populismo

El resurgimiento del proteccionismo. De Manuel Hinds

El proteccionismo ha sido siempre una medida populista que ha fracasado económicamente. En algunos casos, como en 1930, los fracasos han sido espectaculares.

Manuel Hinds, 7 abril 2017 / EDH

El proteccionismo, por muchos años descartado por sus efectos negativos en las economías locales y en la mundial, está regresando a ponerse en boga, principalmente como resultado de las elecciones presidenciales norteamericanas, en las que los dos candidatos hicieron promesas de restablecerlo en Estados Unidos.

El proteccionismo ha sido siempre una medida populista que ha fracasado económicamente. En algunos casos, como en 1930, los fracasos han sido espectaculares. Buscando promover la producción local, la ley Smoot-Hawley de junio de ese año subió los aranceles de importación a Estados Unidos en todos los rubros. En vez de eso, la ley provocó represalias en todo el mundo. Prácticamente todos los países subieron sus aranceles. El resultado neto fue que el comercio internacional cayó de 2,298 a 992 millones de dólares oro de 1929 a 1933. El impacto en la producción fue severo. En vez de subir la producción, ésta disminuyó por el efecto de la caída de las exportaciones. Esta caída fue uno de los factores más importantes para convertir la caída de las acciones de 1929 en la Gran Depresión.

Pero la protección es negativa no sólo porque invita a represalias y esto lleva a caídas en el comercio en las que todos pierden. Operando con costos más altos que los prevalecientes en los mercados internacionales, las actividades protegidas se vuelven ineficientes y no pueden exportar. De esta forma, la protección contra las importaciones mata a las exportaciones. Aún más, las empresas descubren que su éxito depende no de la eficiencia de sus productos sino del favor de los políticos, que son los que deciden quienes deben ser protegidos y por cuanto.

La revolución de la conectividad ha hecho al proteccionismo todavía más negativo. Antes de dicha revolución, todo lo contenido en un producto era producido en el mismo lugar para poder coordinar su producción. En esas condiciones la competitividad de las empresas dependía de la del país. Ahora, con el desarrollo de la capacidad de coordinar tareas complejas a distancia, las empresas pueden partir sus líneas de producción, de tal forma que unas partes se manufacturan en un país y otras en otros, creando líneas de producción virtuales que cubren el mundo entero. Las empresas producen cada componente en los países en los que hacerlo es más barato. De esta forma lo que es competitivo no es el país en donde radican los dueños de la cadena sino la cadena misma, con su combinación de producción en distintos lugares.

De hecho, las empresas han establecido estas cadenas internacionales de producción para poder competir con otras cadenas que operan con cadenas internacionales similares. Un efecto hipotético ilustrará por qué esto es así. Imagine que, por ejemplo, la fábrica de carros Lincoln se ve amenazada por la Mercedes Benz, que puede producir un carro de lujo con menor costo porque produce sus transmisiones en Polonia. La Lincoln descubre entonces que sí podría competir y ganarle a Mercedes si produjera los motores en México. Abre una fábrica en México y empieza a ganarle mercado a Mercedes.

Si en esta situación, que es la más común en el mundo globalizado, Estados Unidos sube sus aranceles de importación para forzar a Lincoln a producir sus motores en Estados Unidos, los carros Lincoln perderán competitividad porque es más caro producir motores en Estados Unidos que en México. Habiendo perdido el mercado, Lincoln tendría que cerrar no solo su planta de motores en México sino también sus plantas en Estados Unidos. Mercedes tomaría la totalidad del mercado, no sólo en Estados Unidos sino en el mundo entero. Resultados similares se obtienen si los aranceles se aplican sólo a los productos intermedios (como los motores), o sólo a los productos finales (los carros enteros) o igualmente a los productos intermedios y finales. En todos los casos, la protección falla porque la competitividad moderna depende de la eficiencia de la cadena entera de producción.

Para los políticos es a veces difícil comprender estas complicaciones de una economía que, mientras más se ha globalizado, se ha vuelto más interdependiente, de tal forma que tratar de cortar uno de los eslabones destruye a la cadena entera—aunque dicho eslabón esté en otro país. Es hora de que modernicen sus pensamientos.

How Does Populism Turn Authoritarian? Venezuela Is a Case in Point. De Max Fisher/Amanda Taub

Hundreds of thousands of Venezuelans took to the streets of Caracas in October to demand a referendum to oust President Nicolás Maduro. Credit Meridith Kohut for The New York Times

Max Fisher/Amanda Taub, 1 abril 2017 / THE NEW YORK TIMES

When Hugo Chávez took power in Venezuela nearly 20 years ago, the leftist populism he championed was supposed to save democracy. Instead, it has led to democracy’s implosion in the country, marked this past week by an attack on the independence of its Legislature.

Venezuela’s fate stands as a warning: Populism is a path that, at its outset, can look and feel democratic. But, followed to its logical conclusion, it can lead to democratic backsliding or even outright authoritarianism.

Populism does not always end in authoritarianism. Venezuela’s collapse has been aided by other factors, including plummeting oil prices, and democratic institutions can check populism’s darker tendencies.

The country is feeling the fundamental tensions between populism and democracy that are playing out worldwide. Those tensions, if left unchecked, can grow until one of those two systems prevails. But although countries must choose which system to follow, the choice is rarely made consciously, and its consequences may not be clear until it is too late.

Hugo Chávez, then president of Venezuela, at a campaign event in Guarenas in 2012. His first election in 1998 was propelled by populism. Credit Meridith Kohut for The New York Times

When Mr. Chávez became president, the judiciary was dysfunctional and corrupt. A report by Human Rights Watch found that Venezuela’s top administrative court “had actually established set fees for resolving different kinds of cases.”

Less than 1 percent of the population had confidence in the judiciary. As a result, there was broad support for Mr. Chávez’s first round of judicial reforms in 1999, which increased judicial independence and integrity, according to a survey that year by the United Nations Development Program.

But when the Supreme Court refused to allow the criminal prosecution of four generals who Mr. Chávez believed had participated in an attempted coup against him, he came to see the judiciary as an obstacle to popular will and an accomplice of the corrupt elites he had promised to oppose.

Tensions grew in 2004 when the Supreme Court ruled that a petition for a referendum to recall Mr. Chávez from office had enough signatures to go forward.

Mr. Chávez gave himself the authority to suspend unfriendly judges and to pack the courts with new ones, destroying the judiciary’s power to act as a check on his presidency.

“Over the next several years,” the 2008 Human Rights Watch report found, “the newly packed Supreme Court would fire hundreds of judges and appoint hundreds more.”

In Mr. Chávez’s telling, this meant a judiciary that was more responsive to the will and needs of the people — a message that may have appealed to supporters who had voted him into office on explicit promises of smashing the corrupt old elite’s hold on power.

Supporters of Mr. Chávez during a campaign rally in Caracas in 2006. His message was that the country’s problems were caused by unresponsive, undemocratic elites. Credit Tyler Hicks/The New York Times

That requires handing power to unelected institutions, which are necessary to preserve democracy but at odds with the image of pure popular will. This contradiction leaves an opening for populists to challenge those institutions.

But when populist leaders take authority away from institutions to “return power to the people,” as such leaders often say, in practice they are consolidating this power for themselves.

“The logic of personalism drives populist politicians to widen their powers and discretion,” Professor Weyland wrote.

This is why populists often cultivate cults of personality. Mr. Chávez, in addition to hosting a Sunday talk show, held rallies and appeared almost constantly on television. This practice is typically driven by more than ego; such leaders derive their authority not from the rules-based system that governs consolidated democracies, but from raw popular support.

This works only as long as those leaders can claim to have a unique relationship with the public that enables them to attack internal enemies — say, the judiciary or the free press — on their behalf.

Consolidating Power for the People

Populism’s authoritarian tendencies could be seen in Mr. Chávez’s early battles with labor unions, which he had entered office promising to “democratize.”

Venezuela’s union leaders were corrupt, he argued, and had failed to protect workers’ rights.

His government created a parallel system of new unions, while undermining established unions over which it had less influence. But this set up a dynamic in which pro-Chávez unions were favored and dissenting unions were punished.

Mr. Chávez also began exercising more direct control over the powerful state-run oil company, a further extension of his message that power had to be taken back for the people.

But when workers from that company went on strike in protest in 2002, he fired more than 18,000 of them and prohibited the action.

By 2004, Mr. Chávez’s government had begun to blacklist workers, identifying people who had been disloyal to his government and excluding many of them from government jobs and benefits.

This sent a speech-chilling message: To oppose the president was to oppose his project of “Bolívarian socialism” on behalf of the people. Dissent, by that logic, was a threat to freedom, not evidence of it.

These episodes show how initial populist steps — standing up to unelected institutions, paving the way for seemingly necessary reforms — can take on a momentum of their own, until the list of populist enemies has grown to include pillars of basic democracy.

A shop in Bolivar State was looted in December amid rioting in protest of the retirement of the 100 bolivar bill. The country’s institutions have been so crippled that crime is rampant and corruption is near universal. Credit Meridith Kohut for The New York Times

Shortcuts to Democracy

In retrospect, these steps pointed squarely toward authoritarianism, culminating in the attempt this past week to muzzle the Legislature, which was among the final remaining checks on President Nicolás Maduro, Mr. Chávez’s successor.

That progression was not inevitable. Strong democratic checks can sometimes resist the pressures of populism and keep leaders in line. Italy’s Silvio Berlusconi, for example, left office with a mixed record and a storm of corruption charges, but with the country’s democracy intact.

But it is rarely obvious at the time which path a country is taking, and not only because initial steps toward authoritarianism often look or feel democratic.

Tom Pepinsky, a political scientist at Cornell University, has argued that authoritarianism is often an unintended consequence of structural factors that weaken institutions — such as an armed conflict or economic shock — and of incremental steps taken by leaders who may earnestly believe they are serving popular will.

“Just as democracies can be governed by authoritarians, so too can true-believing democrats lay the groundwork for authoritarianism,” Professor Pepinsky wrote on his blog in February. Decisions that feel like shortcuts to democracy — tossing out judges or vilifying a hostile news media — can, in the long term, have the opposite effect.

Along the way, this process can be difficult to spot, as it plays out mainly in the functioning of bureaucratic institutions that most voters pay little mind to. Elections are often still held, as they have been in Venezuela, the news media retains nominal freedom and most citizens can go about their lives as normal.

Venezuela exhibits the worst-case outcome of populist governance, in which institutions have been so crippled that crime is rampant, corruption is nearly universal and the quality of life has collapsed. But those consequences are obvious only after they have done their damage.

 

Hay que defender a esa luz que vino de Atenas. De Fernando Mires

Adolf Hitler posiciona sus tropas en el congreso del partido Nazi. Núremberg, Alemania. 10 de septiembre de 1935

Adolf Hitler posiciona sus tropas en el congreso del partido Nazi. Núremberg, Alemania. 10 de septiembre de 1935

FernandoMires-1451Fernando Mires, 3 marzo 2017 / PRODAVINCI

Muchos hablan de populismo para referirse a movimientos políticos que han signado a la política de América Latina durante los dos últimos decenios y a la de Europa de los tiempos actuales. Pero no hay populismo sin apellidos. Así lo aprendimos de Ernesto Laclau, teórico del populismo por excelencia.

Laclau vio incluso en el fascismo una forma de populismo. Hay populismos democráticos y antidemocráticos, formuló hace un par de años Chantal Mouffe, apuntando en la misma dirección que Ernesto.

Esa es la razón por la cual algunos hemos decidido renunciar al uso exagerado del concepto populismo. Son en verdad muy diferentes las realidades a las que alude. Seguir denominando como populista a un movimiento fascista y a uno democrático a la vez, oscurece en lugar de aclarar.

prodavinciLo dicho vale para la Europa de 2017 donde estamos asistiendo al surgimiento de fenómenos de masas que portan consigo características similares a las de los movimientos fascistas y comunistas que hicieron su puesta en escena durante las décadas de los veinte y de los treinta del siglo pasado. Populistas, los llaman.

Neofascistas, he denominado sin vacilar a algunos de ellos en diferentes artículos. Y lo he hecho no para insultarlos sino porque en sus más diferentes versiones contienen tres elementos propios al fascismo originario:

1. Relación directa entre masa y líder (sin mediaciones interestatales)
2. Identificación de un enemigo común.
3. Revuelta en contra de la democracia liberal y sus instituciones.

Tanto Putin, Erdoğan, Trump, Orbán, Wilders, Le Pen y Petry, desde distintas naciones, gobiernos y partidos, coinciden en su enemistad declarada a la democracia liberal, a los valores que representa y a las instituciones que la sostienen. La política es concebida por ellos como una relación directa entre masa y líder. Todos se declaran enemigos de la división de los poderes, según ellos, un impedimento para el decisionismo del poder supremo. Por eso Putin, Orbán, Erdoğan, Trump, y en América Latina, Maduro, Morales y Ortega, gobiernan mediante decretos.

El objetivo común a todos esos autócratas y aprendices de autócratas, al igual que los defensores de los totalitarismos de ayer (comunistas y/o fascistas) es la destrucción del Estado democrático y su sustitución por uno autocrático. Steve Bannon, ideólogo de Trump, lo ha dicho de un modo radicalmente sincero: “Hay que destruir al Estado”.

La tesis de la destrucción del Estado —propia a los movimientos neofascistas de nuestro tiempo— no es nueva. Marx la adoptó de su amigo/enemigo, el anarquista Bakunin, e intentó darle, aunque sin éxito, un formato científico. Los liberales económicos y sus hijos, los neoliberales, mucho más cerca del anarquismo que del liberalismo político, imaginaron a su vez que la economía debía ocupar el lugar del Estado. Y así como Lenin, ordenó ¡todo el poder a los Sóviets! (sin parlamento y sin justicia) los neoliberales corearon después: ¡todo el poder a las empresas!

Para comunistas, fascistas y liberales económicos, es la gran paradoja, la tesis de la supresión del Estado fue elaborada no para suprimir el poder sino para fortalecerlo. Pues al Estado también pertenecen instituciones de contra-poder como son el parlamento y una justicia independiente, destinadas a contrarrestar y controlar al ejecutivo. Así se explica por qué algunos dictadores de nuestro tiempo, desde Putin, pasando por Erdoğan, hasta llegar a Maduro, orientan sus esfuerzos a destruir a los parlamentos y a la justicia, es decir, a la sustancia misma del estado democrático.

La utopía de las dictaduras ha sido y es la de crear gobiernos-estados: el poder librado a su más brutal expresión ejecutiva (y militar). Esa es la razón por la cual la tarea de los demócratas ha sido, es y será, la de defender al Estado. Pues sin Estado no puede haber política.

Defender al Estado y a sus instituciones es defender a la razón y al sentido de la política de sus enemigos. Sean ellos fascistas y comunistas como ayer, o putinistas, erdoganistas y maduristas como hoy. E incluso —si las cosas se dan en los EE.UU. de acuerdo a las palabras de Bennon— trumpistas.

La democracia de nuestro tiempo surgió, no hay que olvidarlo, de un pacto no firmado entre tres tendencias políticas de la modernidad: la democracia social, el liberalismo político (no confundirlo con el económico) y el conservativismo de inspiración cristiana. Sus representantes son hoy atacados y ridiculizados por los enemigos del Estado democrático. En cambio los líderes antiestablishment (antiestado) en su mayoría personajes incultos y brutales, son elevados como modelos frente a los políticos (“la élite” en el lenguaje neofascista) es decir, frente a los defensores del Estado y sus instituciones, caracterizados por ellos como complacientes, progres y buenistas.

Hoy como ayer asistimos a una rebelión antipolítica hecha en nombre de la política pero en contra de la política.

Hace ya muchos siglos la barbarie espartana logró destruir a la democracia, a la cultura y a las instituciones de los atenienses. Según Hannah Arendt, el ideal de la armonía que cultivaban los atenienses terminó por volverse en contra de Atenas. Hoy, sin embargo, los demócratas tenemos una segunda chance. Ha llegado la hora de pasar a la ofensiva, identificar a los enemigos de la democracia y combatirlos donde estén. Frente a ellos no se puede ser buenistas.

Se avecinan batallas políticas decisivas en Holanda, Francia y Alemania. De la suerte de las elecciones en esos tres países dependerá —creo que no exagero— el futuro de la democracia en Europa. Y tal vez en el mundo entero. Hay que salvar a la luz de Atenas frente a la oscuridad que avanza desde las Espartas del siglo XXl.

LEA TAMBIÉN:
Nunca más populismo. Argumentos a favor de la supresiónde un concepto inútil; por Fernando Mires

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Columna transversal: Mejor prevenir que lamentar. De Paolo Luers

Los caudillos populistas no caen del cielo, crecen en el caldo de cultivo que muchos generadores de opinión y políticos han preparado durante años, y que la clase “ilustrada” no ha tomado en serio.

paolo3Paolo Luers, 10 febrero 2017 / EDH

La culpa no es de Trump. Es de los 50 millones de estadounidenses que votaron por él. Trump subió al poder porque 50 millones que creen que construyendo un muro van a parar la inmigración no autorizada a Estados Unidos – y que al cerrar la frontera habrá más jobs y menos violaciones en Estados Unidos. Trump llegó a la Casa Blanca, porque la cultura política en Estados Unidos es tan baja que 50 millones de ciudadanos creen que un presidente puede retroceder el reloj y hacer al país regresar al tiempo de antes de la globalización y de la revolución digital. Si en un país hay tanta gente que cree que un presidente puede devolverles los millones de puestos de trabajo en las industrias tradicionales, aparece alguien como Trump que les promete precisamente esto. Si las encuestas hubieran indicado que existen 50 millones de votantes que aceptarían censura de la prensa, Trump se hubiera puesto a la cabeza de este movimiento. Bueno, no está muy lejos de esto…

diario hoyEl hecho que hubo otro candidato, para variar con discurso de izquierda, que logró movilizar a otros millones de votantes prometiendo la felicidad si el país parara la globalización y la revolución digital y regresara a la era industrial, demuestra que Estados Unidos tiene serios problemas, independiente de quién de los dos populistas ganaba. Juntos, Trump y Bernie, comandaron una mayoría tan ruidosa que ni la esposa de Bill Clinton se atrevió a defender los tratados de Libre Comercio.

Existe la tentación de burlarnos de los “gringos tontos” y decir: You got what you asked for – consiguieron lo que pidieron. Pero cuidado, veamos nuestra propia realidad: No es por arte de magia que los últimos tres presidentes de El Salvador hayan sido hombres como Tony Saca, ahora preso; Mauricio Funes, ahora evadiendo la justicia; y el profesor Salvador Sánchez, quien nos tiene a la orilla del abismo. Han sido electos por gente que querían escuchar sus mensajes simplistas de Súper Mano Dura (Saca), Fábrica de Empleos (Funes), Buen Vivir y Guerra a la Pandillas (Sánchez Cerén). Consiguieron lo que pidieron – y en cada uno de los tres casos, luego se asustaron.

Los caudillos populistas no caen del cielo, crecen en el caldo de cultivo que muchos generadores de opinión y políticos han preparado durante años, y que la clase “ilustrada” no ha tomado en serio.

Mientras que en las redes sociales, los medios y en los cafetines sobran las voces que siembran entusiasmo con la idea de que hay que eliminar a todos los delincuentes, el FMLN sigue estando en la jugada. ARENA hizo propaganda con Mano Dura, pero el FMLN tiene el estómago de ponerla en práctica, presuntamente ejecutando a pandilleros y persiguiendo sin piedad a los jóvenes sospechosos, aunque en su Consejo de Seguridad Ciudadana siga sermoneando de prevención.

El FMLN bien sabe que esto es el único campo donde todavía puede recoger apoyo electoral. Por eso actúa de manera más represiva y militarista de lo que se podría atrever la derecha con su pasado oscuro de represión. Aunque parece que a muchos areneros de la vieja escuela no les faltan las ganas de también comer de este pastel de apoyo popular de las masas frustradas y asustadas que piden sangre…

Mientras la parte de nuestra clase política que no es partidaria (la que trabaja en medios, universidades, iglesias, organizaciones civiles y gremiales) no se decide y coordina para secar los caldos de cultivo del populismo, no podremos evitar que nos sigan gobernando caudillos que sepan instrumentalizar los resentimientos, miedos y agresiones de los frustrados e ignorantes que piden soluciones simplistas como la pena de muerte, la lucha contra la oligarquía, mano dura, solidaridad con Maduro y Castro (unos) o con Trump (los otros). Ojo: Este tipo de consignas vienen empaquetados en discurso de izquierda y de derecha.

Propongo una reflexión: Qué bueno que al sólo asumir el poder Trump millones de personas salieron a las calles y prometieron resistencia. ¿Pero dónde estaba toda esta energía democrática antes y durante las elecciones? Trump no está haciendo nada que no haya anunciado de manera clara y pelada durante su campaña. ¿No le creyeron? ¿No creyeron que podía ganar? ¿O propagaron mejor no votar, porque tampoco les gustaba la otra candidata? Sea como sea, hubiera sido mejor activarse a tiempo para prevenir, y no ahora, para llorar y resistir.

¿Qué significa esta última reflexión para nuestra situación en El Salvador? Significa que todos los sectores que prefieren una sociedad abierta y no autoritaria tienen que activarse a tiempo para contrarrestar el populismo (sea de izquierda o de derecha), que sólo espera al caudillo que sepa cosechar los resentimientos y las exigencias falsas que nacen en el caldo de cultivo del miedo, de la frustración y la ignorancia.

No quiero tener que salir a protestar el 2 de junio de 2019, el día después de la toma de poder del siguiente presidente autoritario en El Salvador.

Populismo latinoamericano en inglés. De Cristina López

Trump trazó los grandes rasgos de un plan económico proteccionista que contrasta con las políticas de mercados (y fronteras) abiertas que muchos de sus mismos colegas Republicanos en teoría apoyan.

Cristina LópezCristina López, 23 enero 2017 / EDH

El viernes Donald Trump se juramentó como presidente de los Estados Unidos, y para quienes tuvimos el privilegio de crecer atestiguando la fauna del populismo latinoamericano el discurso inaugural del nuevo presidente sonó como un cuento que ya nos habían contado. Esta historia, de apelaciones al pueblo y el rechazo de elitistas hipócritas a las élites (u oligarquías, si quiere), ya la hemos oído.

Impresiona, eso sí, saber que ni uno de los países más desarrollados del mundo pudo hacerle frente a las sirenas del populismo. Que su capacidad de apelar a lo más visceral del ser humano es resistente a cualquier cultura. El primer discurso de Trump no contó con la humildad que caracterizó los diario hoydiscursos de Washington o Jefferson. Habló de un Estados Unidos distópico lleno de crimen (excepto por 2015, la tendencia de la tasa criminalidad en Estados Unidos es decreciente) y pobreza y declaró que él le pondría un alto a la “carnicería estadounidense” que, según dijo, está ocurriendo.

Lo que oímos lo pudimos haber oído de cualquiera de nuestros popolistuchos latinoamericanos, solo que en inglés. Recurrió al ignorantísimo proteccionismo antiglobalización. Declaró que a partir de ahora, se impondrá el “Estados Unidos primero” que según él implicaría la contratación exclusiva de estadounidenses y la preferencia única por productos estadounidenses, ignorando las muchas maneras en que semejante política terminaría encareciendo la vida de los estadounidenses mismos. ¡Cuántos trabajadores —científicos, doctores, programadores, limpiaventanas, agricultores, profesores universitarios— provenientes de todas partes del mundo, que han escogido Estados Unidos como su patria adoptada, habrán oído eso como una amenaza directa a sus futuros y los de sus hijos (algunos de estos, estadounidenses)!

Trump trazó los grandes rasgos de un plan económico proteccionista que contrasta con las políticas de mercados (y fronteras) abiertas que muchos de sus mismos colegas Republicanos en teoría apoyan. Todo en nombre de un patriotismo mal entendido. El nacionalismo populista de “estoy devolviéndoles el poder” del tipo que no tendría nada que envidiarle al de una Eva Perón.

Trump está por poner a prueba las teorías de tantos politólogos y expertos en ciencias políticas, de que la fortaleza de las instituciones democráticas se correlaciona de manera inversa con el autoritarismo. Dependerá del sistema de pesos y balances limitarle el poder a este populista de maneras que no lo ha hecho en nuestros países latinoamericanos. La prensa libre será más importante que nunca en su rol de demandar transparencia y criticar al poder, sobre todo en vista de que quien tomó posesión cuenta con negocios internacionales personales que harán de su administración una maraña de conflictos de interés, y que durante su campaña antagonizó abiertamente a los medios de comunicación cuando el contenido no era de su agrado. Será su resistencia al populismo y no su adherencia a él lo que determinará si “América” será de nuevo grandiosa.

@crislopezg

¿Qué es el populismo? De Bernard-Henri Lévy

Al populista le gustaría reemplazar las elecciones por los sondeos (o por un plebiscito) el concepto de República por el de concurso televisivo y al pueblo por la plebe. Se trata de una enfermedad senil de las democracias.

Bernard-Henri Lévy, filósofo francés

Bernard-Henri Lévy, filósofo francés

Bernard-Henri Lévy, 1 diciembre 2016 / EL PAIS

Según el populismo (primer teorema), el pueblo sabe lo que quiere. Y, cuando quiere algo (segundo teorema), siempre tiene razón. Falta (postulado) que realmente sea él quien lo quiere. Falta también (corolario) que nada obstaculice esa legítima pretensión.

En otros términos, el populismo dice al mismo tiempo: confianza ilimitada en los recursos y en la capacidad del pueblo, y desconfianza hacia todo aquello que podría interpretar, desvirtuar, diferir la justa expresión de ese pueblo que, librado a sí mismo, libre de obstáculos, tiene buen criterio por naturaleza.

¿Interpretar? Los intelectuales, las élites. Y por eso el populismo es siempre un antintelectualismo, una reacción contra las élites.

¿Desvirtuar? La maledicencia. La hipocresía política. Y por eso, de Tsipras a Le Pen, de Trump a Mélenchon, el populismo siempre recurre al lenguaje vivo contra el lenguaje vacío, al lenguaje crudo, truculento, contra la lengua supuestamente muerta, constreñida por los tabúes, de lo políticamente correcto.

el pais¿Diferir? Las leyes. El derecho. Las instituciones. La razón en el puesto de mando. La política. Todos esos ornamentos, esos suplementos redundantes e inútiles, esas formas vacías, cuyo único efecto será siempre, dicen y repiten los populistas, ahondar un poco más en la diferencia, un filósofo del siglo XX habría dicho la différance o, simplemente, la distancia entre el pueblo y sí mismo, entre su sana y santa voluntad y su expresión desvirtuada.

Hay políticos buenos y malos, dicen.

“El populista será implacable a la hora de fabricar
alteridad y de generar enemigos”

Están los que actúan de común acuerdo con el mundo del vacío y los que han sabido desvincularse de él.

Y lo propio de quien ha sabido hacer tal cosa es haber conjurado esa enfermedad que lo distancia del cuerpo social; es estar en contacto directo con los rencores, y también las esperanzas, de lo que los romanos llamaban, no el populus, sino la turba; es estar en contacto directo, también, con las fluctuaciones de esa turba tal y como se expresan, día tras día, a través de la enfermedad de los sondeos.

Ah, los sondeos…

Cuando aparecieron los sondeos, algunos dijeron: un instrumento más en manos de los poderosos que van a escudriñarnos, a evaluarnos, a manipularnos.

Pero los más lúcidos —¿y por desgracia, los populistas estaban entre ellos?— respondieron: al contrario, es la opinión pública la que triunfa; ella la que, en adelante, llevará la voz cantante; ¿qué Gobierno podría ignorarla?, ¿cómo no tener en cuenta una voluntad popular tan sabia, constante e incesantemente medida?

Y he aquí que los roles se invierten: la Opinión arrogante, el Príncipe humillado; la Opinión en los graderíos, el Príncipe en el estadio; el Pueblo rey, pues es él quien presiona, acosa y atemoriza al Príncipe, y el Príncipe recientemente rebajado.

Otro filósofo de la misma época, Michel Foucault, describió los mecanismos del poder tomando como modelo el panóptico de Bentham, ese centro invisible a partir del cual un amo, ausente, escudriña el cuerpo social: nadie lo ve, pero él ve a todo el mundo; es estructuralmente invisible, pero esa misma invisibilidad hace visible a la sociedad; y es esta visibilidad la que, al final, nos hace tan totalmente controlables.

El populismo ha dado la vuelta al dispositivo: pueblo invisible, poder visible; un pueblo que se escabulle, un poder conminado a mostrarse; ya nadie ve al pueblo, pero él ve todo el tiempo a sus amos (en los periódicos, en Twitter y en Facebook, en los programas de la señora Le Marchand, en los falsos debates, ajenos a toda voluntad de veracidad, que se organizan en nuestros días); de forma que, si el secreto del poder está en la mirada, el populismo es una de las fórmulas más elaboradas del poder en la Edad Moderna.

“Con los sondeos los papeles se invierten:
la Opinión arrogante, el Príncipe humillado”

¡Ah, si pudiéramos reemplazar de una vez las elecciones por los sondeos!, piensa el populista.

Si pudiéramos transformar la república en concurso televisivo; las elecciones, en plebiscito; la audiencia, en audímetro; si pudiéramos terminar con el pueblo y coronar al “gran animal” de Platón o a esa plebe que, según los sofistas, debía reemplazar al demos.

¿La plebe? El verdadero pueblo.

¿El audímetro? ¿El plebiscito? Modos de una única sustancia: la sociedad concebida como un cuerpo pleno, deslumbrado por el espectáculo de su propia presencia.

Hay una psicología del populismo: el narcisismo de los individuos, ebrios de sí mismos y de su suficiencia.

Una fisiología: ese no sé qué abotargado, autosatisfecho, ahíto que encontramos en todos los Trump, Berlusconi y Le Pen varios (padre e hija).

Una metafísica: la idea de una voluntad general causa sui, anterior a toda palabra y, más aún, a todo contrato, una voluntad natural, soberana y naturalmente buena con la que volver a conectar a poco que se sepa eliminar los filtros y mediaciones que la oscurecen.

El populista será inevitablemente nacionalista: ¿el nacionalismo no es el camino más corto para ir hacia una comunidad libre de todo filtro o mediación?

El populista será implacable a la hora de fabricar alteridad y de generar enemigos: pues, si no, ¿cuál sería el medio de imaginar esa presencia en sí? Si no se dota de una exterioridad masiva y obsesivamente denunciada, ¿cuál sería el medio para reunir su propio cuerpo en una identidad recuperada?

El populismo es una propedéutica del odio, de la exclusión y, en definitiva, del racismo: véase el discurso antinmigrantes de Hungría a Estados Unidos, de Polonia a Rusia.

¿El populismo? La enfermedad senil de las democracias.

Decimos “populismo”. Y es el nombre, finalmente único, de la reacción de las democracias al pánico que les gana y a la desbandada que las amenaza.

Sálvese quien pueda: la última palabra de los populistas.

 

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¿Y si la desigualdad no ha crecido? De Julio Carabaña

Eurostat calcula que el índice de Gini (0, cuando todos consiguen lo mismo, y 100, cuando uno se lo queda todo) estaba entre 30 y 31 hacia mediados de los noventa y ha estado entre 30 y 31 en los últimos años.

Julio Carabaña es profesor de Sociología en la UCM. La Catarata acaba de publicar su libro Pobres y ricos.

Julio Carabaña es profesor de Sociología en la UCM. Acaba de publicar su libro Pobres y ricos.

Julio Carabaña, 22 noviembre 2016 / EL PAIS

La teoría (o la ideología, o la narrativa) dominante dice que la globalización aumenta la desigualdad y que la desigualdad produce populismo, nacionalismo y xenofobia, con etiquetas de derecha y de izquierda. Pero ¿y si la desigualdad no hubiera aumentado, o no hubiera aumentado tanto, o hubiera aumentado por razones distintas de la globalización?

La desigualdad no parece haber aumentado en Europa. Eurostat, la oficina estadística europea, calcula que el índice de Gini (que vale 0 cuando todos consiguen lo mismo y 100 cuando uno se lo queda todo) de la renta disponible de los individuos estaba entre 30 y 31 hacia mediados de los noventa y ha estado entre 30 y 31 en los últimos años, los de la gran recesión en los 15 países que forman la UE desde 1995.

el paisResulta extraño que Eurostat no calcule la desigualdad en el conjunto de Europa; pero diversos investigadores (Troitiño para los años noventa, Brandolini para los 2000) encuentran índices de Gini dos o tres puntos por encima del índice medio para el conjunto de la Europa de los 15, también sin variación en el tiempo. Desde 1995 hasta ahora, la desigualdad creció en algunos países, como Dinamarca, Finlandia y (menos) Alemania, pero disminuyó en otros, como Bélgica, Irlanda, Holanda y Portugal. Durante la crisis, el índice de Gini creció más de dos puntos en Dinamarca y España, pero disminuyó otro tanto en el Reino Unido del Brexit y el Scotexit.

Con Reino Unido, Francia, Italia y Grecia, España forma el grupo de países donde la desigualdad es ahora igual que en los noventa. En España la desigualdad aumentó durante la crisis, si bien menos de lo que pareció en el primer momento. El Instituto Nacional de Estadística (INE) estimó que el índice de Gini había pasado de 32 a 34,5 entre 2007 y 2010; nadie prestó mucha atención a estas cifras hasta que la OCDE resaltó en un informe de 2013 (Crisis Squeezes…) que el índice de Gini había crecido en España tres puntos, de 31 a 34, y destacó en otro informe del mismo año (Panorama social) el contraste entre el 10% más pobre, cuyas rentas habían menguado entre 2007 y 2010 a un ritmo del 14% anual, con el 10% más rico, que se empobrecía a un ritmo de solo el 1%.

“En la misma magnitud que aumentan los pobres severos
disminuyen las clases medias”

Este párrafo dedicado a España fue contagiosamente reproducido en los medios, muchas veces exagerado como “los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos”, para explicar o justificar, según la ideología de cada uno, los comportamientos políticos de los ciudadanos. Ahora bien, en el año 2013 el INE mejoró sus estimaciones, resultando que en 2007 el índice de Gini había sido de 32,4 y en 2010, de 34; en los tres años siguientes, hasta 2013, ha llegado a 34,7 puntos, totalizando en todo el período de crisis un aumento de 2,3 puntos. El último dato es de 34,6 para 2014. El índice de Gini oscilaba también entre 34 y 35 a mediados de los noventa, cuando no había desafecciones políticas ni populismos que explicar; en cuanto a la globalización, parece que por aquellos años disminuía la desigualdad.

Como apuntaba la OCDE, el aumento de la desigualdad en España durante la crisis puede reducirse a un fenómeno mucho más simple, el aumento de la pobreza. Los pobres severos pasaron de ser el 2% de la población en 2007 a ser el 5% en 2009 y en 2013. En la misma magnitud que han aumentado los pobres severos han disminuido también las clases medias. ¿Quiénes son los nuevos pobres? En términos muy aproximados, durante los primeros años de la crisis la mayor parte eran autónomos con empresas en pérdidas, que han ido dejando paso a los parados, muchos de ellos inmigrantes. Resulta sugerente relacionar esta composición de los pobres en ingresos anuales con la evolución de la desigualdad del gasto. Pues el aumento de la desigualdad de ingresos no se ha traducido en un aumento de la desigualdad de gasto, sino en una disminución.

Según cálculos de Francisco Görlich, el índice de Gini del gasto en bienes de consumo disminuyó durante los primeros años de la crisis, de 30 en 2006 a 28,1 en 2009, y se ha mantenido en este nivel hasta 2014, cuando ha crecido hasta 28,6. Podemos imaginar que los autónomos dejaron de importar bienes de lujo cuando sus empresas entraron en números rojos, pero sin llegar al punto de “pasarlo muy mal” en el día a día. En cuanto a la política, quizás algunos se radicalizaran, aunque más bien parece que fueron otros los que se radicalizaron por ellos.

En Estados Unidos sí que parece haber estado aumentando la desigualdad de ingresos en los últimos 40 años, pero tampoco allí la secuencia causal está clara. Algunos investigadores, como Guner, apuntan como causa principal la composición de los hogares, no la globalización. La desigualdad de ingresos individuales, los que directamente dependen de los mercados, apenas habría variado. Pero el aumento por un lado de hogares individuales, más pobres que la media, y por otro de parejas de profesionales, más ricos que el común, habría incrementado la desigualdad entre los hogares.

“En Estados Unidos sí que parecen haber bajado
los ingresos en los últimos 40 años”

Otro factor importante podría ser la inmigración desde Latinoamérica, que mantiene bajos los ingresos más bajos. En todo caso, el aumento de la desigualdad en los Estados Unidos de América es un proceso largo y de ritmo oscilante; desde los años noventa, cuando la globalización se intensifica, el índice de Gini de la renta disponible de los hogares habría aumentado según la OCDE de 36,5 a 40, y de 38 a 40 en los años de la crisis; pero según los datos del Census Bureu, el índice de Gini de las ganancias individuales habría pasado de 45 a 46 durante los primeros años de la crisis y no habría variado desde 2011. Lo cual es quizás insuficiente para explicar el éxito de las propuestas de Donald Trump.

En fin, si las cosas fueran así, si la desigualdad no hubiera aumentado, o no hubiera aumentado tanto, o no hubiera aumentado a causa de la globalización, cabría negar la relación entre globalización y populismos o habría que buscar un intermediario distinto entre ellos; se podría comenzar por la simple creencia en el aumento de la desigualdad, pero no creo que baste.