renovación

Votemos por buenos candidatos, saquemos a los malos. De Erika Saldaña

Hay que votar por los mejores candidatos que podamos encontrar en las próximas elecciones. Votemos por caras, no por banderas, o votemos por candidatos independientes.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 19 junio 2017 / EDH

Hace una semana escribí sobre el resentimiento, la apatía, el descontento y el rechazo que existe en El Salvador hacia los partidos políticos. Pero la vida sigue a pesar de los políticos y sus partidos. Así que no podemos caer en la desesperanza, que es lo peor que puede sentir una persona o sociedad. Pareciera que en la política el cielo está nublado y que no tenemos opciones, pero las tenemos, pocas, pero las tenemos. Hay que votar por los mejores candidatos que podamos encontrar en las próximas elecciones. Votemos por caras, no por banderas, o votemos por candidatos independientes.

Hablemos de los candidatos independientes. Para quienes rechazan a los partidos políticos, estas candidaturas pueden significar una opción para las elecciones de 2018. Los independientes tienen que hacer gala de su calificativo; si esa es la forma por la que se deciden para participar en la política, sus acciones, pensamientos y discursos no pueden ser a imagen y semejanza de las actuaciones de los partidos existentes; tampoco puede resultar en alianzas cuestionables con estos, porque entonces no salimos de lo ya reprobado públicamente.

Votar por rostro y no por banderas políticas también es otra opción para la necesaria renovación política. A pesar de los altos niveles de apatía, está fuera de la realidad pensar que los partidos políticos actuales perderán la representación mayoritaria con la que ahora cuentan. Por eso es necesario que en los partidos se involucre gente nueva y capaz de mejorar las filas partidarias. Es un error mal etiquetar a una persona por involucrarse con un partido; no hay que satanizar las afinidades partidarias, querer ser político no es siempre sinónimo de querer “componerse” por la “vía rápida” y ser “político” no es ni debería ser considerada mala palabra o desprestigio. Si gente capaz y honesta no se involucra, estaremos perdidos con representantes incapaces y deshonestos. Apoyemos a las personas que actúan y son el cambio que queremos ver.

Los que nos quedemos fuera de la actividad política formal también tenemos que hacer nuestra tarea. Debemos depurar conscientemente nuestras opciones y votar por los mejores candidatos que se presenten. Recordemos que quienes resulten ser diputados en 2018 serán los encargados y votarán en las elecciones de funcionarios. Estas son vitales en nuestra república para mantener balances y contrapesos entre los órganos del Estado.

Estos diputados electos votarán por cuatro magistrados que formarán parte de la Sala de lo Constitucional por los próximos nueve años y elegirán al nuevo Fiscal General. Por si fuera poco, podrían decidir sobre la reforma de pensiones e impactarán el rumbo económico y financiero del país. Esta elección es trascendental. No elijamos por simple simpatía, caras bonitas o fidelidad ciega a los partidos. Si queremos mantener a flote esta sociedad, los discursos huecos, prefabricados, y las ideas con soluciones a medias ya no tienen cabida en la política salvadoreña.

En la ya latente campaña electoral, si un candidato no le explica los temas que impulsará en la Asamblea Legislativa o concejos municipales, sus propuestas concretas y la forma en que estas funcionarían, es muy probable que sus ideas estén pegadas con saliva. No vote por él. Si un candidato a diputado limita su desempeño a ir al Salón Azul cuando hay plenaria, a sacarse la foto para ponerla en Twitter y Facebook, pero no brinda resultados concretos de su trabajo, no vote por él. Si un candidato hace un trabajo escueto, a medias, se pierde las votaciones de leyes y dictámenes por cuestiones banales (como andar fumando o haciendo cualquier otra cosa), llega tarde injustificadamente o solo se le ve una vez al mes, no asiste a comisiones de trabajo, abusó de bienes públicos (prestando carros nacionales a familiares o viajando con fondos públicos), realizó tráfico de influencias para contratar a familiares, ha estado involucrado en corrupción o cualquier otra situación cuestionable, no vote por él.

Ahora existe la posibilidad de tener los diputados que nos merecemos, porque podemos votar por rostro. Elijamos con pinza a las personas que conformarán la Asamblea Legislativa, no desperdiciemos este poder. Vote por la renovación.

Los partidos “tradicionales”… De Luis Mario Rodríguez

El rechazo a los partidos “tradicionales” no es exclusivo de El Salvador. Lo hemos presenciado en la mayoría de países latinoamericanos, incluyendo a Chile, y en buena parte de Europa.

Luis Mario Rodríguez, 9 junio 2017 / EDH

La encuesta de la UCA reveló una realidad que ya otros estudios de opinión, locales y extranjeros, habían destacado: la insatisfacción de los ciudadanos con la democracia. El rechazo a los partidos “tradicionales” no es exclusivo de El Salvador. Lo hemos presenciado en la mayoría de países latinoamericanos, incluyendo a Chile, y en buena parte de Europa. El malestar de la sociedad con los partidos ha derivado en consecuencias nada positivas. Se propagó el populismo, el poder se está ejerciendo, en algunos Estados, de manera autoritaria, y la apatía ciudadana no permite la entrada de nuevos protagonistas en política.

El calificativo de “tradicional” describe a una organización política que mantiene el verticalismo sin dejar espacio a la democracia interna para la elección de candidatos y autoridades. Se refiere también a la falta de transparencia del financiamiento que recibe durante la época de campaña. Son entidades que no conectan con las generaciones actuales y que prescinden de las tecnologías para comunicarse con su militancia y con los que, sin ser integrantes de los partidos, se interesan por conocer la visión que estos últimos tienen respecto de los problemas que agobian a la sociedad.

A los partidos tradicionales también les afecta su pasado. Los adversarios se encargan de maximizar los errores cometidos, algunos muy graves, como la corrupción y la falta de cumplimiento de promesas, y hacen a un lado cualquier acción positiva que haya contribuido al desarrollo nacional. Ciertamente esa “mochila” que llevan en la espalda los partidos con varias decenas de años de existencia supone un obstáculo a superar. Sin embargo es posible modernizarse, dejar atrás las malas prácticas y acomodarse a un nuevo siglo que exige una estrecha vinculación entre los políticos y los habitantes, menos discursos y más resultados. Algunos partidos lo entendieron desde el primer momento y lograron recuperar el poder, en los casos en los que retornaron después de varios años de estar en la oposición, o accedieron a él, siendo de reciente formación, sin haber tenido experiencia alguna en los asuntos de gobierno.

Un instituto puede ser nuevo en política pero actuar como lo han venido haciendo sus pares desde hace años, ganándose el rechazo de los electores; o bien haber formado parte del sistema de partidos desde hace mucho tiempo y cambiar, adaptándose a los nuevos tiempos. No hay reglas únicas ni fórmulas mágicas. Lo que sí está claro, cada vez más, es que la gente ha despertado y, aunque no toma parte activa en la política, quiere rendimientos efectivos que le permitan obtener empleo y sostener a su familia.

Permanecer inmóviles, creyendo que la fama de antaño le permitirá obtener los mismos resultados que en elecciones anteriores, es un grave error. La antipolítica, la frontera cada vez más borrosa entre los que son de “izquierda” y los que comulgan con “la derecha”, las carencias de los ciudadanos por la falta de crecimiento económico y, en algunos casos, la frágil defensa de la vida por la situación de inseguridad ciudadana, convierte a los partidos tradicionales en presa fácil de aquellos que los responsabilizan de todos los males que padece la población.

La única y más clara solución es evolucionar. Se trata de abrir las puertas a figuras independientes que comulguen con el ideario del partido, de presentar iniciativas que fortalezcan a las instituciones, de reconocer al contrario si tiene la razón y de criticarlo fuertemente cuando ignora al Estado de derecho. Los partidos le temen al cambio de imagen, a revisar sus posturas ideológicas y al relevo generacional. Sin embargo esas son precisamente las áreas en las que deben poner las “barbas en remojo” si quieren enfrentar con éxito la ola que cruza al continente y que no es posible detener.

El Partido Socialista Obrero Español (PSOE) lo hizo hace más de 30 años, renunciando al marxismo y transformándose en socialdemócrata; y le resultó. Ganó las elecciones y se mantuvo varios años en la presidencia del gobierno, por la voluntad de los españoles. Ahora se encuentra en problemas, junto al Partido Popular, porque la infección del “tradicionalismo” los hizo perder adeptos y permitió el surgimiento de nuevas fuerzas políticas que fragmentaron el Congreso.

El reto está servido en el caso salvadoreño.

Con la mirada hacia el futuro. De Cristina López

Nuevamente, se nos ha presentado la oportunidad de cambiar todo lo que criticamos en nuestra Asamblea. De pasar de la queja en redes sociales a la acción a través de un voto razonado.

Cristina López, 15 mayo 2017 / EDH

Más de alguna vez hemos sido todos víctimas del hartazgo electoral. Todos, quizás con la excepción de los políticos, para quienes la elección define si consiguieron hueso o no. Para el resto de nosotros —simples mortales— requiere esfuerzo y esmero hacerle frente a la obligación cívica de informarse al respecto de las políticas de uno u otro candidato, examinar records, y establecer juicios de valor. Sobre todo cuando el volumen de las campañas electorales (ahora multiplicadas por el voto por cara) llena de ruido todos los espacios, visuales y auditivos. Es por eso que el descanso que nos dan los años como este, en que tenemos “vacación electoral”, lo tenemos más que ganado.

Sin embargo, vale la pena ver tiempos como este, en que estamos a menos de un año de elegir a nuestros representantes para la Asamblea Legislativa, como una oportunidad de aprovechar que no ha comenzado la estridencia de las campañas (al menos oficialmente) para ver hacia el futuro. Nuevamente, se nos ha presentado la oportunidad de cambiar todo lo que criticamos en nuestra Asamblea. De pasar de la queja en redes sociales a la acción a través de un voto razonado. De influir en las plataformas y propuestas que en estos momentos comienzan a construir los candidatos que buscan ganarse nuestras simpatías.

¿Le molesta que los diputados que escogió en la elección pasada no se presentan a la plenaria? No los reelija. ¿Le estorba que la falta de renovación de liderazgos esté dejando poco espacio para el debate de nuevas ideas? Déjele saber al partido de su afinidad que necesitan una oferta electoral que se apoye en mentes jóvenes con experiencias diversas, y no de las reliquias arcaicas a quienes ya se les dio (en contadas ocasiones y periodos legislativos) la oportunidad de hacer cambios y no los hicieron. Votar por las mismas personas que han estado marinándose por años en los jugos del poder y pensar que ahora sí se lograrán cosas diferentes es hacer gala de un optimismo que raya en la ingenuidad. También los suplentes importan: aunque históricamente el papel del suplente se ha visto como llanta de repuesto, en realidad la suplencia es tan importante como el legislador electo. Las suplencias, más que huesos del nepotismo, deberían verlas los candidatos como semilleros de liderazgo futuro, buscando suplentes que puedan complementarlos en áreas que por falta de experiencias vividas o estudios, encuentren más débiles que otras.

Jamás tendremos representantes de los que podamos enorgullecernos si las opciones, en lo que a candidaturas se refiere, siguen siendo iguales. Es en este momento de vacación electoral en que a los ciudadanos comprometidos nos toca hacer la tarea y exigir de los partidos mejores candidatos, y de los actuales representantes, mejores propuestas con cambios específicos si es que quieren reelegirse.

No deberían merecer la reelección aquellos que a través del nepotismo (o imprudencia, el último eufemismo de moda) favorecen a sus familias con los bienes públicos que financiamos como ciudadanos. No deberían merecer la reelección los que mienten, ni los que aprovechan los recursos públicos para uso propio. No deberíamos reelegir a los que no llegan a la plenaria, ni a los que no se plantean el combate a la corrupción como prioridad. Sería una vergüenza darle otra oportunidad a diputados que han usado su plataforma privilegiada para aplaudir abusos de derechos humanos en otros países por puro interés político, en vez de abogar por quienes son oprimidos por gobiernos autoritarios. ¿Que si seguimos estos criterios nos quedaríamos sin opciones? Entonces anímese a lanzar una candidatura, o apoye los esfuerzos de aquellos líderes en su comunidad con vocación de servicio que lancen las suyas. Aprovechemos la vacación electoral para ver al futuro, antes de que la elección nos robe la paz.

@crislopezg

Reinventemos Europa. Un llamado

Ha llegado el momento de hacer de la UE una potencia política, democrática, industrial, cultural, ecológica y social, capaz de defender los intereses y los valores de los ciudadanos. Tenemos el deber colectivo de actuar y asumir esa responsabilidad.

Raquel Marín

9 mayo 2017 / EL PAIS

Después de los comicios en Hungría, Austria y Holanda, la elección de Emmanuel Macron —europeísta declarado— a la presidencia de la República Francesa crea una oportunidad histórica de refundar el proyecto europeo sin perder tiempo. Por eso hemos decidido abrir desde hoy un gran debate cívico continental que implique a nuestros ciudadanos en la redacción de un nuevo capítulo de la historia de nuestra Unión Europea.

Hace un año exacto llamábamos a establecer una hoja de ruta concreta para llegar a un nuevo renacimiento europeo. Exhortábamos a nuestros conciudadanos, a los dirigentes, a los creadores de opinión de los países de la Unión, de todas las generaciones y todas las tendencias, a movilizarse contra las tentaciones de repliegue nacionalista y a promover un nuevo espíritu cívico europeo. También les invitábamos a unirse para crear las condiciones que permitieran reinventar la Unión Europea con un proyecto centrado en los ciudadanos. Ahora ha llegado el momento de esa transformación, de hacer de la UE una potencia política, democrática, industrial, cultural, ecológica y social, capaz de defender los intereses y los valores de nuestros conciudadanos, que se convierta en un elemento activo y fundamental de la globalización y deje de ser un observador débil y pasivo.

En muchos aspectos, nuestro llamamiento ha tenido eco. La conmoción provocada por el resultado negativo del referéndum británico y la nueva situación internacional, con la inesperada elección de Donald Trump y el endurecimiento de las posiciones políticas de Rusia, han hecho cada vez más patente que es urgente formar un frente europeo común. ¿Cómo, si no, afrontaremos unos retos que rebasan con creces el ámbito nacional y revitalizaremos nuestras democracias? En toda la Unión, de Portugal a Polonia, de Alemania a Rumania, pasando por Francia y los países bálticos, numerosos ciudadanos han salido a la calle para expresar su apego a la UE. Han surgido movimientos nuevos como Pulse of Europe, Stand for Europe y Civico Europa. Los eurobarómetros y los sondeos de opinión de estos nueve últimos meses muestran una gran recuperación, sin precedentes desde el comienzo de la crisis financiera, del apego al proyecto europeo y la convicción de que la UE debe reforzar su capacidad de acción en materia de seguridad, lucha antiterrorista, gestión de las migraciones y regulación de la globalización comercial, financiera, medioambiental y social. Y esa dinámica ha tenido plasmación política. Varios jefes de Estado y de Gobierno han incorporado estos temas a su reflexión, y la Unión, coincidiendo con el 60º aniversario del Tratado de Roma, ha esbozado las líneas generales de la hoja de ruta que reclamábamos. Varias de nuestras propuestas en materia social (por ejemplo, sobre derechos sociales) y de seguridad y de democracia (como las listas transnacionales) ya han empezado a debatirse en los Consejos de Ministros de la UE.

“Urge combatir las desigualdades e inventar
los derechos y las libertades del futuro”

Además, los dirigentes nacionales y los ciudadanos ya no dudan en manifestar su convicción europeísta. No temen decir que el orgullo nacional y la ambición europea no solo no se oponen sino que se refuerzan mutuamente. El fracaso del referéndum antieuropeo en Hungría, las victorias de los europeístas en Austria y Holanda y, ahora, el triunfo de Emmanuel Macron en Francia, que situó la refundación del proyecto europeo en el centro de su campaña, son ejemplos de este contexto histórico favorable.

Hoy tenemos el deber colectivo de actuar y todos debemos asumir esa responsabilidad. Somos conscientes de que nuestras sociedades todavía están fragmentadas: es urgente reforzar nuestras posibilidades de crecimiento, combatir enérgicamente las desigualdades e inventar los derechos y las libertades del futuro para ofrecer a todo el mundo unas perspectivas duraderas de progreso y de inclusión democrática; en caso contrario, la cohesión de nuestros países y de la UE correrá peligro. Para cambiar la situación, es importante que cada uno asuma sin más tardar sus responsabilidades: los Estados y la Unión, pero también los ciudadanos y los líderes de opinión. Es lo que estamos intentando hacer hoy, a nuestro nivel y con los limitados medios de que disponemos, al comprometernos y volver a tomar la iniciativa.

“Proponemos un nuevo proceso participativo
para decidir los proyectos políticos de la Unión”

¿Cuál es la vía europea hacia un futuro mejor? En concreto, ¿cómo vincular a nuestros conciudadanos con la búsqueda de soluciones positivas? Este es el gran debate cívico que inauguramos hoy, 9 de mayo, día de fiesta en Europa, en Bruselas, la capital de la Unión, con Jean-Claude Juncker, el presidente de la Comisión Europea. Hemos presentado a los dirigentes europeos unas propuestas concretas —lo mismo que hemos pedido que hagan los presidentes de la Comisión y el Consejo— para tratar de reequilibrar el proyecto europeo y tener más en cuenta las preocupaciones de nuestros conciudadanos en torno a siete aspectos: la democracia, la educación y la cultura, la dimensión social, el desarrollo duradero, la economía y la industria, la moneda y, por supuesto, la seguridad, la defensa y la política exterior. Pero queremos ir más lejos. Nos parece urgente dar nuevo aliento a nuestras democracias representativas fomentando una verdadera democracia deliberativa y participativa en Europa. Para ello, proponemos organizar un nuevo proceso participativo europeo que comience en otoño, cuyo propósito sea involucrar a los ciudadanos en la definición de las prioridades y los proyectos políticos de la Unión; de ahí saldrán pactos cívicos en toda la UE que comprometan la responsabilidad de los ciudadanos. Pedimos que todos los que están convencidos de que es necesario que inventemos juntos nuestro futuro se unan a nosotros y nos apoyen.

 

En nombre de los miembros de Civico Europa (civico.eu), origen del llamamiento a un nuevo Renacimiento europeo del 9 de mayo de 2016:

Guillaume Klossa (Francia), escritor, fundador de Civico Europa y autor del llamamiento a un nuevo Renacimiento europeo, fundador de EuropaNova y de los Estados Generales Europeos, antiguo asesor del grupo de reflexión sobre el futuro de Europa (Consejo Europeo); Alberto Alemanno (Italia), profesor de Derecho, fundador de Good Lobby; László Andor (Hungría), economista, excomisario europeo; Lionel Baier (Suiza), director de cine; Mars di Bartolomeo (Luxemburgo), presidente del Parlamento de Luxemburgo ; Mercedes Bresso (Italia), eurodiputada, expresidenta del Comité de las Regiones; Elmar Brok (Alemania), eurodiputado, expresidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Partido Popular Europeo, Parlamento Europeo; Philippe de Buck (Bélgica), antiguo director general de BusinessEurope, miembro del Comité Económico y Social europeo; Daniel Cohn-Bendit (Francia-Alemania), ex presidente del grupo Los Verdes del Parlamento Europeo; Georgios Dassis (Grecia), sindicalista, presidente del Comité Económico y Social europeo; Leendert de Voogd (Holanda), empresario; Paul Dujardin (Bélgica), director general de Bozar; Cynthia Fleury (Francia), filósofa y psicoanalista; Markus Gabriel (Alemania), filósofo; Felipe González (España), expresidente del Gobierno de España, expresidente del Grupo de reflexión sobre el futuro de Europa (Consejo Europeo); Sandro Gozi (Italia), ministro de Asuntos Europeos; Danuta Huebner (Polonia), excomisaria europea, presidenta de la Comisión de Asuntos Constitucionales del Partido Popular Europeo, Parlamento Europeo; Alain Juppé (Francia), antiguo primer ministro, alcalde de Burdeos; Alain Lamassoure (Francia), eurodiputado, exministro; Christophe Leclercq (Francia), empresario de medios de comunicación y fundador de EurActiv; Jo Leinen (Alemania), eurodiputado, presidente del Movimiento Europeo; René van der Linden (Holanda), expresidente de la Asamblea del Consejo de Europa, expresidente del Senado holandés; Robert Menasse (Austria), escritor; Jonathan Moskovic (Bélgica), responsable del proyecto G1000; Ferdinando Nelli Feroci (Italia), embajador, excomisario europeo; Johanna Nyman, presidenta del Foro Europeo de la Juventud; Sofi Oksanen (Finlandia), escritora; Erik Orsenna (Francia), escritor; Sneska Quaedvlieg-Mihailovic (Holanda/Serbia) secretaria general de Europa Nostra, movimiento para la protección del patrimonio europeo; Francesca Ratti (Italia), secretaria general de Civico Europa; Maria João Rodrigues (Portugal), exministra, vicepresidenta del grupo Socialistas y Demócratas del Parlamento Europeo; Robin Rivaton (Francia), escritor; Petre Roman (Rumanía), antiguo primer ministro; Jochen Sandig, director de la compañía de danza Sasha Waltz and Guests; Roberto Saviano (Italia), escritor; Wytze Russchen (Holanda), secretario general adjunto de Civico Europa; Nicolas Schmit (Luxemburgo), ministro de Trabajo Empleo e Inmigración; Gesine Schwan (Alemania), presidenta de la plataforma de gobernanza Humboldt-Viadrina; Denis Simonneau (Francia), presidente de EuropaNova; Guy Verhofstadt (Bélgica), antiguo primer ministro, presidente del grupo Alianza de los Liberales y Demócratas del Parlamento Europeo; Vaira Vike Freiberga (Letonia), expresidenta de la República de Letonia; Cédric Villani (Francia), matemático, Premio Fields; Luca Visentini (Italia), secretario general de la Confederación Europea de Sindicatos; Sasha Waltz (Alemania), coreógrafa y bailarina, y Wim Wenders (Alemania), cineasta.

 

Detestable unidad. De Napoleón Cornejo

Detesto cuando me hablan de unidad. Especialmente en política. En esas conversaciones, “unidad” es habitualmente un sinónimo de sumisión, de abandono del criterio propio por el del colectivo, y del incondicional apoyo al caudillo de turno, sin objeción alguna, a cualquiera de sus posturas. Esa concepción de unidad, como la que exhibe un rebaño de ovejas, ha convertido a nuestros pueblos más en activos electorales que en individuos críticos de sus gobernantes.

Napoleón Cornejo, 19 marzo 2017 / LPG

En el contexto de los partidos políticos salvadoreños, nunca ha sido más evidente la frase de Walter Lippmann que dice: “Donde todos piensan igual es porque nadie está pensando”. En el FMLN las decisiones y las visiones de la alta comandancia son dogma; y sus fieles, sin detenerse a pensar más allá de la poesía o el discurso incendiario, los acuerpan ingenuamente. ARENA, con la desgastada excusa de adherirse sus “principios”, es un espejo de ese mismo verticalismo que le critica a su contraparte. Solo bastó que llegaran unos jóvenes progresistas y mostraran criterio propio para que la extrema derecha se enervara y les diera una patada. El objetivo de ambos es exactamente el mismo: construir una cohesionada masa de fanáticos con pronta disponibilidad para asentir y ponerse un chaleco.

Pero luego están los que, sabiendo que hay motivos para disentir, se excusan aduciendo que hacerlo concede ventajas al adversario. Lo que esta posición deja claro, además de su penosa resignación al statu quo, es su ingenuidad; pensando que una extrema es mejor que la otra y que el péndulo político de los últimos 30 años no le hace más daño al país. Esa subordinación voluntaria, justificada en el miedo, los vuelve cómplices de empoderar cabezas provectas para decidir nuestro futuro. Un partido que no es criticado ni retado, aún en plena campaña electoral, jamás tendrá presión para modernizarse.

La verdadera unidad no se logra con regaños ni extorsión. No se exige ni se reclama. No se obtiene con un infantil “¡Callate, porque le das armas al otro!” La unidad se gana a partir de ideas, que por su propio mérito hacen que las personas se adhieran a una iniciativa. Se logra con debate público para obligar a los arcaicos liderazgos a reconsiderar su posición y su rol.

Por eso, a los reclamos de que así se divide la “derecha”, la respuesta no puede ser más fácil: ¡Ojalá! Ya es necesario que nazca otra, aseada del fanatismo religioso y sin traumas de la guerra fría. En la actual, cuando se acercaron personas con ideas más acorde a los tiempos, y por ello con capacidad de atraer adeptos tradicionalmente adversos a ARENA, rápidamente les dieron la espalda. Un partido así quizá pueda inspirar hígados, pero no cerebros. Un partido así no nos va a construir un mejor país del que dejó en 2009.

Ningún progreso vendrá sin confrontación. Y son los rebeldes, los disidentes, los que retan a comandancias y cúpulas quienes lo materializan. Para ustedes, en ARENA y el FMLN, que en respeto a las ideas y al intelecto se vuelven disidentes del establishment y rechazan su visión de “unidad”, les comparto lo que escribió uno de mis autores favoritos: “La búsqueda de justicia social y la libertad no puede sacrificarse por ‘bienes supremos’ como ‘la solidaridad de la tribu’, la tan manida ‘cohesión social’ o ‘el orden’ al que alude un dictador para justificar el recorte de libertades y la arbitrariedad. Esa es una de las luchas del librepensador. Para ello necesita soportar la soledad muchas veces y, sobre todo, valentía, una virtud que nos permite ejercer el resto de virtudes. A pesar de la soledad que supone elegir un camino propio y desmarcarse de las masas, no actuar es tomar partido”.

Somos más de 6. De Andy Failer

Esto no se trata de generar un choque generacional, se trata de generar un clima de armonía para todas las generaciones, todas tienen que aportarle a nuestra democracia, y todas son parte de la vida política.

Andy Failer, director de comunicaciones de la Juventud de ARENA recientemente suspendido de su cargo

Andy Failer, 19 marzo 2017 / EDH

En los últimos días la opinión pública ha sido testigo del ruido mediático que provocó todo lo ocurrido alrededor de la juventud de ARENA, de lo cual fui partícipe, pero lo que quiero dejar claro es que el protagonismo no me pertenece ni a mi ni a 5 personas más. Nosotros solo somos un reflejo, diverso, de lo que los jóvenes salvadoreños quieren. Sí, la juventud salvadoreña es la protagonista, y no de esta historia, sino de la que está a punto de construirse.

Los jóvenes quieren mayores oportunidades de empleo, quieren un país seguro, un mejor sistema educativo y de salud, una nación próspera. Todos queremos, sin lugar a dudas, un mejor El Salvador. Y si los políticos verdaderamente quieren hablar, o quieren politiquear, como ya lo han hecho algunos sobre la agenda de la juventud, pues les resumo cuáles son los temas en los cuales ustedes no logran ponerse de acuerdo.

El panorama electoral, de momento, no es favorable para ningún partido político, ni para muchas figuras casi ancestrales dentro de los mismos partidos, ancestrales no solo de trayectoria, sino también de criterio. Esta es la historia que la juventud salvadoreña deberá construir, todos podemos ser protagonistas y dejar de ser espectadores al momento de votar en las dos próximas contiendas electorales.

Sé que es difícil, desde una posición ciudadana, pensar en elecciones o votos cuando está claro que la oferta política más allá de atraer, espanta. ¿Vale la pena votar?

Más del 50 % de la población salvadoreña es joven, y para las próximas elecciones presidenciales la participación de los que votan por primera vez será clave, será trascendental, y nosotros, los jóvenes, podemos lograr que sean épicas. Está en nuestro poder, en nuestras manos, sentenciar a los que se han desenvuelto como más de lo mismo, como también ponerle un alto al populismo. Entonces sí, vale la pena votar. Hoy más que nunca nuestra voz no solo es disidente, también es incidente.

La renovación ha quedado en el discurso, eso ha quedado claro. Y la apertura no ha sido más que una pantalla que ya se ha desvanecido. Los protagonistas de esta historia no son 6 jóvenes, los protagonistas somos todos los salvadoreños que queremos transformar la realidad de nuestro país. Somos más de 6 los que nos hemos dado cuenta de que la política necesita cambios urgentes, somos más de 6 los que vamos votar en las próximas elecciones, somos más de 6 los que exigimos gente más capaz e idónea, somos más de 6 los que ya no creemos en ti: político corrupto, mentiroso, populista y demagogo.

Esto no se trata de generar un choque generacional, se trata de generar un clima de armonía para todas las generaciones, todas tienen que aportarle a nuestra democracia, y todas son parte de la vida política. Muchos cuestionan a esta generación de la cual soy parte, los llamados millennials, todo por ser idealistas y rebeldes. Pero somos nosotros las principales víctimas del contexto social que heredamos de los que hoy, en su mayoría, siguen tomando decisiones en nuestro país. Y nosotros no queremos trasladar el mismo contexto social a la siguiente generación. Permítannos ayudar, aportar, estamos listos para contribuirle enormemente a El Salvador.

A los políticos: Dejen de preguntarse si los cambios son necesarios, o sobre qué debemos discutir, dejen de cuestionar a la diversidad y de señalar a unos pocos. Dejen ya que sus intereses personales se carcoman los anhelos de miles, dejen de alimentar a la corrupción, ¿no les basta la realidad de nuestro país? Dejen de ser parte del problema, porque hoy… somos más de 6 los dispuestos a erradicar el problema.

Jóvenes ahora y siempre. De Carolina Ávalos

Si queremos avanzar como sociedad, tenemos que romper las cadenas que nos atan al pasado.

Carolina Ávalos, 14 marzo 2017 / EDH

En los años 80, mi generación no tuvo acceso a una vía política civilizada. Muchos de nosotros, los jóvenes de entonces, enfrentamos frustraciones y vivimos angustias, en un contexto en donde no teníamos una opción democrática para participar en los cambios sociales y hacer que nuestra voz se escuchara. Fue un tiempo en el que se truncaron los sueños de muchos jóvenes: por la muerte; por la emigración a otras tierras; o, simplemente, porque se quedaron haciendo lo mejor que pudieron, dadas las circunstancias de guerra e inicios de la posguerra. Sí, hay que reconocer que fuimos una generación taciturna contra todo nuestro deseo.

Treinta años después, no queremos repetir la historia. Los jóvenes de hoy no tienen por qué renunciar a ser jóvenes, ni abandonar el deseo de impulsar cambios. Además, no podemos ignorar las dinámicas de la globalización y los cambios que esto conlleva en nuestras sociedades. Me refiero a los avances en campos tan variados como la tecnología y las comunicaciones, pero, sobre todo, en nuevas posibilidades de transformación hacia sociedades más modernas, democráticas y sostenibles.

Por eso me parece incomprensible que en el siglo XXI la juventud salvadoreña choque contra una muralla impenetrable cuando es propositiva. Al parecer, sólo hay cabida en las instituciones políticas para los jóvenes que son agentes de transmisión de la línea tradicional y establecida. Esto, claramente, va en contra de la naturaleza misma de lo que significa ser joven, como sujeto apasionado y transformador de la realidad.

La juventud es la levadura que puede contribuir a las transformaciones necesarias en los partidos políticos existentes, e incluso en el mismo sistema político. Apostarle a espacios e instituciones políticas en donde no se exija la obediencia, sino la participación dinámica de nuestros jóvenes, sería un punto de quiebre. Más ahora que  estamos en un momento decisivo en la política nacional: la ciudadanía y los jóvenes, en particular, buscan un tipo de representación política que les haga valer sus ideales, que les canalicen y den respuestas a sus preocupaciones, y que les brinden espacios para participar activamente en el debate nacional y en el planteamiento de propuestas para generar cambios positivos en la sociedad.

Estoy convencida que es un momento decisivo en nuestra vida política. Las diferentes generaciones tenemos que trabajar juntas y dar un giro en la manera de hacer política en nuestro país. No podemos seguir comprometiendo el futuro de nuestros jóvenes y de toda una sociedad. Más aún, cuando vivimos en un contexto social complicado, en donde los jóvenes son las principales víctimas de la violencia social, donde las oportunidades educativas son limitadas, desiguales y de mala calidad. En El Salvador, la matriculación de la educación media (tasa neta) roza el 38 % y la terciaria (tasa bruta) el 30 %, muy por debajo de los promedios de América Latina.

Hay muchos jóvenes que ni estudian ni trabajan (uno de cada cuatro), y que no cuentan con las herramientas necesarias (cualificación, educación, etc.) para poder insertarse en el mercado laboral en condiciones favorables, por lo que siguen engrosando el gran sector informal, todo esto limitando seriamente las posibilidades de movilización laboral y social.

Como sociedad tenemos que abrirle el paso de los jóvenes al conocimiento, al acceso a tecnologías, a la participación política, a las oportunidades de realizarse en su vida laboral, familiar y comunitaria. No podemos seguir truncando las vidas de más jóvenes, con nuestras viejas historias de un mundo mejor antes de la guerra e imponiendo nuestras visiones de manera egoísta: tenemos que conciliar y transitar entre generaciones. O le abrimos el paso a la juventud, o el paso se abrirá a pura presión, como ocurrió con el volcán de San Salvador al hacer erupción en 1917: la presión fue de tal magnitud que la lava buscó salidas alternas.

Los jóvenes tienen el potencial de transformar la sociedad y de exigir, reformar y construir las vías democráticas para ello. Tengo la convicción que apoyaremos en este camino a los jóvenes, hijos nuestros, y futuros padres y madres de nuestros nietos, sobre todo porque es nuestro anhelo que se conviertan en ciudadanos de pleno derecho.

@cavalosb