Corrupción

Otra carta a los diputados: Está en juego (y en sus manos) la lucha contra la corrupció. De Paolo Luers

Todo depende ahora de la voluntad y capacidad de ustedes a escoger, entre los 30 candidatos, a 5 magistrados dispuestos a garantizar que la Sección Probidad retome de plano su rol investigativo y que la Corte Plena deje de bloquear los casos de enriquecimiento ilícito.

7 julio 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

Estimados:
Hasta ahora toda la discusión sobre la elección de 5 nuevos magistrados de la Corte Suprema de Justicia se ha concentrado en el futuro de la Sala de lo Constitucional. Era lógico, porque 4 de los 5 magistrados de esta Sala están por sustituirse. Pero de repente tomamos conciencia que también está en juego el futuro de la lucha contra la corrupción. De los magistrados nuevos que ustedes están por nombrar depende la correlación de fuerza dentro del pleno de la Corte. Para decirlo sin tapujos: De ustedes depende si vamos a tener una Corte decidida a seguir las investigaciones de enriquecimiento ilícito – o una Corte que en su mayoría va a volver a poner candado a la Sección Probidad.

No sería la primera vez. En 2006 renunció José Eduardo Cáceres a su cargo de jefe de la Sección Probidad, en protesta contra la decisión de los magistrados de entonces de quitarle todos los dientes a esta unidad de investigación de los patrimonios y posibles enriquecimientos de los funcionarios públicos.

Ya sabemos las consecuencias fatales de esta decisión, tomada por malos magistrados: Sabiendo que en la Corte y en Probidad nadie iba a investigar sus declaraciones patrimoniales, los funcionarios de los dos siguientes gobiernos (de Saca y de Funes) hicieron lo que quisieron con los fondos públicos y distribuyeron entre ellos y sus familiares y cheros cientos de millones de dólares.

El hecho que ahora sabemos todo esto y que existen los casos Saca y Funes es debido a que hubo un cambio en la Corte Suprema con la llegada precisamente de los magistrados de la Sala de lo Constitucional que ahora les toca a ustedes sustituir. Se quitaron los candados a Probidad, y se descubrió el grado de corrupción en los gobiernos de Saca y Funes.

Pero este asunto siempre ha sido un punto muy controversial en el pleno de los 15 magistrados. Hoy nos damos cuenta que poco a poco fue cambiando la posición de la mayoría de los magistrados – y nuevamente se boicoteó el trabajo investigativo de Probidad. Hay una docena de casos perfectamente documentados de enriquecimiento ilícito, que la mayoría de los magistrados se ha negado a pasar a juicios civiles y penales. Entre ellos, de paso sea dicho, el caso de Nayib Bukele.

Con la salida de los magistrados Belarmino Jaime, Sidney Blanco, Florentín Meléndez y Rodolfo González, quienes han sido los que más lucharon por mantener viva la determinación de la Corte de luchar contra la corrupción, existe el peligro de un retroceso definitivo.

Todo depende ahora de la voluntad y capacidad de ustedes a escoger, entre los 30 candidatos, a 5 magistrados dispuestos a garantizar que la Sección Probidad retome de plano su rol investigativo y que la Corte Plena deje de bloquear los casos de enriquecimiento ilícito.

Lastimosamente, esta problemática no se ha reflejado de la manera que merece en todo el proceso de elección de los magistrados. Ni en la elección de los gremios de abogados, ni en el CNJ, ni en la subcomisión legislativa que realizo las entrevistas a los 30 candidatos, el tema del bloqueo de Probidad ha sido determinante. Sin embargo, este asunto es determinante para el futuro del país.

Queda en manos de ustedes, primero en la Comisión Política de la Asamblea, y luego en la plenaria, escoger a magistrados que sean lo suficientemente independientes, valientes y determinados para que inclinen en la Corte Plena la balanza hacía investigaciones rigurosas contra la corrupción.

Ojala que sepan responder a esta gran responsabilidad.
Saludos de

 

Lea también la Columna Transversal de septiembre 2016:
Habló Pino y se acabó la locura

 

 

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No hay defensa para el expresidente. De Cristina López

Podríamos llenar varias columnas, con la infinidad de injusticias que derivan de su soberbia, falta de honradez y abuso de poder. Da asco. Ese asco es lo que hace dificilísimo tenerle siquiera lástima.

18 junio 2018 / El Diario de Hoy

Hace un par de años les hice a mis lectores sin querer una prueba de lectura comprensiva al escribir una columna sobre el presidente Funes titulada “en defensa del expresidente”. Un medio digital había publicado unas fotos del exmandatario rodeado de amistades, licores y humo de puros en un centro nocturno en Miami, Florida. Básicamente, las fotos eran el tristísimo cliché de alguien viviendo la estereotipada vida de la canción de Bacilos “el primer millón”, que casi biográficamente decía, “dejémoslo todo y vámonos para Mayami” en el instante en el que alguien hace crecer su fortuna. Recibí una inundación de críticas por parte de un número significativo de personas que no pasó de leer el titular, ofendidas por lo que pensaban era una defensa de lo indefendible.

Quienes leyeron más allá del titular se dieron cuenta de que la columna no era una defensa: ¡qué va! Era más bien un recordatorio de lo vacía que tenía que sentirse la vida de quien, después de 5 años en el servicio público, no tuviera más que mediocridad como legado. De lo mal que seguramente dormía a sabiendas de que los Johnny Walkers, los spas y las parrandas las pagó la corrupción. De lo doloroso que seguramente debía de haber sido para alguien con el desproporcionado ego de Funes ver que sus pares (exmandatarios de otros países latinoamericanos) eran invitados a dar conferencias internacionales y recibían ofertas de cátedras académicas en prestigiosas universidades, mientras él se veía relegado a la patética irrelevancia de limitarse a echar diatribas desde Twitter o de conducir un show de radio con bajísimo nivel de producción. (Funes dedicó varios minutos de ese programa a insultarme personalmente después de esa columna. Por lo visto, leyó más allá del titular).

En mi columna en ese 2015 que ahora parece lejano, decía: “Ténganle lástima”, porque las fotos de Miami se volverían un mal recuerdo en cuanto nuestro Ministerio Público subiera los estándares en lo que se espera del manejo de fondos por parte de nuestros gobernantes.

Aparentemente, el momento que con optimismo pero sin mucha convicción evoqué en esa columna, finalmente llegó y ahora confirmamos la evidencia que aquellas fotos demostraban a gritos. Que el estilo de vida, los relojes y las parrandas las pagamos nosotros. Que las compras de lujo incluyen pares de zapatos cuyo precio equivale a varios salarios mínimos salvadoreños. Que, como reportó Héctor Silva en Inside Crime la semana pasada, eran bolsas de basura repletas de efectivo el origen de semejante estilo de vida, legítimamente dándole el apropiado nombre de “saqueo público”. Que compró armas, ropa, se hospedó en hoteles cinco estrellas, todo pasándole la cuenta al contribuyente salvadoreño y a la cooperación internacional.

A ver, que no es envidia de los lujos lo que motiva condenar —por lo menos desde la opinión pública, mientras la justicia hace lo suyo— a Funes. Que gocen los que tienen mientras lo han ganado de manera honrada: así hay tantos salvadoreños, tanto en el país como en el exterior, que a base de partirse la espalda un día tras otro, con un poco de suerte, prudencia y excelente olfato para los negocios, gozan con total tranquilidad de los lujos que pueden pagarse tras haber convertido en mucho lo poco.

Lo que vuelve el caso de Funes y sus secuaces especialmente vergonzoso y desgarrador para nuestro país es pensar en el costo de oportunidad. Costo de oportunidad es el término económico que describe la mejor alternativa que no se eligió con el mismo valor: es decir, lo que hubiéramos podido comprar con la misma plata cuando compramos cualquier cosa. En esta afrenta a la Patria, el desarrollo y la gente de El Salvador, el costo de oportunidad de la vida de estrella de Hollywood de Ada Mitchell Guzmán son inversiones en nuestra infraestructura hospitalaria. El costo de oportunidad de los zapatos, relojes y armas de Funes son las reparaciones estructurales que urgen en tantas escuelas. El costo de oportunidad de sus parrandas en Miami es nuestra seguridad pública. Y así podríamos llenar varias columnas, con la infinidad de injusticias que derivan de su soberbia, falta de honradez y abuso de poder. Da asco. Ese asco es lo que hace dificilísimo tenerle siquiera lástima.

@crislopezg

El odio. De Luis Mario Rodríguez

El odio se está reproduciendo aceleradamente. A ello contribuimos los ciudadanos motivados probablemente por la envidia, por la falta de tolerancia o por el resentimiento; los periodistas, cuando abordan las notas sin examinar detalladamente las fuentes o las tergiversan; los funcionarios, cuando actúan motivados por intereses ideológicos o por simple antipatía en contra de los adversarios políticos.

14 junio 2018 / El Diario de Hoy

La sociedad salvadoreña está transitando rápidamente del enfado al odio. Ciertamente los casos “destape de la corrupción” y “saqueo público”, en los que se investiga el presunto desvío ilegal de cantidades millonarias de fondos públicos para beneficiar a dos expresidentes de la República y a sus círculos de colaboradores más cercanos, son motivo de sobra para enfurecer a los ciudadanos. Situaciones como estas son las que alimentan a las “elecciones del enojo”, esas en las que los votantes hacen a un lado lo tradicional y prueban “nuevas” opciones que terminan siendo experimentos populistas cuyos resultados se revierten en contra de la población.

La ira que produce la deshonestidad en el ejercicio de la función pública es justificable. Lo mismo sucede con la negligencia de algunos funcionarios públicos, con el mal comportamiento de los partidos, de algunos empresarios y sindicalistas, y de los que rehúyen al cumplimiento de sus obligaciones. Todas esas conductas son objeto de indignación y no queda otro camino que reprobarlas públicamente. Este no es el problema. La cuestión es que nos hemos olvidado de las formas y ya no distinguimos entre el reclamo y las intimidaciones saturadas de ultrajes. Nos satisface la humillación del prójimo y deseamos su ruina y, en ocasiones, hasta su muerte. ¡Que se pudra en la cárcel o en el infierno!

Lo que toca ahora es alertar sobre el sentimiento de rencor que se percibe cada vez más arraigado en distintos ámbitos de la vida nacional. Las expresiones anónimas en las redes sociales son solo parte del problema. Lo realmente alarmante es que políticos, líderes de opinión, analistas, activistas de la sociedad civil, tuiteros y reconocidos personajes públicos rebasan los límites de la crítica situándose en un terreno muy peligroso en el que abunda la rabia, la descalificación y el desprecio.

Es absolutamente válido opinar y examinar los asuntos que perjudican a la institucionalidad, los que dificultan el crecimiento económico y el progreso social, y aquello que carcome la credibilidad de la política, de los partidos y de las elecciones. Sería una omisión imperdonable no señalar la incompetencia de las entidades públicas que no cumplen a cabalidad las atribuciones que les asigna la Constitución de la República ni auscultar el pasado de quienes pretenden gobernar el destino de la nación.

Lo que no se vale es pasar del reproche a la animadversión y enfilar los señalamientos en contra de las personas utilizando burlas y mecanismos que eliminan toda posibilidad de defensa. El Fiscal General lo dijo esta semana de manera contundente cuando abordó el tema del saqueo público: “No sean cobardes. No creen páginas falsas para difamar a personal de la FGR”. Todo juicio de valor, toda mención sobre la imprudente actuación de un individuo ha de ser cuidadosamente probada. Este comportamiento es excepcional y más bien nos hemos convertido en “justicieros impunes” que insultamos sin el menor reparo con la confianza de que nuestras declaraciones no tendrán consecuencia legal alguna.

En los espacios virtuales se lee cualquier tipo de calumnia. Quienes las conciben suelen utilizar cuentas falsas, “troles” les llaman. Esto es grave, porque no existe control alguno; pero es aún más preocupante que esos agravios son consentidos con “likes” o “retuits” por perfiles reales, hombres y mujeres a quienes podemos identificar, porque denota la aversión con la que actúan y la falta de raciocinio e intelecto para comprender la complejidad de las situaciones a las que se debe enfrentar un funcionario, un académico, un analista y, en general, aquellos que han optado por expresar públicamente sus opiniones.

Pero de nuevo volvamos al tema central. El odio se está reproduciendo aceleradamente. A ello contribuimos los ciudadanos motivados probablemente por la envidia, por la falta de tolerancia o por el resentimiento; los periodistas, cuando abordan las notas sin examinar detalladamente las fuentes o las tergiversan; los funcionarios, cuando actúan motivados por intereses ideológicos o por simple antipatía en contra de los adversarios políticos. El odio también se está expandiendo en las parejas, lo comprueban las decenas de feminicidios; y en los jóvenes, lo demuestran las decenas de miles de pandilleros. Castellanos Moya escribió en 1997 “el asco”; quizás es tiempo de relatar una nueva historia, “el odio”.

Me asustas cuando callas. De Ricardo Avelar

Me asustas, ciudadano, cuando notas cómo actúan los partidos y les sigues defendiendo. Cuando la misma corrupción la denuncias del contrario y la defiendes de tu amigo. Me asustas cuando a pesar de estos vacíos, dejas que la propaganda y el proselitismo partidario te enamore…

14 junio 2018 / El Diario de Hoy

“Me gustas cuando callas”, escribió el chileno Pablo Neruda en el Poema XV de sus “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. En sus estrofas se respira melancolía, miedo e incomodidad. Y si bien me encantaría contarles con detalles lo que este texto me ha producido desde hace años, no es ese mi objetivo el día de hoy. Con el perdón del prolífico autor, vengo a parafrasearlo, y utilizar sus palabras con otro propósito. Aquí va:

Queridos ARENA y FMLN, me asustan cuando callan porque sus conciencias parecen ausentes y las voces de la ciudadanía las oyen, pero estas no les tocan. Parece que el sentido común se les hubiera volado y las contradicciones les tapan la boca.

Me asustas cuando callan los abusos de derechos humanos, porque si lo avalan, en otro contexto podrían hacer lo mismo. Me asusta que denuncien con fuerza los abusos de los contrarios, pero callen o defiendan los de aquellos que son cercanos.

Querido FMLN, me asustas cuando callas al ver que Daniel Ortega ha encabezado una sistemática represión a quienes protestan las decisiones más polémicas de su gobierno. Me asustas cuando ignoras que el otrora líder de la revolución y opositor de la dinastía de los Somoza se ha convertido en un nuevo caudillo. Me asustas cuando no entiendes el abismo que existe entre su forma de gobernar y los ideales que hace menos de cuarenta años se enarbolaban al derrocar a “Tachito”.

Me gustas cuando no callas, FMLN. Como cuando meses atrás, tus diputados se dieron cita en la embajada hondureña para protestar por los abusos y las pretensiones de concentrar el poder de Juan Orlando Hernández, mandatario del vecino país que de forma atropellada logró un segundo periodo al mando. Ahí se apreció tu ánimo antiautoritario y tu espíritu de lucha. En ese momento, quien calló fue la derecha, que prefirió no condenar a su allegado.

Me asustas cuando callas, ARENA, porque parece que no aprendiste nada del pasado. Que estás anclada en defender selectivamente algunos principios. Me asusta que condenes con vehemencia a Nicolás Maduro pero aceptes que decir “¡fuera JOH!” en Tegucigalpa te pueda costar la libertad o hasta la vida. Me asustas cuando callas, sabiendo que en Honduras han matado y desaparecido a manifestantes y defensores de derechos humanos.

Me asustan ambos cuando respaldan la violencia y hasta ofrecen su apoyo a gobiernos que aunque se dicen de lados opuestos, perdieron de la misma forma el miedo de silenciar a la prensa, de armar a civiles para que vapuleen a sus compatriotas y hasta de matar. Me asustan cuando se evidencian sus lealtades, no a un ideario antiautoritario, sino a un poder sin límites siempre que este sea ejercido por sus amigos.

Me asustas cuando callas, FMLN, cuando por años denunciaste la corrupción de la derecha y ahora que tu primer presidente, Mauricio Funes, aparece salpicado en una compleja trama de presunto desvío de fondos, no haces más que un tibio pronunciamiento. Y no es que el tema lo hayas olvidado, porque cuando de la derecha se trata, lo denuncias con pasión.

Me asusta cuando te pronuncias, ARENA, sobre el caso Funes, y algunos de tus voceros piden separar de su cargo a funcionarios actuales que tienen pendientes investigaciones de presunto enriquecimiento ilícito, porque al mismo tiempo callas sobre algunos de tus líderes que están en las mismas. Y no solo callas, los defiendes, los acuerpas, incluso les premias con una jefatura de fracción.

Me asustas cuando callas, ARENA, cuando se evidencia el truculento manejo de fondos públicos durante tus gobiernos. Me asustas cuando le dices “incapaces” a quienes gobiernan, sabiendo que tu ineptitud en algunos temas le heredó al FMLN un país violento y con pobre crecimiento.

Me asustas cuando callas, joven de ARENA o del FMLN, pues cuestionar a tu dirigencia o los corruptos de tu partido complican tu camino a un cargo público. Me asusta que la rebeldía la hayas sustituido por un silencio cómplice.

Pero más me asustas tú, ciudadano, cuando al ver estas situaciones también callas. Cuando notas cómo actúan los partidos y les sigues defendiendo. Cuando la misma corrupción la denuncias del contrario y la defiendes de tu amigo. Me asustas cuando a pesar de estos vacíos, dejas que la propaganda y el proselitismo partidario te enamoren más que el mismísimo Neruda a Matilde Urrutia, su gran y último amor.

@docAvelar

Los sistemas y la corrupción. De Manuel Hinds

La corrupción y la ineficiencia se resuelven apoyando acciones como la de la Fiscalía en el caso de Funes, y participando en la política para asegurarse de que las personas que manejan las instituciones representativas tengan la calidad humana y moral necesarias para manejarlas bien. Lo que no debe hacerse es caer en la tentación de darle el poder a personas que atacan la institucionalidad democrática…

15 junio 2018 / El Diario de Hoy

El caso que la Fiscalía ha iniciado contra el ex- presidente Mauricio Funes ha generado dos tipos de interpretaciones. Una sostiene que el caso prueba que las instituciones democráticas no funcionan y por lo tanto deben ser sustituidas por algún régimen diferente. La otra sostiene que, por el contrario, el caso prueba que las instituciones están funcionando porque se están abriendo posibilidades de obtener justicia que antes no existían. La segunda es, sin duda, la única realista porque está basada en una concepción sensata de lo que son los sistemas, y también, por eso mismo es la única conducente al progreso.

La visión de los sistemas políticos que fundamenta la primera interpretación asume que estos son automáticos —es decir, que para considerarse exitosos tienen que funcionar sin defectos aunque la gente elija para que los manejen personas incompetentes o inmorales o tiránicas. Esta manera de ver los sistemas es equivalente a pensar que, si un carro choca todos los carros no sirven, o que si la Selecta pierde consistentemente las reglas del fútbol no están funcionando, o que el fútbol mismo ha demostrado ser un mal deporte.

Los sistemas proveen un marco para la política, pero el resultado de dicha política depende no solo de ese marco sino también, y crucialmente, de las personas que la población escoja para manejar el sistema. Los sistemas, si hablaran, dirían lo que el juez John Roberts, presidente de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, dijo hace poco hablando de las limitaciones naturales que tiene la Corte misma: “No es nuestro trabajo proteger a la gente de las consecuencias de sus decisiones políticas”. El sistema no puede hacer que políticos malos electos a la Asamblea Nacional pasen buenas leyes, o que los electos a la presidencia hagan decisiones sabias aun si son ignorantes, o que se comporten honestamente si son deshonestos.

Esto nos lleva a la otra desventaja de la primera interpretación de lo que ha evidenciado el caso de Funes. El creer que las instituciones democráticas han fallado solo porque hay dificultades tontamente abre las puertas para las tiranías.

La política es el arte de tomar decisiones que afectan a una comunidad. Hay solo dos maneras en las que estas decisiones pueden tomarse. Una es que las tome una persona o un grupo que no tiene que responder por ellas a los que cargan con las consecuencias de dichas decisiones. La otra es que los que tomen las decisiones tengan que responder ante el pueblo, de tal forma que en el último análisis es el pueblo el que toma las decisiones.

Por supuesto, para que esto funcione así son necesarias instituciones, que establecen procedimientos para que las decisiones del pueblo se traduzcan en las decisiones de sus representantes. Por supuesto, si la gente toma decisiones tontas, éstas se filtrarán a los resultados del gobierno, aun si las instituciones funcionan bien. Pero los resultados serán mucho peores si, como resultado de esto, el pueblo desmonta las instituciones que lo ligan con el gobierno —que eso es lo que en el fondo quieren hacer los que piensan que el sistema es un fracaso y debe ser sustituido por otro. La alternativa al sistema en el que el gobierno tiene instituciones que lo ligan al pueblo es uno en el que dicha conexión no existe. Ese otro sistema es una tiranía que además de quitar la libertad al pueblo seria ilimitadamente corrupta.

La corrupción y la ineficiencia se resuelven apoyando acciones como la de la Fiscalía en el caso de Funes, y participando en la política para asegurarse de que las personas que manejan las instituciones representativas tengan la calidad humana y moral necesarias para manejarlas bien. Lo que no debe hacerse es caer en la tentación de darle el poder a personas que atacan la institucionalidad democrática del gobierno con el fin de desmontarla para poder ejercer un poder tiránico sobre el estado. Lo que el pueblo debe entender es que el que quiere demoler las instituciones democráticas lo que busca es destruir toda la capacidad que tiene el pueblo de controlar su eficiencia y honradez. Lo que quiere es que le abran la puerta para imponer una tiranía corrupta.

Cómplices. De Cristian Villalta

Como nación, nuestro juicio queda mal parado cuando tres de nuestros últimos cuatro presidentes fueron acusados de peculado, dos de ellos con lavado de dinero añadido. Si en esos 15 años no pegamos una, ¿eso nos vuelve los votantes más estúpidos del planeta? No.

10 junio 2018 / La Prensa Gráfica

Con disculpas para la exageración anterior -la de los votantes, no la de los presuntos delitos-, realmente cabe preguntarse si como electorado cometimos un error eligiendo en su momento a los señores Francisco Flores, Elías Antonio Saca y Mauricio Funes. La Fiscalía General de la República respondería tres veces que sí, a juzgar por las causas que siguió y/o sigue contra ellos.

Esta columna va por otro lado, porque la respuesta es no. Y tres veces. A cada uno se lo eligió por irrepetibles factores históricos; no hubo mejores opciones en ninguna de esas estaciones de nuestro tránsito democrático.

Además, el sufragio no es un ejercicio de psicoanálisis y a menos que el candidato sea una persona inválida emocionalmente y lo demuestre en público de modo reiterado (sí…), para el elector es imposible juzgar su carácter y si se resistirá a los apetitos del poder.

Mientras no haya pruebas que ninguno de ellos ya llegó al poder con un plan delictivo debajo del brazo, no podemos sino pensar que sus intenciones eran honestas. Y es mejor creerlo así para no desviarnos en la lectura, lamentándonos que El Salvador haya sido víctima de unos bellacos imperdonables. Bellaquería o no, el caldo de cultivo de estas vergüenzas reside en un Estado mal diseñado en el que las instituciones tienen proxenetas políticos a su cargo, y en las intocables mafias que eventualmente corrompen a los funcionarios.

Pero considerando la naturaleza de los delitos, la artillería debe enfilarse principalmente hacia la Corte de Cuentas de la República y al modo casi entusiasta en el que faltó a su deber, incluso dándole finiquitos en su momento a cada uno de los mencionados.

Década y media de incompetencia no es incompetencia sino un sistema.
La Corte de Cuentas de la República fue manejada por el Partido de Conciliación Nacional desde 1984 hasta 2011. ¿Por qué la contralora gubernamental por excelencia ha sido durante años sólo una concubina entre el oficialismo y sus satélites ocasionales? Porque si legalmente se la presume “independiente en lo funcional, administrativo y presupuestario”, en la práctica no se sustrajo nunca del influjo de los verdaderos poderes.

Esos poderes fácticos, dueños de este o de aquel partido político, invierten en sus diputados sólo con la garantía que sabrán hacerse cargo. Y parte de hacerse cargo ha sido el diseño de la Corte, que ha funcionado como el revólver que ataca o defiende a la mafia política salvadoreña.

La mayor parte de la desatención de los deberes en la institución ocurrió durante el largo periodo que Hernán Contreras campeó en ella, 17 años en dos periodos (1990-1998 y 2002-2011). Contreras no sólo fue designado dos veces sino reelecto otras cuatro, la penúltima de ellas con Elías Saca como presidente, y con el abrazo de 48 diputados, entre ellos toda la bancada arenera.

Lo que ha fallado pues sí ha sido el juicio, pero de los diputados de todo el espectro político que actuaron en bloque apoyando tantas veces a Contreras contra todo interés público. Esos votantes tampoco fueron estúpidos, sino cómplices.

Carta sobre el caso CAPRES: Abuso de poder. De Paolo Luers

9 junio 2018 / MAS! y El Diario de Hoy

A nadie realmente le puede haber sorprendido todo lo que la Fiscalía reveló sobre Funes, su familia y su círculo de cheros. Todos sabíamos que este hombre llegó al poder sin nada, vivió en Casa Presidencial como rey y salió millonario. Tal vez nos sorprendió el tamaño del tamal, la trama sofisticada de transferir, sustraer, y esconder fondos, y lo sistemático y de la corrupción. De repente, y conociendo ya el caso Tony Saca y ahora lo de Funes, nos damos cuenta que lo que tenemos en frente es un ‘caso Capres’: la enorme concentración de poder en Casa Presidencial, iniciada por Saca, retomada y perfeccionada por Funes, con la finalidad de abusar de este poder y de enriquecerse.

Lo que la Fiscalía reveló ahora lo van a tener que manejar los juristas en todas sus dimensiones y consecuencias legales: fiscales, jueces, y abogados. No me voy a meter en este terreno. Pero encima de esto, es un asunto político, de Estado; y ético, del país. Este caso, igual que el de Saca, o sea el ‘caso Capres’ requiere que todos actúen aplicando la razón de Estado, más allá de venganzas, más allá incluso de la correcta aplicación de justicia, más allá sobre todo de intereses particulares o partidarios.

El fiscal general, más allá de sus cálculos de reelección, tiene que actuar con razón de Estado, igual que los jueces que tendrán que ver el caso, porque está en juego comprobar que el sistema de justicia y la independencia de los controles institucionales funcionan.

El FMLN, más allá de su interés de sobrevivencia política y electoral, debe de actuar con razón de Estado. De su actuación depende si la ciudadanía va a percibir que el sistema partidario funciona, que los partidos pueden corregir sus errores – o que los partidos son expresión de una casta política que hay que reemplazar.

Si el FMLN no se desmarca claramente de Funes, pidiendo incluso perdón por haber llevado a un ladrón a la presidencia bajo su bandera y sus consignas de cambio, y por haberlo protegido hasta ahora, las consecuencias serán fatales, no solo para su partido sino para el país. El FMLN debe inmediatamente apartar de su gobierno a funcionarios que han estado involucrados en esta trama mafiosa, empezando por Vanda Pignato. El FMLN no debe permitir que este caso abone a la frustración de amplios sectores con los partidos y al discurso demagógico y anti-político de Bukele y Cia. La razón de Estado obliga al FMLN a garantizar que de este caso surja una narrativa diferente y positiva: una que muestre que el sistema de democracia representativa y de partidos funciona; que los criminales son los malos políticos, no los partidos; y que los partidos tienen capacidad de corrección, autocrítica y renovación.

La misma razón de Estado obliga a ARENA a proponer un gobierno que rompa con el sistema de corrupción instalado en Casa Presidencial, convertida en un sobregobierno todopoderoso, que puede manejar fondos sin transparencia y rendición de cuentas. Hay que desmontar el exagerado y pervertido presidencialismo armado por Saca y Funes. El segundo gobierno del FMLN, gracias al carácter diferente de Salvador Sánchez Cerén, pero también gracias a la mayor vigilancia de las instituciones y de la ciudadanía, no ha abusado de la misma manera de este poder tan concentrado de Casa Presidencial, pero tampoco lo ha desmontado. La razón de Estado obliga al próximo presidente reformar esta perversa forma de gobernar, volver a la institucionalidad de los ministerios y del Consejo de Ministros, desmontar el sobregobierno instalado en Capres, con sus secretarías, e instalar filtros y controles que hagan imposible el abuso de poder, incluyendo el enriquecimiento ilícito desde la presidencia.

El ‘caso Capres’, que es la síntesis de los casos Saca y Funes, o puede ser el punto de quiebre del sistema político, si no se maneja con responsabilidad, audacia y razón de Estado; o el punto de regeneración de la democracia que estamos construyendo.

Saludos,

Vea la Conversación de los Observadores sobre el tema