Federico Hernández Aguilar

Lo que falta en esta campaña. De Federico Hernández Aguilar

24 octubre 2018 / EL DIARIO DE HOY

Como ya he tenido oportunidad de explicar, la poca o mucha presencia política de Nayib Bukele es producto, si acaso, de la mediocridad que todavía impera en nuestro sistema de partidos. Alguien con las características psicológicas y morales del exalcalde no obtendría ni el cinco por ciento de aceptación popular en cualquier sociedad democrática madura. Lo que hace de este muchacho un “fenómeno” —en el sentido laxo que tiene el término en nuestro medio— es la notoria falta de líderes reales que desde hace rato padecemos en El Salvador.

Dicho lo anterior, y precisamente porque el personaje en cuestión exhibe numerosas debilidades, aún pueden pasar muchísimas cosas desde este día hasta el 3 de febrero de 2019. Favoritismos iniciales que se desplomaron en pocas semanas son parte de nuestra historia reciente. Unas elecciones presidenciales, perdón la perogrullada, se ganan con votos, y miles de personas votando es distinto a miles de “likes” en redes sociales.

Pese a las varias observaciones que cabe hacer a estos sondeos, el señor Bukele parece tener, sin mayores méritos de su parte, una ventaja en las encuestas. Su obsesión con el poder, sin embargo, ya le ha hecho gravitar a lo largo y ancho del espectro ideológico, específicamente del FMLN a GANA, describiendo una parábola de vértigo desde la caverna oscura del radicalismo socialista (al que quizás nunca estuvo adscrito) hasta la madriguera en que se refugian (con algunas excepciones) los sujetos más inescrupulosos de la política criolla.

Si de alguien podemos decir que no representa ningún salto de calidad en la dirección correcta, ese alguien es a todas luces Nayib Bukele. Pero si esta afirmación no es compartida todavía por un número suficiente de ciudadanos como para contrarrestar la muy hinchada imagen del exalcalde, construida a fuerza de resentimientos, victimismo, discursos vacíos y ataques cobardes, ¿quiénes son los verdaderos responsables?

Ni ARENA ni el FMLN han demostrado, hasta hoy, de qué fibra están hechos sus respectivos equipos de campaña. Lo que ha aflorado en los últimos meses ha sido una absurda descoordinación entre sus voceros, una propaganda insípida (spots lacrimógenos incluidos), errores de cálculo incomprensibles y una recurrente ineptitud a la hora de aprovechar —y proyectar al máximo— las propias ventajas competitivas.

Ni Carlos Calleja ni Hugo Martínez necesitan los afeites demagógicos que sí han caracterizado a Nayib Bukele. Pero no basta la autenticidad del que sabe lo que tiene: a veces también resulta electoralmente potable hablar de esas cosas que el adversario simplemente no puede dar. Toda la verdad sobre quienes pretenden gobernar el país no debe traducirse, estamos claros, en insultos ni descalificaciones gratuitas. De lo que se trata es de evidenciar por qué la deriva populista entraña peligros inéditos para el país. Pero cuando los candidatos con mayor sustancia rehúsan la confrontación de ideas y proyectos —y solo así, ojo, es concebible una buena campaña electoral— el que lleva las de ganar es el aspirante más débil, porque a él no lo nutren la verdad o el argumento, sino la ambigüedad y el improperio.

En el ENADE 2018 los cuatro candidatos presidenciales exhibieron sus “armas”. Con excepción de Hugo Martínez, ninguno de ellos demostró que la retórica sea una de sus fortalezas. Si las lecciones de aquel valioso ejercicio democrático fueran debidamente asimiladas, la planificación tendría que ir sustituyendo a la improvisación, la seguridad anímica a la vacilación y el discernimiento al recurso emocional.

Toda campaña política activa sentimientos, por supuesto, pero de la sensibilidad al empalago existen diferencias notables. Lo mismo puede decirse de la capacidad para hacer reflexionar a los votantes: ni tan abundantes razones que los cerebros se achicharren ni tanta superficialidad que el candidato parezca una marca de detergente. Buscando equilibrios y haciendo los ajustes necesarios, ARENA y FMLN tendrían que pasar a segunda vuelta. Si no lo hacen, solo de ellos será la culpa.

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Mesianismo. De Federico Hernández Aguilar

9 mayo 2018 / El Diario de Hoy

El mesianismo es, en política, la habilidad para hacerle creer a un número grande de personas que el futuro de un país y el liderazgo de un político son la misma cosa. “Ya no soy un ser humano: soy una idea”, acaba de decir Lula da Silva, sin mucha originalidad, a las puertas de la cárcel. En nuestras plazas públicas se está oyendo algo similar: “Yo solo soy la punta de lanza, pero este movimiento ha nacido del pueblo salvadoreño y será del pueblo salvadoreño”.

Mezclar esperanzas sociales con ambiciones personales está a la base del mensaje populista, pero la clave de su éxito se encuentra en la conjunción de semejante personalismo exacerbado con ciertos andamiajes históricos. Sin ese cruce, infortunado y preciso a la vez, los ilusionistas de la política jamás alcanzarían las cuotas de poder que suelen conseguir. Latinoamérica, lamentablemente, ha sido pródiga en estas bifurcaciones entre coyunturas y caudillos. A nuestra generación le ha tocado ver escenificado solo el más reciente de sus desastres continentales, con Cuba y Venezuela a la cabeza.

Si bien necesita gozar de cierto carisma, el caudillo mesiánico requiere sobre todo de una realidad política en la que se haya generalizado la mediocridad. Esa medianía debe verificarse tanto en su propio grupo ideológico como en círculos políticos más amplios. Entre personalidades brillantes y lúcidas el populista se siente permanentemente desafiado. Su camino entonces se desvía y busca un atajo que obvia la prueba de medirse con otros líderes, porque su mira está dirigida al hombre-masa descrito por Ortega y Gasset.

Pensemos por un momento en qué méritos especiales debería tener un nuevo caudillo de izquierda en El Salvador que quiera sobresalir, marcar diferencia, incluso brillar, si para contrastarse tiene enfrente a un Salvador Sánchez Cerén, un Medardo González, una Norma Guevara o un Sigfrido Reyes. ¡Vamos! Para disputarle terreno a esta gente nuestro populista emergente hasta podría darse el lujo de no mostrar dotes extraordinarias para la oratoria o el debate de ideas; tampoco tendría que esforzarse en buscar la excelencia como funcionario público o discutir soluciones reales a problemas reales. Es probable que ni siquiera tenga que devanarse el cerebro para explicar dónde se ubica ideológicamente.

El político mesiánico confía en el hartazgo de la gente, en la desesperanza generada por la vulgaridad de quienes ya prometieron y no cumplieron. Hoy le toca a él prometer, y sus promesas van cargadas de nuevas formas de prometer lo mismo. La diferencia es que la hora de la antipolítica ha sonado justo cuando a él le dio por echar a volar sus golondrinas. Y quienes le creen se aferran como náufragos al sueño de ver por fin abrirse el horizonte para ellos y sus destinos.

Como sabemos, este “mesías” ya está entre nosotros y viene con la misión de dar las nuevas “Tablas de la Ley” a la Patria desvalida. Sus fieles dicen estar creciendo como hongos, mientras los oportunistas de siempre ven en él su última oportunidad de figurar o vengarse. No tiene, repito, los méritos para estar donde está, pero en su propio grupo ideológico le hicieron el enorme favor de hacerle navegar en un mar de mediocridad. A él únicamente le ha tocado desplegar las velas.

La antipolítica, en cuanto discurso, suele alimentarse de errores ajenos. El FMLN ha cometido muchos y parece que se empeñará en seguirlos cometiendo. Falta saber qué rumbo tomará el otro partido grande, el de oposición, que tampoco se ha caracterizado por saber administrar sus ventajas competitivas y todavía menos sus victorias electorales.

En resumen, y para que quede claro, los únicos que pueden hacer que la próxima elección presidencial se convierta en una competencia de tres corredores son ARENA y el FMLN. Nadie más. De sus actuaciones depende que el mesianismo de nuestra época, ese que cabe en los 280 caracteres de un tuit, llegue demasiado lejos.

Continua en EDH el debate sobre la penalización absoluta del aborto: Federico Hernández, Rubén Zamora, Gaby Trigueros, y Mónica Pacas

Continua el debate que El Diario de Hoy ha abierto en sus páginas sobre la penalización absoluta del aborto y la propuesta de reforma. Comenzó con artículos de Morena Herrera y Regina Cardenal, siguieron tres columnas de Claudia Cristiani, y continúa ahora con posiciones de Federico Hernández Aguilar, Mónica Pacas de Rodríguez, Gaby Trigueros, y Rubén Zamora. Vamos a seguir documentando este debate.

Segunda Vuelta

 

Vidas en juego
De Federico Hernández Aguilar

17 abril 2018 / El Diario de Hoy

En tres largos artículos escritos por mi amiga Claudia Cristiani, en su apoyo a la propuesta de despenalización del aborto presentada por el diputado John Wright, ella ofrece a sus lectores un panorama sobre la realidad ética y profesional de la medicina en El Salvador, que coincide con las historias de horror que la prensa mundial ha difundido en el mundo entero sobre la supuesta e inequívoca relación que existe aquí entre la defensa legal de la vida embrionaria y las muertes de mujeres y niñas embarazadas.

Este panorama, de hecho, es tan salvaje e inhumano que el Estado salvadoreño tiene “ya decidido” que una mujer embarazada no reciba “tratamiento médico contra el cáncer” (sic), que las niñas violadas se vean “obligadas a llevar a término el embarazo” (sic) aunque mueran en el intento y que los especialistas no tengan “seguridad jurídica para actuar” (sic) en caso de urgencia para salvar la vida de la madre. Para completar el cuadro, Claudia menciona “que las complicaciones relacionadas al embarazo y al parto son las principal causa de mortalidad entre niñas menores en edad reproductiva”, sin aclararnos que esa aseveración no corresponde a nuestro país sino a un informe mundial de la OMS.

Pero veamos. Para analizar con la debida seriedad este paisaje desolador, el sentido común nos lleva a plantear algunas interrogantes. De ser cierto lo que se afirma, ¿cuántos médicos son demandados al año por los parientes de niñas fallecidas debido a que no fueron intervenidas a tiempo durante su embarazo? ¿Cuántos jueces, colocando al embrión por encima del derecho a vivir de la madre en un caso complejo, han fallado contra esas madres o contra el personal sanitario responsable? ¿Qué profesionales de la medicina, bajo la pretendida “incertidumbre” legal que existe, han dejado morir a sus pacientes gestantes por desconocimiento (inexcusable) de los protocolos que se utilizan en los embarazos complicados?

Según la versión de los artículos que hoy comento, a estas alturas deberíamos tener cifras exorbitantes para responder con propiedad a estas tres preguntas sencillas. Las asociaciones feministas radicales y el mismo gobierno —que, por cierto, dedican ingentes esfuerzos a la búsqueda de estos casos, hasta por debajo de las piedras— tendrían munición de sobra para ilustrar a los diputados y darle la razón al señor Wright. Curiosamente, lo único que hasta la fecha han podido presentar es una historia manipulada que dio la vuelta al globo —la penosa crónica de “Beatriz”— y diecisiete narrativas criminológicas no vinculadas al delito de aborto. Poco, a decir verdad, para ese terrible infierno que a Claudia le han pintado sus fuentes.

¿Por qué la causa abortista no tiene estas escandalosas cifras a su disponibilidad? Precisamente porque la práctica deontológica médica incluye el “doble efecto” —equivalente al legal “estado de necesidad” o “inexigibilidad de otra conducta”, aludidos por Claudia— y los profesionales de la medicina (los que actúan con ética al menos) lo aplican sin mayores problemas, sobre todo en las situaciones en que existe una evidente colisión de derechos entre la madre y su bebé.

El “salvajismo” con que a veces se quiere revestir a nuestra legislación vigente le hace daño a la reputación del país de manera innecesaria. Ya suficientes problemas tenemos con nuestra diaria ración de violencia como para que nos prestemos a colaborar con esa ofensiva internacional que pretende imponernos su agenda abortista, con la ONU por delante.

La dura realidad de las violaciones a menores de edad invitan a que hagamos un amplio examen sobre las alternativas que existen, sin agregar a la tragedia del ataque sexual el otro drama del aborto. Para llegar a esas alternativas, sin embargo, lo que el diputado Wright debería promover es un debate sobre las causas del problema, en lugar de concentrarse en sus efectos (con los dilemas de moralidad que ello implica). Si hay buena voluntad para enfrentar el asunto desde todos los ángulos, los buenos ejemplos de tratamientos integrales a la llamada “gestación en crisis” están a la orden de quien quiera conocerlos.

Con respecto a la “decisión” que el Estado toma “a priori” para los embarazos difíciles, algunos tenemos una lectura distinta que también merece consideración. Aclarado ya que el Estado salvadoreño no obliga a nadie a morir para salvar a un embrión, lo que sí hace es procurar que ese embrión —el más inerme, el que menos puede defenderse— sea cosificado, anulado, destruido sin justificaciones válidas. Y yo personalmente estoy de acuerdo con que así sea, porque de lo contrario estaríamos habilitándonos como sociedad a poner condicionamientos al derecho a vivir. Y ya la historia humana ha demostrado con exuberancia hacia dónde nos lleva eso.

Entiendo que a mi amiga Claudia le haga ruido el papel estatal en este tema, pero me sorprende que no le escandalice el resultado práctico de la propuesta del diputado Wright, a saber: que un grupo de legisladores le diga al Estado cuándo nos debe obligar a reconocer que un ser humano es persona, es decir, objeto y sujeto de derechos en El Salvador. (Serían doce semanas, por ejemplo, en el caso de violación de una menor de edad). Si eso no es más arbitrario que la legislación actual, me encantaría conocer un argumento convincente que lo explicara.

Mañana abordaré otros aspectos de la postura de Claudia Cristiani que me parecen dignos de comentar, pero con todo respeto quisiera dejar claro que si los razonamientos detrás del proyecto legislativo del señor Wright coinciden con los señalados por ella, mucho me temo que siguen adoleciendo de sustentación suficiente. Después de todo, como bien dice mi amiga, hablar sobre la realidad del aborto es importante porque son vidas humanas las que están en juego.

 

Las columnas de Claudia Cristiani sobre el tema:
El aborto en el Código Penal
De lo teórico a lo real

Nuestros valores y derechos

Las columnas de Morena Herrera y Regina Cardenal

La columna de José Miguel Vivanco
La entrevista a Vivanco

 

¿Por qué ahora? Una reflexión en torno al aborto. De Rubén Zamora

17 abril 2018 / El Diario de Hoy

En las últimas semanas se ha recrudecido el debate sobre la reforma al Código Penal respecto a la despenalización del aborto terapéutico, es decir, si es permisible que un médico, con el consentimiento de los interesados y durante los primeros meses del embarazo, pueda practicar el aborto en los casos de violación de una menor o cuando esté en inminente peligro la vida de la madre.

Nadie está pidiendo el aborto como un derecho absoluto de la mujer, cosa que como cristiano no puedo apoyar, aunque respeto las opiniones de quienes lo sustentan; pero este no es el caso en nuestro país, simplemente se trata de reintroducir algunos –no todos– los casos de aborto terapéutico permitido por la anterior legislación penal vigente por décadas y décadas, al igual que en la mayoría de los países del mundo, excepto unos pocos cuya base son países de religión islámica.

Los oponentes a esta reforma, argumentan, por un lado que permitirlo es un asesinato y por otra parte que el aborto es una violación ala ley divina de “no mataras”; ambos argumentos me parecen muy débiles.

Respecto al asesinato, se maneja como una apelación emotiva típicamente populista y no racional que apela al laudable sentimiento de preservar la vida, pero que, como todo sentimiento esta sujete a un buen numero de excepciones; aun más, analizado desde el punto de vista jurídico, carece de toda validez, pues carece del elemento de dolo, que es esencial en el asesinato; la motivación de estos casos es de otra naturaleza que igualmente apela sentimientos humanitarios; cuando se trata del aborto por violación, la motivación es el daño causado por un crimen en una persona legalmente indefensa y en el otro caso, es claro que la motivación es salvar una vida, la de la madre. Por otra parte, argumentar que porque la ley hoy no lo permite, queda absolutamente prohibido, no pasa de ser un sofisma, pues si la ley antes lo permitía, es la ley misma –en concreto la Asamblea Legislativa– la que puede permitirlo.

Respecto a la transgresión a la ley divina de “no matarás”, de nuevo nos encontramos con un sofisma, pues en la historia de la humanidad, si bien los preceptos divinos han sido y son un invaluable guía para la humanidad, están sujetos a excepciones que la sociedad acepta y apoya; el caso más evidente es que prácticamente todos los países aceptan no solo la existencia de los ejércitos y policías, sino la facultad que tienen de matar en determinados casos que la ley establece; así mismo, tenemos el caso de la legitima defensa que es universalmente reconocida y para abundar, recuerden que otro precepto divino es “no robarás”, pero el cristianismo desde Jesucristo le da la excepción de que en caso de estar muriendo de hambre es ético y licito robar alimentos.

Para terminar, quisiera plantear a quienes adversan las excepciones al aborto una pregunta: ¿por qué hasta ahora reclaman el cumplimiento de la ley divina y claman por asesinatos, si nunca lo hicieron cuando nuestra ley penal no solo permitía estos dos casos de aborto sino otros más? ¿Acaso entonces no eran asesinatos ?… ¿Acaso en todas esas décadas no estaba vigente la ley divina que hoy aducen? Porque no puedo pensar que ha sido por ignorancia de la ley y de la realidad del país, sobre todo cuando entre los que los acuerpan hay eminentes abogados que pasaron por estudios de Derecho Penal en la universidad.

 

Lo que en verdad está en juego
De Mónica Pacas de Rodríguez

17 abril 2018 / El Diario de Hoy

Viendo las noticias, leyendo las redes sociales y escuchando lo que las personas comentan, me doy cuenta de que hay una terrible confusión cuando se habla y se discute en relación a la legalización o no del aborto llamado terapéutico o al aborto en los casos de embarazos fruto de una violación.

El viernes pasado presencié dos momentos diferentes en torno a este tema: el primer momento, una persona adulta, estudiada y formada, me preguntaba por qué no se debía considerar el aborto cuando el embarazo era fruto de las situaciones antes mencionadas. En ambas situaciones que están siendo consideradas legalizar, el bebé es no deseado y hasta odiado tal vez y se argumenta que se pone en riesgo la salud física y/o mental de la madre en caso de continuar el embarazo. El segundo momento, unos adolescentes hablando con total claridad y sentido común sobre por qué no se deben legalizar estos casos. A esto, sumémosle el debate que se ha generado a través de los diferentes medios masivos y otros ámbitos.

Esto me llevo a preguntarme la razón de esta ironía: los jóvenes con una consciencia clara y los adultos confundidos… La única respuesta que me resultó coherente es que las personas mayores estamos más “cargados”. Me explico.

En mi opinión, los adultos hemos sido influenciados poco a poco por una genial campaña a favor del aborto, en la que jugando con nuestras emociones, nos han ido presentando casos espeluznantes que nos han tocado la fibra de nuestro ser; y como es natural en todos, ha generado una reacción de rechazo ante estos embarazos. Algunos ejemplos: el papá que viola a la niña de 12 años y la deja embarazada; la señora que tiene cuatro hijos y ahora ha desarrollado una enfermedad que pone en riesgo su vida si continúa con el quinto embarazo; y así otra y otra y otra… Estas son realidades muy dolorosas que lastimosamente aquejan en nuestro país. Nadie lo puede negar. Y ese dolor compartido es algo que nos une a todos.

Sin embargo, se plantea el aborto como la única opción viable, cuando hay muchísimas medidas más que se pudieran implementar, en caso de querer ayudar a estas madres realmente. Se habla del aborto como de quitar una muela, sin hablar sobre las consecuencias que conlleva, tanto físicas, como mentales y emocionales.

Me parece que lo medular en esta discusión es que se está olvidando y dejando de lado el valor de la vida humana, que es el valor por excelencia. Sin vida no hay nada. Sin vida, todos los demás derechos humanos pierden sentido. Por tal razón, apelo a la sensatez y buena voluntad de quienes nos representan en la Honorable Asamblea Legislativa para que con audacia y valentía defiendan el valor de la vida y lo pongan por encima de cualquier otro tipo de interés o presión internacional. Y recordar que nadie, tiene el derecho de decidir sobre la vida de una persona. E invito a todos los salvadoreños a no dejarse confundir y cargar con amenazas, promesas e intereses personales o sectoriales. Informémonos bien antes de impulsar medidas que con certeza irían en detrimento de nuestra sociedad y encontremos otras alternativas que serían más favorables para todos. ¡Defendamos juntos la vida!

 

Nosotras decidimos
De Gaby Trigueros

18 abril 2018 / El Diario de Hoy

Quiero iniciar esta columna aclarando dos puntos que son esenciales y básicos. Primero, el Estado es laico y se ha diseñado de esa forma para que todos sus ciudadanos puedan convivir de manera civilizada, respetando las distintas creencias que cada uno pueda tener. Por ello es que existen cientos de países con miles de personas religiosas (de todo tipo) que se rigen bajo un marco de laicidad. Segundo, personalmente quiero hablar de la interrupción del embarazo en casos extremos, no promuevo una despenalización total ni tampoco me considero una “asesina”, que es como algunas personas, las que no han comprendido estos dos puntos básicos, me han señalado irresponsablemente. No entraré a detalle con los señalamientos, no vale la pena.

El tema de la despenalización del aborto en nuestro país ha sido extremadamente escabroso y, principalmente, incómodo para el sector ultraconservador de nuestra sociedad. Ese no es ningún secreto. De hecho, es ahí donde se origina el entrampamiento de este tema que no logra concretar un debate de altura y madurez en la Asamblea Legislativa, ante lo cual es importante esclarecer que este no debe ser un tema que se oriente bajo argumentos religiosos y mucho menos personales. Estamos hablando de una reforma al Código Penal en su artículo 133 A, para lograr que las mujeres salvadoreñas puedan tomar una decisión propia, con el apoyo de sus familias y orientación médica, y que no sea el Estado el que imponga una decisión en esos casos extremos.

Profundicemos en los casos extremos. Para ello les planteo un caso hipotético: si usted tuviese dos hijos y se vuelve a embarazar, y en el desarrollo de su embarazo el doctor diagnosticó que es un embarazo de alto riesgo y que usted podrá perder la vida, ¿quisiera usted que el Estado imponga una decisión absoluta sobre su caso, o prefiere tomar una decisión junto a su esposo y familiares bajo consejo médico? Retomemos el mismo caso hipotético, solo que en este, usted es soltera, viuda o simplemente no existe esa figura paterna para sus hijos, ¿qué será de sus hijos? ¿Quién debe escoger lo mejor para ellos, usted o el Estado? Ahora imaginémonos un caso extremo mucho más crudo, una niña de 12 años de escasos recursos fue violada por su tío, ella apenas podrá portar otra vida en su cuerpo y no tiene las posibilidades de recibir una nueva vida a este mundo bajo las condiciones dignas más básicas; esta niña no tiene a su padre, solo a su madre, ¿será justo que el Estado decida por ella o es mejor que la madre y sus médicos la orienten a tomar una decisión?

Considero importante mencionar que estoy hablando del poder de tomar decisiones sobre nuestras vidas y cuerpos, no estoy hablando de una obligación ante una interrupción del embarazo. Nada debe ser obligatorio; por ello el simple hecho de dignidad humana debe ser suficiente para que nadie imponga una decisión sobre alguien, ni el Estado ni ninguna organización. Las mujeres salvadoreñas somos capaces de tomar decisiones sensatas, de orientarnos adecuadamente con apoyo médico, y de escuchar a nuestra familia y saber qué es lo mejor para ellos, de todo esto y solo esto, debe abordarse el debate de la reforma al Código Penal. Este es un tema de ley que debe velar por el bienestar y salud de las mujeres salvadoreñas, como también debe fortalecer la capacidad de toma de decisiones que merece por derecho cada mujer.

La clave de la solución al problema está en debatirlo sin fanatismos o posturas absolutas, centrándonos en la protección de la vida y la salud de la mujer. Tengamos la capacidad de ponernos en el lugar del otro para debatir con argumentos con altura. Es lo mínimo que merecemos las mujeres salvadoreñas.

@lagabyt

 

Vidas en peligro (2)
De Federico Hernández Aguilar

18 abril 2018 / El Diario de Hoy

En uno de sus artículos de respaldo al proyecto legislativo del diputado John Wright sobre el aborto, Claudia Cristiani nos hizo a sus lectores unas preguntas en torno a qué decisión tomaríamos si, de llegar a concretarse durante el embarazo una situación límite, nos tocara elegir entre la vida de nuestra cónyuge y la del hijo en sus entrañas. Como no tengo razones para esconder en mi conciencia esa respuesta, la doy sin problemas: los dos embarazos exitosos que hemos tenido fueron de alto riesgo, y la decisión de llevarlos hasta el final —pasara lo que pasara— ya estaba tomada por ambos.

Por supuesto, aunque admire como admiro la heroicidad de mi esposa, tengo claro que nuestras convicciones no pueden ni deben imponerse por ley a las demás parejas. Y aquí llegamos de nuevo a la arbitrariedad que yo mencionaba en mi artículo de ayer. El principio está por encima de la casuística. Por mucho que toda legislación tenga un grado inevitable de discrecionalidad, cuando estos marcos legales hacen referencia al derecho a la vida, nuestros criterios tienen que ser más amplios e interdisciplinarios que en otros asuntos. Me parece la posición más ética.

La jerarquía del derecho a vivir por encima de los demás derechos es no solo de orden social sino cronológico: jamás he visto a un muerto defendiéndose de nada. Pero el que incluso ese derecho tan importante tenga en la práctica límites y excepciones —los cuales también expliqué ayer— no significa que una legislación que señale o amplíe las causales para limitarlo sea la mejor respuesta en circunstancias complejas.

En última instancia es irrelevante cómo se llegó a determinada reforma en un código penal, siempre y cuando haya quien sepa exponer razones válidas para su vigencia. Si solo las falsedades a que se ha recurrido en otros países para legalizar el aborto invalidaran esas reformas, Estados Unidos, México, Chile y media Europa tendrían que volver a ilegalizarlo. La cuestión es cómo argumentamos nuestras posiciones y a qué fuentes recurrimos para ello.

Reconozco en Claudia la buena fe cuando dice que la propuesta de Wright “no pretende abrir puertas que siempre han estado cerradas” al aborto. El problema es que la evidencia histórica dice exactamente lo contrario. España, Alemania, Estados Unidos, Holanda, y un largo etcétera, son países cuya legislación permisiva de la interrupción del embarazo empezó con “excepcionalidades” y ha terminado ampliándose hasta prácticamente borrar casi cualquier obstáculo para las mujeres que quieran deshacerse de sus hijos.

No basta, pues, la buena fe. Se debe tener presente los contextos históricos en que ciertos proyectos de ley son empujados y el efecto que estos pueden tener en otros grupos de presión, que suelen necesitar de muy pocos resquicios para lanzarse a radicalizar los marcos vigentes. Tampoco debemos asumir que la verdad moral de las decisiones políticas descansa en mayorías coyunturales, como ya he tenido ocasión de exponer en otros artículos. Si casi todas las encuestas señalan hoy que los salvadoreños rechazan el aborto, cualquier cambio en esa opinión no dotará al aborto de mayor o menor moralidad.

Confieso que me costó mucho entender en qué sentido mi amiga Claudia introdujo el tema de la separación entre Iglesia y Estado en el último de sus tres artículos. Es obvio que nuestro Estado es laico y que a las diversas denominaciones cristianas les asiste el derecho de defender sus puntos de vista como a cualquier agrupación ciudadana. Por qué se insiste en eso dado que la decisión final queda en manos de legisladores, la verdad, no me queda claro. A menos que se presuponga que las iglesias están haciendo cosas indebidas para presionar a los diputados.

Si ese fuera el caso, las presunciones no solo deberían dirigirse a las creencias religiosas de la gente, sino también a las ideologías (que son otras formas de creencia, pero más perniciosas), porque es evidente que detrás del movimiento abortista en El Salvador hay bastante subjetividad y poca ciencia, además de mucho, mucho dinero. Si ese financiamiento se destina únicamente a movimientos feministas privados, la situación tal vez no sea tan grave; pero si por allí se cuelan fondos para partidos políticos o campañas gubernamentales, estaríamos delante de una intromisión escandalosa que convendría denunciar a nivel internacional.

Pero volvamos al tema de la arbitrariedad. Si yo le preguntara al diputado John Wright por qué doce semanas es un tiempo científicamente defendible para considerar “persona” a un ser humano en El Salvador, ¿cuál sería su respuesta? Si aludiera al aborto criminológico que tuvimos antes o a legislaciones de otros países, la pregunta seguiría en el aire: tampoco sus pares en esos países le ofrecerían respuestas satisfactorias, objetivas, apoyadas en las especialidades científicas a que corresponde acudir.

¿Qué diferencia habría entonces entre la justificación de hoy con una que en el futuro proponga que ese periodo de doce semanas se amplíe a quince o a veinte? Objetivamente, sin ciencia de por medio, no habría diferencia posible. Y eso es lo que pasa cuando nos arrogamos la autoridad para decidir quién vive y quién no vive: quedamos aparcados a centímetros de las tiranías.

Sin falta. De Federico Hernández Aguilar

Nunca es inútil votar, con independencia de los resultados, porque quien ha participado en una elección sabe que su exigencia o su reclamo tienen peso específico.

IXVT_federicoFederico Hernández Aguilar, 10 enero 2018 / El Diario de Hoy

Dos actitudes, igualmente perniciosas, deberían ser desterradas de nuestro país en este año electoral: la sensación de que votar es un ejercicio inútil, y la creencia según la cual da exactamente lo mismo elegir a un político u otro. Aunque pareciera que no existe mayor diferencia entre ambas posturas —pues conducen a idéntica conclusión: dejar de ir a votar—, en realidad tienen causas y efectos diversos. La primera actitud lleva a la renuncia tácita del sufragio, por las razones que sean, mientras que la segunda exhibe indiferencia ante el muestrario político actual. Ninguna de las dos argumentaciones, sin embargo, es válida, y menos cuando es tan evidente que urgen cambios importantes en la conducción del país.

EDH logPensar que votar es inútil plantea varios dilemas, pero quizá el más claro es que ofrece una previa claudicación frente a la mediocridad política. Sufragar supone presencia cívica, interés en hacer respetar un derecho, conciencia de que el poder tiene un primer origen. Esto pone presión a los políticos y otorga autoridad moral al elector. Nunca es inútil votar, con independencia de los resultados, porque quien ha participado en una elección sabe que su exigencia o su reclamo tienen peso específico.

Es todavía menos justificable creer que dar el voto a un partido u otro, a un candidato u otro, es exactamente lo mismo. No, jamás lo es. En el caso de las instituciones partidarias, siempre habrá una que esté más cerca de las aspiraciones del votante, cualquiera sea su pensamiento; también, por supuesto, habrá opciones que se encuentren en las antípodas de lo que quiere el elector. El muestrario de candidatos puede carecer de la mayor calidad posible, pero siempre, entre la variedad de sus alternativas, incluirá también la peor alternativa posible. Escoger lo mejorcito —o, si se quiere, lo menos malo— no es solo un derecho del ciudadano que desea cambiar una determinada situación, sino el deber que le compromete frente a la historia.

Adicionalmente, renunciar al voto atrae aparejado algo indudable, y es en qué tipo de votante recae el poder decisorio de una elección. Si el ciudadano con mayor formación cívica, con una cabeza más “amueblada” para entender los problemas del país, se retira del proceso, deja en manos de los fanáticos y de los electores sin criterio una decisión cuyas consecuencias son enormes.

Pongamos como ejemplo la reciente cancelación del TPS para los salvadoreños migrantes en Estados Unidos. Habrá quien crea que ese programa tan beneficioso para nuestros compatriotas iba a terminar de todas maneras, sin importar quién gobernara en El Salvador. La verdad es que la hostilidad del FMLN hacia  EE. UU. fue en gran medida responsable de la decisión tomada en Washington, pues nadie en su sano juicio ataca a un país que alberga a tantos migrantes que necesitan garantizar sus empleos y el consecuente envío de remesas. Por tanto, quienes eligieron en 2014 la continuidad del FMLN en el Ejecutivo, y quienes a pesar de conocer la actitud antinorteamericana del oficialismo decidieron abstenerse de votar por otras opciones, también cargan con parte de esa responsabilidad.

Ahora pensemos en lo que podría ocurrir si en este año no se conforma una Asamblea Legislativa más respetuosa de la institucionalidad democrática. Tampoco en este caso da lo mismo por quién votemos. Ya el partido de gobierno ha dicho que el balance de poderes le estorba y que la Sala de lo Constitucional debería integrarse con magistrados genuflexos que le dejen desmontar la democracia. También han sido explícitos en su admiración por la forma en que el régimen venezolano trata a sus propios ciudadanos.

¿Hay quien crea que dar más diputados al FMLN fortalecerá nuestra democracia, resolverá nuestros problemas de inseguridad y ayudará a que las libertades ciudadanas se consoliden? Mayores cuotas de poder en manos equivocadas es la opción que los salvadoreños debemos rechazar en las urnas este próximo 4 de marzo. Sin falta.

Pese a todo, habrá que votar. De Federico Hernández Aguilar

Pese a la enorme displicencia del TSE y de los partidos políticos, lo que queda es pedirle a la ciudadanía que no premie tanta mediocridad con su ausencia en las próximas elecciones. Por el contrario, hoy es cuando más sentido tiene acudir a las urnas.

IXVT_federicoFederico Hernández Aguilar, 15 noviembre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Como era previsible, estamos a menos de cuatro meses de las cruciales elecciones de 2018 y todavía es incierto que las Juntas Receptoras de Votos vayan a tener el acompañamiento tecnológico indispensable para hacer su trabajo con agilidad y transparencia. Tampoco sabemos con qué herramientas contaremos para la transmisión de los resultados. De hecho, a menos que suceda algo extraordinario, los problemas que llevaron al caos de 2015 no solo estarán lejos de haberse corregido, sino que se habrán complejizado a niveles tanto o más inmanejables.

EDH logDesde finales del año pasado se pidió al TSE que apresurara los trámites para adquirir los dispositivos que, ya se sabía, iban a necesitarse en las mesas. Pero los magistrados se enfrascaron en la excusa de una donación de escáneres coreanos y se tardaron casi un año en lanzar la licitación destinada a garantizar la adecuada tecnología. A resultas de este asombroso, inexplicable y exasperante tortuguismo, todo, absolutamente todo puede pasar en marzo próximo, menos que tengamos unos comicios sin incidentes.

¿Por qué se permitió que las cosas llegaran a este deplorable estado? ¿Qué razones hubo detrás de la increíble pasividad de los principales partidos de oposición, que dejaron al TSE obrar a su antojo? Aparte de FUSADES, la Cámara de Comercio, Aliados por la Democracia y DECIDE, ¿quiénes más debieron ser enérgicos en la denuncia de todas las anomalías que se han venido registrando de cara a las elecciones que vienen?

Demasiadas preguntas que nadie querrá contestar en estos momentos, pero a las que irremediablemente habrá que volver el 5 de marzo de 2018, cuando los medios de comunicación empiecen a dar cuenta de lo ocurrido en la jornada electoral del día anterior. Porque lo previsible hoy es que el proceso de conteo de votos tendrá complicaciones innecesarias, un porcentaje respetable de Juntas Receptoras no podrá lidiar con las operaciones aritméticas y el TSE se verá imposibilitado de ofrecer resultados confiables en las horas siguientes al cierre de los centros de votación.

Todo lo anterior, claro está, pudo haberse evitado. Incluso si por un giro milagroso llegáramos a tener dispositivos en cada mesa receptora y la transmisión de resultados fuera impecable, seguiría siendo poco justificable el hecho que compañías coreanas resultaran favorecidas con una porción del “pastel” electoral sin haberse sometido a licitación, o que ofertas tecnológicas modernas —que nos hubieran ahorrado el uso de escáneres o la “maquila” de datos en el CNPRE— no se tomaran en cuenta para preparar unas elecciones tan complejas. La cojera, pues, con la que nos dirigimos a marzo de 2018 no va a desaparecer, y luego del evento habrá que hacer una investigación exhaustiva de todo lo ocurrido.

Pese a la enorme displicencia del TSE y de los partidos políticos, lo que queda es pedirle a la ciudadanía que no premie tanta mediocridad con su ausencia en las próximas elecciones. Por el contrario, hoy es cuando más sentido tiene acudir a las urnas, porque únicamente los votantes que cumplen con su deber pueden luego exigir a las autoridades que respeten y hagan valer su decisión soberana.

Decía Adolfo Suárez que ninguna elección resuelve por sí misma problema alguno, pero constituye el paso previo y necesario para que las soluciones aparezcan. Quienes renuncian a ejercer el sufragio no quedan excluidos, por supuesto, de ejercer la demanda de buen gobierno que cualquier ciudadano hace a toda autoridad constituida; el dilema es que el peso moral de esa demanda ya ha sido puesto en manos de otros.

Encogerse de hombros ante la decisión de consolidar su papel protagónico en una democracia ha sido, es y será siempre un pésimo negocio para los pueblos. Ni los malos liderazgos políticos ni los comportamientos sospechosos de los funcionarios electorales disculpan a nadie de su responsabilidad histórica. Votar es el mejor punto de partida con que cuenta el ciudadano para hacer valer sus derechos. La indiferencia solo produce gobiernos frívolos o despóticos.

Fiasco a la vista. De Federico Hernández Aguilar

Bukele no ganará la Presidencia si corre por ella, pero le restará apoyos al oficialismo en mayor proporción de los que quitará a las fuerzas opositoras.

federicoFederico Hernández Aguilar, 18 octubre 2017 / EL DIARIO DE HOY

Ahora que el FMLN se deshizo de su “Funes 2.0”, algunos han llegado a creer que la popularidad del alcalde capitalino podría motivar el surgimiento de una tercera fuerza que rompa por fin esa tediosa bipolaridad política que sufrimos en El Salvador. No hay razones de peso, sin embargo, para que tal cosa ocurra. Ni la historia electoral del país ni la idiosincrasia de los votantes salvadoreños permiten inferir que la nueva aventura del señor Bukele tendrá éxito. Nada excepcional vemos en la personalidad mesiánica de este “líder” ni en las credenciales morales de quienes le acompañan, para que se pueda afirmar, con seriedad, que la apuesta tercerista del alcalde tendrá un fin distinto al que tuvo, en su momento, aquel finado movimiento de Unidad.

EDH logUn año y medio antes que Tony Saca oficializara su candidatura presidencial por Unidad, este servidor predijo que no llegaría a la segunda vuelta electoral. Pese a las muecas de escepticismo que la afirmación provocó en aquellos que veían a Saca como una alternativa potable —recordemos que algunas encuestas llegaron a señalar un virtual “triple empate” entre el expresidente y los aspirantes del FMLN y ARENA—, los resultados de 2014 demostraron que la hipótesis del desinfle de Unidad era correcta.

¿Por qué era relativamente fácil pronosticar la suerte electoral de Saca como tercerista? Porque no había razones válidas para pensar lo contrario. Su candidatura estaba lejos de representar novedad alguna; quienes formaban su “equipo” de campaña eran unos impresentables; su mensaje político, como opción entre dos polos ideológicos contrapuestos, estaba cargado de falacias, desmesuras y ambigüedades… En una palabra, el aspirante de Unidad carecía de sustancia.

Y pese a la subestimación que a veces se hace de la capacidad analítica del electorado salvadoreño, la falta de sustancia es uno de los defectos que mejor sabe identificar el votante urbano de clase media (que también en 2019 será, por cierto, el que defina al Presidente de la República). A este segmento poblacional, sobre todo luego del fiasco de Mauricio Funes, los mensajes electorales huérfanos de principios claros y de concreciones prácticas ya no le seducen. Ahora suele verlos con creciente desconfianza.

Para que el señor Bukele acariciara la Presidencia tendría que conquistar al menos a una tercera parte de la clase media urbana, y eso como complemento necesario del voto duro que hasta hace un par de semanas le ofrecía el FMLN. Pero ahora, sin la disciplina partidaria que es muy útil en estos casos, el alcalde tendría cuesta arriba hasta su reelección en San Salvador, ya no digamos la silla presidencial.

Por supuesto que se vendrá una avalancha de cuentas anónimas en redes sociales inflando las posibilidades electorales del señor Bukele, pero eso no terminará traduciéndose en votos efectivos por mucho que él mismo lo crea. Tampoco es realista esperar a demasiadas figuras respetables queriendo acompañar en su “misión redentora” al impredecible muchacho. Alguien que comete tantos errores infantiles en menos de treinta días no posee las características necesarias para ser el líder que el país necesita.

Ahora bien, el FMLN sí debe estar muy atento a la sobrevaloración que su más reciente expulsado tiene entre los votantes, digamos, más emocionales. Bukele no ganará la Presidencia si corre por ella, pero le restará apoyos al oficialismo en mayor proporción de los que quitará a las fuerzas opositoras. El peso electoral del alcalde se medirá por el nivel de daño que ocasione al Frente, por encima del valor específico que su candidatura genere en el electorado.

Es evidente, por otra parte, que también ARENA puede echar por la borda sus propias aspiraciones de reconquista del Ejecutivo si maneja con torpeza sus diferencias internas y crea cismas innecesarios. Sin embargo, tal como están las cosas hasta este día, la versión criolla del episodio homérico de “la manzana de la discordia” bien podría marcar el inicio del proceso que aleje al FMLN de un nuevo periodo presidencial.

Un demócrata. De Federico Hernández Aguilar

De los 4 presidentes que el partido ARENA dio al país, sin duda el más político era el Dr. Armando Calderón Sol. En su caso, aclaro, lo de “político” dista de ser algo peyorativo, si de algo hemos carecido en las últimas décadas es de líderes con una real vocación política, evidenciada en su capacidad para dialogar, obtener consensos y sacar resultados prácticos allí donde suelen reinar las mezquindades y las desconfianzas.

federicoFederico Hernández Aguilar, 10 octubre 2017 / LA PRENSA GRAFICA

Nunca olvidaré, en 2003, una interesante conversación que sostuve con Schafik Handal, cuando éramos colegas diputados en la Asamblea, sobre las características personales de los presidentes salvadoreños desde “tiempos de Conciliación”. Asombrosamente, el dirigente histórico del FMLN tuvo elogios para algunos de esos mandatarios –a Rivera le reconocía su carisma y a Molina “una poco advertida inteligencia”–, pero a quien ponderó por encima de todos fue a Calderón Sol. “Armando era abierto y sabía escuchar”, me dijo Schafik. “Con él era posible hablar siempre. Por supuesto que nos peleábamos mucho y nos mandamos al carajo un par de veces, pero jamás permitimos que las puertas se cerraran definitivamente. Así conseguimos acuerdos. Creo que ha sido el mejor presidente de ARENA”.

LPGRecuerdo las palabras textuales de Schafik porque fui a apuntarlas de inmediato. De hecho, la última vez que coincidí con el Dr. Calderón, hace varios meses, le conté mi plática con Handal y pude notar la satisfacción que la anécdota le producía. “Es que se nos ha olvidado que la política es para acercarnos”, reflexionó. “Si convertimos la política en un terreno para el pleito permanente, no hay manera de sacar adelante el país”.

Ahora que ya está descansando de tantos avatares –un hombre apasionado como él terminaba hablando de la realidad nacional aunque empezara discurriendo sobre el clima–, descubro que mis recuerdos personales de Armando Calderón Sol están irremediablemente ligados a las tempranas incursiones que yo mismo hice en el resbaladizo mundo de la política.

Apenas 14 años tenía cuando inicié actividades en la que sería la primera campaña electoral de mi vida, con “el Doctor” como candidato a alcalde de San Salvador. Y me gustó tanto la experiencia que la repetí dos veces más, hasta que en 1994 me separé de los trabajos partidarios por razones profesionales. Calderón Sol, gentilmente, llegó a ofrecerme una plaza en Casa Presidencial a mis 19 años, sin que el asunto llegara a concretarse, sería Francisco Flores, en 1999, quien me daría la oportunidad de servirle al país desde el área de comunicaciones del gobierno. Pese a todo, el que alguien como el Dr. Calderón me hubiera considerado para acompañarle en su gestión presidencial fue un gesto que le agradecí siempre.

La tarea histórica de reconstruir lo que la guerra había deshecho fue una misión adecuada al talante de Armando Calderón Sol, cuyas credenciales democráticas jamás fueron puestas en duda por nadie, ni siquiera por aquellos a quienes la política puso en lados opuestos al suyo. Y es que hasta para rivalizar y discutir hay que tener un poquito de gracia, cualidad muy útil que el expresidente tenía en grado excepcional.

La democracia en nuestros días ha recibido malos tratos incluso por parte de algunos que solemnemente juraron respetarla y defenderla. Son tiempos que reclaman liderazgos más concertadores, como el que hace dos décadas desplegó Armando Calderón Sol para reedificar el país sobre las cenizas de un conflicto provocado por los atrincheramientos ideológicos y la falta de diálogo. En honor de su memoria deberíamos retomar aquella senda. Él nos diría que nunca es demasiado tarde.