Mes: octubre 2018

A tres meses de la elección presidencial. De Joaquín Samayoa

21 octubre 2018 / EDH-OBSERVADORES

Existen muchas razones de peso para hacer un esfuerzo fuera de lo común por comprender mejor lo que pasa por la mente, el corazón y el hígado de quienes elegirán al próximo presidente de El Salvador. El resultado de esa elección podría ocasionar, como ha ocurrido ya en algunos otros países, el inicio de una peligrosa ruptura con las normas y controles más fundamentales de la democracia representativa.

Las diferencias entre los partidos que se han disputado el poder hasta la fecha han sido ideológicas y programáticas; pero las diferencias entre esos partidos y el retador de ambos en la próxima elección son de otra naturaleza. Los que creen que no puede haber algo peor de lo que hemos tenido estas últimas décadas, o que no perdemos nada con probar algo nuevo, debieran poner mucha atención a la irreversible tragedia que hoy viven los pueblos de Nicaragua y Venezuela, precisamente por haber razonado de la misma manera que hoy lo hacen muchos salvadoreños.

La incursión de Nayib Bukele en la política nacional ha seguido un camino bastante sinuoso, que hoy lo ubica en aparente o real ventaja sobre sus contendientes, a tres meses de llevarse a cabo la elección. Sería ésta la primera vez que un contendiente acumula suficiente simpatía y adhesiones como para cuestionar la inevitabilidad del bipartidismo que ha prevalecido desde los acuerdos de paz hasta la fecha. Este fenómeno es causa de preocupación para quienes piensan que Bukele sería un presidente nefasto, pero también genera curiosidad intelectual en observadores con formación científica y académica.

El hartazgo de la mayoría de ciudadanos por los fracasos y la corrupción que le atribuyen al FMLN y ARENA sería una explicación suficiente para el surgimiento de una tercera opción, si Bukele fuese un líder carismático, si hubiera demostrado convincentemente su honradez y una excepcional capacidad de gestión administrativa y política, si tuviera una clara visión de país y la capacidad de articular una agenda de gobierno verdaderamente innovadora y factible, si no mantuviera evidentes vínculos con lo peor de los partidos a los que critica y quiere reemplazar, si no tuviera entre sus más cercanos colaboradores a algunos de los personajes más turbios de la política salvadoreña. Pero no es ése el caso.

La simpatía que expresan considerables contingentes sociales hacia la candidatura de Nayib Bukele no se comprende sólo por el desprestigio de los partidos tradicionales, ya que su partido está tanto o más desprestigiado que los demás. No se comprende tampoco sólo por la trayectoria o las cualidades y competencias del candidato, ya que sus tres contendientes lo superan en todos o casi todos los aspectos relevantes.

Una parte se entiende por la habilidad de Bukele para apropiarse la bandera de los defraudados, mostrándose él mismo como víctima de un sistema político anquilosado y corrupto, para lo cual ha debido borrar, como por arte de magia, su participación en ese sistema. También ha tenido habilidad para crear la imagen de un joven rebelde, audaz e irreverente, que no necesita pensarlo dos veces para poner el dedo en las llagas de ARENA y el FMLN, culpando a ambos de todos los males habidos y por haber. De esa forma ha logrado mostrarse en sintonía con la gente, sin necesidad de empolvarse sus finos botines recorriendo poblados pequeños y grandes para encontrarse con la gente a la que le ofrece vagamente un futuro mejor.

Pero eso todavía no explica satisfactoriamente por qué hay tanta gente dispuesta a confiar en él. Una cosa es confiar en su habilidad para arrebatarles el poder a ARENA y al FMLN, y otra muy diferente es confiar en su capacidad para gobernar dentro del marco constitucional y sin destruir la institucionalidad democrática, como han hecho en sus países Chávez, Maduro, Ortega, Evo Morales y otros líderes políticos que alcanzaron el poder simplemente explotando la frustración de los ciudadanos con los partidos tradicionales, pero sin tener una clara definición ideológica o, al menos, un plan de gobierno realmente novedoso y factible.

La menguante fascinación de muchos salvadoreños con la candidatura de Nayib Bukele solo se puede comprender a cabalidad analizando más cuidadosamente la evolución que han tenido el pensamiento y las actitudes políticas de los electores. Esta misma apreciación, por cierto, fue la que llevó a los pensadores sociales de la Escuela de Frankfurt, saliendo de la segunda guerra mundial, a estudiar la personalidad autoritaria, en un intento sin precedentes por comprender el fenómeno de la adhesión masiva a líderes como Hitler y Mussolini.

Tanto Bukele, si quiere afianzar y expandir su popularidad, como los que aspiran a frenarlo y derrotarlo en las urnas, tienen que hilar más fino en sus esfuerzos por comprender a la sociedad salvadoreña actual. La rivalidad en el proceso electoral del momento, no pasa por el borroso eje ideológico de izquierda-derecha, ni por la distribución de la población en intervalos de edad, ni por la clásica partición en clases sociales. En lo que concierne a procesos electorales, es evidente que ha habido importantes reagrupamientos que nadie ha intentado todavía identificar y analizar con el rigor metodológico de las ciencias sociales.

Los organizadores de las campañas proselitistas y de la propaganda política siguen partiendo de análisis impresionistas, especulaciones más o menos plausibles, espejismos y prejuicios. Ensayo y error. A veces le atinan, la mayoría de veces no. El tiempo que resta para la elección no da para estudios rigurosos y confiables, pero al menos los partidos debieran hacer un intento más cuidadoso para perfilar mejor a los diversos segmentos del electorado y así poder decidir más racional y eficientemente sus estrategias de campaña para la recta final.

Carta sobre la corrupción ante los ojos de todos. De Paolo Luers

1 noviembre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

Todos hablan de la lucha contra la corrupción: los partidos, los ciudadanos y sus organizaciones – y también el gobierno. Hay actos de corrupción tan invisibles que pasen inadvertidos. De estos que se encargue la fiscalía a descubrirlos. Pero irónicamente también hay actos de corrupción que pasan inadvertidos precisamente porque ocurren ante nuestros ojos todos los días, en todos los canales de televisión. Son tan visibles que no nos damos cuenta que se trata de corrupción…

Estoy hablando de los cientos de spots de televisión y radio del gobierno que se transmiten diariamente, a veces dos o tres veces dentro de un solo programa. Estamos en plena campaña electoral, pero esta no es propaganda de los partidos y candidatos: es propaganda electoral del gobierno. Son spots cuya producción puede costar fácilmente más de 10 mil dólares – pagados con fondos públicos, o sea con nuestro dinero. Ni hablar de la pauta que paga el gobierno para repetirlos hasta la saciedad en todos los canales. Fácilmente 20 o 30 mil dólares diarios…

¿Cuál es la diferencia entre sacar de la partida secreta de Casa Presidencial 1 millón de dólares en cash, darlos a su partido para que financie su campaña electoral – y hacerlo de manera “institucional”: gastar el mismo millón en propaganda del gobierno, de la CEL y de CEPA a favor del partido de gobierno? Es solo una diferencia de forma.

La propaganda del gobierno que vemos todos los días en la tele obviamente es electoral. Hay un vacío en la legislación electoral que lo permite. No es nada nuevo, no es un invento de este gobierno o del FMLN. Funes lo hizo hasta el mismo día de las elecciones presidenciales del 2014. ARENA lo hizo siempre. Saca lo perfeccionó y lo hizo durante toda su gestión, solo multiplicándolo en tiempos electorales. Su mejor alumno, Nayib Bukele, lo hizo durante sus años de alcalde – y así lo hicieron alcaldes de todos los colores.

Esto es precisamente el problema: Como todos lo hacen, y como lo hacen de manera tan sistemática y pública, parece normal. No se percibe como la corrupción que es. Estamos enfocados en los presidentes Funes y Saca quienes descaradamente robaron fondos públicos. Pero corrupción es cualquier apropiación o uso de fondos públicos para fines particulares, sean personales, empresariales o partidarios.

Cada vez que usted ve un spot electoral del gobierno, ante sus ojos unos $300 dólares han sido desviados de fondos públicos para uso particular, luego de que ya se desviaron unos 10 mil para producir este spot. Vea usted televisión un día entero y saque la suma…

Detrás de esto hay un problema más general, de abuso permanente, solo que en tiempos electorales se multiplica descaradamente: el problema que los gobiernos se toman la libertad de hacer propaganda política, de auto-promoverse permanentemente, de confundir información estatal con propaganda. Para esto han creado aparatos profesionales, por cierto muy costosos, dentro de Casa Presidencial y de cada ministerio o autónoma.

Es tiempo de parar esta corrupción encubierta e institucionalizada de una vez por todas. Hago un llamado a los candidatos presidenciales a que nos demuestren que sus promesas de luchar contra la corrupción sean serias. Les hago el llamado que tematicen el problema de la propaganda estatal en sus campañas.

¿Habrá un candidato dispuesto a comprometerse con desmantelar y prohibir dentro de su gobierno y todas sus dependencias los aparatos de propaganda y a reducir la comunicación oficial estrictamente a la difusión de información útil y necesaria para la población? ¿Estamos nosotros dispuestos a exigirlo a los candidatos? ¿O vamos a seguir viendo la corrupción en la tele y tragárnosla? 

Saludos,

Los guardianes de las esencias. De Rodolfo González

Rodolfo González, ex magistrado de la Sala de lo Constitucional

30 octubre 2918 / EL DIARIO DE HOY

En los años ochenta del siglo pasado, en el debate sobre la confirmación de Robert Bork, nominado por Reagan para la Suprema Corte, se calcula que la movilización de los grupos sociales en favor y en contra de su ratificación por el Senado implicó un gasto total de 20 millones de dólares. La cifra refleja la amplitud del debate y la importancia que le dieron ciertos actores relevantes, pues algunos consideraban que las posiciones excesivamente conservadoras del candidato harían retroceder los derechos alcanzados en las décadas anteriores gracias a la jurisprudencia del dicho tribunal, mientras que otros, quienes eran parte de la ola conservadora que había llevado al poder al presidente proponente, consideraban que era necesario poner límites a la Suprema Corte.

Unos años después, cuando en 1990 el presidente Bush nominó a David Souter para dicho tribunal, el tema fue la nota principal de los periódicos más importantes del país, y el resultado final, su confirmación, fue primera plana del Chicago Tribune, mientras que la noticia del nombramiento del antecesor de Souter, en 1956 –William Brennan–, apenas llamó la atención del mismo periódico, quien publicó la nota en su sección 3, “debajo de las historietas”, como reseña Lawrence Baum.

La Suprema Corte estadounidense es hoy por hoy uno de los tribunales más influyentes del mundo, junto con el Tribunal Constitucional Federal alemán y la Corte Constitucional italiana, aunque no tiene una Sala especializada en su interior, y tampoco dispone de un proceso especialmente creado para la protección de los derechos constitucionales, llámese amparo, acción de tutela o de otra manera.

Sin embargo, es difícil creer que en los orígenes de la historia estadounidense se dieron casos de personas que rechazaron ser nombradas como jueces –incluso presidente–, por considerarla una institución carente de relevancia, o la abandonaron para hacer actividad puramente política, o incluso solicitaron pasar a un puesto judicial en un tribunal inferior.

Es generalmente reconocido el papel de su presidente John Marshall, a inicios del siglo XIX, para hacer que el tercer “departamento” del gobierno llegara a ser un órgano relevante, en condiciones de igualdad con el Legislativo y el Ejecutivo; y lo hizo sentando las bases jurisprudenciales para el control de constitucionalidad de las leyes, definiendo la distribución de competencias entre la federación y los estados, y sentando algunas reglas sobre interpretación de la constitución que aún son utilizadas, más de dos siglos después, por la academia y la jurisdicción.

La relevancia de un tribunal constitucional depende de las competencias que le asigna la propia Constitución, básicamente la protección de los derechos fundamentales y de los principios de la democracia y el Estado de Derecho; pero también depende de que sus titulares se tomen el cargo en serio, y estén conscientes del papel que desempeña la institución a la cual pertenecen.

Un amigo diplomático califica a los jueces constitucionales como “guardianes de las esencias de la democracia”, y en los países en que se ha consolidado la justicia constitucional, los ciudadanos en general saben de la relevancia para mantener el cumplimiento de la Ley Fundamental.

En El Salvador también los ciudadanos han ido adquiriendo cada vez más conciencia de esa relevancia, se involucran más en el análisis de la jurisprudencia, siendo orientados por la comunidad de especialistas; saben distinguir los pronunciamientos que implican avances en la democracia, de los que implican un retroceso; y en la actualidad se mantienen vigilantes de la Asamblea cumpla su papel de elegir a los más idóneos para esa importante tarea.

Solo corresponda esperar que los diputados también tomen conciencia de la importancia de la tarea que tienen entre manos.

Carta a los presentes y futuros gobernantes: Ante el éxodo, ¿tienen respuestas? De Paolo Luers

30 octubre 2018 / MAS! y EL DIARIO DE HOY

¿A alguien le extraña que haya gente que se mete en aventuras como las caravanas de migrantes que emprenden la marcha a la frontera de Estados Unidos?

A mi me extraña que no sean más.

Las 100 familias que en mayo de este año fueron desalojados del Espino sobrevivieron (no sé cómo) los 5 meses del invierno en un campamento precario cerca de la Cancillería – y todavía están ahí. No son usurpadores de tierra, nacieron en esta finca, como parte de la Cooperativa El Espino. Ni los desarrolladores que reclamaron estos terrenos, porque habían entregado a gobierno otros para construir la Diego de Holguín; ni a alcaldía de Antiguo Cuscatlán; ni el gobierno central han sido capaces de crear condiciones dignas, humanas y saludables para un grupo de no más de 100 familias. ¿Qué piensan ustedes que detiene a esta gente en nuestro país? ¿Por qué no se van a unir a una caravana de desesperación, si de todos modos van a dormir en la intemperie? Tal vez porque algunos de ellos por lo menos tienen algún tipo de trabajo, aunque sea informal. ¿Pero los que ni esto tienen?

¿Qué hacen ustedes, los gobernantes locales y nacionales, para darles incentivos de quedarse? ¿Qué hace la sociedad en su conjunto? No me digan que un municipio como Antiguo Cuscatlán, el más próspero del país, no puede absorber a 100 familias desalojadas, que siempre han sido parte de municipio? Tampoco me digan que el gobierno central no se puede hacer cargo a construirles viviendas, en vez de tratar de convenceros a mudarse a La Campanera.

Centenares de otras familias son desplazadas de sus viviendas y comunidades por la violencia. Unas huyen de las pandillas, otras de los operativos policiales – la mayoría de ambos. Pero el gobierno ni siquiera reconoce que existe el fenómeno masivo de desplazamiento interno, porque no coincide con la imagen propagandística que quiere vender de que nunca ha perdido control de muchos territorios. Muchos de estos desplazados ya han buscado llegar a Estados Unidos sin permiso migratorio. ¿Qué los detiene ahora que surge la opción de un éxodo colectivo, que sustancialmente baja los riesgos de viaje?

Si ustedes, los gobernantes, no responden a estas emergencias, la caravana de 300 personas que salió en estos días de El Salvador no será la última. Y las complicaciones que ya se están dando con Estados Unidos serán mucho más profundas…

Sumen a estos desplazados por violencia las familias que cada invierno son víctimas de inundaciones y cada vez pierden lo poquito que tienen – y pronto también la paciencia y la confianza en que ustedes, los gobernantes de sus municipios y de su país, en algún momento van a atacar de fondo la vulnerabilidad permanente en que ellos (sobre)viven. ¿Cómo los van a convencer a no unirse a la próxima caravana? ¿Con discursos y buenos consejos?

Hago extensa esta carta y estas preguntas a los futuros gobernantes, a los que pretenden gobernar luego de las próximas elecciones. ¿Cómo piensan afectar la vida de estos grupos vulnerables para que no tengan que ir a romperse la madre en las fronteras militarizadas de México y Estados Unidos?

Saludos,

Se van porque no hay de otra. De Erika Saldaña

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

29 octubre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Los hermanos lejanos no se van de sus países porque los engañan, se van porque no hallan vida que desarrollar en sus tierras. No nos engañemos ni hagamos teorías de la conspiración. Alguien puede ayudarles a pagar el viaje hacia los Estados Unidos, pero alguien que está bien en su país no se va para ningún lado.

Hemos visto en los últimos días cómo la caravana de migrantes que se dirige a la frontera entre México y Estados Unidos ha irritado las relaciones entre estos países y los pertenecientes al Triángulo Norte. El flujo de migrantes no es algo nuevo. Son miles de personas las que arriesgan sus vidas cada año en busca de un futuro mejor; pero hoy ya no lo hacen de manera individual, se han unido, convirtiéndose en un mar de gente que busca entrar a los Estados Unidos y cumplir el sueño americano. O salir de la pesadilla en la que lamentablemente se ha convertido Centroamérica.

En medio de las distintas coyunturas políticas en cada país, no han faltado voces señalando que se trata de un fenómeno creado con el objetivo de afectar imágenes políticas, generar percepciones de cara a las elecciones de medio término en Estados Unidos o distraer de las crisis políticas internas de Nicaragua, Honduras, Guatemala y El Salvador. Lejos de si la caravana de migrantes es una creación con fines políticos o un grupo de gente manipulada, lo cierto es que detrás de cada persona que decide caminar miles de kilómetros con sus hijos en brazos hay un drama humano, producto de la falta de oportunidades y la pobreza en el país que decidió abandonar.

Los problemas inician al interior de los países centroamericanos, en la incapacidad de los gobiernos de ofrecer las condiciones mínimas en las que una persona pueda desarrollarse. Se ha perdido el control de la seguridad pública y la gente ya no puede caminar tranquila en las calles. Los servicios públicos son de precaria calidad y las oportunidades de trabajo son escasas. En Guatemala, Honduras, Nicaragua y El Salvador rebalsa la corrupción, el dinero no se invierte en la gente, y cuando creíamos que ya pocas cosas son capaces de asombrarnos, la realidad se supera a sí misma y nacen nuevas razones para que los ciudadanos honrados se indignen.

El gobierno salvadoreño ha negado la existencia de la migración forzada producto de la violencia, y tuvo que ser la Sala de lo Constitucional la que obligara a reconocer el problema y a adoptar medidas para tratar de paliar la crisis. En la sentencia se expuso que existe un fenómeno de desplazamiento forzado de personas que tiene origen en el contexto de violencia e inseguridad que afecta gravemente a zonas controladas por las pandillas y en las afectaciones a derechos como la vida, integridad física, libertad y propiedad. Además, ordenó diseñar e implementar políticas públicas y protocolos de actuación orientados a prevenir el desplazamiento forzado de los habitantes del país.

La incapacidad del Estado salvadoreño de encontrar soluciones a problemas como el desplazamiento interno por motivos de violencia, la pobreza, la falta de oportunidades para obtener un trabajo digno, la desidia de combatir la corrupción que diluye el dinero que debería invertirse en la educación de los niños, en la salud de los trabajadores o las pensiones de los mayores, son factores que han agravado el éxodo masivo hacia el Norte.

La caravana de migrantes sigue su camino hacia Norteamérica. Y ojalá la tristeza que causa ver gente sin esperanza, con hambre y los temores embolsados en una maleta, haga reaccionar a todos los gobiernos involucrados; a los centroamericanos, en la búsqueda de soluciones a las raíces del problema; al estadounidense, a resolver la migración de una manera sensata, como una crisis humanitaria y no como una amenaza a su gente.

Mientras la mayoría nuestra gente sobreviva hasta con trescientos dólares al mes, mientras haya que esperar dos o más meses por citas en sistema de salud, mientras colonias enteras estén dominadas y amenazadas por pandillas, mientras solo se creen cinco mil empleos y necesitemos sesenta mil al año para jóvenes graduados, siempre habrá gente que se quiera ir. No hay que convencerlos mucho para que se vayan, se van porque no les queda de otra.

No son caravanas, son éxodos. De Cristina López

29 octubre 2018 / EL DIARIO DE HOY

El segundo libro de la Biblia se dedica enteramente a narrar la esclavitud hebrea bajo el yugo egipcio y de cómo, gracias al liderazgo de Moisés, escaparon juntos hasta la Tierra Prometida. Si con la actual coyuntura política alrededor del mundo los medios hubieran reportado los sucesos que narra el libro del Éxodo, probablemente habríamos leído que una caravana de judíos se encontraba protestando políticamente al faraón. No habría faltado el opinólogo que, ignorando por completo el contexto del que huían los judíos, diría que si morían en el camino por fallos en la partición del Mar Rojo o cualquier otra desventura, probablemente se lo merecían por no quedarse en donde estaban desde el principio.

Y es que en el contexto de la caravana de migrantes que comenzó su marcha desde Honduras hacia Estados Unidos, ya sea mal informados o manipulados por cualquier oportunista que les habría pintado una imagen errónea del proceso de asilo, se ha oído cada cosa. Tristemente, a diferencia del Éxodo bíblico, a esta caravana no le espera una tierra prometida. Si bien Estados Unidos y sus habitantes en general son increíblemente cálidos para recibir inmigrantes, y si bien, gracias a su poderosísima economía no faltan las oportunidades para quien sea con tal que tenga ganas de trabajar duro, las autoridades gubernamentales y sus leyes son otra historia.

Las leyes migratorias estadounidenses de por sí no han avanzado al ritmo de la creciente globalización, la interconexión tecnológica, ni las demandas económicas. Lo que sí ha avanzado, y bastante, es el populismo y la demagogia. No solo en Estados Unidos. En el resto del mundo. Nuestra Latinoamérica es muestra que las frustraciones (ya sea producidas por la corrupción, la falta de oportunidades, la desigualdad, o la falta de desarrollo) son caldo de cultivo para el populismo. En Estados Unidos las frustraciones habrán tenido otra forma, pero igual se tradujeron en el populismo con el que Donald Trump continúa explotando el miedo de lo desconocido que tienen tantos votantes que por ingenuidad, piensan que de sus males es culpable alguien más. Del estancamiento económico culpan a los inmigrantes, por “robarse trabajos”, incluso cuando nadie quería hacerlos en el primer lugar. De los crímenes, también se culpa a los inmigrantes, incluso a pesar de que las estadísticas no demuestran una diferencia significativa en el estatus migratorio de quienes cometen crímenes.

La caravana hondureña no es diferente a las migraciones que a diario emprenden tantos hermanos centroamericanos. La diferencia, quizás, es práctica: unidos tienen más posibilidades de llegar al Norte de una pieza. Les cobija la atención mediática. Ningún coyote los va a tirar de un tren, o dejará al acecho de violadores y ladrones en medio del desierto, si los ojos del mundo y las organizaciones internacionales están viéndolos. Lo que es definitivamente diferente, y desgraciadamente les juega en contra, es el oportunismo político, porque en Estados Unidos las elecciones son la próxima semana. A Trump, la retórica antiinmigrante le ha servido de gasolina en su ascenso político. Y nada le favorece a pintar una narrativa escabrosa de la migración como las imágenes mediáticas de inmigrantes que no se detienen ante nada, y que puede pintar como amenaza.

Claro, la retórica complica las situaciones de los inmigrantes indocumentados ya en Estados Unidos, tratando de salir adelante en medio de un clima hostil y de un manodurismo sin precedentes. También podría complicar la ayuda internacional que reciben los países del Triángulo Norte, y quizás la obtención de visas. Bien podría Trump usar de excusa las caravanas para poner a nuestros países en listas como las que existen para Venezuela o varios países de mayorías musulmanas, pagando en su totalidad como chivos expiatorios los crímenes de unos cuantos individuos. ¿Puede culparse de eso a los individuos que caminan sin parar buscando algo mejor? No. Al fin y al cabo, El Salvador y Honduras siguen siendo los países que, sin estar en guerra, tienen más muertes violentas. En desesperación, incluso caminar sin descanso por semanas vale la pena si la posibilidad de mejora existe en el horizonte.

La culpa la tienen quienes manipulan esa necesidad. Quienes no crean las condiciones para que los incentivos para quedarse sean mayores que los incentivos para huir arriesgándolo todo. Detenerlos sería atentar contra su derecho a emigrar —derecho que, sin ironía alguna el Presidente Sánchez Cerén recalcó desde Cuba— uno de los países que sistemáticamente, viola el mismo derecho de todos los cubanos desde hace décadas.

@crislopezg

Lorent Saleh, preso y torturado cuatro años por el chavismo: “Buscaban anular todos mis sentidos”

Fotos: ANTONIO HEREDIA

Entrevista de CAYETANA ÁLVAREZ DE TOLEDO a Lorent Saleh, 28 octubre 2018 / El MUNDO

Hijo único de una humilde costurera soltera de origen palestino, a los 20 años se convirtió en activista por los Derechos Humanos en su país, Venezuela. El chavismo lo encarceló y torturó cuatro años, hasta que el pasado 12 de octubre aceptó trasladarlo a España. En 2017 fue distinguido con el Premio Sajarov. Esta es la primera entrevista que concede a un periódico ya como un hombre libre.

Pregunta.- Ha estado cuatro años preso en Venezuela. Más de la mitad, en un lugar siniestramente llamado La Tumba. ¿Qué es La Tumba?

Respuesta.- La Tumba es un centro de tortura. Está ubicado cinco pisos bajo tierra, en un edificio del centro de Caracas llamado Plaza Venezuela, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional. Es un laboratorio creado para la aplicación de un tipo muy particular de torturas. Un lugar sofisticado, moderno.

P.- ¿Moderno?

R.- Muy moderno. La gente no lo sabe. Sólo ha visto imágenes de El Helicoide, el otro gran centro de tortura del régimen chavista.

P.- Un lugar sórdido.

R.- El Helicoide es lo criollo, el garrote, la costilla rota, el bate. Es la secuela de la decadencia de lo que una vez fue la cuarta República venezolana. El edificio es viejo y su interior es sórdido, sí. Plaza Venezuela es distinto. La institución es la misma, pero la estética y los métodos son diferentes. La Tumba es la tecnología y la tortura psicológica. Todo brilla. Todo es limpio y blanco. El silencio es absoluto; la soledad es completa. Parece un manicomio futurista. El Helicoide es el hacinamiento, el mal olor, las cucarachas y las ratas. La Tumba son los espejos, las cámaras, las paredes blancas. Se huele perfectamente el tufo extranjero.

P.- ¿Cubano?

R.- Ruso-cubano. No es Venezuela. El venezolano rompe costillas. No te saca la sangre antes de un interrogatorio para debilitarte. No te expone a la tortura blanca.

P.- ¿Qué es la tortura blanca?

Lorent Saleh hace una larga pausa mientras mira de reojo hacia su madre, que está sentada a unos metros, junto a la ventana. Espera que ella abandone la habitación. Luego se sienta en una silla, con las manos cogidas a la espalda.

R.- ¿Diría usted que estoy siendo torturado?

P.- No…

R.- A mí me tomaron una foto así. Cualquiera hubiera dicho: “No está tan mal Lorent”. ¿Pero qué pasa a las 12 horas de estar en esta posición, con las manos esposadas y una intensa luz blanca en la cara? ¿Y a las 24? ¿Y a la semana? Extenuado. Destruido. Haciéndome todo encima. Los mecanismos de protección y garantías de los derechos humanos han evolucionado en los últimos 70 años, pero menos que los métodos de tortura.

Lorent se pone de pie. Levanta un brazo a la altura del hombro y lo coloca sobre una estantería, como si lo tuviera atado.

R.- Esposado así. Soportando chorros de agua sobre el cuerpo cada hora. La luz blanca, siempre blanca… Luego la corriente eléctrica… Los golpes. Te rodean las muñecas de tirro -papel periódico con cinta adhesiva- para que las esposas no dejen marca. Lo mismo en la cabeza. Y esto en mi caso. Se cuidaban de no dejar huella. Buscaban métodos alternativos a la violencia a palos, porque no les convenía. A otros presos directamente les rompían las costillas y los dejaban morir.

P.- Lo trasladaron a La Tumba desde Colombia. El ex presidente Santos afirmó en una entrevista a El Mundo que la suya había sido una extradición legal.

R.- Juan Manuel Santos, Nobel de la Paz, me secuestró y me entregó en un pacto con Maduro.

P.- ¿Por qué?

R.- Primero, porque yo llevaba tiempo denunciando su complicidad con la dictadura. El proyecto personal de Santos -el acuerdo con las FARC y el premio Nobel- chocaba con la causa de la democracia en Venezuela. Santos necesitaba complacer a Maduro, que además lo tenía bajo chantaje a través de la guerrilla. Las FARC, el ELN y los grupos narcoterroristas con los que Santos buscaba un acuerdo forman parte del régimen venezolano. Maduro tenía la capacidad de tumbar el proceso de paz. En segundo lugar, yo llevaba tiempo trabajando en Colombia sobre un asunto incómodo para Santos en ese momento: la ocultación de víctimas de las FARC. Durante el proceso de paz, nadie hablaba de los asesinados, los secuestrados, los desaparecidos. Mi ONG, sí. Las dos cosas se sumaron y Santos me entregó. No fue una extradición ni una deportación. Nunca hubo orden de captura de un tribunal venezolano ni una solicitud de Interpol. Nunca me presentaron ante un tribunal en Colombia. Nunca compareció un fiscal. No me permitieron defenderme. Santos me secuestró y me entregó a sabiendas de lo que me pasaría.

P.- Lo llevaron a La Tumba.

R.- Cuando llegué me desnudaron. Me fotografiaron. Me raparon. Me pusieron un traje color caqui. Y empezamos a cruzar puertas. Gruesas. Blindadas. Hasta llegar a una sala cubierta de espejos y cámaras. Todo estaba limpio, impoluto. Sentí el poder. Absoluto. Totalitario. Atravesamos dos pasillos estrechos. Puertas y más puertas. De pronto oí un rugido, como de una turbina. La descompresión. Y luego otra puerta. La abrieron. Y entramos. Parecía el cuarto de refrigeración de un matadero. Había sólo siete calabozos. Todos vacíos. Me metieron en uno y cerraron las rejas. Miré a mi alrededor. La celda era pequeña, de dos metros por tres. Había una cámara en el techo, que seguía todos mis movimientos. Un timbre. Un colchón sobre una lámina de cemento. Y dos potes, uno para beber agua y otro para orinar. Y pensé: Uhhhhh…

P.- Uh…

R.- La sensación de haber sido aplastado por el Estado en su mayor expresión de violencia y terror. Literal y figuradamente. Escuché el ruido del Metro sobre mi cabeza. Pensé en toda esa gente, esos viajeros más o menos despreocupados. Me dije a mí mismo: “Ninguno de ellos sabe que yo estoy aquí, debajo, enterrado en un sarcófago blanco”. Y también: “Jamás saldré vivo de este agujero”. En un lugar así, ni siquiera hace falta que te pongan un dedo encima. Tú deseas que te golpeen.

P.- ¿Deseaba que le golpearan?

R.- Espere. Necesito terminar la descripción. El frío. Glacial. Lo utilizan para encogerte. Para que no puedas moverte. Para reducirte a una lámina de piel. Para jibarizarte. Para que sepas que el individuo, tú, no vales nada. Por más que te hayas preparado para algo así, y los activistas venezolanos en Derechos Humanos estamos preparados, te hundes. Yo empecé a llorar.

P.- ¿Cómo sobrevive un hombre en esas condiciones dos años?

Lorent Saleh levanta una pierna y golpea el zapato contra el suelo, dos, tres, cuatro veces.

R.- Esto es lo que hacen: pisarte, pisarte, pisarte. Pero no matarte. Eso es lo peor. No te matan. Te dejan ahí para poder levantar el zapato y mirarte y reírse. ¿Me explico?

P.- Sí, por eso con más motivo le pregunto: ¿cómo sobrevivió?

R.- Mi madre dice que me robaron cuatro años de vida. Yo creo que no. Ni me los robaron ni los perdí. El tiempo no se detuvo. Yo entré en la cárcel con 26 años y salí con 30. Lo que aprendí no me lo quita nadie.

P.- ¿Qué aprendió?

R.- El poder de la contemplación. El valor de lo esencial que parece invisible. Los periodistas y los políticos quisieran que yo hablara de otras cosas. Pero para mí esto es lo fundamental. ¿Cuánto vale el color verde? ¿Y el azul? Yo estuve en un sarcófago blanco, como un ciego, meses y meses. ¿Y cuánto vale la conciencia del tiempo? No es que yo no supiera si era de día o de noche. Es que no sabía si había dormido una hora o diez. ¿Y qué valor tiene un espejo? Cuando no te ves la cara durante mucho tiempo te olvidas de cómo eres. La primera vez que me vi en un espejo tuve un ‘shock’. Me palpé, susurré… “Éste soy yo”. El cielo no es cualquier cosa. El sol, la luna, la lluvia, las estrellas… tampoco. Unos zapatos. Una silla. Yo peleé tanto, como un loco, para conseguir cosas que a cualquiera le parecerían irrelevantes. Hice una huelga de hambre de 18 días para que me dieran un reloj. La Defensora ¡del Pueblo! me decía: “¿Dónde está escrito que un reloj es un derecho humano? ¿Dónde dice que debamos dejarle una mesita?”.

P.- Algunas cosas consiguió.

R.- Sí, aunque luego me las quitaban. Me gusta leer y escribir. Octavio Paz y Borges son mis autores favoritos. Recuerdo cuando por fin me dieron un lápiz. Gastado. Como un tapón. Y una hojita. ¡No quería que se acabara nunca! Escribía con letra diminuta. La giraba. Buscaba rinconcitos blancos donde seguir escribiendo. El valor de las cosas… Fui sometido a una técnica de aislamiento celular. Su objetivo es anular, uno a uno, todos los sentidos del preso, hasta que ya no sabe si está vivo o muerto. ¿Y sabe usted cuál es la única forma de averiguarlo? El dolor. Por eso quieres que te golpeen. Y por eso te golpeas a ti mismo. Contra el suelo. Contra los barrotes. Contra lo que sea. Buscando la sangre. Porque solo la sangre y el dolor te reafirman en que sigues existiendo.

P.- Usted intentó suicidarse.

Lorent Saleh se arremanga la camisa y estira el brazo izquierdo. Dos gruesas cicatrices cruzan sus venas.

R.- Lo intenté cuatro veces. Pero ahí entró en juego algo distinto. Llevaba más de un año en La Tumba. Sabía que el régimen no iba a soltarme y que yo no iba a ceder. Y tomé una decisión: mis carceleros ya no dormirían tranquilos; no verían relajadamente la televisión mientras yo estuviera ahí. Y así lo anuncié: “Yo estoy dispuesto a matarme. Y si me mato ustedes van a ir presos. Y a sus jefes les dará igual. Los sacrificarán como insectos”. No era un: “¡Oh, ah, quiero morirme!”. Al contrario. Era mi último recurso. Como una huelga de hambre, pero más fuerte. Porque ellos debían saber que iba en serio. Mis intentos de suicidio fueron una forma de desafío a la dictadura.

P.- Se cortó las venas.

R.- La primera vez intenté guindarme.

P.- ¿Guindarse?

R.- Sí, colgarme. Con una sábana. Pero me vieron a través de la cámara. Entonces tuve que diseñar otra estrategia. Al baño siempre debía ir acompañado de un funcionario. Cuando por fin permitieron que me afeitara empecé a simular el mayor sometimiento. Para que cogieran confianza conmigo y bajaran mínimamente la vigilancia. Y así me fui llevando a mi celda trocitos de cuchilla de afeitar. Hasta que un día, de madrugada… A partir de entonces, un funcionario tuvo que dormir en mi celda cada noche. Con un ojo medio abierto, aterrado. Una noche intenté colgarme de las rejas. Mi carcelero se despertó y se abalanzó sobre mí para salvarme ¡y salvarse! Otro día, volviendo del baño, le cerré la puerta en la cara. Le dije: “Estoy cansado. Se acabó”. Y me volví a rajar. A los dictadores hay que desafiarlos. Para que sepan que no son dioses. Que también pueden sangrar y llorar y sufrir. Y que sus abusos tienen un coste, no sólo para los demás. Ésa es la verdadera resistencia: el desafío.

P.- ¿En su caso, cuál era el objetivo concreto de las torturas?

R.- Que denunciara a Antonio Ledezma, María Corina Machado, Leopoldo López o Álvaro Uribe. Con Uribe tenían una obsesión. Y yo era la pieza que les faltaba en su delirante narrativa: Colombia, los paramilitares, la oposición venezolana, los gringos. Algo parecido le ocurrió a Joshua Holt, un mormón americano con el que coincidí en El Helicoide. Lo detuvieron simplemente por ser catire -rubio- de ojos azules. El enemigo yanqui… Reforzaba su relato.

P.- Después de dos años y medio en La Tumba, fue trasladado al Helicoide.

R.- El cambio fue difícil. Yo estaba acostumbrado al silencio y a la soledad. El Helicoide era ruido, mugre, hacinamiento, depravación. Presos políticos y opositores se mezclaban con presuntos corruptos y 200 presos comunes. Me enfermé.

P.- ¿Cómo es El Helicoide?

R.- El Helicoide es la pura expresión del Estado mafioso. Ahí reina la extorsión, sobre todo económica. A niveles que nadie es capaz de imaginar. Hay presos que han llegado a pagar 200.000 dólares a cambio de una celda un poco mejor. Sus familias se han endeudado, y sus hijos y sus nietos. Y luego están los corruptos, reales y presuntos. El SEBIN sabe que Fulano tiene dinero. Le montan un expediente simulando un hecho punible, igual que a los presos políticos. Lo secuestran. Lo encierran. Lo torturan. La familia de Fulano no tiene adónde denunciar, claro, porque es la propia policía la que lo tiene secuestrado. Y entonces le dicen: “Venga, Fulano, paga tanto”. Y Fulano paga.

P.- Y ellos lo llaman “lucha contra la corrupción”.

R.- Es la peor corrupción. Y es endémica. Para el Gobierno tiene dos ventajas. En plena ruina económica, le permite pagar a los funcionarios esbirros. Y al mismo tiempo garantiza que le serán férreamente leales. Si cualquiera de estos funcionarios decidiese un día hacer lo correcto, bastaría recordarle su historial para que volviera volando al redil criminal. Así funciona el sistema de terror en Venezuela. Y por eso yo no podía demostrar la más mínima debilidad.

P.- ¿Otros sí lo hicieron?

R.- Yo he visto a hombres arrodillarse para que les golpearan. Y lo peor -lo más terrible y estremecedor-, he visto a hombres no hacer nada frente al sufrimiento de otros hombres. He visto presos colgados tres días de una reja. Crucificados. Y a otros presos pasar a su lado, como si nada. He visto a reclusos prestarse para maltratar a otros reclusos, creyendo que así evitarían ellos ser maltratados. Y eso no sucedía, claro. También era maltratados. Y más todavía. Porque nadie, ni sus carceleros ni sus compañeros, confiaba ya en ellos. Es tan enfermo, tan trágico: ver al ser humano en su estado más elemental y miserable. Como el judío que lleva a otro judío al horno. Eso ha conseguido el chavismo, la deshumanización más abyecta.

P.- No sé qué decir.

R.- Déjeme que lo diga yo. Unos se acostumbran a golpear, someter, torturar. Pero lo peor es que otros se acostumbran a ser golpeados, sometidos, torturados. Es como el elefante bebé, al que atan de una cadenita con un clavo al suelo. Y el elefante crece y se hace inmenso, pero sigue ahí, encadenado. Porque no sabe que le sobra fuerza para romper la cadena con un solo movimiento. El ser humano es así. Es el animal más doméstico. En El Helicoide tratan a los presos peor que a los perros y la mayoría lo soporta.

P.- ¿Usted nunca se sometió?

R.- Sí. Una vez callé. Y fue el peor día de mi estancia en la cárcel. De mi vida. Una mañana desperté escuchando el llanto de un hombre rogando clemencia. Y luego un golpe seco. Y otro. Y al mismo tiempo la risa del torturador. Me fui hacia los barrotes de mi celda. Nadie decía nada. Sentí asco. Empecé a llamar al funcionario, temblando de miedo. Y el funcionario apareció. Con una naturalidad absoluta. Llevaba la gota de sudor en la frente. Jadeaba. Tenía una sonrisa en la cara. Me preguntó, amable: “¿Cómo estás, Lorent? ¿Qué necesitas?” Y me hundí. La gota, su respiración agitada de tanto golpear, y esa sonrisa… Era un funcionario al que yo había creído incapaz de hacer algo así, distinto a los demás. ¿Cómo podía ser tan cruel con otro hombre y tan amable conmigo? ¿Cómo digerir eso? No supe qué decirle. Regresé al fondo de mi celda, como un perro. Esa noche tuvieron que doparme. Había destruido el calabozo. Me había dado golpes contra las paredes. Lo había roto todo. Nunca más callé. Pero no me perdono haber callado ese día. Fue una traición. A ese hombre. A mí mismo. A mi causa.

P.- También aprendió.

R.- Muchas veces, para justificarse, los funcionarios decían: “Éstos a los que golpeamos son presos comunes, delincuentes”. Y aunque lo fueran, ¿qué? Como si el hecho de que una persona sea un criminal te diera a ti el derecho a dejar de ser humano. Ahora bien: ¿torturar es de humanos? Piénselo… Yo creía que no lo era. Pero quizá estaba equivocado. El hombre no es un buen salvaje. Rousseau se equivocó. El socialismo y el comunismo también, claro. Por cierto, ¿por qué el nazismo está prohibido y el comunismo, no? ¿Lo ha pensado alguna vez?

P.- Muchas veces… Usted protagonizó el motín de El Helicoide.

R.- Sí, sé que las imágenes tuvieron un impacto mundial. El motín se veía venir. Fue la acumulación de muchos factores: las extorsiones, las torturas, el secuestro de menores de edad… Muchachos de 16 años hacinados en una celda. Yo no lo podía soportar. Y El Helicoide explotó. Y se demostró lo que le comentaba hace un momento, con la metáfora del elefante. El ser humano tiene una fuerza impresionante, sólo que no lo sabe. Nosotros volamos todas las rejas de ese maldito lugar. Tomamos todas las cámaras de seguridad. Yo destrocé los tres candados de mi celda con mis propias manos. Los funcionarios vieron eso y huyeron. Ese día descubrieron que ellos también sangran, aunque no sufrieron un rasguño. Ese día se dieron cuenta de que ahí había hombres, no insectos. Lo mismo ocurre con la sociedad.

P.- Después del motín, tres grupos de presos fueron liberados. Usted no.

R.- Yo tuve que asumir el castigo del motín y fue sumamente duro. Vi cómo eran liberados todos mis compañeros, activistas y presos políticos. Dos personas que se despiden a través de las rejas, el calor humano dividido por el frío del acero. No es fácil, no. Cuando sueltas la mano y te quedas solo… Te agarras la cabeza, esperas el latigazo del huracán y al mismo tiempo piensas: ¿por qué él sí y yo no, cuando tengo más derecho, cuando llevo más tiempo? Y te sientes un miserable por pensarlo. Y llegas a la conclusión de que Dios no existe o que no le importa. Y entiendes que sólo hay una salida para soportar lo que viene: asesinar cualquier esperanza de salir en libertad.

P.- ¿Cómo lo hizo?

R.- Renunciando a todo. A lo más importante, incluso al amor a la familia. Yo soy liberal, de derechas y católico. Pero en esos momentos hubo dos cosas que me ayudaron especialmente. Estudié el budismo como forma de desprendimiento. Y empecé a leer los discursos de Pepe Mujica [el ex presidente de Uruguay]. Mandela es la referencia universal de cualquier preso, pero su tiempo y circunstancias me son ajenas. Mujica, en cambio, estuvo 13 años preso en una cárcel llamada precisamente La Tumba. Y leer sus textos era como leer mi mente. Sobre todo una frase suya, que hago mía: “Descubrí qué tan duro grita la hormiga”. Es decir, el valor de la contemplación. De la concentración en los detalles más ínfimos como forma de supervivencia.

P.- A usted lo liberaron pocos días después de la sospechosa muerte del concejal Fernando Albán, que cayó del décimo piso de Plaza Venezuela. ¿Cree usted que lo mataron?

R.- Sospecho que lo lanzaron ya muerto, aunque lo mismo daría si se hubiera tirado él. También sería una víctima directa de la dictadura. Yo estuve en ese mismo piso 10, junto a esa misma ventana, y conozco la desesperación que podría llevar a un hombre a saltar.

P.- ¿Por qué ha sido liberado?

R.- Se ha especulado mucho sobre los motivos. Hasta se ha dicho que fue gracias al ex presidente Zapatero. Es falso. Zapatero no tuvo nada que ver con mi liberación. Yo soy libre por un cúmulo de factores. El primero, la lucha de mi madre. Luego, la presión de los periodistas, cuando ni siquiera los políticos querían hablar de mi caso. El trabajo de mis abogados. El apoyo del Parlamento Europeo, que el año pasado me concedió el Premio Sajarov. El debilitamiento del propio régimen. Y la ayuda de muchos países, incluida España.

P.- No guarda rencor.

R.- No. La necesidad de venganza es otra forma de servidumbre. Además, mi celda no está vacía. En las cárceles chavistas aún quedan muchas personas inocentes por las que debemos luchar y fuera, un país entero por reconstruir.

P.- ¿Cómo?

R.- Los venezolanos se sienten derrotados. Yo no voy a decirles, como hacen algunos: “Ya estamos cerca del final, falta poco”. Ni falta poco ni será fácil. Es y será difícil. Y, además, tiene que serlo. De pequeños nos decían que las cosas que valen la pena no se consiguen sin esfuerzo y sacrificio. Y esto por lo que estamos luchando vale la pena. De hecho, es lo más valioso que tenemos. Es la democracia y es la libertad.

P.- ¿Qué es Venezuela hoy?

R.- Un Estado terrorista. Definitivamente. El régimen de Maduro se sostiene mediante el pánico, la violencia y el hambre. El hambre no es la mera consecuencia de un mal gobierno. Es una estrategia, y de las más efectivas, de sometimiento. El régimen tiene que subyugar a los venezolanos porque ya es incapaz de convencerles. ¿Cómo lo hace? Aprovechándose de su nobleza y profunda vocación democrática. Así se lo comenté al presidente Sánchez.

P.- ¿Qué le dijo?

R.- Le dije: “Mire, presidente: yo vengo de la línea más radical de la oposición y jamás se ha valorado como opción la lucha armada. Si se hubiese planteado, la mitad de los líderes chavistas estarían bajo tierra. Millones de venezolanos han preferido incluso el exilio antes que la confrontación. El pueblo es pacífico. El que sí es terrorista es el Gobierno”.

P.- ¿Y qué le contestó?

R.- Me dijo que también lo entiende así.

P.- ¿Y le pidió usted algo concreto?

R.- Le insistí en la importancia de las sanciones. Es falso que las sanciones perjudiquen a la gente, como ha dicho Zapatero. Al revés. El pueblo agradece que se castigue a sus torturadores. Pero, además, veamos las cosas más allá de Venezuela y sus víctimas. ¿Cómo no vamos a sancionar a criminales de este calibre? ¿Qué mensaje estaríamos trasladando al mundo? Que a máxima crueldad, máxima impunidad. También le hice al presidente Sánchez otra reflexión: no es la oposición venezolana la que debe exigir la rendición del régimen. Deben hacerlo España y las demás democracias del mundo. Son ustedes los que tienen que decir: “Hasta aquí. Ya no más. Basta”.