bipartidismo

¿Pos-posguerra? ¿Cómo se come esto? Columna Transversal de Paolo Luers

24 febrero 2019 / EL DIARIO DE HOY

“Este día El Salvador ha pasado la página de la posguerra, y ahora podemos empezar a ver hacia el futuro” – con estas palabras resumió Nayib Bukele, en la noche del 3 de febrero, su triunfo electoral. Palabras mayores… ¿Qué significa que haya terminada la posguerra? ¿Y qué viene luego? Bukele y Ulloa no elaboran sobre esto, lo dejan en una conveniente vaguedad. Pero sí, de repente dejan caer palabras como ‘Nueva República’ y ‘Constituyente’…

Solo 10 días después, en su editorial sobre el resultado electoral, El Faro escribe: El triunfo de Nayib Bukele ha abierto una nueva etapa en nuestro proceso histórico. Como atinadamente dijo en su discurso de victoria, el 3 de febrero puso fin a la etapa de posguerra en El Salvador.” Lastimosamente, El Faro tampoco dedica ni una sola frase a explicar qué significa poner “fin a la etapa de la posguerra”.

El presidente electo no lo va a explicar. Está demasiado ocupado con su campaña electoral para el 2021 que comenzó el 4 de febrero. Además tiene que dedicarse al traspaso de poder, a la formación de su gobierno y a negociar el apoyo de Estados Unidos.

Entonces, ¿qué significa que el presidente electo de nuestro país piense que con su llegada al poder se cierra el capítulo de la posguerra?

Básicamente está declarando que su gobierno basará sus políticas en que los problemas que nos llevaron a la guerra civil están resueltos y que los compromisos asumidos en los Acuerdos de Paz están cumplidos. Esto va en concordancia con otras palabras grandes (y vagas) usadas por Bukele cuando habla de su partido Nuevas Ideas: Trascendemos las ideologías, no somos ni derecha ni izquierda, somos ‘el pueblo’… 

Todas estas tesis (si se puede hablar de tesis, cuando no hay elaboración, sino nada más exclamación) son falsas. Ni están resueltos los problemas que causaron la guerra; ni cumplidos todos los compromisos adquiridos con los Acuerdos de Paz; ni son irreversibles los logros de la posguerra; ni han dejado de tener validez las ideologías; ni tampoco han muerto la izquierda ni la derecha. Pueden estar en crisis los partidos de izquierda y derecha (y ciertamente lo están) – pero la sociedad sigue necesitando fuerzas de izquierda que busquen soluciones a las injusticias sociales, y fuerzas de derecha que busquen soluciones a la falta de competitividad y crecimiento económico del país. Ver como superada la libre competencia política entre izquierda y derecha y al mismo tiempo entre diferentes intereses sectoriales y sociales, solo porque habrá un cambio de gobierno de turno, y tratar de sustituir este pluralismo con una fuerza pos-conflicto que se debe ‘al pueblo’ – esto es el viejo enfoque fascista, que con otros colores retomó vigencia en América Latina, primero con Perón y luego con Hugo Chávez. Y hoy posiblemente con López Obrador y Bukele…

La posguerra comenzó en 1992 con un nuevo pacto social que se plasmó en los Acuerdos de Chapultepec y las subsiguientes reformas constitucionales. Fue una refundación de la República – ¿y qué significa que Bukele y Ulloa hablen de que ahora les tocará refundarla de nuevo?

Terminamos a guerra poniéndonos de acuerdo sobre nuevas reglas del juego (democracia pluralista, desmilitarización, separación de poderes, irrestricta libertad de organización, expresión y prensa…) que sustituyen el uso de las armas para ganar o defender el poder. Esta es la esencia de a posguerra. ¿Si ahora declaran que está superada la posguerra, significa que estas reglas ya no tienen validez – o significa que este proceso de democratización ya concluyó exitosamente, y que por tanto ya no será obligación del gobierno defender y consolidarlas? Ambas interpretaciones serían equivocadas.

Hasta ahora, el principio de la alternancia del poder está funcionado. ARENA entregó el poder ordenadamente a la ex guerrilla; y ahora el FMLN está entregándolo a una nueva fuerza, aunque esta promete destruirlo y quedarse con sus bases y banderas. Pero como durante toda la posguerra, el principio de la alternancia en el poder sigue requiriendo del compromiso de defenderla, del estado, del gobierno, de los partidos y de toda la sociedad. Solo hay que mirar hacía Honduras, Nicaragua, y Venezuela para ver que este principio es vulnerable y reversible. ¿Qué significa en este contexto que nuestros gobernantes electos declaren finiquitados la posguerra y la democratización?

Otro de los compromisos esenciales de la posguerra es la desmilitarización. Es un proceso exitoso, pero tampoco es irreversible. Los últimos gobiernos de El Salvador han vuelto a militarizar la seguridad pública, igual que en Honduras – y en México el nuevo presidente (con discursos muy parecidos a los de Bukele) está fundando una Guardia Nacional dirigida por militares. ¿Qué significa en este contexto que los gobernantes electos de El Salvador quieren declarar finiquitadas la posguerra y la desmilitarización?

En transiciones como la actual hay que analizar con lupa las palabras grandilocuentes que vociferan los nuevos gobernantes. No solo las de la pos-posguerra, también las del “fin del bipartidismo”, cuando nunca hemos tenido un sistema bipartidista, y cuando el nuevo partido de gobierno solo está queriendo ocupar el lugar del FMLN, luego de desplazarlo. ¿Y como interpretar términos como ‘Nueva República’, ‘unidad del pueblo’ y otros igualmente vacíos?

Lea también sobre el tema:
¿Qué es la posguerra? De Rubén Zamora

Interrogantes de la campaña. De Max Mojica

10 diciembre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Todas las campañas políticas tienen sus particularidades, pero la actual campaña presentas rasgos únicos y novedosos, los cuales plantean interrogantes que deberán ser tomadas muy en cuenta por los políticos y sus asesores, para las campañas venideras, ya que los resultados de estas próximas elecciones podrían cambiar ideas que, hasta ahora al menos, dábamos por sentado.

INTERROGANTE 1: ¿Continuará siendo El Salvador “bipartidista”? Si se analiza la cantidad de votos en las elecciones presidenciales de los últimos 20 años, ARENA y FMLN se han repartido el 90.57 % de los votos válidos. Ello implica que, tradicionalmente, no ha habido espacio para la participación de una “tercera vía”. Ahora se presenta la interrogante relativa a si GANA tendrá la capacidad para sustituir a alguno de los dos partidos mayoritarios y convertirse en una tercera vía con posibilidades reales de alcanzar la presidencia.

La pregunta no es fácil de contestar cuando se toma en cuenta que la base política de GANA (partiendo de los resultados obtenidos en las elecciones pasadas, tanto presidenciales como legislativas), no excede los 240,000 votos. Así las cosas, el aporte a este instituto político por parte de Nuevas Ideas tendría que exceder el 1,200,000 votos válidos, reduciendo a la vez, al menos el 30 % de los votos obtenidos en las pasadas elecciones presidenciales (2014), por parte de la colación ARENA-CN-PDC-DS y del FMLN, lo cual, más que una hazaña, parecería pedir un milagro.

INTERROGANTE 2: ¿Continuarán siendo creíbles las encuestas como instrumento de medición de las preferencias electorales? A juzgar por los resultados de las diversas encuestas, estas le han dado a Nayib Bukele (aunque no a su partido GANA) una clara ventaja electoral. Lo lógico, a partir de tales resultados, es que dicho candidato ganaría las elecciones de una forma cómoda, pero ¿qué pasaría si gana el candidato de ARENA o aún, el del FMLN —ubicado en un lejano, tercer lugar? Considero que si GANA no obtiene el triunfo, necesariamente se deberá replantear los procedimientos técnicos y científicos sobre los que se estructura el contenido de las encuestas, a efecto de “calibrarlas” a la psicología del salvadoreño; caso contrario, la época en que las encuestas eran un insumo de medición fiable de las preferencias electorales sería cosa del pasado.

INTERROGANTE 3: Actividad proselitista territorial y uso de medios de comunicación tradicionales, versus propaganda en redes sociales. Los candidatos presidenciales de ARENA y GANA presentan una marcada diferencia respecto a su aproximación a los votantes. El candidato de ARENA ha desarrollado una actividad proselitista de naturaleza territorial, con una intensidad nunca antes vista en las campañas presidenciales, desarrollando un trabajo “cercano a la gente”, llevando su plataforma prácticamente “de puerta en puerta”, utilizando asimismo a los medios tradicionales para publicitar su mensaje político.

Por otro lado, el candidato de GANA se ha mantenido distante, tanto respecto a las bases de su propio partido como al electorado en sí, utilizando hasta hace relativamente poco, los medios tradicionales (radio y televisión) para llevar su mensaje, con muy poca presencia en la prensa escrita; por lo que le ha apostado, casi de forma exclusiva, por desarrollar su propaganda en redes sociales.

El triunfo de cualquiera de los candidatos, necesariamente, hará que se replanteen a futuro las estrategias políticas, ya que si triunfa GANA se evidenciará que el uso de los métodos tradicionales deberá ser replanteado, para adecuarlos a las nuevas realidades. De igual forma, un gane del candidato de ARENA pondrá en evidencia la vigencia de los métodos tradicionales y la “sobredimensión” que se ha dado en El Salvador al uso de las redes sociales como método de influencia en el votante.

Planteado lo anterior, los resultados del 3 de febrero serán un parteaguas en la política salvadoreña.

@MaxMojica


La “nueva” política. De Luis Mario Rodríguez

Luis Mario Rodríguez, director del Departamento de Estudios Políticos de FUSADES

Luis Mario Rodríguez, director del Departamento de Estudios Políticos de FUSADES

Luis Mario Rodríguez, 28 enero 2016 / EDH

 Los partidos tradicionales continúan en crisis. La diferencia en el siglo XXI es que aumentaron los riesgos para que sigan detentando el monopolio del poder político o inclusive para que sobrevivan. El discurso de la “nueva política” que atribuye los males que padecen los países a la falta de transparencia, a la abultada corrupción y a la parálisis de los liderazgos de finales del siglo XX, está debilitando aceleradamente la gobernabilidad.

El fin del bipartidismo en Honduras, Costa Rica y España demuestra lo anterior. En este último caso, el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español enfrentaron en la pasada elección general un considerable desgaste en su cuota de diputados en el Congreso. Las nuevas agrupaciones políticas “Podemos” y “Ciudadanos” menguaron la representación de socialistas y populares y mantienen al Reino en una encrucijada nunca vista desde el retorno a la democracia.

Según la Constitución, si el actual presidente del gobierno, Mariano Rajoy, o alguno de los otros candidatos no consigue los consensos para que le nombren en dicho cargo, España deberá realizar nuevas elecciones. De obtener el respaldo uno de los diario hoyaspirantes presidenciales, este tendrá que lidiar con una integración parlamentaria muy fragmentada en la que, seguramente, quienes apoyen su proyecto le exigirán ciertos compromisos con la posibilidad de retirarle la confianza de no cumplir con los pactos que suscriban y con la amenaza de sustituirle antes que finalice su gestión.

El fenómeno español, si bien con algunos matices, presenta a la corrupción como el denominador común con los casos costarricense y hondureño. Lo mismo sucede en Brasil, donde la presidenta enfrenta un juicio político, y en Venezuela, en cuyas últimas elecciones la oposición se impuso obteniendo la mayoría de diputados como resultado de una decepción generalizada de los venezolanos con la forma en que se ha venido gestionando la administración pública. El de Guatemala es un suceso diferente porque no cuenta con un sistema de partidos institucionalizado.

Hasta hace algunos años era muy difícil creer que en Costa Rica los partidos Liberación Nacional y Unidad Social Cristiana cederían su sitio a una tercera organización, el Partido Acción Ciudadana, y además deberían encarar a otras entidades como el Movimiento Libertario y el Frente Amplio. La misma historia era impensable en Honduras. Los partidos Libre, el Frente Amplio Político Electoral en Resistencia, el partido Anticorrupción y la Alianza Patriótica terminaron con la tradición centenaria de dos partidos, el Liberal y el Nacional.

Buena parte de los habitantes en esas naciones se hartó de la deshonestidad con la que desempeñaron sus funciones los institutos políticos históricos, del incumplimiento de sus promesas electorales, de la falta de democracia interna y de la lejana relación que mantienen los diputados y los gobernantes con los ciudadanos. Estas decepciones, acumuladas durante años, han relativizado el análisis de los votantes al momento de tomar la decisión de a quién elegir. Ya no importa la perdurabilidad del sistema, ahora lo realmente trascendental es que “se vayan todos”, en referencia a los políticos “arcaicos” y que vengan quienes pueden “resolver” los problemas en el corto plazo. Los que avalan a los “políticos frescos” y  a la “política moderna” premian la rebeldía, el rompimiento del statu quo, la solución eficaz de las contrariedades que soportan diariamente y el manejo cristalino de las finanzas públicas.

Por ahora la población en esos lugares, hastiada de autoridades incompetentes y principalmente aburrida de tanta corrupción, considera a estas nuevas alternativas como la medida política que probablemente mejore su calidad de vida. Creen que un líder sin ataduras partidarias, lozano, hasta insolente, sin un ideario concreto que respetar, que se distancia por completo del pasado y que ofrece la adopción de un original estilo de gobierno, puede ser una buena opción para manejar al Estado.

Los experimentos que utilizan fenómenos como el de Pablo Iglesias, la figura que ha encarnado “el cambio” en España, o Alexis Tsipras de Syriza  en Grecia, deben observarse cuidadosamente. Sobre todo cuando el populismo es la herramienta que permite implementar sus ofertas y principalmente porque la “nueva política” está tocando las puertas en El Salvador y desafiando a los partidos mayoritarios.