonia’s citizens have earned the right to an independent state in the form of a republic.” On Tuesday, the trade unions called a general strike across Catalonia, which was joined by university students and the world-renowned Barcelona football club. In an op-ed published in the Guardian, the political scientist Víctor Lapuente Giné wrote that “Rajoy’s move could not have been more counterproductive. The political-bureaucratic elite that controls the ruling conservative Partido Popular . . . has failed to understand that a modern state depends not on the monopoly of violence, but on the monopoly of legitimacy.” Giné added a gloomy prediction: “It’s unlikely that Catalan separatism will propel similar secessionist challenges. No other separatist movement, apart from that of Scotland, has the popular and organisational support. Yet it’s likely that Spain’s internal turmoil will escalate, triggering an international crisis by forcing major diplomatic players to take sides. We are far from the incendiary secessionist tensions of former communist countries, from the Balkans to Ukraine. But we are moving in that direction.” In an interview with me on Wednesday afternoon, Raül Romeva, the Catalan foreign minister, seemed to confirm that outlook. “After many years of peaceful demonstrations and requests from many people to seek a resolution to the Catalan issues,” he said, “we finally went to a referendum to decide things, only to be confronted with violence. Since Sunday, many Catalans feel as if they have been expelled from the Spanish state, which no longer represents the interests of all its citizens.”

On Tuesday night, King Felipe VI made a rare televised address to the nation, in which he criticized the Catalan authorities for having shown what he called an “inadmissible disloyalty to the state” by pushing an agenda that had “fractured the nation” and “divided the Catalan people.” History suddenly seems alive again in Spain, and it is perhaps worth remembering that it was Catalonia’s support for a Habsburg king that brought about its loss of independence, during the War of Succession, in which the Bourbons—Felipe’s forebears—became Spain’s monarchs.

Within hours of the King’s speech, Puigdemont gave an interview in which he said that Catalans had earned the right to their independence and that their government would issue a “uniliteral declaration of independence” within days. But late Wednesday he addressed the Catalans in a speech that felt more conciliatory than confrontational, calling for “negotiation” and “dialogue,” exactly what has been lacking in the dispute so far.- – – –

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En Francoland. De Antonio Muñoz Molina

 

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Un fotograma de ‘Estiu 1993’, filme catalán que representará a España en los Oscar.

Antonio Muñoz Molina

Antonio Muñoz Molina, escritor español, miembro de la Real Académica

Antonio Muñoz Molina, 13 octubre 2017 / EL PAIS/Babelia

Me pasó la última noche de septiembre en Heidelberg, pero me ha pasado igual con cierta frecuencia en otras ciudades de Europa y de América, incluso aquí, dentro de España, en conversaciones con periodistas extranjeros. Muchas veces, en épocas diversas, con una monotonía en la que solo cambia el idioma y el motivo inmediato, me ha tocado explicar con paciencia, con la máxima claridad que me era posible, con voluntad pedagógica, que mi país es una democracia, sin duda llena de imperfecciones, pero no muchas más ni más graves que las de otros países semejantes. Me he esforzado en dar fechas, mencionar leyes, cambios, establecer comparaciones que puedan ser útiles. En Nueva York he debido recordarle a personas llenas de ideales democráticos y condescendencia que mi país, a diferencia del suyo, no admite la pena de muerte, ni la cadena perpetua, ni el envío a prisión de por vida de menores de edad, ni la tortura en cárceles clandestinas.

el paisFuera de España uno a veces tiene que dar explicaciones de historia, y hasta de geografía. Hasta no hace mucho tiempo, un ciudadano español tenía que explicar, aun sabiendo que había grandes posibilidades de que no se le hiciera ningún caso, que el País Vasco no se parece al Kurdistán, ni a Palestina, ni a las selvas de Nicaragua en las que los sandinistas resistían al dictador Somoza. Uno explicaba que el País Vasco es uno de los territorios más desarrollados y con más alto nivel de vida de Europa; y además que dispone de un grado de autogobierno y hasta soberanía fiscal muy superior a la de cualquier Estado o región federada del mundo. Lo más que se conseguía era una sonrisa cortés, aunque también incrédula.

Una parte grande de la opinión cultivada, en Europa y América, y más aún de las élites universitarias y periodísticas, prefiere mantener una visión sombría de España, un apego perezoso a los peores estereotipos, en especial el de la herencia de la dictadura, o el de la propensión taurina a la guerra civil y al derramamiento de sangre. El estereotipo es tan seductor que lo sostienen sin ningún reparo personas que están convencidas de sentir un gran amor por nuestro país. Nos quieren toreros, milicianos heroicos, inquisidores, víctimas. Nos aman tanto que no les gusta que pongamos en duda la ceguera voluntaria en la que sostienen su amor. Aman tanto la idea de una España rebelde en lucha contra el fascismo que no están dispuestos a aceptar que el fascismo terminó hace muchos años. Les gusta tanto el pintoresquismo de nuestro atraso que se ofenden si les explicamos todo lo que hemos cambiado en los últimos 40 años: que no vamos a misa, que las mujeres tienen una presencia activa en todos los ámbitos sociales, que el matrimonio homosexual fue aceptado con una rapidez y una naturalidad asombrosas, que hemos integrado, sin erupciones xenófobas y en muy pocos años, a varios millones de emigrantes.

“La democracia española no ha sido capaz
de disipar los estereotipos de siglos”

La otra noche, en Heidelberg, la víspera del ya célebre 1 de octubre, en medio de una cena muy grata con profesores y traductores, tuve que repetir mi explicación, con una vehemencia que me hizo sobreponerme al desánimo. Una profesora alemana me dijo que, según le acababa de contar alguien de Cataluña, España era todavía “Francoland”. Le pregunté, tan educadamente como pude, qué sentiría ella si alguien decía en su presencia que Alemania es todavía Hitlerland. Se ofendió enseguida. Tan calmadamente, tan pedagógicamente como pude, le aclaré lo que no tiene que aclarar nunca ningún ciudadano de ningún otro país avanzado de Europa: que España es una democracia, tan digna y tan imperfecta como Alemania, por ejemplo, y tan ajena como ella al totalitarismo; incluso más, si atendemos a los últimos resultados electorales de la extrema derecha. Si, según su informante catalana, seguíamos en la tierra de Franco, ¿cómo era posible que Cataluña dispusiera de un sistema educativo propio, un Parlamento, una fuerza de policía, una radio y una televisión públicas, un instituto internacional para la difusión de la lengua y la cultura catalanas? El reconocimiento de la singularidad de Cataluña era tan prioritario para la naciente democracia española, le dije, que la Generalitat se restableció incluso antes de que se aprobara la Constitución. Extraño país franquista el nuestro, tan opresor de la lengua y de la cultura catalana, que elige una película hablada en catalán para representar a España en los Oscar.

Quien ha vivido o vive fuera de nuestro país conoce lo precario de nuestra presencia internacional, la asfixia presupuestaria y el mangoneo político que han malogrado tantas veces la relevancia del Instituto Cervantes, la falta de una política exterior ambiciosa a largo plazo, de un acuerdo de Estado que no cambie desastrosamente de un Gobierno a otro. La democracia española no ha sido capaz de disipar los estereotipos de siglos. Los terroristas vascos y sus propagandistas supieron aprovecharse muy bien de ellos durante muchos años, precisamente aquellos en los que éramos más vulnerables, cuando a los pistoleros más sanguinarios se les seguía concediendo en Francia el estatuto de refugiados políticos.

De modo que a los independentistas catalanes no les ha costado un gran esfuerzo, ni un gran despliegue de sofisticación mediática, volver a su favor en la opinión internacional eso que ahora todo el mundo se ha puesto de acuerdo en llamar “el relato”. Lo habían logrado incluso sin la colaboración voluntariosa del Ministerio del Interior, que envió a policías nacionales y guardias civiles a actuar de extras en el espectáculo amargo de nuestro desprestigio. Pocas cosas pueden dar más felicidad a un corresponsal extranjero en España que la oportunidad de confirmar con casi cualquier pretexto nuestro exotismo y nuestra barbarie. Hasta el reputado Jon Lee Anderson, que vive o ha vivido entre nosotros, miente a conciencia, sin ningún escrúpulo, sabiendo que miente, con perfecta deliberación, sabiendo cuál será el efecto de su mentira, cuando escribe en The New Yorker que la Guardia Civil es un cuerpo “paramilitar”.

Como ciudadano español, con todo mi fervor europeísta y viajero, me siento condenado sin remedio a la melancolía, por muy variadas razones. Una de ellas es el descrédito que sufre el sistema democrático en mi país por culpa de la incompetencia, la corrupción y la deslealtad política. Otra es que el mundo europeo y cosmopolita en el que personas como yo nos miramos y al que hemos hecho tanto por parecernos prefiere siempre mirarnos a nosotros por encima del hombro: por muy cuidadosamente que queramos explicarnos, por mucha aplicación que pongamos en aprender idiomas, a fin de que se entiendan bien nuestras explicaciones inútiles.

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Jon Lee Anderson: “Detrás de las agresiones policiales del 1-O estaba la sombra de Franco”. De Alejandro Torrús

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Alejandro Torrús, periodista español

Alejandro Torrús, 19 octubre 2017 / PUBLICO

Atónito e indignado. Así se quedó el periodista Jon Lee Anderson cuando el sábado leyó su nombre en El País. El escritor Antonio Muñoz Molina le acusaba de “mentir a conciencia” y “sin ningún escrúpulo” en el artículo titulado Francoland. Más sorprendido se quedó, incluso, cuando vio que cientos de tuiteros se dirigían a él para insultarle e, incluso, amenazarle. El académico de la RAE cargó las tintas contra el periodista estadounidense por utilizar el término paramilitary para describir a la Guardia Civil en un escrito publicado en la sección ‘Daily comment‘ de The New Yorker en el que criticaba las cargas policiales del 1-O. En opinión de Muñoz Molina, Jon Lee Anderson eligió el término ‘paramilitary’ “con perfecta deliberación”, “sabiendo el efecto de su mentira” para desprestigiar a la democracia española.

El periodista estadounidense, que ha vivido largas temporadas en España, no daba crédito a lo que leía. Él había utilizado el término en la acepción recogida por la Enciclopedia Británica.  Exactamente igual que El País lo había hecho en otras ocasiones en su versión en inglés. “En inglés, ‘paramilitary’ significa un colectivo Screen Shot 2017-10-21 at 5.25.52 PMorganizado de manera militar. Nada más. Y la Guardia Civil tiene estructura militar y hasta rangos militares. Punto. Jamás pensé cuando escribí ese comentario que me iban a criticar por utilizar esa palabra”, explica el periodista a Público en conversación telefónica. La palabra, en español, tal y como la recogió Muñoz Molina en su artículo, está marcada por el paramilitarismo en Colombia, que hace referencia a la acción de grupos armados ilegales principalmente de extrema derecha.

“Me parece muy indignante que Antonio Muñoz presuma maldad por mi parte. Lo único que hice fue criticar la actuación policial durante el referéndum catalán del 1-O”, prosigue Anderson, que no oculta su estupefacción y su sorpresa al ver que el escritor no se ha disculpado con él. “He intentado que me ofreciera una disculpa a través de amigos en común en El País y no he tenido ninguna respuesta. He hecho varias intentonas tanto en público como en privado y no lo ha hecho. No sé. Es obvio que Antonio Muñoz Molina tiene un problema conmigo”, explica el periodista que publicó La caída de Bagdad en el año 2004.

“He intentado que me ofreciera una disculpa a través
de amigos en común en El País y no he tenido
ninguna respuesta”: Jon Lee Anderson

Por todo ello ahora es Jon Lee Anderson el que carga contra el académico de la RAE en los mismos términos con los que Muñoz Molina cargó contra el periodista de The New Yorker. “La parte que trata de mí en su texto está muy elaborada. Está escrita con mucho cuidado. Deliberadamente. Pensó cómo expresarse cuando me acusó de ser un mentiroso. Pero él vive o pasa largas temporadas en Nueva York. Será bilingüe. Debe de saber la diferencia entre ‘paramilitary’, en inglés, y paramilitar, en español. Por ello, le diría lo mismo que él escribe sobre mi persona: es obvio que él miente y que lo hace deliberadamente. Yo utilicé el término en inglés y él inventa un problema donde no lo hay”, continúa el periodista.

El estadounidense considera, de hecho, que la intención del español al acusarle de “mentir” era “distraer”. “Él y sus troles han estado golpeando ese tambor. Durante días se hablaba de una cuestión semántica y no de los golpes que se dieron el 1-O”, dice. Pero el problema, prosigue Jon Lee, no es cómo ha descrito él a la Guardia Civil. Es mucho más grave. “El problema es la reacción sectaria de una parte de la ciudadanía española. Un dato. Todas las personas que me atacaron, siguiendo los pasos de Muñoz Molina, eran españoles. Y todos los que me defendieron eran catalanes. Eso demuestra que hay un problema mucho mayor”, analiza Anderson, que concreta que el problema es que parte de la ciudadanía española reaccione ante las críticas al Estado por la gestión del conflicto catalán con “ataques viscerales, improperio, insultos y agresiones”. “Es muy obvio fuera de España”, insiste el periodista.

“Le diría a Muñoz Molina lo mismo que él escribe sobre
mi persona: es obvio que él miente y que lo
hace deliberadamente”: Jon Lee Anderson

Los insultos y agresiones verbales revelan otros dos problemas aún mayores, en opinión del reputado periodista. Por un lado, la “inseguridad de los españoles sobre lo que son y sobre su propia unidad” y, por otro, la falta de cultura de debate para construir una nueva relación entre Catalunya y España. “Es muy burdo e indignante que nos llamen independentistas a los que criticamos que se golpeara a los votantes el 1-O. Quieren silenciar a todo aquel que les critica sin querer escuchar las críticas. España mandó 10.000 policías a Catalunya y dieron palos a los votantes y todo el mundo lo vio. La única explicación es que la policía abusó de su poder. Punto. No hay más”, explica el reportero, que señala que el Estado está intentando “imponer su visión por la fuerza como la derecha siempre ha hecho en España”. “No hay una cultura de debate. Ahí es donde quiero llegar. En España hay puro monólogo. No hay diálogo de ideas. Es una de las flaquezas de la democracia española”, incide el autor de obras como Guevara: una vida revolucionaria. 

“Quieren silenciar a todo aquel que les critica
sin querer escuchar las críticas”

El reportero no comparte, además, la visión del escritor español de que España sufre el estigma de su pasado franquista en el extranjero. Anderson lo considera una versión actualizada del típico “¡Pobre de mí!” y explica que el país ha gozado “de buen ‘feeling’ en toda la comunidad internacional desde la Transición, pero que es indudable que hay pasos que se tenían que haber dado desde el año 1978 que no se han dado. Es más, considera que la democracia española tiene aún muchas carencias.

“España podría haberse sacudido de algunos de los problemas que tenía en los 70, pero no lo ha hecho. Han pretendido imponer el silencio sobre muchos temas y tener vacas sagradas. Como el rey”, dice el periodista estadounidense que abre un paréntesis para decir que si en España no se hubiese protegido tanto al monarca su imagen no se hubiese visto tan dañada cuando se descubrió su safari africano.

“Cuando Muñoz Molina se lamenta de que los forasteros miran España como Francoland es porque hay razones. ¿Por qué no han desenterrado a los miles de muertos? ¿Por qué Lorca sigue sin aparecer? Es un bochorno nacional. Ahí se ve la sombra de Franco. En los golpes a manifestantes estaba la sombra de Franco. El problema de no dialogar en Catalunya demuestra la sombra de Franco. Nunca se acabó con esa sombra porque no hubo una reconciliación nacional. Las víctimas tuvieron que irse o quedarse calladas y cuando llegó la democracia se les dijo que tenían que actuar como si todo estuviera perfecto y resuelto, pero sus familiares seguían en cunetas”, sentencia Jon Lee Anderson.

 

***

Aferrados a los tópicos. De Maite Rico

La crisis catalana deja en evidencia, una vez más, el papel de los periodistas.

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Mujeres con traje andaluz en Fuengirola el pasado 12 de octubre. Foto: JON NAZCA REUTERS

Maite Rico

Maite Rico, periodista de El País

Maite Rico, 21 octubre 2017 / EL PAIS

Cabe suponer que el calificativo más chocante que jamás habrá recibido Antonio Muñoz Molina es el de troll, es decir, acosador o matón cibernético. Cuesta imaginar a este académico prudente y reflexivo, dos veces premio Nacional de Narrativa y premio Príncipe de Asturias, transformado en depredador en las redes sociales. Pues eso ha dicho Jon Lee Anderson, un periodista estadounidense. Que el escritor es un troll. “Tan troll como Trump”, además. ¿Por qué? Porque Muñoz Molina criticó en las páginas de EL PAÍS un artículo suyo sobre Cataluña, publicado en The New Yorker, y le acusó de mentir “sin ningún escrúpulo” al escribir que la Guardia Civil es un cuerpo paramilitar, con la connotación siniestra que el término tiene.

el paisEl uso de esa palabra ha dado pie a la controversia, en efecto. Pero donde no cabe controversia alguna es en los errores de bulto que pueblan el texto de Anderson, tales como que Cataluña fue anexionada al reino de Castilla en 1714 o que Cataluña fue el último bastión de la República en la Guerra Civil. Errores que habría evitado tan solo con teclear “Catalonia” en Google. A tenor de las descalificaciones de Anderson a quienes han criticado su artículo en las redes sociales (“Si te vas a desmayar tómate unas sales”, le espeta a un interlocutor), no se le ve muy predispuesto a las rectificaciones. Es más: pretende que Muñoz Molina le pida disculpas a él.

La crisis catalana ha puesto en evidencia muchas cosas, entre ellas, una vez más, el papel de los periodistas. Es sabido que somos un gremio previsible, proclive a la simplificación, perezoso, que usa como fuente a taxistas y recepcionistas de hoteles y que tiende a aferrarse a ideales románticos y al chaleco multibolsillos. Renuente a que la realidad estropee un buen titular. De todo eso ya se mofaron magistralmente Billy Wilder y Evelyn Waugh. Y no se libran siquiera los santones que, arropados por el papanatismo, van dando lecciones de periodismo en foros internacionales.

Con estos mimbres se ha ido construyendo, desde hace décadas, el Atlas Mundial de los Tópicos. Y esta vez le ha tocado a España. De repente nos hemos visto retratados, sobre todo en medios anglosajones, como un país sombrío e inquisitorial, atenazado por el espíritu de Franco, que machaca a un pueblo irreductible y muy demócrata. Vete tú a explicarles que todo es un espejismo y que deberían guardar la condescendencia para mejores causas.

A este alud de tópicos, alimentados por la propaganda independentista, ha contribuido la desidia y la inoperancia del Gobierno, que después de ignorar durante meses a corresponsales y embajadas acaba de darse cuenta de que “tal vez” hacía falta una estrategia de comunicación. Llega tarde, como a todo en esta crisis. Si nos sirve de consuelo, no somos un caso aislado. Aquí andamos con lo de “toreros-guerra civil-García Lorca-paella” a cuestas. Pero en América Latina están cansados de la caricatura del “buen salvaje” y de la pasión de los medios gringos y europeos por los redentores revolucionarios, llámense Che, Fidel o Chávez. Y de África mejor ni hablamos.

 

Atacar a Europa desde dentro. De Joschka Fischer

Si Cataluña sentara un precedente de secesión, estimulando a otras regiones a imitarla, la Unión Europea entraría en una profunda crisis existencial. De hecho, se puede decir que en el caso catalán hoy se juega nada menos que su futuro.

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Joschka Fischer fue ministro de asuntos exteriores de Alemania y vicecanciller entre 1998 y 2005.

Joschka Fischer, 21 octubre 2017 / EL PAIS

Finalmente, Europa da señales de estar saliendo de su prolongada crisis económica, pero el continente sigue agitado. Por cada motivo de optimismo siempre parece haber una nueva causa de preocupación.

En junio de 2016 una escasa mayoría de votantes británicos eligió la nostalgia por el siglo XIX sobre lo que les pudiera prometer el siglo XXI. Decidieron saltar al precipicio en nombre de su “soberanía” y bastantes evidencias sugieren que les espera un aterrizaje forzoso. Los cínicos podrían hacer la observación de que será necesaria una “soberanía” en buenas condiciones para amortiguar el golpe.

En España, el Gobierno de la comunidad autónoma de Cataluña ahora pide soberanía también, aunque el actual Ejecutivo nacional no está enjuiciando, encarcelando, torturando ni ejecutando al pueblo catalán, como lo hiciera la dictadura del generalísimo Francisco Franco. España es una democracia estable y miembro de la Unión Europea, la eurozona y la OTAN. Durante décadas ha mantenido el Estado de derecho de acuerdo con una Constitución democrática negociada por todas las partes y regiones, incluida Cataluña.

el paisEl 1 de octubre, el Gobierno catalán celebró un referéndum de independencia en el que participó menos de la mitad (algunas estimaciones señalan que un tercio) de la población de esta comunidad. Según los estándares de la UE y la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, la votación jamás habría podido aceptarse como “justa y libre”. Además de ser ilegal según la Constitución española, el referéndum ni siquiera contó con un padrón de votantes para determinar quién tenía derecho a votar.

El referéndum “alternativo” catalán causó medidas drásticas del Gobierno del primer ministro español Mariano Rajoy, que intervino para cerrar mesas electorales y evitar que la gente votara. Fue una tontería política mayúscula, porque las imágenes de la policía reprimiendo con porras a manifestantes catalanes desarmados otorgó una engañosa legitimidad a los secesionistas. Ninguna democracia puede ganar en este tipo de conflicto. Y en el caso de España la represión conjuró imágenes de la Guerra Civil de 1936-1939, su más profundo trauma histórico hasta la fecha.

“La UE no puede permitir la desintegración de sus Estados miembros porque son su cimiento”

Si Cataluña lograra la independencia, tendría que encontrar un camino hacia adelante sin España ni la UE. Con el apoyo de muchos otros Estados miembros preocupados por sus propios movimientos secesionistas, España bloquearía cualquier apuesta catalana por ser miembro de la eurozona o la UE. Y sin ser parte del mercado único europeo, Cataluña se enfrentaría a la oscura perspectiva de pasar rápidamente de ser un motor económico a un país pobre y aislado.

1508350313_648066_1508435464_noticia_normal_recorte1.jpgAdemás, la independencia de Cataluña plantearía un problema fundamental para Europa. Para comenzar, nadie quiere repetir una ruptura como la de Yugoslavia, por obvias razones. Pero, más concretamente, la UE no puede permitir la desintegración de sus Estados miembros, porque estos componen los cimientos mismos sobre los que está formada.

La UE es una asociación de naciones-Estado, no de regiones. Si bien estas pueden desempeñar un papel importante no pueden participar como alternativa a los Estados. Si Cataluña sentara un precedente de secesión, estimulando a otras regiones a imitarla, la UE entraría en una profunda crisis existencial. De hecho, se puede decir que en el caso de Cataluña hoy se juega nada menos que el futuro de la Unión Europea.

Más aún, el propósito original de la UE fue superar las deficiencias de las naciones-Estado mediante la integración, lo opuesto a la secesión. Se diseñó para trascender el sistema de Estados que tan desastroso demostró ser en la primera mitad del siglo XX.

Piénsese en Irlanda del Norte, que ha acabado por ser un ejemplo perfecto de cómo la integración dentro de la UE puede superar las fronteras nacionales, salvar divisiones históricas y asegurar la paz y la estabilidad. Por cierto, lo mismo se puede decir de Cataluña, que después de todo debe la mayor parte de su éxito económico a la entrada de España a la UE en 1986.

“Cabe la esperanza de que la razón prevalezca en Barcelona, pero también en Madrid”

Sería absurdo desde el punto de vista histórico entrar en una fase de secesión y desintegración en el siglo XXI. El gran tamaño de otros actores globales (como China, India y Estados Unidos) ha convertido en urgentes una mayor integración europea y relaciones intracomunitarias más sólidas.

Solo cabe esperar que la razón prevalezca, en particular en Barcelona, pero también en Madrid. Una España democrática e intacta es demasiado importante como para quedar en riesgo por disputas sobre la asignación de ingresos fiscales entre las regiones del país. No existen alternativas a que ambos bandos abandonen las trincheras que se han cavado, salgan a negociar y encuentren una solución mutuamente satisfactoria que esté en línea con la Constitución, los principios democráticos y el Estado de derecho españoles.

Las experiencias de los amigos y aliados de España podrían servir de ayuda. Alemania, a diferencia de España, se organiza como una federación. Pero incluso allí nada es tan engorroso y complicado como las inacabables negociaciones sobre las transferencias fiscales entre el Gobierno federal y los Estados, es decir, entre las regiones más ricas y las más pobres. En todo caso, siempre se llega a un acuerdo que se mantiene hasta que surge otra disputa y se reinician las negociaciones.

No hay duda de que el dinero es importante, pero no tanto como el compromiso común de los europeos con la libertad, la democracia y el Estado de derecho. La prosperidad de Europa depende de la paz y la estabilidad, y la paz y la estabilidad dependen, primero de todo, de si los europeos están dispuestos a luchar por ellas.

Joschka Fischer, ministro de Relaciones Exteriores y vicecanciller de Alemania entre 1998 y 2005, fue líder del Partido Verde alemán durante casi 20 años.

El ‘Volksgeist’ catalán. De Enrique Krauze

Nadie en el mundo duda de la identidad cultural catalana. Pero esa Cataluña está en vilo y puede perderse debido al poder de sus propios demonios y fantasmas. El ‘nosotros’ del independentismo es imperioso y excluye a los otros.

ENRIQUE KRAUZE

Enrique Krauze, escritor mexicano, director de Letras Libres

Enrique Krauze, 17 octubre 2017 / EL PAIS

“No hay más personas que las físicas. Es siempre la primera persona del singular la que habla como primera persona del plural. Es siempre un yo el que dice nosotros”: Gabriel Zaid

Isaiah Berlin, uno de los grandes liberales del siglo XX, creía en las personas individuales (únicas personas reales, únicas personas no metafóricas ni abstractas). Creía en el “yo” no egoísta (o consciente y crítico de su egoísmo). Creía en el yo libre, responsable y solidario. Al mismo tiempo, y sin contradicción, creía que el “yo” podía enriquecerse en la construcción imaginaria de un “nosotros” ligado a una lengua, unas costumbres, un estilo de vida, “una tradición que proviene de una experiencia histórica compartida”.

el paisEn su libro Vico y Herder (1976), Berlin enriqueció al liberalismo con el valor de la pluralidad cultural. Como un romántico del siglo XIX, Berlin se enamoró del ideal herderiano y creía que las culturas no estaban predestinadas a pelear eternamente entre sí. En una conversación de 1992 de Berlin con el gran editor estadounidense Nathan Gardels, este le recordó que, en el siglo XX, “el Volksgeist se convirtió en el Tercer Reich”, a lo que Berlin respondió: “He vivido el peor siglo que Europa haya tenido jamás. En mi vida han sucedido más cosas terribles que en ninguna otra época de la historia. Peores aún, sospecho, que en la época de los hunos”. No obstante, confiaba en que el problema de la convivencia entre culturas se había superado en las naciones que él llamaba “satisfechas”: Estados Unidos, Europa, Australia, Japón. En la periferia del antiguo mundo colonial y subdesarrollado —agregó— “cabe esperar que los diversos pueblos se cansen de pelear y la corriente de sangre se detenga o amaine”. Ese era el panorama que vislumbraba para el siglo XXI: “No deseo abandonar la creencia de que el mundo puede ser un ordenado tapiz de diversos colores, en el que cada fragmento desarrolle su propia y original identidad cultural y sea tolerante de las demás. No es un sueño utópico”.

“Este independentismo renuncia al ‘mínimo de valores universales’ que pedía Isaiah Berlin”

Según John Gray, había una contradicción inherente en el pensamiento de Berlin. Por un lado, creía en el pluralismo de valores y tenía una concepción historicista de la naturaleza humana; por otro, creía en las reivindicaciones universalistas del liberalismo clásico. Pero si hay de verdad —dice Gray— un pluralismo de valores, ¿no es la libertad un valor más entre otros?

La libertad no es un valor más entre otros, pensaba Berlin (y con él buena parte de la tradición filosófica y aún religiosa de Occidente). La libertad es el valor natural y esencial del ser humano. Pero Berlin era el primero en reconocer que el edificio de la pluralidad dependía de una condición necesaria: la aceptación universal de un “mínimo de valores”. Sólo ese acuerdo podía mantener al mundo en orden: “De otro modo estaremos destinados a perecer”. Berlin murió en paz, confiando en que ese “mínimo de valores” —fincado en la libertad individual— podía alcanzar una “aceptación universal”.

El siglo XXI lo ha desmentido (parcialmente) en casos previsibles como el fundamentalismo islámico, cuya identificación con los valores de la Ilustración universal es prácticamente nula y quizá imposible. El renacimiento del racismo europeo y el nativismo estadounidense son otros casos no menos lamentables aunque quizá reversibles (a mediano plazo) de rechazo a aquellos “mínimos valores universales”. Pero hay un caso reciente que a Isaiah Berlin, estoy seguro, le habría parecido no solo lamentable sino incomprensible: el Volksgeist catalán.

“Cataluña debe definirse como un espacio plural, solidaria con la nación de la que forma parte”

Nadie en el mundo —lo digo casi sin hipérbole— duda de la identidad cultural catalana. Está en su lengua, en sus maravillosas ciudades y pueblos, en su estilo arquitectónico, en sus costumbres culinarias, en sus bailes, en su música y en su paisaje. Está en el temple de su gente, en sus nobles ciudades romanas, sus reminiscencias judías, sus historias medievales, renacentistas, ilustradas y modernas. Está en sus escritores y pensadores. Barcelona fue la patria de tantos escritores de nuestra lengua que (bajo la sombra generosa de Carmen Balcells) escribieron ahí sus obras maestras. Esa identidad cultural está en el equipo de fútbol en cuyas filas han militado estrellas de varios países (desde el legendario Kubala hasta el prodigioso Messi) y cuyos colores azulgrana visten con ilusión y orgullo niños de todo el planeta. Esa es la Barcelona que todos queremos y visitamos.

Esa Cataluña está en vilo y puede perderse (para España, para Europa, para sí misma) no por la opresión de un poder ajeno sino por el poder de sus propios demonios, de sus propios fantasmas. Al renunciar a ese “mínimo de valores universales” del que hablaba Berlin, al voltear la espalda al derecho, la ley y la libertad conquistadas en 1975 (tras una terrible guerra civil y una ominosa dictadura), se malogra día con día el sueño de una Cataluña libre y plural.

Los catalanes de puño en alto recuerdan a los fanáticos del Volksgeist alemán. Para ellos la identidad no es un acervo cultural que hay que preservar sin exclusión de otros (en diálogo con ellos), sino un arma política que debe utilizarse para excluir a los otros, a lo otro. Su “nosotros” no es libre, responsable y solidario. (Solidaria fue la respuesta española tras los atentados del Estado Islámico). Su “nosotros” es imperioso. No se define por lo que afirma sino por lo que niega. Su “nosotros” no es cultural sino político. Su nosotros no es patriótico, es nacionalista.

Otro célebre escritor británico, hombre que probó su amor a la libertad no sólo en libros y ensayos sino con las armas en la mano, describió la diferencia en sus Notas sobre el nacionalismo. “El nacionalismo no debe confundirse con el patriotismo (…) aluden a dos cosas diferentes, incluso opuestas. Por patriotismo entiendo la devoción por un lugar determinado y por una determinada forma de vida que uno considera los mejores del mundo, pero que no tiene deseos de imponer a otra gente. El patriotismo es defensivo por naturaleza, tanto militar como culturalmente. El nacionalismo, en cambio, es inseparable del deseo de poder, el propósito constante de todo nacionalista es obtener más poder y más prestigio, no para sí mismo, sino para la nación o entidad que haya escogido para diluir en ella su propia individualidad”.

Orwell escribió esas líneas siete años después de defender la libertad en Cataluña, de España, de Europa, de Occidente. Estaría avergonzado de lo que la corriente de sangre que marca los pasos y late en los gestos de los catalanes que siguen a su pequeño Führer. Ojalá Cataluña recapacite y opte por definirse como una identidad plural: devota de la cultura propia, pero libre, responsable y solidaria con la nación de la que forma parte.

La idea de limitación y la cuestión catalana. De Alfonso Castro

El autor analiza el pulso al Estado de las autoridades catalanas a la luz de los dos conceptos de democracia surgidos en el Mediterráneo: el griego y el romano.

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Centenares de personas en una reciente manifestación ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña. Foto: Marta Pérez Agencia EFE

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Alfonso Castro, catedrático de Derecho Romano

Pensamos con frecuencia que hay personas que necesitan limitarse, que deben conocer sus límites, pero sobre todo los límites, pues puede que los suyos no sean suficientes. Ocurre igual con los pueblos. En el nacimiento y desarrollo, en el caldo del Mediterráneo, de la idea de democracia como forma de gobierno popular, opuesta a las teocracias orientales, donde no existían ciudadanos sino súbditos, brillan dos opciones distintas: la demokratía griega y la respublica romana.

el españolLa primera, que ha mantenido a lo largo de los siglos su aura magnética, ahormada a la fulgurante creación artística y filosófica de los griegos durante su deslumbrante historia, no desarrolló una ciencia jurídica ni conoció -quizás por eso- la idea de limitación. En virtud del concepto griego de libertad (eleuthería) la voluntad del pueblo se situaba por encima de las normas (nomoi) que éste se había dado, siempre y en cada momento, dejando al individuo a merced del cuerpo colectivo, como ya supo esenciar paradigmáticamente Jacob Burckhardt. En esa visión descansa -funestos episodios al margen (como la muerte de Sócrates)- el breve tránsito por la historia de la emocionante experiencia democrática griega y su temprano derrumbe frente a formas diversas de tiranía.

La cultura romana, menos brillante en tantos campos, creó en cambio una ciencia jurídica (iurisprudentia) que supo identificar la juridicidad de los problemas humanos y estableció la idea de la limitación por el derecho o ius (ley o lex, en sentido amplio) como garante de una convivencia entendida no como una suma de vivencias individuales que pugnan y se imponen o quiebran en una asamblea perpetua y desordenada, sino como la existencia en común con el otro sometida a las reglas dadas por todos. Eso permitió, más que sus legiones, que Roma y su Estado se extendiesen fuera de sus límites durante siglos y que su derecho siga sustentando el nuestro, mucho más que como impregnación.

“Sin cauces, sin límites legítimos, en nuestra cultura jurídico-política no hay sendas dignas ni viables”

Frente al “populismo” del sistema ateniense, renuente a cualquier tipo de control normativo sobre la voluntad de la asamblea de ciudadanos, que identificaba como ley todo lo que la multitud decidiera desde la iniciativa individual, tan bien historiado por Biscardi, Roma desarrolló un modelo de cauces normativizados, de límites, por los que había de discurrir la voluntad comunitaria, que ha sido el heredado por Occidente. En democracia, desde entonces, el cómo es más importante aún que el qué y más importante resulta cuanto más profunda es la experiencia democrática (y nunca lo ha sido tanto cuantitativa y cualitativamente como ahora, cuando no se excluye de su ejercicio a las mujeres y no existe la esclavitud). Sin cauces, sin límites legítimos, en nuestra cultura jurídico-política no hay sendas dignas ni viables. No hay recorrido.

Esa diferencia entre ambos modelos (Grecia produjo Aristóteles, pero ningún Labeón), que ha sido entre otros analizada por Giovanni Sartori y en España por Alejandrino Fernández Barreiro, ambos ya fallecidos, y estas reflexiones mías al respecto vienen al caso ante la situación de Cataluña, pero también ante la visión que ha calado en tantos españoles, sobre todo jóvenes, conquistados por la música de la cultura del asamblearismo -griego o no– como sinónimo de democracia, alentada por una crisis moral, económica y política que ha hecho fracturar el llamado “régimen del 78” y cuestionar los mimbres de nuestra vida en común.

Se ha llegado a hablar -con razones a tener en cuenta- de ruptura del pacto constitucional, de quiebra de la Constitución material del país o de deslegitimación de las instituciones nacionales por la mezcla espuria de sus intereses. Pero, pese al deterioro y la corrupción (que es un mal tan catalán como andaluz, tan español como universal), las razones no dan la razón. No toda, ni con frecuencia substancialmente. Ante el problema catalán (el gran problema español hoy día, en un hoy que ha sido recurrente también en el ayer), ontológicamente solo hay tres opciones. Vencer, convencer o dejarlos ir. El Gobierno no ha hecho, en meses y aun años, ninguna de las tres. Una porque no se debe; las otras dos porque no se sabe o no se quiere.

“Es la ley la que ampara al ciudadano frente al Estado y al individuo frente a la masa”

El Govern y en general el separatismo (que no cabe identificar del todo con el independentismo) ha apostado en cambio por las tres a la vez. Se habla, ante la crisis, de que es la hora de la política. Y lo es. Pero fuera de la ley, o contra ella (suele ser lo mismo), no hay política digna del término. Es la ley la que ampara al ciudadano frente al Estado y al individuo frente a la masa. Las declaraciones de quienes llaman a puentear las leyes, sobre todo en algunos de nuestros irresponsables políticos, en Barcelona, Madrid o Andalucía, provocan bochorno.

La ley cuenta con sus propios mecanismos de cambio y si no puede identificarse la democracia con la asamblea mucho menos con la turba. (Votemos cuando queramos sobre si respetamos o no los límites de velocidad o el semáforo en rojo, ese franquista, o si escupimos a las ancianas o los niños por la calle. O como aquella inolvidable viñeta del New Yorker, hace ahora casi un año, en que los pasajeros del avión, en pleno vuelo, imbuidos hasta el tuétano de “democracia”, se disponen a votar si dejan pilotar al piloto o lo hace uno de ellos).

Las reglas, en democracia, lo son (casi) todo. Sobre esta enseñanza de la cultura jurídica romana se ha edificado Europa. Su asiento en la voluntad popular las legitima y sirven para encauzar esta. Ida y vuelta. No hablamos solo de una expresión hecha, desprovista de significado real. Un Estado de derecho no es nada sin derecho: una obviedad que conviene recordar en tiempos de confusión, de olvidos interesados, de depauperación de los conceptos que degradan los términos.

“Exigir en aras de la democracia lo que a otros se niega no puede sustentarse democráticamente”

Hay en la España no catalana por lo demás amplios sectores de la sociedad, la cultura e incluso la clase política (no digamos en la izquierda) sensibles y atentos porosamente a las posiciones del más sensato catalanismo, sea este independentista o no. También a hallar una fórmula dentro de la ley que permita la expresión de la voluntad popular en este concreto tema, que es hoy por desgracia casi el único tema de España. Árbol que esconde el bosque de nuestros demás problemas. La energía que perdemos aquí sería crucial vertida en otras cosas y la torsión espiritual a que se somete al cuerpo nacional con este pulso recurrente resulta encajable para el Estado pero insoportable para la gente.

Parece volver uno al hálito de una crónica para La Nación de Rubén Darío, hace más de cien años. España contemporánea, sí. Es difícil que el Estado pueda abortar permanentemente la posibilidad de los catalanes a expresarse sobre su encaje en España (o lo que es lo mismo: sobre España) si es lo que siguen deseando mayoritariamente, pero deberían recordar los gobernantes catalanes y sus sustentos ideológicos que tampoco ellos pueden negársela al conjunto de los españoles. Exigir en aras de la democracia lo que a otros se niega no puede sustentarse democráticamente ni siquiera a la griega. (¡Y exactamente sobre el mismo tema!). ¿Metecos en nuestra tierra? De ser necesario, ¿por qué no ha de poder votar un andaluz como yo sobre el destino de su país, que es España? Mi posición no es menos ni más legítima o escuchable que la de un compatriota del Ampurdán.

Por supuesto, si llega el momento (que en cierto modo se ha alejado y no acercado con el abismo de estos días), habrá de hacerse con garantías legales, en el ámbito de una reforma constitucional y después de haber restablecido la legalidad de modo indubitable. Nada que tenga que ver con este golpe televisado a la legalidad española y catalana, esta llamada a la selva o la épica envuelta en papeletas prefabricadas, sentimientos inflamados y urnas de cartón, esta historia de deslealtades, incomprensiones mutuas, victimismos, tergiversaciones e irresponsabilidades múltiples, sobre todo entre los gobernantes, ante las que el Estado y la democracia constitucional pueden equivocarse (lo están haciendo), pero no ceder. Un todo que no sabe unir a sus partes merece romperse en términos históricos, pero un país que no sabe defenderse simplemente está abocado a desaparece