autoritarismo

Preguntas. De Cristian Villalta

17 febrero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

Dos maldiciones persiguen a nuestro pueblo, la pobreza y el autoritarismo. Hijas putativas de la acumulación y el despojo, nos empujaron en la centuria pasada a un genocidio y a una guerra civil.

En este siglo, la apertura democrática le cerró muchos grifos al autoritarismo, que ahora se ceba de modo exclusivo con la juventud de renta baja, reducida a unas condiciones de exclusión y represión que no tienen nada que envidiarles a las de hace 40 años.

La fractura que el autoritarismo dejó en la convivencia nacional no se reduce a los más que latentes modos de nuestros cuerpos de seguridad; la posibilidad de que un poder, generalmente el del Estado, no sólo pueda sino que a veces deba extinguir cualquier expresión por legítima que sea en aras del bien “general”, es socialmente aceptada y con pocas excepciones.

Algunos de los más urgentes debates sobre el combate a la delincuencia, la recuperación de los territorios y la penetración del Estado en órdenes actualmente secuestrados por la marginalidad terminan precozmente con un manierismo autoritario. Hasta los políticos más desacreditados se permiten esas expresiones porque son populares en un país en el que la población está tan descreída de la democracia que le ha perdido aprecio a la libertad.

Los dos partidos políticos que condujeron al Estado durante la posguerra comparten ese germen desde su fundación. El resultado de las presidenciales 2019 debe servir como almádena final para destruir la contradicción esencial de Arena y Fmln: ofrecerle democracia a la población desde un instrumento autocrático, tan arbitrario como lo demandasen las necesidades de los señores a los que han servido.

Efecto inevitable de 30 años de tal ejercicio democrático, con seis administraciones producto de esa maquinaria, fue que a las instituciones les haya costado tanto tiempo empoderarse; por eso hemos tenido en el pasado reciente a magistrados de la Sala de lo Constitucional o a un Fiscal General de la República que en lugar de recibir el apoyo gubernamental debieron enfrentarse incluso directamente con el jefe del Ejecutivo.

La partidocracia y la vocación autoritaria de los poderes que han mandado en El Salvador le doblaron las más de las veces la cerviz a nuestras instituciones. Por eso es que el juego de contrapesos necesario para la salud democrática es todavía endeble. Un sistema así, sin el músculo y la independencia necesarias para fiscalizar a sus administradores, es patio de juegos para la corrupción.

El chasco arenero del 3 de marzo clausura una racha de resultados electorales, sí. Pero más que el ocaso del bipartidismo, a nuestra nación lo que le urge es romper para siempre con el autoritarismo.

Que no nos quepa duda, el ejercicio político criollo cambiará para siempre. Es, quizá, el canto del cisne del Fmln. Arena está huérfana de liberales. Pero ¿las instituciones recibirán el espaldarazo que necesitan? ¿Se honrará la independencia de poderes o se pretende discutir un nuevo modelo constitucional? ¿Nuestra democracia madurará o sólo mutará en otro grado de la intolerancia?

Son las mismas preguntas que nos hicimos tras el primer triunfo del Fmln pero con una diferencia fundamental. Hace 10 años, se creyó que la alternancia fortalecería la convicción democrática.

Hoy, la alternancia emociona a miles porque sabe a quiebre, a cisma, a ruptura, antojos del alma cuando se está harto. Pero el futuro sólo será brillante si los administradores se resisten a sus apetitos, si el ejercicio público se ocupa como servicio y no como vendetta y si el Estado deja de hacer lo mismo de siempre a los mismos de siempre.

La democracia en peligro. De Antonio Caño

Bajo la formalidad de un modelo político con elecciones periódicas, asistimos a la degradación paulatina de la democracia, lo que no solo puede limitar nuestra libertad sino perjudicar nuestra convivencia.

Antonio Cano, ex director
de El País

16 febrero 2019 / EL PAIS

Tal vez si todos fuésemos más conscientes de la fragilidad de la democracia, del enorme sacrificio que ha costado alcanzarla y de la facilidad con la que puede perderse si no la cuidamos, con hechos, no con palabras, encontraríamos más entusiasmo para defenderla frente a los oportunistas y demagogos que se aprovechan de un sistema político basado en la tolerancia, incluso para quienes lo usan en su beneficio personal, lo adulteran groseramente o tratan de destruirlo.

Hasta después de la II Guerra Mundial, hace poco más de 70 años, la democracia era todavía una opción minoritaria en Europa frente al predominio de las soluciones radicales, el nacionalismo, el fascismo y el comunismo. España, Portugal y Grecia aún tardaron tres décadas más en sumarse a esa corriente. Los países bajo el control de la Unión Soviética tuvieron que esperar hasta los últimos años del siglo XX.

Es edificante, como digo, el trabajo de Berman, pero es al mismo tiempo alarmante comprobar en qué brevísimo periodo de tiempo han vuelto a florecer los síntomas del horror totalitario que creíamos haber dejado atrás. Con qué rapidez han resurgido las soluciones extremistas, las que dicen acudir al rescate del “pueblo”, de “la gente” o de “la nación” frente a las injusticias del capitalismo o el asedio de culturas o tradiciones extranjeras. Incluso los enormes logros de la socialdemocracia europea, con su grandioso esfuerzo por humanizar la economía de mercado, son ahora ignorados o minusvalorados por los nuevos socialistas que prefieren competir por las supuestas esencias ideológicas de la izquierda y que han acabado por perder la razón básica de su existencia.

Resurgen soluciones extremistas que dicen acudir al rescate del “pueblo”, de “la gente” o de “la nación”

La confluencia en el nuevo siglo de la crisis económica y la revolución tecnológica frenó el ciclo de prosperidad que siempre estuvo unido al auge de la democracia liberal, e inmediatamente regresaron los viejos demonios, seguramente agazapados en el fondo de la condición humana: el miedo, el sectarismo, el fanatismo y el nacionalismo. “En la medida en que este orden declinó y reaparecieron muchos de los problemas que debía resolver —los conflictos y divisiones económicas y sociales, la fabricación de enemigos externos y el extremismo—, volvieron a aparecer voces en la izquierda y en la derecha que cuestionan la viabilidad, incluso la deseabilidad, de la democracia liberal”, afirma Sheri Berman. Un sistema político como el de China ya no despierta ninguna clase de resistencia ni en la derecha ni en la izquierda. Buena parte de la derecha no ve con malos ojos los modelos de Hungría y Polonia, especialmente su política frente a la emigración. Hasta hace bien poco, cierta izquierda mostraba simpatías con Venezuela o prefería mirar para otro lado. Y el estilo autoritario de Putin tiene adeptos por igual en la derecha, por su nacionalismo y firmeza, y en la izquierda, que no pierde el instinto de mostrar afecto para quienquiera que se oponga a Estados Unidos y a la Europa liberal.

¿Es reversible esta tendencia? ¿Caminamos hacia el precipicio del totalitarismo o vivimos turbulencias a las que la democracia será capaz de sobreponerse? Quizá sea conveniente anotar que la crisis de la democracia liberal no tiene por qué desembocar en un sistema plenamente totalitario o antidemocrático. Lo que la realidad nos va mostrando apunta más bien al surgimiento de modelos no liberales y semidemocráticos bajo la formalidad de una democracia con elecciones periódicas. Asistimos, más que a un drástico cambio de sistema, a la degradación paulatina de la democracia, lo que no solo puede limitar nuestra libertad sino perjudicar gravemente nuestra convivencia.

El nacionalismo radical catalán ha hecho retroceder al conjunto del país y dañado su imagen internacional

Evitar esa degradación es una responsabilidad de todos. En una democracia los ciudadanos tienen derechos y obligaciones. Uno de los primeros es el de exigir a los gobernantes responsabilidades por el uso del poder. Entre las últimas está la de respetar las ideas que no se comparten, especialmente las que no se comparten, y respetarlas significa no responder a ellas con insultos y descalificaciones. “Democracia”, recuerda Berman, “no es meramente un sistema político que elige a sus líderes de una forma particular, es también un sistema político cuyos gobernantes y ciudadanos actúan de una forma particular. Las democracias difieren de las dictaduras no solo en la forma en que eligen a sus líderes, sino en la forma en que tratan a sus ciudadanos y en que sus ciudadanos se tratan entre ellos”.

Por supuesto, Estados Unidos sigue siendo un sistema democrático, pero su democracia se degrada cuando su presidente ataca la libertad de prensa o hace mofa de sus rivales políticos. Nada ha degradado más la democracia en España que el surgimiento de un nacionalismo radical en Cataluña que, como en el caso de Trump, otro nacionalista, ha menoscabado el valor de la verdad, ha ignorado la función crítica de los medios de comunicación, ha dividido a la sociedad, ha menospreciado a sus adversarios, ha señalado enemigos externos y se ha burlado de la justicia y de las leyes. El presidente de esa comunidad autónoma española decía recientemente que la voluntad de “la gente” está por encima de las leyes. “Un fascista dice la gente y quiere decir alguna gente, la que a él le conviene en ese momento”, recuerda Timothy Snyder en su último libro, The Road to Unfreedom.

En el caso español, además, el nacionalismo radical catalán ha hecho retroceder al conjunto del país, ha dañado gravemente su imagen internacional, ha estresado al límite el sistema, ha hundido al Partido Popular, ha dividido —y quizá también hundido— al Partido Socialista y, como último y gran logro, ha resucitado al nacionalismo radical español que había sido derrotado hace 40 años por una sociedad, por fin, integradora, moderada, reformista y moderna. No se defiende la democracia blanqueando a ninguno de estos nacionalismos con acuerdos políticos, sino desvelando su verdadera naturaleza e impidiendo sus propósitos.

En cada país el retroceso democrático adquiere rostros distintos, por lo general, acorde con su tradición y su historia. La de España ha flaqueado siempre por el lado de las divisiones territoriales. También por el de un concepto monopolizador del poder en la derecha y el de una gran confusión en la izquierda sobre la creación de un proyecto nacional. Ahí están los puntos débiles de la democracia española y ahí es donde surgen nuestros Brexits.

En contra de lo que podría pensarse hasta hace poco, no se ha quedado España al margen del proceso casi universal de degradación democrática. Simplemente ha llevado otro ritmo, ha sido diferente. Algunos han querido pensar que solo ahora, con la aparición de un partido de extrema derecha xenófobo en el ámbito del nacionalismo español, España se suma a la plaga de esta década. Pero lo cierto es que el contagio llegó mucho antes. Es en el campo del nacionalismo catalán donde se produjo el terremoto que ha llevado a nuestra democracia a la peor crisis de su historia. Todo lo demás y lo que quede por venir es consecuencia de ese desastre.

Haciendo pactos con el diablo. De Cristina López

5 noviembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

A estas alturas, la historia del creciente populismo apoderándose de los gobiernos democráticos de Latinoamérica se ha repetido tanto que es casi predecible. Empieza usualmente con gobernantes cuya relación con el Estado de Derecho es, en el mejor de los casos, casual, y cuya atracción por la corrupción, el nepotismo, y el abuso de poder es mayor que su patriotismo. Al aumentarle a este escenario algunas de las condiciones propias de la falta de desarrollo, como la falta de educación, alta criminalidad y creciente inequidad económica, los resultados son un electorado vulnerable al populismo del próximo oportunista (de izquierda o derecha) que decida echarle un fósforo a la gasolina.

Ya lo vimos en Venezuela, con Hugo Chávez y su heredero, Maduro. Pasó también en Panamá con Ricardo Martinelli, y en México recientemente con AMLO. Ahora parece que el turno le tocó a Brasil. Fue tanto el hartazgo del electorado brasilero después del carnaval de corruptela que trajo consigo el Partido de los Trabajadores, que el extremismo del autoritario Jair Bolsonaro parecía poca cosa. Tristemente, una parte importante de la derecha en Brasil todavía considera que con tal de que exista la libertad económica y el libre mercado, vale hacer pactos hasta con el diablo. Como si las demás libertades no importaran. Como si el libre mercado y la libertad económica no fueran plantas que únicamente germinan cuando se plantan en la tierra de una sociedad libre. La libertad económica requiere gente libre y el autoritarismo de Bolsonaro contradice semejantes principios.

Como ejemplos: Bolsonaro dijo en una entrevista, sin una pizca de sorna, que si tuviera un hijo gay, preferiría verlo muerto. También dijo una vez sobre los brasileños con ascendencia africana que no servían “ni para procrear”. A una congresista le dijo que era tan fea que no valía la pena ni para violarla. Todo esto en un país donde el racismo, la homofobia y la violencia contra las mujeres motivan una parte significativa de las estadísticas criminales. Sobre la creciente ola criminal en Brasil, Bolsonaro ha dicho que la solución podría estar en permitir que la policía realice ejecuciones sumarias en el ejercicio de sus labores —una declaración que si bien le resultará familiar a algunos políticos salvadoreños, se ganaría la condena de cualquier cuerpo internacional por violar los derechos humanos más básicos. Es gravísimo en el contexto de Brasil, donde según Juan Carlos Hidalgo, del Cato Institute en Washington DC, la policía en Brasil fue responsable de las muertes de 4,224 personas solo en 2016. Bolsonaro además ha declarado su admiración por dictaduras militares y ejecutores de torturas. Bolsonaro no habría ganado sin el apoyo de quienes, desde la derecha, pensaron que ese récord era poco con tal de instaurar los beneficios de empujar políticas de libre mercado, austeridad en el gasto gubernamental y fomentar privatizaciones económicas.

En la balanza, quienes decidieron que el autoritarismo de Bolsonaro era digerible porque quizás abriría las puertas a mayor libertad económica, decidieron que esta valía más que los derechos humanos. En El Salvador, ojalá que no haya candidatos que se dejen llevar por la tentación populista del fanatismo religioso, del autoritarismo ante la criminalidad, o del populismo sin substancia. Que no haya aliados que condonen políticas deshumanizantes en nombre de la libertad económica -—que no olviden que el fin de una economía liberal es la prosperidad del ser humano. Y no puede ser próspero el ser humano en una sociedad autoritaria.

@crislopezg

A los censores de todos los partidos. De Ricardo Avelar

8 octubre 2018 / EL DIARIO DE HOY

“Y cuando los discos de los Beatles no se podían tener, los chicos descubrieron que sus padres los escuchaban también”.

En 1993, el cantautor Carlos Varela dedicó una de sus más célebres piezas a la nostalgia de crecer en una Cuba con televisores rusos, superhéroes fabricados en el socialismo y sin árbol de Navidad o Santa Claus. En “Memorias”, toma de la mano a quien lo escucha y lo lleva a recorrer ese barrio que parece nunca cambiar.

Dentro de esta canción se respira la melancolía de una infancia sencilla a la que en apariencia no le faltó nada a pesar de estar alejada de las comodidades occidentales. Sin embargo, una inspección más cuidadosa de las letras de Varela revela la incomodidad de muchos artistas cubanos de la segunda mitad del siglo XX: la censura.

Eso sí, lo hace siguiendo su estilo, de manera burlona y sarcástica. Varela nos recuerda que en la “isla siempre fiel” los discos de los Beatles estaban prohibidos. En efecto, a inicios de los setentas, el director del Instituto Cubano de Radio y Televisión, Jorge Serguera, impidió la difusión de esta y otras bandas por considerar entre otras cosas que el inglés promovía el capitalismo y valores estadounidenses.

Varela nos aclara que la prohibición era fácil de burlar y que no solo no lograba su objetivo, sino que unía más aquellos que de cualquier manera pensaban consumir lo restringido. Décadas después, el mismo Serguera admitió que él disfrutaba la música de los Beatles en privado. Y así como él, cientos de jóvenes se escondían en los parques a escuchar al cuarteto británico en sus reproductores de cassettes.

En pleno 2018, parece que la clase política de El Salvador no ha aprendido las numerosas lecciones de los colapsados modelos autoritarios del siglo XX y los pocos que sobreviven en el presente. Líderes de izquierdas, derechas, y nuevas tendencias (?) han optado por ceñirse al viejo libro de jugadas de esos regímenes, incluyendo el intento de vigilar la emisión de contenido con oscuras definiciones de lo “inapropiado”, lo “inmoral” o lo “pernicioso”.

Afortunadamente, esta espuria batalla no es monopolio de uno u otro bando. Digo afortunadamente porque nos permite constatar que la censura, como cualquier otro rasgo autoritario, le puede pertenecer a cualquier bando, así que no nos dejaremos estafar por falsos demócratas ni repetir la cantaleta de que una corriente es más noble que otra. Las motivaciones pueden ser distintas, pero las herramientas se parecen demasiado.

Hace una semana, en medio de un mar de apremiantes prioridades, dos diputados de ARENA ingresaron a la Asamblea Legislativa un recomendable para impedir la presentación del grupo musical Marduk. Estos alegaban que lesiona la moral de los salvadoreños y uno de los diputados incluso habló de proteger al pueblo mayoritariamente cristiano, cuando eso no tiene nada que ver con su trabajo.

Más parece que los legisladores Ricardo Velásquez Parker y Karla Hernández cedieron a la tentación demagógica de los discursos moralistas y de apelar a un segmento reaccionario de la población, lesionando en el camino la libertad de expresión y olvidando por que El Salvador no tiene un estado confesional.

Y cuando la población encontraba estupor en este burdo intento de censura, el FMLN decidió no quedarse atrás. La semana anterior, dos diputados y el ministro de Gobernación presentaron un anteproyecto para regular contenidos audiovisuales. Este contempla posible censura previa, lo que riñe con la Constitución y múltiples tratados de libertad de expresión. Además, abre la puerta a regular contenido de noticieros, bajo la excusa de proteger a nuestra niñez de la violencia, cuando esta misma niñez convive con muertes y robos todos los días en sus comunidades.

En cuanto a los otros líderes políticos en ciernes, su actitud hacia la prensa y su promoción de medios fake-news-propagandísticos habla con elocuencia de su postura en este debate.

No olvidemos, pese a estos intentos, que la censura es la más torpe de las medidas del libro de jugadas autoritario. Es fácilmente franqueable, genera desconfianza y resentimiento en autoridades que por alguna torpe razón se creen eternas y une a aquellos comprometidos con la democracia. Muy pronto descubriremos que los censores son minoría y que a la libertad de expresión —y libertad en general— es imposible ponerle muros o mordazas.

@docAvelar

Autoritarismo chic. De Cristina López

4 junio 2018 / El Diario de Hoy

Hay memorias o sentimientos que por más que pase el tiempo, no se borran del disco duro de los recuerdos, sobre todo las que dejan huellas. Otras memorias, productos de otras nuevas experiencias, más recientes, más brillantes y más felices, aunque van tapando y distrayendo de las memorias traumáticas, no las borran. Solo descansan encima de las otras, de manera superficial. Lo único que toma es un estímulo mal puesto que a modo de gatillo, hace que se desborde uno en emociones desproporcionadas al momento presente, propias más bien de los recuerdos pasados.

Me tardé en darme cuenta de que varios de esos gatillos para mí están en las idioteces más impensables, por ejemplo que en las paredes de un apartamento ordinario compartido por un grupo de profesionales jóvenes en Washington, DC, que han abierto amigablemente las puertas de su casa para festejar el principio del verano, se encuentre con total prominencia y sin ironía alguna, un poster de Hugo Chávez. O que en calles estadounidenses donde existen pocos hambrientos haya quienes desfilen con camisetas del Che Guevara, cuyo legado antidemocrático y sangriento ha dejado a tantos con hambre.

Claro, la imagen del Che es algo que el capitalismo ha explotado paradójicamente por años. Más de algún ingenuo bien intencionado se ha abrazado a ella con ideales de cambio y de progreso que nadie racional rechazaría. Solo alguno que otro psicópata la usaría abanderando genuinamente la supresión de libertades en Cuba, o realmente defendiendo brutales tiranías. No creo que lo que esos profesionales jóvenes de DC, increíblemente capaces en trabajos con salarios no vistos en sus pares venezolanos, realmente querían honrar en su pared la desgracia que ha sido Hugo Chávez en Venezuela. No, jamás van a hacer líneas en supermercado alguno como pasa en tantas aceras en Caracas, o saldrán a las calles a ser masacrados por querer democracia como en Nicaragua. Esos, los hechos reales que han servido de base para la película de color rosa del autoritarismo chic que les gusta, son muy cruentos y escabrosos para andarlos llevando en camiseta.

A la hora de hablar de Cuba prefieren La Habana de Instagram, con sus carros antiguos, sus puros humeantes, sus bares Hemingwayanos y sus playas de mentiras. Si van, no pasan del Malecón o de las calles de La Habana Vieja, donde abundan los momentos fotográficos y es fácil ignorar las lágrimas y la sangre que ha sido derramada. No cuesta tanto ignorar que las fotos que subirán a sus redes sociales (hashtag revolución) jamás las verán sus pares cubanos por tener tan precario el acceso a Internet. O que para los venezolanos promedio, eso de visitar otros países e intercambiar culturas se podría volver un exotismo inalcanzable a menos que se tengan recursos de sobra o conectes políticos.

Y pienso estas cosas con rabia y en silencio, tratando de llevar la fiesta en paz para no volverme el ave de mal agüero que no ha olvidado una visita a Cuba que contó con escrutinio y persecución desproporcionada por parte del gobierno solo porque el propósito eran proyectos de solidaridad con los disidentes. Y con rabia también pienso en el gobierno de mi propio país y en su pleitesía absurda a los regímenes de Venezuela y Cuba, mientras convenientemente se ignora a su gente, y en su asqueroso silencio cómplice con las atrocidades que están pasando en Nicaragua. Y luego me acuerdo de que, en el extremo opuesto, también hay idiotas que tienen en la pared a Pinochet, o quienes en El Salvador veneran a militares con legados sangrientos solo porque la sangre era de “piricuacos”. Y luego del recuerdo de que de la idiotez de intentar volver “cool” al autoritarismo ninguna ideología tiene el monopolio, no me queda más que irme de la fiesta y llevar mi mal humor a otro lado, sintiéndome culpable por no haber tenido la valentía de decir algo.

@crislopezg

El juego de la democracia. De Felipe Fernández Armesto

Felipe Fernandez-Armesto

Felipe Fernández Armesto, historiador en la Universidad de Notre Dame (Indiana, EEUU).

Felipe Fernández-Armesto, 8 septiembre 2017 / EL MUNDO

Por ser rutinario, el abuso de la palabra “democracia” no me preocupa. Nadie lo toma al pie de la letra. En la mayoría de los Estados que históricamente se calificaban de “repúblicas democráticas”, democracia equivalía a decir «dictadura». En la actualidad el abuso más notorio es el de la República Democrática de Corea -o sea, Corea del Norte- y Laos (regido por una junta de militares izquierdistas), Etiopía (donde la oposición no tiene diputados en la legislatura) y Argelia (donde un círculo de potentes no elegidos domina los procesos gubernamentales) se denominan de la misma forma sin cumplir las normas más elementales. Nepal se califica de República Democrática Federal pero al cabo de una guerra civil recentísimo es difícil por ahora predecir el rumbo que va a seguir su democracia inexperta. Timor del Este y Sri Lanka son tal vez las únicas repúblicas democráticas que merecen el apodo.

el mundoMucho más inquietante que esa retórica, a la cual ya ni hacemos caso por saber que se trata de una pura superchería, es la perversión de la realidad democrática en países serios e incluso (en los casos de EEUU, el Reino Unido y España) modélicos. En EEUU una minoría del electorado ha impuesto un presidente que se burla del país. En Gran Bretaña la situación es, en cierto sentido, más grave que en el país de Trump, ya que el Gobierno de Theresa May está deformando la legalidad sin el consentimiento de los ciudadanos. El Ejecutivo de Londres remite, de una forma racionalmente incomprensible, a un referéndum constitucionalmente no vinculante, aprobado por una escasa mayoría de los votantes, para marginar las tradiciones constitucionales, sacar el país de la Unión Europea, poner de un lado tratados que garanticen el rol del Tribunal Europeo de Justicia, y cancelar algunos derechos de sus ciudadanos, entre ellos, los de trabajar, viajar y comerciar libremente en el resto de la Unión. Por tanto, el Reino Unido parece destinado a un Brexit duro que nadie quiere, sino unos pocos xenófobos y nacionalistas a ultranza. Los casos de Venezuela y Turquía son menos chocantes, porque sus raíces democráticas son menos profundas, pero se parecen de forma inquietante. En ambos, por maniobras electorales aprobadas por mayorías insuficientes para justificar cambios constitucionales, se está logrando suprimir las oposiciones y 15048034502021socavar el Estado de Derecho. En España, mientras tanto, por una maniobra semejante, un Gobierno autonómico en Cataluña, elegido por una minoría de sus votantes, se propone eliminar la Constitución sin tener el apoyo de la mayoría de los conciudadanos de la misma región, sino contando únicamente con el servilismo de una escasa minoría de sus propios seguidores que estarán dispuestos a participar en un referéndum ilegal.

En todos estos casos, la democracia ha quedado impotente frente a los abusos. Por respeto al Estado de Derecho, los demócratas auténticos toleran las anomalías constitucionales que permiten, en España y en el Reino Unido, que coaliciones de perdedores se agarren del poder, o en EEUU que Estados pequeños ejerzan una preponderancia electoral desproporcionada, privando a los votantes de grandes Estados, tales como Nueva York y California, del peso justo de sus votos. En Turquía, el golpe fracasado quitó legitimidad a la oposición en el momento clave del estratagema de Erdogan. En Venezuela y en España los recuerdos de la violencia política desarman los defensores de la democracia y animan el terrorismo psicológico de los revolucionarios. Maduro y Puigdemont se burlan de la benevolencia de sus opositores.

Parece mentira que en la historia de las ideas quepa corromper tan fácilmente el concepto de la democracia. La tradición abusiva es larga. Supongo que los ‘chavistas’ ni los ‘erdoganistas’ ni los ‘trumpistas’ ni los ‘brexiteros’ ni los señoritos del secesionismo catalán habrán leído los textos de Rousseau ni de Kant sobre esa “voluntad general” que supera a las voluntades de los individuos, por numerosos que sean, ni que hayan estudiado la tradición idealista alemán decimonónico que autorizaba a líderes –sedicentes carismáticos o superdotados de heroísmo o representativos o encarnados del espíritu del pueblo- para interpretar esa supuesta voluntad según sus caprichos o intereses particulares. Para algunos -de la CUP y de Esquerra- la tradición intelectual vigente es la de un marxismo degenerado que les permite considerarse como representantes de una clase supuestamente oprimida cuya opresión les otorga el derecho de oprimir a los demás.

Sé dónde echar la culpa, pero no sé dónde buscar el remedio. El independentismo catalán es un problema intrincadísimo, al cabo de tantos años de gestión poco inteligente por parte de sucesivos gobiernos españoles. El lector que me haya seguido -si existe alguno- sabrá que desde el momento del fracaso del Estatut en 2010 yo apostaba por una consulta a nivel nacional sobre la Constitución española para evitar la quiebra del país. Y mientras el movimiento secesionista en Catalunya ha ido acumulando fuerza, he insistido en la necesidad de organizar, por parte del Gobierno español, una consulta sobre la independencia de todos los habitantes de Cataluña y todos los del resto de España que se consideran catalanes. De esta manera, el Gobierno hubiera llevado la iniciativa. Sabríamos a ciencia cierta que la mayoría de los catalanes no quieren abandonar el resto de España. O, en caso contrario, ¿quién iba a pensar en mantener la Constitución actual si una gran mayoría de los españoles quisieran cambiarla y apostaran, por ejemplo, por un sistema federal? O si una gran mayoría de catalanes prefiriesen un futuro desacoplado de sus vínculos históricos con el resto de España, ¿quién piensa que los demás españoles no les concederían la independencia con afecto y tristeza, pidiéndoles que vayan con Dios? Parte de la esencia de la democracia, dentro de las normas del Derecho, es confiar en el pueblo, y deferir a su autoridad. Unos pocos catalanes no pueden cambiar la Constitución de España, pero si en algún futuro por ahora imprevisible el pueblo catalán realmente deseara independizarse, la magnanimidad de España no dudaría en lograr los cambios constitucionales necesarias para que se realizara.

Pero ya se ha perdido la ocasión de mostrar al país y al mundo la verdadera actitud de la mayoría de los catalanes. La iniciativa queda en manos de los resentidos del Palau de la Generalitat. Su referéndum secesionista, que en efecto sólo permite votar a los partidarios de la ilegalidad, me recuerda la decisión democrática de los Estados del Sur de independizarse de los Estados Unidos en 1860 sin tener en cuenta la opinión de los negros. El intento carece de cualquier pretensión verosímil de legitimidad. Pero el Gobierno nacional dispone de pocas posibilidades de frustrarlo. Si se suprime, los nacionalistas obtendrán una victoria propagandística, denunciando ante el mundo entero una tiranía que no permite a los votantes expresar su voluntad, o insistiendo en que las autoridades centrales actuaban por miedo. Hay que responder con un contundente, No tinc por. Hay que permitir el ejercicio, ridiculizándolo y denunciando su irresponsabilidad, su coste injustificable, su falta de justicia, su apoyo minoritario y su ineficacia legal. Sobre todo, hace falta una campaña de información, animando a los votantes a abstenerse de las urnas. Un referéndum fracasado valdrá más al mundo que un referéndum suprimido. Ni los señoritos del Palau osarían proclamar una independencia que pocos catalanes quieren, que el país entero rechaza, y que pocos Estados -excepto Venezuela o Corea del Norte- reconocerían. Si lo hiciesen, o si la CUP intentara un golpe, el rechazo popular en Cataluña sería enorme y veríamos a millones de manifestantes por las calles.

Pero la actitud negativa, aunque precisa, no es suficiente. La democracia no es el despotismo de la mayoría sino un sistema consensuado que involucra, consulta y respeta las opiniones de minorías significativas. No cabe duda de que en la actualidad hay una minoría significativa en Cataluña a favor de la independencia. Puede conseguir hasta un par de millones de votos. Merece tomarse seriamente en cuenta, asegurándole la disposición benévola del resto del país, la apertura al diálogo, y la promesa de buscar soluciones satisfactorias a sus inquietudes dentro del reino de derecho, de justicia, de paz y de amor que es España.

 

Periodistas. De Héctor Schamis

Cuando la prensa libre es el enemigo.

Héctor Schamis, 4 junio 2017 / EL PAIS

En mayo pasado fue asesinado el periodista mexicano Javier Valdez Cárdenas. Era un prolífico reportero, columnista y escritor de Sinaloa, estado que llegó a las portadas de los periódicos del mundo gracias al Chapo Guzmán. El dato geográfico y el título de su libro más reciente son buenas pistas para inferir quien lo mató. “Narcoperiodismo: una investigación profundamente documentada sobre la forma en que el narcotráfico aniquila o seduce a periodistas”, se lee en el sitio de Amazon.

“Aniquila o seduce”, nótese el candor de las opciones. Es un crudo y acertado retrato de la tragedia mexicana, sin embargo. Así se ha normalizado el autoritarismo criminal-subnacional, ese peculiar tipo de régimen basado en la colusión de la política y el cartel.

Valdez no es es el primer periodista asesinado por investigar dichas conexiones y difícilmente sea el último. Ello ha convertido a México en arquetipo de violencia contra los periodistas, sin duda, pero tampoco es el único lugar donde ocurre. Ni mucho menos, solo encarna una paradigmática manera, entre tantas, de atentar contra la libertad de prensa.

Genéricamente, debe ser visto como eso: la vulneración del derecho a informar. El periodismo se ha convertido en profesión de alto riesgo en diversos contextos y latitudes. Es el rasgo común a todas las corrientes antiliberales en boga, varias de ellas en el poder. El análisis aquí no es exhaustivo, pero algunos ejemplos sirven para ilustrar el punto.

 Lo que muchos denominan populismo, el estalinismo en todas sus versiones, la llamada revolución bolivariana, el neofascismo europeo, el racismo en cualquiera de sus formas, el aislacionismo de Trump tanto como el del UKIP, las teocracias, el terrorismo y otras organizaciones criminales tienen todos un enemigo común: la prensa libre y las normas constitucionales que la garantizan.

En Rusia es arriesgado investigar al Kremlin, la corrupción o los altos negocios de los oligarcas. Eso hizo Anna Politkovskaya, por ejemplo, periodista de Novaya Gazeta asesinada en 2006 por su cobertura de las violaciones a los derechos humanos cometidas por las fuerzas de Moscú en el Cáucaso norte, especialmente durante la guerra chechena. Los reporteros del mismo periódico son hoy amenazados por cubrir los abusos contra homosexuales, también frecuentes en Chechenia.

Turquía ha sido declarado el peor país para la libertad de prensa en 2016, habiendo encarcelado más periodistas que ningún otro y clausurado cientos de medios. La ofensiva contra el periodismo se aceleró en respuesta al intento de golpe de julio de ese año. Se espera un empeoramiento de esas condiciones luego del reciente referéndum constitucional, por el cual se institucionaliza una creciente cuota de discrecionalidad en manos del presidente Erdogan.

En Francia aún se debate el asesinato de los periodistas de la revista a Charlie Hebdo de enero de 2015 y sus implicancias. Para muchos fue la insensibilidad de los periodistas, su sátira desmedida y su blasfemia que incitó el ataque; como si el lápiz y las balas fueran equivalentes, vale la pena agregar. Hasta el Papa ironizó entonces que si alguien ofendiera a su madre, “bien podría esperarse un puñetazo”, invitando a una cierta justicia por mano propia. El mensaje es temerario pero conocido: culpar a la victima, asesinarla otra vez.

América Latina, a su vez, ha experimentado múltiples agresiones a los periodistas por parte de aquellos gobiernos determinados a perpetuarse en el poder, se llamen populistas, estalinistas, militares o una mezcla de todo lo anterior. Es que en un país donde la prensa es libre, el poder puede ser investigado. La sociedad se siente capaz de criticar, “empoderada” a hacerlo. La perpetuación es menos probable. El periodista se convierte en el adversario a neutralizar.

En Estados Unidos, las agresiones de Trump a la prensa ya se van transformando en rutina. Son solo verbales, por twitter. Existen límites estrictos marcados por un poder judicial robusto y la omnipresencia de la Primera Enmienda Constitucional, la cual consagra la libertad de expresión.

Ello no obstante contribuye a crear un clima de hostilidad, propicio para la violencia. Un ejemplo ocurrió en el estado de Montana. El candidato republicano al Congreso Greg Gianforte arremetió contra el periodista de The Guardian que cubría su campaña, Ben Jacobs, derribándole y golpeándole en el suelo produciendo la rotura de sus lentes.

Las autoridades imputaron a Gianforte por agresión física. Días más tarde, Jacobs obtuvo su nuevo par de lentes, donando los anteriores a Newseum, el museo de las noticias en Washington DC, para documentar el hecho. Un final feliz.

Feliz siempre y cuando no sea allí donde también termine la libertad de prensa, en un museo. Pues para eso están los museos: evocar el pasado y reificar lo abstracto.