Carlos Fuentes

Carlos Fuentes y su novela póstuma sobre Carlos Pizarro, líder guerrillero. Una reseña y un capítulo

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Carlos Pizarro, líder del M-19, envuelve su pistola en una bandera colombiana en el acto de entrega de armas del grupo guerrillero, en marzo de 1990. ZORAIDA DÍAZ / REUTERS


el pais‘Aquiles o El guerrillero y el asesino’, es el título de la obra del escritor mexicano en la que trabajó más de 20 años. EL PAÍS te avanza en primicia un capítulo de la novela.

 Winston Manrique Sabogal, 15 mayo 2016 / EL PAIS
“No mates, por favor”, fue la petición del padre, antes de que el hijo cogiera las armas y se echara al monte y luego a la ciudad con el sueño de cambiar la historia de Colombia.

“No mates”, insistió el padre militar a su hijo Carlos Pizarro Leongómez delante de sus cuatro hermanos que prometían seguirlo.

“Ríete de todo lo que te pido, llámame cobarde, anticuado, pero toma en serio esto: no mates”, suplicó el padre, por tercera vez. Pero el muchacho no hizo caso, afanado por cumplir su cita con el destino. Alborotó el avispero colombiano en los setenta y ochenta con la guerrilla urbana Movimiento 19 de abril (M-19). Su presencia fulgurante lo llevó con 38 años a cambiar las armas por la paz y los votos como candidato a la presidencia. Siete semanas después, el 26 de abril de 1990, un niño de 13 años, su misma edad cuando asomaron sus primeras ideas revolucionarias, lo mató en un avión.

Aquiles, lo llamó Carlos Fuentes. Aquiles o El guerrillero y el asesino tituló el escritor mexicano la historia de este hombre en la que estuvo inmerso más de 20 años. Un proyecto investigado a fondo; varias veces empezado en sus diferentes máquinas Olivetti; varias veces desechadas sus diferentes versiones. Nada le convencía. Ni estructura, ni enfoque, ni voz. Un desvelo para alguien sin miedo a experimentar, como lo hacía con otros libros que publicó entre medias y con obras imprescindibles como La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel, Terra nostra o La Silla del Águila. Fuentes parecía devorado por la vorágine de la propia historia de Pizarro y de Colombia… Hasta que halló el feliz mecanismo que lo llevaría a escribir una de sus mejores novelas de los últimos tiempos, aunque no alcanzó a revisarla y la dejó con muchas anotaciones e indicaciones de cómo armarla. Fuentes murió el 15 de mayo de 2012. Tenía 83 años, los números invertidos de la edad de su Aquiles.

Carlos Fuentes, en Cartagena de Indias, en 2011. Daniel Mordzinski

Carlos Fuentes, en Cartagena de Indias, en 2011. Daniel Mordzinski

 “Fuentes no quiso entregar el manuscrito mientras el conflicto armado más antiguo de América Latina no llegara a su fin”, cuenta Silvia Lemus, viuda del autor, en el prólogo del libro. Lemus lo ha entregado ahora, siguiendo el deseo de Fuentes porque “coincide con la que parece ser la última negociación entre la guerrilla y el gobierno colombiano: la hora de la verdad, el fin de las cuentas pendientes, el comienzo de la paz”. La novela, que se publicará este jueves, 19 de mayo, en España y América Latina, sale bajo el sello de Alfaguara y el Fondo de Cultura Económica, con edición de Julio Ortega. Es el testamento de un autor que, explica el experto, “nunca escribió dos libros iguales”. “Pero esta novela descubre el tema central de toda su obra: el hombre enfrentado a su destino, en lucha entre la voluntad y la fortuna, cuyo sacrificio es el altísimo precio que demanda una historia que no logra hacer la paz consigo misma”.

Fuentes desanda los pasos que condujeron al destino trágico de su Aquiles. Encuentra el camino cuando él mismo entra en esa historia y se convierte en testigo de los últimos minutos de Pizarro en el avión que lo llevaba de Bogotá a Barranquilla, aquel jueves soleado de abril. Su voz, como pocas veces lo hizo en sus libros, adquiere un tono entre lírico, confidencial y épico para contar el lado más personal que político del guerrillero, a la vez que deambula por la historia de Colombia y sobrevuela la de América Latina. Esa voz revelada en la novela es la suma de las voces de familiares, amigos, testigos y noticias de prensa, radio y televisión durante más de 20 años sobre la vida del guerrillero colombiano que tanto le conmovió.

La historia está situada en algún lugar entre la realidad y la imaginación, entre el sueño y la pesadilla. La novela es un híbrido de géneros literarios, crónica, cuento, lírica, ensayo, monólogo, reflexión. “Convierte a sus personajes en lenguaje, dialoga con el lector”, afirma Ortega. “Donde la historia resuelve el luto civil, y donde la lectura busca hacer sentido para que los héroes no abandonen el lenguaje y sigan actualizando sus demandas”. El resultado es una mezcla de fábula y alegoría llena de simbolismo sobre el curso de la vida de Carlos Pizarro, mientras se cruzan pasajes históricos de la violencia de Colombia como ánimas en pena.

Si Pizarro es Aquiles, otros tres comandantes guerrilleros del M-19 asumen aquí nombres de héroes homéricos salidos del polvo del campo de batalla de Troya: Jaime Bateman, uno de los fundadores, es Diomedes; Álvaro Fayad, cofundador, es Pelayo; e Iván Marino Ospina, fundador, es Castor.

Y Fuentes hace las veces de Hermes. No salda cuentas, es notario, relata, describe. No justifica por qué se hicieron guerrilleros, ni por qué crearon dolor amparados en el sueño del cambio, pero da los argumentos de ellos. Esboza un retrato de la realidad colombiana sembrada de injusticias de toda calaña, esparcida de enemigos agazapados de la paz y contaminada de una “corrupción que como el espíritu santo está en todas partes, pero nadie la ve”.

Claroscuros de un héroe

Este Hermes muestra lo que hay dentro de la coraza de esos hombres, lo que protege las manos que agarran en una el escudo y en otra la espada. Retrata los claroscuros y pliegues de esos “héroes por fuera, niños por dentro” y el aliento revolucionario en sus mentes a costa de muchas cosas al margen de la ley.

En la novela no aparece la parte más política ni del arrepentimiento por asuntos como el secuestro de la Embajada de República Dominicana, en 1980; ni de la toma del Palacio de Justicia en 1985 (con 43 civiles, nueve magistrados de la Corte Suprema de Justicia, 11 soldados y 33 combatientes muertos y 11 desaparecidos y un edificio en llamas). ¿Por qué? “La lógica de la novela renuncia al juicio de la historia tanto como a la agonía de las cuentas pendientes”, explica Ortega. Y añade: “La tragedia convoca, más bien, la piedad que restañe las heridas”. A cambio, la novela es, también, el testamento sentimental y crítico de Fuentes sobre América Latina.

Laura Restrepo, la autora colombiana que lo conoció, dice en el prólogo del libro de cartas De su puño y letra, publicado por una hija del guerrillero, María José: “¿Se equivocó Pizarro en su vocación guerrera, superó sus posibles desvíos al convertirse hacia el final de sus días en adalid de paz, o por el contrario, marcaba el guerrero el ritmo del futuro, y fue el hombre de paz el que apagó la llama? Puede ser. Tanto lo uno como lo otro. La convulsa marea de la Historia no se deja juzgar. Pero aquí lo extraordinario, lo que queda alumbrado con luz sobrenatural, es que en seres como Carlos Pizarro las contradicciones se entreveran para crear leyenda. En él se reproduce una vez más la parábola del héroe clásico”. Restrepo recuerda que “Pizarro solía decir que él, como el coronel Aureliano Buendía, había peleado cien batallas y no había ganado ninguna. Podría decirse más bien que supo caminar de derrota en derrota hasta la victoria final. ¿Pero cuál victoria, para cuándo, a favor de quién y contra quién? Difícil saberlo en tiempos como estos, desdibujados y apáticos”.

Aquella mañana del 26 de abril de 1990, cuando todo parecía recomponerse, el tiempo se detuvo en Colombia. Por cuarta vez en los últimos tres años, por lo nunca visto: cuatro candidatos a la presidencia asesinados. En la hora de Pizarro, Colombia estaba en el vórtice de la violencia infernal creada por las diferentes guerrillas, los paramilitares, el narcotráfico, el narcoterrorismo, la delincuencia común y la corrupción política. Incluso algunos policías y militares habrían estado involucrados en el asesinato del líder guerrillero.

Antonio Navarro Wolff, uno de los compañeros de batallas e ideales de Pizarro y que lo sucedió como candidato a la presidencia y actual senador de la República, asegura que “fue un formidable comandante militar y al mismo tiempo un romántico incorregible. Vio primero que nadie la necesidad de firmar la paz en la América Latina contemporánea y condujo a nuestra organización, el M-19, a la firma de ese primer acuerdo el 9 de marzo de 1990. Además, tenía una manera de hablar muy especial. Cuando se firmó la paz dijo que era ‘para que la vida no fuera asesinada en primavera’, pero no pudo evitar que eso le pasara a él. Lo mataron 46 días después de que juntos firmáramos ese pionero acuerdo de paz”.

Tdodo eso conmovió a Fuentes. El rumbo inevitable de un sino. Su historia, dice Julio Ortega, formaba parte de una trilogía titulada Crónicas de Nuestro Tiempo, que integraban Diana o La cazadora solitaria (sobre las ilusiones y desilusiones de los años 60), Prometeo o el precio de la libertad (sobre un estudiante de Chiloé torturado y asesinado que no llegó a escribirse) y Aquiles... Era el tomo 15 de toda su biblioteca organizada bajo el nombre de La Edad del Tiempo que tenía como colofón este Aquiles o El guerrillero y el asesino narrada en un tiempo sin tiempo. No hay horas, no hay días; solo acciones, solo hechos, solo sueños, solo deseos, solo discusiones, solo promesas, solo preguntas, solo súplicas, como las del padre: “No mates”.

En Colombia hay un dicho que dice que nadie se muere la víspera. Carlos Fuentes lo confirma al desandar la vida del hijo de un militar y una profesora, conocido como el Comandante papito, que tras hacer caso a la súplica de su padre de no matar, después de varios años, el destino lo encontró en un niño que mataba para vivir.

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Lee un capítulo de ‘Aquiles o El guerrillero y el asesino’, de Carlos Fuentes

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La novela póstuma del autor mexicano, sobre Carlos Pizarro, líder del movimiento guerrillero colombiano M-19, saldrá este jueves 19 de mayo.

Carlos Fuentes, 15 mayo 2016 / EL PAIS

10

Fue cuando el otro padre, el padre de ellos, el almirante, fue a sacarlos de la universidad jesuita, nada más le dijo al padre Filopáter:

—Yo le entregué a cuatro muchachos católicos, apostólicos y romanos, y usted me ha devuelto a mi casa a cuatro comunistas.

Se miraron directamente, el papá y sus cuatro hijos varones, sin pestañear, sin entenderse entre sí, sin saber en realidad, ni ellos ni él, cómo las enseñanzas del padre jesuita se convirtieron en convicciones marxistas, cómo al aplicar las ideas aprendidas en la escuela católica a la realidad del mundo extramuros, cada artículo de fe religiosa se iba convirtiendo en artículo de fe política, la rebeldía encauzada en un partido de los pobres, el bien común pero guiado por un líder máximo, la salvación dentro del partido, la necesidad del jefe y el partido para lograr la justicia, la salvación…

—Pero ¿cómo es posible que tú, un hijo mío, un muchacho decente…?

—Lo que tú nos enseñaste, papá…

—Yo no te enseñé nada de esto, yo no pude enseñar…

—Tú y mi mamá nos educaron en esos ideales. Hoy tu hijo se rebela contra la injusticia social.

—¿Quién nos manda, eso nos dices a tu madre y a mí? ¿Quién nos manda haberlos educado bien?

—Muy bien. Voy a ayudar a crear una izquierda democrática en este país. La élite colombiana no ha cumplido con su deber. Nos ha dejado sin opciones.

—¿Matar, ésa va a ser tu opción? ¡Qué infantil!

—No me juzgues, padre.

—Tú me juzgas a mí. No seas injusto.

—No, juzgo a tu clase, a tus partidos, la mamá liberal, tú conservador, no sirve de nada. No nos han dejado más opción.

—Mejor estudia y prepárate —dijo vencido de antemano, lo sabía, el padre.

—¿Por qué en este país toda protesta ciudadana es subversiva? ¿Por qué nadie sabe darles salida política a los conflictos? ¿Hay que ahogar los problemas, no es necesario abrirse y darles canales?

—Claro que sí. Por eso no entiendo tu decisión. No la entiendo, hijo. La guerrilla siempre estará allí, esperándote. Edúcate primero…

—Ustedes han convertido la guerrilla en una parte necesaria de nuestra educación. Déjame pasar esa prueba.

—No rompas tu propia cadena evolutiva. Ten paciencia, hijo, piensa más; todo evoluciona, somos parte del universo, todo cambia y cambia caminando hacia el espíritu. No tuerzas el camino espiritual, no mates…

—Que no me maten a mí, es lo que te importa. Gracias.

—Nada ha llegado a su fin, nadie ha dicho su última palabra. Mira lo que dice el padre Teilhard, hay un Cristo cósmico que nos espera, en el cual la humanidad entera se congrega, y la materia se vuelve espíritu…

—Voy a contribuir a eso, no te preocupes.

—¿Matando?

—Creando una sociedad mejor.

—Siempre habrá sociedad y siempre habrá injusticias. Incluso en la sociedad que tú y tus amigos hagan.

—Entonces lucharé contra las injusticias que yo mismo cree o no sepa impedir, papá. Y espero que mis hijos hagan lo mismo.

—No mates. Por favor. No mates. Ríete de todo lo que te pido, llámame cobarde, anticuado, pero toma en serio esto: no mates.

—Eres militar, con respeto te lo digo, ¿cómo te atreves…?

—Cómo te atreves tú, pendejo, malagradecido, inconsciente…

—Araujo merecía la muerte.

—Eso es terrorismo, es anarquía, es confusión. Era mi amigo. ¿Por eso lo hiciste, para ofenderme, como símbolo de tu independencia, qué?

—No fue el único. Un líder obrero que traicionó a los trabajadores. El gerente de una empresa norteamericana. El embajador de Somoza. Secuestrados, pero liberados si nos pagan el rescate para comprar armas.

—No te quedes corto. Asaltos, robos de armas, robos de bancos… No te arrepientas un día de haber escogido una vida indigna de nuestras esperanzas.

No todos los hermanos están de acuerdo. No todos los hermanos estuvieron de acuerdo. El segundo le dio la razón al padre, había que luchar por esa evolución en la que el viejo creía, había que agradecerle al padre que leyera seriamente, espiritualmente, en el seno de un hogar lleno de valores distintos pero buenos, hermano, en eso estarás de acuerdo, aquí en esta familia nadie tiene ideas odiosas. Alegó que todos eran parte de una cultura católica, del espíritu, y tenía miedo de que la época, carajo, la moda y dos veces carajo, las injusticias y crueldades de la Iglesia misma los llevasen a trasladar los dogmas eclesiásticos a los dogmas marxistas. No, dijo el tercer hermano, Aquiles tiene razón, los partidos nos han dejado sin más salida que la guerrilla, no es posible seguir de fraude en fraude electoral, ¿hasta cuándo se le va a extender crédito a un sistema que nunca lo ha merecido? ¿Corrupción e impunidad para siempre? No, hace falta un hasta aquí, pero yo sí tendría cuidado de que la guerrilla no pierda la libertad, hermanos, que no se rebele contra el autoritarismo y acabe creando su propio autoritarismo y justificándolo como el padre Filopáter para obtener el bien común.

—Hemos vivido en un hogar lleno de valores distintos pero buenos —repitió el segundo hermano—. En eso debemos estar todos de acuerdo; aquí en esta familia nadie tiene ideas odiosas…

—A la hermana de nuestro compañero Galán, sólo por la sospecha de haberles dado refugio a los guerrilleros en su finca, la violaron primero, le exigieron que confesara su pasado izquierdista, ella dijo que la única izquierda que conocía era su propia mano, entonces se la cortaron, le metieron su propia mano cortada por la vagina, la dejaron desangrarse y Araujo todavía se la cogió, alternando la mano cortada y su propia verga, mientras agonizaba, diciéndole a la oreja: ahora sí, mona, ahora sí vas a irte al cielo pero habiendo gozado a un macho de verdad, ahora sí que tienes un pasado izquierdista, pero yo te doy un futuro derechista, muérete pensando que un general te dio tu último placer…

No ordenó este crimen. No sucedió sin que él se enterara. Lo cometió él mismo. Y luego vino a sentarse a casa de ellos, de los cuatro hermanos, a hablar con los padres de perros y viajes y bailes y el honor del instituto armado.

Todos le dieron su apoyo a Aquiles. La hermana los escuchó desde la puerta y entró llorando, abrazó a Aquiles y le dijo que ella también, yo también…

«Aquí nosotros decidimos quién es o no es comunista », le dijo Araujo a la muchacha muerta.

—Que nos llamen lo que quieran. Estamos contigo. Te seguimos a donde vayas —le dijeron sus hermanos el día que Aquiles le dio un tiro en la cabeza al general Araujo.