populismo

Racionalidad y ética. Columna Transversal de Paolo Luers

El único antídoto al populismo es la racionalidad. Muchos en este país se sienten frustrados de la política que no resuelve los problemas de país y ni siquiera define las prioridades de los problemas a resolver; muchos han perdido la confianza en los políticos, la tolerancia con el mal gobierno del FMLN y la paciencia con la oposición.

paolo3Paolo Luers, 28 julio 2017 / EDH

Esta frustración tiene dos escapes: uno es la antipolítica que ofrece el populismo, predicado por “líderes” que ofrecen apartar los partidos y los complicados mecanismos de una institucionalidad que funciona, pero no para establecer mejores instituciones, sino para constituir una relación directa y apasionada entre un ‘líder’ y ‘el pueblo’; la otra salida es introducir racionalidad a la política, o más bien, racionalidad y ética.

EDH logNos predican como loros que hay que “despolarizar” la política. Y esto lo repite un coro de loros. Pero nuestro problema no es la polarización, ni la confrontación, sino la falta de confrontación transparente entre proyectos de políticos, propuestas de políticas públicas, definiciones de las prioridades, proyectos de solución a las crisis de seguridad, de educación y de crecimiento. No se trata de despolarizar, sino de definir de manera racional los polos, de desapasionar la política, de hacerla racional, discutible, transparentando con toda claridad las opciones. Tenemos un exceso de pleito – y un déficit de debate.

Los discursos populistas abundan. Se han apoderado de la izquierda, desplazando su acumulación histórica de análisis y pensamiento críticos. Se manifiestan, de manera aún más desenfrenada, en la supuesta “nueva izquierda”, personificada en la figura mesiánica de Nayib Bukele, que tiene muchos vasos comunicantes con la supuesta “nueva derecha”, fundada por Tony Saca, su engendro GANA y su “teórico” cantinflesco Walter Araujo. Pero ARENA, luego de rendirse ante el populismo de Saca, tampoco se ha liberado de esta tentación. En vez de apostar consecuentemente al antídoto del populismo, la racionalidad, sigue jugando con la tentación de enfrentar al populismo de sus adversarios con otro propio. De repente se perfila una batalla entre “nueva visión” de Carlos Callejas contra las “nuevas ideas” de Bukele; o “el país primero” contra “el pueblo primero”…

Pero sería absurdo que empresarios, si deciden meterse en política ante las deficiencias de la clase política, lo hicieran adoptando otra versión del clásico discurso de los políticos que esconden con demagogia su incapacidad de generar y gestionar soluciones y prioridades. O tienen la capacidad de introducir racionalidad a la política, o mejor no se metan. Necesitamos su capacidad de ejecutar, pero no nuevos gurús.

Lo mismo hay que decir a la emergente clase media profesional, que se está aglutinando en movimientos ciudadanos, y que está a un paso de meterse en política, sea a corto plazo con candidaturas no partidarias, sea a mediano plazo construyendo un partido centrista. Es preocupante que en este contingente de la nueva política, que debería ser la reserva moral y racional del país, también se escuchan discursos populistas. Hay quienes convierten la crítica a la corrupción en una cruzada, con peligro de terminar en una cacería de brujas. De repente la justa y necesaria crítica a la política establecida se convierte en discurso contra “la clase política”, muy parecido al discurso del populismo de izquierda que se declara en guerra contra “la casta política” y “los partidos del sistema”.

El motor de arranque de los movimientos ciudadanos decididos a meterse en política es la genuina y justificada frustración con la impunidad y la poca voluntad de los partidos y de la institucionalidad del país de enfrentarlas. La ruptura con un orden establecido de corrupción siempre arranca con la frustración y la indignación, incluso el resentimiento, pero ellas no pueden ser la base para una “nueva política”. Tiene que someter las emociones y pasiones a un proceso de análisis que genere racionalidad.

La oposición -ni ARENA, ni mucho menos los nuevos actores ciudadanos que se están articulando- no deben caer en la tentación de recoger y articular el resentimiento de la gente. No se puede construir una alternativa política sobre resentimientos, sino solamente sobre propuestas y soluciones racionales. Y racional, para definirlo bien en este contexto, incluye hablar con franqueza de las medidas impopulares y de los sacrificios colectivos necesarios para enfrentar y solucionar los problemas no resueltos del país.

A los “renovadores” dentro y fuera de ARENA les toca una tarea histórica compartida: introducir racionalidad a la política. Y ética, que en última instancia es lo mismo. Porque los discursos populistas se visten de un enorme ímpetu moral (o moralista), pero la ética, para ser válida, está basada en racionalidad.

El ‘Brexit’ del PSOE. Editorial de El País

La victoria de Sánchez profundiza la crisis del Partido Socialista.

Pedro Sánchez comparece tras proclamarse su victoria. PIERRE-PHILIPPE MARCOU AFP

Editorial de El País, 22 mayo 2017 / EL PAIS

La victoria de Pedro Sánchez en las primarias del partido socialista sitúa al PSOE en una de las coyunturas más difíciles de su larga historia. El retorno a la secretaría general de un líder con un legado tan marcado por las derrotas electorales, las divisiones internas y los vaivenes ideológicos no puede sino provocar una profunda preocupación.

La propuesta programática y organizativa de Sánchez ha recogido con suma eficacia otras experiencias de nuestro entorno, desde el Brexit hasta el referéndum colombiano o la victoria de Trump, donde la emoción y la indignación ciega se han contrapuesto exitosamente a la razón, los argumentos y el contraste de los hechos. En este sentido, la victoria de Sánchez no es ajena al contexto político de crisis de la democracia representativa, en el que se imponen con suma facilidad la demagogia, las medias o falsas verdades y las promesas de imposible cumplimiento.

Finalmente España ha sufrido también su momento populista. Y lo ha sufrido en el corazón de un partido esencial para la gobernabilidad de nuestro país, un partido que desde la moderación ha protagonizado algunos de los años más prósperos y renovadores de nuestra historia reciente. Lo mismo le ocurrió en los meses pasados al socialismo francés, que se encuentra al borde de la desaparición de la mano del radical Benoît Hamon. Y un desastre parecido se avecina en el laborismo británico, dirigido por el populista Jeremy Corbyn. Sería ilusorio pensar que el PSOE no está en este momento ante un riesgo de la misma naturaleza. En todos los casos, la demagogia —conocida en Podemos o Trump— de los de abajo contra los de arriba se ha impuesto a la evidencia de la verdad, los méritos y la razón. Debemos asumir que esto nos sitúa ante una situación muy difícil para nuestro sistema político.

Sánchez ha construido su campaña sobre dos promesas de imposible cumplimiento. Una, conformar, con la actual configuración del Parlamento, una mayoría de gobierno alternativa al Partido Popular. Pero aunque se haya pretendido convencer a la militancia de que entonces se pudo pero no se quiso, esa mayoría fue imposible en octubre pasado y lo es también ahora, pues el PSOE no tiene la fuerza ni la capacidad de construir una mayoría de gobierno estable.

La segunda promesa ha sido la de redibujar el Partido Socialista como una organización sin instancias intermedias en la que solo existe un líder, el secretario general, y los militantes. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja: el PSOE es un partido profundamente descentralizado, tanto desde el punto de vista orgánico como territorial, donde existen múltiples instancias de poder con las que es inevitable contar. No entender ni respetar esa pluralidad y complejidad es lo que le llevó a perder la secretaría general en octubre pasado.

Fue la combinación de esos dos hechos, la imposibilidad de gobernar y la negativa a aceptar las consecuencias, lo que llevó a Pedro Sánchez a perder el apoyo del comité federal y, eventualmente, a dimitir. Las circunstancias no han cambiado, así que Sánchez vuelve al punto de partida de octubre. Con una diferencia crucial: que lo hace después de una serie de giros ideológicos en cuestiones clave (las alianzas con Podemos y el concepto de nación) que le alejan aún más de la posibilidad de gobernar.

En un momento en el que España enfrenta un grave problema territorial en Cataluña, era más necesario que nunca que el PSOE se configurase como un partido estable y capaz de suscitar amplios apoyos. Lamentablemente, el proyecto de Sánchez, en el que no cuenta con nadie que represente el legado de 22 años de Gobierno del PSOE ni ningún poder territorial significativo, aboca al partido a la profundización de una ya gravísima crisis interna. Como demuestran las debacles electorales que sufren los socialistas en toda Europa, y como ya han experimentado los socialistas en España, los márgenes para la supervivencia y relevancia del proyecto que aspiran a encarnar son de por sí ya muy estrechos. En esas circunstancias, la confusión ideológica y el modelo de partido asambleario en el que se ha apoyado Sánchez fácilmente podrá desmovilizar aún más a sus votantes y alejar a los socialistas del poder.

 

En nombre de los pobres. De Rosarlin Hernández

Las reacciones respecto del SITRAMSS solo son una pequeña muestra de todo lo que se dice y se hace en nombre de los pobres.

Rosarlin Hernández, 14 mayo 2017 / LPG-Séptimo Sentido

En El Salvador, usar a los pobres como argumento para hacer funcionar un proyecto se ha convertido en una fórmula casi infalible. Si usted quiere decir, proponer, escribir o hacer lo que sea, y asegurar el éxito económico y mediático de su proyecto, use a los pobres. Diga que está sumamente interesado en mejorar su calidad de vida, que desea que los niños en “situación de riesgo” vivan como sus hijos, que ese proyecto que conoció en Finlandia o Noruega va a dar excelentes resultados cuando usted lo haga aquí, recalque que los admira por la resistencia y la audacia que tienen para sobrevivir, explique que su interés es dignificarlos y que quisiera ser como ellos porque saben cómo ser felices con bien poco.

Ahora bien, si usted quiere lograr mayor conmoción, empatía y “liderazgo”, lo recomendable es que escriba en su muro de Facebook un día sí y otro también cómo le duele el mar de injusticias que produce este país, describa las veces que ha llorado de impotencia, publique cómo pasa las noches de insomnio pensando en los que tienen hambre, en los desempleados, en los obreros con un sueldo ridículo o en todos los pobres que en este país sufren abuso de poder.

En estos días, por ejemplo, los pobres han ocupado el primer plano de interés. La razón: cuatro de los cinco magistrados que integran la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia aprobaron una medida cautelar que obliga a la habilitación del carril segregado del Sistema Integrado de Transporte del Área Metropolitana de San Salvador (SITRAMSS) para que lo usen todos los automovilistas por igual.

La característica común de la avalancha de reacciones ha sido “defender el interés de la población pobre que no tiene vehículo”. El diputado Róger Blandino Nerio calificó la decisión como una medida del “demonio”, el alcalde de Soyapango, Miguel Arévalo, activó su solidaridad con la “gente de a pie” y el ministro de Obras Públicas, Gerson Martínez, aclaró que una de las personas que encabezan la demanda es un activista del partido ARENA, candidato y “provocador de motines”. Las declaraciones las hizo mientras miembros de su partido vociferaban insultos frente a la Corte Suprema.

En este mismo tono de preocupación me sorprendió un tuit del periodista Roberto Valencia que decía: “Esta sociedad clasista nunca digirió la idea de que un pobre en bus llegue antes que alguien en carro propio. La sala corrige la anomalía”.

Me sorprendió, sobre todo, porque un sinnúmero de veces me ha tocado cruzar los dedos para que mi carro viejo no se quede varado en medio de las coasters repletas de pasajeros. Una vez más, los errores de origen del SITRAMSS se perdieron entre el razonamiento polarizado de la politiquería y el clasismo. Una vez más, las opiniones más sensatas las dieron los verdaderos usuarios del servicio.

Las reacciones respecto del SITRAMSS solo son una pequeña muestra de todo lo que se dice y se hace en nombre de los pobres. Elija un hecho reciente y piense en los argumentos que utilizaron los voceros para atacar o defender ese hecho. Muy seguramente el argumento más importante que quedará en sus recuerdos es que todo se hizo en nombre de los pobres sin importar el resultado.

No crea que ese tono de preocupación conveniente es exclusivo de los funcionarios del partido de Gobierno, no, ese tono también lo usan otros actores de la sociedad civil para afianzar su imagen de voceros en favor de los desprotegidos.

Digo todo esto porque en mi caso tanta indignación solo me genera incredulidad. Prefiero creer y apoyar aquellas iniciativas en las cuales sus líderes están enfocados en hacer más y alardear menos. Prefiero, de ser posible, conocer el producto y, al final, llena de admiración y maravillada, sentir el deseo de averiguar quién lo hizo. De preguntar qué debo hacer para sumarme a su proyecto. Pero quizá en estos tiempos de redes sociales, eso sea pedir mucho.

P. D.: Felicidades sinceras a las escritoras salvadoreñas Krisma Mancía, Claudia Hernández, Ivonne Veciana, Elena Salmanca, Jorgelina Cerritos y a mi amigo Miguel Huezo por la fiesta de libros que nos han regalado.

El resurgimiento del proteccionismo. De Manuel Hinds

El proteccionismo ha sido siempre una medida populista que ha fracasado económicamente. En algunos casos, como en 1930, los fracasos han sido espectaculares.

Manuel Hinds, 7 abril 2017 / EDH

El proteccionismo, por muchos años descartado por sus efectos negativos en las economías locales y en la mundial, está regresando a ponerse en boga, principalmente como resultado de las elecciones presidenciales norteamericanas, en las que los dos candidatos hicieron promesas de restablecerlo en Estados Unidos.

El proteccionismo ha sido siempre una medida populista que ha fracasado económicamente. En algunos casos, como en 1930, los fracasos han sido espectaculares. Buscando promover la producción local, la ley Smoot-Hawley de junio de ese año subió los aranceles de importación a Estados Unidos en todos los rubros. En vez de eso, la ley provocó represalias en todo el mundo. Prácticamente todos los países subieron sus aranceles. El resultado neto fue que el comercio internacional cayó de 2,298 a 992 millones de dólares oro de 1929 a 1933. El impacto en la producción fue severo. En vez de subir la producción, ésta disminuyó por el efecto de la caída de las exportaciones. Esta caída fue uno de los factores más importantes para convertir la caída de las acciones de 1929 en la Gran Depresión.

Pero la protección es negativa no sólo porque invita a represalias y esto lleva a caídas en el comercio en las que todos pierden. Operando con costos más altos que los prevalecientes en los mercados internacionales, las actividades protegidas se vuelven ineficientes y no pueden exportar. De esta forma, la protección contra las importaciones mata a las exportaciones. Aún más, las empresas descubren que su éxito depende no de la eficiencia de sus productos sino del favor de los políticos, que son los que deciden quienes deben ser protegidos y por cuanto.

La revolución de la conectividad ha hecho al proteccionismo todavía más negativo. Antes de dicha revolución, todo lo contenido en un producto era producido en el mismo lugar para poder coordinar su producción. En esas condiciones la competitividad de las empresas dependía de la del país. Ahora, con el desarrollo de la capacidad de coordinar tareas complejas a distancia, las empresas pueden partir sus líneas de producción, de tal forma que unas partes se manufacturan en un país y otras en otros, creando líneas de producción virtuales que cubren el mundo entero. Las empresas producen cada componente en los países en los que hacerlo es más barato. De esta forma lo que es competitivo no es el país en donde radican los dueños de la cadena sino la cadena misma, con su combinación de producción en distintos lugares.

De hecho, las empresas han establecido estas cadenas internacionales de producción para poder competir con otras cadenas que operan con cadenas internacionales similares. Un efecto hipotético ilustrará por qué esto es así. Imagine que, por ejemplo, la fábrica de carros Lincoln se ve amenazada por la Mercedes Benz, que puede producir un carro de lujo con menor costo porque produce sus transmisiones en Polonia. La Lincoln descubre entonces que sí podría competir y ganarle a Mercedes si produjera los motores en México. Abre una fábrica en México y empieza a ganarle mercado a Mercedes.

Si en esta situación, que es la más común en el mundo globalizado, Estados Unidos sube sus aranceles de importación para forzar a Lincoln a producir sus motores en Estados Unidos, los carros Lincoln perderán competitividad porque es más caro producir motores en Estados Unidos que en México. Habiendo perdido el mercado, Lincoln tendría que cerrar no solo su planta de motores en México sino también sus plantas en Estados Unidos. Mercedes tomaría la totalidad del mercado, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo entero. Resultados similares se obtienen si los aranceles se aplican sólo a los productos intermedios (como los motores), o sólo a los productos finales (los carros enteros) o igualmente a los productos intermedios y finales. En todos los casos, la protección falla porque la competitividad moderna depende de la eficiencia de la cadena entera de producción.

Para los políticos es a veces difícil comprender estas complicaciones de una economía que, mientras más se ha globalizado, se ha vuelto más interdependiente, de tal forma que tratar de cortar uno de los eslabones destruye a la cadena entera—aunque dicho eslabón esté en otro país. Es hora de que modernicen sus pensamientos.

How Does Populism Turn Authoritarian? Venezuela Is a Case in Point. De Max Fisher/Amanda Taub

Hundreds of thousands of Venezuelans took to the streets of Caracas in October to demand a referendum to oust President Nicolás Maduro. Credit Meridith Kohut for The New York Times

Max Fisher/Amanda Taub, 1 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

When Hugo Chávez took power in Venezuela nearly 20 years ago, the leftist populism he championed was supposed to save democracy. Instead, it has led to democracy’s implosion in the country, marked this past week by an attack on the independence of its Legislature.

Venezuela’s fate stands as a warning: Populism is a path that, at its outset, can look and feel democratic. But, followed to its logical conclusion, it can lead to democratic backsliding or even outright authoritarianism.

Populism does not always end in authoritarianism. Venezuela’s collapse has been aided by other factors, including plummeting oil prices, and democratic institutions can check populism’s darker tendencies.

The country is feeling the fundamental tensions between populism and democracy that are playing out worldwide. Those tensions, if left unchecked, can grow until one of those two systems prevails. But although countries must choose which system to follow, the choice is rarely made consciously, and its consequences may not be clear until it is too late.

Hugo Chávez, then president of Venezuela, at a campaign event in Guarenas in 2012. His first election in 1998 was propelled by populism. Credit Meridith Kohut for The New York Times

When Mr. Chávez became president, the judiciary was dysfunctional and corrupt. A report by Human Rights Watch found that Venezuela’s top administrative court “had actually established set fees for resolving different kinds of cases.”

Less than 1 percent of the population had confidence in the judiciary. As a result, there was broad support for Mr. Chávez’s first round of judicial reforms in 1999, which increased judicial independence and integrity, according to a survey that year by the United Nations Development Program.

But when the Supreme Court refused to allow the criminal prosecution of four generals who Mr. Chávez believed had participated in an attempted coup against him, he came to see the judiciary as an obstacle to popular will and an accomplice of the corrupt elites he had promised to oppose.

Tensions grew in 2004 when the Supreme Court ruled that a petition for a referendum to recall Mr. Chávez from office had enough signatures to go forward.

Mr. Chávez gave himself the authority to suspend unfriendly judges and to pack the courts with new ones, destroying the judiciary’s power to act as a check on his presidency.

“Over the next several years,” the 2008 Human Rights Watch report found, “the newly packed Supreme Court would fire hundreds of judges and appoint hundreds more.”

In Mr. Chávez’s telling, this meant a judiciary that was more responsive to the will and needs of the people — a message that may have appealed to supporters who had voted him into office on explicit promises of smashing the corrupt old elite’s hold on power.

Supporters of Mr. Chávez during a campaign rally in Caracas in 2006. His message was that the country’s problems were caused by unresponsive, undemocratic elites. Credit Tyler Hicks/The New York Times

That requires handing power to unelected institutions, which are necessary to preserve democracy but at odds with the image of pure popular will. This contradiction leaves an opening for populists to challenge those institutions.

But when populist leaders take authority away from institutions to “return power to the people,” as such leaders often say, in practice they are consolidating this power for themselves.

“The logic of personalism drives populist politicians to widen their powers and discretion,” Professor Weyland wrote.

This is why populists often cultivate cults of personality. Mr. Chávez, in addition to hosting a Sunday talk show, held rallies and appeared almost constantly on television. This practice is typically driven by more than ego; such leaders derive their authority not from the rules-based system that governs consolidated democracies, but from raw popular support.

This works only as long as those leaders can claim to have a unique relationship with the public that enables them to attack internal enemies — say, the judiciary or the free press — on their behalf.

Consolidating Power for the People

Populism’s authoritarian tendencies could be seen in Mr. Chávez’s early battles with labor unions, which he had entered office promising to “democratize.”

Venezuela’s union leaders were corrupt, he argued, and had failed to protect workers’ rights.

His government created a parallel system of new unions, while undermining established unions over which it had less influence. But this set up a dynamic in which pro-Chávez unions were favored and dissenting unions were punished.

Mr. Chávez also began exercising more direct control over the powerful state-run oil company, a further extension of his message that power had to be taken back for the people.

But when workers from that company went on strike in protest in 2002, he fired more than 18,000 of them and prohibited the action.

By 2004, Mr. Chávez’s government had begun to blacklist workers, identifying people who had been disloyal to his government and excluding many of them from government jobs and benefits.

This sent a speech-chilling message: To oppose the president was to oppose his project of “Bolívarian socialism” on behalf of the people. Dissent, by that logic, was a threat to freedom, not evidence of it.

These episodes show how initial populist steps — standing up to unelected institutions, paving the way for seemingly necessary reforms — can take on a momentum of their own, until the list of populist enemies has grown to include pillars of basic democracy.

A shop in Bolivar State was looted in December amid rioting in protest of the retirement of the 100 bolivar bill. The country’s institutions have been so crippled that crime is rampant and corruption is near universal. Credit Meridith Kohut for The New York Times

Shortcuts to Democracy

In retrospect, these steps pointed squarely toward authoritarianism, culminating in the attempt this past week to muzzle the Legislature, which was among the final remaining checks on President Nicolás Maduro, Mr. Chávez’s successor.

That progression was not inevitable. Strong democratic checks can sometimes resist the pressures of populism and keep leaders in line. Italy’s Silvio Berlusconi, for example, left office with a mixed record and a storm of corruption charges, but with the country’s democracy intact.

But it is rarely obvious at the time which path a country is taking, and not only because initial steps toward authoritarianism often look or feel democratic.

Tom Pepinsky, a political scientist at Cornell University, has argued that authoritarianism is often an unintended consequence of structural factors that weaken institutions — such as an armed conflict or economic shock — and of incremental steps taken by leaders who may earnestly believe they are serving popular will.

“Just as democracies can be governed by authoritarians, so too can true-believing democrats lay the groundwork for authoritarianism,” Professor Pepinsky wrote on his blog in February. Decisions that feel like shortcuts to democracy — tossing out judges or vilifying a hostile news media — can, in the long term, have the opposite effect.

Along the way, this process can be difficult to spot, as it plays out mainly in the functioning of bureaucratic institutions that most voters pay little mind to. Elections are often still held, as they have been in Venezuela, the news media retains nominal freedom and most citizens can go about their lives as normal.

Venezuela exhibits the worst-case outcome of populist governance, in which institutions have been so crippled that crime is rampant, corruption is nearly universal and the quality of life has collapsed. But those consequences are obvious only after they have done their damage.

 

Hay que defender a esa luz que vino de Atenas. De Fernando Mires

Adolf Hitler posiciona sus tropas en el congreso del partido Nazi. Núremberg, Alemania. 10 de septiembre de 1935

Adolf Hitler posiciona sus tropas en el congreso del partido Nazi. Núremberg, Alemania. 10 de septiembre de 1935

FernandoMires-1451Fernando Mires, 3 marzo 2017 / PRODAVINCI

Muchos hablan de populismo para referirse a movimientos políticos que han signado a la política de América Latina durante los dos últimos decenios y a la de Europa de los tiempos actuales. Pero no hay populismo sin apellidos. Así lo aprendimos de Ernesto Laclau, teórico del populismo por excelencia.

Laclau vio incluso en el fascismo una forma de populismo. Hay populismos democráticos y antidemocráticos, formuló hace un par de años Chantal Mouffe, apuntando en la misma dirección que Ernesto.

Esa es la razón por la cual algunos hemos decidido renunciar al uso exagerado del concepto populismo. Son en verdad muy diferentes las realidades a las que alude. Seguir denominando como populista a un movimiento fascista y a uno democrático a la vez, oscurece en lugar de aclarar.

prodavinciLo dicho vale para la Europa de 2017 donde estamos asistiendo al surgimiento de fenómenos de masas que portan consigo características similares a las de los movimientos fascistas y comunistas que hicieron su puesta en escena durante las décadas de los veinte y de los treinta del siglo pasado. Populistas, los llaman.

Neofascistas, he denominado sin vacilar a algunos de ellos en diferentes artículos. Y lo he hecho no para insultarlos sino porque en sus más diferentes versiones contienen tres elementos propios al fascismo originario:

1. Relación directa entre masa y líder (sin mediaciones interestatales)
2. Identificación de un enemigo común.
3. Revuelta en contra de la democracia liberal y sus instituciones.

Tanto Putin, Erdoğan, Trump, Orbán, Wilders, Le Pen y Petry, desde distintas naciones, gobiernos y partidos, coinciden en su enemistad declarada a la democracia liberal, a los valores que representa y a las instituciones que la sostienen. La política es concebida por ellos como una relación directa entre masa y líder. Todos se declaran enemigos de la división de los poderes, según ellos, un impedimento para el decisionismo del poder supremo. Por eso Putin, Orbán, Erdoğan, Trump, y en América Latina, Maduro, Morales y Ortega, gobiernan mediante decretos.

El objetivo común a todos esos autócratas y aprendices de autócratas, al igual que los defensores de los totalitarismos de ayer (comunistas y/o fascistas) es la destrucción del Estado democrático y su sustitución por uno autocrático. Steve Bannon, ideólogo de Trump, lo ha dicho de un modo radicalmente sincero: “Hay que destruir al Estado”.

La tesis de la destrucción del Estado —propia a los movimientos neofascistas de nuestro tiempo— no es nueva. Marx la adoptó de su amigo/enemigo, el anarquista Bakunin, e intentó darle, aunque sin éxito, un formato científico. Los liberales económicos y sus hijos, los neoliberales, mucho más cerca del anarquismo que del liberalismo político, imaginaron a su vez que la economía debía ocupar el lugar del Estado. Y así como Lenin, ordenó ¡todo el poder a los Sóviets! (sin parlamento y sin justicia) los neoliberales corearon después: ¡todo el poder a las empresas!

Para comunistas, fascistas y liberales económicos, es la gran paradoja, la tesis de la supresión del Estado fue elaborada no para suprimir el poder sino para fortalecerlo. Pues al Estado también pertenecen instituciones de contra-poder como son el parlamento y una justicia independiente, destinadas a contrarrestar y controlar al ejecutivo. Así se explica por qué algunos dictadores de nuestro tiempo, desde Putin, pasando por Erdoğan, hasta llegar a Maduro, orientan sus esfuerzos a destruir a los parlamentos y a la justicia, es decir, a la sustancia misma del estado democrático.

La utopía de las dictaduras ha sido y es la de crear gobiernos-estados: el poder librado a su más brutal expresión ejecutiva (y militar). Esa es la razón por la cual la tarea de los demócratas ha sido, es y será, la de defender al Estado. Pues sin Estado no puede haber política.

Defender al Estado y a sus instituciones es defender a la razón y al sentido de la política de sus enemigos. Sean ellos fascistas y comunistas como ayer, o putinistas, erdoganistas y maduristas como hoy. E incluso —si las cosas se dan en los EE.UU. de acuerdo a las palabras de Bennon— trumpistas.

La democracia de nuestro tiempo surgió, no hay que olvidarlo, de un pacto no firmado entre tres tendencias políticas de la modernidad: la democracia social, el liberalismo político (no confundirlo con el económico) y el conservativismo de inspiración cristiana. Sus representantes son hoy atacados y ridiculizados por los enemigos del Estado democrático. En cambio los líderes antiestablishment (antiestado) en su mayoría personajes incultos y brutales, son elevados como modelos frente a los políticos (“la élite” en el lenguaje neofascista) es decir, frente a los defensores del Estado y sus instituciones, caracterizados por ellos como complacientes, progres y buenistas.

Hoy como ayer asistimos a una rebelión antipolítica hecha en nombre de la política pero en contra de la política.

Hace ya muchos siglos la barbarie espartana logró destruir a la democracia, a la cultura y a las instituciones de los atenienses. Según Hannah Arendt, el ideal de la armonía que cultivaban los atenienses terminó por volverse en contra de Atenas. Hoy, sin embargo, los demócratas tenemos una segunda chance. Ha llegado la hora de pasar a la ofensiva, identificar a los enemigos de la democracia y combatirlos donde estén. Frente a ellos no se puede ser buenistas.

Se avecinan batallas políticas decisivas en Holanda, Francia y Alemania. De la suerte de las elecciones en esos tres países dependerá —creo que no exagero— el futuro de la democracia en Europa. Y tal vez en el mundo entero. Hay que salvar a la luz de Atenas frente a la oscuridad que avanza desde las Espartas del siglo XXl.

LEA TAMBIÉN:
Nunca más populismo. Argumentos a favor de la supresiónde un concepto inútil; por Fernando Mires

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Columna transversal: Mejor prevenir que lamentar. De Paolo Luers

Los caudillos populistas no caen del cielo, crecen en el caldo de cultivo que muchos generadores de opinión y políticos han preparado durante años, y que la clase “ilustrada” no ha tomado en serio.

paolo3Paolo Luers, 10 febrero 2017 / EDH

La culpa no es de Trump. Es de los 50 millones de estadounidenses que votaron por él. Trump subió al poder porque 50 millones que creen que construyendo un muro van a parar la inmigración no autorizada a Estados Unidos – y que al cerrar la frontera habrá más jobs y menos violaciones en Estados Unidos. Trump llegó a la Casa Blanca, porque la cultura política en Estados Unidos es tan baja que 50 millones de ciudadanos creen que un presidente puede retroceder el reloj y hacer al país regresar al tiempo de antes de la globalización y de la revolución digital. Si en un país hay tanta gente que cree que un presidente puede devolverles los millones de puestos de trabajo en las industrias tradicionales, aparece alguien como Trump que les promete precisamente esto. Si las encuestas hubieran indicado que existen 50 millones de votantes que aceptarían censura de la prensa, Trump se hubiera puesto a la cabeza de este movimiento. Bueno, no está muy lejos de esto…

diario hoyEl hecho que hubo otro candidato, para variar con discurso de izquierda, que logró movilizar a otros millones de votantes prometiendo la felicidad si el país parara la globalización y la revolución digital y regresara a la era industrial, demuestra que Estados Unidos tiene serios problemas, independiente de quién de los dos populistas ganaba. Juntos, Trump y Bernie, comandaron una mayoría tan ruidosa que ni la esposa de Bill Clinton se atrevió a defender los tratados de Libre Comercio.

Existe la tentación de burlarnos de los “gringos tontos” y decir: You got what you asked for – consiguieron lo que pidieron. Pero cuidado, veamos nuestra propia realidad: No es por arte de magia que los últimos tres presidentes de El Salvador hayan sido hombres como Tony Saca, ahora preso; Mauricio Funes, ahora evadiendo la justicia; y el profesor Salvador Sánchez, quien nos tiene a la orilla del abismo. Han sido electos por gente que querían escuchar sus mensajes simplistas de Súper Mano Dura (Saca), Fábrica de Empleos (Funes), Buen Vivir y Guerra a la Pandillas (Sánchez Cerén). Consiguieron lo que pidieron – y en cada uno de los tres casos, luego se asustaron.

Los caudillos populistas no caen del cielo, crecen en el caldo de cultivo que muchos generadores de opinión y políticos han preparado durante años, y que la clase “ilustrada” no ha tomado en serio.

Mientras que en las redes sociales, los medios y en los cafetines sobran las voces que siembran entusiasmo con la idea de que hay que eliminar a todos los delincuentes, el FMLN sigue estando en la jugada. ARENA hizo propaganda con Mano Dura, pero el FMLN tiene el estómago de ponerla en práctica, presuntamente ejecutando a pandilleros y persiguiendo sin piedad a los jóvenes sospechosos, aunque en su Consejo de Seguridad Ciudadana siga sermoneando de prevención.

El FMLN bien sabe que esto es el único campo donde todavía puede recoger apoyo electoral. Por eso actúa de manera más represiva y militarista de lo que se podría atrever la derecha con su pasado oscuro de represión. Aunque parece que a muchos areneros de la vieja escuela no les faltan las ganas de también comer de este pastel de apoyo popular de las masas frustradas y asustadas que piden sangre…

Mientras la parte de nuestra clase política que no es partidaria (la que trabaja en medios, universidades, iglesias, organizaciones civiles y gremiales) no se decide y coordina para secar los caldos de cultivo del populismo, no podremos evitar que nos sigan gobernando caudillos que sepan instrumentalizar los resentimientos, miedos y agresiones de los frustrados e ignorantes que piden soluciones simplistas como la pena de muerte, la lucha contra la oligarquía, mano dura, solidaridad con Maduro y Castro (unos) o con Trump (los otros). Ojo: Este tipo de consignas vienen empaquetados en discurso de izquierda y de derecha.

Propongo una reflexión: Qué bueno que al sólo asumir el poder Trump millones de personas salieron a las calles y prometieron resistencia. ¿Pero dónde estaba toda esta energía democrática antes y durante las elecciones? Trump no está haciendo nada que no haya anunciado de manera clara y pelada durante su campaña. ¿No le creyeron? ¿No creyeron que podía ganar? ¿O propagaron mejor no votar, porque tampoco les gustaba la otra candidata? Sea como sea, hubiera sido mejor activarse a tiempo para prevenir, y no ahora, para llorar y resistir.

¿Qué significa esta última reflexión para nuestra situación en El Salvador? Significa que todos los sectores que prefieren una sociedad abierta y no autoritaria tienen que activarse a tiempo para contrarrestar el populismo (sea de izquierda o de derecha), que sólo espera al caudillo que sepa cosechar los resentimientos y las exigencias falsas que nacen en el caldo de cultivo del miedo, de la frustración y la ignorancia.

No quiero tener que salir a protestar el 2 de junio de 2019, el día después de la toma de poder del siguiente presidente autoritario en El Salvador.