Max Mojica

Rafael “Curro” Mendoza. De Max Mojica

Lo que le pasó a Rafael le puede pasar a cualquiera, por eso es urgente modificar los procedimientos policiales y administrativos que permitan garantizar la integridad e imagen de personas a quienes se le atribuyan delitos.

max mojica-xMax Mojica, 12 febrero 2017 / EDH

Tuve el gusto de conocer a Rafael Mendoza -el “Curro”, como cariñosamente le apodamos quienes tenemos el honor de llamarnos sus amigos- en primaria del Liceo Salvadoreño. El Curro llegó exiliado del Externado San José, como una medida tomada por sus padres para poder continuar con la excelente educación que ofrecía el sistema marista.

diario hoyEn aquel entonces, conocí a ese jovencito de maneras solemnes a pesar de su corta edad, de inteligencia notable, pero, sobre todo, de conducta intachable, la cual mantuvo durante todo lo que duró nuestro devenir académico en el Liceo Salvadoreño. Ya en bachillerato, a pesar de las inquietudes que caracterizan a los adolescentes, Rafael se distinguió siempre como un muchacho serio, con un aire nostálgico y apartado, por lo que aparentaba una edad  y madurez inusual en personas de su edad.

Las conversaciones con el Curro no eran las habituales entre jovencitos. Estas giraban alrededor de historia universal, de diferentes aspectos de la Segunda Guerra Mundial, de fascismo y política, y es que el Curro era un joven de vasta y amplia cultura, además de muy aplicado, lo cual le permitió mantener un récord de cuadros de honor y graduarse de bachiller con honores de un muy exigente y competitivo colegio como es el Liceo.

Debido a que ambos éramos hijos de notables y honorables abogados, fue casi natural que la opción, al salir graduados de bachilleres, era la de estudiar derecho. Tal como había ocurrido en el colegio, Rafael se distinguió en la Facultad de Derecho de la Universidad Matías Delgado, en donde ambos atendimos nuestra carrera como un excelente estudiante, promesa de lo que iba a convertirse: un excelente, distinguido y honorable profesional.

Ya siendo colegas, era realmente un gusto tenerlo de contraparte en un litigio, en donde su sola presencia era garantía que el tema sería manejado con profesionalismo, integridad, capacidad y sentido común. Cuando él lideraba el tema, no existían espacios para la sorpresa, la mala fe o el trinquete. Ni una sola vez tuvimos un mal entendido, lo que nos permitió siempre cerrar los casos con un fuerte apretón de manos, de esos que solo se saben dar dos profesionales que trabajan en buena lid, que saben buscar una solución justa y adecuada para sus clientes.
En lo personal, Rafael procuró fundar una buena familia, lógico en un hombre con sus principios y aptitudes. Ligia, orgullosa esposa de un hombre íntegro, junto con su hijo, forman una linda y armoniosa familia, viviendo de forma modesta, tal como solo saben hacerlo las personas honestas que saben vivir del fruto de su trabajo y esfuerzo.

Por su giro profesional, Rafael forma parte de una distinguida firma de abogados en El Salvador, representando y asesorando a muchas empresas y familias, algo natural en nuestra profesión. Ahora, por el solo hecho de ser el “representante legal” en una empresa, de la cual no posee control administrativo ni económico, Rafael ha sido acusado y procesado de un delito de naturaleza fiscal. En un abrir y cerrar de ojos, toda una vida intachable -en lo personal y familiar-, ha sido manchada y puesta en tela de juicio, lo cual deja mucho que desear respecto a las investigaciones que a nivel técnico desarrolla la Fiscalía General de la República, ya que, aparentemente, la idea no es “buscar quien las debe, sino quien las pague”, rompiendo con ello el principio que en todo delito, quien debe ser señalado como culpable es el que a través de su conducta o sus decisiones directas, tuvo la intención de cometer el ilícito. Estar involucrado profesionalmente en una empresa no te hace delincuente, ni autoriza a ninguna autoridad a exhibirte como tal en medios sociales y de comunicación, mucho menos antes de ser declarado culpable por un Tribunal.

Rafael apenas empieza ahora un largo calvario jurídico, al haber caído en las insensibles fauces de un sistema judicial que devora reputaciones al condenar socialmente de primas a primeras a personas sobre las que se decide instruir casos penales. Todos los que conocemos a Rafael tenemos la certeza que saldrá bien librado de este caso, no solo por ser él y su hermano Pedro, excelentes abogados que brindarán una adecuada defensa técnica, sino porque no me cabe duda que la verdad y la justicia están de su parte.

Lo que le pasó a Rafael le puede pasar a cualquiera, por lo que es urgente modificar los procedimientos policiales y administrativos, que permitan garantizar la integridad e imagen de personas a quienes se le atribuyan delitos, ya que, mientras estos no sean probados, exhibirlos al público como criminales es una clara violación a sus derechos humanos.

@MaxMojica

El fin de una era de inocencia. De Max Mojica

max mojica-xMax Mojica, 3 octubre 2016 / EDH

La gestión presidencial de Mauricio Funes marcó –en muchos sentidos- el final de una era de inocencia para El Salvador.  Antes de su gestión como presidente, muchos salvadoreños conservaban paradigmas construidos por años de soñar con un presidente como él: salido del pueblo y electo por el pueblo.

diario hoyDesde la década de los sesenta, los salvadoreños soñaban que un gobierno en manos de personas de izquierda realmente haría la diferencia. Tan firme era ese sueño que cuando el tiempo fue propicio, sacerdotes, obispos, campesinos, obreros, empleados, profesionales e intelectuales, optaron por jugarse el todo por el todo, en una sangrienta apuesta por el futuro, apoyando a los movimientos de izquierda desde sus púlpitos o cátedras, o, en algunos casos, irse a la guerra para implementar a sangre y fuego, un paraíso socialista en El Salvador. A diferencia de Cuba y Nicaragua, en nuestro país no se pudo conquistar el poder por la vía de las armas, pero el sueño persistía.

El argumento era sencillo: estamos mal por que gobiernan los malos, cuando los socialistas lleguen al poder, todo cambiará… para mejorar. Y el turno llegó de las manos de un ácido conductor de programas de televisión, niño bonito de los jesuitas de la UCA. Con un áurea “intelectual”, a pesar de que nunca obtuvo un título más allá del bachillerato, ni hablaba ningún otro idioma que su natal español. De sonrisa contagiosa y fácil verbo, el pueblo cayó redondito a sus pies, enamorado, no tanto de él, sino de lo que él representaba: la oportunidad de que “los buenos” gobiernen, la oportunidad de concretar un sueño: que El Salvador finalmente fuese gobernado por verdaderos socialistas amantes y defensores de los pobres.

Esa oportunidad se les concedió: Mauricio Funes ganó las elecciones presidenciales en el 2009, sin margen de error. Con una mezcla de temor al ala radical de su partido pero con esperanza que pudiéramos vivir como hermanos, se le entregó el país. Todos confiando en él, la clase media que fue decisiva para su victoria, así como sectores empresariales que tradicionalmente se habían opuesto al FMLN en su época más dura como partido comunista, esta vez formaron un comité –que resultó ser non sancto- llamado “Los Amigos de Mauricio”. Y es que él, con mucha razón, representaba la esperanza del cambio.

Con él en el gobierno, los que siempre supimos que sería un mal presidente, empezamos a confirmar nuestra tesis demasiado rápido al ver su prepotencia y abuso de poder. Los que creyeron en él, los que querían creer en lo que él representaba, poco a poco se fueron dando cuenta que era más de los mismo… o peor. Ni durante las dictaduras militares, ni durante la corrupción galopante del PDC de Duarte, se veían tan claras señales de corrupción y mala administración, mezclado con el cinismo de quien se sabe intocable.

Los cinco años se convirtieron en una tortura. Sus programas de radio hacían trizas nuestros nervios al escuchar su tono de voz, a la vez pedante y prepotente. Sus constantes ataques contra todo y todos, especialmente contra la empresa privada, así como contra cualquier actor político que osara llevarle la contraria, reavivó oleadas de odio social que pensábamos ya superadas. Las persecuciones políticas –más adecuadas para una dictadura militar, que de un presidente electo por el pueblo- eran evidentes, llegando a culminar con la muerte de un inocente: Paco Flores.

Por eso y por más, Mauricio Funes marcó el fin de décadas de inocencia que pregonaban que la izquierda era santa, infalible e inmune a los males políticos atribuidos a derecha: corrupción y aplicación de políticas equivocadas. El primer gobierno de izquierda democráticamente electo nos dejó un país crispado, polarizado, dividido, lleno de odio y violencia social, y con una deuda interna e internacional, galopante y asfixiante.

El pueblo le dio la oportunidad a la derecha y a la izquierda de gobernar, por lo que ahora esperamos que nuestros políticos hayan logrado entender de cara al 2019, es que El Salvador ya no es inocente, ya no estamos dispuestos a que nos den atol con el dedo. Ahora lo que esperamos es que presenten buenos candidatos si quieren mover al pueblo a las urnas. De galanes simpáticos que solo hablan paja, tenemos ya de sobra.

@MaxMojica

Guía para portarse bien… fiscalmente hablando. De Max Mojica

max mojica-xMax Mojica, 26 septiembre 2016 / EDH

Los tributos, impuestos o cargas fiscales -como quieras que los llames- no son antojadizos, son una necesidad, ya que los gobiernos los requieren para cumplir su función esencial y razón de ser: brindar a sus gobernados, beneficios de naturaleza pública, tales como salud, educación, seguridad, invertir en infraestructura pública así como para realizar gastos o inversiones para beneficio público que el sector privado no realizaría por su baja o nula rentabilidad.

diario hoyNo obstante lo anterior, contrario a lo que puede que crean algunos políticos, los fondos públicos no son patrimonio de ningún funcionario ni de ningún partido político, son del pueblo; por tanto, debe existir un estricto control sobre el uso, manejo y finalidad de los mismos, caso contrario, las consecuencias pueden ser desastrosas para la nación, sino miremos la agobiante situación fiscal de nuestro país o la extrema situación económica de la sufrida Venezuela: rica en petróleo y diversos recursos naturales, ahora sumida en el caos y la pobreza, por el despilfarro a la que por años la sometió su mesiánico presidente, así como su incapaz y místico suplente, quienes confundieron los fondos públicos, con sus chequeras personales.

Así las cosas, me permito brindar una guía para portarse bien… fiscalmente hablando:

Lo primero: Presupuesto. El presupuesto nacional debe estar balanceado. Los gastos corrientes deben de estar cubiertos 100 % con ingresos corrientes, es decir con impuestos, tasas, contribuciones especiales o donaciones. Las inversiones públicas pueden ser cubiertas con ingresos corrientes o con préstamos. Debería estar prohibido que el gasto corriente (salarios, subsidios, pensiones, etc) se pague con préstamos (créditos internacionales, Letes, etc).

Segundo: Proyectos. Ningún proyecto estatal, sea un puerto, una hospital o una presa hidroeléctrica –solo por citar unos ejemplos-, deberían ser aprobados si no existe un claro, profesional e imparcial estudio que revele no solo su viabilidad técnica, sino también su costo/beneficio, en donde quede reflejado claramente que los beneficios (económicos o sociales) superan los costos involucrados. Los resultados del estudio deberían ser públicos. Si se hubiera hecho esto, no tuviéramos ni el Puerto de La Unión ni el hoyo de El Chaparral, solo por citar un par de fatídicos ejemplos.

Tercero: Gastos del gobierno. Los gastos del gobierno no pueden ser ni discrecionales ni aleatorios. El gobierno no podrá gastar en partidas que no estén contenidas en el presupuesto aprobado por la Asamblea Legislativa o respaldadas por una ley específica. Cada gasto aprobado deberá contar con una fuente especifica de fondos que le permita su sostenimiento. No se desembolsará ningún dinero si no existe una provisión acertada para su reembolso; o en caso de que no existe posibilidad de reembolso (como una calle rural por ejemplo), el gasto o inversión de capital de que se trate, deberá estar respaldado por un beneficio social comprobable.

Cuarto: Deuda pública. No se permitirá en el futuro mayor endeudamiento del país, y de permitirse para un fin específico, la deuda pública total tendrá un limite establecido por ley, del cual no se podrá sobrepasar no importando cuan importante o loable sea el destino de los fondos. Las deudas contraídas se pagarán escrupulosamente en los términos convenidos; en caso de que se prevea que no se puede cumplir, con suficiente tiempo de anticipación se contactará a los acreedores para negociar las condiciones o se liquidarán activos nacionales para poder cumplir con las obligaciones contraídas.

Quinto: Estructura fiscal simple. El cumplimiento de las obligaciones fiscales será simple, con tasas bajas y sin burocracia, de tal forma que todos los contribuyentes las entiendan y las puedan cumplir, incluyendo al sector informal a quien se le brindarán todas las facilidades para formalizarse. Los impuestos se rebajarán en número (y de ser posible en tasa), quedando la menor cantidad de tributos dispersos, para que los contribuyentes puedan cumplirlos sin necesidad de dedicar mayores recursos administrativos privados a su cumplimiento, ejecución y control. Las auditorías a un contribuyente en específico deberán estar justificadas.

Y, bueno, acá les dejo la guía que ya ha sido aplicada y probada por las naciones más desarrolladas y solventes del mundo. Quien tenga oídos, que oiga.

@MaxMojica

El ascensorista y la enfermera. De Max Mojica

max mojica-xMax Mojica, 12 septiembre 2016 / EDH

Chepe y María son compatriotas. Ambos son ciudadanos de un muy, muy lejano país tropical, de nombre Il Salvatore (así, tal cual, como la marca de zapatos, solo que sin el Ferragamo al final). Los dos son empleados públicos, pero sus realidades son diferentes. Chepe es ascensorista, María, en cambio, es enfermera.

diario hoyChepe es ascensorista en un edificio en donde opera un Ministerio. Su delicada función consiste en sentarse en un taburete de madera, dentro del ascensor de la institución, presionando con pasmosa exactitud el botón que corresponde al piso al cual el usuario del armatoste se dirige. Hasta que se empleó en el Ministerio, Chepe no sabía que su vocación era ser ascensorista, y es que a fuerza de ser sinceros, antes de ese trabajo, Chepe ignoraba que tenía vocación alguna.

El trabajo le cayó del cielo. No en un sentido estrictamente bíblico, pero sí constituyó todo un milagro, ya que la fama que Chepe tenía como mal trabajador, era legendaria. Él había intentado de todo: desde empleado de carwash, pasando por sereno de pasaje, hasta integrante de un equipo de nado sincronizado. Nada. No pegaba en nada. Cualquier actividad productiva, por mínima que fuese, lo dejaba sin aliento.

Así las cosas, Chepe fue llamado a integrarse a la planilla del Ministerio. El milagro de que consiguiera trabajo, lo provocó ser amigo del tío del suegro de la novia de un funcionario. De hecho, debido a que dicho funcionario había realizado tantos y tantos milagros similares –al repartir a manos llenas empleos innecesarios dentro del Ministerio– motivó que muchos subalternos enviaran una carta al Vaticano para que se iniciara, en vida, su proceso de canonización. Así de milagroso era.

La vida de María es distinta. María conocía de su vocación de enfermera desde niña. Sus recuerdos de infancia incluían cuidar sus muñecas como si fueran pacientes. Decidida como estaba a poner su vida al servicio de los demás, tan pronto terminó su bachillerato, se inscribió en la Escuela Superior de Enfermería.

Los estudios fueron difíciles, pero sus excelentes notas y su actitud positiva, hicieron posible su sueño: vestir con gallardía el uniforme blanco de enfermera, al mejor estilo de Florencia Nightingale. Al momento de entregarle su título, su familia asistió en pleno para compartir –con lágrimas de satisfacción en sus ojos– la alegría de esa soñadora.

Encontrar trabajo en un hospital público no fue fácil. A pesar de su inmejorable récord académico y su disposición al servicio, el problema de María era que no tenía “conectes”. En su curriculum solo aparecían sus excelentes notas y reconocimientos, pero no aparecía ningún padrino importante. Finalmente la encargada de Recursos Humanos del Hospital la llamó: había un interinato dejado por una enfermera con permiso de maternidad. Por su dedicación, el puesto finalmente le fue concedido de forma permanente.

María tiene que trabajar más de 10 horas continuas, sin apenas sentarse. Chepe, en sus días malos, trabaja siete, cómodamente sentado mientras aprieta botones. María no tiene tiempo para política, Chepe asiste alegremente a las marchas que a las que le convoca su jefe y benefactor. Ahora María está preocupada por que han anunciado que no le concederán su escalafón, por lo que continuará devengando seiscientos dólares (menos descuentos) al mes. Chepe está feliz ¿y cómo no estarlo con sus mil trescientos dólares mensuales que gana como ascensorista?

Y es que en ese país de fantasía, se sigue premiando la incapacidad, mientras se castiga al que trabaja y emprende, por eso no extraña que se prefiere continuar en el despilfarro y gastar en cosas sin sentido e innecesarias, que pagar el escalafón a los empleados de salud.

@MaxMojica

Justicia medieval. De Max Mojica

max mojica-xMax Mojica, 5 septiembre 2016 / EDH

Es innegable que la humanidad ha avanzado, no solo en áreas como la ciencia y tecnología, sino también en la conciencia de los derechos del individuo. Atrás han quedado aspectos como el rechazo a otros por su raza, color, sexo o religión; de igual forma, el avance en la toma de conciencia de los derechos humanos, hace que el mundo civilizado se esfuerce en brindar un buen trato a prisioneros de todo tipo: desde el soldado del ejercito enemigo, hasta el delincuente común.

diario hoyLa mayoría de sociedades civilizadas ahora rechazan el “escarnio público”, ese acto en que los encargados de impartir justicia, exponían a los reos –incluso antes de su condena- para que la sociedad entera cebara su venganza en ellos. Era costumbre en el medioevo, pasear por los pueblos a las acusadas de brujería, desnudas, amarradas e indefensas, siendo objeto de insultos, burlas y golpes, mientras grandes y pequeños; niños, jóvenes y viejos, les arrojaban piedras, huevos y frutas podridas.

La retorcida idea de generar un espectáculo público con el acusado no es nueva. Las practicaban los severos profesores de principios de siglo, cuando pasaban a los estudiantes infractores enfrente de la clase, para burlarse de ellos frente a los alumnos. La practicaron asimismo los nazis con los judíos, al cocerles una cruz amarilla en las mangas de su camisa, y los comunistas en la revolución cultural de Mao, en donde era obligación de los “nuevos hombres”, burlarse públicamente de los que rechazaban el sistema, poniéndoles un cucurucho en la cabeza.

Saco a colación el tema por la situación que vivimos en El Salvador. Los operadores de justicia se dan a la tarea de denigrar al ciudadano que cae en sus manos y es objeto de una investigación. Cuando caen en las severas manos de la policía salvadoreña, todos son tratados con la más pura fiereza y severidad. Independientemente del delito, son esposados boca abajo y en algunos casos sin ropa, mientras el acto es contemplado por reporteros sedientos de noticias, que pronto son transferidas hacia las redes sociales para terminar de hundir al acusado, despojado de su dignidad y condenado anticipadamente por parte de la sociedad; esa misma sociedad que satisface su morbo con la historia de su captura, pero que rara vez se percata en los noticieros de su inocencia.

¿Será que los salvadoreños hemos generado una subcultura que se goza en la desgracia ajena? ¿Satisface nuestras propias frustraciones el sufrimiento generado por la captura de un infeliz a quien se le acusa de un acto delictivo? El salvadoreño parece tener una insaciable sed de venganza difusa y entre peor se trate a los capturados, mejor… hasta, por su puesto, cuando los capturados son ellos mismos o sus parientes.

Últimamente hemos visto cómo una valiente Fiscalía se ha atrevido a tocar a personas consideradas como intocables. Hasta ahí todo bien. Pero consiente como soy de los derechos humanos, me pregunto: ¿ayudó en algo al procedimiento exhibir a los imputados, sucios, despeinados, probablemente sin tener acceso a una ducha o a un cambio de ropa? ¿Sirvió de algo al procedimiento, exhibirlos en televisión nacional y en redes sociales humillados y privados de su intimidad no solo como personas, sino a la misma intimidad que como imputados merecen?

Creo que si bien es cierto la Fiscalía ha avanzado en la lucha frontal contra la impunidad, el respeto a los derechos humanos de los reos todavía sigue siendo una atarea pendiente tanto del Ministerio Público (Fiscalía y PNC), así como del Órgano Judicial. No sé si no se han enterado, pero ya no vivimos en la edad media.

@MaxMojica

 

A mí no me da pena ser de derecha. De Max Mojica

max mojica-xMax Mojica, 22 agosto 2016 / EDH

Cuando se le pregunta a cualquiera cuál es su opción política, sea empresario, profesional, empleado, ama de casa, etc., se siente chic y despolarizado el contestar que su posición política e ideológica es de “centro”. En algunos casos, incluso se siente algo “progre” revelar sus simpatías por las opciones políticas de izquierda. Todo, menos declarar públicamente ser “de derecha”, ¿por qué?

La principal causa es que el discurso de la izquierda ha profundizado tanto en nuestra psiquis colectiva que nos da algo de penita decir que somos de derecha; es como si, al decirlo, nos convirtiéramos instantáneamente en unos dogmáticos-reaccionarios, puritanos, fascistas, militaristas, antidemocráticos, antiecológicos, antiliberales, totalitarios, diario hoycontrarrevolucionarios, enemigos del bienestar general y social, serviles al imperialismo, explotadores y obsesionados con la obtención del lucro a toda costa. Quizás por ello algunas personas que defienden o sostienen una ideología de derecha, creen que es necesario “disculparse” cada vez que defienden ideas, o conceptos propios de esa ideología. Como si al hacerlo estuviésemos haciendo algo incorrecto.

Pero ¿qué es ser de “derecha”? Pues bien, la respuesta es la siguiente: Somos de derecha todos aquellos que creemos en la defensa de la propiedad privada, en la libertad individual y comercial, en el imperio de la ley y en el Estado de Derecho. Pertenecemos a esa ideología todos aquellos que creemos en la solidez y permanencia de las instituciones republicanas, en la libertad religiosa, en el derecho a la vida, en la vigencia y defensa de los fundamentos judeocristianos que forjaron nuestra historia común como país, así como a la civilización occidental a la que pertenecemos.

Por ser de derecha, nos parece contraproducente la fiscalidad excesiva y abusiva por parte de un Estado obeso e ineficiente; por creer que la empresa privada es la que mejor administra los recursos (que siempre son escasos), los de derecha nos oponemos a la nacionalización de las empresas, así como a la creación y mantenimiento de empresas estatales usualmente corruptas e ineficientes. Con igual fuerza, al ser de derecha, nos oponemos al mal uso y despilfarro de fondos públicos, cuyo principal fin es la creación de extensas redes de “clientes políticos” dependientes de subsidios que no generan productividad ni sano trabajo, sino que degradan a los ciudadanos al hacerlos dependientes irremediable y eternamente, de la caridad pública.

Cuando tu digas que eres de derecha, implícitamente estás diciendo que crees que es la educación del pueblo, de los pequeños, de los más necesitados, de los pobres, en donde está la clave para garantizar un futuro de progreso para El Salvador. Aceptas que el individuo tiene derechos irreductibles e inalienables, tales como la libertad de culto, de movimiento, de expresión; por ello, los de derecha defendemos la libertad de prensa, de radio y de televisión, defendiendo el derecho que tienen los demás (los de izquierda, los comunistas, los ateos, los cristianos, etc), para decir lo que quieran, con el único límite de no sobrepasar o lesionar con la expresión de sus ideas, la libertad física o moral de otro individuo.

¿Por qué entonces nos tenemos que avergonzar de los valores y principios que por siempre han sido defendidos por la derecha? Resulta claro que la izquierda, por décadas, ha hecho su trabajo, ha reducido a los de derecha a un estereotipo al que nos da “pena” pertenecer; por ello muchos pensadores y políticos se esfuerzan tanto en actuar, decir y proclamar que son “centro”, es decir, esa masa de personas sin ideas políticas claras que parecen barcos sin brújula a la deriva. No sé ustedes, pero teniendo claro lo que propone la ideología de derecha, a mi no me da pena decirlo: yo soy de derecha; ¿te da pena a ti?

@MaxMojica