Ricardo Avelar

ARENA y sus peligrosos “insiders”. De Ricardo Avelar

Los insiders son perniciosos porque no tienen mucho más. Son políticos de profesión y no están dispuestos a soltar sus cargos. Siempre presentes, pero por su patri…monio.

Ricardo Avelar, 31 mayo 2017 / EDH

Durante los últimos años, los ojos de la ciencia política se han colocado sobre un interesante fenómeno.

Las demandas políticas transitan más rápido que la oferta institucionalizada de soluciones, llevando a un descontento de quienes no miran satisfechas sus aspiraciones.

La democracia va lento, pues el sistema ha sido diseñado para tener blindajes y evitar que la emoción de una coyuntura derive en decisiones desastrosas o en el abuso del poder.

Pero esta lentitud, propia de un sistema de frenos y contrapesos, lleva a buscar soluciones fuera de la institucionalidad.

Ahí surgen los outsiders: líderes mesiánicos provenientes de la periferia del sistema político. Son caras frescas, pero pueden resquebrajar la institucionalidad por su vanidad que les lleva a creer que las soluciones están en sus manos. Son los “neo-dictadorcitos cool”.

Son peligrosos, pero además de temerles a estos, siento pánico por su diametralmente opuesta contraparte: los insiders. Sí, aquellos que han hecho de la política y los cargos públicos su vida entera y tienen poco o nada que agregar a la sociedad fuera de ello.

Durante los últimos días, El Salvador ha sido testigo de algo que —francamente— ya sabíamos: nuestros dos partidos principales se parecen demasiado.

El partido opositor se ha dedicado los últimos ocho años a señalar con grandilocuencia la corrupción del FMLN, pero ante el destape de una gran trama de pagos indebidos a algunos de sus exfuncionarios, la mayoría de sus voceros han guardado silencio o, en el peor de los casos, han pretendido excusar la práctica.

Algunos han buscado escapar de la controversia afirmando con cinismo que eso también lo hacen los de hoy. Y sí, es cierto, pero no los vuelve menos cuestionables. En todo caso, los vuelve oportunistas al denunciar la corrupción solo cuando les conviene.

Otros han dicho que prefieren una solución políticamente viable. Con esto, quieren que dejemos de hablar de una alarmante lista de grandes cuadros tricolores que se beneficiaron de pagos bajo la mesa y que mejor discutamos cómo hacer que no vuelva a pasar. Sí, es necesario, pero la reparación y la no repetición pasan por llevar luz donde antes no la había y saber quiénes han actuado de forma cuestionable. Con nombre y apellido.

Otros han guardado silencio sepulcral. Entre estos, muchos jóvenes que saben que hacer olas innecesarias les ganará la expulsión. Lógicamente están cuidando una futura plaza pues han decidido que la política —lejos de ser una vocación de servicio como lo prometieron cuando cantaron su moderna (ja, ja) marcha la primera vez— es una simple profesión donde se hace todo por avanzar.

Y así, hay muchos más. Todos estos son “insiders”, enquistados en el sistema político y cegados completamente por su ambición de tener un cargo público que les garantice un feliz retiro, camionetas, y viajes y trabajos para sus familiares (ejem, David Reyes y Mayteé Iraheta).

El problema de estos no es que sean foráneos al sistema y lo puedan torpedear desde fuera. El problema es que son los de siempre. Es que no importa su edad (ejem, David Reyes y Mayteé Iraheta), traen las mismas prácticas de antaño. El problema es que al ser los corruptos de turno no renuncian y nadie entiende por qué. El problema es que no aceptan su corrupción, solo se excusan y mienten hasta que no les queda de otra. El problema es que ahí se van a quedar y cuando se abran los procesos de primarias durante las siguientes décadas, seguirán haciéndose acompañar por su séquito de aplaudidores y tira-confeti y volverán a comprometerse ante las cámaras con la decencia que en su momento pisotearon.

Los insiders son perniciosos porque no tienen mucho más. Son políticos de profesión y no están dispuestos a soltar sus cargos. Siempre presentes, pero por su patri…monio.

Y cuando algunos se atreven a denunciar el sistema dentro del mismo partido, los califican de “machos sin dueño”, de díscolos insalvables y en reuniones privadas hasta les ofrecen salir humillados… Como traidores.

Y lo peor de todo es que cuando al FMLN le salgan sus propios escándalos —que seguramente van a salir—, los insiders serán los primeros en denunciarlo, en pedir interpelaciones y en tener la más ingrata de las memorias selectivas.

@docAvelar

Maduro y la falacia de la soberanía. De Ricardo Avelar

No se puede hablar de la soberanía de un país si sus ciudadanos no son libres de elegir su proyecto de vida y de nombrar a los representantes que quieran. No hay legitimidad de un sistema si se le ha negado la opinión a quienes tienen algo que señalar a sus gobiernos.

Ricardo Avelar, 10 mayo 2017 / EDH

Hace dos años, el Foro de Sociedad Civil en la Cumbre de las Américas celebrado en Panamá fue testigo de un hecho inédito en varias décadas: por primera vez, delegaciones de Cuba se dieron cita en tan importante evento regional.

No obstante, debido a la difícil situación política del país, la isla tuvo que inscribir dos delegaciones diferentes. Una que representaba a los simpatizantes del régimen encabezado por Raúl Castro y la otra, formada por conocidos opositores, jóvenes activistas por la democracia, representantes de partidos políticos “clandestinos” que abogan por la institucionalidad y artistas que durante una semana ofrecieron conciertos por la paz y la unidad en diferentes puntos de la capital canalera.

Esta era una oportunidad dorada para que ciudadanos de un mismo país pudieran encontrarse y dar un mensaje que su vetusta cúpula de gobierno no ha podido dar: la apertura a ideas opuestas y la tolerancia a puntos divergentes.

Sin embargo, desde el inicio esta tarea se configuró como una odisea inalcanzable. Tanto el encuentro de jóvenes como el de sociedad civil tenían a su cargo redactar sendos comunicados sobre la gobernabilidad democrática en la región. Cuando se plantearon mínimos no negociables, como independencia de poderes, transparencia o ausencia de presos políticos, la delegación castrista tomó la triste decisión de boicotear la sesión.

Entre cantaletas de “gusanos”, “machete que son poquitos” o “cachorros de la oligarquía” (con las que buscan intimidar a sus detractores), los simpatizantes de la prehistórica tendencia de los Castro pusieron en pausa la misión hemisférica de pronunciarse a favor de la democracia y el respeto a los derechos humanos.

Y su única excusa era que debía respetarse la soberanía de Cuba, que “ha elegido” su sistema político, pese a que nadie menor de ochenta años ha votado libremente en ese país.

Dos años después, es Venezuela quien está pasando por una tremenda crisis humanitaria y una represión estatal de condiciones vergonzantes. Durante el último mes, día con día miles de opositores han salido a las principales calles del país a exigir que se convoquen elecciones generales, un restablecimiento del hilo constitucional democrático, la libertad de presos políticos y una salida de la grave escasez de bienes básicos. Y lejos de encontrarse con un gobierno dispuesto a ceder en estas básicas peticiones, se han topado con las balas y las bombas lacrimógenas propias del autoritarismo.

En este contexto, gran parte de la comunidad internacional dejó de anteponer excusas y ha dado un paso decisivo, el decir de forma lapidaria que en Venezuela la democracia no existe y que ahí se ha dado paso a una simple y llana dictadura, que además tiene peligrosos vínculos con grupos criminales.

En ese sentido, los pocos gobiernos que permanecen lambiscones (y los que ejercen una cómplice ambigüedad como el de El Salvador) al barbárico grupo de Maduro hacen alegatos similares a los de la delegación procastrista hace dos años en Panamá: apelan a la soberanía.

Según ellos, exigir elecciones, libertad de presos políticos y un cese a la represión son expresiones imperialistas que buscan matar el sueño de una América libre.

Afortunadamente, la lógica favorece a la causa democrática. Concretamente, la falacia “non-sequitur”, que es aquella que sucede cuando una conclusión no corresponde a sus premisas.

No se puede hablar de la soberanía de un país si sus ciudadanos no son libres de elegir su proyecto de vida y de nombrar a los representantes que quieran. No hay legitimidad de un sistema si se le ha negado la opinión a quienes tienen algo que señalar a sus gobiernos.

La batalla del lenguaje no es suficiente para derrotar a quienes tienen las armas, pero pueden resquebrajar el endeble apoyo popular a estos regímenes producto de la propaganda.

Pero poco a poco se puede romper el mito. Hagámosle un favor a nuestros hermanos venezolanos, cubanos o de cualquier otro país gobernado de manera autoritaria. Si no hay elecciones, si hay presos políticos y se silencia a quienes critican, eso es una dictadura y ahí no hay soberanía, legitimidad o justificación. Al menos eso hagamos en honor de quienes sufren y de quienes han muerto a manos de la violencia estatal.

@docAvelar

Lecciones del fracaso de “Trumpcare”. De Ricardo Avelar

Hay lecciones que aprender del mero diseño político electoral y que podrían ser materia de una profunda reforma política para cambiar el problema de fondo: la débil relación entre representantes y representados y los pobres incentivos que los primeros tienen para responder a la población antes que a su dirigencia.

Ricardo Avelar, 29 marzo 2017 / EDH

A finales de la semana anterior, la joven administración del presidente Donald Trump recibió un duro revés político y es que uno de sus principales buques de batalla, la eliminación del “Obamacare”, no logró siquiera ser votada en la Cámara de Representantes por falta de apoyo incluso de su mismo partido.

Esto podría parecer sorprendente si se considera que en noviembre de 2016, las elecciones no solo le dieron al Partido Republicano la presidencia, sino la mayoría en ambas Cámaras del Congreso de Estados Unidos.

Sin embargo, en ese país una mayoría legislativa por sí misma no asegura el aval automático de una agenda de gobierno. Este nivel de incertidumbre es el que vuelve más sólido este sistema.

Por incertidumbre no me refiero a la falta de rumbo claro de país, sino a la incapacidad de cualquier actor de dar su poder por sentado. Ni el mismo Trump, con un panorama en apariencia positivo, ha podido hacerse de éxitos en importantes frentes como su reforma sanitaria o sus medidas migratorias, estas últimas detenidas por orden judicial.

Esta incertidumbre lleva a negociar constantemente y a tener que buscar acercamientos con propios y extraños. Por ejemplo, se prevé que senadores Republicanos busquen a al menos colegas 10 demócratas para superar un “filibuster” en la nominación del abogado Neil Gorsuch a la Corte Suprema de Justicia.

Algo que en El Salvador parecería absurdo y casi imposible -romper las líneas partidarias y ganar apoyos fundamentales para promover una agenda- en Estados Unidos es una práctica común, aceptada y altamente estratégica para cualquier gobierno que pretenda sobrevivir y ser relevante.

El fracaso del “Trumpcare” nos muestra que en Estados Unidos los partidos políticos no tienen el monopolio de la conciencia de sus legisladores y que estos se deben primero a sus electores (su “constituency”). En teoría, y amparado en el 125 de la Constitución, en El Salvador así debería funcionar, pero vivimos en el país donde valen más las “onzas de lealtad” que las “100 libras de inteligencia”.

Ante esto, hay lecciones que aprender del mero diseño político electoral y que podrían ser materia de una profunda reforma política para cambiar el problema de fondo: la débil relación entre representantes (diputados) y representados (ciudadanos) y los pobres incentivos que los primeros tienen para responder a la población antes que a su dirigencia.

En Estados Unidos la Cámara Baja del Legislativo se integra por circunscripciones uninominales. Es decir, un territorio elige únicamente a un diputado. Este diputado, por ende, sabe que es fácil de culpar si traiciona las aspiraciones de sus electores y estos últimos por su parte, saben que la responsabilidad de una mala administración no se diluye: la culpa le pertenece a uno solo.

En El Salvador, con circunscripciones plurinominales, un ciudadano no sabe realmente quién le representa. Esto le permite a cualquier diputado escudarse en las líneas partidarias antes que hacer un verdadero ejercicio de acercamiento a su “constituency” para entender sus aspiraciones. Además, favorece la ignorancia racional, pues el costo de aprenderse 24 diputados (como es el caso de San Salvador) supera cualquier ánimo de ser un ciudadano activo.

Un revés político importante como el de Trump con su reforma sanitaria es prácticamente imposible en nuestro país, donde la legítima disidencia es entendida como traición y los partidos le temen a sus “machos sin dueño” que osan contradecir la línea oficial.

Indudablemente, El Salvador ha avanzado gracias a atinadas sentencias en materia electoral de la Sala de lo Constitucional, pero mientras haya una representación tan difusa entre diputados y ciudadanos, el Legislativo será muy predecible y poco abierto a la innovación y un verdadero debate político.

Sin incentivos para representar a los votantes, los diputados terminarán cayendo en la mediocridad de pensar que votar diferente es “deslealtad” y un motivo para sentirse “ofendido”, como en su momento dijo un jefe de bancada sobre un legislador joven que no se alineó con su fracción.

Ofendidos deberíamos estar nosotros, por ese gregarismo insensato, tan presente en el partido “revolucionario” (más pendiente del status quo) como en el partido “de las libertades” (pero fanático de la censura).

@docAvelar

Batear pelotas de playa. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar, 15 marzo 2017 / EDH

Hace unos años, un liberal dominicano visitó el país para dar unas charlas sobre economía política. Después de escucharle disertar y someter sus ideas al debate y el cuestionamiento de jóvenes académicos, aún me quedaba una pregunta, quizá la más importante.

En uno de los recesos, lo abordé y le dije que en los años de conocerlo había tenido esta duda fundamental y que, aprovechando el espacio, al fin iba a poder externarla.

Le dije: ¿Por qué es que los dominicanos son tan buenos al béisbol -o como ellos lo llaman, la pelota? Él rió, sabiendo que además de los temas políticos, una gran pasión en mi vida es ese deporte.

Con simpleza y un colorido acento caribeño, me dijo: en Dominicana cuando eres niño te enseñan a batear una tapita de gaseosa con una escoba. Si logras hacer eso, puedes batear cualquier cosa, “elmano”. Yo, consciente de mi torpeza y de mi exclusiva calidad de fanático por televisión, le confesé que no podría batear ni una pelota de playa.

Estas últimas son tan grandes, llamativas y con un vuelo tan predecible que nadie debería tener una excusa para un swing fallido. Pero hay quienes no logran batearlas.

Y así es la política a veces.

Hay situaciones políticas que colocan a un gobernante en tal debilidad que su contraparte tiene el éxito asegurado solo por existir pues la mitad del camino la ha recorrido quien ostenta el poder al equivocarse tanto.

Pero de todo hay en la vida política e incluso donde se gobierna con visible ineptitud hay partidos de oposición que no solo no logran capitalizar estos fracasos, sino que suman el dudoso mérito de generar episodios de mayor repulsión que quien administra pobremente la cosa pública.

En términos sencillos, a estos opositores se les tira una pelota de playa fácil de batear y sorpresivamente hacen strike. Eso está pasando en El Salvador.

Durante los últimos siete -casi ocho- años, el partido de gobierno ha dejado un sinsabor a los menos radicales de quienes lo eligieron y es que en lugar de configurarse como una alternativa a la forma de gobernar del pasado, se convirtieron en un poco más de lo mismo con diferentes eslóganes.

Favorecer los negocios de los amigotes, el abuso de las bisagras legislativas y los madrugones son solo algunos de los más nefastos símiles de un partido que era excelente en criticarlos pero inútil de corregir el camino una vez llegó al poder.

Asimismo, el verticalismo y la ortodoxia con las que el FMLN se ha conducido y la poca apertura a espacios de innovación política deberían situar a ARENA como la alternativa lógica para un sector progresista de la población.

Sin embargo, el partido tricolor ha decidido transitar hacia otra senda, a la de cerrar filas en sus alas más conservadoras, alejando a quienes actúan diferente y cuidándose excesivamente de los que denominan “machos sin dueño”. ¡Vaya forma de desperdiciar una oportunidad histórica!
Con un poco de humildad intelectual y sentido crítico -o simplemente con tener la más mínima consciencia-, cualquiera se da cuenta que este es un país cambiante, que las costumbres de antaño no son pétreas y que los temas tabú del pasado ahora admiten y exigen discusión.

Pero el miedo a perder los privilegios del pasado, el temor a la innovación política y el excesivo conservadurismo de una cúpula terminan alejando a los renovadores. Entonces, ante los constantes traspiés del gobierno, en lugar de ser la opción lógica, los areneros se han convertido en la constatación de que esta clase política está pudriéndose mientras vive de viejas glorias e himnos retrógrados.

Mis pobres destrezas para el béisbol son solo comparables con las de ellos al hacer política. Sería tan fácil un home run político con apertura, debate, transparencia y humildad. Pero cerrarle las puertas al experimento de innovación más interesante que han tenido en años, exigir a sus precandidatos una militancia mínima y acercarse progresivamente a una derecha conservadora que está dejando de representar al país equivale a no saber batear la más grande de las pelotas de playa.

Años después de esa conversación con mi amigo dominicano, ya no me siento tan torpe.

@docAvelar

Los liberales y O.J. Simpson. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar es director ejecutivo de CREARicardo Avelar, 2 marzo 2017 / EDH

¿Fue o no fue O. J. Simpson el asesino de su exesposa Nicole Brown y de Ronald Goldman?

Desde 1994, esa ha sido una de las interrogantes principales no solo en el aparato judicial estadounidense sino en millones de personas que han dado seguimiento al que fue apodado el “caso del siglo”.
Orenthal James Simpson fue, hasta el sonado homicidio, uno de los jugadores más talentosos y laureados del fútbol americano, habiendo ganado el trofeo Heisman de este deporte a nivel universitario y logrando números impresionantes como un acarreador profesional con los Bills de Búfalo y los Niners de San Francisco.

diario hoySin embargo, logró fama mundial cuando fue acusado de perpetrar el sangriento asesinato de su exesposa Nicole Brown y Ronald Goldman. Este suceso ha sido inmortalizado en múltiples películas, series libros y documentales y hasta el mismo Simpson, hoy preso por otro tema, ha comentado cuáles le gustan y cuáles no.

Una de las representaciones más recientes del caso es “American Crime Story: The People vs. OJ Simpson”, que en diez capítulos expone la perspectiva de los fiscales y los defensores.

Haciendo uso de múltiples “licencias creativas” y más de alguna exageración, esta serie logra transmitir una lección importante del caso Simpson: que más allá de buscar a un culpable o un inocente por medio de la verdad, el gran reto de ambos bandos en la corte fue contar una historia que tuviera sentido, para el jurado y para el juez.

¿Por qué traigo este caso a colación?

Hace unos días, tuve el gusto de participar en unos debates sobre políticas públicas desde una perspectiva liberal junto a algunos académicos de diferentes rincones de América Latina y España.

En estas discusiones, donde se habló de temas tan diversos como el rol del Estado, el alcance de las decisiones públicas, la sostenibilidad en el tiempo de algunas políticas y mediciones del desempeño de estas, un tema llamó poderosamente nuestra atención.

El liberalismo, que históricamente ha situado bajo los reflectores de la opinión pública temas importantísimos para cuestionar, reforzar o cambiar, enfrenta duras batallas en la opinión pública a pesar de que en muchas ocasiones los puntos que trata tienen sentido técnico y están basados en evidencia.

La moderación en el gasto público, los incentivos que la propiedad privada traen para la conservación de bienes, las virtudes del comercio libre, el respeto a la voluntad de las mayorías sin menoscabo del derecho de las minorías, la tolerancia y las fronteras abiertas son algunos de los temas donde hay suficiente evidencia para considerar que son batallas ganadas por la humanidad y puntos de partida que deberíamos dar por sentados.

Pero esto no es así. No obstante la abrumadora comprobación de éxito que existe sobre estas y otras batallas liberales, estas siempre se las ven difíciles ante sus detractores que, a veces sin evidencia, son capaces de derribarlas con solo articular una narrativa contraria que sea atractiva y popular.

Si el caso de O.J. Simpson nos enseña algo a los liberales es que, además de aproximarnos a la razón en algunos temas, debemos saber narrarlos, saber generar empatía y que estos tengan sentido en un plano intelectual y en uno racional.

Como dijo otro participante de los debates a los que asistí, “hay que ganar la batalla cultural y no solo la economicista”. De no hacerlo, nos veremos forzados a permanecer aislados de la relevancia en el debate político, conscientes de que podíamos proveer soluciones a los problemas más apremiantes pero consternados porque nadie nos escucha.

Si los liberales perdemos la batalla cultural, estamos en riesgo de sacrificar el potencial de nuestros países en materia de progreso y libertades, dando paso a una serie de ideas destructivas -que tanto provienen de la izquierda como de la derecha- cuya legitimidad reside en muchos casos en la arenga, el panfleto y el eslogan.

En términos sencillos, como dice el chileno Ángel Soto, “aprendamos a contar cuentos y no solo a sacar cuentas”.

Nuestro día de la marmota. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar, 15 febrero 2017 / EDH

Cada dos de febrero, en Punxsutawney, Pensilvania, se celebra el “Día de la marmota” (Groundhog Day), en el cual uno de estos roedores llamado Phil predice si el invierno estadounidense se alargará o si se apresurará la llegada de la primavera.

Esta tradición le ha producido mucha atención a este pueblo de no más de 6,300 habitantes, el cual por un día es el centro de la atención de los meteorólogos de todo el país y de los encargados de notas curiosas que siempre dan a conocer nuevos datos del ahora mítico Punxsutawney.

diario hoyEn 1993, el actor Bill Murray protagonizó una película en honor a este día y terminó de darle la popularidad que ahora goza. En esta, el meteorólogo Phil Connors, quien es enviado a cubrir este evento, se ve obligado a quedarse una noche más en el pueblo tras una nevada que le impide salir.

Sin embargo, al amanecer algo extraño sucede. En lugar de estar en el 3 de febrero, después del show de Phil, el meteorólogo vive una constante repetición del dos de febrero: vuelve a ver el mismo acto de la marmota, se encuentra a la misma gente y todo transcurre como el día anterior.

El Salvador fácilmente podría adaptar este galardonado filme. Creo que el escenario perfecto sería en torno a las constantes -y torpes- discusiones sobre la situación fiscal del país. La trama es más o menos así:

Parte 1, la crisis: El gobierno se empieza a quedar sin liquidez. Con esto, peligra el pago de las pensiones, el pago a proveedores del Estado o la asignación que se hace a las alcaldías. Los salarios públicos no llegan a tiempo y si esto sucede a final de año, los aguinaldos tampoco.

Ante esto, viene una avalancha de opiniones. Por un lado, voceros del sector público ven necesario aumentar el endeudamiento para cubrir los vacíos previamente anunciados. De no ser así, amenazan con más impuestos y recurren a la confiable historia de la baja recaudación.

La oposición contesta, diciendo que esta no es la primera crisis, que ya les ofrecieron responsabilidad fiscal, que no cumplieron y que no volverán a aprobar más fondos. La sociedad civil pide no solo hablar de la recaudación, sino cuestionar cómo se ejecuta el dinero recaudado.

Parte 2, la predicción: Cada vez que el gobierno anuncia crisis, una oleada de analistas son consultados en los diferentes medios. Como siempre, las preguntas de rigor giran en torno a qué tan mal estamos, todo lo que está en riesgo y si esta vez la oposición dará sus votos para nuevos préstamos.

Generalmente, se piensa que la polarización impedirá el logro de nuevos acuerdos y que se avecina un invierno fiscal muy largo y peligroso para el país.

Parte 3, el realismo mágico: Por estrategia electoral, persuasión o ingenuidad, no sé, pero en el punto más álgido del impasse fiscal, cuando nada parece moverse y después de montar mesas protocolarias, se obtienen los votos necesarios para las emisiones que el gobierno solicita.

A veces, la oposición cede, pero amenaza con no volver a apoyar. A veces, algunos diputados rompen filas con sus partidos y se unen al plan del gobierno. A veces se negocian cláusulas de sensatez en el gasto. Estas últimas casi nunca se cumplen.

Tras el mágico acto de concertación, se vuelve a radicalizar la política. El gobierno no necesita más a la oposición y deja de “hablarles bonito”. Los opositores, por su parte, prometen no volver a dejarse engañar.

Parte 4, viene (otra) crisis: el gobierno se terminó el dinero empieza a quedar sin liquidez… Y así sucesivamente. La duda: ¿es una nueva crisis o se volvió a amanecer en la anterior?

La película de Bill Murray fue un éxito rotundo y es indudablemente un clásico para su día de descanso. Por otra parte, nuestro Día de la Marmota fiscal está condenado a un fracaso, pues habrá un día donde a pesar de la insistencia del gobierno y la ingenuidad de la oposición, ya no habrá soluciones y ahí la predicción será una sola: nuestra crisis será muy, muy larga.

@docAvelar

Neodictadorcitos. De Ricardo Avelar

ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 1 febrero 2017 / EDH

Hace unas semanas en este mismo espacio ofrecí una clasificación de tipos de políticos con el objetivo de ser más acuciosos al analizar y vigilar a nuestros funcionarios.

En esta incluí a los líderes poco efectivos y sin compromiso democrático, quienes tienen un déficit de resultados y además buscan suprimir las garantías y libertades de la ciudadanía.

diario hoyPor otro lado, están los líderes no efectivos con actitudes democráticas. Estos son idealistas que pese a su vinculación con el ideal republicano, son incapaces de lograr acuerdos políticos que lleven a un cambio. También están los efectivos y con actitudes democráticas.

Estos son deseables, pues tienen la capacidad de alcanzar resultados sustanciales sin dejar de lado el respeto a la legalidad y la institucionalidad.

Sin embargo, los que más generan preocupación son aquellos que son efectivos en su gestión, con capacidad de dejar tras de sí avances visibles, pero tienen un profundo desapego con el Estado de Derecho y aquellas garantías que vuelven enriquecedora la vida en democracia. Estos tienden a considerar que la institucionalidad entorpece la agilidad de su liderazgo y están dispuestos a rearmar las normas para ponerlas en función de su personalidad y sus caprichos.

Inicialmente, estos personajes gozan de legitimidad pues ofrecen respuestas rápidas visibles a sectores significativos del electorado. Suelen, además, tener éxito cuando se les compara con los lentos y atribulados procesos anteriores, máxime si se enmarcan en sociedades polarizadas con poca innovación política.

En su incipiente sentido de victoria, tienden a enamorarse del poder. La mera constatación de que su voluntad fácilmente se vuelve vinculante y debe ser respetada por la ciudadanía exacerba la peligrosa vanidad.

Cuando escribí de esa clasificación -básica, lo admito, pero más compleja de lo que tenemos en la actualidad- lo hice esperando que reflexionemos en una peligrosa actitud en la que usualmente caemos como electores: el devastador utilitarismo en el que nos importa poco la democracia sin con algo nos complacen.

Esto porque tendemos a pensar que la institucionalidad es una condición de lujo, tan importante como los asientos de cuero en un carro: “agradable, pero no siempre necesaria”. Por ello, ante una crisis o una situación complicada, nos mostramos dispuestos a sacrificar garantías y procedimientos por ver resultados efectivos.

En los doce días que lleva como presidente de los Estados Unidos, por ejemplo, Donald Trump ha iniciado su mandato en medio de tremendas controversias y pretendiendo avalar con decretos ejecutivos algunas barbaridades que no sobrevivirían el debate legislativo, tan necesario para dotar de legitimidad y pluralidad las decisiones políticas.

Y con esos mecanismos está promoviendo una agenda de miedo y aislacionismo peligrosa para el resto del mundo, el cual ha crecido de forma acelerada con el advenimiento de la globalización y las fronteras y mercados abiertos.

En medio de esas polémicas acciones, ha sido astuto el inquilino de la Casa Blanca, dando concesiones a quienes de otra forma se opondrían al instante por sus órdenes ejecutivas. A los más conservadores, por ejemplo, les concedió la gracia de anunciar el fin del financiamiento de organizaciones que “promueven el aborto” (decirlo así sería un grosero simplismo, pues hacen una tarea más profunda y constructiva) en otros países. Y a los más liberales les ha hecho obviar sus desaciertos promoviendo algunos recortes de impuestos y la reducción regulatoria.

Con ello, su exagerada agenda se ha visto minimizada por quienes selectivamente están ignorando el peligroso camino en que lleva al país y que se han preocupado por “recoger las migajas políticas” que ofrece Trump.

A diferencia de los autoritarismos de antaño, estos neodictadorcitos efectivos son más dañinos porque cuentan con el aplauso, la venia y la validación de parte la sociedad civil.

A Trump, por ende, lo vuelve peligroso su afán de poder sin límites y lo vuelve devastador toda la gente que de forma miope le celebra logros entre un mar de abusos de poder, mentiras y ataques a la prensa que lo cuestiona.

Esto es relevante para El Salvador por lo mucho que dependemos de Estados Unidos y porque aquí, lastimosamente, una de las “promesas políticas” se comporta de forma muy similar a la del irritable y anaranjado presidente americano.

@docAvelar