España

Congreso de Podemos: la segunda victoria de Rajoy

La canonización de Iglesias radicaliza a Podemos y beneficia al líder del PP en el juego del antagonismo inofensivo.

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Pablo Iglesias, este domingo, en Vistalegre. Santi Burgos

Rubén Amón, 11 febrero 2017 / EL PAIS

el paisNo contento Rajoy con haber ganado el congreso del PP con una adhesión norcoreana, también ha ganado el congreso de Podemos. Nada le conviene más al presidente del Gobierno que la proclamación de Iglesias como líder supremo. Porque consolida el fuego cruzado PSOE en el mito de la pinza. Y porque es un antagonismo inofensivo en ambas direcciones. Rajoy quiere gobernar e Iglesias quiere liderar la oposición.

Semejante conveniencia acaso representa la mayor paradoja del fervor pablista que se ha vivido en Vistalegre. La suya es una victoria rotunda. Y recibida con entusiasmo hooliganista en el ruedo de Carabanchel. No sabemos qué hubieran decidido los votantes de Podemos —cinco millones— en una finalísima abierta, pero el escrutinio militante favorece la opción militante. Incluso otorga la razón a Iglesias en su estrategia maximalista-victimista-sentimentalista: o todo el poder o me marcho a casa.

Ha funcionado la coacción. No hasta el punto de esconder la fractura del errejonismo —la lista de Íñigo un tercio del consejo ciudadano—, pero sí con todos los argumentos de represalia para totemizar el piolet y desencadenar la purga. No quiso mencionarla Iglesias en el trance de la levitación nazarena. Ni podía hacerlo: el graderío reclamaba la unidad como remedio terapéutico a la pelea de gallos.

Hubiera sido una torpeza exhibir la cabeza de Errejón a semejanza sacrificial de la Medusa, pero la condescendencia piadosa de estas primeras horas en nada contradice las medidas ejemplares del Directorio. Lo sabían los errejonistas desde que trascendieron los resultados por una filtración. Y lo percibieron más todavía cuando Iglesias compareció en el escenario impecablemente encorbatado.

El abrazo de cortesía a Errejón precipitó el histerismo de los militantes. Interpretaban la escena como una hermosa reconciliación. Iglesias extiende una mano. El problema es la otra. Y hasta qué punto es verosímil el eslogan de la “Unidad y humildad” que Iglesias convirtió en anáfora mecánica de la gran homilía dominical. Humildad e Iglesias son conceptos antitéticos. Unidad y Podemos, exactamente lo mismo, sobre todo después del trauma cainita que ha supuesto el Congreso.

Requiere un enorme esfuerzo de ingenuidad imaginar la reconciliación. No ya por los desencuentros personales, sino por la incompatibilidad de los modelos políticos. La victoria de Iglesias radicaliza el discurso de Podemos. Se arriesga a perder peso en caladero izquierdista, pero conecta con las bases. De otro modo no se hubiera aclamado y canonizado en Vistalegre a los apóstoles de la subversión. Diego Cañamero se pavoneaba como un héroe proletario. A Bódalo se le evocaba como un epígono de Miguel Hernández. Monedero exigía la idolatría en los pasillos. Y Miguel Urbán, condotiero de los “anticapis”, acaparó los mayores decibelios, superando con creces cualquiera de las intervenciones de Pablo Iglesias. Y no puede decirse que escasearan.

El líder de Podemos se sucede a sí mismo al frente de Podemos. El problema es que Iglesias es la virtud y el límite del movimiento. Todavía se necesitan en el esquema paterno-filial y en los rescoldos del mesianismo, pero tanto se refuerza su liderazgo agresivo, tanto se desvanecen sus posibilidades de llegar a la Moncloa.

La restauración del modelo feroz conforta a Iglesias en la devoción de la militancia y demuestra que el espíritu de Izquierda Unida se ha apoderado de las esencias, pero representa un enorme límite electoral. El límite que aspiraba a rebasar Errejón normalizando la vida institucional y convenciendo a los suyos de que el futuro de Podemos, de haberlo, está a la derecha de Podemos. E insistiendo en que la idea de cultivar temerariamente el fantasma del “estado fallido” no lograba otra cosa que hacer de Rajoy el patrón nacional de los pensionistas y el rompeolas a la incertidumbre. Larga vida a Mariano.

Triunfos y errores de un líder accidental

El núcleo dirigente y de asesores del que se rodeó contribuyó a cultivar en su cabeza una manía persecutoria.

Pedro Sánchez , durante su rueda de prensa de renuncia. Foto: JAVIER SORIANO /AFP

Pedro Sánchez , durante su rueda de prensa de renuncia. Foto: JAVIER SORIANO /AFP

Rafa de Miguel, 2 octubre 2016 / EL PAIS

el paisPedro Sánchez tuvo dos grandes momentos en su fugaz trayectoria hacia el auge y la caída. Recuerdo muy bien el primero: un diputado del que apenas se conocía nada relevante entre los periodistas del Congreso, más allá de su buen porte, quiso tomar un café conmigo para contarme —como a otros muchos, claro está—cómo se estaba recorriendo toda España, de agrupación en agrupación del PSOE, para promover su candidatura a las primarias del partido. El mundo es de los osados. La valentía, incluso la temeridad, puede ser un valor añadido en política si se ve acompañada por la suerte. Sánchez la tuvo y la supo utilizar. Se convirtió en el candidato perfecto de todos aquellos cuyo objetivo último no era otro que frenar al favorito, Eduardo Madina. Como el personaje de la película, Sánchez se convirtió en el “líder accidental”.

Su segundo gran momento le llegó también de rebote. La renuncia de Mariano Rajoy a intentar su investidura, tras el 20-D, llevó al Rey a ofrecer a Sánchez esta oportunidad. Y la aprovechó bien, hasta donde pudo llegar. El acuerdo pactado con Ciudadanos fue un modelo de generosidad y colaboración. Era un buen documento, y podría haber sido la base de un buen Gobierno si no fuera porque desde el principio fue un canto a la melancolía. Ni el PP ni Podemos iban a permitir ese “Gobierno transversal”.

Junto a esos dos grandes momentos, el ya dimitido secretario general ha tenido sin embargo muchos errores. Algunos especialmente graves. El núcleo dirigente y de asesores del que se rodeó contribuyó a cultivar en su cabeza una manía persecutoria, casi obsesiva, respecto a las amenazas procedentes de los dirigentes territoriales críticos, especialmente de la líder andaluza, Susana Díaz. Era evidente que los tenía enfrente, que en las conversaciones privadas le llamaban de todo menos bonito, pero respetaron hasta el final su estrategia, su candidatura y hasta sus razones para retrasar un congreso siempre pendiente.

A cambio, Sánchez fue encerrándose en su círculo. Cortó la comunicación con el resto de dirigentes. Acumuló derrotas electorales de las que ni siquiera se tomaba la molestia de hacerse responsable. Alimentó expectativas imposibles de Gobiernos alternativos. Hablaba de volver a intentar un pacto con Ciudadanos y Podemos, en el que apenas nadie creía, y lanzaba a la vez señales de otro pacto con Iglesias y los independentistas que, ese sí, escandalizaba a sus compañeros de partido. Pero sobre todo, cruzó la raya al querer envolverse en la militancia y hablar de bandos: “los subalternos del PP”, llamó a sus críticos, “frente al proyecto autónomo y de izquierdas” que aseguraba representar. En su huida hacia adelante, no entendió que el deterioro sufrido por el PSOE podía ser irreparable. Que no se trataba solo de evitar la amenaza de Podemos. Que ponerte a los mandos de un Ferrari no garantiza saber adónde te diriges ni que seas un buen conductor.

“Hemos conocido una derecha civilizada”

Lectores de EL PAÍS responden a la pregunta: ¿Debe Rivera apoyar a Rajoy?

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Mariano Rajoy conversa este martes con Albert Rivera en el Congreso. PIERRE-PHILIPPE MARCOU (AFP)

el pais12 julio 2016 / EL PAIS

Estas son las respuestas de los lectores a la pregunta formulada por el director de Opinión de EL PAÍS, José Ignacio Torreblanca, sobre si Ciudadanos debe apoyar al PP y facilitar la investidura del próximo presidente del Gobierno.

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Ningún dirigente o partido que haya esgrimido en algún momento una ambición regeneracionista puede apoyar un Gobierno del PP tras el rodillo de la mayoría absoluta de 2011-2015, ni mucho menos formar Gobierno. Salvo que se quiera traicionar la principal exigencia ciudadana, que es la de la coherencia. En aras de la gobernabilidad del país puede, a lo sumo, abstenerse. La responsabilidad de la mayoría solitaria del PP es únicamente del PP. El PP, y Mariano Rajoy, han sido los únicos que han mejorado resultados el 26-J. Sería, pues, hasta cierto punto contra natura y contra la voluntad popular hacer malabares para formar Gobiernos alternativos. Pero una cosa es no ser obstruccionista y otra muy distinta avalar desde otros partidos y en especial los nuevos la política del PP. Si el PP no ha renovado su mayoría absoluta, por algo será. Pablo García Astrain

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De entrada, mi respuesta es no. Y ahora expongo mis razones:

1. En el PP no ha cambiado nada con respecto a las condiciones que se dieron tras el 20-D y entonces Ciudadanos le dijo no a Rajoy. ¿Por qué tendría que cambiar ahora?

2. Tras el 20-D, Ciudadanos construyó, junto con el PSOE, un programa de gobierno con el que Sánchez se presentó a la investidura. No veo ningún motivo en la situación actual como para anular aquel pacto y sustituirlo por otro con el PP.

3. Ciudadanos ha basado parte de su campaña en la regeneración política y ha establecido como línea roja la corrupción. En el PP, desde el 20-D solo han existido más casos de corrupción, a lo que habría que añadir las conspiraciones del ministro del Interior en Cataluña; una razón más para no pactar con el PP.

4. Pactar un coalición de Gobierno con el PP podría suponer para Ciudadanos la fagotización de esta formación por el PP y, prácticamente, desaparecer en un corto espacio de tiempo no más allá de dos legislaturas (similar al caso de UPyD). Vicente Fdez. Arias

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Rivera no debe ni puede pactar con Rajoy.

Los votos recibidos por Rivera no se le han dado para ser la muleta del PP, ni aunque la “estabilidad” dependa de ello. Quien quería votar PP ya lo hizo directamente. Pactar con Rajoy es pactar con la corrupción, con los sobres, con Bárcenas, con Camps, con Barberá, con Arístegui, la Gürtel y la Púnica. Rivera no recibió tres millones de votos para echarlos a la basura (se condenaría como político y como opción de futuro). Podría, eso sí, pedir la cabeza de Rajoy y de varios corruptos más del PP (desde Arenas a Cospedal) a cambio de un programa político y económico de regeneración… pero eso es soñar (pura ciencia ficción). Con los pies en la tierra, Rivera no puede ni debe pactar con Rajoy, pase lo que pase. Terceras elecciones incluidas. Juan Vilches.

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No.

Creo que la labor desarrollada por Rivera desde el pasado 20 de diciembre, ha permitido a muchas personas, conocer a una derecha civilizada, no diré culta todavía. Pero que apunta maneras, que puede dialogar y a la que no le gusta que se juegue en el Congreso con maquinitas ni que se meta la mano en la caja. Mezclar su ideología con la de los cientos de imputados, condenados… del PP sería algo irreversible. Creo que Rivera debe girar al “centro” y es cuestión de tiempo que las nuevas generaciones de los hijos del PP vean en él algo menos contaminado que lo que tienen en casa. Tal vez, incluso algún socialista al que no le gustan los experimentos regionales, ni las zancadillas internas y mucho menos las puertas giratorias pudiera sentirse atraído. Antonio Jaén

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Rivera no debería de pactar ni con Rajoy ni con Sánchez. La mayoría de los votantes de C’S son votantes que votaron en el 2011 a Rajoy, y arrepentidos y decepcionados no quieren que repita como presidente. Si Rivera lo hace posible por activa o por pasiva, este electorado se sentirá muy frustrado. Con Sánchez tampoco debió de pactar Rivera puesto que estos votantes son ciudadanos de centro-derecha que no quieren a Rajoy, pero menos quieren un presidente socialista. Rivera debió de mantenerse en un segundo plano, antes, y ahora con más motivo, dejando la pelota en el tejado del PP y del PSOE, pero su afán de protagonismo le puede y le pierde. José Manuel Riveiro Corona.

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Opino que sí. Ciudadanos debe apoyar al PP, pero manteniendo sus promesas y forzando, si puede, la dimisión de Rajoy. Unos años más de despiadadas e injustas políticas de derechas acabarían abriendo los ojos a los ciegos y pusilánimes. Es el PP y solo el PP el que debe darnos miedo o, mejor todavía, terror pánico. Parafraseando a Monterroso: “Cuando despertó, Mariano Rajoy seguía ahí”. José Belenguer Serrano.

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Sí. Eduardo Barousse Moreno

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Es Rajoy el candidato que debe ofrecer voluntariosamente a Rivera un pacto de legislatura o investidura. Rajoy es el que tiene que demostrar a Ciudadanos que estaban equivocados en la pasada campaña y que él personalmente puede asumir un Gobierno reformista y anticorrupción. Como eso no va a suceder, dado el talante despreciativo, inmovilista y de mínimos de Rajoy, a Rivera solo le quedará pasar a la oposición constructiva votando no al investidura. Se avecinan tormentas políticas y económicas en el horizonte y a Ciudadanos le interesa mantenerse como un referente, el partido de la ilusión por un proyecto político reformista íntegro, frente a los “populares” que quieren disolver su esencia en un regalo de gobernabilidad que se resolverá inútil al poco tiempo dado el nulo afán de cambio de Rajoy. Carlos Camino

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Sí, debe de pactar. Carmen Juárez

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La peor decisión que puede tomar un partido que está en la lucha por ganar espacio político es verse enredado en acuerdos con un partido enfermo de corrupción. La opción no es pactar con el PP, es pactar con los dirigentes que han podrido la política, que han ensuciado la función pública. Es una cuestión de respeto a la gente que cree en las bases del PP. Pactar con Rajoy es, de alguna manera, favorecer su enquistamiento en el poder y con él, y con ellos, una nefasta manera de entender la política. Es permitir que un político sin escrúpulos, sin responsabilidad política ni ciudadana se salga con la suya. Es que Rajoy solo tiene que sentarse a esperar que su método dé frutos, solo con dejar pasar los días y apelar al sentido común del resto de partidos para que hagan lo que deben, tragar y abstenerse ante este personaje. La política en España ha tomado un tono extraño, donde quien intenta pactar es castigado, quien se refuerza en el cinismo del que deja hacer se beneficia. Solo escucho hablar de quién tiene la responsabilidad ante la posibilidad de que se vuelva a votar, pero se olvidan que sin segundas no habría terceras, que los culpables de este estancamiento político son la corrupción del PP que lo deja aislado y la desidia e infantilismo de Iglesias y Garzón cuando debieron estar a la altura de los millones de votantes que confiaron en ellos. Olé, por Rivera y Sanchez, que intentaron un pacto de contrarios, sobre una base de lugares comunes para sumar. Lástima que solo lo entendieron ellos. De nada sirve un pacto de investidura si luego no es posible gobernar. Rubén Óscar Mansor.

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Aunque considero a Ciudadanos un partido de centro-derecha no debería dar su apoyo al PP por pura coherencia con los principios que han proclamado a los cuatro vientos: regeneración democrática y transparencia, elementos que no se dan precisamente en Rajoy y compañía. Y, sinceramente, tampoco veo a sus herederos muy lejos de sus jefes, al menos por los sapos que se están comiendo para hacerse un hueco en el poder. Naturalmente, hablo de Maillo, Pablo y Cía. Si votan a favor del PP, debieran hacerlo tras conseguir negociar los cambios que ya negociaron con el PSOE, como mínimo. J. Payán

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La pregunta es: ¿Debe pactar Rivera con Rajoy? La respuesta es: “Depende”. Ciudadanos no debe pactar con el PP a cambio de nada, ni de puestos en el Gobierno (Rivera ya dijo que no querían sillas). No debe apoyar a Rajoy así como así. Lo que deben hacer PP y Ciudadanos es sentarse a negociar un acuerdo de gobernabilidad y la responsabilidad del éxito en el acuerdo es de ambos. Ciudadanos debe entender que no puede exigir ni la mitad de medidas de su programa, ya que debería ser proporcional al número de escaños obtenidos. Y el PP debería entender que debe ceder en algunos para obtener su apoyo. En resumen: si yo fuera Albert Rivera, saldría ante los medios y diría lo siguiente: “Queremos un acuerdo de gobernabilidad con el PP. Entendemos que teniendo menos escaños que ellos no podemos exigir el cumplimiento de todas las propuestas en su programa, pero nuestro apoyo tampoco debe ser gratuito. Somos humildes y pedimos solo tres propuestas de nuestro programa:

1. Nueva ley electoral: un ciudadano, un voto.

2. Aplicar el paquete de medidas de regeneración democrática (puertas giratorias, listas abiertas, primarias en los partidos…).

3. Supresión de las Diputaciones

Si se comprometen únicamente a estas tres medidas tendrán nuestro voto”. Como votante de Ciudadanos, si Rivera le da su apoyo a Rajoy a cambio de prácticamente nada, de maquillaje… perderá mi voto. Creo que el votante de C’s es más crítico de lo que pueda ser el votante del PP con su partido. Javier Oviedo

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 Sí, sin ninguna duda, Rivera debiera intentar pactar con Rajoy. Seguramente accediendo a un Gobierno que lo participe activamente, pero creo que debe dejar de lado la negativa y caprichosa influencia de Sánchez. Este último quien, por cierto, debiera dejar de lado su arrogancia constante, reconocer su derrota electoral, y facilitar un Gobierno que, quiérase o no, fue votado mayoritariamente por la gente, y que además hace muchísima falta ya no solo para el Gobierno nacional del día a día, sino además para generar una imagen de país consolidado. (Por cierto, no soy del PP, pero reconozco que en este momento es lo más adecuado). Creo que es esta también una importante coyuntura que puede permitir plantar firme cara al independentismo, que tanto daño hace a la sociedad. Pablo A. Pérez.

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No!!!

Si Rivera ha perdido ocho diputados por vetar a Rajoy. Debe ser fiel a los votantes que le han quedado. Se supone que estos han creído en su promesa electoral. Y debe cumplirla. Emilio Soler

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Cuando los resultados de unas elecciones conllevan una ambigüedad de resultados, que la ley electoral así vigente lo ha decidido, y lo ha hecho en dos ocasiones sucesivas, lo mínimo que pueden hacer los partidos es conformar una mayoría de gobierno que permita cambiar lo que no funciona, en nuestra democracia. La gestión de poder debe realizarse de la mejor forma posible, anteponiendo los intereses generales de la democracia a los propios del grupo perdedor. Esta lealtad se refiere al proceso democrático, y no necesariamente a las políticas que ponga en práctica el nuevo gobierno, por ello todos aquellos grupos deben aglutinarse en esta ocasión en torno a un programa de gobierno que no puede ser de izquierdas o derecha, sino del interés general de los ciudadanos de este país, para su bien común y para ello Sr. Rajoy, Rivera, Sánchez o Iglesias deberían estar negociando, una legislatura de transición para el bien común. Miguel Brito Ramos.

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Sería muy importante que Ciudadanos ayudara a formar gobierno porque necesitamos ya un gobierno fijo cuanto antes. Personalmente no me gustan en absoluto las políticas de Rajoy y del PP, los numerosos casos de corrupción, las pésimas políticas sociales. Y el caso de las escuchas en el Ministerio del Interior tiene claras reminiscencias del franquismo que resultan francamente alarmantes. Casi peor -si cabe- que los casos de corrupción económica. Sin embargo, aunque es difícil entenderlo, la gente ha vuelto a votar por el Partido Popular y a mí me gustaría que los partidos que entren en el gobierno juntos al PP ejerciesen un control fuerte al PP y que les obligasen a hacer una limpieza profunda para que los ciudadanos podamos volver a creer en la democracia en España. Con el PP en el gobierno nuestro concepto de cómo debe de funcionar la democracia se aleja cada vez más de la realidad. Más que nunca necesitamos hombres de Estado en el gobierno para ejercer un mayor control sobre la ética en política. Ciudadanos tiene mejor sentido de la ética que el PP y su papel es clave para regenerar la política y el PP en concreto. Julia Weiss.

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Debe y está obligado. Primero, porque el bipartidismo se ha terminado en beneficio de la democracia. Segundo, porque estamos perdiendo una oportunidad única, para hacer leyes negociadas por todos los partidos y no impuestas, que un partido legisla y otro elimina al llegar de nuevo con sus mayorías absolutas. Tenemos necesidad de una ley de educación, justicia, electoral pactadas por la mayoría de los partidos y no leyes impuestas sin negociación previa que nos ha traído hasta aquí, como la Ley de educación. Es un momento único para la democracia negociada y no impuesta. Para ello hace falta talante que dudo exista en los líderes de los partidos actuales. Luis Maraña.

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Por coherencia, y por supervivencia, no debe pactar, a menos que Rajoy se eche a un lado y el PP nomine a alguien no contaminado como candidato a presidente. Esto sería una medalla para Rivera, pero por eso mismo el PP no lo va a aceptar. Juan Mª González Oliveros.

 

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Espeña: El PP aumenta su ventaja y el PSOE resiste como segunda fuerza política

el paisPodemos no rentabiliza su acuerdo con IU y queda muy lejos del ‘sorpasso’. Se mantiene la incertidumbre sobre la formación de Gobierno.

Fernando Garea, 27 junio 2016 / EL PAIS

El PP ha vuelto a ganar las elecciones generales y hasta supera sus resultados de diciembre, pero se mantiene las dudas sobre la formación de Gobierno, en un panorama político que sigue siendo de alta incertidumbre para poder superar el bloqueo.

No hay cambios sustanciales en el tablero político, porque el PSOE ha logrado resistir como segunda fuerza y la unión entre Podemos e Izquierda Unida (IU) no ha conseguido el ansiado sorpasso, es decir, no ha superado a los socialistas. La suma de Podemos e IU superó en votos al PSOE en las elecciones de diciembre, pero ahora ni siquiera eso porque han perdido en conjunto un millón de votos, su coalición ha fracasado. Para lograr Gobierno, el escenario es muy similar al que salió de las elecciones de diciembre, aunque con el PP más fortalecido y el bloque de izquierdas más debilitado.

Mariano Rajoy ha ganado sus terceras elecciones y hasta ha mejorado los resultados de diciembre, aunque hace solo cuatro meses pudo perder la presidencia. Supera la línea del 32,93% de los votos y llega a los 137 escaños. A Rajoy le ha reforzado la incertidumbre. Ha ganado el PP en Andalucía, ha sumado 14 escaños más, se ha fortalecido, pero necesita acuerdos que le resultaron imposibles en diciembre.

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No le bastará con los escaños de Ciudadanos, aunque ahora sumen más entre los dos (169), y solo podría gobernar con el difícil acuerdo del PSOE o con su abstención o la de partidos soberanistas. Queda la duda de qué ocurrirá si la condición del acuerdo es que Rajoy de un paso a un lado, algo difícil de prever teniendo en cuenta el ascenso en votos de su partido con respecto a diciembre. ¿Quién le hace irse si en estas circunstancias mejora su resultado?

Los socialistas han resistido como segunda fuerza, aunque vuelvan a tener por tercera vez consecutiva su peor resultado de la historia en escaños. La noticia de la noche electoral es que la candidatura de Pedro Sánchez no se ha hundido, ha resistido el empuje de Podemos más IU y, contra todo pronóstico y desmintiendo los sondeos preelectorales y los realizados ayer mismo a pie de urna, sigue siendo el segundo partido con cuatro escaños menos, pero con mejor porcentaje de votos que en diciembre. Sánchez tenía trazada la línea entre el éxito y el fracaso en evitar el sorpasso y ha superado la reválida. Su futuro político pendía de un hilo y ha superado la difícil prueba.

Por contra, Pablo Iglesias no ha superado la línea del éxito y su suma con IU no da, ni de lejos, la adición aritmética de los votos de ambos en las elecciones de diciembre. No puede encabezar las negociaciones para formar Gobierno y solo puede aspirar a volver a postularse como vicepresidente de un Ejecutivo de coalición con el PSOE. Y eso para Podemos es un fracaso después de su acuerdo con IU, cerrado con la resistencia de sectores del partido que eran partidarios de mantener la transversalidad y tras hacer desaparecer la formación que lidera Alberto Garzón.

La coalición no ha roto el tablero político. En diciembre, la suma de Podemos e IU estaba por encima del PSOE en votos, pero ahora Unidos Podemos no cumple las expectativas y pierde un millón de votos. Con el 91,81% escrutado, solo logra 71 escaños, dos más que en diciembre y lejos del sorpasso. Tras el 20-D y el bloqueo en las negociaciones para formar Gobierno, la repetición de los comicios mantiene las dudas y no consolida el fin del bipartidismo. El Congreso seguirá fragmentado con el PP como partido más votado y con el PSOE y Podemos dividiendo en dos partes el voto de la izquierda. El bipartidismo resiste, sin que ningún otro partido pueda gobernar. Y el PSOE mantiene aunque debilitadas sus opciones de liderar un Ejecutivo, sin dudas sobre su liderazgo futuro.

Rajoy e Iglesias pedirán al PSOE que desde este mismo lunes se siente a negociar un futuro Gobierno. El primero como presidente y el segundo como apoyo, aunque de nuevo no es es posible el pacto de izquierdas y sin soberanistas y eso lo hace muy difícil.

Ciudadanos es el único que cae con 8 escaños menos, y queda con poder muy reducido porque sus escaños ya no sirven para determinar por sí solo el color del Gobierno. Sus exigencias apuntadas en campaña para que Rajoy deje de ser el candidato del PP a la presidencia del Gobierno pierden toda la fuerza o, al menos, ya no es una condición insuperable para los populares. Sus esfuerzos de pactos de estos meses no solo no han sido premiados, sino que parecen haber sido castigados.

El PSOE tiene en su mano mirar a su derecha y dar el Gobierno al PP o dirigir la mirada hacia su izquierda y pactar con el partido de Pablo Iglesias, con la dificultad añadida de necesitar a los independentistas. Cualquiera de las dos opciones tiene contraindicaciones graves para el partido que encabeza Sánchez. La decisión es de los socialistas, mientras que el PP tiene claro con quién puede pactar y Podemos no tiene más opción que la de apoyar a los socialistas, a los que no ha parado de lanzar mensajes de mano tendida durante la campaña electoral.

Los dos extremos pugnarán desde ahora por el pacto con el PSOE, aunque anoche Sánchez e Iglesias ni hablaron de ello. Si se lo da al PP, Podemos, en situación más débil, podrá hacer el discurso de la derechización del PSOE y si es al revés, el PP tendrá a mano el de la radicalización del partido que más tiempo ha gobernado en España. Aparentemente, los votantes han reconocido lo que el líder del PSOE vendió en las elecciones como su principal activo: el intento de llegar a acuerdos con su pacto con Ciudadanos.

Sin suma de izquierdas

Uno de los argumentos de los socialistas, el de la imposibilidad aritmética de Gobierno de izquierdas, se mantiene. Los escaños de los independentistas y soberanistas pueden ser necesarios, pero en menor medida, porque la suma de PSOE y Podemos no llega a los 176 escaños. El acuerdo con IU no se traduce en avance de la izquierda.

Las segundas elecciones en seis meses han aclarado otra opción, porque ya no es posible la vía que intentó Sánchez tras las elecciones de diciembre: la de PSOE con Ciudadanos, a la espera de una abstención del PP o de Podemos. La suma entre el partido de Sánchez y el de Albert Rivera ya no superará el número de escaños del PP y, por tanto, no hay opción a la vía propuesta por Jordi Sevilla: que gobierne el que más escaños tenga.

Aparentemente, la polarización entre PP y Podemos ha perjudicado a Rivera. Ha perdido últimos escaños por la ley electoral y el PP ha recuperado votos de electores molestos con su política que le castigaron en diciembre apoyando a Ciudadanos. La apelación al voto útil le funciona al PP, por encima de escándalos y corrupciones, y como antídoto del miedo a Podemos.

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¿Cuánto se han equivocado los sondeos?

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Así, no Podemos. Editorial de El País/España

La agresividad de Pablo Iglesias encubre los problemas en su ‘holding’ político.

Pablo Iglesias habla durante la segunda sesión de investidura de Pedro Sánchez, el 4 de marzo de 2016. Francisco Seco AP

Pablo Iglesias habla durante la segunda sesión de investidura de Pedro Sánchez, el 4 de marzo de 2016. Francisco Seco AP

el paisEditorial, 9 marzo 2016 / EL PAIS

Las complicaciones en la negociación de los socialistas con Podemos se producen tras el fuerte viraje dado por esta formación en las últimas semanas. Tras disfrazarse de socialdemócrata en la campaña previa a las elecciones generales del 20 de diciembre, Pablo Iglesias bloqueó la posibilidad de un Gobierno presidido por el socialista Pedro Sánchez, tras haber pretendido imponerle su persona como vicepresidente plenipotenciario y el programa que costaba a los españoles un aumento del gasto público de 96.000 millones de euros en tres años, entre otras condiciones.

Frente a las interpretaciones electoralistas dadas en su día a ese viraje —Podemos habría exigido condiciones inviables para provocar nuevas elecciones, en la confianza de dar el sorpasso al PSOE—, las noticias sobre la multiplicación de crisis internas nos asoman a otra realidad. Consciente de que gobierna una formación inestable, Iglesias ha forzado la máquina de los ataques al enemigo exterior para tratar de encubrir las tensiones internas. Sin olvidarse de salpicarlo con gestos tan humanos como el ejercicio de alcahuetería practicado por Iglesias al comentar una hipotética relación personal entre uno de sus correligionarios y una colega del PP, utilizando para ello nada menos que un debate de investidura.

No parece que lo hayan apreciado muchos de los electores que inicialmente habían comprado los desgarradores discursos de Podemos “contra la casta” y “el candado del 78”: la mitad de sus votantes desaprueba el veto de esta formación a Pedro Sánchez como candidato a la presidencia del Gobierno, según una encuesta de Metroscopia. Para acabarlo de arreglar, el grupo de izquierda anticapitalista que dio origen a Podemos quiere romper del todo con los socialistas y forzar las elecciones, sin duda para polarizar aún más la incandescente situación política española.

Se sorprenden algunos sectores críticos de Podemos por los procedimientos impuestos por Iglesias en el gobierno de su organización, pese a la inquietud que reina desde hace tiempo en ella por la soberbia y el “endiosamiento/arrogancia” exhibidos por el cabeza visible de la formación, como lo explica el documento interno publicado por EL PAÍS. Resulta ciertamente difícil mantener la cohesión de lo que no es un partido político, sino un holding de grupos con distintas bases territoriales, intereses no siempre coincidentes y voluntad dudosa de plegarse a la voz de mando, como lo prueban las dimisiones en cadena de dirigentes próximos al número dos, Iñigo Errejón, en la organización madrileña de Podemos.

Tratar de humillar a los adversarios políticos con imposiciones inviables, denunciar en todos los tonos el pacto del PSOE con Ciudadanos: esas son las razones políticas exhibidas desde la cúpula de Podemos. Su objetivo nunca ha sido apoyar un Gobierno socialista, como hace el resto de la izquierda en Portugal, sino sustituirlo, como Syriza hizo en Grecia con el PASOK. Pero ni siquiera eso basta para recoser las costuras. De muchas maneras, se lo están diciendo a Pablo Iglesias desde sus propias filas: así, no podemos.

El sanedrín de EL ESPAÑOL pone nota a los líderes políticos

Rivera obtiene la máxima nota seguido de Pablo Iglesias, según el análisis de 10 firmas del diario.

Rivera charla con el presidente del Congreso. Efe

Rivera charla con el presidente del Congreso. Efe

2 marzo 2016 / El Español

el españolAlbert Rivera es el líder político mejor valorado por un sanedrín de 10 firmas de EL ESPAÑOL que han analizado el fondo y la forma de las intervenciones de los cuatro líderes políticos en el debate de investidura.

El líder de Ciudadanos obtiene una nota media de 7,05 (sobre 10) por delante de Pablo Iglesias, que logra un 6.

El presidente en funciones Mariano Rajoy obtiene un 5,4 y el candidato Pedro Sánchez se queda al borde del aprobado con un 4,5.

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En la encuesta lanzada en el perfil de Twitter de EL ESPAÑOL, Rivera ganaba holgadamente la votación de los lectores.

A continuación, el análisis y las notas personalizadas de las diez firmas de EL ESPAÑOL

1. Alberto Lardiés

Albert Rivera, 7

Es el único de los cuatro que no ha leído ni una línea. Su discurso ha sido el más centrado ideológicamente y el menos bronco en las formas. Ha sido el más tranquilo. No ha caído en las provocaciones de Iglesias y ha sorprendido al atacar con dureza a Rajoy. Ha defendido su pacto con el PSOE con más solidez que el candidato a la investidura.

Pablo Iglesias, 6’5

Desde el punto de vista formal, su discurso inicial quizá haya sido el más brillante de todos los que se han pronunciado. Sus dotes como orador y su telegenia han funcionado. Ha conseguido marcar la pauta con sus ataques a Sánchez y, sobre todo, con sus feroces críticas a Rivera. Eso sí, ha desbarrado en su rifirrafe con el candidato y con el grupo socialista. En ese momento, ha perdido los nervios que suele controlar.

Mariano Rajoy, 6

El presidente del Gobierno en funciones se ha despachado a gusto contra Sánchez. Su retranca y su ironía han sido efectivas a lo largo de su discurso. Domina el estrado por su experiencia. En cuanto al contenido, se ha limitado a atacar y desacreditar al candidato del PSOE.

Pedro Sánchez, 4

Paradójicamente, el peor parado en este debate es el candidato a la presidencia del Gobierno. Carente de reflejos y de capacidad para improvisar, Pedro Sánchez no ha sabido defenderse de los múltiples ataques recibidos. Al igual que en su discurso del martes, no ha aportado ningún golpe de efecto en la forma ni en el contenido.

2. Ana Romero

Mariano Rajoy, 8Ha exhibido maestría parlamentaria: experiencia e ironía. Ha hecho reír incluso a diputados que no son del PP. Ha despertado a la Cámara del letargo del día anterior. Pablo Iglesias, 7 Leído y cultivado, le fallan las formas: cuando se enfada le sale la vena asamblearia. Grita demasiado. En el futuro, si logra amaestrar a la fiera que lleva dentro, puede ser un gran parlamentario. Albert Rivera, 6 No tiene la talla parlamentaria de Rajoy ni la garra de Iglesias, pero ha cumplido con creces. Hace buenos intentos por improvisar (no como Sánchez). Pedro Sánchez, 4El peor. Plano, aburrido, no se sale del guión (como le han echado en cara Rajoy e Iglesias). Tiende al ‘rigidismo mecanicista’: da igual lo que le digan, repite su guión. Debate mal.

3. Daniel Basteiro

Albert Rivera, 8

Defendía el mismo acuerdo que Sánchez, pero su discurso tuvo un hilo conductor, apeló al sentido común y estaba salpicado de citas pertinentes y buenas referencias. Desde la lógica básica fue capaz de poner contra las cuerdas al PP. La agresividad de Iglesias contrastó con su talante, mucho más sereno, que potenció su imagen frente a los demás líderes.

Mariano Rajoy, 6

Rajoy tiró de retórica para tapar una verdad incómoda. Nadie fuera de su partido apuesta por que sea reelegido como presidente. Rajoy fue capaz de transmitir la idea de un cierto vigor y se le vio fresco, quizás porque no se jugaba nada, pero sus argumentos fueron fácilmente desmontados por sus oponentes. Su tono burlón y sus insultos a Sánchez le restaron credibilidad. Llamar “bluf” a Sánchez no le ayudará a conseguir sus votos.

Pablo Iglesias, 6

Iglesias tuvo algunos momentos muy efectivos, pero evitó hablar de la aritmética, principal argumento en contra del Gobierno que le propone a Sánchez. Tampoco habló del fondo de las medidas y se centró en hablar de las formas y del pasado. Sus gritos y falta de respeto a los demás partidos (ante los que Errejón ponía una cara que era un poema) restaron credibilidad a la pretendida épica.

Pedro Sánchez, 5

Tenía el papel más difícil. Como candidato a La Moncloa, era el saco de boxeo llamado a recibir más golpes. Y, sin embargo, el debate podía suponer un gran trampolín mediático, una pasarela para un nuevo liderazgo. Pero Sánchez no destaca por su oratoria y en el cuerpo a cuerpo es peor que sus contrincantes. Podría haber hecho mucho más y salió muy magullado.

4. Ana I. Gracia

Albert Rivera, 8

El presidente de Ciudadanos ha sabido defender mejor que el candidato Pedro Sánchez el pacto que firmó con los socialistas. Además de presentarse en un tono mucho más educado que el de sus contrincantes políticos, supo sacar de sus casillas al PP diciéndole a la cara que tiene que regenerarse.

Pablo Iglesias, 7,5

El líder de Podemos no defraudó a su electorado. Si bien falló en las formas y en pasarse de frenada, supo resquebrajar el discurso del PSOE y revolvió al candidato Pedro Sánchez, que no será capaz de sacar adelante la investidura sin su apoyo. Sacar los trapos más sucios del PSOE de Felipe González provocó el momento más tenso de la sesión y la escenificación de que el pacto de izquierdas está roto.

Mariano Rajoy, 6

El presidente del Gobierno en funciones resurgió de sus cenizas, donde estaba desde que el rey encomendó a Pedro Sánchez formar gobierno. El líder del PP utilizó una fina ironía para desmontar el Pacto de ‘El abrazo’ y, a la vez, levantar la moral de su grupo parlamentario, que la tenían por los suelos desde que dejó pasar el turno y cedió todo el protagonismo a los socialistas. Aún hay algo de esperanza, creen en Génova.

Pedro Sánchez, 3

Ha sido el portavoz que más desapercibido pasó por el hemiciclo y su discurso no fue el de un candidato a la Presidencia del Gobierno. Ni estuvo hábil en sus palabras ni rápido en la réplica. Por no sacar, el socialista no sacó a relucir ni la corrupción que asola al Partido Popular para intentar ganarse la confianza de los diputados que aún no tienen decidido su voto.

5. Jordi Pérez Colomé

Pablo Iglesias, 8

Ha leído el texto demasiado rápido, pero es su actitud. Ha sido duro y con poco humor, pero eficaz. Cuando habla, se hace escuchar. Siempre dice algo o al menos los dice distinto.

Albert Rivera, 7

Con Iglesias, ha refrescado al panorama. Rivera no lee y lo que puede ser una ventaja hace que a veces recurra demasiado a repeticiones o vaguedades para asegurar. Las réplicas de Rivera e Iglesias han sido igual o más brillantes que sus intervenciones iniciales. Entre ambos, han sacado de quicio a PP y PSOE. Sus diputados han sido más educados que los partidos tradicionales.

Mariano Rajoy, 5

Su único rol era decir no y descalificar el pacto entre Ciudadanos y el PSOE. Ha cumplido con discreción. Su discurso ha sido más jugoso que el inicial de Pedro Sánchez. Pero ha sido más de lo mismo.

Pedro Sánchez, 5

Tenía la oportunidad de demostrar que era su momento para ser presidente. No lo ha aprovechado. Sus discursos y réplicas han sido correctos. Tenía un muro delante y no lo ha superado.

6. John Müller

Mariano Rajoy, 4,5

El diputado de La Restauración.

Pedro Sánchez: 3,5 y Albert Rivera: 6,5

Ambos son diputados de la democracia, pero con distinto tonelaje.

Pablo Iglesias, 5

Diputado del final de la Segunda República.

7. Peio H. Riaño

Mariano Rajoy, 3

Con el guión es insuperable. Las dotes de parlamentario parecen haber aflorado una vez se ha convertido en un cargo en funciones. Siempre se ha legitimado como un ser compungido, circunspecto y cariacontecido, sobrio y comedido por la responsabilidad de gobernar al resto. Parece que la nueva versión de Rajoy es la del sujeto cínico que cree tener los deberes hechos y con matrícula de honor. Parece haber encontrado en el sarcasmo su única tabla de salvación.

Albert Rivera, 5

Apelando al espíritu de la serenidad y del pacto, ha tratado de convencer a los votantes conversos del PP que miraban atentos su actuación en el Congreso. A todos aquellos votantes que traicionaron su papeleta tradicional les ha pedido que sigan creyendo en él en las inminentes Elecciones Generales. Ha hecho lo posible por evitar el enfrentamiento y las malas formas de patio de colegio de la vieja política, y erigirse como el individuo ejemplar que cumple con su deber por encima de lo personal. Símbolo de la España petrificada.

Pablo Iglesias, 5

En precampaña es imparable. Ha demostrado, desde el tono al contenido, que sus intenciones están en las Elecciones Generales. Recupera su discurso más duro y enfrentista para ganar por KO a la izquierda tradicional, más preocupada por pactar con la derecha. Se ha centrado en fulminar a Sánchez y lo ha conseguido, sobre todo con sus artes asamblearias, cuando lo dibujaba como un desperdicio de las maneras más pervertidas de la vieja política.

Pedro Sánchez, 3

Rígido, tieso y sin profundidad. Probablemente hayamos visto al peor candidato a presidir el Gobierno de España de todos los que se han presentado en el Congreso de los Diputados. Sin contenido y con una solvencia de ficción, ha apelado al debate y al diálogo, al consenso por el interés general, en una investidura suicida para reforzar su renacimiento en el PSOE. Pedro Sánchez -que ha llegado a decir que “el PP no es un partido corrupto”- ha recordado al personaje de Bill Murray en Lost in Translation.

8. Jorge Sáinz

Pablo Iglesias, 6

El líder de Podemos estuvo certero en su primer turno. Pero se ‘calentó’ demasiado en las réplicas. Iglesias ha perdido la sonrisa de la campaña electoral. No encaja las réplicas cuando le descolocan. Pero sus palabras son toda una novedad en el Congreso.

Albert Rivera, 8

El presidente de Ciudadanos fue de menos a más. Iglesias lo dijo: “Si hay un ganador hoy, ése es usted señor Rivera”. Vendió el pacto con el PSOE con más vehemencia que el PSOE y logró doblegar al PP, forzando a Rajoy a pedir un turno de palabra por alusiones para contener la hemorragia. La improvisación de Rivera es marca de la casa, pero a veces le lleva a repetir mantras. Fue uno de los primeros diputados en normalizar el castellano en el Parlament de Cataluña. Sus palabras en catalán en el Congreso fueron un acierto.

Mariano Rajoy, 6

El presidente demostró que está cómodo en la oposición. El primer turno fue de lo mejor del día, minimizando el pacto entre PSOE y Ciudadanos con ironía y cierto ingenio. “Se estudiará en los colegios”, dijo. En las réplicas no aportó nada nuevo.

Pedro Sánchez, 5

El candidato ha tratado de mostrar un perfil más presidenciable y de consenso. No ha entrado a las provocaciones de Iglesias y sin embargo ha conseguido sacar de punto al líder de Podemos con dardos certeros como el de Otegi. Ha logrado defenderse, pero no es un orador brillante. Ha estado templado y algo mejor que el día anterior.

9. Miguel Ángel Mellado

Mariano Rajoy, 5

El discurso leído del presidente den funciones fue bueno: se vio que le dio tiempo a prepararlo. En las réplicas estuvo fresco, pero el problema de Rajoy es él mismo, perseguidos por dos palabras agudas: corrupción e inacción.

Pedro Sánchez, 5

Estuvo más entonado que en la primera sesión del debate. Se atrevió a decirle a Pablo Iglesias lo que pensaba de él y sus políticas. Su problema es el 20-D y la debilidad de sus resultados. No venció y convenció a medias.

Pablo Iglesias, 6

Pensando en su electorado, estuvo como siempre: mitinero, asambleario, efectista y eficaz. Pero su enorme ego y su soberbia no le dejan sumar más, si es que lo pretendiera.

Albert Rivera, 7

Dijo algo que se corresponde con el nombre de su partido: nuestros jefes son los ciudadanos. Su afán constructivo y dialogante lo valora la ciudadanía. Los ataques despiadados de Pablo Iglesias le favorecen.

10. Vicente Ferrer

Pedro Sánchez, 8

El líder del PSOE partía con el lastre de la mala intervención de la víspera. No se arredró ante los ataques que le llovieron de izquierda y derecha y contestó a todos sin perder el temple. Supo estar en su papel y, a las patadas de Iglesias, respondió tendiendo la mano una y otra vez. Estuvo ocurrente al referirse a Rajoy “tapón de su partido y de la regeneración”. Le faltó expresividad en algunos momentos.

Albert Rivera, 8

El líder de Ciudadanos logró encontrar el tono institucional y de acontecimiento histórico que merecía la ocasión y supo dar un par de aguijonazos al belicoso Iglesias (“usted nombraría ministro del Interior a Otegi”) y a Rajoy. Demostró reflejos. Cuando, al hablar en catalán, le gritaron “Visca Catalunya Lliure”, respondió: “Libre de corrupción”. Estuvo un poco envarado.

Mariano Rajoy, 5

Su intervención incial fue brillante, pero se fue diluyendo a lo largo del debate hasta acabar flojo y reiterativo en sus argumentos. Su imagen reclamando al árbitro por una falta que Rivera no cometió lo dice todo. Después se ausentó en la réplica del líder de Ciudadanos y pareció descolocado.

Pablo Iglesias,3

Puede que su agresiva intervención cause los efectos esperados por él, pero el líder de Podemos se confundió de ámbito. Hizo un mitin en lugar de un discurso. Hablar más rápido no es hablar mejor; de hecho, las pausas suelen causar un gran efecto en el auditorio. Sacar a relucir la Guerra Civil, los GAL, Millán Astray y los muertos del franquismo, puede contentar a una parte de la sociedad, pero España hace tiempo que superó aquello.

España: El PP y Podemos aniquilan el pacto Sánchez-Rivera

Pedro Sánchez no consigue la confianza de la Cámara y se extiende el convencimiento de que habrá nuevas elecciones el 26 de junio

Albert Rivera le come el terreno al candidato, pide la retirada de Rajoy y se erige como esperanza blanca del centro derecha

Los socialistas apenas ven posibilidad de acuerdo con Podemos tras la arremetida de Iglesias contra Felipe González y sus siglas

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Pedro Sánchez y Albert Rivera abandonaN la tribuna tras sus intervenciones. ALBERTO DI LOLLI

Marisa Cruz, 2 marzo 2016 / EL MUNDO

el mundoEl acuerdo de gobierno suscrito -“con redoble de tambores”, en expresión de Mariano Rajoy-, entre Pedro Sánchez y Albert Rivera, apenas ha tenido unos días de vida. Esta noche decaerá, al mismo tiempo que las esperanzas del candidato socialista de ser investido nuevo presidente del Gobierno. Sánchez no lo ha logrado, y aunque aún le queda una segunda oportunidad, el viernes a última hora, ni siquiera él cree en el milagro.

La Cámara le denegará la confianza. Recabará 130 votos a favor -quizá uno más, gracias a Coalición Canaria– y 220 en contra. Nada indica que este pésimo resultado en sólo 48 horas pueda cambiar y menos aún tras las durísimas intervenciones, el vapuleo, que ha tenido que sufrir el aspirante socialista desde la derecha y desde la izquierda.

Ni Mariano Rajoy, que enhebró un discurso contundente, irónico y sin concesiones abundando en la incapacidad del aspirante para conformar una masa crítica que permita formar gobierno [intervención completa en PDF], ni Pablo Iglesias arremetiendo con toda dureza contra Sánchez por lo que él mismo ha hecho -inclinarse claramente hacia la derecha, en su opinión- y por lo que hicieron sus predecesores al frente del PSOE, dejaron espacio al líder del PSOE para respirar.

Y el poco que le quedó se lo arrebató un Albert Rivera crecido que ha llegado a presentarse como el auténtico árbitro en medio de un panorama de caos en el que todos batallan contra todos. Rivera habló del acuerdo que ha firmado con el PSOE atribuyéndose la paternidad del mismo casi en su totalidad. Supo defenderlo sin aspavientos ni exabruptos.

El presidente de Ciudadanos, en contra de lo que se barruntaba, supo encontrar un hueco en el debate muy alejado del papel de “comparsa” que se le quería atribuir desde el PP, o el de socio de segunda mano que le daba por asignado el PSOE.

VEA EN VIDEO PARTE DEL DISCURSO DE ALBERT RIVERA:
‘No hemos venido aquí para que todo siga igual’

Más aún, Rivera ha sido, pese a sus modales tranquilos, un enemigo feroz. Para empezar, de Rajoy. El líder de C’s reclamó abiertamente la retirada del presidente del Gobierno en funciones. “Con usted no es posible la regeneración”, vino a decir dando por hecho que Rajoy es el obstáculo insalvable que se interpone en el camino del PP- al que no cometió el error de marginar ni excluir, como sí ha hecho Sánchez-, para seguir manteniéndose como opción de gobierno.

Acusó de “pereza” al presidente, metiendo así el dedo en la llaga que los propios populares abrieron cuando constataron que su jefe de filas optaba por aguardar cediendo el terreno de la imagen pública al rival. Utilizó este argumento con habilidad, mucha más que la que demostró Sánchez pese al uso y abuso que hizo del recordatorio de un Rajoy declinando la propuesta de investidura que le hizo el Rey.

Albert Rivera enarboló la bandera de la nueva política la que, dicen, sólo se mueve por los “intereses generales”, la que declara la guerra a la corrupción y la que ha venido para regenerar y modernizar el país con el concurso de la ciudadanía. Y a juzgar por los comentarios, y también por los silencios de pasillo, lo hizo de manera eficaz.

También, y desde el extremo opuesto, brilló Pablo Iglesias en su estreno parlamentario. El líder de Podemos fue para muchos “excesivo” y “doctrinario”. Es su estilo, pero al igual que Rivera no dejó títere con cabeza.

Golpeó sin piedad a Sánchez por haberse inclinado hacia la derecha. Se mostró exigente, incluso autoritario y amenazante. Al PSOE le dejó claro como el agua que no pactará nada con él si no acepta dar un giro de 180 grados, lo que implica abandonar su pacto con Ciudadanos y además asumir todas las demandas que la formación morada plantea y que ahora, a la vista de la debilidad del PSOE, ha encarecido.

Sánchez urgió a Iglesias a aclarar si lo que busca, a la postre, es la celebración de nuevos comicios. El envite, al líder de Podemos, ni le rozó. Más aún, a la vista del debate y de las posiciones manifestadas por unos y otros, la sensación de que el país se encamina derecho hacia las nuevas elecciones el 26 de junio, se extiende como una mancha de aceite.

Si Pedro Sánchez albergaba la esperanza de que a partir de su investidura fallida se iniciara una nueva etapa en la que él encontrara terreno para atraer a la formación morada, hoy ha quedado casi diluida en su totalidad.

Los socialistas, tras escuchar el durísimo ataque que Iglesias lanzó no sólo contra sus propias siglas sino también contra su gran referente, Felipe González, por su pasado “manchado de cal viva”, se sienten tan agraviados que apenas ven posibilidades de entendimiento a medio plazo con Podemos.

Es más, a muchos no les gustó comprobar cómo su candidato insistía en pedirle el voto a Iglesias después de que éste se hubiera cebado con ellos, con su historia y con sus iconos ideológicos.

Tras la sesión de la mañana, interrumpida tras la intervención del portavoz de ERC, Joan Tardà, el debate ha virado esencialmente hacia los planteamientos nacionalistas. El tono ha bajado porque en este campo el frente ante las demandas independentistas es muy amplio. Sánchez no ha cedido ni un milímetro ante las pretensiones secesionistas y ha defendido bien los artículos nucleares de la Constitución. Su posición en este terreno se daba por descontada y por tanto no le ha proporcionado brillo ni le ha permitido recuperar el protagonismo perdido.

Pese a ello, si alguien ha tendido la mano al PSOE o al menos se han mostrado abiertos a dialogar y negociar a partir de la próxima semana, han sido los representantes del nacionalismo catalán y vasco. Pedro Sánchez sabe que con ello no basta e incluso que un acuerdo con ellos puede ser para él un campo de minas.

El discurso de Pedro Sánchez del PSOE: