populismo

¿Epidemia para Centroamérica? De Luis Mario Rodríguez

En esta era de la transparencia la gente sabe más, exige más y quiere más. La respuesta a todo este barullo debe ser institucional, necesita huir del inmediatismo y tiene que rechazar por completo el populismo.

Luis Mario RodríguezLuis Mario Rodríguez, 30 noviembre 2017 / El Diario de Hoy

Honduras pasa por un momento de inestabilidad política que podría derivar en una crisis de gobernabilidad. La combinación entre un candidato-presidente que manipuló la justicia constitucional para reelegirse, el retraso injustificable del Tribunal Supremo Electoral para declarar al vencedor, y la posibilidad de triunfo de otro “señor de la televisión” resulta para ese país –y quizás para la región entera– en un muy mal augurio.

EDH logEn Centroamérica, como en el resto del Continente, a la democracia la amenazan enemigos despiadados. Las noticias falsas, la ira colectiva contra la clase política por la falta de resultados, el descrédito de las autoridades electorales, el espacio, cada vez mayor, para que el “personalismo” en la política penetre en las esferas de poder y terminen en el Ejecutivo candidatos, casi siempre populistas y sin partido, la reducida distancia entre perdedores y ganadores, y la manipulación de las Cortes de Constitucionalidad para lograr la reelección presidencial indefinida, representan algunas de las causas que van carcomiendo lentamente la confianza de los ciudadanos en las organizaciones partidarias, en la institucionalidad y, en general, en las elecciones como el mecanismo exclusivo para acceder a cargos públicos por el voto popular.

El Istmo presenta particularidades muy propias, en buena medida, como resultado de los factores señalados en el párrafo anterior. La permanente incertidumbre política en Guatemala, país en el que al mismo tiempo de tomar conciencia de la necesidad de erradicar la corrupción carece de un proyecto político sólido por la falta de partidos; la fragmentación legislativa en Costa Rica, república en la que, una vez procesados algunos expresidentes por presuntos malos manejos de fondos públicos, surgieron una decena de institutos políticos que terminaron con el bipartidismo, originando una seria parálisis que mantiene detenidos importantes asuntos como el de la reforma fiscal; el secuestro de las instituciones, asumido como incurable por la sociedad civil y prolongado en el tiempo por los Ortega-Murillo, que hace del régimen nicaragüense, parafraseando a Carlos Fernando Chamorro, una nación autoritaria en lo político, populista en lo social y liberal en lo económico; ahora la lucha incierta por la presidencia en Honduras y el desastroso papel del árbitro electoral; y la insistencia del principal partido de izquierda en El Salvador de amenazar al empresariado con llevar al país al socialismo, aunado al obstinado amago por violentar la independencia de los Órganos de Estado, desafían al liderazgo centroamericano a atender el germen del desajuste democrático que estamos presenciando.

Por otra parte el comportamiento de los dos candidatos más votados en las recientes elecciones hondureñas rememora una situación similar ocurrida en México durante los comicios de 2006 y destaca la relevancia de una justicia electoral oportuna e imparcial. El episodio protagonizado por Manuel Andrés López Obrador cuando desestimó el veredicto ciudadano que le concedió la victoria a Felipe Calderón, del Partido de Acción Nacional, se solventó con el fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Esta última entidad es la encargada de calificar la validez de las elecciones mientras que el organizador del evento es el Instituto Nacional Electoral.

Contar con un modelo desconcentrado, en el que una institución administra los procesos electorales y otra dirime, en plazos razonables, los conflictos que surgen cuando se presenta alguna irregularidad o se incumple la normativa sobre elecciones, le permitió a los mexicanos prevenir un trance que habría sido profundamente traumático para el proceso democrático iniciado en 1977. En las elecciones de diputados en 2014 y en las presidenciales de 2015, a falta de actuación del Tribunal Supremo Electoral, debió ser la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia la que resolviera las demandas de los partidos. Ello demuestra el incipiente desarrollo de la justicia electoral salvadoreña.

Los aspectos que están debilitando a los sistemas políticos en la región se asientan sobre el desnutrido crecimiento económico, un galopante desempleo y el amplio sector informal. También se aprovechan del deteriorado progreso social y del angustioso aumento de la pobreza. En esta era de la transparencia, la gente sabe más, exige más y quiere más. La respuesta a todo este barullo debe ser institucional, necesita huir del inmediatismo y tiene que rechazar por completo el populismo.

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Fantasmas despiertos. De Sergio Ramírez

El populismo que Evita Perón inventó en Argentina sigue vivo en Venezuela con el chavismo.

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va Perón saluda a sus seguidores durante un acto público en Buenos Aires EN 1950. AP

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Felicitamos a Sergio Ramírez por el Premio Cervantes 2017

Sergio Ramírez, 17 noviembre 2017 / EL PAIS

Hay un parentesco directo entre lo que podríamos llamar el modelo chavista, copiado con variantes en Nicaragua, Bolivia o Ecuador, y el peronismo de mediados del siglo pasado en Argentina. Sólo que Chávez se valió solo, como cabeza única, y el general Perón necesitó del auxilio invaluable de su esposa, la Evita icono de musicales, novelas y posters, entronizada en los mismos altares donde se venera al Che Guevara, a John Lennon o a Marilyn Monroe.

Ella inventó la insignia del populismo: abrir las arcas del Estado para dar, sin control ni medida, haciendo de la beneficencia pública una gran función de Estado envuelta en una formidable parafernalia. Una gran caja chica donde el benefactor también puede meter las manos para su propio beneficio. La caridad con el paiscategoría institucional, para atraer la adhesión política de los desposeídos, que al recibir algo despiertan en los demás la esperanza de que también van a ser parte del magnánimo botín, aunque nunca les llegue el turno de recibir una máquina de coser, una cama, una beca, unas bolsas de cemento, un techo de zinc, unas aves de corral, una vaca parida.

En la Fundación Eva Perón, creada en 1948 como una gran maquinaria demagógica de regalar muñecas y triciclos para los niños, muletas y prótesis a los ancianos, bicicletas y cocinas, sin que las estructuras sociales dejaran de ser tan injustas como siempre, está la raíz de todo lo que hemos conocido como socialismo del siglo XXI, multiplicado con creces por Chávez y sus imitadores populistas.

Evita se valió para sus dispendios colosales de las reservas de oro de Argentina, entonces las más grandes del mundo; Chávez, ya lo sabemos, del petróleo de Venezuela, también las reservas más grandes del mundo. Y ambas economías, que parecían inconmovibles, quedaron en quiebra.

Pude ver algo de lo que son estas raíces del populismo en mi visita al Museo Evita en Palermo, que ahora funciona donde estuvo el Hogar de Tránsito número 2, destinado a socorrer a las mujeres necesitadas y a sus hijos. Esta era una de las decenas de instituciones de caridad que la Fundación tenía abiertas en Buenos Aires. Cuando Evita lo inauguró en 1948 como asilo, en su discurso ofreció a las mujeres y niños “una puerta abierta, una mesa tendida, una cama limpia”, y “consuelo y estímulo, aliento y esperanza, fe y confianza en sí mismo, hasta tanto la ayuda social les encuentre trabajo y vivienda”.

“Regaló muñecas y triciclos para los niños, muletas y prótesis a los ancianos, bicicletas y cocinas, sin que las estructuras sociales dejaran de ser tan injustas como siempre”

La Fundación Eva Perón es el modelo de las Misiones de Chávez. Manejaba además de albergues, una red de hospitales y clínicas, dispensaba becas de estudio, pagaba subsidios, era también una agencia de empleos y, sobre todo, regalaba a manos llenas. La gente hacía largas filas desde la madrugada para pedirle personalmente a Evita y, quienes lograban llegar ante ella antes de que se cerraran las puertas, no salían con las manos vacías. Era una minoría de beneficiarios entre millones de pobres y necesitados, pero los diarios, las revistas oficiales y los noticieros de cine multiplicaban su número.

El Museo Evita enseña cómo funcionaba el albergue de acogida, un dechado de abundancia: en la cocina, amplia e iluminada, unos bifes plásticos se doran en las parrillas. También hay ejemplos de los programas sociales del peronismo: un refrigerador Siam para cada familia obrera, y se exhibe uno con la puerta abierta, lleno de alimentos, sin faltar una botella de champaña.

Y piezas de propaganda política: folletos con discursos de los esposos, cartillas escolares que los ensalzan, documentales donde aparecen ambos en el balcón de la Casa Rosada, la voz estridente de él, la aguda voz de ella, y la multitud que agita sus banderas y carteles y enronquece de gritar. También se exhiben ejemplos del glamour de Evita, y es lo que más abunda en las vitrinas: sus trajes de gala y de calle confeccionados por Jacques Faith, Pierre Balmain, Marcel Rochas; zapatos exclusivos, sombreros de variadas texturas; perfumes Caron y Schiaparelli en frascos de baccarat.

Una demanda de la masa de pobres partidarios suyos, sus “cabecitas negras”, argumentaba ella: le exigían que al representarlos no faltara el lujo, porque eso los dignificaba. Sus pobres. Los otros, si no eran contados entre los fieles de carnet, no recibía nada; el objetivo era mantener aceitado el mecanismo de adhesión al peronismo, para que las plazas pudieran llenarse.

En los viejos documentales ambos parecen fantasmas. Perón y Evita en blanco y negro, ya tan antiguos. Pero fantasmas sin quietud, que no dejan de resucitar.

Peor que los malos líderes son los malos seguidores. De Moisés Naím

Es necesario disminuir la impunidad de quienes socavan nuestras democracias.

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Moisés Naim, escitor y columnista venezolano

Moisés Naím, 22 octubre 2017 / EL PAIS

El mundo tiene un problema de líderes. Hay demasiados que son ladrones, ineptos o irresponsables. Algunos están locos. Muchos combinan todos estos defectos. Pero también tenemos un problema de seguidores. En todas partes, las democracias están siendo sacudidas por los votos de ciudadanos indolentes, desinformados o de una ingenuidad solo superada por su irresponsabilidad.

el paisSon los británicos que al día siguiente de haber votado a favor de romper con Europa buscaron masivamente en Google qué significa eso del Brexit. O los estadounidenses que votaron por Donald Trump y ahora están a punto de perder su seguro de salud. O quienes le creyeron cuando prometió que no gobernaría con las élites corruptas de siempre y ahora ven cómo lobistas que representan voraces intereses particulares ocupan importantes cargos en la Casa Blanca. Son los ciudadanos que no pierden el tiempo votando ya que “todos los políticos son iguales” o quienes están seguros de que su voto no cambiará nada. Seguramente usted conoce gente así.

Por supuesto que hay que esforzarse en buscar mejores líderes. Pero también hay que mejorar la calidad de los seguidores. Ciudadanos mal informados o políticamente apáticos los ha habido siempre. Al igual que aquellos que no saben por quién están votando —o contra quién—. Pero ahora las cosas han cambiado y los votos de los indolentes, los desinformados y los confundidos nos amenazan a todos.

Internet hace más fácil que los peores demagogos, oscuros intereses y hasta dictaduras de otros países manipulen a los votantes más desinteresados o distraídos. La Red no es solo una maravillosa fuente de información, sino que también se ha convertido en un tóxico canal de distribución de mentiras transformadas en armas políticas.

En Internet todos somos vulnerables, pero lo son más quienes por estar muy ocupados o por simple apatía no hacen mayor esfuerzo por comprobar si es verdad lo que dicen los seductores mensajes políticos que les llegan.

Y no son solo los apáticos. En el polo opuesto están los activistas, cuyas posiciones intransigentes hacen más rígida la política. Quienes están muy seguros de lo que creen encuentran en la Red refugios digitales donde solo interactúan con quienes comparten sus prejuicios y donde solo circula la información que refuerza sus creencias. Más aún, las redes sociales como Twitter, Instagram y otras obligan a usar mensajes muy breves —los famosos 140 caracteres de Twitter, por ejemplo—.

Esta brevedad favorece el extremismo, ya que cuanto más corto sea el mensaje, más radical debe ser para que circule mucho. En las redes sociales no hay espacio, ni tiempo, ni paciencia para los grises, las ambivalencias, los matices o la posibilidad de que visiones encontradas tengan puntos en común. Todo es o muy blanco o muy negro.

Naturalmente, esto favorece a los sectarios y hace más difícil llegar a acuerdos.

¿Qué hacer? Para comenzar, cuatro cosas.

Primero: una campaña de educación pública que nos haga a todos menos vulnerables a las manipulaciones que nos llegan vía Internet. Es imposible lograr una completa inmunidad contra los ataques cibernéticos que, usando mentiras y tergiversaciones, tratan de influir en nuestro voto o en nuestras ideas. Pero eso no significa que la indefensión sea total. Hay mucho que se puede hacer, y divulgar las mejores prácticas de defensa contra la manipulación digital es un indispensable primer paso.

Segundo: es inútil ofrecer mejores prácticas a quienes no están interesados en usarlas. Una sostenida campaña que explique las nefastas consecuencias de la indolencia electoral es igualmente indispensable.

Tercero: hay que hacerles la vida más difícil a los manipuladores. Quienes orquestan las campañas de desinformación deben ser identificados, denunciados y, en los casos de abusos más flagrantes, demandados y enjuiciados. Estos manipuladores florecen en la opacidad y se benefician del anonimato. Por lo tanto hay que hacer más transparentes los orígenes, las fuentes y los intereses que están detrás de la información que consumimos. Es necesario disminuir la impunidad con la que operan quienes están socavando nuestras democracias.

Cuarto: impedir que las empresas de tecnología informática y de redes sociales sigan actuando como facilitadores de los manipuladores. La interferencia extranjera en las elecciones de EE UU o en otros países no hubiese sido posible sin Google, Facebook, Twitter y otras empresas similares. Hoy sabemos que al menos estas tres compañías se lucraron al vender mensajes de propaganda electoral pagados por clientes asociados a operadores rusos. Hay que obligar a estas empresas a que usen su enorme poder tecnológico y de mercadeo para proteger a sus consumidores. Y hay que hacerles más costoso el que sigan sirviendo de plataformas para el lanzamiento de agresiones antidemocráticas.

Twitter @moisesnaim

La lotería del candidato salvadoreño. De Cristina López

La manera de hacer campaña para cualquier puesto de elección popular se ha vuelto tan estereotipada y poco original, que uno hasta podría jugar una suerte de lotería solamente usando las fotos que los candidatos se toman.

Cristina LópezCristina López, 23 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

A ver, a ver: hagamos un recorrido por la memoria folclórica. Si usted creció en El Salvador, o por lo menos ha estado en el país con cierta permanencia, no le serán ajenos nuestros juegos de lotería, entretenimiento tan típico de nuestra tierra. En específico la de Atiquizaya, que se ha hecho merecedora de hasta tributos musicales (por parte de la Orquesta Óscar Tovar, por ejemplo: vaya búsquela en YouTube y disfrute) por la originalidad con la que sus maestros de ceremonia cantan las bolas que van saliendo: la araña, la dama, el catrín, el sol “cachetes de gringo”, el pájaro, el venado y demás.

EDH logLa manera de hacer campaña para cualquier puesto de elección popular se ha vuelto tan estereotipada y poco original, que uno hasta podría jugar una suerte de lotería solamente usando las fotos que los candidatos se toman cuando andan “recorriendo el territorio.” Por supuesto, las redes sociales han exacerbado el “postureo”, palabra que usan los españoles para describir la falta de autenticidad que viene de alguien claramente actuando de cierta manera para la foto. Ahora la ubicuidad de fotos disponibles de los candidatos haciendo campaña solo han venido a demostrar que el postureo lo practican todos, toditos; del partido político que sean se encuentran suficientes ejemplos para formar un cartoncito de lotería.

Las categorías infaltables que podrían cantarse en la lotería del candidato salvadoreño incluyen: el candidato o candidata bailando música nacional (aunque en su vida hayan movido la cadera), el candidato o candidata echando pupusas (aunque jamás se hayan llenado los dedos de masa antes de la foto), el candidato o la candidata posando con un cántaro (aunque siempre le haya caído agua en chorro residencial y eso de acarrear agua le sea más foráneo que la ética a los empleados gubernamentales en viajes oficiales inútiles). La categoría más populosa será quizás aquella del candidato o la candidata brindando obsequios a las multitudes. En esta categoría hay que darle algo de mérito a la creatividad, puesto que cada temporada electoral encontramos a alguien que supera lo jamás antes visto en lo que a regalos se refiere: si los ventiladores del diputado Bonner Jiménez no eran poco, la candidata Milena Mayorga lo superó regalando 150 anteojos pregraduados. La suerte en este caso no era tanto ser de los beneficiados, sino más bien que la graduación de casualidad le pegara a las necesidades visuales de los, más bien, desafortunados beneficiados.

Por supuesto que ni Jiménez ni Mayorga están conquistando tierra nueva en esto del populismo material con el que se explota a los votantes necesitados en el país. Simplemente, son poco originales y siguen el libro de estrategias de cientos antes que ellos, que aprovechando las necesidades materiales de las que padece gran parte de la población, aterrizan en territorios que desconocen por completo y pretenden, sin hacer la tarea difícil de conocer realmente las necesidades de la gente hablando con líderes comunitarios y analizar desde el punto de vista de las políticas públicas qué realmente pueden contribuir con su candidatura, ganarse corazones y votos a punta de condescendencias. Por que al final del día, eso es lo que son las poses fotográficas de los candidatos en temporada de elección: condescendencia pura hacia nuestra gente, asumiendo que con una canasta básica, un huacal colorido, una pupusa que echen en una pupusería a la que antes de eso nunca fueron en su vida, no hará falta hacer propuestas serias, de las que resuelven los problemas que continuarán cuando el ventilador y los lentes ya no sirvan para nada.

@crislopezg

Debate sobre populismo. Íñigo Errejón vs. José María Lassalle

Un debate pendiente, y pocas veces llevado a cabo con altura: liberalismo vs. populismo. Reproducimos tres artículos sobre el tema.

Segunda Vuelta

En el ojo del huracán: populistas frente a liberales. De José Ángel Mañas

Lassalle y Errejón deberían discutir sus argumentos rebajando el nivel de abstracción.

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José Ángel Mañas, autor

José Ángel Mañas, 16 septiembre 2017 / EL PAIS

Hablar, comunicar, debatir. Esa es la esencia de la convivencia pacífica. Lo dice el refranero: hablando se entiende la gente. Y algo así emblemiza, a un nivel superior, el parlamentarismo democrático. El “menos malo de los sistemas políticos” se precia de confrontar, en un espacio lo más respetuoso posible, los diferentes discursos que conviven en una época, con la idea de que tras la confrontación dialéctica, una mayoría cualificada en representación del conjunto de la población tome, en conciencia, la mejor decisión e, idealmente, dé una solución civilizada a los conflictos. Con todo lo cuestionada que está la democracia deliberativa, ahí seguimos.

el paisViene esta perogrullada a cuento del artículo que acaba de escribir en este medio Íñigo Errejón, en respuesta al trabajo titulado Contra el Populismo, recién publicado por José María Lassalle. Es este un corto ensayo (“breve, ágil y vigoroso”, según el dirigente podemita) en el que Lassalle se enfrenta, utilizando toda su artillería retórica, con el que está considerado, desde el punto de vista liberal, como el gran peligro de nuestra época. Lassalle, hombre elegante, pensador inteligente y liberal convencido, critica desde su posición ilustrada, de un moderantismo inequívoco, el fenómeno populista. Su punto fuerte es su convicción ciega en unos valores que han demostrado, a lo largo de más de dos siglos, una resistencia a prueba de bombas.

Es el suyo un liberalismo, entendido en el sentido más amplio de la palabra, que debe ser ubicado, para su comprensión cabal, en la corriente de pensamiento antiabsolutista que provocó la caída del Antiguo Régimen. Liberalismo político imbricado hasta el tuétano en nuestras democracias actuales, profundamente consensuado y que poco o nada tiene que ver con el liberalismo econocimicista que más bien tendríamos que llamar anarquía de mercado, a juzgar por su funcionamiento, más que otra cosa. La confusión del liberalismo económico con el político ha sido la circunstancia que más daño ha hecho a los liberales en los últimos años. A la hora de rechazarlo, no obstante, conviene no tirar el bebé con el agua sucia del baño, como dicen los franceses.

Frente a esta posición previsible de Lassalle, se ha erigido en campeón de la causa populista Íñigo Errejón, como portavoz de ese núcleo duro intelectual del mundo podemita que, a rebufo de Laclau, entiende el populismo no como algo negativo sino como el momento democrático por excelencia. Ese momento, en las “épocas calientes” ackermanianas a que se refiere Errejón, en el cual un pueblo, insatisfecho con las instituciones incapaces de dar solución a sus demandas, se convierte en actor totalitario de una subversión que aspira a ser fundacional. Plebe usurpando el demos, en términos laclausianos, gracias a la articulación unitaria de los diferentes colectivos en conflicto con la hegemonía neoliberal que, unidos en esa relación de equivalencia (los señores podemitas me corregirán si no he entendido bien), deberían ser capaces de imponer una nueva hegemonía de signo no sé si socialista o popular. Ahí ya me pierdo.

 

“La confusión del liberalismo económico con el político
ha sido la circunstancia que más daño ha hecho
a los liberales en los últimos años”

Y eso es precisamente a lo que iba. Los dos autores citados están de acuerdo en que este, populismo vs. liberalismo, es el gran debate de nuestra época. Y yo, con mis lecturas políticas de autodidacta en esas alturas del pensamiento donde se dirimen las grandes cuestiones históricas, estoy dispuesto a concedérselo, y tengo ganas de presenciar el debate. Y, sin embargo, el problema es que me cuesta horrores entender la postura populista, no por otra cosa sino por el lenguaje tan enrevesado que manejan sus defensores. Falta, me parece a mí, mucha pedagogía.

Adolecen Errejón y los suyos de una oscuridad conceptual vertiginosa. No en balde chupa todo este -llamémosle por su nombre- posmarxismo de las dos jergas más influyentes y oscuras del siglo XX: el psicoanálisis y el propio marxismo, tanto en su vertiente original como en sus sucesivas derivaciones. El resultado es que, estando posiblemente acertados en el fondo de la cuestión, esa parte de razón se desvirtúa por el lenguaje tan tremendamente enmarañado que manejan. No hay sino que echarle un vistazo a los textos del tan cacareado Zizek, pese a sus ejemplos poperos, de engañosa facilidad (los ejemplos, no el pensamiento).

En definitiva, yo quiero que se abra este debate, sí, y quiero ver discutir a autores, como Lassalle y Errejón, familiarizados con los pensadores que están en el ojo del huracán de lo que está sucediendo ahora mismo. Lo único que les ruego, por favor, señores, es que en aras de que podamos entenderles, rebajen su nivel de abstracción y nos hagan inteligibles sus argumentos y reflexiones al común de los mortales. En definitiva, Íñigo, que no he entendido ni la mitad de lo que escribes en tu artículo. ¿Me lo podrías volver a explicar en cristiano?

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Artillería intelectual contra el populismo. De Íñigo Errejón

José María Lassalle firma un ensayo vigoroso contra un “fantasma de contornos imprecisos”.

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Íñigo Errejón, politólogo y dirigente de PODEMOS

Íñigo Errejón, 8 septiembre 2017 / EL PAIS

José María Lassalle ha escrito un ensayo breve, ágil y vigoroso dedicado a combatir la que en su opinión es la principal amenaza para las democracias contemporáneas, un fantasma de contornos imprecisos que en los últimos años inspira ríos de tinta, gruesos titu­lares y cataratas de adjetivos: el fantasma del populismo. Con un buen olfato intelectual y un explícito compromiso liberal y conservador, Lassalle diagnostica la discusión fundamental de nuestros días: para sectores cada vez más amplios de nuestras sociedades, las certezas de antaño, las promesas de seguridad y prosperidad, están hoy rotas y se han llevado por delante con ellas la confianza de los gobernados en las élites políticas y económicas.

el paisA partir de aquí, y todo en virtud del combate de la demagogia y las “bajas pasiones”, Lassalle no escatima en recursos e imágenes para que compartamos su inquietud: “Entre los escombros de la fe en el progreso (…) repta silenciosa y oculta a los ojos de la opinión pública la serpiente de un populismo que puede convertirse en la columna vertebral de un nuevo leviatán totalitario”. Casi nada. A lo largo del ensayo, la ausencia de demostraciones empíricas que permitan contrastar la encendida prosa con la realidad es compensada por más andanadas retóricas, hasta dibujar un paisaje tenebroso en el que causas y consecuencias se confunden.

El autor acierta en su lectura de la sensación generalizada de fin de ciclo, de pacto social y político resquebrajado. Pero indaga poco o nada en sus causas, en el tipo de políticas concretas que han sustituido la conciencia de los derechos por el miedo al futuro, en la voladura de las instituciones o las políticas públicas que tenían como objetivo limitar el poder de los más fuertes, elevar las oportunidades de los más débiles y garantizar unas reglas del juego compartidas por toda la comunidad política. Este marco de convivencia, en el libro de Lassalle, habría volado por los aires fruto de una “crisis” sin nombres ni apellidos, sin decisiones concretas con ganadores y perdedores de las mismas. Un fenómeno al margen de la política, sobre el que no cabe hacerse preguntas políticas ni, por tanto, pensar alternativas, igual que sucede, por ejemplo, ante un huracán. Así que el problema pasa a ser que sobre ese fenómeno han surgido fuerzas políticas que para Lassalle son más bien “estados de ánimo”, por supuesto irracionales: rencor, venganza, miedo. La fractura social, la jibarización de la democracia por poderes privados no sometidos a control alguno no existían hasta que despiadados tribunos de la plebe la han señalado, de tal manera que el problema es señalarla, no su existencia. Por poner un ejemplo concreto: el desprestigio de las instituciones no tendría tanto que ver con su uso patrimonial —o saqueador— por parte de las élites tradicionales como por la artillería discursiva del populismo.

“El autor acierta en su lectura de la sensación
de fin de ciclo, de pacto social y político resquebrajado.
Pero indaga poco o nada en sus causas”

El constitucionalista norteamericano Ackerman señala que la historia pasa por “épocas frías”, durante las cuales la institucionalidad existente contiene en lo fundamental las esperanzas y demandas de la población, y por “épocas calientes”, de carácter más bien fundacionalista, en las que un excedente popular no contenido o satisfecho en la institucionalidad existente reclama con más o menos éxito la reconstrucción del interés general y una arquitectura institucional acorde. Esto no es resultado de malignas y demagógicas conspiraciones, sino la esencia de la política: los fines de una comunidad, su propia composición, no están dados y es en torno a su definición que se articula la disputa y el pluralismo. También los “antipopulistas” elaboran relatos que explican la realidad, atribuyen responsabilidades, reparten posiciones e identifican a un “nosotros” que quieren mayoritario. La diferencia es que ellos lo niegan.

Nuestros sistemas políticos contemporáneos son hijos de una convergencia, no exenta de conflictos, entre el principio democrático y el principio liberal. Ambos han convivido en un equilibrio siempre inestable. En los últimos tiempos, ese equilibrio se ha escorado claramente hacia el principio liberal por la erosión de los derechos sociales y el estrechamiento de la soberanía popular. De ahí procede el desencanto y la brecha entre gobernantes y gobernados. Sin embargo, a los intentos de reequilibrar esta convivencia Lassalle los mira como afanes revanchistas y rencorosos propios de perdedores. Su solución es protegerse aún más del componente popular y profundizar el desequilibrio en favor del liberalismo. Salir del hoyo cavando.

Una de las mejores hebras del libro es el análisis de la tensión entre la “excepcionalidad” del momento de construcción popular y la “normalidad” del enfriamiento institucional. El problema es que Lassalle no la puede desarrollar pues para él no hay tensión, sino contraposición moral. A pesar de todas las evidencias empíricas, para él se trata de dos fuerzas antagónicas y no de una tensión que genera un movimiento pendular. Al negar todo posible entendimiento entre el momento popular y el momento republicano, Lassalle nos devuelve en lo teórico a la dicotomía simplificada liberalismo versus comunitarismo, y en lo político nos condena a la inmovilidad y la mistificación de lo existente como lo único posible.

Siempre que, tras un momento de dislocación y crisis, hay una nueva reunión de voluntades, un “volver a barajar las cartas”, aparece el pueblo, la gente o el país, como nueva voluntad colectiva. Es el momento fundacional de we the people que a los conservadores de distinto signo ideológico fascina cuando está escrito en un código o expuesto en un museo de historia, pero horroriza cuando asoma la cabeza en el presente. El “pueblo”, por tanto, es entonces algo así como un imposible imprescindible: imposible porque la diversidad de nuestras sociedades —­afortunadamente— nunca se cancela o cierra en una voluntad general plenamente unitaria y permanente, pero al mismo tiempo imprescindible, porque no existen sociedades sin mitos, relatos y metas compartidas en torno a las cuales construir orden y anticipar soluciones a los principales problemas del momento. La hegemonía es la capacidad dirigente para articular un nuevo horizonte general que incluya también a los adversarios. Y hoy está en disputa, lo que inquieta a sus tradicionales detentadores hasta el punto de llevarles a escribir encendidos ensayos.

Los conservadores siempre han desconfiado de “los riesgos que conlleva la arquitectura masiva e igualitaria de la democracia” y en los años dorados del neoliberalismo acariciaron la utopía regresiva de establecer “democracias sin demos”: de electorados y consumidores, fragmentados, solos frente a los grandes poderes, sin pasiones ni identidades compartidas, que se reúnen sólo dentro de los límites y cuando son oficialmente convocados: exorcizar la comunidad. Tal cosa nunca fue posible, pero el estallido de la crisis financiera y el devastador resultado de su gestión en favor de intereses de minorías privilegiadas hacen hoy inaplazable la discusión que de manera certera identifica Lassalle: la refundación democrática de nuestras comunidades políticas para paliar la incertidumbre, la precariedad, la desprotección y el sentido de injusticia e impunidad de los poderosos que se abaten sobre nosotros.

Parece difícil negar que hoy atravesamos un momento caliente. La encrucijada es si sabremos encauzarlo institucionalmente o elegiremos condenarlo moralmente —“los míos son actores políticos legítimos, los otros son un estado de ánimo, una suspensión de la razón”—. Nos jugamos que el impulso popular sirva para ensanchar y robustecer nuestras democracias o que se estrelle contra unas élites atrincheradas y temerosas del futuro… e incluso de una “sobredimensión de la esencia popular de la democracia”. Esta es, como bien señala el autor, la batalla intelectual más relevante del momento, y Lassalle es sin duda de los más lúcidos y preparados para librarla desde el campo conservador. Bienvenida sea.

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De reversos y calenturas de la democracia. De José María Lassalle

El autor responde a la crítica de Íñigo Errejón sobre su libro.

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Marcha por el centro de Madrid organizada por Podemos en 2015. Foto: A. Ruesga

Secretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital

José María Lassalle, autor liberal y dirigente del PP. Actualmente Secretario de Estado para la Sociedad de la Información y la Agenda Digital

José María Lassalle, 15 septiembre 2017 / EL PAIS

El populismo es una estrategia de seducción elitista. Un proyecto político que actúa sobre la estructura emocional de la democracia al calentar y manipular las adherencias que conectan al pueblo con la institucionalidad que lo representa. El objetivo es que el reverso inconsciente de la democracia haga bullir su estabilidad. Que sustituya la fría racionalidad formal de legitimación que hace posible que todos, más allá de nuestras diferencias, constituyamos un “nosotros” en el que cada uno se reconozca como parte del mismo pueblo soberano. La sospecha de que unos trabajan contra otros, de que existen mecanismos de hegemonía de clase que ocultan una relación dialéctica que sustenta la sociedad en una disputa entre amigos y enemigos, es uno de los resortes que activa sutilmente. En esta tarea, el populismo identifica un “horizonte de oportunidad” que, como ha sucedido con la crisis, haga posible un desencuentro dentro de la sociedad que rompa la unidad simbólica del pueblo y que no dude en favorecer su dislocación y división. De este modo se busca provocar finalmente un reseteo revolucionario del poder el paismediante, en palabras de Laclau, “una plebs que reclame ser el único populus legítimo —es decir, una parcialidad que quiere funcionar como la totalidad de la comunidad—”. Para lograrlo es fundamental, como veía Gramsci, una especie de guerra de posiciones que, prolongada y gobernada por la planificación de intelectuales orgánicos, proyecte una voluntad de cambio que altere finalmente las reglas de juego democráticas. ¿Cómo? Vulnerándolas a partir de una inteligencia que sustituya el boxeo de masas revolucionario por el ajedrez guerrillero de acciones culturales y relatos políticos que alteren las mentalidades hasta hacer posible la ruptura de la unidad del pueblo.

Íñigo Errejón es uno de esos intelectuales orgánicos de los que hablaba Gramsci. Un pensador brillante que, a partir de una sólida formación académica, despliega con nitidez seductora los argumentos de la razón populista que acabo de describir. Sin lugar a dudas es el principal activo intelectual de su partido, circunstancia que me mueve a responder la reseña crítica que tan elegantemente escribió sobre mi libro [Contra el populismo; Debate, 2017]. No en balde, como diría su admirado Stuart Hall, ha asumido el papel de un líder cultural alineado con fuerzas históricas emergentes que desarrollan desde el populismo “técnicas cruciales de articulación discursiva, desarticulación y articulación”, participando “en la vida práctica, como constructor, organizador, persuasor permanente y no simple orador”. Circunstancia que hace que el artículo de Errejón no sea una simple crítica ensayística, sino la cartografía de un relato populista desde el que, con acerada inteligencia, inicia el despliegue de una potente línea de fuego analítico que quiere dar la “batalla intelectual más relevante del momento”. Batalla que no duda en plantear con la mano tendida desde el respeto y la argumentación, pero que elige como tablero de juego un aparato privilegiado de producción de hegemonía como es la cultura.

“La institucionalidad ha mostrado
disfuncionalidades profundas, pero sigue en pie
y con capacidad de desplegar acciones de reforma”

El vector de combate que plantea Íñigo Errejón afirma que la crisis ha hecho surgir una voluntad popular renovada. Una voluntad que sería el producto de “una erosión de los derechos sociales y del estrechamiento de la soberanía popular” que ha favorecido el “desencanto y la brecha entre gobernantes y gobernados”. Circunstancias que justificarían un momento popular caliente que protagonizaría un “excedente popular no contenido o satisfecho en la institucionalidad existente” y que, por tanto, reclamaría una “reconstrucción del interés general y una arquitectura institucional acorde” con el resultado de “volver a barajar las cartas”. Hasta aquí un relato impecable que matizan los hechos porque la experiencia colectiva resultante de estos años de crisis es algo distinta. Es indudable que la institucionalidad democrática se ha debilitado, pero ha resistido, también, en el respaldo popular. El “nosotros” que unifica al pueblo no se ha roto. Ni por su polarización emocional ni por la agitación de su reverso violento e inconsciente. El pluralismo sigue siendo fructífero, lo mismo que la otredad y el respeto tolerante al otro. Los reaseguros sociales han funcionado y permiten que la paz social se mantenga en Europa. Es indudable que la institucionalidad ha mostrado disfuncionalidades profundas, pero sigue en pie y con capacidad de desplegar acciones de reforma que la adaptan a las nuevas realidades, aunque, eso sí, desde las reglas de juego que siguen vigentes. Errejón concluye que hay que barajar las cartas y le respaldo, aunque con las reglas que hemos pactado porque son de todos. Y para que el juego democrático sea posible hay que hacerlo sin esa épica que invoca y, a poder ser, sin los mitos que propician la irracionalidad. Apoyémonos en una solidaridad afectuosa que nos haga sentir que somos un “nosotros” que debemos preservar unido y en paz si queremos definirnos como seres civilizados. Confiemos en los otros y cuidemos entre todos la democracia. Prefiero tender la mano intelectual a mi admirado Errejón para esto que para la batalla.

 

Realidad, no populismo. De Erika Saldaña

Los candidatos o precandidatos para cualquier puesto público tienen que darle un cambio de dirección total a la forma de hacer política, para que eventualmente tengamos un gobierno que no solo prometa, sino que funcione.

erika saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 11 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Aunque muchos no queramos, el periodo electoral ha iniciado. En medio del mar de promesas que empiezan a surgir está el hartazgo de la ciudadanía sobre la forma tradicional de hacer política en El Salvador. Esa apatía es alimentada por los asesores de muchos candidatos, quienes tienen como credo de campaña que el contenido es irrelevante si logran hacer el ruido suficiente; una foto en portada o viralizada en redes sociales vale más que diez propuestas de políticas públicas bien elaboradas.

Los políticos saben que el populismo ha sido la forma de ganar las elecciones en el pasado. Regalar promocionales, prometer cosas que en la realidad son imposibles, gobernar sin un plan específico y deslegitimar al contrincante han sido EDH loglas estrategias de muchos. Y la falta de educación de la población ha colaborado a que el populismo partidista sea receta para alcanzar el poder. Pocos han comprendido que esta forma de hacer política no solo es vacía y hasta absurda, sino que causa un grave daño a la democracia de un país.

La ola populista surge como respuesta a la incapacidad de los políticos a brindar soluciones realistas a los problemas que aquejan a la ciudadanía. Los populistas prometen lo inasequible, el placebo temporal, sin considerar los costos o el déficit que generarán sus propuestas. Los populistas dicen lo que la gente quiere escuchar, aunque sean cuestiones inviables. ¿Quién no quiere recibir una pensión más alta? ¿Quién no quiere que regalen uniformes y zapatos para sus hijos? Pero nadie nos dice de donde saldrá el dinero para financiarlas, ni si estas acciones de verdad están ayudando a minimizar el problema principal.

No solo necesitamos campañas y políticos con una retórica política persuasiva que devuelva la ilusión a una ciudadanía; es urgente que los políticos construyan los cimientos de esa ilusión, que tengan ideas y planes concretos sobre la forma en que resolverán los problemas de la población, así como un equipo con capacidad de ejecución. Los candidatos o precandidatos (irrelevante el nombre cuando se conocen sus intenciones) para cualquier puesto público tienen que darle un cambio de dirección total a la forma de hacer política, para que eventualmente tengamos un gobierno que no solo prometa sino que funcione.

Necesitamos gente que sepa dirigir y ser líderes para el país; pero también, urge que esas personas tengan ideas claras, al mejor grupo de expertos para elaborarlas y ejecutarlas, y la capacidad política de negociar consensos entre las distintas fuerzas políticas. Necesitamos personas que tengan la habilidad de escuchar críticas o las buenas ideas de la contraparte, que dejen a un lado el ego político y la manía de desprestigiar a todo aquel que piense distinto. Lo contrario terminará de hundir a la ya desgastada política salvadoreña.

En El Salvador abundan los grupos políticos preocupados por sus intereses y ajenos de la realidad que vive la mayoría. Se adjudican la voz del pueblo cuando poco conocen la precaria realidad que estas personas tienen que vivir con un dólar al día, cuyos hijos van a escuelas sin agua y hacen hazañas para llevar comida a su casa. No tienen como prioridad identificar problemas reales, elaborar respuestas realistas, ejecutar proyectos ni medir consecuencias; lo único que tienen en mente es ganar.

La política partidaria ya llegó a un punto muerto, pues los políticos carecen de credibilidad ante la mayoría de la población. No hemos hecho nada por construir un debate público decente. Ahora necesitamos un cambio radical que les permita ir convenciendo poco a poco a la ciudadanía que no son más de lo mismo; y esto solo lo podrán hacer políticos y políticas públicas enfocados en resolver problemas y no solo en ganar una elección. No se conviertan en cómplices del decaimiento de la democracia. Elevar el nivel de discurso político y que este sirva para ayudar al país necesita la colaboración de los políticos que proponen y de una ciudadanía más activa que escuche.

Racionalidad y ética. Columna Transversal de Paolo Luers

El único antídoto al populismo es la racionalidad. Muchos en este país se sienten frustrados de la política que no resuelve los problemas de país y ni siquiera define las prioridades de los problemas a resolver; muchos han perdido la confianza en los políticos, la tolerancia con el mal gobierno del FMLN y la paciencia con la oposición.

paolo3Paolo Luers, 28 julio 2017 / EDH

Esta frustración tiene dos escapes: uno es la antipolítica que ofrece el populismo, predicado por “líderes” que ofrecen apartar los partidos y los complicados mecanismos de una institucionalidad que funciona, pero no para establecer mejores instituciones, sino para constituir una relación directa y apasionada entre un ‘líder’ y ‘el pueblo’; la otra salida es introducir racionalidad a la política, o más bien, racionalidad y ética.

EDH logNos predican como loros que hay que “despolarizar” la política. Y esto lo repite un coro de loros. Pero nuestro problema no es la polarización, ni la confrontación, sino la falta de confrontación transparente entre proyectos de políticos, propuestas de políticas públicas, definiciones de las prioridades, proyectos de solución a las crisis de seguridad, de educación y de crecimiento. No se trata de despolarizar, sino de definir de manera racional los polos, de desapasionar la política, de hacerla racional, discutible, transparentando con toda claridad las opciones. Tenemos un exceso de pleito – y un déficit de debate.

Los discursos populistas abundan. Se han apoderado de la izquierda, desplazando su acumulación histórica de análisis y pensamiento críticos. Se manifiestan, de manera aún más desenfrenada, en la supuesta “nueva izquierda”, personificada en la figura mesiánica de Nayib Bukele, que tiene muchos vasos comunicantes con la supuesta “nueva derecha”, fundada por Tony Saca, su engendro GANA y su “teórico” cantinflesco Walter Araujo. Pero ARENA, luego de rendirse ante el populismo de Saca, tampoco se ha liberado de esta tentación. En vez de apostar consecuentemente al antídoto del populismo, la racionalidad, sigue jugando con la tentación de enfrentar al populismo de sus adversarios con otro propio. De repente se perfila una batalla entre “nueva visión” de Carlos Callejas contra las “nuevas ideas” de Bukele; o “el país primero” contra “el pueblo primero”…

Pero sería absurdo que empresarios, si deciden meterse en política ante las deficiencias de la clase política, lo hicieran adoptando otra versión del clásico discurso de los políticos que esconden con demagogia su incapacidad de generar y gestionar soluciones y prioridades. O tienen la capacidad de introducir racionalidad a la política, o mejor no se metan. Necesitamos su capacidad de ejecutar, pero no nuevos gurús.

Lo mismo hay que decir a la emergente clase media profesional, que se está aglutinando en movimientos ciudadanos, y que está a un paso de meterse en política, sea a corto plazo con candidaturas no partidarias, sea a mediano plazo construyendo un partido centrista. Es preocupante que en este contingente de la nueva política, que debería ser la reserva moral y racional del país, también se escuchan discursos populistas. Hay quienes convierten la crítica a la corrupción en una cruzada, con peligro de terminar en una cacería de brujas. De repente la justa y necesaria crítica a la política establecida se convierte en discurso contra “la clase política”, muy parecido al discurso del populismo de izquierda que se declara en guerra contra “la casta política” y “los partidos del sistema”.

El motor de arranque de los movimientos ciudadanos decididos a meterse en política es la genuina y justificada frustración con la impunidad y la poca voluntad de los partidos y de la institucionalidad del país de enfrentarlas. La ruptura con un orden establecido de corrupción siempre arranca con la frustración y la indignación, incluso el resentimiento, pero ellas no pueden ser la base para una “nueva política”. Tiene que someter las emociones y pasiones a un proceso de análisis que genere racionalidad.

La oposición -ni ARENA, ni mucho menos los nuevos actores ciudadanos que se están articulando- no deben caer en la tentación de recoger y articular el resentimiento de la gente. No se puede construir una alternativa política sobre resentimientos, sino solamente sobre propuestas y soluciones racionales. Y racional, para definirlo bien en este contexto, incluye hablar con franqueza de las medidas impopulares y de los sacrificios colectivos necesarios para enfrentar y solucionar los problemas no resueltos del país.

A los “renovadores” dentro y fuera de ARENA les toca una tarea histórica compartida: introducir racionalidad a la política. Y ética, que en última instancia es lo mismo. Porque los discursos populistas se visten de un enorme ímpetu moral (o moralista), pero la ética, para ser válida, está basada en racionalidad.