Ricardo Avelar

¿El diagnóstico equivocado? De Ricardo Avelar

El diagnóstico no es que el FMLN nos lleva al marxismo y que ARENA es la solución de la debacle actual, sino la nula distinción que ambos hacen entre la agenda partidaria y la agenda de país. Es momento de ser una sociedad civil activa, pero también astuta y menos impresionable.

ricardo avelarRicardo Avelar, 6 diciembre 2017 / El Diario de Hoy

Hace unas semanas, algunos de los principales voceros del FMLN emitieron comentarios sobre las aspiraciones de este partido para el país. Entre ellas, se mencionó la postura ante la propiedad privada, los medios de comunicación y la Sala de lo Constitucional.

En diversos discursos resaltó, como siempre, la matonería del partido de gobierno, que se muestra hostil ante cualquier crítica a su forma de gobernar.

EDH logEsto, en sí mismo, es preocupante. Un cuarto de siglo después de la firma de la paz y en medio de un mundo que demanda una profundización de la democracia no es poca cosa que uno de los actores políticos más importantes del país muestre tan poco interés por la institucionalidad y una economía abierta y funcional.

Habiendo dicho esto, me parece que el discurso del FMLN tiene grandísimas inconsistencias con la forma en que en efecto gobierna. Por tanto, si bien es legítimo criticar estas palabras incendiarias, me parece que asumir que estamos en camino a convertirnos en otra Venezuela o Cuba es una aseveración exagerada y alejada de la realidad.

No hay homogeneidad ideológica, solidez financiera ni respaldo social suficiente para construir un movimiento que efectivamente socave las bases “seudoliberales” de la economía salvadoreña y veo difícil la construcción de un modelo autoritario al estilo de los citados países, en medio de una sociedad civil más o menos activa, con medios tradicionales bien arraigados y una creciente cultura de periodismo investigativo y emprendimiento periodístico digital que se posicionan como posibles salvaguardias de la democracia.

Las alarmas de que nos estamos convirtiendo en una Habana en Centroamérica lucen panfletarias y simplistas. Esto no quiere decir, sin embargo, que no tengamos que preocuparnos, por ejemplo, por la salud de instituciones que han dado muestras de independencia y que sin dudarlo el FMLN socavaría, pero diagnostiquemos bien el problema para no saltar a conclusiones exageradas que nos prepararán para fantasmas que realmente no están sucediendo.

¿Qué es lo que sí está pasando? Durante los ocho y medio años del FMLN hemos visto un aparataje institucional que pasa de estar en función de “lo público” a estar en función del partido en el poder y sus aliados. Esto no es un fenómeno nuevo. De hecho, fue una de las características principales de los gobiernos de ARENA, donde las instituciones de control jurisdiccional protegieron a los funcionarios de ese partido y fueron siempre más estrictas con la oposición.

La principal amenaza a la democracia actual es una que ya conocemos bien, pero por alguna razón fue poco discutida, reporteada y denunciada entre 1989 y 2009. El FMLN y ARENA se parecen mucho en su estilo de gobierno. En vista de que ninguno ha alcanzado suficientes escaños para una mayoría simple, en lugar de buscar acuerdos con su mayor contrincante, han hecho concesiones peligrosas a los partidos minoritarios para lograr gobernabilidad, pero también control e instituciones a su favor.

Asimismo, a lo largo de la joven democracia salvadoreña ningún gobierno ha logrado proveer soluciones a los principales problemas del país. Eso lleva a la ciudadanía a la desafección y el desencanto y éstos a favorecer soluciones “rápidas” como las manos duras o las medidas extraordinarias, que no mejoran la situación, solo colocan parches publicitarios y cortoplacistas.

Estas son algunas de las amenazas que El Salvador ha vivido y no son exclusivas de un partido u otro. Se puede argumentar que ha habido mayor incapacidad y un peor manejo de la cosa pública en uno u otro momento, pero más allá de la retórica, la vocación democrática de ambas agrupaciones políticas deja mucho que desear.

El diagnóstico, por tanto, no es que el FMLN nos lleva al marxismo y que ARENA es la solución de la debacle actual, sino la nula distinción que ambos hacen entre la agenda partidaria y la agenda de país.

Es momento de ser una sociedad civil activa, pero también astuta y menos impresionable. Si compramos la retórica exagerada, nos veremos en la penosa situación en la que están los hermanos hondureños, donde se critican duramente las prácticas antidemocráticas del contrario, pero se callan o se excusan las del propio. Y ese sí es el camino en el que se socava el sistema actual.

@docAvelar

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Al lado del camino. De Ricardo Avelar

Si alguien decide estar al lado del camino, podrá creer —como lo decía la canción que lleva precisamente ese nombre— que es “más entretenido y más barato”. Pero no. Con esa apatía solo se contribuye a un país más injusto.

ricardo avelarRicardo Avelar, 24 noviembre 2017 / El Diario de Hoy

Como muchos países de la región, en el marco del fin de la Guerra Fría, El Salvador inició un importante proceso que poco a poco ha permitido que una democracia electoral sustituya las décadas de autoritarismo.

Pese a que nominalmente los salvadoreños podían acudir a las urnas con normalidad, el fantasma del fraude, la represión a las fuerzas opositoras y los dados cargados hacia el oficialismo volvían las elecciones meros formalismos y fachadas democráticas.

EDH logDurante los últimos 28 años es innegable el avance en construcción de instituciones y la renovada confianza en algunos procesos democráticos. Sin embargo, parece que nos estamos estancando y, peor aún, que hay retrocesos en apariencia mínimos pero significativos. Y no me refiero a que un partido u otro quiera cooptar el poder, pues en ese respecto tanto ARENA como el FMLN en diferentes momentos han vuelto “lo público” material de capital político —y económico a veces— para su partido.

Los retrocesos que me preocupan tienen que ver más con la aceptación de la democracia y la promoción de derechos humanos en el país.

Por un lado, la falta de efectividad en la implementación de políticas públicas para reducir los principales problemas del país generan una idea de que la democracia y sus procesos no son suficientes o incluso son muy lentos para las urgentes necesidades de gran parte de la población, como lo evidencian las últimas mediciones de Latinobarómetro, por ejemplo.

Si bien el problema está bien identificado (la falta de soluciones), no son la democracia y sus instituciones sus causantes per se. La falta de transparencia, la perenne corrupción, la idoneidad en asignar cargos técnicos y el nepotismo facilitan el desvío de fondos públicos y el funcionamiento a medias del Estado. Todas estas son áreas de profundización democrática y no sustitutos, como algunos, motivados por la desafección y el desencanto, quisieran creer.

Por otro lado, el respeto a los derechos humanos en el país es una deuda pendiente. En una entrevista publicada por este medio, un connotado miembro del Cuerpo Diplomático expresa algunas de esas preocupaciones con elocuencia.

Las salidas no institucionales al fenómeno de violencia —que facilitan grupos de externinio y promueven más odio en la sociedad— así como una pobre discusión sobre formas de promover una sociedad más inclusiva, los derechos sexuales de las mujeres y derechos de la comunidad LGBT+ nos hacen reflexionar sobre lo limitados que son los frutos de la democracia en el país.

El marco más básico de la democracia salvadoreña existe, pero es endeble y limitado. Si no lo robustecemos con mayor institucionalidad y políticas orientadas a atender con mayor énfasis a quienes han sido sujetos de exclusión sistemática estamos en riesgo de volver a una ficción de bienestar y a una mera sustitución de élites políticas de cuando en cuando.

En este sentido, tenemos dos opciones: o nos involucramos o permanecemos al lado del camino. Si nos involucramos, hagámoslo bien, promovamos discusiones en temas espinosos, cuestionemos a quienes pretenden liderarnos y no bajemos nunca nuestros estándares. Básicamente, no dejar de joder pero tampoco de proponer.

Si, por otro lado, alguien decide estar al lado del camino, podrá creer —como lo decía la canción que lleva precisamente ese nombre— que es “más entretenido y más barato”. Pero no. Con esa apatía solo se contribuye a un país más injusto, donde los olvidados se alejan más de los frutos de la democracia y donde las élites políticas duermen cómoda e impunemente pues sus pecados nunca serán expuestos.

Se nos ha dicho por mucho tiempo el cuento de la polarización y nos hemos situado como víctimas de las posiciones mezquinas de los principales partidos. Pero el seguirlos votando ciegamente, y el optar por el lado de farándula y no el contenido de la política y sus aspirantes nos vuelven también victimarios.

El Salvador inició una era importante de democratización cuando algunos grupos se sentaron a pactar una salida pacífica a los problemas del momento. E hicieron bien. Sin embargo, las tribulaciones del presente son más complejas y requieren más manos a la obra y más mentes discutiendo.

En resumen, que el único “al lado del camino” que disfrutemos sea la canción de Fito Páez.

@docAvelar

¿Preguntas al presidente? De Ricardo Avelar

¿Cuándo fue la última vez que un presidente de la República se sometió a un cuestionamiento directo por parte de miembros de la oposición en El Salvador? ¿Habrá habido alguien, después de Armando Calderón Sol, que se sometiera constantemente al escrutinio de la prensa?

ricardo avelarRicardo Avelar, 26 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Cada miércoles, en la Cámara de los Comunes del Parlamento Británico, quien ocupa la silla de Primer Ministro debe sentarse por 45 minutos frente a sus compañeros parlamentarios y ser bombardeado con preguntas sobre cualquier tema de coyuntura o cualquier política que sea relevante en el momento para los británicos.

De este evento, llamado creativamente Prime Minister’s Questions (Las preguntas al primer ministro, o primera ministra en este caso), han surgido importantísimos debates y algunos momentos bastante entretenidos.

EDH logEn un formato que pareciese caótico hay ciertas reglas que tomaría tiempo explicar, pero en términos generales buscan que haya una dinámica de constante cuestionamiento entre las diferentes bancadas políticas. Estos eventos además son abiertos al público, aunque por razones de espacio hay asientos limitados.

Desde la instauración de la práctica en 1880, los británicos saben que además de las usuales discusiones que se sostienen en el Parlamento, al menos una vez por semana quien ocupa la oficina de primer ministro será cuestionado directamente y no hay opción de evadir las preguntas, aunque algunos han sido más hábiles en “hablar paja”. El desorden y el ruido que se produce en la Cámara son señales importantes de un estilo de hacer política que se somete a una constante evaluación.

¿Cuándo fue la última vez que un presidente de la República se sometió a un cuestionamiento directo por parte de miembros de la oposición en El Salvador? ¿Habrá habido alguien, después de Armando Calderón Sol, que se sometiera constantemente al escrutinio de la prensa?

La falta de una práctica sistemática de preguntas a un presidente o a cualquier funcionario relevante, ya sea por la oposición, la ciudadanía o en conferencias de prensa, tiene varios efectos nocivos en una democracia. Primero, lo obvio, no sabemos qué piensan sobre determinada situación. Podrán pronunciarse en rimbombantes cadenas o comunicados de prensa sobre un tema o dos, pero la agenda nacional es más amplia que esos pocos minutos al aire.

Segundo, no se puede repreguntar. Es decir, si una respuesta, postura o enunciado queda a medias, ¿cómo hacemos para ahondar? La comunicación en una vía no le permite a un mandatario saber si aquello que sus asesores le prepararon es realmente una respuesta a las diferentes inquietudes de la ciudadanía. Y honestamente no me consta que lo quiera o le interese saber.

Tercero, es fácil calificar de desestabilización u oposición necia cualquier crítica si no hay una forma sistematizada de exigir rendición de cuentas en vivo y a todo color. Por otro lado, si la hubiese, se podría notar cuáles son aquellos temas donde siempre hay dudas, repreguntas o cuestionamientos.

Cuarto, quien sea que pudiese tener acceso a las preguntas (la oposición, la ciudadanía o la prensa) se pierde de un importantísimo ejercicio de fogueo. El hábito de preguntar requiere precisión y práctica, y si se hace constantemente es cada vez más inquisitivo.

Y como estas, veo muchas más cosas que los salvadoreños nos estamos perdiendo cuando no establecemos como costumbre este tipo de ejercicios democráticos.

Pensémoslo bien: nuestro presidente difícilmente da la cara y cuando lo hace, es en eventos montados por su equipo, como los “Festivales del buen vivir”, donde los mensajes provistos pintan un país que le produce mucha envidia a suecos y finlandeses. Algunos de los principales alcaldes del país parecen ser inalcanzables para la prensa y hay unos que hasta le han cerrado puertas a medios en concreto.

Es más fácil encontrar a un diputado, pero pueden llegar a ser elusivos o solo dar la cara cuando hay temas en su agenda en particular que les interesa posicionar. Y ante preguntas difíciles, tienden a cerrarse sin temor a ningún costo político.

Por otro lado, esto no es una calle de un solo sentido. Los ciudadanos nos hemos acomodado a no exigir respuestas y solo emitir un juicio fácil o parcializado ante una situación política en particular.

La democracia británica claramente no es la ideal, algo que se puede evidenciar mucho estos días, por ejemplo, con la incertidumbre sobre el Brexit. Sin embargo, algo se puede aprender de estos mecanismos, que obligan a rendir cuentas y no le permiten a ningún primer ministro vivir la falsa ilusión de aceptación y aplausos que le pueda proveer su equipo de propaganda.

@docAvelar

“Furor del hot”. De Ricardo Avelar

¡Hagamos preguntas difíciles! ¡Incomodemos a los candidatos! ¡Cuestionemos cualquier punto que parezca no tener sentido y contrastemos los discursos con la realidad!

ric avelarRicardo Avelar, 13 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Hace pocas semanas, un medio de comunicación local publicó sobre la actividad de un precandidato presidencial en una playa cercana. El titular del artículo desafortunadamente hacía referencia a que el personaje en cuestión generó “furor del hot”.

EDH logSin ánimo de hacer más leña del árbol caído (pues la peculiar nota y su tristemente célebre titular ya recibieron fuertes críticas), es propio reflexionar sobre el rol que los medios de comunicación estamos jugando en esta campaña electoral, de cara a las legislativas y municipales de 2018 y de cara a las presidenciales del año siguiente, y preguntarnos qué tratamiento deberíamos dar a los candidatos, a sus mensajes y a los partidos políticos en esta ajetreada etapa.

La campaña ya está en todo su furor. Ya están los aspirantes a diferentes cargos públicos repartiendo dulces, abrazos, discursos y promesas por cada lugar al que visitan. Y en cada una de sus apariciones buscan asegurar algún espacio en las páginas de los periódicos o tiempo de aire en radio y televisión.

Creo que mal haríamos como medios, periodistas y editores, si limitamos nuestra cobertura a un simple recuento de apariciones públicas, únicamente describiendo los hechos sin ahondar al menos un poco en su significado y su posible impacto, o sin aprovechar para hacer preguntas de peso a quienes buscan los votos.

También considero que una responsabilidad de la prensa, además de contar qué pasó, es traer luz sobre temas opacos. A veces esto se manifiesta en investigaciones que descubren escándalos en el erario y a veces en explicarle a las audiencias los rincones menos conocidos del poder. Ayudar a ilustrar las dinámicas internas de los partidos políticos, sus posibles pugnas por el poder, alianzas y financistas debería ser una aspiración prioritaria, especialmente en época de campaña, pues ayuda a predecir cómo se comportará alguien si accede al poder.

No debemos dejar que el “furor del hot” de la campaña electoral, la urgencia que provoca la elevada cantidad de eventos y el ruido proselitista nos atormenten e impidan ver nuestra misión principal, que no es sugerirle a las audiencias una u otra opción en particular, sino presentar con sentido crítico –pero sin malas intenciones– las propuestas de todos los aspirantes, sin privilegio a banderas partidarias y con total transparencia.

Hacerlo no solo beneficia a nuestros consumidores, que están más empoderados e informados y eventualmente podrán tomar una mejor decisión si eligen acudir a las urnas. También beneficia la credibilidad y el prestigio de nuestras marcas. Además, equivale a apropiarnos de nuestro papel en una democracia: el fiscalizar las políticas públicas y la oferta de estas.

Humildemente sugiero que repensemos qué papel queremos jugar y nos distanciemos de una cobertura simplista, meramente fáctica y hasta panfletaria o “farandulesca” en ocasiones. ¡Hagamos preguntas difíciles! ¡Incomodemos a los candidatos! ¡Cuestionemos cualquier punto que parezca no tener sentido y contrastemos los discursos con la realidad!

El periodista no está llamado a hacer amigos dentro de la política, sino a ser un muro de contención del entusiasmo basado en lo irreal. Si no jugamos nuestro rol, desprotegemos a las audiencias y dejamos vulnerables a nuestros medios. Bastará un clic para que un lector inconforme encuentre un análisis más sesudo en otro sitio y al perder la credibilidad, pasaremos de un “furor del hot” a un tibio desprecio. Y sí, nos lo habremos ganado.

Finalmente, estimados candidatos, no esperen benevolencia ni excesiva indulgencia en la prensa. Fiscalizar su cobertura, cuidar qué se publica y pretender decirle a un medio por dónde orientar sus notas o cada cuánto revela una pobreza de mensaje y una conducta levemente antidemocrática.

Advierto todo esto con el fin de tener un 2018 y un 2019 menos dolorosos e insoportables. Y si se puede, más dignos.

@docAvelar

La Afrodita tricolor. De Ricardo Avelar

Los discursos de juventud, renovación y cambio enamoran, como la estatua de Afrodita, pero al acercarse nos encontramos con una pantomima vacía de contenido, más preocupada del eslogan que de un verdadero cambio.

ricardo avelar

Ricardo Avelar, 19 julio 2017 / EDH

Cuando Alfie era un estudiante de secundaria, fue con su escuela a un importante museo de Londres. Ahí, el jovencito se encontró con la estatua de Afrodita, la cual admiró con asombro.

Esa diosa en mármol robó su atención. En sus palabras, era hermosa, una figura perfecta, con rasgos bien esculpidos.

EDH logNo fue hasta que se acercó a la estatua cuando notó que Afrodita tenía ya algunas grietas, agujeritos e imperfecciones. La describió como “una escultura hermosa pero dañada de una forma que no notarías hasta que te acercas”. Y eso, confesó, la arruinó para él.

Estamos desde hace rato en campaña electoral y de forma similar al pasaje de esa película de Jude Law, hay quienes a la distancia quieren proyectar una imagen inspiradora, como de redentores y salvadores de una patria desolada.

Tal es el caso del partido ARENA. “No saben gobernar”, dijeron del FMLN en junio de 2010, cuando lanzaron la campaña de “Incapaces”, el incómodo mote que dieron al primer año de gestión Funes. En esta y otras campañas han destacado la opacidad en la que el oficialismo se ha conducido, el desastre financiero que vivimos y la política de nepotismo que ha llenado la planilla estatal.

¡Y tienen razón!

Este gobierno tiene un récord vergonzante en cuanto al rumbo en que lleva al país, un cuestionable desempeño en transparencia y su conocimiento financiero parece salido de algún manual griego. Finalmente, activistas, primos, nietos, socios de empresas y amigos han obtenido notorios cargos públicos.

Por ello, que el partido de oposición se atreva a denunciarlo es algo en apariencia admirable. Parecen no haber dejado de poner el dedo en la llaga.

De lejos, como Afrodita, son un partido que podría llamar la atención al incauto espectador de la política. Pero al igual que Alfie, conviene dar unos pasos al frente y acercarse a esta estatua que ha erigido el partido ARENA.

Ya con el armatoste enfrente, podrá notarse que está lleno de grietas, agujeros, inconsistencias e imperdonables errores que en ocasiones pueden parecer torpeza y mal diseño y, a veces, deliberados actos de abuso, corrupción o complicidad.

Fíjese, por ejemplo, en la constante campaña sobre la crisis fiscal en la que está sumida el país. Los tricolores deberían estar deseosos de increpar al ministro de Hacienda sobre su desempeño y saber si pretende ser un violinista de falso optimismo y cifras alegres en el Titanic de las finanzas públicas.

Sin embargo, el pasado jueves 13 de julio, cuando el ministro rindió su informe al pleno de la Asamblea Legislativa, su sección del hemiciclo estaba casi vacía. A Carlos Cáceres solo lo escuchaban Mauricio Vargas, Juan Valiente y Johnny Wright. Ninguno de los tres es miembro de la comisión legislativa que ve asuntos hacendarios, por cierto.

La función de la Asamblea Legislativa y de los diputados es ejercer controles interorgánicos, en particular al Ejecutivo, pero los tricolores se ausentaron, como dijo Carmen Elena de Escalón, para ir a una reunión de fracción. Es decir, ¡trabajo partidario antes de su misión ante la ley!

Otro tema preocupante es la renovación. Desde inicios de la semana, un nuevo cuadro que “sí ha sudado la camiseta” se ha hecho merecedor de un espacio en el listado de precandidatos tricolores. Se hace llamar “el diputado más joven”, pero hace unas semanas colgó una foto de la “fuerza renovada” de su agrupación política, en la que luce sonriente el diputado que prestó su vehículo a su hermana para un viaje personal y fue condenado por el Tribunal de Ética.

Y al igual que su partido, no siente incomodidad en compartir planilla con gente sancionada por abuso de recursos o nepotismo.

Los discursos de juventud, renovación y cambio enamoran, como la estatua de Afrodita, pero al acercarse nos encontramos con una pantomima vacía de contenido, más preocupada del eslogan que de un verdadero cambio en actitudes y sin mayor significado que el de la perorata electoral.

ARENA ha tenido la oportunidad de convertirse en una oposición decente, pero se ha dedicado a premiar la lealtad sobre la integridad y el pensamiento crítico. Ya viéndola de cerca, qué horrible se mira.

@docAvelar

Queriendo vender un Walkman. De Ricardo Avelar

El grupo que se impuso en este proceso de elecciones internas responde al ala más ortodoxa del partido ARENA, aquella que no recibió el periódico el 10 de noviembre de 1989, cuando el mundo entero se dio cuenta de que había caído el infame Muro de Berlín.

Ricardo Avelar, 6 julio 2017 / EDH

Esta semana, El Salvador fue testigo de uno de los sucesos políticos más interesantes y aterradores de su historia reciente, cuando el partido que ha pregonado la apertura y la renovación, ARENA, optó por vetar o dificultar algunas de las candidaturas más refrescantes que ofrecía.

A raíz de esto, en su estructura se suscitó un pequeño terremoto político y de este han emergido algunos bandos: primero, los que salieron de la contienda, los diputados Johnny Wright y Juan Valiente y la ciudadana Gabriela Trigueros, que desistieron de buscar un cargo por el partido tricolor; segundo, los que se mostraron hostiles ante algunos perfiles renovadores y pusieron un alto a sus aspiraciones políticas; y tercero, los que han guardado silencio.

Mucho se ha dicho sobre los primeros y el valor que han tenido de denunciar en ARENA una conducta verticalista que no sorprende pero sí decepciona. Sin embargo, de los segundos y los terceros se está diciendo poco.

El grupo que se impuso en este proceso de elecciones internas responde al ala más ortodoxa del partido ARENA, aquella que no recibió el periódico el 10 de noviembre de 1989, cuando el mundo entero se dio cuenta que había caído el infame Muro de Berlín y que marcó el inicio del final de un mundo partido en dos.

Estos son los más reaccionarios y quienes en cada evento cantan sin vacilación una marcha que sigue instando a la violencia por motivos ideológicos, como si esto no estuviera ya comprendido como un crimen de lesa humanidad.

Según ellos, al impedir algunas candidaturas, se pone un alto al mayor de sus miedos: el avance de las ideas progresistas que, afirman, vienen a romper con la pétrea idea que tienen de la familia y de los derechos humanos (o la falta de, en el caso de algunos segmentos de la población, a quienes no les duele dejar invisibilizados).

Y así han pretendido construir un muro infranqueable para quienes hayan osado criticar a su líder histórico o se hayan atrevido a cuestionar el rol que el partido tricolor ha jugado como oposición. Al menos así lo aclaró el tristemente célebre “Grillo” Barrientos, quien puso esos puntos como las razones que impidieron que la joven profesional y de mentalidad crítica Aída Betancourt asumiera la suplencia de Juan Valiente. (Además, con su versión -que suena muy real- contradijo las trastabilladas excusas que pretendió dar la dirigencia tricolor para edulcorar el bloqueo a Betancourt.)

Tristemente, ARENA puso como parámetro prioritario para avalar precandidaturas la lealtad a la estructura, a los colores y la bandera. El partido olvidó ver que algunos de sus cuadros más leales tienen un pasado muy cuestionable o han incurrido en prácticas antiéticas. Eso, al final, no es lo importante, siempre que canten con garra la marcha.

De tal manera, los tricolores no contarán en 2018 con algunas mentes críticas y de pensamiento fresco, pero lucirán con orgullo a David Reyes, que le prestó su carro a su hermana para que viajara pero nos quiso convencer burdamente de no haberlo hecho. También a Ricardo Velásquez Parker, que ha llegado armado al Salón Azul y ha irrespetado a la prensa. Y a Mayteé Iraheta, que fue sancionada por nepotismo. Y no olvidemos a Milagro Navas, sobre cuya administración se ciernen oscuras nubes.

ARENA está intentando vender renovación con ideas vetustas que cada vez se asemejan más a las de sus rivales del FMLN y representan menos a los salvadoreños que aspiran a construir una sociedad en paz, sin fanatismo, sin odios irracionales, sin artículos calumniosos (como el que compartió en sus redes el “Grillo” Barrientos) y donde se pueda propiciar un diálogo honesto entre actores que no están de acuerdo sobre políticas públicas, incluso las más espinosas.

Su idea de renovación equivale a presentarse a una convención de tecnología e intentar vender un Walkman. Por más eslogan, por más publicidad, por más discursos de “dar un paso”, “cambiar el rumbo”, o “es hora de actuar”, sus cerradas prácticas y los walkman coinciden en que perdieron su vigencia antes que yo naciera.

Y sobre aquellos que han guardado silencio u optan por expresar su descontento “solo en privado”, ojalá la historia (o el electorado) les pase factura por cobardes.

@docAvelar

ARENA y sus peligrosos “insiders”. De Ricardo Avelar

Los insiders son perniciosos porque no tienen mucho más. Son políticos de profesión y no están dispuestos a soltar sus cargos. Siempre presentes, pero por su patri…monio.

Ricardo Avelar, 31 mayo 2017 / EDH

Durante los últimos años, los ojos de la ciencia política se han colocado sobre un interesante fenómeno.

Las demandas políticas transitan más rápido que la oferta institucionalizada de soluciones, llevando a un descontento de quienes no miran satisfechas sus aspiraciones.

La democracia va lento, pues el sistema ha sido diseñado para tener blindajes y evitar que la emoción de una coyuntura derive en decisiones desastrosas o en el abuso del poder.

Pero esta lentitud, propia de un sistema de frenos y contrapesos, lleva a buscar soluciones fuera de la institucionalidad.

Ahí surgen los outsiders: líderes mesiánicos provenientes de la periferia del sistema político. Son caras frescas, pero pueden resquebrajar la institucionalidad por su vanidad que les lleva a creer que las soluciones están en sus manos. Son los “neo-dictadorcitos cool”.

Son peligrosos, pero además de temerles a estos, siento pánico por su diametralmente opuesta contraparte: los insiders. Sí, aquellos que han hecho de la política y los cargos públicos su vida entera y tienen poco o nada que agregar a la sociedad fuera de ello.

Durante los últimos días, El Salvador ha sido testigo de algo que —francamente— ya sabíamos: nuestros dos partidos principales se parecen demasiado.

El partido opositor se ha dedicado los últimos ocho años a señalar con grandilocuencia la corrupción del FMLN, pero ante el destape de una gran trama de pagos indebidos a algunos de sus exfuncionarios, la mayoría de sus voceros han guardado silencio o, en el peor de los casos, han pretendido excusar la práctica.

Algunos han buscado escapar de la controversia afirmando con cinismo que eso también lo hacen los de hoy. Y sí, es cierto, pero no los vuelve menos cuestionables. En todo caso, los vuelve oportunistas al denunciar la corrupción solo cuando les conviene.

Otros han dicho que prefieren una solución políticamente viable. Con esto, quieren que dejemos de hablar de una alarmante lista de grandes cuadros tricolores que se beneficiaron de pagos bajo la mesa y que mejor discutamos cómo hacer que no vuelva a pasar. Sí, es necesario, pero la reparación y la no repetición pasan por llevar luz donde antes no la había y saber quiénes han actuado de forma cuestionable. Con nombre y apellido.

Otros han guardado silencio sepulcral. Entre estos, muchos jóvenes que saben que hacer olas innecesarias les ganará la expulsión. Lógicamente están cuidando una futura plaza pues han decidido que la política —lejos de ser una vocación de servicio como lo prometieron cuando cantaron su moderna (ja, ja) marcha la primera vez— es una simple profesión donde se hace todo por avanzar.

Y así, hay muchos más. Todos estos son “insiders”, enquistados en el sistema político y cegados completamente por su ambición de tener un cargo público que les garantice un feliz retiro, camionetas, y viajes y trabajos para sus familiares (ejem, David Reyes y Mayteé Iraheta).

El problema de estos no es que sean foráneos al sistema y lo puedan torpedear desde fuera. El problema es que son los de siempre. Es que no importa su edad (ejem, David Reyes y Mayteé Iraheta), traen las mismas prácticas de antaño. El problema es que al ser los corruptos de turno no renuncian y nadie entiende por qué. El problema es que no aceptan su corrupción, solo se excusan y mienten hasta que no les queda de otra. El problema es que ahí se van a quedar y cuando se abran los procesos de primarias durante las siguientes décadas, seguirán haciéndose acompañar por su séquito de aplaudidores y tira-confeti y volverán a comprometerse ante las cámaras con la decencia que en su momento pisotearon.

Los insiders son perniciosos porque no tienen mucho más. Son políticos de profesión y no están dispuestos a soltar sus cargos. Siempre presentes, pero por su patri…monio.

Y cuando algunos se atreven a denunciar el sistema dentro del mismo partido, los califican de “machos sin dueño”, de díscolos insalvables y en reuniones privadas hasta les ofrecen salir humillados… Como traidores.

Y lo peor de todo es que cuando al FMLN le salgan sus propios escándalos —que seguramente van a salir—, los insiders serán los primeros en denunciarlo, en pedir interpelaciones y en tener la más ingrata de las memorias selectivas.

@docAvelar