Ricardo Avelar

Nuestro día de la marmota. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar, 15 febrero 2017 / EDH

Cada dos de febrero, en Punxsutawney, Pensilvania, se celebra el “Día de la marmota” (Groundhog Day), en el cual uno de estos roedores llamado Phil predice si el invierno estadounidense se alargará o si se apresurará la llegada de la primavera.

Esta tradición le ha producido mucha atención a este pueblo de no más de 6,300 habitantes, el cual por un día es el centro de la atención de los meteorólogos de todo el país y de los encargados de notas curiosas que siempre dan a conocer nuevos datos del ahora mítico Punxsutawney.

diario hoyEn 1993, el actor Bill Murray protagonizó una película en honor a este día y terminó de darle la popularidad que ahora goza. En esta, el meteorólogo Phil Connors, quien es enviado a cubrir este evento, se ve obligado a quedarse una noche más en el pueblo tras una nevada que le impide salir.

Sin embargo, al amanecer algo extraño sucede. En lugar de estar en el 3 de febrero, después del show de Phil, el meteorólogo vive una constante repetición del dos de febrero: vuelve a ver el mismo acto de la marmota, se encuentra a la misma gente y todo transcurre como el día anterior.

El Salvador fácilmente podría adaptar este galardonado filme. Creo que el escenario perfecto sería en torno a las constantes -y torpes- discusiones sobre la situación fiscal del país. La trama es más o menos así:

Parte 1, la crisis: El gobierno se empieza a quedar sin liquidez. Con esto, peligra el pago de las pensiones, el pago a proveedores del Estado o la asignación que se hace a las alcaldías. Los salarios públicos no llegan a tiempo y si esto sucede a final de año, los aguinaldos tampoco.

Ante esto, viene una avalancha de opiniones. Por un lado, voceros del sector público ven necesario aumentar el endeudamiento para cubrir los vacíos previamente anunciados. De no ser así, amenazan con más impuestos y recurren a la confiable historia de la baja recaudación.

La oposición contesta, diciendo que esta no es la primera crisis, que ya les ofrecieron responsabilidad fiscal, que no cumplieron y que no volverán a aprobar más fondos. La sociedad civil pide no solo hablar de la recaudación, sino cuestionar cómo se ejecuta el dinero recaudado.

Parte 2, la predicción: Cada vez que el gobierno anuncia crisis, una oleada de analistas son consultados en los diferentes medios. Como siempre, las preguntas de rigor giran en torno a qué tan mal estamos, todo lo que está en riesgo y si esta vez la oposición dará sus votos para nuevos préstamos.

Generalmente, se piensa que la polarización impedirá el logro de nuevos acuerdos y que se avecina un invierno fiscal muy largo y peligroso para el país.

Parte 3, el realismo mágico: Por estrategia electoral, persuasión o ingenuidad, no sé, pero en el punto más álgido del impasse fiscal, cuando nada parece moverse y después de montar mesas protocolarias, se obtienen los votos necesarios para las emisiones que el gobierno solicita.

A veces, la oposición cede, pero amenaza con no volver a apoyar. A veces, algunos diputados rompen filas con sus partidos y se unen al plan del gobierno. A veces se negocian cláusulas de sensatez en el gasto. Estas últimas casi nunca se cumplen.

Tras el mágico acto de concertación, se vuelve a radicalizar la política. El gobierno no necesita más a la oposición y deja de “hablarles bonito”. Los opositores, por su parte, prometen no volver a dejarse engañar.

Parte 4, viene (otra) crisis: el gobierno se terminó el dinero empieza a quedar sin liquidez… Y así sucesivamente. La duda: ¿es una nueva crisis o se volvió a amanecer en la anterior?

La película de Bill Murray fue un éxito rotundo y es indudablemente un clásico para su día de descanso. Por otra parte, nuestro Día de la Marmota fiscal está condenado a un fracaso, pues habrá un día donde a pesar de la insistencia del gobierno y la ingenuidad de la oposición, ya no habrá soluciones y ahí la predicción será una sola: nuestra crisis será muy, muy larga.

@docAvelar

Neodictadorcitos. De Ricardo Avelar

ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 1 febrero 2017 / EDH

Hace unas semanas en este mismo espacio ofrecí una clasificación de tipos de políticos con el objetivo de ser más acuciosos al analizar y vigilar a nuestros funcionarios.

En esta incluí a los líderes poco efectivos y sin compromiso democrático, quienes tienen un déficit de resultados y además buscan suprimir las garantías y libertades de la ciudadanía.

diario hoyPor otro lado, están los líderes no efectivos con actitudes democráticas. Estos son idealistas que pese a su vinculación con el ideal republicano, son incapaces de lograr acuerdos políticos que lleven a un cambio. También están los efectivos y con actitudes democráticas.

Estos son deseables, pues tienen la capacidad de alcanzar resultados sustanciales sin dejar de lado el respeto a la legalidad y la institucionalidad.

Sin embargo, los que más generan preocupación son aquellos que son efectivos en su gestión, con capacidad de dejar tras de sí avances visibles, pero tienen un profundo desapego con el Estado de Derecho y aquellas garantías que vuelven enriquecedora la vida en democracia. Estos tienden a considerar que la institucionalidad entorpece la agilidad de su liderazgo y están dispuestos a rearmar las normas para ponerlas en función de su personalidad y sus caprichos.

Inicialmente, estos personajes gozan de legitimidad pues ofrecen respuestas rápidas visibles a sectores significativos del electorado. Suelen, además, tener éxito cuando se les compara con los lentos y atribulados procesos anteriores, máxime si se enmarcan en sociedades polarizadas con poca innovación política.

En su incipiente sentido de victoria, tienden a enamorarse del poder. La mera constatación de que su voluntad fácilmente se vuelve vinculante y debe ser respetada por la ciudadanía exacerba la peligrosa vanidad.

Cuando escribí de esa clasificación -básica, lo admito, pero más compleja de lo que tenemos en la actualidad- lo hice esperando que reflexionemos en una peligrosa actitud en la que usualmente caemos como electores: el devastador utilitarismo en el que nos importa poco la democracia sin con algo nos complacen.

Esto porque tendemos a pensar que la institucionalidad es una condición de lujo, tan importante como los asientos de cuero en un carro: “agradable, pero no siempre necesaria”. Por ello, ante una crisis o una situación complicada, nos mostramos dispuestos a sacrificar garantías y procedimientos por ver resultados efectivos.

En los doce días que lleva como presidente de los Estados Unidos, por ejemplo, Donald Trump ha iniciado su mandato en medio de tremendas controversias y pretendiendo avalar con decretos ejecutivos algunas barbaridades que no sobrevivirían el debate legislativo, tan necesario para dotar de legitimidad y pluralidad las decisiones políticas.

Y con esos mecanismos está promoviendo una agenda de miedo y aislacionismo peligrosa para el resto del mundo, el cual ha crecido de forma acelerada con el advenimiento de la globalización y las fronteras y mercados abiertos.

En medio de esas polémicas acciones, ha sido astuto el inquilino de la Casa Blanca, dando concesiones a quienes de otra forma se opondrían al instante por sus órdenes ejecutivas. A los más conservadores, por ejemplo, les concedió la gracia de anunciar el fin del financiamiento de organizaciones que “promueven el aborto” (decirlo así sería un grosero simplismo, pues hacen una tarea más profunda y constructiva) en otros países. Y a los más liberales les ha hecho obviar sus desaciertos promoviendo algunos recortes de impuestos y la reducción regulatoria.

Con ello, su exagerada agenda se ha visto minimizada por quienes selectivamente están ignorando el peligroso camino en que lleva al país y que se han preocupado por “recoger las migajas políticas” que ofrece Trump.

A diferencia de los autoritarismos de antaño, estos neodictadorcitos efectivos son más dañinos porque cuentan con el aplauso, la venia y la validación de parte la sociedad civil.

A Trump, por ende, lo vuelve peligroso su afán de poder sin límites y lo vuelve devastador toda la gente que de forma miope le celebra logros entre un mar de abusos de poder, mentiras y ataques a la prensa que lo cuestiona.

Esto es relevante para El Salvador por lo mucho que dependemos de Estados Unidos y porque aquí, lastimosamente, una de las “promesas políticas” se comporta de forma muy similar a la del irritable y anaranjado presidente americano.

@docAvelar

¡Qué fea está la reconciliación! De Ricardo Avelar

c2qzjswwgaak7b9-jpg_large
Ya pasaron las fotografías, los fuegos artificiales y las cancioncillas del evento y es momento de señalar al “elefante en la habitación” y discutir lo obvio, lo que todos estamos pensando: ¡La reconciliación luce genuinamente fea!

ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 18 enero 2017 / EDH

Esta semana, El Salvador conmemora el vigésimo quinto aniversario de la firma de los Acuerdos de Paz y, siendo justos, hay bastante que celebrar.

El fin de las abusos a los derechos humanos por parte de ambos bandos, el cese de reclutamiento de menores para nutrir el campo de batalla, la no interferencia de los militares en la política y la capacidad de disentir sin miedo a la desaparición física son solo algunos de los beneficios que nos trajo el proceso que cerró el conflicto.

Sin embargo, una vez firmada la paz, vino un nuevo y generalmente más tortuoso camino: el de la reconciliación entre todas las fuerzas vivas del país.

diario hoyEn ese marco, el pasado domingo 15 de enero el Gobierno inauguró el Monumento a la Reconciliación, entre grandilocuentes referencias a la paz y llamados al diálogo y a cerrar heridas que tras un cuarto de siglo permanecen latentes.

Ya pasaron las fotografías, los fuegos artificiales y las cancioncillas del evento y es momento de señalar al “elefante en la habitación” y discutir lo obvio, lo que todos estamos pensando: ¡La reconciliación luce genuinamente fea!

Y no me refiero exclusivamente al monumento, aunque debemos ser francos y hacerle saber a los responsables que además de estar ubicado en un sitio inconveniente, la estatua principal del complejo es tosca y nos provoca desde risa hasta algo de vergüenza.

No obstante, seríamos afortunados si el desacierto urbanístico fuera el principal de nuestros problemas en el país. La paz aún tiene grandes deudas.

En todos los actos, por ejemplo, se ha hablado del diálogo y la concertación, pero habrá que preguntarnos cuánto pasará antes que el presidente y el partido de gobierno vuelvan a insultar y denigrar a funcionarios que ejercen control de los actos políticos o cuánto pasará antes que ARENA se muestre inflexible y caprichosa en algunas de sus posturas. O sea, cuánto falta para reanudar el juego de niños en el que se ha convertido la búsqueda de acuerdos políticos.

Otro punto celebrado es el final de la violencia sistemática como la respuesta primordial del Estado. Sin embargo, esta celebración se da mientras hay ejecuciones y abusos de autoridad que se disfrazan de “enfrentamientos”, los cuales lejos de solucionar la inseguridad con políticas integrales, extienden el miedo y el manodurismo. Asimismo, mientras se habla de sensatez, un legislador propone penas excesivas para el aborto, buscando demagógicamente el aplauso de un sector particular pero obviando que es una problemática más compleja y que no solo se resuelve con el duro -pero desigual- mazo de la justicia.

El sistema de partidos también es una herencia de la paz y ha logrado trasladar la confrontación armada al plano institucional. Sin embargo, de los idearios se ha pasado a la mera conveniencia y a la práctica de ambos partidos mayoritarios de resolver con prebendas a los “partidos bisagras” lo que no pueden dirimir con un diálogo constructivo.

Y gran parte de la ciudadanía, que adquirió la libertad de opinar y disentir, tiende a avalar toda respuesta violenta y desproporcionada, e incluso ve con buenos ojos que se le limiten garantías para solucionar problemas, como si los poderes públicos no tuvieran la tendencia natural a abusar de sus funciones. Vale advertir, como dijo la famosa senadora Padme, que “así es como muere la libertad, con un estruendoso aplauso” de quienes no temen darle más poderes al Estado.

En fin, no reconocer el logro de los Acuerdos de Paz sería ingrato e irresponsable, pero querer ignorar que la reconciliación tiene una cara fea puede ser devastador.

Ojalá rectifiquemos como país. Que los partidos abandonen la mezquindad de buscar solo sus intereses con réditos exclusivos a inmediato plazo. Ojalá la ciudadanía asuma su rol de vigilante del poder. Ojalá los medios denunciemos con audacia y sin sesgos los abusos. Ojalá la comunidad internacional tenga siempre un sentido crítico al analizar lo que nuestro gobierno hace.

Si es así, la única cara fea de la reconciliación será ese armatoste verdoso que dejaron ahí.

@docAvelar

Amigos, lo reconozco: les he fallado. De Ricardo Avelar

ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 4 enero 2017 / EDH

Estimados todos,
Hace un año, en este mismo espacio publiqué una serie de compromisos y resoluciones que iba a tratar de mantener para llevar una vida al menos un poco digna y alejada de escándalos a lo largo de 2016. En esta, traté de trazar una ruta de sensatez, racionalidad y buen uso de mis recursos, los cuales rara vez produzco por mi cuenta. Además, hice un intento por ser más confiable y dejar de defraudar a quienes dependen de mí.

diario hoyA doce meses de esos compromisos, más por honestidad que por voluntad, deseo hacer un balance de aquello que prometí y lo que realmente hice. Si llegasen a juzgarme por el resultado del balance, no tendré más que comprenderlo.

Aquí algunas de mis promesas de 2016:

Ponerme a dieta: En su momento admití haber sido indisciplinado, creciendo bastante más de lo que debía, afectando a quienes me rodeaban por lento y poco colaborador, retrasando las labores de los demás.

¿Cumplí? No, para nada. De hecho, continué mi espiral de crecimiento y ustedes siguen cargando con los costos de mis hábitos y añorando los tiempos en que fui más esbelto y colaborador.

Gastar menos: A inicios de 2016 admití que no vivo consecuente a mi realidad, que pretendo parecerme a quienes admiro y termino hundido en profundas crisis de cuando en cuando. En su momento me comprometí con un mejor uso de mis recursos para no dañarme ni comprometer a quienes me rodean.

¿Cumplí? Lejos de hacerlo, es el área donde peor me fue. Ignoré por completo la austeridad, mantuve a mis amiguitos con prebendas exageradas y me resistí a aceptar que tenía un problema. El año lo terminé vergonzosamente rogando por maniobras financieras exageradas, casi suicidas. No sé por qué se me confía dinero si soy pésimo administrador. Me da vergüenza, pero en público defiendo todas mis acciones y a veces les culpo a ustedes por no darme más recursos.

Abandonar los malos hábitos: Quise comprometerme a dejar mi estilo de vida acelerado, despreocupado y de fiesta con finos licores y detalles extravagantes.

¿Cumplí? No. Gasté miles de dólares en lujos y festejos pese a que incluso mis jefes me lo prohibieron. Tengo hábitos peligrosos, amigos, y los hago responsables de mis excesos.

Decir la verdad: Para 2016, quise ser honesto y dejar de fabricar excusas, medias verdades y subterfugios. Además, les prometí dejar de asignar a otros la responsabilidad de mis actos ante la posibilidad de ser descubierto. También les dije que quiero ser más humilde y no colocarme siempre a la defensiva. Me urgía dejar de rivalizar con quienes pretenden auxiliarme y empezar a reconocer que mi conocimiento es limitado, pero el alcance de mis pésimas decisiones es incalculable en muchas ocasiones.

¿Cumplí? Definitivamente no, y me da pena porque muchos me extendieron su mano. Yo les acusé a lo largo del año. Los ridiculicé, los insulté, los dañé, todo por no aceptar mis inseguridades y mis errores. Por el contrario, cada vez que tuve algunos dólares después de algún festejo, los utilicé en pagar la voluntad de escribidores que me apoyaran incondicionalmente. No soy honesto, no soy confiable, cuánta vergüenza.

Amigos, además de no haber cumplido mis promesas para 2016, caí en una conducta incluso peor, que no había previsto. Verán, por alguna razón me he rodeado de malas compañías y aunque no puedo culparlas de mi comportamiento, puedo decir que influyen en alejarme de una senda más correcta. Algunos de mis cuestionables contactos se metieron en problemas y lejos de ponerme del lado de la verdad y la justicia, les defendí como pude y hasta cubrí sus actos.

Hoy, a inicios de 2017, puedo confesarles con más pena que gloria que lejos de haberme portado a la altura de mis promesas y aspiraciones, continué una racha de comportamiento errático. Yo sé que no estoy en posición de pedir su confianza, así que les pido que sigan diciéndome lo que opinan y conversándolo entre ustedes. Algún día, así sea por vergüenza, lo comprenderé y quizá llegue a rectificar.

Con dolor,

Firma: El Estado salvadoreño

-¿Cuántas cartas de resoluciones fallidas hacen falta para que nos demos cuenta de que, por sí solo, el comportamiento de nuestro Estado no cambiará?

@docAvelar

¿Año de la antipolítica? De Ricardo Avelar

ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 21 diciembre 2016 / EDH

Han pasado ya casi seis años del inicio del periodo más agitado de la historia política reciente.

Con el advenimiento de nuevas formas de comunicarse y el acercamiento de los funcionarios a los ciudadanos por medio de redes sociales -además de una inusitada capacidad de convocatoria-, 2011 se constituyó como el primer año de la sociedad civil.

Desde las calles de Túnez, pasando por la Plaza del Tahrir en El Cairo y hasta algunos parques en Madrid y San Salvador, ese año dio muestras de una verdadera indignación global por cómo se manejaba la cosa pública y parecía que por fin la ciudadanía se apropiaba de sus espacios.

diario hoyEn el norte de África, en ese año cayeron los regímenes de Ben Ali en Túnez, Hosni Mubarak en Egipto y Muammar Gaddafi en Libia. El mundo explotó temporalmente en júbilo al ver que una de las regiones más propensas a los caudillos estaba empezando a expulsarlos.

Sin embargo, años después vemos que todos los indicadores de institucionalidad, estado de derecho e incluso seguridad han desmejorado en estos países. ¿No fueron suficientes las primaveras? ¿Qué hizo falta?

Hago esta reflexión a diez días del final de un turbulento 2016 en El Salvador. En los últimos doce meses, acompañados de una Fiscalía firme, una Corte Suprema valiente y poderosas herramientas de acceso a la información, se han ventilado casos de corrupción que llegan hasta esferas que siempre consideramos intocables.

Este año ha sido el del destape a la corrupción y clausura dignamente el ciclo de ciudadanía que inició en 2011, con el tristemente célebre decreto 743.

Este no es momento de dormir victoriosos en los laureles. Como ciudadanía, como prensa y como comunidad internacional se debe continuar la titánica tarea de exponer el mal uso de los recursos y las actitudes poco democráticas de quienes nos gobiernan.

Habiendo dicho esto, para el año que entra, me parece que los dos retos principales ya no residen exclusivamente en el terreno de juego de la sociedad civil, sino en el poder judicial y los partidos políticos, para así complementar los incipientes avances en la consolidación institucional del país.

El mismo Fiscal General ha expuesto que pese a las completas investigaciones de corrupción y crimen organizado, entre muchos otros delitos, hay tanta podredumbre en el aparato judicial (o “clicas de jueces”, como él las llamó) que muchos casos nunca llegan a su fin.

Sin la certeza de castigo, hay pocos incentivos para dejar de ser corrupto. Además, el entusiasmo ciudadano se desinfla al ver que las investigaciones bien fundamentadas terminan en… nada.

Esto le permite a los corruptos ganar la batalla mediática, pues al no haber condenas firmes, siguen siendo inocentes y pueden repartir la perorata oportunista de la “persecución política”.

Por otra parte, los partidos políticos nos han demostrado no ser dignos de nuestra confianza. Estos no han hecho mérito alguno para considerarlos entidades consistentes y apegadas a un ideario concreto. Más bien parecen sujetos a un interminable y fatal cálculo de conveniencias.

Es urgente su fortalecimiento para tener mecanismos serios de transformación de demandas ciudadanas en políticas públicas y proyectos de ley.

De no suceder esto, transitaríamos el peligroso camino de la antipolítica, donde el descontento ciudadano y las crisis de seguridad y economía terminan siendo retomadas por “líderes” carismáticos ansiosos de concentrar el poder y multiplicar su vanidad.

Al entrar a 2017, la ciudadanía salvadoreña está en un enorme punto de inflexión. Puede, por un lado, consolidar su lucha contra el mal gobierno, apoyando el fortalecimiento institucional y acuerpando a los funcionarios que se ven bajo ataques cada vez que muestran independencia. Puede, además, exigirle a sus partidos seriedad y discursos coherentes con la realidad.

De no hacerlo, 2017 se convertiría en el año de la antipolítica y la impunidad, en el que un país completo se dejó llevar por cantos de sirena y terminó estrellado en las rocas del caudillismo. En el que un país estuvo tan cerca de ser ejemplar, pero volvió a su estado típico de miseria institucional.

La primavera árabe de 2011 ya nos dio sus lecciones. No solo se trata de derribar a los corruptos, autoritarios y abusivos y luego volver al sofá. Si no se construye la institucionalidad necesaria, nos habremos curado de una gripe para que nos dé una neumonía institucional.

@docAvelar

Emprendedores. De Ricardo Avelar

ricardo avelar.jpgRicardo Avelar, 8 diciembre 2016 /EDH

Yo admiro y respeto mucho a los emprendedores. Siempre me ha parecido fantástica su habilidad de transformar ideas e ingenio en riqueza, empleos y dinamización de la economía.

Además, veo con constante asombro su capacidad de innovación y disrupción, logrando superar de las viejas formas de producción y distribución para simplificar nuestras vidas y facilitarle el trabajo a quienes lleguen después de ellos. En palabras de Joseph Schumpeter, valoro su “destrucción creativa”.

Finalmente, me parece que junto a lo económico, los emprendedores tienen un valor trascendental para la vida de las sociedades, pues con su autonomía rompen aquellos viejos esquemas de colusión entre los que detentan el poder y los que poseen gran parte de los recursos en una sociedad. Los emprendedores son adalides de la libertad y los principios más honestos del mercado: no buscan privilegios, prebendas o beneficios, sino un espacio donde implementar sus ideas.

Habiendo dicho esto, debo ser muy honesto: creí haber leído y escuchado lo suficiente sobre los emprendedores. Sí, son dignos de aplauso y admiración, pero a mí, que no soy fanático de los discursos inspiracionales y de liderazgo, me bastaba con lo que había visto. En resumen, ¡ya no más foros, conversatorios, paneles o frases de superación!

Eso creía hasta hace muy poco, cuando en un aeropuerto me encontré un librito curioso que me brindó una perspectiva poco explorada de los emprendedores.

En su satírica obra titulada “Assholes: A Theory of Donald Trump”, el doctor en filosofía y estudioso del comportamiento humano, Aaron James, nos explica parte de las razones por las que el magnate se podía encaminar al triunfo y meses después de su publicación esto se confirmó.
Además de su ánimo resuelto, su simple retórica y su apelación constante a la rivalidad y el miedo, el éxito de Trump reside en ser un emprendedor político, concepto que James explica entre las páginas de su segunda entrega de la serie “Assholes”.

Al igual que en la economía, arguye el autor, un emprendedor político rompe con los viejos métodos de producción y administración de recursos. En este caso, el recurso de la toma decisiones y la gestión de lo público. Su distanciamiento con las tradicionales formas del pasado le vuelve atractivo y de manejar bien este capital político, rápidamente se tomará espacios institucionalizados con una retórica fresca (aunque no necesariamente constructiva).

Trump es la esencia de la antipolítica. Se ha distanciado del discurso del “establishment” de Washington y esto jugó a su favor. No le debía favores a financistas, superando un resentimiento típico con la administración usual. No es políticamente correcto y se notaba despreocupado. Todo esto refuerza su imagen de emprendedor político.

Lastimosamente, hay un factor que diferencia al emprendimiento económico del político y es que en el económico, la disrupción conlleva indiscutiblemente a que futuros innovadores tengan el camino abierto y usen de plataforma los logros del pasado. De los avances de unos pioneros se alimenta el éxito de los que vendrán.

En la política, por otra parte, esto no siempre es cierto. Si bien ha habido líderes que pavimentaron el camino de innovación en el discurso para que sus sucesores no tuvieran que volver a andarlo, otros rompen con el ‘establishment’ solo para generar uno nuevo, igual de cerrado que el anterior, siempre basado en la intolerancia, el miedo y la intimidación.

Los líderes antipolíticos no aceleran la innovación en la institucionalidad. Por el contrario, la sustituyen por sus caprichos. El gran riesgo del emprendimiento político de Trump es el discurso personalista que está construyendo y que ese camino que ofrece solo refuerza los caudillismos que tanto daño han hecho en el pasado.

El Salvador no es ajeno a este proceso. Si no, revise las acciones de políticos jóvenes como el alcalde capitalino o algunos diputados junior del partido ARENA. Sí, algo nuevo ofrecen, un estilo de emprendimiento y un “rebranding” de los vehículos que los llevaron al poder. Pero este cambio no refuerza ni acelera los cambios institucionales que precisamos, solo configura un nuevo personalismo basado en el miedo, las políticas públicas no basadas en evidencia sino en mitos y las medias verdades, el oportunismo y el dañino discurso de “buenos contra malos”.

Estos son los emprendedores políticos que no innovan, solo le ponen un disfraz joven a las viejas y peligrosas prácticas del caudillismo.

@docAvelar

“Round up the usual suspects”. De Ricardo Avelar

Ricardo Avelar es director ejecutivo de CREARicardo Avelar, 23 noviembre 2016 / EDH

La política en El Salvador no marcha bien. No tenemos las llamativas crisis de algunos vecinos, pero tampoco podemos presumir. Tras casi veinticinco años del fin del conflicto armado, no hemos sabido administrar los recursos que ofrece una democracia para solucionar las necesidades con servicios de calidad e incentivos para la generación de progreso y prosperidad.

diario hoyY, parafraseando la famosa línea del capitán Renault en Casablanca, ante una crisis nos apuramos a “round up the usual suspects” (“detener a los sospechosos habituales”) y culpamos a los partidos políticos y sus representantes de nuestras desgracias.

Esta actitud, si bien tiene algo de razón, evidencia una comodidad del ciudadano que encuentra en todos, menos en él mismo, a los responsables de la poca efectividad de un sistema. Pero los problemas del país no solo dependen de su oferta de políticas, sino de la demanda (ciudadanía) que a lo largo de los años hemos construido.

La polarización y el maniqueísmo que caracterizan al salvadoreño se evidencian en cómo miles de ciudadanos, al enfrentarse al análisis de un funcionario, evitan profundizar y en un simplismo bárbaro le califican como “bueno” o “malo”, como “enteramente corrupto” o “totalmente transparente” o como “digno de todos los insultos” o “merecedor de todos los aplausos”.

Además, analizamos al funcionario desde variables únicas y no reconocemos grises, sino blancos o negros. Somos virulentos a la hora de expresar nuestro descontento y torpemente ingenuos a la hora de aplaudir al que nos gusta.

Consciente de que una profundización del análisis político requiere mucha educación y bastante tiempo, me permito elaborar una propuesta básica para filtrar a cualquier funcionario público basada en únicamente dos variables. Si usted quiere agregar más, perfecto, pero empleemos estas para comenzar…

Sugiero que a cada funcionario se le evalúe su efectividad y su compromiso con la democracia. ¿Por qué estas variables? Porque un país en crisis requiere que se solucionen sus problemas, pero debe prevenir que quien lo haga no concentre tanto poder en sus manos y cree catástrofes nuevas.

Si aplicamos este análisis, me parece que podemos encontrar cuatro categorías distintas:

El autoritario inoperante, ni efectivo ni comprometido con la democracia. Contra estos, quiero creer, ya estamos empezando a vacunarnos pero por si acaso, tengamos cuidado de quienes irrespetan la institucionalidad, detestan a la prensa libre y dejan tras de sí crisis monumentales y profundas deudas.

El ingenuo soñador, que respeta las reglas del juego, pero no logra alcanzar acuerdos. Gracias a este, en un sistema se genera desafección, pues las buenas intenciones no lograron nada. Su popularidad es efímera.

El aprendiz de dictadorcillo que cumple. Este es el más peligroso y el más popular en Latinoamérica, pues embellece las ciudades y logra algunos objetivos pero su vanidad no le permite entender que su poder no es ilimitado. Se siente indispensable.

Aquí están quienes, a pesar de hablar de democracia desde su curul o dejar ciudades iluminadas o con jardines, le cierran la puerta a la prensa crítica, llenan las instituciones de hermanos o primos, empujan a camarógrafos, hacen mal uso de vehículos públicos, usan dinero del estado para comprar sus corbatas y sus frutas o incurren en cualquier vicio de político oportunista. Pueden dar resultados al inicio, pero abusan de su poder y esa es una película que como región y como país ya vimos y no nos gustó el final.

Finalmente, el demócrata efectivo, quien además de buscar soluciones está comprometido con la institucionalidad, el debido proceso y con la prensa independiente. Este reconoce sus errores y puede trabajar en equipo. No promete grandes cambios, pero sí sentar las bases para avanzar gradualmente. Este el más difícil de conseguir pero el que más nos hace falta.

Aclaro: no soy tan ingenuo para pensar que de un día para otro, al emplear esta clasificación, estaremos más cerca de demócratas efectivos, pero quisiera creer que como ciudadanos podemos aportar siendo menos impresionables y más analíticos, dejando de ver el mundo como buenos y malos y matizando el análisis de quienes nos gobiernan. Recordemos que los “líderes” más peligrosos se alimentan de la torpeza, la ingenuidad y el maniqueísmo de la ciudadanía.

Si no queremos “round up the usual suspects” sin encontrar a los verdaderos responsables de nuestros problemas, empecemos por afinar nuestras opiniones y por dejar de creer la propaganda cuando va adornada de la banderita y el cantito del bando político que más nos gusta.

@docAvelar