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La peligrosa parodia. De Javier Marías

Miro la primera plana del diario y lo único que me reconforta es el aspecto satírico de cuanto acontece, que me impide tomármelo del todo en serio.

Javier Marías, 21 mayo 2017 / EL PAIS SEMANAL

HACE YA tiempo que temo echarle el primer vistazo al periódico de la mañana. Uno va de sobresalto en sobresalto, de noticia en noticia alarmante cuando no espantosa. Ya sé que siempre ha sido así; que las noticias buenas no son noticia y que lo que la gente desea por encima de todo es indignarse y escandalizarse. Y este deseo no ha hecho sino ir en aumento desde la aparición de las redes sociales y la dictadura de la exageración en el periodismo. Pero basta retroceder unos meses para recordar que la situación del mundo no era tan delirante con Obama en la Presidencia, con el Reino Unido integrado en la Unión Europea, con Venezuela sin golpe total de Estado ni tantos muertos en las calles (los golpes de Chávez eran graduales), con Francia sin elecciones deprimentes, con Turquía sin absolutismo y represión feroz, con Egipto sin lo mismo.

Miro la primera plana del diario, ya digo, y lo único que me reconforta (me imagino que no soy el único) es el aspecto paródico de cuanto acontece, y que me impide tomármelo del todo en serio. Todo tiene un aire tan grotesco que cuesta creer que sea cierto y no una representación, una pantomima, una sátira. Veamos. Hay un país, Corea del Norte, que amenaza con lanzar bombas nucleares cada semana, y puede que tenga capacidad para ello. Pero las escasas imágenes que de allí nos llegan son dignas de una historieta de Tintín, con un sátrapa pueril y orondo que aplaude como un loco sus propios lanzamientos de misiles fallidos y obliga a desfilar a sus súbditos como a soldaditos de plomo. El objeto de sus amenazas es un Presidente de los Estados Unidos igualmente pueril e idiota, además de antipatiquísimo y nepotista, capaz de decir ante la prensa que ha lanzado un ataque contra Irak cuando lo ha lanzado contra Siria, de invitar a su homólogo de Filipinas, Duterte, que desde que fue elegido –elegido– ha ejecutado extrajudicialmente a unos siete mil compatriotas –siete mil– y se jacta de haberse cargado él en persona a tres de ellos. Este Duterte, por cierto, le ha contestado a Trump que ya verá, que anda ocupado (se entiende: asesinar a millares desgasta, y si no que se lo pregunten a los nazis y a los jemeres rojos). Trump también declara que se sentiría “muy honrado” de charlar con el sátrapa orondo, y nada ocurre. Erdogan, en Turquía, con el pretexto de un golpe contra él, tan fallido como dudoso, ha encarcelado o destituido a ciento cincuenta mil ciudadanos –ciento cincuenta mil–, de militares a periodistas y profesores. No sé, de haber habido tantos partidarios del golpe, éste no habría fracasado tan rápida y rotundamente.

casi el 40% de los franceses han votado a una señora a la vez bruta y trapacera, Marine Le Pen, que simpatiza con la Francia colaboracionista de los nazis

Luego está Putin, admirado por la extrema derecha y por la extrema izquierda, un megalómano propenso a fotografiarse con el torso desnudo o derribando a un tigre con sus propias manos, estilo paródico de trazo grueso. Y así nos acercamos a Europa, donde casi el 40% de los franceses han votado a una señora a la vez bruta y trapacera, Marine Le Pen, que simpatiza con la Francia colaboracionista de los nazis (niega esa colaboración, luego el Gobierno de Vichy era intachable) y rechaza a los refugiados porque en seguida quieren robarle a uno la cartera y el papel pintado de las paredes (sic: hace falta estar sonado para creer que a alguien le interesa su papel pintado). A esa señora no la ven con muy malos ojos el candidato Mélenchon, admirador confeso de Hugo Chávez y Pablo Iglesias, ni la mitad de sus votantes. En Inglaterra gobierna una mujer desagradable, patriotera y cínica, que antes de la consulta del Brexit defendía la permanencia en la UE y ahora brama contra lo que le parecía de perlas hace menos de un año. Su Ministro de Exteriores es un histriónico clon de Trump con estudios, Boris Johnson. De Polonia y Hungría no hablemos, países en la senda de Turquía y Egipto, sólo que cristianos.

En cuanto a España, el ex-Presidente de Madrid –el ex-Presidente– saqueaba presuntamente empresas públicas, y su madrina Aguirre estaba in albis, como el jefe del Gobierno Rajoy, que nunca se cansa de soltar perogrulladas. En el PSOE parecen detestarse mucho más entre sí que a cualquier adversario político, y por último hay un partido que se proclama de izquierdas, Podemos, y que es lo más parecido a la Falange desde que feneció la Falange: sólo le falta sustituir el vetusto himno de Quilapayún en sus mítines por el más vetusto Cara al sol, y le saldrá el retrato. Y bueno, en Cataluña hay también una serie de personajes tintinescos que proclaman que sus sueños van a realizarse por las buenas o por las malas. Porque a ellos les hacen mucha ilusión y eso basta.

Sí, todo desprende tal aroma de sainete, de opereta bufa, de esperpento o de lo que quieran, que eso es lo único que a muchos nos salva de la desesperación cotidiana. El problema aparece cuando uno ve imágenes de las arengas de Hitler y de Mussolini. Porque ellos parecían aún más paródicos que los gobernantes actuales, y ya conocen la historia.

¿Cómo convertir a El Salvador en un país de emprendedores? De Alfredo Atanacio Cader

Es necesario incentivar la cultura del emprendimiento desde la escuela, con enseñanza que desarrolle habilidades para formar empresarios, la habilidad de asumir riesgos y superar dificultades para sacar negocios adelante.

Alfredo Atanacio Cader, 11 mayo 2017 / EDH

El emprendimiento es un tema que me apasiona. Es por esto que cada vez que se me presenta la oportunidad, aprovecho para concientizar y dialogar abiertamente con los jóvenes de nuestro país. Recientemente, estuve con un buen amigo en un foro en la Universidad Francisco Gavidia, donde aproveché para contar mis experiencias en el mundo emprendedor. Y es que necesitamos cambiar nuestra mentalidad y darnos cuenta de lo vital que es para el desarrollo de El Salvador que nos atrevamos a emprender. Uno de mis más grandes sueños es que El Salvador se convierta en un país de emprendedores.

Y no estamos tan lejos de convertir esto en una realidad. Los salvadoreños ya tenemos ese espíritu emprendedor. Según datos de el Global Entrepreneurship Monitor 2015 (GEM), un 32.1 % de la población adulta en El Salvador es emprendedora. Lamentablemente, este reporte también refleja que un 10.8 % de esta población que decide emprender, termina cerrando. Tenemos la tasa de abandono de negocios más grande de Latinoamérica.

Factores como la inseguridad ciudadana, falta de planificación, políticas públicas poco favorables y burocracia, entre otras, son algunas de las razones por las que las nuevas empresas fracasan o por lo que la gente no se atreve a emprender. Solo por mencionar un ejemplo, estos emprendedores han tenido que superar al menos ocho pasos en menos de 15 días… y han tenido que cancelar hasta $1,600 en derechos de registros y honorarios a profesionales. Para que tengamos un margen de comparación, en Nueva Zelanda estos trámites se reducen a dos pasos en un solo día, y se cancela únicamente $200 en registros y pagos de honorarios.

Incrementar el porcentaje de nuevos negocios no solo sería de beneficio para la población, sino también para el gobierno, pues cada nueva empresa representaría una nueva fuente de ingresos y generaría crecimiento económico y ayudaría a reducir la pobreza en el país. Pero, para lograr esto, es necesario educar y tecnificar a la población, comenzando con la institucionalización de la enseñanza del idioma inglés desde temprana edad. Esto abriría muchas puertas a los emprendedores, pues les permitiría hacer uso de la tecnología para poder expandirse a cualquier parte del mundo.

Además, es necesario incentivar la cultura del emprendimiento desde la escuela, con enseñanza que desarrolle habilidades para formar empresarios, la habilidad de asumir riesgos y superar dificultades para sacar negocios adelante, principios éticos y habilidades para la planeación e implementación de negocios. Adicionalmente, el gobierno debería promover carreras que vayan acorde a las necesidades del siglo XXI y garantizar que la de educación sea de fácil acceso.

Otro de los factores que se debe mejorar es el acceso a financiamiento, pues este es uno de los impedimentos más grandes a los que se enfrentan los salvadoreños cuando quieren comenzar su negocio. Para que esto no sea un problema, el gobierno podría apoyar la constitución de fondos de inversión de capital de riesgo, crear incubadoras de negocios o motivar a las instituciones financieras a crear planes de microfinanciamiento.

Lo anterior está en manos del gobierno. Pero también hay que recordar que mientras más innovadora es una idea de negocio, es más probable que sea exitosa y que los salarios que se pague sean mayores. Uno de los mayores malestares hacia la empresa privada es que muchos de los salarios son bajos. Por esto es importante tecnificar a la gente, para que puedan tener acceso a empleos que generen un valor agregado. Porque son este tipo de empresas y este tipo de empleos los que van a sacar adelante a El Salvador, hasta convertirlo en un país de emprendedores.

@aatanacio

Contra la máquina de matar. De Alberto Barrera Tyszka

Fotografía de Gabriel Méndez [26 de abril de 2017]

ALBERTO BARRERA TYSZKA, GUIONISTA, ESCRITOR Y COLUMNISTA VENEZOLANO

Alberto Barrera Tyszka, 7 mayo 2017 / PRODAVINCI

Te aseguro que sería mucho más sencillo concluir que todo es un problema de maldad y de cinismo. Pero la realidad es más compleja, es peor. También es más peligrosa. Nos gobierna el fanatismo. En los más importante espacios del poder se ha instalado una élite, que se auto proclama el “Alto Mando Político Militar de la Revolución”, que se asume como la única expresión válida del pueblo, víctima permanente de conspiraciones de todo tipo, pero designada por el dios de la historia para liberarnos a todos de cualquier mal. Tienen una versión sagrada de sí mismos. Nos enfrentamos a una secta.

Por supuesto que, en más de un caso, se trata de un fanatismo muy conveniente y oportuno. Por supuesto que hay negocios de por medio, grandes intereses que necesitan legitimar y proteger casi dos décadas de corrupción, casi veinte años de privilegios y de saqueo a las riquezas de todos los venezolanos. Los “salvadores del pueblo” no rinden cuentas, no se dejan auditar, no aceptan controles. No se sacrifican por la Patria a dólar negro. Se trata de un fanatismo muy rentable. Es el último recurso que poseen. A medida que el espectáculo de la revolución se descascara, va quedando sola esa ceremonia, esa vehemencia, esa ceguera. Están dispuestos a todo, menos a ceder, menos a moverse.

Esta semana, en una reunión con periodistas, las palabras de Elías Jaua, Jefe de la Comisión Presidencial Constituyente, fueron una evidencia excepcional de todo esto. El punto de partida de su argumentación propone una encrucijada sobre si “somos una sociedad diversa culturalmente, étnicamente, racialmente, socialmente… o si somos lo que una pequeña élite minoritaria piensa que debe ser Venezuela”. No te equivocaste. Si quieres lee de nuevo. Tómate tu tiempo y fíjate bien en las comillas. Así. Exactamente. Eso fue lo que dijo el Ministro de Educación. Es cierto: parece más bien una cita de un discurso de Miguel Pizarro, de un editorial de César Miguel Rondón, de una homilía de Monseñor Baltazar Porras… Pero no. Así habla el oficialismo. El mismo oficialismo que se niega a reconocer la realidad, que esconde las estadísticas, que asegura que en el país no hay hambre ni descontento. El mismo oficialismo que, ahora, pretende sustituir la experiencia ciudadana del voto de las mayorías por una pequeña asamblea de su partido minoritario.

¿Por qué un gobierno que lleva más de un año impidiendo cualquier proceso electoral, de pronto ofrece realizar una Constituyente? Elías Jaua lo explicó muy nítidamente: “Vamos a contarnos, vamos a escuchar al pueblo de verdad”, dijo, dejando colar que —entonces— existe un pueblo de mentira, irreal, un pueblo que no merece contarse.

“Nosotros no nos podemos arrogar la voz del pueblo”, afirmó, para indicar de inmediato: “Pero los 500 o 200 que están todos los días quemando, enfrentando, matando… tampoco son el pueblo”. El giro es demasiado obvio. Para el representante presidencial, todas los venezolanos que han participado, de diversas maneras, en cualquier manifestación, durante las últimas semanas, son muy poquitos, son incendiarios y son asesinos. Así habla el hombre que quiere proponerle una diálogo democrático y constitucional a la sociedad.

No dijo Elías Jaua que, hasta ese momento, el país tenía un saldo de 36 muertos y más de 600 heridos. No nombró a ninguno de los fallecidos. No habló de la represión. No habló de las acciones violentas y criminales de policías y soldados. Más bien, dijo: “Nosotros estamos enfrentando una insurgencia armada con agua y bombas lacrimógenas”. ¿Cómo no se le pudrieron las cuerdas vocales en ese momento? ¿Cómo no le crujió la memoria? No. Para nada. Suavemente, confiado, con mucha fe en sí mismo, añadió: “Nosotros ya no podemos dar más muestras de tolerancia”. Lo dice el funcionario de un gobierno que se niega a soltar a presos legalmente liberados. Lo dice el funcionario de un gobierno que usa armas de guerra para reprimir manifestaciones civiles. Lo dice el funcionario de un gobierno que no permite que en el país cualquiera hable mal de quien le de la gana. Lo dice el mismo funcionario que, hace tiempo, amenazó con darle unos coñazos al periodista que publicó una verdad incómoda.

Después de la derrota de diciembre del 2015, el oficialismo comenzó a preparase para gobernar sin pueblo y sin elecciones. La alternancia política no existe dentro de la lógica chavista. Eso es entregarle el poder al fascismo (también lo dijo el compañero Jaua en su intervención). Se aferran al fanatismo porque cada vez tienen menos argumentos y porque cada vez están más solos. Más que un gabinete ejecutivo parecen un club de sordos que repiten solitariamente el mismo monólogo. La Constituyente es un concepto aun peor que el de la guerra económica. En su terco empeño por negar lo que ocurre, solo logran profundizar el caos, hundirse más en su propia tormenta.

El oficialismo ha convertido el Estado en una máquina de matar. Por más que hablen de paz, la máquina sigue ahí, nunca se detiene. Te mata de hambre. No te atiende en los hospitales. Te roba el dinero. Se financia con tu plata. Te obliga a hacer colas. Nunca te informa lo que en realidad ocurre. Niega en la televisión lo que te duele, lo que pasa. Cuando tu lloras, la máquina celebra. Se ríe de ti. Si te atreves a protestar, te bota del trabajo. Si quieres manifestarte, te dispara. Te prohíbe caminar por tu ciudad. Te vigila. Te castiga. Te golpea, te detiene, te tortura. Te mata. Pero no lo olvides: hace todo esto porque te ama. Porque te quiere salvar.

El humo de las bombas lacrimógenas también asfixia los matices. Ya todos estamos sobre el mismo precipicio. Al gobierno no le importan los muertos. Tampoco le importan los vivos. Al gobierno solo le importa el gobierno. Está dispuesto a todo con tal de no cambiar. Y apuesta por el desgaste. “Aquí solo es posible la paz con revolución”, dice la secta. Pero del otro lado hay un país desesperado, queriendo defender su propia existencia. Es el país de las víctimas. Es también el país de la ciudadanía. El país que —frente al fanatismo de la máquina de matar— se aferra a la infinita e impúdica diversidad de la vida.

La Constituyente de Maduro. De Fernando Mires

FERNANDO MIRES, politólogo chileno radicado en Alemania

Fernando Mires, 2 mayo 2017 / PRODAVINCI

En la historia moderna, los llamados a cambiar de Constitución –no confundir con una reforma constitucional– tienen un carácter fundacional.

Las asambleas constituyentes suelen ser convocadas solo después de una gran ruptura histórica o “cambio de régimen”, o cuando una fuerza social nueva se ha hecho del poder o, sobre todo, cuando una inmensa mayoría exige un cambio histórico destinado a ser plasmado en la letra constitucional. Ninguna de esas condiciones se dan en el reciente anuncio del presidente Nicolás Maduro. Todo lo contrario: su llamado a destruir a la Constitución emerge dentro del marco de las más grandes movilizaciones sociales y políticas que ha vivido Venezuela, pero dirigidas no en contra de la Constitución, sino en contra de la presidencia de Maduro, a favor del respeto de la Constitución de 1999 y, no por último, a favor de la celebración de elecciones según dicta la pauta constitucional.

No se trata esta vez, la de Maduro, de una simple violación, una más de las tantas que ha cometido el régimen a la Constitución nacida en 1999 bajo el gobierno de Hugo Chávez Frías. Tampoco es una reforma constitucional, como la que intentó llevar a cabo Chávez durante el 2007. Se trata –dicho directamente– de una llamado a destruir a toda la Constitución.

La Constitución, el nombre lo dice, es la Carta Magna que constituye a la nación. Es el vínculo que une al Estado –no a un gobierno– con la ciudadanía. Por eso mismo, es más que la suma de sus leyes. Es el sacramento civil que convierte a una población en pueblo y a un pueblo en ciudadanía.

Dictada bajo el chavismo, la Constitución vigente, al haber sido aprobada mediante un acto de soberanía popular, llegó a ser la Constitución de todos los venezolanos. Es como el himno nacional: pertenece a todos los habitantes del país, sin distinción de credos, doctrinas e ideologías.

El llamado artero del presidente a destruir la Constitución de su propio país no obedece a la lógica de un acto fundacional, ni siquiera al intento de dar forma jurídica a una revolución que si existió alguna vez, ya murió. Mucho menos obedece a un clamor o demanda de la ciudadanía, incluyendo a la gente chavista. El de Maduro no es más que una sucia estratagema destinada a anular definitivamente a la Asamblea Nacional e impedir las elecciones solo por el hecho de que las perderá. Es un intento, en fin, para imponer sobre suelo venezolano el orden político vigente en Cuba, en Siria y en Corea del Norte.

No se trata de que la Asamblea Constituyente Comunal, o como se llame el esperpento, sea una monstruosidad legal y política a la vez (su texto, en verdad, es fascista; y del más puro). Se trata del intento postrero de un régimen para mantenerse en el poder, sin elecciones, sin legalidad ni legitimidad, sin vergüenza ni moral. Como sea.

La correcta línea política de la oposición, al exigir la celebración de elecciones periódicas, ha llevado al régimen a chocar estrepitosamente con la Constitución. A la inversa, la oposición se erige, gracias al atentado cometido por Maduro, como la máxima defensora política de la Constitución Nacional.

Así se han dado las condiciones para que surja en Venezuela un amplio movimiento constitucional y constitucionalista a la vez. Uno que trasciende a la propia oposición. Un movimiento nacional que, naciendo desde los partidos, va más allá de los partidos. En fin, un movimiento que integre a las instituciones y organizaciones del país, a mujeres y a hombres, a viejos y a jóvenes, a religiosos y a laicos, a chavistas y a antichavistas, a civiles y a uniformados, a todos en defensa de la Constitución de todos.

Sin intentar vaticinios, puede pensarse que, con su llamado a destruir a la Constitución Nacional, Maduro, sin darse cuenta, ha firmado el acta de su propia defunción política.

Otros autores de PRODAVINCI sobre el tema:

La Constituyente: Venezuela es oficialmente un berenjenal; por Michael Penfold

La constituyente Frankenstein; por Luis Vicente León

Nicolás Maduro convoca a los Estados Generales; por Tomás Straka

Constitucionalismo democrático y Constituyente Comunal; por Ramón Escovar León

Sobre el extraño caso de la firma del decreto de la “constituyente ciudadana”; por José I. Hernández

 

Carta al Fiscal General: Algo huele mal en su fiscalía. De Paolo Luers

paolo luers caricaturaPaolo Luers, 5 mayo 2017 / EDH y MAS!

Estimado Douglas Meléndez:
Me imagino que no le han enseñado el video que Tatiana Alemán puso ayer en Facebook, luego de enterarse que pospusieron la audiencia contra su hermano Daniel. Tiene obligación moral de ver la desesperación de esta muchacha y su familia.

masEn esta audiencia el juez tenía que liberar a Daniel, dado que ya está comprobado que los agentes de la PNC Altavista lo detuvieron ilegalmente, con testimonios y cargos falsos. La misma Fiscalía emitió ordenes de captura contra estos agentes y los acusa de fraude procesal, igual que a otro agente de Altavista por tenencia de drogas. Pero la Fiscalía no retiró los cargos a Daniel, preso desde el 10 de enero, por tenencia de droga que los policías de Altavista le pusieron para justificar su detención arbitraria.

La PNC actuó muy mal en este caso. Con una excepción que hay que resaltar: la Unidad de Control de la PNC investigó las circunstancias de la captura de Daniel, a pesar de que públicamente lo precondenó el director general de la PNC.

diario hoyPero no toda la culpa es de la PNC. La dirección de las investigaciones corresponde a la Fiscalía. El fiscal asignado al caso de Daniel debería estar preso igual que los malos policías. Le pregunto: ¿Como Fiscal General ha ordenado una investigación del fiscal que avaló y llevó a la justicia el caso amañado contra Daniel? Es más: ¿Van a investigar a los jefes fiscales que supervisaron este caso y permitieron que Daniel siga preso?

El colmo: La audiencia programada para el 3 de mayo, en la cual tenía que salir libre Daniel, fue suspendida por inasistencia del fiscal encargado. ¿Cómo es posible que el fiscal responsable de la acusación falsa no da la cara ante el juez – y ante el ciudadano acusado y su familia?

El argumento fue: La Fiscalía no tiene suficientes recursos. O sea, ¿el costo por este pleito institucional sobre el presupuesto de la FGR lo van a pagar el muchacho y su familia?
Cuando se trató de quedar bien con Estados Unidos y la opinión pública, usted se jactó públicamente que asignó 50 fiscales al caso de Chepe Diablo. ¿Y ahora usted no tiene a un solo fiscal para ir a la audiencia en Ilopango para dar trámite a la liberación de Daniel?

Igual que Howard Cotto es responsable de las actuaciones fuera de la ley de sus agentes, usted lo es para la pésima labor de sus fiscales en este caso. Repito: No es la PNC que dirige las investigaciones, sino la Fiscalía. Solo ella, y en última instancia usted mismo, es responsable de las acusaciones, sobre todo de las falsas.

Cada día que Daniel y su familia pasan por el infierno de una justicia inoperante corre a cuenta de usted, señor Fiscal General.

Saludos,

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Verdad, democracia y periodismo. De Antonio Cano

EL PAÍS comienza hoy una serie de contenidos especiales sobre la libertad de prensa para mostrar la realidad de una labor en constante amenaza.

Manifestación antigubernamental y por la libertad de prensa el año pasado frente a la televisión pública en Varsovia (Polonia). En las pancartas se lee: "¿Cuántos más?" y "Libertad de prensa".

Manifestación antigubernamental y por la libertad de prensa el año pasado frente a la televisión pública en Varsovia (Polonia). En las pancartas se lee: “¿Cuántos más?” y “Libertad de prensa”. Kacper Pempel REUTERS

Antonio Cano, director de El País

Antonio Cano, 10 abril 2017 / EL PAIS

EL PAÍS publicará durante este mes una serie de contenidos especiales con motivo de la conferencia del Día Mudial de la Libertad de Prensa de la UNESCO. Voces que han visto amenazada su vida por el hecho de cumplir con su deber como reportero, personajes que han dedicado su vida a luchar por el derecho a informar, experiencias en primera persona, y relatos de profesionales que arriesgan todo por abrir una ventana al periodismo en algunos de los lugares más peligrosos del planeta formarán parte de las piezas que EL PAÍS ha preparado para mostrar la realidad de una labor en constante amenaza.

La libertad de prensa está en peligro, y con ella, toda la arquitectura de libertades y derechos que conforman una democracia. Conocimos una época en la que la falta de libertad se identificaba, justamente, por el miedo a hablar. Hoy, casi en el extremo contrario, es el exceso de palabras, la verborrea desatada, lo que, en buena medida, se utiliza para negarle al ciudadano el acceso a la verdad.

Vivimos un tiempo de gran convulsión. Es muy compartida la impresión de que todo lo que teníamos por estable se derrumba de repente sin explicación: las costumbres, las prácticas, los valores que nos acompañaron durante décadas son cuestionados y algunos se ven al borde de la extinción. Los méritos que hasta hace poco nos orgullecían hoy se desprecian. Y lo más grave de todo: las instituciones que ayer creíamos sólidas como rocas parecen hoy, más que vulnerables, insostenibles.

La crisis de la prensa está marcada por dos grandes acontecimientos de las últimas dos décadas: la expansión de las nuevas tecnologías vinculadas a Internet y la crisis económica. Por un lado, las nuevas tecnologías ponen al alcance de los lectores nuevos dispositivos que le ganan a los periódicos en rapidez y versatilidad, y que parecen llamados a sustituirlos de forma inexorable. Al mismo tiempo, la crisis económica se refleja en los periódicos en una catastrófica caída de publicidad de la que nunca nos recuperamos y que ha acelerado el debilitamiento de las empresas periodísticas.

Esa misma crisis económica tuvo otros muchos efectos nocivos en la sociedad: la desmoralización ciudadana, la pérdida de confianza en las instituciones, la desesperación, la insolidaridad y el odio. Caldo de cultivo todo ello del populismo y la demagogia.

Se juntan, pues, los elementos de la tormenta perfecta: por un lado, una sociedad abonada para el autoritarismo, que se alimenta con la difusión de mentiras, rumores, consignas, calumnias… y, por el otro, una prensa muy débil para tratar de establecer los hechos y defender la verdad.

Como advierte Timothy Snyder: “Renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder porque no hay ninguna base sobre lo que hacerlo. Si nada es verdad, todo es espectáculo. La billetera más grande paga las luces más deslumbrantes”.

En estas condiciones, hemos asistido al ascenso de figuras políticas, organizaciones o ideas que cuestionan el papel de la prensa, a la que con frecuencia descalifican como cómplice de las instituciones o como defensora de intereses espurios, para anular su capacidad de crítica. El método es sencillo y ha sido practicado en los últimos años en numerosos países: pongo en duda la honestidad y la legitimidad de un periódico, y a partir de ahí cualquier cosa que ese periódico diga sobre mí carecerá de credibilidad entre mis seguidores. Al mismo tiempo, eso me dará la oportunidad de establecer yo mismo los hechos, de crear mi propia verdad; ni siquiera necesito crear mi propio periódico –como antaño-, puedo crear mi propio universo ideológico a base de tuits.

Obviamente, el personaje más paradigmático en este papel es Donald Trump. Pero no es el único. Y, sobre todo, puede no ser el el último.

Trump asentó su éxito en el desprestigio de lo que llama la prensa del sistema liberal dominante, es decir los grandes periódicos que sirvieron para que Estados Unidos fuera una gran democracia: The New York Times, The Washington Post, Los Angeles Times… Trump sabía desde el principio que sus propuestas insensatas y su ideología xenófoba y populista serían seriamente censuradas por los principales periódicos y necesitaba crearse mecanismos “alternativos” con los que difundir sus soflamas y calumnias. Se apoyó en algunos periódicos digitales –eso que en España llamamos confidenciales- y en las redes sociales. Y se ocupó de anular la influencia de los grandes periódicos con insultos y desprecios a sus editoriales y a sus periodistas. Tuvo éxito, triunfó. Y hoy nuestros colegas norteamericanos, por mucho que cueste imaginarlo, ven seriamente en peligro la libertad de prensa en Estados Unidos.

Con métodos más drásticos, lo que intenta Trump en EE UU, lo hizo antes Chávez en Venezuela o Putin en Rusia. De una u otra forma toda la actual ola de populismo y ultranacionalismo en Europa, de cualquier signo ideológico, está basada en el desprestigio de la Prensa y en la creación de supuestos medios alternativos.

Comprendo que la palabra suena bien: alternativo. Yo también siento atracción inmediata por algo que se presenta como alternativo. Solo conviene comprobar si realmente lo es.

¿Son los confidenciales alternativos a la Prensa tradicional por su tecnología? Desde luego que no. Las grandes cabeceras son hoy también los primeros periódicos en Internet. The New York Times, The Washington Post, The Guardian son también los mayores periódicos digitales del mundo, y EL PAÍS es el primer periódico mundial en español.

¿Son los periódicos nativos digitales distintos a los tradicionales en su forma de financiación? En su mayoría tampoco. Casi todos recurren a la publicidad para su sostenimiento y, frecuentemente, con relaciones mucho menos transparentes que las que tienen los periódicos tradicionales. En los pocos casos en los que esa financiación se limita a donaciones, se está aceptando un papel secundario de los medios de comunicación y se está renunciando a lo que considero un principio indiscutible en los medios de comunicación: que solo empresas periodísticas robustas son capaces de garantizar la independencia de los periódicos y de los periodistas.

La gran diferencia entre los confidenciales y los periódicos tradicionales es, en realidad, su profesionalidad. Mientras los segundos, los periódicos, nos sentimos obligados a cumplir las exigencias y los límites, las normas deontológicas de nuestros oficio, los primeros, los confidenciales, no tienen escrúpulos en exagerar, mentir o distorsionar para satisfacer sus objetivos comerciales, a veces disfrazados de objetivos ideológicos o causas sociales.

De nuevo, algunas palabras engañan: la supuesta defensa de una causa esconde a veces la simple manipulación. Los buenos periódicos no pueden tener más causa que la de contribuir a que sus lectores estén bien informados, honestamente informados, con el objeto de que pueden defenderse de los poderosos y sean libres para tomar sus propias decisiones. Los periódicos justicieros, ni hacen justicia ni son periódicos.

La manipulación, el rumor, el insulto son instrumentos para estimular el odio, crear adeptos y, por tanto, impedir la libertad. Los hechos son los hechos, tanto si nos benefician como si nos perjudican, y la mentira es la mentira, aunque se llame postverdad, y la postverdad “es el prefascismo”. “Los fascistas”, cito de nuevo a Snyder, “despreciaban las pequeñas verdades de la experiencia cotidiana, adoraban todas las consignas que resonaran como una nueva religión y preferían los mitos creativos antes que la historia o el periodismo. Los fascistas también utilizaron los nuevos medios de comunicación, que en aquella época era la radio, para crear un son de tambores de propaganda que despertaba los sentimientos de la gente antes de que tuviera tiempo de establecer los hechos. Y ahora, igual que entonces, mucha gente ha confundido la fe en un líder con la verdad sobre el mundo en que vivimos todos”.

En España algunos también tratan de que las emociones dominen sobre los hechos. Con constantes apelaciones al estado de ánimo de lo que llaman “la gente”, se pretende que lo que se cree sea más importante que lo que se conoce. Este desprecio al conocimiento va unido al desprecio a la verdad y al enaltecimiento del espectáculo. Existe una página web en nuestro país que invita a inventarse las noticias y pone a disposición del cliente los instrumentos para crear una noticia falsa que parezca cierta, con el único propósito, dicen, de hacer una broma.

No es una broma. El sometimiento constante de los ciudadanos a noticias falsas, a informaciones corrompidas, está dificultando nuestra convivencia y destruyendo nuestra democracia.

No digo que los periódicos tradicionales seamos perfectos. Lo cierto es que estamos lejos de serlo. Pero basta medir la virulencia que los demagogos utilizan contra nosotros para entender hasta qué punto los periódicos seguimos siendo un baluarte contra el totalitarismo. Y precisamente porque la amenaza de ese totalitarismo es hoy mayor –miren a Polonia, a Hungría, pero también al Reino Unido o a Francia-, la libertad de prensa es más necesaria que nunca.

Adaptación del discurso pronunciado por Antonio Caño, director de EL PAÍS, en la apertura de la jornada La Verdad y la Libertad de Información, celebrada en el marco del Máster en gobernanza y derechos humanos de la Universidad Autónoma de Madrid.

¿Puede el mundo ayudar a que Venezuela revierta su trágica caída libre? De Abraham F. Lowenthal

Manifestantes en medio de un ataque con gas lacrimógeno durante una protesta contra el gobierno en Caracas, el jueves 6 de abril. Credit Cristian Hernandez/EPA

Abraham F. Lowenthal, profesor emérito en la Universidad del Sur de California, fue el director fundador de la organización Inter-American Dialogue y del Programa de América Latina del Wilson Center.

SANTA MÓNICA, California — La semana pasada, con la decisión del Tribunal Supremo de Venezuela de usurpar las funciones de la Asamblea Nacional elegida democráticamente, Venezuela tomó otro giro negativo, aunque la sentencia haya sido parcialmente rescindida unos días más tarde.

Esta decisión fue solo el ejemplo más reciente de que el gobierno venezolano está atacando a la oposición y la disidencia. Ha encarcelado a algunos líderes políticos opositores e intimidado a otros; impidió el referendo revocatorio constitucional; pospuso indefinidamente las elecciones municipales y gubernativas, y anuló sistemáticamente la separación de poderes… todo mientras el deterioro económico y social del país se agrava cada día. El ataque del gobierno a la Asamblea Nacional podría ayudar a que la oposición promueva la protesta popular, pero es difícil saber cuánto tiempo durará y cuánto puede lograr.

En este momento, es urgente que los venezolanos consideren si la influencia externa podría ayudar a revertir la caída libre del país, y de qué manera lo haría. La participación internacional a veces puede facilitar la resolución pacífica de conflictos nacionales aparentemente incorregibles, pero esto requiere una estrategia clara y un esfuerzo continuo.

La democracia no es un bien que pueda exportarse, debe hacerse crecer local y nacionalmente. Sin embargo, los líderes nacionales legítimos y de confianza pueden importar el apoyo y la experiencia internacionales para alcanzar la democratización. Esto sucedió con la campaña antiapartheid en Sudáfrica y con el apoyo internacional a la democracia en Chile, Polonia, España, Indonesia y Filipinas.

Algunos de los venezolanos que están buscando ayuda extranjera suelen esperar demasiado y demasiado pronto. Un grupo ha estado presionando a Estados Unidos para que imponga sanciones para obligar a Caracas a ceder, pero funcionarios estadounidenses experimentados han enfatizado los riesgos y la probabilidad de que el intervencionismo sea contraproducente.

“Es urgente que los venezolanos consideren
si la influencia externa podría ayudar a revertir
la caída libre del país, y de qué manera lo haría”

Otros han respaldado las iniciativas del secretario general de la Organización de Estados Americanos, Luis Almagro, de suspender a Venezuela del grupo por un desacato a las normas democráticas. Los sucesos más recientes han incrementado considerablemente la preocupación en torno a Venezuela en todo el continente americano, pero puede que no se reúnan los dos tercios de votos necesarios para la suspensión. Aunque Venezuela fuera expulsado, no habría un impacto concreto más allá de aumentar el sufrimiento de la población venezolana, y podría empeorar las cosas al aplastar la disidencia dentro del régimen y aislar aún más a Venezuela de la influencia internacional.

Las expectativas irreales de la oposición acerca del papel de un grupo de presidentes designados por la Unión de Naciones Sudamericanas y por el Vaticano contribuyeron a la decisión de interrumpir el “diálogo” impulsado a finales de 2016. La Mesa de la Unidad Democrática, coalición de los partidos de oposición venezolanos, trató de aprovechar el diálogo para obtener concesiones del gobierno que no pudo lograr por sí misma, perdió la confianza en los facilitadores internacionales cuando no produjeron resultados rápidamente y no pudo mantener protestas populares importantes.

El gobierno, por su parte, utilizó el diálogo principalmente para frenar las ganancias electorales de la oposición. Ninguna de las partes parecía dispuesta a explorar intereses compartidos, identificar qué conflictos podrían resolverse o considerar los compromisos que podrían abrir el camino a posibles soluciones. Los acuerdos de transición en otros países han involucrado concesiones y acuerdos negociados en cuanto a las disposiciones constitucionales, los arreglos gubernamentales provisorios, el papel de las fuerzas armadas, las amnistías, la justicia de transición y, a veces, incluso el reparto del poder.

Estados Unidos, Colombia, Cuba y otros países del Caribe quieren estabilizar las exportaciones de petróleo de Venezuela y evitar el aumento de la violencia, una ruptura del orden constitucional y más oleadas de refugiados. China también quiere estabilidad para asegurarse de que Venezuela pague los cuantiosos préstamos que le ha otorgado. Muchos en América y otros lugares tratan de evitar la violencia y la precariedad masiva. Algunos se preocupan profundamente por la protección de los derechos humanos básicos, entre ellos la gobernabilidad democrática, pero intentan evitar un intervencionismo contundente que podría provocar problemas más profundos y resentimientos duraderos.

La medida indispensable para conseguir una participación internacional constructiva es que los líderes de la oposición fortalezcan su causa internamente. Para lograrlo, es necesario concebir una visión atractiva del futuro de Venezuela, como lo hicieron de forma convincente la oposición al general Augusto Pinochet en Chile, y Nelson Mandela y el Congreso de la Nación Africana en Sudáfrica. Las fuerzas de oposición deben hacer más que denunciar al gobierno actual. Deben superar rivalidades personales y formar una coalición unificada, no solo para ganar poder, sino para gobernar. También deben mantener el apoyo popular y un enfoque preciso para preservar la constitución.

“Las fuerzas de oposición deben hacer más
que denunciar al gobierno actual.
Deben superar rivalidades personales
y formar una coalición unificada,
no solo para ganar poder, sino para gobernar.”

Al mismo tiempo, deben idear acercamientos que le ofrezcan una vía de escape al régimen. Esto puede requerir la promesa de que no habrá represalias aun cuando se reconozca y proteja a las víctimas de las violaciones a los derechos humanos. Deben preparar planes para restaurar el orden público mientras garantizan el control civil democrático de las fuerzas de seguridad. Además, deben presentar propuestas creíbles para restablecer el crecimiento económico mediante la participación de inversionistas nacionales y extranjeros mientras atienden las necesidades de los pobres.

En todos estos ámbitos, la comunidad internacional puede ofrecer aportes: puede abrir un espacio para el reconocimiento mutuo y la intercambio de ideas; facilitar acceso a expertos en asuntos clave; hacer presión y ofrecer incentivos a los participantes; brindar formación y asistencia técnica a los grupos políticos, a las organizaciones de la sociedad civil y a las fuerzas de seguridad, y ayudar a resolver materialmente la crisis humanitaria.

El fin del autoritarismo venezolano no ocurrirá hasta que al menos un sector importante dentro del gobierno perciba que se requiere un cambio. La amonestación de la fiscal general contra la acción del Tribunal Supremo, la cual ocasionó el retroceso parcial de la corte, indica que ya hay divisiones dentro del régimen chavista. Los que están abiertos al cambio necesitan estar seguros de que esto no implicará graves riesgos para el país ni para quienes han actuado conforme a la ley.

Una transición de la actual crisis de Venezuela a un futuro mejor puede estar más cerca que en los últimos meses, aunque puede que todavía no esté muy cerca. Mientras tanto, podría ser útil una mayor atención al desarrollo y la coordinación de estrategias para una transición no violenta.

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