Ricardo Avelar

Humildad. De Ricardo Avelar

9 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Cerca de la elección, dos amigos extranjeros me pidieron explicaciones sobre el fenómeno Bukele y cómo un joven exalcalde estaba cerca de romper décadas de gobiernos de los dos partidos mayoritarios en El Salvador.

En su momento, les invité a reflexionar sobre las noticias que estaban consumiendo y les pedí analizar aspectos que no entenderían si no viven en El Salvador. Les dije que consideraba que este fenómeno era más bien una burbuja de opinión pública. También les señalé la falta de estructuras territoriales y mística partidaria. Asimismo, enfaticé en la movilización de votantes y de estructuras de defensa del voto. En resumen, ofrecí el paquete hasta ese momento racional de por qué parecía que su victoria estaba cuesta arriba.

Erré en mi análisis. Pero, sobre todo, erré en mi falta de humildad ante los escenarios políticos cambiantes. Y es precisamente eso lo que contaminó mi percepción. La experiencia (aunque admito que la mía es muy limitada) es una consejera incómoda, pues nos encadena a seguir paradigmas que son útiles hasta que dejan de serlo. Para ellos era más fácil ver un fenómeno político creciente porque no estaban teniendo en cuenta el sesgo del día a día, que para ser francos era una película muy cercana a los créditos, pero algunos creíamos que iba justo a la mitad.

Bastó sacar la cabeza del agua de las notas diarias para notar que El Salvador en efecto se comporta muy parecido a muchos otros países, donde el desencanto con los partidos políticos y la insatisfacción con la democracia abren la puerta a liderazgos menos arraigados en la ideología y de corte más personalista, con ofrecimientos llamativos e inmediatistas. Debo reconocer que mi percepción falló y que es necesario partir de nuevas premisas para ofrecer palabras útiles al respecto de esta presidencia en ciernes. Humildad, en esencia, de reconocer un nuevo zeitgeist, un nuevo espíritu de la época.

Pero no solo quienes pretendemos evaluar la política tenemos que hacer ejercicios de humildad. Contrario a lo que se podría pensar, una victoria en primera vuelta no debería estudiarse como un cheque en blanco, sino como un depósito contundente de confianza en una persona que supo entender y manejar el descontento de la población. Sin embargo, es este descontento el que lo obliga a presentar resultados y a ser efectivo. Esto solo se logra con tender acuerdos y puentes, con manejar la cosa pública de forma transparente y con llenar los cargos principales de gente idónea, no de compinches y achichincles. Nada de esto se evidencia en el actuar previo del ahora presidente electo, quien se ha rodeado de personajes cuestionables, ha incurrido en prácticas poco transparentes y no ha escatimado esfuerzos en desarmar a sus adversarios de formas feroces. Superar esto y comportarse de forma presidencial requerirá mucha humildad que no ha mostrado, pero debemos exigir. Si no, el candidato que denunció a “los mismos de siempre” terminará comportándose igual y eso terminará de socavar los fundamentos de nuestro sistema que habiendo huido de los partidos tradicionales, puede encontrar en la alternativa conductas similares a las que rechazó. Es ahí cuando la desesperanza de la ciudadanía se vuelve peligrosa porque el salvadoreño puede llegar a rechazar de tajo las instituciones.

Nayib Bukele ha dado muestras de soberbia y de poca apertura al diálogo. Pero sin ingenuidad creo que está a tiempo de reconocer sus errores y plantear actitudes diferentes. La humildad de reconocer que su conocimiento es limitado y que debe entablar conversaciones para gobernar es un requisito sine-qua-non para una presidencia efectiva y no solo un bluff donde importa más su ego que el destino del país.

@docAvelar

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Guatemala, sí, ¡sacate el diablo de tu corazón! De Ricardo Avelar

9 enero 2019 / EL DIARIO DE HOY

Advierto: esta columna no es una repentina conversión de mi parte ni un llamado al moralismo a nuestro vecino país…

A inicios de diciembre, las principales carreteras que entran y salen de la Ciudad de Guatemala se adornan de visitantes curiosos. Colgando de quioscos improvisados, aparecen sonrientes cientos de diablitos rojos.

El propósito de estos es ser adquiridos para la “quema del diablo”, que toma lugar cada 7 de diciembre. Esta tradición, con un origen religioso, ha trascendido y es ahora vista por los guatemaltecos como una forma de sacar de sí mismos “lo malo” y llegar al fin de año más “limpios”.

Lastimosamente, a gran parte de nuestro vecino país no le logró salir el diablo hace un mes, cuando se celebró la última de estas vistosas quemas. Peor aún, la parte que quedó alejada de las llamas es la que más daño le está haciendo a este país.

Este sector ha sido denominado por muchos como el “Pacto de corruptos” y comprende diputados de diferentes bancadas legislativas salpicados por supuestos manejos irregulares de recursos. También les apoyan grupos empresariales acusados de financiamiento ilícito de la política y de participar en licitaciones amañadas. Se les unen seudoperiodistas comprados para defender a la administración pública y la red la encabeza el mismísimo presidente de la República, Jimmy Morales.

Este grupo ha llevado a cabo feroces ataques contra sus principales némesis: la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (Cicig), la Fiscalía Especial Contra la Impunidad (FECI), el Ministerio Público cuando muestra convicción de atacar a la corrupción, y los medios y generadores de opinión que han defendido el combate a las estructuras de defraudación del Estado.

El último golpe del “Pacto de Corruptos” se dio este lunes 7 de enero, cuando el presidente convocó a una conferencia de prensa junto a su gabinete, un grupo de personajes vinculados a casos de corrupción y hasta una familia rusa acusada de adquirir documentos falsos de este país.

El objetivo del presidente era acusar a la Cicig de instrumentalizar la justicia para hacer persecuciones políticas injustas. Esta comisión surgió de un acuerdo en 2006 entre el Gobierno de Guatemala y las Naciones Unidas para combatir estructuras ilegales enquistadas en el Estado, pero desde que sus investigaciones se acercaron a empresarios cercanos a Morales, a su partido y hasta a su familia, este se decidió a expulsarla a como dé lugar.

De todos los intentos por expulsar a esta comisión (todos frenados por la Corte de Constitucionalidad, que ha ordenado al gobierno dejar trabajar a la Cicig), el del lunes fue torpe y burdo, pero revelador. Jimmy se hizo acompañar de algunos de los personajes más pícaros de su sociedad para atacar a una institución que en 2015 protagonizó un saneamiento radical de la política chapina.

La excusa de Jimmy para deshacerse de la Cicig es risible: que esta no está bajo supervisión de su gobierno. ¡OBVIAMENTE! El punto de cualquier instancia que combata la corrupción es que sea independiente del aparato público, precisamente para no ser cooptada por el gobernante de turno.

Con esta ofensiva, el presidente ha elevado las alarmas de quienes defienden el Estado de Derecho y la transparencia en su país. El presidente ha mostrado un carácter autoritario y anuncia que no escatimará esfuerzos en defender a las manzanas podridas de su gobierno.

En 2015, los guatemaltecos se deshicieron de gobernantes con actitudes similares. Y a un mes de la “quema del diablo”, están a tiempo de volver a empezar una resistencia pacífica que desemboque en el final de este pacto de corruptos. Parafraseando a Fito Páez: “Guatemala, sí, ¡sacate el diablo de tu corazón!”.

@docAvelar

The Harp. De Ricardo Avelar

28 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Cuando un grupo de músicos fundó The Harp (El Arpa) en 1753, el mundo era un lugar completamente diferente: George Washington tenía solo 21 años; Francia seguía gobernada por Luis XV; el telégrafo estaba a punto de ser descubierto; y la Academia de Ciencias de Rusia anunciaba un concurso para explicar la energía eléctrica.

Con pasillos angostos, techos bajos y una hermosa barra de madera, este bar en el corazón de Londres recibía a la élite artística de uno de los barrios más vibrantes de la ciudad, a los jóvenes profesionales que intentaban abrirse un lugar en el epicentro del poder político británico y los trabajadores que remodelaban los preciosos edificios aledaños.

Estos “pubs” (bares iluminados y sin música alta) se han vuelto en el Reino Unido uno de los “grandes igualadores”, pues diversas clases sociales y orígenes suelen encontrarse tras la jornada laboral para disfrutar sus cask ales: cervezas tibias y no carbonatadas, pero deliciosas.

Doscientos sesenta y cinco años después, sostuve una breve plática con el gerente de The Harp. De pocas palabras, con un conocimiento extraordinario de la cerveza, Paul Sims me confirma lo que al ingresar sospeché: no es casualidad que el tiempo no haya pasado por ahí. La elegancia del siglo XVIII sigue presente y su misión no ha cambiado.

“Nosotros no tenemos música, ni cócteles elaborados, ni pasamos los partidos de fútbol. Nuestro interés es que la gente venga y platique, que se encuentre”, me dice Paul mientras me explica cómo se sirve una verdadera ale británica, con una elegante cabeza de espuma.

Esto me lo confirma Frank, un electricista retirado proveniente de Liverpool. A sus 75 años, confiesa haber llegado a The Harp al menos tres veces por semana por las últimas cuatro décadas. Frank es amable, divertido y gusta de repetir frases cortas de todos los idiomas que confluyen en este bar. Con justa razón, es el favorito del personal que ahí labora.

Esta tarde en The Harp están los “regulares”, como Frank, en su esquina de siempre con sus bebidas de siempre. En la barra hay dos estadounidenses aprendiendo un poco más de los gustos británicos antes de hacer su orden. Al fondo, dos hombres lucen sus pantalones llenos de pintura, pues recién terminan sus labores de construcción. Por la puerta principal están llegando tres elegantes señores con sus respectivos trajes y detrás de ellos, dos jovencitos que aparentan estar en una cita. Paul mira alrededor con orgullo: este espacio es el gran igualador, donde se junta toda clase de personas y de tanto en tanto se inician las conversaciones más inusuales.

Tras haber tenido la oportunidad de vivir un año en la capital británica, me atrevo a decir que uno de los aspectos que más me llamó la atención es su cultura del pub. Al principio, estos lugares pueden resultar extraños por iluminados y su falta de música estridente. Pero nada de esto es casualidad. En estos pubs, especialmente lejos de las grandes urbes, personas de diferentes procedencias, profesiones y creencias suelen sentarse a discutir con la mente abierta y una pinta de cerveza en sus manos.

En El Salvador no estamos acostumbrados a discutir fuera de nuestra zona de comodidad y es inusual que personas de diferentes procedencias se encuentren y se sienten a conversar. Esto afecta la generación de empatía e impide tender puentes que por años se han derribado. Pienso que uno de los grandes éxitos de la cultura británica es precisamente eso: los encuentros constantes entre ciudadanos, y muchos de estos pasan en los pubs.

Ahora que el fanatismo electoral se vuelve insoportable, pienso en lo refrescante de esa tarde y las conversaciones que ahí se producían. Sin prejuicios. Con mente abierta. Con una refrescante pinta de Harvey’s Bitter en la mano.


El nuevo “HDP” de la derecha. De Ricardo Aguilar

17 october 2018 / EL DIARIO DE HOY

Dice la leyenda que en 1939 Franklin Delano Roosevelt admitió una problemática relación con el sanguinario dictador nicaragüense Anastasio Somoza. Según el apócrifo episodio, FDR admitió que el hombre fuerte de Managua “puede que sea un HDP, pero es nuestro HDP”.

Más allá de discutir la autenticidad de ese episodio, que también ha sido atribuido a una opinión de Roosevelt sobre Rafael Trujillo, dictador dominicano, es importante que comprendamos qué nos quiere decir una frase de este tipo y pensar si alguna vez hemos caído en una actitud similar.

Esta frase es, a mi forma de ver, un ejemplo claro de realpolitik. Es decir, de poner los intereses prácticos y a aliados circunstanciales antes de consideraciones de principios, valores o filosofía política. Esta realpolitik es la que permitió, por ejemplo, que durante el siglo XX diferentes gobiernos de Estados Unidos dieran apoyo a sanguinarios dictadores que les ofrecían “mano de obra local” en su larga campaña contra la difusión de las ideas comunistas, disfrazada de promoción democrática.

Asimismo, esta realpolitik es la que ha llevado a centenares de mentes supuestamente progresistas a defender regímenes autoritarios que se autodenominan de izquierda, únicamente porque estos parecen ser enemigos de su enemigo tradicional, la derecha. En todos estos casos, estas alianzas implican guardar silencio sobre atrocidades, abusos de poder y violaciones sistemáticas a los derechos humanos.

Con el fin de la Guerra Fría y el advenimiento de los procesos de democratización en el Continente, parecíamos haber entendido estas lecciones y el panorama político al fin ofrecía la opción de que un compromiso con los límites al ejercicio del poder, venga de donde venga, era el estándar mínimo que exigirle a un gobernante a cambio de cualquier apoyo.

Pero la vida política es cíclica y en 2018 nos encontramos otra vez con discursos políticos que defienden y justifican a los nuevos aprendices de dictadores y nuevamente se malabarean excusas para evitar censurarlos y llamarlos por lo que son: abusivos, maleantes, mentirosos, corruptos y, en muchos casos, opresores asesinos.

A este tristemente célebre club de enemigos de la democracia se le ha unido recientemente un digno representante del renacimiento de ideas absolutistas en el siglo XXI. Me refiero al outsider brasileño Jair Bolsonaro, el cual se ha subido en la frustración con la política tradicional y los escándalos de corrupción en Brasil y ha montado una plataforma personalista cargada de misoginia, racismo y apologías al poder sin límites.

No debería requerir tanto esfuerzo intelectual el censurar automáticamente a un tipejo de estos, que ha hecho “bromas” sobre violación, que ha ofrecido aceptar los resultados electorales solo si gana, que considera que en su país no hubo “suficiente” dictadura, que cree que la violencia se combate con más violencia estatal, entre muchas otras circunstancias peligrosas.

Sin embargo, Bolsonaro estuvo cerca de agenciarse una abrumadora victoria en la primera vuelta presidencial brasileña y fuera del país, se ha convertido en el nuevo HDP de la derecha, que encuentra formas extrañas de defenderlo, pretende ignorar sus cuestionables discursos y recurre al básico razonamiento de “es que la corrupción de…”, como si la derecha brasileña no estuviera también manchada de corrupción.

Brasil está a punto de cometer un garrafal error con gravísimas consecuencias institucionales. Y gran parte de la derecha latinoamericana camina en una peligrosa cornisa al validar a Bolsonaro solo para descalificar a la izquierda y justificar su incesante y cansina paranoia que sigue viendo al fantasma del comunismo en todas partes.

Desde ahí es fácil resbalar al conocido abismo de tener que guardar silencio a horrores a cambio de no concederle un punto a los rivales político-ideológicos. Estoy seguro de que cualquiera de ellos con acceso a internet ha podido ver sus declaraciones más controversiales y seguro piensa que sí, es un “HDP”, pero lo han adoptado como su “HDP”. Esto es imperdonable y estos apologistas serán cómplices del declive de la decencia y el respeto a los derechos humanos en Brasil y del derrumbamiento gradual de la aceptación de la democracia en la región.

Esa es la cúspide del fanatismo, una película que ya vimos, terminó mal, nos costó mucho pero algunos están intentando revivir.

A los censores de todos los partidos. De Ricardo Avelar

8 octubre 2018 / EL DIARIO DE HOY

“Y cuando los discos de los Beatles no se podían tener, los chicos descubrieron que sus padres los escuchaban también”.

En 1993, el cantautor Carlos Varela dedicó una de sus más célebres piezas a la nostalgia de crecer en una Cuba con televisores rusos, superhéroes fabricados en el socialismo y sin árbol de Navidad o Santa Claus. En “Memorias”, toma de la mano a quien lo escucha y lo lleva a recorrer ese barrio que parece nunca cambiar.

Dentro de esta canción se respira la melancolía de una infancia sencilla a la que en apariencia no le faltó nada a pesar de estar alejada de las comodidades occidentales. Sin embargo, una inspección más cuidadosa de las letras de Varela revela la incomodidad de muchos artistas cubanos de la segunda mitad del siglo XX: la censura.

Eso sí, lo hace siguiendo su estilo, de manera burlona y sarcástica. Varela nos recuerda que en la “isla siempre fiel” los discos de los Beatles estaban prohibidos. En efecto, a inicios de los setentas, el director del Instituto Cubano de Radio y Televisión, Jorge Serguera, impidió la difusión de esta y otras bandas por considerar entre otras cosas que el inglés promovía el capitalismo y valores estadounidenses.

Varela nos aclara que la prohibición era fácil de burlar y que no solo no lograba su objetivo, sino que unía más aquellos que de cualquier manera pensaban consumir lo restringido. Décadas después, el mismo Serguera admitió que él disfrutaba la música de los Beatles en privado. Y así como él, cientos de jóvenes se escondían en los parques a escuchar al cuarteto británico en sus reproductores de cassettes.

En pleno 2018, parece que la clase política de El Salvador no ha aprendido las numerosas lecciones de los colapsados modelos autoritarios del siglo XX y los pocos que sobreviven en el presente. Líderes de izquierdas, derechas, y nuevas tendencias (?) han optado por ceñirse al viejo libro de jugadas de esos regímenes, incluyendo el intento de vigilar la emisión de contenido con oscuras definiciones de lo “inapropiado”, lo “inmoral” o lo “pernicioso”.

Afortunadamente, esta espuria batalla no es monopolio de uno u otro bando. Digo afortunadamente porque nos permite constatar que la censura, como cualquier otro rasgo autoritario, le puede pertenecer a cualquier bando, así que no nos dejaremos estafar por falsos demócratas ni repetir la cantaleta de que una corriente es más noble que otra. Las motivaciones pueden ser distintas, pero las herramientas se parecen demasiado.

Hace una semana, en medio de un mar de apremiantes prioridades, dos diputados de ARENA ingresaron a la Asamblea Legislativa un recomendable para impedir la presentación del grupo musical Marduk. Estos alegaban que lesiona la moral de los salvadoreños y uno de los diputados incluso habló de proteger al pueblo mayoritariamente cristiano, cuando eso no tiene nada que ver con su trabajo.

Más parece que los legisladores Ricardo Velásquez Parker y Karla Hernández cedieron a la tentación demagógica de los discursos moralistas y de apelar a un segmento reaccionario de la población, lesionando en el camino la libertad de expresión y olvidando por que El Salvador no tiene un estado confesional.

Y cuando la población encontraba estupor en este burdo intento de censura, el FMLN decidió no quedarse atrás. La semana anterior, dos diputados y el ministro de Gobernación presentaron un anteproyecto para regular contenidos audiovisuales. Este contempla posible censura previa, lo que riñe con la Constitución y múltiples tratados de libertad de expresión. Además, abre la puerta a regular contenido de noticieros, bajo la excusa de proteger a nuestra niñez de la violencia, cuando esta misma niñez convive con muertes y robos todos los días en sus comunidades.

En cuanto a los otros líderes políticos en ciernes, su actitud hacia la prensa y su promoción de medios fake-news-propagandísticos habla con elocuencia de su postura en este debate.

No olvidemos, pese a estos intentos, que la censura es la más torpe de las medidas del libro de jugadas autoritario. Es fácilmente franqueable, genera desconfianza y resentimiento en autoridades que por alguna torpe razón se creen eternas y une a aquellos comprometidos con la democracia. Muy pronto descubriremos que los censores son minoría y que a la libertad de expresión —y libertad en general— es imposible ponerle muros o mordazas.

@docAvelar

La democracia muere en la oscuridad. De Ricardo Avelar

5 septiembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

La democracia muere en la oscuridad. Con esta categórica frase despertaron los lectores del Washington Post en marzo de 2017, cuando el prestigioso medio lanzó su nuevo eslogan. Como era de esperarse, una afirmación tan contundente generó diferentes reacciones entre sus audiencias. Por un lado, hubo quienes criticaron el tono alarmista y consideraron que era una alusión directa a la entonces joven presidencia de Donald Trump, quien constantemente antagoniza con la prensa y se rodea solo de “periodistas” amigos. Por otro lado, muchos celebraron la instauración de este dicho, que es un constante recordatorio de uno de los riesgos más latentes de nuestros sistemas políticos.

Esta frase formó parte de la estrategia del nuevo dueño del periódico, el también fundador de Amazon, Jeff Bezos. Al adquirir uno de los medios más importantes en el mundo, este decidió apostarle a un periodismo de investigación, a visualización de datos y a encontrar mejores narrativas para plantear los principales problemas de nuestra sociedad.

Cada una de esas palabras gana notoriedad e importancia cuando un país se acerca a la temporada electoral, cuando los asesores de campaña y mercadeo político buscan llenar de eslóganes pegajosos la mente del votante, en un ejercicio de mero posicionamiento de marca. Aunque en algunas ocasiones –me atrevo a decir las menos– hay un plan detrás de un lema de campaña, la mayoría de veces estos se extraen de grupos focales y buscan decirle al ciudadano lo que quiere escuchar, no lo que debe.

Durante los meses de proselitismo, la batalla de lemas genera un humo difuso en el que no se sabe exactamente cómo se ejecutarán los planes en cuestión, cómo se financiarán y realmente quién será el beneficiado de estos. Ante tanta ambigüedad, el ciudadano resulta desprotegido, pues debe tomar una decisión racional de a quién dar su apoyo sin saber a ciencia cierta qué puede esperar de cada candidato.

Es ahí cuando el periodista se vuelve un actor fundamental para salvar a la democracia de la oscuridad. La oscuridad de planes difusos, de origen incierto de los fondos de campaña, la oscuridad de asesores peligrosos, alianzas oscuras o de negarse a decir quiénes integrarán un posible gabinete, por ejemplo.

Ante cada promesa dicha, un periodista responsable debe como mínimo preguntar “cómo”. Con esto, debe obligar al candidato a transformar su lema en un plan concreto. Y si este último se dedica a contestar con frases inspiradoras pero no aterrizadas, quien lo interroga debe hacer uso de una poderosa herramienta: la repregunta. Es decir, insistir sobre el tema hasta que haya una respuesta franca y que permita al ciudadano interesarse más en el político o desecharlo desde temprano por opaco.

La repregunta es fundamental y muchos no la hacen. Posiblemente se piensa que una entrevista exitosa es aquella donde se cubre un amplio abanico de temas o que insistir en un punto es tedioso y aburrido. Yo discrepo. Una entrevista exitosa, a mi parecer, es la que toca pocos temas pero los deja claros y con certidumbre. Además, si a un político hay que preguntarle lo mismo varias veces es porque está evadiendo la verdad.

Por otro lado, retomar una frase sin cuestionarla y volverla titular es un ejercicio irresponsable de la labor que se nos ha encomendado. Con esto, nos volvemos altavoces cuando deberíamos ser filtros. Con esto, no beneficiamos al ciudadano, solo lo hundimos más es una vorágine de frases lindas que no significan nada y nos convertimos en cómplices del declive de nuestro sistema.

Con esto, no pretendo ser alarmista, sino advertir de cómo la pérdida de credibilidad en quienes nos gobiernan afecta la legitimidad de la democracia y lleva a muchos a buscar salvadores y mesías donde solo hay vanidad, ego, verdades a medias o incluso ausencia total en medios que no aseguren preguntas cómodas. Por eso, en temporada electoral, los periódicos pueden convertirse en murallas contra las mentiras o en cajas de resonancia de humo. En el primer caso, se apegan al espíritu del lema del Washington Post. En el segundo, contribuyen a apagar las luces y a llevarnos a más oscuridad. Es momento de decidir cuál de los dos roles queremos jugar.

P.D.: Saludos a todos los valientes periodistas que en temporada electoral no se conforman con palabras inspiradoras y repreguntan, repreguntan, repreguntan… No hasta el cansancio, sino hasta aproximarse a la verdad.

@docAvelar

Muy tarde, Hugo Martínez… De Ricardo Avelar

25 julio 2018 / El Diario de Hoy

“Definitivamente no”. Así de contundente fue el excanciller de la República y candidato a la presidencia por el FMLN, Hugo Martínez, cuando en una entrevista se le preguntó si consideraba que Venezuela es un faro a seguir para El Salvador.

Con estas palabras se desmarca del respaldo que dio Salvador Sánchez Cerén al gobierno del país sudamericano. Además, Martínez está aceptando lo obvio: una de las más graves crisis del Continente, en un país que pese a la riqueza de recursos es ahora económica, política y socialmente insostenible, algo que su partido siempre ha negado en contra de toda lógica.

En la misma entrevista, el candidato efemelenista condenó el abuso de poder y la represión del gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo, quienes han perdido el miedo a matar a quienes les adversan. “El drama de Nicaragua es algo inaceptable y los actos de violencia que se están dando venga de donde venga son condenables”, afirmó.

Nuevamente, Martínez se desmarcó de las posturas del FMLN y del presidente mismo. “Yo no comparto las declaraciones de Salvador Sánchez Cerén sobre este caso. Definitivamente yo no comparto las declaraciones del presidente sobre Nicaragua”, sentenció.

Este es un acto de valentía inusual en las filas del FMLN. No solo equivale a cuestionar la línea del partido, sino a desafiarla en uno de los temas más espinosos del momento: su respaldo a dos gobiernos que hace tiempo abandonaron la revolución o la izquierda y se han colocado el traje del autoritarismo. Al ir en contra de la postura que la dirigencia efemelenista ha adoptado en cuanto a Venezuela y Nicaragua, Hugo Martínez está poniendo en entredicho la identidad del partido y su liderazgo, que ha optado por alinearse a estos gobiernos —por afinidad ideológica y por conveniencia— olvidando su pasado de lucha antidictaduras.

Pese a tal valentía, este gesto llega demasiado tarde. En el seno de la Organización de Estados Americanos (OEA), por ejemplo, la labor de Martínez fue instrumental para que se detuviera un histórico pronunciamiento denunciando la represión a cargo de Nicolás Maduro. A finales de mayo de 2017, el representante salvadoreño pidió un receso en la sesión en que se discutía una resolución firme y contundente y tras el retorno, varios países del Caribe se arrepintieron de apoyarla. El Salvador, jugando una postura ambivalente, se limitó a abstenerse y facilitó el fracaso de tal pronunciamiento.

Si bien es cierto un canciller no marca la política exterior, es su principal ejecutor. Puede no haber dado la orden, pero es parcialmente responsable de esas acciones y de avalar prácticas poco democráticas en países vecinos. Por eso, más de un año después, se sienten tardías sus críticas a los regímenes de Maduro y Ortega-Murillo.

Yo quisiera sentirme esperanzado de que hay un atisbo de moderación dentro del FMLN. También me entusiasma la idea de que un partido tan rígido se esté abriendo a una pluralidad de opiniones y que una izquierda progresista y antiautoritaria (pero de verdad, no a conveniencia) se vislumbre en un país donde ambos extremos políticos viven en la prehistoria.

Pero el comportamiento anterior del excanciller Martínez no deja de parecerme una piedra en el zapato. Puede que hacia dentro él haya tratado de moderar posturas de su gobierno. Puede que haya intentado llevar relaciones diplomáticas dinámicas y versátiles, siendo efectivamente un buen canciller. Todo esto podría (y parece ser) cierto, pero no borra el hecho de que El Salvador dio su respaldo a políticas barbáricas e inaceptables.

Por eso, lo que procede para tomar en serio las palabras del aspirante presidencial es un verdadero acto de contricción. Un honesto “mea culpa” puede legitimar y validar lo dicho en tal entrevista. La honestidad incómoda y una disculpa siempre pesan más que solo asumir que el pueblo tiene memoria corta.

De no hacerlo, sus palabras lucirán como un intento de congraciarse con gran parte del electorado que está condenando los abusos en Venezuela y Nicaragua. Sin reconocer sus errores como exfuncionario y disculparse, estas esperanzadoras palabras llegan muy tarde y sirven de muy poco.

@docAvelar