Fernando Mires

El debate en Venezuela: ¿Ir o no a elecciones en una dictadura?

Nuevamente entre los opositores hay un fuerte debate sobre participar o no en las elecciones de gobernadores convocadas para final de este año. No es por primera vez: las elecciones parlamentarias de 2005 los partidos de la oposción decidieron boicotear, dejando al chavismo el control total del Estado. Luego la oposicn camb de estrategia y consiguió, en 2015, la mayoría calificada en la Asamblea. Sin embargo, el gobierno y el Tribunal de Justicia, controlado por el chavismo, desconocieron la autoridad de la Asamblea Nacional. Para deshacerse del parlamento, Maduro convocó a un proceso constituyente, que por la oposición y la mayoría de países democráticos fue considerado como una ruptura constitucional. 

En esta nueva situación que ha cambiado el carácter del régimen chavista, la oposición venezolano tiene que decidir si tiene sentido participar en elecciones. La Mesa de Unidad democrática decidió inscribir candidatos, pero partes de la oposición llaman a boicotear estas elecciones. Documentamos aquí parte de este debate.

Segunda Vuelta

Trece razones para votar. De Fernando Mires

fernando mires

Fernando Mires, 18 agosto 2017 / TALCUAL

En Venezuela, antes de cada elección, surge la misma controversia. Los argumentos son, si no iguales, parecidos. Al final se impone la razón y la mayoría de la oposición vota. Si la oposición gana, todos festejan el triunfo. Esta vez, en cambio, hay algunas variantes. Las anunciadas elecciones regionales que deberían haberse realizado un año atrás, están por venir. Tendrán lugar después de las grandes demostraciones de masas en defensa de la Constitución, iniciadas en abril del 2017. Los ánimos están enervados y no es para menos: el régimen ha asesinado a muchos seres humanos. Casi todos, jóvenes.

talcual.pngLa dictadura, ya abiertamente declarada, ha impuesto mediante el fraude más grosero conocido en toda la historia electoral latinoamericana, una asamblea constituyente, fascista y cubana a la vez. El ambiente es propicio para todo tipo de aventuras antipolíticas, y también hay razones que lo explican: la lógica de la fuerza representada en una mafia de poder en alianza con los altos mandos del ejército se ha impuesto por sobre la voluntad de la inmensa mayoría. Bajo estas condiciones ha crecido en el seno de la oposición un abstencionismo políticamente anómico pero a la vez militante; muy destructivo con respecto a la única organización política de oposición que existe en Venezuela: la MUD.

Frente a las amenazas que provienen del régimen y de los divisionistas, los sectores democráticos de la oposición intentan defender los pocos espacios que restan. Como una contribución solidaria a la lucha que ellos libran en condiciones tan adversas, he redactado trece puntos que, en mi opinión, son razones que deben tenerse en cuenta para participar en las elecciones regionales de 2017. Siempre y cuando tengan lugar. Pues bajo una dictadura ejercida por personajes sin principios, seres brutales al servicio de sus propias ansias de poder, todo puede ser posible.

  1. Las elecciones regionales están pautadas en la Constitución. Desconocerlas o renunciar a participar es seguir a la pauta de la dictadura -la que como toda dictadura es antielectoral-. Es faltar a la letra y al espíritu de la Constitución. Es romper con la línea histórica de la oposición. Línea que ha sido definida por sus principales líderes y suscrita por la gran mayoría de sus partidos como pacífica, democrática, constitucional y electoral. La Constitución es la guía, es el programa y es la ruta de la oposición. Sin la Constitución la oposición no existiría. Todo lo que es la oposición se lo debe a la Constitución. La decisión divisionista, derrotista y abstencionista de una parte de la oposición liderada por el grupo VENTE, es anticonstitucional y por lo mismo hace el juego a los planes de la dictadura.
  2. Entre oposición y Constitución hay una relación simbiótica. Todo voto a favor de la oposición es un voto a favor de la Constitución. Por esa misma razón, todo voto a favor de la Constitución es un voto en contra de la constituyente cubana. La principal contradicción política de las próximas regionales deberá ser  -siempre y cuando los partidos y candidatos entiendan la esencia del problema-: o Constitución o constituyente. Agitar esa contradicción es más importante que el número de gobernaciones que puedan ser ganadas. Las elecciones, en ese sentido, no son solo un fin sino, además, un medio de agitación política a favor de la Constitución. Convertir a las regionales en un movimiento democrático, popular y constitucionalista es la gran tarea política del momento.
  3. El 16/J la mayoría del pueblo venezolano votó (simbólicamente) en contra de la constituyente, no en contra de las elecciones. Y la razón es elemental: la constituyente fue inventada para evitar las elecciones, sobre todo las regionales, destinadas a privar a la dictadura de todos sus poderes locales. Luego, al votar en contra de la constituyente, los venezolanos votaron a favor de la reivindicación del sufragio universal. Los puntos 2 y 3 tampoco auspician el abstencionismo. Por eso, los que hablan del mandato del 16/J, tergiversan su sentido, tanto en su letra como en su intención. Aparte del rechazo terminante a la constituyente, no hay, en ninguno de los tres puntos del 16/J, un mandato explícito a favor de la abstención electoral.
  4. La Unidad al ir a las elecciones regionales no interrumpe, más bien confirma su continuidad política. La MUD siempre ha sido electoral. Nació y se configuró como una asociación electoral. Que, obligada por las circunstancias, hubiera debido asumir otras funciones, es otro tema. Lo importante es que la MUD ha continuado la línea trazada el año 2007 cuando defendió la Constitución en contra del propio Chávez. Sus más grandes éxitos han sido electorales. Electoral fue el triunfo que robaron a Capriles en las presidenciales del 2013. Electoral fue el grandioso triunfo del 6D. Electorales son las alcaldías y gobernaciones arrancadas a la dictadura. Electorales fueron las grandes manifestaciones por el RR16. La defensa de la AN, elegida electoralmente, fue el punto de partida de las grandes movilizaciones que llevaron a Maduro a imponer la constituyente cubana. Electorales por último fueron las jornadas que llevaron a votar el 16/J en contra de la constituyente. No hay ningún motivo para que la MUD se aparte de la vía electoral, la única que conoce. Romper la vía electoral es romper la oposición. Quienes lo hacen están por cierto en su derecho. Pero para ejercerlo deben presentar una línea política diferente. Y hasta ahora, definitivamente, no la tienen. Son como los perros hortelanos de la política: no hacen ni dejan hacer.
  5. Al plantearse en contra de las elecciones, sin ofrecer ninguna otra alternativa, los abstencionistas solo piensan en dos posibilidades: o en una invasión o en un golpe militar. En cualquiera de los dos casos la oposición no tiene ningún papel que jugar. De este modo los abstencionistas no solo exigen la abstención. Además, buscan eliminar a la oposición, sobre todo a la MUD,  como sujeto político, condenándola a servir de coro de acciones en las cuales ella no tiene ningún poder de decisión.
  6. Las elecciones se encuentran en perfecta continuidad con las protestas iniciadas en abril del 2017. No hay ningún objetivo surgido durante las protestas del 2017 que no pueda ser revivido durante las campañas electorales que –eventualmente- tendrán lugar. Protestas sin vía electoral al chocar permanentemente con la soldadesca están condenadas a la derrota. Las elecciones, en cambio, abren un nuevo cauce. Mientras las protestas tenían lugar solo en centros urbanos, allí donde hay universidades, las elecciones pueden llevar la protesta hasta los últimos rincones, ampliando el espacio de participación pública. Las elecciones regionales son en ese sentido más radicales que las elecciones presidenciales. Más allá de los resultados, de los fraudes, y de la posibilidad de que sean eliminadas por el régimen, las elecciones permiten abrir un nuevo espacio de confrontación política.

  7. Las elecciones no legitiman al régimen pues el régimen es anti-electoral. Las elecciones solo legitiman a las elecciones. Por eso cabe esperar que la dictadura hará todo lo posible por torpedear, boicotear y, si todo eso no resulta, postergar o incluso eliminar a las elecciones. Si se da ese caso, como es probable que ocurra, no la oposición sino la dictadura habrá perdido legitimidad; si es que le queda algo.
  8. Las elecciones tampoco legitiman al CNE. Todo lo contrario, permiten derrotar al CNE como ya ha ocurrido en otras ocasiones. Por eso quienes arguyen que no irán a las elecciones después del monstruoso fraude del 30/J sacan mal las cuentas. Pues ese CNE no es fraudulento desde el 30/J. Lo ha sido siempre. Incluso, el mayor fraude electoral de su historia no lo cometió el 30/J – en el hecho, una elección interna del PSUV- sino el 14 de abril de 2013 cuando Tibisay Lucena -al negarse a mostrar los cuadernos electorales- reconoció, objetivamente, haber robado las elecciones presidenciales. La oposición aprendió la lección: cuando la votación se convierte en un aluvión y cuando las mesas son vigiladas una por una, el fraude puede ser derrotado. Mesa vigilada es mesa ganada.
  9. La monstruosidad del fraude del 30/J cumplió dos objetivos: el primero:  inventar millones de votos para imponer a la constituyente cubana. El segundo: advertir a la oposición de este modo: “nosotros somos tramposos, no tiene sentido que ustedes vayan a las elecciones pues con nuestros fraudes los volveremos a derrotar”. Imposibilitada de ganar las elecciones, la dictadura ha decidido envilecerlas, desmoralizando a la ciudadanía y dividiendo a la oposición en electoralistas y anti-electoralistas. De este modo, si la oposición no acude a votar, la dictadura hará elecciones adjudicándose un triunfo electoral sobre la oposición “anti-electoral”. El problema más grave es que una parte de la oposición –ignoramos su magnitud- ya ha pisado la trampa. Esa parte ha olvidado el principio más elemental de la política: “nunca hagas lo que tu enemigo quiere que tú hagas”.
  10. No el 30/J sino el 6/D debe ser el parámetro electoral de la oposición. El 30/J solo demostró los límites que es capaz de traspasar la dictadura cuando la oposición está ausente. El 6/D demostró en cambio lo que puede llegar a alcanzar la oposición cuando participa activamente en las elecciones. Si en las regionales no lo hace, tendrá lugar un segundo 30/J. Que nadie tenga dudas. Los responsables serán los abstencionistas. Nadie más.
  11. La participación electoral bajo dictaduras está avalada por la experiencia de una gran cantidad de movimientos democráticos que han usado todos los espacios para acelerar la caída de los tiranos. No se trata por cierto de reeditar la discusión bizantina acerca de “la dictadura no sale con votos” o a la inversa: “solo con votos sale la dictadura”. Se trata solo de tener presente dos hechos objetivos: El primero dice que siempre los movimientos democráticos han puesto a las elecciones en el primer reglón de la lista de exigencias. El segundo dice que hasta ahora no se conoce ningún caso en la historia en el cual una dictadura haya sido derrotada mediante la abstención electoral.
  12. La mantención de una línea constitucional  y por lo mismo electoral ha sido la principal razón que explica por qué la oposición ha concitado en su torno un gran apoyo internacional. Si los asesinatos de tantas personas lograron sensibilizar a la opinión pública mundial no fue por la innegable tragedia del hecho –en Siria son asesinados grandes cantidades de seres humanos día a día y la indignación internacional es muy débil- sino porque quienes cayeron en Venezuela lo hicieron luchando por uno de los sacramentos de la política moderna: el sufragio universal, inscrito en la Constitución de 1999 y negada por la constituyente de la dictadura. Si la oposición decidiera no participar en futuras elecciones, aún  argumentando trampas y fraudes, el impacto sobre esa opinión mundial sería más negativo que positivo y, sin duda, la dictadura sabría como manipular a su favor esa situación.

13. Hay por último una razón en la cual están contenidas todas las demás. Una razón que condiciona a toda otra razón, o –para decirlo con el vocabulario de Freud- una razón sobredeterminante. Esa es la razón ciudadana. Significa, según esa razón, que cuando uno vota no lo hace solo para cumplir un objetivo, o por motivos tácticos o estratégicos, o porque voy a perder o ganar. Uno vota simplemente porque es un deber hacerlo. Que otros van a robar mi voto no me exime del cumplimiento de mi deber. Nadie puede dejarse determinar por la maldad de los otros. El hecho de que Maduro y su mafia sean unos hijos de puta, es problema de ellos, y alguna vez lo pagarán. Pero cuando uno vota, también vota para y por sí mismo. El voto es la dignidad del ciudadano.

– – – – – – – – – –

Convencemos pero no vencemos. DE Gisela Kozak Rovero

EFE-1-e1503583842286

Gisela Kozak Rovero, 24 agosto 2017 /  PRODAVINCI

I

Oír a Ramón Muchacho, alcalde depuesto del Municipio Chacao en el exilio, declarar a la cadena televisiva CNN que hoy es imposible una salida democrática en Venezuela no hace más que subrayar lo que firmes partidarios de la unidad opositora, como quien esto escribe, hemos observado con alarma desde que ganamos las elecciones parlamentarias prodavincidel 2015. Aunque alcanzamos la mayoría de las diputaciones no pudimos defender tal mayoría ni convertirla en poder efectivo en la ruta para sacar por los votos al gobierno que hoy en día compite con los más tiránicos del planeta. La MUD, siendo poco más que una plataforma electoral, convenció al mundo de la naturaleza no democrática del régimen porque se mantuvo en la ruta electoral, movilizó a millones de personas en la búsqueda de la salida menos traumática posible y logró arrebatarle votos al chavismo. Se trata de una obra titánica, pero lamentablemente no ha logrado ese milagro político que es convertir las condiciones actuales, tan desfavorables a la tiranía desde una perspectiva racional, en la oportunidad propicia para hacerse con el poder: la MUD convence pero no vence. Quienes están fuera de la MUD, como ahora VENTE, el partido de María Corina Machado, tampoco. No tienen la fuerza para hacerlo.

II

¿Por qué no logramos vencer?, nos preguntamos los opositores de a pie. ¿Será que el diagnóstico de la enfermedad no encuentra el remedio adecuado? María Corina Machado, muy denostada en estos momentos, hace el diagnóstico correcto aunque hasta hora no ofrece el remedio capaz de articular las voluntades opositoras: en Venezuela se ha conformado un régimen totalitario, una secta alimentada de narcotráfico, petróleo y corrupción que jura estar dispuesta a salvar a la patria de las garras del imperialismo, al pueblo de los desmanes de la burguesía y a la oposición de sí misma a través de su reducción a mera comparsa del régimen. Este lenguaje dramático y ampuloso es propio de estas sectas persuadidas de su papel redentor en el mundo: son fanáticos sedientos de poder que no paran de trabajar y maquinar en ningún momento. Se parecen a los matones del ejército islámico, capaces de los peores crímenes pero rebosantes de intenciones megalómanas que involucran el destino mismo de la humanidad. La perdurabilidad de semejante proyecto podría ser puesta seriamente en duda por las circunstancias internacionales, la crisis económica y las divisiones dentro del oficialismo, pero ciertamente hay tiranías que han continuado largo tiempo en situaciones muy adversas, sobre todo si Rusia y China están detrás.

III

Analistas reconocidos como Américo Martín, Ángel Oropeza, Elías Pino, Fernando Mires y Colette Capriles insisten en que quienes tenemos dudas sobre continuar en la lucha electoral no entendemos que es el único camino posible dada la naturaleza misma de la MUD, una coalición democrática y desarmada cuyas mayores virtudes residen en definirse de este modo, sobre todo de cara al mundo. Las noticias de los periódicos internacionales sobre Venezuela subrayan, en cambio, que el régimen se consolida en su vocación tiránica. Poco se gana con señalar severamente como divisionistas y servidores inconscientes del chavismo a quienes pensamos que poner esperanzas en elecciones, después de lo ocurrido con la Asamblea Nacional, es equivalente a abrir una tienda todos los días en la que nadie compra: no perdamos la disciplina para que la vida tenga sentido. Puede que la oposición se empeñe en asistir a las elecciones regionales a falta de algo mejor que hacer —la resistencia clandestina requiere un esfuerzo, dinero y tiempo que no puede medirse con facilidad—, pero me imagino que nuestros aliados internacionales no deben entender muy bien lo que ocurre. Es evidente que la correlación de poder actual en el país no sufrirá modificaciones por unas elecciones que el gobierno no perderá porque hará lo mismo que hizo con el referéndum revocatorio y la Asamblea Nacional: evitar la victoria o desconocerla. El razonamiento de que así se moviliza a la gente y se anima al desanimado contempla a las personas como extras de televisión o de cine: se les convoca para cumplir con una ficción de ejercicio democrático que no servirá para darle un vuelco a la situación. Repito, hasta el 2015 fui firme partidaria de luchar por ganar las elecciones, pero al ganarlas y no poder defenderlas era evidente que tal forma de lucha ya no tiene sentido.

IV

Es necesario poner en cuestión los tantos lugares comunes que gente por demás respetable e inteligente han puesto a circular en el mundo político nacional. Es mentira que todas los gobiernos autoritarios salen con votos: unos cuantos han salido a tiros como fue el caso de Pol Pot en Camboya, Hitler en Alemania, Somoza en Nicaragua y Batista en Cuba; Pinochet salió porque el alto mando militar chileno no lo respaldó en su intento de desconocer la voluntad popular, en cambio Maduro no ha caído porque para las Fuerzas Armadas el clamor ciudadano no tiene ninguna importancia; Ceaucescu en Rumania fue ajusticiado; Noriega en Panamá salió de la presidencia por una invasión norteamericana, solución que no tiene respaldo en la región ni en la MUD tanto por pruritos sobre la soberanía nacional como por el temor, justificado, de una Siria en Suramérica. En cuanto a los ejemplos de Sudáfrica, Polonia y la Unión Soviética, en Venezuela no existen líderes oficialistas en el pináculo del poder que propicien la transición como fueron Jaruzelski, De Klerk y Gorbachov, respectivamente. Aunque la división en el seno del oficialismo es evidente, no alcanza todavía a posiciones clave que puedan inclinar la balanza a favor de la transición democrática. Por último, la MUD no ha podido paralizar la administración pública, los servicios y las empresas básicas como sí logró hacerlo el sindicato Solidaridad en Polonia; de hecho la rebelión popular del primer semestre de este año se agotó en medio de la represión y el sinsentido de seguir participando en protestas que aunque hundieron al gobierno internacionalmente no evitaron la paralización de la Asamblea Nacional Tiránica.

V

La MUD corre el peligro de volverse inocua, pero puede eludirlo si sabe aprovechar dos de sus fortalezas: el apoyo popular y el justo temor de las democracias de la región de darle alas a los totalitarios de sus propios países. Es la hora de los líderes con visión histórica, no de las recetas de autoayuda de los bienintencionados, de los analistas que juraron por su madre que habría referéndum revocatorio y de los políticos que tratan de justificarse en victorias que no significan poder real. Si bien la unidad opositora es indispensable, la misma no puede reducirse a la MUD y a la estrategia electoral; si hubiese militares, civiles y políticos de la MUD con una misma hoja de ruta alternativa a unas elecciones que no significan el poder tal vez valdría la pena planteárselo. En lugar de regalar esperanza toca insuflar valentía, la cual no está por cierto asociada a ese derroche de testosterona que es Oscar Pérez, el ex-CICPC amante del cine, ni tampoco a esos militares con lenguaje evangélico que se creen la mano de dios y no hacen alianzas con políticos. Las escaramuzas de los militares imbuidos de un patriotismo bobo es una de las tantas miasmas del pantano ideológico del chavismo.

La valentía es contradecir y lanzarse al abismo cuando es necesario; es tener también cabeza fría y cálculo político e intelectual, el arma que nos queda cuando no sabemos qué camino tomar para salir de nuestra tragedia lo más pronto posible. Solo una muy fuerte presión externa hará ceder al gobierno por medio de sanciones que le impidan los apoyos económicos y militares que necesita; solos no podemos lograr que la oligarquía roja negocie su salida del poder y una transición democrática. Tristemente, el destino de Venezuela no depende solo de su gente, pero no por cuenta del imperialismo yankee, como piensan la izquierda ciega o la izquierda autoritaria que todavía cree en el madurismo, sino por culpa de una tiranía que pretende convertirnos en espectros de ciudadanos.

Anuncios

Dualidad de poderes. De Fernando Mires

 

Si esa dualidad será resuelta a favor de las armas o de la razón, o si aparece un inesperado fraccionamiento al interior de las FAN, o un simple rayo de luz que lleve a un entendimiento mínimo entre el poder político de la oposición y el militar de la dictadura, no lo sabemos.

50543op4

FernandoMires-1451Fernando Mires, 30 julio 2017 / TALCUAL

El 30 de julio la dictadura militar de Nicolás Maduro consagrará institucionalmente la dualidad de poderes que venía gestándose mediante la creación de una constituyente cubana cuyo único objetivo es la supresión del sufragio universal para asegurar el poder de una oligarquía militar-civil en contra de la voluntad de la inmensa mayoría de la nación.

El término dualidad de poderes merece una explicación adicional. Su origen teórico proviene de las plumas de Lenin y Trotzky durante “la revolución de febrero” – la única, la verdadera revolución, la antizarista- que dio origen al gobierno provisional, democrático, social y parlamentario talcual.pngde Alexander Kerensky. En términos más exactos, aquello que tuvo lugar en el breve periodo que va desde febrero a noviembre de 1917 fue una trilogía de poderes: el del aparato militar y burocrático zarista enquistado en el Estado, el del gobierno provisional (liberal, democrático y parlamentario) y el supuesto poder de los soviets (concejos).

La reducción de la trilogía de poderes a una dualidad clasista fue un truco semántico de Trotzky y Lenin a fin de hacer aparecer al gobierno de Kerensky como una simple prolongación del zarismo. Entre Trotzky y Lenin había, sin embargo, una diferencia.

Mientras para Trotzky los soviets deberían asegurar la hegemonía del “proletariado” sobre el resto de las clases populares, para Lenin, consciente de que “la clase obrera” era extremadamente minoritaria y “tradeunionista” (sindicalismo despolitizado) los soviets debían estar formados por obreros, campesinos y soldados bajo conducción de los bolcheviques. Estos últimos, los soldados, eran para Lenin el eslabón decisivo. No porque los soldados se hubiesen vuelto de pronto revolucionarios, sino simplemente porque eran portadores de armas.

A esas masas de desertores y lisiados de una guerra perdida que -sí se leen testimonios como los de John Reed y Victor Serge- vagaban por las calles de Moscú y San Petersburgo, lo único que les interesaba era ser reclutados por alguien a fin de no morirse de hambre. Los bolcheviques lo hicieron.

El golpe de estado bolchevique que tendría lugar con la “toma del Palacio de Invierno” fue llevado a cabo por multitudes de desarrapados, vagabundos y borrachos entre los que se contaban esos miserables, mal armados (pero al fin armados) soldados reclutados por los seguidores de Lenin. De acuerdo a la literatura oficial de la URSS, en octubre fue resuelta la dualidad de poderes entre “la burguesía” representada por Kerensky y “el proletariado” en los soviets dirigidos por los bolcheviques.

Desde 1917 hasta el 2017 hay un siglo. Y nuevamente, como consecuencia de una revolución democrática –tan democrática como fue la de febrero en contra del zar Nicolás ll – ha aparecido, esta vez en Venezuela, otra dualidad de poderes. Naturalmente, el Nicolás ruso no tiene nada que ver con el Nicolás venezolano. Aparte, claro está, de que ambos llegaron a ser sangrientos dictadores, repudiados por su pueblo y por todo el mundo democrático.

La dualidad de poderes surgida en Venezuela tampoco tiene que ver demasiado con la de la Rusia de Lenin. Por de pronto, adquiere distintas formas. En un primer piso, toma una forma institucional: a un lado el gobierno, representante de una extrema minoría, al otro la Asamblea Nacional, representante de una inmensa mayoría. En un segundo piso, adquiere una forma constitucional; a un lado la constituyente cubana, al otro lado la Constitución de 1999. El tercer piso, toma una forma política: la del conflicto entre dictadura y democracia. En el cuarto piso aparece una forma social: una contradicción entre el conjunto de la sociedad civilmente organizada (sindicatos, empresarios, universidades, iglesias, representantes de la cultura e incluso del deporte) en abierto conflicto con una oligarquía estatal cuya base de apoyo solo proviene de las instituciones militares a través de una alianza entre los altos mandos y el lumpen: con y sin uniforme.

La quinta forma de la dualidad de poderes, la del quinto piso, surgida en Venezuela, digámoslo así, su quinta esencia, es la que tiene lugar entre los cuerpos militares y la ciudadanía política. Ahora, justo en este punto, aparece un hecho de importancia decisiva

La dictadura al imponer la constituyente cubana ha convertido en irreconciliable a la dualidad de poder y con ello ha renunciado al poder político para entregarlo sin condiciones al poder militar. La imposición de la constituyente cubana entonces es equivalente a la firma de un acta de ingobernabilidad. Eso tendrá gravísimas consecuencias para Maduro. Retirarse del ejercicio del poder político a favor del militar, significará, lisa y llanamente, cambiar el principio de gobernabilidad por el principio de dominación. De este modo la dictadura modificará su carácter. Ya no será política-militar sino solamente militar. En otras palabras, será lo que potencialmente ya era, la dictadura del ejército con un títere civil en el gobierno (que podría ser Maduro u otro)

La lección que de ahí surgirá para la oposición es que, aún con una eventual caída (o renuncia) de Maduro, no será resuelto el problema fundamental pues los principales enemigos, y por eso mismo, los principales interlocutores, serán, definitivamente, los militares.

Militares que no son los andrajosos armados de los tiempos de Lenin. Son, por el contrario, una clase social de estado dispuesta a todo si se trata de defender sus privilegios. Pero aun así, en un momento indeterminado deberán tomar conciencia de que todas las armas del mundo no bastan para gobernar si frente a ellas se encuentra la absoluta mayoría de la nación.

La imposición forzada de la constituyente cubana no será, en consecuencia, una derrota para la oposición. Todo lo contrario: creará nuevas condiciones para ocupar los espacios políticos cedidos por Maduro, ampliar alianzas en diferentes direcciones y mantener la lucha de calles, siempre y cuando no sea abandonada, ni por un solo segundo, la letra de la Constitución. Esa Constitución ha llegado a ser el nexo que une a la oposición con el chavismo descontento, el programa de acción de todas las fuerzas democráticas, la trinchera que nunca deberá ser cedida a nadie.

La que tiene lugar en Venezuela es, para decirlo con la misma jerga chavista, una lucha irregular y prolongada. Los imponderables –a los cuales para que aparezcan hay que ayudarlos- decidirán finalmente el curso de esa tragedia. Ahí reside precisamente el fondo de la dualidad de poder que experimenta Venezuela, la más básica: la de la guerra contra la política. Si esa dualidad será resuelta a favor de las armas o de la razón, o si aparece un inesperado fraccionamiento al interior de las FAN, o un simple rayo de luz que lleve a un entendimiento mínimo entre el poder político de la oposición y el militar de la dictadura, no lo sabemos. El futuro no está escrito en ninguna parte.

Camus después de Camus. De Fernando Mires

Este texto no es actual, salió publicado en enero 2017. Es atemporal.

Segunda Vuelta

Fernando Mires, 5 enero 2017 / americanuestra.com

Casi todos los días se cumple el aniversario de la muerte de algún escritor célebre. Pero a algunos los recordamos más que a otros. No quiero decir que esos escritores hubieran escrito para la posteridad. Por lo demás, quien escribe para la posteridad tiene que estar muy dominado por la idea de la muerte pues la posteridad no existe para nadie que esté vivo. La posteridad es solo una hipótesis. Pero sí hay algunos, y a esos perteneció Albert Camus, a quienes podemos comprender mejor después que han abandonado este mundo. Creo advertir la razón:

Camus leyó mejor que muchos en las líneas de su tiempo letras que alcanzaron nitidez solo después de su muerte. Pero las leyó en su tiempo, durante su vida, debatiendo y discutiendo con sus pares e impares. Porque hoy día, ya varios años después de que fueran revelados los millones de crímenes cometidos en la ex Unión Soviética, después de la caída estrepitosa del Muro de Berlín, de que China se convirtiera en la segunda potencia capitalista (otros dicen, la primera) del planeta, de que en Cuba y Corea del Norte “la dictadura del proletariado” se encuentre representada por oprobiosas dinastías, del colapso de los “socialismos militares” del mundo árabe, y de las humillaciones a que somete la pandilla militarista de Maduro y Cabello a todo lo que parezca oposición en Venezuela, en fin, después de todo eso y mucho más que no pudo presenciar Camus, poner en tela de juicio la lógica de la razón revolucionaria dista de ser un despropósito. Al contrario. Mas bien cabe preguntarse acerca de la integridad espiritual de quienes todavía la defienden.

Estoy hablando, para que no haya equívocos, de la misma desintegración espiritual de quienes defendieron a la dictadura de Franco como un medio para alcanzar “la república integrista cristiana“. O de las atrocidades cometidas por los EE UU en Vietnam en nombre de “el sueño americano”“. O de quienes todavía ven en los antropófagos dictadores militares sudamericanos, demiurgos de una  “revolución restauradora”. Estoy hablando, si alguien no ha entendido, en contra de esa lógica que lleva a justificar a cualquier medio en nombre de un imaginado fin. De los que desvalorizan la existencia en aras de un objetivo suprahistórico. De los que al perseguir el futuro destruyen el presente. De los que se creen dueños, nadie sabe con qué derecho, de la razón de la historia. De los hombres nuevos y, por cierto, de sus dementes fabricantes.

Camus habría dicho: estoy hablando en contra de quienes usurpan el significado de la rebelión en nombre de la revolución. Dos palabras -rebelión y revolución- hasta Camus casi sinónimas y que hoy sabemos gracias entre otros a Camus, son antónimas. Pues si bien una revolución puede comenzar con una rebelión, la revolución, mientras más se prolonga en el tiempo termina por convertirse en la negación de toda rebelión.

Para Camus la rebelión es un “no“. La revolución, en cambio, es un “sí”. Negación y afirmación explicada en su célebre “El Hombre Rebelde”. “¿Qué es un hombre rebelde?” -preguntaba Camus-. Su respuesta fue concluyente: “Un hombre que dice que no” (p.17).

El motivo que lleva al pronunciamiento del no, no es uno solo. Tampoco está inscrito en algún lugar de la historia, como llegó a postular Hegel. Pero sí tiene, para Camus, un sentido ontológico. Uno que va más allá de Hegel para quien el sí y el no son constitutivos de una trinidad dialéctica que es a la vez la unidad del pensamiento (La afirmación, la negación, la negación de la negación).

Hegel se preguntaba en su Fenomenología del Espíritu ¿Por qué el esclavo no se libera de su amo? La pregunta de Camus era en cambio otra: ¿Por qué un esclavo que nunca ha intentado liberarse, es decir, por qué alguien que ha dicho siempre sí, dice de pronto no? El no en ese sentido surge de la gota de agua que colma el vaso. Es el punto imprecisable que marca la no soportabilidad de la negación de uno por el ser del otro.

Ese no del esclavo rebelde es por eso un sí dicho por el ser a sí mismo. Mas, no es un sí a una sociedad sin esclavos, ni a un nuevo modo de producción, ni siquiera a un “mundo mejor“. Es simplemente un no a quien, hombre de carne y hueso, lo desconoce en su propio ser. Puede surgir de un latigazo de más -o de un pan menos, o de un insulto innombrable- el impulso que lleva al esclavo en un momento determinado a matar al amo. No es en todo caso un acto que surja de la reflexión. Más bien, como lo explicaba Camus, ocurre al revés: la reflexión surge del acto mortal. O dicho así: La negación es la primera condición del pensamiento pues el pensamiento proviene de una fundamentación y no se puede fundamentar lo que todavía no ha sucedido.

Antes del acto que surge de la negación no hay nada que fundamentar. “En nuestra prueba cotidiana” -argumentaba Camus- la rebelión desempeña el mismo papel que el “cogito” en el orden del pensamiento; es la primera evidencia. Pero esta evidencia saca al individuo de su soledad. Es un lazo común que funda en todos los hombres el primer valor: Yo me rebelo, luego nosotros somos” (p. 25).

Este acto negativo del ser no proviene, por lo tanto, de ninguna moral establecida, de ningún código legal y mucho menos de una filosofía. Se trata simplemente de un ser que desea ser reconocido por otro ser que no lo deja ser.

Cuando las multitudes de 1989 desafiando a guardias armados saltaron el muro de Berlín -es un ejemplo- no pensaban en crear un orden histórico superior. Simplemente saltaron el muro obedeciendo al impulso corporal de quienes quieren entrar en el espacio común que por derecho pre-constitucional les pertenece, en este caso la nación común. Esa es la diferencia con la revolución cuyos actos son siempre pre-meditados. Según Camus: “Mientras que la historia, incluso la colectiva, de un movimiento de rebelión es siempre la de un compromiso sin salida en los hechos, de una protesta oscura que no compromete sistemas ni razones, una revolución es una tentativa para modelar el acto sobre una idea, para encuadrar al mundo en un marco teórico. Por eso es que la rebelión mata hombres, en tanto que la revolución destruye a la vez hombres y principios” (p. 101).

Eso significa también: mientras una revolución convierte a un sujeto en un objeto, la rebelión convierte al objeto en un sujeto. Razón por la cual, mientras en algunas rebeliones hay muertos, las revoluciones convierten a la muerte en un sistema. En la rebelión la muerte del otro es consecuencia de un acto no pensado. En la revolución en cambio, se trata de homicidios sistemáticos; de asesinatos deliberados.

Dicho con Camus: “la mayoría de las revoluciones adquieren su forma y su originalidad en un asesinato. Todas o casi todas han sido homicidas” (p. 150). O más preciso aún: “En la época de la negación podía ser útil interrogarse sobre el problema del suicidio. En la época de las ideologías (y no hay revolución sin ideología revolucionaria, FM) hay que ponerse en reglas con las del asesinato” (p.150).

La muerte (o simplemente la negación gramatical) del otro en las revoluciones, sigue un plan sistemático de acuerdo a un fin previamente determinado. Pero ese fin -ahí reside la mendacidad de cada revolución- nunca debe ser alcanzado pues si lo es termina la revolución. La revolución para no morir requiere que el fin requerido sea siempre inalcanzable. Su lógica existencial necesita de un fin que nunca se cumpla. En cierto modo toda revolución es una estafa pública. No así la rebelión. La rebelión termina con la negación del otro. Basta.

Toda revolución busca extenderse en el tiempo. Hay algunas en las que sus líderes envejecen o mueren, cambian las generaciones, y la revolución continúa su curso. Los seres humanos son mortales, pero la revolución no lo es, repiten con fervor los revolucionarios. Los revolucionarios persiguen a través de la inmortalidad de la revolución su propia eternidad. ¿O ha conocido usted a un revolucionario que alguna vez haya dicho, ya hicimos la revolución, y ahora a vivir tranquilos, calabaza calabaza cada uno para su casa? No. No: así solo hablan los rebeldes. Jamás los revolucionarios.

Toda revolución busca extenderse hacia el infinito de todos los tiempos, no solo del tiempo de los revolucionarios sino, sobre todo del de quienes no lo son, los que deben ser reducidos a un material modelable; plasticina, arcilla, cemento. ¿Y los que no quieren ser convertidos? A ellos les espera el cadalso, la tortura, la muerte. Toda revolución termina asesinando a la rebelión en nombre de la revolución. Los revolucionarios, así lo dijo Camus: “Desprecian la libertad de las personas y sueñan con una extraña libertad de la especie; rechazan la muerte solitaria y llaman inmortalidad a una prodigiosa agonía colectiva” (p.282).

En la revolución impera el principio de la muerte. En la rebelión el de la vida. Esa fue la razón por la cual Albert Camus, aunque si bien siempre estuvo a favor de la liberación de Argelia con respecto al colonialismo francés, nunca estuvo a favor de los comunistas argelinos que luchaban por la liberación. Su pregunta inquieta era evidente: ¿Y quién nos va a liberar de los liberadores?

La rebelión de Camus comenzaba y terminaba en un no. En un simple, claro y rotundo no.

Con el sí comienza toda ideología. Y con la ideología la enajenación del ser con respecto a sí mismo. Razón de más para afirmar que Camus fue la representación real del hombre rebelde. De ahí su permanente actualidad. Porque siempre, desde la infancia hasta la vejez, habrá motivo para rebelarnos en contra de algo o alguien. La rebelión nos hace dignos. No así la revolución. Nunca las revoluciones, a diferencias de las rebeliones, han sabido morir con dignidad.

 

Guerra al pueblo. De Fernando Mires

Maduro ha revelado el motivo que lo llevó a convertirse en un sangriento dictador. Este no ha sido otro que impedir las elecciones a cualquier precio.

Fernando Mires, 2 julio 2017 / TALCUAL

La frase de Nicolás Maduro ha recorrido el mundo. Como si hubiera faltado algo –un matiz, un tono, una coma– para que todos supieran lo que ha llegado a ser, Maduro mismo, sin que nadie se lo pidiera, se encargó de confirmarlo. Para que la última brizna de duda se la lleve el viento.

Lo que no se pudo con los votos lo haríamos con las armas. Esa es la frase gloriosa con la cual Maduro pasará a figurar en la historia universal de la infamia.

Y sin embargo, quizás por primera vez en su vida política, Maduro ha dicho una verdad. Pues toda su gestión presidencial, a partir del 6-D -cuando la ciudadanía estampó su mayoría incuestionable en las urnas- ha sido tratar de imponer con las armas lo que ha sido incapaz de lograr con los votos. Es por eso que, de un modo más preciso que cualquier politólogo, el dictador ha señalado cual es la contradicción principal de su país. A un lado, la ciudadanía. Al otro, una dictadura militar y anti-electoral.

Maduro ha revelado el motivo que lo llevó a convertirse en un sangriento dictador. Este no ha sido otro que impedir las elecciones a cualquier precio. Robó, gracias a la complicidad de la CNE de Tibisay Lucena, las elecciones revocatorias, inscritas en la Constitución por el propio Chávez. Robó las elecciones regionales del 2016 y las del 2017. Y al fin, no pudiendo justificar el robo de más elecciones, robó a toda la Constitución, sustituyéndola por una Constituyente Comunal cuyo objetivo principal es suprimir el sufragio universal.

Con toda seguridad a Maduro -así como otros miembros de su secta- aprendió en las escuelas de formación de cuadros de Cuba que las elecciones son un mecanismo de la burguesía para asegurar, mediante la división del pueblo en partidos, su dominación de clase. Tal vez le dijeron que suprimir las elecciones democráticas y sustituirlas por elecciones estamentales era un acto revolucionario. Al fin y al cabo ¿no fue el mismo Chávez un mentor de los llamados Concejos Comunales, supuestos órganos de representación popular llamados a sustituir en un momento determinado al “Estado burgués”?

Lo que, sin embargo, no dijeron a Maduro en Cuba es que el modelo electoral de su Constituyente es exactamente el mismo que impuso Mussolini en Italia, o que entre el estado corporativo de tipo fascista y el estado comunista hay más semejanzas que diferencias. Mucho menos le dijeron que los movimientos socialistas aparecieron por primera vez en Europa levantando las banderas del sufragio universal y que esas banderas fueron después desplegadas por movimientos de mujeres. Así la consigna un hombre /un voto fue cambiada por la de una persona /un voto. Jamás se enteró Maduro de que, precisamente alrededor de las luchas por el sufragio universal fueron articuladas las principales tendencias políticas de la democracia moderna: la liberal, la socialista y la social-cristiana.

Maduro nunca llegó a saber –nadie se lo enseñó en Cuba- que el sufragio universal es una de las conquistas más grandes de la humanidad y por alcanzarla murieron muchos, como hoy están muriendo muchos en Venezuela por defenderla. Por esas razones Maduro nunca logrará entender que en Venezuela se está escribiendo un capítulo más de esa muy larga historia del sufragio universal, vale decir, la gesta de un pueblo luchando en defensa de su soberanía y de su ciudadanía.

Luisa Ortega Díaz, la fiscal constitucionalista, dio justo en el clavo: los derechos humanos tienen un carácter progresivo, afirmó. La Constituyente de Maduro, en cambio, es regresiva. Dicha frase la llevaría a romper con el régimen. En otras palabras, Ortega Díaz dijo a Maduro, tú eres un reaccionario, así como reaccionarios son todos los que te secundan.

La Constituyente significa un enorme retroceso histórico: el regreso al orden político estamental pre-democrático. Esa barbaridad es la que intenta imponer Maduro a sangre y fuego por sobre la sociedad política moderna. Retroceso histórico imposible de ser aplicado en ningún país republicano, ni siquiera en Turquía o en Rusia. Así se explica por qué la Constitución del 99 ha pasado a convertirse en el catalizador de todas las demandas políticas y sociales de la nación venezolana. La contradicción -así lo estipuló el mismo Maduro en un momento de macabra lucidez- es efectivamente la que se da entre los votos y las armas, o lo que es igual: entre el pueblo y las balas. Maduro, como si alguna vez hubiera leído a Freud, se asumió a sí mismo como representante político del principio de la muerte.

Lo que no se pudo con los votos lo haríamos con las armas. Con esa frase Maduro, secundado por Cabello, ha declarado la guerra a su propio pueblo. Ningún dictador se había atrevido a expresar esa verdad con tanta brutalidad. Su dudoso mérito histórico fue haberla dicho por primera vez. Su lucha, si es que podemos llamarla así, no es por más votos –es la diferencia con su antecesor Chávez- sino en contra de los votos.

Maduro al fin solo dijo lo que ha hecho, hace y hará si su dictadura logra imponerse sobre la inmensa mayoría de la nación. Con cuánta razón, Ramón Guillermo Aveledo, guardando las formas de su caballerosa apostura, respondió a la ya famosa frase de Maduro con un twitter que se volvió viral: “Presidente, lo que en democracia no se consigue con los votos, no existe”.

La insurrección constitucional que tiene lugar en Venezuela nació en defensa del voto y en contra de las armas. En defensa del voto han muerto muchos jóvenes y, lamentablemente, mientras Maduro y su secta se mantengan en el poder, muchos seguirán muriendo. La defensa del voto ha desnudado el carácter dictatorial y asesino del régimen.

No el voto -eso es lo que no logran entender los extremistas de la oposición quienes coincidiendo con Maduro acusan a los defensores del voto de “electoralistas”- sino la defensa del voto será la razón que llevará a la caída de la dictadura, tal como ordenan los artículos 333 y 350 de la Constitución.

El voto en sí no es un arma. Pero siendo negado puede llegar a ser más efectivo que todas las balas. Los estudiantes, los profesionales, los intelectuales, las madres y las abuelas, las iglesias, los chavistas y militares constitucionales, y no por último, los pobres urbanos y semiurbanos, están en estos momentos concertando sus fuerzas y acciones en defensa del derecho político más elemental de nuestro tiempo: el del sufragio universal.

Frente a una coalición nacional tan amplia, ninguna dictadura, por más armada que sea, logrará imponerse. La defensa de los votos –como ya ha sucedido en otras gestas democráticas- vencerá nuevamente a las armas.

La oposición, el madurismo y las alianzas. De Fernando Mires

En Venezuela existe una dualidad de poder. Un gobierno anti-constitucional por un lado y otro representado por una oposición constitucional. 

Fernando Mires, 25 junio 2017 / TALCUAL

¿Existe el madurismo? La pregunta puede parecer académica pero no lo es. Por lo menos no lo es en sus consecuencias. Y no lo es porque determina –sí, determina- la política de alianzas de la oposición en momentos cuando esa oposición a través de su órgano de representación institucional, la Asamblea Nacional, y en conformidad con los artículos 330 y 350, ha decidido desconocer la legitimidad del gobierno Maduro al haber este traicionado a la Constitución de todos.

En Venezuela existe una dualidad de poder. Un gobierno anti-constitucional por un lado y otro representado por una oposición constitucional. Como se dijo en un artículo anterior, en Venezuela hay muchos partidos, pero solo hay dos campos: el de la anti-Constitución y el de la Constitución. Este último campo, absolutamente mayoritario, incluye de modo creciente a sectores divergentes del régimen a los que hemos llamado “chavismo constitucional”. Su figura emblemática es actualmente la fiscal Luisa Ortega Díaz. En contra de ella está apuntando toda la artillería del gobierno inconstitucional.

De este modo, desde una perspectiva objetiva, si no existe una alianza entre el chavismo y la oposición, existe por lo menos un punto objetivo de convergencia: la defensa irrestricta de la Constitución del 99. Ese punto es –o debería ser- el origen de una alianza política de dimensiones nacionales.

Una alianza tiene lugar entre por lo menos dos entidades las que al reconocer un enemigo común deciden sumar fuerzas para derrotarlo. Para que una alianza tenga lugar se requiere por lo tanto de las diferencias. Por lo mismo, las diferencias, lejos de ser un obstáculo, son la condición de una alianza.

Entre dos fuerzas similares no se requieren alianzas precisamente porque son similares. La aceptación de las diferencias es el requisito esencial de una política de alianzas, y esta última a la vez, es condición esencial de la política como tal. La política es, entre otras cosas, el arte de sumar y multiplicar y no de restar y dividir. Eso es lo que no logran entender algunos sectores anti-políticos de la oposición cuyo poder de difusión es afortunadamente menor a su poder político real. Los hay en dos matices: a un lado los puristas, al otro los aperturistas.

Los puristas son aquellos que bajo ninguna condición aceptan acuerdos con el chavismo constitucional. Para ellos chavismo es chavismo, el madurismo no es diferente al chavismo y pactar con grupos disidentes es traición. De más está decir que con esos opositores –en verdad, opositores a la oposición- no hay ninguna posibilidad de comunicación política.

Problemático es también el sector de los aperturistas. Los hay también en dos versiones. Una versión dura y otra suave. Unos sustentan la tesis de que hay que aceptar al sector chavista disidente, pero solo bajo determinadas condiciones, entre ellas que reconozcan sus pecados originales, que realicen una autocrítica y no pretendan en ningún caso imponer condiciones cuando llegue el momento de actuar juntos. El sector más suave en cambio, afirma que hay que recibir a los chavistas disidentes con los brazos abiertos, algo así como al hijo pródigo regresado al hogar después de haber errado su camino. Ambas posiciones parten, sin embargo, de un supuesto falso.

Ese supuesto falso está sustentado sobre la premisa de que el chavismo constitucional intenta sumarse a la oposición constituida y por lo tanto de lo que se trata es de recibirlos o de no recibirlos. El problema es que hasta el momento no se conoce a nadie dentro del chavismo constitucional que haya hecho una solicitud de ingreso a la MUD, o algo parecido. Todo lo contrario. En sus declaraciones los chavistas antimaduristas intentan diferenciarse de la MUD. Después de haber roto con lo que ellos llaman, desde su perspectiva, el madurismo, se entienden a sí mismos como una fuerza equidistante entre la MUD y el madurismo, algo así como la tercera fuerza de la política venezolana.

En otras palabras, los chavistas constitucionales no son saltadores de talanquera. Son chavistas. Pero a la vez son, o intentan ser, fundadores de un tercerismo político que busca un espacio de acción dentro del espectro político venezolano. El dilema, por lo tanto, no es si hay que aceptarlos o no. Se trata solamente de reconocerlos en lo que son y por medio del diálogo buscar con ellos algunos puntos de convergencia que puedan llevar a una alianza táctica en función del objetivo de los objetivos: restaurar en Venezuela a la Constitución del 99. Más sería demasiado.

Stalin no pidió a Churchill que se hiciera comunista ni Churchill exigió a Stalin que se convirtiera en un demócrata. Ambos concertaron una alianza frente al enemigo principal, Hitler, y gracias a esa alianza lograron derrotarlo. Eso es una alianza política: la unidad circunstancial de dos o más posiciones diferentes.

La historia del chavismo constitucional es, por lo demás, muy distinta a la historia de la MUD. Por esa misma razón ambas entidades mantienen un relato diferente con respecto a la misma historia. Los chavistas constitucionales, a diferencias de la oposición, han realizado una ruptura epistemológica que ha terminado siendo, como suele suceder, una ruptura política. No así la oposición la que, por supuesto, no ha necesitado de ninguna ruptura para oponerse primero a Chávez y después a Maduro.

Una ruptura epistemológica, en el sentido acordado por Gastón Bachelard al término (en su texto clásico “Filosofía de las Ciencias”) tiene lugar cuando en una narración es introducido un concepto que interrumpe y altera la continuidad discursiva. Ese nuevo concepto interruptor se llama, para el chavismo constitucional, “madurismo”.

De acuerdo al relato histórico del chavismo constitucional, el concepto de madurismo, entendido en discontinuidad con el de chavismo es producto de una ruptura epistemológica que antecedió a la ruptura política que hoy está teniendo lugar. O dicho así: lo que desde la perspectiva de la oposición constituida es percibido como continuidad, desde la perspectiva del chavismo constitucional es percibido como ruptura.

Por lo demás, la lógica de los chavistas constitucionales posee cierta coherencia. El chavismo del madurismo, se quiera o no, terminó siendo diferente- y en algunos casos, opuesto- al chavismo de Chávez. Las diferencias entre el chavismo y el madurismo son, para los disidentes chavistas, fundamentalmente cuatro.

La primera diferencia dice que, mientras el de Chávez era un gobierno que contaba con la mayoría absoluta de la ciudadanía, el de Maduro es un gobierno radicalmente minoritario.

La segunda dice que, mientras el de Chávez era un gobierno político-militar, el de Maduro se constituyó como un gobierno militar-político para llegar a ser después lo que ahora es, una dictadura puramente militar.

La tercera dice que mientras la fuente del poder de Chávez era electoral, la de Maduro es anti-electoral.

La cuarta dice que, pese a que Chávez faltaba a la Constitución, nunca renunció a ella como ha ocurrido con Maduro.

Que chavismo y madurismo son dos formas de un mismo régimen –como sostiene la oposición- es cierto. Pero también es cierto que mientras el primero correspondía a una forma ascendente, el segundo corresponde a una forma descendente. Si Chávez habría hecho lo mismo que hoy hace Maduro, o que Maduro es un Chávez sin plata, también puede ser cierto. Pero no es comprobable. Afirmaciones de ese tipo no tienen más valor que el que se deduce de simples conjeturas. Mucho más cierto es que Maduro está vivo y Chávez está muerto; y esa diferencia es muy comprobable.

Tanto en la vida profesional como en la pública debemos realizar alianzas, incluso con personas e instituciones que no nos gustan. Las hay a largo, a mediano y a cortísimo plazo. Puede ser que la que se pueda gestar entre el chavismo constitucional y la unidad opositora corresponda solo a la tercera categoría.

Tal vez ni siquiera sea una alianza sino un simple acuerdo puntual. No por eso menos necesario. En cualquiera de los casos, lo importante para que actúen fuerzas convergentes es reconocer, aceptar y respetar las diferencias que las separan. Exigir como condición para una acción común la renuncia a esas diferencias es condenarse a sí mismo a la más absoluta soledad. Dicha premisa vale tanto para la oposición como para el chavismo constitucional.

Sin alianzas no hay política.

Banda de ladrones. De Fernando Mires

Sin la justicia ¿qué serían de verdad los reinos sino bandas de ladrones? ¿Y que son las bandas sino pequeños reinos? (San Agustín, La Ciudad de Dios)

Fernando Mires, 11 junio 2017 / TALCUAL

El general Vladimir Padrino López declaró a José Vicente Rangel (El Universal 29/5/17) que “la crisis tendría solución hoy mismo si hubiese voluntad política y que el problema es de los políticos, no de la fuerza Armada, ni de la Iglesia ni de los empresarios”

Un observador poco avisado podría llegar a la conclusión de que el general dijo una verdad tan grande como un camión. Y deducido, además, que la culpa de la tragedia venezolana reside en los políticos “de ambos lados”; incapaces de llevar a cabo un diálogo constructivo frente a diferencias fáciles de resolver.

Sin embargo, cualquiera que siga con atención los acontecimientos venezolanos, podrá darse cuenta de que la verdad del general tiene el tamaño de una hormiga. Pues esa verdad esta construida sobre la base de tres grandes mentiras.

La primera es que uno de los supuestos interlocutores no puede ser un interlocutor político pues ha roto definitivamente con la política como medio de comunicación. En el hecho, quienes gobiernan son políticos- antipolíticos.

La segunda mentira es que hay un tema de discusión. Lo que existe es algo distinto: un dilema: si Venezuela va a ser regida por una Asamblea Constituyente impuesta por un grupo muy reducido o por la Constitución aprobada por la ciudadanía el año1999 bajo el gobierno del presidente Chávez.

La tercera mentira dice que la solución se encuentra en manos de los políticos. Quizás pudo haberlo estado alguna vez. Pero en los momentos en que Padrino dio la entrevista, cualquiera solución pasa por las manos de los militares. Militares que, al igual que los civiles del régimen, son consumados políticos de la anti-política

Intentaré a continuación extraer la verdad de esas tres mentiras.

De acuerdo a la primera mentira el régimen estaría formado por políticos dialogantes. Eso no es así. No como insulto, sino dicho en el estricto sentido de San Agustín, el régimen esta formado por “una banda de ladrones”. Si un director de cine decidiera hacer un filme sobre los últimos días del gobierno Maduro, podría titularlo perfectamente: “El régimen de los cinco robos”.

El primer robo ocurrió después del triunfo del 6-D. Mediante la creación de un TSJ formado por militantes del PSUV, el gobierno procedió a robar las atribuciones del Parlamento. Con ello robó, además, las competencias legislativas de la AN, eliminó la posibilidad del diálogo interpartidario y desconoció el dictamen derivado de la ciudadanía popular.

El segundo robo fue el del Referendo Revocatorio del 2016, procedimiento inscrito en la Constitución por voluntad del propio presidente Chávez.

El tercer robo fue el del Diálogo Nacional, diálogo al que accedió la oposición solo porque entre los mediadores estaba el Vaticano. Nadie podía prever que Maduro manipularía al Papa para frenar las movilizaciones desencadenadas por el robo del Revocatorio. El daño provocado por Maduro a la comunidad cristiana venezolana ha sido enorme. Sus verdaderas dimensiones todavía no han sido evaluadas.

El cuarto robo fue nada menos que el de las elecciones regionales pautadas para el 2016. Con ese robo, el régimen destruyó los restos de democracia formal que pervivían en el país.

Por último, la imposibilidad de frenar constitucionalmente a las elecciones, llevó al régimen a cometer el quinto robo: el más terrible de todos, el que nunca puede cometer un gobierno. No solo robó pedazos de Constitución como lo venía haciendo. Robó a toda la Constitución.

El país, ya nadie lo puede ocultar, está gobernado por una banda de ladrones.

La segunda mentira de Padrino, la que supone que existen objetos a negociar entre “los políticos”, no es más que un derivado del robo de la Constitución.

Como militar, Padrino sabe que lo único que no se puede negociar es la Constitución. La Constitución es una, es indivisible y es intransable. La Constitución es el acta fundacional que constituye a la nación. La Constitución es la nación puesta en forma. La Constitución es el vínculo que une a los ciudadanos con el Estado. Anular a la Constitución es traicionar a la patria.

Desde el momento en que Maduro intenta sustituir a la Constitución por una Constituyente de inspiración fascista, ha pasado a ser un presidente anti-constitucional. ¿Cree el general Padrino que con buena voluntad se puede negociar la Constitución de todo un país?

Destacados constitucionalistas han sometido el proyecto de la Constituyente a intensos exámenes. Todos, coincidiendo con la impecable presentación de la fiscal Luisa Ortega Díaz, han determinado que se trata de un texto ilegítimo e ilegal, tanto en su origen como en su contenido y sentido.

En su origen, porque no ha nacido de una comunicación entre gobierno y pueblo (la verdad, nunca nadie salió a la calle a pedir una Constituyente). En su contenido, porque altera la progresión democrática de los derechos humanos. Y en su sentido, porque su objetivo principal es la anulación del sufragio universal.

Hay incluso confesiones de partes que eximen pruebas. Con la Constituyente, dijo Isaías Rodríguez, liquidaremos a la oposición. Con la Constituyente, dijo Diosdado, terminará la inmunidad política. Con la Constituyente, dijo Iris Varela, acabaremos con la Fiscal y la Fiscalía.

Así ha quedado revelada la verdadera intención del régimen: la Constituyente de Maduro no tiene otro propósito que no sea impedir por todos los medios la elecciones democráticas, es decir, el derecho más elemental de todos los pueblos de la tierra.

La Asamblea Constituyente de Maduro/Cabello certifica el nacimiento de una nueva dictadura militar – sí Padrino, militar- en América Latina. Hasta la Constitución de 1980 dictada en el Chile de Pinochet puede ser vista hoy como un primor democrático comparada con la que intenta imponer Maduro.

La tercera mentira emitida por el general Padrino aparece cuando afirma que la solución se encuentra en mano de los políticos y no de los militares. Mentira muy grande si se tiene en cuenta que Padrino es miembro de la Junta Cívica Militar formada por Maduro. Padrino, como otros generales, aunque practican una política anti-política, son militares políticos ocupando puestos políticos.

Fue el mismo Maduro quien expuso con su brutalidad acostumbrada la relación entre la Asamblea Constituyente y las FANB. Ocurrió cuando dijo: “O Constituyente o guerra”. A diferencia de otras, esta no fue una simple bravuconada. Pues una guerra solo puede ser realizada entre dos. O entre el ejército contra la ciudadanía en las calles, o entre un ejército dividido entre constitucionalistas y maduristas. ¿Cómo puede ser llevado a cabo un diálogo político con un presidente que amenaza a su pueblo y a su ejército con guerras?

Sin embargo, hay un punto en el cual el general Padrino tiene cierta razón. Es cuando dice “la crisis podría solucionarse hoy mismo si hubiese voluntad política”. Efectivamente, el mismo general Padrino, con un poco de voluntad política, podría resolver la crisis en muy poco tiempo. No con un golpe militar (¿para qué?, los militares están en el poder) Bastaría que dijera solo una frase. Esa frase es: “Las FANB solo reconocen la vigencia de la Constitución de 1999, la misma que juramos defender”. Ni una sola palabra más.

Al día siguiente de ser pronunciada esa frase, la paz volvería al país. No habría más muertos sangrando por las calles. Los niños irían a las escuelas, novias y novios se besarían en los parques, los políticos comenzarían a prepararse para las próximas elecciones, y el ejército sería respetado, no por haberse puesto al servicio de una banda de ladrones, sino por haber cumplido con su deber, acatando la letra y el espíritu de esa Constitución que una vez fue chavista y hoy es de todos.

No basta denunciar atrocidades; hay que impedirlas. Para eso hay que decir solo una frase. ¿Por qué Padrino no pronuncia esa frase? ¿Intoxicación ideológica? ¿Negociados ilícitos? ¿Falsas y absurdas juramentaciones? ¿O todo a la vez? Los historiadores, en un muy próximo futuro, lo descubrirán.

San Agustín tenía razón: sin justicia (sin Constitución) los reinos (los gobiernos) son simples bandas de ladrones.

DESPUÉS DEL 19-A (diez tesis). De Fernando Mires

Fernando Mires, politólogo chileno en la Universidad Oldenburg/Alemania

Fernando Mires, 21 abril 2017 / POLIS

  1. El 19-A, día en que tuvo lugar la demostración de masas más grande de toda la historia venezolana, no era un objetivo en sí. La oposición organizada en sus partidos anunció que en esa fecha tan llena de contenidos, comenzarían a tener lugar duras jornadas cuya culminación deberá ser el restablecimiento del orden constitucional destruido por el régimen dictatorial. Desde esa perspectiva, el 19-A ha sido el día de un nuevo comienzo: el de un alzamiento del pueblo democrático venezolano en contra de la Junta Militar-Civil cuyos rostros más visibles, además de el de Maduro, son el del general Padrino-López y el del capitán Diosdado Cabello.
  2. El 19-A ha sido develada la principal contradicción del enfrentamiento que hoy tiene lugar: el de una ciudadanía plural y políticamente organizada en partidos, movimientos e instituciones, en contra de una dictadura militar minoritaria, antinacional y antipopular. Se trata, dicho en breve, de un antagonismo entre sociedad civil y Estado. En el marco de esa contradicción, el régimen de Maduro ha mostrado su verdadera personalidad. Despojado del nimbo populista del chavismo originario, el madurismo se inscribe en las filas de las dictaduras militares más tradicionales del continente latinoamericano.
  3. La oposición, a pesar de sus múltiples diferencias, ha sabido orientar su acionar en torno a cuatro puntos que la unifican. En una lucha pacífica, democrática, constitucional y electoral. Puntos no escogidos al azar. Ellos surgieron como negación de una dictadura que se define por su carácter violento, anti-democrático, anti-constitucional y anti-electoral. No sin razones puede afirmarse entonces que el verdadero y único programa de la oposición unida –digámoslo así: el mapa de su ruta- es, o ha llegado a ser, la Constitución Nacional. Por eso mismo, el 19-A puede ser considerado como el día en que tuvo lugar el inicio de un gran movimiento constitucionalista y popular.
  4. El 19-A ha revelado el sentido histórico-político del gran triunfo obtenido por la oposición el 6-D. En contra de los derrotistas que propagaban la mentira de que el 6-D había sido un triunfo sin trascendencia, los sucesos de 2017 han demostrado que la AN nació para que el pueblo la defendiera, es decir, para que en su defensa se articulara como pueblo político. A la vez, defender el triunfo electoral del 6-D no solo obliga a defender las elecciones del pasado, sino las del futuro, precisamente las que hoy niega el régimen.
  5. Entre la defensa del triunfo del 6-D y la defensa de las elecciones pautadas en la Constitución, existe una estricta unidad. No se puede defender lo uno sin lo otro. A esa unidad indisoluble se han unido durante el trayecto otras exigencias como son la libertad de los presos políticos, la nulidad de las inhabilitaciones a los líderes y un canal humanitario para paliar, aunque sea en parte, el hambre y la miseria a la que tiene sometida la dictadura a la población de su país.
  6. No hay ninguna contradicción entre exigir el fin del régimen de Maduro y a la vez la inmediata convocatoria a elecciones. Por el contrario: la lucha por elecciones libres ha hecho posible ese inmenso apoyo internacional que hoy tiene la oposición. A la vez, imponer elecciones libres significa salir de la dictadura. Por eso, el llamado a elecciones libres –tengan lugar o no- debe ser considerada como la más radical de las exigencias. Por el contrario, exigir la caída de Maduro pasando por alto la razón electoral, delegaría todas las esperanzas a una hipotética ruptura al interior de las FANB, rupturas desde donde deberían surgir supuestos generales redentores de la nación. Por esas razones, todo llamado a derribar a Maduro sin exigir elecciones libres, es directa o indirectamente golpista. Sin elecciones de por medio, solo los militares pueden derribar a Maduro.
  7. No se excluye por supuesto que los militares puedan experimentar rupturas o divisiones, como ha sucedido en diversos procesos históricos. Pero esas solo pueden ser posibles si los militares son confrontados directamente con la Constitución y no con llamados a derribar a una dictadura de la cual no pocos de ellos forman parte. Pues en la Venezuela de Maduro los militares no solo cumplen la función de defender a grupos en el poder. Ellos mismos son parte del poder; y como militares, no siempre entienden la diferencia entre el poder y la violencia.
  8. El quiebre del estamento militar es solo una hipótesis entre varias. Pero intentar hacer política en torno a hipótesis o escenarios imaginarios, es renegar de la política. Eso no impide mantenerse preparados frente a la posibilidad de que se produzcan acontecimientos inesperados. La historia del futuro no está escrita.

  9. La dictadura de Maduro, como toda dictadura, es una dictadura militar. Bajo esas condiciones, los militares, si acceden directamente al poder, puede que lo hagan solo para cambiar una dictadura militar con Maduro por una dictadura militar sin Maduro. En pocos países del mundo, en Venezuela menos, los militares se han caracterizado por ser baluartes de la democracia. Así lo ha entendido el presidente de la AN, Julio Borges, quien se dirigió en los momentos previos al 19-A a las FANB no para invitarlas a hacerse de un poder que en el hecho ya tienen, sino para exigirles el mínimo respeto que merece la Constitución Nacional. A la misma a la cual juraron obediencia. Más no se les debe pedir.
  10. Las jornadas iniciadas el 19-A han sellado una triple unidad. Unidad entre los partidos. Unidad entre los líderes con sus representados, líderes que lo han dado todo poniendo incluso en juego la integridad corporal. Y, no por último, unidad de la oposición con los gobiernos democráticos del mundo y con esa solidaria OEA dirigida por Luis Almagro. Si esa triple unidad se mantiene, los días que anuncian el fin de la dictadura no se verán muy lejanos.