Max Mojica

La revolución de la sociedad civil en ciernes. De Max Mojica

La razón de nuestra pobreza: nuestros gobernantes han gobernado para ellos, alternando grupos sociales que han luchado entre sí simplemente para tomar el turno de la élite beneficiada con la extracción. El FMLN promovió la última revolución, con aberrantes resultados una vez en el poder.

max mojica-xMax Mojica, 18 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

¿Por qué en nuestro país, luego de 196 años de independencia, hay pocos ricos y muchos pobres? La explicación no es tan complicada como parece. No se necesita tener un doctorado en historia, economía o sociología para dar una respuesta; eso sí, es necesario contar con una máquina del tiempo para poder entenderlo. ¿Me acompañas en el viaje?

EDH logCristóbal Colón descubre América en 1492. Él y sus compadres transportan al Continente el sistema político absolutista que imperaba en España, el cual es alegremente implantado como sistema político en los nuevos territorios. Los conquistadores utilizaron el sistema monárquico-extractivo para ser aplicado a sus congéneres, a los hijos de estos nacidos en América (criollos) y, por supuesto, respecto a la población mestiza e indígena conquistada, teniendo derechos económicos y políticos prácticamente ilimitados sobre el trabajo y propiedad de estos últimos.

Luego de algo más de 300 años de espera (Siglo XIX), los criollos se cansan de no disfrutar del poder que tenían sus bisabuelos, debido al pequeño detalle de haber nacido en el continente americano. Las ideas independentistas surgen de una clase celosa de las prerrogativas de otra clase, buscando libertad política y económica para ellos, pero no para todos los ciudadanos (mestizos e indígenas).

Ya independientes, los criollos reclaman para sí mismos las prerrogativas de los españoles y empiezan a gobernar y actuar exactamente igual que éstos, mientras el resto del pueblo continuaba explotado y aislado política y económicamente. Paulatinamente fue entrelazándose el poder entre criollos y mestizos, en lo político (vía militarismo) y en lo económico (vía grandes capitales agrarios), mientras las mayorías de origen indígena continuaban sumidas en la pobreza.

En el siglo XIX y buena parte del XX la democracia en El Salvador era una simpática forma de describir la sucesión presidencial vía golpes de Estado militares o acuerdos entre familias poderosas. Estallan revoluciones para cambiar la situación, la más relevante: la de 1932, promovida por Farabundo Martí y Feliciano Ama. El primero, marxista-leninista y Secretario del Partido Comunista Salvadoreño, quien recibía instrucciones directamente de Stalin; y el segundo, un líder indígena, católico y analfabeto, instrumentalizado por el Partido Comunista. Ninguna de las revoluciones tuvo éxito.

Como respuesta a la inmovilidad político-social de los gobiernos conservadores llega la “Generación Comprometida” (1950-60), que sembró en la juventud ideas políticas de corte liberal y socialista-comunista; que eventualmente, termina siendo la puerta de entrada para que corrientes políticas “más duras”, orientadas al comunismo, logren infiltrar la Iglesia Católica por medio de la Teología de la Liberación, las universidades y colegios privados al que asistían las élites, los sindicatos en general y especialmente el de maestros que educaban en institutos públicos, los partidos políticos y el estamento militar; a efecto de minar los principales pilares sobre los que se asentaba el sistema político conservador.

La “revolución popular” (gestada en la década de los 60 y 70), derivada de las ideas liberales, socialistas y comunistas en boga, abonadas por las claras injusticias sociales, la falta de movilidad social en lo económico, los burdos fraudes electorales a favor de los militares, unido a la represión política y nula libertad de expresión, fue el caldo de cultivo para la guerra civil prolongada que vivimos en la década de los 80, lo cual marcó el fin de los gobiernos militares y fue el preámbulo de las elecciones ¿democráticas? que derivaron en los gobiernos del PDC, ARENA y FMLN.

De tal forma que los criollos sustituyeron a los españoles; los mestizos militares a los criollos, uniendo fuerzas entre ellos para mantener el poder durante el siglo XIX y buena parte del XX; para luego llegar a la fase de los gobiernos “democráticos” del PDC y ARENA, todos los cuales tuvieron en común el utilizar sistemas político-económicos extractivos para beneficio de las élites gobernantes; para finalmente llegar a un gobierno de izquierda en el Siglo XXI, que no cambió nada pero convirtió a sus líderes en la nueva oligarquía roja, manteniendo el statu quo histórico: el gobierno de turno y sus compadres (ahora en manos de los socialistas) se sirven con la cuchara más grande, mientras el pueblo pasa hambre y ve frustrados sus anhelos de progreso y bienestar.

Esa es la razón de nuestra pobreza: nuestros gobernantes han gobernado para ellos, alternando grupos sociales que han luchado entre sí simplemente para tomar el turno de la elite beneficiada con la extracción. El FMLN promovió la última revolución, con aberrantes resultados una vez en el poder.

Ahora estamos frente a la “revolución de la sociedad civil”, que podría darnos un gobierno electo democráticamente con un gabinete más inclusivo, designado con base en el mérito y representativo de la amplia clase media profesional, que podría ser finalmente en beneficio de las grandes mayorías y no de los beneficiados de siempre: los gobernantes de turno y sus compadres.

@MaxMojica

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Johnny y Nayib. De Max Mojica

Ambos incursionaron en política desde muy jóvenes, se han mostrado irreverentes y renuentes a simplemente aceptar las líneas políticas impuestas por los líderes históricos de sus institutos políticos y se han atrevido a criticarlos, pero sus diferencias son abismales.

max mojica-xMax Mojica, 11 septiembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Johnny Wright y Nayib Bukele desde hace unas semanas son una constante en las redes sociales en cuanto a comentarios y opiniones, respecto a las posturas y postulados políticos que ellos exponen, los cuales tienen una característica en común: son contrarios a las corrientes imperantes en los institutos políticos, ARENA y FMLN, que les sirvieron de plataforma para alcanzar los puestos públicos que ahora poseen.

EDH logEntre ellos hay muchas coincidencias: ambos decidieron incursionar en política desde muy jóvenes. Ambos alcanzaron éxito político relativamente rápido y con relativa facilidad, muestra de que en nuestra sociedad existe un importante nicho de votantes que desean un cambio en la forma de hacer política, un cambio de rostros, así como una sacudida a las corrientes ideológicas heredadas de la Guerra Fría.

Ambos se han mostrado irreverentes y renuentes a simplemente aceptar las líneas políticas impuestas por los líderes históricos de sus institutos políticos. Ambos han roto con la corriente conservadora de sus partidos (aclaro: no solo ARENA es conservador; el Frente, o al menos su dirigencia, es muy conservador en términos políticos de izquierda. Basta y sobra leer su postura oficial respecto a los postulados políticos expuestos en el Foro de Sao Pablo). Los dos se han distinguido por atreverse a criticar públicamente a sus partidos, lo cual, asimismo, es novedoso en un país en donde los trapos sucios se siguen lavando en casa. Para muestra un botón: la renuncia de Francis Zablah de GANA. La renuncia fue pública, las razones privadas y la reconciliación se llevó a cabo a puerta cerrada.

Eso sí, las diferencias entre ambos son mucho más marcadas. A raíz de la propuesta de Johnny respecto a la despenalización del aborto –con base en ciertas causales–, hubo innumerables críticas y ataques en su contra. Respecto a este punto debo aclarar algo: en lo particular, considero que si bien es cierto no estoy de acuerdo con su propuesta, no puedo menos que respetar su valentía al proponerla. Ir a contracorriente en una sociedad tan religiosa y conservadora como la salvadoreña requiere una coherencia entre lo que se piensa, lo que se hace y lo que se dice, aún y cuando sostener esa coherencia implicó para él renunciar a su partido político y, probablemente, le costará su reelección como diputado.

Nayib, por su parte, ha demostrado tener una actitud poco menos que cuestionable. Ante tanta desavenencia pública, resulta obvio que la relación del Frente con Nayib es un noviazgo por necesidad. Nayib, sin duda alguna, es la mejor carta presidencial del Frente (ningún otro de sus miembros se le compara en las encuestas) y, para Nayib, el Frente es una valiosísima plataforma política, tomando en cuenta la disciplina de sus correligionarios, su voto duro, su capacidad logística y el control que ejerce en el TSE. Por todo ello, hoy por hoy, aún y los insultos y diatribas en las redes sociales, continúan juntos. El tórrido noviazgo se mantiene.

Por su lado, a raíz de su propuesta para la despenalización del aborto y debido a que no se permitió llevar a Aída Betancourt como su suplente, Johnny se distanció de ARENA, se retiró como candidato de dicho partido político y dijo que explorará otras opciones como candidato independiente, las cuales, para ser sincero, no le brindan ningún tipo de seguridad de reelección; pero lo está haciendo, porque es lo que la gente coherente hace: sus acciones son consecuentes con sus pensamientos. Si no se comparten principios, lo correcto es renunciar.

Por su parte, Nayib continúa rodando la película “Mauricio Funes Reloaded”, pretendiendo hacer creer a los posibles votantes que mantiene algún punto de unión ideológico o político con el Frente y que, por lo tanto, continúa siendo del Frente, pero sin perder su carácter de “outsider”; cuando la realidad es que un día si y otro también, se dicen de todo en las redes sociales, o simplemente decide hacerles un desaire tan grande, que ni siquiera llegó a su proclamación como candidato en la convención del partido.

Entre ambos políticos, Johnny y Nayib hay similitudes, pero sus diferencias son abismales. Uno renuncia a su partido, de forma pública y transparente, señalando claramente cuáles son los puntos de la desavenencia y tomando su propia ruta, aunque le cueste su candidatura; el otro, dando una muestra de un cuestionable pragmatismo político, con base en el cual, no obstante, hay serias desavenencias públicas, pero él y su partido prefieren continuar juntos simplemente, porque les conviene. Esa es una actitud propia de aquellos que buscan el poder a toda costa, aun cuando ello implique renunciar a sus principios.

Independientemente de que te caiga bien o mal, apoyes o no sus propuestas, Johnny ha dado clases gratuitas de coherencia, transparencia y honestidad con sus posturas públicas y privadas; bien harían muchos políticos en imitarle.

@MaxMojica

Generación comprometida. De Max Mojica

En El Salvador necesitamos a gritos una “generación comprometida”, que hable, que se arriesgue, que escriba, que piense, que marche, que olvide su propia seguridad, su conveniencia, su egoísmo, su metro cuadrado y se comprometa de cara a los demás y, principalmente, con el futuro de nuestro país.

Max Mojica, 26 junio 2017 / EDH

El calificativo de “Generación Comprometida” se le asigna a un movimientos social y literario surgido en nuestro país durante la década de 1950, en el cual participaron tanto escritores nacionales como de varios países latinoamericanos residentes en El Salvador, por encontrarse exiliados de sus países de origen a consecuencia de las persecuciones políticas que sufrían en los mismos.

El calificativo de “comprometida” le fue atribuido por el poeta Ítalo López Vallecillos al núcleo inicial de escritores conformado por personajes que pasaron a la Historia Nacional como sensibles autores con un notoria profundidad social que recogía y denunciaba los problemas de la época, los cuales, curiosamente, son esencialmente los mismos que vivimos hoy: pobreza, exclusión, corrupción, intolerancia, autoritarismo y nula apertura a las ideas políticas renovadoras. Tales autores eran el propio López Vallecillos, Irma Lanzas, Waldo Chávez Velasco, Álvaro Menéndez Leal, entre otros.

La “segunda fase” de la Generación Comprometida ocurrió a finales de la Década de los Cincuenta con la creación del Círculo Literario Universitario de la Facultad de Derecho de la Universidad de El Salvador, integrado a su vez por connotados pensadores y escritores como Roberto Armijo, José Roberto Cea, Manlio Argueta y Tirso Canales, siendo el más destacado y conocido miembro, el poeta Roque Dalton.

Esta Generación Comprometida surge en la sociedad salvadoreña con una notoria fuerza intelectual y cultural, que pretendía sacudir y darle un giro a la conciencia de una sociedad básicamente agraria de costumbres aletargadas, como era la salvadoreña de mediados del siglo pasado. La fuerza con que surgió el movimiento que quería un cambio social y político para la época, se la imprimieron los jóvenes promotores del movimiento, con su típica camaradería solidaria y generosa, y a su vez, arriesgada, ya que no se debe perder de vista que sus posturas y filosofía política eran una mezcla de ideas progresistas, democráticas y, para algunos, comunistas, las cuales contrastaban con el conservadurismo de corte dictatorial de los gobiernos militares imperantes en casi todo el siglo XX en nuestro país.

El problema de ahora es que en El Salvador tenemos de todo, menos una “Generación Comprometida”. Nuestros jóvenes, entre 18 y 30 años, no obstante ser a nivel porcentual, los que mayor incidencia podrían tener como sector de votantes del padrón electoral para las elecciones de 2018 y 2019, han declarado en diversas encuestas que no les interesa la política nacional, como si la “cuestión política” fuera un evento lejano, el cual, independientemente de sus resultados, nunca les llegaría a afectar, cuando es precisamente en estas próximas elecciones que se juega el futuro mismo de esos jóvenes, sus familias y en definitiva, de su país.

Los jóvenes reclaman un cambio, quieren transparencia y eficiencia en el manejo de la cosa pública y aspiran que se combata la corrupción en el Estado –venga de donde venga-, pero curiosamente, esos mismos jóvenes son los que no se quieren involucrar en nada para obtener, precisamente, los cambios que reclaman. Ningún cambio ocurre por generación espontánea; ocurre cuando el individuo le “mete el diente” al problema, cuando se trabaja para buscar una solución, cuando uno se arriesga, se involucra, se compromete, se esfuerza. Las cosas difícilmente ocurrirán, las situaciones raramente variarán, cuando estamos sentados viendo televisión o siendo únicamente “activos” a nivel de redes sociales, a la inocente espera que “alguien más” haga algo. De seguir con esa actitud, lo más probable es que peinemos canas, recostados en nuestra poltrona, antes de que algo pase y de la nada, surja ante nuestros ojos un mejor país.

En El Salvador necesitamos a gritos una “generación comprometida”, que hable, que se arriesgue, que escriba, que piense, que marche, que olvide su propia seguridad, su conveniencia, su egoísmo, su metro cuadrado y se comprometa de cara a los demás y principalmente, con el futuro de nuestro país. Ya hay muchos que hemos dado ese paso: Sulen Ayala, Beto Sáenz, Daniel Olmedo, Erika Saldaña, Cristina López, Alfredo Atanasio, Ricardo Avelar, Gerardo Guerra, los hermanos Luis y José Portillo, Bessy Ríos, Johnny Wright, Guillermo Miranda, Eduardo Lovo, Aída Betancourt, Carmen Aída Lazo, Claudia Umaña y otros jóvenes reunidos en grupos como De Cinco en Cinco, Medio Lleno, Censura Cero, Uno más Uno, Proyecto Cero, solo por citar a algunos.

Todos queremos cambios. Todos queremos vivir en democracia y en libertad. Pero si no nos comprometemos e involucramos, nada de esto sucederá y pasarán los años y seguiremos viviendo lo mismo. La realidad es que el día llegó en que la “generación comprometida” seamos nosotros. Y es nadie nos sustituirá en la lucha por un mejor El Salvador, que nosotros estamos llamados a dar.

@MaxMojica

¡Crucifíquenlo! De Max Mojica

Me resisto a pensar que una persona, por mucho que se le impute un delito o se le condene por un crimen, pierde la humanidad con la que está revestido. Yo me resisto a gritar junto a otros cuando ven a los reos: ¡crucifícalo! ¡crucifícalo!

max mojica-xMax Mojica, 27 febrero 2017 / EDH

Hace algunos días, publiqué en mi página de Facebook y en mi cuenta de Twitter, un post en donde hacía una comparación entre una foto de la segunda guerra mundial, en donde soldados nazis conducían a mujeres judías en un tren de ganado hacia un campo de concentración, comparándola con una foto publicada en los medios locales, en donde la PNC transportaba imputados –incluyendo a una mujer locutora de radio imputada por narcotráfico– en un camión de los que usualmente se utilizan en El Salvador para ese mismo fin: transporte de ganado.

diario hoyPara mi sorpresa, mi post en vez de generar comentarios de solidaridad y simpatía, me acarreó una serie de criticas y justificaciones, las cuales iban desde el consabido “son criminales y se lo merecen”, hasta sutiles explicaciones como la de “la diferencia es que los judíos no habían cometido crímenes, ellos sí”, como si por el solo hecho de ser imputado un crimen a una persona, le naciera el derecho a los entes administrativos de aplicación de justicia o a la sociedad misma, de cebar sus venganzas, frustraciones, resentimientos y morbo sobre ellos, queriéndolos ver humillados, derrotados, exhibidos, condenados anticipadamente y en consecuencia, sometidos al más vil de los tratos.

Resulta importante dar un repaso por la historia, notaremos que muchas injusticias han ocurrido precisamente al amparo de las leyes promulgadas por los hombres. Empecemos por el caso judío. De acuerdo con las leyes del Tercer Reich, ser judío equivalía a ser delincuente, eran considerados “enemigos del Estado”. Así las cosas, los ciudadanos alemanes “cumplían con la ley” al entregarlos a la Gestapo para su deportación a los campos de concentración, para cerrar sus negocios o quemar y destruir toda obra de arte o literaria creada por ellos. Sería interesante hacer la pregunta a los que ahora justifican el inhumano trato que dan las autoridades a los reos salvadoreños, si en 1942 hubiesen asimismo justificado el trato que las autoridades alemanas brindaban a los judíos, por el hecho de que este estaba amparado por una “ley”.

En Estados Unidos, con base en las leyes de “segregación racial”, era “legal” no permitir la entrada a un afroamericano a un restaurante, a un baño público, al acceso a una escuela o a un hospital “para blancos” o a los asientos delanteros del transporte público, leyes que mantuvieron su vigencia hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Tratar como ciudadanos de segunda a mujeres, afroamericanos, latinos, asiáticos y otras minorías étnicas o sexuales, era “legal” en Estados Unidos para esas épocas, por lo que es necesario reflexionar si por el solo hecho que ese trato estaba amparado por una ley, esa ley era realmente justa y de conveniente aplicación.

Una de las exhibiciones públicas de reos más emblemática de la historia es la que experimentó el mismo Jesucristo, por lo que creo que sería bueno analizar un poco el proceso judicial al que se le sometió. Como recordarán, su juicio político se basó en una presunta desobediencia a las leyes del emperador, ya que era la única forma que tenía el Sanedrín para obtener una condena a muerte por parte de las autoridades romanas. Antes de su condena, fue presentado al pueblo encadenado, torturado y coronado de espinas. En esa ocasión, Poncio Pilatos pronunció las palabras “ecce homo”: “este es el hombre”, pretendiendo saciar con la vista del reo torturado y humillado, a una muchedumbre embriagada de sangre. Cuando les preguntó ¿qué hago con él? las masas, no saciadas con el dolor del preso, gritaron hasta el paroxismo: ¡crucifícalo! ¡crucifícalo! Ante lo cual Pilatos, aún conociendo que era inocente, no tuvo empacho de firmar su sentencia de muerte para quedar bien con las histéricas masas. Es un caso documentado, donde la opinión pública incide en la decisión de un Juez.

Y es que muchas veces lo que es “legal”, no necesariamente es correcto o justo, y lo que en alguna época se consideró “normal” o “socialmente aceptado”, no necesariamente lo será posteriormente en una sociedad más civilizada y comprometida con el respeto a los derechos humanos. Me resisto a pensar que una persona, por mucho que se le impute un delito o se le condene por un crimen, pierde la humanidad con la que está revestido. Yo me resisto a gritar junto a otros cuando ven a los reos: ¡crucifícalo! ¡crucifícalo!

No pretendo con este artículo promover que se suavicen condenas ni hacer una apología en favor del delito o de los criminales, pero yo, mientras pueda, alzaré mi voz para procurar que se le brinde un trato humano a estos salvadoreños que, por errores cometidos, lo han perdido todo. Mi voz estará ahí para recordar a la sociedad, que ellos siguen siendo personas y, por tanto, continúan teniendo derechos: la crueldad no rehabilita a nadie.

@MaxMojica

Rafael “Curro” Mendoza. De Max Mojica

Lo que le pasó a Rafael le puede pasar a cualquiera, por eso es urgente modificar los procedimientos policiales y administrativos que permitan garantizar la integridad e imagen de personas a quienes se le atribuyan delitos.

max mojica-xMax Mojica, 12 febrero 2017 / EDH

Tuve el gusto de conocer a Rafael Mendoza -el “Curro”, como cariñosamente le apodamos quienes tenemos el honor de llamarnos sus amigos- en primaria del Liceo Salvadoreño. El Curro llegó exiliado del Externado San José, como una medida tomada por sus padres para poder continuar con la excelente educación que ofrecía el sistema marista.

diario hoyEn aquel entonces, conocí a ese jovencito de maneras solemnes a pesar de su corta edad, de inteligencia notable, pero, sobre todo, de conducta intachable, la cual mantuvo durante todo lo que duró nuestro devenir académico en el Liceo Salvadoreño. Ya en bachillerato, a pesar de las inquietudes que caracterizan a los adolescentes, Rafael se distinguió siempre como un muchacho serio, con un aire nostálgico y apartado, por lo que aparentaba una edad  y madurez inusual en personas de su edad.

Las conversaciones con el Curro no eran las habituales entre jovencitos. Estas giraban alrededor de historia universal, de diferentes aspectos de la Segunda Guerra Mundial, de fascismo y política, y es que el Curro era un joven de vasta y amplia cultura, además de muy aplicado, lo cual le permitió mantener un récord de cuadros de honor y graduarse de bachiller con honores de un muy exigente y competitivo colegio como es el Liceo.

Debido a que ambos éramos hijos de notables y honorables abogados, fue casi natural que la opción, al salir graduados de bachilleres, era la de estudiar derecho. Tal como había ocurrido en el colegio, Rafael se distinguió en la Facultad de Derecho de la Universidad Matías Delgado, en donde ambos atendimos nuestra carrera como un excelente estudiante, promesa de lo que iba a convertirse: un excelente, distinguido y honorable profesional.

Ya siendo colegas, era realmente un gusto tenerlo de contraparte en un litigio, en donde su sola presencia era garantía que el tema sería manejado con profesionalismo, integridad, capacidad y sentido común. Cuando él lideraba el tema, no existían espacios para la sorpresa, la mala fe o el trinquete. Ni una sola vez tuvimos un mal entendido, lo que nos permitió siempre cerrar los casos con un fuerte apretón de manos, de esos que solo se saben dar dos profesionales que trabajan en buena lid, que saben buscar una solución justa y adecuada para sus clientes.
En lo personal, Rafael procuró fundar una buena familia, lógico en un hombre con sus principios y aptitudes. Ligia, orgullosa esposa de un hombre íntegro, junto con su hijo, forman una linda y armoniosa familia, viviendo de forma modesta, tal como solo saben hacerlo las personas honestas que saben vivir del fruto de su trabajo y esfuerzo.

Por su giro profesional, Rafael forma parte de una distinguida firma de abogados en El Salvador, representando y asesorando a muchas empresas y familias, algo natural en nuestra profesión. Ahora, por el solo hecho de ser el “representante legal” en una empresa, de la cual no posee control administrativo ni económico, Rafael ha sido acusado y procesado de un delito de naturaleza fiscal. En un abrir y cerrar de ojos, toda una vida intachable -en lo personal y familiar-, ha sido manchada y puesta en tela de juicio, lo cual deja mucho que desear respecto a las investigaciones que a nivel técnico desarrolla la Fiscalía General de la República, ya que, aparentemente, la idea no es “buscar quien las debe, sino quien las pague”, rompiendo con ello el principio que en todo delito, quien debe ser señalado como culpable es el que a través de su conducta o sus decisiones directas, tuvo la intención de cometer el ilícito. Estar involucrado profesionalmente en una empresa no te hace delincuente, ni autoriza a ninguna autoridad a exhibirte como tal en medios sociales y de comunicación, mucho menos antes de ser declarado culpable por un Tribunal.

Rafael apenas empieza ahora un largo calvario jurídico, al haber caído en las insensibles fauces de un sistema judicial que devora reputaciones al condenar socialmente de primas a primeras a personas sobre las que se decide instruir casos penales. Todos los que conocemos a Rafael tenemos la certeza que saldrá bien librado de este caso, no solo por ser él y su hermano Pedro, excelentes abogados que brindarán una adecuada defensa técnica, sino porque no me cabe duda que la verdad y la justicia están de su parte.

Lo que le pasó a Rafael le puede pasar a cualquiera, por lo que es urgente modificar los procedimientos policiales y administrativos, que permitan garantizar la integridad e imagen de personas a quienes se le atribuyan delitos, ya que, mientras estos no sean probados, exhibirlos al público como criminales es una clara violación a sus derechos humanos.

@MaxMojica

El fin de una era de inocencia. De Max Mojica

max mojica-xMax Mojica, 3 octubre 2016 / EDH

La gestión presidencial de Mauricio Funes marcó –en muchos sentidos- el final de una era de inocencia para El Salvador.  Antes de su gestión como presidente, muchos salvadoreños conservaban paradigmas construidos por años de soñar con un presidente como él: salido del pueblo y electo por el pueblo.

diario hoyDesde la década de los sesenta, los salvadoreños soñaban que un gobierno en manos de personas de izquierda realmente haría la diferencia. Tan firme era ese sueño que cuando el tiempo fue propicio, sacerdotes, obispos, campesinos, obreros, empleados, profesionales e intelectuales, optaron por jugarse el todo por el todo, en una sangrienta apuesta por el futuro, apoyando a los movimientos de izquierda desde sus púlpitos o cátedras, o, en algunos casos, irse a la guerra para implementar a sangre y fuego, un paraíso socialista en El Salvador. A diferencia de Cuba y Nicaragua, en nuestro país no se pudo conquistar el poder por la vía de las armas, pero el sueño persistía.

El argumento era sencillo: estamos mal por que gobiernan los malos, cuando los socialistas lleguen al poder, todo cambiará… para mejorar. Y el turno llegó de las manos de un ácido conductor de programas de televisión, niño bonito de los jesuitas de la UCA. Con un áurea “intelectual”, a pesar de que nunca obtuvo un título más allá del bachillerato, ni hablaba ningún otro idioma que su natal español. De sonrisa contagiosa y fácil verbo, el pueblo cayó redondito a sus pies, enamorado, no tanto de él, sino de lo que él representaba: la oportunidad de que “los buenos” gobiernen, la oportunidad de concretar un sueño: que El Salvador finalmente fuese gobernado por verdaderos socialistas amantes y defensores de los pobres.

Esa oportunidad se les concedió: Mauricio Funes ganó las elecciones presidenciales en el 2009, sin margen de error. Con una mezcla de temor al ala radical de su partido pero con esperanza que pudiéramos vivir como hermanos, se le entregó el país. Todos confiando en él, la clase media que fue decisiva para su victoria, así como sectores empresariales que tradicionalmente se habían opuesto al FMLN en su época más dura como partido comunista, esta vez formaron un comité –que resultó ser non sancto- llamado “Los Amigos de Mauricio”. Y es que él, con mucha razón, representaba la esperanza del cambio.

Con él en el gobierno, los que siempre supimos que sería un mal presidente, empezamos a confirmar nuestra tesis demasiado rápido al ver su prepotencia y abuso de poder. Los que creyeron en él, los que querían creer en lo que él representaba, poco a poco se fueron dando cuenta que era más de los mismo… o peor. Ni durante las dictaduras militares, ni durante la corrupción galopante del PDC de Duarte, se veían tan claras señales de corrupción y mala administración, mezclado con el cinismo de quien se sabe intocable.

Los cinco años se convirtieron en una tortura. Sus programas de radio hacían trizas nuestros nervios al escuchar su tono de voz, a la vez pedante y prepotente. Sus constantes ataques contra todo y todos, especialmente contra la empresa privada, así como contra cualquier actor político que osara llevarle la contraria, reavivó oleadas de odio social que pensábamos ya superadas. Las persecuciones políticas –más adecuadas para una dictadura militar, que de un presidente electo por el pueblo- eran evidentes, llegando a culminar con la muerte de un inocente: Paco Flores.

Por eso y por más, Mauricio Funes marcó el fin de décadas de inocencia que pregonaban que la izquierda era santa, infalible e inmune a los males políticos atribuidos a derecha: corrupción y aplicación de políticas equivocadas. El primer gobierno de izquierda democráticamente electo nos dejó un país crispado, polarizado, dividido, lleno de odio y violencia social, y con una deuda interna e internacional, galopante y asfixiante.

El pueblo le dio la oportunidad a la derecha y a la izquierda de gobernar, por lo que ahora esperamos que nuestros políticos hayan logrado entender de cara al 2019, es que El Salvador ya no es inocente, ya no estamos dispuestos a que nos den atol con el dedo. Ahora lo que esperamos es que presenten buenos candidatos si quieren mover al pueblo a las urnas. De galanes simpáticos que solo hablan paja, tenemos ya de sobra.

@MaxMojica