populismo

El auge populista pasará factura a Latinoamérica. De Kenneth Rogoff

Tal y como están las cosas, parece que América Latina seguirá siendo la región del futuro por tiempo indefinido

Kenneth Rogoff es ex economista jefe del FMI y profesor en la Universidad de Harvard.

21 junio 2019 / EL PAIS

Aunque el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tiende a apoderarse de la mayoría de los titulares, no se trata de una rareza en el ámbito global. Los autócratas populistas han disfrutado de un impresionante ascenso al poder en países de todo el mundo, y en ninguna parte la tendencia es más pronunciada que en América Latina tras la elección de un presidente de izquierdas en México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), y de otro de derechas en Brasil, Jair Bolsonaro. Los estadounidenses tienen razón al quejarse de las tendencias autocráticas de Trump, pero como les recordó en su momento el exministro de Finanzas de Chile Andrés Velasco, Trump es un mero aprendiz en comparación con los populistas de América Latina.

Esto no significa que las economías de México y Brasil compartan la misma suerte que la de Venezuela bajo Hugo Chávez y su hombre fuerte actual, Nicolás Maduro. Chávez y Maduro convirtieron al país más rico de América Latina —propietario de una cuarta parte de las reservas mundiales probadas de petróleo— en un caso perdido, con una inflación de más de 1.000.000% y una tasa de pobreza de más del 90%. Al menos 4 millones de los 32 millones de habitantes de Venezuela han salido del país, y las previsiones sugieren que este número podría duplicarse este año si Maduro sigue en el cargo. Venezuela debe su difícil situación no tanto a las sanciones económicas de la era Trump, sino a sus propios líderes populistas. El país ha estado decayendo durante años, y la mayor parte de la caída en sus indicadores sociales y económicos es muy anterior al Gobierno de Trump.

AMLO, como el carismático Chávez hace dos décadas, asumió el cargo el año pasado con la promesa de que mejoraría las vidas de la gente común. Uno de sus primeros actos oficiales fue frenar la construcción de un nuevo aeropuerto que se necesitaba desesperadamente en la Ciudad de México —a pesar de que el proyecto ya estaba completo en un 30%—, alegando que las aerolíneas son para los ricos. Luego lanzó un nuevo proyecto de aeropuerto en un lugar montañoso, poco práctico, más alejado, donde tiene menos posibilidades de terminarse.

Aunque AMLO prometió durante su campaña acabar con la corrupción, su Gobierno ha rechazado licitaciones competitivas por más del 70% de los contratos que ha adjudicado. Al igual que Trump, rechaza a los críticos de los medios de comunicación con el pretexto de que difunden “noticias falsas”, y advierte a los periodistas: “Compórtense bien o saben lo que les sucederá”. Sin embargo, los inversores globales se sienten aliviados por el hecho de que AMLO ha dejado trabajar al banco central, al menos hasta ahora.

Pero incluso si el mercado no está evaluando el elevado “riesgo de Venezuela” para México, muchas de las celebridades, escritores, académicos y políticos de tendencia izquierdista que elogiaron a Chávez se han mostrado notablemente reticentes a animar a AMLO. Después de haber visto a Trump convertir la tragedia venezolana en su baza política, los forasteros que pueden simpatizar con las ambiciones socialistas de AMLO son prudentes. La única excepción, por supuesto, es el líder de la extrema izquierda del Partido Laborista británico, Jeremy Corbyn, un partidario del corrupto régimen chavista de Venezuela, quien asistió a la toma de posesión de AMLO en diciembre de 2018.

Mientras que AMLO representa una amenaza para la segunda economía más grande de América Latina, Bolsonaro está poniendo en peligro el principal motor del continente. Como dice el viejo y triste refrán, Brasil, con sus abundantes recursos naturales y su gente talentosa, “es el país del futuro, y siempre lo será”. Su nuevo presidente, un excapitán del Ejército que quiere armar a los ciudadanos y arrasar grandes extensiones de la Amazonía (que aceleraría significativamente el calentamiento global), se ha convertido en un pararrayo para protestas estudiantiles, ambientalistas y activistas de los derechos de los homosexuales. Anticipándose a las protestas masivas, recientemente canceló un viaje a Nueva York después de recibir críticas mordaces de su alcalde, Bill de Blasio. Las cosas no están mucho mejor en casa. Los índices de aprobación de Bolsonaro se han reducido a la mitad desde que asumió el cargo a principios de año. Los primeros escándalos dejan en claro que no podrá limpiar la corrupción endémica que paraliza la gobernanza de Brasil, y mucho menos demostrar las habilidades de formación de coaliciones necesarias para implementar la ambiciosa agenda de reformas económicas de su Gobierno.

Para empeorar las cosas, la tercera economía de América Latina, Argentina, se enfrenta ahora a la perspectiva de un retorno de un Gobierno socialista, corrupto y autocrático después de las elecciones presidenciales de octubre. El actual presidente del país, Mauricio Macri, asumió el cargo en 2015 prometiendo un retorno de la salud económica después de que el expresidente Néstor Kirchner y su sucesora/esposa, Cristina Fernández de Kirch­ner, despilfarraran los beneficios de un auge de las exportaciones agrícolas a principios de la década de los dos mil. Sin embargo, Macri, quien heredó una situación extremadamente difícil —no solo un gran déficit presupuestario y una capacidad de endeudamiento limitada—, también ha cometido algunos errores críticos. Para reducir la inflación, el Gobierno de Macri trató de reducir la tasa de crecimiento del dinero y encontrar fuentes alternativas de financiación. Pero los funcionarios optaron por recurrir a préstamos a corto plazo en dólares extranjeros (un error clásico), y Argentina pronto se vio incapaz de pagar sus deudas. El tipo de cambio ahora se ha derrumbado, la inflación ha llegado a superar el 50% y el partido de los Kirchner está listo para recuperar el poder.

Si todos los líderes autocráticos fueran tan competentes como el fallecido Lee Kuan Yew, el padre fundador de Singapur, los recientes desarrollos políticos en las Américas podrían no ser tan preocupantes. Lamentablemente, este no es el caso, particularmente cuando se trata de los populistas en México, Brasil y Argentina. Tal como están las cosas, parece que América Latina seguirá siendo la región del futuro por tiempo indefinido.

Nayib Bukele y los riesgos del populismo. De José Miguel Cruz

José Miguel Cruz fue director del IUDOP de la UCA entre 1994 y 2006. Es director de investigaciones para Estudios Latinoamericanos y del Caribe de la Universidad Internacional de la Florida.

5 junio 2019 / EL FARO

No hay forma de saber a ciencia cierta cuál será el futuro del país con el nuevo gobierno. Sin embargo, las probabilidades de que la gestión de Nayib Bukele resulte ser la continuación de la corrupción sistémica, el nepotismo, la preferencia por el autoritarismo y la ineficiencia en las instituciones, son perturbadoramente altas. Esto por dos razones fundamentales. Primero, porque en virtud del inmenso apoyo popular del que goza, el presidente Bukele parece más orientado a conducirse como un líder populista que como un gobernante consciente de la división de poderes propia de un gobierno republicano. Y, segundo, porque las instituciones políticas y partidarias que podrían hacerle contrapeso están en una profunda crisis producto de sus propios fracasos y de la corrupción crónica. En estas circunstancias, este gobierno puede representar no solo el fin de los partidos políticos tradicionales, sino también el fin de la democracia electoral de la posguerra.

Casi 1.5 millones de salvadoreños votaron por un cambio en la conducción del país y para la gran mayoría ese cambio implica la promesa de resolver los problemas viejos del país: la pobreza y la inseguridad. Luego de casi tres décadas de paz política, los gobiernos no solo fueron incapaces de cumplir con la promesa de resolver esos problemas, sino que también hundieron en la desesperación a muchas personas. El Salvador no solo sigue siendo inseguro y excluyente, sino que además es más desesperanzador, porque las instituciones políticas destrozaron las ilusiones que la mayoría de los ciudadanos se habían hecho con respecto a la conducción política.

En las discusiones cotidianas en la calle y en las redes sociales, la mayoría de los ciudadanos y ciudadanas en realidad no saben qué esperar del nuevo gobierno. Las opiniones sobre la gestión entrante están llenas de prudencia, pero muchas están llenas de esperanza, porque el nuevo presidente les ha explicado que él es distinto. En buena parte porque no pertenece a los partidos tradicionales que han defraudado y estafado al país.

“Nadie se interpondrá entre Dios y su pueblo para cambiar a El Salvador”
Esta frase, con la cual el nuevo presidente concluyó su discurso de inauguración, resume muy bien el ethos populista de izquierdas y derechas que ha recorrido las Américas en las últimas dos décadas. Indica que, en la tarea de gobernar, el líder está investido de un propósito divino que le permite responder directamente a los deseos de su pueblo. Cualquier obstáculo y mediación a ese poder—“Nadie se interpondrá”— es inaceptable.

Uno podría desestimar esa frase como una expresión del entusiasmo que rodea la toma del poder. Pero expresiones como esa llenan la biografía política de Bukele en su ascenso a la silla presidencial. Más aún, como político y candidato, este nuevo presidente se ha dado a conocer por sus tuits efectistas, por mostrar muy poca tolerancia a la disensión pública y por mantenerse rodeado de personajes cuestionables de la política, a pesar de su discurso en contra de la corrupción. Todas esas son características de líder populista. Así como también lo es la ausencia de planes de gobierno concretos, originales, sostenibles y escrutables. El hecho de que aún después del discurso inaugural no sepamos cuáles serán los ejes de la política de seguridad pública, del combate a la pobreza y de la reconstrucción del capital humano es solo una señal más de que el cambio prometido puede resultar ser más de lo mismo.

La mayor amenaza
Pero la amenaza política más grande que enfrentará el país en los próximos cinco años no es el populismo de Bukele. Es, más bien, la ausencia de instituciones fuertes que le hagan contrapeso de forma efectiva. En un país asediado por corrupción en las instituciones públicas, en el que la independencia institucional es truncada para beneficiar los intereses particulares del grupo en el poder, es muy poco probable que las pocas instituciones que cumplen con su trabajo contralor resistan el embate de un líder populista.

Los recientes retrocesos institucionales en la Corte Suprema de Justicia y en la Fiscalía General de la República, el esfuerzo decidido de los partidos políticos por perpetuar la impunidad proveniente de la guerra civil, y el deterioro por el respeto de los derechos humanos en la Policía Nacional Civil son ejemplos de lo lejos que está el país de tener instituciones que garanticen el Estado de derecho y la transparencia.

Es cierto que el actual presidente se ha manifestado públicamente en contra de algunos de esos problemas. Pero es cierto también que cualquier acción consecuente con esa posición implicaría primero separar a personajes que forman parte de su círculo más cercano. Los signos hasta ahora apuntan a que el nuevo presidente tiende a no explicar lo que hace porque no necesariamente hace lo que dice.

Arena y el Fmln hicieron muy poco por fortalecer el entramado institucional del país y los problemas que siguen agobiando a los ciudadanos y ciudadanas son producto de gestiones gubernamentales que rayaron en la incapacidad y, muchas veces, en el delito. Pero a final de cuentas sostuvieron las instituciones básicas para asegurar la estabilidad nacional, porque su propia supervivencia dependía de ello. La razón por la cual el Tribunal Supremo Electoral hizo relativamente bien su trabajo en las últimas elecciones —a diferencia de lo sucedido en países vecinos— es porque los partidos dependían del mismo para seguir en el poder. Esos contrapesos son los que han permitido que, en otras áreas, algunas instituciones lleguen a funcionar eficiente y transparentemente, al menos por ciertos periodos.

En un sistema sin los equilibrios adecuados y sin la necesidad de rendir cuentas, como el que los líderes populistas promueven, las instituciones solo funcionan para cumplir las órdenes del líder máximo. Este presidente tendrá muy pocos incentivos para fortalecer las instituciones que pueden cuestionar su poder y, en el actual contexto, tendrá muchas razones y no pocos recursos para erosionarlas aún más. En la nueva configuración política, con los partidos tradicionales en busca de salvavidas, el nuevo gobierno tendrá incentivos para manipular o ignorar la institucionalidad.

¿El futuro?
El Salvador, sin duda, necesita reformas fundamentales, pero esos cambios deben llevar al fortalecimiento definitivo de las instituciones democráticas del país. El Salvador necesita reactivar su economía y, para ello, requiere de iniciativa privada, de inversión en innovación y de reforma en el sistema tributario. Pero sobre todo necesita que toda la gente esté debidamente protegida, reciba educación de calidad y se le garantice celosamente su salud.  El país necesita resolver el problema de la violencia crónica, pero para ello requiere combatir la impunidad y establecer mecanismos de transparencia, supervisión y control de la policía, la fiscalía y los tribunales.

Todo lo anterior se logra con instituciones fuertes y responsables. Son estas instituciones las que producen planes estratégicos, metas claras y resultados sostenibles. Y son esas instituciones las que pueden y deben rendir cuentas a la población de forma habitual.

Nayib Bukele puede usar su capital político para dos cosas diametralmente opuestas. Puede usarlo para reformar las instituciones y convertirlas en entes responsivos a la población sobre la base del Estado de derecho y los procedimientos democráticos. O, bajo el pretexto de que el sistema heredado de la posguerra es inherentemente corrupto, puede usar su carisma para terminar de destruir los procedimientos institucionales que establecen contrapesos y limitan la acumulación del poder. A juzgar por su forma de actuar hasta ahora, parece más probable que se decidirá por lo segundo. Ojalá me equivoque.

La democracia en peligro. De Antonio Caño

Bajo la formalidad de un modelo político con elecciones periódicas, asistimos a la degradación paulatina de la democracia, lo que no solo puede limitar nuestra libertad sino perjudicar nuestra convivencia.

Antonio Cano, ex director
de El País

16 febrero 2019 / EL PAIS

Tal vez si todos fuésemos más conscientes de la fragilidad de la democracia, del enorme sacrificio que ha costado alcanzarla y de la facilidad con la que puede perderse si no la cuidamos, con hechos, no con palabras, encontraríamos más entusiasmo para defenderla frente a los oportunistas y demagogos que se aprovechan de un sistema político basado en la tolerancia, incluso para quienes lo usan en su beneficio personal, lo adulteran groseramente o tratan de destruirlo.

Hasta después de la II Guerra Mundial, hace poco más de 70 años, la democracia era todavía una opción minoritaria en Europa frente al predominio de las soluciones radicales, el nacionalismo, el fascismo y el comunismo. España, Portugal y Grecia aún tardaron tres décadas más en sumarse a esa corriente. Los países bajo el control de la Unión Soviética tuvieron que esperar hasta los últimos años del siglo XX.

Es edificante, como digo, el trabajo de Berman, pero es al mismo tiempo alarmante comprobar en qué brevísimo periodo de tiempo han vuelto a florecer los síntomas del horror totalitario que creíamos haber dejado atrás. Con qué rapidez han resurgido las soluciones extremistas, las que dicen acudir al rescate del “pueblo”, de “la gente” o de “la nación” frente a las injusticias del capitalismo o el asedio de culturas o tradiciones extranjeras. Incluso los enormes logros de la socialdemocracia europea, con su grandioso esfuerzo por humanizar la economía de mercado, son ahora ignorados o minusvalorados por los nuevos socialistas que prefieren competir por las supuestas esencias ideológicas de la izquierda y que han acabado por perder la razón básica de su existencia.

Resurgen soluciones extremistas que dicen acudir al rescate del “pueblo”, de “la gente” o de “la nación”

La confluencia en el nuevo siglo de la crisis económica y la revolución tecnológica frenó el ciclo de prosperidad que siempre estuvo unido al auge de la democracia liberal, e inmediatamente regresaron los viejos demonios, seguramente agazapados en el fondo de la condición humana: el miedo, el sectarismo, el fanatismo y el nacionalismo. “En la medida en que este orden declinó y reaparecieron muchos de los problemas que debía resolver —los conflictos y divisiones económicas y sociales, la fabricación de enemigos externos y el extremismo—, volvieron a aparecer voces en la izquierda y en la derecha que cuestionan la viabilidad, incluso la deseabilidad, de la democracia liberal”, afirma Sheri Berman. Un sistema político como el de China ya no despierta ninguna clase de resistencia ni en la derecha ni en la izquierda. Buena parte de la derecha no ve con malos ojos los modelos de Hungría y Polonia, especialmente su política frente a la emigración. Hasta hace bien poco, cierta izquierda mostraba simpatías con Venezuela o prefería mirar para otro lado. Y el estilo autoritario de Putin tiene adeptos por igual en la derecha, por su nacionalismo y firmeza, y en la izquierda, que no pierde el instinto de mostrar afecto para quienquiera que se oponga a Estados Unidos y a la Europa liberal.

¿Es reversible esta tendencia? ¿Caminamos hacia el precipicio del totalitarismo o vivimos turbulencias a las que la democracia será capaz de sobreponerse? Quizá sea conveniente anotar que la crisis de la democracia liberal no tiene por qué desembocar en un sistema plenamente totalitario o antidemocrático. Lo que la realidad nos va mostrando apunta más bien al surgimiento de modelos no liberales y semidemocráticos bajo la formalidad de una democracia con elecciones periódicas. Asistimos, más que a un drástico cambio de sistema, a la degradación paulatina de la democracia, lo que no solo puede limitar nuestra libertad sino perjudicar gravemente nuestra convivencia.

El nacionalismo radical catalán ha hecho retroceder al conjunto del país y dañado su imagen internacional

Evitar esa degradación es una responsabilidad de todos. En una democracia los ciudadanos tienen derechos y obligaciones. Uno de los primeros es el de exigir a los gobernantes responsabilidades por el uso del poder. Entre las últimas está la de respetar las ideas que no se comparten, especialmente las que no se comparten, y respetarlas significa no responder a ellas con insultos y descalificaciones. “Democracia”, recuerda Berman, “no es meramente un sistema político que elige a sus líderes de una forma particular, es también un sistema político cuyos gobernantes y ciudadanos actúan de una forma particular. Las democracias difieren de las dictaduras no solo en la forma en que eligen a sus líderes, sino en la forma en que tratan a sus ciudadanos y en que sus ciudadanos se tratan entre ellos”.

Por supuesto, Estados Unidos sigue siendo un sistema democrático, pero su democracia se degrada cuando su presidente ataca la libertad de prensa o hace mofa de sus rivales políticos. Nada ha degradado más la democracia en España que el surgimiento de un nacionalismo radical en Cataluña que, como en el caso de Trump, otro nacionalista, ha menoscabado el valor de la verdad, ha ignorado la función crítica de los medios de comunicación, ha dividido a la sociedad, ha menospreciado a sus adversarios, ha señalado enemigos externos y se ha burlado de la justicia y de las leyes. El presidente de esa comunidad autónoma española decía recientemente que la voluntad de “la gente” está por encima de las leyes. “Un fascista dice la gente y quiere decir alguna gente, la que a él le conviene en ese momento”, recuerda Timothy Snyder en su último libro, The Road to Unfreedom.

En el caso español, además, el nacionalismo radical catalán ha hecho retroceder al conjunto del país, ha dañado gravemente su imagen internacional, ha estresado al límite el sistema, ha hundido al Partido Popular, ha dividido —y quizá también hundido— al Partido Socialista y, como último y gran logro, ha resucitado al nacionalismo radical español que había sido derrotado hace 40 años por una sociedad, por fin, integradora, moderada, reformista y moderna. No se defiende la democracia blanqueando a ninguno de estos nacionalismos con acuerdos políticos, sino desvelando su verdadera naturaleza e impidiendo sus propósitos.

En cada país el retroceso democrático adquiere rostros distintos, por lo general, acorde con su tradición y su historia. La de España ha flaqueado siempre por el lado de las divisiones territoriales. También por el de un concepto monopolizador del poder en la derecha y el de una gran confusión en la izquierda sobre la creación de un proyecto nacional. Ahí están los puntos débiles de la democracia española y ahí es donde surgen nuestros Brexits.

En contra de lo que podría pensarse hasta hace poco, no se ha quedado España al margen del proceso casi universal de degradación democrática. Simplemente ha llevado otro ritmo, ha sido diferente. Algunos han querido pensar que solo ahora, con la aparición de un partido de extrema derecha xenófobo en el ámbito del nacionalismo español, España se suma a la plaga de esta década. Pero lo cierto es que el contagio llegó mucho antes. Es en el campo del nacionalismo catalán donde se produjo el terremoto que ha llevado a nuestra democracia a la peor crisis de su historia. Todo lo demás y lo que quede por venir es consecuencia de ese desastre.

“Bukele tiene características de un populista”: Rubén Zamora

El excandidato a la presidencia aseguró que la elección del próximo domingo tendrá características que no han estado presentes en los últimos 25 años.

Entrevista de Gabriel Campos Madrid, 30 enero 2019 / LA PRENSA GRAFICA

El politólogo Rubén Zamora aseguró que las elecciones del próximo domingo se plantean en un escenario único y en el que el populismo es un elemento que sobresale, junto a la crisis de los partidos políticos y la ruptura de la gobernanza, la cual se mantenía desde 1963. Además consideró al candidato de GANA, Nayib Bukele, como un populista que se plantea como el salvador del país a pesar de tener un irrespeto a la institucionalidad.

¿Qué análisis hace Rubén Zamora de la elección presidencial del próximo domingo?

Estamos en un contexto electoral único con características peculiares que no se habían dado en los últimos 25 años. En primer lugar, está quebrada la gobernabilidad histórica que se había dado desde 1963 y eso ha llevado a la crisis de los partidos políticos. Segundo, la crisis de los partidos políticos se ha vuelto más palpable y ha reventado al punto que hoy estamos en la eclosión de los partidos y que se empareja con una crisis mundial de los partidos. Y un tercer elemento es el populismo. Hay que distinguir entre un líder con rasgos del populismo, que en El Salvador hemos tenido cuatro líderes: Arturo Romero, Napoleón Duarte, Roberto d’Aubuisson y Nayib Bukele. Unos en mayor medida y otros en menor medida tienen poco respeto a la institucionalidad y en el caso de Bukele es que lo hemos visto con mayor expresión por su propia carrera política; además ha sido alcalde de dos poblaciones a las que dejó endeudadas porque simplemente no pagaba. Y luego con su partido Nuevas Ideas que denunciaba y denunciaba fraude y era que simplemente no cumplía con los plazos o cumplió y el TSE sí cumplió con los plazos.

¿Es peligroso un líder populista?

No necesariamente, porque Duarte era un líder con rasgos populistas muy claros y el rasgo central del populismo (es) que puede establecer una relación muy emocional en las masas; y eso los Duarte, Romero y D’ Aubuisson lo tenían y Bukele también lo tiene.

¿Con este contexto, cambia el escenario el paso de la campaña política y sus cierres?

Juzgar cómo va a quedar una elección solo por cómo se dieron los cierres de campaña es riesgoso. Por lo general, las encuestas de opinión en este país demuestran una característica y es que en el periodo preelectoral y los resultados no hay mucha variación entre la posición general. Eso ahora yo no lo doy como receta porque esta elección es distinta a las demás, pero si todos los procesos electorales no hacen cambiar mucho la inclinación de los votantes, mucho menos lo hace un cierre de campaña. Recuerde que mi cierre de campaña de 1994 fue el más grande de todos y yo no gané la elección. Y además hay que tomar en cuenta las tácticas de campaña. La de Bukele, por ejemplo, fue de muy poco acercamiento al votante porque es el que menos mítines ha hecho con el público y los que hizo, lo hizo arreglado todo.

¿Han subido ARENA y el FMLN en preferencia?

Yo sí creo que han subido un poquito.

¿Vislumbra una segunda vuelta?

Yo la vislumbro.

¿Se atreve a vaticinar entre quiénes?

El único indicador que tenemos no es el que yo quisiera y son las encuestas, pero ellas dicen que primero Bukele, segundo (Carlos) Calleja y tercero el FMLN. Pero al mismo tiempo que lo cito digo ‘ojo’ no veamos las cosas tan fáciles, porque ya me han señalado dos fenómenos y es que el FMLN perdió más de la tercera parte de su voto duro, pero le basta con recuperar 300,000 votos para estar en una nueva situación y esto no necesariamente se refleja en una encuesta. El otro dato es que cuando Bukele fue candidato a alcalde de San Salvador arrasaba pero ganó la alcaldía por 3,000 votos.

¿El FMLN ha ido a sus orígenes para buscar rescatar esos votos?

Ahora hay que ver diversos ángulos para responder eso, porque antes de la Guerra Fría el que era de izquierda era comunista y el que era de derecha era anticomunista y ya; y por eso cada uno no criticaba a sus regímenes. Pero hoy en día los de izquierda podemos criticar a regímenes de izquierda. Pero sí, el FMLN tiene mayor insistencia en tratar de responder a demandas populares y eso históricamente se ha dado y existe todavía. Es más, al ver la trayectoria de los dos gobiernos por mucho que se critiquen lo que ha habido es una mayor atención por los pobres.

¿Qué le parecieron los debates presidenciales?

Son pasos para la legitimidad del proceso. Incluso el hecho de que cuando uno de los contendientes falló tuvo una reacción negativa muy fuerte en redes sociales. En ese sentido, en ese campo ha habido un cierto avance.

De los candidatos, a su criterio, ¿cuál sobresale por los demás?

Depende. En un esfuerzo de acercarse a la población yo diría que Calleja ha hecho el mayor esfuerzo, y eso que era más fácil para Hugo. Eso hay que reconocerlo, y en capacidad de gobernar Hugo es el que tiene la mayor capacidad. La debilidad de Calleja es que nunca ha ejercido la función pública. Y en el caso de Bukele, yo estoy en contra de todo discurso populista, porque me parece que lo que hace es convertir a la ciudadanía en niños con ese planteamiento de que es el salvador. Entonces el espacio de participación se reduce, porque es el dirigente el que va a tomar las decisiones y punto.

A vueltas con el fascismo. De Antonio Caño

Antes de alarmistas llamamientos contra la extrema derecha es conveniente mirar en cada uno de los países donde ese fenómeno crece y preguntarse quién está sembrando la división y quién legitima el populismo.

Antonio Cano,
ex director de El País

25 diciembre 2018 / EL PAIS

El retorno del fascismo ha sido últimamente esgrimido con frecuencia tanto para describir la situación a la que hoy se enfrentan muchos países del mundo como para alertar sobre el peligro que acecha a nuestras democracias. Aunque es cierto el incremento del apoyo a partidos de extrema derecha y el auge de propuestas autoritarias y demagógicas, la recurrente alusión al fascismo, con la imagen de terror y espanto con la que está asociado, puede ser equivocada en la medida que distorsiona los problemas, confunde sobre sus soluciones y tiende a establecer el debate en el erróneo y sobrepasado campo de la derecha y la izquierda. En el caso particular de España, donde ese término viene utilizándose ya desde hace años con pretextos pueriles y propósitos intimidatorios, su uso es particularmente ineficaz.

No debe preocupar tanto el retorno del fascismo como la repetición de las circunstancias y las decisiones políticas que dieron lugar al fascismo. Es muy improbable la reproducción hoy del modelo de dictadura brutal que conocimos en el pasado. Pero existe un riesgo mucho mayor de que el descalabro de la política actual conduzca a la caída o la crisis de los sistemas democráticos. Lo que debe preocuparnos hoy no es el fascismo, sino la extrema polarización política, el ascenso de los mediocres y demagogos, la descomposición de los partidos políticos, el desprecio de la moderación, el sectarismo, el recurso constante a la toma de las calles, la explotación de los fallos del sistema democrático —corrupción, injusticia, inseguridad— para combatir el conjunto del sistema, los llamamientos a la división entre los ciudadanos, la guerra cultural entre las élites urbanas y el resto de la sociedad, la falta de horizonte de los jóvenes, la ausencia de líderes mundiales y el desprecio a la cooperación internacional. De ahí surgió el fascismo; eso es lo que tenemos que resolver ahora.

Pese a que se trata de un conflicto históricamente europeo, Estados Unidos no es ajeno actualmente a este debate. También hay en EE UU quienes ven próxima la amenaza del fascismo o incluso quienes ya lo ven instaurado en la Casa Blanca. Pero, por lo general, el estilo más académico y contenido del debate en este país permite extraer algunas ideas que pueden ser válidas en cualquier parte del mundo, puesto que así como la globalización nos ha igualado en los problemas, debería también servir para igualarnos en las soluciones. Curiosamente, nunca Estados Unidos y México, los dos grandes países fronterizos, tenían presidentes tan opuestos ideológicamente y tan similares al mismo tiempo.

“La división, el extremismo político es la respuesta falsa a los problemas que no se saben resolver”

Esto ocurre entre otras razones porque, como dice Dan Balz en The Washington Post, “las líneas divisorias en este nuevo mundo de desorden no son ya simplemente las de izquierda-derecha, con conservadores peleando contra izquierdistas”. “Esta línea todavía existe, pero de forma creciente las fuerzas de la desestabilización vienen de otros ángulos y de otras direcciones”.

Jason Stanley, que es profesor de la Universidad de Yale e hijo de refugiados europeos que huyeron del fascismo, ha escrito un libro de éxito en EE UU, cuyo título es How Fascism Works, en el que analiza las similitudes del mundo actual con el que conocieron sus padres en Europa en los años treinta del siglo pasado y llega a la conclusión de que la mayor coincidencia es la repetición hoy de las políticas de “nosotros contra ellos”. Es la explotación política por parte de dirigentes mediocres de las divisiones normales en la sociedad o acentuadas por la crisis económica la que conduce a un escenario en el que acaban triunfando los radicales y los impostores, tanto de derechas como de izquierdas.

La división, el extremismo político es la respuesta falsa a los problemas que no se saben resolver. El extremismo político es el reconocimiento del fracaso de la verdadera política, que por definición ha de buscar el punto medio, donde está la mayoría de la sociedad a la que los políticos deben representar y defender. La radicalización política es especialmente peligrosa cuando se produce dentro de los partidos tradicionales, o bien cuando estos se implican en alianzas con partidos radicales y anticonstitucionales. “Cuando el miedo, el oportunismo o el cálculo erróneo conduce a los partidos establecidos a permitir la entrada de los radicales en el escenario principal, la democracia está en peligro”, aseguran Steven Levitsky y Daniel Ziblatt en su libro How Democracies Die.

Los dos profesores de Harvard han estudiado a fondo lo que consideran la mayor amenaza para las democracias actuales: la desaparición del papel de los partidos políticos como vigilantes y gestores del sistema. Desde la Segunda Guerra Mundial —más recientemente en el caso de España—, la democracia se ha sostenido sobre la base de que “los líderes de dos principales partidos aceptaban al contrario como legítimo y resistían la tentación de usar su control temporal de las instituciones para maximizar su rentabilidad partidista”.

“Son las decisiones políticas de ayer y de hoy las que azuzan el monstruo populista y autoritario”

Pedirle a un político sacrificar sus intereses personales o partidistas en beneficio de la democracia puede parecer absurdo. Desde luego lo es con la actual clase política, incluso en momentos tan delicados como los presentes. Pero es necesario recordar el peligro que representa la legitimación, el blanqueo por parte de los partidos tradicionales de las fuerzas antisistema mediante alianzas políticas coyunturales. Levitsky y Ziblatt recuerdan que ni Alemania ni Italia en los años treinta ni Venezuela en los noventa, por mencionar un totalitarismo de otro signo, dieron mayoritariamente el respaldo a Gobiernos autoritarios: “A pesar de sus grandes diferencias, Hitler Mussolini y Chávez siguieron similares rutas hacia el poder. No solo eran outsiders con capacidad de captar la atención, sino que cada uno de ellos alcanzó el poder porque los políticos establecidos desoyeron las señales de advertencia, les entregaron el poder o les abrieron las puertas para obtenerlo”. En el caso de Venezuela, los dos autores mencionan el apoyo de Rafael Caldera a Hugo Chávez —al que indultó cuando cumplía condena por participar en un golpe de Estado—, lo que permitió a Caldera resurgir de su irrelevancia política y ser elegido presidente en 1993, solo para allanar el camino al propio Chávez, que ganó las siguientes elecciones e impuso el sistema que hoy ha arruinado económica, política y moralmente al país.

El fascismo no es un fantasma que se nos aparece de repente en medio de la noche. Son las decisiones políticas de ayer y de hoy las que azuzan el monstruo populista y autoritario. Como dice Dan Balz, “el mundo ya estaba siendo crecientemente desordenado antes de que Trump fuera presidente y fue elegido precisamente por ese desorden”. “La inestabilidad y el desorden son ahora moneda común en el mundo, poniendo a prueba la capacidad de los líderes de crear territorio fértil en el que reaccionar”.

La reacción que se requiere no es contra el fascismo. Es mucho más urgente y mucho más sencillo identificar a los verdaderos saboteadores de nuestra democracia a día de hoy, los que se saltan a diario las normas de la convivencia y violan la Constitución, y los que lo toleran con indiferencia para no perder el poder. Antes de alarmistas llamamientos contra la extrema derecha es conveniente mirar a nuestro lado en cada uno de los países donde ese fenómeno crece y preguntarse quién está sembrando la división, quién está legitimando el populismo y el nacionalismo ya, en este momento, desde las instituciones establecidas, quién está ya utilizando el poder en beneficio personal, quién está sembrando la semilla para la quiebra del sistema. “Nadie que esté dispuesto a hacer cualquier cosa por ser presidente merecería ser nunca presidente”, dice George Will en The New York Times como consejo al Partido Demócrata, en busca del candidato presidencial más adecuado frente a la extrema derecha en EE UU.

Carta a la izquierda: ¡Pónganse serios! De Paolo Luers

13 diciembre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

El ascenso del nuevo populismo celeste va a costa del FMLN. Muchos que durante toda la posguerra han votado por el Frente, hoy anuncian en encuestas su intención de votar por Nayib Bukele.

¿A qué se debe este fenómeno? No es que estos votantes hayan dejado de sentirse identificados con la izquierda. Pero se sienten frustrados con el partido que representa a la izquierda.

Hablando con ex militantes de FMLN que ahora apuestan a Bukele, uno recibe una respuesta simple: “Bukele y Nuevas Ideas representan la ‘nueva izquierda’, que va a corregir los errores del Frente. Se trata de ‘refundar’ la izquierda.” Ellos no tienen ninguna afinidad con GANA, más bien detestan la cultura de corrupción y chanchullos que representa este partido. El pacto de Bukele con GANA no lo ven como traición, sino como movida táctica, que se va a corregir luego de las elecciones. Tienen fe que Bukele y Nuevas Ideas son la solución a la crisis de la izquierda, la cual muchos de ellos viven como crisis personal.

Digo “fe”, porque apostar a Bukele y Cía. para refundar la izquierda solo puede ser un acto de fe. No está basado en una trayectoria de izquierda de los líderes de Nuevas Ideas. Mucho menos de sus operadores políticos y propagandísticos, que casi todos provienen de la derecha más mafiosa.

Entiendo la frustración con el FMLN y sus actitudes conservadoras y oportunistas.

¿Pero en qué se transforma esta frustración? Lo lógico sería luchar por la renovación del Frente, o por construir una nueva izquierda: moderna, democrática, abierta al debate.

Pero pensar que un demagogo con actitudes de playboy hijo de papi puede salvar la izquierda y convertirse en el heredero de tanta lucha y tantos sacrificios, es absurdo y ofensivo. Este hombre nunca ha sido de izquierda, se metió al Frente por oportunismo, y así salió. Obviamente tiene la habilidad de apropiarse de consignas y banderas históricas de la izquierda, pero esto no lo convierte en luchador social. También un militar golpista y corrupto como Hugo Chávez tuvo esta habilidad – y ya sabemos que el régimen que estableció no tiene nada de izquierda.

El primer requisito para alguien que proclama querer renovar la izquierda, es vocación democrática. La segunda: tener una estrategia para empoderar a la sociedad, sobre todo los sectores marginados. Cosa que es excluyente con empoderase como líder que representa a las masas y las convierte en instrumento para preservar su poder. Bukele no cumple ninguno de estos dos requisitos. Construye un partido a la medida de su líder. Se vanagloria que este partido es un movimiento sin cúpulas. Este ha sido siempre el truco de los movimientos autoritarios, incluyendo los fascistas al estilo de Mussolini, Perón y, otra vez, Hugo Chávez: No quieren gobernar con instituciones, sino mediante la conexión directa entre líder y movimiento. Terminan con un déspota que no rinde cuentas a ninguna instancia, ni del partido ni de Estado, sino directamente “al pueblo”, o sea a todos y a nadie.

Esto es lo contrario a izquierda, porque es contrario a los principios de libertad, democracia y emancipación. Por esto no solo el Frente se distanció (a fin) de Bukele, sino también se desmarcan de él figuras históricas de la izquierda democrática como Rubén Zamora, Salvador Samayoa, Roberto Rubio. Les da pena, igual que a mi, que un oportunista y ególatra pueda tener éxito navegando con banderas usurpadas de izquierda. Les inspira desconfianza, igual que a mi, que Bukele y Ulloa despotrican contra el sistema pluralista construido por los Acuerdos de Paz y hablan de una Constituyente para construir una “Segunda República”. El país necesita estabilidad institucional, no experimentos de anti-política que encubre nuevos autoritarismos.

Compañeros, pónganse serios. Si quieren preservar la izquierda como fuerza relevante, no abandonen al Frente en el momento que al fin comienza a renovarse. Si ya no creen en esta renovación, voten por Calleja para que medio levante el país y dedíquense a construir una nueva izquierda. Si ambas opciones les parecen imposibles, registren su protesta votando por Josué Alvarado, quien es un hombre correcto con gran compromiso social. Pero no caigan en la trampa del nuevo populismo.

Saludos, Paolo Luers  

¿Qué es el cambio? De Manuel Hinds

7 diciembre 2018 / El DIARIO DE HOY

El 3 de febrero los votantes tendrán que decidir entre dos propuestas de cambio. La primera se enfoca en cambiar las personas que han detentado el poder. La segunda se enfoca en cambiar las realidades que detienen el progreso de las familias salvadoreñas.

La lógica de la primera propuesta es ridículamente simple. El que la sostiene dice que otros de izquierda y de derecha ya han ejercido el poder presidencial y que ahora le toca a él. Es una propuesta de poder, puramente personal, orientada a cambiar la situación del candidato de no ser nada a ser Presidente de la República.

Ese cambio solo tiene sentido en la segunda propuesta, que debe centrarse en el ciudadano y sus problemas, en sus noches de desvelo preocupado de cómo va a hacer para pagar sus deudas, para que le alcance el dinero para mandar a tus hijos a la escuela, para que su familia tenga acceso a una buena salud, en un país seguro y con oportunidades.

Y es aquí, al examinar estos problemas, que se puede ver claramente que tomar la decisión de votar solo para cambiar a la persona en el poder, razonando que hay que darle una oportunidad, no solo es inconsecuente sino realmente dañina, porque esa es la manera en la que se ha votado en El Salvador con mucha frecuencia y esa es la razón por la que hemos terminado con gobiernos que son muy buenos para gritar insultos contra “los ricos” y muy incompetentes y desinteresados en la mejoría de la familia salvadoreña. Para lograr sus objetivos personales, estos políticos han negado toda evidencia de progreso en el país, han inyectado odio y han llamado al conflicto, sin presentar planes de progreso, sin dar ideas para mejorar el país… enfocado solo en dar la impresión de que las tienen, sin importarles más que la manera de apropiarse del poder.

Y mientras se dedican ya en la presidencia a gritar, insultar y quejarse, han dejado que las familias tengan que pagar tres veces los costos de la salud porque con sus impuestos se pagan los hospitales públicos, porque además les descuentan la cuota del Seguro Social, y, como estos no funcionan, tienen que pagar médicos y clínicas privadas para garantizar la salud de su familia. Igual pasa con la educación, que pagan dos veces, veces, porque la calidad de la educación estatal deja mucho que desear. Además, tienen que pagar impuestos para pagar la seguridad estatal aunque ésta no funciona. Con el dinero de las familias se subsidia el transporte público que es tan malo que los usuarios tienen que ir amontonados en unidades inseguras y mal mantenidas.

Pero aunque estos problemas se arreglaran, los ingresos de la familia no les alcanzan como para darle una vida digna a sus hijos porque los gobiernos recientes han ahuyentado la inversión con sus odios y victimizaciones, limitando las oportunidades de empleo.

Es decir, estas preocupaciones las tienen las familias salvadoreñas porque creyeron en otros cuentos similares a los que les están contando hoy, que se enfocan solo en las quejas y no en las soluciones a los problemas de los ciudadanos y sus familias. Lo que el país necesita no es una persona que sea excelente para insultar y echar culpas, sino personas que tengan propuestas realistas para que los ciudadanos puedan mandar a sus niños a una buena escuela pública y a buenas unidades de salud y hospitales públicos, y que puedan vivir en comunidades seguras, en las que los niños puedan crecer en un ambiente sano y libre de violencia.

Tenemos que terminar con los cuentos de los populistas, que quieren hacernos creer que la salvación está en que ellos estén en el poder, cuentos que crearon nuestro estancamiento, y nuestros desencuentros y nuestros odios. Tenemos que pasar del odio a la armonía y del estancamiento al crecimiento, para que todos nosotros tengamos las oportunidades que nos merecemos y vivamos en un país seguro y próspero.