Ricardo Avelar

Lecciones del fracaso de “Trumpcare”. De Ricardo Avelar

Hay lecciones que aprender del mero diseño político electoral y que podrían ser materia de una profunda reforma política para cambiar el problema de fondo: la débil relación entre representantes y representados y los pobres incentivos que los primeros tienen para responder a la población antes que a su dirigencia.

Ricardo Avelar, 29 marzo 2017 / EDH

A finales de la semana anterior, la joven administración del presidente Donald Trump recibió un duro revés político y es que uno de sus principales buques de batalla, la eliminación del “Obamacare”, no logró siquiera ser votada en la Cámara de Representantes por falta de apoyo incluso de su mismo partido.

Esto podría parecer sorprendente si se considera que en noviembre de 2016, las elecciones no solo le dieron al Partido Republicano la presidencia, sino la mayoría en ambas Cámaras del Congreso de Estados Unidos.

Sin embargo, en ese país una mayoría legislativa por sí misma no asegura el aval automático de una agenda de gobierno. Este nivel de incertidumbre es el que vuelve más sólido este sistema.

Por incertidumbre no me refiero a la falta de rumbo claro de país, sino a la incapacidad de cualquier actor de dar su poder por sentado. Ni el mismo Trump, con un panorama en apariencia positivo, ha podido hacerse de éxitos en importantes frentes como su reforma sanitaria o sus medidas migratorias, estas últimas detenidas por orden judicial.

Esta incertidumbre lleva a negociar constantemente y a tener que buscar acercamientos con propios y extraños. Por ejemplo, se prevé que senadores Republicanos busquen a al menos colegas 10 demócratas para superar un “filibuster” en la nominación del abogado Neil Gorsuch a la Corte Suprema de Justicia.

Algo que en El Salvador parecería absurdo y casi imposible -romper las líneas partidarias y ganar apoyos fundamentales para promover una agenda- en Estados Unidos es una práctica común, aceptada y altamente estratégica para cualquier gobierno que pretenda sobrevivir y ser relevante.

El fracaso del “Trumpcare” nos muestra que en Estados Unidos los partidos políticos no tienen el monopolio de la conciencia de sus legisladores y que estos se deben primero a sus electores (su “constituency”). En teoría, y amparado en el 125 de la Constitución, en El Salvador así debería funcionar, pero vivimos en el país donde valen más las “onzas de lealtad” que las “100 libras de inteligencia”.

Ante esto, hay lecciones que aprender del mero diseño político electoral y que podrían ser materia de una profunda reforma política para cambiar el problema de fondo: la débil relación entre representantes (diputados) y representados (ciudadanos) y los pobres incentivos que los primeros tienen para responder a la población antes que a su dirigencia.

En Estados Unidos la Cámara Baja del Legislativo se integra por circunscripciones uninominales. Es decir, un territorio elige únicamente a un diputado. Este diputado, por ende, sabe que es fácil de culpar si traiciona las aspiraciones de sus electores y estos últimos por su parte, saben que la responsabilidad de una mala administración no se diluye: la culpa le pertenece a uno solo.

En El Salvador, con circunscripciones plurinominales, un ciudadano no sabe realmente quién le representa. Esto le permite a cualquier diputado escudarse en las líneas partidarias antes que hacer un verdadero ejercicio de acercamiento a su “constituency” para entender sus aspiraciones. Además, favorece la ignorancia racional, pues el costo de aprenderse 24 diputados (como es el caso de San Salvador) supera cualquier ánimo de ser un ciudadano activo.

Un revés político importante como el de Trump con su reforma sanitaria es prácticamente imposible en nuestro país, donde la legítima disidencia es entendida como traición y los partidos le temen a sus “machos sin dueño” que osan contradecir la línea oficial.

Indudablemente, El Salvador ha avanzado gracias a atinadas sentencias en materia electoral de la Sala de lo Constitucional, pero mientras haya una representación tan difusa entre diputados y ciudadanos, el Legislativo será muy predecible y poco abierto a la innovación y un verdadero debate político.

Sin incentivos para representar a los votantes, los diputados terminarán cayendo en la mediocridad de pensar que votar diferente es “deslealtad” y un motivo para sentirse “ofendido”, como en su momento dijo un jefe de bancada sobre un legislador joven que no se alineó con su fracción.

Ofendidos deberíamos estar nosotros, por ese gregarismo insensato, tan presente en el partido “revolucionario” (más pendiente del status quo) como en el partido “de las libertades” (pero fanático de la censura).

@docAvelar

Batear pelotas de playa. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar, 15 marzo 2017 / EDH

Hace unos años, un liberal dominicano visitó el país para dar unas charlas sobre economía política. Después de escucharle disertar y someter sus ideas al debate y el cuestionamiento de jóvenes académicos, aún me quedaba una pregunta, quizá la más importante.

En uno de los recesos, lo abordé y le dije que en los años de conocerlo había tenido esta duda fundamental y que, aprovechando el espacio, al fin iba a poder externarla.

Le dije: ¿Por qué es que los dominicanos son tan buenos al béisbol -o como ellos lo llaman, la pelota? Él rió, sabiendo que además de los temas políticos, una gran pasión en mi vida es ese deporte.

Con simpleza y un colorido acento caribeño, me dijo: en Dominicana cuando eres niño te enseñan a batear una tapita de gaseosa con una escoba. Si logras hacer eso, puedes batear cualquier cosa, “elmano”. Yo, consciente de mi torpeza y de mi exclusiva calidad de fanático por televisión, le confesé que no podría batear ni una pelota de playa.

Estas últimas son tan grandes, llamativas y con un vuelo tan predecible que nadie debería tener una excusa para un swing fallido. Pero hay quienes no logran batearlas.

Y así es la política a veces.

Hay situaciones políticas que colocan a un gobernante en tal debilidad que su contraparte tiene el éxito asegurado solo por existir pues la mitad del camino la ha recorrido quien ostenta el poder al equivocarse tanto.

Pero de todo hay en la vida política e incluso donde se gobierna con visible ineptitud hay partidos de oposición que no solo no logran capitalizar estos fracasos, sino que suman el dudoso mérito de generar episodios de mayor repulsión que quien administra pobremente la cosa pública.

En términos sencillos, a estos opositores se les tira una pelota de playa fácil de batear y sorpresivamente hacen strike. Eso está pasando en El Salvador.

Durante los últimos siete -casi ocho- años, el partido de gobierno ha dejado un sinsabor a los menos radicales de quienes lo eligieron y es que en lugar de configurarse como una alternativa a la forma de gobernar del pasado, se convirtieron en un poco más de lo mismo con diferentes eslóganes.

Favorecer los negocios de los amigotes, el abuso de las bisagras legislativas y los madrugones son solo algunos de los más nefastos símiles de un partido que era excelente en criticarlos pero inútil de corregir el camino una vez llegó al poder.

Asimismo, el verticalismo y la ortodoxia con las que el FMLN se ha conducido y la poca apertura a espacios de innovación política deberían situar a ARENA como la alternativa lógica para un sector progresista de la población.

Sin embargo, el partido tricolor ha decidido transitar hacia otra senda, a la de cerrar filas en sus alas más conservadoras, alejando a quienes actúan diferente y cuidándose excesivamente de los que denominan “machos sin dueño”. ¡Vaya forma de desperdiciar una oportunidad histórica!
Con un poco de humildad intelectual y sentido crítico -o simplemente con tener la más mínima consciencia-, cualquiera se da cuenta que este es un país cambiante, que las costumbres de antaño no son pétreas y que los temas tabú del pasado ahora admiten y exigen discusión.

Pero el miedo a perder los privilegios del pasado, el temor a la innovación política y el excesivo conservadurismo de una cúpula terminan alejando a los renovadores. Entonces, ante los constantes traspiés del gobierno, en lugar de ser la opción lógica, los areneros se han convertido en la constatación de que esta clase política está pudriéndose mientras vive de viejas glorias e himnos retrógrados.

Mis pobres destrezas para el béisbol son solo comparables con las de ellos al hacer política. Sería tan fácil un home run político con apertura, debate, transparencia y humildad. Pero cerrarle las puertas al experimento de innovación más interesante que han tenido en años, exigir a sus precandidatos una militancia mínima y acercarse progresivamente a una derecha conservadora que está dejando de representar al país equivale a no saber batear la más grande de las pelotas de playa.

Años después de esa conversación con mi amigo dominicano, ya no me siento tan torpe.

@docAvelar

Los liberales y O.J. Simpson. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar es director ejecutivo de CREARicardo Avelar, 2 marzo 2017 / EDH

¿Fue o no fue O. J. Simpson el asesino de su exesposa Nicole Brown y de Ronald Goldman?

Desde 1994, esa ha sido una de las interrogantes principales no solo en el aparato judicial estadounidense sino en millones de personas que han dado seguimiento al que fue apodado el “caso del siglo”.
Orenthal James Simpson fue, hasta el sonado homicidio, uno de los jugadores más talentosos y laureados del fútbol americano, habiendo ganado el trofeo Heisman de este deporte a nivel universitario y logrando números impresionantes como un acarreador profesional con los Bills de Búfalo y los Niners de San Francisco.

diario hoySin embargo, logró fama mundial cuando fue acusado de perpetrar el sangriento asesinato de su exesposa Nicole Brown y Ronald Goldman. Este suceso ha sido inmortalizado en múltiples películas, series libros y documentales y hasta el mismo Simpson, hoy preso por otro tema, ha comentado cuáles le gustan y cuáles no.

Una de las representaciones más recientes del caso es “American Crime Story: The People vs. OJ Simpson”, que en diez capítulos expone la perspectiva de los fiscales y los defensores.

Haciendo uso de múltiples “licencias creativas” y más de alguna exageración, esta serie logra transmitir una lección importante del caso Simpson: que más allá de buscar a un culpable o un inocente por medio de la verdad, el gran reto de ambos bandos en la corte fue contar una historia que tuviera sentido, para el jurado y para el juez.

¿Por qué traigo este caso a colación?

Hace unos días, tuve el gusto de participar en unos debates sobre políticas públicas desde una perspectiva liberal junto a algunos académicos de diferentes rincones de América Latina y España.

En estas discusiones, donde se habló de temas tan diversos como el rol del Estado, el alcance de las decisiones públicas, la sostenibilidad en el tiempo de algunas políticas y mediciones del desempeño de estas, un tema llamó poderosamente nuestra atención.

El liberalismo, que históricamente ha situado bajo los reflectores de la opinión pública temas importantísimos para cuestionar, reforzar o cambiar, enfrenta duras batallas en la opinión pública a pesar de que en muchas ocasiones los puntos que trata tienen sentido técnico y están basados en evidencia.

La moderación en el gasto público, los incentivos que la propiedad privada traen para la conservación de bienes, las virtudes del comercio libre, el respeto a la voluntad de las mayorías sin menoscabo del derecho de las minorías, la tolerancia y las fronteras abiertas son algunos de los temas donde hay suficiente evidencia para considerar que son batallas ganadas por la humanidad y puntos de partida que deberíamos dar por sentados.

Pero esto no es así. No obstante la abrumadora comprobación de éxito que existe sobre estas y otras batallas liberales, estas siempre se las ven difíciles ante sus detractores que, a veces sin evidencia, son capaces de derribarlas con solo articular una narrativa contraria que sea atractiva y popular.

Si el caso de O.J. Simpson nos enseña algo a los liberales es que, además de aproximarnos a la razón en algunos temas, debemos saber narrarlos, saber generar empatía y que estos tengan sentido en un plano intelectual y en uno racional.

Como dijo otro participante de los debates a los que asistí, “hay que ganar la batalla cultural y no solo la economicista”. De no hacerlo, nos veremos forzados a permanecer aislados de la relevancia en el debate político, conscientes de que podíamos proveer soluciones a los problemas más apremiantes pero consternados porque nadie nos escucha.

Si los liberales perdemos la batalla cultural, estamos en riesgo de sacrificar el potencial de nuestros países en materia de progreso y libertades, dando paso a una serie de ideas destructivas -que tanto provienen de la izquierda como de la derecha- cuya legitimidad reside en muchos casos en la arenga, el panfleto y el eslogan.

En términos sencillos, como dice el chileno Ángel Soto, “aprendamos a contar cuentos y no solo a sacar cuentas”.

Nuestro día de la marmota. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar, 15 febrero 2017 / EDH

Cada dos de febrero, en Punxsutawney, Pensilvania, se celebra el “Día de la marmota” (Groundhog Day), en el cual uno de estos roedores llamado Phil predice si el invierno estadounidense se alargará o si se apresurará la llegada de la primavera.

Esta tradición le ha producido mucha atención a este pueblo de no más de 6,300 habitantes, el cual por un día es el centro de la atención de los meteorólogos de todo el país y de los encargados de notas curiosas que siempre dan a conocer nuevos datos del ahora mítico Punxsutawney.

diario hoyEn 1993, el actor Bill Murray protagonizó una película en honor a este día y terminó de darle la popularidad que ahora goza. En esta, el meteorólogo Phil Connors, quien es enviado a cubrir este evento, se ve obligado a quedarse una noche más en el pueblo tras una nevada que le impide salir.

Sin embargo, al amanecer algo extraño sucede. En lugar de estar en el 3 de febrero, después del show de Phil, el meteorólogo vive una constante repetición del dos de febrero: vuelve a ver el mismo acto de la marmota, se encuentra a la misma gente y todo transcurre como el día anterior.

El Salvador fácilmente podría adaptar este galardonado filme. Creo que el escenario perfecto sería en torno a las constantes -y torpes- discusiones sobre la situación fiscal del país. La trama es más o menos así:

Parte 1, la crisis: El gobierno se empieza a quedar sin liquidez. Con esto, peligra el pago de las pensiones, el pago a proveedores del Estado o la asignación que se hace a las alcaldías. Los salarios públicos no llegan a tiempo y si esto sucede a final de año, los aguinaldos tampoco.

Ante esto, viene una avalancha de opiniones. Por un lado, voceros del sector público ven necesario aumentar el endeudamiento para cubrir los vacíos previamente anunciados. De no ser así, amenazan con más impuestos y recurren a la confiable historia de la baja recaudación.

La oposición contesta, diciendo que esta no es la primera crisis, que ya les ofrecieron responsabilidad fiscal, que no cumplieron y que no volverán a aprobar más fondos. La sociedad civil pide no solo hablar de la recaudación, sino cuestionar cómo se ejecuta el dinero recaudado.

Parte 2, la predicción: Cada vez que el gobierno anuncia crisis, una oleada de analistas son consultados en los diferentes medios. Como siempre, las preguntas de rigor giran en torno a qué tan mal estamos, todo lo que está en riesgo y si esta vez la oposición dará sus votos para nuevos préstamos.

Generalmente, se piensa que la polarización impedirá el logro de nuevos acuerdos y que se avecina un invierno fiscal muy largo y peligroso para el país.

Parte 3, el realismo mágico: Por estrategia electoral, persuasión o ingenuidad, no sé, pero en el punto más álgido del impasse fiscal, cuando nada parece moverse y después de montar mesas protocolarias, se obtienen los votos necesarios para las emisiones que el gobierno solicita.

A veces, la oposición cede, pero amenaza con no volver a apoyar. A veces, algunos diputados rompen filas con sus partidos y se unen al plan del gobierno. A veces se negocian cláusulas de sensatez en el gasto. Estas últimas casi nunca se cumplen.

Tras el mágico acto de concertación, se vuelve a radicalizar la política. El gobierno no necesita más a la oposición y deja de “hablarles bonito”. Los opositores, por su parte, prometen no volver a dejarse engañar.

Parte 4, viene (otra) crisis: el gobierno se terminó el dinero empieza a quedar sin liquidez… Y así sucesivamente. La duda: ¿es una nueva crisis o se volvió a amanecer en la anterior?

La película de Bill Murray fue un éxito rotundo y es indudablemente un clásico para su día de descanso. Por otra parte, nuestro Día de la Marmota fiscal está condenado a un fracaso, pues habrá un día donde a pesar de la insistencia del gobierno y la ingenuidad de la oposición, ya no habrá soluciones y ahí la predicción será una sola: nuestra crisis será muy, muy larga.

@docAvelar

Neodictadorcitos. De Ricardo Avelar

ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 1 febrero 2017 / EDH

Hace unas semanas en este mismo espacio ofrecí una clasificación de tipos de políticos con el objetivo de ser más acuciosos al analizar y vigilar a nuestros funcionarios.

En esta incluí a los líderes poco efectivos y sin compromiso democrático, quienes tienen un déficit de resultados y además buscan suprimir las garantías y libertades de la ciudadanía.

diario hoyPor otro lado, están los líderes no efectivos con actitudes democráticas. Estos son idealistas que pese a su vinculación con el ideal republicano, son incapaces de lograr acuerdos políticos que lleven a un cambio. También están los efectivos y con actitudes democráticas.

Estos son deseables, pues tienen la capacidad de alcanzar resultados sustanciales sin dejar de lado el respeto a la legalidad y la institucionalidad.

Sin embargo, los que más generan preocupación son aquellos que son efectivos en su gestión, con capacidad de dejar tras de sí avances visibles, pero tienen un profundo desapego con el Estado de Derecho y aquellas garantías que vuelven enriquecedora la vida en democracia. Estos tienden a considerar que la institucionalidad entorpece la agilidad de su liderazgo y están dispuestos a rearmar las normas para ponerlas en función de su personalidad y sus caprichos.

Inicialmente, estos personajes gozan de legitimidad pues ofrecen respuestas rápidas visibles a sectores significativos del electorado. Suelen, además, tener éxito cuando se les compara con los lentos y atribulados procesos anteriores, máxime si se enmarcan en sociedades polarizadas con poca innovación política.

En su incipiente sentido de victoria, tienden a enamorarse del poder. La mera constatación de que su voluntad fácilmente se vuelve vinculante y debe ser respetada por la ciudadanía exacerba la peligrosa vanidad.

Cuando escribí de esa clasificación -básica, lo admito, pero más compleja de lo que tenemos en la actualidad- lo hice esperando que reflexionemos en una peligrosa actitud en la que usualmente caemos como electores: el devastador utilitarismo en el que nos importa poco la democracia sin con algo nos complacen.

Esto porque tendemos a pensar que la institucionalidad es una condición de lujo, tan importante como los asientos de cuero en un carro: “agradable, pero no siempre necesaria”. Por ello, ante una crisis o una situación complicada, nos mostramos dispuestos a sacrificar garantías y procedimientos por ver resultados efectivos.

En los doce días que lleva como presidente de los Estados Unidos, por ejemplo, Donald Trump ha iniciado su mandato en medio de tremendas controversias y pretendiendo avalar con decretos ejecutivos algunas barbaridades que no sobrevivirían el debate legislativo, tan necesario para dotar de legitimidad y pluralidad las decisiones políticas.

Y con esos mecanismos está promoviendo una agenda de miedo y aislacionismo peligrosa para el resto del mundo, el cual ha crecido de forma acelerada con el advenimiento de la globalización y las fronteras y mercados abiertos.

En medio de esas polémicas acciones, ha sido astuto el inquilino de la Casa Blanca, dando concesiones a quienes de otra forma se opondrían al instante por sus órdenes ejecutivas. A los más conservadores, por ejemplo, les concedió la gracia de anunciar el fin del financiamiento de organizaciones que “promueven el aborto” (decirlo así sería un grosero simplismo, pues hacen una tarea más profunda y constructiva) en otros países. Y a los más liberales les ha hecho obviar sus desaciertos promoviendo algunos recortes de impuestos y la reducción regulatoria.

Con ello, su exagerada agenda se ha visto minimizada por quienes selectivamente están ignorando el peligroso camino en que lleva al país y que se han preocupado por “recoger las migajas políticas” que ofrece Trump.

A diferencia de los autoritarismos de antaño, estos neodictadorcitos efectivos son más dañinos porque cuentan con el aplauso, la venia y la validación de parte la sociedad civil.

A Trump, por ende, lo vuelve peligroso su afán de poder sin límites y lo vuelve devastador toda la gente que de forma miope le celebra logros entre un mar de abusos de poder, mentiras y ataques a la prensa que lo cuestiona.

Esto es relevante para El Salvador por lo mucho que dependemos de Estados Unidos y porque aquí, lastimosamente, una de las “promesas políticas” se comporta de forma muy similar a la del irritable y anaranjado presidente americano.

@docAvelar

¡Qué fea está la reconciliación! De Ricardo Avelar

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Ya pasaron las fotografías, los fuegos artificiales y las cancioncillas del evento y es momento de señalar al “elefante en la habitación” y discutir lo obvio, lo que todos estamos pensando: ¡La reconciliación luce genuinamente fea!

ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 18 enero 2017 / EDH

Esta semana, El Salvador conmemora el vigésimo quinto aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz y, siendo justos, hay bastante que celebrar.

El fin de las abusos a los derechos humanos por parte de ambos bandos, el cese de reclutamiento de menores para nutrir el campo de batalla, la no interferencia de los militares en la política y la capacidad de disentir sin miedo a la desaparición física son solo algunos de los beneficios que nos trajo el proceso que cerró el conflicto.

Sin embargo, una vez firmada la paz, vino un nuevo y generalmente más tortuoso camino: el de la reconciliación entre todas las fuerzas vivas del país.

diario hoyEn ese marco, el pasado domingo 15 de enero el Gobierno inauguró el Monumento a la Reconciliación, entre grandilocuentes referencias a la paz y llamados al diálogo y a cerrar heridas que tras un cuarto de siglo permanecen latentes.

Ya pasaron las fotografías, los fuegos artificiales y las cancioncillas del evento y es momento de señalar al “elefante en la habitación” y discutir lo obvio, lo que todos estamos pensando: ¡La reconciliación luce genuinamente fea!

Y no me refiero exclusivamente al monumento, aunque debemos ser francos y hacerle saber a los responsables que además de estar ubicado en un sitio inconveniente, la estatua principal del complejo es tosca y nos provoca desde risa hasta algo de vergüenza.

No obstante, seríamos afortunados si el desacierto urbanístico fuera el principal de nuestros problemas en el país. La paz aún tiene grandes deudas.

En todos los actos, por ejemplo, se ha hablado del diálogo y la concertación, pero habrá que preguntarnos cuánto pasará antes que el presidente y el partido de gobierno vuelvan a insultar y denigrar a funcionarios que ejercen control de los actos políticos o cuánto pasará antes que ARENA se muestre inflexible y caprichosa en algunas de sus posturas. O sea, cuánto falta para reanudar el juego de niños en el que se ha convertido la búsqueda de acuerdos políticos.

Otro punto celebrado es el final de la violencia sistemática como la respuesta primordial del Estado. Sin embargo, esta celebración se da mientras hay ejecuciones y abusos de autoridad que se disfrazan de “enfrentamientos”, los cuales lejos de solucionar la inseguridad con políticas integrales, extienden el miedo y el manodurismo. Asimismo, mientras se habla de sensatez, un legislador propone penas excesivas para el aborto, buscando demagógicamente el aplauso de un sector particular pero obviando que es una problemática más compleja y que no solo se resuelve con el duro -pero desigual- mazo de la justicia.

El sistema de partidos también es una herencia de la paz y ha logrado trasladar la confrontación armada al plano institucional. Sin embargo, de los idearios se ha pasado a la mera conveniencia y a la práctica de ambos partidos mayoritarios de resolver con prebendas a los “partidos bisagras” lo que no pueden dirimir con un diálogo constructivo.

Y gran parte de la ciudadanía, que adquirió la libertad de opinar y disentir, tiende a avalar toda respuesta violenta y desproporcionada, e incluso ve con buenos ojos que se le limiten garantías para solucionar problemas, como si los poderes públicos no tuvieran la tendencia natural a abusar de sus funciones. Vale advertir, como dijo la famosa senadora Padme, que “así es como muere la libertad, con un estruendoso aplauso” de quienes no temen darle más poderes al Estado.

En fin, no reconocer el logro de los Acuerdos de Paz sería ingrato e irresponsable, pero querer ignorar que la reconciliación tiene una cara fea puede ser devastador.

Ojalá rectifiquemos como país. Que los partidos abandonen la mezquindad de buscar solo sus intereses con réditos exclusivos a inmediato plazo. Ojalá la ciudadanía asuma su rol de vigilante del poder. Ojalá los medios denunciemos con audacia y sin sesgos los abusos. Ojalá la comunidad internacional tenga siempre un sentido crítico al analizar lo que nuestro gobierno hace.

Si es así, la única cara fea de la reconciliación será ese armatoste verdoso que dejaron ahí.

@docAvelar

Amigos, lo reconozco: les he fallado. De Ricardo Avelar

ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 4 enero 2017 / EDH

Estimados todos,
Hace un año, en este mismo espacio publiqué una serie de compromisos y resoluciones que iba a tratar de mantener para llevar una vida al menos un poco digna y alejada de escándalos a lo largo de 2016. En esta, traté de trazar una ruta de sensatez, racionalidad y buen uso de mis recursos, los cuales rara vez produzco por mi cuenta. Además, hice un intento por ser más confiable y dejar de defraudar a quienes dependen de mí.

diario hoyA doce meses de esos compromisos, más por honestidad que por voluntad, deseo hacer un balance de aquello que prometí y lo que realmente hice. Si llegasen a juzgarme por el resultado del balance, no tendré más que comprenderlo.

Aquí algunas de mis promesas de 2016:

Ponerme a dieta: En su momento admití haber sido indisciplinado, creciendo bastante más de lo que debía, afectando a quienes me rodeaban por lento y poco colaborador, retrasando las labores de los demás.

¿Cumplí? No, para nada. De hecho, continué mi espiral de crecimiento y ustedes siguen cargando con los costos de mis hábitos y añorando los tiempos en que fui más esbelto y colaborador.

Gastar menos: A inicios de 2016 admití que no vivo consecuente a mi realidad, que pretendo parecerme a quienes admiro y termino hundido en profundas crisis de cuando en cuando. En su momento me comprometí con un mejor uso de mis recursos para no dañarme ni comprometer a quienes me rodean.

¿Cumplí? Lejos de hacerlo, es el área donde peor me fue. Ignoré por completo la austeridad, mantuve a mis amiguitos con prebendas exageradas y me resistí a aceptar que tenía un problema. El año lo terminé vergonzosamente rogando por maniobras financieras exageradas, casi suicidas. No sé por qué se me confía dinero si soy pésimo administrador. Me da vergüenza, pero en público defiendo todas mis acciones y a veces les culpo a ustedes por no darme más recursos.

Abandonar los malos hábitos: Quise comprometerme a dejar mi estilo de vida acelerado, despreocupado y de fiesta con finos licores y detalles extravagantes.

¿Cumplí? No. Gasté miles de dólares en lujos y festejos pese a que incluso mis jefes me lo prohibieron. Tengo hábitos peligrosos, amigos, y los hago responsables de mis excesos.

Decir la verdad: Para 2016, quise ser honesto y dejar de fabricar excusas, medias verdades y subterfugios. Además, les prometí dejar de asignar a otros la responsabilidad de mis actos ante la posibilidad de ser descubierto. También les dije que quiero ser más humilde y no colocarme siempre a la defensiva. Me urgía dejar de rivalizar con quienes pretenden auxiliarme y empezar a reconocer que mi conocimiento es limitado, pero el alcance de mis pésimas decisiones es incalculable en muchas ocasiones.

¿Cumplí? Definitivamente no, y me da pena porque muchos me extendieron su mano. Yo les acusé a lo largo del año. Los ridiculicé, los insulté, los dañé, todo por no aceptar mis inseguridades y mis errores. Por el contrario, cada vez que tuve algunos dólares después de algún festejo, los utilicé en pagar la voluntad de escribidores que me apoyaran incondicionalmente. No soy honesto, no soy confiable, cuánta vergüenza.

Amigos, además de no haber cumplido mis promesas para 2016, caí en una conducta incluso peor, que no había previsto. Verán, por alguna razón me he rodeado de malas compañías y aunque no puedo culparlas de mi comportamiento, puedo decir que influyen en alejarme de una senda más correcta. Algunos de mis cuestionables contactos se metieron en problemas y lejos de ponerme del lado de la verdad y la justicia, les defendí como pude y hasta cubrí sus actos.

Hoy, a inicios de 2017, puedo confesarles con más pena que gloria que lejos de haberme portado a la altura de mis promesas y aspiraciones, continué una racha de comportamiento errático. Yo sé que no estoy en posición de pedir su confianza, así que les pido que sigan diciéndome lo que opinan y conversándolo entre ustedes. Algún día, así sea por vergüenza, lo comprenderé y quizá llegue a rectificar.

Con dolor,

Firma: El Estado salvadoreño

-¿Cuántas cartas de resoluciones fallidas hacen falta para que nos demos cuenta de que, por sí solo, el comportamiento de nuestro Estado no cambiará?

@docAvelar