relevo

Votemos por buenos candidatos, saquemos a los malos. De Erika Saldaña

Hay que votar por los mejores candidatos que podamos encontrar en las próximas elecciones. Votemos por caras, no por banderas, o votemos por candidatos independientes.

Erika Saldaña, colaboradora de la Sala de lo Constitucional

Erika Saldaña, 19 junio 2017 / EDH

Hace una semana escribí sobre el resentimiento, la apatía, el descontento y el rechazo que existe en El Salvador hacia los partidos políticos. Pero la vida sigue a pesar de los políticos y sus partidos. Así que no podemos caer en la desesperanza, que es lo peor que puede sentir una persona o sociedad. Pareciera que en la política el cielo está nublado y que no tenemos opciones, pero las tenemos, pocas, pero las tenemos. Hay que votar por los mejores candidatos que podamos encontrar en las próximas elecciones. Votemos por caras, no por banderas, o votemos por candidatos independientes.

Hablemos de los candidatos independientes. Para quienes rechazan a los partidos políticos, estas candidaturas pueden significar una opción para las elecciones de 2018. Los independientes tienen que hacer gala de su calificativo; si esa es la forma por la que se deciden para participar en la política, sus acciones, pensamientos y discursos no pueden ser a imagen y semejanza de las actuaciones de los partidos existentes; tampoco puede resultar en alianzas cuestionables con estos, porque entonces no salimos de lo ya reprobado públicamente.

Votar por rostro y no por banderas políticas también es otra opción para la necesaria renovación política. A pesar de los altos niveles de apatía, está fuera de la realidad pensar que los partidos políticos actuales perderán la representación mayoritaria con la que ahora cuentan. Por eso es necesario que en los partidos se involucre gente nueva y capaz de mejorar las filas partidarias. Es un error mal etiquetar a una persona por involucrarse con un partido; no hay que satanizar las afinidades partidarias, querer ser político no es siempre sinónimo de querer “componerse” por la “vía rápida” y ser “político” no es ni debería ser considerada mala palabra o desprestigio. Si gente capaz y honesta no se involucra, estaremos perdidos con representantes incapaces y deshonestos. Apoyemos a las personas que actúan y son el cambio que queremos ver.

Los que nos quedemos fuera de la actividad política formal también tenemos que hacer nuestra tarea. Debemos depurar conscientemente nuestras opciones y votar por los mejores candidatos que se presenten. Recordemos que quienes resulten ser diputados en 2018 serán los encargados y votarán en las elecciones de funcionarios. Estas son vitales en nuestra república para mantener balances y contrapesos entre los órganos del Estado.

Estos diputados electos votarán por cuatro magistrados que formarán parte de la Sala de lo Constitucional por los próximos nueve años y elegirán al nuevo Fiscal General. Por si fuera poco, podrían decidir sobre la reforma de pensiones e impactarán el rumbo económico y financiero del país. Esta elección es trascendental. No elijamos por simple simpatía, caras bonitas o fidelidad ciega a los partidos. Si queremos mantener a flote esta sociedad, los discursos huecos, prefabricados, y las ideas con soluciones a medias ya no tienen cabida en la política salvadoreña.

En la ya latente campaña electoral, si un candidato no le explica los temas que impulsará en la Asamblea Legislativa o concejos municipales, sus propuestas concretas y la forma en que estas funcionarían, es muy probable que sus ideas estén pegadas con saliva. No vote por él. Si un candidato a diputado limita su desempeño a ir al Salón Azul cuando hay plenaria, a sacarse la foto para ponerla en Twitter y Facebook, pero no brinda resultados concretos de su trabajo, no vote por él. Si un candidato hace un trabajo escueto, a medias, se pierde las votaciones de leyes y dictámenes por cuestiones banales (como andar fumando o haciendo cualquier otra cosa), llega tarde injustificadamente o solo se le ve una vez al mes, no asiste a comisiones de trabajo, abusó de bienes públicos (prestando carros nacionales a familiares o viajando con fondos públicos), realizó tráfico de influencias para contratar a familiares, ha estado involucrado en corrupción o cualquier otra situación cuestionable, no vote por él.

Ahora existe la posibilidad de tener los diputados que nos merecemos, porque podemos votar por rostro. Elijamos con pinza a las personas que conformarán la Asamblea Legislativa, no desperdiciemos este poder. Vote por la renovación.

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Las dificultades de los diputados… De Luis Mario Rodríguez

Luis Mario RodríguezLuis Mario Rodríguez, 1 diciembre 2016 / EDH

La dificultad para obtener la candidatura a una diputación, el control social al que están sometidos los legisladores y la audacia para responder a sus votantes, sin que su comportamiento genere suspicacias al interior de la respectiva bancada, hace mucho más difícil la labor de un diputado.

diario hoyLas sentencias de la Sala de lo Constitucional que ordenaron la elección, en procesos internos, de candidatos a cargos públicos a través del voto libre, directo y secreto de la militancia, la obligación de transparentar las finanzas de los partidos, candidatos y precandidatos, y la apertura de las listas junto al “voto cruzado” en las elecciones legislativas, representan un gigantesco desafío para quienes pretenden representar a los ciudadanos en la Asamblea.

Antes de 2012, los aspirantes al Órgano Legislativo eran designados por las cúpulas partidarias. Los preferidos ocupaban los primeros puestos en las listas; un voto por bandera significaba el respaldo a esos candidatos. Por otro lado no había control de las donaciones para sus campañas y tampoco competían contra sus mismos compañeros de partido por ganar la simpatía de los electores.

Ahora es más complejo alcanzar una curul, es más difícil ejercer las funciones legislativas y también es mucho más alto el riesgo de no ser reelegido en la siguiente elección. Someterse a un escrutinio al interior de un partido político obliga a quienes participan a adoptar la simbología y los rituales con los que comulgan sus miembros. No hacerlo podría interpretarse como una falta de identificación con el instituto político. Otros adoptan la estrategia de alejarse de esas “ceremonias” y se presentan como “el cambio”.

En definitiva, este primer escalón no es fácil de subir. Requiere carácter, estrategia y recursos. La competencia interna es otro de los cercos que debe cruzar el que anhela convertirse en diputado. Desde 2012, además de enfrentar a los postulantes de los partidos políticos adversarios, los candidatos también “pelean” el puesto con sus propios correligionarios. Sus ideas no pueden “golpear” a su colega y al mismo tiempo deben diferenciarlo del resto de sus camaradas para que los electores lo prefieran a él. Se presenta entonces una situación que fragmenta los mensajes de un partido. Sólo la coordinación desde la más alta dirección puede evitar contradicciones en este caso. También surge el riesgo de impugnaciones de resultados y de luchas legales por la candidatura que no deberían ser difíciles de resolver si las comisiones electorales cuentan con la facultad para dirimir esas diferencias y si el Tribunal Supremo Electoral, también con atribuciones expresas en la ley, sirve como árbitro de última instancia.

Por otra parte en la actualidad se castiga la falta de transparencia, no sólo por la población sino también a nivel formal, por quienes tienen a su cargo la fiscalización del dinero invertido. La presión social por el acceso a la información pública alcanzó a la política partidaria y llegó para quedarse. Un candidato o un partido que no revele sus finanzas, los gastos de campaña y el origen de sus fondos será visto con recelo. Declarar su patrimonio, aún antes de ser electo, y publicar un informe en el que rinde cuentas de las donaciones recibidas, de sus patrocinadores y del uso que hizo con esos recursos, son prácticas que el siglo XXI ha insertado en el manual para convertirse en diputado.

Una vez juramentados los legisladores encaran un desafío adicional. El nuevo sistema de votación permite identificar el número de marcas obtenidas por un candidato. Alguien que consigue miles de marcas y se impone con amplia ventaja sobre sus competidores, cuida el sentido de su voto. Sabe que los electores lo observan  y que vigilan el cumplimiento de las promesas que hicieron en campaña. Si hace lo contrario, en tres años estará afuera del hemiciclo legislativo. La discusión que observamos, sobre todo en el principal partido de oposición, cuando se eligen funcionarios de segundo grado o se debate la aprobación de préstamos internacionales que necesitan de mayoría calificada, debería responder precisamente a esas razones y no a divisiones internas o compra de voluntades. Pero ese es precisamente el reto: saber comunicar por qué se aparta del grupo parlamentario sin que lo acusen de tránsfuga o corrupto.

A los salvadoreños que nacieron después de 1980. De Diego Echegoyen

Haber nacido entre 1980 y 2000 nos convierte en jóvenes con una vida inconclusa y cualquier idea cabe. Somos permeables, abiertos y con una necesidad natural de respuestas, somos de gustos nuevos y protagonistas de historias que se pueden extender por la red de manera infinita. No se nos puede negar el apodo de hippies, hipsters, muppies, millenials o yuppies: somos jóvenes, somos salvadoreños. 

Diego Echegoyen es coordinador y editor de la iniciativa El País Que Viene.Diego Echegoyen, 21 octubre 2015 / EDH

Nuestra juventud está en un punto de inflexión. Somos un país joven. Cerca del 30 % de la población salvadoreña tiene menos de 29 años; somos testigos de una realidad abrumadora: 60,000 jóvenes son miembros de las maras.

Con el promedio de muertes diarias que tenemos, pedir que hagamos brillar nuestro optimismo podría considerarse un abuso, pero ¿no somos los jóvenes los que cruzamos fronteras físicas e imaginarias con la fuerza y frescura de la juventud? ¿Acaso no somos nosotros los intrépidos, los fuertes, los que se nos permite equivocarnos? Sí. Seamos optimistas.

No permitamos que la ceguera intelectual vacíe la sabia de nuestro importante tránsito por esta tierra con olor a pino y sabor de horchata. Que no destruya el contenido de nuestros aportes, que no desaparezca nuestra capacidad de hacer, que nuestro sueño más profundo encuentre satisfacción en las buenas ideas, el diálogo y la visión del futuro.

Todo lo que pensemos, repensemos y hagamos como jóvenes repercutirá en quienes seremos como nación en los siguientes 20 años.

EL-DIARIO-DE-HOY-LOGODebemos apostar por un crecimiento intensivo basado en la creatividad y el conocimiento; un país grande y con oportunidades para todos, se logrará en la medida que apostemos por escuchar y no atacar a  personas y debatir propuestas. Debemos poner por delante la capacidad inventiva de los salvadoreños y dibujar juntos el país al que aspiramos.

Necesitamos tener la convicción de que se puede tener éxito y que en El Salvador hay oportunidades. Requerimos tener referencias positivas, y si no las hay, ¡construyámoslas!

¿Cómo motivar la sana ambición y las ganas de estar mejor? Esa pregunta debería ser una materia en las escuelas y una estrategia presidencial obligatoria.

Apoyemos al “diferente” de la clase, incentivemos al maestro que hace las cosas distintas. Humillemos el miedo, avergoncemos la tristeza.

A cada generación le ha correspondido tomar decisiones, apretarse el cinturón y ver hacia el futuro. En este tiempo también hay personajes como Claudia Lars, Roque Dalton, Alfredo Espino, Prudencia Ayala, Salarrué, Matilde Elena López… La diferencia es que los talentos contemporáneos pasan inadvertidos, y plasman su aporte a nuestra cultura desde el asiento de un bus, en las praderas de San Pedro Nonualco, o en las arenas de la Barra de Santiago.

A nadie le interesa más este extraordinario pedazo de tierra que a nosotros los guanacos, los alegres, los trabajadores, los chiquitos, los trigueños… Nadie va a venir a contarnos nuestra historia, somos los únicos responsables y los únicos que podemos comprometernos.

Lograr el país que queremos solamente es posible si la juventud suma ideas y las convierte en proyectos y plataformas incluyentes. La desconexión entre la realidad y la agenda política-pública debe abastecerse de savia nueva. Este país necesita jóvenes líderes comprometidos con su generación y con el futuro, no con la ideología política.

Se acerca una batalla de ideas y no es contra compañeros o contra hermanos. Es contra nosotros mismos. Frente a los desafíos y demandas de la realidad actual se hace indispensable contar con una dosis de ánimo propositivo que solamente nuestra energía puede dar.

Reneguemos de la irresponsabilidad que significa ver pasar la vida. Aferrémonos a los ideales y transformemos nuestra vida. Para construir, reconstruir y deconstruir este país se hace necesario hacerlo, primero, en nuestro interior.

En 20 años, cuando nos releven los jóvenes nuevos, sabremos responder a ¿qué hiciste por este país?

No matemos a nuestros hijos. Salvemos a nuestros nietos.

@diegoechegoyen

¿Cómo es el país que viene? De Ricardo Avelar

En cualquier momento, a un joven interesado en el desarrollo democrático o la ejecución transparente de políticas públicas para el beneficio de un país le podría surgir una incómoda pero importante pregunta: ¿Cómo es el país que viene? 

ric avelar

Ricardo Avelar es director ejecutivo de CREO

Ricardo Avelar, 21 octubre 2015 / EDH

Digo incómoda porque esta pregunta es todo menos impersonal. Al efectuarse esta interrogante, el joven adquiere un tácito compromiso de ubicarse a sí mismo en el centro de la respuesta, no como un mero espectador de un futuro incierto sino como el arquitecto de eso que anhela para su país.

En El Salvador, un joven se cruzó con esta pregunta hace algunos meses. Seguramente, al ver la magnitud de la respuesta que se le abalanzaba, notó que responderla no era algo que pudiese hacer solo. Diego, a quien así llamaremos, pudo haberse llenado de lugares comunes e ilusiones, respondiendo una fantasía para calmar su propia incertidumbre sobre el país que se avecina.

Sin embargo, optó por tomar el camino más largo y complejo: haciendo uso de una robusta red de contactos, invitó a un grupo de treinta y tantos jóvenes, entre líderes de opinión, empresarios, políticos, artistas y deportistas, para ayudarle a construir esa maqueta de El Salvador y dejarla plasmada en el libro “El país que viene, lo que opinan los jóvenes”. Este no solo servirá de reflejo o fotografía del momento actual, sino como una carta de navegación para un futuro donde dejamos de pedir cambios y los construimos nosotros.

Cuando Diego me contactó hace unos meses para ser uno de los autores de este litro, además de una profunda emoción, dentro de mí  surgió una enorme dicotomía: Por un lado, quería narrar una historia bella, con hidalgos ciudadanos que construyen patria responsablemente, haciéndose cargo de sus decisiones, vigilando a sus funcionarios y protegiendo la gestión de la cosa pública para el exclusivo beneficio del país y no de intereses particulares o pequeños saqueadores.

EL-DIARIO-DE-HOY-LOGOPor otro lado, sentía que esa era una historia incompleta, sin una base firme. El Salvador está en problemas, y no lo digo únicamente por los altos índices de violencia, el estancamiento económico, la pasividad de las autoridades o las excusas que adornan el relato oficial. La gran crisis de nuestro país no reside en el sector público, por décadas acostumbrado a hacer un uso arbitrario y opaco del poder, sino en su ciudadanía.

En medio de la crisis y una que otra divagación, concluí que esa gran dicotomía es lo que dibuja a El Salvador en el presente: por un lado, una generación vibrante y constructora de innovación, solucionando necesidades de forma sostenible para más salvadoreños y ganando una gran independencia en el camino. Por otro, sin embargo, una ciudadanía incapaz de fiscalizar por completo al poder político y una torpe polarización que nos impide ver el amplio espectro de la corrupción en el país.

Vivimos en un país confundido, en una especie de Doctor Jekyll y Señor Hyde a nivel nacional. A veces despertamos con esperanzas y otras tantas, con un sentimiento de histeria y cinismo, como si no fuéramos a ninguna parte.

Es precisamente ese punto donde el aporte de Diego es clave para responder la pregunta de El Salvador que viene: es uno que se reconoce a sí mismo, con sus limitaciones y también sus oportunidades. Es uno que no pretende contar una versión ideal de su coyuntura, pero tiene ánimos de cambiarlo sin pedir permisos. Es una ciudadanía que no ha terminado de despertar, pero definitivamente ya no está dormida. Es, al fin y al cabo, un El Salvador donde los corruptos y quienes les defienden lentamente se irán quedando marginados.

P.D.: Al líder del proyecto le asignamos su nombre real, pues su trabajo merece ser destacado y replicado a lo largo de la región. Gracias Diego Echegoyén por la amable consideración en tan importante proyecto que la próxima semana verá la luz.